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Campamento de verano

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"Haevnen/In a better world" no me pertenece, yo sólo soy una fan de esa película.

Comentarios previos: mis fanfics dedicados a Elías y Cristian vienen siendo similares; siempre se ubican después del final de la película, y, tratándose de chicos tan calmos y maduros como ellos, y transcurriendo las historias en una sociedad generalmente tan calma y pacífica como Dinamarca, mis historias suelen ser calmas. De nuevo me centraré en los pensamientos y sentimientos más profundos de los chicos. Pero esta historia tiene una particularidad respecto a las anteriores: es la primera donde narraré escenas de yaoi explícito. No en este capítulo, pero luego habrá algo... Esta advertencia sirve tambien para justificarme ante mis posibles incoherencias debido a mi inexperiencia narrando explícitamente escenas más fuertes... :p

-.-.-.-.-.-.-.-

Esta historia se ubicaría unos pocos años después del final de la película y se centra en Elías y Cristian, con 13, casi 14 años de edad.

Aquí empieza:

"Vacaciones de verano". Esa es la frase que estaba en la mente de todos los chicos del séptimo curso (y en la mente de todos en general, padres, estudiantes y profesores, por supuesto). Una sola frase, con tantos significados, todos importantes.

La permanencia de esta frase en la mente, provocaba un torbellino de entusiasmo en los alumnos del primer año de secundaria. Como anticipo de estas vacaciones, el profesor y la señorita de este curso organizaron una caminata a los parques de Valbyparken. Esa es una zona muy utilizada por las autoridades educativas de Copenhague a la hora de organizar campamentos o caminatas para los jóvenes. Allí hay parques para caminar o para andar en rollers, zonas verdes para hacer picnics, lagos para viajar en botes o para nadar, bosques para explorar, arroyos para pescar, y, en fin, todos los lugares adecuados unidos en uno solo para proporcionar a la gente las actividades básicas de primavera y verano. Algunos niños del curso, varones, esperaban tener la oportunidad de navegar en kayaks o andar en skates, y se han quejado un poco debido a la negativa de los profesores. "Esto es una caminata de verano" dijeron los maestros. Los chicos no siguieron insistiendo, pues de todos modos, esta era una excursión breve, de un solo día. Al anochecer, un micro los estaría esperando para volver al colegio, y de ahí a sus respectivas casas, para ya no regresar en unas cuantas semanas...

Era el último día de clases, y, tomando como excusa la decepción por no poder utilizar los kayaks, un pequeño grupo de alumnos, los más traviesos del curso, organizó, en secreto, un pequeño pero alocado festejo para este último día. "Si creen que el último día de clases lo pasaremos caminando bajo el sol, sin nadar ni nada divertido, se equivocan. Haremos esto inolvidable, para bien o para mal", dijo este pequeño grupo de divertidos revoltosos, mientras llenaban globos de pintura, escondían paquetes de huevos, robados de las heladeras de sus hogares, y sacudían pesadas botellas preparadas con diversos líquidos.

Elías y Cristian se encontraban en la parte delantera del autobús, sentados uno al lado del otro en el segundo par de asientos. Cristian se encontraba recostado en el respaldo de su asiento, pensativo y con la mirada perdida en el paisaje cambiante a través de la ventanilla. El sol de verano iluminaba su rostro y el viento despeinaba su flequillo, antes prolijamente peinado. Elías estiraba el cuello hacia atrás, hacia el fondo del autobús, curioso, pues provenía mucho alboroto desde allí. Muchos chicos y chicas, también, observaban expectantes hacia el fondo. "¿Qué traman esos?" Era todo un misterio, un temido misterio.

Uno de los chicos del fondo se acercó hasta Elías y Cristian. Éste chico llevaba una bolsa de plástico que contenía demasiadas cosas, botellas vacías, otras llenas de algo, tal vez jugo de manzana; eso fue lo que distinguió Elías cuando este chico se acercó.

