Actions

Work Header

He Was Made For Untidy Rooms and Rumpled Beds

Chapter Text

Shen Yuan tenía mucho que decir en cuanto a su transmigración, reciente y sin precedente alguno, a una vida nueva en un cuerpo nuevo.

La mayoría de los sentimientos que experimentaba al respecto se podían describir como alarmas estruendosas. Atronaban en su mente en segundo plano ante cosas básicas como no acabar quemado vivo por poseer el cuerpo de otro hombre, aprender a cultivar e intentar averiguar cómo recogerse el pelo. En toda su vida, lo había tenido como máximo por los hombros, más que nada durante esa fase experimental de cuando tenía trece años e hizo una apuesta con su hermana.

Además, todavía no había acabado de averiguar si quemaban a gente viva en esta pesadilla de mierda rollo xianxia en la que se encontraba o si esa parte solo era fruto de su paranoia. Preocupaciones normales, ya sabes, para alguien atrapado en el cuerpo de un personaje desechable de una novela sobre sementales.

Había que admitir que la carne de cañón en la que acabó es decente en lo que se refiere a aspecto físico, pero, a fin de cuentas, sigue siendo carne de cañón. Al menos no era un "baboso número dos". Podía hacerse algo con "decente", pero el "baboso número dos", con narizota enorme, aletas de la nariz en continuo movimiento y que babeaba sin parar, siempre acababa muerto en un santiamén.

Oye, no lo llames vanidoso, ¿eh? Cuanto más guapo seas, más altas son tus probabilidades de supervivencia en una novela sobre sementales... la mayor parte del tiempo.

Más o menos.

Era complicado, pero el ajo estaba en que, si tenía que ser un villano, al menos no era feo y se encontraba en una posición social influyente. En la parte oscura de esta ecuación, los cabrones feúchos morían muy rápido. Su propia suerte se inclinaba menos hacia una decapitación rápida y más hacia muchos, muchos años de tortura. No era su culpa que este cuerpo fuera guapo cuando lloraba.

Después del pánico inicial por tener que pretender ser una persona que no era él en absoluto, solucionar el meollo con la cambiapieles y desbloquear la función OCC... Después de instalar a Luo Binghe en un alojamiento algo más razonable en su propia cabaña de bambú, en vez de dejarlo en el cobertizo con la leña, con la esperanza de que, si se aferraba al muslo dorado del protagonista, al menos moriría con un mínimo de dignidad...

Después de reorganizar su estúpido horario para que sus discípulos más veteranos ejercieran de líderes y enseñaran formas marciales claves a grupos alternantes de discípulos más jóvenes, los cuales a su vez se organizarían para enseñar lo que habían aprendido a sus shidi y shimei aún más inexpertos...

Después de aprender esas formas para poder corregir a sus discípulos...

Después de aprender cómo vestirse, arreglarse el pelo, asearse y vivir en su ropa ridícula cuando estaba acostumbrado a hacer vida en una maldita era diferente, donde no había cultivación pero sí que había agua corriente (y le importaba un pimiento que los talismanes de agua cumplían el mismo propósito, él vivía en una cabaña de bambú como un monje sereno, con ropa encantada para repeler suciedad y sin Internet)...

Después de todo eso, el verano llegó con ansias de venganza.

Y, debido a que no se encontraba en su propio mundo, estaba sujeto a lo que solo se le ocurría describir como el sufrimiento que se imaginaba que deberían haber aguantado las doncellas en la Inglaterra victoriana cuando llevaban faldas enormes de la hostia e innumerables capas. Porque no solo estaba vestido en el estilo de la China antigua, el cual resultaba sorprendentemente práctico y con el que estaba ligeramente familiarizado, sino que estaba vestido en la versión xianxia de esas prendas. Lo que implicaba que:

Llevaba entre seis y ocho capas de ropa.

Todos los días.

Independientemente de si elegía llevar la variación de su conjunto que iba con pantalones o no. Encima, si decidía ponerse los pantalones, se añadía otra capa sí o sí en forma de otra túnica para mantener la "silueta correcta".

A continuación, se detallan las seis capas, tal como Shen Qingqiu... Qué le den a todo, ahora él era Shen Qingqiu, tal como él mismo las entendía. Su conocimiento se compiló a través de una combinación de sentido común, cómo estaba vestido cuando se despertó de la fiebre y observación atenta de cómo se vestían los demás (teniendo en cuenta que nadie le ha dicho nada ni se ha parado a mirar su ropa, se las estaba apañando de fábula).

Uno: Una túnica hecha de la seda blanca más pura y suave, lisa como el culito de un bebé y fresca al tacto, formaba la primera capa. No había ropa interior, pero esta túnica sencilla que se ataba en el lateral era un sustituto satisfactorio. Había variaciones de esta prenda, con o sin cortes en los laterales, dependiendo de si había pantalón o no. También había versiones más cortas, que le llegaban hasta la parte superior del muslo, mientras que las más largas le caían hasta los tobillos.

Dos: Una segunda túnica blanca que se ataba en el lado opuesto que la primera. También estaba hecha de seda blanca fina, del mismo material, solo que era un poco más grande que la primera. Esta venía con un cuello más alto, pero todavía no era el más alto de todos.

Tres: Una túnica del verde más pálido que hay y con un cuello superalto. Tan alto que casi le cubría todo el cuello. Esta también venía con diferentes variaciones y complejidades. Algunas versiones de esta capa se parecían a un vestido qipao, con ribete en el cuello además de una línea diagonal que rara vez era visible, escondida como estaba debajo de las siguientes capas de tonos verdes más oscuros, y que seccionaba desde el cuello hasta la axila izquierda. Las versiones más rebuscadas se decoraban con... flores o bambú, flores de bambú... Lo que sea, se la sudaba demasiado para comerse la cabeza.

Cuatro: Una túnica etérea y transparente de color verde jade o blanco. Tenía las mangas más largas de todas las capas con el objetivo de que sobresalieran y fluyeran cuando andaba, como si fuera un hada inmortal e inmaculada que flotaba por la vida. La odiaba. Era un dolor de cabeza ponérsela precisamente por lo delicada y resbaladiza que era, y no paraba de mojar la fina gasa, esas aletas que le hacían de mangas, en el té.

Cinco: Otra túnica blanca, o a veces verde, que subía de talla otra vez. Esta, sorprendentemente, estaba a la vista de los demás. Estaba hecha de un material más grueso, venía con diferentes variaciones en cuanto a dónde te la atabas, tenía varios cinturones entre los que podía escoger, etc. Todas ellas en blanco o algún tono verde. A veces hasta llevaba algún estampado. Qué atrevido.

Seis: Una túnica verde y grande que se ponía por encima de las demás, otra vez de una talla más grande y un tono más oscuro, pero manteniendo el mismo estilo rollo jade con el que tenía que apañarse. En su armario no había ni rastro de verdes bosque o verdes tan saturados que se asemejaban al negro. Normalmente, las mangas de la quinta capa sobresaldrían, debido a que las de esta terminaban por el codo, e iban equipadas con cordoncitos muy cuquis que no servían para nada, solo eran decoración. Sí que túnicas más formales con mangas largas y elegantes y más bordado que almacenó al fondo del armario y con las que decidió no molestarse. Aunque, teniendo en cuenta la caja en la que las encontró, era exactamente lo mismo que había hecho con ellas el dueño original.

***

Si elegía llevar pantalón (séptima capa), tendría que echarse una túnica demás (octava, ¡ocho capas!) para crear más movimiento mientras andaba. Una flor de jazmín ondeando en la fresca brisa primaveral o alguna tontería de esas.

En los pies llevaba calcetines de seda blanca que le llegaban hasta la mitad del gemelo, encima de los cuales calzaba botas blancas ajustadas que recordaban a calcetines, pero, sorprendentemente, eran más macizas de lo que parecían.

También llevaba brazales que eran o guantes completos, que jamás se ponía, pues también estaban relegados a la caja con ropa rebuscada, o la versión xianxia de calentadores para brazos. Este accesorio lo llevaba siempre. Eran entallados, con bordado sencillo, y le llegaban hasta el brazo, aunque nadie se daría cuenta igualmente. Le creaban pequeños rombos en el dorso y en la palma. Algunos se ataban alrededor del dedo corazón, lo cual siempre le hacía pensar en sus ganas interminables de sacarle el dedo al Sistema y a su vida. Y a la vida del dueño original, ya que estaba.

A lo que iba era que, una vez se acomodó en su vida, o en la vida del dueño original, la cual con un poco de suerte no acabaría con él convertido en un palo humano, su cuerpo decidió recordarle que fuera era un horno.

Y no, el hecho de que ya no necesitaba sudar no hacía ninguna diferencia. Cada vez que salía al aire libre, se sentía morir de un ataque de calor lenta y tortuosamente.

En sus de seis a ocho capas.

Se arrepentía de cada mirada de admiración, cada ojeada que había echado a las ilustraciones de todos los libros de este género que había leído, no solo de las de la chapuza que era ahora su vida, sino de todas ellas porque... capas. Él era una cebolla humana. Gasa, ornamentos para la cabeza y coronas y horquillas de jade y elegancia y qué le den a todo eso.

Estaba cansado. Estaba viviendo en su propia carne una visión sofisticada y gloriosa de cómo debería ser el cultivo que solo había visto dibujada en Photoshop por gente que no tenía que ponerse la ropa que dibujaba. Era ropa que no esperaría llevar en la vida real. Hasta las películas tenían ropa y pelucas de mierda que no eran ni de lejos tan elaboradas como lo que tenía que aguantar Shen Qingqiu.

Hacía calor.

Y ni siquiera tenía la decencia de hacerle sudar. Si estuviera sudoroso al menos sentiría que su cuerpo estaba de su parte. Pero no, él era Shen Qingqiu, el frío y abominable villano del Pico Quing Jing, cuya dignidad no soportaría revelar que el calor lo afectaba.

Él era un desierto personificado.

Calor seco extraseco sin ninguna manera visible de expresarse y ninguna forma de refrescarse porque, igual que ya no necesitaba comer, al parecer, pasado cierto punto el cuerpo de un cultivador ya no sentía calor o frío, cosa que no se aplicaba a su vida.

No, no estaba acostumbrado al calor, pues no había pasado por un período de ajuste lento, que había llevado años y años, en el que su cuerpo se deshacía de ciertas sensaciones, según los libros sobre cultivo que se leía de tomo a lomo en varias sentadas. Él era un alma ligeramente usada en un cuerpo bastante usado, y no estaba acostumbrado a que su cuerpo "no sintiera" calor. Ni una mierda. No sudaba, no se quemaba al sol y tal vez hasta le era imposible sufrir un golpe de calor, pero joder si lo sentía.

Este cuerpo no sentía el calor de la misma manera que había gente que no consideraba amargo el café.

Se acostumbraban. Era un "gusto adquirido", es decir, lo bebían hasta que se convencían de que ya no era amargo.

Él no estaba acostumbrado.

Estaba acostumbrado a tener aire acondicionado, a eso era a lo que se había acostumbrado Shen Yuan. Aire acondicionado, hielo que podía comprar cuando le diera la gana y tarrinas enormes de helado.

¿Sabes qué es lo que no tiene El orgulloso camino de un demonio inmortal? Nada de eso, absolutamente nada: ni aire acondicionado, ni hielo, a menos que uses brujería de cultivo (que él usaba, sí señor), ni helado.

Diría "puta vida", pero estaba seguro de que estar atrapado en un mundo que era antes un libro que había leído era la exacta definición de esas palabras, así que no iba a tentar la suerte y lanzarlas al aire. Solo iba a pensarlas. Bien fuerte.

El problema, cuando volvió a él, residía en que estaba acalorado, incómodo y como que odiaba su ropa, su pelo y toda su vida. Ninguna cantidad de sopas refrescantes preparadas por Binghe lo haría sentir mejor.

Así que, una vez estableció su identidad y ya no lo revisaban por si lo habían poseído, como que decidió experimentar. Solo un poco.

Desmelenarse, por así decirlo.

¿Qué podía pasar?

***

Shen Qingqiu se despertaba cada día con los mismos pensamientos, la mayoría de los cuales incluían una cantidad ridícula de quejas sobre su pelo. La gente se equivocaría en asumir que se aburriría de repetir en su mente las mismas frases sobre cuánto odiaba arreglarse el pelo. Así de mezquino era.

Esta mañana, sin embargo, iba a hacer algo nuevo. Esta mañana lo iba a recoger en una coleta, la cual pasará por una corona, que fijará con un pasador de jade para que no se le caiga. Muérete de envidia, Liu Qingge.

Dejó varios mechones sueltos para que le enmarcaran el rostro. Quedaba ligeramente diferente a cuando se dejaba los mechones frontales caer con elegancia sobre sus pómulos, mientras que el resto lo recogía en lo que él, en su completa ignorancia, solo podía describir como un medio moño, medio coleta, mientras el resto de su larguísima melena colgaba a su alrededor hasta las mismas rodillas.

Lo que sea, se lo iba a recoger.

Tenía tanto pelo ahora y arreglárselo en cualquier forma de peinado decente le daba ganas de gritar.

Para cuando terminó de recogérselo, sintió la gloriosa libertad de no tenerlo sobre la espalda y el cuello. Eso sí, la mayor parte de su cuello seguía cubierto por la tercera túnica, pero al menos estaba un poco más libre. También había, milagro de milagros, una fina franja de nuca al aire, libre para disfrutar las deliciosas brisas autogeneradas mientras su pelo oscilaba de un lado a otro en frente del espejo de cobre. Movió un poco la cabeza para asegurarse de que estaba bien fijado. Sería inaceptable que se deshiciera mientras estaba ocupado con sus obligaciones.

Tenía que mantener su reputación.

Mientras tocaba el extremo de la coleta, pensó: "Sí, nada mal."

***

Luo Binghe entró en la sala de estar de la cabaña de bambú con una bandeja equipada con cuencos de congee blanco como la nieve, salpicado con delicadas semillas de flor de loto tostadas y cebollino, solo para por poco dejarla caer al suelo.

Shizun estaba de espaldas a él. Una mano, con sus dedos largos y gráciles que oscilaban como las raíces de las flores de loto, tocó su nuca parcialmente expuesta, acariciando las hermosas líneas de su apenas visible columna. Binghe podía ver dónde el pelo recogido delineaba el rincón perfecto para un beso.

Desde la cambiapieles, era la mayor extensión de piel que le había visto a su inigualable e inmortal shizun, quien era grácil hasta la profundidad de su ser y superaba en elegancia y belleza al hada lunar. Ese momento de cautiverio, para vergüenza suya, se repitió en su cabeza por razones que desconocía. A menudo, le venía a la mente bien entrada la noche, cuando estaba a solas... Había estado intentando borrar la imagen durante semanas. Estaba seguro de que se le pasaría pronto.

Cada mañana, Binghe se despertaba y llamaba a su maestro, pues no se atrevía a entrar en su habitación; un simple aviso para decirle que el desayuno estaba casi listo era todo lo que se permitía. Cada mañana, Binghe preparaba el desayuno para su maestro. Cada día, entraba y veía a Shen Qingqiu arreglado y vestido en sus túnicas, el cabello impecable, sentado de rodillas en frente de la mesa baja, con postura perfecta, como una estatua de jade blanco. Y cada día ponía la mesa para su shizun, quien, en su infinita gracia, le permitía desayunar con él.

Tenía la fortuna de poder observar a shizun consumir la labor de sus propias manos, de ver cada movimiento delicado de su muñeca transportar sin prisas pequeñas cantidades de comida a su boca.

Tenía los ojos medio cerrados por las mañanas. En otro hombre, se podrían catalogar de soñolientos. En shizun, en cambio, eran lánguidas lagunas de jade.

Hoy, se acercó a la mesa y vio a shizun exponer apenas unos centímetros de nuca. Por alguna razón, sus molares empezaron a hormiguear.

Binghe tragó saliva mientras sentía una corriente de calor recorrerlo desde la cabeza hasta los dedos de los pies.

—Shi... shizun, este discípulo le ha traído el desayuno.

—Mmm, déjalo en la mesa, Binghe. Este maestro tiene un largo día por delante.

Francamente, si durante su reunión mensual Shen Qingqiu va a tener que escuchar a otro señor de pico quejarse sobre lo que, a fin de cuentas, se reducía a tonterías burocráticas, perderá los estribos. O los abofeteará con su abanico, una de dos. Estaba bastante seguro de que el dueño original era el tipo de hombre que, si se le provocaba, abofetearía a una persona con el abanico. Y no de una manera afectuosa, como los golpecitos ocasionales que dejaba caer sobre la cabeza de Binghe, sino sin piedad y fuerte, justo en la cara.

Todavía no había llegado esos extremos, pero el mero pensamiento lo reconfortaba. El calor lo ponía de mal humor. Respiró profundo para calmarse.

—Oh... claro, shizun. Disculpe a este discípulo por la tardanza.

Shen Qingqiu se volvió para mirar a su discípulo favorito y lo encontró con la cara roja. ¿El calor lo estaba afectando también? Hacía pasar un mal rato a los que tenían cultivo bajo, pero ellos al menos podían sudar en tanto que Shen Qingqiu solo podía asarse como un pollo.

—No es nada, Binghe. —Suspiró—. ¿Te molesta el calor?

Luo Binghe observó a shizun observarlo a su vez con ojos lánguidos por encima del hombro. Con una mano se acariciaba todavía la nuca de forma distraída mientras la otra jugueteaba con el extremo de su coleta, la espalda trazando un sutil arco. Binghe volvió a tragar, la saliva se le acumulaba en la boca. Pensó que, si empezaba a babear, lo echarían a patadas del pico, así que no lo hizo, pero quería hacerlo.

Luo Binghe no encontraba las palabras para describir el presente aspecto de su shizun.

—N... no, shizun, este discípulo está bien.

Este muchacho... Hasta ha empezado a tartamudear por el calor y, aun así, ponía a mal tiempo buena cara. Les dará hoy medio día libre a los discípulos. Al fin y al cabo, se lo merecían si hasta Binghe, el alumno más trabajador y tenaz, se veía afectado.

—Hmm, este maestro os permitirá a los discípulos y a ti medio día de descanso de cara al tiempo que hace. Comunícaselo a los demás.

—Oh, por supuesto, shizun. Este discípulo obedecerá sus órdenes.

Luo Binghe todavía no había depositado el desayuno sobre la mesa. Se dirigió con piernas temblorosas para colocar la bandeja y se aclaró la garganta.

—Le he traído el desayuno. —Las palabras le salieron torpes.

Shen Qingqiu se giró, se deslizó hacia la mesa, se arrodilló y cogió un par de palillos.

***

Shen Qingqiu se dirigió a la reunión con premura, con el pelo oscilando a su paso. Era la gloria. Adoraba la sensación de tener el pelo al viento cuando viajaba sobre Xiu Ya.

Concentrado como estaba en volar, Shen Qingqiu se perdió lo siguiente:

Liu Qingge, quien por poco se cae de Cheng Luan.

Literalmente casi se cae del cielo, solo por ver esa espalda tan conocida transformada en algo nuevo por la extensión de pelo negro que revelaba al oscilar una franja de cuello blanco como la leche.

El pelo se contoneaba al viento como una seductora. Liu Qingge empleaba toda su fuerza de voluntad para evitar agarrar esa coleta y tirar de ella con tal de revelar más de ese cuello de cisne.

No creía haber visto jamás el cuello de Shen Qingqiu. En todos los años que Liu Qingge lo conocía, siempre había preferido llevar cuellos altos. Hasta cuando eran discípulos.

Al final, Liu Qingge hizo lo siguiente: siguió a Shen Qingqiu a la distancia justa para que el otro no lo notara con el propósito de continuar mirando su cuello como un lobo hambriento.

Para cuando Shen Qingqiu lo notó, lo único que hizo fue alcanzarlo para volar a su lado y soltar un gruñido.

—Ah, shidi, qué amable por tu parte hacerme compañía —dijo Shen Qingqiu.

—Tu pelo —dijo Liu Qingge con los dientes apretados.

—Sí —respondió Shen Qingqiu con una ceja arqueada. No era una pregunta, sino una afirmación. No iba a permitir, ni un poquito, que el comentario de Liu Qingge arruinara la alegría que le traía tener por fin algo de piel al aire.

—No estás... —empezó Liu Qingge.

Shen Qingqiu acabó con el sufrimiento que le causaba a su shidi hablar. Al pobre hombre se le daba fatal hablar de... bueno, cualquier cosa. Sacar palabras de él era como extraer sangre de una piedra.

—Estoy intentando algo nuevo.

Hala, una respuesta perfectamente neutra que no daba a entender de ninguna forma que Shen Qingqiu se estaba muriendo de calor.

En ese momento, una ráfaga de viento decidió cambiar de dirección. Los planetas se habían alineado.

El viento aventó su coleta, de manera que parte de ella le dio en los ojos, lo cual a su vez se los dejó rojos y llorosos. Otra parte se le pegó a la boca y se le metió entre los labios, pues tenía la boca abierta en ese momento. Para cuando el viento volvió a cambiar de dirección (y qué rabia, esto nunca había pasado mientras iba con el pelo suelto), un mechón colgaba atrapado entre sus labios mientras miraba a Liu Qingge con ojos llorosos.

Su shidi se le quedó mirando pasmado. Se le desorbitaron los ojos y se puso rojo como un tomate. Abrió la boca solo para cerrarla después dos veces y, sin decir palabra, salió pitando.

Pues nada, de acuerdo. Shen Qingqiu escupió el mechón. No tenía ni idea de por qué su shidi huyó a bote de pronto cuando ni siquiera fue él quien hizo el ridículo al atragantarse con su propio pelo.

Además, Liu Qingge se vio atrapado en la misma corriente y a él no le pasó nada. No es justo, él también iba con coleta. Uff, qué caradura. Bueno, al menos se ha ido. ¿Será que iba justo de tiempo? Al menos, Shen Qingqiu no tendría que sacarse del culo un poco de elegancia para salir de este atolladero.

Algunos mechones, todavía humedecidos con saliva, se le pegaron a la cara. Se los quitó suavemente con dos dedos, les lanzó una mirada irritada y los soltó.

***

Terminada la reunión, Shen Qingqiu aprendió dos cosas: los Señores de Pico, a juzgar por sus rostros enrojecidos, sí que se veían afectados por el calor y va a ser que lo de la coleta no ha venido para quedarse.

No era que no pegaba con su personaje, sino que no paraba de juguetear con ella. Pero no era culpa suya, es que era tan fácil. Era como una pequeña cola, tan suave y blandita, y tenía entendido que debía mantener una mayor dignidad que un animal.

Ay, qué se le iba a hacer. Ya encontrará otras cosas con las que experimentar. Quizá en la privacidad de su cabaña de bambú podría relajarse más. Al fin y al cabo, solo Binghe entraba en ella, y a veces Ming Fan, aunque rara vez. No podía afectar de forma negativa a Binghe; seguía siendo un maestro respetable que no había empujado a su discípulo en un Abismo, lo que significaba que su dignidad tenía posibilidades de permanecer intacta.

Además, a Binghe lo crio una lavandera, por lo que, en teoría, si Shen Qingqiu simplemente se comportaba como si lo que estaba haciendo era normal para él, Binghe no se daría cuenta.

Después de todo, ¿quién sabía qué hacían estos cultivadores respetables a puertas cerradas?

Chapter Text

Imagina una ladera empinada que acaba en un acantilado. Ahora, imagina a un hombre que se estampa contra el suelo tras caer de dicho acantilado, porque la montaña parecía estable hasta que dejó de serlo.

El descenso de Shen Qingqiu hacia la inmoralidad siguió más o menos el mismo camino. Llamemos a la montaña "comportamiento razonable a respetar en los espacios públicos", al hombre "Shen Qingqiu" y al funeral que se organiza después "oda al frágil juicio de Luo Binghe". Aún mejor, llamemos a la montaña "decencia", a Shen Qingqiu "el deslizamiento de tierra que destruyó al pueblo que estaba al pie de la montaña" y a Luo Binghe "pueblerino supertriste".

El descenso de Shen Qingqiu comienza con la coleta, pero así es como sigue:

Shen Qingqiu suspira y piensa para sus adentros que no pasa nada si se ahorra una o dos capas, ¿aunque sea por las tardes? ¿Solo en presencia de Binghe, como máximo? No tiene que permanecer de uniforme todo el rato. No debería por qué estar tan constreñido en la privacidad de su hogar. Se supone que la gente debería estar cómoda cuando intenta relajarse y no pensar en la naturaleza de su existencia.

La primera vez, se despoja de la primera túnica, la dobla por la mitad y la cuelga en el biombo de su habitación. Las delicadas ilustraciones de orquídeas no le dicen que no. Nadie lo hace, de hecho. Shen Qingqiu asume que, si el dueño original puede salirse de rositas hasta después de abusar a menores, él puede desprenderse de una o dos capas y nadie se dará cuenta. Aparentemente, lo que ocurre en Qing Jing se queda en Qing Jing.

Sale de su habitación para ir a cenar con Binghe, quien lo mira dos veces, pero aparte de eso lo deja pasar. Por dentro, Shen Qingqiu exhala un suspiro de alivio y procede con lo que estaba haciendo.

Es una sola capa, una sola coleta: cositas razonables que serían perfectamente razonables para la era y, si lo hubiera dejado en eso, así habría sido. Había otros que también se quitaban una capa o se recogían el pelo en privado. Por desgracia, ese fue el guijarro que dio inicio al deslizamiento de tierra.

