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Máscaras y Cadenas

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Todo aquello era un error, un grave error, y Razumihin lo sabía de sobra. Lo había sabido desde el primer momento, lo había sabido con el primer golpe, con cada palabra e insulto. Y sin embargo, ¿qué más podía hacer? Seguía soñando con ello, gimiendo por ello, perdido en un mar de incertidumbre y confusión ansiosa que lo empujaban más y más profundo en la innombrable tentación que cada vez le parecía más absurdo resistirse a aceptar.

Había transcurrido casi una semana desde su último encuentro con Rodion. Violento, inadecuado, tan alejado de sus intenciones. Las cosas no deberían haber ido así... ¿pero cómo pensar que Raskolnikov iba a hacer una propuesta tal? ¿Cómo prever su confesión? ¿Qué otra reacción cabía esperar? Y no obstante ahora se sentía profundamente avergonzado de su actitud terrible. Le debía cuanto menos una disculpa, pero una de verdad en esta ocasión, una que no acabara en una tormenta de furia y rechazo. Y sobre su propuesta... Oh, tan indecente, tan inaceptable... Y día a día, noche tras noche de fantasías distorsionadas y roces placenteros bajo las sábanas, a Razumihin ya no le parecía tan descabellado. ¿No era cierto acaso lo que Rodion le había dicho? ¿Que nadie tendría que saberlo, que sería algo entre ellos dos, que no haría daño alguno? Maldita sea, aquel siervo y su dulce labia, era peor que Belcebú... ¿Cómo no caer en las delicias que le ofrecía?

Para bien o para mal, Dmitri ya había tomado su decisión. Aún cargado de dudas, por supuesto, invadido por la confusión y la culpa, pero dispuesto a por lo menos intentarlo, a probar lo que Rodion podía ofrecerle y ver si era posible convertir aquel endemoniado enredo en una situación controlada y de provecho. Eso, claro, en caso de que Raskolnikov aún estuviera abierto a ello y no lo odiara con toda su alma. En aquella semana apenas se habían cruzado un par de veces y todo lo que había recibido de Rodya había sido una mirada arrogante y despectiva, cargada de orgullo herido. Después de lo ocurrido, Dmitri no se había atrevido a decirle nada.

Pero había llegado el momento. Razumihin había tomado su decisión, no había vuelta atrás. Y eso significaba enfrentar sus miedos y sus últimas dudas y encarar a su siervo una vez más, hablar con él y ultimar el pecaminoso acuerdo, entregar su alma de una vez por todas. Y para ello primero debía encontrar a Rodion. Fue más fácil de lo pensado en un principio. Un intercambio rápido de palabras con otro de sus siervos y se enteró de que estaba en la cocina, por lo que, temblando de nerviosismo cual escolar en su primer día de clase, el noble encaminó sus pasos hacia allí.

Por suerte, el joven siervo se encontraba solo en ese momento, lo que facilitaría mucho las cosas a la hora de pedirle que le acompañara. Razumihin estaban tan obviamente nervioso que temía que le fallara la voz al intentar hablar y no era esa la imagen que quería dar a sus siervos. Raskolnikov se encontraba de espaldas a la puerta, sentado en una silla de madera mientras pelaba las verduras que más tarde los cocineros guisarían. ¿Le correspondería estar allí o estaba de nuevo sustituyendo a alguien? Dmitri no creía que fuera a preguntarle, pero así y todo se sintió avergonzado de no saber la respuesta. Aún vaciló antes de acercarse, sin embargo, las dudas que le habían venido asolando en el pasillo parecieron disiparse sin dejar rastro en cuanto sus ojos se pusieron sobre su siervo. Rodion estaba ensimismado, sus manos trabajando diligentemente con el cuchillo, pero su mirada perdida en un punto más allá de lo alcanzable, su cabello claro cayendo desordenadamente sobre su frente, su cuerpo esbelto ligeramente inclinado hacia delante, aquellos labios carnosos y de color vívido temblando, moviéndose de cuando en cuando como si esbozaran palabras silenciosas. Su piel tan pálida como siempre, sus dedos largos moviéndose con calculada maña y llenando la mente del noble de toda clase de ideas retorcidas. Había tanto que podría hacer con esas manos, con esa boca, con aquella piel tan clara, tan fácil de marcar...

Aquellas ideas aparecieron en un segundo, como una repentina explosión en su mente, obligándole a agitar la cabeza y respirar hondo para tratar de calmarse antes de interaccionar con su siervo. Tenía que mantener la calma, no podía dejarse llevar por su instinto de forma desenfrenada. Pasase lo que pasase, todo había de ser calculado y de común acuerdo. Ya le había causado bastante mal a Rodion, era el momento de hacer las cosas bien. Al menos ahora, tras ver a su siervo así y prestarle verdadera atención a su aspecto por primera vez, no le parecía que sus deseos fueran tan repulsivos, dañinos y despreciables. Desde luego, había cosas mucho peores que aquella.

Una vez Razumihin estuvo a su lado probó a llamarlo por su nombre con suavidad, sin obtener una reacción en absoluto. O bien Raskolnikov estaba ignorándolo deliberadamente (lo que no le parecería de extrañar) o el joven se encontraba tan absorto en sí mismo que ni siquiera lo había oído. El noble se forzó a intentarlo de nuevo, esta vez agitando el hombro de su siervo con suavidad, tratando de no mostrarse humillado u ofendido por ser ignorado de forma tan dolorosamente visible.

No obstante, Rodion no parecía estar haciendo aquello a propósito, ya que, ahora sí, el inesperado contacto lo sacó de sus reflexiones con un sobresalto, provocando que se girara hacia él con una exclamación de sorpresa, casi cortándose con aquel agitado movimiento.

-¡Eh, ten cuidado, vas a hacerte daño!

Razumihin reaccionó con preocupación culpable, su expresión tan sorprendida y alterada como la del propio Raskolnikov debido a la reacción de éste. Ambos tardaron unos segundos en reponerse de su accidentado encuentro y recuperar la compostura. Rodya carraspeó, siendo el primero en hablar tras el incidente.

-Lo siento, estaba distraído, no te he oído llegar.

Rodion evitaba de forma deliberada su mirada, la cabeza gacha y el ceño levemente fruncido. Era una actitud más que comprensible.

-No, no, es culpa mía, perdóname, debí ser más cuidadoso. ¿Estás bien?

