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Campamento de verano

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Cristian no había podido dormir en el autobús debido al alboroto de sus compañeros, y debido a las luces internas del vehículo. Estaba muy cansado, debido a la caminata en Valvyparken, la segunda caminata debida a el atajo, y el camino en bicicleta recorrido desde el colegio hacia el hogar. Al llegar a su casa, se sentía tan mareado por el sueño y cansado, que la situación le recordó a aquella vez en que probó unos tragos de alcohol en una fiesta con sus compañeros, en Inglaterra.

Cuando su padre lo vio entrar, manchado de pintura, cansado y despeinado, le dijo, en tono divertido:

-Qué fiesta ¿no?

-¿Cuál?- preguntó Cristian confundido, mientras dejaba su mochila en el suelo y se dejaba caer en el primer sillón con que se topó en el living.

-Que parece que la has pasado bien.

-Oh, sí. No tienes idea.-respondió él, sonriendo con los ojos cerrados y el cuerpo extendido en el sillón. -Fue un buen día...- añadió en un susurro.

-Cuando era adolescente, en las fiestas, también lanzábamos pintura y... todo tipo de cosas por los aires. Esas cosas no pasan de moda... -comentó el padre, sonriendo. Pero Cristian no estaba lo suficientemente lúcido como para captar, retener y comprender una sola frase. Necesitaba dormir inmediatamente.

-Discúlpame si mancho el sillón de pintura. Descansaré un momento, y luego iré a bañarme. También hubo una larga caminata, y ha sido algo...

Cristian no pudo terminar la frase, pues el sueño lo había vencido.

Su padre se acercó a él y le pellizcó tiernamente la mejilla. Ya no era un niño (eso era cada vez más evidente), pero siempre sería "su niño".

Media hora más tarde, su padre lo despertaba, acariciándole el flequillo:

-Cristian, te he preparado el baño y la ropa. Ve. Y tu abuela está preparando una rica cena, estará lista en media hora.

-Bien... Gracias.-dijo él, frotándose los ojos.

-¿La camisa desabrochada...?- le preguntó el padre, al notar ese detalle en su hijo.

Entonces Cristian recordó: las manos de Elías... Abrió los ojos de par en par y se puso de pie de un salto, avergonzado.

-Ah, no me había fijado. -respondió inmediatamente, perfectamente lúcido.-No recuerdo cómo sucedió... -decía, desviando la mirada de su padre. -No he manchado el sillón de pintura, ¿verdad? Bien, voy a bañarme. - Al decir esto, subió las escaleras apresuradamente, antes de que su sonrojo fuese descubierto.

-¿Cristian...? -dijo el padre, pero Cristian no se volvió, pues ni siquiera escuchó.

-Shhhh... - interfirió la abuela, sonriéndole a Claus. -Ya no es un niño. No lo cuestiones tanto.

Mientras subía las escaleras, los pensamientos de Cristian fueron dejados a un lado, pues su mente y sus sentidos fueron capturados por otras escencia: el aroma de la cena. Cristian no podía esperar a bañarse rápidamente y salir para cenar, algo delicioso y en familia. Volvió a alegrarse de algo: que sintiera a su familia con sigo, como antes con su madre. Él, por regalo de la Naturaleza, se sentía resuelto y dispuesto a todo, como un adulto, pero, junto a sus seres queridos, también podía seguir sintiéndose como un niño. Le agradaban estas situaciones, en que sentía esos dos aspectos de su vida complementarse, madurez y niñez.

En el baño, comenzó a desvestirse, como todos los días... Tiró toda su ropa a un cesto, y, al darse vuelta, se sorprendió al toparse con el espejo: ¿Elías?