De hecho, era razonable que Shen Qingqiu se quitara algo de ropa, porque él era una de las personas con el sistema de capas más complejo de todos los Señores de Pico, superado como mucho por Qi Quingqi y Yue Qingyuan (la primera era increíblemente vanidosa, mientras que el otro era el líder de la secta).

Liu Qingge se libraba de llevar mil capas porque era de un pico marcial. Shen Qingqiu estimaba que llevaría unas cuatro. Shang Qinghua era un maldito conserje y llevaba dos. Shen Qingqiu no estaba celoso y le cantaría los cuarenta a cualquiera que lo insinuara.

No habría pasado nada si se hubiera quitado una capa o hasta dos. ¿Recuerdas la metáfora de la ladera?

Shen Qingqiu no se detiene en la coleta y una túnica.

***

Luo Binghe observa a su maestro, quien se encuentra sentado al escritorio en el que trabaja. Lo observa, pues sabe que no lo van a pillar.

Shen Qingqiu, hermoso bañado por la luz vespertina, lejos de su ocaso, acerca la mano derecha a la izquierda y aprieta con el pulgar derecho la almohadilla del pulgar opuesto. Gira la muñeca mientras se masajea la palma y suelta el más leve suspiro.

Si Binghe no hubiera estado prestando atención, no lo habría notado. Su maestro hace todo tipo de sonidos sutiles e imposibles cuando piensa que nadie está mirando. Binghe siempre está mirando.

Observa a su maestro usar el pulgar para acariciar cada dedo de la mano izquierda. Largos dedos de escribano, enmarcados por brazales, masajean piel delicada. Las manos de Binghe, a sus catorce años, ya son más grandes que las de su maestro. Es todo manos y pies demasiado que todavía le quedan demasiado grandes, como las patas de un cachorro que aún no ha terminado de crecer.

También son más ásperas.

Binghe lo sabe por haber sentido el suave tacto de esas manos en su frente, mejilla y hombro. Las preciosas uñas de shizun tienen una forma redondeada y siempre están acicaladas. Cada una de ellas es una concha perfectamente formada, rosa, traslúcida y delicada.

Observa a Shen Qingqiu pasar a masajear la otra mano. Quiere acunarlas entre las suyas y ofrecerse a hacerlo por él, pero sabe que su maestro le diría que no, que le negaría el honor, que pararía si lo dijera en voz alta. Así que se limita a mirar por encima del pergamino sobre técnicas de cultivación que le ha dado su maestro.

No lo sorprende del todo ver a su maestro quitarse los brazales. Desata despacio las tiras alrededor del dedo corazón para coger el borde del brazal y se lo quita, centímetro a centímetro, como una dulce tortura. Es la caricia de tela por jade blanco.

Por un momento, Binghe ve el antebrazo de su maestro, antes de quedarse solo con la visión tentadores de su muñeca y su mano. Shizun tiene un lunar en la parte interna de la muñeca derecha.

Luego se quita el otro brazal. Esta vez, después de desatarlo, se lleva a la boca el rombo de tela que forma el extremo de la prenda en la parte interna de su muñeca izquierda. Coge la tela con la boca y tira del brazal con labios y dientes. Binghe atina a vislumbrar la lengua de Shen Qingqiu, rosada y húmeda; aferra el manual con más fuerza. Mataría por ser ese brazal, piensa Binghe, atrapado entre los dientes de shizun, colgando de ellos a la espera de que lo destrocen.

Una vez las manos de Shen Qingqiu están libres, las entrelaza como si fuera a rezar y después les da la vuelta para estirar los dedos.

Un gemido diminuto de profunda satisfacción escapa de los labios de su maestro al tiempo que mueve los hombros y cierra los ojos de placer. A Binghe le encanta ver las manos descubiertas de Shen Qingqiu, sus dedos son tan largos y delicados, increíblemente esbeltos y encantadores.

Hermosas muñecas color marfil, finas y ágiles, sobresalen de las mangas diáfanas como una invitación a que besen su pulso, justo en el lunar de la muñeca derecha, y luego la palma y cada dedo. Quiere trazar con la lengua esas pequeñas uñas como conchas. Labios rojos como el vino, piel fresca de la que parecía que, si apretabas lo suficiente, saldría agua.

A veces, a Binghe hasta le cuesta soportar imaginarse tocando a su maestro con sus bastas manos. Se siente como un ladrón que roba vistazos de una belleza inmortal.

Ha ido viendo a shizun relajarse, por así decirlo, en frente de él, despacio pero sin pausa. Todo el proceso tiene lugar en silencio y a lo largo de cierto tiempo durante su estancia en la habitación adyacente de la cabaña de bambú. Parece ser que su shizun solo se ha empezado a aclimatar a su presencia hace poco.

Observa a shizun desprenderse de capa tras capa, tanto física como mentalmente. Shizun tuvo que haber vivido mucho tiempo solo en esta casa, así que tendrá costumbres que habrá mantenido en secreto, costumbres que habría descuidado porque no se sentía cómodo con Binghe presente.

Pero cuanto más tiempo pasa con shizun, de más capas se despoja este, como una flor que abre sus pétalos poco a poco. Cree que le gustaría ver a shizun florecer; el pensamiento es profundamente inapropiado.

Los pobres, Binghe incluido, llevan ropa basta de una sola capa en la calle, pero la suya está hecha de lino áspero sin teñir. Es sencilla y protege su modestia, pero ofrece poca comodidad. La seda fina y suave siempre está destinada para los nobles, los eruditos acaudalados o los mercaderes más ricos.

La seda que cubre el cuerpo de Shizun ni siquiera proviene de los gusanos de seda, como la que se ponían los mortales, sino de Arañas Androcápitas y otros animales de cuya fibra se podía hilar tela. Era increíblemente fina y no se podía llevar como capa única, ni siquiera en dos capas. Era un material solamente apto para su uso como prenda interior. Él solo conseguía tocarla un poco porque le tocaba lavar la ropa de su maestro tras las infrecuentes ocasiones en las que los encantamientos de limpieza que se habían entretejido en la tela no daban abasto.

Esta tarde, observa a shizun encender velas hechas de cera eterna proveniente de la Abeja-Tejón Elefantina Enorme, a pesar de que todavía no ha anochecido. Lo hace cada vez que se desviste; es una señal muda de que shizun se estaba relajando en vistas a la noche. Sabe que shizun disfruta del olor. La cera iba mezclada con aceites que impregnaban el aire cuando se evaporaban. Dulce manzanilla y miel llenan el aire. Binghe siempre siente el olor pesado en la boca; huele a hogar, a relajación.

En este momento, el tenue brillo ilumina a su shizun.

Shen Qingqiu se quita primero su túnica de abrigo y la cuelga detrás de sí. Después se quita la siguiente túnica, la cual es blanca hoy, con un patrón de bambú, el bordado casi invisible si no fuera por la luz de las velas, que resaltaba la textura.

La capa de gasa que se revela a continuación es la favorita de Binghe. La tela es casi completamente transparente. Le encanta observar los dedos de shizun a través del material, borrosos y teñidos de verde, mientras desliza la prenda por sus hombros. Es embriagador.

Normalmente, es aquí donde se detiene su maestro: vestido con tres capas relativamente presentable, con un aspecto suave y deshecho por las tardes que solo se podía permitir en privado. Es un momento compartido entre shizun y él que sabe que nadie más ha tenido la oportunidad de presenciar.

Hoy, algo nuevo se avecina.

Observa las manos de shizun toquetear el borde de su cuello alto. La única muestra de que shizun está pensando en algo es la diminuta arruga que se le ha formado en el entrecejo, en contraste con su rostro por lo demás impasible. Por un momento, juraría haber visto a Shen Qingqiu morderse suavemente el labio inferior.

La túnica verde menta tiene un ribete de un verde jade más oscuro. El cuello se parte en dos, formando diminutos nudos decorativos a dos centímetros de distancia el uno del otro. Su compleja naturaleza esconde el hecho de que son pequeños apliques que mantienen la túnica abrochada. Se extienden desde la mitad del cuello de Shen Qingqiu hasta su cintura de sauce, donde la prenda vira para atarse en un costado. Esta noche, shizun permite que sus delicados dedos tracen su cuello mientras desata los nudos uno a uno.

Tela blanco puro, cegadora como la nieve, que solo encuentra rival en la blancura del cuello de shizun, se derrama como sangre blanca proveniente de carne verde. En este momento, shizun es como una ciruela madura cortada por la mitad.

Binghe quiere ser un buen discípulo, tratar bien a su maestro es lo único que desea, pero es impotente frente a la sangre que se precipita a su miembro mientras su shizun se desviste hasta quedar en ropa interior. Binghe se remueve inquieto y se cruza de piernas. No consigue, por lo que más quiera, apartar la mirada.

Se le entrecorta la respiración, aunque el jadeo permanece desapercibido, cuando Shen Qingqiu echa la cabeza hacia atrás y continúa desnudándose. Su shizun coge el cordón lateral y simplemente… tira de él. Se siente como si los cordones que mantienen abrochadas las prendas de su shizun fueran también los mismos que mantienen de una pieza su sano juicio, y las manos de su maestro los están deshaciendo.

Shen Qingqiu, ajeno al sufrimiento de su estudiante, termina de desatar los cordones y se quita la túnica verde menta con un movimiento de hombros, de manera que queda en tan solo dos capas de fina seda blanca.

Binghe observa a su shizun doblarse para descalzarse, otra cosa que no lo ha visto hacer hasta la fecha. No tiene ni puñetera idea de lo que está pasando y tampoco puede preguntar, por lo que se queda sentado como si lo hubieran pegado a la silla. Piensa distraídamente en que en los espacios de trabajo casi siempre se lleva zapatos. Alcanza a ver la clavícula de su shizun, así como ese huequito donde se encuentran ambos huesos. Quiere trazarlos con la lengua. No entiende nada.

Algo en Binghe cede, puede que el cordón lateral sí que estaba relacionado con su sano juicio, el cual se ha esfumado por completo. No sabe nada.

Binghe se apresura hacia su shizun, se arrodilla junto a su silla y toma uno de sus pies con insolencia. Tiene la boca reseca. Siente como si sus rizos se estuvieran encrespando en respuesta a la creciente fricción en la habitación.

—Shizun, por favor, permítale a este humilde discípulo servirle —suelta rápido. La voz se le casca en medio de la oración. Cree que está sudando y debe de tener ojos de desquiciado.

Shen Qingqiu arquea una ceja en su dirección. A esta distancia, su maestro cerniéndose encima de él, sus bonitas manos apoyadas en las rodillas, donde se han posado cuando le ha tomado el pie, Luo Binghe puede contar cada pestaña suya. Aletean por encima de sus mejillas como las alas de una mariposa.

—Binghe no tiene por qué molestarse. Este maestro es más que capaz de quitarse sus propios zapatos —contesta Shen Qingqiu, completamente a gusto con su falta de ropa. Binghe supone que él también se acostumbrará: si su maestro está cómodo, él también lo estará. Con el tiempo.

—Binghe insiste. Su maestro ha tenido un día muy largo y a Binghe le gustaría ser de utilidad a su maestro. A Binghe le gustaría compensar a su maestro por su bondad.

Luo Binghe ya no sabe lo que está diciendo, pero está desesperado y algo de ello se debe de entrever en su cara porque su shizun suspira y se sienta recto.

—Muy bien —accede Shen Qingqiu.

Binghe está tan agradecido. Toma un pie con dedos temblorosos: una mano sujeta la suela y la otra agarra el tobillo para quitar la bota blanca. Repite lo mismo con el otro pie.

Los pensamientos le corren demasiado rápido por la cabeza como para que pueda tomar una decisión a consciencia. Lo recorre una veta de algo que será demencia absoluta. Aún está sujetando uno de los pies de shizun en la mano, con el calcetín todavía puesto, y es increíble tener por fin la confirmación de que los pies de su maestro, a pesar de ser de hombre, caben enteros en su palma. Sus manos son grandes y los pies de Shen Qingqiu tienden más hacia el extremo delicado del espectro masculino. Binghe quiere... más.

Desliza una mano hacia el borde de un calcetín, sobando el gemelo de su shizun como un baboso, y lo baja para revelar pies suaves y cremosos y deditos de lo más monos. Quiere mordisquear cada uno de ellos. También tienen perfectas uñas como conchas y son tan pálidas que se transparentan pequeñas venas verdes, como jaspeado en jade.

Posa un pie desnudo en el suelo y repite el proceso con el otro. Observa a shizun enroscar los dedos del pie que sujeta en la mano y después los del que está en el suelo. En caso de que shizun se lo pregunte, considera contestarle que fue un malentendido, que pensó que su maestro también quería quitarse los calcetines. Todo eso a pesar de que normalmente no se quitaban los zapatos en los espacios de trabajo, porque cumplen el mismo propósito que una oficina pública y, por ende, se encuentra sujeta a ocasionales visitantes indeseados, muchos de ellos como consecuencia del envenenamiento.

Pero Binghe acaba de fregar los suelos y ha estado andando en calcetines, por lo que no le preocupa ensuciar a su maestro en ese sentido. Aunque duda de poder refrenarse de besar sus pies. Al alzar la mirada, ve a su shizun sentado, vestido con tan solo dos finas túnicas blancas, con un aspecto altamente deshecho. Es suficiente para caer a sus pies en alabanza. Arrodillado enfrente de Shen Qingqiu, Luo Binghe siente como si estuviera a la entrada de un templo.

—Este discípulo pide perdón, pues ha pensado que tal vez shizun estaría más cómodo así. Este Binghe acaba de limpiar los suelos y nadie ha venido todavía, así que shizun no se ensuciará los pies —explica él.

Ya ni hablar de lo enormemente inapropiado que era el mero hecho de que vea los pies de shizun. Su maestro no ha reaccionado de ninguna manera, no ha intentado detenerlo, por lo que Binghe se ha tomado la libertad.

No es que shizun suspire, pero sí que exhala profundamente. Binghe lanza un vistazo rápido a sus pies para no perderse cómo esos dedos tan monos se flexionan de forma reflexiva, y luego vuelve a alzar la mirada.

—Este shizun está cómodo. Gracias, Binghe.

Binghe asiente y se escabulle. Consigue volver a su asiento, de alguna manera, intentando de paso esconder una erección.

Entierra la nariz en el mismo pergamino que debe de haber leído ya como trece veces durante el shichen que lleva sentado. Observa el sol ponerse hasta que la única fuente de luz son las velas. No mira a Shen Qingqiu, quien sigue haciendo papeleo. Inspira profundo por la nariz y expira por la boca sin hacer ruido.

Cuando por fin se calma y su erección amaina, vuelve a alzar la vista. Al momento, siente como si toda la sangre se le precipitara de la cabeza al sur. Con lo duro que está su pilar celestial se podría utilizar para labrar piedras.

Shen Qingqiu está arropado por el suave brillo de las velas, vestido en sus dos capas de seda, parcialmente traslúcidas. Son lo justo de finas para entrever la silueta de los pezones sabrosos de Shen Qingqiu, la curva de su cintura, la forma de sus brazos, pero a duras penas. Es un juego de luces y sombras. Es como si no llevara nada más aparte de gasa más gruesa de lo normal, que tapa y revela a partes iguales.

"Shizun está intentado matarme", piensa Binghe.

***

Shen Qingqiu se acuesta en la cama y rumia sobre la reacción de Binghe a los acontecimientos de hoy. Pobre chico, ¿cuán abusivo tuvo que haber sido el dueño original para plantar en él tal desesperación de hacerse valer? Se ha debatido entre dejar que el protagonista le toque los pies (porque no puede permitirse tener al protagonista tocándole los pies, será un camino directo a la pesadilla de su vida, lo sabe perfectamente) y, bueno, soportar los ojitos de cordero degollado de Binghe. El Luo Binghe ennegrecido podría después meterle a Shen Qingqiu esos mismos dedos por la garganta, quién sabe.

Ay, pero la desesperación y el puro hambre por amor en los ojos de Binghe mientras aferraba su pie le han puesto muy difícil decir que no, así que no lo ha dicho. Este tiro le acabaría saliendo por la culata en el futuro, eso seguro.

Aunque no le sentaba del todo bien la idea de que otra persona le quitara los zapatos, si eso hacía feliz a su discípulo, él le seguiría la corriente. Quién sabe qué mantenía a los adolescentes sanos y motivados. Y, si estaba en sus manos ofrecérselo a Binghe como prueba de que Shen Qingqiu se preocupaba por él, no iba a perder sueño dándole vueltas.

Como extra, daba gusto saber que Binghe no ha comentado nada sobre la última capa de la que se ha desprendido. El progreso era bueno, además de muy, pero que muy cómodo. También daba gusto saber que no necesitaba llevar zapatos en presencia de Binghe.

Buena parte del género xianxia tenía algún tipo de obsesión por los pies pequeños y delicados como flores de loto. Los consideraban hermosos y los convertían en objeto de fetiche. Bueno, también las manos... y las muñecas, lo de las muñecas también era importante.

Dicho esto, no era como si eso fuera aplicable a él: a fin de cuentas, Shen Qingqiu era un hombre. Y hasta si fuera aplicable a él, sus rasgos eran del montón, así que estaba seguro de estar a salvo. Recordaba varias obras de ficción en las que los pies se presentaban como una parte sensual e íntima que no se debía exponer en público. Independientemente de su atractivo físico, era un alivio poder confirmar que El orgulloso camino de un demonio inmortal no era de la misma opinión (no lo ha tenido claro hasta ahora porque se había saltado muchas descripciones sobre el harén y las escenas de sexo, no te metas con él).

El jardín detrás de su cabaña de bambú era hermoso y la hierba era muy suave. A lo mejor hasta podría caminar desnudo por ella sin tener que preocuparse por su honor, qué bien.

Ahora que lo pensaba, necesitaba comprar una tumbona acolchada o algo para el jardín. La necesitaba. Se iba a preparar unos cócteles y congelarse algo de fruta para comer. Tenía prohibido hacer ambas cosas en su primera vida debido a su salud, pero ahora se iba a emborrachar (bueno, achispar) en su jardín, descalzo y sin todas sus capas. Iba a ser la hostia. ¡Binghe hasta podría traer algo para picar!

Lo que Shen Qingqiu había pasado completamente por alto era que en dos capas de seda la situación se volvía, digamos, algo trasparente.

***

Esa noche, pilar en mano, Binghe muerde la almohada mientras se toca una y otra vez. Ha intentado ser un buen discípulo, pero no puede vivir con esta tortura sin desfogarse. Se siente como si fuera a morir si no se corría, y sigue hasta quedar agotado y con la muñeca dolorida. Es tan temprano en la madrugada para cuando por fin se sacia que escucha a los pájaros despertarse con el sol.

Prácticamente le duele la boca por la cantidad de gritos que ha ahogado y tiene los ojos llorosos. Hará la colada más tarde, pero por ahora se queda en cama, falto de aliento y oliendo a sexo y a sudor.

Oye, mocoso —lo llama el Anciano Demonio de los Sueños—. Este anciano está seguro de que tu adorado shizun está intentando seducirte.

—No lo está. Cierra el pico, demonio —salta Binghe. Está medio agotado y medio seguro de que shizun podría encontrarse a alguien mucho mejor que él y que, por ello, no tenía necesidad de seducir a un humilde discípulo como él.

Muchacho, ese tipo es un sucio pervertido que quiere meterse en las bragas de sus discípulos. ¿Por qué sino iba a desvestirse en frente de ti? Será mejor que consideres cambiar a un maestro que no acecha a sus estudiantes o apodérate tú de él primero, una de dos.

—Para empezar —argumenta Binghe—, no soy un niño. Para seguir, shizun no está intentando seducirme. Y para acabar, este Binghe no tiene nada de lo que poder aprovecharse.

Porque Luo Binghe está más que dispuesto a hacer cualquier cosa a shizun, con shizun, alrededor de shizun, ahora y para siempre. No cuenta como aprovecharse si él mismo lo desea. Además, ya tiene quince años. Lleva un año en compañía de su maestro y sabe que el hombre nunca se aprovecharía de sus estudiantes.

Sin embargo, el Anciano Demonio de los Sueños tiene razón en parte. Shizun sí que se ha desvestido en frente de él y ha quedado casi desnudo. Era tan increíblemente inapropiado que nunca habría creído que su elegante y agraciado maestro, quien siempre recalcaba la importancia de la buena educación, pudiera hacer algo parecido si no hubiera pasado justo enfrente de sus ojos. Y, aun así, Binghe barajaba la posibilidad de que ese momento hubiera sido una alucinación.

Binghe podría, tal vez, posiblemente, encontrar a shizun atractivo en alguna forma. Y, aunque piense que nada saldrá de ello, desea con todas sus fuerzas estar equivocado. Su cuerpo está preparado para estar equivocado. Por ahora, se limitará a observar y esperará a que se presente una oportunidad para tantear el terreno.

***

La semana sigue su camino. Cada noche, shizun se quita la ropa. Binghe cree estar perdiendo la cabeza. Cree que esto podría ser algún tipo de iluminación, alguna lección sobre los peligros que conlleva sucumbir a la tentación de la carne, que consiste en que shizun incentiva a Binghe consigo mismo y después no hace nada. Binghe no se siente muy iluminado.

Tal vez, piensa fuera de sí, tal vez shizun se preocupa tanto por no aprovecharse de su discípulo que no tiene las agallas de actuar. Y si es ese el caso, qué le vamos a hacer, Binghe tendrá que echarse a sí mismo de la casa.

En la nueva rutina nocturna, en la que le quita los zapatos a su maestro, un privilegio al que se ha aferrado con fervor posesivo, Binghe mira a Shen Qingqiu y ruega:

—Este Luo Binghe estaría dispuesto a servir a shizun en cualquier forma que este desee. Solo puede rezar por traer tanto placer a su maestro cuanto shizun le ha traído a este discípulo.

Hala, más claro no puede dejar que está dispuesto.

Shizun lo mira en blanco, pero Binghe lo observa, siempre lo está observando, y vislumbra un indicio de confusión mientras su maestro extrae el pie con cuidado y contesta:

—Gracias, Binghe, pero has de saber que no tienes por qué hacer nada. Es un privilegio para este maestro tener a un estudiante tan dedicado.

—Pero Binghe quiere hacerlo, shizun, de verdad, no es ninguna imposición —replica Binghe al tiempo que toma el pie que intenta alejarse de él y lo aferra contra su pecho. En todo momento, observa los profundos ojos jade de Shen Qingqiu y eso que ve pasar por ellos tiene que ser confusión sí o sí.

—Binghe ya hace lo suficiente, no tiene que hacer nada más. Binghe es mi discípulo —lo reconforta Shen Qingqiu.

Shizun le da una palmadita en la cabeza y después se mete en la cama.

Luo Binghe se queda sujetando un pie imaginario y preguntándose qué tuvo que haber hecho en su vida anterior para tener tan mal karma. ¿A lo mejor fue algún dictador cruel?

A la noche siguiente, Luo Binghe hace lo mismo: ruega a Shen Qingqiu mientras su maestro lleva la túnica medio abierta y húmeda por el baño que se ha tomado. Ocurre lo mismo: shizun lo reconforta y le dice que es fuerte y talentoso, y Binghe sabe que no lo han entendido.

***

Muchacho, me arrepiento de lo dicho... Por raro que suene, no creo que tu shizun sepa lo que es el sexo.

Binghe lo ignora.

A estas alturas, él tampoco cree que sea ese el caso, pero está sufriendo. No paran de pasarle por la cabeza imágenes de shizun: descansando por las tardes en ropa interior, estudiando pergaminos en su escritorio, abanicándose mientras expone una cantidad de piel tan inapropiada que Binghe quiere derretirse.

Todavía se viste como Binghe acostumbra a verlo cuando salen de la cabaña de bambú, pero dentro es como si pisara un mundo paralelo, en el que shizun no es un noble maestro inmortal, sino una noble fantasía inmortal fruto de imágenes más lascivas que sus sueños húmedos, despreocupada del tormento que le causa.

El otro día, ha observado con horror cómo su shizun permitía que una pierna se derramara por el corte en su túnica para echarle crema y después hacía lo mismo con la otra. Desde los muslos hasta sus perfectos pies. ¡Binghe sabe qué aspecto tienen los muslos de shizun! ¿Qué se supone que tiene que hacer con esta información? ¿No tocarse?

No le entra por la cabeza. ¿Es que nadie le ha enseñado a su maestro que estas cosas no se hacen? ¿Se le han olvidado todas las normas de decoro debido a su desviación de chi?

Binghe se estará muriendo o algo. No para de sentir punzadas en el pecho.

***

Shizun es amable y cariñoso y estricto, con rostro implacable y ojos risueños que relucen como estrellas cuando está feliz. Es digno de respeto y Binghe quiere con todo su ser que esté orgulloso de él, pero, que los dioses lo ayuden, también desea a su maestro.

Lo anhela con el fervor de mil soles que arden a la vez, con el fuego de un protagonista semental, quien ya ha renunciado (sin saberlo siquiera) a un harén a favor de un hombre, un único hombre y nadie más.

En algún momento, entre acabar al borde de la muerte día tras día y observar a su shizun existir en su órbita, pero sin poder tocarlo debido a que sería inapropiado, Binghe idea un plan. Si shizun no lo está seduciendo, y ya ha confirmado que el hombre, por razones misteriosas, no tiene ni idea de lo que está haciendo, debe ser él quien seduzca a shizun. Es la única solución.

