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Máscaras y Cadenas

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Esta vez había ido demasiado lejos. Lo sabía, había sabido que aquello se estaba escapando a su control desde hacía mucho, pero no había tratado de hacer nada por impedirlo. Y ahora ya era demasiado tarde. Razumihin se había pasado el resto del día encerrado en su despacho, dando vueltas sin parar, revolviéndose el pelo con gesto de frustración y pateando rabioso su escritorio de cuando en cuando, hasta que finalmente no había podido más y había decidido bajar al pueblo. Tal vez eso le ayudara a distraerse. Quizás, alejándose de aquella casa y todos los que habitaban en ella pudiera olvidarse durante un rato de sus nefastos sentimientos, pudiera hacer desaparecer la imagen de un confuso y alterado Raskolnikov estudiándolo con dolorida atención cuando lo había echado al pasillo, eliminar durante un rato el recuerdo de las súplicas y gemidos que aún resonaban en su cabeza. Pero no había servido de nada. Se había lavado, había ido en carruaje hasta allí y había paseado a solas por las polvorientas calles. ¿Y para qué? Su agonía no se había visto mitigada en lo más mínimo, el devenir de sus pensamientos había continuado inexorable durante toda su visita. Era absurdo siquiera intentarlo. Razumihin se sentía tan agobiado, tan agitado y desesperado, que por un momento cuando pasó frente a la taberna se sintió tentado de mandarlo todo al infierno y entrar allí, dispuesto a beber hasta perder el sentido. Se detuvo justo cuando estaba a punto de abrir la puerta, una serie de imágenes e impresiones difusas de un pasado no muy lejano danzando en su mente hasta que lograron estremecerlo, llevándolo a soltar un bufido y alejarse de allí a paso rápido. No, sabía muy bien que el alcohol no solucionaría sus problemas. Más bien al contrario, siempre había sido la causa de muchos de ellos. Aquel maldito veneno había echado a perder a su padre y Razumihin se juró hacía mucho que no haría lo mismo con él. Y últimamente ya había estado bebiendo demasiado así que aquella idea no era siquiera una opción. Dmitri necesitaba poner fin a aquello, despejar sus dudas, aclarar su sentimientos y tomar una determinación y para ello necesitaba una mente despejada y en plenas facultades, por lo que había decidido seguir caminando, dejando que el viento fresco de finales de verano le acariciara la piel con efecto balsámico mientras el Sol se ponía en el horizonte.

El segundo castigo. Ahí era donde las cosas se habían torcido de forma definitiva. A Razumihin le había costado mucho aceptar lo ocurrido tras el primero, tragarse su vergüenza y atreverse a volver a mirar a Raskolnikov a los ojos, a pesar de que había encontrado una buena justificación para todo ello. Había sido algo circunstancial, casual, terrible, sí, pero no más que una serie de infortunios asociándose para empujarlo a esas ideas y pretensiones tan inadecuadas. Nada de lo que culparse o que fuera a repetirse. Respecto al caso de Rodion... Bien, eso resultaba más difícil de comprender, pero quizás no fuera más que una reacción involuntaria e indeseada al miedo y al dolor, una respuesta defensiva de su confuso cuerpo a los golpes y la inesperada humillación. Razumihin entendía que aquello podía ocurrir, que en un hombre la sangre podía fluir de la peor de las formas posibles en las circunstancias más indebidas. El hecho de que eso le hubiera pasado a ambos a la vez no era más que un acontecimiento extraordinario, posiblemente debido más a la novedad y a la intensidad de sus emociones que a cualquier otra cosa. Bastaba con no repetir la situación y ninguno tendría nada de lo que preocuparse. Pero por supuesto, era de Raskolnikov de quien hablaba. No repetir la situación se mostró en seguida como un imposible, a pesar de que en principio el siervo había comenzado a portarse como debía, obediente y callado, dándole a su ingenuo amo la esperanza de que las cosas irían bien a partir de ese momento. No duró demasiado. En cuanto Rodion recuperó la confianza y superó la vergüenza su actitud se tornó en la misma de siempre. Y Razumihin había tratado de evitarlo, lo había intentado con todas sus fuerzas, pero fue inútil. Si bien antes la idea del castigo le resultaba un deber desagradable que era mejor evitar a toda costa, ahora a Dmitri la perspectiva de tener a Rodion tumbado sobre su mesa, con su carne expuesta para ser torturada y moldeada por él, era una de las cosas que más atractivas y deseables se le antojaban. Y luchar contra aquella bochornosa pulsión al tiempo que hacía frente a la sensación de obligación, de estar incumpliendo con la necesidad de disciplinarlo que su posición de amo le imponía, había resultado simplemente imposible. No cabía duda de que tarde o temprano Razumihin superaría su límite y caería de nuevo.

Y en parte era culpa suya, ya que debió prever lo que ocurriría. Permitir que Raskolnikov estuviera cerca de Luzhin era siempre una nefasta idea. Sabía de sobre lo mucho que el siervo lo despreciaba y que el sentimiento fuera visiblemente mutuo no resultaba un consuelo. La verdad es que a Razumihin le resultaba hasta cierto punto comprensible. Luzhin tampoco era su persona favorita, desde luego, era arrogante y engreído, a veces pedante hasta lo insufrible y a todas luces su interés palpable y casi obsesivo por Dunya no debía de ejercer una influencia positiva sobre la opinión que Raskolnikov tenía de él, pero eso no significaba que su siervo tuviera ningún derecho a replicarle. El joven debía entender cuál era su sitio y que le debía tanto respeto y deferencia a Luzhin como a cualquier otro noble, independientemente de sus sentimientos personales. ¿Por qué a Raskolnikov le costaba tanto entender cosas tan básicas? ¿Cuál era su problema? A Razumihin tampoco le gustaba aquel hombre, ¿y qué? Eso no significaba que no pudiera respetarlo y tener conversaciones y visitas en términos amistosos con él. Más aún cuando había negocios en juego. Él comprendía sus deberes como señor de aquellas tierras y Rodion debería entender los suyos como su siervo. Dmitri se sentía frustrado por aquello. No era tan difícil, todos los demás lo entendían. Pero Raskolnikov no, por supuesto. Él siempre había sido muy suyo, siempre tenía que ser diferente. Darle problemas. Eso era todo lo que hacía. Sin embargo Razumihin lo sabía, conocía a Rodion y debería haberlo imaginado, haberle prohibido acercarse a la salita mientras Luzhin aún estuviera allí. Pero no lo había hecho y el estallido había ocurrido.

Y Dios, mentiría si negara que había sido extremadamente satisfactorio. Estaba tan furioso, tan harto de que Raskolnikov se dedicara a avergonzarlo de forma ininterrumpida ante sus congéneres, de que se empeñara en desafiar su autoridad y dejarlo en evidencia, que no dudó ni un solo instante. Le hizo gritar. Y por si fuera poco, se estremeció de júbilo ante el sonido. Esa vez le resultó mucho más sencillo que la primera. Dmitri ya no se sentía fuera de lugar, confuso, asustado. Lo que estaba haciendo se sentía como adecuado. ¿Y por qué no iba a serlo? Era su deber. Y era agradable y extasiante y Rodion tenía que aceptarlo le gustase o no y esa idea sólo lo hacía todo más intenso. No se había esforzado por ocultar su excitación. No, en aquel momento ya no le resultaba bochornosa. Más bien al contrario, era liberador, natural y deseable, y tal vez hasta lograra intimidar a su siervo. De saber cómo se sentía Razumihin quizás el joven se sintiera inquieto, asustado ante sus perspectivas futuras. Y Dmitri quería exactamente aquello. Su miedo, sus sollozos, sus gritos, su sumisión. Quería verlo temblar bajo él, asintiendo a cada una de sus palabras y suplicando por una pizca de clemencia, teniendo que tomar sin embargo todo lo que Razumihin decidiera ofrecerle. Oh, pero había sido todavía mejor. Rodion no sólo le había dado todo lo que quería de él, sino que además había reaccionado igual que aquella primera vez. Tan visiblemente excitado, tan ansioso por el dolor y el castigo. El noble era incapaz de entender qué demonios se le pasaba al chico por la cabeza, pero desde luego no iba a dejar pasar la oportunidad de humillarlo. Y la forma en que se había sonrojado y apretado los labios cuando lo había mandado a lavarse con aquel tono despectivo y disgustado había logrado acelerarle el pulso. Desde luego, la cabeza gacha, los ojos húmedos y las mejillas encendidas le daban un aspecto que le sentaba muy bien. Le gustaría tanto tenerlo así siempre, incapaz de negarse a nada, de levantarle siquiera la voz.

Por eso Razumihin no había podido contenerse. Sabía que era arriesgado, mucho, pero ¿cómo no hacerlo? Había un millón de cosas que podían salir mal, pero necesitaba aquello, necesitaba ver a Rodion humillándose a sí mismo sólo porque él se lo había ordenado, verlo temblar mientras luchaba por contener sus impulsos, comportarse de una vez por todas como se suponía debía mientras sufría una terrible mortificación por ello. Tal vez también poner a prueba su autoridad y el control que ejercía sobre Raskolnikov. Por eso le había mandado servir a Luzhin. Había sido un capricho personal que se le ocurrió al momento, pero tras ver el resultado no lo había lamentado en absoluto. Era tan obvio lo bochornoso que resultaba aquello para su siervo, lo mucho que se estaba esforzando por no responder de nuevo, por mantenerse callado y amable. Razumihin podía saber exactamente cuando Rodion estaba llegando a su límite por la forma en que se le tensaba la mandíbula y le temblaban las manos. Pero a pesar de ello se mantenía obediente, lanzándole miradas entre asustadas y suplicantes de cuando en cuando, como si le pidiera con ellas que acabara con su agonía de una vez. Dmitri respondió a todas ellas con una sonrisa, casi tentado de guiñarle un ojo, regodeándose en la frustración que su reacción provocaba en Rodion. Ver a su siervo en aquel estado estuvo a punto de darle problemas también a él, a pesar de la visita al baño que había hecho tras el castigo para darle desahogo rápido a su fuego interno. No pudo evitar pensar que tal vez Raskolnikov estuviera atravesando las mismas dificultades que él. Si de veras disfrutaba el ser humillado toda aquella situación debía de estar empujándolo a su límite. Si no fuera por la gran satisfacción que aquello le causaba casi se habría compadecido de él. En lugar de ello se limitó a disfrutar de la agradable velada, recolectando tantos sonrojos y bufidos apenas contenidos como fue capaz, grabándose cada gesto y cada suspiro en la memoria, dispuesto a darle un uso más interesante a aquellas imágenes tan pronto como pudiera.

