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Fría Penitencia

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Las cosas había ido mal desde el principio, pero en los últimas semanas todo parecía haber empezado a desmoronarse con inusitada violencia. Raskolnikov se frotó las manos, ateridas por el frío, mientras miraba entorno suyo con inquietud, presa de una ansiedad que llevaba persiguiéndole todo el día, como si algo o alguien le estuviera acechando y esperara que en cualquier momento se arrojara sobre él. Por ello no pudo contener un grito mezcla de sorpresa y miedo cuando otro de los presos lo apartó de un empujón de su camino, en el que Rodya se había interpuesto sin notarlo. El hombre se le quedó mirando con una expresión de divertida repulsa, con toda posibilidad riéndose internamente de su reacción, pero tras un breve instante de silencio continuó su marcha sin llegar a decir nada. Raskolnikov cerró los ojos, tomando aire con lentitud mientras trataba de calmar los latidos de su desbocado corazón, regañándose a sí mismo por aquel comportamiento absurdo y patético. Necesitaba tranquilizarse, si seguía así terminaría por volverse definitivamente loco.

Hacía más de un año que lo habían trasladado a Siberia y, desde el mismo momento en que puso los pies allí, Raskolnikov supo que las cosas no le irían bien. Por alguna razón, todos le odiaban aunque Rodya se veía incapaz de precisar el porqué. Es cierto que tal vez él no hubiera sido la persona más abierta y amigable posible, más bien al contrario, se había mantenido siempre aparte, sin hablar con nadie, sin integrarse, sin tratar siquiera de hacer el menor esfuerzo para proveerse de mejores condiciones de vida, pero aún así nada justificaba aquel desprecio visceral, toda la repulsa y los ataques de los que era víctima de forma constante. A diario, Raskolnikov recibía burlas e insultos de todo tipo, siendo visto con asco y rabia incluso por aquellos que habían cometido crímenes mucho peores que el suyo. Al principio, Rodya no le había dado mayor importancia. ¿Qué más le daba a él lo que aquellos presos dijeran, lo que pensaran, lo mucho que se rieran de él y su crimen? Nada de aquello parecía afectarle. Ni siquiera se molestó cuando empezaron los ataques físicos. Inicialmente sólo algún que otro empujón de vez en cuando, sobre todo mientras trabajaban, como acababa de ocurrirle ahora, pero a la larga aquel tipo de agresiones había escalado, convirtiéndose en empujones también mientras comía o aguardaba la cola en el comedor, golpes en la espalda, en la nuca, en el hombro, tirones de pelo, patadas en el vientre cuando por fin se acostaba a dormir que lo hacían encogerse gemebundo despertando las risas y el regocijo de todos los presentes. Todo ello se acompañaba siempre de algún insulto y en ocasiones de alguien escupiéndole, si tenía suerte a sus pies, si no tanta, a la cara.

Rodya se había habituado a todo ello. Desde luego, era molesto y terrible, pero jamás había hecho nada para oponerse, nunca había tratado de defenderse o de pedirles siquiera que lo dejaran en paz. Lo había tolerado todo con pasiva indiferencia, como si nada de aquello fuera con él. Lo cierto es que no le importaba. Se sentía como si en su interior sólo hubiera un gran vacío, insondable, imperturbable, un vórtice que lo devoraba todo y que le impedía agitarse en lo más mínimo ante su propia miseria. En lo que a él respectaba, podían haber tratado de apuñalarlo hasta la muerte y ni siquiera habría hecho ademán de resistirse. Tal vez hasta hubiera abierto los brazos y se hubiera ofrecido a ello. Tal era la angustia que le invadía y lo dominaba, encaminándolo a su propia y tan ansiada autodestrucción. Pero desde hacía algún tiempo algo había empezado a cambiar. Y esa variación sí que había conseguido despertar el sentimiento en Rodya, haciendo que algo similar al miedo comenzara a florecer en su pecho.

El cambio había empezado como algo ligero, apenas perceptible, una simple modificación en el tono de los insultos, en las miradas que le dirigían, en las burlas. Raskolnikov no era un ingenuo, sabía muy bien de qué iba aquello, conocía de sobra rumores e historias sobre las cosas que ocurrían en las prisiones. Lo entendía a la perfección, había podido reconocer la lujuria en los ojos de aquellos hombres, la lascivia en sus palabras cuando se dirigían a él, las retorcidas intenciones que se murmuraban entre cuchicheos cuando Rodya fingía dormir y creían que no los oía. Sus insultos también habían cambiado. A los habituales se habían añadido otros nuevos, que parecían divertir a todos mucho más. Habían comenzado a llamarle cosas como sodomita, puta o desviado. Raskolnikov continuaba haciendo caso omiso de ellos, pero no podía evitar que cada vez que oía aquello se le encogiera el estómago y acelerara el corazón, sintiendo que más que insultos se trataban de promesas. Y a pesar de que hasta entonces había permanecido impasible, ahora le aterraba pensar que algún día alguno de ellos decidiera llevarlo a cabo. Una parte de él le decía que sólo era cuestión de tiempo.

Y entonces había ocurrido aquello. Había sido hacía unos días, en el molino. Raskolnikov tenía que trabajar allí durante toda la jornada con otros dos presos de su barracón. No era un mal trabajo, la cantera resultaba mucho más dura. Todo iba bien al principio, pero necesitaban varias herramientas que se encontraban en el almacén, por lo que el guardia y uno de sus dos compañeros habían ido a buscarlas, dejando a Rodya a solas con el otro preso. No había pasado mucho rato cuando las miradas empezaron. Raskolnikov trató de ignorarlo, centrándose en su trabajo y fingiendo no darse cuenta. Por supuesto, tampoco tardó demasiado en comenzar también con los comentarios burlones, a todas luces tratando de molestarlo y obtener alguna reacción en él, ya fuera miedo o enfado. Ambas cosas le resultarían altamente divertidas, por lo que Rodion se esforzó por mantener su misma actitud indiferente, haciendo como que no lo oía y no volviendo ni por un instante la vista hacia él. Quizás si lo ignoraba terminara por dejarlo en paz. Por desgracia, en seguida se dio cuenta de hasta qué punto se había equivocado.

Antes de que le diera tiempo a reaccionar el otro preso se encontraba detrás de él, rodeándole la cintura con ambos brazos y respirando contra su cuello, pegándose a él por completo, entallándolo entre la mesa y su cuerpo sin darle posibilidad de huida. Rodya trató de zafarse, retorciéndose y luchando por hacer que lo soltara, pero todos sus forcejeos sólo lograron divertir al otro hombre, que terminó por agarrarle ambas muñecas y mantenerlas sujetas contra la mesa, forzándolo a doblarse ligeramente hacia delante mientras mantenía su peso apoyado contra él, haciéndolo sentir asustado y humillado a partes iguales.

-¿Quieres hacerte la difícil, eh? ¿Sabes lo que voy a hacerte? ¿Lo que vamos a hacerte todos nosotros? Seguro que sí. Y seguro que te gusta. He oído que eres un sodomita, ¿es eso cierto?

