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Silencio

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Primera parte

 

 

I

 

El mundo se ha quedado en silencio. O quizá son sus oídos, taponados por los disparos. El mundo se ha quedado extrañamente callado e inmóvil, como si alguien hubiera parado el tiempo. Sería justo, alcanza a pensar Pablo, que los segundos -los minutos y las horas- dejaran de correr. Sería perfecto que se quedaran así para siempre. Pero la humedad que se escurre entre sus dedos rompe la breve ilusión, el torrente rojo que intenta atrapar entre sus manos mientras la realidad se vuelve borrosa ante sus ojos.

Es la sangre de Emilio.

Es la vida, que se le va.

Todo lo demás está inmóvil, como si la cercana muerte del capitán de la Guardia Civil fuera a traer paz a un mundo que, claramente, no le merece. O eso le parece a Pablo, cuya existencia ha quedado reducida al cuerpo que mece en brazos, sin ser capaz de ver ni escuchar nada más. Tiene la vaga conciencia de que a su alrededor está ocurriendo algo -el suelo vibra con pasos y carreras, un grito alcanza a penetrar en sus oídos taponados dejando un extraño eco alegre en su cerebro; mucho más tarde se dará cuenta de que su subconsciente identificó la voz áspera de Olmedo- pero en esos momentos nada podría importarle menos que lo que ocurra, en esta realidad que siempre le pareció excesivamente cruel pero que ahora se le antoja insoportable.

De repente Emilio abre los ojos, y él de alguna forma alcanza a verlo entre las lágrimas. Igual que consigue escuchar el susurro que le llega cada vez más débil y roto.

-  Pablo...

-  Emilio -intenta mascullar aunque sólo le sale un sollozo. Y aunque sabe que es injusto, añade-. Me dijiste que me harías feliz muchos años. Muchos años, Emilio. No te vayas.

Sabe que su capitán se está muriendo, y que lo que menos necesita es ver cómo se desmorona sobre su uniforme ensangrentado. Pero Pablo Garmendia nunca fue un valiente, y si llegó a serlo fue por influencia del hombre que está perdiendo la vida en sus brazos.

-  Tienes que ser fuerte.

Una negativa se le atasca en la garganta cuando Emilio consigue, con mucho esfuerzo, subir una mano para acariciarle la mejilla -sus dedos deteniéndose sobre su fina barba rubia- como tantas veces hizo en esos clandestinos encuentros que ni siquiera pudieron disfrutar por completo. Siempre con la sombra de la sospecha a sus espaldas. Siempre con el miedo a que los vieran.

Y al final no sirvió de nada, piensa Pablo con desesperación mientras se estremece, sin ser capaz de fingir ni un mínimo de fortaleza frente al capitán que le observa, desolado y moribundo. No puede ser fuerte. No sabe ser fuerte.

Su hubiera sabido serlo, Emilio no estaría a punto de morir.

-  Te dije... Fue un error.

Fue un error que te enamoraras de mí. Fue un error que cruzáramos la mirada. Fue un error que me declarara junto al río. Fue un error que me correspondieras lo suficiente como para arriesgar la vida de esta forma.

Pero Emilio, quizá porque ya está más cerca de la muerte que de la vida, le lee la mente y le sonríe.

-  Nada ha sido un error. Nada -y sus dedos vagan por última vez sobre la fina barba rubia, antes dejar caer la mano, agotado, con la sombra de la última sonrisa entre los labios-. Siempre estaré contigo.

Pablo sabe que son los últimos segundos de su vida. La sangre sigue empapando sus dedos, a su alrededor la tierra vibra con decenas de pisadas; se siente rodeado por personas que jamás podrán comprender lo que está ocurriendo.

Y sabe que la sombra de la sospecha les cubre incluso ahora.

Con un inaudito arranque de valentía, el heredero de los Garmendia se desembaraza de ella, aplastándola, como último homenaje al único hombre en el mundo que le ha enseñado a ser valiente.

Así que levanta con cuidado la cabeza de Emilio, inclinándose sobre él, mirándole por última vez a los ojos antes de rozarle los labios, muy lentamente. Como aquella vez que se abrazaron en los terrenos de su cortijo, compartiendo el beso que les acabaría condenando.

Una condena es lo que se echa voluntariamente a las espaldas cuando le da el último beso a Emilio rodeado de bandoleros y guardias civiles.

Pero eso no le importa, ahora.

Menos aún cuando le parece sentir cómo sus labios responden, débil pero inconfundiblemente.

Alza la cabeza y les encara. Bravo y fuerte como no lo ha sido nunca. Con el cuerpo exánime de Emilio en brazos.

Les mira a los ojos cuando le separan del capitán. Les sigue desafiando hasta que, de repente, la burbuja se rompe y el mundo vuelve a hablar, gritar y chillar.

Y con el ruido llega todo lo demás.

Llega la pena desgarradora.

Llega el abismo que le engulle cuando se está mirando fijamente las manos ensangrentadas.

 

II

 

El mundo se alza frente a las ventanas de su cortijo, alegre y bullicioso, pero en los oídos de Pablo parece haberse establecido un silencio eterno, un silencio que le llena por dentro y mantiene pegados sus labios. Un silencio denso, que ha sustituido a todas esas cosas que antes solían revolotear entre su mente y su pecho.

Ya no queda nada de aquello: no queda una preocupación, no queda odio ni enfado, ni mucho menos una chispa de alegría.

No queda nada.

Solamente silencio.

Pablo no se inmuta cuando siente el cuerpo apoyándose contra su espalda. Sus manos no hacen el mínimo ademán de retirarse de la barandilla del balcón. Aferra el metal entre sus dedos con desesperación, como si temiera caerse en cualquier momento.

O como si estuviera pensando en tirarse.

-  Pablo -la voz de su esposa siempre le ha resultado querida. A su forma, la ama. Pero ni siquiera ella puede imponerse al silencio-. ¿Qué piensas?

Pregunta aunque sabe lo que piensa y, mientras habla, sus dedos delicados desenganchan los de Pablo, acariciándolos entre sus manos. Ofreciéndole un anclaje al mundo mucho más cálido y firme que esa barandilla.

Y Pablo no contesta, porque sus palabras se miden con cuentagotas desde aquel día en el que su mundo dejó de hablar. Sus ojos vidriosos responden por él, como responde el vacío que se refleja en ellos, la barba cada vez más espesa y descuidada que le crece ingobernable en las mejillas.

Sus labios no hablan. Pero todo en él grita.

Elisa esboza una sonrisa valiente. Pablo se pregunta si él es el único cobarde que queda en el mundo.

-  Él no querría verte así.

No contesta. No lo haría aunque supiera qué decir.

-  Vamos a la cama.

Ella respeta su silencio, y en estos momentos puede que no haya nada que Pablo agradezca más. Hace tiempo que ella no le desnuda, pero esa noche lo hace, como la mujer y el marido que algún día fueron. Le despoja de su ropa almidonada, se tiende a su lado. Le abraza.

Si hubiera algún consuelo que pudiera llenar su silencio, Pablo sabe que podría encontrarlo en ella.

-  Duérmete, Pablo.

Entonces siente sus dedos en la mejilla. Sus uñas largas y delicadas contra la barba descuidada, producto de varios días sin afeitarse. Se le eriza el vello, pero no dice una sola palabra.

Y, en la oscuridad de la noche, recuerda los dedos ásperos de Emilio y se jura que nadie volverá a tocarle así.

A la mañana siguiente, cuando Elisa despierta, encuentra a su marido sentado frente al lavabo. Afeitándose a conciencia hasta dejar completamente limpias sus mejillas.

Lo hace, eso sí, en perfecto silencio.

 

III

 

El capitán le sonríe, con esa dulzura que siempre ha fascinado a Pablo.

El joven señor Garmendia había tenido la oportunidad de observarle varias veces mientras ejercía su función de capitán de la Guardia Civil, duro e inflexible. La voz del capitán siempre sonaba potente y autoritaria, y con su uniforme era la viva imagen de la Ley. No toleraba una infracción. No hacía la vista gorda ante nada. No intentaba resultar simpático, ni humano. A veces parecía incluso cruel. Tan honrado. Tan firme.

Pero Pablo era la única persona que podía presumir de haberle visto, no sólo como capitán Roca, sino como Emilio. Y donde el capitán Roca gritaba y exigía, Emilio le hablaba en tono suave y con una sonrisa entre su barba espesa. Cuando el capitán Roca velaba por el cumplimiento de la ley, Pablo sabía que Emilio se preocupaba por el bienestar de su pueblo.

Pablo había acariciado con sus dedos ese rostro que a veces parecía esculpido en piedra, y había besado los labios que había llegado a ver fruncidos en un gesto de tenacidad. Emilio le había dejado juguetear con los botones de ese uniforme que le daba ese aura de Autoridad en persona. Se había reído ante sus torpes intentos de manejar el sable; le había colocado el tricornio en la cabeza para comprobar cómo le sentaba.

Y Pablo había acabado besándole, con todo su ser, agarrando con sus manos el cinturón, metiéndolas debajo, tirándole de la capa.

En sus sueños, el capitán y Emilio son la misma persona.

En sus sueños, Emilio sigue vivo y él sigue llevando esa fina barba rubia que tanto le gustaba acariciar.

Y el capitán Emilio le sonríe una y otra vez, con esa dulzura que sólo Pablo conoce.

 

IV

 

Al entrar en la iglesia, con Elisa fuertemente sujeta de su brazo, sabe que todos le están mirando.

Le da bastante igual.

Caminan hacia el primer banco. No sólo es oficialmente el mejor amigo que Emilio tuvo en el pueblo; también es el hijo del señor alcalde, y el señor alcalde está enfermo. Con el orgullo que le debe a su capitán, con la cabeza alta y los ojos desafiantes, Pablo saluda con un golpe de cabeza a sus compañeros de la Benemérita y recibe una respuesta tan vacía como el silencio.

La misa funeral servirá como sencillo homenaje al capitán, puesto que su cuerpo se envió hace una semana a su familia. En algún cementerio de España reposarán sus restos bajo una lápida; Pablo sabe que algún día se hartará de todo e irá a verle, a sentarse a su lado mientras dibuja el paisaje y a dejar caer un beso sobre el mármol frío. Será cuando se vaya el silencio, si es que algún día se va.

O quizá nunca se vaya, y le acompañe como un perro fiel durante el resto de su vida.

De momento necesita estar allí, necesita mirar a los ojos a las personas que sabe que le vieron besando a Emilio en los labios. Divisa rostros honrados que parecerían menos honrados con una capucha sobre los hombros. Siente decenas de miradas clavadas en la nuca, y mirando a los ojos a un santo torpemente esculpido en madera -y cuyo nombre no sabe ni le importa, porque Pablo dejó de creer en dioses hace mucho, mucho tiempo- sabe lo que todos ellos saben.

Y quizá por eso, cuando la misa termina y el silencio que le llena es más denso, asfixiante y sobrecogedor que nunca, no sabe cómo sentirse cuando uno de esos ejemplares agentes de la Benemérita se le acerca con un sucio tricornio arrugado entre las manos.

-  Señor Garmendia, era del capitán. Pensamos que igual... -tose-. Bueno. Querría tenerlo.

Quizá por eso Pablo siente que, por primera vez desde que le dio el último beso al capitán, las lágrimas le resbalan por el rostro mientras despega los labios para musitar un “gracias”.

Quizá porque lo saben, algunos se acercan y le dan el pésame, como si el fallecido fuera alguien de su familia.

Pablo los acepta. Una mano cogida fuertemente entre las de su esposa. La otra, aferrando el borde del tricornio de su capitán.

Al llevárselo a la nariz, comprobará que huele a pólvora, a sangre, a barro.

Y a Emilio.

Esa noche no habrá sueños. Esa noche ni siquiera habrá silencio. Despertará a Elisa de madrugada, llorando como un niño. Acabará durmiéndose cerca del amanecer, con el borde del tricornio aún entre los dedos.

 

V

 

Su padre se está muriendo.

Elisa se lo dice una mañana, cogiéndole delicadamente la mano, como quien le habla a un niño. Pablo está aún en camisón. Su padre se muere. La idea se abre paso a machetazos en ese espacio silencioso que es su mente. Se filtra como una gota de agua entre las grietas, penetra, le empapa hasta que es todo en lo que puede pensar.

Su padre.

Tiene una fugaz imagen del cuerpo de Emilio, desparramado y sangrante, la cabeza sobre sus rodillas y la mirada más valiente que nunca. Intenta imaginarse a su padre así, pero no puede. Tampoco siente dolor. Solamente el habitual y profundo vacío.

Berta revolotea en torno a él, y dispone su ropa, sonriéndole con aire casi maternal.

-  Vístase, señorito don Pablo.

