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Máscaras y Cadenas

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Raskolnikov todavía se negaba a creer que aquello hubiera pasado. Habían trascurrido cuatro días ya y sin embargo aún se le encendían las mejillas cuando pensaba en ello. Por supuesto, debería haber imaginado que eso podía ocurrir, llevaba poniendo a Dmitri a prueba demasiado tiempo, no era de extrañar que finalmente hubiera decidido castigarlo. No era raro. Y sin embargo una parte de él había estado tan convencida de que eso era imposible, de que Razumihin era incapaz de ponerle la mano encima a ninguno de sus siervos, de que no haría más que cerrar los ojos y tolerar sus faltas, que la sorpresa y la impresión por lo ocurrido todavía le turbaban. Aunque que decir tiene, el hecho del castigo era lo de menos allí. Su propia reacción le resultaba mil veces más preocupante. ¿Cómo haber previsto aquello? Nunca, jamás, ni por un solo instante, se le habría ocurrido pensar que su cuerpo iba a reaccionar así. Y si sólo hubiera sido su cuerpo... Puede que entonces hasta hubiera encontrado el modo de justificarlo, pero al parecer las cosas nunca resultaban tan sencillas.

Aquello era humillante, vergonzoso. Razumihin le había azotado, le había golpeado en serio, dejándolo lleno de marcas que todavía se mantenían y dolorido durante varios días, lo suficiente para esbozar una mueca cada vez que se sentaba. Y sin embargo no podía decir que aquello lo desagradara en lo más mínimo. Más bien al contrario, el escozor, las marcas en su piel, aquella sensación punzante, eran un recordatorio constante de lo ocurrido y no hacían más que encender de nuevo aquella agitación en su interior. Ese dolor tenía algo de agradable, algún tipo de excitación salvaje que lo llevaba a desear ser golpeado de nuevo, sin compasión ni miramientos, azotado hasta las lágrimas, hasta ver consumida su voluntad y convertirse en un agitado desastre dispuesto a humillarse y obedecer cualquier orden por degradante que fuera. Mentiría si negara haber pensado mucho en ello desde el castigo, tal vez demasiado, incapaz de quitarse de la cabeza la idea de todas las posibilidades que allí había, todas las cosas que Dmitri podría haberle hecho o haberle ordenado hacer, perdido en fantasías sobre la sumisión, la humillación, la vergüenza, deseoso de entregarse a ello y dejarse llevar.

A decir verdad la situación le resultaba terriblemente confusa. Raskolnikov sabía de debería sentirse asqueado, horrorizado y repelido por sus propios deseos y ensueños pero, aunque era cierto que un intenso bochorno y un latigazo de culpa le golpeaban cada vez que pensaba en ello, la idea no le resultaba ni por asomo tan horrible como debería. En realidad, el sentimiento general hacia aquello era bastante cálido y deseable. Rodya no podía evitar pensar, no sin amarga ironía, que tal vez ello se debiera a que ya estaba más que habituado a sus propias peculiaridades. A fin de cuentas, una vez que admites y aceptas algo aborrecible todo lo demás tiene cabida, ¿no? No sería muy honesto escandalizarse ahora ante aquel descubrimiento cuando desde hacía tanto era consciente de sus propias diferencias en aquel sentido, de como sus intereses se escapaban a lo adecuado y permisible.

Al principio, cuando aún era muy joven, simplemente se había considerado por encima de todo aquello, incapaz de ver ese encanto arrebatador e inescapable que los otros chicos encontraban en las mujeres, jactándose de la debilidad de estos, de con cuanta facilidad sucumbían a sus instintos animales y se dejaban arrastrar por ellos, regodeándose en su decencia y superioridad. Hasta que sus propios deseos le golpearon con fuerza demoledora haciendo añicos toda su pretensión y su orgullo. Que decir tiene, Razumihin había tenido gran parte de la culpa de ello. El noble había crecido excepcionalmente bien, pasando de ser un niño desgarbado a un joven alto y bien formado, de espalda ancha, brazos fuertes y sonrisa amable y comprensiva. Rodya había aprendido a admirar sus contrastes, como sus ojos brillantes y risueños, llenos de candidez y ternura, podían tornarse en una mirada juiciosa y severa, la firme determinación de sus facciones, la furia y la fortaleza que lo dominaban cuando algo le hacía perder los estribos o lo agitaba lo suficiente, esa combinación tan perfecta y sutil entre la dulzura y la autoridad, la empatía gentil y la arrogancia aristocrática. Más de una vez se había encontrado a sí mismo mirándolo fijamente durante demasiado tiempo, estudiando todos sus gestos, sus facciones, sus proporciones, el modo en que los músculos de sus brazos se tensaban y marcaban visiblemente cuando ayudaba a alguien a levantar algún peso, la forma en que se movía y hablaba, sus guiños, su sonrisa, teniendo que esforzarse encarecidamente para apartar la vista y continuar con lo que fuera que estuviera haciendo, tratando de ignorar la maraña descontrolada de ideas que bullía en su mente.

Era así como Rodya había empezado a darse cuenta de que había algo raro en él, de que su interés por los hombres se escapaba de lo considerado aceptable, de que sus sentimientos en mucho llegaban a parecerse a aquellos de los que siempre había hecho burla. La percepción fue chocante y perturbadora, lo suficiente para que Rodya tratara de negárselo, de reprimirlo y ocultarlo hasta de sí mismo. Pero aquello era absurdo, ¿a quién pretendía engañar? Sus deseos eran claros y por mucho que los rechazara no los haría desaparecer, así que había aprendido a aceptarlos y convivir con ellos. Tampoco es como si planeara llevar nada de aquello a cabo. Aún en el supuesto de que superara la repulsa que le provocaba y estuviera dispuesto a entregarse a tal bajeza moral jamás llegaría a hacerlo pues era algo demasiado arriesgado. ¿Qué pasaría si alguien lo descubría? Su vida estaría acabada. Por no hablar de la dificultad de encontrar a otra persona que compartiera sus intereses y de confianza suficiente para saber que no lo delataría. No, era algo que no estaba dispuesto a asumir.

Además, él no quería encontrar a otra persona. Para su infinita mortificación Rodya parecía haberse encaprichado con Razumihin. Como si su peculiaridad no fuera suficiente martirio, Raskolnikov tenía que verse asolado constantemente por aquellos impulsos y deseos dirigidos con intensidad devastadora hacia su amo. Pero en aquel sentido siempre había tenido muy claro que no existía ninguna posibilidad. Aunque Rodya se sintiera capaz de ello Dmitri jamás lo aceptaría. Su interés en las mujeres era desde luego más que tangible y no había nada que el siervo pudiera hacer para competir con aquello. Había visto cómo las miraba, lo había visto hablar y sonreír de forma seductora a aquellas encantadoras jóvenes y había tenido que aprender a apartar la vista y convencerse de que nunca daría satisfacción a ninguno de sus deseos. A decir verdad, Raskolnikov odiaba los sentimientos que Dmitri le provocaba. Por supuesto, Razumihin no era el único que le hacía sentir así, había otros muchos que atraían su mirada y le llenaban la mente de ensoñaciones que rozaban lo abominable, sí, pero a ellos no tenía que tenerlos cerca constantemente, no tenía que verlos a diario, servirles la mesa, limpiarles el suelo, obedecer sus órdenes. Los otros no eran nobles que lo consideraran una de sus propiedades de la que pudieran disponer como gustasen, comprar, vender, humillar, disciplinar. Aquel era un trato que repugnaba a Rodya y que no estaba dispuesto a tolerar. Y sin embargo en ese sentido Dmitri nunca había sido demasiado estricto. Al contrario que su padre, el joven no parecía disfrutar de aquella posición de poder ni tener ningún deseo de ejercerlo de forma cruel y abusiva. Siempre se mostraba abierto, amable, dispuesto a escuchar y a negociar, tratando de evitar muestras innecesarias de violencia. Incluso tenía algunos gestos y detalles que lograban despertar gran simpatía en Rodya, como aquella costumbre suya de ir despeinado y mal afeitado sólo para importunar a Prokofiy. Que decir tiene que aquel aspecto desaliñado y espontáneo le sentaban notoriamente bien a su rostro juvenil, aunque ese, posiblemente, no fuera el punto principal del agrado de Raskolnikov.

Por desgracia tras la muerte de su padre algunas cosas habían empezado a cambiar y esos toques de rebeldía adolescente se habían visto sustituidos por una mayor seriedad y un aspecto mucho más pulcro. Estaba claro que Dmitri deseaba tomar las riendas y mostrarse digno de su herencia. Tal vez aquello también hubiera influido en la percepción que Rodya tenía sobre él y sus propios sentimientos. Razumihin ya no era el hijo de su amo, eso se acabó. Ahora Dmitri era el amo y todo el odio y desprecio que Raskolnikov sentía hacia la aristocracia y la servidumbre entraban en conflicto con su simpatía y su buena predisposición hacia el noble. A fin de cuentas, y a pesar de toda la comprensión y las palabras amables, un aristócrata es un aristócrata y al final del día él seguía siendo poco más que una propiedad. Aún habiendo admitido lo inadmisible de sus deseos que fueran dirigidos hacia un noble lo hacía todo mucho peor. Y que ese noble fuera su propio amo... Ah, la simple idea era indeciblemente frustrante.

Pero a pesar de todo Rodya todavía era incapaz de ver a Dmitri como había visto a su padre. A su entender, ambos aristócratas estaban hechos de madera muy distinta. Por mucho que se arreglara y muy serio que se pusiera el joven Razumihin no dejaba de ser el mismo hombre gentil y complaciente que trataba de evitar a toda costa el conflicto. Precisamente por ello Raskolnikov había terminado por convencerse de que Dmitri jamás lo castigaría, de que podría hacer cuanto quisiera, expresar lo que pensara, rebelarse y desobedecer y que aún así el noble haría la vista gorda a todo ello y lo dejaría estar. Se le hacía tan difícil ver a Razumihin ejerciendo cualquier tipo de violencia... Era casi inconcebible. Rodya se había pasado toda su vida asustado de Prokofiy, tratando de contenerse y esquivar sus golpes, y ahora todo aquel miedo se había esfumado y con él se había ido su voluntad para reprimirse. ¿Por qué hacerlo? Dmitri no le haría daño, no era esa su naturaleza. Y de hacerlo, bueno, entonces le demostraría que era exactamente como todos los demás nobles y que nada debía esperar de él, que estaba dispuesto a herirlo y humillarlo si no se sometía a sus intereses ni se esforzaba por complacerlo y que por tanto no merecía ni uno solo de sus suspiros. Había creído que tal vez, si se portaba lo bastante mal, acabara empujando a Dmitri a castigarlo y dejarle claro de una vez por todas lo que era, apagando así aquellos vergonzosos sentimientos que lo asolaban.