Si la montaña no viene a Binghe, Binghe escalará la montaña, la recorrerá de arriba abajo y de dentro afuera; ha de infiltrarse en esa montaña numerosas veces.

No hay otra opción.

Chapter Text

¿Así que estamos seguros de que no tiene sangre de súcubo en la familia? —pregunta el Anciano Demonio de los Sueños por quinta vez después de observar la causa del sufrimiento interminable de Binghe.

Binghe se desgarra por dentro entre celos abyectos y una necesitad desesperada de desahogarse con alguien, así que llegaron a un acuerdo. El Demonio de los Sueños podía observar solamente durante dos días y no más. Binghe todavía tenía ganar de arrancar los ojos a ese cuerpo incorpóreo.

—Sí, estoy completamente seguro de que el Señor del Pico Qing Jing no tiene sangre de súcubo en su linaje —repite Binghe entre dientes apretados por quinta vez.

¿...Pero estás seguro? —pregunta el Anciano Demonio de los Sueños.

Cabe mencionar que Binghe es medio demonio celestial y está en el Pico Qing Jing, pero aun así está bastante seguro de que shizun es humano. ¿Al menos razonablemente seguro? Binghe es un demonio, al fin y al cabo, por lo que está casi convencido de que sería capaz de identificar a shizun como tal si también lo fuera. Sería injusto si no pudiera detectar a su propia raza o algo por el estilo.

También hay que decir que no le cabe en la cabeza cómo Shen Qingqiu puede ser como es sin intentarlo siquiera, y Binghe sabe de seguro que shizun no intenta hacer nada. La única respuesta debe ser la sangre de súcubo o algún tipo de prueba divina retorcida que se le ha presentado a Binghe.

Es un castigo divino.

No hay otra respuesta a cómo podía uno ser tan increíblemente seductor sin proponérselo.

O tal vez mucha gente se portaba igual a puertas cerradas y nadie lo veía, porque es la única razón que se le ocurre para explicar por qué ningún hombre ridículamente poderoso (ya sea de origen demoníaco o virtuoso, daba lo mismo) lo ha raptado todavía del Pico y lo ha encerrado en su palacio. Tal vez el mundo estaba lleno de personas como shizun, quien era la gracia personificada y se quitaba la ropa cuando estaban en casa.

Muchacho. Muchacho, escúchame. Este anciano es un demonio viejo como el mundo y puede asegurarte que este shizun tuyo no es normal. Esos niveles de seducción están a la altura de un demonio de clase Devastación. Si fuera más joven, intentaría zampármelo yo... —Al escuchar la última parte, los poderes de Binghe explotan y casi pierde la conexión con el viejo verde—. Muchacho, nadie te lo va a quitar. Si ni siquiera tengo cuerpo. Mira, a estas alturas sabemos tres cosas: cuando tu shizun está a gusto, de alguna manera, se vuelve más atractivo que una Fruta Regeneradora de Huesos de Siete Médulas, no lo hace aposta y no parece ser consciente de lo que está haciendo. Piensa, mocoso, ¿qué conclusión se puede sacar?

Binghe se traga la ira y piensa. Ya ha tomado la decisión de seducir a su shizun, pero, si lo considera de forma lógica y no se encuentra atrapado en su sufrimiento, ¿qué le está diciendo está información?

Shizun sí que parece tomar nota de algunas de las normas sociales que le han enseñado a Binghe.

Shizun es el epítome de la buena educación cuando sale de casa por las mañanas, pero dentro del bosque de bambú es como si no comprendiera cómo debía comportarse... Es casi como si nunca se lo hubieran enseñado.

Binghe intenta recordar si alguna vez ha escuchado que shizun haya vivido con alguien, si tenía familia. Ha recabado información sobre Shen Qingqiu de la forma más concienzuda posible, pero sin llegar a ser descubierto. Al principio, lo ha hecho para complacer a su maestro; más tarde, para comprenderlo. No encontró nada. Ha escuchado rumores incompletos sobre burdeles y mezquindad, pero sabe que es insensato creerse a pies juntillas lo que dicen los demás sobre su maestro, teniendo en cuenta que el hombre en privado es una enorme contradicción a cómo es en público. Es como si, un día, hubiera aparecido de la nada. Es como si estuviera escondiendo su pasado.

Sabe que la fiebre causada por la perversión de chi azotó el cuerpo de shizun y todos saben ya sobre la pérdida de memoria que nadie debe mencionar, pero le da que eso no es del todo correcto... No es como si faltaran piezas, sino que da la impresión de que nunca hubieran estado allí.

Él, como protagonista que es, llega a la conclusión correcta. A fin de cuentas y sin saberlo él, el mundo estaba hecho para doblegarse a sus deseos. Su lógica, independientemente de las pistas de mierda que le dieran, siempre llevaría a la respuesta correcta con poca ayuda. Y la respuesta que encuentra es la siguiente: por alguna razón incomprensible, shizun no sabe a qué normas de decoro hay que atenerse en un ambiente privado.

Shizun no practica las normas de decoro en privado porque no las conoce.

Y, oh, qué estúpido es Binghe.

A ratos duda de si está aprendiendo algo de un ser tan obviamente inmoral como el Anciano Demonio de los Sueños. Otras veces, en cambio, los beneficios superan las desventajas de forma tan arrolladora que no se arrepiente de nada.

Si shizun no sabe que Binghe está siendo impertinente, entonces puede ser todo lo impertinente que le dé la gana.

Shizun no reaccionó cuando Binghe le quitó los calcetines, a pesar de que su maestro estaba en su derecho de fustigarlo y exiliarlo de su hogar por tomarse tales libertades. No estaba en su sano juicio cuando lo hizo por primera vez, pero shizun le permitió seguir quitándole tanto los zapatos como los calcetines tras muy poca súplica por su parte.

¿Notaría shizun la lenta y progresiva consolidación de Binghe en su vida? No estaba seguro, pero estaba dispuesto a seguir y averiguarlo.

Una llama arde en su pecho cuando anuncia al aire nocturno en voz baja:

—Yo, Luo Binghe, juro cortejar a Shen Qingqiu y, un día, ganarme el honor de tomar su mano en matrimonio.

Maravilloso. Suerte con la gran concubina Shen —dice el Anciano Demonio de los Sueños antes de irse.

Binghe lo ignora, tiene un shizun que cortejar y más margen de trabajo para hacerlo de lo que pensaba. Es el protagonista, puede sacarle mucho partido al bosque que le han otorgado; en particular, cuando esperaba que cayera una semilla.

Su plan inicial consistía en ser un discípulo responsable para su shizun, uno que le trajera honor y se quedara a su lado el resto de su vida hasta que acumulara suficientes victorias y respeto para cortejar a su maestro. Haría eso mismo de todas maneras, claro está. Pero ahora, además de sus planes iniciales, tiene otros; una ventaja inesperada.

Binghe, a pesar de ser una flor de loto blanca, se convirtió en un tirano cruel en otra vida, por lo que, cuando avistó una oportunidad de acercarse más a Shen Qingqiu, la aprovechó.

***

Concubina Shen, concubina Shen... El título reverbera en su cabeza como una mofa. No es una descripción incorrecta de su shizun mientras este está relajándose en su cabaña de bambú, no es en absoluto una descripción incorrecta de su shizun en general, al menos en ciertos aspectos.

Por otra parte, es un insulto de lo más grave. Si alguien más dijera esas palabras y tuviera un cuerpo que se zurrar, Binghe lo zurraría. Considera que emperatriz Shen o príncipe consorte Shen serían términos más apropiados, los que mejor lo definían.

Shen Qingqiu no era alguien con quien te casabas por capricho o razones políticas, no era una chuchería bonita para meter en una colección, no era un objeto sino salvación incomparable que se ha de atesorar y cuidar como oro en paño.

Para los demonios, los términos "emperatriz" y "concubina" no se restringían a un solo sexo, por lo que, si Binghe fuera un Señor de los Demonios y shizun le hiciera el honor de aceptar su mano, Shen Qingqiu sería "emperatriz Shen Qingqiu", la primera y única esposa del Señor Luo Binghe. Si no le ponía la cruz a Binghe por su herencia, eso sí.

Los cultivadores humanos tenían ideas más rígidas sobre esos títulos, pero Binghe no creía que a shizun le importaran tales divisiones.

Shizun se embadurnaba con lociones e infinitos aceites para el cabello y pociones que mantenían su piel dulce. Le gustaba llevar prendas largas y etéreas y permear su hogar con olores ligeros y dulzones. Le gustaban los festivales y los abanicos decorados con pinturas. Parecía importarle bien poco que, según los cultivadores humanos, todas esas fascinaciones fueran femeninas, ni que Liu Qingge se mofara sobre lo "remilgado" que era shizun en las ocasiones en las que notaba esos intereses.

A pesar de que su maestro era alguien poderoso por derecho propio en su papel de estratega principal de la secta, a Binghe le daba la impresión, aunque tal vez estaba predispuesto a favor de shizun, de que a Shen Qingqiu le iría mejor en una vida más relajada. En una vida como esposo atesorado, en vez de solitario Señor de Pico.

De vez en cuando, shizun se desplomaba en una silla o se encerraba en su habitación y Binghe sabía que estaba tirado en su cama como una marioneta con las cuerdas cortadas, los ojos cubiertos con un paño mojado. Como si el mundo le pesara sobre los hombros y simplemente deseara un momento de paz. Binghe no sabía qué hacer en esos instantes, por lo que guardaba silencio. Se moría de ganas de quitarle esa carga a su maestro, ser un puerto seguro para él, igual que shizun lo era para él.

Se imaginaba y esperaba que un día pudiera marchar a una guerra o conseguir poder para su shizun. Para que su maestro siempre pudiera vivir la vida como más le gustaba, sin preocupaciones, mientras él lo protegía.

Quería cargar con la responsabilidad para que shizun no tuviera que hacerlo.

***

—Shizun —pregunta Binghe—, ¿le puedo peinar?

Cree que se lo van a permitir porque a shizun no le gusta peinarse. Binghe lo ha visto resoplar mientras pasaba los dedos por la melena azabache para desenredar un nudo después de un viaje en espada al Pico Bai Zhan. Esto tuvo lugar una única vez; shizun puede ser difícil de leer para el observador novato. Ha llegado la tarde, por lo que hay que liberar el cabello de shizun de las horquillas y trenzarlo en preparación para la cama. Hoy Binghe pregunta.

—Muy bien, Binghe —dijo shizun pestañeando lentamente.

Acto seguido, shizun se gira y entra en su habitación, indicando con la mano que su discípulo lo siga. Binghe nunca ha estado en el cuarto de shizun, qué emocionante. Ya siente la victoria correr por sus venas.

Lo primero que ve al entrar es la cama, la cual es grande y acomodaría sin problemas hasta a cuatro hombres adultos. Es una cama con dosel tradicional con cuatro postes de madera exquisitamente tallados. La madera es de un intenso color marrón y el dosel está hecho de gasa verde que le resulta muy familiar. La cama está equipada con un colchón, ropa de cama de seda y una manta fina del mismo material, además de una pila de almohadas tanto decorativas como otras más prácticas de diferentes tonos de verde.

Shizun, piensa Binghe, duerme como un pájaro en un nido de almohadas. Es otra pieza del misterio que es shizun, el hombre al que ama más y más con el paso del tiempo.

La habitación está algo desordenada, pero limpia: un par de pergaminos en el suelo, un par de almohadas tiradas por ahí. Aquí hay un escritorio atiborrado de papeleo y de investigaciones sobre animales demoníacos. Por aquí hay un biombo que separa la zona en la que se cambia de ropa. Es un espacio acogedor, piensa Binghe, mientras intenta reprimir las ganas de ordenar. No se deja llevar por el impulso.

Su corazón se salta dos latidos cuando nota la figurita de un gato sobre el escritorio. Se la regaló Binghe, avergonzado de la baratija que había tallado con sus propias manos, pero esperanzado. Lo reconforta hasta el alma saber que shizun la colocó con cariño en su escritorio y la mantuvo en su habitación. Shizun es tan amable, si sabes dónde mirar.

Se quita los zapatos mientras shizun le indica que se siente en la cama, en vez de en la silla como él esperaba. Observa a shizun acercar una mesita auxiliar sobre la que se ha dispuesto los artículos necesarios para el cuidado del cabello.

Binghe reconoce esos peines de cuando shizun le enseñó a arreglarse el pelo adecuadamente. Luego Shen Qingqiu coge una de las almohadas que hasta este momento habían estado tiradas en el suelo y se arrodilla sobre ella, indicando con un despreocupado gesto de mano la mesita con todos los peines y aceites.

Binghe traga saliva y se abre de piernas para acomodar los hombros de Shen Qingqiu. Siente a su shizun apoyarse ligeramente en él, sujetado por Binghe y el marco de la cama. Binghe extrae la horquilla zan que mantiene el peinado y más tinta negra se derrama por la espalda de su maestro.

Al ver a shizun ante sí, tan solo en sus túnicas interiores, y sostener su cabello de en las manos, se siente más como un esposo diligente que como un discípulo diligente.

Binghe expira y hace de tripas corazón. Desliza los dedos por el cabello de Shen Qingqiu, desde el cuero cabelludo, donde masajea en pequeños círculos calmantes, hasta las puntas, deteniéndose a ratos cuando encuentra resistencia. No es tanto para peinar el pelo con los dedos, o hacer cualquier otra cosa para ayudar a desenredar los nudos, como para palpar toda esa seda negra. Es más suave de lo que se había imaginado.

Sacude la cabeza para aclarársela, toma un peine con púas muy separadas para empezar y trabaja de arriba abajo. Periódicamente, se echa una generosa cantidad de aceite en las manos para recubrir los mechones con una tintura de aroma ligero que mantendrá las puntas hidratadas y sanas. Cambia a un peine con púas más juntas y repite el proceso.

Todavía no se lujuria en sus acciones: tiene otro objetivo en mente, uno nuevo que se le ha ocurrido cuando al empezar a peinar. Cuando el pelo de shizun está libre de nudos, y antes de empezar a trenzárselo con cuidado, vuelve a sumergir las manos en sus profundidades. Presiona con los pulgares detrás de las orejas mientras empieza a masajear. Manos diestras con callos de espada empiezan a frotar firmemente desde la base del cuello hasta la nuca.

Un suave gemido de satisfacción escapa por los labios de Shen Qingqiu antes de que logre controlarse.

Binghe, más confiado, presiona con más fuerza y se permite deslizar las manos debajo de las túnicas de Shen Qingqiu para llegar a sus hombros. Primero, traza los nudos en círculos suaves antes de añadir presión con los pulgares para relajarlos. A medida que un nudo especialmente terco en el hombro izquierdo se relaja, Shen Qingqiu deja caer la cabeza hacia atrás. Por un momento, lo único que evita que se caiga son las manos de Binghe sobre sus hombros. Shizun deja escapar otro gemido, más alto que el anterior. Después se endereza, pero el cuerpo bajo las manos de Binghe se vuelve aún más laxo.

Binghe no consigue saciarse con la suave y maleable carne bajo sus calientes palmas y con las zonas de piel que avista cuando el cuello de la ropa baja para revelar más nuca y espalda. Con cada apretón a esos hombros vislumbra un poco de esa piel también.

Binghe desconoce cuánto tiempo se pasa amasando los hombros de shizun, sintiendo al hombre derretirse bajo sus manos, pero le importa un comino. Solo vuelve a la tierra cuando nota a shizun cambiar de posición para disponer las piernas de forma más cómoda debajo de él.

Cuando Binghe por fin extrae las manos de la ropa, escucha a su shizun reprimir un bostezo antes de decir:

—Binghe está cansado por el entrenamiento y este shizun, aunque está agradecido, no quiere que Binghe malgaste su tiempo en acciones tan inútiles.

—Complacer a shizun nunca podría ser inútil —se apresura a refutar Binghe.

—Todavía no soy tan viejo como para necesitar que un discípulo me consienta de esta manera. Céntrate en tu entrenamiento, Binghe —responde Shen Qingqiu en tono moderado.

—Este Binghe todavía tiene tiempo en su horario para prestarle servicio, no es ninguna molestia. Shizun parecía cansado y Binghe quería... quería... ¿No... no es aceptable? —pregunta Binghe. Un temblor ligero causado por miedo lo recorre entero.

Shen Qingqiu gira la cabeza para mirarlo con ojos entornados y a través de pestañas densas.

—Es aceptable, pero innecesario.

Sus ojos se suavizan iluminados por la luz de las velas.

Binghe distingue una ligera preocupación en su voz, por lo que se enfrenta a su maestro con determinación:

—Permítame compartir parte de su carga, por favor. Este discípulo no tiene mayor deseo.

—Luo Binghe cocina para este shizun, limpia su casa, consigue entrenar bien entre todo eso, ¿y ahora esto? —La mirada de Shen Qingqiu se suaviza aún más por todas las emociones—. ¿Qué va a hacer este shizun sin ti cuando crezcas, eh? Deberías dejarme cargar con mis propias responsabilidades y centrarte en ti mismo, bobo.

—Por favor —dice Binghe en tono ahogado y con mirada desesperada—. Por favor, permítame.

Shen Qingqiu se gira del todo, aún sentado, y le acaricia la mejilla. No puede negárselo.

—De acuerdo —suspira él.

***

"Qué chico más dulce", piensa Shen Qingqiu. "Se preocupa tanto por su maestro."

Shen Qingqiu debería ser más claro. No quiere aprovecharse del buen corazón de su discípulo. Es más fácil de decir que de hacer, sin embargo, cuando Binghe lo mira de esa manera, con las manos apretadas en puños en su regazo y rogando que le deje ayudar. El corazón se le inunda de calidez.

***

Después de esa tarde, es como si se hubiera roto una presa. Si Binghe se le pegaba como una lapa antes, no había palabras para describir su comportamiento actual.

Fuera de casa, nada ha cambiado prácticamente. Binghe lo llama con la misma frecuencia que antes y sigue mimándolo con refrigerios a menudo. Su discípulo todavía guarda una distancia respetuosa con él cuando están en público, aparte de cuando Shen Qingqiu le da palmaditas en la cabeza.

Shen Qingqiu considera que la cosa va bien y que las nuevas muestras de cariño en la privacidad de su hogar están beneficiando a Binghe.

Durante el entrenamiento, Binghe ya no tropieza tanto y mejora a tal velocidad que Shen Qingqiu no para de sacar material de cultivación nuevo para emplear en su aprendizaje. Binghe parece estar impulsado por una llama inapagable.

"Ah, la juventud", piensa Shen Qingqiu mientras ignora olímpicamente el hecho de que ha muerto a los veintidós años.

Dentro de la cabaña de bambú, con su ambiente tranquilo, Binghe ya no mantiene la misma distancia: manos tiran de sus mangas, manos le ayudan a levantarse de la silla cuando está cansado, manos le masajean los hombros cuando pasa demasiado tiempo al escritorio, manos lo tocan por cualquier otra razón y, de esta manera, poco a poco, las manos de Binghe se convierten en parte de su día a día.

En algún momento, Binghe empieza a pedir abrazos y eso también es dulce. Shen Qingqiu adora la sonrisa resplandeciente que Binghe le dirige cuando, con cualquier excusa, él lo recibe con los brazos abiertos y encaja la cabeza de su discípulo en el hueco entre cuello y hombro. Cuando Binghe empieza a salir de cazas nocturnas, Shen Qingqiu empieza a abrazarlo con fuerza cada vez que vuelve a casa.

En los momentos cotidianos, Binghe se sienta más cerca de él, no al otro lado de la mesa como antes, sino justo a su lado. Su discípulo le añade al cuenco comida de diferentes platos y Shen Qingqiu corresponde el gesto. El chico todavía está creciendo, al fin y al cabo.

Una noche en la que Binghe estaba especialmente cansado y se estaba quedando frito encima de su cuenco de arroz, Shen Qingqiu le quitó los palillos de las manos y lo acostó con la cabeza en su regazo. Por un momento, Binghe se quedó congelado, pero luego se relajó, extendió las piernas y se acurrucó sobre los muslos de su maestro.

Shen Qingqiu simplemente continuó comiendo. Las sobras no se irían a ningún lado mientras el chico dormía, seguirían allí. Con la otra mano se pone a jugar con los rizos, quitándole el pelo de la frente.

***

Shen Qingqiu estaba mirando su jardín trasero con júbilo secreto. Ha llegado el momento.

Había tenido que encargar el maldito diván hecho a medida en un pueblo a varios kilómetros de distancia (que se especializaba en muebles resistentes para exteriores), pero por fin había llegado. El taller lo llevaba un cultivador, quien manufacturaba muebles que no se deformaban en condiciones meteorológicas inclementes. Adicionalmente, vendían almohadas que también estaban protegidas contra el mal tiempo y estaban encantadas para secarse al instante, repeler la suciedad y nunca necesitar un lavado.

Ahora mismo, el Pico Qing Jing disfrutaba de un tiempo agradable, en general, pero seguía siendo una secta de cultivación y, si daba la casualidad de que algún discípulo o un monstruo o un temporal horrible se colaba en su jardín trasero, a pesar de las fuertes barreras que tenía instaladas, entonces quería que su lujoso diván sobreviviera el encontronazo. ¡Tenía un plan y lo iba a hacer realidad!

Una vez comprado, guardó el mueble inmediatamente en su bolso qiankun, le pagó al artesano una suma considerable y volvió volando a su jardín en tiempo récord. Después, lo sacó y lo colocó en un lugar conveniente, ignorando esta vez el calor y trabajando a pesar de las altas temperaturas. El diván venía con una almohada... bueno, era un colchón, más que nada, resistente al clima ya mencionado. Claro está, era de color verde; Shen Qingqiu era fiel a su estilo.

Lo cubrió de almohadas. El resultado lo complacía. Ladeó la cabeza y decidió añadir otra almohada. Ahora lo complacía aún más.

Después de disponer las almohadas a su gusto, se quitó los zapatos y empezó a desvestirse. Escuchó a Binghe atragantarse con algo a sus espaldas, el agua tuvo que haberle bajado por el tubo que no era otra vez. Binghe no estaba en peligro real de atragantarse, ya se le pasaría. Lo sabía a ciencia cierta porque ocurría a menudo. La primera vez se preocupó, pero a estas alturas asumía que Binghe tenía mala suerte con el agua; era una cualidad bastante mona.

Dedicó la totalidad de su atención al enorme diván que tenía en frente y se regocijó en la idea de que no tenía nada que hacer hoy, por lo que iba a aprovechar el día al máximo. Se soltó el pelo, dejando que caiga en una cascada por su espalda. Luego, se extendió de costado en el diván. Extrajo de su bolso qiankun un cuenco pequeño y poco profundo, así como una jarra de vino de arroz, una jarra más pequeña destinada a servir vino y un plato. Vertió parte del contenido de la jarra grande en la pequeña y colocó la grande en el suelo.

Volvió a meter la mano en el bolso y sacó un racimo de uvas. Las congeló con el poder sinsentido de su cultivación y las dispuso en el plato. Shen Qingqiu ha estado juntando todo lo que necesitaba para esto durante mucho tiempo.

Estaba listo y nada podía pararlo.

Se recostó cómodamente; una mano le hacía de soporte para la cabeza mientras que con la otra se echaba vino en el plato pequeño y se lo llevaba a la boca. Una pequeña cantidad le corrió por las comisuras, pero no le importaba, simplemente posó el cuenco sobre el colchón blandito que nunca se ensuciaría, se limpió la mandíbula con el pulgar y chupó el líquido sobrante.

Todavía oía a Binghe ahogarse.

—Binghe, ¿cuál es el problema? —preguntó. Hay que ver con el chico.

Escucha pasos alejarse a carrera. Estaba seguro de que Binghe se las apañaría. Después de todo, era un discípulo brillante y Shen Qingqiu estaba bastante ocupado.

***

Binghe se escondió tras la puerta trasera que llevaba al jardín, con una mano apretada contra el pecho mientras se palmeaba el miembro con la otra.

Tenía la respiración agitada; sus jadeos se amortiguaban tras dientes apretados.

Cogió su pilar con una mano, sin poder abarcarlo del todo con los dedos, y lo remetió debajo de la cintura de sus pantalones. Luego se reajustó el cinturón para que mantuviera su virilidad pegada al vientre.

Podía con esto, ha hecho este tipo de cosas antes. Tanto su tamaño como el nivel de erotismo de shizun le facilitaban la tarea a la hora de esconder su erección perpetua.

Podía con esto. Podía mantener la calma. Podía con esto.

…No podía con esto.

Tal y como cuando Shen Qingqiu se había desvestido ante él por primera vez, un ramalazo de locura azotó la mente de Binghe. Tomó el enorme abanico decorativo que colgaba en la pared y salió de la casa como hombre encarado con un escuadrón de arqueros situados en terreno más elevado que el suyo.

Agarraba el mango del abanico con manos blancas por la presión mientras se dirigía a su shizun. Empezó a abanicarlo lo más suave que podía, no vaya a ser que pierda el control y convierta la brisa en una ventisca.

Shizun lo miró sorprendido y luego suspiró al tiempo que se sujetaba el puente de la nariz, pero Binghe sabía que esta batalla también la iba a ganar. Cada vez que se tomaba libertades y rompía las normas de decoro, lo único que hacía shizun era preocuparse de que Binghe se estaba sobrecargando. Y lo único que Binghe tenía que hacer para que excusara su comportamiento era rogar con ojos lloroso que quería hacer algo agradable para su maestro. Y shizun, su dulce e inocente shizun, le permitía continuar.