Rodya se estremeció ante sus palabras, removiéndose de nuevo, tratando desesperadamente de lograr que lo soltara pero sin resultado alguno. Podía sentir el aliento del otro en la nuca, erizándole el vello y agitándole la respiración, convirtiendo sus promesas en aterradoras realidades. Trató de responder, de negar aquello, pero tenía la boca seca y se vio incapaz de hablar, lo único que logró fue emitir un gemido ahogado, que pareció divertir aún más a su agresor, arrancándole una sincera risotada. Entonces el preso empezó a mover la cadera con ritmo burlón, frotándose contra él, dejando que sintiera la erección que empezaba a crecer en sus pantalones.

-¿Notas eso? ¿Qué te parece? ¿Quieres saber cómo se siente tenerlo dentro? Te dolerá un poco, pero si te portas bien prometo no ser muy duro contigo. ¿Qué dices? Serás una buena chica, ¿verdad que sí?

-¡No!-Rodya por fin logró romper su silencio, con un grito horrorizado.-No, no, déjame en paz, déjame, por favor, por favor, déjame...

En seguida sus súplicas se transformaron en una verborrea sollozante casi ininteligible. Todos sus temores parecían de pronto confirmados, sumiéndolo en el pánico más absoluto, haciendo mella en él y empujándolo a la desesperación. No podía hacerle eso. No podía. Sería incapaz de vivir con algo así. En ese momento estaba más aterrado de lo que jamás se había creído capaz. Entonces el otro preso le mordió la oreja, con fuerza, apretando hasta que las palabras de Rodya se transformaron en un grito de dolor. Sólo entonces lo soltó, apartándose de él repentinamente y echándose a reír a carcajadas, mirándolo con una mezcla de burla y repulsa.

-Eso te habría gustado, ¿eh? Puto degenerado. No te preocupes, te llegará el momento, pero por ahora voy a dejar que esperes un poquito más.

Le palmeó la espalda, en un falso gesto amistoso, causando que Raskolnikov se encogiera al instante con un gemido que sólo logró ampliar la sonrisa del otro. Después de aquello el preso volvió al trabajo como si nada hubiera ocurrido, silbando una melodía alegre mientras Rodya trataba de reponerse del estado de pánico en que se encontraba, luchando por contener las lágrimas y recuperar el aliento. Su otro compañero y el guardia no tardaron ni un minuto más en llegar, mientras Raskolnikov todavía permanecía inmóvil en el sitio, temblando de pies a cabeza, jadeando y con la mirada perdida. Su agresor comentó enseguida que el señorito, como todos gustaban de llamarle, estaba actuando raro otra vez, a lo que el guardia respondió golpeando a Rodya con fuerza y ordenándole que dejara de hacer el gandul y se pusiera a trabajar. Y a pesar de lo afectado que todavía se sentía, Raskolnikov no dudó en hacerle caso al instante.

Había estado aterrado desde entonces, ahogado por la ansiedad, sintiéndose acechado, vulnerable, sabiendo que en cualquier momento alguien volvería a saltar sobre él y que seguramente en esa ocasión no habría nada que lo frenara. Estaba constantemente en guardia, apenas dormía y cuando lo hacía sus sueños estaban repletos de pesadillas de las que despertaba taquicárdico y bañado en sudor. Ahora cada toque, cada burla, lograban hacerlo saltar y encogerle el estómago, alimentando un miedo que de seguir así terminaría por devorarlo. Desearía poder pedir ayuda, poder acercarse a un guardia y contarle todo lo que ocurría, el acoso, los insultos, los ataques y amenazas, sus temores, lo que sabía iba a pasarle tarde o temprano. Dar todo aquello a conocer, suplicar que lo cambiaran de barracón, que intervinieran por él, lo que fuera. Pero sabía que era absurdo. Los guardias no sólo no lo ayudarían, sino que todo lo contrario, no harían más que tratar de empeorar su situación. Al menos, eso era lo que llevaban haciendo desde el principio, ya que, por algún motivo que se escapaba a su entendimiento, ellos también parecían odiarlo.

En un primer momento Rodya había creído que aquel comportamiento era algo normal, pero pronto se dio cuenta de su error. Desde que llegó allí los guardias habían mantenido una actitud terriblemente despectiva hacia él, hablándole con obvio desprecio, tratándolo con innecesaria dureza, no haciendo nada para intervenir frente a los insultos y ataques que bien sabían Rodya recibía e incluso participando de las burlas y alimentando el acoso de los otros presos hacia él. Pero lo peor de todo eran los cacheos. Cada día, al regresar del trabajo, los guardias se encargaban de registrarlos para asegurarse de que no hubieran robado ninguna herramienta que pudiera resultar peligrosa. Sólo tras esto podían volver a los barracones. Era algo entendible y Rodya no se hubiera sentido extrañado por ello... Si no fuera por la forma en que se portaban con él. Cuando llegó allí había tratado de convencerse de que era lógico, de que ponían especial cuidado porque él era un asesino y dado el cariz de su crimen debían asegurarse de hacer un registro más preciso. Pero en seguida pudo comprender que no era así. Su barracón estaba lleno de gente de la peor calaña, asesinos y criminales que habían hecho cosas mucho peores que él, más crueles y retorcidas , y sin embargo eran tratados con mucha más deferencia que la que mostraban hacia Raskolnikov. Ninguno de ellos era empujado con tanta brusquedad contra la pared, a ninguno lo toqueteaban de aquella forma, restregando sus manos con lentitud por todo su cuerpo, pegándose innecesariamente a él, murmurándole insultos al oído, deteniéndose más tiempo del que exige el decoro en ciertas zonas e incluso atreviéndose a frotarlas con descaro, arrancando las carcajadas de los presentes ante la reacción asustada y avergonzada del joven. Todo ello lo hacía sentir no sólo humillado en lo más hondo, también desamparado, a merced de sus verdugos, sin nadie a quien pedir ayuda o forma de huir de aquello. A veces, cuando empezaban a tocarlo, le entraban unas ganas casi incontrolables de romper a llorar que requerían de toda su fuerza para poder evitarlo. Sabía que de hacerlo les daría justo lo que todos querían, verlo hundido y desesperado, y no estaba dispuesto a concederles ese placer. Al menos no mientras aún le quedara un atisbo de orgullo.

Pero el peor registro había ocurrido durante el pasado invierno. Había estado nevando con fuerza durante todo el día y sólo para cuando el trabajo acabó parecía comenzar a amainar. En esa ocasión empezaron el registro con Rodya. Al principio no parecía nada fuera de lo común. Pero tras el habitual manoseo que ya había logrado turbar profundamente a Raskolnikov le llegó la orden de desnudarse. Alegaron haber notado algo raro y tener la necesidad indiscutible de comprobarlo. Rodya había vacilado, alegando que hacía demasiado frío y todavía nevaba, pero su negación apenas murmurada recibió pronta respuesta en forma de un golpe de porra y la amenaza de ser desnudado a la fuerza si no obedecía la orden de inmediato. Así que, con dedos torpes y ateridos, Rodya se deshizo de todo lo que llevaba puesto, temiendo que si fuera un guardia el que lo desnudara le hiciera la ropa trizas y luego se negaran a darle otra nueva.