Que decir tiene, aquello no había funcionado en absoluto. De hecho, lo único que había conseguido era empeorarlo. Pero ¿cómo iba a prever algo así? Hasta ese momento le habría resultado impensable. Una cosa era su atracción por Dmitri y otra muy distinta... lo que sea que fuera aquello. Porque desde luego algo diferente había ocurrido, algo más allá de sus habituales deseos. Y habiendo visto las imágenes y ensoñaciones que se habían apoderado de su mente en los últimos días estaba claro que no podía achacarlo únicamente a su ya conocida peculiaridad. Había pensado mucho en ello, tratando de entender con exactitud de qué se trataba y todavía era incapaz de sacar conclusiones. ¿Qué era lo que había encendido aquel fuego en su interior, lo que lo impulsaba a desear más de aquello, a querer buscar de nuevo el castigo y la confrontación? ¿Había sido su situación vulnerable, la sensación de pérdida de control, de incapacidad para oponerse, de sumisión forzada? ¿La humillación, la vergüenza de verse expuesto, sometido, empujado de vuelta a la posición humilde y degradada a la que pertenecía, aquel bochorno que hacía que le ardieran las mejillas y se le llenaran los ojos de lágrimas? ¿El dolor, tal vez? ¿Aquella quemazón punzante, las marcas en la piel, el cosquilleo tras cada golpe, esa sensación entre agradable y terrible, el deseo de saber cuánto más podría tolerar antes de romperse y suplicar clemencia? ¿El hecho de que fuera Dmitri el que hiciera aquello, verlo ejercer el poder que ostentaba, esa autoridad que le pertenecía, que le daba derecho sobre él? ¿La idea de entregarse a su amo, de dejar que hiciera todo cuanto quisiera con su cuerpo, el afán de satisfacerlo, de obedecer sus órdenes y ser halagado por ello, también de ser insultado y denigrado por lo patético de sus deseos, lo irrisorio de su orgullo y altivez, ser recordado quién y qué era, lo despreciables y repulsivos que resultaban sus anhelos?

¿O tal vez era todo eso a un tiempo? Rodya era incapaz de achacar sus impulsos a una sola de aquellas cosas. Todo le resultaba excitante y apetecible. Lo cual no dejaba de ser confuso y perturbador, claro. Hacía que se planteara demasiadas cosas sobre sí mismo. Y a pesar de todo lo que más le molestaba no era nada de eso, ni sus fantasías, ni sus deseos, ni siquiera la reacción de su cuerpo. Sí, era cierto que no había sido el mejor momento para expresar aquellos sentimientos, para dejar notar sus peculiaridades, pero al fin y al cabo él no tenía ningún control sobre ello, no había nada que pudiera hacer. No, lo que más le molestaba, lo que lo había hecho sentir furioso consigo mismo, avergonzado y hundido, había sido aquel arrebato de sumisión final, aquella inadmisible muestra de deferencia hacia el noble que no había dudado en golpearle y abusar de él como si de un derecho natural se tratara. Lo mucho que Rodya hubiera disfrutado o no con ello no importaba. Razumihin lo habría azotado exactamente igual, independientemente de cómo Raskolnikov se sintiera sobre ello.

¿En qué estaba pensando? De acuerdo, tal vez fuera cierto que la agitación del momento, la sorpresa, la confusión, el dolor, la humillación, aquel anhelo suyo de someterse y consentir, lo hubieran traicionado en el momento e impulsado a reaccionar de aquel modo. Desde luego, no había pensado demasiado en ello antes de responder con un “sí, señor” a las órdenes de Dmitri. Sí, quizás pudiera escudarse en su alteración debido a todos aquellos sentimientos, pero nada justificaba la espontaneidad del gesto, lo fácil que le había resultado, lo natural que le habían sonado esas palabras en sus labios. Se sentía tan ultrajado. Ese no era él, eso no era lo que quería. Todos esos deseos... nada de aquello podía ocultar la turbadora realidad. Él no era una propiedad, no le debía ese respeto y obediencia a nadie, ni a Dmitri ni a ningún otro. Someterse y acatar tras un castigo era doblegarse al sistema que repudiaba y contra el cuál se había estado rebelando. Pasara lo que pasaba Raskolnikov no estaba dispuesto a eso. No, aquello había sido un desliz, un breve error. No volvería ocurrir. No más patética sumisión ante ningún noble.

Y no obstante durante los últimos días todo el comportamiento de Rodya se podría clasificar de aceptable. Más que aceptable, tal vez. Lo cierto es que por lo pronto deseaba evitar que la situación se repitiera. Estaba demasiado asustado y confundido para querer que Dmitri lo castigara de nuevo, demasiado inseguro de las posibilidades, de cuáles serían sus propias reacciones, por lo que era mejor evitar en lo posible el conflicto y las situaciones que pudieran derivar en un nuevo arranque humillante. Al principio había temido que Razumihin hiciera burla de él, que planeara usar lo ocurrido en su contra. Era obvio que el noble se había dado cuenta, ¿cómo no hacerlo? Y habría sido muy, muy sencillo sacar ventaja de algo así. Sin embargo, a Rodya eso no le inquietaba en demasía. En lo que se refiere a aquel aspecto Dmitri tampoco estaba libre de culpa. Raskolnikov sabía de sobra que su amo había disfrutado de aquello tanto o más que él. Si el joven aristócrata tratara de chantajearlo en algún modo Rodya sabía muy bien cómo contraatacar. Después de todo, excitarse de aquella forma ejerciendo un castigo era casi peor que su caso, más cruel, enfermizo y perverso. O al menos así podía exponérselo a Razumihin. Si en algo era bueno Raskolnikov era en idear acusaciones retorcidas e insultos envenenados. Además, conocía de sobra los puntos débiles de Dmitri y sabría cómo explotarlos, por lo que la perspectiva de su chantaje no llegaba a molestarlo en lo más mínimo.

Afortunadamente, no tuvo que preocuparse demasiado por ello. Razumihin no parecía muy interesado en hacer burla de él. De hecho, no parecía interesado en hablarle en absoluto. Durante todos aquellos días el noble había hecho todo lo posible por evitarlo, tratando de no cruzarse con él y rehuyéndolo cuando eso llegaba a ocurrir. Apenas habían hablado, sólo cuando Dmitri no había tenido más remedio que darle una orden de forma directa, y había sido rápido y entre dientes, con Razumihin esquivando deliberadamente sus ojos, como si le avergonzara demasiado mirarlo a la cara. Para su turbación y martirio, Rodya no tardó en darse cuenta de lo profundamente molesto que le hacía sentirse aquella actitud. ¿Por qué Dmitri se empeñaba en actuar así? ¿Era de sí mismo de quien se avergonzaba, de sus sentimientos, de lo que le había ocurrido? ¿O era por Rodya? ¿Es que se sentía tan asqueado, tan repelido por su reacción ante el castigo que Razumihin era incapaz de mirarlo a los ojos? ¿Tan repugnante le resultaba? Era imposible saberlo, pero por algún motivo la segunda opción lo hacía sentir sorprendentemente entristecido. No es que no entendiera el rechazo y tampoco cabía esperar otra cosa, pero la idea de que Dmitri lo despreciara de aquel modo le resultaba desoladora.

No obstante, su propio orgullo y vergüenza habían terminado por catapultar aquellas emociones. Él mismo se sentía demasiado incómodo respecto a Razumihin como para querer tenerlo cerca, por lo que la actitud esquiva había provenido de ambos. Aún estaba demasiado alterado, demasiado confuso respecto a cómo se sentía como para poder simplemente seguir actuando como hasta entonces. Rodya era consciente de que aquella tensión y evitamiento mutuos habían sido gran parte del motivo por el que su conducta había sido tan aceptable. Si casi no interaccionaba con Razumihin ni recibía nuevas órdenes, ¿qué posibilidad había de conflicto y desobediencia? Pero también entendía que eso no podría mantenerse así para siempre y que por mucho que le inquietara la idea de volver a ser castigado era sólo cuestión de tiempo que la situación se torciera de nuevo. Por ejemplo, ¿qué pasaría si Dmitri quería obligarle a pedir disculpas ante esos nobles, como había dicho que haría? Raskolnikov no estaba dispuesto a pasar por eso. ¿Qué ocurriría entonces? ¿Y ante cualquier otro acto de insubordinación, ante cualquier otro desplante? Rodya sabía que no podría contenerse, no eternamente. Y ah, para que engañarse. Una parte de él no deseaba contenerse en absoluto.

Tal y como Raskolnikov había imaginado, según fueron pasando los días las cosas entre ellos comenzaron a normalizarse. A medida que el castigo y sus indecibles efectos iban quedando atrás Dmitri parecía sentirse menos avergonzado, más confiado entorno a su siervo y por tanto más dispuesto a interaccionar con él, a darle órdenes e incluso a mirarlo a la cara. En cierta medida Rodya se alegró de ello. Estaba bien no ser constantemente esquivado y tratado como un apestado, sobre todo teniendo en cuenta que él mismo había sido capaz de superar la impresión inicial y ya no sentía la necesidad de evitar a Dmitri o mantener aquella relación tensa y superficial con él. Pero por supuesto, ese regreso a la normalidad anterior también implicaba el retorno de sus actitudes insubordinadas. No había nada que Raskolnikov pudiera hacer al respecto. Lo había intentado, de veras que sí, tal vez no obedecer ciegamente, a eso no estaba dispuesto, pero por lo menos callarse ante ciertos agravios, guardar silencio cuando su opinión no era requerida, limitarse a entornar los ojos y no meterse en los asuntos de nadie. Pero no había podido. En el momento es que toda la sensación de bochorno y humillación quedó atrás aquel aliciente para la contención desapareció y la parte de él que deseaba repetir la experiencia comenzó a ganar peso preocupantemente rápido. Y no había tardado demasiado en ver satisfecho ese anhelo, para bien o para mal.

