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Fría Penitencia

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Al día siguiente las cosas transcurrieron exactamente como Raskolnikov las había imaginado. La señal para despertar lo sacó de aquella agradable nada en la que había logrado sumirse y lo empujó de vuelta a su dolorosa realidad. “Dolorosa” era la palabra más adecuada para describirlo. Su cuerpo entumecido le recordaba con cada movimiento todo lo ocurrido la noche anterior. Cada gesto que hacía despertaba punzadas agónicas en el joven presidiario, que tuvo que invertir todas sus fuerzas para incorporarse sobre el suelo. Estaba tiritando, helado tras pasar la noche desnudo y mojado, cubierto de sangre, semen y toda clase de fluidos en los que no quería ni pensar. El desagradable sabor de los hombres que lo había abusado todavía podía paladearse en su boca. Rodya no creía que fuera a poder trabajar ese día. No sólo estaba destrozado físicamente, el vacío de su interior parecía haber crecido durante la noche hasta engullirlo y dejarlo débil y derrotado. ¿Cómo iba a hacer nada útil en la cantera si ni siquiera era capaz de tenerse en pie? Pero eso no era algo que los guardias estuvieran dispuestos a entender, por supuesto. Su primer problema se lo trajo la falta de ropa. No hubo preguntas sobre sus heridas y golpes, sobre aquel corte tan feo en su mejilla, sobre la suciedad que lo cubría y su terrible aspecto. Era sencillo imaginarlo, pero nadie le dio la menor importancia. La única pregunta fue que dónde estaba su ropa y por qué estaba todavía ahí tirado. Debía moverse, había trabajo que hacer. Pero Raskolnikov no podía vestirse. Por mucho que los guardias insistieran era algo que quedaba totalmente fuera de su alcance.

Rodya, ya en pie, le había lanzando una mirada suplicante a Stepan mientras el oficial le gritaba y zarandeaba con agitada violencia, pero una sonrisa irónica fue lo que obtuvo por toda respuesta. No iba a devolverle su ropa, lo sabía, aquello era sólo una parte más de su juego. Y parecía estar resultándole muy divertido. Raskolnikov se disculpó, la cabeza gacha y la voz temblorosa, dijo que se la habían robado anoche, tras darle una paliza y que se veía incapaz de identificar a los ladrones. Acusar a Kiselev y su séquito habría servido únicamente para meterlo en problemas, por lo que era mejor proceder con cautela. A fin de cuentas, sus abusadores no recibirían ningún tipo de castigo, eso lo tenía ya muy claro. Sin embargo, su explicación no pareció en absoluto satisfactoria para aquel guardia, que terminó por ser el que realmente le pegó una paliza por perder material de aquella forma. Era justo lo que Rodya esperaba, así que guardó silencio y aceptó los golpes, perdiendo el equilibrio al segundo y teniendo que aguantar el resto de la llovizna ovillado en el suelo.

No obstante, el asunto no se resolvió de forma tan penosa como pensaba. Cuando el oficial pareció satisfecho con el castigo simplemente le ordenó esperar allí e hizo que fueran a buscarle ropa nueva. Eran poco más que unos harapos ya demasiado usados pero Raskolnikov se sintió agradecido en lo más hondo por ello, incluso aunque le quedaran grandes y tuviera que usar una cuerda para atarse los pantalones y mantenerlos en su sitio. Tenía frio y no soportaría la humillación de estar desnudo por mucho más tiempo. Aquello era mejor que nada. Sólo esperaba que Kiselev no decidiera volver a quitárselo en su próxima agresión. La simple idea de que algo como lo de la noche anterior pudiera volver a ocurrir había estremecido a Rodion hasta el punto de hacerle romper a llorar. Por supuesto, sus lágrimas serían vistas como otro signo de debilidad digno de burla, ¿pero qué le importaba eso a él? Nada podría hundirlo más de lo que ya estaba. El resto del día había pasado como en un sueño. A Raskolnikov le costaba mantener sus sentidos alerta, estaba fuera de sí, su conciencia flotando en un limbo lejano y hasta cierto punto agradable. La atmósfera a su alrededor se sentía extraña e irreal y aunque todo su cuerpo emitiera quejas cuando se movía y le costara caminar y mantenerse en pie, Rodion se las arregló para trabajar y mantener cierta entereza durante el resto del día. No hubo más llantos desde la mañana, no más pensamientos o estremecimientos. Su mente se mantenía en blanco y el vacío desolador lo gobernaba todo con agradecida indiferencia. Tal vez fuera mejor así. No sentir nada era mejor que aceptar lo ocurrido y sumirse de nuevo en aquel mundo real lleno de temores y angustias. Aferrarse a aquella sensación de irrealidad y separación le resultaba mucho más sencillo y liberador. Pero por supuesto, no podría mantenerse así para siempre.

Y no lo hizo. Raskolnikov disfrutó de cierta paz ese día. También al siguiente. Pero a la tercera noche Stepan volvió a arrastrarlo a la parte de atrás del barracón. Rodya ya sabía de sobra todo lo que iba a ocurrir. Su cuerpo aún no estaba preparado para enfrentar algo así de nuevo, pero eso no iba a parar a Kiselev, el joven preso lo sabía. Resistirse tampoco serviría de nada. Ya había vendido hasta el último rastrojo de su dignidad aquella primera vez, ¿para qué pelear de nuevo? Sólo lo alargaría y le daría a su agresor exactamente lo que quería. Stepan adoraba verle luchar, recordarle lo inútil, patético que era. No, Rodya estaba decidido a agachar la cabeza y guardar silencio, a obedecer órdenes y dejarse hacer. Por supuesto, lloraría, gritaría de dolor, gemiría, se retorcería, puede que hasta suplicase según la situación, pero no pondría ningún empeño real en librarse de un destino inevitable.

Sin embargo, sí que hubo una súplica que lanzó desde el primer momento, antes siquiera de que Stepan hubiera empezado con él. Le pidió que esta vez le dejara conservar su ropa. Se portaría bien, haría todo lo que quisieran, sería todo lo obediente que le exigieran, pero no podía permitirse volver a perder su ropa. Rogó por ello desde el primer instante, con lágrimas en los ojos y todo el respeto asustado que fue capaz de reunir para dirigirse al que ahora se consideraba su amo. Stepan pareció pensárselo por un rato, pero al final había asentido, acariciándole el pelo y murmurándole con un tono amable pero cargado de advertencia que podía quedarse con aquella ropa y que no se la romperían siempre y cuando se la quitara con rapidez en el mismo instante que él o cualquier otro de su grupo de lo pidieran. Kiselev no dudó en hacer la prueba en ese mismo momento, por lo que Raskolnikov tuvo nuevamente que tragarse todo su orgullo y su pudor y con dedos temblorosos desabrochar sus ropas para desnudarse ante su torturador. Stepan pareció muy satisfecho con su inmediata respuesta, agarrándolo por la nuca y besándolo con ferocidad, antes de darle la vuelta y empujarlo contra la pared, deshaciéndose de sus propios pantalones y usando una vez más su saliva como única preparación antes de penetrarlo con una brutal embestida.

Rodya gritó, por supuesto. ¿Cómo no hacerlo? Dolía, dolía inmensamente. Su cuerpo, aún no recuperado del ataque anterior sufría aquella nueva agresión de forma aún más terrible. Kiselev no se tomó mucho tiempo antes de establecer un ritmo rápido, sin darle ningún tipo de oportunidad para adaptarse a él. Claro, no había motivo para hacer algo así. Lo que sintiera Raskolnikov no importaba lo más mínimo. Su dolor, su miedo, aquella agonía que cada movimiento causaba, eso no era importante. Sólo el placer de Stepan imperaba allí y Rodion no era más que un mero objeto para conseguirlo, como ya había entendido el preso desde el primer momento.

Kiselev le tapó la boca, tratando de acallar sus gritos y sus súplicas, siseándole que se estuviera quieto y dejara de lloriquear, que se portara como una buena chica y aceptara lo que tenía para él. Al fin y al cabo, era obvio para todos cuánto estaba disfrutando así que ¿a quién pretendía engañar? Raskolnikov no respondió a nada de aquello, se quedó quieto, la frente apoyada contra la pared y las piernas temblándole visiblemente, su cuerpo moviéndose al ritmo que marcaban las embestidas de Stepan, las lágrimas fluyendo por su rostro y sus sollozos ahogados por aquella mano fuerte y firme. Tenía razón. Rodya sabía que Kiselev tenía razón y eso se le hacía insoportable. No, él no quería aquello, eso no era cierto. Él había luchado, había suplicado, le aterrorizaba y lo odiaba, así que no era verdad que lo quisiera. Pero disfrutarlo... de un modo retorcido y por razones desconocidas sí, había una parte de él, una parte oscura y profunda, una parte cuya existencia desconocía hasta entonces, que se agitaba alegremente ante cada dolorosa humillación, que disfrutaba con el más intenso de los deleites de todo el daño causado, que le enviaba oleadas cálidas a través del vientre hasta su endurecida entrepierna, que hacía que la sangre le fluyera de formas inadecuadas y provocaba que sus gemidos de dolor se entremezclasen con otros de índole muy distinta. Porque dolía, dolía muchísimo, casi hasta lo intolerable, haciéndole sentir que se desmayaría por ello, agotándolo y hundiéndolo, y aún así era ese dolor mismo, esa sensación de vergüenza, de impotencia, de debilidad y sumisión, de pérdida total y absoluta de control lo que despertaba en él aquella nefasta excitación. ¿Cuál era su problema? Raskolnikov era incapaz de entenderlo. Jamás, jamás en su vida se había sentido así. Y sin embargo ahora su destrozado cuerpo casi parecía clamar por más, independientemente de lo que su voluntad y moral le exigieran. Rodya no había podido por más que callar y aceptar, ahogado en sus lágrimas y dejando que Stepan se descargara tanto como quisiera en su interior. Para cuando su agresor terminó y se separó de él, Raskolnikov cayó al suelo de rodillas, sus piernas demasiado débiles para sostenerlo en pie, la sangre y el semen corriendo entremezclados por sus muslos y su miembro endurecido y goteante, como señal inequívoca de su nefasta vergüenza. Todavía sollozaba, su rostro bañado en lágrimas y su mirada confusa centrada en aquella traicionera parte de su anatomía, preguntándose que implicaba aquello, que decía eso de él. Entonces Stepan le dio unas palmaditas amistosas en la cabeza, percibiendo su incredulidad y riéndose de él una vez más.

-No te preocupes, preciosa. Ya te lo he dicho, acabarás por disfrutarlo. Estas hecho para esto, eres simplemente perfecto. ¿Por qué sigues negándotelo? Bien, creo que es bastante por hoy, mis chicos no te molestarán más esta noche... A no ser que te hayas quedado con ganas de más, ¿eh? ¿Qué me dices?

Raskolnikov se apresuró a agitar la cabeza negativamente, incapaz de articular palabra, pero aterrorizado ante la idea. Por muy excitado que en apariencia estuviera su voluntad e interés respecto a aquello seguía siendo igual que en un principio.

