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Silencio

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Tercera parte

I

El palo surca el aire con un tenue silbido. Capitán brinca entre la hierba, como un saltamontes, el perruno rostro vuelto al cielo. Pablo observa cómo espera al momento justo, sus patas traseras flexionándose para tomar impulso en el salto final.
Las mandíbulas del perro se cierran firmemente sobre el palo de madera.
- Bien, chico, bien -le felicita su dueño cuando se lo lleva, meneando el rabo y dejándolo a sus pies.
En ese momento ve la silueta por el rabillo del ojo, parada a unos metros, junto a la puerta principal. Se gira.
- Álvaro -sonríe, tirando de nuevo el palo con gesto mecánico-. ¿Necesitas algo?
El niño observa al perro y se acerca con su característica forma de andar, pausada y solemne.
- ¿Le molesto si me quedo un rato con usted, don Pablo?
- No molestas en absoluto -le responde, dando una palmada en el banco de piedra para invitarle a sentarse-. Emilio me ha ordenado que me quede aquí para recibir a un proveedor. Llevo casi una hora esperando.
- ¿Está contento de que don Emilio sea el jefe?
Pablo se encoge de hombros.
- Hay personas que nacen para mandar, y Emilio sin duda alguna es una de ellas.
Álvaro siente lentamente, como si acabara de decir algo muy importante.
- ¿Por qué estás aquí? ¿Te ha dejado libre tu padre?
- Mi padre me deja que hable con la gente. Dice que tengo que conocer a los que trabajan con nosotros.
- Tu padre es un hombre muy sabio. Espero que le obedezcas siempre.
- Siempre, don Pablo -se apresura a responder.
Capitán trae el palo y, tras una mirada a su dueño, lo deja a los pies del niño. Éste lo levanta con cuidado de no tocarlo mucho, entre el índice y el pulgar, enviándolo de nuevo lejos.
- ¿Qué edad tiene?
- Emilio dice que cuando lo encontramos tendría casi tres meses. Eso quiere decir que ahora mismo estará próximo a cumplir los siete.
- Mi padre dice que ese perro es muy listo.
- Y lleva razón.
- También dice que usted y Emilio son muy listos. Y muy valientes. Por eso me ha dado permiso para hablar con usted, pero sin molestar. ¿Le estoy molestando?
- Te aseguro que no.
- Mi padre dice que Emilio es mejor jefe que el anterior porque además de fuerte es listo y honorable. No sé muy bien qué significa honorable -el perro le trae de nuevo el palo. Álvaro lo coge de forma distraída, esta vez con todos los dedos, y lo tira con fuerza-. También me han contado que el anterior jefe intentó pegarle a su hermano y que él le metió una paliza.
- ¿Eso te ha contado tu padre?
- No -el niño adopta una expresión culpable-. Una de las criadas.
- No le dio una paliza. Se limitó a defenderse.
- ¿Usted estaba allí, don Pablo?
- Sí, claro.
- ¿Ayudó usted a su hermano?
- No le hizo falta, pero lo habría hecho sin dudar.
- ¿Y el otro volverá para vengarse?
Al ver su expresión de pánico, Pablo le revuelve el pelo, bajando la cabeza parar mirarle a los ojos.
- Álvaro, te doy mi palabra de honor de que ese tunante no volverá a acercarse a vuestra finca mientras sepa que Emilio está aquí.
El niño asiente, más tranquilo.
- Don Emilio es un hombre muy valiente, ¿verdad?
Pablo no puede evitar sentirse orgulloso al responder.
- El hombre más valiente que yo haya conocido.
Álvaro sonríe, mirando al vacío.
- Mi hermano también era muy valiente. Y el que mejor disparaba en todo el pueblo. Me prometió que me enseñaría a disparar en cuanto fuera un poco más mayor.
- Emilio me enseñó a mí. A usar las armas de fuego. Y el sable.
- ¿Cree que Emilio podría enseñarme? A mi padre no le gustan las armas.
- Aún quedan algunos años para que seas capaz de coger una pistola, Álvaro.
Álvaro se encoge de hombros, acariciando la cabeza del perro.
- Bueno, ¿y? Mi padre dice que se quedarán mucho tiempo con nosotros.

 

II

- Le alegrará saber que sus hazañas empiezan a ser de dominio público, capitán Roca.
Emilio cierra la puerta con suavidad. Pablo le mira desde la cama, apoyado en el cabecero, con un libro entre las manos.
- ¿Qué hazañas?
Echa el pestillo al tiempo que se descuelga la escopeta, dejándola junto a la puerta. El perro le mira desde la esquina, hecho un ovillo sobre su capa vieja, que definitivamente ha heredado. Le da una palmadita al pasar.
- La paliza que le diste a ese idiota.
- Paliza -repite Emilio, arqueando una ceja. Se sienta en una silla, desatándose las botas-. Le di un empujón, y me limité a retorcerle la muñeca cuando intentó sacar la pistola.
- Eso no es lo que se cuenta entre las chicas del servicio y el resto de vigilantes -Pablo le mira con cierto aire satisfecho, dejando el libro a un lado.
Aún está vestido, aunque sin zapatos. La ropa nueva le sienta bien, y por primera vez en mucho tiempo no muestra ojeras de cansancio. El hecho de que ahora el barbero de don Esteban les corte el pelo a los dos contribuye a mejorar su aspecto; aunque, por petición expresa de Emilio, haya decidido dejarse la barba.
Emilio tiene que forzarse a volver a la conversación cuando se da cuenta de que lleva demasiado rato mirándole como un pasmarote.
- ¿Qué se cuenta, que le he matado?
- Algo así. Si le preguntas a la niñera de Álvaro, te dirá que le partiste la escopeta con tus propias manos. El encargado de los caballos mantiene que en el suelo había tanta sangre que tuvo que cambiar la paja. Todo el mundo está comentando lo duro y peligroso que es el nuevo jefe de seguridad de la finca.
- Eso está bien. Supongo.
- De paso, me he informado de otro tipo de hazañas que también te atribuyen.
Emilio se pone en pie, quitándose la ropa. Deja la camisa a un lado, y abre el amplio armario para colgar los pantalones.
- ¿Quiero saberlo?
- Una de las chicas de la posada va contando maravillas de ti. Bueno, no exactamente de ti. De una parte de ti.
Pablo no puede contener una risa cuando le escucha resoplar.
- Don Esteban se pasa bastante con eso de ayudarnos a mantener nuestra hombría.
- Cuando el mes pasado fueron diciendo que había dejado embarazada a una de las criadas, a ti te hizo mucha gracia.
- Porque tiene gracia -sonríe-. Ni siquiera las miras.
- Ríete. A partir de mañana, a ti te van a mirar mucho -Emilio aparta las sábanas y se acuesta a su lado mientras Pablo sigue hablando, en tono irónico-. ¿Sabes esa cocinera que lanza suspiros cada vez que te ve? Igual empieza a pedirte que la ayudes con los guisos.
- Pablo, el único que suspira cada vez que me ve eres tú.
Se echa a reír al ver su expresión ofendida.
- Eso es inexacto -replica, cruzándose de brazos y alzando la barbilla-. Te darías cuenta si miraras más allá de tu escopeta.
- No miro más allá de ti -responde Emilio en tono paciente.
- Esa táctica no te va a funcionar esta noche.
- ¿Vas a dormir con pantalón de montar y camisa, futuro padre?
- Por supuesto que no. Esperaba que mi gallardo capitán Roca me ayudara a desvestirme, pero veo que sólo las prostitutas pueden disfrutar de tal privilegio, amén de otros atributos tuyos.
- ¿Sabes? Tengo interés por ver si con cincuenta años sigues hablando así. Supongo que llegará un momento en el que te entenderé, y todo.
Pablo le responde con un resoplido indignado, incorporándose. Emilio le detiene, tirándole de la camisa.
- Anda, ven aquí.

A veces, Emilio no termina de creérselo.
No es un hombre que suela tener pesadillas, pero hay noches en las que sueña. Sueña con Arazana, con el cuartel. Con Pablo -don Pablo Garmendia- su abrigo largo, sus pañuelos de seda. Con la frustración de tenerle tan cerca pero -a efectos prácticos- tan lejos.
Y entonces se despierta, y le ve a su lado, y no se lo cree.
Emilio nunca ha sido un romántico, ni ha conocido otra felicidad que la de servir lealmente a la Guardia Civil con cada gota de su sangre.
Si se enamoró de Pablo fue porque no pudo evitarlo. Porque le juzgó erróneamente y, cuando quiso darse cuenta de cómo era realmente, ya era demasiado tarde. Cuando tuvo que hacer el supremo esfuerzo de alejarse de él, ya no sirvió de nada. Ya le necesitaba.
Ahora se pregunta qué diría el capitán Roca -el que se juró no volver a llevarse por los sentimientos, después de lo de Santurce- si pudiera verle, jefe de un grupo de escopeteros, oficialmente muerto, sin rango ni uniforme, pero feliz por el simple hecho de tener al terrateniente del lenguaje rebuscado y los pañuelos de seda al alcance de la mano.
Como, por ejemplo, ahora mismo.
Atrae a Pablo, tirándole de la ropa. Su expresión de digna irritación le dura aproximadamente medio segundo. En cuanto Emilio le besa se le olvida todo, y, cuando se separa para mirarle, le sonríe.
A Emilio siempre le ha fascinado -y sorprendido- que Pablo sea capaz de exponerse de esa forma. A pecho descubierto, sin precaución ninguna, poniéndole el corazón en la mano y arriesgándose a que lo tiren al suelo. Lo hizo el día que se le declaró junto al riachuelo: lo siguió haciendo cada vez que hablaban.
Lo hace cada vez que le sonríe, porque esa sonrisa de tonto enamorado expone tanto como la vez que le dijo que se fugaran juntos en el cuartel y se largó, tan ancho, dejando a un atónito Emilio preguntándose si el señorito de los pañuelos de seda no iba a acabar siendo el tío con más cojones que había conocido en su vida.
A veces, el señorito -le ha visto cubierto de sangre ajena después de haber atravesado a un tipo como si fuera una brocheta, pero para él siempre seguirá siendo el señorito- adereza sus expresivas palabras diciéndole que le hace muy feliz.
Y Emilio ya no es que no se lo crea, sino que le abruma.
Le quita la ropa, con cuidado.
- No te emociones -advierte-. Estoy cansado.
- Qué cosas me dices. Seguro que a tus prostitutas las tratas mejor. Debiste de hacerlo forzosamente, para dejarlas tan impresionadas.
- Que tú me hayas contado, sólo ha sido una.
- Es gracioso que te tengas que enterar de tu propia vida sexual a través de mí.
- Si es inventada, lo veo de lo más normal. Agradecería que don Esteban nos advirtiese de los rumores que va difundiendo antes de que todas las mujeres de la finca me vayan mirando la... Da igual.
Pablo se deja quitar los pantalones. Le observa mientras los dobla. Sonríe, relamiéndose ante su venganza.
- Emilio, ya es hora de que alguien te lo diga: las mujeres ya te miraban, entero y por partes, y cuando digo partes también incluyo tu entrepierna.
Emilio le mira sin pestañear.
- Eres un exagerado.
- Y tú eres atractivo, fuerte, y deseable para la mayoría de la gente que sí tiene instinto sexual. Asúmelo ya y vivamos felices.
Y con eso el señorito se acurruca cómodamente, con el brazo sobre su pecho, acariciándole distraídamente la cicatriz.
Emilio extiende el brazo para apagar la lámpara, dejando la habitación a oscuras.
- ¿Qué tal con el proveedor? -le pregunta Pablo, ya sin bromas.
- Bien. Le he ayudado a descargar el forraje, le he pagado y punto.
- ¿No sabes de dónde venía?
- ¿Por qué iba a querer saberlo? Mis órdenes son las que son.
Pablo se remueve con un gruñido cínico.
- Tu amigo se ha pasado a saludar cuando estaba terminando la guardia frente a la puerta.
- ¿Mi amigo?
- Tu amigo el recluta. Que ya no es recluta.
- ¿Lo han admitido en el cuerpo?
- Así es. El valiente Borja Martín ya es un miguelete.
- Es un día triste para la Guardia Civil.
- Lo es.
Se ríen en voz baja. Pablo vuelve a moverse. Aún le cuesta acostumbrarse a una cama tan grande, después de tanto tiempo durmiendo en el suelo -o apretándose en camas individuales de pensión, como dos idiotas-.
- Buenas noches, Emilio -le escucha murmurar.
Emilio, que nunca ha sido un romántico porque jamás nadie le inspiró esa necesidad, baja la cabeza y le besa en la frente, sencillamente porque sabe que le gusta.
También sabe que está sonriendo, en la oscuridad, exponiéndose de esa forma. El tonto enamorado.
Pero le da igual.
El señorito puede exponerse todo lo que quiera. Ya está él allí para protegerle.

 

III

La última hoja del bloc se le acabó hace tiempo.
Don Esteban le lleva a su despacho. Pablo murmura unas tres o cuatro veces que no se moleste, y acaba accediendo, ante la insistencia de su jefe.
- Tengo hojas de papel aquí. Puede coger todas las que necesite -Pablo intenta adoptar una expresión neutra, pero el patrón ya se ha acostumbrado a leer en sus ojos-. ¿No le sirven?
- Sirven, don Esteban. Le agradezco mucho el ofrecimiento.
- Pablo, por favor. Que nos conocemos ya.
Pablo suspira.
- En este papel es difícil dibujar -señala las rugosidades del basto papel de oficina, donde incluso se percibe algún resto de viruta de madera-. Pero haré lo que pueda. Reitero mi agradecimiento.
- Ya sabe que hemos intentado conseguir papel de dibujo, pero por esta zona es imposible.
- Es usted muy amable, señor.
- ¡Deje de dar las gracias! -le corta, tendiéndole un fajo de papeles en blanco- He visto sus dibujos. Es usted un artista y no sé muy bien qué hace aquí con una escopeta a la espalda.
- Hay que comer, don Esteban.
- Ya -se reclina en su sillón, observando cómo Pablo examina una a una las hojas de papel-. Me dijo mi hijo que fue Emilio quien le enseñó a usar un arma.
Ve apuntar una pequeña sonrisa entre la barba de su empleado.
- Rigurosamente cierto.
- De lo que deducimos que no nació usted con una pistola bajo el brazo.
- Más bien no.
- Son ustedes un misterio, señores míos -ironiza don Esteban. Se queda callado al ver que Pablo arruga la frente, sacando una hoja del montón. Está escrita por ambas caras-. Se me debe de haber colado algún papel.
Pablo le echa un rápido vistazo.
- Se le ha colado un presupuesto -informa, devolviéndole la hoja manuscrita.
Don Esteban tarda un instante en cogerla. Cuando lo hace, baja la mirada hacia el papel y vuelve a observar a Pablo, sorprendido.
- Aquí no pone lo que es.
- Bueno, me ha parecido bastante obvio. Ha apuntado usted los gastos y los ingresos del último mes. Sin duda para saber si acabará con una balanza positiva al finalizar el otoño.
El patrón suspira, dejando la hoja de papel a un lado.
- Ahora me dirá que sabe usted de números.
Pablo guarda silencio, al darse cuenta de que ha hablado demasiado.
- Siéntese, por favor. Aquí tiene -saca una libreta bajo un montón de papeles- un informe más detallado de los gastos. ¿Puede mirarlo y decir qué opina?
Su empleado la toma con reticencia. Allí sentado, frente al amplio escritorio pulido, examinando las cuentas con ademán pausado, Esteban tiene más claro que nunca que Garmendia no es lo que dice ser. Ni lo ha sido en su vida.
- Los gastos superan a los ingresos -a Pablo le basta sumar rápidamente ambas columnas para contestar-. Aunque mirando los excedentes de otros meses, no parece algo preocupante, sí debería vigilarlo porque parece formar parte de una tendencia.
- Efectivamente, cada mes me cuesta más cuadrar las cuentas.
Pablo abre la boca, le mira. Titubea.
- Hable, Pablo.
- Con el debido respeto y sin cuestionar su forma de llevar el negocio, desde que Emilio me tiene en la entrada recibo a todos los proveedores que le traen la comida para los animales, los aperos para la labranza y todo eso. No he podido dejar de observar que algunos de ellos vienen de muy lejos.
- La calidad hay que buscarla.
- Cierto -Pablo elige con cuidado las palabras-. Pero si los ingresos no se recuperan, quizá debería hacer algunos ajustes. La avena es la avena. Puede ir a buscarla un poco más cerca, ahorrándose costes.
Don Esteban le mira, pensativo.
- Si le digo la verdad, algunos proveedores los mantenemos de tiempos de mi padre. Quizá sea hora de revisarlos detenidamente y buscar mejores ofertas.
- Lo ideal será que contacte con algunos granjeros de la zona. He escuchado que ha sido un mal año. Si les ofrece un acuerdo a largo plazo probablemente accedan a ponerle un precio más barato.
Pablo baja la cabeza cuando su jefe continúa observándole, mientras cierra la libreta y la vuelve a colocar en su montón.
- Lamento si me he excedido.
- Y yo lamento no haberme dado cuenta del talento que tiene. Dígale a Emilio que acaba de perder un vigilante. De ahora en adelante, usted no se mueve de este despacho.