Razumihin lo había soportado pacientemente, como de costumbre tolerando más faltas de las debidas. Así era él, al fin y al cabo. Demasiado amable para su propio bien. Pero cada vez que Rodya se excedía, cada vez que sobrepasaba el límite, le dirigía una de aquellas miradas, severas, aceradas, oscuras, cargadas de una clara amenaza, un tipo de aviso levemente perturbador que nunca antes había recibido y que le producía sentimientos contradictorios, aquella mezcla perfecta entre el deseo y el miedo, la excitación y la incertidumbre. No estaba seguro de si con aquello Dmitri lograba intimidarlo o si sólo estaba alimentando su insumisión y desobediencia. Era imposible decirlo.

Y entonces había ocurrido. Luzhin, había sido con Luzhin. Raskolnikov no lo soportaba. De todos los nobles aquel era el peor, el más arrogante, el más insufrible. ¿Cómo se suponía que iba a callarse y soportar toda su idiocia en complacido silencio? Además, la forma en que Luzhin actuaba con su hermana, todo el acoso al que la había sometido durante tanto tiempo... No, Rodya no estaba dispuesto a tolerar absolutamente nada de él. Así que le había faltado al respeto. Sí, tal vez se hubiera excedido, quizás todos aquellos insultos y amenazas hubieran sido innecesarios, pero habían surgido de forma descontrolada y espontánea. El noble había ido a tomar el té con Dmitri, a pasar allí la tarde, y Rodya estaba demasiado cerca cuando Luzhin había empezado a hablar tan libremente de Dunya. Para molestia del siervo, Razumihin no le había llevado la contraria a ninguna de sus afirmaciones subidas de tono, limitándose a asentir y tratar de sonreír para complacer a su invitado, aunque reiterándose en su negativa de no vender a la joven. Pero llegó un punto en el que Rodya no pudo seguir tolerando aquello. Y tras su estallido rabioso Razumihin no había esperado. Se había disculpado torpemente con Luzhin, lo había agarrado del brazo y lo había llevado casi arrastras a su despacho, para castigarlo en el momento mientras su visita todavía esperaba en la salita.

Tal vez su falta esta vez había sido menor, habida cuenta de que se trataba sólo de un noble y de que Dmitri no estaba planeando ningún negocio importante o lo que fuera que tenía entre manos el día de la cena, y sin embargo su amo fue mucho más duro con él, asestando un golpe tras otro sin descanso, más seguido, más fuerte, hasta el punto de hacerle perder por completo el control y arrancarle varios gritos angustiados. Razumihin no había parecido molesto por ello, más bien al contrario.

-Eso es, grita, grita todo cuanto quieras.-le había dicho, con voz ronca, agitada por la ansiedad frustrada que le dominaba.-Déjales saber a todos lo que pasa, deja que Luzhin sepa lo que te estoy haciendo, lo que ocurre cuando me desobedeces. Después de todo, siempre te ha gustado mucho llamar la atención, ¿no?

Aquella idea, la impresión de que otros supieran lo que estaba pasando, de que se imaginaran su humillación, de que lo oyeran sollozar y gemir, lo aguijoneó con una vergüenza tan intensa que lo llevó al borde de las lágrimas. Y sin embargo ese sentimiento no hizo más que aumentar su calor interior, ese mismo que el castigo y el dolor ya habían encendido, haciéndole muy difícil no llevarse la mano a su ya obvia erección y desahogarse descaradamente mientras Dmitri seguía golpeándolo. Desde luego, aquello sólo demostraba que había alguna tara terrible dentro de él.

Para cuando el castigo acabó apenas podía sostenerse en pie. Dmitri le ordenó en seguida que se levantara y se vistiera y cuando Rodya no obedeció de inmediato lo golpeó de nuevo, haciéndolo saltar en el sitio por la sorpresa. Tras aquello Raskolnikov reunió fuerzas suficientes para incorporarse, teniendo que apoyarse en la mesa para no perder el equilibrio mientras trataba de abrocharse el pantalón, temblando de pies a cabeza y sollozando sonoramente debido al dolor y la impresión. Esta vez no recibió ningún tipo de ayuda por parte de Razumihin, que se limitó a observarlo en silencio, con la vara todavía en la mano en una actitud de clara amenaza, como si estuviera dispuesto a pegarle de nuevo ante la más mínima muestra de insubordinación. Su pose, severa y autoritaria, no hizo más que alimentar el deseo que ya dominaba a Rodya, haciéndole muy difícil no sucumbir a la idea de postrarse a sus pies y tomar el miembro endurecido de Dmitri en su boca, dispuesto a dejarlo poseer con violencia su garganta, penetrarla con brutalidad y desprecio, a entregarle todo el placer del que fuera capaz. Aunque en el fondo de su mente una parte de él le gritara que aquello era indecible y patético Raskolnikov casi deseaba suplicar por ello.

Por su parte, Razumihin parecía haber disfrutado con esto tanto o más que la última vez, siendo su excitación claramente evidente para Rodya. Sin embargo, había sido capaz de enterrar toda la inquietud y la posible vergüenza que debía sentir tras aquella firmeza despiadada que mostraba ahora, no dejando translucir ni por un momento ni una sola de las inseguridades que parecían haberle dominado la primera vez. Había tanto poder en su aspecto, tanto control, tanto dominio, que Rodya ya sólo deseaba sucumbir a él sin miramientos.

Cuando su amo volvió a hablarle fue con voz dura, fría, puede que hasta despectiva, sin un resquicio de vacilación en su tono.

-De acuerdo, Rodion, ahora ve a lavarte o lo que sea que necesites y cuando hayas controlado eso-había señalado su erección con un gesto de disgusto, como si no fuera obvio que ambos se enfrentaban al mismo problema-vuelve al salón con nosotros. Serás el encargado de servirnos el té y todo lo que te pidamos durante el resto de la tarde.

Raskolnikov titubeó, dirigiéndole una mirada incrédula a Dmitri. ¿Estaba hablando en serio? Después de lo que acababa de hacerle ¿no iba a dejar que se retirara? Si apenas era capaz de sostenerse en pie... Le temblaban demasiado las piernas y la quemazón en su piel lo irritaba y agradaba a partes iguales. Aunque lograra controlar eso, como Dmitri lo había llamado, las posibilidades de que se repitiera debido al recordatorio constante de lo ocurrido eran demasiado altas. El riesgo era terrible. Y que decir tiene, la idea del propio riesgo y la humillación que ello supondría no contribuían precisamente a calmar sus anhelos. Y Luzhin... Luzhin sabía lo que acababa de pasar, con toda seguridad lo había oído, estaban demasiado cerca. Los gritos, los golpes... el noble debía de tener una imagen mental muy clara a estas alturas. ¿Cómo iba a pasar la tarde cerca de él, sirviéndole el té y obedeciendo sus órdenes, escuchando todos sus comentarios sin intervenir, teniendo que tragarse su dignidad y orgullo? La idea era terrible de por sí, si le añadía la indecible vergüenza de saber que Luzhin era consciente de su castigo, de su dolor, de su sometimiento a la autoridad violenta de Razumihin... El pensamiento era intolerable y excitante a partes iguales. ¿Cómo se suponía que iba a lidiar con eso durante toda la tarde? Acabaría estallando de nuevo, fuera en un arrebato enfurecido o fuera en una entrega patética de sumisión hacia Dmitri. En aquel momento no podía estar seguro, pero ninguna de las dos perspectivas parecían favorecedoras para él.

No, Dmitri no podía estar hablando en serio. Aunque una parte de él deseaba con todas sus fuerzas que así fuera, dispuesto a dejarse utilizar y humillar hasta el extremo, la voz de la razón prevalecía. Aquello no era una buena idea. Y sin embargo no había ni un ápice de duda en la expresión seria de Razumihin. A Rodya le temblaba el labio inferior cuando logró reunir el valor suficiente para hablar.

-Pero...

Su voz sonó débil, trémula, vacilante. Todo lo contrario que la de Dmitri, que lo interrumpió al momento, antes de que fuera capaz de decir nada más.

-¡Nada de peros! Harás lo que se te ha dicho.-entonces Razumihin señaló el armario, lanzándole una mirada de colérica advertencia.-O puedo probar con otra cosa, bien sabes que esto no es lo peor que puedo hacerte.

Lo sabía, desde luego que lo sabía. Había conocido a Prokofiy, era consciente de lo imaginativo de sus castigos, de la variedad de sus herramientas. Él mismo había vivido parte de ello en sus carnes siendo un niño. En cualquier otra circunstancia la amenaza habría sonado terrible, devastadora, pero desde que Dmitri lo hubiera castigado aquella primera vez la perspectiva que acababa de exponerle no le parecía tan terrible. Sin embargo, seguía siendo algo desconocido, en parte aterrador, y él estaba demasiado confuso y agitado en ese momento como para saber qué era lo que más le convenía. Por supuesto, sin pasar tampoco por alto su deseo casi incontrolable de sometimiento. Agachó la vista, mirándose los pies con aire atormentado, sin saber qué decir, qué hacer, pero en el fondo ya dispuesto a entregarse por completo a la voluntad de Dmitri. Su amo le dio una nueva oportunidad.

-Eso es lo que harás. Sin protestar, sin ninguna queja. Te portarás de forma intachable y obedecerás todas mis órdenes, ¿entendido?

Raskolnikov había vacilado un momento más, sólo un momento.

-Sí...

-¿Sí qué?

-Sí, señor.

Sólo tras eso Dmitri pareció darse por satisfecho, dedicándole una sonrisa complacida y asintiendo.

-Muy bien, chico. Ve a lavarte...o lo que sea... y luego vuelve con nosotros.

