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Máscaras y Cadenas

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Raskolnikov lo había humillado por última vez. Había tolerado muchas de sus faltas, había tratado de ser amable, prudente. Pero ese muchacho del demonio se negaba a entrar en razón. Y esta vez había ido demasiado lejos. Podía admitir sus desplantes y desaires hasta cierto punto siempre que se dieran en privado ¿pero aquella clase de comportamiento en público? Desde luego que no, de ahí no podía pasar. Y mucho menos ese día.

La cena había acabado hacía ya un rato. Razumihin había despedido a sus invitados uno a uno, entre sonrisas y apretones de manos, prometiéndose que pronto volverían a verse, que tratarían todos esos asuntos que parecían interesar tanto al joven noble, que había sido una bonita velada y que Razumihin era un excelente anfitrión. En apariencia, todo discurrió con gran cordialidad. En apariencia. Porque de eso se trataba, al fin y al cabo. Dmitri conocía muy bien aquel juego, las agradables máscaras y las puñaladas por la espalda. Tal vez fuera joven, pero entendía perfectamente cómo funcionaba ese mundo. Era su mundo, después de todo, y estaba más que habituado a él. Por eso el comportamiento de Raskolnikov aquella noche había logrado enfurecerlo hasta casi perder los estribos. Aunque, en apariencia, se hubiera resulto como un incidente de menor importancia, Razumihin estaba casi seguro de que aquel maldito siervo lo había arruinado todo.

Había hecho llamar a Raskolnikov tan pronto como despidió al último de los comensales, exigiendo que se presentara de inmediato en su despacho. Él mismo entró en la sala justo después de dar la orden, temblando de pura furia. Todo estaba saliendo bien, perfectamente bien, hasta que el dichoso Rodion Romanovich se había decidido a echar al traste sus planes. La cosa era sencilla. Su padre había muerto recientemente, dejándolo a él como único heredero de todo cuanto poseía, incluidos sus títulos nobiliarios, y ahora Razumihin debía presentarse en sociedad como su digno sucesor. Bien, no es que en verdad existiera necesidad de ello, pero siempre resultaba conveniente tener en cuenta esos pequeños detalles que a largo plazo terminaban por ser cruciales. Especialmente porque planeaba cerrar algunos tratos que su padre había dejado a medias y que se planteaban con un verdadero buen negocio. Pero para eso necesitaba ganarse el favor y la confianza de los otros aristócratas, que sin duda serían muy cuidados antes de acceder a tratar nada con él. Una cosa era negociar con Prokofiy y otra muy distinta hacerlo con su hijo, por ello debía ser cauteloso y mostrar una imagen adecuada. Así que, con toda su buena fe, Dmitri había organizado una gran cena en su casa, dispuesto a usarla para establecer los tan necesarios vínculos, invitando a todos aquellos que habían tenido contacto previo con la familia Razumihin de un modo u otro además de algunas otras figuras de remarcable importancia con las que no vendría mal tener relación.

Y las cosas estaban yendo muy bien al principio. La conversación era amena, la cena exquisita, incluso hubo algunos halagos sobre lo bien que Dmitri parecía haber tomado las riendas. Razumihin sonreía y asentía, henchido por la emoción ante los buenos resultados. Visto como se estaba desarrollando el evento, ¿qué podía salir mal? Oh, pero por supuesto, debió preverlo. Había hecho trabajar a Raskolnikov esa noche. En parte tal vez fuera culpa suya. Conocía muy bien el carácter del joven, era consciente de lo que podía pasar, pero había estado tan nervioso y ocupado organizando aquello que ni se le había ocurrido pensarlo. Era cierto que antes de la cena había reunido a sus siervos y les había advertido con severidad sobre la importancia de aquello y lo necesario que era que todos colaboraran para conseguir una velada perfecta y en su entusiasmada emoción había creído que eso sería suficiente. Que ingenuo había sido. Tal vez lo fuera para el resto, pero no para Rodion. Debería haberlo sabido.