 

IV

La verdad es que sí se mueve del despacho. Pero sólo porque Esteban le concede uno propio, puerta con puerta con el suyo.
Así que se pasa las mañanas haciendo números, revisando las facturas y poniéndolas en orden. Don Esteban es un buen patrón, pero, como administrador, deja bastante que desear; su fuerte es el trato humano, lo que le gusta es salir al campo para hablar con sus trabajadores. Por contra, Pablo es un hombre más metódico, exacto y meticuloso. Su padre solía decir que tenía cabeza para los números.
En una semana ya tiene más o menos claro por dónde se está desangrando el negocio. Es entonces cuando decide pasar a la acción, aunque le cueste vencer sus reticencias iniciales.
- Pablo -le dice un día Emilio, descansando en el patio, antes de la cena-, si tienes alguna idea para mejorar las cosas, debes decírselo. Es para lo que te ha contratado.
- A muchos hombres no les gusta que se cuestione su forma de llevar una empresa.
- Pues tú lo hiciste, y te sacó del campo para meterte en un despacho. ¿Eso no te hace pensar?
- Sí. Me hace pensar que es muy amable conmigo.
- Todo el mundo es muy amable contigo -ironiza Emilio, mirándole con una sonrisa exasperada-. Tienes un cerebro brillante ahí dentro. Y no todos son tan ciegos como tu padre, que en paz descanse.
La primera vez que toca a la puerta del despacho de Esteban para presentarle una sugerencia, tiene la completa seguridad de que va a mirarle como si fuera un crío jugando a empresario -como le miraba su padre-. Sin embargo, su jefe le escucha, le rebate con educación, y acaba aceptando sus modificaciones con cierta prudencia.
Esa tarde, mientras está haciendo la última ronda antes de que anochezca, Emilio escucha los cascos del caballo de su patrón.
- Pablo es un hombre más valioso de lo que yo pensaba.
- Es un error habitual que se suele cometer con él, don Esteban.
Esteban sonríe. Tiene una buena relación con su jefe de seguridad, que parece saber dónde están los límites de la confianza mucho mejor que su supuesto hermano.
- Le cuesta asumir responsabilidades.
- Nunca le han animado a ello.
- ¿Me está sugiriendo que lo haga?
- Debería, si quiere extraerle todo su potencial.
Cuando su jefe le pide -y por favor- que vaya a comunicarle cualquier idea que se le ocurra para enderezar las finanzas, Pablo lo toma como una orden imposible de no acatar.
Siempre que aparece por su despacho, Don Esteban deja lo que esté haciendo, le invita a sentarse y le escucha con total atención.
Ya es más de lo que ha tenido en su vida.
Emilio se pasa por allí un poco antes del mediodía, para informar. Se acostumbra a detenerse frente al despacho de Pablo después de tratar con el patrón.
- Don Pablo, ¿cómo va?
- Calculando cuánto nos cuesta regar el campo, don Emilio.
- Tiene pinta de ser una tarea apasionante.
- Y usted tiene pinta de haber tenido una mañana bastante aburrida.
- No lo niego -baja la voz. A veces llega a entrar, sólo para rozarle suavemente el cuello con los dedos-. Nos vemos luego.
Don Esteban sonríe en su despacho.
Una noche, va a buscarlos antes de la cena.
- Emilio, mañana saldremos temprano y volveremos por la tarde.Tengo que asistir a una reunión en Albacete, y usted me acompañará con los hombres que crea necesario elegir. Pablo, se queda usted al cargo. ¿Sobrevivirá?
- Eso creo, don Esteban.
- Y ya de paso, a mi hijo y a mí nos encantaría que compartieran nuestra cena en el comedor.
A la mañana siguiente, se siente satisfecho al ver que Emilio ya está en el patio, junto a dos de sus escopeteros más eficaces. A su segundo de a bordo lo ha dejado vigilando la finca, haciendo especial hincapié en proteger a Álvaro.
Pablo también está allí. Se despide de su patrón, y da una palmadita en el cuello del caballo de Emilio.
- Ten cuidado.
Emilio se limita a asentir con la cabeza.
Esteban intuye, en la mirada que comparten los dos hombres, una promesa que ninguno de los dos se atreverá a romper.
Y, para qué negarlo, uno se siente más seguro cuando viaja junto a alguien que tiene una motivación tan fuerte para seguir vivo.
- Hace tiempo que no les pregunto cómo están.
Cabalgan juntos, a cierta distancia de los otros dos, que preceden la marcha.
- Estamos muy bien, don Esteban.
- Espero que no se trate tan sólo de palabras vacías.
- No, no lo son -Emilio sonríe-. De verdad, le estamos muy...
- Muy agradecidos, sí, ya lo sé -desecha con un movimiento de su mano-. Si hay algo que pueda hacer por ustedes, por favor, no dude en decírmelo. Cuando sea.
Su jefe de seguridad asiente con la cabeza.
- ¿Piensa que se lo debe a la memoria de su hijo?
Don Esteban se rasca su poblada barba salpicada de gris.
- No exactamente. Lamentablemente, ya no hay nada que pueda hacer por mi hijo. Pero uno siempre puede ser un poco más humano.
- Entiendo.
- Ustedes podrían haber pasado de largo aquel día, cuando se encontraron con ese zoquete de Martín. Imagino que dibujar será una de esas cosas que intentará no hacer en público.
- No se es homosexual por amar el arte, pero sí, intenta mantener en secreto esa afición suya. Por no llamar la atención, sobre todo.
No hablan durante unos minutos. Los hombres que van delante divisan unas figuras que se acercan. Emilio ordena seguir, aunque mantiene la mano en la empuñadura de la pistola hasta que se cruzan con los jinetes y pasan de largo.
- Emilio.
- ¿Señor?
- ¿Alguna vez les han descubierto?
Emilio asiente con la cabeza.
- ¿Y qué ocurrió?
- Estuve a punto de morir.
Don Esteban suelta un hondo suspiro.
- Ya. En fin, si le interesa saberlo, en el pueblo nadie pone en duda que les gusten las mujeres.
- Algo he escuchado -sonríe el ex capitán-. Aunque aún no entiendo cómo mantiene al servicio a raya. A fin de cuentas, dormimos en la misma habitación, en una cama de matrimonio.
- La chica que lo hace es absolutamente leal a mí -le tranquiliza, poniendo fin a la conversación cuando sus dos acompañantes vuelven a acercarse-. Un buen patrón tiene que conocer bien a sus empleados.

 

Y un buen empleado debe conocer bien a su patrón, piensa Emilio Roca unas horas después, cuando su jefe le conduce por una calle atestada de tiendas.
- Emilio -le dice en tono casual-. ¿Ves esos almacenes de ahí?
- Sí, don Esteban.
- Es probable que allí puedas encontrar los libretones para dibujar que utiliza Pablo.
Emilio asiente sin sorprenderse lo más mínimo, mordiéndose una sonrisa.
- ¿Qué? -le espeta Esteban.
- ¿A qué hemos venido, si no es un atrevimiento preguntar?
- Tengo que comprar unas cosas -responde, a la defensiva-. Unos nuevos pantalones para mí, y un par de camisas para mi hijo.
- ¿Y no se puede comprar ropa a menos de medio día de distancia?
Esteban le lanza una mirada malhumorada.
- Emilio, haga el favor de entrar ahí y comprar por lo menos media docena, porque este viaje no va a volver a repetirse en un tiempo, ¿me explico?
Emilio asiente.
- Alto y claro, don Esteban.
- Pues ya está tardando. Y no quiero escuchar ni un agradecimiento -le corta antes de que el ex capitán pueda volver a hablar-. Si no hubieran tenido un cuaderno a mano aquel día, no sé qué habría sido de mi hijo. Así que mueva el culo y entre, que no tenemos todo el día.

 

V

Ha pasado casi un año desde que Pablo se fue.
Todo sigue igual en Arazana, aunque la economía del pueblo notó la marcha de los Garmendia. Varios trabajadores fueron despedidos por los nuevos dueños del cortijo, que actualmente es una sombra de sí mismo. Alejandro le ha dicho que la antigua y orgullosa hacienda se hunde, cada vez más endeudada y con menos trabajadores.
También se cuentan otras cosas.
Hay quien jura a don Pablo Garmendia lo mataron los bandoleros y desde entonces su espíritu habita en la casa, paseándose por la noche en los terrenos donde su cuerpo desmembrado está enterrado. Varias sirvientas han descrito con escalofriante precisión cómo vieron vagar su figura delgada en la noche, cómo de madrugada a veces se escuchan sus gritos en los terrenos que rodean el cortijo.
Elisa no cree en fantasmas, no cree que Pablo esté muerto y, si lo estuviera -esa posibilidad, en realidad, es la más probable- no cree que el amable y dulce hombre con el que estuvo casada hubiera vuelto convertido en un sádico espíritu vengativo.
El sadismo no parece propio de Pablo. Ni vivo, ni muerto.
A veces Elisa se sorprende pensando que el cortijo es sólo un reflejo de sí misma. Languideciendo.
El caso es que las cosas no le van del todo mal.
El hecho de que todo el pueblo pareciera creer que el señor Garmendia no seguía vivo le ha facilitado las cosas. Nadie pone impedimentos al hecho de que viva con el duque, aunque no sea muy acorde con las normas de la moral cristiana, y el propio cura -que a veces se pasa la moral por el forro de la sotana- se ha ofrecido a casarlos, asegurando que, como viuda, no necesita dispensa alguna.
Alejandro no la trata mal. Tampoco es Pablo, como descubrió con amargura unos meses después de que se fuera. Su marido -porque ella sabe que sigue vivo, y sigue siendo su marido- siempre fue bueno con ella, e hizo el esfuerzo por hacerla feliz hasta donde pudo. Alejandro, por mucho título que tenga, no es la mitad de caballeroso. La quiere -se quieren- y la satisface de otras maneras.
Pero, a veces...
A veces Elisa siente que se está apagando, y echa de menos, no al novio ni al marido, sino al amigo que siempre la escuchaba.
Y daría, no todo lo que tiene, pero sí parte, por poder volver al cortijo, caminar por los largos pasillos y entrar a la habitación de Dimas para poder sentarse con Pablo y Emilio a charlar.
Ha pasado casi un año desde que Pablo se fue, cuando un día Alejandro le entrega el sobre que le ha dado un mensajero.
- Decía que era para ti -dice, el ceño fruncido.
Elisa lo abre.
Y se le llenan los ojos de lágrimas al sacar del enorme sobre un fajo de dibujos.
- ¿Qué es eso? -gruñe su amante.
No contesta. Está ocupada examinándolos.
El primero muestra a dos hombres caminando hacia el horizonte, a caballo, dejando un pequeño pueblo a sus espaldas.
El segundo, un bonito paisaje, dominado por un río. En la orilla hay dos figuras que parecen entrenar con espadas.
En el tercero hay dos cuerpos tirados en mitad de una profunda garganta, y otro hombre que se mira las manos manchadas de sangre.
En el cuarto, aparece un perro.
En el quinto un cementerio, desierto, donde destaca una lápida con un nombre difuminado y flores secas a su alrededor.
En el sexto, les ve de nuevo a ellos. Están de espaldas, tan desdibujados que nadie que no les conozca podrá reconocerles. Hay una casa enorme, y un niño que juega con un perro, mientras un hombre dibuja apoyado en un árbol y otro, montado a caballo, les vigila.
Elisa se echa a llorar cuando ve el séptimo y último dibujo.
Es un retrato suyo.
Junto a él, en un papel de peor calidad, con restos de viruta seca, hay una nota.
“Te dije que algún día te haría un retrato. Como ves, estamos bien. Te quiero.”
La nota no tiene firma.
- ¿Qué es? -vuelve a preguntar Alejandro.
- Es Pablo.
Se seca las lágrimas, deseando poder entrar en ese dibujo y darle un abrazo al hombre que está sentado contra el árbol.

VI

Pablo está inclinado sobre su libreta, los ojos entrecerrados para intentar aprovechar las últimas luces del día. Emilio charla con Álvaro, que ha pedido muy educadamente permiso para quedarse junto a ellos.
Cuando un hombre vestido de uniforme traspasa la puerta del cortijo, uno de ellos suspira y el otro sonríe con malicia.
- Ahí viene tu admirador número uno -masculla Pablo, entre dientes.
Emilio le mira de reojo. Pablo cierra el bloc, bajando la cabeza para disimular la risa. Le guste o no, Emilio sigue teniendo ese magnetismo que hace que cualquier hombre de armas esté dispuesto a seguirle hasta el final y a considerarlo poco menos que su mesías. Sus subordinados del cuartel le adoraban, sus escopeteros le adoran y el joven agente de la Guardia Civil -para su desgracia- también lo hace.
- Buenas tardes -saluda el miguelete-. Señorito Álvaro, don Pablo, don Emilio.
- Buenas tardes, Martín -le responde Pablo con toda su cortesía-. ¿Qué le trae por aquí?
- Terminaba mi turno y me pasaba a comprobar que todo seguía bien.
- Es usted muy considerado -replica Emilio-. Todo está bajo control, agente, yo me encargo de eso. Puede marcharse a descansar, seguro que tras una dura jornada lo está deseando.
Martín le mira, mordiéndose los labios.
- ¿Les importaría que les hiciera compañía durante un rato?
- Por favor -Pablo se echa a un lado, dejándole un sitio en el banco de piedra-. Nos sentiríamos enormemente honrados de tener la compañía de todo un agente de la ley.
Emilio le lanza una disimulada mirada asesina, pero Borja Martín ya ha desmontado de un salto, entusiasmado, parloteando sin parar. Pablo busca con la mirada a Álvaro, que observa con fascinación el uniforme del miguelete.
- Álvaro, ya es hora de tu baño, ¿no crees?
Álvaro arruga la frente como el niño pequeño que es, y asiente con la cabeza, levantándose obediente, como el hijo de terrateniente que también es.
- Te acompañaré a casa -anuncia Pablo, poniéndose en pie, recolocándose la capa.
Nota que el incesable caudal de voz de Martín se corta abruptamente. Al girarse, le está mirando.
- ¿Qué?
- ¿Ese sable es de la Guardia Civil, don Pablo?
- ¿No lo había visto hasta ahora? -Emilio parece francamente horrorizado- ¡Se lo puso en el pecho, Martín!
- Tendrá que disculparme, don Emilio, pero cuando uno está a punto de ser ensartado no se fija en los detalles -contesta, con el orgullo un poco herido.
Pablo interviene, suavizando la situación, desenvainando la hoja para que el miguelete pueda examinarla.
- Herencia familiar -se limita a decir.
- Ya -un segundo después, vuelve a ser el joven guardia civil algo inconsciente- ¿Y sabe usarla?
En su voz hay demasiado escepticismo para pasarlo por alto.
Pablo cruza una breve mirada con Emilio, que asiente sin dudar. Con una sonrisa, le coloca la punta sobre el pecho, rozando un botón de la chaqueta.
- ¿Quiere comprobarlo?
Martín le devuelve la sonrisa, poniéndose en pie.
- Intentaré no hacerle daño, señor.
- Más vale que mida su fuerza, Martín -le advierte Emilio.
- ¿Por quién me toma, por un torpe?
Emilio no contesta. Pablo ha nombrado a Álvaro su escudero, y el chico sujeta con aire entusiasmado su capa, agarrando su camisa cuando termina de desvestirse. Aunque siguen entrenando con cierta regularidad, hace tiempo que no tiene ninguna herida en el pecho ni en los hombros. Martín evalúa los músculos de su contrincante.
- ¿Por qué pelea semidesnudo?
- No quiero sudar la camisa.
El muchacho se deshace de la guerrera y se la da a Álvaro, que tiene los ojos abiertos como platos.
- Álvaro, ven conmigo -le llama Emilio, sentándole junto a él, protegiéndole con un brazo sobre los hombros. El niño parece a punto de estallar de felicidad, y Emilio se arrellana para disfrutar del espectáculo-. Ya pueden empezar.
Martín empieza atacando, con el entusiasmo y la fuerza propios de su juventud. Pablo se defiende con soltura, retrocediendo. Su movimiento espolea al joven, que cree tenerlo acorralado y acaba mirándole con sorpresa -tirado en el suelo, con el sable caído a unos metros- cuando su rival le hace perder el equilibrio y le desarma.
Emilio suelta una carcajada.
- Ha dejado usted el honor de la Guardia Civil bastante bajo, agente.
- Le he subestimado -gruñe, poniéndose en pie con soltura-. No volverá a pasar.
No vuelve a pasar. El siguiente combate lo gana él, después de unos interminables minutos en los que cruzan golpes con rapidez y Emilio se pregunta si ha sido una buena idea permitir esa pelea entre el inexperto y el patoso. Pablo se defiende con paciencia, pero Borja tiene los brazos y el pecho más ancho, y es considerablemente más fuerte. Le desarma, tirándole al suelo.
Pablo le sonríe, el torso brillante de sudor.
- Ha sido una buena pelea. Enhorabuena.
Martín le devuelve la sonrisa y tiende el brazo para ayudarle a ponerse en pie.
- Es usted mejor contrincante de lo que había pensado -le da una amistosa palmadita en la espalda desnuda-. ¿Quién le enseñó a luchar así?
Pablo señala con la cabeza hacia Emilio.
- Él.
Martín recupera la guerrera, colocándosela sobre la empapada camisa.
- Quizá algún día usted y yo tengamos que cruzar nuestros aceros, don Emilio. Ya sabe, para defender el honor de la Guardia Civil.
- Me parece una gran idea.
- Ha sido un placer compartir este rato con ustedes, pero está anocheciendo y el capitán Alonso me matará si no me presento en el cuartel. Nos vemos -y, por una vez, no sólo es a Emilio a quien mira con respeto cuando alza la mano para saludar-. Buenas noches.
- Buenas noches, agente.
Esperan a que su silueta montada a caballo desaparezca en la oscuridad. Emilio coloca una mano en el hombro de Álvaro.
- Ya te llevo yo a casa. Pablo, tú vete a lavarte.
- Vale -Pablo se despide de Álvaro revolviéndole el pelo-. Nos vemos luego, Emilio.
Esa noche, en su habitación, Pablo engrasa la hoja del sable con cuidado.
- Menudo idiota -escucha gruñir a Emilio.
- No digas eso. Es un muchacho muy agradable.
- Lo que me faltaba. Ahora te cae bien.
- No te vas a librar de él. Más vale que te caiga bien también a ti.
Pablo no se equivoca. Martín se acostumbra a ir por lo menos una vez a la semana. A veces cruzan las espadas, a veces se limitan a charlar, y al final incluso Emilio le sonríe con sincero afecto cuando ve aparecer al miguelete más torpe al que haya conocido en su vida.