Rodya había salido del despacho sin decir nada más, incapaz de alzar la vista de nuevo para enfrentar la mirada de Dmitri. Aún tardó un rato en calmarse lo suficiente para poder volver al salón, pero cuando lo hizo entró con toda la altivez de la que fue capaz. No con demasiada, claro, sabía que eso desagradaría a Razumihin y lo único que deseaba en ese momento era complacerlo, pero sí lo suficiente para no sentirse totalmente patético o lo que era peor, sometido y entregado a la autoridad de Luzhin. Una cosa era servir a Dmitri y otra muy distinta darle a ese insufrible noble una sola pizca de poder sobre él. Por suerte no tuvo que enfrentar demasiadas burlas, aunque la expresión cargada de retorcida satisfacción de Luzhin y la condescendencia en su tono cada vez que le pedía algo fueron suficientes para llevarlo de nuevo al filo de sus nervios. Especialmente cuando el aristócrata empezó a hablar de como él también prefería castigar a sus siervos de inmediato ya que, al igual que los animales, si transcurría mucho tiempo tras la falta sus mentes inferiores eran incapaces de asociar bien el motivo del castigo con ello y la lección no quedaba bien enseñada. Raskolnikov había entornado visiblemente los ojos ante la ocurrencia, pero la mirada que le dirigió Dmitri le previno de hacer ningún comentario.

Después de aquello no volvieron a hablar del castigo. Al igual que la otra vez, no hubo burlas ni menciones a sus actitudes y reacciones innombrables, por parte de ninguno de los dos. No obstante en esta ocasión tampoco se produjo la reacción esquiva que los había dominado a ambos durante los días siguientes a esa primera vez, manteniendo el mismo tipo de relación e interacciones que habían tenido antes de todo aquello. Razumihin no dejó de hablarle, no trataba de evitarlo, no rehuía su mirada. En apariencia, todo en su comportamiento respecto a su siervo se mantenía exactamente igual, sin muestras de arrepentimiento y vergüenza. Y no obstante había algo diferente tras todo ello, algo que Raskolnikov no tardó en notar, algo indescifrable en la forma en que Dmitri le miraba, una especie de reflexión severa que lograba acelerarle el pulso con un sentimiento de inquieta anticipación. Era muy difícil saber lo que Dmitri pensaba realmente de todo aquello, la idea que tenía ahora sobre Rodya y sobre sus propios sentimientos. Él también debía de encontrarse terriblemente confundido y alterado. Puede que aún más que su siervo, ya que Raskolnikov estaba casi seguro de que nunca antes Razumihin se había visto despertado a aquel tipo de anhelos entorno a un hombre, idea que, aún a sabiendas de lo duro que debía ser aquel conflicto para el noble, no dejaba de provocar una punzada de orgullo alegre en Rodya. Tal vez ese sentimiento no fuera el más adecuado ante el agobiante caos de dudas que asolaban a su amo pero, como tantas cosas, eso era algo que escapaba a su control.

Por su parte, en Raskolnikov el deseo y la sensación extasiante que acompañaba al castigo habían terminado por imponerse a cualquier tipo de vacilación y vergüenza. Sí, tal vez fuera perverso, retorcido, puede que enfermizo y abominable pero ¿no hacía ya mucho que había aceptado todos esos calificativos sobre sí mismo, calificativos que si bien no abrazaba con absurdo orgullo había llegado a admitir como parte inalienable de él? Aceptando su peculiaridad como algo incurable todo lo demás podía tener cabida. ¿Qué más daba que fuera el dolor, la humillación o la obediencia lo que despertara esa emoción dentro de él cuando ya había admitido lo mismo ante el cuerpo masculino? El sentimiento era agradable cuanto menos y las ensoñaciones a las que se había entregado en los últimos tiempos superaban con mucho a todo lo que hasta entonces se había atrevido y permitido imaginar. Era refrescante, intenso y liberador de algún modo retorcido y de pronto se descubrió a sí mismo queriendo más de aquello sin ningún tipo de restricción y complejo.

Durante toda su vida había creído que jamás podría dar satisfacción a ninguno de sus deseos, se había condenado a sí mismo al celibato y la más extrema de las abstinencias, como si planeara con ello recuperar algún tipo de virtud perdida. Estaba demasiado asustado, demasiado avergonzado, convencido de que sucumbir a sus sentimientos era inadmisible, de que jamás podría perdonárselo a sí mismo, que era demasiado sucio, demasiado arriesgado, que Dmitri era intocable y que lo imposible de aquel anhelo era sólo un reflejo de lo que sería toda su existencia al que debía prestar una clara atención. Y ahora todo aquello se hacía añicos en apenas un suspiro. Sus deseos ya no le parecían tan imperdonables, sucumbir a ello de repente no se mostraba como una falta capital, era agradable y reconfortante y nada en él había cambiado, nada que no estuviera ya corrompido se había echado a perder. La posibilidad de dejarse ir, de buscar algún tipo de satisfacción, ya no se veía como una monstruosidad y cada vez le parecía más y más apetecible. Y por si fuera poco, Razumihin tampoco era tan inalcanzable como había creído. Bien, tal vez aquello no fuera lo que había imaginado en un principio pero no era por ello menos embriagador, menos estimulante para los sentidos. Tal vez nunca pudiera yacer con Dmitri pero al menos podía obtener todo tipo de sensaciones e ideas placenteras derivadas de sus castigos. Y al parecer el joven noble también disfrutaba ampliamente de estos. La excitación que también dominaba a Razumihin hacía pensar a Rodya que quizás hubiera una posibilidad también en ese respecto, pero el siervo trataba de no caer en falsas ilusiones que acabaran arrastrándolo a una dolorosa decepción. Se conformaría con lo que fuera que pudiera obtener.

Por supuesto, no era necesario decir que había comenzado a buscar el castigo de propósito. Al principio había sido de forma casi inconsciente, pero una vez había superado aquellas restricciones que le ataban y que él mismo se había impuesto, sus intenciones se mostraron más que evidentes, faltando al respeto a Dmitri y a los otros nobles de forma constante, descarada, con comentarios mucho más punzantes e intolerables que de costumbre, desobedeciendo órdenes directas y rehuyendo el trabajo tanto como fuera posible. Desde luego la reacción de Razumihin no se hizo de esperar. Si la primera vez había sido algo novedoso, casi increíble, inesperado e incómodo para ambos, pronto los castigos acabaron convirtiéndose en una constante en su relación. Rodya no tardó en notar como la tolerancia y el control de Razumihin parecían reducirse mas y más con cada nuevo conflicto. Faltas que antes habrían sido pasadas por alto ahora se convertían en motivos de castigos tal vez duros en exceso,la más mínima muestra de insubordinación era recibida al instante con golpes inmisericordes, hasta el punto de que pronto Raskolnikov ya no tenía que hacer esfuerzos extra ni actuar peor que de costumbre para ser llevado a rastras al despacho de Dmitri y arrojado contra el escritorio con inusitada violencia, antes de recibir en sus carnes toda la rabia frustrada de su amo.

Rodya creía entender lo que le pasaba por la cabeza a Razumihin. El noble todavía era incapaz de comprender sus sentimientos, de procesarlos y aceptarlos. Le asustaban sus propios deseos, lo que Raskolnikov despertaba en él, queriendo apartarse y no volver a pasar por aquello jamás. Pero a un tiempo todo su ser le gritaba que olvidara aquellas absurdas pretensiones morales y se entregara a sus bajas pasiones. Quería controlar a Rodya, someterlo y hacerle daño, y la constante desobediencia del siervo no hacía más que alimentar ese deseo, llevándolo a perder el control y a odiarse a sí mismo por ello. Raskolnikov era consciente de que no se lo estaba poniendo nada fácil a su amo, de que con cada agravio lo llevaba al borde y que la lucha interna que Razumihin mantenía era dolorosa y destructiva y que con su actitud sólo lograría dañarlo. No podía evitar sentirse culpable por ello. Con su comportamiento sólo estaba empujando a Dmitri al mismo abismo de dudas y malestar del que él mismo apenas había logrado escapar, sin darle tiempo siquiera para comprender lo que ocurría. Pero sus propios deseos e impulsos le resultaban casi irresistibles y por mucho que tratara de contenerse siempre acababa cayendo en el mismo juego. No era de extrañar que Dmitri cada vez pareciera menos paciente y más furioso. Por mucho que lo castigara Rodya no hacía más que portarse peor, haciendo imposible que el noble pudiera detener los castigos y alejarse de aquellos anhelos, causando que la frustración y la confusión empezaran a hacer de veras mella en él.

Por todo ello Raskolnikov no debería haberse sorprendido en lo más mínimo cuando aquello al fin sucedió. Después de todo, era lo que él mismo había estado cultivando casi sin darse cuenta. Y sin embargo, cuando tras castigarlo con la dureza acostumbrada Dmitri había dejado la vara sobre la mesa y había comenzado a desabrocharse los pantalones Rodya no había podido evitar girarse hacia él con los ojos brillantes de inquietud nerviosa.

-¿Qué... qué estás haciendo?

Su voz había sonado vacilante, rota, un susurro roncó apenas esbozado por sus temblorosos labios. Raskolnikov estaba recostado sobre el escritorio de Razumihin, como ya acostumbraba a hacer, siendo castigado por enésima vez. Había ocurrido lo de siempre. Rodya había desobedecido y respondido con arrogancia y Dmitri lo había agarrado del brazo y tirado de él hasta llegar al despacho, empujándolo contra la mesa con brusquedad y bajándole los pantalones en un movimiento rápido, sin dar el mínimo aviso. Tras ello había comenzado a golpearle, un varazo tras otro, sin detenerse un momento, sin darle tiempo para respirar, para reponerse y acostumbrarse al dolor. Su piel estaba repleta de marcas de castigos anteriores, pero eso no pareció importunar a Dmitri, que no dudó lo más mínimo en dibujar otras nuevas sin ningún tipo de piedad, ignorando sus sollozos ahogados, las lágrimas que pronto Rodya no pudo contener, los gritos de dolor e incluso las súplicas jadeantes que se le escapaban entre golpe y golpe. Raskolnikov no había tardado en descubrir que pedir clemencia y ser ignorado no hacía más que alimentar su fuego interno. Dmitri podía y de hecho tomaría lo que quisiera de él. Daba igual cuanto le doliera, lo mucho que llorara y suplicara, le había faltado al respeto y debía ser puesto en su sitio. El castigo se detenía cuando Razumihin lo decidía, no cuando él lo pedía. Raskolnikov no tenía ningún tipo de control allí, cuando Dmitri ejercía su poder sobre él toda su voluntad se veía anulada y el siervo quedaba a merced de los deseos de su amo. La simple idea le estremecía. ¿Qué podía haber más excitante que aquello?