Sólo cuando Raskolnikov estuvo totalmente desvestido parecieron darse por satisfechos. Le hicieron quitarse hasta las botas. Y tras esto registraron su ropa con desgana, dejándola tirada sobre la nieve y obligando a Rodya a permanecer allí, desnudo y helado, mientras registraban uno por uno al resto de presos y los iban dejando entrar en el barracón, ignorando su tímida petición de permiso para vestirse. Para cuando acabaron con todos los demás Raskolnikov estaba temblando con violencia, encogido y con los labios azulados, casi seguro de que enfermaría y moriría después de aquello. Los guardias le habían permitido entonces recoger su ropa, pero cuando hizo ademán de vestirse lo golpearon de nuevo, indicándole que debía entrar tal como estaba en el barracón. A Rodya le estremeció la idea, pero no tenía opción de negarse a ello. Así que había entrado con su ropa echa un amasijo entre los brazos y se había vestido tan rápido como había podido, tratando de ignorar las miradas divertidas y hambrientas de los otros presos, para a continuación dirigirse a la manta sobre la que dormía y envolverse con ella, en un desesperado intento de entrar en calor y calmar los violentos temblores que lo sacudían. Por desgracia, al estar tanto tiempo sobre la nieve sus ropas se habían calado y ahora estaban empapadas, consiguiendo solamente empeorar el frío y el malestar. Los estremecimientos continuaron a lo largo de toda la noche y pronto se transformaron en fiebre.

Tal y como había predicho, Rodya cayó enfermo, teniendo que pasar dos semanas de reposo en la enfermería. Sin embargo, aquello no fue suficiente para matarlo y, a pesar de su desgana y su característica debilidad, consiguió reponerse y reincorporarse al trabajo. No habían vuelto a desnudarlo desde entonces aunque Raskolnikov bien sabía que podían repetirlo cuando quisieran y que no habría nada que él pudiera hacer para impedírselo. Estaba por completo en sus manos y todo lo que le ocurriera allí dependía de voluntades ajenas. Entender esto había sido demoledor y lo había hundido más que ninguna otra cosa. ¿Cómo iba a seguir así? ¿Qué clase de vida era esa en la que había perdido por completo el control sobre sí mismo y sólo le quedaba esperar, esperar y esperar? Esperar un nuevo ataque, esperar más vejaciones, más abusos, esperar a que le saltaran encima e hicieran lo que tanto deseaban, que tomaran su cuerpo por la fuerza cómo y cuándo quisieran, que le robaran hasta aquello, su integridad, su dignidad, su orgullo. Para cuando acabaran con él no habría quedado nada. Y sin embargo seguía resistiendo. Seguía levantándose cada mañana, comiendo, trabajando, cerrando los ojos e ignorándolo todo, fingiendo no escuchar, no saber, movido por alguna especie de instinto absurdo que se empeñaba en mantenerlo con vida, a pesar del registro en la nieve, a pesar de lo ocurrido en el molino, a pesar de las miradas, de las promesas, de estar dominado por un pánico constante, de las pesadillas que le asolaban cada noche y el miedo atávico que se aferraba a su alma. A pesar de todo seguía luchando. No sabía el porqué, pero hacía ya tiempo que había dejado de hacerse preguntas.

Aquellos temores llevaban persiguiéndolo durante todo el día con especial ardor y el empujón de su compañero no había hecho más que alimentarlos, poniéndolo aún más en tensión si cabe. Desde hacía algún tiempo tenía la impresión de que aquella falsa calma era más inestable que nunca y estaba a un paso de desmoronarse. La idea de ello lo estaba consumiendo lentamente.

No mucho después del pequeño incidente se acabó el turno de trabajo, teniendo que recogerlo todo y dirigirse de vuelta a los barracones. Rodya tenía muy claro lo que venía ahora, por lo que trató de tranquilizarse y prepararse mentalmente. Sólo tenía que aguantar otro registro y por fin podría irse a dormir. Y, con un poco de suerte, quizás hasta tener una noche sin sueños. Sólo un registro. Bastaba con que se dejara tocar sin echarse a llorar o suplicar y todo iría bien. Lo cierto es que no fue fácil mantenerse impasible, pero tras soportar la tediosa espera hasta que lo llamaron y haber aguantado todo el humillante toqueteo, por fin pudo retirarse al interior de la barraca, deseoso de echarse en su esquina, cerrar los ojos y durante un rato olvidarlo todo. Una vez más, la suerte no parecía estar de su lado.

-¿Te has quedado con ganas de más, preciosa? ¿Quieres que te eche una mano?

El comentario burlón fue seguido de las ominosas carcajadas de siempre. Rodya lo ignoró, continuando su camino sin inmutarse, con la cabeza gacha y la vista clavada en el suelo, procurando evitar hacer contacto visual con ninguno de ellos. Sabía quién había hecho el comentario. Era Stepan Kiselev, un ladronzuelo reincidente que había acabado metido en verdaderos problemas cuando un robo se le fue de las manos y asesinó a su víctima. Desde que Rodya había llegado allí Stepan parecía haber adquirido un especial interés en él, siendo en muchas ocasiones el cabecilla de los ataques en su contra. Por supuesto, también era amigo del que le había agredido en el molino. A veces Raskolnikov se preguntaba si el motivo por el que no lo habían forzado entonces era porque Kiselev lo había reclamado primero. Aquel preso parecía tener algún tipo de autoridad en la jerarquía interna de la prisión, a fin de cuentas.

Ahora Stepan se encontraba recostado en su camastro, con la espalda apoyada contra la pared y los brazos detrás de la cabeza, con una media sonrisa socarrona en el rostro. Había seguido a Rodya con la vista desde que había entrado y no había dudado en tratar de humillarlo con su comentario. Sin embargo, la falta de reacción en el otro preso pareció irritarlo en gran medida, borrándole de golpe la sonrisa y sustituyéndola por una expresión ceñuda.

-Te estoy hablando, ¿es que estás sordo? ¡Contesta!

Era absurdo, por supuesto. ¿Cómo iba a responder a aquello? Sólo estaba jugando con él. Así que Raskolnikov mantuvo su silencio, pasando al lado del camastro de Stepan a paso rápido, decidido a tragarse la vergüenza que sentía y no lanzar ninguna contestación venenosa que únicamente lograría meterlo en problemas. Pero antes de que hubiera podido dar dos pasos lejos de él sintió como alguien lo agarraba con fuerza del brazo, obligándolo a frenar en seco. Rodya no tuvo que darse la vuelta para saber de quién se trataba.

-¿No me has oído, señorito? ¿Te crees demasiado bueno para hablar conmigo?

Raskolnikov vaciló, preguntándose si existía alguna forma de salir airoso de aquello o lo mejor era dejarse llevar por su orgullo y terminar con todo eso de una vez. Al final le venció el miedo.