VII

A Emilio Roca se le estuvo a punto de parar el corazón aquella tarde, durante el tiroteo. Y está a punto de detenerse por segunda vez, un mediodía caluroso en el que tres de sus vigilantes aparecen llevando el cuerpo ensangrentado de Pablo en brazos.
Dos de ellos le sujetan. El tercero llama a gritos al médico. Emilio se queda paralizado, aferrando la escopeta entre sus brazos; y siente un miedo descomunal, y un atroz silencio que le llena los oídos, y sólo cuando unos dedos firmes se cierran sobre su hombro se da cuenta de que han estado a punto de engullirle.
- ¡Emilio! -le sacude con fuerza- Le han disparado a Pablo.
Disparar. La palabra se abre paso en su aturdido entendimiento. De repente, ha dejado atrás a Esteban y corre hacia la casa, siguiendo el rastro de hombres, de criadas y de sangre. Irrumpe en la habitación donde le han dejado y durante unos instantes tiene que hacer un soberano esfuerzo para convencerse a sí mismo de que no está muerto.
- ¿Qué ha pasado? -brama.
Sus hombres le miran con aprensión.
- ¿Qué ha pasado? -repite, alzando ligeramente la escopeta.
- Un ladrón ha intentado entrar cuando estábamos supervisando el arreglo de una acequia -le responde su segundo, asumiendo la responsabilidad de plantarse frente a él-. Se le ha reducido a tiempo, pero le ha dado tiempo a disparar.
- ¿Dónde le han dado? -la cantidad de sangre le impide asegurarlo.
- En el hombro -espera un instante, después le agarra suavemente del brazo-. No ha sido culpa de nadie, Roca. Baje el arma, por favor.
- ¡Vamos a ver! -ruge el médico abriéndose paso. Le sigue su mujer, que hace las veces de enfermera-. ¡Quiero a todo el mundo fuera de aquí, salvo una chica que nos traiga agua de las cocinas! Roca, usted el primero.
- Yo no me voy. Es mi hermano.
- Por eso mismo -el médico se arremanga, examinando con ojo crítico a Pablo-. Usted se va.
- Yo no me voy hasta que no vea que está haciendo todo lo posible por salvarle.
- Esteban, hazme el favor de llevarte a tu perro guardián antes de que se ponga más nervioso y me ponga nervioso a mí.
Emilio no le ha escuchado llegar, y al darse la vuelta su jefe aprovecha para arrancarle la escopeta de las manos y empujarle hacia afuera. Esteban le saca al menos diez años, pero se mantiene en forma y le sobra fuerza para arrastrarle hacia la puerta.
- Si se resiste será peor -masculla, cerca de su oreja- porque pediré la ayuda de sus hombres y le llevaremos atado como a un animal cabezón. Así que haga el favor de no seguir poniéndose en evidencia, por Dios.
Sus palabras parecen tener cierto efecto en su empleado, que se deja llevar tras volver la cabeza por última vez hacia el lecho. Esteban le agarra del brazo con firmeza; Emilio se desinfla con cada paso, aturdido, y para cuando le empuja dentro de su despacho ofrece tanta resistencia como un crío de la edad de Álvaro.
- Siéntese.
Emilio no se sienta; se desploma. Tiene la mirada perdida clavada en la mesa cuando el patrón deja frente a él un vaso relleno de un líquido cuyo fuerte olor a alcohol le hace parpadear.
- Beba.
- Yo no suelo...
- He dicho que beba o está despedido.
Obedece, notando que le arde la garganta y le pican los ojos. Tose. Esteban le palmea suavemente una mejilla, agachado frente a él.
- Parece que está recuperando el color, pensaba que iba a desmayarse y romperse la cabeza de un momento a otro.
- Gracias -consigue decir.
- Emilio, Pablo está en las mejores manos -Esteban se sienta tras su escritorio, sin dejar de vigilarle.
- Lo sé.
- Y la herida no es grave. Un disparo en el hombro pocas veces es mortal.
Emilio apoya el codo en el escritorio, pasándose la mano por el pelo. Cierra los ojos. Cuando los abre de nuevo, le lanza una mirada sincera.
- Lo sé, señor. Yo mismo recibí un disparo en esa zona cuando estaba sirviendo...
Se detiene, la lengua entre los labios con gesto pensativo. Esteban se inclina sobre el escritorio.
- ¿Cuando estaba sirviendo en dónde?
Emilio coge el vaso, examinándolo desde otro ángulo. Produce un ruido seco al volver a depositarlo sobre la superficie.
- En la Guardia Civil.
Se miran en silencio.
- Si le soy sincero, me lo imaginaba. En la Guardia Civil o en el ejército. Ya le dije que me recuerda demasiado a mi hijo -rumia la información, observando a su jefe de seguridad bajo esa nueva luz-. ¿Le echaron?
- No -Emilio confiesa, no sin miedo-. Me morí. Caí oficialmente en acto de servicio, y a todos los efectos llevo casi cuatro años muerto.
- Pues se conserva bien -observa Esteban, con la sombra de una sonrisa.
Los dos hombres comparten una carcajada nerviosa. Después, Emilio se lleva las manos a la camisa, desabrochando algunos botones, hasta descubrir la cicatriz del pecho.
Esteban arruga la frente.
- ¿Cómo pudo sobrevivir a eso? Es una salvajada.
- Unos bandoleros me salvaron la vida. Tenían un médico, que me estuvo cuidando... Estuve mucho tiempo inconsciente. Sé que en varias ocasiones me dieron por muerto.
- Pero salió adelante.
Emilio frunce los labios, pensativo.
- Salí adelante porque tenía que hacerlo. Pablo y yo estábamos juntos cuando ocurrió. Él me sostuvo en brazos y pensó que estaba muerto. Yo le había dicho que siempre estaría con él -vuelve a juguetear con el vaso vacío-. Nunca he hablado de esto, ni siquiera con Pablo, pero tengo algunos recuerdos... Recuerdo cosas de cuando estaba inconsciente... Cuando estás en esa situación, todo lo que quieres es descansar. Dejarte llevar, supongo que hacia lo que haya al otro lado. Pero yo se lo había prometido, ¿sabe? Y sólo por eso tenía que volver.
Suspira, con la mirada perdida. Esteban tiene la piel de gallina. Y no para de repetirse que el hombre que tiene delante ha mirado a la muerte a los ojos.
- Cuando supo que estaba vivo, Pablo me escondió en su casa... Era un terrateniente, como usted.
- Eso también lo imaginaba.
- Ya. No podía volver a la normalidad sin meter a mis salvadores en un buen lío, y de todas formas la vida en el pueblo se había complicado mucho para nosotros. Así que nos fuimos. En cuanto yo me recuperé de la herida, cogimos un par de caballos y nos fuimos.
- ¿Pablo dejó sus tierras?
- Pablo lo dejó todo. Viajamos hacia el norte sólo por alejarnos de Arazana hasta que llegamos aquí. Yo no tenía absolutamente nada, pero Pablo era rico, tenía un cortijo, unas tierras, y lo dejó todo atrás por seguir conmigo. Y yo, don Esteban... Yo no sé qué haré si le pasa algo.
Emilio es demasiado duro para llorar, pero se le quiebra la voz, escondiendo la cara entre las manos. Esteban se levanta, caminando lentamente hasta situarse a su lado. Pasa un brazo por sus hombros, intentando consolarle mientras digiere todo lo que acaba de escuchar.
- Ahora lo sabe todo, don Esteban.
- Sí. Y ahora que yo sé vuestros secretos y vosotros los míos, creo que ya es hora de que nos dejemos de tonterías y nos tuteemos, muchacho -le frota la espalda, como hace Álvaro cuando llora-. A tu Pablo no le va a pasar nada. Te lo prometo.
Los dos alzan la cabeza cuando tocan a la puerta. Álvaro aparece en el umbral, llevando a Capitán entre los brazos.
- Perdón por molestar, pero estaba muy nervioso -el perro salta al suelo, y después al regazo de Emilio, que le aprieta con un brazo contra el pecho, notando sus temblores-. Pensé que querría estar con don Emilio.
- Has hecho bien, Álvaro -aprueba su padre.
- También me he asomado para preguntar al doctor si necesitaba algo -sólo entonces se fijan en que está un poco pálido-. Estaba limpiándole la herida a don Pablo. Ya le ha sacado la bala, y me ha pedido que les diga que no existe ningún peligro. En cuanto termine, podrán entrar a verle.
- Has sido muy valiente -le alaba Esteban.
Álvaro niega.
- Gracias, padre, pero el valiente ha sido don Pablo. Yo sólo me he asomado. Un poco de sangre no me asusta, ya tengo diez años.
- Chaval, no le discutas a tu padre, porque ahí lleva razón. Ven -Emilio suelta al perro en el suelo, y rodea al chico con los brazos-. Gracias por traerme buenas noticias de Pablo.
- De nada, don Emilio, pero a quien debería agradecérselo es al médico.
Emilio se ríe entre dientes, dejando marchar al sorprendido niño. Su padre le mira con cariño.
- Álvaro, hijo, di en la cocina que nos sirvan el almuerzo aquí a los tres.
- ¿Puedo comer con ustedes dos aquí? -sonríe- Voy, padre.
Le miran marchar, a paso entusiasmado.
- Es un chico extraordinario, don Est... Esteban.
- Es de lo poco que he hecho bien en mi vida, Emilio. Y ahora, prométeme que comerás un poco y después iremos a ver a Pablo.

Es a Esteban a quien Pablo ve cuando abre los ojos.
- ¿Cómo estás? -le pregunta, a bocajarro, su rostro llenando su campo de visión.
Pablo está demasiado aturdido para sorprenderse por el cambio en el trato. Un dolor lacerante le sube del hombro. Aprieta los dientes.
- ¿Qué ha pasado?
- ¿No te acuerdas? Te han disparado en el hombro, pero te vas a poner bien -le da una palmadita en el brazo sano-. Voy a ordenar que vayan a buscar a Emilio. Llevaba toda la tarde aquí encerrado, he tenido que obligarle a salir a que le diera un poco el aire. ¿Necesitas algo? ¿Agua?
- Por favor.
Garmendia nota el sabor de la sangre en la boca, y se aclara la garganta mientras escucha a su jefe abrir la puerta y ladrar un par de órdenes. A los pocos segundos le tiene de nuevo junto a la cama. Su mano le toca la frente.
- No tienes fiebre. Eso es bueno, no se ha infectado.
- ¿Cuánto llevo aquí?
- Desde el mediodía. Hace un rato que se hizo de noche.
- ¿Y usted...?
- Métete el usted donde te quepa, muchacho, que te estoy cuidando como si fueras mi hijo.
Pablo sonríe débilmente.
- ¿Llevas aquí todo el rato? ¿Con Emilio?
- Tú conoces a Emilio mejor que yo, ¿qué crees?
El enfermo se ríe entre dientes.
- Supongo que habrás tenido que realizar un ímprobo esfuerzo para tranquilizar al idiota de mi novio.
Esteban finge un resoplido exasperado.
- No lo sabes bien, muchacho. Tu novio es un cabezón de primer nivel.
Se quedan en silencio. Una criada entra, llevando en sus manos una jarra con agua y un vaso. Esteban la despide, llena el vaso y lo acerca a los labios de Pablo.
- Gracias.
- No hay de qué -le ayuda a beber, hasta que lo apura por completo. Deja el vaso vacío sobre la mesilla-. ¿Sabes una cosa, Pablo? He conocido a matrimonios que llevan más de veinte años juntos, y no parecen preocuparse el uno por el otro la mitad que Emilio y tú.
La mirada de Pablo se le antoja extrañamente lúcida. Clarividente.
- La mayoría de los matrimonios no han tenido que luchar tanto por estar juntos como Emilio y yo.
- Ya. Algo de eso me ha contado -sonríe un poco, levantándose cuando escuchan pasos en el pasillo-. Señor terrateniente.
Pablo le devuelve la sonrisa, pero sus ojos se clavan en Emilio cuando entra en la habitación como un huracán, el perro pisándole los talones.
- Pablo.
- Eh -Roca no se atreve a besarle en la boca delante de Esteban, pero Pablo le pasa el brazo sano por el cuello cuando siente sus labios en la mejilla-. Espero no haberte asustado mucho.
- No estoy en condiciones de reprocharte nada.
Emilio le da otro beso en la cara antes de separarse, sentándose en el borde de las camas. Capitán pone las patas sobre sus rodillas, alargando el cuello hacia su amo. Pablo extiende la mano para acariciarle la cabeza.
- ¿Cómo te encuentras?
- Un poco mareado.
- ¿Te duele?
- Bastante. Pero se soporta.
- ¿Quieres más agua? -pregunta Esteban, que se había mantenido en un discreto segundo plano.
Pablo asiente. Ahora es Emilio quien le tiende el vaso, agarrándole con cuidado la barbilla.
- Os dejo solos un rato, ¿de acuerdo? Y me llevo al chucho, no creo que sea bueno que ande por aquí -agarra Capitán; el perro patalea, pero se tranquiliza al sentir su manaza sobre el lomo-. Os traerán algo de comer, y el médico vendrá en un rato.
- No tengo hambre -murmura Pablo.
- Me da igual, tienes que recuperar la sangre que has perdido. Voy a ver si mi hijo ha terminado sus tareas. Nos vemos.
- Hasta ahora.
Pablo deja la mano sobre la rodilla de Emilio, que se la coge con suavidad, acariciándole la muñeca con el pulgar en un gesto distraído. A espaldas del ex capitán, Esteban se dirige a la puerta y les contempla durante diez largos segundos antes de desaparecer.
- Le hacemos pensar en su hijo -murmura Pablo.
Emilio asiente, bajando la cabeza para besarle, ahora sí, en los labios.
- Lo sé.

El médico sólo les confirma que todo va muy bien, les deja un puñado de medicinas y amenaza a Emilio con extirparle algún órgano si se equivoca al administrárselas.
- Porque deduzco que le va a cuidar usted -espeta, casi belicoso, examinando las manos ásperas del jefe de escopeteros, más acostumbrado a apretar el gatillo que cuidar enfermos.
- Deduce bien.
- Pues ahí tiene. Mañana a primera hora vendré a ver cómo sigue ese hombro -dirige una sonrisa afable a Pablo, que le tiende la mano izquierda. Se la estrecha-. Que se mejore, don Pablo.
- Muchas gracias, doctor.
- Doctor -Emilio se pone en pie, ganándose una mirada reticente del galeno-. Gracias por todo y disculpe si he sido un poco brusco.
El médico acepta su mano tendida.
- Disculpas aceptadas. Puedo entender su preocupación. Nos vemos mañana.
Sólo entonces Esteban permite entrar a Álvaro. El niño se acerca a Pablo, preguntándole muy educadamente cómo se encuentra. Emilio y su padre le observan, sentados junto a la cama en sendas sillas.
- ¿Puedo quedarme un rato? -pregunta, sin saber a quién dirigirse.
Pablo responde antes de que alguien más tenga tiempo de hacerlo.
- Claro. Ven, siéntate aquí.
- ¿Puedo? -Álvaro mira a su padre en busca de confirmación.
Esteban les mira con el ceño fruncido.
- Pablo, si el chico molesta...
- El chico no molesta, Esteban -le corta con rotundidad su empleado-. No molesta nunca.
El señor de la finca asiente. Álvaro, tímidamente, se encarama a la cama, quedándose sentado en el borde con las piernas colgando sobre el suelo.
- ¿Es la primera vez que le hieren?
- Sí.
- Es usted muy valiente.
- Me temo que yo sólo estaba en el lugar inadecuado en el momento inadecuado -Pablo le da una palmada cariñosa en la espalda-. Pero gracias.
- ¿Puede mover el hombro?
- De momento, no.
- Tendrás que hacer ejercicios para volver a recuperar la movilidad -interviene Emilio.
- Bueno, afortunadamente tengo a un experto aquí mismo.
- ¿A usted también le hirieron, don Emilio?
- Uy, sí -responde Pablo por él, esbozando una sonrisa feroz-. Dos veces.
- Dos veces -repite Álvaro en tono admirado.
- Uno de esos disparos le dio aquí -toca con el índice el pecho del niño-. Cualquier hombre habría muerto, pero él sobrevivió.
- Vaya.
- Tenía razones para seguir viviendo -repone Emilio con tranquilidad, mientras Álvaro le observa con los ojos abiertos como platos.
Esteban se pone en pie, haciendo chirriar la silla.
- Bueno, Álvaro, da las buenas noches que ya es hora de irse a la cama. Pablo tiene que tomarse sus medicinas y descansar.
El niño asiente, obediente. Tras un titubeo se inclina sobre Pablo y le da un tímido beso en la mejilla, dirigiéndole una sonrisa.
- Buenas noches, don Pablo. Espero que el dolor no le impida dormir.
Pablo se aclara la garganta. Responde con la voz un poco ronca.
- Buenas noches, Álvaro.
Esteban agarra a su hijo de la mano, se despide con un gesto, y salen de la habitación.

Pablo duerme a rachas. Emilio dormita en un sillón, junto a su cama, abriendo los ojos en cuanto le escucha moverse.
Ya bien entrada la noche, le oye toser.
- ¿Quieres agua?
- Sí. No sabía que estabas despierto.
- No he llegado a dormirme -le pone el vaso en la mano. Le toca la frente-. ¿Te encuentras bien?
- Sí exceptuamos que tengo un hierro candente atravesándome el hombro, sí.
Emilio se ríe en la oscuridad, acercándose un poco más. Atrapa su mano entre las suyas, acariciando sus dedos largos y finos.
- Lamento informarte de que te seguirá doliendo durante un par de días. Después, tan sólo será una molestia. Y te picará cuando te cicatrice.
Le escucha resoplar.
- Muchas gracias por los ánimos, yo también siento un gran afecto por ti.
Se quedan callados, envueltos en un silencio cómodo. Los grillos entonan su habitual letanía junto a la ventana. Emilio sigue acariciándole la palma de la mano con las yemas de los dedos.
- Es curioso que seas tú, y no yo, quien esté ahí
- La bala podía haber alcanzado a cualquiera. He tenido suerte de que fuera en el hombro.
Se escucha el hondo suspiro de Emilio.
- Me pasé todo nuestro viaje teniendo miedo por ti -confiesa, bajando la cabeza-. Después, cuando don Esteban te puso a vigilar conmigo, tenía la sensación de que podían pegarte un tiro en cualquier momento. Y precisamente ahora que te nombran administrador de la finca, que me siento más tranquilo al verte siempre en ese despacho... Precisamente ahora, Pablo...
Pablo se remueve al sentir su barba raspándole el dorso de la mano, sus labios dejar caer un beso allí antes de apoyar la frente en ella. Libera la muñeca para poder acariciarle el pelo, haciendo un esfuerzo por incorporarse un poco.
- Emilio...
- Parece que voy a tener que pasar el resto de mi vida temiendo por ti.
- ¿Y cómo te crees que me siento yo? -su voz suena más dura de lo esperado, sensación acrecentada por el hecho de que no puede ver la expresión de su rostro- ¿Cómo te crees que me siento cuando todas las mañanas te veo irte con la escopeta a la espalda?
- No te entiendo...
- ¿Piensas que yo no tengo miedo de que te ocurra algo? Todas las mañanas, Emilio, cuando se acerca el mediodía, me empiezo a poner nervioso hasta que te veo aparecer y sé que estás bien. Cualquier ruido que se escuche en el exterior de la casa me sobresalta. Cuando tienes que acompañar a don Esteban a un recado... -le escucha inspirar-. Cuento las horas para que vuelvas.
Emilio le escucha hablar, y recuerda cómo le interceptó aquella vez que quiso atrapar a un par de maleantes. Y de lo que ocurrió después.
- Lo siento, Pablo, no había pensado... Si lo pasas mal, quizá debería...
- No -su voz, clara y firme, le desconcierta. Entrecierra los ojos para ver su silueta-. Aquella vez te pedí que no te arriesgaras, pero ahora me doy cuenta de que fue un error. Eres el jefe de seguridad de un buen hombre, que es un gran patrón y que nos trata demasiado bien. Entraña riesgos, claro, pero... Yo no me enamoré de un aburrido dueño de un colmado, Emilio. Yo me enamoré del capitán de la Guardia Civil, y no tengo derecho a pedirte que cambies tu vocación. Tú has nacido para proteger y servir, y sólo serás feliz así. Y yo quiero que seas feliz, aunque tenga que vivir siempre con el miedo constante a que te ocurra algo.
Le busca a tientas en la oscuridad. Le abraza, quedándose así durante largos minutos en los que sólo se escuchan sus respiraciones acompasadas.
- Te quiero.
- Y yo a ti.