Hace un mes, una simple criada no se habría atrevido a darle una orden tan directa, aunque lo hiciera con esa sonrisa cargada de cariño. Pero Pablo lo agradece con un asentimiento, procediendo a obedecer con lentitud. El tricornio de Emilio parece observarle desde encima de la cómoda, de donde ni Berta ni Elisa se han atrevido a quitarlo. Y él se abrocha los botones con dedos torpes, como si llevara siglos sin hacer esto.

También lleva siglos sin ver a su padre, aunque ni él mismo sea consciente. Sólo se da cuenta cuando entra a su habitación y lo ve entre las sábanas. Más delgado, más pequeño, más insignificante de lo que lo recordaba.

Su padre.

Muriéndose.

-  Pablo, tengo que hablar contigo.

Pablo se sienta junto a la cama. Le deja que hable, hable y hable, sin poder captar más que palabras sueltas. El cortijo. El dinero. El heredero. Conservar el patrimonio.

-  ¿Pablo, me estás escuchando?

Pablo no despega los labios. Sólo se mira las manos.

-  Elisa me ha dicho... -tose- que estás muy afectado por... por la muerte de ese capitán...

-  Por la muerte del hombre al que amo.

Lo dice casi sin darse cuenta, como si hablara para sí mismo. Siente removerse a su padre en la cama, pero no se digna ni a desviar la vista. Hace tiempo que no tiene miedo. Ni de su padre, ni de su fusta, ni de la mismísima muerte.

Pero no es que se haya convertido, de repente, en un valiente.

No es valor. Es el silencio.

-  Pablo -y la voz de su padre, curiosamente, suena casi comprensiva. Casi-. Tienes que olvidarle. Escucha...

Pablo escucha. Y comprende. No ha dicho nada que su padre no supiera. Casi puede oír el eco de los cuchicheos del pueblo, tan extendidos que llegaron hasta el mismísimo lecho del moribundo alcalde. Casi puede imaginarse a su padre, sentado a solas en su dormitorio, encajando la noticia sin hacer el mínimo esfuerzo por llamar a su destrozado hijo.

Clava la mirada en él, tan repentinamente que se estremece.

Pero continúa en silencio. En un silencio que pone la piel de gallina a Garmendia padre.

-  No debí darte aquella paliza -le escucha decir, unos segundos después.

Pablo no se mueve. Su padre se humedece los labios con dificultad.

-  Pero es mejor para ti que sea así. Es mejor que esté muerto. Así podrás olvidarte de los hombres, centrarte en tu mujer. Debes darme un heredero, aunque yo no lo vea -por unos segundos su voz vuelve a ser la misma, firme y autoritaria-. Un heredero que conserve el patrimonio.

Pablo vuelve a mirarse las manos.

Las ve llenas de la sangre caliente de Emilio.

-  Adiós, padre.

Es lo único que dice al levantarse. Serán las últimas palabras que su padre escuche de sus labios.

 

VI

 

Elisa le mira fijamente, y Pablo tarda unos segundos en darse cuenta de que está desnuda.

-  Vístete.

-  Pablo, tu padre quiere que...

Vístete.

Se echa a llorar, que es más de lo que puede soportar. Le da un casto beso en la frente, agarra su abrigo y se marcha. No tiene muy claro adónde, ni siquiera cuando ensilla el caballo y pica espuelas. Pero se deja guiar por el oído. Se deja guiar por el silencio.

Y acaba allí. En esa roca donde tantas veces le descubrió dibujando, frente a ese río donde le observó mientras se bañaba, desde donde le sonrió con el pelo chorreante. Se pasa allí toda la tarde, sin hacer ni caso de los relinchos nerviosos de su caballo. Probablemente se habría quedado toda la noche -y quién sabe si no hubiera muerto congelado- si uno de los migueletes no hubiera aparecido de la nada, sin hacer preguntas.

-  Vamos, don Pablo -silencio-. Él no querría...

No, él no querría. Pablo está de acuerdo, y por eso ofrece una disculpa, cabizbajo. Por eso, cuando regresa la tarde siguiente, no se olvida de volver a casa puntualmente al caer el sol. De vez en cuando asoma algún guardia civil haciendo la ronda, saludándole con un toque rápido en el tricornio. Ninguno le habla, pero se acostumbran a verle allí. Como se acostumbra Elisa. Como se acostumbran todos.

A verle inclinado sobre el bloc de dibujo, frente a un escaso riachuelo. Aunque, por obra y gracia de sus manos y el carboncillo, en el papel se transforma en un río salvaje y embravecido, con remolinos que saludan el paso de una figura que nada, borrosa, la cabeza morena bajo las aguas.

 

VII

Emilio le sonríe, acariciándole la barba.

-  Pablo... -susurra, directamente sobre sus labios-. Déjame.

Pablo entreabre los labios y le deja. Están en el establo, y al mismo tiempo también en el calabozo, en el despacho de su padre, en un prado del cortijo. Están en demasiados sitios a la vez.

Pero están solos. Sin sombras, sin miedo; sólo Emilio, él y el uniforme.

Juguetea con los botones entre beso y beso. Bromea, quitándole el tricornio. Le agarra de la capa. Y se le borra la sonrisa -convirtiéndose en algo más oscuro, labios humedeciéndose con deseo, un jadeo contenido- cuando un dedo de Emilio consigue abrirse paso entre las capas de tela de su chaleco y su camisa, acariciándole la suave piel del estómago.

-  Pablo -vuelve a repetir-. Déjame.

-  Soy tuyo, Emilio -responde, pasando el pulgar bajo esos dos pozos profundos que ahora son sus ojos-. Sin condiciones.

De repente están acariciándose sobre una cama, desvistiéndose lentamente, sin prisa, haciéndose disfrutar. Besándose sin darse tregua. Haciendo el amor hasta que se funden en uno.

- Voy a hacerte feliz muchos años -le promete, cuando está dentro de él.

Solos, sin sombras. Sin miedo.

Como solamente han estado en sueños.

 

VIII

 

La hacienda va pasando a sus manos lentamente, mientras su padre agoniza.

Pablo se acostumbra a llevar sus negocios con regularidad casi mecánica. Hablando lo imprescindible; relacionándose lo mínimo. Cuando pasa por el pueblo, camina con la mirada vacía e intentando esquivar el cuartel. No sonríe nunca. No vuelve a pisar la taberna.

Su única obsesión es correr cada tarde hacia el riachuelo, y garabatear dibujos que sólo él entiende.

Es entonces cuando empieza a olerlo. A Emilio.

Esa esencia mezcla de cuero, sudor, caballo y hombre que podía aspirar cuando enterraba la cabeza en su pecho o en su cuello.

El olor empieza a asaltarle y a aparecérsele, como un fantasma. Mientras camina por el pueblo, en el establo, en la iglesia.

Un día, lo huele cuando está dibujando frente al riachuelo.

Y está a punto de echarse a llorar.

Pero, entonces, escucha el rumor de la hierba a sus espaldas y sabe que hay alguien allí.

Cuando se gira, es un hombre embozado, más bajo que Emilio.

Pablo se ha pasado media vida temiendo a los bandoleros. Incluso se ha visto agredido por ellos en varias ocasiones. Su padre le enseñó a temerlos. El capitán los odiaba, aunque acabó muriendo luchando codo a codo con ellos.

Pablo Garmendia alza la vista, ve la pistola del bandolero en su mano, y deja el carboncillo a un lado mientras lanza una simple pregunta.

-  Si vas a matarme, ¿te importaría que escribiera antes una nota a mi esposa? Sólo deseo despedirme de ella, nada más.

En su mente ya pergeña las palabras que puede dedicarle a Elisa para tranquilizarla -para animarla a que se lance definitivamente a los brazos de su pretendiente- cuando el bandolero niega con la cabeza, lentamente, dos veces.

Él suspira, cerrando el bloc de dibujo, dejándolo con cuidado sobre la roca. Con una actitud que muchos definirían como valerosa -y que él, sin embargo, sólo achaca el inmenso silencio que escucha en su interior- se pone en pie con soltura, los brazos cruzados a la espalda.

-  Espero que al menos me concedas el honor de morir de pie.

Semejante aplomo no debe ser muy habitual, porque el bandolero le mira perplejo unos segundos, antes de contestar.

-  No te voy a matar.

-  ¿Ah, no?

-  No -respira pesadamente bajo el pañuelo. Pablo está a punto de invitarle a que se lo quite, si así está más cómodo. Total, sabe quién es. Y no tiene la más mínima intención de denunciarle, sobre todo si eso incluye entrar en el cuartel-. Vengo a preguntarte si te dieron el regalo.

-  ¿El regalo?

-  Joder, el sombrero. El del capitán.

El olor se hace más fuerte que nunca. Y el último disparo que escuchó -el que mató a Emilio- resuena de nuevo en su cabeza, abriéndose paso entre el silencio.

-  Sí.

-  Ven aquí todas las tardes. A lo mejor te visito algún día.

-  Sí -repite, sólo porque no sabe qué otra cosa podría decir.

-  A lo mejor te doy noticias.

Bajo el sombrero de ala ancha, dos ojos le miran titubeantes, como si quisiera decir algo más y no se atreviese. Y Pablo vuelve a sentir la sangre escurriéndose entre sus dedos. Se deja caer sobre la roca, demasiado harto de todo para sentirse indefenso, agachando la cabeza para intentar procesar qué le han dicho.

Escucha un susurro. Sabe que se ha ido.

Corre, entonces, a casa.

Corre y acaricia el tricornio hasta que su cuerpo deja de temblar.

 

IX

 

Una noche, no sueña con Emilio, sino con su padre.

-  Perdón -le dice, unos años más joven, sentado tras su escritorio-. Perdóname, hijo.

Pablo se despierta sobresaltado, cuando apunta el alba. Se levanta, intentando no despertar a Elisa. Intentando no despertar a nadie.

Sabe lo que ha pasado.

Y sabe lo que tiene que hacer.

A hurtadillas se cuela en el dormitorio de su padre.

Allí mira por última vez los ojos vacíos y sin vida, y le da el último beso, cerrándole los párpados.

-  Te perdono.

Le vela en silencio, hasta que termina de amanecer, hasta que aparece la primera criada y las campanas de la iglesia repican por la muerte del alcalde.

 

X

 

El funeral es un recuerdo vago en el que se limita a dejar el rostro inexpresivo mientras recibe una interminable serie de pésames.

Afortunadamente, no se le exige que llore. E incluso está bien visto -es un signo de entereza; de hombría- que el único heredero del apellido Garmendia no derrame una sola lágrima mientras el ataúd de su padre se pierde en las entrañas de la tierra.

Elisa sí lo hace. Aún está enjugándose las lágrimas con un pañuelo de seda bordado con sus iniciales cuando Pablo la hace sentarse en el salón principal.

-  Eres libre para irte con el duque cuando gustes.

Ella levanta la cabeza muy lentamente, como si temiera no haber escuchado bien.

-  ¿Qué has dicho?

-  Que eres libre, Elisa. Ya no tenemos que fingir por no hacer daño a mi padre.puedes irte con la persona a la que amas. Hazlo.

Le mira durante largos segundos mientras Pablo pasea en torno a la mesa sin saber muy bien dónde sentarse. La silla de su padre parece susurrar su nombre, desde su lugar en la cabecera. El lugar del padre de familia, del señor de la hacienda. El lugar que, teóricamente, le corresponde.

Elisa sigue la dirección de su mirada.

-  Debes ocupar tu sitio. Ahora eres el señor.

Sus palabras son todo lo que necesita para animarle a dar el último paso. Con un movimiento elegante separa una de las sillas más pequeñas, casi en la esquina, muy cerca de donde se encuentra sentada.

-  No tengo la más mínima intención de convertirme en el señor de nada.

El silencio casi se puede tocar cuando ella se le queda mirando fijamente, intentando atisbar en las sombras de su rostro la respuesta al enigma. Ese rostro que la hizo caer rendida a sus pies no hace mucho tiempo, prendada de su dulce sonrisa, sus ojos expresivos y el cuidado pelo rubio que descendía por las mejillas en una fina barba. Ese rostro que ahora contempla lampiño, inexpresivo y con ojeras. Y sin rastro de una sonrisa que hace tiempo que dejó de pertenecer a ella –si es que alguna vez lo hizo-.

-  No te entiendo, Pablo -acaba confesando, como tantas veces en los últimos meses.

-  Mi intención era irme en cuanto muriera, Elisa. Montarme sobre un caballo e irme, sin más -la sombra del bandolero se le aparece ante los ojos. Su actitud extraña y las palabras con las que le arrancó la promesa de seguir visitando ese sitio, tarde tras tarde-. Ahora comprendo que no puedo desaparecer de forma tan precipitada, pero aún así mi voluntad es no permanecer aquí.

-  Pero... ¿qué pasará con el cortijo? ¿Y la nulidad matrimonial?

-  Te dejaré firmados los papeles. Lo venderé todo, y lo que no pueda vender lo dejaré atrás. Te daré todo el dinero que necesites.

-  ¡Estás loco, Pablo!