-No, claro que no.-murmuró, en voz tan baja que Stepan tuvo que inclinarse hacia él para entenderlo-Lo siento. No quiero problemas.

Rodya continuaba manteniendo la cabeza gacha, procurando a toda costa esquivar la mirada del otro, como si el enfrentarse a ella fuera a convertir todos sus temores en reales de golpe. Su respuesta pareció divertir mucho a Kiselev, que en seguida se volvió hacia su atento público con una falsa sonrisa incrédula.

-¿Lo habéis oído? El señorito no quiere problemas. Si eso es cierto, ¿por qué no responder? Eres un caballero, ¿no? Un antiguo estudiante. ¿Dónde están todos esos modales? ¿También los mataste a hachazos?

Más risas. Raskolnikov se removió un poco, tratando de zafarse del agarre, pero lo único que consiguió es que Stepan lo sujetara con más fuerza.

-Eh, quieto, quieto. Sólo estamos charlando, ¿a qué vienen esas prisas?

-Estoy cansado... Quiero ir a dormir. Por favor.

-No, yo creo que no. No es eso lo que quieres.-los ojos de Stepan brillaron con maliciosa anticipación, provocando un escalofrío en Raskolnikov.- Me he dado cuenta de cómo te tratan esos guardias. No está mal, pero no creo que sea suficiente. Siempre te dejan con las ganas, ¿verdad? Son unos inútiles. No entienden que cuando se trata de registrar a tipos como tú tienen que ir más profundo si desean hacerlo bien.

Su tono al decir aquello último, el especial hincapié que puso en esa palabra, arrancó algunas exclamaciones y sugerencias encendidas entre los presentes que lograron sacudir a Rodya de pies a cabeza. El joven por fin alzó la vista, mirando a Stepan con una mezcla de súplica y miedo en los ojos. El otro le sonrió en respuesta, con una amabilidad que casi parecía sincera.

-No te preocupes, preciosa, te enseñaré como se hace.

Antes de que Rodya hubiera tenido tiempo siquiera de pensar una respuesta Kiselev lo había agarrado del pelo, tirando de él y llevándolo prácticamente arrastras hasta la pared, empujándolo contra ella sin miramientos mientras Raskolnikov se limitaba a emitir una queja ahogada.

-Quédate ahí, quieto. Ya sabes cómo te tienes que poner, apoya ahí las manos, eso es. No, tienes que abrir un poco más las piernas, así, muy bien. Y ahora no te muevas.

Rodya había obedecido sin protestar, colocándose de cara a la pared, con las palmas de las manos apoyadas sobre esta y las piernas separadas para que el otro preso pudiera registrarlo, tal vez con la esperanza de que si lo hacía Stepan se limitara a humillarlo frente a todos con un nuevo cacheo y luego lo dejara en paz. El preso empezó de forma muy profesional, lo cual sorprendió tanto a Raskolnikov que en lugar de tranquilizarlo sólo logró ponerlo más nervioso. Stepan recorrió su cuerpo con lentitud, comenzando por los hombros, los brazos, el pecho, la cintura... Paseando sus manos con suavidad, tanteando despacio pero sin recrearse demasiado, procurando no dejar ni un solo rincón sin explorar. Es cierto que estaba innecesariamente cerca, pegando su cuerpo contra el de Rodya, permitiéndole sentir su calor, su aliento en la nuca, también que el carácter del contacto era excesivo e incómodo, pero a decir verdad Kiselev estaba siendo mucho más suave y amable de lo que los guardias lo habían sido nunca. Y eso no hacía más que perturbar a Raskolnikov, que se sentía confundido y turbado por el trato inesperado, invadido por una algarada de sentimientos con los que le estaba resultando muy difícil lidiar. Había creído que el otro preso lo manosearía con violencia, que frotaría su cuerpo con obvia lujuria para el divertimento de todos los presentes, pero en lugar de ello se estaba limitando a cachearlo con rigurosa profesionalidad, como si realmente esa fuera su única intención, hundiendo a Rodya en un turbulento mar de dudas. ¿Era eso lo que pretendía, asustarlo, empujarlo al borde del pánico y luego mostrarle que todo había sido sólo un juego? ¿Reírse de su miedo, de sus dudas, de sus reacciones exageradas y ansiosas? ¿Usar aquella idea en su contra, atacarlo con ello, convertir sus terrores en supuestos deseos? ¿O era ahora cuando estaba jugando, haciéndole creer que eso sería todo, que no le haría daño, sólo para conseguir que se relajara y bajara la guardia antes de humillarlo de verdad? Era imposible saberlo y de pronto Rodya descubrió que la incertidumbre resultaba infinitamente más angustiosa que esperar una certeza horrible. Si supiera lo que Stepan iba a hacerle, si conociera sus pretensiones... Entonces tal vez pudiera luchar contra ello, quizás pudiera oponerse. O al menos prepararse para lo que viniera. Pero el no saber qué debía esperar, qué podía ocurrirle, lo estaba abrumando más que ninguna otra cosa, llenándole la mente de ideas y posibilidades a cada cual más aterradora. Si aquello no terminaba pronto Rodya iba a colapsar allí mismo.

Pero, para bien o para mal, Stepan no tardó en mostrarle cuáles eran sus intenciones. Cuando por fin hubo terminado de registrarlo de arriba a abajo, en lugar de separarse de él como habría cabido esperar, se mantuvo pegado a su cuerpo, rodeando la cintura de Rodya con un brazo mientras deslizaba su otra mano hacia abajo lentamente, comenzando a frotar su entrepierna con descaro, provocando nuevas carcajadas entre los presentes. Raskolnikov no se vio en absoluto sorprendido por el gesto, pero no pudo evitar que le diera un vuelco el corazón, sintiendo como la sangre se agolpaba en sus mejillas mientras todas sus esperanzas se hacían añicos frente a sus ojos. Allí estaba al fin, lo que tanto había temido, lo que había tratado de negarse hasta el último momento. Stepan iba a forzarlo delante de todos aquellos presos hambrientos de carnaza y no había nada que pudiera hacer para evitarlo. Lo mejor sería callar y consentir, quedarse quieto y dejarle hacer lo que quisiera con él. Seguramente así se ahorraría mucho daño innecesario. Pero Raskolnikov fue incapaz de contenerse. De forma instintiva, en cuanto Stepan comenzó a acariciarlo, se revolvió con fuerza, luchando por librarse de su agarre, retorciéndose entre sus brazos e incluso dándole codazos en el costado a su agresor para lograr que lo soltara, toda su timidez y sumisión previas desaparecidas a causa de la desesperación que lo embargaba.