 

VIII

A la mañana siguiente, cuando Pablo abre los ojos, hay un rostro desconocido observándole desde el umbral de la puerta.
- Buenos días -le saluda con voz grave, moviéndose hacia el centro de la habitación. Los ojos del enfermo bajan hacia su uniforme. Tarda apenas un par de segundos en identificarle.
- Buenos días, capitán Alonso -responde, tras aclararse la garganta.
Se da cuenta entonces de que Emilio está a su lado, preguntándole si quiere agua. Pablo asiente con la cabeza. El rostro de su amante se crispa en un rictus tenso mientras alza una jarra de agua fresca para verter parte de su contenido en un vaso limpio. Ambos pueden sentir los ojos escrutadores del capitán examinando cada detalle. Pero permanece en silencio, dejándole espacio para terminar de despertarse, erguido con gesto calmado y marcial.
En los casi cuatro años que llevan viviendo allí nunca le han visto tan de cerca, y jamás han tratado con él directamente. Todo contacto con la Guardia Civil se ha limitado a sus conversaciones con Martín. El capitán Alonso era una figura lejana, a la que a veces atisbaban en sus escasas visitas al pueblo; un hombre recio, siempre con un rictus serio entre su barba rojiza.
- ¿Podemos charlar un momento, don Pablo? -pregunta al fin, en tono cortés. Su capa produce un susurro de ropa al dar un paso hacia la cama. El sable le golpea el muslo. Pablo se fija en que Emilio también observa, de reojo, tenso como un felino.
- Por supuesto, capitán. Estoy a su disposición.
- Es la Guardia Civil la que está a disposición del pueblo y no al revés -responde Alonso sin inmutarse.
Emilio alza un poco más la cabeza, parpadeando.
- Buena apreciación -responde Pablo.
- Sólo queremos corroborar su versión de los hechos.
- Me gustaría serle de más ayuda, pero apenas recuerdo nada. Estaba agachado junto a la acequia cuando escuché el grito de uno de los vigilantes. Ni siquiera recuerdo si llegué a levantarme.
- Llegó a levantarse. Según los testigos se puso de pie de un salto mientras se giraba, y ese movimiento le salvó la vida, probablemente. El disparo dirigido a su pecho se encontró en su trayectoria con el hombro -Alonso se lo demuestra, girándose lentamente, simulando el avance de la bala con dos dedos que se clavan en su hombro derecho.
Incluso Emilio se ha enderezado en su silla, observándole con interés. El capitán baja ligeramente la cabeza, clavando en él una mirada penetrante.
- También tengo que informarle de que, si no llega a ser por la rápida actuación del grupo de escopeteros dirigidos por don Emilio, probablemente no se habría librado de un segundo y definitivo disparo.
- Me halaga -el aludido abre la boca por primera vez, en tono lacónico-. Pero yo ni siquiera estaba allí.
- Usted no estaba, pero diseñó la forma de actuación que sus hombres siguieron al pie de la letra. Me han explicado cómo reaccionaron de inmediato, desarmando al asaltante mientras protegían al herido. Su táctica es francamente buena.
Reclinado en su lecho, Pablo observa con atención a los dos hombres. Puede percibir el momento exacto en el que se dan cuenta de lo que él ya supo desde el instante en el que el capitán se presentó: que tienen mucho en común. Alonso ha abandonado su pose hierática, y en su actitud se percibe un genuino interés por ayudarles. Emilio ya no parece un animal desconfiado, y en sus ojos se vislumbra una chispa de respeto cuando contesta.
- Intento hacer mi trabajo lo mejor posible.
- Les alegrará saber a los dos que el agresor se encuentra detenido en los calabozos y será trasladado ante la justicia.
Pronuncia “justicia” en tono grave, cargado de respeto.
- Muchas gracias, capitán.
- No tienen nada que agradecer, velar por el cumplimiento de la ley es función de la Guardia Civil.
- Como repite unas treinta veces al día, por si alguien no se había enterado.
Ninguno de los tres ha visto aparecer a Esteban en el quicio de la puerta. El terrateniente dirige una sonrisa irónica al capitán.
- Tiene un patrón muy gracioso -observa Alonso, en tono frío. Aunque, por primera vez, le ven sonreír-. Si me disculpan, tengo que marcharme. He dejado a Martín a cargo del cuartel.
- Comprendemos la prisa, en ese caso -responde Esteban, con una mueca de horror.
- Le deseo una pronta recuperación, don Pablo. Don Emilio -se despide con un golpe de cabeza-. Don Esteban.
- Nos vemos, capitán Alonso.
El Guardia Civil abandona el cuarto entre un susurro de ropa. Esteban le mira hasta que dobla la esquina del pasillo.
- Ya habéis conocido a nuestro valeroso representante de la ley -suspira exageradamente-. ¿Cómo te encuentras, Pablo?
- Bien señor -ve a su patrón alzar una ceja en silencio-. Siento como si me atravesaran el hombro, Esteban, pero me estoy acostumbrando.
- Daré orden de que te traigan algo para desayunar. Emilio, de momento quedas relevado de la mitad de tus funciones.
- ¿Relevado?
- Momentáneamente y de la mitad. Porque si te relevara de todas tus funciones, te pasarías el día junto a esa cama, sin comer ni salir. Ya me encargaré yo de vigilarle esta tarde.

Sin embargo, es Álvaro quien aparece en cuanto pasa el mediodía.
- Don Pablo, ¿le puedo acompañar durante un rato?
- Claro que sí.
Emilio, ajustándose la correa de la escopeta a la espalda, se agacha para mirar a los ojos al niño.
- Yo me tengo que ir ya. ¿Me lo cuidas, verdad?
- Claro. Puede confiar en mí.
Lo curioso es que ambos saben que pueden hacerlo. Álvaro espera a que Emilio se haya marchado, acercándose a la silla que hay junto a la cama. Se sienta como un niño bien educado, la espalda recta, los pies sobre el suelo.
- Si quiere dormir o leer, le prometo no hacer ruido.
- Me he pasado toda la mañana durmiendo después de que se fuera el capitán -se queja, exagerando un poco-. ¿Por qué no me cuentas algo?
Álvaro le mira con cautela.
- ¿Algo sobre qué?
- No sé. Lo que tú quieras. ¿Sobre qué te gusta hablar?
Ve cómo el niño frunce el ceño al pensar.
- Me gusta hablar sobre mi padre. Y sobre mi hermano. Pero a mi padre no le suele gustar que hable sobre Luis, así que acabo hablando de mi padre.
Pablo le dirige una sonrisa cansada.
- A mí puedes hablarme de tu hermano, si quieres.
- ¿SÍ? -hay titubeo en los ojos del niño.
- Tu padre ya nos contó lo que le ocurrió.
Por unos momentos se pregunta si ha hecho bien aludiendo a su muerte. Pero, sin duda, Álvaro es digno hijo de su padre, porque asiente con sobriedad con tan sólo una chispa de tristeza en el rostro.
- Era muy valiente. Y me obligaba a decir la verdad siempre. Me decía que quería que fuera buena persona -Álvaro balancea los pies hasta que se da cuenta de lo que está haciendo, y vuelve a sentarse como un hijo de terrateniente-. Creo que les habría gustado. Se parecía mucho a ustedes.
Pablo no contesta. Él y Álvaro se miran fijamente.
- También me contaba todos su secretos. Incluso cosas que nuestro padre no sabía.
Baja la cabeza, dejando la mirada perdida en algún punto.
Pablo se da cuenta de que debe parar ahí.
- ¿Qué has hecho esta mañana? ¿Has acompañado a tu padre?
- No -inmediatamente, Álvaro vuelve a la realidad, frunciendo el ceño-. Ha venido el maestro a impartirle la lección.
- ¿Y qué tal?
Por respeto a su joven amigo, se muerde una sonrisa cuando le escucha emitir un gruñido bastante infantil.
- No se me dan bien los números. Pero mi padre dice que tengo que aprender para dirigir el negocio.
- Y lleva razón. Cuando era pequeño -empieza, captando automáticamente la atención del niño- mi padre me hacía sentarme todas las tardes hasta que aprendía la lección de memoria.
- Si yo me siento -replica Álvaro, enfurruñado-. Pero no lo entiendo.
Pablo le dirige una mirada divertida, aunque sin sonreír. Tarda un par de segundos en decidirse.
- Álvaro, corre a tu cuarto y tráete tu libreta.
- ¿Cómo?
- Voy a explicarte lo que no entiendas.
- ¿Haría usted eso por mí?
Ante su mirada inocente se limita a asentir. Su sonrisa agradecida le provoca un aleteo extraño en el estómago. Cuando se va, a pasos apresurados -intentando no correr, porque los señoritos no hacen eso- se queda mirando fijamente hacia la puerta.
Acaba de darse cuenta de que hay muchas cosas que haría por ese niño. Y, al pensarlo detenidamente, tiene la completa seguridad de Emilio podría decir lo mismo.
Cuando Álvaro vuelve, le entrega su cuaderno de matemáticas como quien le tiende un juguete roto a su padre, esperando que lo arregle.
Pablo le hace sitio para que se siente a su lado, le pide que le ayude a poner la espalda contra el cabecero para poder mantener la espalda erguida. Y comienza a explicar.

IX

En un par de días puede salir de la cama. Una semana después, el hombro ya no le duele tanto.
Es entonces cuando se da cuenta.
- No puedo mover bien el brazo -confiesa, ante Emilio y Esteban.
Están en el salón, cenando -porque su patrón ha decidido que no vuelvan a pisar el comedor del servicio- y los dos se levantan de inmediato, para diversión de Álvaro, a obligarle a hacer movimientos con el brazo herido.
En realidad, sí puede moverlo, al menos siempre que no intente levantarlo por encima de su cabeza. Tampoco puede sostener demasiado peso, y la articulación le responde de forma más pesada.
- Quizá sea porque aún no ha cicatrizado -dictamina Emilio.
Pero Pablo sabe que no es así. Y al atisbar en los ojos del ex capitán, se da cuenta de que él tampoco lo cree.
- Deberías hacer ejercicio para fortalecer el hombro. Puede que hayas perdido bastante músculo -aventura Esteban.
Su patrón les ordena salir a nadar cada día, posponiendo una visita del médico que parece inevitable. La primera vez que se desnuda y se mete en el agua, tiene que apretar los dientes para aguantar un grito de dolor cuando intenta bracear.
Emilio aparece a su lado.
- Tienes que hacerlo.
- No puedo...
- Tienes.
Pablo se fuerza a recordar que Emilio ha pasado por esto. Y, armándose de valor, da una, dos, tres, cuatro brazadas, hasta que los ojos se le llenan de lágrimas y se ve obligado a detenerse. Emilio le sujeta del cuello, besándole las mejillas y la boca, acariciándole con los dedos mojados el hombro que duele como si se lo arrancaran.
- Mejorará, te lo prometo.
Pablo no quiere volver a intentar nadar por nada en el mundo. Pero Emilio se lo ha prometido, así que vuelve al día siguiente. Y al otro. El dolor lacerante se convierte en algo más leve, y acaba siendo un pinchazo molesto.
A veces Emilio se desliza hacia él -sin casi hacer ruido, a veces bajo el agua, como un pez- cuando siente que no puede más . Le agarra entre sus brazos, y le arrastra a un rincón, tras una enorme roca que se alza en medio de la corriente. Donde nadie puede verlos desde arriba. Allí se hunde en sus labios, acariciándole la barba mojada, hasta que Pablo se engancha a su cintura con las piernas. Allí le murmura al oído cosas que jamás le ha dicho a nadie más, mientras embiste contra él hasta que a Pablo se le olvida el dolor del hombro.
Aún así, casi dos meses después del accidente -con la piel ya cicatrizada- Pablo Garmendia intenta por enésima vez blandir el sable de la Guardia Civil y acaba meneando la cabeza.
La mirada que lanza al arma está cargada de tristeza. Desde que salieron de Arazana, el golpeteo de la vaina sobre su muslo ha sido su más fiel acompañante. Siempre estaba ahí. Les ha salvado la vida. Se ha acostumbrado a sentirlo como una parte de su cuerpo, como una extensión de su brazo.
Y ahora, se da cuenta de que tantas horas de entrenamiento con Emilio han llegado a su final.
Cuando alza la cabeza, ve en sus ojos que él también lo sabe.
Así que, más de cuatro años después, decide devolvérselo a su legítimo dueño.
- Toma -se lo tiende, agarrándolo de la hoja.
Emilio mira a la que fuera su espada con desconfianza.
- No, quédatelo tú.
- Ya no puedo usarlo.
- Me da igual.
- A mí no me da igual.
- Te dije que no quería saber nada más de...
- De la Guardia Civil, sí. Pero creo que ya ha pasado un tiempo, y los dos hemos aceptado nuestro destino. Ahora has encontrado de nuevo tu sitio. Vuelves a ser feliz.
Nunca le ha recordado más al capitán Roca que cuando baja la cabeza, recorriendo la hoja de acero con los ojos, antes de contestar.
- Sí.
- Pues entonces, estás preparado para volver a llevar esto, capitán.
Más de cuatro años después, Emilio acepta coger de nuevo su arma reglamentaria, sopesándola en sus manos, notando miles de recuerdos volver a él junto al tacto de la empuñadura de cuero.
- Gracias, Pablo. La has llevado con honor. Intentaré hacer lo mismo.
Pablo le ciñe la vaina al cinto sin decir una palabra. Emilio envaina la hoja, sintiendo el tacto de su vieja amiga golpear contra el muslo.

 

X

Un par de días después de que Álvaro cumpla once años, Esteban se presenta una mañana en el despacho de Pablo. El niño camina unos pasos detrás, casi amedrentado.
- Pablo, he pensado que ya es hora de que mi hijo empiece a tener una idea de lo que hacemos en esta finca. Creo que un paseo a caballo por nuestras tierras sería un buen primer contacto.
- Estoy de acuerdo -asiente, tapando un voluminoso libro de cuentas.
Se queda un poco sorprendido cuando Esteban agarra del hombro a su hijo, empujándolo suavemente hacia él.
- Y como administrador general que eres, creo que no hay nadie más capacitado para acompañarle que tú.
Pablo se queda mirando a su patrón unos instantes; éste le hace un imperceptible gesto, haciéndole bajar los ojos hacia el niño. Le sonríe inmediatamente al darse cuenta de su actitud aprensiva. Se levanta sin más dilación, colocando una mano sobre su espalda con aire protector.
- Con mucho gusto, Esteban.
- Llévate a nuestro jefe de seguridad para que os proteja.
Esteban sale del despacho con expresión satisfecha. Pablo descuelga su capa del perchero, anudándosela en torno al cuello. Álvaro sigue sin parecer demasiado convencido.
- ¿Qué te ocurre? ¿No te apetece dar ese paseo?
Tan obediente como de costumbre, el hijo de su jefe le sigue por el pasillo.
- No es que no me apetezca. Es que no me gusta molestar. Usted y don Emilio tendrán mucho trabajo.
- El trabajo que tengo se puede hacer luego -Pablo sigue sonriéndole con aire tranquilizador.
- Seguro que tienen cosas más importantes que hacer que...
- Álvaro -la voz de Pablo resuena como un latigazo en el umbral de la casa. Entrecierra los ojos bajo el sol, bajando la cabeza para mirarle-. En este finca no hay absolutamente nada más importante que tú.
El niño se queda mirándole, boquiabierto, pero no le da tiempo a contestar.
- Estoy de acuerdo -escuchan el vozarrón de Emilio antes de verle, acercándose a largas zancadas. Al ondear tras sus pasos, la capa revela el brillo de la empuñadura del sable. Pablo siente una fuerte punzada de afecto cuando le ve agacharse frente a Álvaro, recolocándole el abrigo sobre los hombros-. ¿Cuántas veces te tenemos que repetir que tú no molestas?
Álvaro se encoge de hombros. Pablo le coloca una mano en la espalda, cruzando una elocuente -y larga- mirada con Emilio.
- Me han dicho que tengo que escoltaros en vuestro paseo por la finca.
- No podríamos desear una compañía mejor y que nos transmitiera más seguridad.
El antiguo capitán de la Guardia Civil le lanza una sonrisa lobuna, desde el suelo, antes de ponerse en pie. Rodea con un brazo los hombros de Álvaro; durante un instante, sus dedos rozan los de Pablo.
- Tu caballo ya está listo -el animal espera a unos metros. El propio Emilio se ha encargado de llevar las tres monturas allí-. Vamos.
Sus fuertes brazos alzan a Álvaro, ayudándole a encaramarse sobre el caballo. Pablo monta al suyo, y espera a que Emilio haga lo propio. Con el hijo del terrateniente entre ellos, emprenden la marcha por la finca. Mirándose por encima de su cabeza mientras recuerdan viejos tiempos.