Y sin embargo, durante la primera mitad de la cena, el siervo había guardado un sorprendente silencio. Razumihin había notado su inquietud en más de una ocasión, como fruncía el ceño o apretaba los labios hacia ciertos comentarios, sus muecas disgustadas cada vez que recibía una orden. Pero así y todo no había replicado ni una sola vez y había obedecido con una inusual diligencia, lo suficiente para hacer creer a Dmitri que esta vez Raskolnikov había entendido que el asunto era serio y que debía mostrar el comportamiento decente que se le exigía. Y entonces había ocurrido. Un comentario jocoso sobre la forma de andar de uno de sus siervos y Rodion había estallado. Al parecer a su invitado aquella notoria cojera le había resultado muy divertida. A Raskolnikov no tanto. La retahíla de insultos y protestas que el joven se había esforzado por contener fluyó de golpe con soltura, con toda la arrogancia y desprecio de los que fue capaz, incluyendo en su monólogo una truculenta e innecesariamente detallada explicación sobre cómo se había producido el accidente que había lesionado a su compañero, añadiendo con amargura cuán vil y despreciable había que ser para hacer burla de ello.

Por supuesto, las órdenes de silencio que Dmitri le dio fueron deliberadamente desobedecidas. Y no sólo eso, antes de que pudiera evitarlo Rodion estaba haciendo burla de él y del resto de sus invitados, avergonzándolo hasta extremos que Razumihin no habría creído posibles. El incidente terminó cuando el angustiado noble se levantó con brusquedad y echó a Raskolnikov de allí a la fuerza, gruñéndole que su trabajo había terminado por esa noche y que ya lo vería luego. Su tono de amenaza no pareció inquietar a su siervo en lo más mínimo, ya que simplemente se limitó a encogerse de hombros y marcharse.

Tras aquello Razumihin se había desecho en disculpas hacia sus comensales, alegando que Rodion siempre había sido un siervo difícil y que sería duramente castigado por su insolencia. Se planteó comentar que pensaba venderlo para deshacerse de él, pero enseguida descartó la idea. De planear algo así se mostraría como el tipo de persona que huye de sus problemas en lugar de solucionarlos y eso, desde luego, no era bueno para los negocios. Así que se había limitado a las disculpas y a las promesas de disciplina. Para su sorpresa, el resto de nobles le restó importancia al asunto, asintiendo a sus explicaciones y comentando, puede que con cierto tono condescendiente (o al menos así le pareció a Razumihin), que todo el mundo tenía sus manzanas podridas y que no era necesario darle más vueltas. Confiaban en que Dmitri pudiera encargarse bien de aquello. Y aunque en seguida la conversación se había reanimado con el mismo tono afable de antes Razumihin no podía dejar de notar cierta tensión y frialdad subyacentes que lo pusieron notoriamente incómodo, aunque se esforzó por no dejarlo translucir. Sabía lo que todos pensaban. ¿Por qué querer como socio a alguien que ni siquiera podía mantener a sus propios siervos bajo control? Todas sus promesas no eran más que palabras vacías. Los hechos estaban allí, perfilados con total claridad. Después de aquello ninguno de ellos querría hacer negocios en buenos términos con Razumihin. Rodion lo había echado todo a perder.

Un estremecimiento de rabia le recorrió mientras abría el pequeño armario donde su padre guardaba los enseres usados para los castigos físicos. Esto se había acabado. El propio Raskolnikov se lo había buscado, no había vuelta de hoja. Pero la en apariencia firme decisión de Razumihin flaqueó tan pronto como sus ojos se posaron sobre los utensilios frente a él. Nadie había abierto aquel armario desde la muerte de su padre y le habría gustado que eso continuara así para siempre. El simple chirrido de las bisagras había sido suficiente para tensarlo, trayéndole demasiadas memorias que preferiría poder enterrar. Tragó saliva, paseando los dedos por las distintas herramientas, pulcramente ordenadas. Bien, esas ideas y temores no debían importunarle ahora. El caso estaba claro y Razumihin conocía de sobra el proceder más sensato. Desde luego, no es como si aquello fuera a írsele de las manos, se trataba simplemente de aplicar la disciplina adecuada en la medida correcta, ni más ni menos.