-Está bien, está bien... Lo dejaremos para mañana entonces.-Kiselev se agachó para ponerse a su altura, rodéandole el pecho con ambos brazos y mordiéndole el cuello mientras succionaba, con fuerza suficiente para arrancarle un grito de dolor, asegurándose de dejar una marca amoratada en su piel.-Eres un muchacho tímido, ¿verdad? Pero acabaremos por resolver ese problema también. Respecto a esto...-agarró su miembro mientras hablaba, sin inmutarse ante la exclamación sorprendida y asustada de Rodya.-hoy te doy libertad para hacer con ello lo que quieras. Puedes acabar tú solo o dejarlo estar. O si quieres puedo ayudarte, ¿qué te parece?

Kiselev comenzó a masturbarlo, despacio, todavía besando y mordiendo su cuello, su hombro, repasando su clavícula con la lengua, estremeciendo a Rodya con su cercanía, con el calor de su cuerpo. La sensación era intolerable. Bien sabía Raskolnikov que toda aquella suavidad y amabilidad fingidas no eran más que otra de sus burlas. Era insufrible. Y aunque su cuerpo le pidiera a gritos que le dejara hacer y cada gesto de su mano le hacía desear suspira de placer Rodya se retorció al momento, esforzándose por hablar con voz rota y queda.

-¡No! Por favor, Kiselev, por favor. Es suficiente por hoy. No quiero ayuda. Por favor, estoy cansado, déjame ir, por favor.

Unas cuantas caricias más y entonces Stepan se detuvo, con un suspiro decepcionado antes de separarse de él y ponerse de nuevo en pie.

-De acuerdo. Aún te queda mucho por aprender. Con el tiempo dejarás de ser tan maleducado y rechazar favores tan amables como ese. Pero te he dicho que hoy te daba libertad para hacer lo que desearas con ello y como bien sabes soy un hombre de palabra. Ya veremos que pasa a la próxima. Buenas noches, preciosa.

Y dicho aquello se había dado la vuelta y lo había dejado solo, desnudo y arrodillado en el frío suelo, sumido en aquella indecible humillación. Raskolnikov aún necesitó un tiempo para reaccionar, para incorporarse y vestirse, ignorando las exigencias de su palpitante erección que sólo lograban hacerlo sentirse asqueado de sí mismo, odioso y nauseabundo. Se había ido a dormir dominado por aquellas emociones, acurrucado bajo la manta, preguntándose qué estaba mal con él, si estaba enfermo, cómo podía ser tan sucio y terrible, todo ello entre lágrimas y sollozos apenas ahogados hasta que de puro cansancio se había quedado dormido.

Por supuesto, tuvo pesadillas. Esa noche y muchas de las que vinieron después. Raskolnikov no volvió a tener un sueño tranquilo durante largo tiempo. Su vida ahora se había convertido en un terror y tensión constantes que siempre acababan con un desenlace fatal. En los días venideros fue forzado repetidamente. A veces sólo por Stepan o uno de los miembros de su grupo, a veces por varios de ellos, en otras ocasiones por el grupo al completo, como aquella primera vez. Raskolnikov no tenía palabra sobre ello. En el momento en que uno de aquellos hombres deseara algo de él el preso no podía por más que agachar la cabeza y obedecer.

En ocasiones tan sólo debía arrodillarse y ofrecer su boca para un desahogo rápido. Otras veces lo que le aguardaban eran horas de humillación y agonía, torturas que parecían inacabables, golpes e insultos, penetraciones dolorosas hasta lo insoportable, exigencias que le hacían desear la muerte y orgasmos forzados que lograban llenarlo de odio y repulsa hacia su propia persona. Un par de veces se desmayó en medio de aquellas sesiones, incapaz de soportar por más tiempo lo que estaban haciendo con su cuerpo. A nadie pareció importarle, pues cuando había despertado ninguno de ellos había decidido pararse y lo que estaban haciendo continuaba con la misma brutalidad de antes. Que Raskolnikov estuviera consciente o no mientras abusaban de él no parecía tener gran importancia para aquellos hombres. En lo que a ellos respectaba, Rodya podría haber muerto durante una de sus agresiones y ni siquiera eso los habría detenido antes de que todos estuvieran lo suficiente satisfechos. A veces Raskolnikov desearía que así hubiera sido. De haber muerto aquello lo habría hecho todo más fácil. Pero no había ocurrido. Había seguido viviendo, respirando, trabajando y sufriendo día tras día. En ocasiones sus agresores casi eran amables y no le hacían mucho daño si se portaba bien. Las otras veces daba igual cuán dispuesto y obediente fuera, ya que al parecer lo que más ansiaban de él era hacerle daño. Raskolnikov nunca podía saber lo que le aguardaba el día y la incertidumbre constante estaba ya haciendo mella en su alma y arrebatándolo cualquier tipo de paz que algún día pudiera haber recabado.

Y si sólo fuera aquello... si sólo fuera aquello Rodion podría llegar a tolerarlo en algún modo. Difícil, doloroso, casi imposible, pero podría haber aprendido a cerrar sus ojos a la cruda realidad y vivir con ello. Pero la traición de su cuerpo y sus instintos era algo más de lo que Raskolnikov podía sobrellevar. Era aquello lo que lo había hundido en la más profunda de las desesperaciones, dejándolo sumido en un mar de dudas y sufrimiento interno que ninguna de las cosas que el grupo de Stepan hicieran con su cuerpo podría jamás superar. ¿Por qué aquello seguía ocurriendo? Una y otra vez, las humillaciones, el dolor, el abuso, su impotencia y la inmisericordia de sus acosadores casi siempre terminaban por encender aquel endemoniado fuego en su interior, por acelerar sus latidos y remover la sangre en sus arterias. Raskolnikov era incapaz de entenderlo. ¿Qué estaba mal con él? ¿Cómo algo tan terrible, tan odioso, que le causaba tanta angustia y sufrimiento podía hacerle sentir algún tipo de retorcido placer? Excitarse ante algo así era la mayor y más dolorosa de todas las humillaciones, pero también lo empujaba a dudar de sí mismo y sentir una repulsa insufrible ante su desgraciada persona.

Todos aquellos rumores, las habladurías sobre su interés por los hombres, esas cosas que tantas veces había oído murmurar a sus espaldas provocándole que entornara los ojos con desdén ahora parecían tener un nuevo sentido. Rodya jamás se lo había planteado. Ni siquiera era posible que él tuviera interés en algo así, ¿por qué iba a pensarlo? Pero ahora todo era distinto. Su propio cuerpo le había traicionado y le obligaba a hacerse preguntas sobre sus deseos, sus ensueños, aquellas en apariencia pasiones ocultas que hasta entonces habían pasado desapercibidas. Raskolnikov odiaba cada pensamiento sobre ello. Odiaba cada palabra murmurada sobre cómo disfrutaba aquello, cada insulto, cada orgasmo, cada súplica ansiosa que esbozaba sin pensar cuando le obligaban a masturbarse y pedía permiso para acabar, permiso que para su terrible frustración no siempre era concedido. Todo aquello le resultaba intolerable, lo desgarraba por dentro y le hacía preguntarse si, en el fondo, no sería merecedor de todo el abuso que estaba sufriendo, si no eran las cosas exactamente como debían de ser para alguien tan sucio y corrupto como él. A fin de cuentas, ya nunca oponía resistencia. ¿Acaso alguien tan dispuesto a obedecer y a incluso disfrutar con ello era digno de algún tipo de compasión? Rodya no creía que ese fuera el caso y con respecto a sí mismo más que compadecerse se despreciaba hondamente. No era de extrañar que creyera que así debían de actuar todos con respecto a él y sintiera una especie de oscuro placer ante el que se veía como bien merecido desprecio ajeno. Placer que siempre quedaba ahogado y entremezclado con el dolor, la soledad, la tristeza y la culpa, por supuesto.

Fue una tarde de domingo cuando Iván lo arrastró hasta su barracón. Tenían el día libre por lo que los presos podían pasear por el patio y disfrutar del agradable sol de finales de verano. Sin embargo, Iván parecía tener otros planes para Rodya. El preso lo siguió calladamente, sin oponer resistencia al firme agarre de las manos de su agresor sobre su brazo y a los tirones apresurados para llevarlo hasta el fondo de la sala vacía. Entonces Iván se sentó en el camastro más alejado de la puerta, soltando a Raskolnikov y señalando al suelo con el ceño ligeramente fruncido.

-De rodillas. ¡Vamos, zorra, a qué esperas!

Rodya se había quedado paralizado ante la orden, mirando al joven con expresión confusa, ingenua, hasta que su malhumorado insulto lo trajo de vuelta al mundo real. Aún después de todo lo ocurrido siempre le resultaba extraño que Iván lo tratara de aquel modo, que fuera parte del monstruoso grupo que tanto mal le causaba. Era tan joven... Pero las cosas estaban claras. Había participado y lo había herido tanto como cualquier otro y ahora lo había traído allí con un objetivo obvio y esperaba que Raskolnikov actuara de forma inmediata. Así que eso hizo, acercarse a él y arrodillarse entre sus piernas, dispuesto a hacer todo lo que Iván deseara. Hacía varios días que el chico no había podido interaccionar con Rodya y eso parecía explicar su ansiedad y su premura. Estaba casi desesperado, su entrepierna ya abultada visiblemente bajo los pantalones ante la sola idea de lo que estaba apunto de ocurrir. Tal vez eso fuera bueno. Cuanto antes terminase aquello, mejor. Y si la inexperiencia de Iván se juntaba a su deseo ansioso... puede que sólo le llevara unos minutos de humillación antes de que volviera a poder quedarse solo.

Tentativamente, Rodya acarició el bulto en los pantalones de Iván, deslizando sus dedos con cuidado sobre él antes de presionarlo con más fuerza y empezar a frotar. El joven soltó un suspiro entrecortado y cerró los ojos, dejándole hacer. En las últimas semanas Raskolnikov había pasado de una total falta de experiencia a mostrar ciertas habilidades que resultaban del agrado de todos sus agresores. Al fin y al cabo, era mejor para él asegurarse de hacer las cosas bien si no quería ganarse una paliza. Pero pronto su toque pareció ser insuficiente, provocando en el impaciente preso un gruñido molesto.

-Te crees muy listo, ¿no? Si piensas que con eso vas a librarte de mí te equivocas. Usa la boca, quiero acabar en tu cara, si termino antes te arrearé una golpiza, ¿entiendes?