Emilio nunca se ha considerado un hombre excesivamente inteligente.
Sabe leer, que para la época ya es mucho, aunque no es aficionado a los libros. A veces se burla de Pablo cuando le ve con uno de esos libracos que se lleva a la cama. En otras ocasiones se tumba a su lado y le pide que le lea, riéndose cuando el otro le dice que es un ignorante y quedándose instantáneamente adormilado al escuchar su voz.
Reconoce que se marea cuando echa un vistazo a una de esas páginas de cuentas, facturas, balances y presupuestos que Pablo maneja con tanta soltura. Todo lo que él sabe de números se aplica a su formación como Guardia Civil. Sabe que tiene cierta habilidad innata para formular tácticas, una visión estratégica que le hizo ascender con rapidez dentro del cuerpo. Por lo demás, no se considera más inteligente que cualquier jornalero. Si se aprendió de memoria el reglamento -aún hoy lo recita a veces, sin darse cuenta, mientras completa sus aburridos turnos de vigilancia- fue más por perseverancia que por retentiva.
Siempre le han abrumado las charlas sobre tierras, hectáreas, cantidades de grano, cabezas de ganado y similares. No es que se considere tonto; simplemente, en el mundo hay personas capaces de calcular en dos segundos cuántos beneficios netos pueden dar dos toneladas de trigo, pero resulta que él no es una de ellas. Cuando Pablo y Esteban se enfrascan en alguna de sus apasionantes conversaciones sobre utensilios para cosechar o rebaños de cabras, él desconecta y recrea mentalmente el dispositivo de seguridad de la finca, colocándose en el pellejo de un ladrón que tiene que lograr romperlo.
Aquella mañana, sin embargo, le ocurre algo curioso.
Cuando Pablo empieza a hablar -y en ese momento él estaba pensando en cuántas cajas de balas nuevas necesitarían para el mes siguiente- Emilio se ve absorto en sus palabras de una forma que jamás le había ocurrido antes.
Su amante les conduce por las tierras, señalando, explicando. Y es como ver esas tierras tras otros ojos. Donde Emilio ve rutas de vigilancia, Pablo habla de zonas dedicadas al cultivo o a los animales, de caminos de pastoreo, de parcelas. Siempre girado hacia Álvaro, le explica de forma sencilla de dónde salen las riquezas de su padre, qué función desempeña cada trabajador. Contesta a las preguntas del niño -que empiezan siendo esporádicas y se convierten en una retahíla sin fin en cuando Álvaro se envalentona- sin perder la sonrisa ni la paciencia.
Y lo hace con los ojos brillantes del hombre que disfruta de su trabajo.
Lo gracioso es que sigue sin enterarse de mucho. O, mejor dicho, se entera pero continúa sin importarle demasiado el número de quesos que facturan al año o la cantidad de avena que consumen los caballos. Pero escucha, sin poder apartar los ojos de Pablo. Se bebe cada palabra, asistiendo fascinado a cómo datos tan complejos y aburridos se transforman, en sus labios, en una explicación tan ilustrativa como sencilla. Disfruta viendo la chispa de la comprensión apareciendo en los ojos de Álvaro. Sonríe en silencio cada vez que le escucha contestar a una pregunta en tono paciente, cargado de cariño.
Se da cuenta de que nunca le ha costado tanto no acercarse y besarle.
Está observándole fijamente cuando Pablo alza la vista, cruza una mirada con él y le propone pararse a descansar.
Emilio puede escuchar el murmullo del agua al correr de fondo. Cuando asiente, se dirigen en línea recta hacia el río. Álvaro intenta mantener su solemnidad habitual al desmontar, pero acaba comportándose como el crío que es, corriendo hacia el agua con Capitán pisándole los talones.
Buscan una roca seca para sentarse, hombro como hombro. Se limitan a mirar al niño jugar, tirándole palos al perro para que salte al agua. No hablan. No les hace falta.
Álvaro se dirige a ellos unos minutos después, con las mejillas encendidas y una sonrisa en la boca. El perro se tiende a sus pies, jadeando. Pablo se mueve para que el niño pueda sentarse entre ellos.
- No sabíamos que te gustara el agua.
- Mi hermano me enseñó a nadar -explica, secándose en la capa los dedos mojados-. Pero a mi padre no le gusta.
Se miran por encima de su cabeza.
- Pablo y yo venimos de vez en cuando. Si tú quieres y tu padre se fía de nosotros, puedes venir.
- ¿De verdad? -Álvaro casi da un respingo, mirándoles con los ojos muy abiertos.
Emilio finge indiferencia, encogiéndose de hombros.
- Pablo es muy torpe nadando. Cuantos más seamos para rescatarle en caso de accidente, mejor.
A Álvaro se le escapa una sonrisa, se muerde instantáneamente los labios y acaba riéndose a carcajadas cuando el aludido responde con un puñetazo que Emilio esquiva a duras penas.
- Eres muy gracioso -le amenaza Pablo, arreglándose la capa en un gesto cargado de dignidad-. Ya te pillaré.
Emilio sigue riéndose entre dientes. El perro les contempla con curiosidad, un palo mordisqueado entre los dientes. El sonido del agua -unido al piar de los pájaros, y a la penumbra creada por las altas copas de los árboles que tapan el sol- hace imperar una sensación de calma.
Álvaro se inclina, acariciando a Capitán entre las orejas.
- Ustedes no son hermanos, ¿verdad?
Los dos se giran a la vez. Tranquilos, casi inexpresivos. Álvaro les devuelve una mirada inocente. Sin miedo.
Saben que no tiene ningún sentido negarlo.
- ¿Te lo ha contado tu padre? -pregunta suavemente Emilio.
- Ah, ¿mi padre también lo sabe? -Álvaro es la viva imagen de la sorpresa- No, él no me ha dicho nada.
- ¿Entonces? -inquiere Pablo.
Desde que Esteban les llevó al pie de aquel árbol, cada vez que pensaba en su secreto le asaltaban sensaciones contrapuestas. Por un lado ha intentado convencerse de que estaban a salvo, confiando a ciegas en su patrón. Por otro, le paralizaba el terror al imaginar que alguien más pudiera descubrirlo.
En lo que tendrían que volver a hacer para devolverlo -nunca mejor dicho- a la tumba.
Esa mañana, sin embargo, se siente inesperadamente tranquilo. Es consciente de que su felicidad puede estar tambaleándose; de que esa vida que han conseguido construir, sin renunciar a lo que son, depende únicamente de un niño de once años.
Pero está tranquilo.
Porque es aún más consciente -no le hace falta ni mirar a Emilio para comprobarlo; lo ve en cada sonrisa que le dirige al niño y en cada vez que le ayuda a subir al caballo o le explica algo- de que ninguno de los dos se atrevería a alzar un dedo contra Álvaro.
La calma le invade cuando se da cuenta de que no pueden hacer nada.
Álvaro se encoge de hombros, como si fuera algo obvio.
- Son como mi hermano, ¿verdad? -se agacha para coger el palo de las fauces de Capitán, tirándolo de nuevo hacia un lado- Mi padre se cree que no sé lo de Luis, pero lo sabía antes que él. Mi hermano me lo contaba todo.
- Ya.
- Y yo le guardé el secreto. No se lo dije a nadie. Si nadie lo hubiera sabido, más que yo, él seguiría vivo.
Se limitan a asentir con la cabeza. El perro vuelve, el rabo girando sobre su lomo.
Pablo se aclara la garganta.
- ¿Nos guardarás el secreto a nosotros también?
Álvaro vuelve a tirar el palo, que cae en el agua con un sonido de chapoteo.
- Yo no quiero que ustedes acaben colgados de un árbol.
Tiene lágrimas en los ojos.
Pablo se olvida de que es el hijo del patrón; de que, probablemente, sea su futuro jefe. Actúa sin pensar, conmovido, rodeándole con los brazos. Deja que Álvaro se enjugue las lágrimas en su hombro y siente que le da un vuelco el corazón cuando le devuelve el brazo con intensidad infantil, con el cariño honesto que sólo puede mostrar un niño.
Emilio les mira un instante, mordiéndose los labios. Rodea con un brazo a su novio, acariciando con la otra mano la parte posterior del cuello del niño. Se inclina para dejar caer un beso en el alborotado pelo negro.
Se quedan un momento así, hasta que Álvaro consigue volver a controlar sus emociones y se separa, secándose los ojos con la manga de la camisa.
No siente la necesidad de disculparse. Sonríe cuando Capitán se alza sobre sus patas traseras, buscándole el rostro para darle un lametón. Aparta al perro con un manotazo cariñoso.
- Álvaro, gracias -dice Emilio, su mano aún en su cuello-. Significa mucho para nosotros.
- Ustedes también significan mucho para mí. Mi padre dice que les debo la vida. Y llevan mucho tiempo aquí conmigo, me explican cosas, me dejan que les hable, contestan a mis preguntas. Desde que murió mi hermano, a veces me sentía un poco solo.
- ¿Se lo has dicho a tu padre? Él te quiere mucho, ya lo sabes.
- Y yo a él, don Pablo. Pero él es un señor importante y tiene que ir a sitios o encerrarse en su estudio. Usted me deja quedarme en su despacho, y a veces me lleva a la mesa para explicarme cosas. Y don Emilio también me deja quedarme con él si está haciendo la guardia frente a la casa y no tengo que alejarme. Casi es como tener de nuevo a Luis aquí.
Emilio le aprieta contra su costado, pasándole el brazo por el cuello.
- Creo que ya tenemos confianza para que te dejes de don Emilio y don Pablo. ¿No crees, Pablo?
- Estoy de acuerdo.
- Pero eso es de mala educación -se yergue el niño, frunciendo el ceño-. A mi padre le llamo de usted.
- Nosotros no somos tus padres, somos tus amigos. Porque somos amigos, ¿verdad?
Por la expresión de Álvaro, es más de lo que ha soñado.
- Sí.
- Entonces, Emilio y Pablo de ahora en adelante. Y deberíamos seguir adelante, si no queremos que se nos eche encima la hora de comer. ¡Capitán!
El perro echa a correr, precediendo la marcha hacia el lugar donde han dejado los caballos. Vuelven a montar, y terminan de dar un rodeo a los terrenos a trote lento.
Cuando al fin regresan a casa, justo a tiempo para comer, Esteban contempla en silencio el rostro sonriente, el pelo despeinado y las mejillas sonrosadas de su hijo.

 

Esa noche, Emilio le atrae en cuanto cierran la puerta.
- Tienes un extraño efecto sobre mí cuando te veo totalmente metido en tu papel, controlando hasta la última roca.
Pablo se ríe entre dientes, mientras nota las manos del ex capitán desabrochándole el cinturón.
- Ahora sabes lo que se siente.
Emilio se limita a esbozar una sonrisa de medio lado y besarle. Va de sus labios a su mejilla, baja a su cuello, traza un círculo con la lengua al mismo tiempo que su mano se cuela en sus pantalones. Pablo gime, echando atrás la cabeza.
Cierra los ojos, dejándole hacer. Durante unos minutos sólo se escuchan sus jadeos, cada vez más pronunciados. Abre los ojos cuando Emilio se detiene, empujándole con el pecho hacia la cama, atacándole con ferocidad, desnudándole a tirones.
No olvida besarle la cicatriz del pecho. Emilio tampoco olvida recorrer con sus dedos la marca que le cruza el hombro, una línea blancuzca a la que ya se ha acostumbrado. Pablo descansa un momento la frente sobre su piel, recuperando el resuello. Al mirarle desde arriba, Emilio atisba un pelo más claro, casi blanco, entre su cabeza de color castaño. Después, la cabeza baja un poco y empieza a morder y lamer. Como un perro.
El ex capitán piensa durante un segundo que eso es lo que son ahora: dos perros cada vez más viejos y llenos de cicatrices.
Después, Pablo le imposibilita toda opción de seguir pensando.
No sabe cuánto tiempo ha pasado hasta que le agarra y tira hacia arriba. Su amante obedece con un gruñido, mirándole con el pelo despeinado, húmedo en las sienes, y los labios obscenamente rojos. Emilio los besa, pasándole un brazo sobre la espalda para mantenerle sobre su cuerpo cuando hace ademán de bajarse.
- No. Tú, Pablo. Tú.
Pasan el resto de la noche así, el uno encima del otro, besándose, lamiéndose y marcándose como los dos perros viejos, fieros y leales que son.

XI

No pasa mucho tiempo hasta que Martín se presenta una mañana en el despacho del administrador de la finca, ocupando el quicio de la puerta con alta figura.
- Buenos días, don Pablo.
Don Pablo está revisando una factura con los ojos entrecerrados, y a su lado Álvaro se esfuerza sobre unas cuentas, mordiéndose el labio inferior. Los dos le miran con perplejidad.
- Buenos días, Martín.
- Buenos días, señor -Álvaro dirige una mirada dubitativa a Pablo-. ¿Me voy?
- Depende de lo que nuestro valiente agente de la Guardia Civil haya venido a contarnos.
- Oh, no hace falta. Quédate, Alvarito -Martín le da una palmadita cariñosa al niño, llevándose después la mano al interior de la guerrera. Saca un objeto, algo más largo que la palma de su mano, envuelto en un paño-. Sólo venía a hacerle un regalo.
- ¿Un regalo? -arquea las cejas.
Martín le muestra su enorme sonrisa confiada al tiempo que aparta el paño. Debajo aparece una daga, sencilla pero afilada.
- No tiene muchos adornos ni es bonita, pero el agarre es perfecto y la hoja es tan buena que no necesitará mucha fuerza para clavarla en alguien.
- Muchas gracias, Martín -Pablo la contempla sin tocarla, antes de alzar la cabeza hacia él-. Pero no entiendo por qué iba a querer yo pinchar a alguien con eso
El guardia civil se ríe.
- Por la misma razón por la que llevaba ese sable al cinto. Su brazo ya no puede soportar el peso de una espada, pero esta daga es ligera y no le costará esfuerzo blandirla. Ya sabe. A veces un poco de acero...
- La diferencia entre vivir y morir, sí.
Se miran a los ojos, en silencio. Una mirada cargada de entendimiento. Por primera vez, el joven miguelete ya no le parece un crío.
- Estoy seguro de que don Emilio podrá enseñarle a usarla.
- Probablemente -Pablo la coge por primera vez, encontrando que se adapta perfectamente a la forma de su mano-. Se lo agradezco muchísimo.
- Ha sido un placer. Tengo que volver al cuartel. Nos han avisado de la presencia de unos malhechores en el camino y, por primera vez, el capitán Alonso dice que puedo ir con ellos.
- Vaya, enhorabuena. Debe de ser un gran honor.
- Lo es -Martín le tiende la mano, y se despide de Álvaro con otra palmadita en la cabeza-. Nos vemos, don Pablo.
- Nos vemos -no puede evitar añadir-. Y tenga cuidado.
- Oh, no se preocupe por mí. Estoy aquí para defender la ley. Además, me acompaña la buena suerte.
Pablo espera a que se haya ido para poner los ojos en blanco.
Álvaro vuelve a inclinarse sobre sus deberes, con una sonrisa distraída en el rostro.

 

XII

Hay cosas que Pablo y Emilio no saben. Y que puede que no lleguen a enterarse jamás.
No saben lo de aquella tarde en la que Esteban escuchó un comentario desafortunado sobre ellos cuando entró un momento en la taberna. Quien lo hizo fue el dueño de una tienda, cuando una de las chicas le preguntó dónde se había dejado a su apuesto jefe de seguridad. Esteban, con toda la educación del mundo, se acercó a él para recordarle, en voz baja, que sus dos hijas y el marido de una de ellas trabajaban en su finca.
También ignoran lo difícil que ha sido acallar los comentarios, los rumores. Las preguntas insistentes de Álvaro a medida que se iba haciendo mayor. Tener que atacar cada frente de forma individual, charlas privadas, sutiles recordatorios -que nunca amenazas-.
No tienen ni idea del ataque de nervios que pasó el día que el cura del pueblo se acercó, muy serio, a preguntarle si era verdad que estaba permitiendo que se practicara la sodomía bajo su cristiano techo. Acabó fingiendo tal monumental cabreo que el sacerdote, asustado, le invitó a un trago para congraciarse con el todopoderoso terrateniente.
Pablo y Emilio creen saber muchas cosas de su jefe. Pero no podrían imaginar que cada noche, después de rezar, le pide mentalmente perdón a su fallecido hijo por no haber sido así desde el principio. Y cada vez que capta una mirada entre sus dos empleados no puede evitar acordarse de la expresión de Luis cuando le dijo que era una deshonra, que se avergonzaba de él; que al menos, intentara no pegarle su enfermedad a su hermano.
Ninguno de los dos podría reconocer a su afable y humano patrón con el hombre implacable que, desde la niñez, torturó a su hijo para que fuera más fuerte que nadie, más valiente que nadie; más hombre que nadie.
En sus sueños siempre aparece el sonido del viento entre las ramas.
A veces, de noche, cree escucharlo cuando está despierto.
Pero eso sólo lo intuye Álvaro, su inteligente y sensible hijo menor, que le mira siempre con sus grandes ojos cargados de inocencia y de secretos. Y también de demasiada tristeza, hasta que llegaron esos dos con su perro.
Ellos piensan que hace todo lo que hace por expiar sus pecados. Ahí se equivocan.
No lo hace por su hijo muerto, sino por su hijo vivo.
Tampoco sabrán que una tarde como cualquier otra Esteban se presenta en el cuartel a charlar con el capitán. Alonso siempre agradece su compañía durante las aburridas guardias. Se escuchan mutuamente mientras cada uno habla de los problemas de su trabajo, el guardia civil finge entender sobre fanegas, el terrateniente asiente con la cabeza cuando le habla de que necesitaría más efectivos para organizar mejor las patrullas. Después, se ríen del último numerito de Martín.
Eso hacen habitualmente, en un día normal. Esa tarde dista de ser normal desde el momento en el que el capitán le observa de forma extraña.
- ¿Qué te pasa?
- Sabes que son maricas, ¿no?
Esteban se cruza de brazos.
- Son mis dos mejores trabajadores, dos excelentes personas, los considero casi como de mi familia y, sí, además de eso son maricas. ¿Algún problema?
Alonso mueve la cabeza. Esteban se pregunta si es así cómo mirará a los delincuentes antes de empujarles dentro del calabozo.
- ¿Lo has pensado bien?
- He tenido muchos años para pensarlo.
- No tienes por qué...
- No es que tenga que hacerlo. Es que quiero.
- Eres demasiado bueno. Te estás volviendo blando con los años.
Esteban esboza una sonrisa ladina.
- ¿Y tú no?
- ¿Te fías de...? Quiero decir... Álvaro.
- Eres mi mejor amigo y te aprecio, no lo dudes. Pero si vas a insinuar que alguno de ellos podría poner un dedo encima a mi hijo, te saltaré todos los dientes sin importarme que lleves ese uniforme tan bonito.
Alonso le responde frunciendo el ceño.
- Te ahorcarían por pegar a un defensor de la ley.
- No, no me colgarían. Tú nunca lo permitirías.
Escucha gruñir al capitán. Se quedan los dos mirando a la mesa, súbitamente incómodos.
- Martín les tiene mucho aprecio.
- Un inesperado detalle de inteligencia en ese zoquete tuyo.
- Ese zoquete será cabo en unos meses.
- La graduación no disimula la estupidez. En algunos casos, diría yo, hasta la acrecienta.
Alonso le lanza una mirada con los ojos entrecerrados.
- Debería detenerte.
- ¿Y por qué no lo haces?
- Porque tendría que escucharte todo el día en el calabozo. Y sería un suplicio.
- Es una buena razón.
El capitán suspira.
- ¿Necesitas ayuda? -pregunta, girándose para apoyar un brazo en el respaldo de la silla.
Esteban enarca las cejas.
- ¿Ayuda de qué tipo? ¿Vas a lanzar todo el peso de la ley contra cualquier infeliz que dude de la hombría de mis muchachos? Seguro que va contra alguna de esas ordenanzas que tanto te gustan.
- El otro día -empieza Alonso, impávido-, Martín escuchó a un jornalero, digámoslo así, poniendo en tela de juicio que tu Garmendia sea capaz de consumar el acto sexual con una mujer.
- ¿Y qué hizo?
- Saltó a defender su honor, por supuesto. Saltó tanto que se cayó del caballo y me lo trajeron medio inconsciente.
- Bueno, la intención es lo que cuenta -sonríe Esteban, antes de añadir-. Mira. Entre tú y yo, cualquier persona que hable con mi Garmendia más diez minutos seguidos dudará de su capacidad para consumar nada con una criatura del sexo femenino.
Escucha reírse al capitán por primera vez, recostándose en su silla.
- Yo no te veo defendiendo su honor, como Martín.
- Yo no defendería su honor. Defenderé el tuyo.
- Por mi honor no tienes que preocuparte, Javier. Y en cierto modo, lo que ellos hacen también es honorable.
- ¿Ah, sí?
Ninguno de los dos se da cuenta de que la noche está engullendo la luz, dejándoles casi a oscuras dentro del pequeño recibidor del cuartel. Esteban apenas intuye la silueta de su digno amigo el capitán cuando se inclina sobre el escritorio. Bajando la voz, como si estuviera a punto de hacer una confesión.
- Sé que te va a sonar a locura, pero esos muchachos se quieren.
- ¿Perdón?
- Quererse. Ya sabes. Amor. Eso.
- Ajá. Te sigo.
- Yo, como tú, pensaba que era algo perverso. Pero desde que los conozco, me cuesta verlo como una perversión. O como un pecado. Son unos buenos chicos que se quieren como un marido puede querer a su esposa.
- Nunca he conocido a un marido que quisiera a su esposa.
- Yo quise a mi esposa -replica, ofendido.
- Cuando te conocí, eras viudo -se defiende-. Y si has venido a hablarme de amor, ya te puedes ir yendo por esa puerta. Demasiado tengo con Martín y sus sucesivos enamoramientos.
Se levanta a encender una lámpara con un susurro de su capa. La luz le permite ver el reproche en el rostro de Esteban.
- Ahora entiendo por qué nunca te has casado.
- Estoy casado con mi trabajo.
- No. Es porque no hay quien te aguante.
- Y lo dices tú, que llevas dos horas aquí conmigo -responde con una pequeña sonrisa victoriosa.
- Dos horas y ni un minuto más -Esteban también se levanta, sintiendo crujir su espalda al erguirse-. No quiero hacerles esperar para cenar. Por cierto, algún día te podrías venir. Verás como es agradable estar con seres humanos de vez en cuando.
- Prometo pensármelo.
El capitán le acompaña a la puerta. Esteban le mira un momento, apoyado en el quicio.
- ¿Y ayudarme?
- Ayudarte va contra las ordenanzas, contra la ley y hasta contra el código de honor -arruga el entrecejo, mirando hacia la calle para supervisar que todo está en orden.
- O sea, que lo harás.
- Que te aproveche la cena, Esteban -se despide, con una palmada en el hombro.
Esteban se la devuelve.
- Adiós, Javier. Buenas noches.
Y cuando su patrón vuelve a la finca, Emilio y Pablo están más protegidos que antes. Pero ellos no lo saben.
Ni falta que les hace.