Pablo piensa en ese olor que le asalta a veces, en los sitios más insospechados. Piensa en las sombras que cree percibir cuando pasa junto al cuartel, en cómo a veces podría jurar que alguien le observa cuando está dibujando, sentado en la roca.

-  Es una buena forma de definirlo -contesta. Y por unos segundos, parece que va a sonreír.

Obviamente, no lo hace. Elisa se acerca, agarrándole del brazo, en un intento desesperado porque recapacite.

-  Eres el heredero. Eres rico, eres un terrateniente. No puedes irte.

Pablo mueve la cabeza.

No se molesta en explicarlo, porque ella no lo entendería.

No podría entender cómo Emilio sigue presente en cada esquina.

No podría entender cómo el silencio, a veces, se hace ensordecedor.

-  No, Elisa. Lo que no puedo es quedarme.

 

XI

 

Elisa sí se queda.

-  Me quedaré hasta que te vayas. Necesitas mi ayuda -últimamente le mira mucho así. Como si temiera verle arrojarse por la ventana de un momento a otro-. Alejandro podrá entenderlo.

A Pablo le da igual si Alejandro lo entiende o no. Por lo que a él respecta, su matrimonio con Elisa ya se ha acabado. El anillo está en algún cajón de la mesita de noche. Y desde la muerte de su padre, ya ni siquiera duermen en la misma habitación.

-  Pablo... Las criadas hablarán. La gente hablará -le dijo ella cuando él le anunció que se mudaba a la vieja habitación de su hermano.

-  Elisa, todo el pueblo debe de saber ya que besé en los labios a Emilio antes de que muriera -le respondió, con un aplomo que nace del espantoso frío que le recorre por dentro-. Que sigan hablando.

Con anillos o no, Elisa se queda.

Y, cuando dejan de fingir ser un matrimonio, descubren que pueden ser amigos.

Siempre desayunan, comen y cenan juntos. A veces ella se ausenta por las mañanas, y él no le pregunta adónde ha ido. Si está en casa, le lleva café al despacho mientras trabaja. Por las tardes, es ella quien recibe a las personas que van a ver a su marido.

Al principio, sólo se limita a memorizar sus nombres para decírselo a Pablo; pero, a medida que pasan los días, es capaz de saber a quién tiene que pedirle que vuelva al día siguiente, a quién debe anotar el recado, o a quién decir, firmemente aunque con extremada cortesía, que el señor Garmendia no está interesado.

Jamás manda a buscar a Pablo, aunque sepa perfectamente dónde está.

Sabe que esas horas que el joven terrateniente pasa a solas, con el arroyo y el silencio, son lo único que le impulsa a seguir levantándose cada mañana.

Pablo apenas habla. Pero, lo poco que habla, lo hace con ella.

Se acostumbra a visitarle en su despacho tras la cena. Le pide que le enseñe lo que ha estado dibujando. Al principio, a él le cuesta. La incomodidad se refleja de forma dolorosa en su voz, y sus hombros se encogen cuando ella se inclina sobre su cuerpo para mirar el dibujo.

Pero persevera. Porque le sigue queriendo, aunque ya no como una esposa quiere a su marido. Y porque sabe que, si al menos ella no le da un poco de calor humano, acabará convirtiéndose en un completo y absoluto ermitaño.

Persevera, y lo consigue. Y cada noche, Pablo le muestra sus dibujos mientras ella se sienta a su lado, a veces pasando un brazo por la cintura del hombre que ya sólo es su amigo.

Le enseña sus paisajes; sus bosques, sus ríos, sus montañas.

Elisa se fija en que siempre hay una sombra que se escurre entre los árboles.

-  ¿Por qué? -le pregunta, señalando la mancha de carboncillo con una de sus largas y bien cuidadas uñas.

Pablo traga saliva. La mira a los ojos.

-  Me dijo que siempre estaría conmigo.

Elisa le devuelve una mirada en la que no puede esconder la pena, la compasión. Acaba abrazándole, consciente ahora de que ni todo el calor del mundo derretir el eterno invierno que se ha instalado en el pecho de Pablo. Que su marido está roto; roto de una forma que ella, desde luego, no puede reparar.

-  ¿Adónde irás cuando te vayas?

Cuando se separa de él, le baja una lágrima por la mejilla. Pablo se la limpia con el pulgar, delicado y galante como siempre ha sido.

-  Buscaré su lugar natal. Buscaré su tumba. Dibujaré el cementerio donde está.

-  ¿Y después?

La mirada que le dirige le pone la carne de gallina.

Como si ni siquiera creyera en la existencia de un “después”.

- Prométeme que me escribirás -prométeme que seguirás vivo-. Envíame algún dibujo.

-  Lo haré.

Tras esa promesa, se queda más tranquila.

Con un suave beso en la mejilla, Pablo le da las buenas noches y se dirige a su cuarto.

El cuarto de su hermano muerto.

Sobre la cómoda de Dimas, junto a las cosas que su padre se negó a tirar, el tricornio de Emilio parece contemplarle, velando su sueño.

Como esa sombra que dibuja en sus paisajes y que, espera, acuda algún día para llevarle con él.

 

XII

 

Lleva un rato sintiéndose observado cuando al fin gira la cabeza.

Ahí está, embozado, pistolón en mano, un bulto alargado de tela en la otra.

-  Buenas tardes -saluda Pablo Garmendia, siempre educado, dejando el bloc de dibujo a un lado.

-  Muy buenas, señorito.

-  ¿Hoy tampoco me va a matar?

-  Va a ser que no.

Se levanta, cortés, esperando pacientemente a que el bandolero anuncie sus intenciones. A pesar de los metros que les separan, puede escuchar su respiración acelerada, e incluso atisbar unas gotas de sudor en el trozo de rostro que deja al descubierto.

Tarda unos segundos en darse cuenta de que está muerto de miedo.

Ante su expresión de sorpresa, el recién llegado habla, por fin.

-  Me estoy jugando la vida, no sé si te das cuenta -no le molesta el tuteo. La voz es vieja, cascada, y la piel morena habla de un hombre que ya luchaba por su vida mucho antes de que él naciera-. Una palabra tuya y estamos todos muertos.

-  Le aseguro que no tengo la más mínima intención de ser la causa de la muerte de nadie.

-  Eso espero, señorito -le mira de nuevo de hito en hito, como decidiéndose. Le escucha mascullar-. Me cago en todo, te juro que estoy a punto de darme la vuelta y no volver jamás.

Pablo no se mueve, ni habla. Se limita a contemplar los acontecimientos, como un simple espectador. Ni siquiera le molestaría que el bandolero se alejara. Hace tiempo que dejó de sentir curiosidad por nada.

Entonces, el hombre deja caer el bulto a sus pies. Pablo le interroga con la mirada.

-  Él nos dijo que no te lo creerías, que jamás vendrías conmigo si no te traía esto.

-  ¿Puedo? -pregunta Pablo, inclinándose.

-  Joder, míralo ya y vámonos. Que nos la estamos jugando, ya te lo he dicho.

Pese a la urgencia que empapa la voz del bandolero, la indiferencia de Pablo es total cuando se agacha para desenvolver el misterioso objeto. La respiración exageradamente jadeante de su acompañante sigue dominando la escena, y por unos instantes, mientras desenrolla con cuidado la tela, tiene tiempo de pensar que no sabe de qué tiene tanto miedo.

Hasta que termina de apartar el sucio y arrugado lienzo.

Y un sable -un sable reglamentario de Guardia Civil- aparece ante sus ojos.

El mundo vuelve a detenerse, a llenarse de ese silencio antinatural.

Pablo tarda unos instantes en atreverse a acariciar el sable con la punta de los dedos.

El mango, que brilla con un color apagado, le parece manchado de óxido. Pero cuando lo alza, separándolo de la tela, se da cuenta de que no es eso.

Es sangre.

De repente, como en aquel día, el tiempo vuelve a correr, deprisa; tan deprisa que antes de darse cuenta, está abrazando el sable de Emilio contra su pecho.

Cuando mira al bandolero, comprueba que se ha quitado el pañuelo que le cubría el rostro.

-  Total, de perdidos al río -aclara, ante la mirada sorprendida de Pablo.

-  ¿Va a matarme ahora?

-  Señorito, qué manía tienes con querer que te maten. Si hubiera querido matarte, ya lo habría hecho. Ahí tienes el espadón del capitán, ¿hace falta que te lo explique?

-  ...No lo sé.

-  Sígueme. Y recuerda que me estoy jugando el cuello. Joder, no sé ni siquiera por qué me presto a estas cosas.

Pablo tiene un millón de preguntas a las que le da miedo responder. Por eso le sigue, en silencio, montándose en su caballo y haciéndolo trotar tranquilamente tras el del bandolero. Con una mano agarra las riendas, mientras con la otra no puede dejar de aferrar, con los dedos casi agarrotados, el sable que -lo sabría aun sin haber visto la sangre, y podría señalar las huellas de sus dedos en el cuero del mango, una pequeña muesca al principio de la hoja; los varios detalles que lo identifican- pertenece a su querido capitán Roca.

Pablo podría preguntar abiertamente hacia dónde van, pero preferiría que el bandolero le disparara en la cabeza antes que hacerlo. Porque su silencio, ese silencio que le aísla, le llena y a la vez le salva, ha empezado a retroceder ante el olor de la esperanza. De una esperanza sin sentido, que muy probablemente sea falsa. Por eso prefiere mantenerse callado. Porque, si el silencio se va, será para traer algo mucho peor.

-  La verdad es que esperaba otra reacción -se sincera el bandolero, tras mirarle de reojo-. Esperaba que quisieras saber...

-  No me atrevo a saber.

La mirada del bandolero puede significar muchas cosas.

Pablo no se considera valiente. Pero esta vez es auténtico valor lo que esgrime para, apretando de nuevo la espada contra su cuerpo, musitar una sentencia que suena a pregunta.

-  Emilio está muerto.

Una sonrisa en el rostro del hombre. Ladina, casi cruel. De animal salvaje.

-  Tu capitán está vivo, señorito.

Pablo se queda quieto, mecido tan sólo por el suave vaivén del caballo. Por unos instantes, algo nuevo, un sentimiento distinto, está a punto de aflorar en esa masa compacta y fría que siente dentro del pecho.

Pero él mismo la rechaza.

-  Miente. El capitán murió en mis brazos.

-  Eso es lo que todo el mundo se cree. Eso es lo que debería haber ocurrido.

-  Está mintiendo.

-  ¿Viste su cuerpo? -le espeta el bandolero, junto con esa sonrisa cruel- ¿Viste cómo se lo llevaban? ¿Sabes lo que ocurrió después de que te separaran de él? No lo sabes, porque estabas llorando como una mujer.

Sin apenas ser consciente de lo que está haciendo, Pablo desenvaina el sable, en un movimiento poco fluido que casi le desequilibra sobre el caballo. Aferra con fuerza las riendas, escuchando la risa seca del bandolero.

-  Si ya nos dijo él que no sabías usarlo.

Y es como cuando uno sale del agua, sacude la cabeza y traga saliva para desatascar los oídos.

Le tiemblan los dedos tan violentamente que el sable cae al suelo.

El bandolero le mira. Casi parece comprensivo.

-  Deberías coger eso. Le tiene mucho cariño.

Pablo es incapaz de desmontar. Sus piernas se han convertido en gelatina. El hombre bufa, bajando del caballo de un salto, tendiéndole la espada por el filo.

¿Cómo?

Es lo único que es capaz de mascullar, con los ojos empañados.

-  ¿Que cómo? Aún nos lo estamos preguntando -el bandolero monta de un salto, azuzando a su cabello. Pablo se ve obligado a seguirle-. Se negó a morirse, el muy cabrón. Estuvo a punto de palmar una media docena de veces, incluso llegamos a cavarle una tumba, ¿sabes? Pero no se moría. No quería morirse, aunque habría sido mejor para él que lo hiciera. Sufría como un perro. Se quejaba como un perro, en medio de la noche. Pero nunca llegaba a morirse.

Los dos caballos trotan a la par. Pablo escucha sus cascos al unísono, y escucha el canto de los pájaros. Y la voz del bandolero, cascada pero firme.

- Una noche estuve a punto de descerrajarle un tiro. Gritaba como si le estuvieran comiendo vivo, así que me levanté con la escopeta. Y la cargué -hace un movimiento con las manos, imitando con la boca el chasquido del arma-. Pero entonces dejó de gritar, abrió los ojos y se me quedó mirando. Se lo olió, el joputa, me miró y no tuve valor para matarle.

Vuelve a sonar jadeante.

Pablo siente que flota. Siente que se marea.

- Te lo digo en serio, señorito, que yo he visto muchas heridas y muchos cadáveres. Y tu capitán no se ha muerto porque no le ha salido de sus santísimos cojones.

-  ¿Sigue en...? -no es capaz de continuar.