No fue hasta esa noche, ya en su cama, cuando por fin tuvo tiempo de repasar lentamente lo ocurrido, prestándole a su cuerpo las atenciones que le reclamaba a gritos. La culpa que había estado esquivándolo todo el día hizo acto de presencia justo después. Tan pronto como el placer se apagó ese penoso sentimiento se instaló en su pecho, al parecer con intenciones de quedarse allí por largo tiempo. ¿Qué es lo que pasaba con él? Aquello no estaba bien. Daba igual lo adecuado que se sintiera en el momento, disfrutar de esa forma golpeando y humillando a alguien nunca podía ser bueno. Regodearse en la vergüenza y el dolor de Raskolnikov, excitarse al castigar a su siervo... Todo ello era horrible. Y sin embargo ahí estaba él, acariciándose y mancillando su propio cuerpo por segunda vez en el mismo día ante la idea. Repulsivo. Por no hablar del daño que podía haberle causado a Rodion. Por muy furioso que estuviera no era justo que lo tratara de aquel modo. Era su deber como amo ser cabal y ajustar el castigo a la falta. Pero cuando se trataba de Raskolnikov una vez que había empezado no sabía cuándo parar. Lo único que sentía es que quería más de aquello y estaba dispuesto a conseguirlo a cualquier precio. Razumihin estaba asustado de sí mismo, de sus propios impulsos. ¿Qué pasaría si un día perdía el control e iba demasiado lejos, si se dejaba llevar y le causaba un daño irreversible a Rodion, si lo hería de forma imperdonable? ¿Y si le forzaba a hacer algo que de veras Raskolnikov no quisiera, algo perverso o desproporcionado? ¿Cómo iba a lidiar con ello? La culpa ya le estaba ahogando y no había sido más que un mero castigo. Si perdía definitivamente el control no podría vivir con ello. Tal vez Raskolnikov fuera un siervo terrible y una persona difícil de tratar, pero desde luego no merecía pagar por sus indecibles deseos. Eso era cosa suya y nadie debía sufrir por ello. Ni siquiera Rodion Romanovich.

Y esa era otra. ¿Qué demonios se le pasaba a aquel muchacho por la cabeza? Razumihin era incapaz de entenderlo, pero desde luego había algo que no funcionaba correctamente con él. Es cierto que Rodion siempre había sido un joven peculiar, por decirlo de forma amable, pero a Dmitri nunca le habían molestado sus rarezas. Las encontraba refrescantes, curiosas, interesantes. Al menos hasta que se convirtió en señor y fue él el que tuvo que lidiar con ellas, claro. Pero así y todo, casi había llegado a creer que en otra vida podrían haber sido amigos. En una vida en la que uno no estuviera supeditado al otro y su relación pudiera ser más igualitaria, tal vez. Pero ahora... Aquello era distinto. Razumihin sabía que Rodion era una persona extraña y entendía que tuviera algunos intereses singulares pero jamás habría imaginado algo así. No de Raskolnikov. Lo cierto es que siempre le había tenido bastante respeto, aunque no fuera a admitirlo en voz alta, y lo consideraba un joven inteligente y formal. Y muy cultivado, todo había que decirlo. Mucho más de lo que cabría esperar en un siervo. Rodion le debía aquello al abuelo de Razumihin, que les había permitido tanto a él como a su hermana tomar lecciones de lectura junto a Dmitri e incluso tener libre acceso a su biblioteca. El noble recordaba con cierta nostalgia como todo era mucho más entretenido cuando no estaba solo en sus clases y tenía alguien con quien contrastar sus tareas. Pero eso se había acabado cuando su abuelo murió y su padre tomó el mando. Prokofiy no pagaba maestros a sus siervos. Sin embargo para entonces los dos niños ya tenían suficiente conocimiento para continuar sus estudios por su cuenta y no cabía duda de que lo habían hecho.

No, la cultura y la inteligencia de Rodion no quedaban en entredicho. Razumihin estaba bastante seguro de eso. Su formalidad, no obstante... Bien, tampoco era necesario descartar aquello. A fin de cuentas, había sido circunstancial, ¿no? Tal vez Raskolnikov tuviera sus propios deseos inadmisibles, pero había sido Dmitri el que los había despertado al castigarlo, no es como si Rodion hubiera buscado aquello de propósito... ¿verdad? Deseaba creer en ello, pero no había forma de saberlo. Al menos no después de la segunda vez. ¿Qué garantías tenía? Raskolnikov disfrutaba el castigo visiblemente y a su amo no se le ocurría ningún argumento razonable que pudiera explicar esa conducta. Ningún argumento fuera de lo más obvio.

Razumihin había tratado de mantener su relación previa, de ignorar todo lo ocurrido y actuar con naturalidad, pero era muy difícil ser respetuoso y mirarle a la cara cuando sabía tanto de él, cuando había descubierto lo que era. Un degenerado. Odiaba pensar en Rodion así, pero a Dmitri no se le ocurría otro calificativo para alguien que gemía de placer cuando lo molían a palos y le miraba con aquel deseo ansioso cuando le ordenaba algo humillante. Quizás Razumihin no fuera la persona más indicada para juzgarlo, ya que él tenía sus propios fallos en ese respecto, pero no podía evitar sentir una profunda repulsa al pensar en ello, especialmente cuando ciertas ideas sobre los intereses de Raskolnikov se le pasaban por la cabeza. ¿Sería eso lo que quería? Pero no era posible. Y sin embargo... Si cualquiera le hubiera dicho antes que Rodion era un sodomita Razumihin se habría reído de él y lo hubiera calificado de terrible mentiroso. Ahora ya no sabía que pensar. Era consciente de la forma en que su siervo se mofaba de la Iglesia y rechazaba la palabra de Dios, pero Raskolnikov no dejaba de ser un chico decente. Ni siquiera él podía llevar su herejía a tales extremos. Sí, quizás le gustaba recibir palizas de cuando en cuando. Era cuanto menos raro y posiblemente no muy cristiano, pero nada en ello podía indicar que el joven deseara ser partícipe de algo tan sucio.

Razumihin debía ser sincero consigo mismo en el asunto. Era él el que quería tomar aquello de Raskolnikov. Deseaba empujarlo a la sodomía, pero al mismo tiempo la idea de que su siervo quisiera lo mismo le repugnaba. Y eso no era justo para Rodion. ¿Qué derecho tenía a juzgarlo y a despreciarlo cuando era él el que sentía aquellos impulsos? Y no tenía nada que probase lo que su siervo deseaba, de hecho, no habían hablado en absoluto sobre aquello, así que no conocía la versión de Rodion. Lo único que tenía eran confusas suposiciones entremezcladas con sus anhelos y aún así se dedicaba a mirarlo de reojo con altivez y a estudiarlo con desconfianza en busca de cualquier gesto que revelara su condición, llamándolo ya degenerado y sodomita en su cabeza como si insultarlo fuera de los más natural.

Estaba bastante seguro de que Raskolnikov se había dado cuenta de ello, de que había notado la forma en que lo miraba los días siguientes a aquello, el gran esfuerzo que tenía que hacer para hablarle con tanto respeto como siempre. Aquello no era propio de él y no hacía más que acrecentar la culpa de Razumihin. Aún en el supuesto de que todas esas cosas sobre Rodion fueran ciertas no debía portarse así con él. Si Rodion de veras deseaba aquello entonces había de tener tan poco control sobre ello como Dmitri sobre sus propios impulsos y no era justo despreciarle por ello. Bastante avergonzado debía de sentirse. Era posible que sin quererlo Razumihin hubiera expuesto algunos de sus secretos más sucios y profundos y ahora tenía que lidiar con el hecho de que alguien supiera tales cosas sobre él. No era justo torturarlo aún más por ello. Ya debía ser bastante duro luchar contra sí mismo y el bochorno de verse descubierto para encima tener que soportar ser tratado con asqueado desprecio por su señor. No, Dmitri estaba dispuesto a ser tan cuidadoso y amable con él como hasta entonces. Los dos estaban sufriendo bastante con aquello y no era necesario alimentar su agonía.

Sin embargo, la situación siguió derroteros inesperados en los días siguientes a aquel segundo castigo y las conclusiones compasivas de Razumihin se mostraron como ingenuas. Desde luego, si le quedaban dudas sobre la formalidad de Rodion éstas no tardaron en despejarse. Al principio Dmitri no estaba seguro de ello , pero no tardó mucho en verse obligado a aceptarlo. Raskolnikov estaba buscando el castigo a propósito, provocándolo deliberadamente hasta hacerlo estallar y dejarlo sin otra opción que llevarlo a rastras a su despacho y gopearlo hasta el agotamiento. Había sido un idiota al creer que Rodion estaba luchando lo más mínimo contra sus impulsos, que trataba de contenerse y evitar en la medida de lo posible caer en la vergonzosa situación que los provocaba. No, claro que no. Raskolnikov quería aquello y se esforzaba por conseguirlo, independientemente de los efectos que su actitud causaran en el alterado Razumihin. Era retorcido y egoísta y nada podía justificar aquel comportamiento.

Dmitri pronto se dio cuenta de que estaba furioso con él. ¿Cómo no iba a estarlo? El siervo no tenía ningún derecho a portarse así. ¿Que Raskolnikov estaba dispuesto a entregarse a la bajeza moral y a ceder a sus deseos malsanos porque no tenía ni una pizca de decencia? Bien, de acuerdo. Pero ese era su problema, de ningún modo debería haber implicado a Dmitri en ello. Si de verdad quería tener una vida entregada al libertinaje y las perversiones debería haberse buscado a alguien que estuviera más versado en el asunto y dispuesto a ello. Alguien como Svidrigailov, tal vez. Pero no él. Razumihin sólo deseaba una vida pacífica y armónica, terminar de acostumbrarse a su recién adquirida posición, cerrar un par de negocios que podrían llevar el nombre de su familia muy lejos, demostrarle a todas las malas lenguas que estaba más que capacitado para continuar con el férreo legado de su padre sin convertirse en el monstruo cruel que Prokofiy había sido, tratar a sus siervos con amabilidad y que estos respondieran adecuadamente, manteniendo una convivencia tranquila y cómoda para todos. Desde luego, lo último que necesitaba era aquel absurdo conflicto, tener a Raskolnikov paseando de manera constante su atractiva arrogancia hasta lograr hacerle perder los estribos. Aquel comportamiento no sólo era indecente, también era injusto y el hecho de que a Rodion no pareciera importarle en absoluto el daño y malestar que estaba causando con ello a Razumihin lograba hacerlo sentir furioso.