No obstante, Kiselev pareció encontrar muy divertido aquel intento de rebelarse. El preso era mucho más fuerte que Rodya y su dominio de la situación no peligró ni por un sólo instante, manteniendo al joven firmemente en su sitio y continuando con el toqueteo sin inmutarse ante el movimiento y los golpes. Raskolnikov no tenía nada que hacer contra él y ambos lo sabían. Su lucha era inútil, absurda, ineficaz y sólo lograría meterlo en problemas, pero Rodya se veía incapaz de rendirse sin al menos intentarlo, sabiendo que jamás podría perdonarse algo así, demasiado asustado para aceptar su situación, para agachar la cabeza y dejarse hacer, para entender que nada de lo que le ocurriera estaba en su mano y que no había forma de escapar de aquello. No, si Stepan o cualquiera de ellos pretendían beneficiarse de él se aseguraría de al menos causarles problemas. Pasara lo que pasara y por muy absurdo que fuera de pronto Raskolnikov se sentía determinado a no ponérselo fácil a sus agresores.

Y al poco rato su forcejeo pareció estar logrando algún efecto. Por supuesto, no consiguió deshacerse del agarre de Stepan ni detener las indeseadas caricias, que para su propio horror estaban empezando a provocar efectos que habría creído imposibles en su cuerpo, pero sí que pareció molestar lo suficiente al otro como para que empezara a gruñirle en tono amenazante que se estuviera quieto o las cosas serían mucho, mucho peores para él. Rodya se negó a escucharle, continuando su batalla perdida hasta que finalmente Stepan se cansó de aquello y con un movimiento brusco lo forzó a darse la vuelta y le asestó una bofetada con todas sus fuerzas. Sólo entonces Raskolnikov se quedó quieto, jadeando, con la mirada perdida y los ojos anegados en lágrimas, su mejilla palpitando dolorosamente mientras la marca rojiza de la mano de Kiselev comenzaba a dibujarse en su piel. El golpe lo había arrojado de bruces a la realidad, despertándolo de aquel ensueño de rebeldía y determinación, dejándolo desamparado y confuso. Le temblaba descontroladamente el labio inferior cuando Stepan lo agarró del cuello de la camisa y lo acercó a él lo suficiente para que se entremezclaran sus alientos, dedicándole una sonrisa irónica.

-¿Sabes cuál es el problema? No puedo hacer bien el registro, tienes demasiada ropa.

Sin más preámbulos Stepan le rompió la camisa, sujetando la tela con ambas manos y tirando hasta desgarrarla, manteniendo su expresión divertida ante la mirada horrorizada de Raskolnikov, que trató inútilmente de detenerlo, todavía negándose a aceptar su posición derrotada, pero sólo consiguiendo con ello que Stepan lo empujara con violencia contra la pared, dándole un golpe tal que lo dejó por un instante sin aliento. Pronto Rodya se encontró a sí mismo con la camisa hecha trizas y el torso descubierto, expuesto y vulnerable, impotente y rendido antes todos aquellos ojos voraces que no se apartaban de él. El pecho de Raskolnikov subía y bajaba acompasado al ritmo rápido de su respiración, mientras trataba de mantener la mirada punzante y ansiosa de Stepan, que no tardó en dar un paso hacia él, todavía sonriéndole, causando que sus latidos se dispararan más de lo que habría creído posible. Kiselev le colocó una mano sobre el pecho con suavidad y Rodya apretó los dientes, jurándose a sí mismo que pasara lo que pasara no suplicaría. El otro preso se dedicó a estudiar su rostro con atención, bebiendo de su miedo y su angustia, acariciándolo con lentitud exasperante, paseando sus dedos por cada rincón de su piel, regodeándose en un contacto que estremecía a Rodya de forma obvia, que lo aterraba y lo repugnaba a partes iguales.

-Vamos, ¿a qué viene esa cara, preciosa?-le murmuró entonces en tono burlón.-¿Vas a negarme que esto es lo que quieres? Sé cómo sois los de tu tipo. Lo que necesitas y deseas es a un hombre de verdad que te enseñe cuál es tu lugar.

Stepan le pasó un pulgar por el pezón, presionando y jugueteando con él con la suficiente intensidad para que Rodya tuviera que esforzarse por contener un gemido. Aquello era terrible, humillante, más de lo que Raskolnikov se sentía dispuesto a soportar. Por un instante su orgullo se apoderó de él, haciéndole hervir la sangre y empujándolo a hablar sin pensar.

-Que te den, Kiselev, a ti y a todos vosotros. Déjame en paz o haz lo que tengas que hacer, pero acaba de una vez, estoy harto de estos jueguecitos.

Su respuesta sólo pareció divertir más a Stepan, que en un movimiento rápido usó su mano libre para agarrar el cuello de Rodya y apretar lo suficiente para convertir su respiración en un trabajo tedioso, ampliando su sonrisa y chistándole con amabilidad.

-Eh, eh, ¿qué ha sido eso? Vamos, preciosa, sabes que no estás en la mejor posición para hacer esa clase de comentarios tan desagradables. ¿Dónde están tus modales? Si sigues portándote así vas a obligarme a hacerte daño y no es eso lo que quieres, ¿no?

Un brillo triunfal apareció en sus ojos ante el ramalazo de terror que cruzó el rostro de Raskolnikov. Por supuesto, Stepan sabía que toda aquella palabrería no eran más que bravuconadas del asustado joven, aterrado por lo que podría ocurrirle pero demasiado orgulloso para agachar la cabeza y guardar silencio. Podría haberlo tomado a la fuerza en ese mismo instante, destrozarlo y hacer añicos su espíritu con tan solo unas cuantas embestidas rudas, pero por algún motivo la idea de jugar con él, de humillarlo y hundirlo lentamente, le estaba resultando mucho más divertida. Entonces Stepan le pellizcó el pezón entre dos dedos, sin apartar los ojos del rostro compungido de Raskolnikov, que esbozó una mueca de dolor mientras todo su cuerpo se tensaba.

-O tal vez sí sea eso lo que quieres, ¿eh?-continuó Kiselev con el mismo tono sardónico.-Estas pidiendo a gritos que te den una lección. ¿Eso te gustaría? ¿Que te haga daño para enseñarte respeto? Es eso lo que buscas, ¿verdad? Estás desesperada por que te pongan en tu sitio.

No esperó a que Rodya respondiera, apretándole el cuello con más fuerza para impedirle hablar y retorciéndole el pezón hasta que logró arrancarle un grito de dolor. Sólo entonces se apartó de él, echándose a reír mientras se giraba hacia el resto de presos, dándole la espalda a un encogido y jadeante Raskolnikov, que se llevó las manos al cuello con una expresión mezcla de pánico e incredulidad.

-¿Quiere alguien echarme una mano con esto? Parece que nuestra chica necesita de varios caballeros para que le ayuden con sus problemas de actitud. Es un poco desvergonzada y rebelde y así no hay forma de hacer un registro en condiciones.

Pronto Stepan tuvo a cinco voluntariosos presos a su lado, aparentemente deseosos de ayudar a Rodya con su problema. Con amarga ironía, Raskolnikov no pudo evitar verse sorprendido de que no todo el barracón acudiera a la llamada. Pero al parecer el resto se conformaba con observar la escena desde sus camastros con notoria diversión y curiosidad, pero sin animarse a participar de ello. Rodya no se engañaba a sí mismo con absurdas esperanzas. Aquello no significaba nada, bien podían todos ellos unirse luego si la situación fuera propicia.