-¿Ustedes, quieren unirse? Necesitamos más gente. Esto va a estar bueno... -dijo este chico, en voz baja y secreta. Cristian apenas apartó la mirada de la ventanilla, saliendo pesadamente de sus pensamientos, miró fugazmente al chico, y observó breve pero fijamente la bolsa que llevaba, con botellas de plástico vacías. Comprendió el plan. "Típico", pensó.

-Me temo que tengo el tanque vacío. -respondió Cristian, y volvió su mirada a la ventanilla. Elías lo observó: parecía estar, o pensativo o con mucho sueño.

El chico siguió mirándolos, insistiendo con su sola presencia.

-Yo paso. Cristian también. -le respondió Elías, sonriendo.

-Ok, si prefieren ser presas a ser depredadores, no los detendremos. -respondió el chico, y regresó al fondo. Elías rió: no sabía bien en qué consistía ese plan, ni le interesaba demasiado, pero parecía ser algo divertido.

-¿Que están planeando?- preguntó una chica a Elías.

-Sólo vi que llevaban muchas botellas. No lo sé. Pero dicen que seremos sus presas.- respondió Elías, en voz baja y con su permanente sonrisa simpática.

Se levantó una ola de reproches y advertencias dirigidas al temido grupo del fondo. Todo se ponía muy emocionante.

-¡Ni se les ocurra ensuciarme mi blusa! -advirtió enérgicamente una de las chicas, una de las más vanidosas. - ¡Es nueva!

Los de atrás le respondieron con macabras carcajadas y burlas. Era tétricamente divertido. Todos reían.

Elías reía, luego se puso serio. Su mente se detuvo en algo... Miró a su lado, a su silencioso compañero. Cristian ahora permanecía con el mentón apoyado en su mano, su codo apoyado en el apoyabrazos el rostro inclinado a la ventanilla. Su pelo corto ondeando al viento, sus ojos cerrados... No está dormido, Elías lo sabía, aún así, apoyó su mano en la pierna de su compañero, justo en medio de la parte entre la rodilla y la entrepierna, y la sacudió suavemente, como si intentara despertarlo de un supuesto adormecimiento. Cristian se "despertó" muy sorprendido. Sorprendido no porque hubiera estado durmiendo, sino por el repentino tacto de la cálida mano de Elías... No supo qué decir, ni qué expresión emplear. Sólo pudo balbucear:

-Ehm... Creo que me estaba quedando dormido...

-Eso parece. Sólo quería preguntarte si sabes qué andan tramando los de atrás.

-Ah, eso... Seguramente una guerra de pintura, huevos y cosas así...

-Ah… Lo supuse... –respondió Elías.

-Y cuando se les acabe eso, -continuó Cristian. -pasarán a utilizar barro. Y luego, cuando ya todos estén demasiado sucios de barro como para que les importe, pasarán a utilizar otras cosas, otros líquidos... - concluyó, con una sonrisa irónica.

Elías no supo si debía sonreír. Tenía una idea de a lo que se refería con el contenido de esas botellas, pero no le asustaba ni le interesaba demasiado.

-¿Tú crees que vayan a hacer eso?

-Eso parece. Cuando estaba en Inglaterra, mis compañeros hicieron eso a la salida de clases, tomando como excusa los festejos por un partido ganado de fútbol. Fue asqueroso. -dijo, con una sonrisa irónica.

-Están locos... Ni que esto fuera la graduación... ¿No te da asco? -preguntó Elías.

-No sé, no me importa. Este viaje no me entusiasma demasiado, hace demasiado calor. Si me manchan de algo, me mojo, y listo.- al decir esto, Cristian volvió la mirada a la ventanilla y volvió a cerrar los ojos.

-Sí, algo de emoción no vendría mal, supongo...- comentó Elías, intentando adivinar el significado del desánimo que percibía en su compañero. Cristian no respondió, sólo volvió a cerrar los ojos.