Eso no estaba bien, no estaba nada bien. Rodion no se merecía ni un ápice de su compasión. Había intentado ser comprensivo y respetuoso, entender lo difícil que debía ser para él y lo mal que debía estar sintiéndose y así era como se lo había pagado, tentándolo día tras día, arrastrándolo hasta el precipicio y obligándolo a caer con él, a pesar de lo mucho que Razumihin luchara y se esforzara por evitarlo. Había sido estúpido creer que Rodion se preocuparía lo más mínimo por cómo él se sintiera. El siervo lo odiaba tanto como a cualquier otro noble, por muy bien que Razumihin se hubiera portado siempre con él, y si Raskolnikov tenía la oportunidad de dañarlo al tiempo que veía satisfechos sus impulsos de seguro disfrutaría enormemente con ello. Su propia ingenuidad no había hecho más que incrementar su rabia, haciendo que castigar a Rodion resultase algo preocupantemente sencillo. La más mínima falta y Raskolnikov estaba recibiendo una paliza en su despacho. Lo cual no dejaba de resultar frustrante, porque eso era exactamente lo que el siervo quería. Si Rodion se comportaba mal adrede para buscar el castigo y Razumihin accedía a ello... ¿No estaba acaso recompensándolo? ¿No alentaba con ello una mayor desobediencia futura? Pero ¿qué otra cosa podía hacer? De no castigarlo su siervo continuaría desafiándolo y haciendo lo que le viniera en gana, hasta el punto de resultar notorio e incluso poder influir en los otros siervos, generando inestabilidad y descontrol. Pero si lo castigaba estaba haciendo justo lo que Raskolnikov quería de él y no sólo no lograría corregir sus actitudes, sino que colaboraría con su perpetuación. Por no mencionar lo terrible y confuso que resultaba para él cada vez que caía en ese juego. Dmitri ya no sabía que hacer y de seguir así aquel muchacho lograría volverlo loco.

Pero fue a peor. Porque cuanto más castigaba a Rodion más furioso y frustrado se sentía y más difícil le resultaba controlarse. Sí, estaba enfadado con el siervo, tenía sobrados motivos para ello, pero también consigo mismo, con su falta de voluntad y entereza. Razumihin era consciente de que, de haber sido un poco más fuerte, podía haberse ahorrado el castigo en la mitad de las ocasiones. Antes de aquella nefasta primera vez había pasado por alto cosas mucho peores. Pero no ahora, no cuando resultaba tan divertido y agradable ver a Rodion gritar y retorcerse bajo los golpes, llorar y suplicar y sonrojarse, incapaz de levantar la vista. Aquello era algo que Razumihin deseaba con demasiadas ganas como para dejar pasar una sola oportunidad por alto, independientemente de que tras ello se sintiera ahogado por la culpa y la rabia. ¿Y por qué engañarse? También el miedo. Pronto se había descubierto a sí mismo atrapado en un círculo vicioso, en el cual tras cada castigo el enfado y la frustración sólo aumentaban, odiándose a sí mismo por ser tan débil y haber caído una vez más en ello y a Raskolnikov por seguir llevándolo al filo de aquel modo sólo para satisfacer sus perversiones egoístas. Pero la furia hacía disminuir su tolerancia por lo que la más mínima desviación de una conducta intachable por parte de Raskolnikov lo hacía estallar y caer de nuevo, hasta el punto de haber comenzado a aplicar castigos durísimos e injustos por situaciones absurdas, como despistes o pequeños errores en absoluto malintencionados. Y sí, Razumihin estaba asustado, sabiendo que tarde o temprano acabaría por perder por completo el control. La rabia y la culpa luchaban de forma constante en su interior orientando un odio atroz hacia Raskolnikov o hacía sí mismo según quien tomara una posición predominante, pero de un modo u otro el que siempre pagaba por ello era el siervo. De seguir así, Razumihin acabaría azotando a Rodion hasta por respirar. No era de extrañar que aquello hubiera terminado ocurriendo.

Aquello. El solo recuerdo de ello lograba estremecerlo. ¿Cómo se había permitido hacer algo así? Lo había visto venir, claro que sí, sabía que sólo era cuestión de tiempo que tarde o temprano perdiera el control, por eso estaba tan furioso con Raskolnikov, por eso lo golpeaba con más y más rabia cada vez que lo castigaba. ¿Es que no lo entendía? Si seguía tentándolo de aquel modo acabaría causándole un daño real. Y al final había sucedido.

Razumihin no podía dejar de preguntarse qué era lo que se le había pasado por la cabeza esa mañana. Oh, en aquel momento parecía tan obvio. No había sentido ni un ápice de vacilación. Deseaba tomar a Rodion y no había nada que se lo impidiera. El siervo era suyo, ¿por qué continuar reprimiéndose? Era libre de hacer con él todo cuanto quisiera. Además, estaba completamente seguro de que eso era lo que Raskolnikov llevaba buscando todo ese tiempo, ese era el motivo de su desobediencia, de sus faltas, de sus constantes intentos por ser castigado. ¿Por qué no darle lo que tanto quería, entonces? Quizás así se quedara tranquilo y lo dejara en paz de una vez. Y si no, siempre podía servirle de dolorosa lección y ponerlo de una vez por todas en su sitio. El asunto sólo parecía resultar ventajoso para Dmitri. Por supuesto, no lo había sido. Sí, se había sentido indeciblemente bien, más que nunca antes, tan liberador, tan satisfactorio. No le avergonzaba decirlo, Rodion era simplemente perfecto. Tan sensible, tan estrecho, tan gemebundo y obediente cuando Razumihin lo trataba de la forma correcta... Pero nada de eso justificaba lo que le había hecho.

Un castigo. Le había dicho que aquello formaba parte de su castigo. Que no podía moverse, que debía quedarse quieto y aceptarlo sin más. La tensión en el cuerpo de Raskolnikov y su expresión asustada todavía le taladraban cada vez que cerraba los ojos. Es cierto que en ningún momento le había dicho que no ni tratado de resistirse, pero ¿acaso eso significaba algo? Dmitri había sido muy claro sobre sus intenciones. El siervo podría haber estado demasiado asustado para negarse, tal vez confuso o resignado. Y aún en caso de que se hubiera quejado ¿lo habría escuchado? Razumihin no estaba seguro de ello, pero las posibilidades de que lo hubiera tomado a la fuerza incluso con una negativa clara eran muy altas. En ese momento aquello era lo que se sentía correcto y la opinión de Rodion en el asunto no le importaba lo más mínimo. Esa era la clase de monstruo en la que se estaba convirtiendo. Tal vez no como su padre, pero un monstruo cruel al fin y al cabo.

Y era mejor no pensar siquiera en todo lo que había ocurrido. Sus maneras bruscas y despiadadas. La orden de no disfrutar en absoluto con aquello porque era un castigo. La terrible amenaza de la que se había valido y lo bien que se había sentido con ello. Por no hablar de la forma tosca en la que lo había echado de su despacho, queriendo deshacerse de él cuanto antes, cuando era obvio lo mucho que Rodion necesitaba algún tipo de consuelo. Por lo menos hablar, alguna palabra amable, lo que fuera. Pero en su lugar sólo se había encontrado con desprecio y desdén. No. Razumihin tenía que poner fin a esto. No podía hacer algo así y seguir mirando hacia otro lado como si nada hubiera ocurrido. Por muy enfadado que estuviera con Rodion, por imperdonables que fueran sus actitudes y por extraños y desagradables que los deseos del siervo le pareciesen, él no tenía ningún derecho a hacerle aquello, ni siquiera Raskolnikov se merecía eso. No, no, la falta había sido enteramente suya y él tendría que encargarse de enmendarla. Buscaría a Rodion al día siguiente y se disculparía con él. No esperaba obtener su perdón, desde luego, pero al menos podría hacerle saber de su arrepentimiento y tratar de buscar juntos alguna solución al conflicto que evitara que se repitiera aquella situación atroz. Era lo mejor para ambos.

Con la decisión ya tomada y las cosas mucho más claras que cuando había salido, Razumihin se dio media vuelta y regresó a su carruaje, dispuesto a volver a casa y echarse por fin a dormir tras el extenuante día. Cuando llegó ya era noche cerrada, pero a pesar de ello no le resultó sencillo conciliar el sueño. No era fácil cuando los gemidos de Rodion todavía resonaban en sus oídos. Pero por suerte cuando se despertó al día siguiente su decisión seguía siendo tan firme y clara como el día anterior. Era un alivio, ya que había llegado a creer que las dudas y la confusión que lo habían ahogado durante tanto tiempo serían capaces de borrar una vez más su determinación de golpe. No fue así y por ello aprovechó para buscar a Raskolnikov tan pronto como hubo terminado de desayunar y asearse.

Lo encontró en el segundo piso, subido a un taburete y tratando de limpiar una de las enormes cristaleras que se distribuían a lo largo del pasillo. “Tratando” era la palabra clave allí, ya que el trabajo no estaba yéndole demasiado bien. La ventana estaba empañada y por mucho que Rodion frotara y gruñera entre dientes el asunto no parecía que fuera a mejorar. Tal vez el joven no estuviera hecho para aquello. ¿Discusiones acaloradas sobre temas morales? Oh, eso era algo que Raskolnikov podía lidiar con absoluta facilidad y hasta una pizca de altivez, regodeándose con ello de forma visible. Pero, ¿limpiar ventanas sin dejarlas peor de lo que estaban al principio? Bueno... No era de extrañar que el siervo intentase evitar el trabajo con tanta frecuencia, visto lo visto. Razumihin contuvo un suspiro, guardándose cualquier comentario crítico y recordándose que no estaba allí para aquello. Había otro asunto mucho más importante entre ellos que debían tratar. Mentiría si negara que estaba nervioso, pero ya iba siendo hora de que enfrentara sus responsabilidades, por mucho que su corazón latiera desbocado y todos sus instintos le gritaran que echara a correr. El noble no estaba seguro de si soportaría la mirada aterrada y acusadora de Rodion, pero no le quedaba otra opción que exponerse a ella. Al fin y al cabo, era él quien había perdido el control y cometido un acto atroz, tenía que estar dispuesto a asumir las consecuencias. Huir no es la forma de resolver un conflicto, aquella era una lección que tenía grabada a fuego en su alma.

-¿Rodion?

Lo llamó tentativamente, tratando de que sus dudas no se reflejaran en el temblor de su voz. Fue bastante bien. El aludido no tardó en darse la vuelta, mostrándose francamente sorprendido al verlo. No parecía asustado ni furioso. Ni siquiera molesto. Tan solo...sorprendido, sí, como si no esperara que Razumihin le hablara en absoluto. De acuerdo, eso era entendible. El noble había actuado de aquel modo imperdonable demasiadas veces como para que ahora Rodion no se sintiera sorprendido. Era sólo cuestión de que Raskolnikov procesase su presencia allí y sus implicaciones para que el miedo por fin apareciera. Pero no lo hizo. El asombro no se tornó en pánico, sino en duda. Hubo una breve vacilación, en la que el siervo lazó un vistazo rápido a la cristalera empañada antes de volverse de nuevo hacia él y suspirar.

