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Silencio

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Epílogo

 

Llueve a mares el día que entierran a Esteban.
Del cielo gris cae agua sin cesar cuando el ataúd sale de la iglesia. Sin embargo, ninguno de los cuatro hombres que lo lleva da señal de percibir la tromba de agua que se desata sobre sus cabezas.
Uno de ellos es el capitán de la Guardia Civil del pueblo, cuyo tricornio queda inmediatamente empapado. Los otros dos son los hombres de confianza del fallecido, sus dos más fieles trabajadores; esos dos forasteros que dicen ser hermanos, y a quienes los locales ya han tomado aprecio. El cuarto es su propio hijo, Álvaro Molina, que a sus veinte años acaba de convertirse en el heredero de un gran patrimonio.
Los demás se protegen con paraguas y resguardándose bajo las cornisas, pero ellos llegan al cementerio empapados, con las botas llenas de barro. Dejan el ataúd junto al panteón abierto donde ya reposan los restos de sus padres, su mujer y su hijo. Después se quedan junto al féretro. El capitán con los brazos cruzados a la espalda. El joven Álvaro entre los otros dos hombres, el brazo de uno en los hombros, el del otro en la cintura.
Esa noche, por primera vez, ven beber al capitán Alonso.
Están los tres solos en el gran salón, en cuyas paredes ya sólo les contemplan fantasmas. Álvaro se ha disculpado, retirándose pronto a su dormitorio. Ninguno ha intentado detenerle, porque saben que necesita llevar su dolor a solas.
- ¿Qué vais a hacer vosotros dos?
Javier Alonso nunca ha sido el hombre más delicado del mundo. Y medio borracho, menos aún.
- No te entiendo.
- Que si os vais a ir u os vais a quedar con el chico. A fin de cuentas, erais hombres del padre, no del hijo.
- El hijo nos tendrá a su lado mientras él quiera -responde Emilio con solemnidad.
- ¿Y le serviréis bien?
- Casi le hemos criado, Javier.
- Me llamo Xabier, aunque el imbécil de vuestro patrón, que Dios le tenga en su santa gloria, me cambiara el nombre para que los catetos como vosotros no tuvieran que aprender a pronunciarlo.
Pablo y Emilio se miran.
- Cuidaremos de Álvaro lo mejor posible -asegura el primero.
- Eso espero -contesta el capitán, sirviéndose otra copa-. Porque si no su padre os podría perseguir hasta el mismísimo infierno. No os creáis que os habéis librado de él por morirse, no, Esteban era un pesado de manual. Dando por culo hasta para morirse.
- Disculpa mi atrevimiento, pero creo que no deberías seguir bebiendo, Xabier.
- Javier, os he dicho que me llaméis Javier, como quería el cabrón de vuestro patrón -Alonso suelta el vaso en la mesa, con los ojos brillantes-. Era buen tío, ese individuo. Listo, fuerte, buena persona. ¿Sabéis que os protegía, verdad? Para que nadie supiera que sois maricas.
Emilio se atraganta.
- Ah. Tú también lo sabes -Pablo le mira con las cejas arqueadas.
- ¿Pretendes vivir más de diez años en una aldea de mierda y que nadie sepa que sois pareja? -ahora es el capitán quien le mira, entre sorprendido y despectivo-. Venga ya, hombre. Los que llevamos aquí toda la vida lo sabemos. Pero nos da igual, porque también sabemos que sois buena gente. Esteban os tenía aprecio, así que por algo será... -de repente, esboza una pequeña sonrisa- ¿Sabéis qué hacía, el viejo zorro?
Los dos niegan con la cabeza.
- Siempre me pregunté por qué el servicio no cotilleaba cuando estaba claro que dormíais juntos. Un día me lo dijo. Puso a una mujer en concreto a limpiar el ala donde está vuestra habitación. Una mujer que hace muchos años se quedó preñada de uno de los escopeteros. Esteban la ayudó a ocultar el embarazo y entre los dos le buscamos una familia al niño. Una pareja joven del pueblo de al lado, a quienes el viejo doctor acababa de confirmar que no podían tener hijos.
- Muy inteligente por parte de Esteban.
- Inteligentísimo. Así se ganó el aprecio doctor, la lealtad de la mujer y la de la pareja que, con el tiempo, le confesaron la verdad a su hijo -suspira-. El cual empezó a seguirme hasta convertirse en recluta, pero, a la hora de la verdad, prefirió anteponer su fidelidad a Esteban a su sagrado juramento como Guardia Civil. Si alguna vez te preguntas por qué no te han ahorcado, Emilio, ahí tienes tu respuesta.
Emilio cree haber escuchado mal. Es Pablo quien lo dice en voz alta, en tono incrédulo.
- ¿Martín?
- Borjita Martín. Torpe, pero honesto, valiente, dispuesto a morir por defender la ley. Un miguelete por vocación. ¿Tú también fuiste por vocación, Emilio?
- ¿...Hay algo que no sepas? -replica Emilio, ladeando la cabeza.
- Si te consuela, no sabía que estabas muerto. Me lo confesó Esteban cuando estaba agonizando. Ya ves, se está muriendo y me habla de la muerte de otros. Siempre preocupado por los demás. Le prometí ayudaros, no os preocupéis. Le prometí que rompería todas las ordenanzas del mundo para ayudaros. Eso me pidió en su lecho de muerte. Como os he dicho, dando por culo hasta para morirse.
Pablo se atreve a esbozar una sonrisa algo mordaz.
- Veo que tú también antepones la lealtad hacia Esteban a tu juramento, capitán.
- Más veces de las que te habrías imaginado, Pablo. Y ya ves, por mí no hizo nada. Ni me salvó la vida, ni me libró de ningún escándalo, ni me dio trabajo. Lo único que hizo fue invitarme a una copa en mi primer día aquí. Él acababa de enviudar, ¿sabéis? Aún así vino a buscarme para darme la bienvenida. Aparte de eso -apura el vaso-, no hizo nada más. Tan sólo ser mi amigo.
Por un momento parece que va a echarse a llorar, mirando fijamente hacia el lugar donde les contempla el retrato del recién fallecido cabeza de familia.
- Creo que he bebido demasiado y hablado aún más. Mis disculpas -se pone en pie, tambaleándose un poco-. Me hago viejo. Si no he entregado ya la placa y me he ido a mi pueblo natal es porque vivo con el miedo a que le den mi puesto a Martín. Y creo firmemente que la Guardia Civil no necesita a un capitán que corra el riesgo de ahogarse a sí mismo con las riendas de su propio caballo, llámenme conservador si quieren.
Pablo y Emilio sueltan la carcajada a la vez, y Alonso acaba riéndose más fuerte que ellos dos, sujeto al respaldo de una silla.
- Capitán, por favor. No puedes irte en este estado. Te caerás del caballo, como Martín.
- Iré despacio -promete Alonso, sonriendo-. Lo que no puedo es quedarme a dormir aquí. Demasiados recuerdos de ese cabronazo.
- Ten cuidado.
- Lo tendré. Y os estaré vigilando, muchachos -bromea, antes de ponerse serio de nuevo-. Cuidad a Álvaro, y si necesitáis algo ya sabéis dónde estoy.
- Lo mismo digo, Javier.
- Buenas noches -Javier se queda un momento mirando por encima de su hombro, al retrato de Esteban-. A ti también, listillo. Mira que irte a morir ahora... No tienes respeto, ni nunca lo has tenido.
Se marcha. Y unos segundos después, a Pablo y a Emilio les parece escuchar el sollozo de un hombre por encima del repiqueante sonido de la lluvia sobre las losas del patio.
- Espero que no se mate por el camino -murmura Garmendia, contemplando la botella de licor casi vacía.
- No se matará. Ese hombre tiene su propia razón para seguir vivo.
- Que es vigilarnos a ti y a mí para asegurarse de que Álvaro queda en buenas manos.
Se ríen suavemente. Emilio deja una mano sobre la de Pablo, encima de la mesa. Comparten una larga mirada.
- ¿Nos vamos a dormir?
- Si, por favor.
Se levantan de la mesa. Un perro, que hasta entonces había permanecido hecho un ovillo en un rincón, se levanta para seguirles. Es el hijo del fallecido Capitán, un chucho más desgarbado y torpe que su padre. Le llaman Cabo. Martín, evidentemente, no lo ha pillado.
Se duermen abrazados, con el recuerdo de Esteban presente entre ellos.