No. La mágica visión de su amigo se desvaneció en un segundo, pues su lógica volvió a ganar terreno. Sólo era el reflejo de su cuerpo desnudo; su cuerpo salpicado de pintura, una sucesión de gotas rojas formando una línea vertical en medio de su pecho. Como la cicatriz de Elías. Sin darse cuenta, su corazón ya estaba acelerado, y sólo había sido suficiente la visión de Elías -desnudo- en una milésima de segundo. Recordó, entonces, una vez en que ambos habían estado nadando en la "casa de playa" de los padres de Elías. Recordó esa única vez en que vio su torso desnudo, su piel delicada y blanca, su delgada y larga cicatriz suave y rosada en medio de su pecho... La imagen había quedado plasmada en su mente para siempre. Para Elías, su cicatriz era sólo una cicatriz, como las que consigue uno cuando se lastima en la niñez. Elías mismo se lo había explicado así, y Cristian lo había comprendido: él quería que la viera, que la considerara del mismo modo: como sólo una simple cicatriz. "No hay que pensar más en eso" habían pactado, silenciosamente. Ambos querían que todo vaya bien entre los dos. Y realmente, todo fue bien. Sin embargo, Cristian siempre vería en esa marca una huella de su propia herida en el alma, por lo que olvidar, desligarse totalmente, le era humanamente imposible. Pero el tiempo, el afecto y la inteligencia todo lo curaban. Y ahora, en los tiempos felices de constante y estrecha amistad con Elías, no podía evitar pensar en el hecho de que distinguía, en esa cicatriz física de su amigo, un detalle alentador: ¡le parecía que Elías siempre llevaría una huella de él en su propio cuerpo! Ya no había por qué perturbarse ante el lado morboso de la idea; lo único que sacudía a Cristian era el imaginar... sentir que se descontrolaría en el resto de su adolescencia, pues esa ocurrencia le resultaba locamente romántica y obsesiva. "¡Malditas hormonas! ¡¿qué harán de mí?!" pensaba fastidiado, confundido y sonrojado. Se frotó frenéticamente la cara con las manos llenas del agua que caía en la ducha. No comprendía -y le desesperaba no comprender- por qué se sonrojaba cuando se trataba de enfrentar a Elías (pararse frente a él de modo sincero) o de sólo recordarlo. "Si yo no soy tímido -pensaba- entonces, ¿por qué me pongo así?"

Entró a la ducha y decidió pensar en cómo había llegado la pintura hasta formar esa extraña y extensa marca en su pecho bajo su ropa. Y volvió a recordar: Elías le había desabrochado la camisa. Él lo había estado masajeando. Él lo había estado acariciando.

La escena se reproducía nítidamente en su mente... Comenzó a acariciar su pecho del mismo modo que Elías lo había hecho en ese día. El roce de las manos de Elías había sido breve, pero sus propias manos reproducían el recuerdo, extendiéndolo imaginativamente. Aunque ya no sabía si acariciaba su propio pecho porque le recordaba al de Elías. Fuera como fuera, el tacto era cálido, familiar... De repente, una sensación extraña se produjo en su estómago, y subió por su garganta, como ahogándolo de un modo cálido y tiernamente satisfactorio. Era una sensación que venía desde el alma. Y entonces, lo comprendió.

"Si yo no soy tímido-pensó, esta vez sonriendo de tal manera que se le escapó una tierna risita en su rostro de niño,- ¿cómo no he podido darme cuenta antes?"

Cristian estaba cenando a la mesa junto a su padre y su abuela. Se encontraba nuevamente limpio. Radiante y sonriente: no podía ocultar parte de su secreta y magnífica emoción.

-¿La fiesta ha estado emocionante? -preguntó el padre, notando la amplia sonrisa en el rostro de su hijo.

-¿Qué? ¿Por? -preguntó Cristian, sorprendido.

-Seguramente está emocionado porque empezaron las vacaciones.-intervino la abuela, sonriente, siempre a la defensiva de la privacidad de Cristian.

-Ah, sí. ¡Por las vacaciones...! -recordó Cristian.

-¿Tienes planes para estas vacaciones? ¿Tal vez salir con una chica? Puedes decirnos lo que sea. -insistió el padre, jovialmente.

Cristian negó con la cabeza, infantil y despreocupadamente. Cristian no pretendía nada, a excepción de...

-No... En caso de que Elías tampoco tenga planes, sólo espero pasar el tiempo con él. -respondió simplemente, con una leve y orgullosa sonrisa.

-Bien. ¿Y Elías tiene alguna chica...?-insistía el padre, suponiendo que a un joven, como Cristian, en sus vacaciones le gustaría estar con chicas, o , en su defecto, hablar de chicas.

"¡¿Elías tiene alguna chica?!"

-¡Pues espero que no...! -respondió él, gravemente, pero con un tono de infantil inocencia.

-¿Cómo así? -preguntó Claus, no comprendiendo, pero acostumbrado a los tonos enérgicos de voz de su hijo.

-Quiero decir... -Cristian se percató de su propia reacción. -Quiero decir, que si él tuviera novia, yo me quedaría solo.-añadió, con calma. -Por eso, digo que espero que todo siga igual.

-Pero alguna vez, él querrá estar con una chica. - dijo Claus.-Y la amistad quedará en segundo plano. Y a ti también te pasará. Y créeme: cuando te suceda, ¡todo te resultará más emocionante aún!

La abuela sonreía: ella estaba de acuerdo con su hijo.