-Lev está enfermo.

-¿Perdón?

Rodion había dicho aquello como si con ello todo quedara explicado, como si todas las dudas y problemas que asolaban a Razumihin pudieran esfumarse con esa simple frase, carente de sentido para el noble. Raskolnikov se le quedó mirando durante un instante más, pero pronto pareció concluir que aquello no era lo que su amo quería escuchar. Frunciendo el ceño, se bajó del taburete y dejó el paño húmedo que estaba usando para limpiar en el barreño, dando un par de pasos para situarse frente a él. Dmitri no podía dejar de sentirse extrañado. Rodion no parecía intimidado en absoluto.

-Lev es el que limpia las ventanas del segundo piso.-explicó con calma, aunque su expresión ceñuda se acentuó mientras hablaba.-Pero hoy está enfermo, así que le estoy sustituyendo en esto. ¿No lo sabías?

¿Qué debería saber? ¿Que su siervo estaba enfermo o que limpiar las cristaleras no era tarea de Rodion? Para ser sincero, no sabía ninguna de las dos cosas, así que simplemente mantuvo un taciturno silencio.

-No, por supuesto que no. En lo que a ti respecta podría haber muerto y no tendrías ni idea. Cualquiera de nosotros...

Razumihin decidió pararlo justo ahí, antes de que le hiciera perder la paciencia. Si se enfurecía con él sería imposible disculparse. Dios, tal vez acabara castigándolo de nuevo.

-Esa es una acusación muy injusta, Raskolnikov, y no tienes ningún derecho a ello. El único motivo por el que no me he enterado de lo de Lev es porque todavía no he visto a nadie esta mañana. He venido directamente a hablar contigo.

Era cierto. Al contrario de lo que Rodion pudiera pensar Dmitri se preocupaba por sus siervos de forma sincera. Si estaba más distraído últimamente era en exclusiva por causa suya. Y aún así Raskolnikov pareció un poco confundido por sus palabras, como si de verdad le tomara por sorpresa saber que Razumihin había ido a buscarlo de propósito y aquello no era un encuentro casual. Sin embargo, no tardó en encogerse de hombros, arremetiendo de nuevo contra él. ¿Es que nunca se cansaba?

-Tampoco sabías que esta no es mi tarea. ¿No estás informado de qué es lo que hacemos?

Razumihin tuvo que esforzarse para no entornar los ojos. A veces de veras deseaba abofetearlo. Era tan descarado, tan irrespetuoso... ¿Qué forma de hablarle era esa? Pero se contuvo, respondiendo con tanta frialdad como fue capaz.

-Sabes de sobra que la organización del trabajo no está enteramente en mis manos. Y aunque me interesa el asunto aún no he tenido tiempo de ponerme al día sobre ello.

Dame un respiro, por Dios.

-Veintitrés años.

-¿Cómo dices?

Podría borrarle la sonrisita arrogante a golpes. Oh, que bien se sentiría eso.

-Tienes mi edad, ¿no? Eso son veintitrés años. ¿No has tenido tiempo todavía? ¿Cuántos más necesitas?

-No he estado al cargo de esto hasta hace muy poco...

-Sí, porque preocuparse de a qué dedican sus vidas las personas que habitan bajo tu techo sólo tiene importancia cuando se convierten en tu propiedad, ¿verdad? Hasta entonces era cosa de tu padre.

-¡Suficiente! No tengo ninguna necesidad de discutir nada contigo, Raskolnikov.

Sonó lo bastante autoritario y despectivo para que Rodion se callara de golpe, un brillo de alarma iluminando sus pupilas. Tal vez el siervo no se dejara intimidar en absoluto por el Dmitri amable y comprensivo, pero bastaba dejar salir un poco de aquella rabia agresiva y dominante que habitaba en su pecho para que Raskolnikov se tensara al instante y se volviera más receptivo y sensato. Tal vez el recuerdo de lo ocurrido el día anterior estuviera haciendo por fin mella en él, asustándolo y volviéndolo cauteloso. Era difícil saberlo, ya que apartó la vista y se giró hacia la ventana, impidiéndole leer su expresión.

-Sí, supongo que en realidad no importa.-entonces suspiró de nuevo, mirando a Dmitri una vez más con una mueca.-Lo cierto es que estoy un tanto molesto. Limpiar ventanas... No es lo mío. Puedo hacerlo con el mármol. El mármol está bien. Yo siempre limpio el suelo.-aclaró tras una breve pausa, entendiendo que Razumihin no lo sabría.-Pero los cristales... Los cristales me superan.

Le dedicó una pequeña sonrisa tímida, como si acabara de hacerle algún tipo de confesión vergonzosa y Razumihin se odió a sí mismo al momento. Y pensar que segundos antes estaba deseando abofetearlo y golpearlo hasta que le suplicara clemencia... ¿Qué clase de monstruo era para pensar siquiera algo así? Su sensación de culpa no hizo más que incrementarse. Y sin embargo había otra cosa allí...

-¿Limpias los suelos?-inquirió con suavidad, las cejas ligeramente alzadas, una imagen muy clara esbozándose en su mente.

-Sí.

-¿Y eso se te da bien?

-Bastante más, sí.

Desde luego, es obvio que tu posición natural es estar de rodillas.

No lo dijo en voz alta, pero aquellos pensamientos se habían adueñado de él en los últimos tiempos y no había forma de hacerlos desaparecer. Por supuesto, no pensaba algo así, no de forma sincera, pero hacérselo creer a Raskolnikov sería tan deliciosamente humillante... Y que decir tiene, a Razumihin se le ocurrían pocas cosas que pudieran ser más gratificantes que la idea de Rodion arrodillado frente a él, limpiando el suelo o... lo que fuera. Había cosas más interesantes que podía hacer teniendo a ese muchacho arrodillado a sus pies. Seguro que sabía usar muy bien la lengua. Ahora a quién quiso abofetear Dmitri fue a sí mismo. No llegaría a ningún sitio si en lugar de disculparse y acabar con aquel embrollo seguía perdiéndose en sus ensueños enfermizos. Se sentía asqueado de sí mismo.

Por su parte, su expresión y silencio parecían haber inquietado a Raskolnikov, que le lanzó una mirada de sospecha antes de volver a coger el paño y dirigirse al taburete.

-No te preocupes, me las apañaré para arreglarlo. Las ventanas quedarán bien.

-No.- Rodion se detuvo, un pie ya sobre el taburete y el ceño fruncido en su dirección.- No, espera, no es eso a lo que he venido. Quería hablar contigo.

Era ahora o nunca. No podía permitirse tomar como vía de escape el que Raskolnikov asumiera que la conversación estaba acabada. Por mucho que le apeteciera, tenía que acabar con aquello.

-Muy bien...-Rodion volvió a dejar el paño y a acercarse a él. Ahora parecía mucho más serio y atento que antes. Bien, eso era bueno, tenía que serlo.- Te escucho, ¿qué quieres?

Razumihin le había dado muchas vueltas a aquello, planeando toda la conversación en su mente. Había preparado una disculpa exquisita, un monólogo con el que expresaría todo lo necesario sin dejar nada al azar. Después de eso Raskolnikov podría juzgar por sí mismo, pero al menos Dmitri tendría la satisfacción de haber compartido aquella carga que le asolaba y hecho ver a su siervo lo profundamente arrepentido que estaba. Era sencillo. Rodion estaba observándolo expectante y con toda posibilidad esta vez no le interrumpiría hasta que hablara. O al menos él no se dejaría interrumpir. Sólo tenía que empezar, calmar sus latidos, controlar su voz y pronunciar su pequeño discurso. Sería rápido y sencillo, no había forma de hacer aquello mal.

Miró a su siervo a los ojos, dispuesto a aceptar las responsabilidades y la culpa y hacerle frente a lo que sea que Raskolnikov tuviera para él y, con un profundo suspiro, comenzó a hablar.

-Yo...-vamos, era sencillo. Sólo tenía que ir con lo planeado. ¿Por qué de pronto se sentía tan incapaz de ello?- Yo... Lo siento.

Razumihin meneó la cabeza, casi con ganas de reírse de su propia ingenuidad. ¿De verdad habría creído que sería capaz de soltar un discurso rimbonbante a modo de disculpa? Podía hacerlo estando a solas, sí. Pero no con Rodion. No cuando los ojos oscuros de su siervo estaban clavados en los suyos, con aquella expresión atenta, mezcla de curiosidad y cautela, aguardando con expectación por sus palabras. Entonces era imposible. No es que la presencia de Raskolnikov le intimidara, es que de pronto todo lo que había pensado le parecía absurdo. Artificial, vacío, deshonesto. Eran palabras huecas planeadas para hacerle las cosas más sencillas. Pero aquello no sería sencillo. De eso se trataba, al fin y al cabo. Una disculpa sincera no consistía en presentarse ante el agraviado y recitar el librillo sin parpadear. Aún con todos sus defectos, Rodion se merecía más que eso. Así que, con otro suspiro, Razumihin se convenció a sí mismo de que tendría que improvisar. Y no dejar que los nervios le vencieran.

-Lo siento.-repitió, con algo más de firmeza. Raskolnikov seguía estudiándolo con atención, como si no estuviera del todo seguro de a que se refería. Sí, tal vez Dmitri debiera aclarar algunos puntos.- Sobre lo que pasó ayer. Sobre... el castigo. Se me fue de las manos. Yo... no tenía ningún derecho a hacer eso. Lo siento muchísimo, Rodion. Perdí el control. No pretendía...-entonces se encogió de hombros, con expresión mortificada, ¿qué podía decir? No se le ocurría forma alguna de justificar algo así.- No hay excusas para lo que hice. Sólo quería decirte que lo siento y que no debes preocuparte, nunca volverá a ocurrir.

-Oh...

¿Eso era todo? Un instante de silencio y aquella exclamación sorprendida. Sí, eso era lo que estaba expresando Raskolnikov. Sorpresa. Una vez más. Ni repulsa, ni enfado, ni desprecio, ni miedo. Sólo sorpresa. Como si no esperara una disculpa en absoluto. ¿Por qué iba a hacerlo, al fin y al cabo? ¿Acaso se había disculpado alguna vez Razumihin por cualquiera de las cosas que le había hecho, que le había dicho? ¿No había seguido comodamente con su vida incluso tras los castigos más duros y las humillaciones más profundas, tratando de ignorar a Rodion para no incomodar a su propia conciencia y recayendo en sus mismas faltas una y otra y otra vez? ¿Por qué iba el siervo a esperar ahora una disculpa? Ya era hora de que Dmitri admitiera lo profundo de su propia corrupción y que dejara de culpar a Raskolnikov por ello. El noble estaba tan manchado por aquello como Rodion, no había razón para descargar su desprecio en él.