Elías no dejaba de observarlo. No sólo porque lo encontraba más callado de lo habitual. Simplemente aprovechaba la calma y distracción de su compañero, para observarlo a gusto. A Elías, siempre le gustaba elegir el lado de la ventanilla cada vez que viajaba en un vehículo cerrado; le gustaba observar el paisaje, viaje por donde viaje. Esta vez le cedió la ventanilla a Cristian, pero su mirada expectante era tan persistente como si mirara un bello paisaje.

-Cristian...-dijo Elías, en voz suave y baja. No sabía qué decir, sólo quería hablarle, compartir algo con él. Estas vacaciones de verano las pasaría lejos, muy lejos sólo con su familia. Aún no se lo había contado a Cristian, pues no quería desanimarlo en este día, (suponiendo que Cristian fuera a extrañarlo tanto como él mismo iba a hacerlo…) Como fuera, Elías quería compartir algo especial con su persona más especial, aunque no sabía qué. Sin embargo, hoy ya se lo veía extraño…–Te ves cansado... ¿tienes fiebre, o dormiste poco anoche...?

-No, estoy bien.- respondió Cristian, impenetrable. Sin abrir sus ojos, comentó. -Sólo que no me gusta el excesivo calor, me gusta el viento fuerte. Me gusta estar así.

"Ok" respondió Elías, en una voz muy suave y casi imperceptible. Decidió dejarlo relajarse, e intentó concentrarse en continuar armando su cubo de Rubik. Pero su cubo no era competencia para Cristian; y su atención fue desviada, nuevamente. Apoyó la cabeza en el respaldo y, disimuladamente, silenciosamente, siguió contemplando a su compañero.

-Elías, si me duermo, vuelve a despertarme. -dijo Cristian, de repente, sin abrir los ojos, y con una suave voz de ensueño. Elías no pudo responder. Un sentimiento extraño, como una timidez repentina lo invadió. Cristian entonces abrió los ojos y miró a su compañero, esperando alguna respuesta. Elías, inmediatamente, (y sonrojándose de repente) asintió con rápidos movimientos de la cabeza y desvió su tímida mirada a su cubo, fingiendo intentar seguir armándolo.

"Me pregunto si irás a extrañarme tanto como yo…" Era el pensamiento que persistía en Elías.

Al bajar del micro, en Valbyparken, lo primero que hicieron todos fue almorzar en una concurrida y alegre plaza. Luego de estar todos satisfechos, los maestros propusieron una caminata por las zonas boscosas del parque. Era una caminata muy controlada, bajo la sombra, todos caminando lentamente con los maestros a la cabeza. Las chicas charlaban mucho entre si y tomaban fotografías con las cámaras que le habían prestado sus padres para la excursión. La mayoría de los varones iban riendo nada reservadamente por el plan que tenían. El resto eran chicos muy tranquilos que caminaban alegre y cuidadosamente, a veces charlando con los maestros. Elías y Cristian iban en la parte de atrás de la caravana de estudiantes.

-No hay mucho que hacer aquí... - comentó Elías a Cristian. Ambos caminaban tranquilamente. Más que el aroma penetrante del follaje y las flores, no hubo gran emoción. Al menos no había nada más para Elías, nada que realmente capture su atención y la aparte de Cristian, que tenía una calma o aburrimiento anormal en este día.

-El lugar está bien, pero como que hay mucho alboroto. -respondió Cristian, seriamente, sin apartar los ojos de sus pies andando. Elías lo miró, con curiosidad "hoy parece antisocial… casi tanto como yo" pensó. Le preguntó:

-Te gusta recorrer lugares solo, ¿verdad?

-Sí: lugares silenciosos y con mucho aire libre. No conozco nada más relajante...- respondió Cristian, mirándolo con una leve sonrisa y luego, por primera vez en el día, levantó la vista al cielo.

-A mi también me gustan esos lugares, pero como que estoy acostumbrado a la naturaleza. La "casa de playa" de mi familia está rodeada de lugares así. Y a veces, allí me siento pequeño, y hasta a veces con temor en medio de tanta naturaleza solitaria...