Pero en el fondo, muy en el fondo, Rodya siempre había estado seguro de que Dmitri no iría demasiado lejos, de que el noble sabría cuando parar. No podía estar seguro de por qué, pero albergaba una alta confianza en Razumihin y su criterio. Raskolnikov estaba convencido de que su amo no le causaría ningún daño irreparable, de que si de verdad llegara a su límite Dmitri lo entendería y se detendría. Pero en la mirada que le lanzó entonces Rodya vio por primera vez reflejadas sus dudas. Había tanta rabia, tanto desprecio, tanto odio dirigido hacia él que por un momento Raskolnikov de verdad sintió miedo.

Razumihin le respondió con una carcajada irónica, agarrándolo del pelo y forzándolo a apartar la vista de él, empujándole la cabeza contra la mesa para hacer que se tumbara por completo y manteniéndolo en el sitio. Su voz también sonó ronca, pero mucho más segura y firme, cargada de una severidad autoritaria que no daba lugar a ser contradecida.

-Vamos, no te hagas el sorprendido. ¿Vas a negarme ahora que esto es lo que quieres? Sé muy bien que es lo que has estado buscando todo este tiempo. De acuerdo entonces, tal vez cuando termine contigo hayas aprendido de una vez la lección. Eh, quieto, ni se te ocurra moverte, esto forma parte de tu castigo.

Raskolnikov se había removido un poco, haciendo ademán de incorporarse, demasiado incómodo ante el comentario, pero su movimiento sólo había conseguido que Dmitri lo presionara con más fuerza contra la mesa, obligándolo a permanecer en la misma posición expuesta y vulnerable, doblado sobre el escritorio, con Razumihin pegado a él recordándole que todavía estaba a su merced. Sus últimas palabras le hicieron tragar saliva con dificultad. ¿De verdad Dmitri estaba dispuesto a hacer algo así como castigo? ¿Incluso si él se negaba? ¿Lo tomaría a la fuerza si Rodya le pedía que no lo hiciera? La firmeza y la rabia en su voz así parecían evidenciarlo, pero una parte de él todavía estaba convencida de que si se negaba rotundamente, si luchaba contra aquello, Razumihin lo dejaría ir, de que no lo obligaría a nada. Por supuesto que no, Dmitri no era esa clase de hombre. Por muy furioso que estuviera con él, por muy alterado y frustrado, debía de saber cuál era el límite, ¿verdad? O tal vez sólo estaba tratando de convencerse a sí mismo de una esperanza vana. Desde luego, siempre podía intentarlo. Decirle que no, que lo dejase, oponer resistencia, removerse hasta que Razumihin entrara en razón y se apartara de él, cosa que con toda seguridad debía ocurrir, ya que la opción contraria resultaba inconcebible.

Pero, ¿de veras era eso lo que quería? ¿No tenía razón Dmitri cuando había dicho que aquello era lo que había estado buscando todo ese tiempo? ¿Acaso no soñaba Rodya con entregarse a él, no era ese el ansiado anhelo al que había dado por imposible? Sí, claro que lo quería, la sola idea le excitaba hasta el extremo, casi se sentía tentado de rogar por ello. Y había tanta furia en Razumihin, tanto odio latente contrayendo sus fibras, que Rodya podía fácilmente imaginar lo duro que sería, lo violento, lo inmisericorde. El pensamiento le causó un estremecimiento ansioso. Pero a pesar de todo, por mucho que lo deseara, no podía dejar de preguntarse si de verdad era lo correcto. ¿Era esa la circunstancia adecuada? ¿No sería mejor hacer aquello cuando de veras estuviera seguro de que podía negarse, cuando la incertidumbre de si había sido una entrega involuntaria no fuera a perseguirle por el resto de su vida? Pero, ¿a quién pretendía engañar? Posiblemente no fuera a tener otra oportunidad. Si se negaba ahora y Dmitri lo aceptaba dudaba encarecidamente que aquello volviera a ocurrir. Y mucho más que el noble estuviera dispuesto a yacer con él en cualquier otra circunstancia. Si decía que no sería de forma definitiva y de pronto Raskolnikov se dio cuenta de que no estaba dispuesto a renunciar a ello.

Todavía asolado por las dudas decidió aferrarse a su previa determinación. Tomaría lo que pudiera. Si eso es lo que Dmitri era capaz de ofrecer él lo aceptaría sin reparos. Así que guardó silencio, quedándose inmóvil en la posición en la que Razumihin lo había tumbado mientras éste terminaba de desabrochar sus pantalones y comenzaba a masturbarse, la vista clavada en la piel marcada de Rodya, en aquel cuadro de rojos, morados y amarillos finamente entremezclados. No tardó demasiado en azotarlo con fuerza, con sus propias manos, arrancándole un grito de dolor y sorpresa al siervo por el gesto inesperado. La zona estaba demasiado sensible después del castigo y el más mínimo toque reavivaba el dolor. Aquel nuevo golpe sólo consiguió enviar más sangre directa a su entrepierna, llevando a Rodya a morderse el labio inferior para intentar contener en lo posible sus gemidos, preguntándose cuánto tiempo más pensaba Dmitri jugar con él antes de decidirse a tomarlo de una maldita vez. El deseo le estaba enloqueciendo, pero Rodya se juró a sí mismo que no suplicaría por ello. Aunque ahora no lo sintiera así estaba bastante seguro de que, para cuando aquello acabara, aún querría conservar al menos un poco de su dignidad.

Sin embargo, mantenerse firme en esa posición se hizo muy difícil cuando Razumihin empezó a manosear sus nalgas, apretándolas, acariciándolas, enviando un cosquilleo mezcla de dolor y placer a través de su piel que lo empujó hasta el límite de su voluntad. ¿Por qué lo torturaba de aquel modo? ¿Es que acaso era su intención hacerle rogar por ello? Raskolnikov estaba a punto de entregarse a su instinto y ver resquebrajadas todas sus absurdas pretensiones cuando Razumihin por fin pareció decidirse a ir más allá, separándole las nalgas y escupiéndole con cuidadosa intención, dejando un reguero de saliva caer sobre su entrada antes de extenderlo con parsimonia, no tardando demasiado en introducir un dedo para abrirse paso dentro de él. Rodya no sabía si debía sentirse agradecido o frustrado por la en aparente amable atención, pero no tuvo que preocuparse demasiado, ya que enseguida Dmitri hubo introducido un segundo dedo, sin haberle dado tiempo siquiera a acostumbrarse al primero, dejándole muy claro que la comodidad de su siervo no iba a ser su prioridad.

El corazón de Rodya latía descontrolado cuando Razumihin por fin sacó los dedos de él y se alineó para penetrar. La sensación de distensión había sido intensa, agradable, un tipo de calidez que superaba sus expectativas, pero cuando Dmitri empezó a empujar dentro de él Raskolnikov entendió que no estaba preparado para eso. Al menos, no lo suficiente para que fuera algo fácil y placentero. Había una gran diferencia entre un par de dedos y aquello, como comprobó enseguida, todo su cuerpo tensándose y estremeciéndose ante la invasión. Era demasiado, lo suficiente para resultar doloroso, para hacerle creer que no podría aguantarlo, que de seguir así le causaría algún daño irreparable, arrancándole varios gritos y gruñidos que llevaron a Dmitri a taparle la boca con la mano para acallarlos, mientras seguía abriéndose camino incansable dentro de él.

-Cierra la boca, eres demasiado ruidoso. ¿Es que quieres que alguien entre y te vea así?

Por si Rodya no tuviera ya bastantes sentimientos conflictivos antes de aquello el comentario de Razumihin lo despertó a nuevas e interesantes emociones. Por supuesto, podría morir de vergüenza si algo así ocurriera, pero la idea de que alguien entrara preocupado por sus quejidos y lo encontrara en aquella posición, doblado sobre la mesa, siendo tomado por Dmitri sin ningún tipo de piedad, llorando y gimiendo mientras su amo se dejaba ir dentro de él sin que Raskolnikov hiciera nada para impedirlo, y no sólo eso, mostrándose excitado y ansioso y disfrutando él también, disipó de golpe todas sus dudas y el miedo que por un momento lo había dominado, dando cabida sólo a lo poderoso y enloquecido de su deseo, que no veía ya aquel dolor que lo recorría de arriba a abajo como algo insufrible y terrible, sino como una marca más de su absoluta sumisión, de su devoción y servidumbre, de su falta de voluntad y el control que Dmitri ejercía sobre él. Y entenderlo así de pronto lo hizo mucho, mucho más soportable. Deseable, incluso.

Razumihin debió de notar un cambio en su actitud, tal vez como se relajaba un poco bajo su peso, ya que retiró la mano de su boca y se la pasó por el pelo, en una especie de caricia torpe. Había continuado penetrándolo a pesar de sus quejas, sin detenerse ni un sólo instante a darle un respiro, gruñendo él mismo de placer ante la estrechez del siervo.

-Vamos, chico, aguanta un poco más, ya casi estoy.

Se lo había murmurado entre dientes, de forma distraída, casi sin pensarlo. Rodya tampoco pensó demasiado su respuesta.

-Sí, señor...

Las palabras, más un sollozo resignado que un sonido verdaderamente articulado, fueron cortadas por un nuevo grito cuando Dmitri empujó con brusquedad para terminar de penetrar en un solo golpe. Sólo entonces se detuvo, dándole un instante de descanso, algo de tiempo para acostumbrarse a tenerlo en su interior, a la distensión, a la quemazón, a la incómoda sensación invasiva. Raskolnikov se preguntó si aquel arranque de consideración era la recompensa por su deferencia. Incluso llegó a sentirse tentado de darle las gracias. En lugar de ello se mantuvo en silencio, tratando de controlar su respiración y sus quejidos, pero sin poder evitar llorar abiertamente, aferrándose al borde de la mesa y apretando los dientes mientras un jadeante Razumihin lo sujetaba por la cintura con ambas manos y empezaba a moverse en su interior, despacio al principio, pero no tardando en acelerar el ritmo a medida que se entregaba a su propio placer.