Uno de los recién llegados le echó un vistazo de arriba a abajo, esbozando una mueca.

-Todavía tiene demasiada ropa, Kiselev, así no llegaremos a ninguna parte.

Stepan le dirigió una sonrisa rápida, antes de volverse hacia Rodya y dedicarle una mirada intensa, punzante, para finalmente asentir con lentitud.

-Sí, es cierto. Hay que deshacerse de todo lo innecesario.

Esta vez Raskolnikov no opuso ningún tipo de resistencia cuando Stepan se acercó para desabrocharle los pantalones. ¿De qué serviría? Lo único que conseguiría con ello es que se los rompiera también y estaba bastante seguro de que no sería fácil conseguir que los guardias le dieran unos nuevos. Ya tenía bastante con una camiseta echa trizas, no quería quedarse sin toda su ropa. Así que permaneció quieto mientras Stepan se deshacía de ellos, bajándoselos hasta los tobillos y haciendo lo mismo con su ropa interior, ahora sí, dejando a Rodya vergonzosamente expuesto ante todos los presentes. Sin embargo, no tuvo demasiado tiempo para preocuparse por ello, ya que los otros seis presos se le lanzaron encima en seguida, toqueteando todo su cuerpo, manoseándolo sin restricciones, sin ningún tipo de decencia ni pudor, explorando cada rincón, riéndose de él, de su impotencia, de su debilidad, tirándole del pelo, pellizcándole la piel, abofeteándolo, azotándolo, incluso metiéndole los dedos en la boca, profundizando hasta provocarle arcadas, burlándose de las lágrimas que no podía contener, de los ruidos ahogados que escapaban de su garganta, de su forcejeo inútil, de sus intentos por librarse de todas aquellas manos que lo atosigaban sin darle un solo instante de respiro, atrapándolo, rodeándolo, haciéndolo sentir invadido, vulnerable, mancillado y hundido, su integridad, su voluntad y su control totalmente arrebatados y pisoteados por aquel grupo de presos que parecía estar divirtiéndose tanto con su angustia desesperada.

Y no obstante, aunque lo hubiera creído imposible, aquello no era lo peor de todo. Porque, por algún motivo inexplicable, toda esa sensación de humillación, el agobio, la impotencia, la sumisión forzosa a la que lo habían empujado, la vergüenza que anidaba en su pecho y le oprimía la garganta, el roce constante, el dolor de los tirones de pelo, de los pellizcos, de los golpes, el sabor de aquellos dedos en su boca forzando su camino hacia su garganta, el miedo, la desesperación y la angustia, habían encendido algo nuevo en su vientre, un calor que se acumulaban en su interior y descendía en oleadas en las direcciones más inadecuadas. Rodya no tardó en darse cuenta de que, para su más profundo horror, todo aquel maltrato le estaba excitando. De forma retorcida, enfermiza, injustificable, pero por alguna cruel ironía del destino su corazón acelerado estaba enviando su sangre al peor de los lugares posibles y lo único que podía hacer Raskolnikov sobre ello era apretar los dientes y cerrar los ojos, tratando de alejarse de sus impresiones, de sus sensaciones, de eso que crecía en su interior y lo empujaba al borde del colapso, de su ruptura definitiva, suplicando internamente porque nadie notara aquello.

Por supuesto, no tuvo tanta suerte. Stepan continuaba observando atentamente todas sus reacciones y enseguida se dio cuenta de lo que le estaba ocurriendo. Hizo un gesto a los otros para que se detuvieran, liberando a Rodya del agobiante toqueteo por un breve instante, antes de dar un paso hacia él y pegar su cuerpo con el suyo, deslizando su mano con lentitud hasta su entrepierna y agarrando su miembro medio endurecido mientras le dedicaba una sonrisa triunfal al angustiado joven.

-Vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí, preciosa? ¿Te estás poniendo cachonda?

Stepan había acercado sus labios al oído de Rodya, rozándole la piel al hablar y causándole un cosquilleo agradable que sólo logró empeorar el malestar que ya sentía. Sus palabras fueron cálidas, un murmullo seductor susurrado mientras comenzaba a frotar la creciente erección de Raskolnikov, que se limitó a apartar la cara y apretar los dientes, decidido a ignorar sus burlas y mantener lo poco que le quedara de orgullo intacto. Kiselev usó su mano libre para acariciarle el pelo cariñosamente, casi con la amabilidad de un amante.

-¿Todavía vas a negar que esto es lo que quieres? Vamos, cielo, no te resistas. No eres más que una puta y estás deseando servir a todos estos hombres, ¿por qué armar tanto escándalo?

Las palabras de Stepan deberían de haberlo enfurecido, escandalizado, apagado aquella llama de forma definitiva y convertido todo atisbo de deseo en mera repulsa. Pero no fue así. El sentimiento de vergüenza y humillación que le provocaron sólo consiguió encenderlo más, aumentando su calor interno y llevándolo a preguntarse si Kiselev tenía razón, si una parte de él, retorcida y despreciable, estaba disfrutando de algún modo con aquello. Pero desde luego que no, eso no era posible. Era su miedo, su ansiedad, la situación desesperada, lo que lo estaban alterando y confundiendo hasta el punto en que su cuerpo no sabía cómo reaccionar. Y la mano habilidosa de Kiselev, jugueteando con su pene y enviando oleadas de placer a través de su piel tampoco ayudaba en absoluto. No, por supuesto que no, él no quería aquello, él no podía querer aquello. Lo que ocurría es que estaba demasiado agitado, puede que también al borde del pánico, y ya no sabía qué era lo que sentía y qué no, tan sólo eso. O al menos de ello trataba de convencerse mientras Stepan seguía divirtiéndose con él.

Entonces Kiselev le agarró del pelo, dándole un fuerte tirón y forzándole a alzar la cabeza y enfrentar su mirada a los presos que todavía le rodeaban, observándolo de cerca con el deseo voraz iluminando sus pupilas.

-Míralos, todos ellos quieren disponer de tu cuerpo, ¿no te encanta la idea? ¿Por dónde te gustaría que empezaran? ¿Quieres arrodillarte y chupársela? ¿O prefieres que te den por culo? Joder, esto te pone de verdad, ¿eh? ¿Tal vez ambas cosas? Me apuesto lo que sea a que te gusta duro.

Aquello finalmente hizo añicos la determinación de Rodya. La perspectiva de lo que podían hacerle, de lo que iban a hacerle, terminó por completo con cualquier atisbo de arrogancia que aún le quedara. Se removió, tratando de dirigir su mirada suplicante hacia Stepan, esbozando un ruego quejumbroso.

-No, esto no es lo que quiero, Kiselev, por favor, déjame en paz. Lo siento, no volveré a faltarte al respeto, lo prometo, me comportaré, pero suéltame, deja de tocarme, no quiero, no quiero nada de esto, por favor...