Razumihin aguardó durante un rato, dándole tiempo a su siervo para procesar sus palabras, para decidir que hacer respecto a ellas. Pero no hubo respuesta. Raskolnikov simplemente se mantuvo mirándolo. Pensativo, dudoso, tal vez un poco inquieto, pero sin apartar los ojos de él. Parecía estar dándole vueltas a algo, aunque por lo pronto no se le veía dispuesto a compartirlo. Tal vez estuviera esperando a que Dmitri dijera algo más. Sí, debía tratarse de eso.

-Escucha, Rodion. Sé que lo que te hice es algo atroz. No estoy pidiendo tu perdón. Entiendo que no puedas dármelo. También entiendo que me odies, que no quieras verme ni hablarme y llegados a este punto, bien, no creo que pueda exigir nada de ti. Ni obediencia ni desde luego respeto. Pero dada nuestra situación, quiero decir, nuestas posiciones, esta claro que, en aras de la conviencia y de un buen funcionamiento, tendremos que alcanzar algún tipo de acuerdo. Es decir, algún modo de arreglarlo, de hacer esto lo menos...

-¿Podemos ir a tu despacho?

El balbuceo nervioso de Razumihin fue cortado bruscamente por la respuesta de Raskolnikov, que continuaba mirándolo con la misma intensidad reflexiva de antes. Había sonado tan tranquilo, tan seguro. Y todavía no parecía enfadado o intimidado en lo más mínimo. Sólo cauteloso y pensativo. Era extraño. Tan inesperado que dejó a Dmitri demasiado confuso para responder. ¿Por qué quería ir a su despacho? Nada bueno había ocurrido entre ellos cuando habían estado allí. ¿Para que ir ahora?

-A mí también me gustaría hablar de eso...-aclaró Rodion, percibiendo su confusión.-Pero no aquí. Si vamos a tratar ese asunto... prefiero hacerlo en un sitio más privado.

-Oh.-sí, claro, eso tenía sentido. Era muy comprensible.- Sí... Sí, está bien, lo entiendo. ¿Quieres ir ahora o prefieres...?

Razumihin le lanzó una mirada a la ventana, dejando que el gesto hablara por él. Raskolnikov respondió a ello con una mueca.

-Ahora está bien, esto puede esperar. A ti en cambio podría darte un ataque de nervios de seguir así mucho más.

¿Se estaba burlando de él? Aún en este punto, después de todo, ¿Rodion se sentía capaz de reírse a su costa? Pero indudablemente había una pequeña sonrisa divertida asomando en sus labios. Sólo por un momento, pero suficiente para confundir aún más al alterado Dmitri. ¿A qué jugaba ahora? Sí, era cierto, Razumihin estaba de los nervios, pero no sin motivo. ¿De veras Raskolnikov encontraba aquello divertido? O tal vez esa fuera su forma de restarle hierro al asunto. Quizás él también se sintiera nervioso e incómodo y quisiera darle un tono casual y agradable a una situación tan terrible. O puede que su siervo ya hubiera encontrado una solución por sí mismo y estaba dispuesto a expresársela ahora. A Razumihin se le ocurría cuál podía ser, él también lo había pensado, y, aunque no le hiciera gracia alguna, de ser eso lo que Rodion deseaba con toda seguridad no le quedaría más remedio que aceptarlo. No podía llevarle la contraria sobre ese asunto, ya no. Lo más seguro es que Raskolnikov quisiera cambiar de amo, mudarse a un sitio donde no tuviera que temer por su integridad física y moral cada vez que hablaba. Si Rodion le pedía que lo vendiera... Dmitri tendría que hacerlo, por poco que le gustase. Los otros nobles hablarían, por supuesto, cuchichearían sobre como había sido incapaz de controlar a aquel siervo tan rebelde y no le había quedado más opción que mandarlo lejos. Era una idea de lo más desagradable pero en este caso la voluntad de Raskolnikov prevalecía. Ya le había causado bastante mal. Si aquella era la única forma de remediarlo que así fuera. Seguramente Rodion quisiera incluir a su hermana en el contrato, no parecía dispuesto a separarse de ella. Sería una pérdida lamentable, Dunya era una buena chica y muy capaz en el trabajo, pero en aquel momento Razumihin estaba dispuesto a todo con tal de compensar como pudiera a su siervo.

Ambos caminaron en un incómodo silencio hacia su despacho, perdidos en sus propias reflexiones, sin atreverse siquiera a intercambiar miradas. Mientras abría la puerta Razumihin trató de calmarse. No tenía sentido continuar mortificándose de ese modo. Para bien o para mal en un rato todo estaría solucionado de forma definitiva. Sólo debía darle a Raskolnikov la oportunidad de expresar sus deseos e impresiones y entonces podría trabajar sobre ello. Era absurdo perder la cabeza por suposiciones que todavía no había podido comprobar.

El silencio se mantuvo cuando entraron, sólo roto por la invitación a sentarse que Dmitri murmuró con educación. Raskolnikov había aceptado con un cabeceo apagado, tomando asiento en la silla situada enfrente al escritorio mientras Razumihin se dirgía a la suya propia. No se quejó, pero el noble no pudo dejar de notar la mueca dolorida que contrajo por un instante las facciones de su siervo. Fue sólo un momento, pero suficiente para agitar de nuevo toda la culpa asfixiante que se asentaba en su interior. Por supuesto que Rodion estaba dolorido, ¿cuántes veces lo había castigado en las últimas semanas? ¿Con cuánta dureza? Tenía la piel llena de marcas, de todos los colores posibles. También lo había hecho sangrar en más de una ocasión. Y por si no fuera poco con eso, Razumihin no se había preocupado en ningún momento de atender a su bienestar físico, no había prestado atención al estado de sus lesiones, negligiendo por completo en toda su responsabilidad sobre la salud e integridad de sus siervos. ¿Y pretendía conseguir con eso que Rodion le respetase? ¿Qué le obedeciera? No era de extrañar que el chico hubiera seguido tan desenfrenado y desafiante como siempre. O que ahora quisiera poner tanta distancia como le fuera posible entre ellos. El pensamiento le hería, pero en este punto Razumihin había empezado a dudar que fuera en algo mejor que su padre. No, las cosas no podían seguir así. Era hora de poner fin a aquel asunto.

-Escucha, Rodion, reiterando sobre mis disculpas...

-Está bien, lo entiendo.-Raskolnikov le interrumpió mientras esbozaba un gesto vago con la mano, como si pretendiera restarle importancia. Entonces apoyó los codos sobre la mesa y su barbilla sobre sus manos entrelazadas, estudiándolo con reflexiva atención.-Creo que yo también debería pedirte disculpas.

-¿Perdón?

Nada de aquello estaba siguiendo el esquema que Dmitri había supuesto, haciéndolo sentir más y más confuso a cada instante. ¿A qué estaba jugando ahora? ¿Debía prepararse para un ataque cruel cargado de ironía? Pero Rodion se limitó a suspirar, sin ningún guiño sarcástico o expresión acusadora. A decir verdad él también parecía nervioso. El noble no lo había notado hasta entonces, tal vez porque estaba demasiado perdido en su propia inquietud, pero era obvio que algo perturbaba profundamente a su siervo, tal vez algún tipo de idea que también había estado persiguiéndolo desde que todo aquello comenzara. Con toda posibilidad lo mejor era dejar que Rodion hablara. A fin de cuentas sus propios pensamientos ya le eran de sobra conocidos.

-Mira, Razumihin, esto tampoco resulta sencillo para mí. Yo también he pensado mucho sobre ello y estoy contigo en que debemos llegar a algún tipo de acuerdo. No podemos seguir funcionando así indefinidamente, en cualquier momento algo podría... salir mal. Esto es perjudicial para ambos.

El noble asintió a sus palabras, con expresión consternada y grave, pero en parte aliviado por la calma con la que al parecer Rodion podía hablar del tema. Y todavía sin un ápice de odio o desprecio. Dmitri casi se sentía maravillado por ello.

-Me alegra que ambos pensemos igual... ¿Tienes algo en mente o...?

Raskolnikov se apresuró a asentir, irguiéndose en su asiento y dirigiéndole una mirada cautelosa. Por supuesto que tenía algo en mente. Dmitri no debería haber dudado ni por un momento de ello. Con toda seguridad Rodion ya le había dado mil vueltas al asunto, apreciando todos los matices y reflexionando el completo de las opciones. Si algo se le daba bien a ese siervo era pensar. Sólo eso, tirarse el día recostado en su camastro y pensar. Era de esperar que aquel conflicto lo hubiera entretenido largamente en sus ratos libres.

-Sí, desde luego que sí. Pero antes de nada me gustaría aclarar todo este asunto. Digamos que... ofrecer mi perspectiva. Y disculparme. No, no te inquietes, sólo escúchame, ¿de acuerdo? Luego podemos discutirlo.

Razumihin vaciló. No era aquello lo que había planeado. Se suponía que él iba a disculparse y Rodion a clamar al cielo con rabia. Le insultaría, se burlaría de él, expresaría su enfado, su miedo o su miseria, lo que fuera, y luego acordarían poner distancia. No esperaba tener a Raskolnikov sentado en su despacho, removiéndose nerviosamente en la silla mientras parecía luchar por mantener una expresión neutral y escoger cuidadosamente sus palabras, tratando de esconder una inquietud que se hacía más obvia a cada instante. Incluso disculpándose con él. Era demasiado inesperado y Razumihin no estaba seguro de cómo debería reaccionar a ello. Ofrecer su perspectiva... Bien, quizás eso fuera lo más adecuado, tal vez ello aclararía las cosas. Dmitri quiso regañarse a sí mismo de nuevo. Ya había decidido que quería escuchar lo que Rodion tuviera que decir y atender a sus deseos, ¿por qué seguía mostrándose tan reacio a ello? Tal vez simplemente estuviera asustado de lo que podría escuchar.

-De acuerdo, Rodion.-se inclinó hacia él, apoyándo también los brazos en la mesa y devolviéndole la mirada atenta. No iba a dejarse llevar por su propio reparo. Si Raskolnikov quería expresarse eso es lo que haría. Como mínimo le debía aquello.-Di lo que tengas que decir, te escucho.

Raskolnikov se mordió el labio inferior, bajando la vista y comenzando a tamborilear nerviosamente con los dedos sobre la madera del escritorio. Nunca había pensado que aquello fuera a ser fácil pero encontrarse por fin en la situación lo hacía parecer casi imposible. Él también había hecho sus propios planes, pero ningún monólogo se veía adecuado ahora que se encontraba sentado frente a Dmitri. Al menos ya no había odio en su mirada. Era un alivio ver que toda esa rabia, todo el desprecio, habían desaparecido, sustituidos por una preocupada culpa. Era cuestión de tiempo ver cuanto tardaba en cambiar eso.