-  ¿Peligro? No. Hace un par de semanas que está estable. Come, habla, se mueve un poco y no deja de pedirnos que te llevemos a verle. Le da igual lo peligroso que sea -el bandolero se queda un momento callado, y mueve después la cabeza mientras se ríe, con su risa áspera-. Joder, cuando le dimos su sombrerito a los migueletes, el cabrito estaba casi desahuciado. Pensamos que no pasaría de esa noche.

-  ¿Ustedes le dieron...? -Pablo no entiende nada. Aunque tampoco le importe mucho.

-  Mira, señorito Garmendia, entre nosotros hay gente honrada como la hay entre ellos, pero eso tu capitán Roca no era capaz de entenderlo. Si se lo hubieran llevado a un médico se les habría muerto por el camino, pero resulta que nuestra cueva estaba cerca y tenemos un doctor mucho mejor. ¿Entiendes?

-  Más o menos.

-  Entiendes lo suficiente. Desmonta -le ordena, parado frente a una loma. Le mira de cerca, como valorando sus intenciones-. ¿Entiendes que, normalmente, quien entra aquí vivo suele salir muerto?

Pablo inspira hondo.

-  Sí.

-  Su capitán Roca saldrá muerto -le asegura la voz áspera-. Saldrá por su propio pie, pero muerto. Si saliera vivo, todo serían preguntas, e interrogatorios, y mucha gente caería.

-  Entiendo.

-  Tú, señorito, no hace falta que mueras, al menos de momento. Pero si quieres estar con él, tendrás que desaparecer. Desaparecer o morir. Y si dices una sola palabra sobre esto, morirás de verdad.

Pablo Garmendia sólo puede asentir con la cabeza.

-  Sígueme.

Apenas puede ver el camino con los ojos empañados, pero se las arregla para caminar tras el bandolero por un tortuoso sendero que caracolea entre un matorral espeso. Sólo llega a percibir la entrada de la cueva cuando entra en ella y la humedad le rodea. Se seca la cara con la mano libre.

Una mujer -capucha y el rostro oculto entre las sombras- levanta la cabeza desde el fondo. Tiene un libro entre las manos.

-  Buenas tardes, señorito Garmendia. Señor, mejor dicho.

Pablo ni siquiera alcanza a responder al saludo. Olvida la cortesía, los modales y todo lo que no sea mirar fijamente al bulto envuelto en ropa que hay junto a una de las paredes de la cueva.

-  ¿Es él?

-  Tenga cuidado de no despertarle, haga el favor. Ha pasado una noche malísima.

Pablo suelta el sable. Los segundos que pasan desde que se arrodilla hasta que aparta con cuidado la ropa son los más largos de su vida.

Una voz dentro de su cabeza le susurra que está muerto. Que le han engañado, y sólo es un bulto de ropa. O que es su mismísimo cadáver, y le volarán la tapa de los sesos cuando lo descubra.

Pero el rostro que aparece, en la oscuridad, es el de Emilio.

Y su respiración es sosegada pero perfectamente audible.

Penetra el silencio, lo rompe; lo hace saltar en mil pedazos.

Entonces, una vez que dentro hay sitio, que la gran masa espesa ha desaparecido, entra todo lo demás.

En un torrente.

Una avalancha.

Todo lo que hasta ese momento no había conseguido abrirse paso.

Lo único que puede hacer Pablo es dejarse caer contra la pared de roca, taparse la boca con la mano para no despertar a Emilio, y echarse a llorar.

Llorar como si no hubiera mañana. Llorar todo lo que no ha llorado.

Hasta que un cuerpo, femenino pero fuerte, le ayuda a ponerse en pie, le aparta a un rincón y le sujeta la cabeza mientras él se debate, presa de una histeria que le deja sin aire y le provoca arcadas.

-  Llego a saber que se va a poner usted así y no le decimos nada, don Pablo.

Don Pablo intenta responder, pero sólo le sale otro sollozo.

-  Vale, vale, señorito. No se preocupe. Usted siéntese tranquilo, que ahora mismo le traigo agua.

El otro bandolero le mira, en silencio, rascándose la nuca como si contemplara a un loco.

Le llevan un recipiente de barro que huele a agua del río. Le derraman un poco sobre la frente –mezclándose con las lágrimas, goteándole por el cuello- antes de obligarle a beber. Pablo logra dominarse, tragando a pequeños sorbos que sosiegan su respiración y consiguen hacerle contener las lágrimas.

Sólo cuando está más tranquilo le dejan sentarse en el suelo, junto al cuerpo dormido de Emilio, durante lo que le parecen horas.

Quizá las más felices de su vida.

-  Sí que está usted enamorao, ¿eh? -le pregunta la mujer, ya avanzada la tarde, dirigiéndole una sonrisa blanca que brilla bajo su capucha.

El joven se limita a asentir con la cabeza.

-  Él no ha parado de preguntar por usted desde que fue capaz de hablar -se queda mirando a Emilio, dejando a un lado el libro. Pablo la observa con atención-. Yo creo que no se ha muerto por usted. Ha estado mu malico, ¿sabe? Tenía mucha fiebre. Y no paraba de repetir el nombre de usted, y de llamarle.

Pablo parpadea, mirando el rostro envuelto en sombras de Emilio.

-  Ha luchado. Se lo digo yo, que lo he visto. Luchaba contra algo que yo no podía ver -se estremece, frotándose los brazos. Pablo también nota cómo se le eriza la piel-. Yo creo que estaba peleando con la mismísima muerte, convenciéndola para que no se lo llevara.

Se santigua. Por alguna razón, Pablo la imita.

-  Y una de esas noches -prosigue ella, en un tono susurrante que llena la caverna- me acerqué y le puse los labios en la oreja. Le dije “capitán, está usted sufriendo mucho. Deje de pelear. Descanse en paz, que se lo ha merecido”. Y él abrió los ojos y me contestó.

-  ¿Qué le dijo?

Ella le lanza una mirada inquisitiva, cogiendo el libro.

-  Usted ya lo sabe, señorito Garmendia. Perdón, señor Garmendia. Creo que ya lo sabe -hace una pausa. Y se descubre el rostro para clavar sus ojos en los de Pablo-. Dijo que no, que no le dejaría solo.

Una lágrima rueda aún por la mejilla de Pablo cuando el otro bandolero se planta frente a él.

-  Es hora de que te marches.

-  ¡No!

-  Señorito, está anocheciendo y tu mujer te espera en casa. No queremos que empiecen a buscarte, ¿verdad?

-  Pero necesito tenerle cerca -el otro suelta un resoplido. Pablo se da cuenta de que es imposible-. ¿Puedo volver mañana?

-  Veremos.

-  Cuando esté más fuerte, se lo podrá llevar usted a casa, si consigue hacerlo sin que nadie les vea -la voz de la mujer surge, más conciliadora.

Pablo comprende que tiene que irse. Así que se arrodilla por última vez junto a Emilio. Sabe que no puede besarle, pero se desanuda el pañuelo que lleva en torno al cuello, y lo deja junto al sable que descansa a su lado.

-  Así sabrá que he estado aquí.

-  Es una gran idea.

Y como todos los anocheceres, don Pablo Garmendia atraviesa el pueblo en su caballo, con el bloc de dibujo bajo el brazo. Es una estampa cotidiana, que los habitantes de Arazana han aprendido a ignorar.

Sin embargo, esa noche hay algo distinto en Pablo. Algo que hace que algunos se giren para mirarle, arrugando el ceño, como si intentaran dilucidar qué es lo que ha cambiado.

Incluso hay quien no tarda en descubrirlo.

Está sonriendo.

El señor Garmendia -a quien apenas han escuchado hablar desde la muerte del capitán de la Guardia Civil, siempre sumido en un silencio triste y obstinado- sonríe mientras cabalga, los ojos fijos en la nada.

 

XIII

 

Elisa nota que a su marido le pasa algo en cuanto le ve aparecer por la puerta.

El hecho de que sonría como un lunático y que se dirija a ella para abrazarla y casi alzarla en volandas, ayuda bastante.

-  Está vivo, Elisa -repite una y otra vez-. Está vivo.

Elisa sonríe -forzada, las comisuras demasiado tirantes- le aparta con suavidad, le obliga a sentarse, y le toca la frente.

Pablo se ríe, apartándole la mano.

-  No me pasa nada, en serio. ¡Es verdad! -la mira, tan eufórico que da miedo- Emilio está vivo, yo lo he visto.

Definitivamente, Elisa cree que su marido ha perdido la cabeza.

Al menos, hasta que Pablo la obliga a sentarse a su lado, en el borde de la cama, explicándoselo con todo lujo de detalles.

Y no es el relato en sí.

Es la forma en la que Pablo habla sin parar.

Es el brillo en los ojos, hasta ese momento apagados.

Es la sonrisa que no se le borra de los labios.

Sólo eso acaba convenciendo a Elisa de que el dolor no ha terminado de sorberle el seso.

Aún así, tiene sus dudas.

Esa noche se atreve a tocar a su puerta, después de que todos se hayan acostado. Su marido está ya metido en la cama. Se contemplan con cariño.

-  Sólo venía a darte las buenas noches.

Le da un beso en la mejilla, que Pablo corresponde besando su mano. Le desea buena noche en tono tranquilo, el mismo tono con el que le escucha repetir, cuando ya sale:

-  Está vivo, te lo juro. Vivo.

Elisa cierra la puerta. Lo último que ve en la habitación en penumbra es la sonrisa de Pablo.

No puede evitar alegrarse por él. Aunque no sea verdad, aunque esté perdiendo la cabeza.

Más vale loco que envuelto en ese desgarrador silencio.

 

XIV

 

Al día siguiente, el bandolero no puede evitar sonreír cuando Pablo se pone en pie de un salto al verle.

-  ¿Sabes, señorito? Tendría mucha gracia que ahora te matara.

Pablo se ríe como si fuera la mejor broma del mundo. Cabalga junto a él mientras, hoy sí, le bombardea a preguntas.

-  ¿Cómo está? ¿Le dijisteis que había ido? ¿Vio el pañuelo? ¿Qué ha dicho?

-  Eh, eh, eh. Y yo que te hacía más callado -le dirige una mirada divertida, de reojo-. Está despierto. Le íbamos a dar algo para el dolor, pero no ha querido. No quería dormirse -le escucha resoplar-. No sé quién de los dos es más pesado.

-  Pero, ¿se encuentra bien?

-  Mejor que lo compruebes tú mismo -esboza una sonrisa burlona, cuando Pablo no puede evitar azuzar al caballo.

El interior de la cueva le parece más luminoso; el bulto que ayer estaba tumbado, hoy le espera sentado, pegado a la pared de roca.

Le parece ver una cabeza que se alza para mirarle.

-  Emilio.

Y, en la oscuridad, surge la voz que pensó que ya jamás escucharía más que en sueños.

-  Pablo.

Pablo camina hacia él, cayendo de rodillas, dejándose envolver por los brazos que salen a recibirle y que le aprietan contra ese pecho que aún huele a sangre. Sube hasta su cuello e inspira hondo, llenándose los pulmones de Emilio. Intentando, con todas sus fuerzas, ser valiente y no llorar.

Pero, cuando alza una mano para rozar su rostro, se da cuenta de que es él quien ha dejado escapar una lágrima que se pierde en su espesa barba.

Besa sus labios suavemente, sólo una caricia, sintiendo los dedos de Emilio que acarician su cuello y se detienen contra su mejilla.

-  Te has afeitado.

Cuando se separa, ve esa sonrisa que tanto ha echado de menos.

-  Estás... -se muerde los labios. Vivo.

-  Te dije que siempre estaría contigo. Que pensaba hacerte feliz muchos años.

Emilio está más delgado, tiene el rostro más afilado, su piel parece pálida a la luz de las velas, y los brazos que le rodean el cuerpo no parecen tener tanta fuerza como antes.

Pero le brillan los ojos bajo el pelo que le cae, enmarañado y húmedo, sobre la frente.

Y a don Pablo Garmendia jamás le ha parecido tan lleno de vida.

Lo único que hace -lo único que puede hacer- es recostarse junto a él, contra la pared. Abrazándole para permitir que descanse la cabeza sobre su pecho, el pulgar acariciándole la mejilla mientras la otra mano descansa sobre su corazón.

Escucha su respiración retumbante. Cuenta en silencio, moviendo los labios, cada uno de los latidos que siente vibrar en las yemas de los dedos.

Vivo.

Emilio -débil, estremeciéndose con esporádicos escalofríos- acaba durmiéndose. Pablo aún le sujeta entre sus brazos cuando la bandolera aparece. Ella le mira con una sonrisa comprensiva, y él, con los ojos cargados de agradecimiento.

-  Tiene que irse, señor don Pablo. Está anocheciendo.

Pablo asiente, sin protestar.

-  Tenga la bondad de ayudarme a colocarle en su sitio.