Tras un instante más de reflexión terminó por suspirar, tomando una vara del armario y girándola entre sus manos con actitud pensativa. Tal vez pudiera darle una última oportunidad a Rodion. Si accedía a disculparse y prometía un buen comportamiento futuro... quizás entonces aquello no fuera realmente necesario y pudiera postergarlo de forma indefinida. Incluso para siempre si Raskolnikov cumplía su palabra.

Razumihin hizo una mueca, dejando la vara sobre la mesa y cruzándose de brazos en espera de su siervo. Como si Rodion fuera a aceptar aquello. ¿Disculparse? Ese muchacho engreído preferiría dejarse arrancar la piel a tiras antes que eso. Aún así, Dmitri decidió que no perdía nada por intentarlo.

Raskolnikov no tardó mucho en llegar. Entró con la cabeza alta y un brillo desafiante en su mirada, haciendo gala de un porte orgulloso que en nada encajaba con su verdadera posición. Su actitud altiva reavivó al instante la furia de Razumihin, haciendo que olvidara de golpe la aprensión que le había invadido al abrir aquel armario. Por un momento sintió el impulso de empujarlo contra el escritorio y comenzar el castigo sin mediar palabra, desechando por completo su recién elaborado plan. Por primera vez aquella idea no le resultó desagradable en absoluto. Sin embargo, hizo un esfuerzo para contenerse, no dejándose llevar por una impulsividad de la que después se arrepintiera. Haría las cosas con orden y moderación, eso sería lo mejor para ambos.

Rodion se había plantado ante él, con las manos en los bolsillos y aspecto tranquilo, sosteniéndole la mirada con un deje de diversión irónica. No parecía inquieto en absoluto. Razumihin se decidió a pasar por alto aquella obvia falta de respeto, limitándose a fruncir levemente el ceño antes de dirigirse con severidad a su siervo.

-Bien, Rodion, no creo que sea necesario explicarte por qué estás aquí. Tu comportamiento esta noche ha sido...

-¿Intolerable?-interrumpió Raskolnikov con una mueca.-Sí, Razumihin, ya me conozco ese discurso, me lo sé de memoria. Estoy cansado de esto. ¿Piensas llegar a alguna parte con ello?

Dmitri guardó un breve silencio, replanteándose una vez más todas sus decisiones, pero finalmente continuó hablando, ignorando el comentario de Rodion.

-Sabías de sobra lo importante que era esto para mí. Os pedí explícitamente...

-Sí, sí, lo sé, todo eso lo sé. Soy consciente de lo agraviado que te sientes ahora mismo, puedes saltarte esa parte.

No había ni una muestra de deferencia en su forma de hablar, ni un poco de educación y respeto en su tono y sus palabras, ni siquiera un mínimo esfuerzo por usar las fórmulas formales. Sólo ahora Dmitri veía con claridad el error que había cometido con él. Rodion no era como sus otros siervos, la amabilidad y el trato suave no funcionarían. Si continuaba tolerando aquellas faltas e insubordinaciones Raskolnikov se saldría por completo de su control. Había que ponerle freno a aquello cuanto antes. Decidió ir directo al grano. Ya que Rodion tenía tanta prisa sería lo mejor dejar que tirara su mejor opción por la borda cuanto antes.

-Muy bien, veo que tienes las cosas muy claras. Mira, Rodion, te voy a dar una oportunidad, sólo una, para arreglarlo. Te disculparás de forma sincera, no sólo conmigo, si no con todos los demás tan pronto como volvamos a verlos, y me darás tu palabra de cambiar tu actitud y comenzar a comportarte como es debido desde este mismo instante. Eso es todo lo que te pido.

A fin de cuentas, no era demasiado. De hecho, era muy, muy poco, un nivel básico de decencia. Sin embargo, Raskolnikov pareció encontrar la petición muy divertida.