-Qué curioso... Yo me siento así, pequeño e insignificante, cuando estoy en lo alto del silo. –respondió Cristian, animadamente. -Con toda la inmensidad rodeándonos, esa inmensidad que te hace temblar y sientes que eres tan pequeño que el viento podría arrastrarte y levantarte por los cielos como a una hoja...- Cristian hiso un gesto con la mano que abarcaba todo el paisaje frente a ellos, recordando la sima del silo: su lugar secreto y favorito de la ciudad.

-¡Oh, yo también me siento así en lo alto del silo!- dijo Elías, sonriendo emocionado. -Sólo que no me siento solo allí, porque siempre estoy contigo.- añadió. Lo dijo de forma natural, fluida, sin pensar en el efecto de tan profundas sensaciones expresadas...

Cristian tragó saliva, disimuladamente. Miró a Elías y, a modo de respuesta, le sonrió del modo más simpático que su repentina timidez le permitía; o sea, con un leve movimiento hacia arriba en la comisura de sus labios. Sonrisa que Elías bien conocía.

Elías también se puso repentinamente tímido al concluir sus propias palabras; miró y le sonrió a Cristian, pero volvió rápidamente la vista al frente. En esa mirada fugaz, pudo notar un sonrojo extraño en él.

-Aún hace un poco de calor... -comentó Cristian, consciente de su propio sonrojo. Elías no respondió.

A las cinco de la tarde, la caminata concluía, y el grupo regresaba a la plaza central para merendar antes de emprender el regreso.

La pandilla de los chicos más revoltosos del curso ya estaban sacando las temidas bolsas que habían mantenido ocultas en sus mochilas, y se dirigían todos a la parte más solitaria de la plaza; al fondo, donde comenzaba el bosque y el sonido de los autos y las familias ya se hacía casi imperceptible.

Los maestros, que merendaban junto a los alumnos más tranquilos y responsables del curso, notaron el alejamiento de este revoltoso grupo.

-¿A dónde creen que van?- les llamó el profesor.

-Al fondo, no más.- respondió uno de los chicos que llevaba una de las bolsas más pesadas del grupo.

-No. Merendamos todos aquí. En menos de una hora el micro estará acá esperándonos.- replicó el maestro.

-Elías y Cristian también están allá desde hace rato. ¿Cómo es que siempre se zafan de los problemas? -protestó uno de los chicos del grupo. -Y creo que otros también andan por allá. ¡No seremos los únicos!

Era cierto: varios alumnos habían preferido alejarse al lado más remoto de la plaza para merendar tranquilamente, en el pasto. Los maestros no los habían detenido por tratarse de chicos responsables, no como estos, que siempre los sorprendían con una travesura nueva... Ahora, el maestro supuso que no debía detenerlos, aunque quisiera.

-Bueno, vayan. Pero no lo suficientemente lejos como para que los perdamos de vista.

-No hay problema. – respondieron, y ahora, con permiso, echaron a correr impacientemente al fondo.

-¡Esperen!- les detuvo la maestra. -¿Qué llevan en semejantes bolsas?

Toda la pandilla miró, mal disimuladamente, a uno de los chicos. Este se acercó inmediatamente y con despreocupación hacia los maestros y les mostró su bolsa, llena de paquetes de galletitas y botellas de jugos.

-Caminar nos da hambre. Vinimos bien preparados. -respondió el chico, con sonrisa orgullosa.

Los profesores asintieron. El chico de la bolsa con golosinas corrió a reunirse con su grupo, con sonrisa triunfante. La suya era la bolsa de camuflaje.

Cristian y Elías permanecían alejados unos 10 metros de la plaza, sentados solos en un único asiento solitario. Un asiento tan maltratado, que ya sólo tenía la forma de una piedra rectangular con unas patas chuecas y rajadas, pero adherida muy firmemente a la tierra, como si de ahí hubiera surgido naturalmente, hace añares. La pierda estaba muy rota, y la pintura blanca ya casi desaparecía; su superficie era una mezcla de gris cemento y blanco amarillento.