Si Binghe quería abanicar a su futuro esposo, quien estaba extendido al sol vestido en una túnica fina, completamente expuesto, y bebiendo vino como la cortesana más cara del mundo, entonces eso era lo que iba a hacer.

El hecho de que a un cultivador no lo pillarían ni muerto con las pintas que llevaba su shizun era un detalle insignificante. Binghe era una rata indigente antes de conocer a shizun. Binghe era un don nadie antes de conocer a su shizun. Hasta cuando alcanzara renombre se alegraría de servir a su esposo de cualquier forma, especialmente teniendo en cuenta que su esposo no tenía ninguna queja sobre la manera en que se comportaban en presencia del otro cuando estaban en privado. Aunque... a Binghe también le encantaría ser el servidor de shizun en público. Francamente, le encantaría ser lo que fuera para shizun.

También comprobaría dos veces el estado de las barreras para asegurarse de que nadie viera esta... inigualable belleza que se encontraba ante sus ojos. La idea de que algún desgraciado de poca monta captara un vistazo ya lo sacaba de sus casillas.

Shizun se giró bocabajo, pataleando mientras instaba a Binghe a que se acercara con un gesto de mano. Como hechizado, Binghe dejó el abanico y se acercó. El movimiento de la mano de Shen Qingqiu seguía insistiendo, esta vez a que se inclinara, y eso mismo hizo Binghe. Acto seguido, shizun escogió una uva congelada de su plato y se la metió a Binghe en la boca.

Los ojos de Binghe se abrieron como platos.

Shen Qingqiu se rio y era como el tintineo de campanillas, como el sol que se asomaba entre las nubes en un día oscuro, era suave y dulce y cándido.

—Binghe me mima demasiado —dijo él.

Binghe no podía respirar.

Aquí, a la luz del sol, con el pelo extendido a su alrededor y con los pies pataleando de un lado a otro lentamente como los de un niño, estaba todo lo que Binghe desea.

"Oh", pensó Binghe, "debe de tener sangre de súcubo en la familia".

Chapter Text

Binghe mira a ratos por encima de su manual de cultivo más reciente, sacado de un suministro aparentemente inagotable a su entera disposición, y medita sobre su tema favorito. Le gusta pasar una cantidad de tiempo nada despreciable observando a su shizun, quien, en el presente, está revisando por última vez los requerimientos para el pico Qing Jing antes de salir de viaje.

Shizun en sus momentos de relajación, a diferencia del shizun que está en modo trabajo, era indolente. Le gustaba vaguear, pero que no se lo tome por vago: completaba todos y cada uno de sus deberes. Sin embargo, cuando estaba a solas, le gustaba hundirse en las almohadas y picar los refrigerios que Binghe le preparaba con frecuencia. O, en ocasiones, consumía fruta congelada y vino. Binghe notó que, cuando shizun estaba en casa, no se dedicaba a idear maneras de ganar más influencia ni nada por el estilo; en cambio, prefería cuidar del jardín y tomar té.

Últimamente, Binghe había adquirido otra pieza de información en relación con su shizun: a Shen Qingqiu no le gustaba la violencia.

Le ha llevado mucho tiempo darse cuenta de que shizun no recibía placer de sus conquistas: una única mueca al despachar a un cultivador demoníaco que había matado a diecisiete mujeres jóvenes, un encontronazo con un puñado de bandidos, más estúpidos y no nacen, en el que el entrecejo fruncido de shizun permaneció presente y no desapareció en ningún momento.

En una ocasión, un cultivador intentó hacerse con la vida de Binghe y con la recién descubierta panacea: la Vid Bermellón, muy difícil de encontrar. Shizun se vio obligado a abatir al hombre. La mirada de shizun contenía aflicción mientras limpiaba la sangre de las mejillas de Binghe. El cultivador acertó un par de veces en el tiempo desde que empezó a acosar a Binghe y hasta que llegó shizun, quien abandonó su contemplación de las flores para ir en busca de su discípulo.

Una vez descubrió ese detalle, cuando escuchó que shizun salía de viaje con Liu-shishu para recolectar Hierba de Conejo Ígnea, lo encontró aún más preocupante que de normal. Tardarían dos semanas. Liu Qingge, a diferencia de shizun, disfrutaba de las conquistas. Era un hombre bruto y violento que no paraba de mirar a shizun con intensidad, de una forma que Binghe encontraba enormemente desagradable.

¿Y si no paraba de arrastrar a shizun a esos enfrentamientos que tanto odiaba su maestro? ¿Y si hacía algo aún peor?

Al pensar en su dulce shizun, cuyo objetivo en la vida se reducía simplemente a estar a gusto, quien no se percataba del peligro que suponían los hombres como Liu Qingge, se sintió ligeramente enfermo. Decían que shishu era una persona honorable, pero Binghe ha visto sus manos entretenerse un segundo demás sobre las muñecas de shizun cuando depuraba el veneno, ha visto cómo lo miraba. Las flores, pensó Binghe, atraían mariposas, aunque normalmente la fachada fría de shizun evitaba que las mariposas se dieran cuenta de que había una flor entre ellas.

Se volvió hacia shizun, hizo una reverencia marcial y suplicó:

—Shizun, permita que este discípulo lo acompañe.

Shizun arqueó una ceja.

—¿Y quién se supone que va a mantener firmes a los discípulos, Binghe? Solo Ming Fan no será suficiente. Dos de tus hermanos marciales se están acercando a la Fase de Formación del Núcleo. Si yo no puedo estar presente para ayudarlos, me consolará saber que tú lo harás en mi lugar.

Binghe rechina los dientes, pues sabe que shizun tiene razón. No puede descuidar sus obligaciones. Después de que shizun reorganizara el plan de estudios, los discípulos de Qing Jing acumulaban poder con mayor velocidad que cualquier otro pico, en concreto, un 20 % más rápido. Binghe lo ha calculado.

Debido a ese desarrollo más acelerado, era primordial tener a mano en todo momento al menos a dos cultivadores con experiencia, para que puedan lidiar con cualquier problema que surgiera como resultado de la superación de una etapa de cultivación.

Binghe acumuló fuerza tan rápido que hace tiempo que había ganado la responsabilidad de ser uno de esos cultivadores con experiencia. Lo habían llamado para asistir en la tarea de desviar los rayos hacia otras áreas, contener el culetazo de chi para evitar que afecte a los discípulos menos poderosos y, en una ocasión memorable, ayudar a shizun a absorber los rayos de tribulación y soltarlos en la tierra para que se dispersen.

Tenía un deber que cumplir.

—¿Shizun tendrá cuidado al menos? —rogó Binghe.

No puede suplicarle al hombre que respete unas normas de decoro que desconoce, pero shizun siempre se ha portado de la forma más decorosa fuera, por lo que Binghe tiene esperanzas de que siga igual. Es incapaz de imaginarse a shizun quitándose capas durante una misión.

Las comisuras de los ojos de shizun se arrugan ligeramente. Acaricia la mejilla de Binghe con cariño.

—Por supuesto.

Las preocupaciones de Binghe no se han disipado. Su shizun es tan inteligente en algunos aspectos, mientras que en otros es completamente obtuso.

Esa misma mañana, antes del alba, ha metido en el bolso qiankun de shizun una variedad de píldoras que había sacado del almacén, mudas de ropa adicionales y la comida que le había preparado y que permanecería caliente. Se había pasado la noche entera cocinando una selección de tentempiés, no vaya a ser que su shizun pase hambre, y sabe que shizun es muy parcial hacia su comida.

Cuando los brazos de shizun lo envuelven por última vez, compara su altura contra el pecho del otro... Pronto será más alto que su maestro. Inspira una vez más el aroma limpio y ligero que lo rodea y se despide.

***

Shen Qingqiu partió con Liu Qingge en poco rato. Los dos apenas se hablan, más que nada porque Liu Qingge era un hombre de pocas palabras.

Su objetivo era una cordillera al oeste. Sabía que tardarían alrededor de dos días en llegar si volaban sin descansos, pero tendrían que quedarse allí muchos días. La Hierba de Conejo Ígnea tenía un período de floración inusual y errático, por lo que se quedarían más o menos una semana de acampada para recolectar la cantidad que requería Mu Qingfan.

Shen Qingqiu recordaba que esa planta brotaba de la tierra como a las tres de la madrugada y se quedaba uno o dos momentos solo para desaparecer en el subsuelo como un conejo en su madriguera. Si intentaran sacarla de la tierra cavando, ya no serviría para nada, se convertiría en polvo en sus manos: tenían que pillarla durante el breve momento en que brotaba.

La velocidad y la cantidad requeridas eran las únicas razones por las cuales la secta los había mandado a ellos. Normalmente, se mandaba a un grupo formado por los discípulos más jóvenes para completar la tarea y muchos de ellos fracasaban o tenían éxito por pura chiripa. Pero hubo un incendio en An Ding, por lo que han gastado una cantidad ridícula del ungüento para quemaduras que tenían guardado; un ungüento que requería Hierba de Conejo Ígnea como ingrediente principal.

Aquí estaban, pues, pensó Shen Qingqiu, dos Señores de Pico de camino a escarbar entre la maleza para reponer sus reservas de ungüento lo antes posible. Hizo una mueca en su fuero interno al pensar en sus discípulos, quienes siempre se las arreglaban para prenderse fuego. No se atrevería a decir que no había ninguna urgencia para conseguir más Hierba de Conejo Ígnea.

Si solo mandaran discípulos, les llevaría aproximadamente dos meses terminar la tarea. Al imaginarse cuántas veces conseguiría Ning Yingying prenderse fuego a sí misma o a algún compañero por accidente en ese período de tiempo esa mueca derivó en un ceño fruncido.

Tal vez no había necesidad de enviar a ambos, pero siempre estaba la posibilidad de que Shen Qingqiu se cayera de la espada debido a la interrupción periódica de su chi. Y la última vez que enviaron a Liu Qingge a recolectar esta hierba medicinal trajo lo que solo se podía describir como... pasta.

Así que mandaron a los dos: a Liu Qingge para asegurarse de que Shen Qingqiu no muriera y a Shen Qingqiu para asegurarse de que la hierba que tanto necesitaban llegara a la secta... de una pieza.

A Shen Qingqiu, en general, le hacía ilusión salir de acampada. Sería maravilloso, pensó, si tal solo Liu-shidi conseguía soltarse.

Les dieron dos semanas y con razón. Y, aunque podían alcanzar el valle en dos días, también podían pararse a descansar, pero esa era un concepto que Liu-shidi parecía no haber escuchado en su vida, porque seguía surcando los cielos como... bueno, una espada voladora.

Su cabello, recogido en una coleta, ondeaba al viento. Shen Qingqiu escondió un bostezo detrás de su abanico mientras lo seguía sobre Xiu Ya. Nunca lo había alegrado tanto saber que podía pegarse a la espada con chi como ahora, dado que Liu Qingge parecía estar intentando romper la barrera de la luz.

"Qué hombre tan apuesto", pensó Shen Qingqiu mientras observaba a Liu Qingge por el rabillo del ojo, "pero qué cara de mala uva. Vaya desperdicio de belleza".

No bien llegaron al valle, Shen Qingqiu sacó una casita de jade y la lanzó a las ramas de un árbol grande. La construcción aumentó de tamaño y se asentó entre varias ramas, bien segura debido a lo grueso que era el tronco. Voilà, una casa en un árbol instantánea.

A veces, el dueño original tenía lo mejor.

Liu Qingge lo miraba fijamente.

Él lo miró a su vez.

Liu Qingge lanzó una mirada a la casa en el árbol y volvió a mirarlo a él.

—¿Vas a dormir en eso?

—Sí, ¿y dónde vas a dormir tú esta noche, shidi? —contestó Shen Qingqiu, a pesar de que sabía perfectamente dónde iba a dormir este cachas descerebrado.

Liu Qingge indicó con la mano el suelo a sus pies. Estaba cubierto de hierba mullida, pero igualmente. Shen Qingqiu quería dormir en su casa en el árbol. Era una casa en un árbol. ¡Quién sabe si volverá a tener la oportunidad de dormir en una de esas!

—¿Quieres compartir, shidi? Hay espacio de sobra —ofreció Shen Qingqiu por educación, pues sabía que Liu Qingge no aceptaría su oferta. Claro que acomodaría a su shidi si decía que sí, pero había mayor probabilidad de que los cerdos aprendieran a volar.

—No. Puedes quedarte con tu artefacto pijo —lo rechazó Liu Qingge.

Ninguna sorpresa, pero qué grosero.

—De acuerdo, shidi, disfruta de tu suelo. Estoy seguro de que estarás más cómodo sobre él —respondió Shen Qingqiu. Esperó a ver si Liu Qingge contestaba, abanicándose perezosamente mientras tanto.

Liu Qingge gruñó algo y se sentó de piernas cruzadas al lado de un tronco.

"Ah", pensó Shen Qingqiu, "ahora estamos descansando. ¿Lo mataría usar palabras de vez en cuando?"

Shen Qingqiu hizo caso omiso del cavernícola que le habían endilgado y entró en su casa en el árbol para examinar el interior. Estaba seguro de que Shen Jiu la ha escogido con cabeza. No puede haber sido algo con lo que se topó un día y decidió adquirir. Al fin y al cabo, ¡mira cuántas almohadas! Las almohadas eran un placer que compartía con el dueño original, de eso no dudaba. Tenía una cantidad ingente guardada y algunas de ellas eran estacionales.

La casa estaba hecha por completo de jade. Dentro, había pequeñas plantas en macetas que también eran de jade. En lugar de una cama con dosel, la habitación principal contenía una cama luohan, como el diván que se compró para el jardín, solo que, en vez de estar hecha de madera negra, esta también estaba hecha de jade. Todo era tan maravillosamente monocromático. Shen Qingqiu la adoró al momento.

Iba a ignorar a Liu Qingge y a disfrutar de su viaje de acampada.

***

Dos días después de que empezaran a recolectar la hierba, el calor normal al que Shen Qingqiu se había (más o menos, pero apenas) acostumbrado se convirtió en una chicharrera que solamente podía provenir de las entrañas del infierno.

Hacía más calor que en el culo del diablo.

El bochorno era tal que el aire ondulaba ante sus ojos, como en una película de mierda ambientada en el desierto en la que un panoli arrastraba los pies en busca de un oasis. No hacía tanto calor ni en la China moderna. Por un momento, se preguntó si la hierba se moriría por las altas temperaturas, pero después se acordó de que era Hierba de Conejo Ígnea, nótese el "Ígnea", y dejó de preocuparse.

Era asqueroso mirar a Liu Qingge, quien estaba parado como si lo hubieran tallado del mismo jade que la casita en el árbol. Shen Qingqiu quería saber cómo es que parecía tan inmutable por el calor quemaculos. No, no sonaba bien... ¿quemademonios? ¿Calor pedorrancio? No le venían los adjetivos en el momento, ¿vale? Shen Qingqiu era un hombre del montón, no un bloque de jade con forma de hombre. Odioso. Qué ser más odioso que era su Liu-shidi.

Cada día, Shen Qingqiu luchaba por mantener sus capas puestas, pero perseveró, pues se negaba a dejar que el cabrón de Liu Qingge lo superara. Vaguear en casa con Binghe lo había consentido, pero tampoco es que pudiera quitarse una o dos capas en público. Era inapropiado. Ni siquiera tenía una excusa.

***

—Voy a recorrer el valle para ver si hay señales de la hierba en otra parte —anunció Liu Qingge. Ya han recolectado dos cestas grandes de Hierba de Conejo Ígnea, pero no venía mal si recolectaban demás si tenían la oportunidad.

—De acuerdo, shidi.

—Volveré por la noche —lo informó Liu Qingge con una inclinación de cabeza.

Shen Qingqiu lo despidió con un gesto de mano y, cuando estaba seguro de que su shidi ya no lo podía ver, tomó el bajo de sus túnicas, lo levantó y corrió hacia el glorioso lago que había encontrado el otro día. Era tan limpio y cristalino que podía ver el fondo. También estaba lleno de nenúfares, con hojas del tamaño de tres hombres adultos y enormes flores blancas tan altas como Shen Qingqiu. Sus suaves pétalos se habían abierto en el calor veraniego y perfumaban el aire con su almizcle. Las vistas eran arrebatadoras.

Y, debido a que Shen Qingqiu había leído obsesivamente El camino de un orgulloso demonio inmortal, no tanto porque le gustaba la obra como porque la odiaba, sabía que los lagos que albergaban Bosques de Nenúfares Gigantes (sí, así se llamaban) siempre estaban limpios y no tenían monstruos. Esas hojas eran también mucho más resistentes de lo que parecían, ¿cómo sino iba Binghe a papapá a Liu Mingyan encima de una de ellas en el capítulo seiscientos cuarenta y dos: "Amor entre nenúfares"?

Por desgracia, Shen Qingqiu no se acomodó sobre una hoja. En cambio, se quitó los zapatos y los calcetines y se refrescó los pies en el agua. No pasaba nada si lo hacía mientras Liu Qingge no estaba, piensó él. Simplemente se estaba enfriando un poco los pies, no tenía nada de malo.

El calor le golpeaba la cabeza, la furia del sol de mediodía era un rayo láser que lo atravesaba hasta el alma. "Liu Qingge ha prometido que volvería esta noche", susurró su mente en tono tentador. Vio a una rana saltando de una roca inmediatamente después de aterrizar sobre ella, como si se hubiera quemado, y se le ocurrió que hasta podría cocinar un huevo sobre esos malditos pedruscos. También podría vestirse antes de que Liu Qingge volviera.

"A tomar por culo", pensó Shen Yuan. Era un hombre débil, muy débil. Ya se inventará una excusa si hace falta. Simplemente se estaba refrescando y el agua estaba perfecta. ¿A lo mejor invitará a su shidi a unirse a él?

Se quitó las capas como si estuviera a resguardo en su jardín trasero. Dudó de si quedarse en una túnica blanca o en dos, pero se decidió por dos por si las moscas.

Vino, vino, vino, ¿dónde había metido el vino? Hurgó en su bolso qiankun y encontró una caja de madera laqueada. Tomó la caja y la abrió. Se sorprendió al ver mochis alineados sobre papel de arroz: dieciséis conejos blancos idénticos lo miraban desde el contenedor. Cada uno medía tan solo unos cuatro centímetros. Sabía que los rellenos serían diferentes, algunos de semillas de nenúfar, otros de pasta de alubias rojas o de sésamo, porque sabía exactamente quién los preparó.

Binghe lo mimaba tanto. Se le arrugaron los ojos y una suave sonrisa le iluminó la cara.

Tuvo que haber pasado la noche en vela haciendo mochis que pegaban perfectamente con la temática. Conejos para la recolecta de Hierba de Conejo Ígnea. Tenía el mejor discípulo del mundo.

Encontró los platos y el vino y escogió la hoja d nenúfar más perfecta. Se soltó el pelo y se puso cómodo.

Estaría bien tener a Binghe aquí para hacerle compañía, pensó mientras mordía un conejo. Sonrió ante el dulzor, habiéndose permitido relajar la expresión un poco. Después de todo, no había nadie para verlo.

***

Esto es lo que vio Liu Qingge por partes al volver al campamento mucho más rápido de lo esperado:

Vislumbró desde el aire una figura esbelta sobre una hoja de nenúfar y decidió que sería mejor aproximarse con cautela, particularmente si se iba a enfrentar con una doncella miedosa. Lo ideal sería evitar tal encuentro, pensó con una mueca de desagrado. Normalmente, las situaciones en las que se tropezaba sin querer con una mujer que se estaba mojando los pies en un lago llevaban a alaridos ensordecedores de que ahora tenía que responsabilizarse por haber mancillado su honor.

Ni que fuera algo más que un mero accidente desafortunado. Ni que no supiera lo que estaban tramando. Cuando todavía vivía con su familia en la finca familiar, muchas doncellas de sangre azul "caían" al estanque más cercano cuando venían de visita. Pretendían ahogarse con la esperanza de que, si él las pescaba o veía algo inapropiado, podían forzarlo a casarse con ellas.

Nunca funcionaba, pero aun así era mejor evitarlas en la medida de lo posible. No había necesidad de lidiar con una doncella que sollozaba por la ruina de su virtud inexistente. O peor, con una inocente que evitaba mirarlo a los ojos y que probablemente seguía sollozando mientras Liu Qingge se retiraba rápido de la situación.

Mientras volaba bajo a través del bosque para evitar ser detectado, descubrió que la figura le sonaba. Parecía casi... No, no podía ser él, era imposible que fuera...

Liu Qingge se bajó de la espada y caminó a hurtadillas hacia los juncos a orillas del río, moviéndose como un felino y manteniéndose agachado en todo momento. Se agazapó para mirar entre la maleza, con el aire atrapado en la garganta y la cara en llamas. El sonrojo comenzaba en la frente y bajaba hasta el pecho mismo.

Liu Qingge vio lo siguiente mientras, por accidente, se escondía entre los arbustos como un pervertido: Shen Qingqiu, desprovisto de la armadura de su ropa y vestido solamente con dos túnicas interiores blancas mientras se relajaba sobre una hoja de nenúfar como la pintura de un hada inmortal.

Shen Qingqiu se encontraba acostado de espaldas con aire lánguido, con las manos a los costados, una pierna doblada y el pie descansando sobre la hoja. La otra pierna estaba estirada, apenas sobresaliendo por el borde de su cama improvisada. La posición de sus piernas entreabría las túnicas. La pierna doblada parecía un pico nacido del valle de su cuerpo. Liu Qingge veía la piel cremosa que revestía uno de los muslos de Shen Qingqiu, suave, lisa y blanca como un huevo duro. Las palmas de Liu Qingge empezaron a picar.

Liu Qingge no oía a Shen Qingqiu desde donde estaba escondido, pero sí que vio el bostezo. Una mano de dedos largos se alzó hacia la boca suave y húmeda de Shen Qingqiu para tapar la abertura mientras sus piernas y el otro brazo permanecían estirados. Los dedos de los pies rozaron la superficie del agua. Una mano se había extendido como si quisiera alcanzar a Liu Qingge y Shen Qingqiu se recolocó, girando para acostarse de costado después de su estiramiento gatuno. Quedó con una mano escondida bajo la cabeza, mientras que la otra se entretenía jugando con un mechón de pelo.

Parte de su larga cabellera negra se encontraba extendida en la hoja, mientras que las puntas flotaban en el agua. Una pierna se reveló por el corte otra vez y recibió de lleno la luz del sol.

Liu Qingge no sabía qué hacer con toda esa piel blanca; le trajo a la mente nieve y melocotones blancos y pergamino blanqueado. Observó los movimientos como si el tiempo se hubiera ralentizado. Examinó con mirada avariciosa los dedos de esa pierna errante, en toda su gloria desnuda, que rozaban la superficie del agua. Sus pies eran más pequeños de lo que esperaba, pensó Liu Qingge mientras miraba cómo se formaban anillos en el agua por los movimientos que Shen Qingqiu no parecía ser consciente de hacer.

Cuando la pierna se retiró, la mano que hasta este momento se hallaba enredada en el pelo se dispuso ahora a jugar con la superficie del agua. Sus dedos punteaban el agua límpida como si estuvieran tocando un guquin.

Observó esos dedos sumergirse en el agua y recoger una cantidad en el cuenco de la mano sin derramarla, solo para dejarla volver poco a poco al lago. Liu Qingge se preguntó cómo se sentiría beber agua de esas manos. Cómo se sentiría sujetar esas sedosas extremidades en sus manos callosas y encontrar alivio en ellas.

Los ojos de Liu Qingge se movieron arriba, hacia los brazos de Shen Qingqiu, visibles a través de la tela fina, y volvieron abajo hacia la fragilidad de su cintura. Nunca había notado estas cosas antes; las túnicas grandes acolchaban la figura de Shen Qingqiu, por lo que acababa pareciendo más grande de lo que era en realidad.

Shen Qingqiu parecía de verdad un hada acuática. Liu Qingge no era un hombre que usara palabras rebuscadas, pero ahora mismo deseaba haber estudiado más poesía con tal de encontrar la forma de describir las vistas.

Liu Qingge se percató de la caja con mochis, colocada sobre la hoja, solo cuando Shen Qingqiu tendió una mano hacia ella. Vio a su tranquilo, elegante y decoroso shixiong meterse un conejito diminuto en la boca. Sus mejillas abultaban ligeramente y levantó una mano para cubrir la pequeña sonrisa que asomó a su rostro. Liu Qingge hasta vio las comisuras de sus ojos arrugarse, vio los perfectos dedos de sus pies enroscarse de placer. Era la imagen más adorable que había visto jamás.

No sabía que a su shixiong le gustaban los dulces. Por un momento, consideró comprar una pastelería. Podría ser una buena inversión y no es como si le faltara liquidez.

Sacudió la cabeza y se obligó a volver en sí. ¿Qué estaba haciendo aquí, escondido entre la maleza como un maleante? No era algún tipo de baboso que miraba a hurtadillas cómo se bañan las bellezas. Algo en esa idea no encajaba con la escena, teniendo en cuenta que Shen Qingqiu no era una doncella hermosa y él no estaba fisgoneando en una escena de baño. Estaba fisgoneando... ¿Qué estaba fisgoneando? ¿Qué se supone que estaba haciendo Shen Qingqiu?

Claramente, era Shen Qingqiu quien se estaba portando de forma inapropiada aquí, decidió él, y debía confrontarlo ahora mismo para solventar el problema. En cambio, se escondía entre los juncos como un cobarde.