Las embestidas rápidas no tardaron en nublarle el juicio, el dolor de aquella entrada casi forzosa mezclado con el deseo, con el placer inevitable que aquel ardor, que aquella plenitud, causaban dentro de él. Lo que al principio había sido intolerable hasta el punto de creer que lo partiría en dos ahora se había vuelto extasiante. Una cierta molestia y malestar prevalecían, por supuesto, pero eso sólo lo hacía todo mucho mejor, más intenso, más servil, más acorde a sus deseos. Razumihin lo tomó de forma brusca, ruda, sin vacilaciones ni tapujos, concentrándose sólo en sí mismo, en sus propios anhelos y disfrute, ignorando por completo las lágrimas de Raskolnikov, sus súplicas confusas y sus jadeos ahogados, los roncos gemidos de dolor que se escapaban involutariamente del fondo de su garganta, la tensión en su maltratado cuerpo, la obvia incomodidad que le dominaba y lo encogía bajo su peso. Rodya era incapaz de imaginar nada mejor que aquello. El dolor, perpetuo pero no del todo desagradable, su propia actitud resignada y sometida, los dedos de Dmitri clavándose cruelmente en su piel para asegurarse de mantenerlo en el sitio mientras entraba y salía de él a un ritmo que era evidente Rodya no estaba preparado para soportar, su determinación a tomar todo lo que quisiera cómo quisiera sin atender a ninguna de sus quejas, su dureza, su rabia, su fuerza, el poder que el noble albergaba sobre él, sobre su siervo, su propiedad, y que no estaba dudando en utilizar, todo ello lo golpeó a un tiempo con una fuerza voraz que encendió su fuego más que nunca antes, haciéndole sentir que estallaría por dentro. La idea de que Dmitri lo utilizara como poco más que un objeto, un mero instrumento para su placer y disfrute, una herramienta que podía usar libremente para la satisfacción de sus anhelos, sin preocuparse en lo más mínimo de cómo se sentía él, de si le gustaba, de si le dolía, de si estaba preparado o no, dispuesto o no, lo estaba llevando al filo y le hizo perder por completo el poco control que le quedaba sobre sí mismo.

Se dejó ir, gimiendo con algo rayano a la desesperación, de placer, de dolor, ¿quién sabía? Tal vez ambos a un tiempo. Murmuró incoherencias, una ristra de por favores y súplicas quedas que no estaba muy seguro de qué pretendían, se retorció sobre la mesa, se agitó lo suficiente para provocar que Dmitri lo azotara de nuevo y lo agarrara del pelo, levantándole la cabeza y golpeándosela contra el escritorio con brusquedad suficiente para recordarle cuál era su sitio y en que posición debía permanecer, provocando que a Raskolnikov se le escapara un “gracias, señor” apenas murmurado porque ¿no era eso lo que estaba buscando, a fin de cuentas? Más de aquel poder, más de aquel dominio, más del dolor y la degradación que Razumihin podía hacerle sentir si así lo quería, más recordatorios de lo poco que valían él y sus deseos, de lo mucho que su bienestar y su integridad física dependían en exclusiva de la voluntad de Dmitri y no de la suya propia.

Había acabado llevándose la mano a la entrepierna sin pensarlo, demasiado ansioso por su propia excitación, atrapado por la necesidad de contacto, por el deseo de liberar aquella tensión que le asolaba. Pero apenas había empezado a masturbarse cuando Razumihin se dio cuenta, sujetándole inmediatamente ambas muñecas e inmovilizándolo sobre la mesa, forzándolo a detenerse.

-¿Qué te crees que estás haciendo? Zorra patética. Esto es un castigo, tú no tienes que disfrutarlo. Estate quieto y ni se te ocurra volver a tocarte. Te juro que si te corres me aseguraré de que sea la última vez que lo hagas, ¿entendido?

Raskolnikov gimió, hundido bajo su peso, sus muñecas doloridas y marcadas por el agarre tenaz de su amo sobre él.

-S-sí, señor...-consiguió murmurar finalmente, deseando echarse a llorar por la prohibición.

Era cruel, deliciosamente cruel, retorcido y voraz, y Rodya se sentía morir por dentro. Las embestidas de Dmitri seguían taladrándolo a un ritmo desquiciado, llenándolo de todas esas sensaciones contradictorias que lo estaban enloqueciendo y que hacían muy, muy difícil resistir a sus necesidades, a sus deseos. Incluso sin tocarse Raskolnikov estaba teniendo serios problemas para evitar un estallido de placer. Pero las órdenes eran claras. No podía hacerlo, no si Razumihin no se lo permitía, su amo también tenía el control sobre eso, la decisión de si él disfrutaba o no, de si acababa o no. El pensamiento no le estaba ayudando en absoluto. Tampoco el insulto cargado de desprecio que Dmitri había dejado escapar de forma tan casual y que ahora le golpeaba desde el fondo de su mente haciéndole retorcerse más si cabe de ansiedad frustrada. Zorra patética, le había llamado. Y mentiría si dijera que no era exactamente así como se sentía, que eso era todo lo que era y que la idea lograba acelerarle el pulso de puro gozo. ¿Qué más cosas terribles pensaría Dmitri de él, qué más estaría dispuesto a llamarle?

Trató de contenerse, de veras que lo intentó. Pero era casi imposible mantenerse impasible ante toda la emoción que lo embargaba. Dmitri ya estaba muy cerca, como el acelerón en sus embestidas y los gruñidos roncos demostraban, cuando el siervo no pudo soportarlo más.

-Por favor, por favor, señor...-comenzó a suplicar sollozante, tratando de apelar a la clemencia de Razumihin, sabiendo que era en vano pero sin poder evitarlo.-Por favor, déjeme, déjeme acabar, por favor, prometo que me portaré bien, no volveré a desobedecer, por favor, lo siento, sólo... por favor...

Razumihin volvió a taparle la boca, acallando sus ruegos quedos mientras se recostaba sobre él, dejando que el siervo sostuviera su peso, penetrando lo más profundo posible y arrancándole gemidos extasiados que se quedaron en murmullos ahogados por la mano que lo amordazaba.

-Cállate de una vez, patético intento de hombre. A partir de ahora sólo hablarás cuando te dé permiso, nunca a destiempo, ¿queda claro?

Un asentimiento inmediato, acompañado de un escalofrío y la necesidad de agarrarse con más fuerza a la mesa para contener sus propios impulsos.

-Bien. Tampoco terminarás si yo no te lo ordeno. Sólo tendrás lo que yo decida darte, ni más ni menos. Tú cuerpo me pertenece a mí, no a ti. Puedo hacerte daño cada vez que me venga en gana y sólo te tocas si yo te lo digo. Eso es todo. Harás lo que se te mande. Te estoy castigando, no complaciendo. Si vuelves a suplicarme te arrancaré la lengua y te la haré tragar.

La amenaza se mantuvo unos segundos en el aire, golpeando a ambos en lo más hondo, estremeciéndolos y acercando a Dmitri más aún a su final. Por un instante sólo se oyeron los jadeos y los gruñidos de ambos, entremezclados con los golpes de la carne contra la carne, hasta que finalmente Razumihin lo sujetó de nuevo por la cintura, clavándole los dedos con fuerza y echando la cabeza hacia atrás mientras estallaba dentro de él, llenándolo con su semen y haciéndolo sentir extrañamente agradecido, como si el cálido líquido fluyendo en su interior se tratara de una especie de retorcido regalo, una marca definitiva de pertenecia, el sello final que lo convertía en propiedad de Dmitri.

Rodya dejó escapar un nuevo gemido cuando Razumihin salió de su interior, su semilla escapándose al momento y deslizándose lentamente por sus temblorosos muslos, llevándolo a cerrar los ojos y quedarse allí inmóvil, disfrutando de la sensación, con la mente en blanco, incapaz aún de regresar al mundo real y a su yo de antes de aquello. De poder hacerlo se quedaría allí para siempre, expuesto para que su amo pudiera desahogarse tanto como quisiera con su cuerpo. Pero tarde o temprano tendría que moverse, por muy bien que se sintiera ahora eso sabía que no sería así eternamente. Y que desde luego Razumihin no lo querría allí para siempre.

Supo hasta qué punto tenía razón en el mismo instante que reunió fuerzas para ponerse en pie y se enfrentó a la mirada de Dmitri. Había todavía tanta rabia en sus pupilas, tanto odio acumulado, tanto desdén e incluso repulsa, un asco profundo y atávico que llevó a Raskolnikov a apartar los ojos y agachar la cabeza, demasiado intimidado por todo el desprecio que Razumihin parecía sentir hacia él. Que decir tiene, se sintió un tanto herido por ello. ¿A qué venía eso? ¿Acaso no lo había hecho bien? ¿No le había dado a Dmitri todo lo que quería? ¿Por qué su amo parecía odiarlo tanto? Rodya estaba alterado y confuso, demasiado afectado aún para pensar con claridad, para analizar los hechos con su perspectiva habitual. Tal vez era lo mismo que le ocurría a Dmitri, tal vez el noble todavía estaba perdido en aquella persona que era cuando se dejaba llevar por su instinto. A Raskolnikov le habría gustado hablar, preguntarle, quizás aclararlo todo, aunque fuera un poco, pero recordó que Dmitri le había prohibido decir nada sin su permiso y en ese momento todavía se sentía incapaz de desobedecer. Así que se limitó a terminar de recolocarse la ropa mientras mantenía la vista en el suelo y trataba de no perder el equilibrio o echarse de nuevo a llorar. Se encontraba tan agitado, tan lleno de emociones, dominado por sentimientos demasiado intensos, tan poderosos que temía lo hicieran colapsar en cualquier momento. Le dolía todo el cuerpo y se sentía incapaz de moverse, por lo que se quedó allí, apoyado sobre el escritorio esperando Dios sabe qué, una palabra de su amo, una orden, una señal, tal vez una sonrisa o un poco de amabilidad.

Tuvo que transcurrir más de un minuto para que Razumihin se decidiera a hablarle. Y desde luego, no había nada de amable en su tono.

-¿Qué te crees que estás haciendo?