Raskolnikov alzó la vista hacia él, su corazón acelerándose ante la amenaza. Todavía tenía un ojo amoratado e hinchado de la última vez que le habían pegado, además del labio inferior roto y varias marcas de diversos colores a lo largo de todo su cuerpo. No necesitaba más de aquello. Era cierto que había pensado que con la aparente sobreexcitación de Iván podría logar llevarlo hasta el final antes incluso de desabrocharle los pantalones, pero estaba claro que eso no era lo que el chico quería, así que, con dedos temblorosos, comenzó a deshacerse de la ropa que le impedía llevar a cabo la orden. No tardó mucho en tener la erección de Iván en sus manos, ya totalmente dura e incluso goteante. Sólo un poco más y todo habría acabado. Rodya inclinó la cabeza, cerrando los ojos y comenzando a pasear la lengua despacio por toda la longitud, desde la base hasta el extremo, lamiendo el glande cuando llegó a él y jugueteando alrededor del pequeño orificio, su boca invadida por el sabor de los fluidos, provocándole que el estómago se le contrajera con repugnancia. Sin embargo, el conocido calor de la excitación también lo invadió al instante. Sus sentimientos contradictorios e imposibles iban a terminar por volverlo loco. Le habría gustado seguir haciendo aquello, limitarse a utilizar tímidamente la lengua mientras lo masturbaba hasta que lo llevara al final, ahorrándose las arcadas y la intolerable sensación invasiva que aquellos entretenimientos siempre le provocaban, pero sabía de sobra que esos no eran los deseos de Iván. El chico quería tomarlo hasta lo más profundo, como de costumbre, y de no hacerlo bien Raskolnikov acabarían llorando en el suelo y retorciéndose de dolor. Así que, tragándose lo poco de orgullo y dignidad que a aquellas alturas pudieran quedarle, abrió la boca y dejó entrar a Iván en su interior, despacio al principio, bajando sin llegar hasta el final, sintiendo como se le cortaba la respiración a medida que su garganta se veía invadida, más y más profundo, más y más deprisa a cada momento que pasaba. Raskolnikov bien sabía lo que a cada uno de ellos les gustaba e Iván no se conformaba con movimientos suaves y penetraciones tenues. Al joven le gustaba tomar todo de él, herirlo y humillarlo, hacerle saltar las lágrimas y enrojecer con sus embestidas, oírlo sollozar entre toses ahogadas. Posiblemente encontrara excitante la idea de poder empujarlo al ahogamiento tan sólo con los estoques de su miembro. Era un crío, al fin y al cabo. Aquello debía de alimentar sus orgullosos ensueños de virilidad. Para Rodya no era más que un innecesario sufrimiento al que tenía que someterse en penitencia.

En un principio Iván permitió que Raskolnikov marcara el ritmo, cerrando los ojos y echando la cabeza hacia atrás, el cuerpo relajado y la boca entreabierta emitiendo sonidos de placer. Rodya se esforzó por cuenta propia, usando la lengua y las manos y moviéndose deprisa mientras estudiaba las facciones del muchacho, buscando signos de agrado que indicaran que lo estaba haciendo bien. Pero tras un rato el joven se removió, abriendo los ojos y mirándolo con una sonrisa torcida. Oh, por supuesto. Sólo aquello habría sido demasiado fácil.

-Lo estás haciendo muy bien, zorra, ¿esto te gusta?-Iván le habló con suavidad, acariciándole el pelo amablemente mientras lo hacía.-Estoy seguro de que sí, ¿cómo estás por ahí abajo?

Aún de haber podido contestar, Raskolnikov no hubiera dicho nada. Sí, su miembro se estaba endureciendo y sí, las burlas de su agresor no ayudaban en absoluto a evitarlo, pero jamás lo habría admitido, aunque comprobarlo fuera terriblemente sencillo.

-Duro, ¿no?- después de todo, Iván no necesitaba una respuesta para continuar humillándolo.- Eso está bien, así es como debe ser. Ese es tu sitio, como una perra, de rodillas en el suelo y sirviendo a los hombres de verdad. Ve más profundo, me gusta los ruiditos que haces cuando te ahogas. No, así no, así...

Con un suspiro frustrado, Iván lo agarró del pelo y lo empujó con brusquedad hasta el final, provocando una fuerte arcada en Raskolnikov, que tuvo que luchar para contenerse y aguantar la invasión forzosa en la medida de lo posible. En un pasado no muy lejano habría replicado con sarcasmo a sus burlas sobre servir a hombres de verdad, que resultaban muy graciosas viniendo de un crío como él. Pero en el presente no había replicas, tan sólo sollozos y toses, mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas enrojecidas y la saliva se le escapaba a borbotones, sus pulmones ardiendo por la falta de aire y su garganta contrayéndose, dominado por las náuseas. No tardó mucho en empezar a golpear los muslos de Iván con ambas manos, intentando alejarse de él, lanzándole una mirada suplicante en busca de una misericordia que sabía no encontraría.

El chico se rió ante su expresión, encontrando aquella mezcla de lágrimas, saliva y fluidos embadurnando aquella cara hinchada y roja más patética que digna de compasión. Entonces le escupió en la cara, muy cerca del ojo, obligándolo a cerrarlo mientas aquello se añadía a la no ya pequeña mezcla de líquidos que recorrían el rostro de Rodya. Sólo entonces lo dejó ir. Pero no durante mucho tiempo. Lo suficiente para que el preso tomase un par de bocanadas agónicas antes de volver a agarrarlo del pelo y penetrar de nuevo en su interior, esta vez moviendo su cabeza arriba y abajo con rapidez, llegando con cada gesto hasta el final, violando su garganta sin ningún tipo de concesión o miramientos. La brutalidad de la agresión provocó que el labio roto de Raskolnikov se reabriera, la sangre deslizándose por su barbilla y manchándole la camisa. Rodya gimió de dolor, pero aquello no logró detener al otro preso, que estaba demasiado perdido en su propio placer para haber siquiera notado aquello. Probablemente aún de saberlo tampoco habría parado. Su malestar nunca pareció importar a nadie. Por suerte, no tuvo que soportar aquel calvario durante mucho más tiempo. Iván, sobradamente excitado, empujó su cabeza hasta la mitad, sujetándolo con ambas manos, una a cada lado, y embistiendo con las caderas mientras jadeaba y gruñía, descargando su semilla en su interior.

-Trágatelo...-murmuró con la voz entrecortada.-No dejes que escape nada, trágalo todo.

Raskolnikov se esforzó por obedecer, aunque era difícil lograrlo cuando su cuerpo parecía rechazar aquel fluido con ardor, invadido por las arcadas y la repulsa. Pero lo hizo. Con gran esfuerzo logró tragar todo, mientras las embestidas de Iván se volvían más lentas hasta que finalmente se retiró, echándose hacia atrás en el camastro con un suspiro y disfrutando de la sensación de relajación tras su orgasmo. Rodya se pasó la lengua por la comisura de la boca, atrapando una gota de semen que amenazaba con escapar. Lo último que deseaba después de aquello era ser castigado por un error tan estúpido. El gesto debió de llamar la atención de Iván, que lo sujetó por la barbilla y lo obligó a alzar la cabeza.

-A ver, abre la boca, quiero estar seguro de que me has hecho caso.

Raskolnikov obedeció dócilmente, abriendo la boca y dejando que el joven la inspeccionara, incluso levantando la lengua para él. Tras ello, Iván asintió, dándole un par de palmaditas satisfechas en la mejilla antes de dejarlo ir, centrándose entonces en abrocharse los pantalones y recolocar su ropa. Parecía mucho más relajado y tranquilo ahora que había liberado su frustración. Rodya no le prestaba atención, demasiado ocupado en tratar de recuperar el control sobre su respiración y contener las lágrimas que se escapaban con fluidez entre sus párpados. Era patético. Horrible, despreciable. No sólo obedecía sin dudar a todas y cada una de las órdenes que recibía, también aceptaba cada insulto, cada humillación, y hasta llegaba a disfrutar de ello. El palpitante bulto en sus pantalones lo delataba con bochornosa evidencia. No existía nadie en el mundo que se odiara a sí mismo más de lo que Raskolnikov hacía en aquel momento.

¿Pero que otra cosa podía hacerse? Conocía de sobra las consecuencias de su desobediencia. De un modo u otro siempre acababa igual. Y su excitación, sus inexplicables sentimientos, eran algo que aborrecía pero que en ningún modo lograba controlar. ¿Por qué aquellos insultos le hacían hervir la sangre y le aceleraban el corazón? ¿Por qué el verse indefenso y expuesto, privado de todo control y voluntad, le hacía jadear de placer y desear más de aquello? ¿Por qué el dolor arrancaba esos gemidos tan inadecuados, tan contradictorios, de lo más profundo de su garganta? Era imposible encontrar respuesta para nada de aquello, pero lo único que lograba era que día tras día su desprecio hacia sí mismo aumentara y la idea de que tal vez lo que le sucedía era justo lo que merecía y anhelaba, idea que comenzó como un brote enfermizo en el fondo de su mente, se hubiera convertido en una constante entre sus pensamientos. Desde luego, ni Iván, ni Kiselev, ni ninguno de aquellos hombres actuaban correctamente y lo que hacían era sin duda inexcusable, pero no por ello dejaba de preguntarse hasta qué punto era también culpa suya.

Conteniendo un sollozo, Raskolnikov utilizó la manga de su camisa para limpiarse la cara, siendo cuidadoso cuando frotó alrededor de su labio roto, dolorido e inflamado. Aquellas preguntas posiblemente jamás encontraran respuesta y seguir torturándose con ellas no iba a ayudarlo en absoluto. Pero aquella certeza no era algo que hubiera alguna vez logrado pararle. El culmen de su sentimiento asqueado llegó cuando Iván interrumpió sus pensamientos, presionando levemente la punta de su zapato contra su erección mientras le hablaba.

-Bueno, ¿y qué vamos a hacer con esto? Debe de ser muy molesto.-el joven trataba de ser socarrón, pero había un cierto temblor inseguro en su voz que no fue capaz de ocultar. Con toda probabilidad quería sonar tan autoritario como sus compañeros, pero aún estaba lejos de lograrlo.-Yo no voy a tocarte, desde luego, no esperes algo así.-la mueca asqueada y despectiva casi logró hacer reír a Rodya. Después de todo lo que le había hecho, Iván decía aquello como si fuera el peor posible de todos los sacrilegios.-Pero... puedes hacerlo tú si quieres. Has hecho un buen trabajo aquí, así que... te doy permiso. Sí, eso es. Termina si quieres. Puedes... Puedes tocarte.

Oh. Había tanta fragilidad en aquello último. No era ni siquiera una orden. Una sugerencia, un permiso, pero desde luego nada que ver con lo que Raskolnikov estaba acostumbrado, nada tajante, fuerte, seguro. Eran los tanteos vacilantes de un crío que estaba jugando a ser mayor. Rodya se limitó a negar con un gesto, permaneciendo cabizbajo y de rodillas frente a él, las manos apretadas sobre sus muslos y su pecho moviéndose cada vez a un ritmo más normalizado, aunque todavía era incapaz de frenar sus lágrimas y sollozos ahogados. No importaba. Nada de aquello importaba, en realidad. Hubo un instante de silencio entre ellos, que pareció alargarse de forma infinita, antes de que Iván volviera a agarrarlo de la barbilla y le obligara a alzar la cabeza, inclinado hacia él y observándolo con genuina curiosidad.

-Estás sangrando...-comentó suavemente, pasando el pulgar con lentitud sobre su labio inferior.

¿Se daba cuenta ahora? No es que su trato hubiera sido demasiado amable, ¿qué esperaba acaso? Raskolnikov alzó la vista, vacilando durante un rato antes de responder.

-Sí... tengo el labio roto.

Odiaba cuán débil y ronca sonaba su voz, lo visiblemente rota que estaba. Los gritos, el llanto, las súplicas, las penetraciones forzadas... Todo ello contribuía día a día a hacer sus palabras más tenues y ásperas.

-Umm... Sí, ya lo veo. Está hinchado.