Inspiró profundo para centrarse, cuadró los hombros y se levantó de los juncos con la furia justiciera de un hombre que estaba intentando desvanecer una erección a base de pura fuerza de voluntad. Saltó con facilidad sobre una hoja de nenúfar, luego a otra, dirigiéndose hacia su shixiong descarriado, quien descansaba en medio del lago.

***

La única señal de que Shen Qingqiu estaba sorprendido de ver a su shidi eran las cejas arqueadas.

—¿Qué estás haciendo? —exigió Liu Qingge. El sonrojo se negaba a irse de sus mejillas.

Bueno, a tomar por culo, pensó Shen Qingqiu por segunda vez en un día. Ya lo han pillado, así que bien podría seguir con lo suyo. No era como si tuviera nada que perder.

—Relajarme —responde él.

Su tono era seco como para arrebatarle el agua de los pulmones a un hombre. Volvió a bajar una pierna para tocar el agua. En un arrebato de mezquindad, se irguió y sumergió ambas piernas desnudas en el lago fresco. Sus túnicas se partieron por completo a la altura de los muslos, pues ya las había aflojado para permitir más libertad de movimiento.

El rostro de Liu Qingge adquirió un tono de rojo más oscuro. El sonrojo se extendió por su cara de nuevo y su respiración se volvió laboriosa. Se asemejaba ligeramente a un tomate demasiado maduro.

Shen Qingqiu suspiró.

—Deberías unirte a mí, shidi. Hoy hace demasiado calor.

De verdad, estos cultivadores eran incapaces de admitir que tenían calor. Claramente, Liu Qingge había estado poniendo a mal tiempo buena cara, igual que Shen Qingqiu. Liu Qingge debía de estar celoso de que él ya estaba descansando, mientras que él se había pasado las horas más calurosas del día volando de un lado a otro.

—¡Indecente! —Liu Qingge volvió en sí, las manos cerrándose en puños a sus costados.

Su shidi se encontraba congelado sobre la hoja de nenúfar, como si estuviera en una formación militar, tieso como una tabla. Tenía una pinta ridícula: estaba sobre una hoja de nenúfar enorme, rodeado de flores enormes y se asemejaba a la rana más enfadada del mundo. Venga ya, relájate un poco, pensó Shen Qingqiu, déjate llevar por el ambiente tranquilo, suéltate.

Shen Qingqiu levantó la mirada hacia Liu Qingge mientras exponía toda la extensión de su cuello.

—¿Y qué tipo de indecencia piensas que estoy cometiendo? ¿Eh, shidi? ¿Quién me va a ver aquí, en medio de la nada?

Liu Qingge frunció el ceño, los ojos saltando de un lugar a otro con tal de evitar los muslos desnudos de Shen Qingqiu. Trazó con la vista labios suaves y carnosos, tintados de rojo por el relleno del mochi que se había comido, las mejillas arreboladas y su cuerpo apenas cubierto. La luz del sol iluminaba con suficiente intensidad para que pudiera distinguir su silueta, la forma de los dos... en su pecho. Volvió a mirar esos muslos cremosos que estaban justo frente a él, las piernas visibles casi por completo en el agua cristalina que no escondía nada.

Creyó encontrar dos lunares negros en la parte interior de un muslo.

—¡In... indecente! —volvió a tartamudear él.

Pues nada. Shen Qingqiu bufó y entrecerró los ojos.

—De acuerdo, shidi. Yo continuaré con mi indecencia y tú vuelve al campamento y...

En ese momento, el cielo se abrió y la lluvia empezó a caer como salvación sobre ellos. Los empapó a ambos por completo en cuestión de segundos. Shen Qingqiu alzó la cara hacia el cielo, con las palmas giradas hacia arriba para atrapar las gotas. Se deleitaba en la sensación de agua llovediza bañando su piel.

Liu Qingge observó, con pánico mal escondido y ojos desmesurados, cómo la tela fina que hasta el momento apenas había salvaguardado la modestia de Shen Qingqiu se volvía completamente transparente. Sus pupilas se dilataban por la lujuria a medida que recorría otra vez el mapa que era el cuerpo de Shen Qingqiu.

Creyó estar sufriendo una perversión de chi.

Sus ojos no pudieron evitar recorrer la extensión del cuello de Shen Qingqiu, su clavícula, los tonificados músculos de su pecho. Su mirada se detuvo en los bultitos rojo cereza en su pecho; la tela era impotente para taparlos. Quiere mordisquearlos. Sus ojos siguieron su exploración por voluntad propia, trazando esa cintura sensual ahora que se podía discernir, hasta que llegaron a...

Todo era transparente.

Será una perversión de chi, al fin y al cabo. La sangre empezó a correrle en todas direcciones.

Liu Qingge, el Dios de la Guerra del Pico Bai Zhan, al ver la impresión del... del... del... de Shen Qingqiu, a través de...

Liu Qingge perdió el conocimiento.

—¡Shidi! —escuchó exclamar a Shen Qingqiu.

Sintió un par de manos atraparlo para evitarle una humillante caída de cara al lago.

***

Despertó al sentir que un chi sosegado y familiar le estaba enderezando los meridianos. La energía lo llenaba y aliviaba sus achaques.

Comprobó el estado de su cuerpo y descubrió que solo había sido una perversión de chi menor, lo cual era bueno porque no necesitará tiempo para recuperarse. No había ocasionado ningún daño serio. La última vez también transcurrió de esta manera, con las cuidadosas manos de Shen Qingqiu en su espalda, ayudándole a recuperarse. Sintió algo mojado bajo la mejilla cuando la sensación del tacto volvió a él y se preguntó dónde estaba.

Sus ojos se abrieron solos.

Miró al frente y vio el lago. Luchó por sentarse, pero un par de manos lo volvieron a bajar sobre un regazo blando. Alzó la vista y un par de ojos, del tono verde más impactante que había visto en la vida, un verde que ya lo perseguía en sueños, le devolvió la mirada.

—¿Estás bien, shidi? —preguntó Shen Qingqiu. Siguió acariciando a Liu Qingge, esta vez sus hombros en vez de la espalda.

Shidi está demasiado ocupado mirando la túnica que se te ha caído por completo del hombro, pensó Liu Qingge histérico. Shidi está mirando el pezón que ve justo en frente de su cara, claro como el día. Shixiong, perdónalo si no puede pensar en nada más.

Era una salpicadura roja sobre un lienzo blanco, lo que hacía que los dedos de Liu Qingge hormiguearan y la boca se le aguara.

Soltó un gimoteo suave que nunca admitiría producir y se acurrucó de cara al vientre de Shen Qingqiu para intentar esconder los ojos. Se enterró en la carne ligeramente musculada, pero aun así mullida, y rodeó su cintura con los brazos. Por un momento, se quedó a gusto escondido en la oscuridad de los muslos de Shen Qingqiu. Por desgracia, cuando sintió una forma suave pero definida presionar contra su mejilla como consecuencia de su desesperación por esconderse, Liu Qingge saltó como un resorte y se puso de pie, como si hubiera estado abrazado a un brasero.

—Asumiré la responsabilidad —gritó con la mirada alzada al cielo.

—¿Qué responsabilidad exactamente, shidi? —inquirió Shen Qingqiu en tono seco.

Liu Qingge continuó diciéndole a Shen Qingqiu, de cara al cielo, que convenientemente dejó de lloverles encima mientras Liu Qingge estaba sufriendo su perversión de chi:

—Este cultivador se llama Liu Qingge, tiene ciento cincuenta y siete años. Es el hijo primogénito de la familia Liu y es haberado tanto en riquezas monetarias como en gallardía. Es el respetado Señor del Pico Bai Zhan. ¡La riqueza personal de este cultivador está formada por una tesorería grande, seis propiedades significativas, dos minas y más de dos docenas de establecimientos, que incluyen restaurantes, sastrerías y tiendas especializadas dirigidas por cultivadores artesanos que se dedican a servir a la familia Liu! El honor de este cultivador no tiene igual.

No sabía qué decir, así que escupió el rollo que su madre le había soltado a la casamentera en uno de sus desesperados intentos de casarlo. Liu Qingge había escuchado este discurso tantas veces que lo podía repetir palabra por palabra, y eso mismo hizo.

—Sí, shidi, me parece muy bien —respondió Shen Qingqiu mientras lo miraba con preocupación—. ¿Te encuentras bien?

Shen Qingqiu intentó tocarle la frente para comprobar si había fiebre.

Liu Qingge dejó de taladrar con la mirada el cielo y miró a Shen Qingqiu directamente a los ojos, como un hombre poseído.

—Soy un hombre de honor —repitió él, como si fuera información nueva para Shen Qingqiu.

—Claro que lo eres. —Shen Qingqiu le sigue el rollo, pensando que Liu-shidi estaría algo confuso.

—Así que debo asumir la responsabilidad —continuó él.

Shen Qingqiu abrió de golpe el abanico en frente de su cara.

—No hay ninguna responsabilidad por asumir. Lo hecho, hecho está y no queda nada más que decir sobre el asunto —contestó con firmeza.

No tenía ni idea de lo que estaba hablando Liu Qingge o qué responsabilidad era la que quería asumir. Casi daba la impresión de que acababa de deshonrar no sé qué doncella de alta cuna por accidente, en vez de... ¿qué? A Shen Qingqiu ni siquiera se le ocurría una alternativa. ¿En vez que importunarlo con una perversión de chi? ¿Qué responsabilidad se tenía que asumir aquí?

Los labios de Liu Qingge se dispusieron una línea rígida y determinada.

—Lo entiendo. Me esforzaré en cambiar tu opinión sobre este tema.

Shen Qingqiu arqueó las cejas. ¿Entender qué, exactamente, shidi? Este shixiong no podía acompañarte en tu delirio.

—Liu-shidi puede intentarlo —respondió él al tiempo que abanicaba soplos de brisa hacia las mejillas encendidas de Liu Qingge.

Chapter Text

Luo Binghe supo que algo había pasado en cuanto shizun volvió de su viaje con Liu Qingge. Liu-shishu ya no miraba a su maestro a los ojos. En cambio, taladraba el espacio sobre la cabeza de Shen Qingqiu como si contuviera las respuestas a la ascensión. Binghe no sabía el porqué ni el cómo, pero, cuando Liu-shishu empezó a dejar cabezas de monstruos difíciles de matar en su umbral, se volvió muy evidente que algo tuvo que haber cambiado.

Al ritmo que va, uno podría confundirlo por un demonio —comentó el Anciano Demonio de los Sueños.

Binghe lo ignoró. Era su política usual para lidiar con el espectador de tercera que se alojaba en su mente.

Las ofrendas de Liu Qingge, si es que se las podía llamar así, y la expresión imbécil con la que venía a devolverle los abanicos a shizun eran pruebas contundentes de un intento de cortejo. Luo Binghe estaba medianamente furioso. No hacia shizun, por supuesto. Shizun no ha hecho nada malo, de eso podía estar seguro.

Por un momento, pensó en cómo podría interrogar a su maestro con tacto, pero sabía que era un ejercicio en futilidad hasta antes de comenzar. Shizun le diría que no había pasado nada. Shizun no tenía ni idea de que lo estaban cortejando. A Shen Qingqiu no se le puede confiar su propia seguridad. Preocupaba el pobre corazón de Binghe a todas horas. Tampoco podía arrinconar a shishu y estrujar las respuestas de él. Shishu era un Señor de Pico, y él no era lo suficientemente fuerte... todavía.

Para hacerse sentir mejor, se había propuesto al menos disfrutar enormemente de la cara de confusión y ligero asco que se le ponía a shizun cuando examinaba las cabezas en su umbral.

Shishu, al fin y al cabo, no tenía ni idea de lo que tenía entre manos. Su maestro no notaría el cortejo a menos que se lo anunciaran claramente, y aun así a Binghe le quedaban dudas.

Su propia declaración de intenciones (trabajo en progreso) era mucho más directa: incluía mucha repetición y especificaciones inapropiadas y ni una sola metáfora o alegoría. Hasta tenía preparados gestos obscenos. Albergaba esperanzas de que su shizun comprendiera el mensaje, pero estaba plenamente preparado para lidiar con un nivel de ceguera que solo se equiparaba a la belleza de Shen Qingqiu. A veces se imaginaba pidiéndole matrimonio a shizun solo para que este asumiera que Binghe estaba practicando el discurso para Ning Yingying y se pusiera a darle consejos de cómo mejorarlo.

Binghe estaba preparado para cualquier cosa.

Liu Qingge no.

Esto también hacía que Binghe se sintiera mejor. Shizun tardaría años, décadas, tal vez hasta siglos, en pillar lo que estaba pasando y, para ese entonces, Binghe ya sería un adulto y estaría preparado.

***

—Binghe —llamó la voz que dominaba los sueños de Luo Binghe.

—Sí, shizun.

Salió de su habitación y permaneció a la espera de órdenes. Se esforzaba por estar a disposición de Shen Qingqiu siempre que fuera posible.

Shen Qingqiu lo miró con afecto y le dio una palmadita en la cabeza. Últimamente, su maestro tenía que levantar el brazo para hacerlo, cosa que complacía a Binghe.

—Saldremos de viaje pronto —anunció Shen Qingqiu.

Los ojos de Binghe se abrieron desmesuradamente.

—¿Solo nosotros dos? —Se le escapó la pregunta de lo emocionado que estaba.

Shizun le dio un golpecito en la coronilla con su abanico. A Binghe le gustaba cuando lo hacía. Nunca dolía, sino que a menudo lo centraba y le devolvía los pies a la tierra. Otras veces, lo distraía.

—Solo nosotros dos, Binghe —contesta Shen Qingqiu—. En la ciudad de Yi han encontrado los cuerpos de dos mujeres de alta cuna. Los funcionarios sospechan que tienen un demonio o un cultivador demoníaco entre manos. Claro está, quieren resolver el problema con premura. Este shizun pensó que sería una buena oportunidad para dejarte investigar. Este shizun te acompañará para asistir en caso de necesidad.

Binghe había ido más que nada a cazas nocturnas, nunca a hacer investigaciones completas. La última vez que estuvo presente en una fue durante el incidente con la cambiapieles. No era inusual que mandaran a los discípulos fuertes a lidiar con muertes misteriosas, lo que sí era inusual era que shizun fuera con ellos. Binghe se sentía mimado al pensar que shizun estaba aprovechando este incidente para entrenarlo personalmente.

—Este discípulo se siente honrado —respondió Binghe contento e hizo una reverencia.

Le dieron otra palmadita en la cabeza. Todo estaba en su sitio en el mundo de Binghe.

***

En cuanto llegaron, reservaron una habitación en la mejor posada de la ciudad de Yi. Tenía una habitación para sirvientes adyacente. Binghe insistió en que quería quedarse cerca de su maestro por si las moscas. También les permitiría discutir la investigación en privado, argumentó él. Binghe ocupó la habitación para sirvientes, por supuesto, y le dejó la habitación grande a Shen Qingqiu.

Le ayudó a su maestro a cambiar las sábanas y a elegir las almohadas que quería usar para dormir. Esta noche, las almohadas llevaban sencillas fundas grises con pequeñas flores de ciruelo bordadas en los bordes. Una para la cabeza, una para abrazar durante la noche y las otras dos para... Binghe no sabía para qué eran, pero a shizun parecían gustarle, así que a él también le gustaban.

—¿Cuál será el primer paso de Binghe? —preguntó shizun después de que se acomodaran en la habitación y se sentaran para cenar.

Binghe cogió prestada la cocina a la fuerza para preparar la cena. Con tal de que dejaran de protestar, les dijo a los cocineros que su maestro tenía restricciones alimenticias severas. En verdad, a Binghe no le gustaba que shizun comiera algo preparado por otra gente. Además, su maestro parecía preferir su comida, por lo que era mejor para todos los involucrados que Binghe se ocupara de las cosas problemáticas con las que nadie más tenía que interferir. Cosas como las tres comidas del día de shizun, sus aperitivos y su té.

—Este discípulo interrogará a las familias de las víctimas por la mañana —respondió Binghe al tiempo que servía un té color lavanda a shizun.

Era un té medicinal preparado por Mu Qingfan que promovía el flujo de chi en el cuerpo. Binghe se lo preparaba religiosamente en cada comida. El sabor se podría mejorar, pero no se atrevía a añadirle miel, ni mucho menos otros tés, no vaya a ser que su efectividad se reduzca. El té, a pesar de tener un bonito color, era amargo. Ya podía ver los labios de Shen Qingqiu crisparse ligeramente de desagrado. En ocasiones, shizun era sorprendentemente infantil: le gustaba abrazar cosas blanditas por las noches y odiaba lo amargo.

—Este maestro te acompañará —replicó Shen Qingqiu.

Sin decir nada, Binghe sacó una caja laqueada llena de tanghulus caseros. Aunque, en vez de bayas de espino, confitó ciruelas espirituales que tenían un aspecto similar, pero eran más dulces y estaban llenas de energía espiritual.

Binghe observó a shizun beberse el té con una rapidez que difícilmente se podría considerar elegante. Era una fisura diminuta en su gracia usual. Las comisuras de los ojos de Binghe se arrugaron cuando shizun cogió con cuidado un palito de tanghulu para cubrir el mal sabor de boca que le había dejado el té medicinal. Podía haber cuarteado las frutas y después haber confitado las piezas una a una para que se pudieran comer con palillos, pero la imagen de su shizun chupando las ciruelas ensartadas era demasiado tentadora para renunciar a ella.

Un par de carnosos pétalos rosas se abren un ápice al tocarlos la ciruela superior del palito de confituras. La humedad de la boca de Shen Qingqiu ya estaba disolviendo el azúcar, formando un glaseado pegajoso que cubría sus labios. Por un rato, la ciruela se quedó allí, como un visitante que esperaba a que lo dejaran entrar. Al fin y al cabo, a shizun le gustaba empezar lento.

Shizun se metió la primera la ciruela en la boca y chupó sin hacer ruido, los ojos bajados en actitud coqueta mientras se centraba en su postre. Sus labios se amoldaban alrededor de cada esfera al tiempo que tomaban lentamente la segunda ciruela y luego la tercera.

Binghe clavó las uñas en la carne de sus palmas.

Las mejillas de Shen Qingqiu se ahuecaron un poco cuando dio un chupetón de lo más suave al endurecido azúcar que llenaba a rebosar su boca. Soltó un "hmm" ante el dulzor. Cuando por fin empezó a sacar el palo, lo hizo fruta a fruta, deslizando cada perfecta esfera fuera de la boca igual de lento que cuando las metía, hasta acabar chupeteando solo la punta. Una lengua mojada se asomaba periódicamente a medida que lamía y mordisqueaba la primera ciruela.

Binghe apretó la mandíbula tan fuerte que sintió los dientes chirriar mientras miraba a shizun dar un último lametón pequeño al tanghulu y dejarlo después en un plato, sin acabarlo antes para no estropearse el apetito antes de la cena.

Al notar gran cantidad de presemen que le manchaba el vientre, Binghe se dio una palmadita en la espalda por haber tomado medidas de precaución. Había remetido su pilar en el cinturón esta mañana, lo que le permitía darse el gusto de contemplar a shizun sin tener que excusarse a otra habitación. Sí, está sudado y se ha tenido que clavar las uñas en la palma para mantener el control, pero seguía aquí. Binghe estaba orgulloso.

La primera vez que vio a su shizun comer tanghulu, no pudo evitar soltar un sonido reminiscente al de una ballena moribunda, y al final la cosa se interrumpió porque shizun decidió comprobar si estaba herido. Fue horrible, Binghe no sabía qué era lo que más lo disgustó, el hecho de que shizun paró o su propia vergüenza.

Ahora se le daba mejor guardar paciencia.

Cuando se saciaran, Binghe preparará un té diferente, uno más refrescante para que shizun pudiera seguir jugando con sus dulces. Será una tortura, pero Binghe no quería que parara jamás.

***

Por la mañana, Shen Qingqiu lo acompañó a interrogar a las familias de las fallecidas. Tal como prometió, Luo Binghe era el líder de la investigación, mientras que shizun lo seguía en silencio.

Para cuando acabaron, Binghe decidió que las interrogaciones eran una lata. Odiaba ver los ojos de los supuestos nobles fijarse en shizun. Ni tampoco le gustaba que criadas solícitas o las hermanas restantes se prestaran a servirle el té como excusa para acercársele. Su maestro evadía con facilidad sus zarpas bajo la excusa de abanicarse, pero eso no enfriaba ni un pelo la ira de Binghe.

¿No estaban en duelo? ¿No habían matado a sus hermanas? Suponía que en familias como estas, las hijas de la esposa oficial y las hijas de las concubinas no siempre eran... cercanas. Por desgracia, en este momento era incapaz de encontrar dentro de sí simpatía hacia ellas, teniendo en cuenta que estaban intentando robar a shizun. Luo Binghe ignoró el hecho de que ellas intentaban hacer lo mismo con su persona e interrumpió a una criada para servir él mismo el té decepcionante a su shizun.

Lo que añadía a la frustración era que ambas familias contaban historias diferentes. En una, una chica se ahogó bajo circunstancias misteriosas: la doncella se metió en un estanque, supuestamente afectada por un encantamiento. En la otra, en cambio, la chica desapareció en medio de la noche: tenía el cuarto lleno de agua, las sábanas empapadas, el joyero vacío y mojado. No les permitieron examinar sus cuartos ni el único cadáver que quedaba.

¿Cómo iba a resolver estos asesinatos si no cooperaban? No tenía ni idea de lo que estaba buscando aparte de agua. Existían monstruos de sobra relacionados con el agua.

***

Llegada la noche y habiendo corrido de un lado para otro hablando con todas las personas que se le ocurrían, Binghe seguía con las manos vacías. Así que aquí estaban, mirando a los vendedores guardar las mercancías para irse a casa. Binghe pateó la tierra con el pie.

Shen Qingqiu, quien lo observaba por encima de su abanico abierto, lo cerró de golpe.

—Sígueme, Binghe —ordenó.

Binghe lo siguió a través de las calles serpenteantes, esquivando a los mercaderes que recogían sus bienes. Un edificio en particular estaba iluminado con linternas, todavía abierto en vistas a toda una noche de negocio. Los ojos de Binghe se llenaron de temor y la espalda se le cubrió de sudor frío. No por nada había evitado pensar en los viajes mensuales de su shizun. Los rumores tenían que ser falsos y shizun en realidad saldría a comprar abanicos u otra chuchería. Pero si de verdad eran falsos... ¿por qué iban... ahí?

Las linternas rojas iluminaban de forma ominosa la noche.

Shen Qingqiu no encajaba en lugares como estos, pensó Binghe, no encajaba en ellos en absoluto.

Ve a su shizun entrar en un burdel y siente su alma intentar abandonar su cuerpo.

Los siguientes momentos pasaron en un borrón teñido de pánico: Shen Qingqiu ofreciendo dinero, una habitación, dos mujeres con labios rojos y ojos pintados, incienso tan fuerte que prácticamente lo ahogaba, la pobre ofrenda de vino diluido y música lamentable… Binghe quería irse, quería coger a shizun y correr, pero se quedó congelado de rodillas ante una mesa baja sobre la que descansaba un té mediocre.

—Este maestro ha descuidado sus lecciones —empezó Shen Qingqiu. Todas las alarmas se encendieron en la cabeza de Binghe—. Hoy Binghe aprenderá algo nuevo.

¿Cómo?

¿Qué?

¿¡Qué!?

¿Acaso... acaso...?

¿Acaso shizun lo ha traído aquí para que él pueda... para que él... él...? No quería eso ni regalado. ¡Se estaba guardando para el matrimonio! Binghe está guardando su cuerpo para su shizun y aquí está su maestro, empeñado en romper su determinación. Estaba en conflicto consigo mismo. Quería llorar, pero le daba que romper a llorar a moco tendido en medio de un prostíbulo era una mala idea.

Luo Binghe experimentó la peculiar sensación de que su alma ya no estaba solamente intentando abandonar su cuerpo, sino que estaba intentando salvar su propio pellejo y, si hiciera falta, estaba dispuesta a desgarrarle la garganta con las zarpas para huir.

Un pensamiento inesperado le vino a la mente: podía hacer como que se desmayaba. Eso sería más razonable que echarse a llorar. ¡Podría fingir una perversión de chi! Esas venían en tantos colores y sabores que nadie podría sabría a ciencia cierta si estaba sufriendo una o no. Podría, tal vez, vomitar ahora mismo.

Ahora Binghe estaba enfermo.

Mientras se preparaba para potar en cualquier dirección menos hacia su shizun, se detuvo por lo siguiente:

—Hace dos semanas, encontraron muertas a dos jóvenes de alta cuna. ¿Qué sabéis?

Las mujeres se arreglaron las mangas y trajinaron con sus instrumentos musicales al tiempo que mantenían la mirada bajada en una pálida imitación de coquetería. Binghe había visto mejores ejemplos. Su mirada se movió otra vez hacia el rostro de su shizun y su corazón desbocado se calmó por fin. Había sido incapaz de mirarlo desde que entraron en este... establecimiento.

—Estaría dispuesto a ofrecer una recompensa generosa por cualquier información que tengáis —continuó Shen Qingqiu al tiempo que depositaba varias monedas sobre la mesa baja.

Una de las mujeres se quedó mirando el dinero con cierta avaricia. La otra se mordió el labio como para mantener la boca cerrada.

Una revelación iluminó los ojos de Shen Qingqiu.

—¿Cuántas han muerto? —inquirió él.

Los ojos de Binghe se desorbitaron cuando entendió a lo que aludía su maestro.