-¿Disculparme? ¿Yo? ¿Por qué? ¿Por qué iba a disculparme? Por decir la verdad, supongo. La sinceridad siempre os ha molestado mucho a todos vosotros. Por eso celebráis grandes cenas y os regaláis esas sonrisas de cera cargadas de fingida adulación. No, no voy a disculparme. ¿Se disculpará alguno de ellos por sus comentarios sobre Lev? Por supuesto que no. La verdad es castigable, la crueldad no. No me arrepiento de nada de lo que dije, ni tampoco de haber arruinado lo que sea que te trajeras entre manos. Eso es todo lo que tengo que decir. Y desde luego, olvídate de tener mi palabra sobre nada.

Rodion acabó con una punta de orgullo en su voz, todavía sin apartar los ojos de él o achantarse en lo más mínimo. Más bien al contrario, parecía crecerse a cada instante, teniendo que esforzarse para contener una sonrisa triunfal. Por supuesto, nada de aquello era nuevo. Ese había sido siempre su problema. Raskolnikov era incapaz de entender y aceptar cómo funcionaba el mundo y cuál era su posición en él y se esforzaba constantemente por demostrarlo. Y Razumihin habría podido empatizar con su siervo hasta cierto punto, al menos comprender sus inquietudes y compartir su disgusto hacia determinadas actitudes. Pero esta vez no. No después de aquello. Porque por mucha razón que pudiera llegar a tener Rodion en algunos puntos eso no justificaba el deliberado sabotaje que acababa de confesar. Porque Raskolnikov era consciente de cómo había arruinado algo muy importante para él y no se arrepentía en absoluto de ello. Esa idea le molestó más de lo que habría cabido imaginar. Al fin y al cabo, ¿qué mal le había hecho para que Rodion estuviera tan dispuesto a hundirlo? Nunca había sido cruel con él, jamás le había puesto la mano encima, ni siquiera le había alzado la voz. Todo había sido comprensión y palabras amables y aún así el siervo lo miraba como si hubiera cometido algún crimen imperdonable, empeñándose en humillarlo una y otra vez en sociedad.

Pero eso se acababa ahora. Le dio una última oportunidad, rezando internamente para que Raskolnikov la desperdiciara de nuevo.

-¿Esa es tu última palabra?

-Sí.

-En ese caso voy a tener que castigarte.

En cualquier otra circunstancia habría lamentado tener que decir aquello, pero no ahora. No. Esta vez de veras sentía la necesidad de ponerle las manos encima a ese siervo orgulloso y desvergonzado, de ponerlo en su sitio y asegurarse de que jamás volviera a pensar siquiera en hacer algo así, en trastocar sus negocios.

Sin embargo, aquello no obtuvo la reacción de miedo esperada. En su lugar, Raskolnikov le dedicó una sonrisa altiva, con un brillo de diversión en sus pupilas. No parecía intimidado en absoluto.

-¿Ah, sí? ¿Y qué vas a hacer?

Sólo había una posible respuesta para aquel tono arrogante.

-Bájate los pantalones y apóyate sobre la mesa.

Sus palabras, tan frías como firmes, tuvieron el efecto deseado en su siervo, cuya sonrisa desapareció al instante, sustituida por una expresión perpleja.

-¿Qué?

-Ya me has oído, Rodion, no me gusta tener que repetirme.

Dio unos golpecitos sobre el escritorio mientras alzaba levemente las cejas, tratando de recalcar sus palabras. Raskolnikov se le quedó mirando durante largo rato, inmóvil, con el ceño levemente fruncido en un gesto de incredulidad, como si tratara de discernir si hablaba en serio o se estaba burlando de él. Razumihin esperó pacientemente hasta que sacara conclusiones. Cuando por fin pareció comprenderlo su rostro se contrajo en un mohín disgustado al tiempo que sus mejillas adquirían una obvia coloración rojiza, mas no obstante su talante orgulloso no se alteró en lo más mínimo, recuperando en seguida la compostura y lanzándole una mirada de suficiencia.

-Muy bien, sea entonces.

Sin dudar mucho más se desabrochó los pantalones, se los bajó hasta las rodillas y apoyó ambas palmas de las manos en el escritorio, inclinándose ligeramente hacia delante y agachando la cabeza, tratando de ocultar en lo posible la obvia vergüenza que sentía mientras esperaba a que Razumihin procediera.