Les despiertan unos toques a la puerta, casi al amanecer.
- Pablo, Emilio, ¿podéis abrir?
Emilio se levanta entre bostezos. Álvaro está al otro lado de la puerta, con aspecto cansado y los ojos rojos. Ni siquiera se molesta en invitarle a pasar. Le abraza directamente, frotándole la espalda, metiéndole dentro de la habitación.
- Anda, ven aquí -le llama Pablo.
Álvaro no duda en sentarse a su lado, en la cama deshecha. Y le parece de lo más natural refugiarse en los brazos de Pablo, llorar a su padre en su hombro mientras Emilio sigue acariciándole la espalda.
- Todos me abandonan. Mi madre, Luis, mi padre... -un rato después, más sereno, formula al fin el miedo que le ha llevado hasta allí-. ¿Vosotros también me vais a dejar? ¿Os vais a querer ir, ahora que mi padre se ha ido y la finca la lleva un crío?
- No -responden los dos, al unísono.
Álvaro se sorbe las lágrimas.
- ¿En serio?
- Estaremos contigo, muchacho.
- Siempre podrás contar con nosotros.
Ante la seguridad que empapa la voz de los dos hombres, Álvaro consigue esbozar una sonrisa.
Cuando el nuevo día empieza en la finca de los Molina, Álvaro se dirige con seguridad al despacho de su padre. Y se da cuenta, por primera vez, que no sólo le ha dejado en herencia la finca y el apellido, el dinero y las deudas; sino algo más fuerte, más humano, que debe luchar por mantener, en memoria de Esteban.