La que se mordió el labio miró a Shen Qingqiu a los ojos. Era irrespetuoso por su parte. Shen Qingqiu la miró a su vez, sin ira ni lujuria. Sus ojos eran lagos de jade serenos y plácidos. Binghe quería pegarse una hostia. ¿Cómo podía haber pensado que su maestro se rebajaría a frecuentar un burdel? Su maestro era limpio como la nieve recién caída e intocable como las nubes.

—¿Le importa? —preguntó ella con la barbilla alzada, desafiante.

—Sí —contestó Shen Qingqiu, la mirada impávida.

Tal vez fuera porque se ofreció a pagar o porque ella de verdad creyera que a Shen Qingqiu le importaba, pero la mujer acabó contestando:

—Sie... siete —La voz se le cascó en medio de la palabra. Los ojos se le llenaron de lágrimas—. Siete chicas en el último año y nadie vino. La madama intentó conseguir ayuda de los funcionarios, pero a ellos se la sudaba. Luego intentó pagar a alguien para que ayudara, a un cultivador joven de Huan Hua que estaba pasando por la ciudad. Pero él pegó un talismán en la pared, cogió el dinero y se fue. Las chicas siguieron muriendo.

Se quedaron durante dos horas.

Al final de esas dos horas, sabían todo lo que necesitaban y más. Una de las nobles se había fugado con su amante, quien era un cultivador errante y un cliente asiduo del establecimiento. Inundaron su habitación para que pareciera un ataque demoníaco. Tales relaciones a menudo acababan en lágrimas y sería raro que esta fuera la excepción.

La otra noble murió de la misma manera que las siete mujeres del burdel. Vagaban como si hubieran perdido su alma, como bajo la influencia de algún tipo de hechizo. No hablaban ni comían y no descansaban hasta que se ahogaban. La mujer se llamaba Shan Yu. Su amiga se llamaba Chang Ying. Shan Yu la ató cuando notó que le pasaba algo y le metió agua a la fuerza. Shan Yu contó que su amiga se ahogó con su propio vómito y tenía muchas historias similares más. La otra mujer, Tung Mei, se aferraba las rodillas y miraba al suelo con la misma tristeza que expresaba Shan Yu.

Chang Ying, Ruolan, Xiulan, Ya, Yanyan, Shuchun y Shuang. Siete mujeres muertas.

Binghe observó a su shizun, un inmortal orgulloso, ofrecer su propio pañuelo a una ramera. Lo observó servir té a dos mujeres que estaban fuera de sí por las pérdidas que han sufrido y quienes, al encontrar un oído compasivo, le contaron a su shizun todo lo que sabían.

Para cuando acabaron, las mujeres hasta intentaron rechazar el dinero. Shizun lo depositó en sus manos con firmeza, con algunas monedas adicionales.

—Este cultivador sabe que la vida no es fácil. No lo rechacéis. No es caridad, es el pago por la información ofrecida.

Las dos mujeres los despidieron agradecidas después de que shizun les asegurara de que se harían cargo del problema.

Al irse, Binghe detectó algunas miradas burlonas y algo sorprendidas de parte de los mercaderes restantes.

***

—¿Es esto lo que hace en la ciudad Yan, shizun? —preguntó Binghe tras llegar a la posada y prepararse para la cena. La ciudad de Yan era la más grande al pie de la montaña Cang Qiong. Binghe creció en ella.

Shizun lo miró con reprobación.

—¿Qué te piensas que hacía yo aquí, bobo? —respondió al fin. Le dio a Binghe un golpecito más fuerte de lo normal con el abanico. Dolía un poco, pero se sentía bien igual.

Binghe se frotó la coronilla y continuó el hilo de la conversación:

—Este discípulo simplemente quería preguntar si shizun ha obtenido alguna información valiosa del... establecimiento más cercano.

Shen Qingqiu arqueó una ceja.

—Es un burdel, Binghe, llama las cosas por su nombre. Y sí, la información que consigo en él no tiene precio. ¿Te acuerdas de cuando Huan Hua mandó un mensajero con una advertencia?

Binghe casi pegó un respingo cuando la palabra fea cayó de la boca de shizun. Las palabrotas no pegaban con esas facciones tan elegantes. Shizun debería dejárselas todas a Binghe.

Aunque se acordaba del incidente: el Palacio de Huan Hua mandó a un mensajero alegando que un discípulo de Cang Qiong le había robado un tesoro a uno de sus discípulos. Fue shizun quien le dijo al Líder de Secta Yue que el discípulo de Huan Hua había empeñado el tesoro para comprarle un regalo a una muchacha y que, cuando le pidieron que le entregara el tesoro a uno de los superiores de su secta, anunció que se lo habían robado.

—Pero... ¿no podría mandar a otra persona en su lugar? —preguntó Binghe—. ¿Es necesario mancillar su dignidad con lugares como esos?

El arco de las cejas de shizun se volvió aún más pronunciado. Posó su amargo té medicinal en la mesita baja de la habitación que alquilaron.

—Ah, ¿Binghe cree que un burdel mancilla mi dignidad? —Su tono de voz era comedido.

Binghe trazó con los ojos las muescas en la mesita barata. Tenía la sensación de que había metido la pata de una u otra forma.

Pese a lo tranquila y baja que era la voz de Shen Qingqiu, cortó el aire como un cuchillo:

—¿Acaso Binghe ha olvidado cómo era pasar frío y hambre? ¿Unirse a una secta te ha mimado? ¿Puede ser que te hayas olvidado de dónde vienes? Binghe no es el hijo de una consorte noble al que hayan mandado a cultivar, debería tener más cabeza. Así que dime ahora, cuando tu madre estaba en vida y tú vivías con ella, dime que eras ciego a las circunstancias que te rodeaban y luego explica a este maestro de qué tiene que avergonzarse aquel que lucha por sobrevivir.

Shizun nunca le había hablado de esta manera. Su maestro lo había insultado y lo había mirado como si fuera basura, pero no sabe qué hacer ante esta mirada fría y calculadora. Siente como si lo hubieran despojado de sus defensas.

Pensó en su madre por primera vez en mucho tiempo. Pensó en su vida juntos, con toda su felicidad y desolación. Congee derramado en el suelo. Él pidiendo limosna en las calles. Miradas crueles. Los ojos atentos de los traficantes de esclavos, como buitres a la espera.

Pensó en las prostitutas del burdel, con sus sonrisas cansadas. Siete mujeres muertas. Y nadie les había ayudado porque asumían que esas mujeres no merecían ayuda. Pensó en cómo nadie había ayudado a su yo tan inútil del pasado, a excepción del hombre más bondadoso que Binghe jamás ha conocido.

Pensó en sus compañeros de cultivo, los chicos provenientes de familias nobles o de comerciantes, que un momento hablan de novias virtuosas y al siguiente pagan por los servicios de prostitutas. Chicos que faltan al respeto a aquellos que se encuentran en posiciones sociales inferiores a las suyas y ni siquiera se dan cuenta.

Binghe era listo.

No se había dado cuenta de que se estaba convirtiendo en uno de ellos.

Sentía la garganta comprimida y la nariz taponada. Había decepcionado a su maestro... Y había decepcionado a su madre.

—Este discípulo... No, Binghe… Binghe se ha equivocado. Binghe reflexionará sobre sus errores para corregirlos. Sin embargo, este discípulo todavía no está de acuerdo con que sea shizun quien vaya.

Al ver a su discípulo arrepentido, la mirada de shizun se suavizó. Shen Qingqiu le acarició la cabeza.

—¿Por qué lo dices? —preguntó su maestro en tono suave.

—Este discípulo... Corren rumores que presentan a shizun en la peor luz.

Shen Qingqiu sabía perfectamente de qué trataban esos rumores.

—Déjales que hablen entonces —contestó él—. Este shizun no puede molestarse con todo lo que dice la gente.

En ese momento, coronado con un halo de la luz de las velas, sus ojos eran firmes e impertérritos. Todo en aras de proteger a aquellos que están tan por debajo de él que bien podrían ser hormigas bajo sus suelas. Es la bondad de Shen Qingqiu, no su belleza, lo que le roba el aliento.

***

Esa noche, Luo Binghe sueña con su infancia: congee derramado en el suelo, una mujer muerta sobre una fina esterilla tejida, un hogar formado por una cabaña pequeña y las risas de sus superiores. En sus sueños, recorre las calles, hambriento y helado, sin nadie para cuidarlo. Ni siquiera alguien para enterrarlo si se moría.

Se despierta llorando.

Al mismo tiempo, en la otra habitación, Shen Qingqiu se despierta de noche al escuchar un suave gimoteo. Enciende rápido unas cuantas velas y se dirige al cuarto de su discípulo. Tal vez haya sido demasiado brusco con Binghe. Los gimoteos que escucha le duelen en el alma.

Encuentra a Binghe ya sentado, frotándose los ojos con ambas manos. Se sobresalta al ver a Shen Qingqiu en su habitación y se pone de pie al momento de verlo.

—Shizun, este discípulo...

Shen Qingqiu lo acalla y le seca los ojos con las esquinas de sus mangas.

—Binghe dormirá con este maestro esta noche —le dice a su discípulo. Luego guía a Binghe a su cama y los arropa a ambos.

Normalmente, Binghe estaría excitado por dormir en la cama de su shizun, pero esta noche solo se siente a gusto. Es la primera vez que hacen esto. La seguridad que transmite la extensión del pecho de shizun y su olor familiar lo hacen sentir en casa. Binghe siente como si ya hubieran hecho esto antes, como si estuviera predestinado a acabar exactamente así. Una mano esbelta le peina el cabello y una voz suave tararea una melodía sin nombre.

A Binghe le vuelven a brotar las lágrimas y se acurruca contra shizun, en el hueco entre hombro y cuello. La mano en su cabello lo acerca aún más contra shizun, mientras que la otra abraza su espalda, manteniéndolo a salvo.

Shizun lo trata tan bien, piensa mientras vuelve a dormirse poco a poco. Es más de lo que Binghe merece.

***

En su momento, Shen Qingqiu se sorprendió mucho cuando llegó un mensaje a su cabaña de bambú de parte de la madama del burdel local. En la misiva, la mujer preguntaba por su salud.

Al principio, Shen Qingqiu maldijo al dueño original con todo su ser por dejarlo en una posición tan mierdosa. Él no era un baboso. Si hasta era virgen todavía, maldita sea. ¿Qué iba a hacer en un burdel? Sin embargo, al leer la carta en su totalidad y descubrir las alusiones a recaudación de información, se quedó patidifuso.

Sumó dos y dos bastante rápido. El dueño original era el estratega principal, y si ha aprendido algo con las series policíacas malas era que el mejor lugar para encontrar información era un burdel. Las prostitutas lo sabían todo porque, según la tele, los hombres eran incapaces de mantener la boca cerrada en la cama. Ellas también solían ser las primeras víctimas antes de que mataran a mujeres "importantes" que dieran pie a una investigación. Estas cosas también resultaban ser aplicables a las novelas sobre sementales.

Los encuentros con las señoritas del burdel pasaron muy rápido de ser momentos estresantes a algo que esperaba con ganas. Las chicas siempre le pellizcaban las mejillas, lo colmaban de dulces y se quejaban de lo flaco que estaba. Comparaban sus muñecas con las de él y chasqueaban la lengua antes de decir que era piel y huesos.

Para gran escándalo, ponían a parir a Yue Qingyuan por ser un Líder de Secta de mierda, como si el hombre fuera personalmente responsable por la salud y el bienestar de Shen Qingqiu. Ellas también eran una buena fuente de información sobre las mejores cremas y lo avisaban si veían un abanico en el mercado que creían que sería de su gusto.

Ni una sola, ninguna de ellas había intentado jamás acostarse con él. Era como salir a cenar con las señoras del vecindario.

Por un momento, se cabreó en nombre del dueño original, quien al parecer... ¿no era para nada un baboso? Simplemente se dedicaba a recopilar información mientras un puñado de mamones se hurgaba el ombligo en sus picos y lo miraban por encima del hombro.

Tal vez Shen Yuan... hubiera hecho lo mismo. Nunca pensó que acabaría empatizando con el dueño original, pero aquí estaba. Le importaban un pimiento las miradas de reojo que le echaba Liu Qingge. Parecía que su shidi ignoraba a los discípulos del pico Bai Zhan que frecuentaban los burdeles, mientras que a Shen Qingqiu lo miraba con gran reprobación. Su shidi podía, en su humilde opinión, irse a tomar por culo. Puede que hasta le curara la mala hostia. Si todos sus hermanos y hermanas marciales tenían la idea de que salía de putas, que así fuera. No era asunto suyo qué pensaban.

Además, Luo Binghe conocía la verdad. Ya no podía usar la acusación de que era un picaflor de burdel en su ataque contra la reputación de Shen Qingqiu en algún juicio que tal vez ni ocurriera. Intentaba no rumiar con demasiada frecuencia sobre su papel original en El camino de un orgulloso demonio inmortal.

Lo de traerse a Binghe a un burdel en la ciudad de Yi fue un accidente, pero uno afortunado. Su discípulo necesitará saber en el futuro cómo encontrar información y también era importante que Binghe supiera que las mujeres, hasta en esta era, poseían poder. Ni se acordaba de cuántas veces el Luo Binghe original, tras haber dicho algo estúpido en la cama, acababa traicionado por su interés amoroso, solo para conquistar dicho interés amoroso varios capítulos más tarde después de perder y regenerar un brazo o algo por el estilo.

Mira, no quería que su discípulo muriera en el estómago de una mujer, ¿vale? ¿Era mucho pedir?

Chapter Text

Shen Yuan observa las chispas bailar sobre sus párpados cerrados. Siempre se ha preguntado por qué podía ver con los ojos cerrados. Tampoco ve nada concreto, solo formas borrosas, variaciones de tono entre toda la negrura, cosas de ese tipo. Algo pasajero y efímero. Le duele la cabeza.

Se halla en la cabaña de bambú, con un paño frío y mojado echado sobre los ojos. Apoya las manos sobre el trozo de tela para aplicar presión suave.

—Sistema —pregunta él—, ¿qué pasa si no empujo a Luo Binghe al Abismo Infinito?

Sistema: Deducción automática de 10 000 puntos. Se deportará al huésped a su mundo de origen.

Shen Yuan aprieta suavemente el trozo de tela en una muestra de frustración. Ni que el Sistema pensara que él nunca ha escuchado esa línea.

—No, eso no. En plan, ¿existe alguna versión de los eventos en la que Luo Binghe no acaba en el Abismo?

No se fía ni un pelo de la insistencia del Sistema. Lo pone de los nervios.

Sistema: Arco del Abismo Infinito: Punto Argumental Significativo. Inevitable.

Shen Yuan frunce el ceño.

—¿Hay alguna versión en la que no soy yo quien lo empuja?

Sistema: Shen Jiu empuja a Luo Binghe al Abismo Infinito. Punto Argumental Significativo.

—¿Y qué pasará si me niego? —pregunta Shen Yuan—. Aparte de lo de los puntos, sí, ya me he enterado. Pero ¿cómo voy a empujarlo si estoy, digamos, muerto?

Añade la última parte a toda prisa antes de que el estúpido Sistema se repita por centésima puta vez.

Ya lo ha pillado: si no empuja a su discípulo al Abismo, morirá. Se lo han dejado bien claro. No necesita escucharlo una y otra vez en esa voz tan robótica y monótona que tiene su inútil asistente de transmigración.

Sistema: Shen Jiu empuja a Luo Binghe al Abismo Infinito. Punto Argumental Significativo.

Shen Yuan expira. Inspira, aguanta la respiración, cuenta hasta cuatro y expira de nuevo. Está harto y cansado de hablar con esta maldita voz en su cabeza que no hace más que darle la lata, como un espeluznante robot divino que solo existe para sacarlo de quicio.

No hay muchos puntos argumentales inevitables en la historia. De hecho, no queda ni uno solo. Ha completado las misiones que desbloqueaban la función OOC, pero esas ni siquiera eran grandes, sino simplemente obligatorias. Eran como minipuntos argumentales que lo entrenaban para el reto verdadero.

Ahora bien, los puntos argumentales grandes parecían venir con la condición de que iban a ocurrir, quieras o no. Ya esté vivo o muerto. Si las extrañas circunstancias que extrajeron su alma de su cuerpo pudieron trasplantarlo a otro mundo y obligarlo a jugar el papel de otro hombre, seguro que también podrían controlar su cuerpo durante varios instantes para asegurarse de que Luo Binghe cayera al Abismo.

En toda honestidad, podrían hacer cualquier cosa. ¿Quién puede asegurar que, en el momento en que el Abismo se abriera, no sacarían a Shen Yuan de su cuerpo y no colocarían a Shen Jiu otra vez?

Shen Yuan hace todo lo que puede para no pasar demasiado tiempo contemplando sus circunstancias. La sensación de temor que casi lo deja atragantándose con su propia saliva no era de las más placenteras. En esta ocasión, sus acciones serían irrelevantes, sus decisiones serían irrelevantes. Todo llevaría al mismo fin.

Luo Binghe acabaría en el Abismo de una u otra forma y Shen Yuan, bueno, Shen Jiu tenía que ser la persona que lo guiara allí. ¿Cómo tenía que prepararse para algo como eso? ¿Cómo tenía que preparar a Luo Binghe y qué excusas podría ofrecer? ¿Qué razones?

Hola, tu shizun necesita que saltes hacia lo que tú crees ser una muerte segura, pero ¿confía en mí, no morirás? ¿En realidad, eres el protagonista de una novela sobre sementales y saldrás de esta grieta en el suelo mejor y más fuerte que antes, con una espada de la hostia y una horda de mujeres? Hasta en su cabeza sonaba a gilipollez de proporciones épicas... Si no le creían, asumirían que estaba pasando por una crisis existencial o lo tacharían de loco perdido. ¿Y quién le iba a creer?

A pesar de que ya lleva una jaqueca encima, decide dirigir la palabra a esa pesadilla robótica por última vez por hoy:

—Sistema, ¿hay algún Luo Binghe, en cualquier mundo, que no cae al Abismo Infinito?

Porque, ¿sabes qué? Está bastante seguro de que se encuentra en un universo paralelo. Lo cual debe significar que todos los libros son reales y que su vida también es un libro... para alguien en alguna parte. No sería una locura asumir que hay numerosas versiones de cada universo, dado que es consciente de la existencia de tres versiones de esta misma: el libro, el arco original y aquella en la que está atrapado ahora.

Sistema: Arco del Abismo Infinito: Punto Argumental Significativo. Inevitable.

Vaya mierda.

Inevitable.

Cada Luo Binghe, en cada universo, tiene que pasar por el Abismo. A menos que el Sistema le haya mentido... Y Shen Yuan ni quiere tirar por ahí: va a asumir que le está diciendo la verdad. Esto va a ocurrir, haga lo que haga.

Joder.

Su mano se crispa como una garra sobre sus ojos tapados, apretando la tela hasta el punto de crear arrugas y arañarse la piel. ¿Qué iba a hacer?

***

Shen Qingqiu se encuentra echado de costado sobre su diván, en el jardín trasero, intentando relajarse sobre las almohadas mientras disfruta de la agradable brisa en su piel. Una mano está remetida bajo la almohada sobre la que descansa la cabeza, mientras que la otra está ocupada metiendo lichi tras lichi en su boca.

Luo Binghe está sentado con las piernas cruzadas frente al diván, con la espalda apoyada contra el mueble. Está pelando los lichis y dejando la fruta blanca y lista para comer en un cuenco poco profundo situado en la cama.

Shen Qingqiu acaricia la cabeza de Binghe al tiempo que se lame los dedos para limpiarlos de jugo. Le rasca suavemente la coronilla, alborotando los esponjosos bucles. Binghe ha adquirido la costumbre de dejarse el pelo suelto mientras está en la cabaña de bambú, cosa que incita las manos de Shen Qingqiu a tocar su melena con gran frecuencia. Binghe, animado ante el mimo, cabezonea hacia esa mano en busca de más. Normalmente, esta interacción suscita alegría en Shen Qingqiu, pero hoy no consigue desembarazarse de su tristeza.

Al estar Binghe de espaldas a él la mayor parte del tiempo, no notará si intenta algo nuevo.

Shen Qingqiu se arma de valor e intenta hablar. Su boca se abre pero nada sale de ella. Inspira y lo intenta de nuevo. Es como si una mano invisible lo tuviera sujeto por el cuello, estrangulándolo cada vez que intenta decir algo.

Las alarmas que resuenan en su cabeza ya no son metafóricas. Ve señales de peligro rojas parpadear en frente de sí y escucha el grito de las sirenas.

Parece que el Sistema de verdad quiere joderlo al máximo. No puede contárselo a Binghe y probablemente a nadie más tampoco. Si pudiera hablar del tema, tal vez pudiera inventarse alguna mierda sobre una profecía para advertir a su discípulo de que un día lo va a tirar al equivalente xianxia del infierno en la tierra.

Rechina los dientes, expira y se mete otro lichi en la boca de mala leche. Vale, vale, vale. Va a empujar a Luo Binghe al Abismo sin previo aviso. Ya ve que no dispone de ninguna otra opción... que no sea la de morir y su muerte ni siquiera salvaría a Binghe. Así que aquí está, contemplando la inevitabilidad de empujar en la brecha de la muerte a un chaval que él mismo ha criado. Mira en qué persona tan buena se ha convertido Shen Yuan de mayor, qué bondadoso.

Masticando la blanda pulpa blanca del lichi, que revienta bajo la presión agresiva de sus dientes, Shen Qingqiu rueda para acabar de espaldas. Se cubre los ojos con la mano, ignorando lo pegajosa que está.

A tomar por culo, no quería darle más vueltas al tema. El aire todavía era bochornoso y él estaba hecho mierda. Esto era una mierda. Todo era una mierda y pronto todo se iría a la mierda.

Iba a pasarse por un manantial de aguas termales durante sus últimos años de vida pacífica.

Shen Qingqiu bien podría hacer algo... y no es como si su mal humor fuera a ayudarle a mejorar la situación. Tienes que aceptar lo que no puedes cambiar y toda esa tontería motivacional de los libros de ayuda. Le gustaría ver a alguien arrastrarse fuera de la situación en que se encontraba a fuerza de pura motivación. Un puñado de dioses robóticos, que le robaron el alma, lo mantienen de rehén.

Tras meterse otro lichi en la boca empieza a compilar una lista mental de posibles opciones.

***

Luo Binghe no se explicaba por qué iban a la montaña Tan, pero no tenía nada de qué quejarse.

Según shizun, iban para relajarse. Le había dicho que era una recompensa por el buen comportamiento de Luo Binghe y por el trabajo que había hecho en la ciudad de Yi. Binghe, personalmente, considera que no se merece una recompensa por matar al demonio acuático, teniendo en cuenta que fue shizun quien resolvió el misterio por él. El alcance de la aportación de Binghe se reducía a ensartar al demonio en su espada. También era de la opinión que las lecciones que necesitaba aprender en la ciudad de Yi no requerían una salida de campo, pero si shizun solicitaba su compañía Binghe no le dirá que no.

No iba a cuestionar su buena suerte. Después de todo, lo había guiado hacia shizun.

Con la mirada puesta sobre su maestro, sentado en frente de él en el carruaje, sus largos dedos reposados sobre el abanico cerrado que descansaba en su regazo, Binghe consideró la montaña Tan.

Era conocida principalmente por sus manantiales curativos. En ella, construyeron un establecimiento grande, un lugar en el que los visitantes podían pagar por usar las aguas termales. Era una mezcla novedosa entre posada y baño inmenso. Las aguas, dependiendo de la habitación que reserves, podían mejorar tu cultivo o ayudar a curarte hasta cierto punto.

También podían mejorar enormemente la textura de tu piel o eliminar pequeñas imperfecciones, lo cual hacía de la montaña un destino popular para... bueno... esposas de la nobleza mimadas, pero también para aquellos que buscaban relajación. En ocasiones, los estudiosos y eruditos organizaban fiestas allí para contemplar la luna, aunque eso no ocurría muy a menudo dado lo atiborrado que solía estar el establecimiento.

La montaña Tan y sus manantiales eran de la propiedad de una familia ancestral especializada en cultivo, que usaba la posada como fuente de ingresos adicional. No era como si las aguas termales fueran un gran tesoro. Si fuera ese el caso, no estarían abiertas al público adinerado. Simplemente eran un lugar agradable y a veces resultaban útiles.

El mismo Mu Qingfan les había dado luz verde para el viaje, pues fue él quien sugirió que las aguas facilitarían la circulación del chi en el cuerpo de shizun. En menor medida, las aguas termales podían aliviar cualquier dolor muscular provocado por el Veneno Sin Cura.

Así que aquí estaba Binghe, de camino con su shizun a lo que era, en esencia, un balneario.

***

Shen Qingqiu pasó flotando al lado de las asistentas y rechazó los servicios que ofrecían; prefería estar a solas o en compañía de Binghe. Era irritante, en realidad, el tratamiento que esta gente primigenia pensaba que requería. Podía bañarse solito, muchas gracias. No quería que una manada de niñas de trece años le ayudara mientras intercambiaban risitas. En honor a la verdad, las niñas del balneario no se reían, sino que miraban al suelo en actitud respetuosa mientras el gerente seguía con su perorata de "honorable cultivador" eso y "honorable cultivador" aquello.

Si de verdad necesitara que alguien le frotara la espalda se lo pediría a Binghe.