El noble tomó la vara de la mesa, esforzándose para contener un suspiro y situándose detrás de él. A pesar de sus impulsos y de todo el enfado que sentía en ese momento no le hacia ninguna gracia tener que recurrir a aquello. Le repugnaba tener que ejercer ese tipo de castigos, había tratado tanto de evitarlo... Y ahora Rodion no le dejaba otra salida. Bien, no merecía la pena pensar más en ello. Cuanto antes terminara mejor para ambos.

La vara silbó en el aire antes de caer sobre la piel con un chasquido, arrancándole un grito mezcla de dolor y sorpresa a Raskolnikov. Seguramente, a pesar de esperar el golpe, el joven siervo todavía no se había hecho a la idea de que fuera a castigarlo de verdad. Con toda probabilidad había llegado a creer que no serían más que un par de golpecitos suaves en señal de advertencia, ya que era incapaz de imaginar a Razumihin haciendo aquello en serio. No obstante, su amo había puesto bastante fuerza en el golpe, como aquel cosquilleo dolorido en su piel parecía evidenciar.

Razumihin se mordió el labio inferior, tratando de ignorar la maraña de emociones contradictorias que se acumulaban en su vientre y que aquel primer golpe parecía haber encendido con mayor fuerza. La sorpresa había hecho a Rodion saltar en el sitio y apartarse instintivamente con un gemido ahogado, por lo que Razumihin tuvo que agarrarlo por el hombro y volver a colocarlo en posición, con suavidad pero con firmeza. Casi podía sentir la vergonzosa humillación que estaba experimentando su siervo ahora mismo, el agravio contra su altiva dignidad que aquella reacción involuntaria debía de haberle provocado. Raskolnikov se había vuelto a apoyar sobre la mesa, cerrando los ojos y apretando los dientes, con toda seguridad jurándose a sí mismo que no volvería a quejarse o a moverse pasara lo que pasara, por mucho que le doliera.

Por desgracia para él, aquella pretensión no duró mucho. Rodion no reaccionó de forma obvia al siguiente golpe. Ni al siguiente. Ni al que vino después. Pero al quinto golpe fue incapaz de contenerse más, saltando de nuevo en el sitio con un gruñido quejumbroso. Esta vez Razumihin lo empujó contra la mesa de forma mucho más brusca, forzándolo a tumbarse sobre ésta con inusitada violencia. Aquel castigo realmente había despertado algo dentro de él y de pronto Dmitri se había visto a sí mismo preguntándose cuántos golpes harían falta para romperlo, para convertir a aquel siervo orgulloso y henchido de inadecuada dignidad en un muchacho lloroso y suplicante, dispuesto a humillarse cuanto hiciera falta y a obedecer todas sus órdenes. Incluso se vio tentando de burlarse de él, de increparlo, de preguntarle que a dónde había ido toda su valentía y su firmeza, que dónde quedaban aquellas frases grandilocuentes y desvergonzadas.

Aquella sensación le invadió con tanta fuerza que a duras penas pudo contenerse, nublándole el juicio y llevándolo incluso a asustarse de sus propios pensamientos. No, por supuesto que no iba a burlarse de Rodion, eso era algo totalmente innecesario. Se trataba de castigarlo de forma proporcional para corregir su comportamiento, no de humillarlo de propósito solo para satisfacer aquel retorcido deseo que se había instalado en su pecho. ¿Qué era lo que pasaba con él, a qué venían aquellas ideas? Golpear a Raskolnikov no debería ser algo agradable en ningún modo, más bien una tediosa necesidad que no tuviera otro remedio que cumplir. Y sin embargo no sólo se sentía terriblemente satisfecho, sino que su mente se estaba llenando de toda clase de ideas que nunca antes se habría atrevido a pensar, acelerándole el corazón y haciendo fluir su sangre en direcciones inadecuadas. La forma en que Rodion se retorcía bajo los golpes, aferrándose de la mesa, tratando de ocultar su rostro para no mostrar la vergüenza que sentía, sus gruñidos y gemidos a duras penas contenidos, la respiración acelerada y el chasquido de la vara contra la carne, la sensación de poder y dominio que recorría a Dmitri cada vez que dejaba una marca rojiza en la piel de su siervo... Todo ello estaba agitando algo nuevo en su interior, tan poderoso e inescapable que por un momento Razumihin se planteó entregarse a ello, olvidar la razón y seguir aquel impulso que le hacía desear desabrocharse los pantalones y tomar a Raskolnikov allí mismo, aunque fuera a la fuerza, liberar en él toda aquella energía rabiosa, tirarle del pelo y darle un verdadero motivo para gemir, someterlo a sus deseos y hacerlo suplicar y obedecer.