Había tratado de sonar tan firme y severo como antes, pero Raskolnikov pudo apreciar una leve vacilación en su voz. El siervo alzó la vista, titubeando brevemente, sin saber que responder. Por fin se encogió de hombros, incapaz de articular palabra. Ni él mismo lo entendía, aquella demoledora confusión era todo lo que tenía ahora.

-Márchate, ¿quieres? Ya hemos acabado aquí, es... suficiente. Sólo vete.

Un instante más de inmovilidad y silencio y Razumihin dejó escapar un bufido, exasperado por su falta de reacción, decidiéndose por fin a agarrarlo por los hombros y llevarlo casi arrastras hacia la puerta. Raskolnikov pareció despertar finalmente ante el contacto, iniciando una nueva ristra de balbuceos sin sentido.

-Razumihin, señor, yo... yo no...¿Puedo...puedo-

-En lo que a mi respecta puedes hacer lo que te venga en gana, pero haz el favor de desaparecer de mi vista-cortó su amo con brusquedad, no dejándolo articular la frase.-Lárgate, ¿de acuerdo? No te quiero aquí.

Antes de que Rodya tuviera tiempo de responder le pegó un empujón, obligándolo a salir al pasillo y dirigiéndole una última mirada en la que todavía brillaba el mismo desprecio horrorizado que taladraba dolorosamente a Raskolnikov. Sin embargo, antes de que Razumihin cerrara la puerta del despacho con un golpe seco, el siervo se dio cuenta de que algo muy similar a la culpa comenzaba a aflorar en sus ojos, engullendo todos los oscuros sentimientos que hasta entonces lo habían dominado. Pero no tuvo tiempo de hacer averiguaciones o incidir sobre ello, ya que Razumihin le había dejado muy claro que por lo pronto no quería saber nada de él. Así que, tras un instante más de vacilación reflexiva, Raskolnikov soltó un hondo suspiro y dio media vuelta, alejándose de allí con un paso un tanto dificultoso e inestable.

Tras aquello había pasado el resto del día tratando de estar a solas. Sabía que tenía trabajo y que no podía desaparecer por completo, pero lo primero que había hecho era escaparse a su rincón favorito, una pequeña arboleda en una zona alejada de las tierras de Razumihin, cerca de un lago a donde casi nunca iba nadie, con la intención de poner un poco de orden a su caos interior, de dejar salir aquella tortuosa emoción que lo ahogaba y recuperar un poco de sí mismo antes de intentar interaccionar con nadie. Necesitaba algo de esa paz que sólo la soledad podía ofrecerle si no quería quebrarse por completo. Así que había ido allí, se había ovillado sobre sí mismo y había roto a llorar de forma descontrolada, liberando todas aquellas tensiones hasta que se encontró hipando con las mejillas encharcadas y una sensación de cálida calma asentada en su pecho. Sólo entonces se sintió mejor, puede que hasta tranquilo, lejos del nerviosismo agónico que lo había dominado. Al principio, cuando Razumihin había terminado, se había visto incapaz de entender cómo se sentía. Demasiadas emociones, demasiado conflicto interno, demasiada intensidad en el sentimiento que le invadía para poder esbozar siquiera un intento de pensamiento preciso. Estaba pletórito y aterrado a un tiempo, deseoso de entregarse por entero, de reducir su voluntad e independencia a la nada, asustado a la vez por lo que aquello implicaba, agradecido por los golpes, por el dolor y el placer de aquella toma agresiva, temeroso del castigo, ansioso por obedecer cada orden y sucumbir a cada insulto, impaciente por rebelarse y ser sometido de nuevo, por ser tomado y usado, despreciado y halagado, triste y excitado por el odio en los ojos de Dmitri, ávido de su afecto, anhelante de su rabia.

Todo aquello le había golpeado tan de repente que no había podido más que echarse a llorar hasta que sus latidos se calmaron y su mente recuperó algo de su calma previa. Ahora que el momento empezaba a alejarse Rodya sentía como poco a poco volvía a ser él mismo, muy distante de aquella criatura obediente y servil en la que Dmitri parecía ser capaz de convertirlo. Sí, es cierto, aquel deseo de sumisión, aquel anhelo de ser poseído y usado por su amo, nunca desaparecía por completo, pero lejos quedaba la idea de renunciar a toda voluntad y ser un mero instrumento en manos del noble dedicado en exclusiva a la satisfacción de sus deseos. Una cosa era lo que acababan de hacer y otra muy distinta renunciar a su individualidad y control para siempre. A veces le asustaba pensar las cosas que se le pasaban por la cabeza cuando se dejaba llevar. Y con respecto a lo ocurrido… Bien, sus sentimientos seguían siendo confusos. Raskolnikov se apoyó contra el tronco de un árbol y echó la cabeza hacia atrás, dejando escapar un suspiro. Desde luego, había sido intenso. Inesperado. ¿Quién iba a decirle que algo así ocurriría? Y sin embargo sabía que debería haberlo imaginado. Teniendo en cuenta toda la contención de Dmitri, la frustración que le hacía atravesar con cada castigo, era sólo cuestión de tiempo que sucediera algo como aquello. Y lo cierto es que Rodya no se arrepentía en absoluto de no haberse negado. Lo que Razumihin había hecho había sido mejor que cualquiera de sus ensoñaciones. La dureza, la furia, la incomodidad, la despreocupación y la fuerza, la brusquedad y la actitud dominante en cada acto, habían sido mucho más de lo que jamás habría podido pedir.

Y no obstante una cierta inquietud aún le dominaba. ¿Qué se le había pasado a Dmitri por la cabeza? ¿Hasta qué punto estaba realmente al tanto de sus deseos? ¿De veras habría parado si se lo hubiera pedido? ¿Si hubiera ido demasiado lejos, si le hubiera hecho demasiado daño, habría respondido a sus ruegos? No había forma de saberlo y a Rodya le asustaba la respuesta. Tal vez lo mejor sería no hacer preguntas, olvidar aquello y no dejar que volviera a repetirse, matar su espíritu y enterrar su rebeldía, aceptar de una vez por todas lo que era y resignarse a su posición servil como todos querían que hiciera, desterrando la opción del castigo y todos los matices que implicaba de una vez y para siempre. Pero Raskolnikov se sentía incapaz de hacer eso. Ni podía ni quería cambiar quien era. Y desde luego, tampoco albergaba ningún deseo de terminar con los castigos. Por dolorosa que resultara la idea aquello era lo más cerca que jamás estaría de Dmitri y los anhelos que guardaba hacia él y Rodya había admitido hacía mucho ser una criatura rastrera dominada por sus enfermizos instintos carnales. Ya no se sentía con fuerzas para seguir luchando contra aquello. Le entristecía el odio que había visto en los ojos de Razumihin, sí, todo aquel asco, la rabia, el tal vez inmerecido desprecio, pero aprendería a convivir con ello. Si eso era todo lo que el noble era capaz de ofrecerle, sea entonces. No es como si Raskolnikov hubiera esperado nunca su amor y cariño, tampoco tenía tan altas aspiraciones. Y dada la posición social de ambos contar con su amistad casi era pedir también un sueño imposible. De nuevo la cosa estaba clara. Se conformaría con lo que pudiera tener.

Y, pensando en aquello, no pudo evitar removerse un poco, dominado por otro tipo de inquietud. ¿Hasta qué punto las cosas que Razumihin le había dicho esa mañana iban en serio? ¿De verdad pensaba controlarlo de aquel modo? ¿Estaba dispuesto a cumplir sus amenazas si descubría que Rodya había desobedecido en algún punto? Porque sus reflexiones le habían llevado a rememorar la escena y ello a reavivar ciertos deseos con fuerza voraz, el recuerdo de la cruel prohibición y su ansiedad insatisfecha palpitando en el fondo de su mente mientras el siervo se mordía el labio inferior y jugueteaba nerviosamente con los botones de su pantalón, dividido entre la necesidad de cumplir lo ordenado y su determinación de desobedecer y dejarse llevar. Seguro que aquello no iba del todo en serio, ¿no? Era algo aplicable al momento del castigo, pero ahora… ahora volvía a ser libre. O al menos, todo lo libre que podía ser dadas las circunstancias. Razumihin no era el dueño de su cuerpo. No en ese sentido. ¿Por qué se molestaba siquiera en dudarlo? Podía hacer lo que quisiera. O tal vez… Acalló aquella voz dudosa con un bufido, molesto por su propia vacilación, desabrochando al fin sus pantalones y tomando su erección entre sus manos, dispuesto a masturbarse sin dedicarle un solo pensamiento más al asunto. Además, Dmitri al final le había dicho que podía hacer lo que le viniera en gana. Si lo descubría, cosa harto dudosa, y le molestaba, aún más improbable, siempre podía escudarse en aquello. Pero esas preocupaciones eran innecesarias, decidió mientras apretaba los dientes para contener un gemido, a Razumihin no le importaría, el noble no tenía ese poder sobre él.

No obstante, no pudo evitar conjeturar al momento lo que podía ocurrir si Dmitri lo supiera. Lo imaginó apareciendo allí, tal vez en uno de sus paseos, y encontrándolo acariciándose a sí mismo, con los ojos cerrados y la respiración agitada, tal y como estaba haciendo en ese momento. La reacción no se haría de esperar. Razumihin lo agarraría del pelo, vociferando sobre lo rastrero, patético y repulsivo que era y se lo llevaría arrastras de vuelta a la casa. Rodya no pararía de retorcerse y gritar de dolor, pero su amo ignoraría su agonía y lo insultaría al tiempo que lo mandaba callar, llamándolo puta, zorra y sodomita mientras le tiraba tan fuerte del pelo que Raskolnikov creería que iba a arrancárselo. Lo llevaría así hasta el despacho y lo tumbaría a la fuerza sobre la mesa, bajándole los pantalones sin ningún cuidado, mientras la puerta estaba abierta y todos podían ver lo que ocurría. Y lo verían, por supuesto, ya que sus gritos habrían atraído a numerosos curiosos, que se reirían y harían burla de su sufrimiento y humillación. Razumihin lo golpearía con todo lo que quisiera, una fusta, la acostumbrada vara de madera, un cinturón, tal vez. Lo que fuera, puede que todo ello, hasta que Rodya estuviera sangrando y pidiendo clemencia con desesperación. Y entonces, sólo entonces, cuando el líquido escarlata corriera libremente entre sus muslos y él se sintiera incapaz de aguantar un solo golpe más sin desmayarse, Razumihin dejaría sus herramientas a un lado y lo tomaría a la fuerza, penetrándolo sin ningún tipo de preparación o piedad, no dignándose siquiera a usar un poco de saliva para facilitar el acceso, simplemente entrando en él con un único y certero golpe que lo desgarraría por dentro, que le arrancaría el más real y profundo de sus gritos, mientras las lágrimas le ahogaban y las súplicas morían en su garganta. Dmitri no tendría compasión hacia él. Comenzaría a moverse al instante, a un ritmo rápido, demencial, haciéndole perder todo tipo de control sobre sí mismo. Incapaz de adaptarse a las embestidas o de contener su pánico comenzaría a removerse y forcejear tratando de alejarse de su amo, del daño que le hacía, de aquel dolor insoportable que sentía acabaría con él. Y entonces Razumihin le agarraría de nuevo del pelo y le golpearía la cabeza contra la mesa con fuerza. Una vez, y otra y otra más, hasta que Rodya se sintiera mareado y débil, incapaz de moverse y seguir luchando, a caballo entre la inconsciencia y la cruel realidad cuya agonía lo mantenía despierto, toda su integridad y bienestar ignorados y sometidos a la voluntad cruel de Dmitri.