-Por supuesto que sí. ¿Qué es lo que quieres?

Raskolnikov por fin le miró, orgulloso y desafiante esta vez, su voz tan fría como altiva. Dmitri no se dejó alterar por ello.

-Yo... quería hablar contigo. En privado. Creo que hay cosas que necesitamos tratar después de nuestra última charla. ¿Te importaría acompañarme a mi despacho?

Casi suplicante. Así había sonado su petición. Visto de aquel modo, era difícil decir quién era el siervo y quién era el amo pero, ¿qué otra cosa podía hacer? No se sentía con derecho a exigirle nada a Raskolnikov después de lo que había ocurrido la última vez. Si el joven estaba dispuesto a hablar debía ser por voluntad propia y no una orden a la que no se pudiera negar.

Rodion permaneció durante un rato sumido en un silencio pensativo, finalmente levantándose, dejando el cuchillo sobre la mesa y realizando un gesto de asentimiento con la cabeza. Sólo entonces Razumihin se dio cuenta de que había estado conteniendo el aliento en espera de la respuesta de su siervo. Suponiendo que Raskolnikov no estaba dispuesto a hablar hasta que estuvieran solos, el noble se dio media vuelta, dirigiéndose hacia la puerta, sólo para verse detenido al momento por el agarre suave pero firme de la mano de Rodya. Con un gesto de sorpresa, se giró hacia su siervo, que lo miraba con una seriedad mortificante.

-Iré contigo y escucharé lo que tengas que decir, sí, pero con una condición.

Bueno, aquello no era algo de extrañar, al fin y al cabo.

-Bien, dime pues.

-No volverás a tratarme como lo hiciste la última vez. Pase lo que pase, diga lo que diga, no volverás a insultarme de ese modo, no dirás esas cosas horribles sobre mí y, ante todo, no volverás a echarme a empujones de tu despacho. Puedo tolerar el desacuerdo, pero no voy a permitir que me trates con repulsa y desprecio. Si quieres hablar debes ser justo conmigo, ¿queda claro?

Transparente. Razumihin asumía que era una petición de lo más justa. Asintió con vigor.

-Por supuesto, Rodion. He reflexionado mucho sobre lo que pasó esa última vez durante estos días y he de decir que me siento profundamente avergonzado. Es cierto, no fui justo contigo y no tenía derecho a tratarte así o insultarte en modo alguno. La situación me superó y se me fue de las manos, no era ni de lejos lo que pretendía con aquella conversación. Tienes mi palabra de que no volverá a ocurrir nada similar.

Raskolnikov aún se mantuvo estudiándolo durante un rato más, con la desconfianza grabada a fuego en su rostro. Dmitri casi podía adivinar lo que estaba pensando. También había querido disculparse la última vez. También había pretendido arreglar las cosas cuando fueron a su despacho y sólo había que ver cómo terminó todo. Era lógico que el joven mostrase cierto recelo ante sus palabras. Pero esta vez era diferente. Razumihin sabía a qué estaba jugando, conocía la perspectiva de Rodya, sus deseos y propuestas, por lo que ya nada de aquello podía tomarlo con la suficiente sorpresa como para trastocarlo de aquel modo. Raskolnikov debía de poder entender eso.

Y así fue, ya que, tras su minuciosa observación, Rodion asintió, tomando la delantera y encaminándose él hacia la puerta.

-Está bien -murmuró entre dientes.-Pero no olvides que me has dado tu palabra.

No tardaron demasiado en llegar, envueltos en un silencio tenso que no se rompió hasta que entraron en la habitación y Razumihin cerró la puerta tras él.

-¿Y bien? ¿Qué es lo que quieres?

Rodion seguía estando molesto, mostrando su enfado y su orgullo herido de forma aún más visible ahora que se encontraban a solas y sin temor a ser interrumpidos. El noble tomó aire con lentitud, preguntándose cuál era la mejor manera de hacer aquello. Probablemente no hubiera ninguna, pero tal vez empezar con una disculpa sincera podría ayudar en parte a su causa.

-Bueno, como he dicho, siento mucho lo de la última vez. Fue injusto y no volverá a repetirse. Las cosas que te dije... Tenías razón, estaba asustado y confuso y actué sin pensar. Yo... sólo espero que puedas comprenderlo, Rodion. Aunque aún me cueste entenderte y exista un evidente desacuerdo en muchas cosas no significa que tenga el derecho para-

-Está bien, déjalo ya. He oído suficiente de eso para el resto de mi vida.

Rodion lo cortó sin miramientos, realizando una mueca de desagrado. Se había apoyado sobre su escritorio, los brazos cruzados y las cejas alzadas con cierto escepticismo, sus ojos clavados en él durante toda su vacilante disculpa.

-¿Sabes, Razumihin? Tal vez yo sea insolente, terco e insufrible, pero tú necesitas sin duda aprender a controlar tu carácter y usar esa cabecita tuya antes de actuar. No dudo de tu inteligencia, pero a veces parece por completo ausente debido a esa impulsividad tuya...

¿Le estaba insultando? Había algo de sorna en su tono y una pequeña sonrisa asomaba en sus labios. El noble se vio obligado a suspirar, agitando levemente la cabeza y acercándose un poco a él. Al menos eso era mejor que el rechazo y el enfado de antes. Si Rodion estaba dispuesto a bromear y atacarle de aquel modo significaba que habían dado un paso adelante.

-Está bien, te lo concedo. He sido un idiota redomado, un auténtico bruto. ¿Podrás perdonármelo?

-Oh, eso es nuevo. ¿Desde cuándo un señor le pide perdón a su siervo?

Su sonrisa petulante era ahora evidente, su enfado difuminado por completo y transformado en su habitual descaro. Estaba disfrutando a plena vista con la situación. Su amo, avergonzado y arrepentido, pidiéndole perdón era una imagen que, con toda seguridad, Raskolnikov no olvidaría en mucho tiempo.

Ignorando su orgullo y la profunda molestia que le causaba verse en una situación así, Razumihin apartó la silla del escritorio, sentándose frente a Rodya y observándolo en silencio mientras trataba de formular con palabras sus pensamientos. El otro joven se mantenía en silencio, con la misma expresión de autosuficiencia y sin apartar los ojos de él. Le costó un rato pero, con un carraspeo, Razumihin por fin se atrevió a hablar.