A veces, Pablo se plantea si aún sigue en Arazana y todo lo que ha ocurrido no es más que un sueño.
Ha leído algunas teorías sobre universos, mundos paralelos, y esas cosas. Personas que aseguran que, quizá, todo el mundo conocido sea producto de un sueño. Muchas veces no puede evitar pensarlo.
Que Emilio Roca murió efectivamente en aquel tiroteo, y su cuerpo reposa en alguna tumba.
Que él, Pablo Garmendia, se volvió completamente loco en los días posteriores a su muerte, y recreó en su cabeza todo lo demás: los bandoleros, la recuperación, el viaje, Esteban, el capitán Alonso. Álvaro.
Que, en realidad, todo lo que le rodea y todo lo que ha vivido no es más que producto de la imaginación de un viejo loco que pasa sus últimos días en algún sanatorio mental, donde Elisa y su padre tuvieron a bien ingresarle.
Y es en ese punto donde suele cortarle Emilio.
- No estás tan viejo -se queja.
Él ya tiene el pelo más gris que negro. Pero a Pablo le sigue encantando sentir su barba raspándole la piel.
- Bueno, es que el Pablo del que hablo si estaría más estropeado que yo. Tienes que tener en cuenta que años de locura, encerrado en un sanatorio, habrían hecho estragos en su físico y en su salud.
Emilio le mira fijamente.
- A ti te voy a encerrar yo en un sanatorio, si sigues diciendo esas cosas.
- Mírame como quieras, pero quizá Pablo Garmendia ya está muerto, y nosotros sólo somos el sueño de un animal, o un insecto.
- Ya -Emilio se estira para agarrarle, atrayéndole de la cintura hasta que pega su pecho contra la espalda de Pablo. Como siempre, empieza mordisqueándole la nuca, lamiéndole el cuello, haciéndole estremecerse en un escalofrío cuando siente su aliento sobre la piel húmeda-. ¿A ti esto te parece el sueño de un insecto? ¿En serio?
Pablo se ríe hasta que se le corta la risa y empiezan de nuevo con el ritual conocido, el que ya han repetido tantas veces. Porque, sí, Emilio tendrá canas y él se ve cada vez más claro el pelo castaño; pero cuando hacen el amor siente que vuelven a ser los dos hombres relativamente jóvenes que sudaban bajo una manta, acampando con las estrellas como único techo.
Quizá algún día le aclare a Emilio que, en realidad, da igual.
Tiene justo lo que pidió; lo que luchó.
Obviamente no es fácil. Los tres han tenido que aprender a cuidarse solos, sin el constante amparo de Esteban. La situación del país les parece cada vez más complicada. Y ambos tienen que acostumbrarse, muy pronto, a enseñar los dientes por ese joven que no es su hijo, pero que sí es lo más parecido a un hijo que tendrán en la vida.
Álvaro, al que han jurado proteger hasta el fin de sus días. Su cachorro, ahora y siempre, incluso cuando él mismo se case -Pablo es el padrino de boda; Emilio, el del primer hijo- y les llene la casa de nuevos y pequeños seres a los que uno enseña a leer, el otro a nadar, y ambos añaden a su lista de personas por las que darían la vida.
Por encima de todo eso, es feliz.
Porque sabe que, incluso en los días más difíciles, las voces de Emilio y Álvaro llenarán siempre el silencio.