 

XIII

En la mañana de su treceavo cumpleaños, Emilio y Pablo hacen entrega a Álvaro, con gran solemnidad, de una pistola y un sable con sus iniciales grabadas en el puño.
- No tocarás una escopeta hasta que sepas usar perfectamente la pistola -le advierte su padre, no de muy buen humor.
Todo el mundo sabe que Esteban odia las armas. A Emilio le ha costado Dios y ayuda -la ayuda de Pablo, concretamente- para convencerle de que le deje iniciar su entrenamiento.
- Álvaro no necesita saber empuñar un arma. Estará protegido siempre -le dijo durante la última y definitiva discusión.
- Sabes tan bien como yo que eso no es cierto.
- No te atrevas a cuestionar mi capacidad para proteger a mi hijo -se giró, como un animal enfurecido.
Emilio se limitó a mirarle con tranquilidad.
- ¿Cuestionarías tú mi capacidad para proteger a Pablo?
- Nunca.
- Pues fui yo quien le enseñó a disparar correctamente y a defenderse con un arma blanca. Daría mi vida por él, pero era consciente de que no iba a poder protegerle en todo momento. Y al final eso le salvó la vida. No salvó la vida a los dos.
Esteban le maldijo durante un largo rato antes de dar su consentimiento.
Esa mañana contempla a su hijo, con el ceño fruncido, mientras coge entre sus manos la pistola descargada. Cierra los ojos cuando desenvaina el sable.
- Espero, Emilio, que primero le enseñes con espadas de madera.
- Por favor, Esteban. Soy un profesional.
- ¿Puedes empezar a enseñarme ya? -pregunta Álvaro, mirando la hoja deslumbrante.
- Si tu padre da su venia...
- Desapareced de mi vista antes de que me arrepienta.
Se van con tanta rapidez que cuesta decidir quién de los dos está más ilusionado. Pablo se queda a solas con su jefe, a quien aún escucha mascullar mientras ojea el periódico. Se aclara la garganta.
Pero Esteban le detiene con una mirada.
- Sé lo que me vas a decir. Que esté tranquilo porque mi hijo está en las mejores manos posibles.
Pablo alza las manos.
- Es verdad que lo sabías.
- Sé que Emilio es un gran instructor. Te he visto luchando con Martín, y nadie habría pensado que fueras capaz de pelear tan bien.
- Gracias, supongo.
- Pero entiende que es mi hijo. Mi único hijo y todo lo que me queda.
Apura su taza de café. Pablo le observa con tranquilidad.
- No es exactamente lo mismo, pero sé lo que sientes.
- Me lo imagino -murmura Esteban, dejando la taza vacía frente a él, en un platito. El tintineo de la porcelana es lo único que se escucha durante unos segundos-. ¿Y cómo lo llevas?
- Teniendo en cuenta que una vez casi se me muere en brazos, no lo llevo mal -sonríe un poco-. Tienes que confiar en tu hijo. Como yo confío en que Emilio volverá.
Esteban le contesta con un gruñido. Pero, cuando se encierra en su despacho, parece mucho más tranquilo.
Pablo aprovecha que tiene poco trabajo para salir al patio.
Se queda un rato a verles pelear con dos toscas espadas de madera. Descamisados, como cuando era él a quien Emilio entrenaba. Algunos trabajadores se paran a mirarles, admirando en silencio el par de cicatrices que luce con orgullo el ex capitán. Álvaro tiene el pecho y los brazos casi lampiños, pero su constitución hace presagiar que será un hombre fuerte.
Cuando cae la tarde, empieza a explicarle cómo se maneja un arma de fuego. Pablo los contempla, algo alejado, el bloc de dibujo sobre las piernas. El carboncillo que sostiene entre sus dedos deja trazas sobre el papel a la misma velocidad que Emilio monta y desmonta el arma.
Cuando da por terminada la lección, Álvaro se dirige directamente hacia él.
No pide permiso para sentarse a su lado. Sencillamente, lo hace. Capitán se acerca de inmediato, restregándole el morro contra las rodillas.
Sabe perfectamente lo que le va a preguntar.
- ¿Alguna vez has matado a un hombre, Pablo?
No levanta la mirada de la hoja de papel.
- Sí.
- ¿Y es fácil?
Ahora sí alza la cabeza. Y mira a Emilio, que está recogiendo su pistola, mientras siente que el círculo se está cerrando.
- Sólo si lo haces por alguien que te importa.

 

XIV

- Don Pablo, perdone que le moleste a estas horas, pero... Hay una mujer en la posada que pregunta por usted.
- ¿Una mujer? ¿Por mí?
El cabo Martín asiente con la cabeza. Nunca le ha visto tan serio.
- Una tal Elisa.
A Pablo le desaparece el color de la cara. Emilio se levanta de un salto. Los dos se miran sin saber qué hacer.
Esteban también se pone en pie, aunque más despacio, haciéndose cargo de la situación.
- Tráigala aquí, cabo.
- No... no puedo, don Esteban.
- ¿Por qué no puede?
Martín clava la mirada en la mesa.
- Porque está enferma, señor.
Al escuchar la lúgubre contestación del cabo, Pablo se levanta, muy lentamente, como si hubiera olvidado cómo moverse.
- ¿Cómo de enferma? -el guardia civil no contesta, aún con la cabeza gacha- ¡Mírame a los ojos, cabo! ¿Cómo de enferma?
La compasión que percibe en los ojos del joven es la única respuesta que necesita. Se tambalea, siente la imperiosa necesidad de volver a sentarse. Emilio aparece a su lado, sin decir una palabra, agarrándole del codo.
- ¿Quién es esa mujer, Pablo? -pregunta Esteban, situándose junto al confuso guardia civil.
- Era mi esposa.
Decirlo en voz alta parece quitarle todas las fuerzas que le quedan. Se sienta, agradeciendo en lo más profundo que Emilio no aparte la mano de su hombro, acariciándole sutilmente por encima de la chaqueta.
Esteban y Martín le miran como si le hubiera salido pelo y hubiera empezado a ladrar.
- Comprendo -murmura el terrateniente, aunque está claro que no lo hace-. Cabo, ¿cree que entre los tres podrían traer a esa señora hacia aquí?
- Sí, don Esteban.
- Muy bien. Yo voy a ir preparándole una habitación y avisando al médico.
El rostro de Martín deja claro lo que está pensando. Pero asiente.
- ¿La ha visto mucha gente?
- No. Estaba el dueño solo. El relato es un poco confuso, pero iba con un par de hombres que han continuado su camino en cuanto se han cerciorado de que don Pablo vivía por aquí. Le ha dado una cama por piedad, dice, pero...
Titubea. Desvía la mirada hacia Pablo, que sigue sentado. Emilio le está diciendo algo, arrodillado frente a él.
- ¿Pero?
- No quiere que muera allí.
- Ya. Bueno, en esta casa puede venir a morir quien quiera. Tráigala, por favor.
- ¿Cree que será buena idea llevarme a don Pablo?
Esteban resopla, dando un paso atrás.
- Pues no. Pero muy poco conoce usted a Pablo si cree que podría impedirle ir, cabo Martín.

La habitación es oscura y huele a muerte.
Elisa se le antoja demasiado delgada y demasiado pequeña, hundida en el gran colchón sucio.
- Pablo.
- Elisa.
La abraza con cuidado, como si fuera una muñeca que pudiera romperse. Ella sonríe cuando se separan, examinando el rostro de su marido por primera vez, tras tantos años.
- Te veo muy bien, Pablo. Estás muy guapo con esa barba.
Pablo se muerde los labios, deseando poder decir lo mismo.
La que un día fuera su mujer es prácticamente piel sobre huesos. El pelo es ya más gris que negro, y no le hace falta ningún médico para constatar que algo se la está comiendo por dentro.
Pero conserva todos los dientes. Su sonrisa sigue siendo la misma cuando Emilio se acerca, al fin. El ex capitán tiene el rostro sereno, pero sus ojos le traicionan, revelando la conmoción que le supone verla así.
- Hola, Emilio.
- Elisa -se inclina para besar la mejilla macilenta. No es capaz de decir nada más.
- A ti también te veo muy bien.
Pablo llama su atención, acariciándole con suavidad el dorso de la mano.
- ¿Qué te ha pasado?
- Que nada fue como lo esperaba, Pablo -cuando su marido abre la boca para volver a preguntar, mueve la cabeza-. Déjalo. Ya no tiene remedio.
- ¿Cómo nos has encontrado? -inquiere Emilio.
Ella le mira, agradecida por el cambio de tema, antes de contestar.
- Por los dibujos que me manda, claro.
Las cejas arqueadas y el gesto sorprendido de Emilio indican que no sabía nada. Pablo no le mira; sigue pendiente de Elisa, tan absorto que Martín tiene que dar un paso, aclarándose la garganta para llamar su atención.
- Señores, don Esteban nos estará esperando.
- ¿Quién es don Esteban?
- Nuestro jefe -Pablo la agarra con suavidad. Emilio está a su lado para ayudarle a levantarla, pero descubre que apenas le cuesta alzarla en brazos, que su peso es tan insignificante que ni siquiera tiene que esforzarse para llevarla-. Te llevaremos a su casa y te curarás.
Elisa niega con la cabeza, su cuerpo sacudiéndose con cada paso de su marido.
- Me voy a morir, Pablo.
- No te vas a morir -le promete, empezando a bajar las escaleras de la posada-. No esta noche, al menos.

Pablo lleva razón. No se muere esa noche.
Morirá dos días después, tranquila y en paz. Apagándose lentamente a lo largo de la tarde mientras los dos hombres se turnan para vigilarla.
- Le estás cuidando, ¿verdad? -pregunta cuando se queda a solas con Emilio.
Su voz es apenas un susurro sin fuerza. Y el ex guardia civil ha visto demasiado cerca a la muerte como para no escuchar sus pasos acercándose lentamente.
- Más bien me cuida él a mí. Es un hombre valiente, más de lo que hubiera podido pensar.
- Siempre supe que Pablo era más de lo que aparentaba.
Ninguno de los dos se da cuenta de que Pablo se ha deslizado dentro de la habitación, tan silencioso como un fantasma.
- ¿Cómo estás?
Elisa no contesta. Emilio le mira, moviendo la cabeza.
La muerte ya está dentro.
Pablo se muerde los labios, intentando a duras penas que no se le humedezcan los ojos.
- ¿Por qué has venido hasta aquí? El viaje te ha.... -no se atreve a decirlo.
- No iba a vivir mucho más. Sólo quería saber si sois felices, y ya veo que sí.
Emilio se levanta, con lentitud.
- Tengo que hacer la última guardia.
Mira a Elisa. Sabe perfectamente que no volverá a verla con vida.
Ella alarga una mano, apretando su muñeca.
- Gracias, Emilio. Sigue cuidando de él.
Emilio traga saliva, asiente con la cabeza, y se agacha para darle un último beso. Pablo le ve abandonar la habitación, con la cabeza gacha para ocultar el rostro.
Ocupa su lugar, agarrando su delicada mano, ya convertida en unos dedos sin fuerza.
Pasarán unas horas hasta que la sienta morir, dejando escapar un último suspiro mientras el día desaparece con ella.
Se levanta tan sólo para cerrarle los ojos -besando la mejilla del cadáver- antes de sentarse de nuevo a su lado.
Emilio vuelve una hora más tarde.
No le sorprende verla ya inerte. Se acerca al lecho, acariciando con tristeza su mano, cada vez más fría.
Después, se agacha para besar a Pablo suavemente en los labios.
- Puedes irte a dormir -le escucha murmurar, tras aceptar su consuelo-. Tú no tienes por qué quedarte.
- Yo también le debo muchas cosas, Pablo.
- No lo hago por lo que le debo. Lo hago porque fue mi esposa.
Emilio se sienta junto a él, rodeándole los hombros con un brazo. Acariciándole la mejilla con los dedos, hasta que Pablo cierra los ojos bajo el contacto.
- Entonces, yo lo haré por ti.
La velan en silencio durante el resto de la noche.

 

XV

Al principio, sólo es una sensación.
Esteban nunca se ha metido en la vida privada de sus empleados. Sabe que son pareja, y es todo lo que quiere saber. Nunca les ha pillado en actitud cariñosa, nunca les ha visto besarse y, hasta lo que él sabe, jamás se han permitido un solo gesto revelador fuera de las cuatro paredes de su habitación.
Discreción que él agradece. Enormemente.
Aún así, hay detalles que sí ha presenciado. Miradas cómplices, sonrisas más que elocuentes. Rozarse al pasar, probablemente sin ni siquiera darse cuenta. No se lo echa en cara. Sabe lo condenadamente difícil que es disimular cierto tipo de cosas cuando uno está enamorado hasta las trancas.
Y entonces, un día, simplemente deja de recibir esas señales.
Primero lo achaca al duelo. Su administrador pasa la primera semana tras la muerte de su mujer en modo taciturno, nostálgico. Esteban ha entendido lo suficiente de su historia para saber que, maricón o no, Elisa fue una persona importante en su vida. Así que le comprende, le apoya, y ordena a su hijo que intente molestarle lo menos posible.
Esa etapa no dura mucho. Poco a poco, Pablo vuelve a la normalidad. Un mes después, es como si nada hubiera pasado.
Hasta que, una mañana, Emilio va a presentarle el informe. Y al marcharse, Esteban escucha sus pasos que se alejan por el pasillo, y le invade la desagradable sensación de que algo falla, aunque no sepa el qué.
Se da cuenta un minuto después.
Emilio no se ha detenido frente al despacho de Pablo.
Una vez encontrado el rastro, no le cuesta demasiado seguirlo. Los pequeños detalles saltan a la vista: los dos hombres que se cruzan por el pasillo sin tocarse, la ausencia total de esas risas y miradas que compartían cuando pensaba que nadie los veía.
Un día cae en la cuenta de que hace tiempo que no les ve, al anochecer, en el banco de piedra que hay frente a la casa, el uno dibujando mientras el otro limpia sus armas.
Emilio y Pablo no son la primera pareja que acoge en su hogar. Está más que acostumbrado a percibir las pequeñas tensiones domésticas en el ánimo de sus trabajadores. No es agradable, pero tampoco le da demasiada importancia. La experiencia le dice que, con el tiempo, esas cosas se acaban arreglando.
El problema es que nunca pensó que dos personas unidas de una forma tan fuerte pudieran verse salpicados por problemas tan mundanos. En los años que llevan con él, nunca les ha visto pelearse. Siempre admiró cómo funcionaban, compenetrados, entendiéndose con una mirada. Como un matrimonio antiguo; como una sola persona.
El problema es que les aprecia demasiado. Que tienen una jerarquía muy elevada dentro del negocio. Que son dos piezas importantes en la vida de Álvaro, que les considera sus amigos y a la vez les trata como si fueran sus tíos.
Que no puede imaginarse cómo sería su vida si uno de ellos se fuera.
Esteban no es partidario de meterse en la vida de nadie. Y Esteban sabe que no tiene forma de intervenir, aunque a veces -cuando atisba el dolor en la mirada de Emilio, y la pura incomprensión en la de Pablo- le gustaría sentarse a charlar con ese par de cabezas huecas. O encerrarles en el dormitorio, a punta de pistola, hasta que lo arreglaran.
Pero Esteban, de momento. sólo puede vigilar.
Así que eso es lo que hace, preparándose para lo peor.