Emilio se le antoja más ligero, y a Pablo no le cuesta nada colocarle sobre su improvisado jergón. Se remueve en sueños, sin despertarse, esbozando una tenue sonrisa cuando el joven señor Garmendia le besa por última vez antes de incorporarse.

Los huesos le crujen. Suspira.

Ella le acompaña a la entrada de la cueva.

-  Señor Garmendia, ésta es la última vez que viene a verle aquí. Es demasiado peligroso -Pablo la mira, sereno, sin despegar los labios-. En cuanto se recupere un poco, se lo tendrá que llevar usted a casa.

-  Lo estoy deseando.

-  Nadie podrá verle. Y recuerde que el capitán Roca está muerto -sus ojos son penetrantes, profundos-. No podrá mantenerle mucho tiempo ahí dentro.

-  Descuide -Pablo inspira profundamente. Con delicadeza agarra la mano de la mujer, la besa mientras inclina la cabeza. Ella le contempla entre sorprendida y divertida-. Ha salvado usted la vida de la persona a la que amo. No tengo palabras para expresar mi agradecimiento. Pídame cualquier cosa que esté a mi alcance, y será suya.

-  No le he salvado yo, don Pablo, le ha salvado el doctor.

-  ¿Podré agradecérselo?

-  No. Usted no ha visto nada, y es mejor que sea así.

-  Aún así, creo que ha sido usted la encargada de cuidarle, y de velarle por las noches.

-  Don Pablo, el capitán Roca era un hombre justo. La gente justa debe ayudarse entre sí -le corresponde con una graciosa reverencia, ofreciéndole una última sonrisa antes de dirigirse hacia la cueva-. Cuídelo, don Pablo. Cuídense muchos años. Y cuando pueda ayudar a alguien, no dude en hacerlo. La gente buena debe ayudarse.

 

XV

 

Pablo se pasa la siguiente semana esperando, tarde tras tarde, en su roca.

Nadie va a verle, pero no le importa. Puede esperar.

Con una sonrisa distraída entre los labios, se entretiene dibujando.

Así le encuentra Elisa en su despacho, tras la cena. Se acerca, apoyándose sobre su hombro.

Le mira trabajar durante unos minutos, en silencio.

-  Ya no hay sombras.

Pablo levanta la cabeza.

-  No.

Le da un beso en la frente. Siente los labios de su marido en la mejilla. Le desea buenas noches en un susurro, retirándose, cerrando delicadamente la puerta a sus espaldas.

Le observa un instante, trabajando en el dibujo con gesto concentrado, casi frenético.

Nunca le ha visto tan feliz.

 

XVI

 

Tarda otra semana. Otra semana de tranquila espera, hasta que un día el bandolero le intercepta, caminando hacia el riachuelo.

-  Mañana, señorito -le suelta, escueto, antes de picar espuelas y salir al galope.

Pablo da media vuelta, regresando al cortijo. Elisa se lleva tal susto que piensa que le ha pasado algo; Pablo se limita a arrastrarla hasta el despacho, cerrando la puerta bajo la atónita mirada de Berta.

-  Habrá que alejar al servicio -medita Pablo, paseando sin poder estar un segundo quieto, nervioso-. O despedirles.

-  No puedes despedir a las chicas -le recuerda su mujer- eso llamará más la atención.

-  No puedo dejar que nadie le descubra, Elisa -por primera vez desde aquel día en el que se lo llevaron a casa cubierto de polvo y de sangre, Elisa capta la preocupación en los ojos de Pablo. Y se da cuenta de que, poco a poco, está volviendo a ser él mismo-. Después de todo lo que ha pasado, si me lo arrebataran ahora... No puedo.

La preocupación deriva en un gesto desesperado, y ella le agarra suavemente de la barbilla, mirándole a los ojos. Tarda unos instantes en darse cuenta de que Pablo se está dejando crecer de nuevo su cuidada barba.

-  No lo descubrirán. Daré orden de que nadie se acerque -permanecen un instante así, mirándose, hasta que ella le suelta-. Sé lo mucho que te importa, Pablo. Puedes contar conmigo.

-  Gracias -la mira con cariño y agradecimiento, antes de añadir-. Eres muy buena conmigo, teniendo en cuenta lo mucho que te he hecho sufrir.

-  Hemos sufrido los dos.

-  Por mi culpa.

-  No te guardo rencor, Pablo -asegura, antes de salir del despacho.

Y es cierto, piensa mientras se dirige por el pasillo hacia las cocinas. Hay mucho que hacer en muy poco tiempo, y todo tiene que estar dispuesto cuando traigan al capitán Roca.

No le guarda rencor porque, a su manera, ha sido bueno con ella. Y la ha querido. Elisa sabe que Pablo no es el primer hombre homosexual al que obligan a casarse, y ha escuchado decenas de historias de mujeres atrapadas en matrimonios imposibles.

Su marido se ha equivocado, pero no es un mal hombre. El engaño, en realidad, ha sido cosa de los dos: el problema ya estaba frente a sus narices cuando eran novios. Recuerda que ya entonces Pablo era excesivamente educado y galante, frío en el contacto físico y contenido. Recuerda una serie de amigos íntimos que solían acompañarle, a los que dirigía esa sonrisa que siempre deseó que fuera únicamente suya.

La sonrisa que le regala una hora más tarde, cuando le busca de nuevo para asegurarle que todo está listo. Pablo la abraza, sin decir nada.

Y Elisa sabe que , de alguna forma -aunque no de esa forma que soñaba cuando era una jovencita tonta prendada del educado Pablo Garmendia- lo ha conseguido.

 

XVII

 

Emilio llega al caer la tarde, acompañado de un puñado de bandoleros, todos vestidos como jornaleros -capas largas, anchos sombreros para protegerse del sol- que piden humildemente hablar con el señor del cortijo.

Elisa les hace pasar, despidiendo a las criadas.

Se le humedecen los ojos al atisbar el rostro demacrado del capitán Roca bajo el sucio sombrero de jornalero. Intuye su delgadez en las ropas que le cuelgan como un espantapájaros. Es una imagen tan diferente a la del fuerte y orgulloso capitán de la Guardia Civil al que conoce, que tarda unos instantes en convencerse de que realmente es Emilio.

Sólo lo hace, de hecho, cuando Pablo entra en el salón y se dirige hacia él, sin titubear.

Débil tras el esfuerzo de caminar hacia allí, Emilio se derrumba en sus brazos. Todos les observan mientras el señor, con un cariño patente en cada gesto, le sostiene mientras le acercan una silla. Quitándole después el raído sombrero, acariciándole el pelo, mirándole a los ojos.

-  Ya estás aquí, Emilio. Ya estás conmigo.

Los bandoleros no se quedan mucho; lo justo para que Pablo se deshaga en agradecimientos, les ofrezca todo lo que tiene y lo que no tiene. Elisa reconoce uno de los pares de ojos que le observan sobre un pañuelo, y le sonríe de forma especial mientras le despide en la puerta de la casa.

Pablo ya lleva a Emilio, sujetándole con facilidad, sus hombros bajo uno de los brazos del capitán. La habitación que antes era de Dimas le espera. El capitán se desploma en la cama, como un peso muerto.

Elisa decide dejarlos solos cuando los ve, su marido sentado en el borde de la cama, contemplándole con una mano sobre el pecho de Emilio.

Los encuentra en la misma postura media hora después, cuando se presenta con una bandeja que contiene la cena.

Ni que decir tiene que le ha dado el día libre a Berta y a la cocinera.

Emilio parece algo más consciente, porque consigue alzar la cabeza para mirarla, esbozando una sonrisa débil.

-  Muchas gracias, señora Garmendia.

-  Por favor, llámeme Elisa.

-  Elisa -al verle sonreír, entiende cómo se ha enamorado Pablo de él-. Muchas gracias por acogerme en su casa, Elisa.

-  No tiene nada que agradecer -mientras hablan, Pablo ha despejado la mesita de noche, colocando allí la bandeja-. Estuvo a punto de morir por salvarme, capitán.

-  Emilio -la corrige, descansando la cabeza sobre la almohada. Elisa se apresura a acercarse y colocarle un cojín bajo la espalda, para que pueda mantenerse más o menos erguido mientras come-. Era mi deber. Soy el encargado de hacer respetar la ley. De velar por la seguridad de todos ustedes y garantizar...

-  Emilio, olvida por un momento las leyes y el cumplimiento del deber, y come -le interrumpe Pablo, sentándose al borde de la cama con un cuenco de sopa humeante en la mano.

Por respeto al capitán, Elisa se aguanta una sonrisa al ver su cara.

-  ¿Vas a darme de comer?

-  ¿Eres capaz de sostener el cuenco y no tirártelo encima?

-  No.

-  Entonces, creo que voy a darte de comer.

La incomodidad de Emilio es tan evidente que Elisa hace ademán de retirarse discretamente. Pero Pablo se lo impide.

-  Elisa, no hace falta que te vayas.

-  Pablo, no me necesitáis, y está claro que el capitán Roca estará más cómodo a solas contigo.

-  No es eso, señora Garmendia...

-  El capitán Roca va a tener que acostumbrarse a recibir ayuda, al menos en una buena temporada -alza la voz Pablo, tendiéndole una cucharada. Le brillan los ojos y la sonrisa-. Y no siempre voy a poder venir yo, así que más vale que empiece a tragarse su orgullo. Y la sopa.

Emilio, mirándole fijamente con la frente arrugada, acepta y traga.

-  Señora Garmendia, disculpe el atrevimiento, ¿pero cómo pudo usted casarse con alguien tan cruel?

-  Si te parezco cruel ahora, espera a que tengamos que bañarte.

-  ¿Bañar...? -Pablo le pone otra vez la cuchara en los labios. Emilio los abre, con un gruñido, tragando en un resentido silencio.

Elisa sonríe.

-  Pablo, creo que ya has mortificado lo suficiente al pobre capitán -se dirige hacia la puerta, sin mirarles-. Volveré en un rato, por si necesitáis algo.

Los dos la miran mientras se va.

-  Es una buena mujer -susurra Emilio.

-  ¿Ahora vas a cambiarme por mi esposa?

-  Seguro que ella no se burla de mí mientras me alimenta.

Por toda respuesta, Pablo casi le golpea con la cuchara en los labios. Unas gotas de sopa se derraman por la barbilla de Emilio. Le limpia cuidadosamente con un pañuelo, mientras traga.

-  No sabes lo feliz que estoy de tenerte aquí –murmura Pablo, tras aclararse la garganta.

-  Y yo. Aunque te rías de mi torpeza.

Pablo deja el cuenco a un lado y se inclina sobre él, besándole suavemente. Emilio le corresponde, cerrando los ojos. Sus dedos buscan automáticamente su barbilla.

-  Te has vuelto a dejar crecer la barba.

Elisa los encuentra en silencio, mirándose, el capitán tumbado, relajado. La mano de su marido sobre la parte izquierda de su pecho.

-  Pablo, el baño está preparado.

No pregunta si puede ayudar: sabe que no. Fortalecido tras la cena, Emilio es capaz de andar por su propio pie, apoyándose tan sólo levemente en el hombro de Pablo. La bañera de latón les espera, humeante. Emilio se sienta y deja que Pablo le despoje de sus ropas sucias. Se estremece cuando los delicados dedos del señor Garmendia se detienen sobre la cicatriz de su pecho.

Hay un brillo peligroso en sus ojos. Lo aleja besándole, extendiendo una mano para acercar su rostro.

Pablo le ayuda a meterse en la bañera y le lava, la camisa subida hasta los codos y un cuidado y delicadeza impropio de alguien acostumbrado a que le sirvan, y no a servir. Pero Pablo le frota la piel hasta arrancarle la suciedad de los meses pasados en la cueva de los bandoleros, hasta dejársela tan enrojecida y limpia que no puede evitar dejar caer un par de besos por la zona de su cuello.

Con el mismo cuidado y cariño que hace que Emilio sólo pueda mirarle, fijamente y en silencio, le seca y le viste con ropas limpias, ayudándole a hacer el camino de vuelta, apartando las sábanas para que, ahora sí, Emilio se tumbe en la cama, limpio y relajado.

Suspira.

-  Gracias, Pablo.

Pablo sólo sonríe, agarrando la bandeja con los platos sucios.

-  Voy un momento a la cocina.

Emilio se queda solo por primera vez en la estancia, y por primera vez se dedica a observar a su alrededor con curiosidad. Un retrato de un joven, con un ligero parecido a Pablo, parece mirarle desde una de las paredes. Está planteándose su identidad, cuando sus ojos topan con un objeto que hasta entonces le había pasado desapercibido.

Su tricornio.

-  ¿Se encuentra mejor, Emilio?

La voz de Elisa casi le sobresalta. Se gira hacia ella.

-  La verdad es que sí. Echaba de menos sentirme tan limpio.

-  Unos días aquí y se encontrará como nuevo -le agarra la mano, apretándosela con cariño. Emilio se la lleva a los labios-. Buenas noches, capitán.

-  Buenas noches, Elisa.