Un brillo acerado y cruel cruzó brevemente los ojos de Stepan y por un momento Rodya creyó que iba a volver a abofetearlo, pero en lugar de ello el preso se echó a reír, aumentando el ritmo con el que masturbaba a Raskolnikov hasta casi arrancarle un gemido de placer involuntario que el joven logró contener a duras penas.

-Bonitas palabras, preciosa, casi convincentes. Pero tu cuerpo dice lo contrario. Mírate, estás toda mojada.

Y lo cierto es que Stepan tenía razón. El pene de Rodya goteaba con abundante anticipación, totalmente endurecido, estando el propio Raskolnikov demasiado cerca de un indeseado orgasmo. Y aquello no había nada que pudiera hacer para ocultarlo. Su excitación, su deseo, el placer que sentía con las caricias de Kiselev y el efecto que sus palabras burlonas producían en él estaban totalmente expuestos para el regocijo de todos y su profunda humillación. No existía posibilidad de convencer a Stepan de que no quería aquello. Por supuesto, tampoco es como si lo que él quisiera importase en lo más mínimo. Kiselev y los otros harían lo que desearan independientemente de la opinión de Rodya sobre ello, lo mejor era rendirse a la evidencia. Y sin embargo, en su aterrada desesperación, fue incapaz de someterse y, dejándose llevar por el pánico, comenzó a forcejear de nuevo, tratando de deshacerse del agarre de Kiselev, de huir de allí, irse a donde fuera, alejarse de todos aquellos que deseaban hacerle daño, que lo odiaban sin motivo y disfrutarían destruyéndolo hasta hacer añicos su alma, esconderse de todos ellos, correr hasta poder estar solo, hasta que el mundo lo dejara en paz y sólo hubiera silencio, hallar algo de tranquilidad, algo de calma, apagar ese miedo que le venía acechando desde hacía tanto aunque sólo fuera por un rato. Desde luego, todo ello era imposible, pero en aquel instante de pánico Rodya se veía incapaz de pensar y lo único que le dominaba y le movía a actuar era aquel absurdo deseo de huir.

Con un nuevo gesto y sin dejar de sonreír Kiselev invitó a sus compañeros a reiniciar el toqueteo previo, sin amedrentarse en absoluto ante los intentos de Rodya por liberarse. Enseguida todas aquellas manos estaban de nuevo deslizándose por su cuerpo, pellizcando aquí, golpeando allí, hundiendo más y más a Raskolnikov en aquella sensación opresiva, en la certeza de su indefensión, de su impotencia, de su incapacidad para oponerse a ellos, de la falta de control sobre su propio cuerpo, la anulación de su voluntad e independencia. Uno de los presos pareció encontrar muy divertido retorcerle los pezones, tomándolos con fuerza entre sus dedos y girándolos hasta hacerle sollozar suplicante. Otro le agarró del pelo, tirando de él para forzarle a echar hacia atrás la cabeza y escupiéndole en la cara, restregando a continuación su saliva por todo su rostro, riéndose de la expresión asqueada de Raskolnikov. Por supuesto, no faltó el que se dedicó a azotarlo, un golpe tras otro hasta que se le saltaron las lágrimas y sus nalgas quedaron doloridas y llenas de marcas rojizas, causando la risa de todos los presentes, que respondían a sus súplicas y sus gemidos lastimeros con burlas e insultos. Y durante todo el proceso Stepan no dejó de masturbarlo ni por un momento, provocando que el dolor y la angustia se entremezclaran con un placer humillante y salvaje.

Raskolnikov trató de contenerse, trató de ignorar lo bien que se sentía, la excitación en su vientre, lo cerca que estaba de estallar. Simplemente cerró los ojos y se forzó a pensar en otra cosa, a alejarse de allí, a disociarse de su cuerpo, a desaparecer de sí mismo hasta que todo hubiera acabado, a bajo ninguna circunstancia darles el gusto de sucumbir a ellos. Pero no pudo. Con su esfuerzo lo único que logró fue retrasar lo inevitable. Finalmente, con un gemido que bien podría haber sido un sollozo, Rodya se dejó ir, una descarga de placer cálido recorriéndolo con una intensidad demoledora mientras terminaba entre lágrimas sobre la mano de Stepan, mordiéndose el labio inferior con fuerza suficiente para hacerse sangrar, en un intento desesperado de contener los sonidos agradados que amenazaban con escaparse de su garganta, su semen golpeando con violencia en su orgasmo mientras todos se reían de él a carcajadas, maravillados por el resultado de sus agresiones.

Cuando hubo acabado Stepan le dedicó la sonrisa más amplia y genuina que había esbozado hasta entonces, plantando su mano manchada ante los ojos de Rodya, mostrándole el fluido blanquecino que se escurría entre sus dedos en un gesto de satisfacción triunfal.

-¿Todavía vas a negar que esto es lo que quieres, zorra? ¿Dirás que no lo has disfrutado? Mírate, lo has puesto todo perdido, ¿no te da vergüenza?

Esbozó una mueca de falsa repulsa antes de restregarle la mano por la cara, como ya hubiera hecho el otro preso con su saliva, entremezclando ésta con el semen de Rodya, aumentando la sensación nauseosa que empezaba a dominar a Raskolnikov, asqueado por sus propios fluidos y la humillación que el gesto acarreaba. Entonces Stepan lo agarró del brazo y lo empujó contra el suelo, en un movimiento rápido e inesperado, con la suficiente fuerza para que Rodya se hiciera daño al darse de bruces con la madera, aunque el joven preso se esforzó por no evidenciarlo. Ya había dejado que se rieran bastante de él.

Pero Stepan no parecía pensar lo mismo. Antes de que Raskolnikov tuviera tiempo para incorporarse le puso un pie sobre la cabeza, descargando el suficiente peso sobre él para arrancarle un grito, asegurándose con ello de mantener a Rodya en su sitio.

-Eh, eh, quieto ahí, ¿por qué siempre tienes tanta prisa? ¿Hay alguien esperándote? Bien, quieres que te deje en paz, ¿no? Es lo que llevas gimoteando todo el rato. Entonces haremos un trato. Tú dices la verdad y yo te dejo tranquilo por hoy, ¿qué te parece?

Rodya se estremeció, la suela de la bota clavándose dolorosamente en su mejilla, forzándolo a permanecer en aquella bochornosa posición, incapaz siquiera de dirigir sus ojos hacia Stepan para intentar leer sus intenciones en su rostro. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para preguntar, su voz rota era apenas un susurro inaudible.

-¿La verdad?

-Sí. Sobre esto. Di que te ha gustado. Di que lo querías, que esto es lo que quieres. Deja que todos sepan la puta desesperada que eres.

Aquellas palabras lo golpearon como un latigazo. No. Por supuesto que no. No diría aquello, no les daría el placer de oír eso. Tal vez lo hubieran sometido y mancillado, pero aún le queda una brizna de orgullo y dignidad. Su silencio pareció alargarse lo suficiente para que Stepan perdiera su paciencia. Dejó caer mayor parte de su peso sobre él, ignorando el gruñido dolorido que provocó y se giró hacia sus compañeros con expresión dura.