Entonces Iván lo presionó, débilmente, pero con fuerza suficiente para arrancar un siseo en Rodya, que apartó la cabeza de forma instintiva, lanzándole una mirada suplicante y confusa al otro preso. El muchacho le sostuvo la mirada, pero no hizo nada por retenerlo o herirlo más, simplemente apoyó los brazos sobre sus piernas y se mantuvo estudiándolo con aquella expresión concentrada.

-¿Duele mucho?

No era una burla. Se trataba de una pregunta sincera, Raskolnikov podía decirlo por su tono, sus gestos. Había sido sometido a burlas durante demasiado tiempo para no ser capaz de reconocerlas a esas alturas. Iván casi sonaba inocente. ¿En qué estaba pensando, a qué venía todo aquello ahora? Era cierto que el muchacho había abusado repetidamente de él, tanto como cualquier otro, pero pensándolo bien, nunca había sido a solas. Iván sólo lo había forzado cuando estaban en grupo, siguiendo las órdenes de Kiselev, nunca actuando por cuenta propia. Hasta ahora. No es que lo tuviese prohibido, otros del grupo lo habían tomado a solas, posiblemente contarán con el permiso que necesitaran o lo que fuera. Sin embargo, Iván no había recurrido a aquello hasta que la desesperación frustrada de aquel domingo lo había llevado a empujar a Rodya al fondo del barracón y beneficiarse de su garganta. Y ahora que se sentía más tranquilo y cómodo el preso parecía estar dispuesto a ceder ante su curiosidad juvenil y resolver las posibles cuestiones que se le planteasen respecto a su víctima. Bien sabía Raskolnikov que se trataba de eso. Iván lo miraba como un niño mira a una mosca a la que le acaba de arrancar las alas, estudiando sus movimientos y maravillándose de las respuestas a sus torturas, con un interés que pecaba de cruel aunque no fuera intencionado. Rodya casi deseaba sentirse mal por él. Las cosas no deberían ser así, aquello no debería estar sucediendo. No creyó necesario responder a la pregunta, sin embargo, Raskolnikov tenía sus propias cuestiones.

-¿Cuántos años tienes?

Por un momento Iván lo observó perplejo, como si no hubiera entendido la pregunta. Entonces pareció reaccionar, frunciendo el ceño y echándose hacia atrás con expresión furiosa, hasta el punto de que Rodya pensó que el joven iba a golpearlo. Incluso se encogió ante un leve movimiento de Iván con la seguridad de que lo que venía a continuación sería una nueva paliza. Pero no ocurrió así.

-¿Y eso a ti qué te importa?-respondió con rabia, taladrándolo con la mirada.- ¿Crees que soy demasiado joven para controlar a una zorra como tú? ¿Es eso? Porque ya he demostrado sobradamente lo contrario, ¿no crees? ¿O debería volver a enseñártelo?

El preso le había agarrado del pelo, pegándole un fuerte tirón para echarle la cabeza hacia atrás y retorciéndolo con crueldad, buscando un gesto de dolor en Raskolnikov que no tardó mucho en aparecer.

-¡No!-Rodya se apresuró a responder a aquello, esforzándose por tragarse cualquier tipo de comentario irónico. Estaba muy claro dónde yacían las inseguridades de Iván, pero ya había tenido suficiente abuso para todo el día, no quería provocarlo más.-Lo siento, no pretendía cuestionarte. Era sólo curiosidad...

-Curiosidad, ¿eh?

Iván calló un momento, aún lanzándole una mirada furibunda, antes de soltarle el pelo con un bufido y apartarse un poco, observándolo con desprecio.

-Tengo 15.-respondió tras un largo silencio, sorprendido con ello a Raskolnikov, que ya había aceptado que la conversación acababa ahí.-Aunque pronto cumpliré 16. Sí, soy joven, pero soy más hombre de lo que un desviado como tú podrá ser jamás.

Añadió aquello último con orgullo, pero no dejaba de sonar defensivo. Bueno, en ningún momento Rodya había insinuado que su juventud fuera un obstáculo para su virilidad, pero tal vez fuera mejor no decir aquello. En lugar de ello Raskolnikov no pudo evitar pensar en cómo era su vida cuando tenía aquella edad. Era como un recuerdo borroso, ajeno, situado a miles de millas y ya en ese punto inalcanzable. Aquellas eran las memorias de otra persona, alguien muy distinto al que se arrodillaba allí ahora, jadeando y tratando de mantener la compostura, de mantener unidos los pedazos y sobrevivir sin importar lo que ocurriera, movido a ello por una fuerza desconocida. No, la persona de aquellas memorias, el joven pretencioso, inteligente, solitario, testarudo y un tanto extraño de aquel pueblecito ruso no tenía nada que ver con el destrozado asesino que se encontraba allí ahora. Aquel soñador lleno de potencial y maravillosas, grandiosas intenciones, de cierta bondad inocente y de humildad camuflada en fingida arrogancia había muerto hacía tiempo. Quince años. ¿Cómo iba a imaginar Raskolnikov entonces que un día iba a terminar así? Era impensable.

-Tú no deberías estar aquí...-murmuró distraído, sin pensar en lo que decía.-Eres demasiado joven, este es un lugar horrible. Las cosas no deberían ser así.

-Qué sabrás tú.-replicó Iván sin inmutarse, el ceño todavía fruncido en su dirección.-No tienes ni idea de quién soy o de lo que he hecho, así que por tu propio bien te convendría mantener la boca cerrada. Eh, hola, ¿estás ahí?

El joven chasqueó los dedos frente a él, trayendo de vuelta al mundo real a un ausente Rodya, que se había perdido en la añoranza por un inalcanzable pasado y que ya no escuchaba nada de lo que Iván le decía. Volviendo en sí tras el toque de atención centró su mirada interrogante en el otro preso. ¿Se había perdido algo importante? No obstante Iván suspiró, no pareciendo enfadado en absoluto. No, al contrario, su curiosidad sólo parecía ir en aumento, llevándolo a inclinarse de nuevo hacia él y estudiándolo con aire pensativo.

-Eres un tipo bastante raro, ¿lo sabías?

-¿Raro?

Desde luego, no era la primera vez que se lo decían.

-Sí, eso es. Muy raro. ¿Son todos los de tu clase así?

Raskolnikov lo observó confuso. ¿Qué quería decir con aquello? Tal vez él fuera raro, pero Iván también estaba actuando de una forma extraña aquel día.

-¿Mi clase? ¿Qué quieres decir?

El muchacho entornó los ojos, con una mueca hastiada.

-Oh, vamos, bien que lo sabes. ¿También eres estúpido? Creí que eras un estudiante, un señorito. ¿Desde cuándo aceptan a gente como tú en la universidad?

-Iván, sinceramente, no tengo ni idea de lo que estás hablando.

Rodya le mantuvo la vista, sus ojos aún enrojecidos e hinchados, pero su mirada mostrando su honesta confusión mezclada con cierta preocupación asustada. Uno nunca sabía cómo sus agresores podían reaccionar. Pero tras un rato de silenciosa inspección Iván pareció dar sus palabras por ciertas, esbozando una nueva mueca y meneando la cabeza con desagrado.

-Entonces es que eres estúpido de veras. Me refiero a los desviados, a los sodomitas. Ya sabes, a los “hombres” que les gusta yacer con otros hombres. A esos. ¿Son todos tan raros como tú? ¿A cuántos conoces?

Bueno, eso parecía explicar algunas cosas. Como su insistencia en decirle a Rodya que él no era un hombre de verdad. Su tono y el gesto al pronunciar aquella palabra habían dejado muy claras las ideas de Iván respecto al tema. Pero con su afirmación estaba incurriendo en un error de base.

-Te equivocas, Iván, no soy lo que tú crees. Yo nunca... nunca he albergado tales deseos. No soy un desviado. Son sólo rumores. No conozco a ninguno y no soy uno de ellos.

Por supuesto, Raskolnikov no se sorprendió en absoluto de la reacción de Iván. Oh, desde luego, era esperable que se echara a reír con incredulidad. ¿Por qué iba a tomarlo en serio? Todos estaban convencidos de aquello y el propio Rodya había comenzado a cuestionarse a sí mismo. ¿Cómo si no explicar sus imperdonables reacciones al abuso sufrido? Estaba claro que había algo en él que fallaba, se hubiera dado cuenta antes o no. Pero no había mentido al decir que nunca había tenido esos deseos. Y seguía sin tenerlos. Todo aquello había sido puramente accidental.

Iván tardó un buen rato en recuperar el control y dejar de reír a carcajadas. Incluso sus ojos estaban llenos de lágrimas. Por algún motivo aquella incredulidad resulto más hiriente y humillante que muchos de los insultos que todos habían lanzado sobre él. Tal vez es que a los insultos ya se hubiera acostumbrado. Con un suspiro agotado, Rodya dirigió su mirada hacia Iván. Estaba cansado de aquella postura, le dolían las piernas y le gustaría moverse. Si iban a tener una conversación su agresor al menos podría tener la decencia de dejarle levantarse. No dudó en preguntarlo, señalando el camastro en el que estaba Iván con un gesto vago.

-¿Te importa si me siento? Estoy cansado.

La expresión divertida de Iván se tornó al momento en un gesto mezcla de asco y sorpresa ante su petición.

-¿Estás de broma? No pienso sentarme a tu lado, degenerado de mierda, ¿qué es lo que pretendes? Quédate ahí, en el suelo, ahí es donde perteneces, ese es tu sitio.

Raskolnikov tuvo que contenerse para no entornar los ojos. Debería haber imaginado la respuesta. Pero no podía dejar de preguntarse, ¿por qué todo aquel odio? Aún en caso de que las cosas que contaban sobre él fuera ciertas no era Rodya precisamente el que había acudido a buscar algo de ellos. Todo lo contrario. ¿Por qué Iván se mostraba siempre tan asqueado a su alrededor? A fin de cuentas, era él y no Raskolnikov el que lo había arrastrado hasta allí y tomado por la fuerza su garganta. Pero el joven preso no tenía el valor para plantear ninguna de aquellas cuestiones. Tampoco esperaba una respuesta. En su lugar, acepto las palabras dañinas de su agresor, pero no rindiéndose por completo.

-¿Puedo al menos sentarme en el suelo? Esta posición es incómoda y me duelen las rodillas. Si vamos a hablar no veo por qué debo seguir así...-se detuvo un momento, dudando antes de añadir una última palabra en tono de quejumbrosa súplica.-Por favor.

Iván dudó visiblemente. Raskolnikov podía imaginarse lo que pasaba por su cabeza en ese momento. Con toda seguridad se preguntaba si ceder a aquella petición, en apariencia inocente, podría ser considerado una muestra de debilidad que menguase su autoridad sobre él. Sin embargo, su tono suplicante pareció ser lo bastante agradable a sus oídos para que acabase dándole un leve asentimiento, con expresión fría pero permisiva. Lo cierto es que tras haberse desahogado el muchacho parecía estar de buen humor y tal vez su interés por Raskolnikov fuera lo suficientemente grande para de verdad querer tener una conversación con él. Rodya cambió de posición, sentándose con las piernas cruzadas y frotándose suavemente sus doloridas rodillas. Mucho mejor así. Sólo quedaba esperar por lo que viniera a continuación. No tenía ni idea de que podía estar pensando Iván en aquel momento.