Raskolnikov aceleró el ritmo de sus caricias, tratando de contener los gemidos que se escapaban de su garganta en la mayor medida posible, sucumbiendo a la deliciosa tortura que las imágenes esbozadas en su mente suponían. Sabía que estaba muy cerca, perdido por completo en las oleadas de placer que su mano enviaba a través de su pene, todavía pudiendo disfrutar del dolor en su carne y la quemazón interna que Razumihin le había causado. Lo reciente del acto implicaba que todas aquellas sensaciones físicas aún palpitaban a flor de piel, permitiéndole centrarse en ellas y usarlas para completar su vívida fantasía.

Sí, todo aquello estaba muy bien, pensó mientras usaba el pulgar para acariciar el extremo de su miembro, jugueteando con la piel y jadeando sonoramente, pero Razumihin, Razumihin le haría más cosas, sí. Cuando se hubiera rendido por completo, inmóvil sobre la mesa, su cuerpo inerte ante las brutales embestidas, la sangre convertida en lubricante y Rodya estuviera casi inconsciente, incapaz de articular ya nada que no fuera un llanto bajo y constante, entonces Razumihin saldría de él y, antes de que hubiera tenido tiempo siquiera de creer que aquello había acabado, lo tomaría del pelo una vez más y lo tiraría al suelo, pateándolo hasta hacerlo suplicar de nuevo entre toses desesperadas. Sería en ese momento cuando Dmitri se decidiría por fin a tomar su garganta, penetrándola con la misma falta de cuidado de antes, llegando hasta el fondo con cada embestida, causándole arcadas y aspavientos que apenas podría contener, mientras el noble ignoraba su incapacidad para respirar y le abofeteaba con rabia cada vez que intentaba separarse de él.

Rodya por fin se dejó ir, gruñendo entre dientes mientras la imagen de Dmitri acabando en su cara, su cálido semen corriendo libremente sobre sus ojos, por sus mejillas, entre sus labios y hasta su garganta, lo acompañaba en su orgasmo. Fue bajando el ritmo lentamente, mientras sus propios fluidos le manchaban las manos. Después de eso Razumihin de seguro que lo empujaría de nuevo contra el suelo y entonces... Bien, ¿qué importaba lo que pasara entonces? Ya tenía lo que quería, mejor sería no pensar más en ello. Aunque ya hacía algún tiempo que había dejado de sentirse culpable por aquella clase de ensueños no podía evitar que una cierta incomodidad interior se asentara siempre en él justo después de aquello. Al fin y al cabo, ¿qué clase de hombre tenía ese tipo de deseos? ¿Qué podía decir de él una fantasía tan retorcida? Nada agradable, desde luego. Nada en lo que quisiera volver a pensar.

Sacó un pañuelo de su bolsillo, limpiándose lo mejor que pudo y volviendo a recolocarse la ropa, dejando escapar un suspiro resignado. Le gustase o no, eso es lo que era, lo que había dentro de él. Había tratado de enterrarlo durante mucho tiempo, tal vez demasiado, hasta que en algún punto el placer carnal había acabado por superar a su vergüenza e integridad moral. Pero, ¿acaso aquello importaba? ¿Quién ponía las reglas? ¿Un grupo de santones reprimidos y su moral de esclavos? ¿No estaba él por encima de todo aquello? ¿No había renunciado hacía mucho a todas esas creencias absurdas y supersticiones de vieja? ¿No ansiaba acaso la libertad, la independencia, la ruptura de aquellas cadenas que lo ataban y lo forzaban a servir, que le impedían ser quien era? ¿Sobrepasar todos los límites? ¿O acaso hablaba demasiado, se perdía en confabulaciones y a la hora de la verdad era sólo otro cobarde más, asustado de sus impulsos? Reía en otros los prejuicios que abrazaba él mismo. Sabía que pecaba de hipócrita con demasiada frecuencia. O de incapaz de aplicar sus propios principios, al menos. Tal vez no fuera el primer gran hombre con aquel problema, pero tenía la impresión de que si quería llegar a algún sitio algo habría de hacer por remediarlo. ¿Y qué más daba que sus ensueños fueran inconfesables, qué mal causaba aquello al mundo? ¿Acaso no se sentía mucho mejor ahora que se había liberado, que se había dejado ir? ¿No estaba más tranquilo, más relajado, no funcionaba su mente con mayor claridad, no había más precisión en sus pensamientos, más fortaleza en sus principios? ¿Quién sufría el daño, al fin y al cabo?

Dudó un momento. Razumihin, tal vez. Una cosa era dejarse arrastrar y mancillarse a sí mismo y otra muy distinta implicar a Dmitri también. Es cierto que había sido accidental, pero ahora el noble se veía asolado por la misma incertidumbre que Raskolnikov y no parecía estar llevando aquel caos demasiado bien. Puede que lo odiara porque lo culpaba del anhelo que había nacido en él y de seguro no habría de faltarle razón. Pero también era muy posible que parte de aquel asco y repulsa que parecía sentir Dmitri no se dirigiera tan solo a su siervo, sino hacia él mismo, ahogado y avergonzado por sus impulsos. Y Rodya estaba seguro de haber leído culpa en su expresión antes de que se deshiciera de su presencia. Sí, por supuesto, de seguro que se sentía culpable, ¿cómo no iba a estarlo? Conociendo a Razumihin tanto como lo conocía Raskolnikov sabía lo mucho que había de molestarle la idea de ejercer un castigo. Con lo cuidadoso que había sido siempre, con lo tolerante y amable que era con todos sus siervos... Y ahora no sólo ejercía castigos de forma casi constante, sino que los deseaba y los disfrutaba con excitación retorcida, hasta el punto de desembocar en lo ocurrido aquel día. Sí, Dmitri tenía sobrados motivos para sentirse como poco inquieto. Raskolnikov comprendía a la perfección el doloroso malestar que asolaba al noble y no podía evitar sentir que él había contribuido muy voluntariosamente a aquello.

De acuerdo entonces. Si quería perdonarse a sí mismo, si pretendía aceptar por entero lo que era y abrazarse a ello, debía al menos corregir aquella falta, asegurarse de que sus peculiaridades no causaran mal a nadie. Esa era la condición que se autoimpuso. Razumihin no debía sufrir más por causa suya. Pero, ¿cómo lograr aquello? La opción más sensata parecía ser hablar, sí. Hablar largo y tendido, en condiciones de igualdad, de desahogo sincero. Dejar de comportarse como hasta ahora, ignorando el problema y evitándose el uno al otro hasta un nuevo estallido de ansiada violencia que alimentara el malestar y la confusión. No, eso debía acabar. Raskolnikov se puso en pie, estirándose con actitud perezosa mientras alzaba la vista hacia el cielo apenas nublado. Encontraría el momento. Cuando Razumihin se hubiera calmado un poco, cuando la tensión furiosa que lo había dominado hoy hubiera pasado, Rodya hablaría con él y lo pondría al día de todo lo que se pasaba por su mente.

Por supuesto, la idea le causaba cierta inquietud, temeroso de cómo pudiera reaccionar el noble al saber de sus anhelos hacia él, pero Raskolnikov lo veía como la única forma de acabar con aquel caos que se había adueñado de sus vidas, de apagar la culpa de Dmitri y liberarlos a ambos de la desoladora incertidumbre. Y para que negarlo, tal vez Rodya también estuviera deseando deshacerse de la carga que aquel secreto suponía y que pacientemente había arrastrado durante tanto tiempo.

Se encaminó de vuelta hacia la casa, rumiando aquel pensamiento, dándole vueltas a esa nueva determinación, seleccionando cuidadosamente las cosas que deseaba compartir y las que no. Tampoco había necesidad de que el noble lo supiera todo, claro, con tener parte de lo referente a él y sus más recientes deseos habría de ser bastante. O al menos así le parecía ahora.

Bien, ya vería, aún tenía tiempo para pensar en ello. Por lo pronto debía concentrarse en volver al trabajo y comportarse con naturalidad para que nadie notara nada raro. No se sentía en condiciones de entablar conversación ni de responder preguntas de curiosos. De hecho, si por el fuera, se iría en ese instante a su camastro y pasaría el resto del día sumido en profundas cavilaciones. Pero la tarde aún era larga y esos suelos no iban a limpiarse solos, por lo que, para su gran pesar, sus pasos lo llevaron directo a sus tareas y aquella anodina inquietud que siempre lo gobernaba, en su interior sólo rogando porque todo pasara rápido y aquel conflicto hallara una satisfactoria solución.

Y quizás, si tenía suerte, eso implicara algún acuerdo para repetir aquel último encuentro de cuando en cuando con su amo. Quién sabía, sólo el tiempo podía decirlo. Porque, a pesar de sus pretensiones y el arrogante escepticismo que siempre se había esforzado por aparentar, Rodya no era más que un iluso idealista que jamás había renunciado a ninguna de sus esperanzas.

Pero, desde luego, eso era algo que jamás admitiría en voz alta.