Ambos permanecían en silencio. Cristian quería relajarse, y Elías lo sabía. Además, ambos estaban acostumbrados a relajarse así; sabían que ninguno de los dos perturbaría la calma del ambiente, pues ese ambiente calmo era siempre producto de ambos.

Cristian miró disimuladamente a su lado, a su amigo: los delgados y delicados dedos de éste haciendo girar el cubo Rubik, la vista muy concentrada en el objeto... Entonces Cristian lo recordó; cuando conoció a Elías. En aquél primer día en esa nueva escuela, lo había visto; había retenido la imagen del tímido y escurridizo chico en la entrada del colegio… Y, minutos después, lo había vuelto a encontrar en su nuevo curso. Aún recordaba la imagen y la sensación que le produjo ver a ese chico solitario, concentrado en lo suyo, ajeno al resto del curso, ese curso de chicos alegres, despreocupados y charlatanes que lo observaban curiosos, y que ahora él también ignoraba. Elías, así se llamaba esa criatura delicada... Sintió que su llegada a ese colegio tenía un significado importante: quería conocer a ese chico.

Casi tres años habían pasado... Sintió que Elías era ya una parte inamovible de su vida, pero aún sentía que faltaban cosas por aclarar en ese vínculo…

-Desde que te conocí que estás con esa bestia en las manos... ¿Y aún no...? -comentó Cristian, de repente, con una sonrisa irónica. Elías levantó rápidamente la vista; había estado muy sumido en su cubo Rubik, como tantas veces le había pasado, anteriormente.

-¡Ha ha! Pero no estoy constantemente con esto. Lo intento, lo dejo por meses, vuelvo a intentarlo, y así... -comentó Elías, siempre sonriendo. -Pero, es verdad: no hay caso. Creo que tienes razón, sobre lo que me dijiste una vez: debo buscar un indicio, una ayuda en internet.

-Tampoco estaría mal que sigas intentándolo completamente por ti mismo. -replicó Cristian, seriamente.

-No estaría mal, y he seguido con esa idea desde siempre. Pero no logro avanzar desde esto. -respondió Elías, mostrándole el cubo con sólo dos caras completas y una tercera a medio completar.

-¿Esto te relaja...?-pregunto Cristian, tomando el cubo y observándolo, como si fuera la primera vez que lo viera de cerca.

-No precisamente. Me concentra, y me ayuda a distraerme del entorno. Tú sabes; a veces el entorno es insoportable…

Cristian asintió. Le devolvió el cubo. Le gustó la idea del cubo como un buen método de distracción, pero Cristian, ahora, ya no necesitaba distraerse del entorno, pues allí sólo estaban Elías y él.

-Sabía que este lugar podía ser agradable... -comentó Cristian, sonriendo y observando las copas de los árboles meciéndose suavemente.

Cerró los ojos, y aspiró el aire puro. Sí, este paisaje era hermoso, la escena, sólo junto a Elías, era perfecta... Pero necesitaba algo más; algo que no sabía cómo explicar con palabras cuidadosas a su compañero, y sin embargo, necesitaba que él lo sepa. Nuevamente, esa ansiedad... Apretó los puños. "Quizás no haya nada qué explicar", pensó, "¿Lo hago?", dudaba.

Sus ojos se abrieron de repente. Su cuerpo se tensó.

-¿Qué estás haciendo?- preguntó Cristian, con absoluta sorpresa.

Elías tenía sus manos sobre la espalda de Cristian, pero se petrificó ante la reacción alarmante de Cristian.

-Te doy un masaje. -respondió el chico, tímidamente. "No hay problema, así es él", pensó Elías, para infundirse valor. -Es sólo un masaje. Necesitabas relajarte, ¿no?

-Sí... – susurró Cristian, sin pensar. Encorvó un poco su espalda, y se entregó a sus cálidas manos, pues confiaba en Elías; todo lo relacionado con él, lo sentía muy familiar.