Pablo se vio envuelto en el problema antes de tener conciencia de su existencia.
La muerte de Elisa le dejó aturdido, como hacía tiempo que no se sentía. Durante años, Elisa había sido el único hilo que le conectaba con el pasado, con su familia; con ese Pablo Garmendia que a veces le parece otra persona. No había hablado con ella desde que se fue de Arazana pero, de alguna forma, sentía su presencia. Tras cada dibujo que le enviaba, tras cada breve carta sin demasiados datos, Pablo sabía que estaba allí.
Durante ese tiempo no prestó demasiada atención a Emilio. Recibió su beso de consuelo y su pésame. Estuvo a su lado contra el entierro. Pero no es capaz de recordar qué ocurrió esa noche, ni la posterior.
No es capaz de recordar cuál fue la primera vez que se acostaron el uno junto al otro, sin hablarse.
Sólo sabe que, un día cualquiera, salió de su confusión para darse cuenta de que estaba envuelto en una situación nueva y asfixiante. Como un insecto que se despista un segundo, y al siguiente ya tiene la tela de araña ciñéndose en torno a su cuerpo.
- ¿Qué te pasa, Emilio? -se atreve a preguntarle un día, mientras su amante, que ya no le toca, se viste en silencio.
Se acerca, rozándole el hombro. Sus dedos reptan hacia la parte posterior de su cuello. El hielo se licúa en los ojos de Emilio, pero sólo durante un instante, cuando parece que Pablo va a sentarse en su regazo y besarle.
Al instante vuelve esa mirada dura, impenetrable, el brillo airado. Y Pablo se detiene.
- ¿Por qué no me dijiste nada?
- ¿De qué?
- De los dibujos.
Pablo tarda un instante en comprender. Sus dedos abandonan la piel del ex capitán, la mano cae laxa junto a su costado.
- Claro que te lo dije, ¿te acuerdas?
- La primera vez. No sabía que habías seguido enviándole cartas todos estos años.
- Bueno, ¿y? ¿Qué importancia tiene eso?
- Ninguna, Pablo -el tono dice todo lo contrario, cuando repite-: Ninguna.
Emilio termina de atarse las botas, poniéndose en pie. La barrera que les separa es casi física. Pablo tiene la sensación de que, si extiende la mano, algo le quemará antes de que pueda tocarle.
- No te entiendo -no lo entiende. Y se está empezando a enfadar-. ¿Tanto te molesta que le mandara una carta de vez en cuando a mi ex esposa?
- Esposa, Pablo, nada de ex. No le dieron la nulidad.
- ¿Y me vas a echar eso en cara?
- No. Pero me habría gustado saber que seguías manteniendo en contacto tu mujer.
E, incluso entonces -mientras el hombre por el que lo dejó todo se ata la capa, dirigiéndose a la puerta sin mirar atrás- Pablo tiene la certeza de que puede arreglarlo. Que sólo le bastaría con dar un par de pasos, agarrarle del hombro, empujarle contra la pared, gritarle que es un idiota y besarle. Besarle como sabe que le gusta, haciendo rozar las barbas, invadiéndole la boca con ferocidad, rozándose contra él hasta que sea incapaz de resistirse. Y después, cuando lo tenga a su merced, seguir explicándole con todo lujo de detalles por qué es mayor imbécil que ha conocido jamás, por qué hasta el lelo de Borja Martín le parece a veces un genio a su lado.
Obviamente, no lo hace.
Don Pablo Garmendia ha perdido sus tierras, su herencia y hasta la plena movilidad del brazo derecho. Pero, si hay algo que conserva, es su orgullo.
Más tarde, se dará cuenta de que no ha hecho otra cosa que estropearlo aún más.

Es entonces cuando Pablo descubre que el silencio puede hacer daño.
Y mucho.
El silencio que le invadió cuando pensó que Emilio estaba muerto le llenaba de tal forma que amortiguaba el dolor. Era un tipo de silencio que le calmaba, le dejaba tranquilo. Viendo la vida pasar sin tener la más mínima intención de formar parte de ella.
Éste es distinto. Con Emilio vivo y convertido en un manojo espinoso de resentimiento y cólera fría, el silencio es punzante, lleno de aristas. No se dicen nada, no se hacen ni un solo reproche.
Pero, como comprueba Pablo, así duele más.
Durante varias noches más, se acuestan el uno junto al otro sin abrir la boca. Como si fueran dos completos desconocidos que se ven obligados a compartir cama.
Al final, el silencio es tan ensordecedor, tan angustioso, que Pablo se traga su orgullo, rozándole con los dedos en la oscuridad. Atreviéndose a colocar una mano sobre su pecho mientras contiene la respiración hasta que el corazón le martillea en las costillas.
Emilio no le aparta. Pero tampoco le acepta.
Y duele.
Duele tanto que se le escapa una lágrima y tiene que morderse los labios para no hacer ruido.
Duele y seguirá doliendo.

 

Un día, le duele demasiado.
Emilio ha aceptado ir al pueblo con sus hombres a beber algo. Pablo se sienta contra un árbol a ver cómo anochece, el perro a los pies, la petaca en la mano.
Cuando le encuentra Esteban, ya es de noche, ya ha pasado la hora de cenar y ya está bastante borracho.
A su patrón le falta cogerle de la oreja y darle un puntapié en el culo.
- ¿Se puede saber qué te pasa, muchacho? ¿Quieres helarte de frío aquí fuera, o qué?
Ganas, por lo que se ve, no le faltan.
Emilio vuelve cuando le está arrastrando hacia la casa. Apenas tiene tiempo de procesar la escena, antes de que caiga sobre él la ira de su patrón.
- ¡Emilio! Coge a tu novio, llévalo a la habitación y desvístele para que duerma la mona. No sé qué tontería os pasa, pero más os vale arreglarlo -se aleja, refunfuñando-. ¡Menudo par de tontos!
No tiene más remedio que cargar a Pablo, sujetándole bajo una axila, entre murmullos e imprecaciones balbuceantes que no llega a entender. Abre la puerta de la habitación con la mano libre.
Pablo ya se ha cansado de insultar. En su lugar, cierra los ojos y olfatea. Tiene a Emilio muy cerca, y sabe que todo sería mucho más fácil si oliera a alcohol. O a colonia de otro hombre. Pero su jodido y recto ex capitán ni siquiera le da esa opción. Emilio huele como siempre: a cuero, a grasa de las armas, y a Emilio.
Pablo tiene la tentación de besarle. Pero sabe que le apartaría, y el anterior rechazo ya dolió demasiado.
En su lugar, se tambalea hasta la cama, sentándose en borde.
- Capitán Roca, ¿sabe usted por casualidad cuánto tiempo llevamos juntos?
Emilio se descuelga la escopeta sin mirarle. Después se sienta en la silla, encorvando el cuerpo para desatarse las botas.
- Aproximadamente unos seis años. Quizá lleguemos a siete.
Siente, más que verla, la sonrisa mordaz de Pablo.
- Seis años y diez meses. Los días ya no los sé. No sé cuándo considerar el inicio de nuestra relación. Si la vez que vino a comerme la boca al establo para salir después corriendo o cuando tuvo que encerrarme en un calabozo para volver a besarme. O quizá cuando vino a verme al cortijo, esa noche. No sé. Me ha rechazado tantas veces, que hasta a un administrador se le hace difícil la cuenta.
No parece esperar respuesta alguna, así que no le molesta cuando Emilio se quita las botas de un puntapié, desabrochándose la camisa en absoluto silencio. En su lugar, amplía la sonrisa.
- ¿Estás celoso de Elisa, verdad? Celoso porque ella, pese a todo, seguía siendo mi mujer.
Se quita sus propios zapatos, con rabia, mientras el silencio sigue siendo la única respuesta que le llega de Emilio.
De repente, está de pie, acercándose. Emilio hace ademán de levantarse, pero Pablo le sujeta por los hombros, acercando su rostro.
- Ten cojones de apartarme, y te juro que esto termina aquí y ahora.
Emilio no se mueve. Pablo le besa sin abrir la boca.
- Seis años y diez meses, Emilio. Casi siete años viviendo contigo, comiendo contigo, durmiendo contigo y follando contigo. Así que me da igual lo que digan los curas. Me considero casado, y no con Elisa. Pero tú eres demasiado animal para darte cuenta.
Y vuelve a la cama, borracho y cabreado, metiéndose bajo las sábanas sin mirarle.
Ya está dormido cuando Emilio se acuesta a su lado. Tan confuso que, por primera vez en semanas, ni siquiera se siente dolido.

 

Al día siguiente, es Emilio quien tiene la sensación de que acaba de despertarse de un sueño.
Aún está aturdido cuando se encamina con Álvaro hacia el patio para su entrenamiento matutino. El joven crece a ojos vista, y sus músculos se van moldeando a base de espadazos. No tiene un talento natural para luchar, pero progresa adecuadamente, mucho más deprisa que Pablo en su día. Ya pelean con sables de verdad.
Hace tiempo que ninguno de los dos recibe un solo rasguño, para alivio de Esteban. Sin embargo, apenas han pasado diez minutos cuando el filo de la hoja de Emilio deja un surco rojo en el brazo del joven. Se detiene de inmediato.
- No es nada, ni siquiera sangra -le tranquiliza Álvaro, frotándose el rasguño.
- ¿Se puede saber qué te ocurre? -le espeta su instructor-. Estás distraído.
- No estoy distraído.
- No recuerdo la última vez que te hice un arañazo. ¿Y tú?
Álvaro acaba agachando la cabeza, claudicando, ante su implacable instructor.
- Dime qué te pasa.
- No es asunto mío.
- ¿El qué?
- Lo que pase entre Pablo y tú.
Emilio enmudece. Durante unos instantes, se limita a mover las mandíbulas, haciendo rechinar los dientes.
- Llevas razón, no es asunto tuyo. Ponte en guardia.
- Pero no quiero que os separéis, Emilio.
La súplica desesperada de Álvaro le hace detenerse, bajando de nuevo la espalda.
- Sólo se separan las parejas que están casadas, Álvaro.
- Bueno, ¿y? ¿No es como si lo estuvierais?
- Sólo los hombres y las mujeres se casan. Es lo normal.
Hay algo de rabia en el rostro del adolescente cuando levanta la espada. Ataca antes de que Emilio tenga tiempo de ponerse en guardia, y un hombre menos experimentado que él habría perdido el arma ante las feroces acometidas de su pupilo. Los aceros chocan durante un rato, hasta el antiguo capitán de la Guardia Civil consigue sobreponerse y desarmarle de un golpe certero, con su sable reglamentario.
El de Álvaro se desliza a sus pies durante unos metros. Su dueño lo recoge, mal humorado, arrancando un puñado de hierba.
Emilio se escucha jadear y se da cuenta, por primera vez en su vida, de que mientras Álvaro es más fuerte cada día, él empieza a envejecer.
- Pablo me dijo una vez que tú le diste tu sombrero del uniforme de la Guardia Civil.
- Aún lo tiene guardado -asiente.
- Y tú todavía tienes su pañuelo. El que te dio para que supieras que había ido a verte, que sabía que estabas vivo.
Con tranquilidad, Emilio clava la punta del sable en el suelo, apoyando ambas manos en la empuñadura.
- ¿Adónde pretendes llegar?
- El tricornio que le dieron cuando pensó que estabas muerto. El pañuelo que te dio cuando supo que estabas vivo -le mira con intensidad, la inteligencia brillando en sus ojos-. Si yo tuviera eso, Emilio, me daría igual que otros pudieran ponerse un anillo de casado -su sable hiende el aire cuando vuelve a colocarse en posición de ataque-. Ya lo tendría todo.

 

Pablo está en su despacho, repasando unas facturas, cuando escucha los recios pasos de Emilio dirigirse al despacho de Esteban.
Sólo cuando alza la cabeza al sentirse observado y le ve, parado en el umbral, se da cuenta de que se ha detenido junto a su puerta.
- Buenos días, Roca.
- Pablo.
Emilio irrumpe como un vendaval, arrastrando unos papeles al paso de su capa, rodeando la mesa, quedándose un instante a su lado.
Pablo tiene que parpadear un par de veces cuando le ve arrodillarse.
- No fueron celos por Elisa. Tienes que entender eso. Es sólo que... estabas muy callado. Y ella me dijo que así te quedaste cuando yo... Y bueno, pensé... Pensé...
- No me estoy enterando de nada.
- Da igual -Emilio le agarra una mano, apretándosela un segundo antes de besarla, con devoción-. El chico lleva razón. Tú aún conservas el gorro con mi sangre, y yo...
Pablo no sabe si está hablando el mismo idioma, porque sigue sin entender nada. Se plantea que quizá se haya vuelto loco. O quizá sea el bombeo de su corazón el que le impide escuchar ni media palabra.
- Sigo sin...
- Quiero seguir.
- ¿Seguir?
- Tú me dijiste que llevábamos seis años y diez meses...
- Ahora son once meses.
- Once meses. Seis años y once meses viviendo, comiendo, durmiendo y follando juntos. Quiero seguir haciendo todo eso contigo. Quiero que te sigas comportando como mi marido, o lo que sea que seamos. Quiero seguir, Pablo. Hasta que nos muramos de viejos, o peleando como perros.
El suspiro de Pablo le estremece de los pies a la cabeza.
- Es la peor declaración de amor que he escuchado en mi vida, Emilio.
Pero sonríe cuando Emilio le acaricia la barba con el pulgar. Y le tironea de la camisa para que se ponga en pie y sea él quien se siente en su regazo, besándole desde arriba, ladeando la cabeza. Hasta que empiezan a jadear y se dan cuenta de dónde están.
- Tengo que irme -Emilio se separa con cuidado, como si temiera quemarse al tocarle más de la cuenta-. Mis hombres me esperan.
- Sigues siendo un idiota -le advierte Pablo, clavando la mirada en su espalda.
Le responde con una sonrisa.
- Lo sé.

 

Esteban estaba en su despacho, repasando el periódico, cuando los pasos de Emilio empezaron a resonar en el pasillo.
Sigue allí unos minutos después, escuchando de nuevo las pisadas, que ahora se alejan sin que su jefe de seguridad haya tenido la deferencia de asomar la cabeza por su puerta.
Ha escuchado, en tensión, el murmullo de una conversación. El eco de las botas de Emilio en el suelo de la habitación. Y el leve pero inconfundible crujido de un mueble -probablemente la silla de su administrador- al tener que soportar otro peso encima.
Una vez que se ha marchado, y que no tiene que agudizar el oído con temor a que alguien se acerque por el pasillo y los descubra, Esteban se permite una sonrisa.
Sólo por esta vez, no le importa que sean indiscretos.

 

XVI

Álvaro se remueve, incómodo.
- Quédate quieto.
- Perdón.
Pablo esboza una pequeña sonrisa, volviendo a bajar la cabeza hacia el lienzo. Trabaja despacio, cuidando cada detalle, y al joven de quince años no se le da bien estar quieto. Sus ojos siguen con ansiedad a los hombres de Emilio, que se organizan para salir del patio, montándose en los caballos con las escopetas a la espalda.
El propio Emilio anda por algún lado, cerca, aunque no pueden verle. Su voz autoritaria se deja escuchar en todo el patio, alejándose a ratos hasta convertirse en un eco lejano.
- Diez minutos y lo dejamos por hoy, ¿de acuerdo?
Álvaro no puede disimular el alivio mientras asiente.
Y entonces, sus ojos se desplazan por encima de la cabeza del administrador, quedándose clavados en un punto del patio.
- Hay un hombre ahí parado.
Pablo le mira un instante. No es la primera vez que hay un hombre desconocido ahí parado en el patio, pero la ligera tensión en el tono de Álvaro le hacer comprender que el aspecto del desconocido no es demasiado bueno. Reacciona con tranquilidad, tal y como ha aprendido observando a Emilio. Ya no suele llevar la pistola, a no ser que pasee por las tierra de la finca; pero la daga que le regaló Martín, al igual que en su día hiciera con el sable de la Guardia Civil, sólo se descuelga de su cinturón cuando se acuesta.
Mete la mano derecha bajo la capa, palpando el bulto, al tiempo que se gira con aire casual, situándose frente al chico.
Y se queda helado.
El hombre le da la espalda, está alejado y no da señales de haberle visto. Pero Pablo podría reconocer en cualquier sitio esos hombros anchos, y el pelo hirsuto. Está observando a su alrededor con curiosidad y la evidente intención de pedir trabajo. El cañón de su arma refleja la luz del sol, deslumbrándole momentáneamente.
Sabe que es cuestión de segundos que mire en su dirección y le reconozca.
También, que sólo tiene una salida.
- Álvaro, escóndete tras la columna, sentado en el suelo y cúbrete la cabeza.
No le da tiempo a ver si obedece o no, porque en ese justo instante Santurce empieza a girarse, y él no tiene más remedio que abandonar la seguridad del soportal, saliendo a su encuentro en línea recta. La daga desenvainada, escondida bajo los pliegues de su capa.
Pero apenas le da tiempo a recorrer un par de metros, mientras el antiguo esbirro de su padre le mira sin reconocerle.
Emilio aparece a sus espaldas, como una sombra. Pablo le ve mover los labios, aunque no escucha lo que susurra. Santurce sí debe de hacerlo, porque se gira con rapidez.
Pablo da un instintivo paso atrás al ver brillar la hoja del sable. Tropieza con otra persona, y con un gesto automático rodea a Álvaro con su brazo izquierdo cuando el silbido del acero resuena en el patio, seguido por un grito y un cuerpo que se desploma con un ruido sordo.
La espada salpica gotas rojas cuando el ex capitán la levanta, girando el cuerpo de su enemigo de un puntapié.
- Lo siento Pablo, pero este cabrón es mío.
Pablo suelta a Álvaro y se acerca, la daga aún en su mano. El esbirro se ahoga en su sangre, que le chorrea por la barba y el pecho.
- Roca -logra escupir-. Garmendia.
- Míranos bien, porque va a ser lo último que veas, alimaña.
Lo hace durante el minuto que tarda en morir, observándoles con una furia que se va apagando poco a poco, a medida que el cuerpo se le vacía de sangre y los ojos de vida. Ninguno de los dos hace el mínimo intento por poner fin a su agonía. Pablo ya tiene la daga envainada cuando muere, y entonces nota a Álvaro rozando el codo.
- ¿Quién era?
Intenta apartarle para que no mire, pero ya es tarde. El chico se estremece, llevándose la mano a la boca. Pablo le agarra de un brazo y le lleva a una esquina, sujetándole la cabeza mientras devuelve el desayuno sobre las losas del patio.
Esa dantesca escena es la que se encuentra el pobre cabo Martín cuando sale de la casa, junto a Esteban, atraído por el grito.
Emilio aún tiene la sangre fría de terminar de limpiar su sable, dejándolo en el suelo y alzando las manos desnudas.
- He sido yo, cabo.
Esteban también parece a punto de vomitar, aunque por motivos distintos, cuando Martín se ve obligado a esposar a su jefe de seguridad.
Y Pablo, abrazando a Álvaro, cruza una última mirada con Emilio cuando se lo llevan, mientras en el patio reina un profundo y fúnebre silencio.