Razumihin se detuvo, apartándose un poco de su siervo y tomando aire con lentitud, tratando de regular el flujo de sus pensamientos. ¿Es que estaba perdiendo la cabeza? ¿Cómo se le ocurría siquiera pensar algo así? Sí, estaba enfadado con Rodion y desde luego el chico se merecía un castigo, pero aquello... aquello era grotesco. Sus propias ensoñaciones le hicieron sentir profundamente avergonzado, dominado por una pasión sucia y despreciable. Agradeció internamente que Raskolnikov no pudiera conocer sus pretensiones, que desde su posición fuera incapaz de percibir su turbada excitación, la inquietud que le embargaba. Lo mejor sería borrarse todas aquellas tonterías de la cabeza, terminar el castigo y no volver a pensar en algo así nunca más. Estaba demasiado alterado, ese era el problema. La actividad frenética de las últimas semanas, la desobediencia de Raskolnikov, el fracaso de aquella cena en la que había invertido tan cuidadoso esfuerzo... Todo ello lo había trastocado y perturbado sus pensamientos, como ahora se evidenciaba. Debería haber esperado a la mañana siguiente para castigar a Rodion, cuando hubiera descansado y aquella furia descontrolada estuviera serenada. Posiblemente de haberlo hecho así no habría tenido que enfrentarse a aquella inconveniencia. Bien, ya era demasiado tarde para lamentarse, había empezado y ahora tenía que llevarlo hasta el final, por incómodo que le resultara.

Sin embargo, había otra cosa que también despertó una inquieta curiosidad en él. Aún estando perdido en su propio azoramiento había sido capaz de percibir algo diferente en la actitud de Rodion a medida que avanzaba el castigo, un cambio en el tono de sus gemidos, en la forma en que se removía y asimilaba los golpes. ¿Era posible que...? No, desde luego que no, pensarlo siquiera era demasiado retorcido. Y no obstante Razumihin era incapaz de sacarse aquella impresión de la cabeza. Le echó un vistazo a su siervo, dudoso. Raskolnikov continuaba recostado sobre la mesa, jadeando sonoramente, con la frente apoyada contra la madera y ambas manos aferrándose al borde con fuerza, en espera de que Dmitri decidiera continuar o poner fin a su castigo. La piel de sus nalgas estaba enrojecida, llena de las marcas delgadas que la vara había dibujado sobre ella sin ningún tipo de piedad. Aquella imagen provocó que el calor interior de Razumihin aumentara, acompañándose de un cosquilleo agradable en su bajo vientre y el impulso de pasear la mano por la piel sensible de Raskolnikov, de palmearlo y azotarlo y verlo retorcerse incómodo y dolorido ante el contacto. No cabía duda, eran sus propios deseos los que le estaban haciendo ver cosas dónde no las había. Aún así, nunca estaba de más prestar atención y comprobarlo.

Golpeó de nuevo, con tanta fuerza como antes, tratando de ignorar las sensaciones que esto le provocaba y prestando atención a Raskolnikov. Sí, era cierto. Había algo de inequívoco placer en sus quejidos, casi como si el siervo también estuviera disfrutando de alguna forma retorcida con aquello. La confusión de Dmitri no hacía más que aumentar a cada instante. ¿Cómo era eso posible? ¿Es que acaso Rodion...? No, claro que no, era él el que estaba alterado, era él el que deseaba aquello, algo que justificara la realización de sus impulsos. Lo mejor sería acabar con todo eso de una vez, antes de que terminara por cometer una estupidez.