-De acuerdo, Rodion, si te he hecho venir aquí ha sido por una razón muy clara...-se detuvo, titubeando en espera de una reacción de su siervo. Raskolnikov permanecía tan impasible como antes, sus ojos oscuros clavados en él con cierta expectación.-Desde luego, te debía una disculpa, espero que haya sido la adecuada. Pero eso no es suficiente. Al fin y al cabo, todavía no hemos solucionado nuestra situación, por llamarlo de algún modo. Las cosas siguen estando en el mismo punto, nuestra anterior conversación no dejó nada en claro.

Razumihin se detuvo, apartando la vista y ruborizándose ante sus ideas, incapaz de continuar, de decir algo tan terrible en voz alta. No obstante, Raskolnikov se inclinó hacia él, ahora sí, mostrando una intensa atención e interés por él. Por supuesto, lo que estaba decidiendo allí no era otra cosa que el futuro del siervo. De un modo u otro aquello debía atraer la atención de Raskolnikov.

-¿Y bien, Razumihin? Te escucho.

En esta ocasión el tono de Rodya fue más suave, amable. Como si de verdad pretendiera animarlo a hablar, sin más burlas o ataques. De acuerdo, había llegado el momento.

-Lo cierto es que he estado pensando mucho en lo que me dijiste. Bueno, um, ya sabes, en tu propuesta... No sé si se puede considerar una solución permanente, ni siquiera sé si funcionaría en absoluto o es tan solo una locura, pero... tal vez tengas razón. Quizás, si nos ponemos de acuerdo, si nos organizamos, podamos mantener un equilibrio entre nuestros instintos y sentimientos primarios y la decencia. ¿Entiendes a qué me refiero? Yo... Sinceramente, Rodion, no sé qué es lo que pasa conmigo. Nunca me había sentido así antes. Nunca he querido hacer daño a nadie, mucho menos pensé que disfrutaría con ello. Es horrible y me avergüenzo en lo más profundo. Por no hablar de eso otro...

Dmitri se detuvo, la vista clavada en sus manos, que temblaban ligeramente. No quería ni pensar en los sentimientos que Rodion le producía, la clase de sentimientos que jamás debería haber albergado por un hombre. Tuvo que forzarse a continuar.

-Bien, lo que quiero decir es que, de un modo u otro, llevo esto dentro. Los dos llevamos algo sucio y terrible dentro. Pero quizás, si podemos encontrar un modo de darle salida de forma inocua, acordada y discreta, sí que podría ayudarnos a tolerar mejor la situación. Al menos, no lo sé, hasta que encontremos algo mejor, una solución definitiva.

Tras aquello Razumihin se sumió en un silencio nervioso, esperando la respuesta de su siervo, incapaz de alzar la vista y estudiar su expresión. Había sido demasiado duro decirlo en voz alta como para ahora tolerar cualquier tipo de burla o desprecio. Sin embargo, la reacción de Raskolnikov no tuvo nada que ver con lo que esperaba.

-Eh.

Un toque suave de un par de dedos contra su cabeza lo sacó de su ensimismamiento, haciéndole alzar la vista. Rodion estaba de pie frente a él, observándolo con seriedad consternada. Por primera vez no parecía haber ningún rastro de sorna o autosuficiencia en su gesto.

-Está bien. Lo entiendo. Es difícil, ¿no? Pero se vuelve más sencillo cuando lo enfrentas... Al final no queda otra opción.

Dmitri frunció el ceño, apartando la vista receloso ante la sonrisa tranquila y amable de su siervo. Su repentina compasión le incomodaba, pero más aún lo hacía lo que implicaban sus palabras.

-Rodion, hay algo que me gustaría dejar claro. Yo... no soy como tú, ¿entiendes? Desde luego, hay algo indebido en mí, algo roto, pero tú y yo no somos del mismo tipo.

Raskolnikov se tomó un momento de silencio, mirándolo con atención, para finalmente soltar una carcajada, apoyándose de nuevo en el escritorio y observándolo con una mueca de diversión.

-Por supuesto, Razumihin, lo que tú digas. Lo cierto es que nada de eso me importa en lo más mínimo. Lo único que importa es, bueno, ya sabes, cómo vamos a solucionar este asunto.

-Eh, sí, claro... ¿Tienes alguna idea?

-Demasiadas.

La respuesta de Rodya había sido rápida, lanzada sin pensar, provocando que el siervo se sonrojara en el mismo instante de decirlo. Bien, Dmitri no podía echarle nada en cara. El también había estado perdiendo todas sus últimas noches en fantasías prohibidas. La vergüenza de Raskolnikov sólo sirvió para despertar de nuevo ese ardor que yacía en su alma. Razumihin tuvo que carraspear y apartar la vista antes de hablar, tratando de evitar que su deseo le nublara la mente.

-De acuerdo, quizás debamos empezar por establecer ciertas reglas. Límites. Discutir lo que queremos, tal vez.

Raskolnikov ladeó la cabeza pensativo, un brillo indescifrable en su mirada, como si estuviera manteniendo algún tipo de intenso debate interno. Tras aquel momento de reflexión de pronto se acercó a él, dejándose caer sobre sus rodillas justo frente al noble y comenzando a pasear sus manos por los muslos de Dmitri, con timidez pero con decisión. Razumihin no pudo evitar tensarse al instante, deseando apartarse y dejarse llevar a partes iguales.

-¡Rodion! ¿Qué estás haciendo?

Raskolnikov había comenzado a frotar con más intensidad, ganando confianza a medida que su amo se ponía más nervioso.

-Discutir lo que queremos, claro. Primera regla, lo que pase entre nosotros, lo que hagamos en privado, eso no afecta en absoluto a nuestra relación. Quiero que tengas claro que lo que disfruto a este nivel no tiene nada que ver con lo que deseo en mi vida, ¿entiendes? Por lo que, si te digo qué es lo que quiero, debes recordar a qué situaciones se limita. ¿Crees que podrás hacer eso?

El siervo había dejado de mover las manos, apoyándose sobre sus piernas y mirándolo desde abajo con una seriedad y seguridad que no parecían acordes a su posición. Sus facciones suaves, su piel clara, sus ojos oscuros, todo ello provocaba un revoloteo ansioso en el vientre de Dmitri que cada vez resultaba más difícil ignorar. Tragó saliva mientras asentía con cierta brusquedad.

-Claro, por supuesto, de eso se trata, ¿no? Limitar todo esto a momentos concretos y no a nuestra vida diaria.