Se empezaron a poner cómodos en la habitación. Su discípulo preparó rápido la estancia acorde con los gustos de Shen Qingqiu, habiendo aprendido ya que su maestro tenía ciertas preferencias, independientemente de dónde se alojaran. La habitación, como era muy común, estaba dividida en dos. Un espacio estaba dedicado a su maestro, mientras que el otro era un cuartucho para el servicio que ocuparía Binghe.

Francamente, uno de estos días tendría que convencer a Binghe para que se reservara una habitación en toda regla. Era su discípulo, no su criado. No conseguía imaginarse al Luo Binghe de las novelas sirviendo a nadie... Bueno, cada año bisiesto, el Luo Binghe original mimaba a una esposa para seducirla, pero eso nunca duraba, pues solía pasar rápido a la siguiente. Ese Binghe nunca le había pelado fruta ni había abanicado a ninguna de sus esposas.

En ocasiones, Shen Qingqiu se preguntaba cómo llegaron a este lugar en su relación maestro-discípulo y consideraba si había llegado el momento de ponerse firme, pero Binghe siempre empezaba a llorar cuando le pedía que parara. Ese chico lo tenía muy confundido.

Lo que sea, estaba aquí para aligerar su humor melancólico. Lanzó una mirada a la puerta que daba a una fuente termal privada y apartada. Luego se escondió tras un biombo decorado con pinturas de flores del infierno, que servía como vestuario, y se puso la túnica blanca que proporcionaba el balneario. La tela no era tan suave como la de su propia túnica interior, pero le bastaba. Ató el cinturón flojo, se soltó el pelo y suspiró con alivio al depositar la corona sobre la pila de ropa amontonada a sus pies. Cogió la caja con tentempiés que le tendía Binghe y una toalla de la pila que había sobre una mesa, posicionada cerca de la puerta que daba a las aguas termales.

—Este maestro va a ir a la fuente termal. ¿Te apetece acompañarme? —ofreció él.

Era una simple cuestión de buena educación. ¿No consideraban los japoneses los baños conjuntos una experiencia que creaba lazos más fuertes? No era para tanto. Llevarían túnicas y el agua le podría venir bien a Binghe.

Los ojos de Binghe se abrieron como platos y su mirada bajó al suelo a la velocidad de la luz. Empezó a mordisquearse el labio inferior. Parecía estar luchando contra algo. Después de una pausa larga, alzó la vista y su tono era decidido y definitivo cuando contestó:

—Este discípulo le da las gracias a shizun, pero tiene que rechazar la oferta. Este discípulo irá más tarde, tal vez por la mañana.

Shen Qingqiu arqueó una ceja y se encogió de hombros mentalmente. Qué se le iba a hacer, tal vez Binghe quisiera explorar el balneario o algo. ¿Tal vez lo ponía incómodo tener que compartir una fuente termal con su maestro? Shen Qingqiu no iba a hacer una montaña de un grano de arena, lo estaba esperando un baño enorme que nunca se enfriaba.

Sí, todavía hacía calor, ¿y qué? Eso era beneficioso para su salud o algo por el estilo y en la cima de la montaña Tan hacía fresco por la noche. Prepárate, tensión muscular, que viene Shen Qingqiu.

***

Binghe observó a su shizun marcharse. Cuando la puerta se cerró, Binghe se desplomó de rodillas, directamente sobre el suelo de madera, y se cubrió la cara con manos temblorosas.

Oye, mocoso, ¿por qué no aceptas su invitación? Has estado comiendo su tofu todos estos años, ¿por qué no dar otro mordisco? El Demonio de los Sueños se burlaba de él. A estas alturas, el viejo ya se conocía bien esta situación.

"¿Quieres irte ya?", se hartó Binghe.

Independientemente de lo que implicara el Anciano Demonio de los Sueños, no iba a aprovecharse de su shizun... hasta ese extremo. Binghe podría... estar descuidando el hecho de que su shizun sabía bien poco de lo que era decoroso o no, pero sería el súmmum de la deshonra que se bañara con su maestro. ¿Y en túnica blanca, para colmo? El hombre estaría desnudo ante sus ojos y él, a pesar de su comportamiento ávido, todavía no era tan canalla como para hacer algo como eso sin que Shen Qingqiu fuera consciente de sus intenciones.

Un masaje de pies por aquí, otro masaje de espalda por allá, peinarle el pelo y abanicarlo cuando hacía calor, vale, todo eso Binghe lo podía hacer. Se podría decir que esas acciones también las podría realizar un sirviente bien entrenado, así que no era como si su comportamiento fuera un horror absoluto, se justificaba a sí mismo. Y shizun disfrutaba de sus servicios, lo cual era el detalle más importante a tener en cuenta, pero esa era una línea que Binghe no se atrevía a cruzar.

No se tomaría tales libertades hasta que Shen Qingqiu y él estuvieran casados o al menos fueran pareja. No vería el cuerpo desnudo de su maestro hasta que Shen Qingqiu lo amara como Binghe lo amaba a él. Había inferido de sus interacciones en la ciudad de Yi que no había nada malo en los servicios carnales y en ciertas actividades inapropiadas, pero también sabía, en lo más profundo de su fuero interno, que si saliera a la fuente termal ahora... sería incorrecto. Se estaría aprovechando de la inocencia de su shizun de una manera para la que Binghe todavía no estaba preparado. Era una inocencia que descubrió... tener raíces más profundas de lo esperado.

Binghe sacudió la cabeza para aclararse. Si shizun tenía o no experiencia no era relevante. No irrumpiría en su baño. Todavía no, al menos. Quería mostrar mejores modales que los que representaría tal acción. Quería ser la mejor versión de sí mismo para su shizun.

Luo Binghe se puso en posición de meditación y se preparó para la espera.

***

Shen Qingqiu vuelve de su baño en una túnica limpia. Por suerte, las prendas proporcionadas por el balneario son más gruesas que sus túnicas interiores, por lo que, en vez de volverse transparente de la humedad que queda sobre su piel, solo deja entrever vagos rastros de piel allí donde el pelo se le pega a la espalda. El agua alarga la melena negra hasta que aparenta una cascada de tinta. Mechones rebeldes se pegan a sus mejillas y Binghe lo ve remetérselos detrás de las orejas.

Su piel está ligeramente humedecida por las aguas termales y tiene un rubor en los pómulos que pasa también por el puente de su nariz. Sus ojos poseen un brillo particular, una pátina nebulosa causada por haberse pasado dos shichen enteros flotando en la fuente. Su piel es notablemente más lisa después del baño, blanca luminiscente a la luz de las velas y al tenue brillo de la luna que se filtra a través de la puerta abierta. Gotas de agua caen sobre el suelo de madera, pero Binghe solo tiene ojos para su belleza húmeda, regresada de su baño en busca de cena y una noche de sueño.

La intimidad que supone acompañar a su shizun de esta manera lo place. Un día, cuando se una a Shen Qingqiu en esos baños, lavará cada mechón de su cabello y acariciará la piel pálida como el marfil hasta que quede impoluta. Por ahora, puede hacer lo siguiente:

—¿Puedo peinarle? —se ofrece Binghe tras ponerse de pie.

Sabe que shizun accederá. Binghe lo ha peinado cada noche que ha podido. Nunca se lo han negado.

Shizun lo mira y asiente con la cabeza. A estas alturas, Binghe encuentra rastros de emociones en esa faz inexpresiva, en esa mirada plácida que shizun tiene por defecto, como una muñeca de madera o una estatua de jade. O, al menos, es capaz de entender parte del tiempo lo que siente este hombre. Otras veces, no tiene tanta suerte. Binghe cree haber sentido un aire melancólico alrededor de su shizun, aunque no sabe qué es lo que lo preocupa.

Shizun se arrodilla en silencio sobre una almohada, cerca de la mesa baja que se encuentra en mitad de la habitación, y Luo Binghe se coloca detrás de él. Dispone los peines y el aceite en la mesa. Pilla también una toalla al notar que el cabello de Shen Qingqiu está más mojado de lo que debería.

Coge la melena azabache, la envuelve en una toalla blanca y la retuerce para escurrir la mayor cantidad de agua posible. Normalmente, Shen Qingqiu permanecía recto mientras Binghe le secaba el pelo, pero hoy está laxo por el calor de las aguas. Binghe jala de esa extensión de seda negra con una mano y echa la cabeza de shizun hacia un lado y luego hacia atrás. En el proceso, expone ese cuello blanco tan familiar, que besa con abandono.

Binghe se queda congelado por un momento. Se le entrecorta la respiración entre los jadeos que soplan sobre la piel que roza con los labios. Sube a base de mordiscos y besos por esa bella columna. El hecho de que encuentra la fuerza para despegarse se debe exclusivamente a que ha sido expuesto a una serie de imágenes cuyo erotismo no paraba de escalar. Sus labios ya echan de menos esa piel tan suave. Tenía un sabor dulzón y ligeramente herbal debido a las aguas termales.

La única concesión a su control que se permite es cuando se relame justo después para recoger cualquier rastro de sabor, paladeando mientras vuelve a colocar a Shen Qingqiu recto. Una mano se ha quedado sobre el pelo húmedo, mientras la otra descansa sobre un hombro.

Bajo sus manos, siente que shizun sigue apoyándose en la mano que lo soporta por el hombro.

—¿Se encuentra bien, shizun? —pregunta Binghe, preocupado.

Shen Qingqiu lo mira con ojos perdidos y empañados. Se lo queda mirando antes de pedir a su discípulo:

—Este maestro está algo cansado, Binghe. ¿Me permitirías permanecer así?

Binghe nunca podría decirle que no a una petición de ese tipo, ni a ninguna petición de su shizun. Le permitiría que se apoyara en Binghe para siempre, si así deseara.

Observa y siente a Shen Qingqiu inclinarse hacia atrás y recostarse sobre su pecho, dejando que su maestro dicte el ritmo. La melena de shizun moja la túnica de Binghe, mientras que su cabeza descansa en su clavícula, en el hueco entre hombro y cuello.

En este ángulo, los dos de rodillas y con su shizun inclinado, Binghe es más alto. Luo Binghe prácticamente acunaba a Shen Qingqiu en sus brazos.

Entreabre las piernas para cubrir los lados de Shen Qingqiu, para que pueda estar más cómodo. Hace una pausa esperando que lo regañen, pero no le dicen nada, así que prosigue.

Con los labios fruncidos, Binghe aparta todo el cabello de Shen Qingqiu a un lado, quita la toalla y desenreda la melena con rapidez, aunque con cierta torpeza. Esta posición exige mover a shizun de tal y cual manera para poder llegar a toda su cabellera. Durante todo el proceso, Shen Qingqiu descansa laxo en sus brazos, los mechones negros pegándose a su cuerpo, mientras reposa sobre Binghe en vez de en su cama.

Una sola gota de agua baja por la frente de Shen Qingqiu, biseca su ojo y luego cae de la curva de su mejilla como una lágrima. Binghe la atrapa con el pulgar y ve las pestañas de shizun temblar antes de que su maestro, por decirlo de alguna manera, se acurruca contra él.

Binghe no se decide si estar preocupado o sentirse complacido por que su shizun tenga tanta confianza en él, por que se confíe a Binghe en un estado tan vulnerable.

Contempla si hacerle un masaje, pero siente los músculos del otro ya relajados. Acaba envolviendo su espalda con ambos brazos para estrecharlo contra su torso y levantarlo tras deslizar una mano bajo sus rodillas.

Shizun es más ligero en cuanto a peso físico de lo que se esperaba, teniendo en cuenta que su peso metafórico en el corazón de Binghe es incomparable. Binghe sabe que tiene un sentido de la moralidad retorcido y que alberga un hambre insaciable. Tiene sed tanto de venganza como de victoria y, aun así, para su shizun quiere ser mejor persona.

Con la mirada posada en la cara durmiente de Shen Qingqiu, Binghe sonríe y deposita un beso en esa frente tan lisa. Arropa al hombre tras acostarlo en su cama. Binghe pasa los dedos por ese cabello, todavía húmedo, toma la trenza floja que le ha hecho y la besa también. ¿Qué va a hacer con este shizun suyo?

***

Años más tarde, Shen Qingqiu empuja a Luo Binghe al Abismo Infinito sin una palabra.

Desesperado por sobrevivir, Binghe revuelve entre sus posesiones solo para descubrir en su bolso qiankun un bolso qiankun más pequeño que contiene innumerables tesoros divinos, talismanes, suficiente medicina para durarle años y, sorprendentemente, literatura. Hay una sola nota, escrita con una letra que Binghe reconocería en cualquier parte.

En ella, solo hay escrita una palabra:

Vive.

Binghe esconde la cara en las manos y solloza. Con el corazón desgarrado, se pregunta qué va a hacer con este shizun suyo.

Chapter Text

Cuando Luo Binghe y Shen Qingqiu terminaron por fin su largo juego de la gallina con carga sexual, en el que cada uno pensaba que el otro lo quería ver muerto y en la que lo que estaba en juego era, literalmente, el destino del mundo tal como Shen Qingqiu lo conocía y el destino de su culo (aunque por ese entonces desconocía ese detalle), llegaron a un acuerdo, más o menos. Eso viene a decir que se habían casado o algo parecido. La verdad es que no estaba prestando mucha atención en ese momento. Estaba perplejo por las afirmaciones de Binghe de que Shen Qingqiu lo había "cautivado" y que Binghe estaba tan "embelesado" por su "belleza" que el Señor de los Demonios quería quedárselo para sí.

A Shen Qingqiu le llevó un buen rato averiguar que este Binghe Postabismo no quería matarlo. No lo quería ver muerto en absoluto, de hecho, sino que quería hacerle cosas que no tenían nada que ver con muerte o desmembramientos.

A Binghe, por su parte, le llevó un buen rato confirmar que Shen Qingqiu tampoco quería matarlo. El bolso había ayudado con eso, pero el jaleo que montaron mientras intentaban aclararse... Shen Qingqiu simplemente agradecía que la cosa se hubiera calmado ya, que ya no fuera presa de un Sistema que aparentemente se había esfumado cuando la misión se "completó". Que Cang Qiong siguiera de una pieza. Que su discípulo todavía lo quisiera, después de todo lo que pasó.

El Luo Binghe Postabismo mostraba su afecto hacia Shen Qingqiu en maneras que siempre resultaban respetuosas y consideradas. Sin embargo, los cambios se podían ver a ojo descubierto. Salió del Abismo medio salvaje, como si no lo hubieran alimentado en años y Shen Qingqiu fuera el único sustento que conocía. Como si su cuerpo fuera el pan y su sangre el agua. Al fin y al cabo, en lo que respecta a su shizun, nada era suficiente. ¿Qué era un pedazo de pan para un hombre famélico? ¿O un solo vaso de agua en el desierto? Luo Binghe se aferraba a Shen Qingqiu con una desesperación que delataba sus vivencias, en las que la supervivencia era algo por lo que tenías que luchar, en vez de ser algo que se te otorgaba.

***

Shen Qingqiu se despertó temprano, con la cabeza embotada por la noche de sueño. Tenía la cara enterrada en un pecho duro y desnudo. Un par de brazos musculosos lo tenían atrapado, manteniéndolo pegado al cuerpo que lo acunaba.

Giró el cuello de un lado a otro y siseó al escuchar el "pop" que hizo su columna. Extrajo una mano de debajo del peso que lo mantenía inmovilizado y se frotó la nuca. Una mano callosa y más grande apartó la suya. Luego un Binghe se puso manos a la obra y, con sus cálidas palmas, lo desprendió de toda la tensión muscular que había acumulado al echar la cabeza hacia atrás en arrebatos de placer mientras su antiguo discípulo intentaba enterrarlo en el colchón a base de embestidas.

Sin abrir los ojos todavía, Shen Qingqiu catalogó los nuevos dolores y moratones fruto de la noche anterior, habiendo servido su cuerpo de ofrenda a este muchacho hambriento. Soltó un quedo gemido de alivio al sentir un nudo de tensión deshacerse bajo los dedos de Binghe.

Durante una buena temporada, después de todo lo ocurrido, Binghe se negaba a tocarle el cuello. Cuando por fin se atrevió a hacerlo, empezó poco a poco, cubriéndolo con besos de disculpa que bajaban por la blanca columna para salpicar su clavícula. Como si pudiera borrar los recuerdos del pasado a base de besos si se esmeraba lo suficiente.

Dos manos que lo agarran del cuello, los dedos superpuestos cuando... ve negro. Luo Binghe lo estampa contra una pared. No puede respirar. No puede... manos en su cuello... apretando... Se está ahogando... respira... inundación... pulmones... como... ojos rojos muy rojos... como... respira...

Un pulgar se acercó a los labios de Shen Qingqiu y presionó la sedosa y blanda mitad inferior.

No pasa nada. Lo comprendía.

Había colocado a Binghe en una situación difícil y Shen Qingqiu no tenía respuestas que ofrecerle. Ninguna respuesta que estuviera en sus manos ofrecerle.

Una de las grandes manos de Binghe bajó por su columna, mientras la otra seguía con el masaje, trazando cada vértebra hasta llegar a rozar el inicio de su raja. Le manoseó una nalga con pulso firme y propietario y luego recorrió la circunferencia del tapón anal que había metido dentro de Shen Qingqiu en algún momento de la noche.

El falo grueso de jade rojo fue tallado para imitar el tamaño y el grosor del de Binghe. Tal vez fuera una pizca más pequeño para mayor comodidad, suponía él, aunque tampoco importaba. Shen Qingqiu dormía a menudo embutido a tope con un miembro medio duro que le recordaba el amor ilimitado de Luo Binghe, hambriento y codicioso e incondicional. El tapón era más grueso que la muñeca de Shen Qingqiu y toda su superficie estaba cubierta de marcas estriadas y espirales en relieve, creando texturas que sentía moverse dentro de sí mientras giraba la cabeza y refunfuñaba. Los diseños lisos se deslizaban contra sus paredes internas.

La mano que estaba sobre su espalda se posó entre sus omóplatos y lo empujó contra la cama para que dejara de revolverse. La mano sobre su trasero le dio un toque juguetón al tapón con un solo dedo.

—Buenos días, shizun —murmuró Binghe.

Shen Qingqiu lo pegó varias veces en el pecho, sin fuerza, todavía negándose a abrir los ojos. ¿Por qué Binghe lo seguía llamando "shizun" en la cama? Sus dedos estaban sujetando la base y moviendo el tapón ligeramente de un lado a otro mientras lo introducía en él, intentando acostumbrar su cuerpo a la intrusión con el suave meneo. La sensación de tirantez que sentía en su entrada le estaba mandando escalofríos por la piel. ¿En qué momento de esta interacción Shen Qingqiu era el shizun de Binghe? ¿Antes de que Binghe lo llevara a perder la consciencia tras pasarse toda la noche dándole fuerte y flojo? ¿O después de que decidiera seguir dándole a pesar de que Shen Qingqiu ya estuviera inconsciente? Le gustaría saber la respuesta.

Mientras pudiera quedarse echado en la cama y no hacer nada no quería gastar energía en llevarle la contraria a Binghe, no cuando lo hacía tan feliz y el precio que tenía que pagar Shen Qingqiu era tan bajo comparativamente hablando. No era como si fuera a salir herido, en todo caso. Binghe siempre estaba en el quinto cielo cuando preparaba a Shen Qingqiu para recibir su polla. A menudo, para cuando se dignaba a honrarlo con su enorme pilar, ya había llevado a Shen Qingqiu al clímax varias veces con la boca y las manos.

Binghe empezó a meter y sacar el tapón con movimientos superficiales, metiendo un par de centímetros y volviendo a sacarlo. Las acciones repetitivas hacían que Shen Qingqiu sintiera un chapoteo en las entrañas, que estaban tan llenas de semilla que podía sentir el contenido escaparse a medida que se sacaba el tapón. Con un gemido provocado por la presión del tapón sobre un lugar que lo hizo ver chispas con los párpados cerrados, Shen Qingqiu se acurrucó aún más contra el pecho de Luo Binghe. La mano libre de Binghe le acarició el cabello.

—Shizun todavía tiene sueño, ¿hmm? —preguntó Binghe, aunque ya sabía la respuesta—. Bueno, si a shizun le parece bien, este discípulo se servirá solo.

Tras ese comentario, Shen Qingqiu sintió como volteaban su cuerpo laxo con cuidado. Después, lo levantaron del pecho de Binghe y lo colocaron de modo que se quedó acostado sobre el vientre, con una almohada metida debajo de las caderas para facilitar a Binghe el escrutinio de su culo. Hizo un sonido suave e infeliz al sentir aún más chapoteo en el vientre cuando la almohada presionó contra su barriga. Aunque la suavidad de la seda de las sábanas contra su mejilla era reconfortante, así que al menos estaba eso.

—Shh, shh —lo arrulló Binghe mientras le acariciaba la zona lumbar para calmarlo—. Lo sacaré pronto. Lo prometo.

Tal como prometió, Binghe empezó a sacar el tapón poco a poco, parándose de vez en cuando para apreciar cómo su agujero intentaba reabsorber el tapón. El deslizamiento acariciaba el interior de Shen Qingqiu y sonsacaba excitación de su soñoliento cuerpo como un pez atraído por cebo. Se sintió tan vacío cuando por fin sacó del todo el tapón. La punta salió con un sonido mojado, era obsceno de escuchar. Sentía su agujero boquear mientras Luo Binghe separaba sus nalgas y le levantaba más las caderas. Colocó una mano sobre su vientre para hacer presión.

Con una queja, Shen Qingqiu sintió semen escurrirse de su agujero. Corrió por sus muslos y se los dejó mojados a medida que lo vaciaban. La mano en su vientre siguió con el masaje, obligándolo a expulsar lo que Binghe metió en él.

Volvió a ser depositado con cuidado sobre la almohada. La figura grande a sus espaldas se extendió sobre él. Sintió besos espolvoreados sobre la cumbre de su columna, sobre sus omóplatos, sus costillas. Sintió los rizos sueltos de Binghe cosquillearle las mejillas y las apartó con una mano aún torpe por el sueño.

Binghe rio por lo bajo y apartó el cabello de ambos para cubrirle de besos la nuca. A Shen Qingqiu le gustaba su olor, olía a calidez y a tardes relajantes a la luz de las velas; su cabello estaba untado con un aceite que conocía bien, oloroso a sándalo y a algo a lo que no le podía poner nombre porque pertenecía solamente a Binghe. Shen Qingqiu se derretía bajo esas manos. Su cuerpo sabía cómo rendirse ante sus caricias. Después de todo, tenía práctica.

Duro, húmedo, frío, su cuerpo exhausto e incapaz de luchar contra el veneno que corre por sus venas. Mirando cómo Luo Binghe lo mira a su vez en la celda de una prisión. Ojos en la oscuridad. Preguntándole... no tiene nada que decir... sus manos están atadas... Cada vez que ocurre, y ocurre cada vez, le pregunta si se arrepiente... Sí... ¿Por qué? Nada, no puede ofrecer ni una excusa. Sus excusas están enterradas en algún lugar recóndito fuera de su alcance. Solo puede decir que sí, sin saber si le creerá. No hay razones para creerle. Quiere que Binghe le crea...

Sintió un miembro imposiblemente grande frotarse contra su columna y luego contra su trasero, dejando un rastro de presemen allí donde pasaba. La punta se enganchó en su agujero estirado y Binghe empezó a meterse dentro de él lenta y paulatinamente, acariciando con la nariz la nuca de la figura atrapada bajo su peso. La intrusión inicial en las barreras de Shen Qingqiu mientras esperaba con ganas ser llenado otra vez le robó el aire de los pulmones y le desordenó los pensamientos.

Primero, Luo Binghe metió tan solo la punta, balanceando las caderas con suavidad. Al mismo tiempo, corrió las manos desde los hombros de Shen Qingqiu hacia los brazos, de los cuales tiró para descansarlos por encima de la cabeza de su esposo y uno a cada lado; de esta manera, podían unir manos.

Binghe acarició primero las yemas de esos largos dedos, dejando un rastro de fuego a su paso, y luego los entrelazó con los suyos. En esta posición, Shen Qingqiu no podía coger a su vez, tan solo aceptar lo que se le ofrecía. Tan solo podía ser presionado con fuerza contra la cama. El agarre en sus manos, que lo mantenía inmóvil, lo obligaba a estar presente en mente a lo largo de todo el proceso de estiramiento en el que Binghe le introducía poco a poco su pulsante polla. Le fue difícil recibir tal tamaño después de una noche con el tapón, pero la quemazón por exceso de uso era un achaque insistente. Ya estaba bien familiarizado con esa sensación.

—Shizun es tan bueno conmigo —gimió Binghe al llegar al fondo. Su boca se puso manos a la obra otra vez para cubrir de besos los omóplatos de Shen Qingqiu, los cuales derivaron rápidamente en mordiscos y se unieron a la colección de morados que ya decoraba el cuerpo de su esposo.

Había marcas de posesión por toda la piel de Shen Qingqiu, bajando desde su cuello hasta los mismos tobillos. Su cuello era una pintura de azules y rojos, además de verdes mediocurados y amarillos cetrinos alrededor de los morados. A Binghe le encantaba dejar recuerdos de su presencia en su cuerpo y renovarlos a medida que desaparecían. La parte interior de sus muslos, por ejemplo, era un desastre, igual que la clavícula y la parte del cuello que permanecía escondida por la ropa. Su única exigencia era que Binghe no dejara marcas que se vieran por encima del cuello de la túnica, lo cual no era tan difícil, a fin de cuentas. Shen Qingqiu nunca se había sentido tan agradecido por la ropa elaborada que tenía que ponerse como cuando empezaron con todo esto.