-¿Estás cómoda ahora, princesa?-por supuesto, el preso no podía dejar pasar su acto magnánimo sin añadir una burla. Sin embargo, al ver que Raskolnikov no reaccionaba ante su comentario decidió continuar con su charla.-Entonces, no eres un desviado, ¿no? Sí, seguro.-el joven no pudo evitar reír de nuevo, mientras Rodya lo observa con expresión vacía.-¿Por qué no me dices la verdad? ¿Qué más te da? Todos lo saben, no va a hacer las cosas peor. Es sólo... curiosidad.

Iván le guiñó un ojo, haciendo evidente como estaba usando ahora sus propias palabras contra él, con un leve tono de ironía que no pudo pasar desapercibido. No importaba. Raskolnikov estaba diciendo la verdad.

-Puedes creer lo que quieras, Iván. No te he mentido. Nunca he deseado nada de esto, ni aquí ni afuera. No tengo ese interés en los hombres.

-Oh, vamos. ¿Vas a decirme que nunca habías estado con un hombre antes?

-Nunca.

-¿Y con mujeres?

Rodya se le quedó mirando con una mueca. ¿Por qué ese chico estaba tan empeñado en saber aquellas cosas? ¿Por qué insistir en algo que no era para nada asunto suyo y que lo hacía sentir tan visiblemente incómodo? Tal vez fuera por eso, una nueva forma de torturarlo. O tal vez no. Pero, ¿qué opciones tenía aparte de contestarle? Mantener silencio o tratar de irse podía terminar con una paliza o una nueva violación. Si al menos con aquello podía mantener al joven entretenido, bien, que así fuera.

-No, tampoco. Nunca había estado con nadie.

-Oh, oh, espera, entonces, ¿te desfloramos? ¿Fue tu primera vez?

Y ahora Iván se veía tan emocionado, tan orgulloso. Como si hubiera algo de bueno en aquello. Raskolnikov no respondió, no tenía nada que decir.

-Espera, ¿y qué pasa con esa chica, Sonya Marmeladova? ¿Tampoco ella?

-No. Y te agradecería que la dejaras fuera de esto.

No quería pensar en ella. No en aquel momento, no en esa situación. Rodya no quería imaginar lo que Sonya pensaría si supiera lo que él era, en lo que lo habían convertido. No, de ningún modo. Sólo mencionarla en tales circunstancias lo hacía sentir enfermo. No obstante, Iván pareció bastante comprensivo con aquello, asintiendo con firmeza.

-Sí, tienes razón, ella es demasiado buena y pura para mezclarla con esto.

Tras otro largo silencio pensativo, Iván se decidió a hablar de nuevo.

-Pero no lo entiendo.-había apoyado los codos sobre sus rodillas y la barbilla sobre la palma de las manos, inclinándose hacia él para mirarlo de cerca.-Si esto no te gusta, ¿por qué reaccionas así? ¿Por qué siempre se te pone dura? Joder, a veces hasta suplicas por correrte. ¿Cómo es eso posible?

Ahora el incrédulo era Raskolnikov. ¿De verdad en algún momento aquel muchacho había llegado a pensar que disfrutaba con lo que le hacían? ¿Que él podía llegar a desear y buscar algo así? Pero sus preguntas sonaban sinceras.

-No es... No se trata de eso. No, no tiene nada que ver. Yo nunca lo he querido, por supuesto que no me gusta, ¿cómo podría gustarme? No sé por qué me pasa esto. De verdad, yo... No lo sé. Mi cuerpo actúa sólo, es una reacción involuntaria. Tal vez sea una defensa...

-¿Una defensa?

-Sí, ante el dolor, el miedo, la humillación... Una forma de hacerlo menos terrible, supongo. Algo fisiológico, ya sabes.

Iván frunció el ceño ante aquello, dejando claro que no, no sabía. Posiblemente era la primera vez que oía esa palabra en su vida y desde luego Raskolnikov no se sentía con ánimo para explicárselo.

-Mira, yo mismo me lo he preguntado muchas veces, Iván, y no lo sé, realmente no lo sé.-¿Por qué estaba siendo tan honesto con él? ¿Por qué le contaba aquello? Rodya sentía que necesitaba hablar con alguien, expresar al menos parte de las dudas que lo asolaban y que nunca antes había podido mencionar. Iván simplemente le estaba dando una buena oportunidad para ello.-Pero te puedo garantizar una cosa. Esto no me gusta. Pase lo que pase con mi cuerpo yo nunca he disfrutado con nada de lo que me hacéis. Nunca. Es doloroso y terrible y lo odio. Esa es la verdad.

Iván se mantuvo callado durante un tiempo, observándolo fijamente, ponderando sus palabras, antes de entornar los ojos y soltar un bufido.

-Y una mierda. Puedes decirte eso a ti mismo si quieres, pero yo sé que mientes. Te gusta, todo esto te gusta. Muy, muy en el fondo, es justo lo que quieres. Por eso siempre te enciendes.

Había tanta agresividad en su tono, tanta amenaza latente, que Rodya empezó a temer que Iván estuviera dispuesto a demostrar lo mucho que le gustaba en aquel mismo instante.

-No miento. Puedes pensar lo que te apetezca, pero no miento. No obstante, dime, si tú no tienes interés alguno en los hombres, ¿cómo es que encuentras tan gratificante abusar de mí? ¿Cómo todos vosotros sois capaz de hacer eso conmigo?

Iván respondió de forma automática, tal vez con la idea que se había repetido a sí mismo cientos de veces.

-Porque tú no eres un hombre. Te vemos como una mujer y como tal te tratamos, eso es todo.

La respuesta fue rápida y firme, pero Iván no pudo evitar desviar la vista al decirlo, gesto que Rodion no dejó pasar por alto. Puede que el chico también se guardara sus propios secretos, sus deseos prohibidos. Tal vez por eso lo despreciaba tanto, mostraba toda aquella repulsa e insistencia sobre el mismo asunto...

-No soy una mujer. No lo soy y lo sabes... Iván... ¿es a mí a quién desprecias o se trata de ti mismo? ¿A quién pretendes herir con todo esto?

Raskolnikov trató de ser suave con su pregunta, cuidadoso, sin poder evitar un tono un tanto compasivo. Nada de ello importó, la respuesta del otro preso fue inmediata. La bofetada fue lo bastante fuerte para hacer que le zumbara el oído, cruzándole con un relampago de dolor que le arrancó un grito de sorpresa. Pero Iván no se detuvo ahí, volviendo a agarrarle del pelo y tirando con rabia, inclinándose lo suficiente sobre él para golpearle con su aliento en la oreja.

-¿Qué coño estás insinuando, zorra? Si estás insinuando algo dilo, vamos, dilo, a ver si tienes cojones. ¿Quieres que te folle otra vez y te enseñe lo mucho que te gusta? ¿Es eso lo que estás buscando? ¿No has tenido bastante hoy y quieres que te de por culo? Siempre chillas como una cerda cuando te la meten por detrás, ¿chillarás también para mí?

-¡No! Por favor, Iván, lo siento, no quería ofenderte. Por favor, no me hagas eso, hoy no, por favor, después de lo que me hicisteis ayer... Aún me duele demasiado, no podré aguantarlo, por favor. Usaré la boca si quieres. Pero ahora no, por favor, perdóname, no quería insinuar nada.

Raskolnikov debería haberlo imaginado, por supuesto. Iván había hecho gala de sus inseguridades en más de una ocasión, en ningún momento debió cuestionarlo de aquel modo. Estuvieran sus suposiciones en lo cierto o no la reacción violenta era más que esperable. Así y todo Rodya no pudo evitar romper a llorar calladamente, demasiado asustado por lo que podría pasarle a continuación para lograr contenerse más.

Iván se tomó demasiado tiempo. Demasiado tiempo cerca de él, demasiado tiempo respirando agitadamente en su oído, retorciéndole el pelo, temblando de rabia a su lado, provocando que Rodya cerrara los ojos y sollozara en espera de su veredicto, ya sin súplicas o quejas, sólo esperando, esperando a que su verdugo dictara sentencia. Pero entonces Iván lo soltó con brusquedad, pateándolo en el costado antes de separarse de él y volver a sentarse en el camastro, aún rabioso a todas luces, pero al parecer sin intención de cumplir su amenaza.

-No, no quiero tu boca. Ya he tenido bastante de tu sucia garganta por hoy. Lo dejaré pasar por esta vez, pero a la próxima vigila tus palabras, zorra. Y deja de lloriquear, no voy a follarte, ¿vale? Ni siquiera me gusta mucho darte por culo, siempre gritas y lloras demasiado, me repugna.

Raskolnikov se incorporó tras la patada, sujetándose el costado y tratando de tragarse sus sollozos. Estaba bien. Podía hacerlo. Sólo necesitaba respirar, seguir respirando. Pronto todo estaría bien. Al menos Iván no iba a abusar más de él, no por el resto del día. Si controlaba sus palabras y dejaba de actuar como un idiota tal vez pudiera librarse de cualquier daño. Y mientras estaba allí sentado hablando con el preso ningún otro lo forzaría a nada. No había razones para llorar, nada por lo que preocuparse. Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, luchando por calmarse, por convencerse a sí mismo de todo aquello. Iba a estar bien.

Sólo tras un rato se atrevió a alzar la vista de nuevo hacia Iván, no pudiendo evitar sorprenderse ante lo que vio. La rabia del joven parecía haberse evaporado, viéndose en su lugar sustituida por una cierta inquietud pensativa, por un nerviosismo teñido de tristeza. Su mirada estaba perdida en un horizonte lejano, sus pensamientos sumidos en dudas y temores que Rodya ignoraba pero sobre los que no se atrevió a preguntar. Iván parecía estar reflexionando sobre algo importante, algo que le sobrepasaba y agobiaba de forma terrible. Raskolnikov se limitó a esperar a que volviera en sí, lo cual no ocurrió hasta que una notoria cantidad de tiempo había transcurrido. Entonces Iván le miró, manteniendo su actitud pensativa, todavía entristecido, todavía curioso. En aquella mirada Rodya casi pudo ver al joven de quince años que realmente era, el niño que había sido empujado a aquel agujero por Dios sabe qué circunstancias del destino y que ahora tenía que jugar a ser un monstruo para sobrevivir. Eso es lo que era al fin y al cabo, ¿no? Rodya no podía figurárselo de otra manera. Tampoco podía dejar de preguntarse que había hecho para acabar allí, especialmente en el pabellón de presos peligrosos. Estaba seguro de que todos los que le rodeaban tenían sangre en sus manos. ¿Aquel chico también? No quería ni imaginarlo y le faltaba valor para preguntar.

-Entonces... es por eso, ¿no? Si no te gusta...-Iván parecía estar mascando las palabras, aún en parte ausente.-Si no te gusta es por eso que lloras siempre. Que gritas y te quejas tanto. Lo haces en serio, ¿verdad? Es por eso por lo que lloras también por las noches, ¿cierto? Y por lo que murmuras en sueños...