-Muy bien. Pues la siguiente regla es que no quiero nada de insultos ni humillaciones fuera de nuestros encuentros. Lo que me hiciste la otra vez... Nunca puedes volver a hacerme algo así.

Razumihin suspiró, ¿cuánto más iba a restregarle aquello? ¿Y por qué tenían que hablar en aquella posición tan comprometida? Su corazón empezaba a bombear más deprisa y el rumbo en el que fluía su sangre estaba comenzando a preocuparle.

-Ya hemos hablado de eso, Rodion. Me he disculpado, no ocurrirá de nuevo, ¿qué más quieres que diga? Yo también tengo mis propias reglas. Lo primero, y creo que bastante obvio, nada de esto saldrá de aquí. Nada. No le mencionarás lo que hacemos a nadie, ni siquiera a tu hermana. Ni una palabra, ni una insinuación, no puedo permitir cualquier tipo de rumor absurdo.

-Por supuesto que no diré nada, ¿por quién me tomas?

Una mueca molesta y entonces Rodya comenzó a pasear los dedos por su entrepierna, con suavidad y lentitud, causando un estremecimiento instantáneo en Dmitri.

-Espera, espera, espera, ¿qué estás haciendo? Tenemos que hablar primero.

-Es una conversación aburrida. Ambos sabemos lo que queremos, le estás dando demasiadas vueltas. Primero, discreción, nadie dice nada, fuera de estos encuentros mantenemos una situación de normalidad. Segundo, respeto. No vuelves a atacarme o herirme de ese modo, no me echas a empujones cuando diga algo que te incomode o una vez que terminemos. No soy un objeto dispensable del que te puedes deshacer cuando te venga en gana. Si cuando acabemos necesito algo de tiempo para volver a ser yo entonces debes concedérmelo.

La imagen de su tembloroso siervo, llorando, ensangrentado, con ojos suplicantes e incapaz de decir palabra golpeó a Dmitri por un instante. ¿Cuántas veces lo había visto en aquel deplorable estado y cuántas lo había echado al momento de su despacho, sin preocuparse siquiera en asegurarse de que todo iba bien? Sí, Raskolnikov estaba en lo cierto, por muy confuso y angustiado que pudiera llegar a sentirse sobre sí mismo y sus propios deseos el noble no tenía derecho a pagarlo con él de aquel modo. Asintió en silencio, incapaz de apartar la vista de los dedos largos y habilidosos de Rodya, que se movían sin vergüenza ni titubeo por sus áreas más sensibles. Era difícil contenerse en aquel punto.

-Sí... Todo eso es... Lo que venimos hablando y... Realmente, Rodion, ¿qué estás haciendo? Deberías... Deberías parar eso ahora.

Raskolnikov se rió. Se rió de él. Una risa cristalina, traviesa, acompañada de una mirada desafiante. Los balbuceos de Dmitri parecían resultarle sumamente agradables.

-¿Por qué no me obligas? Tú eres el amo, ¿no? Si tanto te molesta, haz que pare...

El siervo comenzó a desabotonarle los pantalones, sin esperar respuesta o permiso para ello, todavía frotando la creciente erección de Dmitri, que ya no había forma de ocultar. Qué descaro, qué arrogancia.

-Podrías, no sé, golpearme, apartarme de un empujón, abofetearme, atarme las manos, quizás. Así te asegurarías de que no las uso como no debo. Pero sigues ahí parado sin hacer nada. ¿Es así cómo tomas control sobre tus siervos?

-¿Es eso lo que quieres?

Oh, chico... Razumihin no estaba seguro de cuando, pero en algún momento su conversación honesta se había convertido en uno de aquellos juegos de los que estaban hablando. Con las cejas arqueadas, el noble mantenía su mirada en Rodion, que en ese instante comenzaba a introducir las manos bajo su ropa interior, haciendo por fin contacto con su cálida, palpitante piel.

Rodion se encogió de hombros antes de contestar.

-¿Es lo que quieres tú? No, espera, te diré lo que quieres, sé exactamente lo que te gusta. Te gusta humillarme. Hacerme daño. Verme llorar y suplicar. Dejar marcas en mi piel, someterme a tu voluntad, ver cuán lejos eres capaz de llegar antes de que me rompa, ¿no es cierto?

El noble guardó silencio, incapaz de negar sus afirmaciones, avergonzado por ello pero demasiado excitado ya como para darle importancia. Aquella oscura parte de él que Rodion acababa de describir comenzaba a tomar el control y el hecho de que el joven hubiera liberado su erección y la estuviera frotando a un ritmo constante, la cabeza alza y la mirada provocadora y descarada clavada en sus ojos, no estaba ayudando en absoluto.

-No te preocupes,-continuó el siervo con total calma, como si nada fuera de lo normal estuviera ocurriendo, como si sus labios no estuvieran rozando el extremo de su miembro, estremeciéndolo con cada palabra.-porque eso es exactamente lo que quiero yo.

Y entonces lo hizo. Sin más miramientos Rodion comenzó a lamer su glande con lentitud, envolviéndolo con la lengua, dibujando círculos mientras seguía masturbándolo, rodeándolo con la boca y comenzando a tragar, dejando que su aliento cálido lo embriagase, que la estrecha humedad de su garganta tomara el control de todos sus sentidos. Por un rato, Razumihin simplemente se dejó hacer, manteniendo su mirada aún incrédula en los movimientos de Rodya, en su pelo claro, sus hombros, sus espalda, sus cabeceos lentos y continuos, sus dedos jugueteando y causándole gemidos que a duras penas podía contener. Era una imagen encantadora, pero pronto Dmitri se vio en la necesidad de tener más de aquello. El juego de Raskolnikov era agradable, sin duda, pero el instinto del noble clamaba por algo distinto, por el control, el poder y la sumisión.

No se lo pensó. Razumihin simplemente se dejó llevar. Ya que estaban haciendo aquello lo iban a hacer como era debido. Empezó por acariciar el pelo de su siervo. Era suave, fino, agradable al tacto, como parecía ser todo en su cuerpo, pero no dejó que eso lo detuviera. Oh, no, tenía muy claro lo que quería, lo había imaginado tantas veces... Cerró el puño, sujetando el pelo de Rodya firmemente y empujando su cabeza hasta el fondo, ignorando el gruñido de sorpresa de Raskolnikov y tomando el control al instante.