Cristian negó con la cabeza, sonriendo.

-Elías y yo somos parecidos: no pensamos en esas cosas... -respondió con la misma jovialidad. -No aún... -creyó necesario añadir.

El resto de la cena transcurrió alegremente, con pequeñas bromas y sonrisas lanzadas en todas direcciones, que cada vez se hacían más habituales en esa mesa.

Pero la sonrisa de Cristian, en la sobremesa, se borró al escuchar algo que le anunciaba su abuela, teléfono en mano:

-Es Elías, al teléfono.

Su sonrisa se borró. Su rostro se petrificó. Pero sus ojos se iluminaron...

Cristian se levantó de la mesa, temblando como nunca lo hacía. Tomó el teléfono y se escondió en un pasillo. Su corazón se aceleraba de una forma que no sabía cómo controlar. No estaba acostumbrado a saberse enamorado de alguien...

-Hola, ¿Elías? -susurró, con cuidadoso y delicado tono.

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Luego de hablar con Elías durante unos 15 minutos subió directamente a su habitación, pretextando que aún estaba cansado y necesitaba dormir. Se negó a volver a la mesa a comer el postre, pues estaba demasiado excitado, y su familia lo notaría. Y no estaba acostumbrado a que lo descubrieran tan sensible y fuera de si. No, señor.

Rápidamente, se cepilló los dientes, se puso su pijama blanco, encendió el ventilador, abrió la ventana, apagó la luz, y se tumbó en su cama, boca arriba y con la mirada fija en algún punto del techo. Las palabras que fluyeron en esa breve y aparentemente habitual charla con Elías al teléfono se reproducían una y otra vez en su mente.

"Yo también estaba bañándome y luego cenando" "¿Quieres venir mañana a mi casa?" "Mis padres hablan de unas vacaciones, y mañana podría ser nuestro último día juntos en dos semanas." "Ni siquiera sé dónde planear ir, pero no importa. Sólo espero que podamos vernos antes" "Ok? ¡Estupendo! ¡Nos vemos mañana en la ruta, a las 4 de la tarde!" "¿De verdad, pensabas en mis masajes? No fue para tanto. Morten me está mirando, así que, por favor, deja de mencionar eso, Cristian; haces que me sonroje, ¡ha ha!" "Pero puedo… puedo hacerlo otra vez, si… si tú quieres…" "Que descanses. Hasta mañana."

Cada frase, cada entonación, exclamación, risa, suspiro y cada susurro de Elías habían quedado grabados en su mente. Comprendió que Elías siempre había hablado de un modo muy profundamente afectuoso con él. Y aunque no sabía con certeza si sus propios sentimientos, bastante complejos, eran correspondidos, sólo ahora se sentía dispuesto a interpretar la predisposición de su amigo de una forma más profunda, y sólo ahora se sentía quizás preparado para responderle con la dulzura y estrecha afectuosidad que siempre intentaba nivelar y ocultar, a veces forzosamente. Elías nunca había sido sólo un amigo. ¿Cómo había logrado evitar pensar en eso durante tanto tiempo?

Sus sentimientos al ver esa criatura delicada y solitaria, en su primer día de clases en la nueva escuela en Copenhague, casi tres años atrás... La sensación, la certeza de que sólo él podía y debía protegerlo, aún cuando no sabía ni su nombre... El deseo de conocerlo, la extraña pero inmediata necesidad de darse a conocer frente a él... El deseo de compartir todo, únicamente con él... La agradable y espontánea alegría al descubrir y redescubrir que Elías lo comprendía...

Ahora Cristian lo comprendía todo. Había descubierto un sentimiento que siempre había sido suyo; muy suyo.

Sin embargo, sus pensamientos pronto se desvanecieron, pues, aunque lo había olvidado, su cuerpo estaba cansado, y se durmió. Se durmió, con una sonrisa en su rostro tierno y naturalmente orgulloso.

-.-.-.-.-.-.-.-.-

Elías permanecía sentado en su bicicleta, con un pie en un pedal y el otro reposado en el suelo; aguardando su llegada. Permanecía quieto a un lado de la solitaria ruta que conducía a "la casa de playa".

Cristian, al avistarlo a lo lejos, sintió la repentina necesidad de disminuir la velocidad de su bicicleta. Debía hacer tiempo; estaba nuevamente nervioso. Allí estaba Elías. Lo veía nuevamente por fin y por primera vez, al mismo tiempo.

-Hey. -dijo Cristian, al llegar por fin hasta su amigo, dándole un apretón de manos.