¿Murmuraba en sueños? Bien, Rodya no sabía aquello. Lo que tampoco sabía es que Iván lo había oído llorar antes de quedarse dormido. Noche tras noche. Trataba de hacerlo calladamente, pero no parecía haber sido suficiente. ¿Lo sabrían los otros también? Bueno, ¿qué le importaba a él? No es como si eso fuera a cambiar algo.

-Sí, claro que sí, por supuesto que es en serio. ¿Qué pensabas, que exageraba, que actuaba? Cada vez que me tocáis... Duele. No sólo mi cuerpo. Me estáis destruyendo, ¿no te había dado cuenta? Es terrible y... al final acabaré perdiendo el juicio. Es sólo cuestión de tiempo.

Rodya ya no dudaba de aquello. ¿Cuánto puede soportar un hombre el constante miedo, las torturas, la humillación, el dolor y la esclavitud? Tal vez otros pudieran. Por meses, años, una vida. Pero Raskolnikov no. Aquello no era para él. Su mente sucumbiría tarde o temprano, se haría añicos y todo dejaría de importar. Rodya se perdería, se moriría por dentro, y lo que quedase no sería más que una carcasa vacía. Casi podía sentir el reloj contando los minutos que faltaban para que aquello ocurriera. Estaba demasiado cerca de las doce.

Iván parecía más inquieto a cada instante. No dejaba de mirarlo con aquella expresión nerviosa, dolida, puede que culpable. Algo estaba perturbándolo hondamente en su interior.

-No deberíamos estar hablando así.-murmuró finalmente entre dientes.-Esto no está bien, es estúpido.

Raskolnikov tuvo que morderse la lengua para evitar decirle que al fin y al cabo era él quien había empezado. No debía molestarlo más.

-Lo siento... ¿hay algo que te inquieta? ¿Cuál es el problema?

Iván le lanzó una mirada envenenada, provocando que Raskolnikov se encogiera al instante.

-Lo sabes de sobra. No eres tan ingenuo como aparentas. No deberíamos hablar de esta forma. Yo... no debería haberte preguntado estas cosas. No quiero verte de este modo, eso no está bien.

-Ah, sí, ya entiendo. No quieres verme como a una persona, ¿no? Como a un ser humano. ¿Es eso lo que te inquieta? ¿Temes sentirte culpable e incapaz si piensas en mí como lo que soy?

-Joder, cállate. Ya he tenido bastante de esto. Eres una zorra, eso es lo que eres. Nada más importa. Esto ha sido estúpido, no debí hacerlo. Tal vez allí fuera eras otra cosa pero aquí... aquí sólo eres nuestra puta. Nada más. Suficiente, me largo, tengo mejores cosas que hacer que oír tus lloriqueos.

Iván se puso en pie con brusquedad, camuflando sus miedos con toda aquella rabia y agresividad exageradas. Sí, Rodya había dado de lleno en la llaga. El joven no quería verlo de aquella forma, no quería saber nada de él, sentir compasión o empatía. ¿Cómo iba a torturarlo y seguir los juegos de sus compañeros si no podía evitar compadecerse de él? Obviamente, aquello era peligroso si lo que Iván quería era mantenerse en el papel de agresor indiferente a sus súplicas. No importaba. El joven podía hacer lo que quisiera. Compasivo o no, su situación no cambiaría en absoluto.

El preso había dado un par de zancadas para alejarse de él, dispuesto a salir de allí y separarse de la que parecía ser tan nociva presencia de Raskolnikov sin siquiera mirar atrás. Pero entonces frenó en seco, girándose hacia él y lanzándole una última mirada amenazante.

-No puedes contar nada de esto, ¿entiendes? Escúchame bien, si dices una sola palabra sobre la conversación que hemos tenido, sobre cualquiera de las estúpidas ideas que puedas tener sobre mí... Te juro que vas a maldecir el día en que naciste. Sabes que puedo hacerte mucho daño, ¿verdad? Lo único que ha pasado hoy es que te he follado y me he ido. No hemos hablado. ¿Está claro?

Rodya asintió. Oh, lo sabía, sabía cuánto daño podía hacerle, desde luego que sí. No tenía dudas al respecto.

-No te preocupes, no diré nada.

¿A quién se lo iba a decir? Nada de aquello importaba. Ni Iván, ni Kiselev, ni siquiera él mismo. Nadie. Raskolnikov no sentía ninguna tentación de faltar a su palabra. El preso pareció tener suficiente con aquel asentimiento, dándose la vuelta y marchándose del barracón a paso rápido, cerrando con un portazo como si con eso pudiera olvidarse de él, dejarlo todo atrás, fingir que nada de aquello había ocurrido. Rodya casi sentía lástima. Casi. Raskolnikov aún se tomó un rato de callada reflexión antes de levantarse, despacio, todavía tembloroso, colocándose la ropa y arreglándose el pelo. Todavía tenía el sabor de Iván en su boca. Era repulsivo. Debía encontrar agua, tal vez tras enjuagarse y beber se sintiera mejor. Menos enfermo. Vomitar era tentador, pero no comía lo suficiente y no se sentía con fuerzas para ello. Tendría que conformarse con el agua. Cojeaba ligeramente cuando salió del barracón, a la claridad de aquella perezosa tarde de domingo. La cojera era el resultado de una de las anteriores palizas aunque poco a poco parecía estar recuperándose de ella. Algunas heridas sanarían, a otras sólo le quedaba acostumbrarse. No importaba, todo ello seguía sin importar.

Durante los días siguientes a su encuentro con Iván, Raskolnikov se vio curiosamente libre del constante acoso, al menos de su forma más extrema. Sí, los insultos, golpes y empujones persistían, pero no fue forzado ni una sola vez, quedándose toda amenaza o insinuación en palabras vagas e irrealizadas. Aquel hecho logró inquietar al joven mucho más que tranquilizarlo. ¿Qué estaban tramando? Desde luego, Rodya no se planteaba ni por asomo que su agonía hubiera acabado, que aquellas bestias hubieran terminado por apiadarse de él (tal vez gracias a la influencia de Iván y algún intento de generar empatía entre sus agresores surgido a raíz de su conversación) ni que aquello fuera a perdurar mucho tiempo. No, eso ya lo había vivido. Era como todo había comenzado. Con promesas terribles que lo agitaban en sueños. Sólo estaban jugando con él una vez más, buscando una nueva forma de hacerle sufrir, torturando su mente en lugar de su cuerpo. En cualquier momento aquellos empujones podían convertirse en una nueva agresión, aquellas amenazas en dolorosa realidad. El único problema es que para Raskolnikov era imposible determinar cuándo ocurriría. Eso dependía enteramente de sus verdugos. Y el saber que algo horrible pero indeterminado iba a pasar, pero ser incapaz de decir cuándo, cómo o qué, lo mantenía en un constante estado de agitación e inquietud, de pánico que lo hacía saltar ante cualquier roce y murmullo, llegando al borde del llanto cada vez que sentía que alguien se le iba a echar encima, aunque al final nunca ocurriera nada. ¿Por cuánto tiempo pensaban mantenerlo así? ¿Cuánto iban a prolongar su tortura? Raskolnikov sólo deseaba que todo aquello acabara de una vez, que hicieran ya lo que fuera que estaban tramando y que lo dejaran respirar en paz.

Fue poco más de una semana tras ese periodo de falsa calma cuándo Rodya por fin obtuvo respuestas a sus preguntas. No obstante lo que ocurrió poco o nada tenía que ver con lo que el joven presidiario había estado imaginando y desde luego no resultó en absoluto un desenlace reconfortante. Aquel día habían ido a trabajar a la herrería. El lugar estaba alejado de la prisión, pero también del pueblo más cercano y siempre implicaba una gran cantidad de trabajo duro. Raskolnikov no era el tipo más adecuado para ello y los días allí siempre se le hacían largos e insufribles. Era aún peor cuando tenía la desgracia de ir allí con sus compañeros de barracón, especialmente si se trataban de Kiselev y los suyos. Por supuesto, ese era el caso esta vez. El grupo al completo, para su desgracia, por lo que la mañana estuvo plagada de burlas e insultos y algún que otro empujón, roce y amenaza, todo ello bajo las indiferentes miradas de los guardias que, mientras todos continuaran trabajando, no parecieron encontrar ningún motivo para intervenir. Rodya lo aguantó todo calladamente, la cabeza gacha y su mente tratando de ocuparse en el trabajo, de no escuchar, no pensar. Así trascurrió toda la mañana, hasta que por fin les dieron un breve descanso para comer.

Raskolnikov optó por quedarse en la parte de atrás, sentado en el suelo mientras se tomaba aquella comida insípida que sin embargo seguía siendo mejor que la mayoría de cosas que había podido permitirse tomar en Petersburgo. Los hornos continuaban encendidos, por lo que hacía calor allí, suficiente para hacerlo sudar, razón que había llevado a todos los otros presos a tomarse su descanso en la sala contigua, mientras los guardias salían a dar un paseo por los alrededores o simplemente sentarse a descansar en la puerta de la fragua. Precisamente aquel era el motivo por el que Rodya se había quedado allí. Tal vez el calor fuera incómodo, pero desde luego era mucho mejor que estar rodeado por sus torturadores. Al menos allí podía estar solo. No obstante, aquella inestable paz no duró mucho tiempo.

El joven preso apenas había terminado de comer cuando Kiselev y su séquito hicieron acto de presencia. Oh, por supuesto, no iban a dejarlo pasar. Entraron con parsimonia, una gran sonrisa en el rostro del cabecilla, sus ojos brillando con diversión anticipada, Vsevolod apresurándose a cerrar la puerta a sus espaldas, dejándolo a solas con ellos.

-Ah, así que estabas aquí, preciosa. Me preguntaba dónde te habías metido. ¿No crees que es de mala educación esconderte aquí y dejar a los hombres comiendo solos? Esa actitud tan orgullosa no me gusta nada en mis chicas. Menos cuando se tratan de furcias baratas como tú. No es algo que vaya contigo, querida.

Bien, ¿de eso se trataba entonces? ¿Otra violación grupal, esta vez en horario de trabajo? Si no se daban prisa el descanso terminaría, aunque Rodya dudaba que los guardias hicieran algo para intervenir en su favor. Tal vez esa era la idea, humillarlo delante de ellos, dejar que absolutamente toda la prisión supiera lo que aquel grupo se traía entre manos, extender su ignominia más allá de su barracón. Raskolnikov se mantuvo sentado en el suelo, paseando la vista sobre todos ellos, un miedo cerval contrayendo sus facciones mientras su cuerpo comenzaba a estremecerse. Sí, podía ser aquello, sin embargo había algo allí que no dejaba de inquietarle, que encendía todas sus alarmas y le hacía sentir que tenía que haber algo más. Después de lo ocurrido aquellos días, de esa constante sensación de amenaza algo así parecía demasiado simple. Sus ojos terminaron por posarse sobre Iván, el único que no mostraba aquella sonrisa anticipatoria cargada de crueldad. Al contrario, el joven parecía un tanto inquieto, inseguro, aunque frunció el ceño con rabia en cuanto notó la mirada de Rodya, apresurándose a apartar la vista y no dejarle ver ni por un instante más cualquier muestra de debilidad. Sólo entonces Raskolnikov estuvo seguro. Allí ocurría algo raro.