-Parece que esta zorra todavía no ha aprendido modales. Muy bien, si eso es lo que quieres... ¿Cuántos tienen que follarte para que entiendas cuál es tu sitio?

Hasta ese momento Rodya no comprendió de veras que el pánico era mucho, mucho más poderoso que el orgullo, que todas aquellas arrogantes pretensiones, todas sus aclamaciones al honor y a la dignidad, a mantenerse firme e íntegro a pesar de la adversidad imperante no eran más que ensueños románticos, puro idealismo, y que cuando la realidad te golpea con tal violencia inusitada todo se evapora y sólo queda el miedo y el deseo de evitar a cualquier precio aquel daño innecesario. Raskolnikov no quería que lo tocaran, no quería que lo forzaran, y estaba dispuesto a cualquier cosa con tal de evitarlo, aunque con ello sólo lograra posponerlo por un tiempo.

-¡No! No, Kiselev, no me hagas esto, por favor, déjame, diles que me dejen. Esta bien, ¿de acuerdo? Haré lo que quieras...

Prácticamente se había echado a llorar mientras hablaba, pero Stepan no pareció conmoverse en lo más mínimo.

-Tú ya sabes qué es lo que quiero. Hazlo o acepta las consecuencias, se me está agotando la paciencia.

-Está bien,-murmuró jadeante, casi al borde de un ataque de pánico.-esta bien. Me ha gustado. Es... es lo que quería. Me ha gustado, sí.

Las palabras sonaron forzadas, un susurro casi escupido entre dientes que no pareció satisfacer a Stepan en absoluto.

-¡Más alto! ¿Crees que alguien te ha oído? Te juro que si no haces lo que te digo voy a hacer que todos estos te rompan el culo, puta.

-Me ha gustado... Lo quería. Me ha gustado.

La presión de la bota sobre su cabeza aumentó. Al parecer aún no era suficiente.

-¿Cómo dices? ¡Vamos, diles a todos lo que eres!

-¡Me ha gustado! ¡Quería esto! ¡Soy... soy una puta! ¡Una puta desesperada que quiere que le enseñen cuál es su sitio! Lo quería... lo... yo...yo...-su voz se quebró por fin, convirtiéndose en una mezcla de sollozos y gemidos quedos, sus súplicas apenas inteligibles.- Por favor, por favor, Kiselev... Me ha gustado... yo quería... pero... no me hagas esto, por favor, sólo... déjame, déjame...

Un instante más de silencio sólo interrumpido por los balbuceos de Rodya y entonces Stepan retiró el pie, agachándose a su lado y palmeándole el hombro en un gesto amistoso, una sonrisa danzando de nuevo en su rostro. Raskolnikov no pudo evitar encogerse de forma instintiva ante el contacto, soltando un quejido asustado.

-¿Ves? ¿A que no era tan difícil? Soy un hombre de palabra, así que, ¿por qué no te vistes y te vas a dormir? Es algo tarde y mañana te espera un día largo.

Hubo una cierta vacilación entre los otros cinco presos, que intercambiaron miradas decepcionadas.

-¿Estás seguro, Stepan?

-Sí, ¿no vamos a...

-No.-interrumpió Kiselev con el ceño ligeramente fruncido.-Es suficiente por hoy. Vamos a darle a nuestra chica un poco más de tiempo. Sé cuánto le frustra la espera.

Y en su tono Rodya pudo entender que Stepan sabía lo mucho que la incertidumbre le angustiaba, que conocía su miedo cerval, la ansiedad que lo asolaba y que apenas lo dejaba respirar, el temor ante cada mirada, cada gesto, cada palabra y las promesas que había tras todo ello, la espera agónica, infinita, sin poder saber qué y cuándo ocurriría, el deseo insatisfecho de que todo aquello acabara cuanto antes. Al parecer, Stepan conocía todo ello de sobra, entendía el tipo de sufrimiento que embargaba a Raskolnikov y parecía estar disfrutando ampliamente con él. En aquella frase se leía su clara intención de alargarlo.

Como si hubiera leído sus pensamientos, Stepan le dedicó un guiño burlón.

-Venga, procura descansar, preciosa, necesitas reponer fuerzas. Te garantizo que la próxima vez sí que iremos más profundo. Y desde luego, no pienso ser tan amable.-Kiselev se inclinó hacia él, hablándole en un susurro sugerente que logró helarle la sangre, todavía apretándole el hombro con una intensidad rayana a lo posesivo.-Voy a darte exactamente lo que quieres, zorra, tienes mi palabra.

Dicho eso se levantó, indicándole a los demás que dejaran a Raskolnikov en paz y dirigiéndose a su camastro con una expresión profundamente satisfecha. El resto no tardó en imitarle, un tanto más decepcionados, pero esperando con resignada paciencia a que su cabecilla decidiera cuando había llegado el momento de tomar al chico. Después de todo, había una jerarquía que mantener y Stepan parecía tener algún tipo de autoridad sobre aquella decisión. Rodya no tardó en encontrarse solo, tumbado sobre la desgastada madera del barracón, desnudo y sucio, luchando inútilmente por controlar sus sollozos, su respiración agitada, los latidos desbocados de su corazón, la sensación opresiva que atoraba su garganta y le descendía hasta el pecho, la vergüenza y la culpa, la confusión y el desprecio hacia su propia debilidad y cobardía, hacia su patético comportamiento, el miedo, el miedo atroz que lo apresaba, la garantía de lo que iba a ocurrirle, pronto, muy pronto, pues no dudaba ni por un momento de que las retorcidas amenazas de Stepan fueran a hacerse realidad. Era sólo cuestión de tiempo y la idea lo consumía.

Pasó así largo rato, en aquella posición vulnerable y expuesta pero sin darle ya la menor importancia, perdido por completo en sus pensamientos, en aquella maraña de oscuros y dañinos sentimientos que le ahogaba, totalmente ajeno a su alrededor. No fue hasta mucho después cuando se armó del valor suficiente para incorporarse y vestirse, con exasperante lentitud, dominado por violentos temblores. Kiselev tenía razón, no pudo evitar pensar con cierta ironía, le convenía descansar, mañana le esperaba un largo día en la cantera.

Finalmente se dirigió hacia su rincón con paso vacilante, no pudiendo contener un suspiro. Aquella esperanza suya de al menos tener una noche sin sueños parecía acabar de hacerse añicos, como tantas otras cosas en su vida. Con un nuevo resoplido se tumbó, enrollándose en su sábana y escondiendo la cabeza entre sus brazos, cerrando los ojos y obligándose a no pensar en nada, a centrar su mente en la vacía negrura e ignorar las sensaciones de su cuerpo mancillado, la suciedad que lo cubría, el dolor, la angustia, la vergüenza y la culpa, el miedo que cada vez más lo atenazaba.

Una noche sin sueños. Que idea tan absurda, cuán ingenuo e iluso podía llegar a ser. Bastante suerte tendría si esa noche lograba conciliar el sueño en absoluto.