En ese momento aparece Pablo. Emilio les observa mientras se despiden. Sólo habla cuando la puerta se cierra, encajando suavemente.

-  Se preocupa mucho por ti.

-  Y yo se lo agradezco. Y la quiero mucho.

-  Ya lo sé.

Se miran un momento, Emilio entre las sábanas. Pablo de pie.

-  ¿Vas a dormir conmigo? -le pregunta al fin, arqueando una ceja.

El señor de la casa mueve la cabeza.

-  Si a ti no te importa, y aunque te resulte algo incómodo, sería recomendable que no durmieras solo por si...

-  Por favor, Pablo, cállate y ven aquí.

Y Pablo va, apretándose contra su cuerpo, besando su mejilla, buscándole después la boca para jugar con sus labios lentamente, mientras enreda los dedos en su pelo.

-  Llevo muchos meses soñando...

Emilio le abraza en silencio. Pablo no dice nada más. Se desean buenas noches en voz queda, antes de quedarse dormidos, por primera vez, en la misma cama.

 

XVIII

 

Le despierta el trinar de los pájaros del árbol que hay frente a la ventana, el trajinar de las sirvientas en el pasillo, la voz del encargado de los caballos que le grita a uno de los animales, en el patio.

Nada más abrir los ojos, escucha con claridad la respiración profunda y calmada de Emilio.

No sabe cuánto tiempo permanece quieto, mirándole mientras duerme. Atento a cada inspiración como si temiera que, en cualquier momento, dejara de respirar.

Sabe que pasará mucho tiempo hasta que deje de sentir ese miedo.

Quizá nunca lo haga.

Se levanta al final, con el extremo cuidado de no despertarle, deslizándose fuera de la habitación.

Elisa le espera en el salón.

-  Buenos días, Pablo. ¿Cómo has dormido?

Hay al menos dos pares de ojos y de oídos pendientes de cada una de sus palabras. Pablo sonríe, dejando caer un beso en su mejilla, sentándose a su lado.

-  Buenos días, Elisa. Muy bien, gracias.

Ella sorbe sin mirarle. Pablo acepta una taza de café. Cuando la escucha hablar de nuevo, apenas es un susurro que se eleva sobre el sonido tintineante de la porcelana.

-  ¿No se ha despertado?

-  No, ha dormido toda la noche. Las medicinas le están haciendo efecto. Parece bastante recuperado, ¿verdad?

Su esposa le mira. Pablo intenta mantener una pose digna y seria, pero le traiciona la involuntaria sonrisa en las comisuras de los labios.

-  Eso parece, Pablo -y sabe que le va a tocar a ella poner un poco de pausa, un poco de cautela, en esa fuente de entusiasmo en la que se ha convertido su marido-. Pero aún no está recuperado, no lo olvides.

-  Ya lo sé, Elisa -responde con un gesto casi dolido.

-  Los dos conocemos al capitán -explica, intentando suavizar la situación- querrá levantarse en cuanto sea capaz de andar, será incapaz de quedarse quieto, descansando. Debes impedírselo, por muy fuerte que le veas.

-  Sí, eso suena a algo que Emilio haría -contesta, riéndose entre dientes.

Elisa le mira con cautela, preguntándose si debe decirle lo que está pensando. Se encoge de hombros al final, llamando su atención colocándole suavemente la mano sobre la rodilla.

A fin de cuentas, es su marido.

-  También deberías vigilar para que no haga ningún tipo de esfuerzo físico.

-  ¿Qué esfuerzo físico va a hacer, si está en la...?

Entiende cuando ve las cejas arqueadas de su esposa, y se ruboriza un poco, disimulando su vergüenza mientras da otro sorbo a su café.

-  Pablo, estamos casados. Nos hemos acostado juntos -le recuerda.

Siempre le ha hecho mucha gracia la tremenda incomodidad que parecía coartar a su marido en todo lo que se refería al sexo. Pablo parece un adolescente cuando le mira, avergonzado, con las mejillas aún sonrosadas. Se aguanta una carcajada.

-  Perdona, ya sabes que de estos temas... Sí, llevas razón. Emilio no debería hacer ningún esfuerzo, sea del tipo que sea.

-  Disculpa si te he violentado -mordisquea una pasta mientras Pablo se afloja un poco el cuello de la camisa-. Me pareció adecuado advertirte, porque a veces el cerebro no piensa cuando la pasión toma el control. Y tú llevas mucho tiempo separado de él. Es lógico que os dejéis llevar ahora que estáis de nuevo juntos.

Pablo tose, mascullando algo que no llega a oír. No le hace falta. Lo ve en sus ojos y en su forma de evitarla.

-  No me digas que...

-  Hemos tenido poco tiempo para estar a solas, por no decir ninguno -se defiende, sin mirarla-. Y no es un tema que me apetezca tratar.

-  Perdona -se disculpa, poniéndose en pie. Pablo acepta una caricia en el hombro, y se atreve a mirarla a los ojos cuando se agacha para susurrarle al oído-. Voy a reunir a las empleadas fuera. Te dará tiempo a ir a la cocina y llevarle el desayuno al capitán.

-  Gracias.

-  De nada. Entiendo que quieras que se recupere físicamente lo antes posible.

Pablo alza la cabeza bruscamente. Se queda mirando fijamente su espalda mientras se va, escuchando su suave risa de fondo.

 

XIX

 

Elisa no va desencaminada. En cuanto abre la puerta, ve a Emilio en pie, tambaleándose a duras penas mientras se sujeta a la cómoda.

-  ¡Emilio! -Pablo deja la bandeja en el primer sitio que pilla, dirigiéndose hacia él como a un niño pequeño. Le sujeta de las axilas, conduciéndole hacia la cama- ¿Se puede saber qué haces?

-  Perdona, Pablo. Pensé que podría caminar... Me he mareado.

-  ¿Por qué no has esperado a que yo viniera? -Pablo le ayuda a sentarse. Cuando se asegura de que el capitán no va a caer de bruces contra el suelo, se apresura a cerrar la puerta de la habitación, colocando la bandeja con el desayuno en la mesita de noche.

Sólo entonces se fija en que Emilio tiene la mirada perdida, y los puños apretados. Sigue la dirección de sus ojos.

Ya.

-  ¿Era esto lo que querías coger? -Pablo agarra en una mano el tricornio, en la otra el sable que dejó tras el mueble, lejos de miradas indiscretas.

-  Sí.

Deja los dos objetos en su regazo. Emilio los mira con el rostro inexpresivo, agarrando primero el sombrero, acariciando la tela entre sus dedos. Después levanta el sable, fijándose inmediatamente en la mancha del puño.

Pablo se sienta a su lado, agachando la cabeza para poder mirarle a los ojos.

No le extraña verlos vidriosos.

-  Emilio -murmura, pasándole un brazo sobre el cuello, acercándole a su cuerpo- ya ha pasado. Ya ha pasado todo.

-  Esto es todo lo que queda de mi uniforme -le escucha susurrar.

-  Los bandoleros tuvieron que cortar el traje para atenderte, y destrozaron la capa para hacerte el vendaje. La pistola se perdió en el tiroteo.

-  Esto es todo lo que queda de lo que soy, Pablo. Un sombrero y una espada manchados de sangre.

-  Quedas tú, Emilio -Pablo le obliga a alzar la barbilla para mirarle a los ojos-. Estuviste más muerto que vivo.

-  Pero sigo estando muerto -musita.

El más joven le mira, inspirando hondo.

-  Sí. El capitán Roca está muerto.

-  Yo soy guardia civil. Es lo único que he hecho, lo único que sé hacer. Era mi vida, y ahora ya sólo queda esto...

Pablo nunca le ha visto -ni le verá- romperse tanto como cuando se da cuenta de sus días  de defensor de la ley se han terminado, tan bruscamente como casi se le escapa la vida en aquel tiroteo. Nunca le ve más hundido que esa mañana, cuando se da cuenta de que jamás volverá a vestir el uniforme. Nunca le tendrá que abrazar de esa forma, dejando que Emilio se aferre a su ropa con desesperación, sintiendo su respiración entrecortada sobre el pecho mientras le acaricia el pelo con suavidad, con cariño, esperando a que se calme.

Tarda en sosegarse, pero lo hace. Y el Emilio que levanta la cabeza para mirarle a los ojos se le antoja muy distinto al capitán Roca al que acaba de enterrar.

-  Ya sólo me quedas tú -murmura, acariciándole la fina barba rubia con el pulgar-. Pero es suficiente.

Le besa como la primera vez, enterrando las manos en su pelo, colándose dentro de sus labios, robándole la respiración y casi la cordura.

-  Emilio -Pablo le aparta con suavidad, dando mentalmente las gracias a Elisa por sus advertencias-. Tienes que terminar de recuperarte. Desayunar sería un buen comienzo.

Emilio asiente, resoplando. Dirige una última mirada a lo que queda de su uniforme.

-  Será mejor que tires eso -masculla.

-  No -la vehemencia en la voz de Pablo le hace arquear las cejas. Se aclara la garganta e intenta explicarse-. Tus compañeros me trajeron el tricornio. Y si no llega a ser por el sable, no habría sabido que estabas vivo.

-  Entonces, quédatelos. Te los regalo -pone la espada en su regazo, y no puede evitar una pequeña sonrisa al encajarle el gorro en la cabeza-. Aunque no te queda muy bien, ¿eh?

-  Ni sé utilizar este arma.

-  Bueno -la mirada que le lanza es tranquila, plagada de resignación. Muy distinta a los ojos acerados e inflexibles del Capitán-. voy a tener mucho tiempo para enseñarte.

 

XX

 

El hecho de tener a Emilio escondido en su cuarto, desgraciadamente, no le exime de cumplir sus obligaciones como señor del cortijo. Tareas que intenta llevar a cabo con una rapidez casi indecorosa, de mal humor, y confiando en que Elisa le mantenga vigilado.

Siempre que puede, se escabulle hacia las habitaciones para hacerle una visita rápida. Sabe que Emilio odia estar solo. A veces su esposa se las arregla para hacerle compañía durante un rato, pero la mayoría de las veces le encuentra leyendo el periódico, dormitando o mirando fijamente al techo.

Esa mañana, escucha risas en la habitación, y una voz femenina que identifica como la de Elisa. Abre la puerta con absoluta confianza.

Y se queda helado ante lo que ve.

No es Elisa la mujer que está sentada junto a Emilio, contándole algo mientras él se ríe.

Es Berta.

-  Señor...

Pablo cierra de un portazo, dirigiéndose hacia ella. Tanto la criada como Emilio se quedan absolutamente estupefactos al ver su expresión asesina. Berta da un paso atrás, acercándose instintivamente al ex capitán, que ya se incorpora para intentar protegerla del furioso arranque de su amante.

-  ¡¿Se puede saber qué haces aquí?!

-  Señor Garmendia...

-  ¡Os dije específicamente que nadie podía entrar en esta habitación!

-  Hacía tiempo que no limpiaba y...

-  ¡Ni a limpiar ni a nada! ¡Te dije que no entraras, has entrado, le has descubierto y...! -Pablo se queda callado. Los ojos casi se le salen de las órbitas, fijos en el rostro asustado de Berta- Nadie puede saber que está aquí.

-  Pablo... -intenta mediar Emilio.

Pero Pablo está aterrorizado, fuera de sí. Y por un instante a Emilio se le congela la sangre en las venas cuando le ve echarse la mano a la cintura, buscando en un gesto automático una pistola que, afortunadamente, no lleva.

Se pone en pie con dificultad. Berta se refugia en sus brazos, aterrorizada. Y él sólo es capaz de mirar fijamente a su amante, como si fuera la primera vez que lo viera.

-  Pablo, cálmate, por favor.

-  Tú no entiendes... Si dice una sola palabra.

-  Pablo, no va a decir nada. Escúchala. Ven -extiende una mano. La criada se abraza con más fuerza, impidiéndole respirar-. Berta, tranquila, el señor Garmendia no te va a hacer nada. Es un buen hombre.

La voz de Roca le amansa, le hace entrar en razón y darse cuenta de lo que ha estado a punto de hacer. Horrorizado, descubre de repente que las piernas no le sostienen. Se deja caer sobre una silla, escondiendo el rostro entre las manos.

Es Emilio quien se hace cargo de la situación. Débil, pero con tantos años de vocación de servicio a sus espaldas, Emilio abraza a Berta hasta que deja de temblar, la convence para que no salga corriendo, le jura por su honor que no permitirá que nada le ocurra.

-  El señor Garmendia no le ha hecho daño a nadie en su vida. Tú le conoces, mírale -Pablo no se atreve a levantar la cabeza-. Él está más asustado de ti que tú de él.

-  El señor no tiene por qué tener miedo de mí.

-  Explícaselo, Berta. Pablo -a su llamada, no tiene más remedio que mirarles- deja que te explique.