-Antes de nada me gustaría declarar... No, no es esa la palabra. ¿Confesar? Sí, quisiera confesarte algo. Tal vez debí mencionarlo antes. O no. No vi el motivo ni el momento para ello. ¿Por qué hacerlo? Nunca pensé que algo así fuera a ocurrir. Todo esto ha sido tan inesperado y confuso para mí como lo es para ti. Es sólo que yo...-Rodya se detuvo un momento, tomando aire y armándose de valor para el siguiente paso. Alzó la vista, mirando a Dmitri con intensidad antes de continuar. Necesitaba ver su reacción.- Podríamos decir que existen ciertas... peculiaridades en lo que respecta a mis intereses.

-¿Peculiaridades?

Razumihin no pudo evitar sonar un tanto escéptico. Bien, desde luego, esa era una forma suave de decirlo. Rodya se le quedó mirando en silencio por largo rato, antes de asentir despacio a su pregunta.

-Sí, eso es. Ha sido así desde hace mucho, pero yo nunca pensé... No tenía intención, nada de esto entraba en mis planes.-otro profundo suspiro y entonces Raskolnikov meneó la cabeza, con el ceño fruncido e inclinándose ligeramente hacia él.- Mira, Razumihin, he luchado contra ello, puedes jurar que lo he intentado todo, pero no puedo evitarlo. Eso forma parte de mí. Es lo que soy. Hace ya tiempo que llegué a términos con ello y no tiene sentido volver a fustigarse ahora por este asunto. No hay nada que pueda hacer para cambiarlo, pero dado el cariz que ha tomado nuestra relación he pensado que lo más conveniente sería dejártelo saber. -Razumihin no pudo dejar de notar que había cierta ironía amarga en aquellas últimas palabras- Al menos como... introducción para ayudarte a entender el resto.

-De acuerdo, Rodion...-Dmitri se removió incómodo en su asiento, apartando la vista de su siervo. La cosa era bastante obvia, pero aún así necesitaba tener certeza de ello. No podía arriesgarse a malinterpretar aquello y complicar más aún la situación.- ¿Crees que podrías... ser más claro? ¿Especificar de qué hablas?

Raskolnikov esbozó una mueca mortificada, dirigiéndole una mirada incrédula.

-Oh, vamos, ¿vas a obligarme a decirlo?

-Lo siento, chico.-repuso Dmitri encogiéndose de hombros.- No deseo incomodarte en ningún modo, es sólo que pienso que a ambos nos conviene no caer en malentendidos y falsas suposiciones, ¿no crees?

Rodion volvió a agachar la cabeza, tal vez tratando de ocultar el color encendido de sus mejillas, tomándose un momento para buscar las palabras adecuadas. Cuando volvió a hablar lo hizo en un tono bajo y levemente molesto, escupiendo las palabras con lentitud como si hacerlo fuera un verdadero insulto a su orgullo.

-Lo que quiero decir es que mi interés hacia los hombres, o al menos hacia algunos de ellos ,es notariamente alejado de lo considerado como aceptable y con toda probabilidad más similar al que debería ser mi interés por las mujeres, que hasta el día de hoy se ha mostrado como inexistente. ¿Es eso lo bastante claro?

Razumihin asintió despacio, guardando un incómodo silencio que trató de camuflar como pensativo. Por supuesto, aquella idea se le había aparecido más de una vez en las últimas semanas, pero confirmarlo a través del propio Raskolnikov lo hacía todo más real e inescapable y le forzaba a enfrentar y aceptar los hechos. Porque debía aceptarlos, ¿no? No había más que pudiera hacer. En caso de que Rodion no quisiera ser vendido, ¿debería mandarlo lejos de todas formas teniendo en cuentas sus... peculiaridades, como él mismo lo había llamado? No parecía haber motivo para ello. Eran otros detalles en su carácter lo que hasta entonces siempre le había resultado molesto. De no haber empezado a castigarlo jamás se habría planteado siquiera que Rodion pudiera albergar tales intereses. En principio, ese no debería ser un motivo para despreciarlo o mandarlo lejos. Y él mismo no estaba libre de pecado en lo que aquel asunto respectaba. Era mejor actuar de forma razonable y comprensiva hasta que las cosas se aclarasen entre ellos.

-Bien... Eso es...-Razumihin carraspeó, tratando de recuperar la compostura y esconder su azoramiento.- Lo cierto es que había llegado a imaginarlo. Especialmente después de lo de ayer. Y dices que... ¿eso siempre ha sido así?

Rodion se encogió de hombros con timidez, esquivando su mirada.

-Sí, bueno, siempre... Desde que he sido consciente de ello. Nunca ha habido nada diferente. Tampoco puedo hacer nada para evitarlo. Es lo que es y ya está.

-¿Y habías hecho algo como lo de ayer antes? ¿Alguna vez has estado...

-¡No! Y no es asunto tuyo.

Raskolnikov le cortó bruscamente, mirándolo con expresión sorprendida ante el inesperado descaro de sus preguntas. Esta vez el color encendido de sus mejillas era visiblemente obvio. Razumihin entendía que tal vez había ido demasiado lejos con sus inquisiciones, pero no podía evitar sentir una curiosidad casi morbosa por el asunto y había querido aprovechar la oportunidad para incidir sobre ello. A fin de cuentas, Rodion no era el tipo de persona a la que pudieras acceder con facilidad y era prácticamente imposible saber qué se le estaba pasando por la cabeza, su pequeño intento era comprensible.

-Lo siento, Rodion, no pretendía entrometerme. Es sólo que... entenderás que resulta cuanto menos curioso.-Curioso. De nuevo, esa era una forma suave de referirse a ello. Pero estaba tratando de ser amable. Sin embargo, había una pregunta que todavía taladraba en el fondo de su mente.- Está bien, entonces, dime, ¿tú albergas ese tipo de interés hacia mí? No puedes negar que eso sí que me incumbe en cierto modo, ¿no?

Por un momento Razumihin pensó que Rodion iba a saltar de su asiento, posiblemente para abandonar su despacho con furiosa indignación, pero en lugar de ello el joven se quedó allí, su cuerpo tenso y su labio inferior temblando levemente, su mirada clavada en él con una mezcla de angustia y súplica horrorizada, como si Dmitri estuviera causándole en algún modo un profundo sufrimiento con cada una de sus palabras. Permaneció así durante casi un minuto, hasta que el siervo por fin pareció reponerse de la impresión y logró responderle.

-Eso no tiene la más mínima importancia.-Raskolnikov escupió las palabras con notorio enfado, como si se sintiera ofendido por la simple pregunta. Sin embargo, era obvio que la idea le había alterado hondamente y no pudo evitar un leve temblor en su voz.- Nada de esto te incumbe en absoluto. O no te incumbía. Yo jamás, y digo jamás, me había planteado siquiera actuar en modo alguno sobre esos sentimientos. Nunca tuve intención... No esperaba que eso fuera posible, ¿entiendes? Por eso no importa. Prentendía guardar todo esto para mí, no se lo habría dicho a nadie... De no ser por nuestras últimas interacciones. Eso lo ha complicado todo. Supongo que para ti también.

-Sí...

Una vez más, decir que lo había complicado todo era demasiado amable. Pero casi era un alivio saber que ambos estaban pasando por el mismo tipo de situación mortificante. Despertaba un cierto sentimiento de solidaria comprensión en Razumihin. Rodion pareció aceptar su afirmación como una invitación para continuar, al parecer más relajado ahora que había entendido que Dmitri no iba a echarlo con desprecio de su despacho tras su confesión.

-Muy bien... Eso nos conduce al conflicto principal. Escucha, Razumihin, yo nunca quise nada de esto. Cuando me castigaste por primera vez... Lo que pasó me sorprendió tanto como a ti y mentiría si no dijera que me sentí profundamente avergonzado. Puedo entender que quisieras esquivarme desde entonces. Pero lo cierto es que no pude evitar seguir pensando en ello. Tal vez demasiado. Traté de evitar volver a meterme en problemas, pero ya sabes cómo soy. Simplemente, no es tan sencillo. Pero tras la segunda vez... -Raskolnikov soltó un suspiro resignado, encogiéndose de hombros una vez más con expresión martirizada.- A decir verdad, me gustó. Y quería más. Puede que no de un modo totalmente consciente, pero te arrastre en esto conmigo y no tenía ningún derecho a hacer algo así. Esa es la razón por la que quería pedirte disculpas.

Razumihin centró su mirada en la madera de su escritorio, repasando un viejo arañazo con el dedo, notando su presencia por primera vez en todo aquel tiempo. Cualquier cosa con tal de mantener la vista lejos de la expresión de disculpa abochornada de su siervo. Por supuesto, nada de aquello era nuevo. El noble ya lo sabía, casi con total certeza. Oh, desde luego que le había gustado, eso era demasiado obvio. Oírselo decir en voz alta era lo que resultaba difícil. Especialmente porque lo situaba a él en una situación comprometida. Si Rodion iba a sincerarse de aquel modo era casi de esperar que se exigiese lo mismo por su parte y Dmitri no se sentía preparado para ello. Pero era posible que jamás lo estuviera, así que lo mejor sería entrar de lleno en el asunto y terminar con ello cuanto antes.

Finalmente alzó la vista hacia su siervo, tratando de sonreír con amabilidad para esconder lo incómoda que le resultaba la situación.

-Está bien, Rodion, no te mortifiques por eso. Es algo que está fuera de tu control. Además, yo no soy quien para acusarte de nada... -Ahora fue Razumihin el que suspiró, luchando por mantener la compostura y un tono neutro que ahogara el nerviosismo que le dominaba.- Creo que ambos tenemos sentimientos similares sobre todo lo ocurrido. Quiero decir que, bueno, como ya puedes imaginar, no eres el único que estaba disfrutando con ello... Y a fin de cuentas yo soy el amo, soy yo el que castiga, era mi deber ser controlado y responsable, no el tuyo. No me has arrastrado a nada, si esto ha ido demasiado lejos es sólo culpa mía.

Raskolnikov realizó una mueca de extenuación ante sus palabras, esforzándose de forma obvia por no entornar los ojos mientras Dmitri hablaba. Sin embargo, no le interrumpió, dejándole expresarse hasta el final. Sólo cuando Razumihin guardó silencio el joven siervo lanzó su respuesta.

-Por supuesto. Nuestro buen mártir Dmitri Prokofich se ofrece presto a cargar con la cruz. Pero no hay necesidad de ello, Razumihin. Soy responsable de mis propias acciones. Aunque tú también fueras partícipe activo sí que te he arrastrado a esto. Siendo sincero, en las últimas semanas empecé a desobedecerte buscando el castigo de propósito. Era mi intención empujarte a ello. No es necesario que cargues también con la culpa.