A partir de ese momento Razumihin se aseguró de marcar el ritmo, tirándole del pelo, moviendo su cabeza de la forma deseada, ignorando las toses ahogadas y los gorgoteos de Rodion. Toda su incertidumbre y cautela inicial parecían haberse desvanecido. En su lugar sólo quedaban el ardiente deseo y la necesidad de poder y dominio, esa oscura parte de sí mismo que lo gobernaba y daba rienda suelta a sus instintos más profundos cuando estaba con Rodya. Ya no había vacilación ni titubeos, toda lógica y decencia enterradas ya. Era un autentico deleite ver a su siervo retorcerse así en sus manos, tratando de seguir el ritmo que él marcaba, sometido por completo a su voluntad. Era obvio que a Raskolnikov le costaba respirar, que se esforzaba por contener las arcadas mientras su garganta era tomada a la fuerza, gesto que lo había pillado desprevenido.

Razumihin no pudo evitar preguntarse cuánto era capaz de aguantar su siervo. Y desde luego, no dudo en tratar de averiguarlo. Colocando la palma de la mano firmemente en su nuca, empujó su cabeza hasta el final, como ya hubiera hecho antes, pero esta vez obligándolo a permanecer allí, sujetando a Rodion con fuerza contra él e impidiéndole retroceder. Con un gruñido de placer, Razumihin comenzó a mover la cintura despacio, embistiendo contra los labios del siervo, ignorando sus gemidos y la forma en la que había comenzado a retorcerse entre sus piernas, deleitándose en la húmeda y estrecha calidez que rodeaba la total longitud de su miembro.

Por supuesto, Rodion no tardó en rebelarse contra ello. Razumihin podía imaginar sus dificultades para respirar, la incomodidad y las arcadas que lo invadían pero, en lugar de compadecerlo, no podía más que sentirse encendido por la idea. ¿Cómo iba a dejarlo ir ahora? Lo divertido acababa de comenzar. Pero Raskolnikov continuó retorciéndose, tratando de zafarse de él de forma cada vez más enérgica, demostrando que no estaba dispuesto a simplemente aceptar sus deseos, hasta el punto de comenzar a golpearle los muslos con ambas manos, empujando con todas sus fuerzas para apartarse.

Dmitri finalmente lo dejó ir, el ceño ligeramente fruncido, molesto y divertido a partes iguales. Rodya estaba jadeando, la mirada perdida cargada de confusión, los ojos abiertos de par en par, la saliva goteando por su barbilla al compás de su ruidosa respiración y sus toses. Tenía las mejillas encendidas, el pelo revuelto y un visible bulto en sus piernas, dejando clara su opinión sobre la situación. Entonces alzó la vista hacia él, sus labios temblando ligeramente con un titubeo. Razumihin no le dio tiempo para hablar. Con un movimiento rápido, abofeteó a Rodion, causando que su cabeza saliera disparada y el joven soltara un grito de dolor y sorpresa.

Raskolnikov se llevó una mano a la zona dolorida de forma instintiva, lanzándole una mirada interrogante, casi incrédula.

-¿Qué-

Dmitri hizo ademán de golpearle de nuevo, cortando con ello la pregunta de su siervo y provocando que se encogiera de forma instintiva. Aquel acto reflejo le causó un cosquilleo de orgulloso placer.

-¿A qué estás jugando, Rodion? ¿Te he dado permiso para apartarte? ¿Para hablar? No. A partir de ahora harás todo lo que te diga y sólo lo que te diga, ¿entiendes?

-Sí...

Otra bofetada, acompañada de un tenue sollozo. Dmitri era consciente de su propia fuerza y de lo sensible que era la piel de Rodion, lo cual sólo lograba hacer aquello aún más excitante.

-¿Sí qué?

-Sí, señor.

No había rastro de duda o vacilación en la voz del siervo. Cómo debía ser. Aunque sólo fuera a ratos, era agradable conseguir que aquel descarado joven le obedeciera.

-¿Y qué es esa forma de usar las manos? Ni en sueños, eso se acabó. Voy a asegurarme de que te comportes de ahora en adelante.

Sin dar tiempo a que Rodya reaccionara o tratara de disculparse, Dmitri se levantó, cogiendo su cinturón y colocándose detrás del siervo. Éste se volvió hacia él con una mirada confusa, posiblemente esperando que Razumihin fuera a azotarlo como castigo, tal vez deseando estar en lo cierto, mordisqueándose el labio inferior y con los ojos llenos de preguntas. El noble no se anduvo con titubeos. Le giró la cabeza con un movimiento brusco para que volviera la vista al frente y le dio un golpe en la nuca con el dorso de la mano.

-Quédate quieto. Ahora, las manos a la espalda, juntas.

Probablemente en ese momento Raskolnikov ya entendiera qué estaba ocurriendo, pero de un modo u otro Razumihin no planeaba pararse a explicarlo. Agarrando sus muñecas con firmeza, usó el cinturón para atar las manos del siervo a su espalda, apretando con fuerza para asegurarse de que quedaba bien sujeto.

-De acuerdo, intenta zafarte.

Raskolnikov obedeció al instante, retorciéndose, soltando gruñidos de esfuerzo mientras luchaba por deshacerse de las ataduras, pero en seguida lo dio por imposible.

-Muy bien.-asintió Dmitri con aprobación, palmeándole la cabeza mientras volvía a tomar asiento.-Buen chico, ahora sí podemos hacer esto bien.

Sujetando la cabeza de su siervo con ambas manos tiró de él, atrayéndolo hacia sí y forzándolo a tragar de nuevo su miembro erecto, llevándolo hasta el final, esta vez sin que Rodya pudiera hacer nada por defenderse. Por supuesto, el siervo trató de aguantar. Desde luego, hizo su mejor esfuerzo. Pero tras unos interminables minutos de toses ahogadas y arcadas a duras penas contenidas, el joven comenzó a retorcerse bajó las manos de Razumihin, luchando por escapar de su control, alzando la vista suplicante, las aletas de su nariz moviéndose deprisa, su rostro totalmente enrojecido, las lágrimas corriendo por sus mejillas sin control y mezclándose con la saliva que se deslizaba por su barbilla.