Emilio tiene ese extraño efecto en la gente: lleva la honradez escrita en el rostro, y uno puede estar seguro de que puede confiar en él. Por eso Berta se recupera del susto lo justo para hablar, y cuando se atreve a mirar a los ojos a Pablo, coincide en que él es el más aterrorizado de los tres.

-  Don Pablo, yo ya sabía que el capitán estaba vivo. Entré porque la otra muchacha sospechaba que pasaba algo. Yo ya sabía que el capitán Roca estaba aquí dentro, pero no quería que nadie más lo descubriera. Su secreto está a salvo conmigo.

-  ¿Y cómo sé que eso es cierto?

Emilio suspira, dejándose caer en la cama con aire cansado.

-  Pablo, ¿no te das cuenta? ¿Cómo iba a saber ella que yo estaba aquí, si no...?

-  Oh. Ya. Entiendo.

-  Lamento haberle asustado, señor Garmendia.

-  No, por favor, soy yo quien... Perdóname, es que...

No puede decirlo. No puede confesar que prefiere morirse -que está dispuesto a matar- antes que volver a perder a Emilio. Pero ella le entiende, acercándose, y le ofrece una sonrisa comprensiva mientras Pablo inclina la cabeza y le ofrece sus más sinceras disculpas.

-  Si les parece bien, yo me puedo encargar de cuidar al capitán cuando usted no pueda venir.

-  Me parece perfecto y te lo agradecería muchísimo.

-  Con su permiso, don Pablo -y se retira.

La puerta se cierra, dejando la habitación en el más absoluto silencio, mientras Emilio le mira con aire inquisitivo y Pablo contempla fijamente sus manos.

-  Parece que no soy el único que ya no es el mismo.

Pablo alza la mirada.

-  No permitiré que nos vuelvan a separar.

Emilio asiente con la cabeza.

-  El hombre del que me enamoré no era capaz de hacerle daño a una mosca.

El joven señor se pone en pie. Sintiendo una punzada en su pecho, como si le hubieran clavado un invisible puñal.

-  El hombre del que te enamoraste está tan muerto como el capitán Roca.

Se va, sin mirar atrás, cerrando la puerta con suavidad.

Esa noche la pasa en su despacho, mirando fijamente sus dibujos antiguos plagados de sombras.

 

XXI

 

Cuando Elisa le encuentra, está tan sólo ligeramente borracho.

-  Pablo, dice Emilio que... ¿te has pasado toda la noche aquí, bebiendo?

-  Puede.

La escucha suspirar mientras aparta de un manotazo las cortinas del despacho, permitiendo que la luz entre a raudales. Pablo cierra los ojos, cubriéndose el rostro con las manos.

-  Emilio quiere verte -anuncia, en tono autoritario.

-  Pues muy bien. Dile que ya iré.

-  Dice que o vas ya o sale él a buscarte.

El joven Garmendia le lanza una mirada torva, pero acaba levantándose de la silla. Sabe perfectamente que el capitán Roca nunca amenaza en vano. Elisa le mira con cierta preocupación mientras camina, pero su marido no parece tener problemas para mantener la verticalidad. Está acostumbrado a ingerir cantidades de alcohol mucho mayores.

-  Le diré a Berta que os lleve el desayuno en un rato.

-  Te lo agradezco mucho.

Se arregla como puede la ropa mientras camina hacia la habitación de su hermano. Toca a la puerta, como si Emilio fuera un extraño, antes de girar el pomo y entrar.

-  Pablo... -Emilio se incorpora con dificultad-, ¿Dónde estabas?

-  Me fui a un lugar donde no tuvieras que verme, y sentirte mal por lo mucho que he cambiado.

Emilio suspira, como si esperara la respuesta.

-  No te dije que me sintiera mal por eso.

-  Me miraste como si no me conocieras. Prácticamente, como si fuera un monstruo.

-  No, Pablo, no -Emilio se arrastra hasta el borde, poniéndose en pie. Pablo tiene la sensación de que le cuesta más trabajo que ayer; es como si su mejoría hubiera dado un paso atrás-. Entendiste mal.

-  Sé lo que dijiste.

Pablo le mira, con los brazos a la espalda, haciendo de su dignidad un escudo, como siempre que discute con Emilio. Éste le observa con aire triste, apoyado en el cabecero de la cama.

-  Pablo, ¿hemos pasado por mucho para que tengamos que volver a lo mismo de siempre, no crees?

-  No sé qué es lo mismo de siempre.

-  Tú haciéndote el digno, y yo sin saberme explicar -Emilio se apoya en la puerta del armario y da un paso hacia él-. Te dije que el Pablo del que me había enamorado jamás le habría hecho daño a nadie.

-  ¿Y eso qué quiere decir, según tú?

-  Eso quiere decir que has cambiado, Pablo, has cambiado por mí -le mira a una distancia de un par de metros, insignificantes para Garmendia; insalvables para él-. Hasta ahora no me había dado cuenta de hasta qué punto te había afectado todo esto.

-  Estuviste muerto durante más de un mes, ¿cómo te crees que me afectó?

-  No lo sé, no me lo has contado -la respiración de Emilio es irregular, jadeante-. Yo te he contado cómo me sentí al darme cuenta de que jamás volvería a ser Guardia Civil, pero tú no me has dicho nada. Ni siquiera me habías dicho que tu padre murió.

-  No ha salido en la conversación.

-  No me he dado cuenta de todo lo que has sufrido, hasta que te he visto a punto de lanzarte sobre la pobre Berta. Pero eso no cambia nada. Eso no cambia nada de lo que pienso sobre ti.

-  ¿Y qué piensas acerca de mí? -pregunta, desafiante.

Emilio le mira en silencio unos segundos, antes de contestar.

-  Pienso que, si me suelto y camino hacia ti, no vas a dejarme caer.

Lo hace.

Pablo le sujeta al instante, sus brazos cerrándose con fuerza en torno a su cuerpo. Emilio se apoya en sus hombros y aprovecha el impulso para besarle, despacio, el corazón acelerado y la respiración entrecortada.

-  Eres idiota, Emilio -le espeta Pablo cuando se separan, el ya ex capitán mirándole con miedo-. No tienes que hacer esfuerzos. Te vas a desmayar.

-  Me da igual.

-  A mí no -casi le carga en brazos hasta volver a dejarle junto a la cama. Emilio se deja caer, con las piernas temblorosas-. Y como vuelvas a hacer otra tontería similar...

-  Tenía miedo de perderte.

Pablo se detiene, mirándole inexpresivo mientras Emilio se pasa una mano por el pelo. Transcurren unos segundos durante los cuáles nadie dice nada.

-  Ya te he dicho que eres lo único que me queda -añade Roca, alzando la cabeza.

Pablo asiente con la cabeza. Se sienta con cuidado a su lado, notando la mirada de Emilio.

Se observa las manos.

-  Me pasé varios días sin apenas hablar, sólo cuando Elisa me preguntaba algo, porque no podía soportar la idea de no volver a escuchar tu voz. Soñé casi cada noche contigo, y al despertar era peor, porque sabía que jamás volvería a verte. Me preparé para huir en cuanto muriera mi padre, porque ya no era capaz de vivir aquí.

Se queda un instante callado. Nota la mano de Emilio, casi tímida, acariciándole la nuca.

-  Siempre que me veía obligado a atravesar el pueblo intentaba evitar el cuartel, pero todo, absolutamente todo me recordaba a ti. Empecé a obsesionarme, imaginándome que si iba cada tarde al lugar donde te gustaba bañarte estaba más cerca de ti. Tenía la estúpida creencia de que algún día vendrías a buscarme -de repente, sonríe, dejando escapar una risa-. Mira, casi ha sido así.

Emilio no se ríe. Su brazo le rodea el cuello. Pablo siente sus labios en la sien.

-  ¿Querías saber cómo me afectó? Así me afectó. Me habría suicidado si no hubiera temido hacerle daño a Elisa. Era lo único que no me importaba. El resto del mundo estaba... en silencio.

Los labios de Emilio bajan a su mejilla. Pablo cierra los ojos.

-  Tú dices que sólo me tienes a mí. Pero yo tampoco tengo mucho más que tú -se separa un poco para mirarle-. No vas a perderme. Nos iremos de aquí juntos, Emilio. No sé a dónde. Pero yo no pienso estar sin ti.

-  Soy yo el muerto, Pablo -el honrado ex guardia civil no puede evitar recordárselo-. Quiero que estés muy seguro de que quieres dejarlo todo por venirte conmigo.

-  ¿Has escuchado algo de lo que te he dicho? -a su pesar, Pablo sonríe. Porque Emilio sigue siendo su Emilio.

-  Será incómodo. Y peligroso. Muy peligroso.

-  ¿Y qué otra opción tengo? -mueve la cabeza- Ya he probado lo de estar sin ti, y es como estar muerto. Si me tengo que morir, que sea contigo.

La primera vez que Emilio vio a Pablo Garmendia, le pareció el típico señorito irresponsable -amén de borracho-, vestido con ropajes demasiado suntuosos, muy creído para lo poco que había hecho, y muy ocioso para la edad que tenía. Los hombres duros como el capitán Roca no solían fijarse en jovencitos pomposos como el señor Garmendia.  Para alguien que llevaba jugándose el tipo desde muy joven, el aura de dignidad del que se rodeaba le resultaba francamente ridícula.

Emilio no sabe en qué momento empezó a ver en Pablo algo más que un joven con ínfulas de señor. Lo que tiene claro es que el Pablo al que vio por primera vez en la posada se parece bastante poco al Pablo que le mira, sentado a su lado en la cama. Aunque los dos huelan demasiado a alcohol. El del presente es más hombre, tiene cicatrices que no se ven, ojeras que antes no tenía, y una chispa de determinación a la que incluso él teme enfrentarse.

Cuando hace unos meses le dijo que quería fugarse con él, se rió como si estuviera loco, sabiendo que alguien tan delicado no sería capaz de dejarlo todo atrás. De entregarse a la dura vida del hombre errante.

Ahora piensa que, si hay uno de los dos preparado para montarse en un caballo y echarse al monte, sin duda es Pablo.

-  ¿Cuándo? -se limita a preguntarle.

-  Cuando estés recuperado -le contesta, con esos ojos en los que se reflejan mil heridas.

Y cuando le abraza de nuevo, lo nota. Los restos de eso que no ha terminado de desaparecer, que quizá nunca lo haga, recorriéndole por dentro como la sangre, hasta el día de su muerte.

El silencio.

 

XXII

 

Elisa sigue sin irse.

Cuando Alejandro le pregunta por duodécima vez por qué sigue viviendo en el cortijo de los Garmendia, sólo es capaz de encogerse de hombros.

-  No me han dicho que me vaya.

Y Alejandro, que además de duque es un caballero de los pies al sombrero de copa, asiente mientras se calla lo obvio.

Elisa le entiende. Porque ella también se ha planteado una veintena de veces qué pinta, exactamente, viviendo con su señor marido -homosexual- y su amante -el que oficialmente está muerto-.

Una estampa bastante curiosa, sí.

Varias veces ha estado a punto de mencionarle a Pablo la posibilidad de empezar a hacer las maletas e irse. Pero, por alguna razón, nunca llega a decírselo.

La primera vez que lo pensó, Pablo apareció corriendo, entusiasmado, para que viera con sus propios ojos cómo Emilio era capaz de caminar más de diez pasos sin cansarse.

La segunda vez, fue el propio Emilio quien la hizo olvidarse del tema, relatándole sus batallitas de la academia mientras esperaban a que Pablo terminase con sus obligaciones.

La tercera vez que buscó a su marido para hablar seriamente, le encontró con el cuaderno de dibujo, sentado en la cama junto a Emilio. Pero en vez de dejar que se fuera o darle a entender que preferían estar solos, la obligó a quedarse, y acabaron inculcándole unas someras nociones de arte al ignorante ex miguelete.

Etcétera.

Elisa sigue sin irse, porque de alguna forma, siente que la necesitan.

Porque Pablo aún busca su opinión o su apoyo -y quizá, con más frecuencia que cuando formaban un matrimonio a los ojos de todos-. Porque a Emilio le gusta que se siente junto a su cama por las mañanas, cuando el señor Garmendia está trabajando.

El amor que percibe entre esos dos hombres es fuerte y a la vez brusco. Recio pero lleno de aristas. Se quieren, pero jamás han estado juntos. No saben cómo es levantarse y acostarse junto a la misma persona. Se necesitan, y al mismo tiempo pueden hacerse daño con una facilidad asombrosa. Se desean, y a la vez se percibe un miedo oculto bajo sus ojos cada vez que se miran.

Elisa es la presencia que suaviza las situaciones, mitiga las aristas, intuye cuándo la necesitan, desaparece cuando es mejor que les deje solos.

Y ellos la buscan a menudo para obtener ayuda, consejo, o sencillamente otra voz que les impida encerrarse demasiado en su mundo.

Elisa jamás olvida que está tratando con dos hombres que han quedado absolutamente rotos.