-Hola. Estás diferente. -comentó Elías, con simpleza y seguridad.

-¿A-A qué te refieres...?- preguntó el enamorado chico, intentando ocultar la odiosamente incontenible alarma. "¡Joder!, ¿ya lo ha notado?" pensó.

-Me refiero a que estás diferente, desde ayer hasta hoy, incluso. Más relajado... o al menos eso aparentas. ¡Más pensativo! Eso es.

-¿Tú crees? ¿…de verdad me veo raro?

Elías negó con la cabeza, sonriendo.

-Olvídalo; quizás sean sólo cosas mías.

-No. Dime qué notas en mí. -insistió Cristian, seriamente. Con esa familiar mirada penetrante que Elías no podía resistir.

-Bien, estás extraño. Más maduro, quizás. Veo que ayer te aburrías con los chicos del colegio. - decía Elías, con sinceridad pero no pudiendo sostener la mirada. -Como si buscaras algo más para divertirte. Algo verdadero... -al finalizar Elías con sus palabras, quedó sorprendido de sí mismo ante su audacia al hablar, pues sabía que Cristian no acostumbraba a que vean a través de él. Miró a Cristian, tímidamente aguardando una respuesta.

-Tienes mucha razón, Elías. Me pasan cosas raras; quizás falta de emoción... Pero, ¿podemos hablar de eso antes de llegar a tu casa?

-Por supuesto. -respondió Elías, complacido ante ese pedido de un momento de confianza. Bajaron a un costado de la ruta, y se sentaron en el suelo entre unos yuyos. A lo lejos, frente a ellos, la relajante orilla del mar.

Cristian, efectivamente, no acostumbraba a que vean a través de él, pero si se trataba de Elías, no podía menos que alegrarse: Elías volvía a ser un espejo suyo; Elías siempre resultaba comprenderlo. ... "Quizás ni siquiera hagan falta palabras" pensaba Cristian, con renovado pero íntimo entusiasmo.

-Mi familia y yo nos vamos a Nysted. Nos iremos por casi dos semanas. -comenzó Elías, previendo que Cristian se tomaría su tiempo en hablar de sí mismo.-Pero ese viaje no me entusiasma. No demasiado. Me gustan los viajes con mi familia, pero no sé si yo quiera eso para estas vacaciones...

-¿Y qué querrías?

-No lo sé... -Elías se frotaba las manos tímidamente. -Quizás desearía estar con gente de mi edad...

Cristian lo miró, extrañado. "¿Es Elías, el tímido y antisocial Elías, el que está diciendo que quiere pasar sus vacaciones con gente jóven?", era el pensamiento que pasaba por la mente de ambos. Elías se sonrojó ante lo que consideró una pobre excusa. Pero Cristian bajó la vista, permaneciendo pensativo durante unos instantes, luego, su rostro se suavizó.

-Creo que te comprendo: llega un momento en que uno desea distanciarse un poco de los padres... Y la gente jóven parece ser la única ayuda en esos casos. -dijo Cristian, intentando ayudar un poco a su amigo favorito. -Estamos en vacaciones. Conocerás gente jóven donde sea que vayas, sin duda.

Elías hizo una mueca, un intento de sonrisa en consideración a la ayuda de Cristian. Pero se sentía no-digno de esa ayuda. No estaba siendo sincero con Cristian. Miró a los ojos a Cristian, y le tranquilizó ver en su rostro la expresión suave y relajada que éste lograba cuando estaban tranquilamente solos y charlando en intimidad.

-Sólo sé que voy a extrañarte. - expresó Elías, en un valiente pero calmo desahogo. Volvió a tomar aire, y prosiguió: -Y me lamentaré todos los días por no estar para ayudarte con este asunto tuyo... Y voy a conectarme al chat todos los días para hablar contigo. -continuaba Elías, incontenible. -Y te compraré un regalo. Y te...

Su voz se detuvo. Cristian lo abrazaba afectuosamente.

Su rostro hundido en el cuello de Elías, sus brazos rodeándolo. Su respiración apaciguándose sobre los cálidos y agradables latidos en el pecho de Elías; como si lograra al fin llegar a un lugar muy esperado.

Elías, en cambio, estaba repentinamente agitado. Avergonzado y sonrojado.

-Estoy bien, Cristian. No tienes que preocuparte...- decía, riendo nervioso y hablando con repentino y habitual tono despreocupado.

-Yo también voy a extrañarte. -interrumpió Cristian, seria y sinceramente, sin soltarlo. -Somos tan parecidos... Siempre resultamos ser tan parecidos...