- Necesito que me cuentes quién era ese hombre.
Pablo no contesta. Probablemente, ni siquiera le haya escuchado, sentado en las escaleras de la entrada, con la mirada perdida. Esteban le mira un instante, con el ceño fruncido. Al final se sienta a su lado, refunfuñando para sus adentros.
- Nos vamos a llenar de polvo la ropa -su administrador, tan puntilloso con el vestuario y la higiene personal, ni se inmuta. Esteban está perdiendo la paciencia a pasos agigantados-. ¡Pablo, muchacho! ¿Me escuchas o te has quedado sordo además de tonto y mudo?
- Te escucho -responde en un hilo de voz, sin mirarle.
- ¿Quién era ese tipo? ¿Y por qué Emilio le ha matado como a un cerdo?
- Porque eso es justo lo que era.
- Vale. Ahora, me haría falta que especificaras. ¿Hasta qué punto era peligroso?
- Mucho. Era un matón a sueldo de mi padre. Secuestró a mi esposa. Su amigo fue quien disparó a Emilio. Sabe que debería estar muerto... Y, además, sabe lo que somos.
- Bien, empiezo a hacerme una idea de por qué tengo medio patio inundado de sangre -justo frente a ellos, uno de los jardineros intentaba limpiar el estropicio, frotando con un cepillo cuyas cerdas ya eran de color rojo oscuro-. ¿Le ha dado tiempo a amenazaros?
- No. Pero si nos hubiera visto, probablemente habría desenfundado el arma e intentado dispararnos. No quería que Álvaro...
- Ya. Pero el caso es que Emilio le ha matado antes de que tuviera tiempo de abrir la boca. Eso es asesinato, Pablo.
- Lo sé.
- Y ya sabes con qué se paga.
- La horca.
Pablo se pasa las manos por la cabeza, aplastándose el pelo contra el cráneo.
- ¿Crees que el capitán me dejará verle?
- No lo sé, pero vamos a comprobarlo. Vamos a ir inmediatamente al cuartel. De hecho, si el cabo Martín no fuera tan idiota, habría hecho que le acompañaras, pero el pobre ya estaba demasiado ocupado intentando no esposarse a sí mismo.
Esteban se pone en pie, sacudiéndose el polvo de los pantalones y la capa. No se molesta en dar una orden a Pablo, sino que directamente le agarra del brazo, tirando hacia arriba. Su administrador se pone en pie a duras penas.
Le mira a los ojos.
- Cuando te pregunten, le dices al capitán que pensabas que se sinvergüenza iba a disparar a Álvaro. Invéntate una amenaza, lo que quieras.
- ¿Hay alguna posibilidad de que me crea?
Esteban tiene por norma no mentir.
- Alonso es un hombre implacable. Lleva el reglamento a rajatabla -mientras habla, Pablo va agachando la cabeza, hasta que sus ojos están fijos en el suelo-. Pero también es un hombre justo, y humanitario.
- El capitán Emilio Roca era igual -y al decir eso, suspira como si se hubiera quedado sin esperanzas.
El jardinero les observa con cierta curiosidad cuando el patrón le abraza con un gesto rudo, dando unas palmaditas en la espalda de Pablo.
- Pero el capitán Alonso es amigo mío. Algo se podrá hacer, Pablo.
- Emilio está oficialmente muerto. Si le detienen, lo sabrán.
- Sólo cuando lo lleven ante la justicia, si lo hacen.
Pablo da un paso atrás, alzando la cabeza. A su jefe le sorprende ver que tiene los ojos secos, y la mandíbula apretada en un gesto terco que le recuerda demasiado a Emilio.
Se queda sin respiración cuando le escucha hablar, en una voz que de repente ya no suena débil, sino fuerte, determinada.
- Si tiene que morir, no lo hará solo -suaviza el tono, mirándole a los ojos-. Por favor Esteban, haz lo posible porque me dejen verle.
Esteban asiente, preguntándose si será la mejor idea.
No tiene tiempo de pensar mucho. Alguien le toca el hombro. Cuando gira la cabeza, ve a su hijo.
- Quiero ir.
Por primera vez Álvaro no pide permiso, sino que exige. Esteban le encara para negarse de forma categórica pero, al mirarle de arriba abajo, se lo piensa mejor. Su hijo menor ya es tal alto como él; aún está un poco pálido, pero se ha vestido para bajar al pueblo, con una capa limpia, negra, sobre los hombros. En el cinturón lleva colgadas sus armas.
A pesar de la situación, no puede evitar hinchar el pecho con orgullo. Tiene un aspecto magnífico.
Álvaro malinterpreta su momento de silencio.
- Padre, probablemente sería mejor para mí quedarme entre las paredes de mi casa. Pero se lo debo a Emilio. Yo también debo estar con él.
Esteban asiente con la cabeza.
Le mira cuando se acerca a Pablo para ofrecerle un abrazo, rodeándole los hombros. Le observa cuando al fin se ponen en marcha, saludando con cortesía a las personas que se cruzan, pero sin dejar de vigilar al hombre que cierra la pequeña comitiva, con los hombros tan hundidos que parece a punto de caerse de un momento a otro.
Y, cuando se dirigen al cuartel como ovejas al matadero, es Álvaro quien le agarra suavemente del hombro. Prestándole sus fuerzas y su apoyo.
Digno hijo de su padre.

El capitán Alonso les lanza una dura mirada en cuanto entran por la puerta.
- Estaba a punto de mandar a uno de mis hombres a buscarles.
- Podemos movernos solos. Pero gracias, capitán, muy amable.
- Don Pablo, tendrá usted que ser interrogado.
- Por supuesto.
- Don Esteban, ¿dónde estaban usted y Martín cuando se produjeron los hechos?
Esteban le mira, atónito.
- ¿Su apreciado cabo no se lo ha contado?
A Alonso se le ensombrece la mirada. Les invita a sentarse con un gesto, tomando él asiento tras su escritorio.
- Mi apreciado cabo está... indispuesto -al advertir la confusión en el rostro de sus interlocutores, añade-. En otras palabras, se ha mareado y le he mandado a descansar.
- Lo de ese chico se supera día a día.
- No estamos aquí para hablar de mis chicos sino de sus hombres -le recuerda Alonso en tono autoritario-. ¿Dónde estaba?
- El idiot... el cabo Martín vino a hacerme una visita. Le dejé en mi despacho, que tiene vistas al patio, y salí un momento. Pero apenas había empezado a andar cuando le escuché gritar, y al volver pudimos ver cómo Emilio atravesaba con su espada a ese señor.
- Ya. En fin, don Emilio no nos ha dicho mucho. Aún no tenemos muy claro por qué le mató. ¿Don Pablo, podría facilitarnos alguna pista, usted que estaba presente?
Pablo cuenta hasta tres antes de contestar.
- Creo que pensó que se trataba de una amenaza para Álvaro y para mí, capitán.
- ¿Y qué le indujo a pensar eso?
- Bueno... Le escuchamos mascullar alguna amenaza... hizo un gesto de llevarse la mano a la escopeta.
- Álvaro, ¿puedes corroborar eso?
- Yo me escondí, como don Pablo me ordenó -contesta el chico, sin dudar-. Estaba muy asustado.
- Ya -Alonso alza las cejas con escepticismo-. Bueno. Según ustedes podría tratarse de un caso en defensa propia.
- Lo es -alza la voz Esteban-. Emilio no es ningún asesino.
- Eso lo decidiré yo -replica el capitán con frialdad.
Pablo asiste, con creciente nerviosismo, al tenso duelo de miradas entre el capitán Alonso y su patrón. Con toda la educación que logra reunir, tose para llamar su atención mientras le toca disimuladamente el brazo.
Esteban no le mira, pero capta el mensaje.
- Capitán, a Pablo le gustaría ver a su hermano.
- ¿Cómo? -Alonso parece genuinamente sorprendido- ¡Ni hablar! ¡Es sospechoso de un asesinato!
- Ah, ¿y crees que le asesinaría a él? -señala a Pablo, con una risotada sarcástica- ¿Y dentro de un cuartel, además?
- Está retenido. No puede recibir visitas.
- Pero ambos han dado ya su versión de los hechos. No hay ningún peligro en que se vean.
- Don Esteban, como usted comprenderá...
- ¡Por el amor de Dios, Javier, que me conoces desde hace más de diez años! -se exaspera Esteban, levantándose y colocando las manos sobre la mesa- Los dos sabemos que no eres un ogro, deja que los chicos se vean.
Alonso se levanta, recolocándose la capa con aire afectado.
- Te exigiría un poco más de respeto dentro de mi cuartel -masculla entre dientes.
- ¿Respeto? Te voy a mandar a tu pueblo de las Vascongadas de una patada en el culo como no dejes a Pablo pasar ahí dentro.
A Pablo, desde luego, no le parece la mejor forma de intentar ganarse el favor del capitán. Pero está claro que Esteban le conoce mejor que él; porque, tras unos segundos y de forma sorprendente, le mira mientras asiente con la cabeza.
- Cinco minutos y desde fuera de la celda.
- Diez minutos y le dejas entrar dentro.
- No va a entrar dentro sin vigilancia, y mientras Martín siga mareado como una damisela estoy aquí solo.
- Vale. Pero diez minutos.
- Eres un impresentable, Esteban.
- Y tú eres una grandísima persona y un hombre bondadoso, Javier.
- Don Pablo, levántese antes de que tenga la tentación de detener también a su patrón.
Pablo no se queda a presenciar cómo termina la historia.

- ¿Emilio?
Hay tres celdas, y dos están vacías. Escucha algo moverse en la última. Cuando llega, Emilio está apoyado en los barrotes.
- No pensaba que te dejarían entrar. El capitán parece un tipo inflexible.
- Esteban es un hombre persuasivo.
Los barrotes son estrechos. Pablo aprieta la frente contra el duro metal, colando una mano para acariciar la mejilla de Emilio mientras se miran. Tan cerca y tan lejos.
- No tenías que haberlo hecho.
- Era o tú o yo. Y me pareció interesante ser el que estuviera dentro de la celda, para variar.
- No tiene gracia.
- Ya. Pero si le hubiéramos dejado diez segundos más... Habría habido un tiroteo, Pablo. Puede que estuviéramos los dos muertos, o heridos. Y el chico...
Se quedan en silencio. Pablo sigue acariciándole, distraídamente. Cierra los ojos.
- No voy a dejar que te cuelguen, Emilio.
- La horca es la pena por asesinato -declara, en tono lacónico.
- Me da igual. Tú no vas a morir ahorcado -abre los ojos, clavando en él una mirada intensa. Fanática-. Te sacaré de donde sea. Me abriré paso a tiros, si es preciso.
- No conseguirías rescatarme. Lo único que lograrías es que nos acribillaran a los dos.
Pablo deja la mano quieta, agarrándole con fuerza.
Emilio no sabe qué sentir cuando se da cuenta de que eso es justo lo que pretende.
- Moriremos juntos -vuelve a cerrar los ojos. Sus dedos vuelven a vagar por su mejilla-. Vivimos juntos, y moriremos de la misma forma.
Emilio ni siquiera tiene la tentación de hacerle cambiar de idea. Sabe que no lo conseguiría.
Y, de alguna forma, también siente que debe ser así. Igual que es capaz de olfatear el mal, igual que su fino instinto de agente de la ley le lleva a veces por caminos inexplicables. Sabe cuál es su destino. Lleva años viéndolo en los ojos de Pablo, cada vez que le mira. Y también sabe que a él le ocurre lo mismo.
Si no mueren de viejos, lo harán hombro con hombro. Enseñando los dientes.
Se las arregla para besarle a través de los barrotes, rozando apenas sus labios.
Y se quedan así hasta que Pablo juzga que ya es momento de irse.
- Te veo pronto, Emilio.
Emilio entrelaza sus dedos con los suyos, apretándole con fuerza, antes de dejarle ir.
Sabe que es una promesa.

Esa noche, por primera vez, Pablo se acuesta solo en la enorme cama.
Hace años desde la última vez que se durmió sin escuchar la respiración de Emilio a su lado.
Se queda en el centro, los brazos extendidos, mirando al techo.
Capitán duerme pacíficamente en su rincón, sobresaltándole de vez en cuando con algún gañido entre sueños. Pablo le mira, preguntándose si les echará de menos cuando no estén. No está preocupado; sabe que en la finca le cuidarán durante el tiempo que le reste de vida.
Después piensa en Esteban, su patrón, casi su segundo padre. En cómo les ha cuidado desde que se toparon con él, siempre pendiente del bienestar de sus empleados. Cimentando un próspero negocio sobre esa humanidad que transmite y que les convence a todos, desde su administrador hasta el último peón, que están juntos en el mismo barco.
Y, finalmente, visualiza en su mente el rostro de Álvaro.
Le conoció de crío y ya es un adolescente. Era un niño solemne y tímido, ahora es un joven responsable, maduro, capaz. Un joven que hace sentir orgulloso, no sólo a su padre, sino a los dos hombres que le han visto crecer en los últimos años. Pablo lo ha visto en la sonrisa de Emilio cuando aumenta su destreza con las armas, e intuye que él muestra idéntica expresión al vislumbrar al excelente gestor que será en un futuro.
A estas alturas de su vida, sabe que nunca tendrá hijos. Pero también sabe que, cuando Emilio y él desaparezcan de este mundo, parte de ellos quedará para siempre en Álvaro Molina.
Y su férrea decisión de no dejar que le ejecuten -de intentar rescatarle de un destino que considera deshonroso, exponiéndose a una muerte segura- sólo flaquea, un instante, cuando se da cuenta de que no hay nada que desee más en el mundo, absolutamente nada, que ver al joven Álvaro convertirse en un hombre, con Emilio a su lado.
No ha rezado en años.
Esa noche, lo hace. Aunque no a ese dios que le resulta un completo desconocido.
Reza a Elisa. Reza a su madre. Reza incluso a su padre.
Reza al joven cuya mirada le sigue desde el cuadro del comedor.
No les pide un milagro. Ni la felicidad eterna.
Sólo les pide que, por favor, les dejen ya en paz.
Que se está haciendo viejo. Que ha luchado mucho. Que ha renunciado a demasiado.
Que le dejen tranquilo, junto a Emilio, sus cuentas, sus cuadernos, el chucho, el patrón y el niño.
Es todo lo que les pide.
Se duerme antes de poder darse cuenta de que está llorando.

 

Pablo no pidió un milagro. Si hubiera rogado por uno, o por la presencia de algún héroe salvador que rescatara milagrosamente a Emilio, las cosas quizá habrían sido diferentes.
Pero, como no pidió un héroe, sus no-dioses particulares le envían a Martín.
Eso, sí:
El cabo Borja Martín -tan alto y fuerte como despistado y torpe- jamás le ha parecido tan divino, tan heroico, ni tan admirable, como cuando le ve entrar en el patio a la mañana siguiente, a pie, llevando a su capitán a un lado...y a Emilio al otro.
Pablo está tan sorprendido que ni siquiera se atreve a acercarse.
- Buenos días, don Pablo -saluda Alonso, con expresión de circunstancias-. Le gustará saber que, tras la declaración del cabo Martín, se ha determinado que el asesinato cometido por su hermano fue en defensa propia.
Emilio apunta una sonrisa. Martín está serio. Alonso parece escrutar su expresión, atento al más mínimo gesto.
Pablo tiene que hacer un esfuerzo sobrehumano por mantener controladas sus emociones.
- Buenos días, capitán. Me trae una grandísima noticia... Aunque en ningún momento dudé de que mi hermano fuera a ser encontrado inocente.
Alonso se permite un gruñido escéptico. Aunque en su expresión enfurruñada aparece de repente una sonrisa al mirar por encima del hombro de Pablo. Éste no tiene que girarse; sabe perfectamente a quién pertenecen esos pasos que escucha a su espalda.
- Capitán.
- Esteban. Vengo a devolverte a tu hombre.
- No tendrías que habértelo llevado, pero intentaremos no tenértelo en cuenta -Esteban intenta no mostrar su sorpresa-. ¿A qué se debe tu repentino cambio de opinión?
- Simplemente he contrastado versiones. Y la pormenorizada descripción de los hechos que ha realizado el cabo Martín me ha ayudado a determinar que don Emilio sólo actuó defendiendo la vida de su hermano y la de tu hijo.
- ¿En serio? -ahora sí, no logra esconder su estupefacción, girándose hacia el miguelete más joven-. Gracias, cabo. Fue una suerte que estuviera usted en casa.
- Sólo cumplo con mi deber, señor Molina.
A Pablo le parece escuchar a su jefe alabando al cabo, y diría que hasta el capitán Alonso se une a los elogios, casi haciéndole enrojecer. También podría jurar que se intercambian un par de bromas, y finalmente hasta la voz de Emilio -cansada, tras la noche en el calabozo- se une a las risas, despidiéndose de los dos guardias civiles.
Apenas es consciente de lo que ocurre, quizá porque está demasiado ocupado dando mentalmente las gracias, o porque por segunda vez en vida ha creído perder a Emilio y se lo han devuelto de la forma más inesperada.
Sabe que no debe ser obvio. Aún así, cuando Emilio se sitúa por fin a su lado, no puede evitar darle una palmada cariñosa en la espalda mientras clava sus ojos en Martín.
El cabo asiente de forma imperceptible.
Quizá algún día, cuando estén solos, le pregunte por qué lo hizo.
Aunque lo intuye, al acordarse de esa silueta recortándose sobre el cielo de Despeñaperros.
Vuelve a la casa, rozando sin darse cuenta a Emilio al caminar. Se echa a reír cuando Álvaro aparece de algún lado, saltando sobre sobre el ex capitán en cuanto le ve.
Y, al pasar por el salón y sentir los ojos clavados a su espalda, sabe que sus plegarias han sido escuchadas.