Por eso no se va. Porque tiene que ayudarles a reencontrarse, antes del día en el que ambos se sientan lo suficientemente fuertes para emprender una nueva vida.

Alejandro no podría entenderlo.

Pero es que lo que Alejandro y ella sienten el uno por el otro -lo intuye- es bastante menos intenso que lo que comparten Pablo y Emilio.

Elisa a veces les mira, cuando están charlando, cuando Berta les lleva la comida. Cuando  entra en la habitación y ve a Pablo sentado en la silla, en silencio, velando el sueño de Emilio como si temiera que no fuera a despertarse.

Incluso ha llegado a sorprender algún beso entre los dos hombres. Besos en los que Pablo se entrega por completo -muy diferente a lo que hacía con ella- las manos agarrando a su querido ex capitán como si pretendiera morir antes que dejarle escapar.

Pero Elisa no siente envidia, ni desearía que su relación con el duque fuera una décima parte de intensa.

Lo que Alejandro y ella sienten es amor. Con más o menos pasión, tuvo un inicio y quizá tenga un final.

Lo de Emilio y Pablo va más allá.

Lo suyo es una auténtica condena.

 

 

XXIII

 

A la par que Emilio se recupera, va apareciendo un problema inesperado.

Un problema que parece alimentarse con él, creciendo a medida que gana peso y músculo, que vuelve a ser poco a poco el hombre sano y fuerte que capitaneaba a la Guardia Civil del pueblo.

Un problema que Elisa capta por primera vez en estado casi embrionario -miradas de soslayo, labios que se humedecen, algún suspiro frustrado de su marido- y que acaba siendo imposible de ignorar, cuando la tensión sexual es tan fuerte, tan eléctrica, que se siente incómoda tan sólo de estar junto a ellos.

Está claro que deben resolverla.

Y cuanto antes.

Así que Elisa extrema las precauciones durante unos días; intenta pasar en la habitación de Dimas el tiempo mínimo e imprescindible, llama dos veces a la puerta antes de entrar, aleja a Berta de allí, e incluso se las arregla para liberar a Pablo de parte de su trabajo para que pueda pasar más tiempo con Emilio.

Ella es la primera sorprendida cuando, tras unos días, la tensión no sólo no desaparece sino que sigue aumentando.

Una tarde -asegurándose de que están a salvo de miradas indiscretas, y extremando las precauciones- Pablo se lo lleva a montar a caballo sin alejarse demasiado, rodeando el cortijo. Elisa les observa cuando paran a descansar, sentándose juntos a la sombra de un árbol. Capta las miradas, los besos más bien inocentes, las caricias en el cuello o la mejilla.

Resopla.

Parece mentira que esté contemplando a dos tíos hechos y derechos tonteando como adolescentes. Cuando le parece ver a Emilio besando la mano de Pablo -por el amor de Dios, ¿en serio?- cierra la ventana con un golpe seco.

Ella ya sabía que su Pablo era sexualmente poco espabilado. Pero ni en mil años se habría imaginado que el varonil capitán Roca, la fuente de testosterona en persona, padeciera el mismo problema.

Parece que ni de eso van a ser capaces de ocuparse solos.

Y luego le pregunta Alejandro que por qué no se va.

Homosexual o no, parece que todo hombre necesita una mujer a su lado para que le señale el camino.

-  Pablo -va a buscarlo esa tarde, a su despacho. No sabe si podría soportar entrar al cuarto de Emilio y descubrirles haciendo manitas-. Me voy a pasar la noche con Alejandro.

Su marido la mira fijamente durante cinco largos segundos. Sin pestañear.

-  Ah. Muy bien, Elisa.

-  Probablemente no volveré hasta mañana al mediodía.

Pablo consigue esbozar una sonrisa desconcertada.

-  Bien, entonces diré a las chicas que no te preparen el desayuno.

-  A las chicas les he dado el día libre.

Se pregunta si captará la indirecta.

-  De acuerdo. Bueno, ya me las apañaré.

Suspira.

-  Pablo. Emilio y tú os quedaréis solos. Nadie os molestará. Entiendes lo que eso significa, ¿verdad?

Al fin la luz de la comprensión se ve reflejada en el rostro del genio de su marido.

Obviamente va seguida del preceptivo sonrojo. Pero eso no le importa.

Satisfecha, se acerca a él y se inclina para darle un beso en la mejilla.

-  La verdad es que últimamente se le ve muy recuperado, ¿no crees? -por el amor que le ha profesado, le corta piadosamente antes de que Pablo pueda balbucear alguna tontería-. Hasta mañana, Pablo.

-  ...Hasta mañana, Elisa.

-  Que paséis buena noche.

 

 

XXIV

 

Pablo no sabe muy bien qué cara poner, ni qué decir, cuando esa noche ayuda a Emilio a bañarse.

Intuye que un “mi esposa me obliga a hacer el amor contigo” sería bastante claro, pero conllevaría una pérdida inmediata de su celosamente bien construida dignidad.

Así que se limita a permanecer con la cabeza gacha, intentando no mirar el bien formado cuerpo de Emilio más de la cuenta, frotándole el cuello con suavidad cuando lo único que desea es lanzarse sobre él y morderlo.

-  Parece que la herida está curando bien -comenta, por centrarse en el único punto del cuerpo de Emilio que no le provoca pensamientos con alta carga sexual.

-  Quedará una cicatriz bastante fea -se resigna él, lanzando una mirada a su pecho-. Una más, con la del hombro.

En otro momento Pablo le habría besado allí. Pero hoy no está muy seguro de poder controlar sus instintos.

A decir verdad, lleva unos días en los que cada vez le cuesta más mantener las manos en su sitio. Si no hace nada, es porque Emilio parece más que satisfecho limitándose a besarle en la mejilla antes de dormirse.

Absorto por el problema de creerle muerto y todo eso, casi había olvidado esa pequeña manía de su amado (ex) capitán.

-  ¿Te pasa algo?

-  ¿Cómo?

-  Te noto ausente -Emilio intenta incorporarse. Pablo le ofrece su brazo para que se apoye, mirándole fijamente a la cara mientras se pone en pie-. No he visto a Elisa en toda la tarde.

-  Se ha ido.

-  ¿Se ha ido? -Pablo se gira para coger una toalla- ¿Habéis discutido?

-  No, no. Nada de eso -sonríe, incómodo-. Estamos bien.

-  ¿Entonces? -Emilio se echa la toalla sobre un hombro, el muy idiota, y se apoya en Pablo para terminar de salir de la bañera. Le mira desde cerca. Demasiado cerca para la cordura del joven Garmendia- ¿Por qué se ha ido?

Es difícil inventar una excusa cuando Emilio se dedica a secarse los hombros y el pelo, las gotas de agua bajando por su cuello, haciendo brillar su pecho.

-  Pues...

Pablo no puede evitar bajar la mirada cuando le ve secarse más abajo.

Muy difícil.

Suspira.

Antes de poder darse cuenta, ha apoyado una mano en su cintura desnuda.

Emilio se detiene en sus movimientos y le mira, fijamente.

Pablo parpadea con sorpresa cuando una sonrisa se forma, lentamente, en los labios del ex capitán.

-  Ah. Así que era eso.

Hay burla en su voz. El más joven resopla, irritado. Por ahí no piensa pasar. Lleva aguantando mucho tiempo para que ahora llegue Emilio y se ría de él.

-  Sí. Era eso -le contesta con retintín. Cabreado, le arrebata la toalla y la tira de cualquier forma a un lado. Ante la expresión del otro, aclara-. No te preocupes, Emilio. Ya te seco yo.

Pablo disfruta de la expresión de desconcierto que aparece en los ojos de Emilio un segundo antes de que se le eche encima, agarrando su cintura con ambas manos, dirigiéndose directamente a su cuello. Al fin da rienda suelta a sus instintos, besando la sensible piel, mordiendo hasta que se siente satisfecho al arrancar un gemido ahogado del ex capitán.

-  ¿A que ahora no te hace tanta gracia?

Emilio no contesta. Tampoco es que Pablo le dé la opción, dirigiéndose inmediatamente a sus labios para tomarlos por asalto y comérselos en condiciones. Pega su pecho al de su amante, acariciándole la desnuda espalda.

Nota que se apoya en sus hombros, la mirada desenfocada.

-  ¿Vamos a la cama? -le sugiere, raspándose la mejilla con la espesa barba negra.

-  Sí. Por favor.

En el pasillo, afortunadamente, no hay nadie. Porque Pablo le arrastra, desnudo y aún mojado, y abre las sábanas de un tirón antes de dejarle caer bocarriba. Porque el señor Garmendia se ha tomado muy en serio lo de prescindir de la toalla, y antes de poder darse cuenta Emilio lo tiene inclinado sobre su cuerpo, lamiendo las gotas de agua en su estómago, secando con sus manos su cintura y la parte externa de las piernas.

-  Pablo... -gruñe, apoyándose en el codo para mirarle.

-  ¿Qué?

-  No tienes por qué...

Pablo no es tan tonto para no saber a qué se refiere. Traza con un dedo la línea de vello que le baja desde el ombligo. Disfruta viendo el rostro de sufrimiento de Emilio cuando baja aún más, depositando besos en la cara interna de sus muslos.

-  Ya no eres capitán de nada -le contesta, hablando directamente sobre su piel-. Lo siento por la Guardia Civil, pero tu cuerpo ya es sólo mío. Así que acostúmbrate.

Lame con suavidad, sintiendo cómo Emilio se estremece. Es la primera vez que le hace esto a alguien, pero no piensa demostrarlo. Se guía por los sonidos que emite Emilio, cada vez menos contenido y menos digno, hasta que su mano le agarra del pelo, tirando hacia atrás.

Pablo entiende. Permite que le obligue a incorporarse, sentándose para poder besarse. Le arranca la ropa a tirones, la barba le deja enrojecida la piel del cuello y la clavícula. Los dos tienen los ojos vidriosos cuando el más joven termina de desvestirse, alejando sus calzones de una patada.

Emilio le acerca a su cuerpo, agarrándole de la cintura.

-  ¿Cómo?

-  Tú quietecito -le ordena Pablo.

Emilio le observa en silencio mientras se sienta sobre él, utilizando una mano para ayudarse a guiarle hacia su interior. Lo hace demasiado deprisa, y acaba gruñendo de dolor mientras Emilio le sujeta por los hombros, apoyándole suavemente sobre su pecho.

-  ¿Te duele mucho?

-  Y qué más da.

Pablo se incorpora como si lo único que importara en el mundo fuera esto, y empieza a moverse, arrancando un gemido nada decoroso al ex capitán de la Guardia Civil. Y Emilio piensa que se lo han follado muchas veces, pero jamás así, jamás montándole de esa forma y con esa mirada salvaje, con esa expresión de dolor y placer mezclados que no desaparece del rostro de Pablo.

El señor Garmendia, que es tan aficionado a expresar claramente sus sentimientos, no le dice que llevaba meses esperando esto, que ha soñado con tenerle así muchas veces, o que necesita sentirle así para terminar de convencerse de que está vivo. Que está vivo y es suyo.

Pero Emilio lo sabe.

Lo sabe porque los gemidos de ambos, el crujido de la cama, el sonido de las pieles rozándose llenan completamente el silencio.

Lo sabe porque Pablo no deja de mascullar su nombre en un susurro entrecortado.

Lo sabe porque le parece sentir la humedad en su cuello cuando se derrumba sobre él.

Y porque se queda medio adormilado, aún encima, hasta que empieza a ser más incómodo para los dos.

A la mañana siguiente, despiertan sintiéndose los mismos, pero también un poco distintos.

Aún desnudo, Pablo se levanta y atisba por la ventana, mirando el pueblo lleno de vida al que tantas veces odió por eso mismo.

Vuelve a la cama cuando Emilio aparece a sus espaldas, apoyándose en su hombro, besándole la nuca.

 

 

XXV

 

Elisa los encuentra al mediodía, comiendo en la alargada mesa del salón.

La tensión ha desaparecido como por ensalmo. Entre Pablo y Emilio ya sólo hay calma y tranquilidad; ésa tan propia de las parejas que llevan años juntas.

Se da cuenta de que ya están preparados para irse.

 

Un par de días después, se despedirá de Pablo con un interminable abrazo y un beso envuelto en lágrimas.

Emilio, con una sonrisa, también se permitirá la libertad de abrazarla para agradecerle todo lo que ha hecho por él.

Les verá partir desde la ventana. Trotando juntos en la calma chicha del mediodía, con el sol -en su punto más alto- deslumbrándole cuando se alejan demasiado.

Hasta que las dos figuras se funden con la luz.

Intuye que no les volverá a ver en vida.

Apresurándose a recoger sus cosas -los nuevos dueños del cortijo llegarán por la tarde- correrá al lugar donde la espera el duque.

Dejando detrás, sin ninguna pena, la enorme casa donde ya sólo han dejado un enorme y espeso silencio.