Elías soltó una risita al oír esta última frase. Estaba de acuerdo con eso. Apoyó su cabeza en el hombro de Cristian, que seguí con su cabeza aún hundida en el pecho de Elías.

De un momento para el otro así se encontraban: como si lo hubieran hecho muchas veces y ahora les resultara natural; sus cuerpos estaban aferrados uno al otro, sus brazos entrelazados y con sus rostros a escasos centímetros de distancia. Sus respiraciones agitadas entrechocándose... La timidez ante la certeza de lo que pasaría a continuación les obligó a apartarse rápidamente el uno del otro, y enderezarse en sus lugares. Luego de algunas risitas, algunas palabras banales y algunas piedras lanzadas a la nada, retomaron el viaje a la "casa de playa."

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Al llegar a la entrada de la "casa de playa", y mientras acomodaban sus bicicletas bajo unárbol, Elías se percató de que no habían dicho ni una sola palabra acerca de la extraña actitud pensativa que presentaba Cristian últimamente pero que ahora, mágicamente, Cristian se encontraba nuevamente radiante.

-Cristian... -comenzó por decir, con voz suave y siempre cuidadosa. -Te ves mejor ahora, pero nos desviamos del tema, y no hemos hablado sobre lo que te tenía preocupado. Podemos hablar cuando quieras, si aún lo deseas.

-No te preocupes, Elías. Sí: ya estoy mejor. Y tú sabes lo que me hacía falta... -respondió Cristian, con una sonrisa feliz y orgullosa dirigida al cielo azul, y con las mejillas un poco ruborizadas.

Elías sabía a lo que Cristian se refería. Pasar un momento juntos: eso era lo que les preocupaba. Eso era todo lo que deseaban.

Elías le sonrió felizmente a su compañero. Era fantástico poder reconocer juntos lo que fluía entre ambos.

Permanecieron unos instantes fuera de la casa, bajo un árbol.

-El viaje de ayer al bosque me dio una idea. -dijo Cristian, de repente, con ojos iluminados. Esa habitual mirada que él tenía, Elías bien la conocía: tenía un plan.

-¿Sí?

-¡Un campamento!-expresó Cristian, efusivamente pero en voz baja, para que Marianne, que se encontraba dentro de la casa y los saludaba a través del vidrio mientras cocinaba, no los oyera.

-¿Quieres un campamento al bosque? ¿Con carpas, fogatas...?-preguntó Elías desconcertado. No sólo le sorprendía la idea viniendo de Cristian: se esperaba algo más emocionante.

Cristian soltó una risita.

-No, no necesitamos todo eso. Sólo necesitamos una noche estrellada y alejados del resto para tener un buen campamento...

Elías asentía, aún sin comprender el punto. Parecía una especie de aventura, de prueba de supervivencia, una buena actividad de verano. Tenía sentido, pero estaba, de todas formas, totalmente desconcertado.

-Pero, ¡en el silo! -concluyó Cristian, por fin.

Elías lo miró de súbito. Sus ojos enormes brillaron de sorpresa aún bajo las sombras del árbol.

Ahora todo tenía sentido: un campamento sin bosque, sin fogatas, sin caminatas, sin caza, sin carpas... Un campamento solos en la parte más solitaria de un solitario edificio a la madrugada, en una hermosa noche de verano... sólo tenía un significado. Al menos, Elías sólo se figuraba un significado.

-Si tú quieres... -fue todo lo que Elías pudo responder, sonrojándose intensamente, sonriendo tímidamente, sin lograr sostener ni una breve mirada.

-¿En qué piensas? -preguntó Cristian, temiendo incomodarlo.

-Estar un tiempo solos... -respondió Elías, con seguridad. Ahora le tocaba aél ayudarlo: -Un buen campamento, no como los que organizan en el colegio. Uno sin pendejos. Es buena idea: la noche, las estrellas deben verse genial en lo alto del silo a la madrugada.

Cristian sonrió: Elías comprendía, pues su sonrojo lo evidenciaba. Y aún cuando sólo fuera eso (ver las estrellas, ellos dos solos) ya sonaba agradable y tentador. El deseo de abrasarlo nuevamente, más estrechamente era incontenible, pero hiso el esfuerzo sobrehumano y se contuvo pues la madre de Elías, nada menos que esa estricta mujer, estaba a la vista. Si el plan funcionaba bien, ya habría tiempo de pasarla juntos.

Elías le correspondería: Cristian lo presentía. Aunque fuera sólo un beso... Apretó los puños y aspiró profundamente el aire puro de verano.

continuará.