-No estaba escondiéndome...-murmuró Rodya, los ojos en el suelo y sus labios temblorosos.-Pensé que... bueno, yo... creía que preferirías estar sin mí... No quería molestaros, eso es todo.

Stepan se echó a reír, agachándose frente a él para ponerse a su altura. No tardó en agarrarle de la barbilla para obligarlo a alzar la vista, cruzando con él su mirada sardónica.

-Eres un pésimo mentiroso, Raskolnikov, y no me gusta que mis chicas me mientan. Me hace pensar que olvidan a quién pertenecen y eso no está bien. Pero no te preocupes, para eso estamos aquí, para asegurarnos de que siempre lo recuerdes. Tranquilo, no vamos a hacer lo que estás pensando.-Kiselev paseó el pulgar lentamente por su labio inferior, presionando con suavidad y tirando hacia abajo, exponiendo sus dientes, jugueteando con él.-Esta vez tenemos preparado algo más especial, sólo para ti.

Rodya no tuvo tiempo de reaccionar. En el momento en el que Stepan terminó su frase hizo una señal vaga con su mano izquierda, provocando que el resto del grupo se pusiera en marcha con perfecta coordinación. Antes de que Raskolnikov pudiera emitir una queja lo habían obligado a ponerse en pie, Yaromir y Oleg sujetándolo con fuerza mientras Kiselev comenzaba a desabrochar su camisa con parsimonia, una sonrisa amable todavía danzando en su rostro.

-Iván, ¿quieres preparar tú las herramientas?

El joven dio un respingo, sorprendido al oír su nombre. Había permanecido callado y nervioso, distraído por alguna idea, y la mención lo sobresaltó visiblemente. Pero no tardó en reponerse, asintiendo al momento con seriedad.

-Por supuesto, Stepan.

¿Qué herramientas? Raskolnikov lo siguió con la mirada, tratando de entender lo que estaba apunto de ocurrir. Kiselev había terminado con su camiseta, dejando su pecho al descubierto como tantas veces hiciera anteriormente. Rodya no le prestó atención. Tampoco luchó por librarse del agarre de los otros dos, sabiendo ya de sobra cuán inútil era intentar algo así. Todos sus esfuerzos ahora estaban enfocados en entender que ocurría allí.

Iván estaba echando un vistazo alrededor, buscando lo que quiera que fueran aquellas herramientas. Le tomó casi un minuto que para Raskolnikov supuso una eternidad. Pero ver lo que era no le ayudó a entenderlo. Un hierro para marcar ganado. Un simple hierro con una marca triangular al final, lo que usaban para marcar el ganado de la zona. ¿Para qué quería eso? ¿Iban a golpearlo con él? Sólo cuando Iván lo metió en el horno para que se calentara Rodya comprendió lo que estaba ocurriendo. Su reacción fue inmediata.

-¡No! No, no, ¿qué vais a hacer? ¡Kiselev, por favor, no me hagas esto, para, diles que paren!

Raskolnikov comenzó a retorcerse, pugnando por librarse del agarre de sus verdugos, aún a sabiendas de que era en vano, aún con la certeza de que todas sus súplicas y promesas no cambiarían nada. El horror de la comprensión y el miedo se habían hecho presa de él y cualquier posibilidad de raciocinio quedaba ahora descartada. Sólo había lugar para el espanto y la desesperación.

-Por favor, por favor, me he estado portando bien, esto no es necesario, no volveré a esconderme, no mentiré, haré lo que quieras. Dios Santo, Kiselev, ¿es que has perdido el juicio? No me hagas esto, por favor.

Sí, por supuesto, Raskolnikov estaba asustado del dolor, ¿cómo no estarlo? Pero a aquellas alturas ya casi se había acostumbrado a ello. No, no era eso lo que más le preocupaba. Era lo que se escondía detrás de aquel acto, el desprecio, la humillación, las implicaciones de ser marcado como mero ganado, la herida permanente en su pecho que le recordaría durante el resto de su vida aquello en lo que se había convertido. Un animal, un ser arrastrado y pateado indigno de cualquier trato humano. Eso era lo que pretendían con su gesto. No se trataba sólo de hacerle daño, no pretendían simplemente causarle dolor, había formas más sencillas de lograr aquello. No, lo que Kiselev quería era degradarlo hasta su punto máximo y limpiar de una vez por todas cualquier rastro de humanidad que hubiera en él. Aquel hombre lo consideraba ganado, una pieza más de carne de la que disponer cuando gustara, y pretendía que Rodya lo entendiera y aceptara sin réplicas. Aquella marca no pretendía más que ser otro símbolo de su aberrante esclavitud.

-Eh, vamos, ¿a qué viene tanto escándalo? No montes un numerito, esto es por tu propio bien. ¿Por qué pones esa cara?-Kiselev continuaba hablando con amabilidad, con una fría calma que apenas disfrazaba su deleite, fingiendo sorpresa ante los sollozos y la expresión horrorizada de Rodya.- Esto no tiene nada que ver con tu comportamiento, te hayas estado portando bien o no es muy importante que hagamos esto como parte de tu educación. Quiero asegurarme de que recuerdes qué eres y a quién perteneces y que lo recuerdes para siempre. Tranquila, preciosa, pórtate bien y esto será rápido.

Stepan había comenzado a acariciarle la mejilla mientras hablaba, su tacto cuidadoso entrando en contraste con la dolorosa presión que las manos de Oleg y Yaromir ejercían sobre él, frenando sus intentos de escabullirse y manteniéndolo en el sitio con firmeza. Rodya clavó sus ojos en los del otro preso, con una expresión de total sumisión y súplica desesperada, las lágrimas brotando incansables, nublándole la vista.

-Por favor...-murmuró una vez más, débilmente.-Kiselev, no es necesario. Lo entiendo, lo entiendo de verdad. No lo he olvidado, soy tuyo, soy lo que tú quieras, pero por favor, no me hagas esto, por fav-

Sus palabras se cortaron bruscamente cuando Stepan lanzó su mano contra él, convirtiendo las caricias amables en una sonora bofetada que lo hizo tambalearse sobre sus pies, cortando su incoherente verborrea de raíz y sustituyéndola por un gemido ahogado.

-Cierra la puta boca, zorra. Por supuesto que no lo entiendes. Si lo entendieras dejarías de lloriquear y aceptarías mis órdenes sin protestas. Aún estamos lejos de ello, pero no te preocupes, aprenderás, te doy mi palabra. Y ahora cállate y compórtate como es debido o te juro que te meto el hierro incandescente por el culo.-con un movimiento repentino, el preso le agarró del pelo, dándole un tirón brusco para forzarlo a alzar la vista, una sonrisa feral sustituyendo cualquier rastro de amabilidad en su rostro.- Aunque tal vez eso te gustaría, ¿eh? ¿Quieres que probemos? ¿No? Entonces deja de gimotear de una puta vez.

Rodya se mordió el labio inferior, luchando por contener sus sollozos, paralizado por el pánico que las palabras de Kiselev le habían provocado. Se sentía las piernas débiles, inútiles, sólo capaz de mantenerse en pie porque sus agresores seguían sujetándolo. todo su cuerpo temblando sin control mientras su mirada de derrotada aceptación seguía cada uno de los movimientos del cabecilla. Bien sabía Raskolnikov a aquellas alturas que Kiselev era totalmente capaz de llevar aquella amenaza a término. No era un hombre que faltara a su palabra, además. Por lo que su única opción ahora era guardar silencio y obedecer, dejar de luchar y aceptar lo que venía, por difícil y terrible que le resultase.

Entonces Kiselev se apartó de él, acercándose a Iván y echando un vistazo al interior de la fragua.

-Bien, creo que eso es suficiente. Venga, chico, acabemos con esto de una vez.

El preso acompañó sus palabras de una fuerte palmada de ánimo en la espalda del más joven, que sin embargo se mostraba pálido y nervioso, visiblemente tenso ante la situación. Iván sacó el hierro al rojo del fuego, volviéndose con cuidado en dirección al aterrorizado Rodya. No obstante, su pulso temblaba tanto que a duras penas podía sujetar la herramienta. Por supuesto, Stepan no tardó en notarlo.

-¿Está bien, muchacho? Si esto es mucho para ti puede hacerlo otro...

-No.-Iván se apresuró a negar con la cabeza, frunciendo el ceño y dando un paso hacia Rodya, fingiendo una determinación que estaba lejos de sentir.-No es nada, lo haré yo.

Raskolnikov ya podía notar en su piel el calor que desprendía el metal incandescente cuando Kiselev lo detuvo.

-Espera. ¿Has hecho esto alguna vez antes? Ya sabes, con vacas, ovejas, lo que sea.

-No...

-Está bien. Baran, ven aquí, encárgate tú de esto.

-¿Qué? ¿Por qué? ¡Puedo hacerlo, puedo poner a esa zorra en su sitio!

Kiselev le sonrió, casi paternal, mientras le apretaba el hombro con suavidad.

-Ya lo sé, chico, eso ya lo has demostrado. Pero entiendo que estés nervioso, algo así puede impresionar un poco. Chillan y se retuercen mucho cuando los marcas y el olor es bastante desagradable. Esto es algo que hay que hacer rápido y con firmeza, no admite titubeos si se pretende hacerlo bien. Y tú no lo has hecho nunca antes... Es mejor que dejes a otro. Tal vez tú puedas marcar a la próxima, ¿eh? Vamos, dale el hierro a Baran, antes de que se enfríe.

Iván agitó la cabeza tercamente, los dientes apretados con rabia, pero no se tomó mucho tiempo antes de obedecer a Kiselev. El joven odiaba dar muestras de debilidad. Llevaban planeando aquello durante algún tiempo, aunque no había sido hasta esa mañana cuando Iván se había ofrecido voluntario para ser él el que marcara a la zorra. Casi les había suplicado que le dejaran hacerlo. Quería demostrarles a todos una vez más como no era un criajo inútil, como podía ser tan cruel y dominante como cualquiera de ellos. Pero sobre todo quería demostrarse a sí mismo que era capaz de hacer aquello, que la conversación que había mantenido con Raskolnikov unos días antes no le había afectado en nada, que su asco y desprecio por aquel engendro desviado seguía imponiéndose sobre todo lo demás.

Sin embargo, en cuanto entraron en la habitación y sus ojos se cruzaron con la mirada asustada del otro preso no pudo evitar sentirse nervioso e incómodo, casi culpable ante la idea de lo que iban a hacerle. No dejaba de decirse a sí mismo que no era peor que nada de lo que ya le hubieran hecho anteriormente y que al fin y al cabo lo merecía, que era adecuado, que tenían derecho a aquello. Así era como funcionaba la jerarquía allí. Él había optado por situarse en el lugar adecuado, Raskolnikov pertenecía a otro estamento, el de las víctimas, y si no quería caer a su nivel más le valía mantenerse firme en su puesto. No obstante con cada súplica la situación comenzó a resultarle más y más insufrible y aunque trató de centrarse en su rabia y desprecio a medida que el hierro se calentaba Iván se fue dando cuenta de que no sería capaz de hacerlo. Y al final Kiselev lo había notado y su debilidad había triunfado.