En lugar de dejarlo ir, Razumihin le dedicó una sonrisa inmisericorde, comenzando a abofetearlo repetidamente en la misma mejilla, disfrutando de los gemidos de dolor y la expresión humillada y herida en sus ojos. Oh, todas las dudas, los miedos que le habían atormentado, sus inquietudes morales quedaban ahora por completo ahogadas. Era tan dulce, tan exquisito ver a su siervo así, arrodillado a sus pies, las manos atadas a la espalda, su respiración bajo su control, su rostro enrojecido y su mirada suplicante, aquellas dulces lágrimas, la forma en que gemía cuando lo abofeteaba o cómo se retorcía cuando Razumihin le tapaba la nariz, impidiéndole por completo respirar. Los sonidos agónicos y las toses cuando movía su cabeza a ritmo rápido, tomando su garganta con violencia, dejando que su estrechez le provocara escalofríos de placer. Pero sobre todo era divertidísimo ver el bulto en los pantalones de Rodion, su obvia excitación, la vergüenza que aquello le causaba, la herida en su orgullo que debatía con su necesidad de someterse y entregarse por completo.

Dmitri no aguantó mucho más. Habían sido ya suficientes embestidas y suficientes pensamientos desenfrenados sobre la imagen ante él como para contenerse. Terminó en el interior de Rodya, con un gruñido, echando la cabeza hacia atrás y moviendo las caderas para recoger los últimos retazos de placer, ignorando los quejidos de su siervo, que en apariencia se estaba atragantando con su semilla.

-Trágate eso...-murmuró entre dientes, los ojos cerrados.-No dejes que se desperdicie, ni una gota.

Razumihin finalmente salió de su boca, posando su mirada sobre el resultado de sus acciones. Rodya jadeaba sonoramente, esforzándose por obedecer, por tragar su semen entre toses, lamiéndose los labios pero sin poder evitar que parte del fluido cayera al suelo ante él. Dmitri podía suponer que era difícil obedecer tras una invasión tan violenta, la falta de aire, la confusión y el hecho de estar maniatado. Dándole unas palmaditas con su pene en la cara y dejando que las últimas gotas cayeran en su mejilla, Dmitri decidió darle una oportunidad y ayudarlo un poco.

-Te dije que no lo desperdiciaras, chico, ¿es que no escuchas nunca? Está bien, déjame echar una mano.

Había usado un torno paternalista con obvias intenciones de burla, soltando un suspiro antes de proceder a agarrarle del pelo y empujar su rostro contra el suelo con violencia, colocando su cara sobre los restos de semen y restregándolo lentamente sobre ello.

-Vamos, Rodion, limpia eso. Dale algún uso a esa afilada lengua tuya.

Raskolnikov obedeció al momento, empezando a lamer el suelo a sus pies, recogiendo hasta la última gota de sus fluidos. Sólo cuando terminó Dmitri le permitió levantar la cabeza, soltándolo y recostándose en el respaldo de la silla con un suspiro satisfecho. Rodya mantenía la cabeza gacha, visiblemente confuso y alterado, pero sumergido por completo en su papel servil. Su cara estaba llena de toda clase de fluidos y su respiración todavía era rápida e irregular, pero a Razumihin le preocupaba más otro detalle de su anatomía.

-¿Qué vamos a hacer con esto?

Colocó el pie sobre la entrepierna del joven y la presionó con suavidad, comenzando a frotarla con la suela del zapato y esperando su respuesta con las cejas arqueadas. Rodion soltó una exclamación de sorpresa, alzando la vista al instante y mirándolo boquiabierto.

-¿Qué... qué...?

-¿Qué... qué...?-Dmitri lo imitó con sorna, riéndose de él.-Ya me has oído. ¿O es que crees que debería ignorarlo? Parece que ya estás a punto, de todos modos... ¿Debería tocarte?

Raskolnikov balbuceó, abriendo y cerrando la boca un par de veces con sus ojos oscuros cargados de confusión y deseo clavados en él, incapaz de pronunciar palabra. Con toda seguridad, tras lo ocurrido no espera aquello por parte de Dmitri. Después de todo, su amo nunca se había preocupado por su placer o necesidades.

Dmitri presionó con más fuerza, frotando a mayor velocidad y logrando arrancarle un jadeo ahogado a Raskolnikov, que por fin apartó la vista.

-¿Crees que te lo mereces? ¿Qué te lo has ganado?

Rodya estaba temblando, gimiendo, la cabeza gacha y los dientes apretados, su mente perdida en el tono jocoso y despectivo de su amo, ansiando más y más de aquel contacto pero sin poder responder a sus preguntas.

-¿Qué te pasa, zorra? ¿De pronto no puedes hablar? Eres un sucio sodomita, un degenerado que no es capaz de hacer nada bien. Ni siquiera puedes complacer a tu amo como es debido sin que te guie y ayude. He tenido que atarte sólo para asegurarme de que cumples tu función básica más primordial. Me das asco, ¿me oyes? Eres peor que una mala bestia. Por supuesto que no mereces que te toque. Tendrás que trabajar mucho más duro para eso...

-Por... Por favor, por favor, señor, yo...

Estaba sollozando. Razumihin no podía dejar de regodearse. Rodion sollozaba y se retorcía a sus pies, estremeciéndose de placer contenido y necesidad. Si seguía así el chico no aguantaría mucho más. Y ni siquiera iba a tener que usar las manos.

-¿Por favor qué? ¿Acaso vas a negar que tengo razón? ¿Dices que miento, Rodion? Deberías verte a ti mismo ahora. Eres patético.

-Señor...

-Vamos, dilo, di lo que eres. Di que eres patético.

Rodya alzó la vista, el labio inferior tembloroso y sus ojos llenos de lágrimas. Dmitri no pudo contenerse. Presionando con más fuerza el miembro duro de su siervo, le dedicó una amplia sonrisa antes de escupirle a la cara.

-Es un regalo. ¿Cómo se dice?

Su saliva se deslizaba lentamente por el puente de la nariz de Raskolnikov, resbalando por su mejilla como si de una lágrima se tratara.

-Gracias... Gracias, señor.

-Muy bien, buen chico.

Con suavidad, casi con cariño, Dmitri le acarició el pelo, provocando que Rodion se encogiera ante el contacto y gimiera de nuevo, retorciéndose bajo sus pies en un intento de aumentar la fricción de su entrepierna. Era divertido verlo en aquel estado, no pudo evitar pensar el noble mientras agarraba un puñado de pelo con fuerza y obligaba a Rodya a echar la cabeza hacia atrás, forzándolo a encararlo, a mantener su mirada.