Elías suspiró en silencio. Trató de dominar su propia timidez y empezó a masajearle la espalda a su amigo, comenzando por hacerlo cuidadosamente y de modo natural, impersonal, para que Cristian no sospechara nada -aún- y no se incomodara. Incomodarlo era lo menos que quería, aunque en determinado momento no podría evitarlo.

-(...) Lo haces muy bien. -fue todo lo que Cristian pudo decir al sentir los masajes suavizándose, relentizándose... . Se estaba poniendo nervioso; temía que alguien se apareciera de repente y los viera… ¿qué pensaría la gente? "Esto es raro" pensó Cristian. Pensaba en detenerlo, pero no podía hacerlo: el tacto de Elías... lo esperaba desde siempre.

Elías continuó, ahora masajeando más suave y lentamente en la zona al rededor del cuello. Elías sabía que lo que tenía en mente era arriesgado pero, a medida que pasaba el tiempo, su convicción y seguridad estaban imponiéndose en su tierno pero apasionado espíritu. Ahora, Elías tenía no sólo a su padre como buen ejemplo: ahora tenía también a Cristian, que no sólo era un modelo de audacia para él, sino un motivo de profunda y extensa inspiración en su vida...

Sin dudarlo, desabrochó el primer y el segundo botón de la camisa de Cristian, acercando sus manos al pecho...

Cristian tragó saliva. Su corazón comenzaba a acelerarse nuevamente. Todo se estaba pareciendo, sorpresivamente, a lo que él había fantaseado varias veces: estar a solas con Elías, probar algo nuevo, sentir la calidez que irradiaba, descubrir que el vínculo entre ellos podía ir más allá de la amistad, y, sin embargo, no por eso dejar de ser amigos... Era un deseo constante, pero un pensamiento generalmente reprimido.

Cristian desabrochó un tercer botón de su propia camisa; no dudó en permitirle acceso a las manos de Elías...

Pero un estrepitoso bocinazo le hizo bajar de las nubes, e hizo a Elías detenerse de repente. Un compañero había aparecido, a un par de metros frente a ellos. Llevaba un extraño saco negro en la cabeza, una bocina estúpida en una mano, y una botella rellena de pintura en la otra mano. A Elías, ese personaje le pareció tan tonto y horrendo como un verdugo de la Edad Media.

-¡¿Qué quieres, idiota?! Tengo dolor de cabeza, me alejo para estar tranquilo... ¡¿y te apareces así?! -exclamó Cristian, fastidiado, y no sólo por el temor de que este chico hubiera visto algo extraño...

-La cacería comenzó. Advertidos están. -respondió el chico del saco, emocionado. Parecía no haber notado mucho con ese saco con dos diminutos y tontos agujeros en los ojos. Acto seguido, les salpicó un chorro de pintura con una botella con la tapa perforada. Cristian y Elías intentaron esquivar, de un salto, el repentino ataque, pero no pudieron salir limpios. Cristian, que era el que se encontraba adelante, recibió la mayor parte de pintura sobre su camisa, su pecho, su cuello, su cara y su flequillo.

-¿Qué carajo...?- exclamó Elías, con su habitual e inevitable sonrisa.

-¿Vienen...? -les invitó el chico.

-Nah!- dijo Cristian, despectivamente.

-Agradezcan que sólo fue pintura. Si quieren vengarse, los esperamos allá. -dijo el chico de la pintura, señalando varios metros adelante. Sin poder contener su emoción, regresó a la batalla.

-Estos pendejos... ¡Ya me fastidiaron...!- soltó Cristian, mientras se sacudía la camisa blanca completamente manchada rojo en la parte de adelante. Dio un par de pasos, dirigiéndose directamente a la batalla.

-No tenemos nada para atacar. -dijo Elías, tranquilamente, mientras se acomodaba el flequillo manchado de espesa pintura. -Será inútil.

Cristian se detuvo inmediatamente. "Tú siempre tan correcto..." le reprochó a Elías, mirándolo con expresión de niño enojado y caprichoso. Luego de unos instantes, se acercó a él, desvió la mirada, y dijo, en tono de fingido fastidio:

-Bueno. Volvamos con los maestros. Pero tomaremos un atajo, por largo que sea. Así, no nos cruzaremos con esos pendejos...