El joven temblaba de ira cuando dio un paso atrás, permitiendo a Baran tomar su puesto. Se odiaba a sí mismo por ello, odiaba a esa maldita zorra por dejarlo en evidencia en frente a sus compañeros, por mostrarlo como un chiquillo inútil y pusilánime, pero se aseguraría de que no volviera a pasar, se aseguraría de darle una lección a Raskolnikov en cuanto pudiera ponerle las manos encima. Sí, eso haría. Por ahora disfrutaría de aquel pequeño espectáculo como venganza. Y sin embargo, los gemidos que el preso se esforzaba por acallar, el pavor en su gesto y las abundantes lágrimas que resbalaban por sus empalidecidas mejillas no lograron reconfortarlo en absoluto. Al contrario, todo ello aún se sentía como inadecuado. En ese punto Iván sólo deseaba que aquello acabara cuanto antes.

Por su parte, Baran sí que parecía estar disfrutando intensamente el momento. Rodya podía leer su deseo de hacer aquello con total facilidad en la expresión de regocijo que se dibujaba en su rostro. ¿Cómo iba a ser de otro modo? De todos ellos Baran era el más cruel. Con toda seguridad Kiselev planeaba dejarle aquello a él desde el principio, lo de Iván sólo había sido un juego, una forma de alargar la espera y prolongar con ello su tortura. Pero ahora ya no cabía esperar. Sin vacilar ni un sólo instante Baran presiono el hierro contra su pecho, con firmeza, manteniéndolo apretado contra él mientras su piel se quemaba y Raskolnikov gritaba de dolor, retorciéndose en brazos de sus captores, no pudiendo contenerse esta vez a pesar de las amenazas de Stepan. Dolía, dolía de forma indecible, Rodya casi podía sentir como su carne se derretía y chamuscaba bajo el metal ardiente, trazando marcas que jamás desaparecían, el olor de la carne quemada invadiéndolo y revolviéndole las tripas. La sensación era tan terrible que por un momento llegó a creer que se desmayaría.

Pero entonces Kiselev ordenó a Baran que parara, aquello era suficiente, por lo que el preso se apartó, permitiendo a su líder examinar la marca enrojecida e inflamada en su piel. La presión del hierro desapareció, pero no con ello el dolor, que hacía a Raskolnikov sollozar y gemir débilmente, la cabeza gacha y su cuerpo inutilizado por la debilidad, totalmente a merced de sus verdugos. Stepan pasó un dedo por la quemadura, presionando con suavidad y arrancándole un nuevo grito a Rodya. Por supuesto, el muy desgraciado se rió de su reacción, repitiéndolo un par de veces, como si fuera de lo más divertido hacerle chillar sólo con su toque. De seguro debía serlo para todos ellos, ya que no era el único que reía.

-Esta bien, ha quedado muy bien. Es una marca perfecta. ¿Ves como no era para tanto, preciosa? Sí, ahora dolerá un poco, pero se pasará y te quedarás con ese bonito símbolo para siempre, recordándote lo que eres y cómo debes comportarte. Así todo te resultara más fácil. Muy bien, dejadlo estar, vamos con los otros, ya queda poco para volver al trabajo.

Oleg y Yaromir lo soltaron al momento, dejándolo caer y pasando por encima de él para seguir a sus compañeros de vuelta a la otra sala. Raskolnikov estaba demasiado débil para mantenerse en pie por sí mismo, por lo que en cuanto dejaron de sostenerlo cayó a plomo sobre sus rodillas. Se hizo daño, pero nada era comparable al dolor de la marca palpitante en su pecho. Ni a la sensación destructiva que lo devoraba por dentro. El preso se tumbó en el suelo, ovillándose y llorando calladamente, tratando de controlar los espasmos que le invadían, de seguir respirando, de no perder por completo el control. Era incapaz de moverse, de pensar, de reaccionar. No sabía cómo se suponía que iba a volver al trabajo. Sólo quería cerrar los ojos, dormirse y no volver a despertar. El dolor le hacía difícil permanecer consciente.

Su pésimo estado mental le impidió notar la presencia de Iván, todavía de pie en medio de la habitación cuando ya todos los demás habían salido, sus ojos claros clavados en el penoso amasijo que era Rodya en aquel momento con expresión indescifrable, su respiración ligeramente agitada por el nerviosismo. Era difícil, muy difícil, no compadecerse de aquella criatura desdichada que se retorcía balbuceante a sus pies. Por mucho asco y desprecio que sintiera hacia él, nunca antes lo había visto tan destrozado, tan derrotado. Iván actuó sin pensar. Se aseguró de que no había nadie cerca con un vistazo rápido a su alrededor, antes de acercarse al barril con agua que usaban para templar el hierro, sacando un pañuelo de su bolsillo y apresurándose a mojarlo en el líquido fresco. Tras ello se volvió hacia Raskolnikov, agachándose para ponerse a su altura. El preso estaba abrazándose a sí mismo, las rodillas contra el pecho rodeadas por sus brazos, tratando de mantener la zona dolorida protegida de forma casi inconsciente. Todavía no se había dado cuenta de que Iván aún estaba allí. El joven dudó, mordiéndose el labio inferior mientras sopesaba la situación. ¿Qué debía hacer para captar su atención? ¿Llamarlo por su nombre? No estaba acostumbrado a eso. ¿Insultarlo? Eso era lo usual, pero no se sentía cómodo con ello en aquel momento. Tal vez debería dejar de hacer estupideces, dar media vuelta y largarse de allí. Desde luego, aquello último sería lo más sensato. Pero Rodya seguía gimoteando como un cachorrillo herido e Iván terminó por sucumbir.

-Hey, tú, reacciona, vuelve aquí.

Al final optó por agarrar su hombro y agitarlo suavemente mientras le habla con cierta dureza. El contacto provocó un sobresalto en Raskolnikov, que le dirigió una mirada aterrorizada, cargada de súplica y desesperación. Sus labios temblaron, gesticulando palabras que no llegaron a formarse. Iván suspiró, entornando los ojos y alargando el pañuelo mojado hacia él.

-Toma, está frío, eso ayudará a aliviar un poco el dolor.

Rodya era incapaz de entender lo que el otro preso estaba haciendo. Sí, estaba allí, frente a él, sosteniendo un trapo húmedo en su dirección, mirándolo con el ceño fruncido y una mueca de impaciencia torciéndole el rostro, esperando. Pero Raskolnikov se sentía incapaz de reaccionar. ¿Qué? ¿Por qué? ¿Qué había dicho? ¿Que aliviaría el dolor? ¿Por qué iba Iván a ayudarle a aliviar el dolor? ¿Por qué preocuparse? Rodya era incapaz de comprenderlo, por lo que se quedó inmóvil, devolviéndole la mirada con expresión confusa, incapaz de esbozar palabra, su labio inferior temblando violentamente en su lugar. Iván volvió a entornar los ojos, cansado de esperar una respuesta, provocando que Raskolnikov se encogiera de miedo ante el gesto. Causarle la más mínima molestia a cualquiera de ellos podía traer consecuencias nefastas, él bien lo sabía, y en ese momento no se sentía capaz de afrontarlas.

-¿Lo quieres o qué? No tengo todo el día.

A Raskolnikov le tomó otro largo instante de consideración, de dudas, de pánico, su mirada inquieta fija en los ojos de Iván, tratando de descifrar alguna intención macabra detrás de su gesto en apariencia amable. Pero no pudo encontrar nada, por lo que finalmente alargó la mano hacia el pañuelo que le ofrecía, cogiéndolo con pulso agitado y acercándolo al momento a su pecho. No pudo evitar soltar un siseó cuando la tela rozó la carne herida, pero Iván estaba en lo cierto. El frío húmedo ayudaba. Presionó con cuidado, con suavidad, concentrándose en tratar su herida, en olvidar el sufrimiento, el miedo, la humillación. Sólo el leve alivio que pudiera encontrar importaba.

-Mejor, ¿no?

Rodya se mantuvo en silencio, incapaz de decir nada. No obstante, asintió a la pregunta de Iván con una leve cabezada, sin fuerzas suficientes para alzar la vista hacia él. Le resultaba imposible entender nada, pero tal vez, y sólo tal vez, aquello significaba que ese chico estaba empezando a compadecerlo. ¿Podía servirle eso a él de algo? Raskolnikov no estaba seguro, pero desde luego tener a alguien que tratara de disminuir su dolor parecía ayudar en cierto modo. Quizás en el futuro ya no se sintiera tan solo, aunque su única ayuda viniera de uno de sus verdugos. Mejor aquello que nada.

Iván se incorporó, soltando un suspiro mientras se estiraba perezosamente. Se sentía como un idiota, empeñado en cometer insensateces. Sin embargo, no se arrepentía. Curiosamente, incluso el malestar y la inquietud que le había acompañado durante toda la mañana parecían haber disminuido. Cómo fuera. Lo mejor sería salir de allí antes de que los otros notasen su ausencia y comenzaran a hacerse preguntas. A Kiselev no le gustaría nada si se enterase de aquello. Se giró hacia la salida, pero antes de marcharse se volvió hacia Rodya para lanzarle la misma advertencia que la de la última vez que estuvieron a solas.

-De esto ni una palabra, ¿entiendes?

En esta ocasión Raskolnikov sí que le miró. Sus ojos negros, llorosos, clavados en los del más joven, tratando de sobreponerse al miedo y la confusión, al dolor y la humillación. Un leve asentimiento fue todo lo que Iván necesitaba para convencerse de su silencio. Pero antes de que se diera la vuelta Rodya titubeó, como si quisiera decir algo.

-Gra... Gracias...-murmuró finalmente, su voz temblorosa, apenas audible, entrecortada por los sollozos y gemidos.

Aquel esbozo tímido, difícil, agónico pero sincero le sentó a Iván como un puñetazo. No porque le molestara, no porque lo enfureciera y lo llenara de rabia despectiva. No. Al contrario. Porque dolía. Porque la culpa le fulminó como un rayo hasta el punto de hacerlo temblar. ¿Cuán destrozada tenía que estar aquella criatura para darle las gracias a él, culpable en buena parte de su tormento, por un gesto tan pobre como aquel? Iván no quería ni pensar en ello. Pero si quería seguir manteniendo su puesto, continuar bajo la protección de Kiselev, tenía que mantenerse en su juego, tragarse sus sentimientos y ser uno más entre ellos. Nada de aquello valía.

-Sí, como sea.-gruñó entre dientes, dándose la vuelta y apresurándose a salir de allí.

No quería que Raskolnikov lo viera, no quería que notara el efecto que tenía sobre él, como el odio, el desprecio, la repulsa hacia su condición que sentía en un principio se habían transformado lentamente en algo distinto por completo. Como comenzaba a compadecerlo y apreciarlo, a desear ayudarle. No, nada de aquello debía salir a la luz. Si deseaba sobrevivir, si quería no ser descubierto, o bien, señalado con falsas sospechas, tenía que mantener su imagen.

Cuando salió de la habitación, dejando atrás a un gimoteante y ovillado Rodya, el joven ya lo tenía claro. Se reunió con su grupo, rió con ellos, pasó los últimos minutos de su descanso haciendo burla del torturado preso y de su agonía, toda su inquietud y malestar bien ocultos tras su máscara de divertida mofa. No tenía otra opción. Pasara lo que pasara, Iván estaba decidido a seguir moviéndose bajo las reglas del juego.