-Ahora dime qué eres.

-Yo...-Raskolnikov tragó saliva, titubeando una vez más, su mirada moviéndose frenética de un lado a otro, como si tratara de encontrar una salida a aquella situación imposible. Pero entonces fijó los ojos en él. Parecía más seguro ahora.-Soy patético. Soy un siervo inútil y patético. Soy un degenerado. Yo... Yo soy suyo, señor. Soy su siervo. Su furcia. Su esclavo.

Oh, maldita sea, eso no se lo esperaba. Si Rodya seguía así lograría endurecerlo de nuevo. Era mejor poner fin a aquello cuanto antes. Era más que suficiente para un primer intento.

-¿Mi furcia? ¿Por qué te crees que tienes derecho a eso? ¿Te lo has ganado acaso?

-¿Señor?

-Ya me has oído. Si quieres ser mi furcia, que te considere al menos como una pieza de carne lo suficientemente buena para complacerme, tendrás que esforzarte más. Tu patético lloriqueo no te hace más que una bestia insufrible. Servirme es un privilegio y desde hoy quiero que seas consciente de ello. Que te insulte es un privilegio. Que te golpee es un privilegio. Que te folle es un privilegio. Y deberías darme las gracias por todo ello.

-¡Gracias, señor, lo siento! ¡Gracias! Yo, ah-se cortó, con un estremecimiento y un gemido ahogado, su cuerpo derrotado sucumbiendo al contacto con el habilidoso pie de su amo.-Por favor, deme una oportunidad. Por favor, déjeme, déjeme acabar, por favor, no puedo más. Tóqueme, se lo suplico.

-¿Qué? ¿Tocarte? ¿A ti? Ni lo sueñes, degenerado. No pondré mis manos sobre tu sucio cuerpo para complacerte. Pero soy un señor benevolente, bien lo sabes. Te doy mi permiso para acabar, pero sólo usare mis pies contigo. La suela de mi zapato es lo único que te mereces.

El efecto de sus palabras sobre Raskolnikov no dejaba de sorprenderle. En cualquier otro momento el desvergonzado siervo habría respondido de forma insultante y terrible a algo como aquello. Pero en su lugar ahora se limito a asentir y a murmurar más “gracias” y “lo siento” junto a otras palabras inteligibles por lo agitado de su respiración y sus gemidos. Razumihin no tuvo que hacer mucho más esfuerzo para lograr llevar a su siervo hasta el final. Simplemente un poco de fricción con la presión y la velocidad adecuada, más palabras soeces y despectivas, algún tirón de pelo y unas pocas bofetadas y de pronto el siervo estaba gimoteando y sollozando mientras murmuraba más agradecimientos y palabras de sumisión.

Con una carcajada, Dmitri lo dejó ir.

-Patético... Mira cómo has puesto tus pantalones.

Era cierto, una mancha oscura se había dibujado en su entrepierna, como evidencia de aquel placer satisfecho. Pero Rodion no pareció darle importancia. Estaba demasiado ocupado tratando de recomponerse y recuperar el aliento como para pensar en ello. Ampliando su sonrisa, Razumihin movió su pierna para colocar la suela de su zapato contra el rostro de un sorprendido Rodya. Presionando de nuevo, esta vez contra su cara, decidió dejarle las cosas bien claras.

-Éste es tu nivel, ¿entiendes? A nivel del suelo, bajo mis botas, a mis pies. Nunca podrás alzarte sobre eso. Aprende a aceptarlo y amarlo. Abraza lo que eres y nunca intentes cambiarlo, ¿comprendes?

-Sí, señor.

Su voz estaba ronca, agitada y rota por la violenta invasión de su garganta y lo confuso de su situación.

-Demuéstralo. Ya sabes qué tienes que hacer.

Vaciló, por supuesto. El noble no esperaba menos. Pero lo hizo. Con cierta duda, Raskolnikov sacó la lengua y comenzó a lamer la suela de su zapato. Despacio, con expresión herida y asqueada, pero incapaz de desobedecer o contradecir a su amo. Razumihin estaba maravillado, ¿de verás haría todo lo que le ordenase? ¿Todo? Era demasiado bueno.

Con una nueva carcajada, Dmitri pateó a Rodya para apartarlo de él, con suavidad, claro, más como un gesto de burla y humillación que con intención de causar un daño físico. Pareció funcionar bastante bien. El siervo se tambaleo brevemente, casi pareció que iba a caer sobre su costado, pero al final consiguió aguantar, de rodillas y cabizbajo, todavía a su merced.

Razumihin se recostó en su asiento, cerrando los ojos y soltando un suspiro satisfecho. Bien, aquello había estado bien. Se sentía bien. Era agradable y jamás en su vida algo se había sentido tan profundo, tan instintivo, tan placentero y natural. Era como si siempre hubiera deseado exactamente aquello pero nunca hubiera tenido el valor para siquiera pensarlo. Y Raskolnikov... Raskolnikov lo había hecho tan bien. Tan perfecto. Como si estuvieran hechos el uno para el otro, dos piezas perfectamente complementarias en aquel retorcido puzzle.

Por supuesto, la sensación de vergüenza y culpa no tardó en aparecer. ¿Cómo iba a ser de otro modo? Lo bueno nunca parecía durar demasiado. Lo que había hecho era sucio, horrible, nefasto. Sus palabras, su desprecio, todo resonaba dentro de él y le producía una sensación de asco bochornoso que le causaba arcadas. Durante las pasadas semanas había intentado dirigir todo aquel malestar a Rodya, culparlo a él, odiarlo. Pero el siervo tenía razón. Era sobre sí mismo. Sí, Raskolnikov lo había disfrutado, quizás, pero no era el único. No era Rodion el que se había atado las manos a las espalda, ni el que había dicho todas aquellas cosas horribles. Era él. Dmitri Prokofich Razumihin. Él y nadie más había tomado la decisión de hacer algo así. Era a sí mismo a quien despreciaba y odiaba. Todas las cosas que le había hecho a Raskolnikov, el trato que le había dado en las últimas semanas... Eso sólo lo hacía sentir más sucio y retorcido. Realmente su siervo merecía una disculpa.

Y pensando en ello no pudo evitar acordarse. Rodion seguía maniatado y arrodillado a sus pies.

Muy considerado por tu parte, Dmitri, lamentarte sobre lo terrible que eres mientras dejas al chico en ese estado. Un movimiento maestro.