Elías le sonrió ampliamente, y comenzaron a andar.

Cristian no sabía si realmente era lo mejor dejar las cosas así o intentar vengarse... O si, realmente, le sucedía lo que sospechaba íntimamente: le gustaba complacer a Elías.

Las 6 de la tarde. El autobús escolar se encontraba retenido en medio de la plaza central de Valbyparken. Retenido, pues afuera los maestros regañaban, interrogaban y volvían a regañar a los chicos que ocasionaron el desastre.

Dentro, sentados cómodamente - o incómodamente, por la pintura, las claras de huevo, la harina y el barro en la ropa y el cabello-, se encontraban las víctimas, aguardando el momento de partir a sus casas a limpiarse de una vez (y comenzar con sus vacaciones).

Pese a las incomodidades y las demoras, todos reían. "El desastre" no había sido tan grave como los maestros lo hacían parecer. Había sido divertido.

Elías observaba el atardecer desde su ventanilla. El parque, en el atardecer, era hermoso en verano; las copas de los numerosos árboles pasaban de verde a un radiante naranja, la gente se veía más alegre que en el resto del año...

Cristian, que se encontraba a su lado, le había cedido el lugar de la ventanilla, pues sabía que a Elías le gustaba eso. El micro estaba oscuro por dentro; oscuridad que Cristian aprovechó para intentar, quizás, dormir, pues había un sentimiento extraño y aparentemente indescifrable que ya no sabía cómo apaciguar en su interior...

Luego de unos 20 minutos de interrogatorios, los acusados subieron al micro. Al pasar por los pasillos hasta el fondo, les dirigían a las víctimas, pícaras miradas de triunfo. Detrás de ellos, los maestros subieron.

-Bien, parece que no hay demasiado porqué preocuparse. Están todos bien, ¿verdad?- preguntó la maestra, antes de que el micro arrancara.

-Síííííí... - respondieron todos al unísono.

-De todos modos, hablaremos con los padres de... los causantes de este desastre. -continuó la maestra, dirigiendo una mirada inquisidora hacia el fondo del autobús. -Pero ahora, les vuelvo a preguntar: ¿alguno ha sido rociado con orina?

Ante esta pregunta, la clase estalló en carcajadas. Luego, todos negaron.

-Pero vimos las botellas...- dijo Elías, en vos baja, inclinándose hacia Cristian. Cristian permanecía con los ojos cerrados, como adormecido. –Bueno… tal vez eran sólo para infundir pánico. ¡Oh, ya entendí!

-De todos modos, hicimos bien en alejarnos. –dijo Cristian, sonriendo levemente, siempre manteniendo sus ojos cerrados.

-¡A mí también me gustó esa caminata entre nosotros! –respondió Elías, sinceramente emocionado. A lo que Cristian sólo pudo responder haciendo una media sonrisa. Ni siquiera abrió sus ojos, sino que los presionó, y agachó su cabeza, como insinuando que se disponía a dormir. A Elías le pareció que intentaba ocultarse tímidamente.

Elías, nuevamente, sintió su atención ser capturada por la contemplación de la imagen de Cristian. Este permaneció con su cuerpo reclinado en el respaldo, las piernas estiradas hacia delante, las manos entrelazadas sobre su abdomen, su respiración calma, su rostro plácidamente adormecido. Observó su camisa un poco desabrochada, su pecho salpicado de pintura, su flequillo despeinado y su suave mejilla también salpicada de pintura...

Sentía la tentación de estirar la mano y limpiar con el dedo la mejilla del durmiente, pero temía cómo reaccionaría él, en caso de que no estuviera dormido. En este hermoso día, sus impulsos de acercarse a Cristian, y tocarlo se estaban haciendo peligrosamente incontenibles. Decidió detenerse, por hoy.

Corrió un poco la cortina de la ventana, para que la luz no molestara el sueño de Cristian.

El micro empezó a andar.

continuará.