Asestó los últimos golpes de forma continuada, sin detenerse ni un instante, aumentando con ello la intensidad del dolor y de los gemidos de Rodion, que terminó por gruñir su nombre de forma ronca con un tono suplicante, conteniendo un sollozo a duras penas mientras se encogía bajo la imparable llovizna. Y a pesar de todo Razumihin no pudo dejar de preguntarse cuál era el verdadero objetivo de aquella súplica. ¿Raskolnikov deseaba que parase? ¿O tal vez lo que quería era todo lo contrario? De pronto a Razumihin la respuesta no le parecía tan obvia.

Finalmente se detuvo, dejando la vara sobre la mesa con cierta brusquedad y pasándose una mano por la frente, cerrando los ojos y tratando de recuperar la compostura y el control sobre su agitada respiración. Bien, aquello debería ser suficiente. Había sido intenso, pero ajustado a la falta cometida, no había nada de lo que lamentarse. Aquellos impulsos suyos no eran más que un hecho circunstancial que haría bien en olvidar. Y con suerte Rodion aprendería a respetarlo después de esto y no sería necesario castigar a nadie nunca más.

Se volvió hacia él, estudiándolo con atención culpable. Raskolnikov no se había movido del sitio, tal vez demasiado alterado para reaccionar o siquiera darse cuenta de que su castigo había acabado. Estaba jadeando, con los nudillos blancos por la fuerza del agarre que todavía mantenía sobre el borde de la mesa y su cuerpo encogido y temblando perceptiblemente. Razumihin sintió un ramalazo de lástima. ¿Habría ido demasiado lejos? Estaba bastante seguro de haber sido proporcional, pero tal vez sus inadecuados deseos lo hubieran cegado y empujado a ser duro en exceso. No había forma de saberlo. Tras un instante más de vacilación Razumihin posó una mano sobre su hombro, apretándolo amablemente con intención tranquilizadora, causando que Raskolnikov se encogiera de inmediato ante el contacto. A Dmitri no le resultaba difícil entender cómo se sentía su siervo. Para alguien tan altivo, tan imperdonablemente arrogante como Rodion algo así debía de haber sido humillante hasta el extremo. Con toda probabilidad el siervo iba a necesitar algún tiempo para reponerse.

-Está bien, Rodion, ya hemos terminado, puedes levantarte.

Intentó sonar frío y seguro, no dejando traslucir la terrible inquietud que le dominaba ni la sensación de culpa que empezaba a aletear en la boca de su estómago. Llegó a sentirse tentado de preguntarle a Raskolnikov cómo se encontraba e incluso de consolarlo si llegaba a verlo necesario, pero probablemente eso arruinara el objetivo fundamental del castigo. No, su siervo debía saber que Dmitri había hecho aquello con calculada intención y que no dudaría en repetirlo si su actitud no mejoraba, que consideraba que Rodion se lo merecía y que no sentía una pizca de compasión o lástima hacia él. Debía ser firme y consecuente en sus decisiones si quería tener un mínimo de éxito en aquel mundo retorcido.

Rodion tardó un rato en reaccionar a sus palabras, pero finalmente se removió, haciendo un obvio esfuerzo por incorporarse y mantenerse en pie sobre sus temblorosas piernas. Razumihin le ayudó a levantarse y aun lo sostuvo mientras Raskolnikov se recomponía y lograba reunir fuerzas para recolocarse la ropa. Dmitri no pudo evitar echarle un vistazo a su aspecto, aunque trató de disimular su preocupación. Rodion tenía las mejillas encendidas, la mirada perdida y los ojos anegados en lágrimas, el gesto contraído en una expresión que era mezcla de miedo, confusión y vergüenza. Su respiración todavía era agitada, inestable, aunque estaba empezando a recobrarse lentamente. Aquella estampa agitó algo en Dmitri, aunque el joven noble se esforzó concienzudamente por ignorarlo.

No obstante, lo que fue imposible de ignorar era la obvia excitación de Rodya. Al parecer, Dmitri no era el único que había tenido problemas con su cuerpo, como pudo notificar antes de que Raskolnikov se subiera los pantalones y ocultara aquella vergonzosa evidencia. Por supuesto, no hizo ningún comentario. Los dos eran plenamente conscientes del suceso y no existía necesidad de ahondar en ello. Bastante confuso y terrible resultaba ya para ambos.