Lo sabía. Por supuesto que sí. No era una exageración ni una absurda idea del noble para librarse de toda responsabilidad. Aquella criatura retorcida que era Raskolnikov había estado jugando con él desde el principio, desafiándolo y provocándolo sólo para satisfacer sus perversos deseos. Había sido tan obvio... Y aún así Razumihin había caído con pasmorosa facilidad. Lo sabía, sí, pero no había hecho nada por resistirse. Su primera reacción había sido sentirse furioso al oír aquello, pero a decir verdad, ¿podía acusarlo de algo? ¿No había sido él el que aún sabiendo que estaba siendo incitado con obvia intención había continuado sucumbiendo? Era Dmitri el que tenía el control sobre la situación después de todo.

-Era consciente de ello, Rodion. Y aún así me dejé llevar. Sabía lo que ocurría y lo que estaba haciendo. Y aunque tengamos en cuenta tus incitaciones... Nada justifica lo que te hice ayer.

Ya estaba. Raskolnikov tendría que ceder ante aquello. Daba igual lo mucho que hubiera deseado todo lo anterior, cuánto le hubiera tentado, lo que había ocurrido el día antes era un crimen de terrible índole. Rodion no podría perdonarle aquello. Y sin embargo, en lugar de la mirada rabiosa y acusadora que Dmitri esperaba encontrar ante el recuerdo evocado por sus palabras Raskolnikov se limitó a sonrojarse levemente y sostenerle la vista con expresión seria, sus ojos negros estudiándolo con atención reconcentrada antes de hablar.

-A decir verdad, eso también me gustó. Mucho. Más de lo que me gustaría admitir.

Tras eso guardó silencio, en espera de la reacción de Razumihin. Se le veía visiblemente nervioso, removiéndose en su asiento y mordisquéandose la parte interna de la mejilla de forma inconsciente, temeroso de lo que pudiera ocurrir a continuación. Sin embargo su mirada seguía clavada en la de Dmitri casi con altanería, como si quisiera disfrazar su vergüenza con orgullo, pero ante todo buscando cualquier cambio en las facciones del noble que pudiera indicarle qué se le pasaba por la cabeza en aquel momento. Razumihin tuvo que hacer un notorio esfuerzo por mantenerse impasible y no dejarle saber lo que sentía. No se trataba de torturar al joven siervo (por mucho que pudiera disfrutar de esa idea en cualquier otra circunstancia), sino de proteger en cierto modo su ya mancillado honor. ¿Qué podía decirle? ¿Que a él también le había gustado? ¿Que había sido con diferencia la mejor vez de su vida? ¿Que no había dejado de pensar en ello desde ayer? ¿Que, Dios, si pudiera lo repetiría en ese mismo instante, le agarraría del pelo y tiraría de él para tumbarlo sobre el escritorio y volvería a tomarlo sin reparos? No podía decirle nada de aquello. Jamás se atrevería a decirle nada de aquello. Y era mejor así. Eso no podía repetirse nunca, nunca, ¿qué ganaba con dejarle saber eso a Rodion? Así que se limitó a sostener la vista de su siervo, no dejando traslucir su propia inquietud y el ritmo acelerado de su corazón en su expresión, amable pero seria.

Sólo tras un rato de silencioso intercambio de miradas Raskolnikov aceptó que no iba a obtener una respuesta a su confesión. El joven apartó los ojos, en apariencia decepcionado, pero no tardó en volver a hablar, aunque su tono sonaba ahora más apagado, casi entristecido.

-También me gustaría disculparme por no haber hablado antes de todo esto. No he sido justo contigo. Esquivando el asunto sólo he dejado que cargaras con la culpa y te torturaras por hacer algo que yo mismo deseaba...

-Está bien, no hay nada que perdonar.-le cortó el noble con cierta impaciencia.

Dmitri ya había tenido bastante de aquello. Resultaba hasta penoso ver a su orgulloso, tozudo, insufrible siervo sentirse tan hundido y culpable por hasta el más pequeño de los detalles que envolvían aquel asunto. Se acabó. Razumihin no podía tolerar la idea de haber hecho sentir a aquel pobre muchacho tan miserable. Ni por un momento se había imaginado que Raskolnikov pudiera llegar a sentirse así, que se fuera a preocupar hasta ese punto por él. Y con cada palabra suya la angustiosa carga de la responsabilidad crecía en su interior. Ahora lo tenía más claro que nunca, debían poner fin a aquello de una vez y para siempre. No importaba si tenía que comprometerse a jamás volver a castigar a Rodion o mandarlo lejos de allí, nunca volvería a ponerle la mano encima y con ello evitarían volver a tal penosa situación. Quizás en los últimos días Razumihin hasta se había atrevido a albergar algún indecible ensueño sobre su relación con el siervo, pero ello quedaba descartado de una vez y para siempre ahora que veía en vivo cuánto mal había causado. La imagen arrepentida y avergonzada de Raskolnikov fue más que suficiente para asegurarlo de su convencimiento.

-De acuerdo, chico, no es necesario que continúes disculpándote.- Razumihin trató de suavizar con sus palabras su anterior tono cortante, que había dejado a Rodion sumido en un incómodo silencio.-La situación nos pilló por sorpresa y ambos actuamos de forma indebida, es tan culpa tuya como mía. No te guardo ningún rencor y no tiene sentido seguir dándole vueltas al asunto. Lo primordial ahora sería encontrar el modo de ponerle solución. Creo que podemos estar de acuerdo en que esta ha sido una conducta malsana y nos conviene corregirla, ¿no es cierto?

Raskolnikov asintió lentamente. Había una chispa de cautela en su expresión.

-Sí. Sí, yo también creo que no podemos mantener esta actitud, que debemos corregirlo, sí, eso es, hacerlo en algún modo más adecuado. Y que decir tiene, yo tampoco te guardo rencor, Razumihin, así que hazme un favor y deja ya de torturarte, resulta demasiado penoso. Todo lo que querías que fuese perdonado está perdonado, ¿te sientes mejor ahora?

Dmitri frunció el ceño, ofendido por el tono despectivo e impaciente de su siervo, pero no se quejó. Sus temores eran más que comprensibles, ¿por qué Rodion tenía que actuar como si su actitud fuera lo insufrible allí? Pero era mejor dejarlo estar. Enfadarse con él o discutir aquello no iba a llevarlos a ninguna parte.

-Sí, bueno, me alegra oírlo. Y bien, Rodion,-continuó, inclinándose hacia su siervo con un tono más serio.- ¿has pensado en algo? ¿Tienes en mente alguna posible solución? Escucharé lo que tengas que decir. Incluso estoy dispuesto a ceder en ciertos puntos. Sólo dime lo que te ayudaría a sobrellevar todo este asunto en la mejor manera posible y entonces decidiremos.

Razumihin había esperado cualquier cosa, cualquier cosa... excepto lo que oyó a continuación. Raskolnikov se miró las manos por un largo instante, tragando saliva, parpadeando un par de veces y suspirando antes de alzar la vista hacia él con repentina determinación. Parecía incómodo, sí, avergonzado y puede que intimidado, pero desde luego estaba seguro de lo que quería decir.

-Creo que deberíamos convertir estos castigos en actividades acordadas y planeadas por ambos. Poner en conjunto nuestros intereses y expectativas y trabajar sobre ello. No dejar que lo de ayer vuelva ocurrir de forma tan... dudosa, sino con seguridad y en acuerdo a nuestros deseos. Intentar más cosas, quizás. Eso también depende de tu disposición a ello, claro. Sería cuestión de tratar el tema de forma expansiva. ¿Qué es lo que piensas?

No podía haberle entendido bien. Era imposible.

-¿Perdón?

Con un nuevo suspiro, Raskolnikov repitió lo que acababa de decirle, palabra por palabra, como si se lo hubiera aprendido de memoria. Tal vez lo hubiera hecho. Tras ello hubo una breve pausa, que Rodion juzgó suficiente para que Dmitri asimilara lo dicho. Pero no pareció ser así. Ante la expresión todavía perpleja de Razumihin el siervo se sintió obligado a tratar de aclararse, con creciente timidez.

-¿Entiendes lo que quiero decir? Es evidente que ambos nos sentimos igual respecto a esta situación, de forma bastante compatible, además, y creo que sería posible que encontraramos la forma de sacarle provecho. De disfrutarlo. Sin esos miedos y frustraciones que nos han estado asolando. Sólo tendríamos que hablarlo...

-¿Hablas en serio?

No, no podía ser. Razumihin lo observaba estupefacto, incapaz de dar crédito a lo que oía. Pero nunca en su vida había visto a Rodion más serio. El joven simplemente se limitó a sostenerle la mirada con firmeza, dejando muy clara la respuesta. Dmitri se levantó de su asiento, demasiado agitado para mantenerse quieto un sólo momento más. Paseó a grandes zancadas por el despacho, caminó hasta la ventana y miró al exterior con intensidad mientras se revolvía el pelo con gesto de frustración, se acercó a la silla y se sentó sólo para levantarse de nuevo al instante y volver a pasear, murmurándo entre dientes como aquello era “una locura, una auténtica locura” mientras Raskolnikov le seguía a cada instante con la vista.

-No, no puedes hablar en serio.-decidió finalmente tras sus inquietas reflexiones, girándose hacia Rodion y mirándolo con la misma incredulidad confusa.-¿No ves que eso es una locura?

El siervo pareció pensarlo por un momento, frunciendo ligeramente el ceño y sumiéndose en un tozudo silencio. Pero era obvio que ya había pensado mucho en aquello y tenía su postura más que determinada, por lo que acabó encogiéndose de hombros no mucho después y lanzándole una mirada tranquila a Dmitri. Parecía casi arrogante.

-¿Por qué no? Sabes que ambos lo deseamos, ¿por qué seguir mintiéndonos a nosotros mismos? ¿Por qué reprimirlo o esforzarnos por evitar algo que a fin de cuentas si se hace correctamente no causa ningún mal y sólo repercute en nosotros como un cierto beneficio? No veo el problema en ello. No sería algo escándaloso ni llamativo, sólo un tipo de acuerdo de placer mutuo. ¿A mí qué si eso va en contra de las normas absurdas de ciertos santones amargados que han pretendido mantener las frutas del saber lejos de nuestro alcance y mancillar con su moral insulsa los regocijos del hombre? Yo estoy por encima de eso. Y creo que tú puedes estar por encima de eso también. Vamos, Razumihin, no pongas esa cara. Tú más que nadie conoces bien las particularidades de mi pensamiento. Alguna vez has llegado a decirme que te resultaban interesantes. ¿A qué viene todo ese recelo ahora? Si lo hablamos y acordamos hará las cosas mucho más fáciles. Sin miedo, dudas, excesos, descontrol ni culpa. Sólo lo que queramos cuándo y cómo lo queramos. No eres estúpido a pesar de lo mucho que te empeñes en parecerlo, estoy seguro de que puedes apreciar las ventajas.