Con un suspiro derrotado Razumihin abrió los ojos. Ya tendría tiempo de reflexionar y aturullarse de congoja más tarde. Ahora debía tratar un asunto más urgente. Se apresuró a colocar su ropa y abrochar su pantalón antes de inclinarse junto a su siervo.

El joven tenía la cabeza gacha, encogido y tembloroso, sus sollozos ahogados todavía audibles.

-Está bien, Rodion, ahora voy a desatarte, ¿vale? Dame un momento. Tranquilo.

Rodya se había encogido ante su contacto, provocando que a Razumihin le diera un vuelco al corazón, agitado por la culpa. Estaba bien. Podía arreglar aquello. Se disculparía y jamás volvería a hacer algo así. Era sin duda lo mejor. Tratando de mantener su firmeza se deshizo de las ataduras de Rodion, sentándose entonces a su lado y tomando sus manos entre las suyas con suavidad, frotando la zona enrojecida de sus muñecas amablemente.

-¿Te duele? ¿Estás bien?

El siervo asintió levemente, todavía incapaz de mirarle.

-Lo siento.-murmuró Razumihin, apretando las manos de Rodion en un intento de gesto amistoso.-¿Ha sido demasiado? No pretendía herirte. No realmente...

En un movimiento inesperado, Raskolnikov se dejó caer sobre él, acurrucándose contra su pecho y devolviéndole el apretón de manos con timidez. Durante un rato se quedaron así. Quietos, en silencio, descansando el uno sobre el otro, tratando de recuperar esa normalidad perdida hacía sólo un momento. Razumihin tuvo que esforzarse para mantener acallados los latidos de su corazón. Por algún motivo, la cercanía, el contacto, la calidez de Rodya, le habían acelerado el pulso y bloqueado todo pensamiento. No pudo evitar una sonrisa. Que chico tan dulce podía llegar a ser. El noble no estaba muy seguro de cómo reaccionar a aquello, pero comprendía que después de todas las cosas horribles que le había dicho Rodion necesitara algo así para sentirse mejor y volver a ser el de siempre. Razumihin no podía por menos que concedérselo.

Entonces se acordó de algo. Sin apartar a Rodya, metió la mano en su bolsillo, rebuscando hasta encontrar su pañuelo. Tras lo que habían hecho el rostro de su siervo había quedado claramente marcado. Que menos que ayudarle un poco en ese respecto.

Razumihin tomó la barbilla de su siervo con cuidado, haciéndole alzar la cabeza y comenzando a limpiar los fluidos que aún se extendían por su rostro con una amabilidad que contrastaba vivamente con todo el trato previo. Raskolnikov se mantuvo en silencio, dejándole hacer, con sus grandes ojos negros clavados en él con cierta confusión, como si todavía estuviera en un lugar muy lejano y no entendiera muy bien lo que estaba pasando, pero con total tranquilidad. No había ni rastro de miedo, rencor o desprecio en aquella mirada. Tal vez Razumihin no lo admitiría, pero sin duda esa percepción lo hizo sentir infinitamente más calmado y en paz consigo mismo.

Sólo cuando Razumihin había acabado y apartado el pañuelo de él, Rodya habló, con una voz tan dulce, temblorosa y suave que lograría derretir hasta el más frío de los corazones. Algo que no era difícil en absoluto de conseguir con alguien como Dmitri por lo que, que decir tiene , aquella faceta nunca antes vista de su siervo se enclavó con fuerza en su mente al momento.

-¿Lo he hecho bien?

Raskolnikov no había apartado los ojos de él, su pregunta cargada de duda, de ansiedad, de necesidad. ¿Cómo iba a decir que no a aquello? Oh, Rodion era mucho, mucho más de lo que Razumihin jamás habría podido imaginar.

-Sí, Rodion -murmuró el noble, acariciándole el pelo.-Lo has hecho bien, muy bien.

Su respuesta logró arrancar una sonrisa entre tímida y orgullosa al siervo que, sin pensárselo dos veces, depositó un casto beso sobre los labios de Dmitri, que no pudo evitar quedarse inmóvil ante la confusión. ¿Acababa de besarlo? Había sido un breve roce y comparado con todo lo que ya habían hecho resultaba casi absurdo preocuparse por ello. Y sin embargo una especie de nueva angustia se asentó en el pecho de Razumihin. ¿No era eso ir demasiado lejos? ¿No estaban jugando a algo que al final terminaría por escapárseles de las manos? ¿No entrañaba aquello riesgos inasumibles? Tal vez deberían parar ahora. Tal vez debería apartar a Rodion con suavidad y decirle que aquello no podía volver a ocurrir nunca. Que debían mantenerse alejados. Que se sentía confuso y alterado hasta un punto que le resultaba físicamente doloroso. Pero sobre todo que tenía miedo, mucho miedo.

Sin embargo, antes de que pudiera llegar a tomar una decisión, Raskolnikov volvió a recostarse sobre él, apretándose contra su pecho y murmurando un sincero “gracias” que acabó con toda la determinación que Razumihin hubiera podido reunir.

Al diablo con todo, pensó mientras le acariciaba el pelo y cerraba los ojos con un suspiro derrotado. Si tenían que hundirse, que así fuera. Estaba más que claro lo que ambos deseaban, lo que sus cuerpos exigían y, por muy sucio, pecaminoso y prohibido que fuera, ¿quién iba a detenerlos? Sólo debían ser discretos y todo iría bien. En aquel punto Razumihin ya se había cansado de preocuparse. Si aquello era lo que el siervo quería que tuviera por seguro que eso era lo que iba a tener. No podía existir ninguna pega por su parte.

Aquella breve epifanía se sintió al momento como una liberación. Sí, por supuesto, no fue capaz de ahogar del todo la preocupación y la culpa, pero esa hiriente punzada en su pecho que sentía cada vez que pensaba en alejarse de Rodion o deshacerse de él desapareció por completo. Fue como si de pronto una parte de sí mismo contra la que había luchado largo tiempo se viera por fin aceptada, entendida y abrazada con gusto. El ahogo que lo había atorado durante las últimas semanas pareció desaparecer y Dmitri se sintió como si pudiera respirar por primera vez en mucho tiempo, su mente más clara y decidida que nunca.

Estaba bien, de acuerdo, harían las cosas al modo de Raskolnikov. Y si se hundían, se hundirían juntos.