Tan pronto como Razumihin comprobó que Rodion podía mantenerse en pie por sí mismo se apartó de él, tomando la vara de la mesa y dirigiéndose al armario para guardarla. Por supuesto, eso no era más que una excusa para alejarse de su siervo, para impedirle percibir lo alterado que él mismo estaba, lo turbado, afectado e incómodo que se sentía. Se había determinado a mantener una imagen indiferente, no dispuesto a dejar translucir nada. Colocó la vara en su sitio, frunciendo ligeramente el ceño antes de cerrar el armario. ¿Qué se suponía que debía hacer ahora? ¿Volver a regañar a Rodion? ¿Explicarle punto por punto cuáles eran sus faltas y exigirle que las corrigiera si no quería volver a pasar por aquello? En ese instante no se sentía con fuerzas para nada de eso, lo único que deseaba era perder de vista a Raskolnikov y hacer lo que fuera para apagar aquella emoción ansiosa que le recorría. Por suerte, su siervo le dejó una salida fácil.

-¿Puedo irme ya?

La voz de Rodya le llegó como un murmullo tímido, vacilante, nada que ver con su acostumbrada seguridad orgullosa. Razumihin se volvió hacia él, esforzándose por mantener una expresión neutra. Raskolnikov aguardaba su respuesta en silencio, con la cabeza gacha y la vista clavada de propósito en sus pies, tratando de evitar la mirada de Dmitri. Sus mejillas todavía estaban enrojecidas, aunque había recobrado por completo el control de su respiración. El evidente cambio de actitud provocó una punzada de satisfacción en Razumihin, que asintió a su siervo con lentitud.

-Sí, es suficiente por ahora, aunque aún tienes que disculparte con mis invitados, no voy a dejar eso pasar, ¿queda claro?

Un breve silencio.

-Sí, señor.

Su respuesta cogió por sorpresa a Razumihin, que nunca había visto a Rodion tratarlo con tanta deferencia. Esta vez fue él el que tuvo que esforzarse para ocultar una sonrisa triunfal. Puede que después de todo aquello no hubiera sido tan malo.

-Muy bien, Rodion. Asegúrate de tener esto en mente la próxima vez que pienses en ser irrespetuoso. Puedes retirarte.

Raskolnikov se dio la vuelta de inmediato, saliendo de allí tan rápido como pudo, todavía esquivando la mirada de Dmitri, que mantuvo la vista clavada en él hasta que la puerta se cerró a sus espaldas. Aún se quedó allí un rato, de pie, contemplando el sitio por el que se había ido su siervo con actitud pensativa, repasando mentalmente la escena, tratando de analizarla, de comprender sus sentimientos, sus impresiones, lo que también le había ocurrido a Rodion. Cuanto más pensaba en ello más aumentaba su confusa inquietud, más difícil le resultaba lidiar con los deseos de su cuerpo, más avergonzado y asustado se sentía.

Finalmente suspiró, agitando la cabeza y tratando de apartar todo aquello de su mente. No merecía la pena darle más vueltas. Fuera lo que fuera lo sucedido ya no tenía la menor importancia, el castigo había acabado, Rodion había aprendido la lección y las cosas irían a mejor a partir de ahora. No habría necesidad de repetir eso nunca más, por lo tanto, era absurdo perder el tiempo preocupándose por ello.

Razumihin salió del despacho, encaminándose a su habitación a buen paso, deseando poder irse a dormir y dejar atrás de una vez aquella nefasta noche, decidido a no volver a pensar en lo ocurrido entre Raskolnikov y él. Y sin embargo, a pesar de su entereza, cuando se acostó todavía era incapaz de quitarse la imagen de su humillado y jadeante siervo de la cabeza, apartando la vista de él con actitud avergonzada y murmurando un “sí, señor” ante cualquier cosa que le ordenara.

Para que engañarse, aquella era una idea demasiado dulce de la que le iba costar mucho, mucho poder desprenderse.