Raskolnikov se había puesto en pie a mitad de su discurso, alzando la cabeza con altivez y ganando confianza y energía con cada palabra. Pero para cuando estaba llegando al final ya sonaba acelerado y agitado. Tal vez nervioso, tal vez molesto, tal vez encendido por su propio orgullo, quién sabía. Razumihin estaba horrorizado. ¿Qué clase de criatura vil y perversa...? ¿Moral insulsa? ¿Qué no causaba ningún mal? ¿Un acuerdo de placer mutuo? Santo Dios. Rodion era todavía peor de lo que había imaginado.

-¿Sin culpa? Tal vez para ti, criatura degenerada, los hombres de verdad se sentirían cuanto menos asqueados de albergar tales deseos... tales ensueños. Es vergonzoso. ¿Cómo, cómo te atreves siquiera...? Fuera de aquí, vamos, se acabó, ya has dicho suficiente.

Sin más miramientos, Razumihin agarró a Rodion del brazo con brusquedad y lo arrastró hacia la puerta. Aquello le causó una punzada dolorosa por el recuerdo del día anterior, pero quedó enseguida ahogada por la rabia y el bochorno que estaba sintiendo en aquel mismo momento. No quería oír nada más. No quería ver a Raskolnikov. No quería que le llenara la cabeza con sus bonitas palabras y sus tentadoras ideas. Porque Dios, deseaba tanto, tanto, decirle que sí. Y eso era inaceptable. Cuánto más lejos mandara a aquel endemoniado siervo tanto mejor para él. Resolvería eso pronto, muy pronto, sí. Pero lo primero era sacarlo de su despacho.

-¡Eh, ten cuidado, no es necesario actuar así! Me estás haciendo daño...

Raskolnikov estaba forcejeando contra su agarre, obviamente molesto por la violenta reacción. Lo cierto es que en su arrebato Razumihin no había tenido en cuenta su propia fuerza y estaba clavando los dedos dolorosamente en el brazo del siervo. Sin embargo, no pudo evitar soltar un bufido despectivo ante sus quejas.

-¿No era exactamente eso lo que querías, lo que me estabas pidiendo hace un momento?

Rodion le lanzó una mirada furibunda, llena de todo el dolor ofendido que posiblemente fuera capaz de mostrar, pero no dijo nada. Habían llegado a la puerta, así que Razumihin por fin lo soltó, abriendo ésta y disponiéndose a empujarlo al pasillo como ya había hecho hacía muy poco. Lo hizó con la misma brusquedad con la que lo había arrastrado hasta allí, con la energía suficiente para hacerlo trastabillear, aunque el siervo logró mantener el equilibrio y reponerse casi al instante, aún taladrándolo con aquella mirada venenosa mientras Razumihin vacilaba brevemente en el marco de la puerta. Por algún motivo todo aquello se sentía tan terrible, tan inadecuado, pero era incapaz de determinar por qué. No obstante, el sentimiento de repugnancia gobernaba sobre todos los demás.

-¿Sabes, Rodion?-comenzó despacio, mascando las palabras con desdén.- Si alguna vez mostré un cierto interés en alguna de tus ideas fue porque jamás imaginé a qué lugares podía conducirte tu retorcida lógica. ¿Cómo iba yo a saberlo? No había pensado... Sabía de tus rarezas, de lo extraño que eres, pero no esperaba que albergaras tamañas perversiones en tu podrido corazón. Ya he tenido suficiente de eso. No quiero saber más, no quiero volverte a oír hablar de ello nunca, ¿lo entiendes? Nunca. Guárdate lo que sea que lleves dentro para ti y no vuelvas a atreverte a... Ni siquiera lo pienses.

Dios, parecía tan herido. Tan, tan dolido por sus palabras. Razumihin no creía que fuera a afectarle tanto, nunca parecía haberle dado importancia a nada de lo que se le decía, después de todo. Pero la verdad es que el siervo estaba pálido y tembloroso. ¿Y eso eran lágrimas? No, no estaba llorando, pero sus ojos estaban húmedos. Debía de ser por la vergüenza. Sí, eso tendría sentido, cualquier criatura de Dios se sentiría como mínimo avergonzada por realizar tan degenerada propuesta. Aunque siendo Rodion... posiblemente ello se debiera más a la frustración y a la rabia. Como fuera, era mejor así. Dmitri sabía que tenía que cortar con aquello y debía hacerlo ya. Si para eso tenía que herir y hundir a Raskolnikov entonces lo haría. Era lo mejor para él también. Que se mantuviera lejos de la realización de sus deseos sólo podía ser un beneficio a largo plazo. Con el tiempo acabaría apreciándolo. Y si no, tanto daba. Eso no era asunto de Razumihin, ya estaba bien de implicarse tanto o aquel desviado acabaría aprovechándose de él. ¿No había admitido él mismo incitarlo para empujarlo al castigo? Ese joven molesto no era digno de un sólo ápice de su compasión, decidió finalmente, dispuesto a cerrar la puerta.

Pero entonces Rodion pareció reponerse, superando su orgullo a su dignidad herida y deteniendo su movimiento con un gesto. Por supuesto, Razumihin no quería oír nada más de él. Pero se sintió incapaz de dejarlo con la palabra en la boca. Él había dicho todo lo que tenía que decir, era justo darle la oportunidad a Raskolnikov también. Puede que hasta se disculpara, pensó con amarga ironía.

-Está bien, Razumihin, lo entiendo. Yo también estaba furioso al principio, cuando me di cuenta... No te haces a la idea. Supongo que tu reacción, si bien un tanto desproporcionada, es comprensible. ¿Por qué no lo piensas cuando estés más tranquilo y hablamos entonces sobre ello? Tómate tu tiempo, sé lo duro que puede ser. Te sentirás mejor cuando lo aceptes. Es mucho más adecuado, ¿sabes? Liberador. Cómo sea. Haz lo que tengas que hacer, no me importa. Mi oferta sigue en pie, por lo pronto de forma indefinida. Si cambias de opinión... Bueno, tú sabes dónde encontrarme... Pero jamás te atrevas a volver a insultarme de ese modo, ¿me oyes? No tienes derecho. No de esta forma. Reflexiona sobre lo que tengas que reflexionar y toma tus decisiones, pero deja de usarme como tu chivo expiatorio. Sabes muy bien que yo no soy el objeto de tu rabia así que deja de fingir que no lo entiendes. Arregla tus asuntos y luego dirígete a mí, pero no pienso tolerarte tamañas injurias nunca más, ¿queda claro?

Qué valor, qué grosera soberbia se atrevía siempre a mostrar aquel siervo. No había cambiado nada, posiblemente nada pudiera cambiarlo. Raskolnikov era incapaz de entender su lugar en el mundo, en ninguno de los posibles sentidos, y eso le llevaba a comportarse de aquella forma tan llamativa e insoportable. Pero no había nada más que Razumihin quisiera hacer para corregirlo. Ya lo había intentado bastante.

-Lo que tú digas, Rodion. Márchate de aquí, vete a limpiar las ventanas o los suelos o lo que sea que te venga en gana, pero mantenete alejado de mí.

Raskolnikov hizo una mueca y cabeceó en su dirección a modo de despedida, girándose al momento y marchándose de allí a grandes zancadas, ingeniándoselas para mantener en algún modo la cabeza alta con maltrecha dignidad. Razumihin no cerró la puerta hasta que lo perdió de vista. Sólo entonces un sentimiento de bochornosa derrota se hizo cargo de él. ¿Cómo podía ser tan estúpido? Había ido a buscar a Rodion para disculparse y arreglar las cosas y había acabado haciéndolo todo mucho, mucho peor. ¿Y qué iba a pasar ahora? No podía seguir castigando las desobediencias del chico pero no hacerlo era peligroso y dejaba en evidencia su autoridad ante todos, nobles y siervos por igual. Tendría que venderlo, mandarlo lejos, incluso aunque Raskolnikov no quisiera, ¿qué otra opción le quedaba? Pero eso lo ponía en el mismo apuro que había tenido desde el principio. Deshacerse de un siervo rebelde en lugar de lograr doblegarlo le daría mala imagen en un momento demasiado importante para arriesgarse a ello. Pero permitir que Rodion se quedara e hiciera lo que le viniese en gana también implicaba tantos problemas.

Razumihin comenzó a pasear de nuevo por la sala, ahogado en su frustración. ¿Qué podía hacer? Cuando heredó aquel título y sus tierras jamás había pensado que iba a acabar metido en un compromiso semejante. Era más de lo que el joven noble se sentía capaz de sobrellevar. Y lo había estado haciendo tan bien al principio, pensó con cierta rabia desesperada. Toda aquella situación era inesperada y absurda, ¿cómo lograr que acabara? Aunque siempre estaba la otra opción, claro, la indecible, la impensable, la que todos sus instintos clamaban con pasión. Escuchar a Raskolnikov y sus nocivas palabras, dejarse engatusar por su veneno y arrastrar a la sima de la que ya no habría salida. Deseaba tanto poder odiar a aquel chico, poder sentir de veras todo el desprecio que había mostrado hacía un momento... Pero Rodion estaba en lo cierto. No era él el objeto de su rabia. No, por supuesto que no. Todo aquel odio, toda la furia, el desprecio... Los sentía única y exclusivamente hacia sí mismo.

Sin pensárselo dos veces, Razumihin lanzó un puñetazo contra la pared, tratando de descargar contra esta su frustración y su enojo. El ramalazo de dolor lo recorrió al instante.

-Maldita sea...-murmuró entre dientes , frotándose la mano herida con lágrimas en los ojos.

¿Por qué tenía que ser tan díficil? ¿Por qué no podía decirle que sí y acabar con todas las dudas de una vez y para siempre? ¿Por qué tanta vacilación agónica? ¿Por qué algo tan horrible se sentía tan bien, por qué algo tan agradable tenía que ser tan malo? ¿Por qué le había hablado así al pobre Rodion? ¿Qué derecho tenía? ¿Qué era ese empeño en herirlo? ¿En que clase de monstruo se estaba convirtiendo? ¿No era eso lo que siempre había tratado de evitar?

Razumihin se miró la mano con cierta indiferencia. Se hincharía. Probablemente mostraría un aspecto muy feo durante un par de días. Eso estaba bien. Tal vez se lo merecía. Tal vez era justo eso y nada más lo que se merecía. Al menos así era como se sentía en ese momento.