Agua fría, una cresta, el dolor de que lo están partiendo en dos... su cuerpo como si se estuviera ahogando... su cuerpo como si su cuerpo ya no fuera un cuerpo... un cuerpo como si... Ya no quiere sentir nada, pero no puede despegar los ojos de Luo Binghe... no podría apartar la mirada ni aunque se le fuera la vida en ello porque... Binghe tiene que saber que no lo odia por esto... Luo Binghe sobre él rugiendo... una espada... un muchacho al que ama... un hombre... no puede respirar. Ama a este muchacho. No puede permitirle pensar que Shen Qingqiu lo odia por...

Será una mañana larga, pensó Shen Qingqiu. Por razones misteriosas, estaba duro otra vez. Por lo que recordaba, antes de haber caído inconsciente ya estaba teniendo orgasmos secos. Su cuerpo ya no tenía nada más que ofrecer, a pesar de que Binghe forzaba orgasmo tras orgasmo de su cuerpo maleable.

Confiaba en Binghe con todo su ser, hasta le dejaba seguir tomando de él cuando ya estaba frito. Lo amaba más de lo que se amaba a sí mismo y había estado dispuesto a morir por su discípulo. De hecho, hasta había muerto por él una vez. Y lo haría de nuevo. Pero hoy, en el sopor de la mañana, todavía reacio a abrir los ojos, Shen Qingqiu jadeó y se dejó anclar al mundo por las manos que lo clavaban contra las sábanas, por el pecho presionado contra el suyo, por el miembro que lo perforaba en el mejor de los sentidos y por el aliento de Binghe en su oído.

Confiaba en que su esposo cuidaría bien de él.

Un muchacho que amenaza con devastarlo todo si Shen Qingqiu se atreve a amar algo más que a él, como un hombre que lo reduciría todo a cenizas por una sola mirada… Mírame, shizun, mírame, ¡mírame!..

¿Qué podía hacer ante tal devoción sino pagarla con la misma moneda?

***

Las manos de Luo Binghe trazaron el pie derecho de Shen Qingqiu y masajearon la planta, enterrando los pulgares en la blanda carne. Le traía recuerdos de los días que pasaron juntos cuando Binghe era más joven, todavía un discípulo en vez de un Señor de los Demonios. Aunque los ojos rojos y hambrientos que lo miraban desde abajo eran un detalle nuevo, pensó Shen Qingqiu mientras observaba la figura arrodillada.

Una mano aferró su pie con firmeza a la vez que una boca hambrienta descendía para mordisquear su dedo pulgar. Una lengua húmeda trazó la uña del dedo y los dientes rasparon la suave yema.

Tras sacarse el dígito de la boca, Binghe presionó un beso sobre cada uña y mordisqueó las puntas y la unión entre los dedos. Deslizó la lengua en cada valle con una expresión extrañamente embriagada. Shen Qingqiu no sabía a ciencia cierta por qué a Binghe le gustaba jugar con sus pies, pero iba a seguirle la corriente.

El descubrimiento tuvo lugar una mañana, cuando su pareja díscola estaba arrodillada a los pies de la cama como castigo por su excesivo uso de fuerza bruta. Shen Qingqiu podría haber jurado que Binghe había estado a dos pelos de romperle las caderas, así que él, de pura frustración, tal vez le hubiera... pisado la cara... Y el tiro le salió por la culata cuando Binghe soltó un gemido obsceno, los ojos rojo ardiente, e intentó devorarle su pie. Lo cual hizo que Shen Qingqiu intentara meterle una coz... lo cual hizo a su vez que Luo Binghe volviera a gemir mientras le cubría de besos el pie.

Binghe, tras terminar con los dedos, lamió desde el arco de la planta hasta el hueso del tobillo. Sus manos calientes evitaron que apartara el pie del sobresalto. Shen Qingqiu lo observó chupar una marca en su tobillo y luego recorrer con los labios el camino hasta el gemelo, donde hizo una parada para succionar un nuevo chupetón. Shen Qingqiu sintió el deseo acumularse en su bajo vientre. Su cuerpo estaba entrenado para responder a la boca de Luo Binghe.

Luo Binghe acarició la extensión de ambas piernas, de tobillo a rodilla, separando ampliamente esos muslos. Su boca no abandonó el gemelo derecho de Shen Qingqiu en ningún momento mientras echaba una pierna sobre su ancha espalda para dejar otro chupetón en la corva.

A Shen Qingqiu se le escapó un suave chillido sorprendido. Intentó apartarse de la sensación, pero las manos que le sujetaban las piernas no cedieron, sino que tiraron de él para que descansara más peso sobre Luo Binghe. Un par de palmas callosas le manosearon la parte interna de los muslos, separándolos aún más, amasando las mullidas carnes.

La boca de Luo Binghe exhalaba jadeos en su recorrido hacia sus caderas, donde el muslo daba paso a la ingle. Primero recibió suaves besos, antes de que Binghe se dedicara a mordisquear y a renovar las marcas que decoraban su muslo interno. Trazó con la lengua una mordedura de anoche y chupeteó la piel que apenas había comenzado a curarse. A estas alturas, la erección de Shen Qingqiu estaba prestando atención, cosa que dejaban manifiesto sus caderas, que hacían ligeros movimientos abortivos hacia la boca de Binghe. Aunque no es como si fuera a ocurrir nada antes de que Binghe se hubiera saciado de venerar su cuerpo.

Luo Binghe se echó hacia atrás para contemplar ufano su trabajo.

—Shizun es hermoso —arrulló él en tono grave mientras presionaba con el pulgar un moratón nuevo.

Binghe sabía que se pasaba a veces, pero el hambre de su juventud y la hambruna de su adultez le habían dejado un apetito feroz. El hecho de que ahora podía tocar a su shizun menguaba bien poco su enorme necesidad. Tenía suerte de que shizun lo mimara tanto; su cuerpo permanecía dócil bajo las manos de Binghe. La piel de Binghe, por su parte, anhelaba arrimarse a Shen Qingqiu, reconfortarse con la sólida calidez a su alcance, vivo en vez de inerte.

El muslo derecho de Shen Qingqiu era un entramado de rojeces y morados frescos. Las manos de Luo Binghe, que todavía sostenían sus muslos abiertos, una pierna echada sobre un hombro, aplicaban presión persistente mientras volvía a hablar, la voz ronca de lujuria:

—Las piernas de shizun deberían ir a juego. Permite que este discípulo corrija su falta.

***

Luo Binghe miró contrariado la ropa que había encargado especialmente a los demonios arácnidos del sur. Era una de las muchas prendas con las que quería favorecer la elegante figura de su shizun ahora que tenía voz y voto en el tema. El poder comprar vestimenta para Shen Qingqiu era un placer nuevo. En el Reino de los Demonios lo disfrutaba más que en el otro, pues los actos de la corte le ofrecían la excusa de vestir a Shen Qingqiu con sus colores.

La gasa roja y gruesa que sostenía en las manos era más fina que la tela de la túnica interior de Shen Qingqiu y era casi completamente transparente de por sí. No tenía bordado, era una tela sencilla y suave que se escurría como el agua mientras él intentaba sujetarla sin desgarrarla. Un retazo del tamaño de un pañuelo podría alimentar a una familia de tamaño medio durante un año. La túnica empleaba metros.

Se preguntó si Shen Qingqiu haría realidad este capricho suyo. Era altamente presuntuoso por su parte y, tal vez, hasta ofendería a su shizun si se atrevía a ofrecerle la túnica, pero...

Se mordió el labio inferior, irritando la carne con los caninos, y decidió que bien podría preguntar. Ya está hecha, después de todo, y sería una pena no intentarlo. Era el resultado de un capricho, una fantasía pueril realizada. Una vez soñó con vestir a Shen Qingqiu con telas delicadas, solo para desenvolver a su maestro como un regalo y hundirse entre sus muslos. Su shizun siempre lo había tratado con gran indulgencia y eso no cambió con el paso de los años y el aumento de su poder. Tal vez su esposo resultara gratamente sorprendido, pensó. Acariciando la tela una última vez, tomó su decisión.

Cogió la túnica y se dirigió hacia Shen Qingqiu. Su shizun estaba profundamente dormido, agotado por sus actividades. Su cuerpo estaba tendido con suma gracia sobre la cama matrimonial, apenas visible a través de las cortinas. El enorme marco de ébano, las sábanas de seda roja y las incontables almohadas hacían que la figura que descansaba dentro pareciera menuda en comparación.

Apartó el dosel de gasa roja, el material más basto que la túnica que sostenía, y contempló con ojos enamorados la figura desnuda de Shen Qingqiu envuelta en mantas de seda. Tras levantar parcialmente a su shizun con una mano, mientras sujetaba en la otra la túnica, vistió a su esposo.

Era el completo opuesto a algo que se pondría un Señor de Pico y era demasiado indecente para el cónyuge de un Señor de los Demonios. Esta vestimenta ni siquiera sería apropiada en un burdel. Luo Binghe admiró la visión de su esposo, acunado en su regazo. La túnica de gasa parecía aún más perversa que la desnudez previa, si es que eso era posible. Podía distinguir claramente la forma de sus pezones, cada curva de su cuerpo y la ligera protuberancia de su pilar, flácido entre sus muslos. Luo Binghe se lamió los labios y volvió a arropar a su esposo.

Si Shen Qingqiu se despertaba y descubría que no le gustaba la túnica, Luo Binghe lo sabría. Su esposo tenía todo el tiempo del mundo para ponerse otra cosa, si así lo deseaba, sin la presión que ejercía su mirada voraz.

***

Dos shichen más tarde, Luo Binghe había terminado con el trabajo del día —había aterrorizado a sus súbditos para que obedecieran las leyes nuevas y había mediado en disputas territoriales, más de lo mismo— y había vuelto con su esposo. Lo encontró no en su habitación compartida, como esperaba, sino en el jardín, vestido con una túnica interior muy familiar.

Por un momento, Luo Binghe se limitó a observar cómo Shen Qingqiu reposaba en los jardines que mandó construir en su palacio con el solo objetivo de que trajeran placer a su esposo. La brisa soplaba pétalos de flores hacia el diván más cercano a sus aposentos y los depositaba sobre un durmiente Shen Qingqiu, quien permanecía ignorante de la imagen que presentaba. Las barreras estaban dibujadas y cerradas con sangre de Demonio Celestial para que ninguna alimaña pudiera entrar y ver tal visión.

Bueno, qué se le iba a hacer, supuso Binghe. Su ligera decepción desapareció rápidamente a medida que caminaba hacia Shen Qingqiu para unírsele en el diván, guardando en un cajón las fantasías de su juventud. Su esposo ya era suficiente festín para los ojos, con o sin la gasa roja.

***

Binghe se había equivocado. Binghe se había equivocado y rogaba clemencia. No sabía qué había hecho en su vida para merecer tal tortura, pero ¿no podían haberle cortado un brazo y ya está, en vez de dejarlo sufriendo... esto?

Luo Binghe se encontró en el jardín, paralizado del shock. El viento había depositado pétalos de rosa color rosa pálido sobre su esposo, imagen que no le resultaba del todo desconocida. Era otro detalle el que consiguió que se le desencajara la mandíbula y que se quedara con la boca abierta, como un imbécil.

Vestido con la túnica completamente transparente que Binghe le había comprado, la cabellera suelta dispuesta a su alrededor y todavía algo despeinada por sus actividades previas, Shen Qingqiu era la tentación encarnada. Por lo que parecía, era del todo inconsciente del sufrimiento de Luo Binghe, quien no paraba de escuchar soniditos ahogados de puro pánico que eran demasiado agudos para provenir de su garganta... y aun así estaba seguro de que era él quien los estaba creando.

Aparentemente, después de todos estos años, todavía era capaz de subestimar la falta de decoro de Shen Qingqiu, pensó él en un ataque de histeria.

Shen Qingqiu, mientras tanto, bostezó y se cubrió la boca con la mano, pequeñas uñas como conchas y dedos largos que no obstaculizaban en nada la visión del arrebol de placer que coloreaba el rostro de su esposo, restante del esfuerzo del día, la noche y la mañana anteriores. El color rojo resaltaba la palidez de su piel y el verde de sus ojos. Sangre y leche.

La mirada de Luo Binghe trazó la figura a la vista, remarcando en la falta de dulces y en los ojos entornados que indicaban que su shizun estaba descansando ahora mismo y no recibiría con los brazos abiertos su agasajo. Su shizun se volvía muy irritable cuando alguien interrumpía su reposo, fuera quien fuera. Tras tragar duro, Binghe consideró si conseguiría calmar el temperamento de su esposo para ensuciar el diván y concluyó que hoy no era un buen día.

Tal vez, si no hubiera mantenido a Shen Qingqiu en la cama durante los últimos tres días, su polla mantenida caliente en el calor corporal de su esposo, podría haberlo convencido. ¿Por qué había decidido empacharse durante tanto tiempo de todo lo que su esposo tenía por ofrecer? ¿Por qué había estado tan convencido de que Shen Qingqiu rechazaría la túnica tras guardarla una vez? ¿Acaso se le había olvidado su adolescencia y había asumido que sus años de discípulo no eran más que un mero delirio? ¿Que su mente adolescente había exagerado el increíble descaro del que era capaz Shen Qingqiu en su vida privada?

No presumirá comprender las complejidades de la mente de su shizun y los motivos por los que decide ponerse la túnica o dejarla en el cajón. Nunca recibirá una respuesta clara, pero ya sabía de ante mano que dicha respuesta no incluiría el objetivo de seducir a Luo Binghe. De eso estaba seguro. Shen Qingqiu estará pensando que la túnica era algún tipo de vestimenta tradicional del Reino de los Demonios o hasta, lo que era más probable, no le habrá atribuido significado alguno.

Luo Binghe se cubrió la cara con las manos y se dedicó a gritar en silencio. Él mismo compró esa cosa... y aquí estaba, incapaz de reunir el coraje para levantar la cabeza.

Shen Qingqiu satisfacía el hambre de Binghe a menudo, se recordó él mientras se aferraba a su autocontrol con uñas y dientes, con la condición de que no interrumpiera ninguna ocasión significativa como una competición marcial intersectal, una misión o su hora de relajación, que organizaba con meticulosidad.

Esta era la hora de relajación de Shen Qingqiu... y Binghe se había empachado hace nada. No podía comerse a su esposo ahora. Era como si Shen Qingqiu hubiera planeado todo esto específicamente para atormentarlo. Y si Binghe creyera que su esposo tenía idea del nivel de su propio atractivo en relación con cualquier otra cosa podría habérselo creído.

Por desgracia, lo conocía demasiado bien. Una vez, tuvo que parar a su esposo para que no mojara los pies en un lago frente a todos los discípulos del Pico Qing Jing en una "salida de campo".

Tras tragar toda la saliva acumulada, Binghe se asomó de detrás de sus manos para mirar a Shen Qingqiu. Luego, fijó su pilar con la cintura de sus pantalones y cogió un enorme abanico ceremonial rojo que le recordaba sus años pueriles.

En caso de duda, vuelve a las bases. Y si había algo que Luo Binghe sabía hacer era servir a su shizun.

Esos ojos entornados y esa dulce faz se volvieron para mirarlo al notar su presencia.

—¿Binghe ha tenido un buen día? —preguntó Shen Qingqiu.

—Sí, shizun.

Shen Qingqiu resopló y le insistió:

—Esposo.

Luo Binghe, incomparable y temido Señor de los Demonios, no pudo contener la sonrisa mientras miraba a Shen Qingqiu y repitió:

—Esposo.

Luo Binghe, el temido Señor de los Demonios, empezó a abanicar a su cónyuge ligero de ropas. Shen Qingqiu, mientras tanto, sacó una cajita de madera laqueada llena de dulces preparados por dicho Señor de los Demonios. Los pastelitos de castaña de agua eran el picoteo de hoy y venían acompañados de un vino de ciruela delicioso.

¿Por qué había asumido que casarse con Shen Qingqiu saciaría su sed? Binghe no se vería satisfecho a menos que pasara cada segundo del día enterrado en las entrañas de su esposo o presionando el pilar de su esposo, más menudo que el suyo, dentro de sí, uniéndolos en un solo ser. Podía pasarse la vida entera con Shen Qingqiu y no cansarse jamás de su presencia.

Tarareando y ensimismado en los movimientos mecánicos, Binghe disfrutó de la nostalgia que le evocaba abanicar a su shizun. Cuanto más cambiaban las cosas, más inmutables permanecían, supuso.

***

Cuando consideró que ya había abanicado lo suficiente a Shen Qingqiu, se dirigió hasta el diván y apartó varias almohadas para arrimarse a su esposo. Shen Qingqiu hizo un sonido complacido y se acurrucó en sus brazos para echar la siesta. Algunas cosas sí que cambiaron, suponía él. No podía estrechar a su shizun de esta manera cuando era más joven.

Ni tampoco podía ver las marcas que dejaba sobre esa piel nívea a través de tela roja transparente. Tendría que comprar más túnicas de este material, tal vez de color verde jade, pensó Binghe mientras le acariciaba la espalda. O a lo mejor blancas.

***

A Shen Qingqiu le pareció magnífica su nueva túnica. Era una maravilla para contrarrestar el calor y era muy suave. Era como si no llevara nada. El único problema era que Binghe se la puso una mañana un tanto fresca, cosa que no tenía sentido. Le entraría frío en el jardín si hubiera salido en ella. Se encogió de hombros y la guardó para otro momento. ¿Tal vez también la utilizaría para dormir? Ya se aclararía más tarde.

Sabía que la prenda era transparente, pero tampoco importaba. No era como si tuviera algo que Binghe jamás hubiera visto. Y fue Binghe quien se la dio... por lo que claramente no era inapropiado llevarla en la privacidad de su morada. No pasaría nada, de eso estaba seguro.

Chapter Text

El matrimonio, pensó Binghe, tenía que haber mejorado las cosas.

Todavía no estáis casados, metió baza el Anciano Demonio de los Sueños, para su gran irritación. Os habéis fugado y habéis bebido vino en la cabaña de bambú. A mi humilde parecer, eso no cuenta como boda.

“Silencio”, le respondió mentalmente Binghe.

Estaba en ello. Además, ¿qué diferencia hacía si llamaba a shizun "esposo" antes o después de la ceremonia que estaba organizando? Era una tarea en progreso verdaderamente monumental. Al final, tendrá la oportunidad de vestir a shizun de rojo, en colores matrimoniales, en sus colores, y restregar por las estúpidas narices de Liu Qingge que es él quien se casa con Shen Qingqiu. Si no ha conseguido la mano de shizun en el tiempo que Binghe había pasado librándose del Abismo Infinito en vez de poniéndole trabas a Liu-shishu, entonces shishu no se merecía a Shen Qingqiu. En el peor de los casos, Binghe habría tenido que matar a su shishu y convertirse en el segundo esposo de Shen Qingqiu, pero esa no era la parte importante: Liu Qingge no le llegaba a Binghe ni a la suela del zapato.

Lo único que quería Binghe de su boda era casarse con el amor de su vida, declarar públicamente que nadie tenía permitido tocar a su esposo con sus sucias manos y restregar por las narices de sus oponentes el hecho de que en su vida van a obtener a Shen Qingqiu porque Binghe los matará en el intento. ¿Era tanto pedir?

Llevaba su tiempo elegir decoraciones que expresaran tanto que Shen Qingqiu era lo mejor que le había pasado en la vida como que él no veía problema en que el resto de los invitados se tirasen por un acantilado. Era un equilibrio muy delicado. Ahora mismo estaba considerando obviar el banquete tras la ceremonia breve pero ostentosa. Se negaba a alimentarlos.

Lo complacía tener a su shizun para sí mismo. Al menos, la mayor parte del tiempo, a excepción de los contados momentos que le robaban los discípulos o los otros miembros de Cang Qiong a los que shizun todavía dirigía la palabra. Lo que lo consolaba en esos momentos era que podía tocar la belleza inmortal que recordaba de su adolescencia, que podía mantener a su shizun sano y salvo en sus cálidas manos.

Sin embargo, había un asuntillo. Era algo minúsculo, un problemilla de nada que... pues...

Mirando el papeleo con una sensación de impotencia, Binghe intentó centrarse en el trabajo para distraerse de su inminente crisis emocional a medida que, poco a poco, su cerebro se convertía en congee.

***

Para explicar el cerebro de congee de Binghe, debemos rebobinar a la escena del crimen, hace cuatro horas, cuando Shen Qingqiu se despertó y tanteó el otro lado de la cama en busca de su quizás-esposo. Al no encontrar a su posible-esposo, Shen Qingqiu abrió los ojos y fulminó con la mirada a Binghe, sentado ante su escritorio y absorto en el gobierno del Reino de los Demonios.

¿Qué sentido tenía poseer un más-o-menos-esposo si Shen Qingqiu ni siquiera podía arrimarse a él? Binghe era tan suave y cálido y grande, como la mejor almohada del mundo. Y el descarado no estaba en la cama, estaba trabajando y toda esa mierda. La situación era detestable. ¿Por qué Binghe tenía que ser un monarca medianamente responsable?

Shen Qingqiu no había pasado por... Tuvo que parar por un momento para intentar rememorar cuánto tiempo habían estado andando en círculos. Llevaban como una década de gilipolleces, una década sin achuchones. No lo volvía loco todo este rollo xianxia, versión China Antigua, en la que o vamos de la manita o follamos a tope y no existe nada intermedio. Su culo dolía como el infierno por el pilar que recibía día sí y otro también, por esos consoladores paleolíticos tan raros que tenía que soportar y esa cosa de los pies. ¿Cómo coño había acabado Binghe con un fetiche de pies? Eso no estaba en la novela, si lo estuviera lo recordaría, pero de alguna manera había terminado con un Luo Binghe que, si se encontraba a un metro o menos de distancia de sus pies descalzos, intentaba metérselos en la boca.

Shen Qingqiu solo quería afecto físico normal: ir de la mano, abrazos, besos, besitos de mariposa, estar mejilla contra mejilla, besos informales de saludo o brazos echados alrededor de su cintura. A estas alturas, hasta aceptaría sentarse sobre un regazo. Él era un hombre casado, ¿y qué recibía? Sexo muy acalorado, tenía que admitir, y comportamiento extrañamente servil por parte de Binghe, al cual le gustaba vestirlo y besarlo en lugares cuestionables, ¿pero aparte de eso tampoco lo tocaba tanto? ¿Quién querría este estilo de vida que, aunque agradable y confusamente comedido, también seguía una obscena temática pornográfica y fetichista que no se veía en todas partes? ¿Era tanto pedir un poco de domesticidad normal?

¿Y ahora tenía que sufrir que su esposo abandonara la comodidad de su lecho matrimonial para ir a trabajar? ¿Sin siquiera darle un buen beso de buenos días? Cuando Binghe notaba que él estaba despierto, le ataba la túnica y le ponía los zapatos, pero valga Dios si actuaba como si estuvieran casados (de lo cual Shen Qingqiu estaba seguro al setenta por ciento). Habían bebido vino y creía que le había propuesto matrimonio. Binghe había empezado a llamarlo esposo hace no mucho y él llamó a Binghe esposo a su vez, así que ¿qué quedaba por hacer?

Shen Qingqiu entrecerró los ojos y lanzó una mirada asesina a Luo Binghe, quien no había notado todavía que su esposo estaba despierto.

Habían pasado tres semanas desde que regresó al palacio en su totalidad, en vez de estar limitado a la espeluznante réplica de la cabaña de bambú en la que se negaba a pensar. Habían sido tres semanas de más sexo del que su culo virgen había visto en su vida actual y anterior juntas. Habían sido tres semanas de consoladores, de lametones y lenguas en lugares inesperados y de dormir con el pilar celestial de Luo Binghe dentro de sí. En todo ese tiempo, había recibido mimos una sola vez fuera de la cama. Una sola vez. En todo ese tiempo. Recordaba la escena como si fuera ayer: estaba dormitando en su diván nuevo (versión roja), vestido con una túnica muy cuqui que le había regalado su esposo y Binghe se le había acostado al lado para echarse una siesta con él.

Mientras intentaba taladrar con la mirada un agujero en Luo Binghe, la paciencia de Shen Yuan llegó a su fin.

A la mierda esta porquería y la espada voladora en la que había venido. Binghe tuvo que lidiar con su muerte tres veces y bien podría lidiar con que Shen Qingqiu lo tocara con afecto. Dejaba que Binghe se fuera de rositas con muchas cosas y su esposo podía darle esto a cambio. Tampoco pedía tanto, solo un mísero mínimo de cariño.

Shen Yuan se levantó de la cama con la mala uva de un niño de preescolar y se frotó los ojos. Por fin llamó la atención de Luo Binghe, quien hizo una imitación muy fiel de un perro que había divisado un hueso.

—Ah, shizun, este esposo va a terminar pronto. Pero no te preocupes, tu desayuno ya está preparado y tu ropa...

Shen Qingqiu dejó de prestar atención a lo que estaba diciendo su posible-esposo porque le daba igual. Se dirigió hacia un Binghe cada vez más confuso y palmeó su enorme bíceps. Golpeó el músculo sin decir palabra hasta que Binghe apartó una mano del escritorio.

Bien, ahora habría suficiente espacio para que Shen Qingqiu pudiera encaramarse al regazo de su quizás-esposo. Depositó sus cuartos traseros sobre los muslos de Binghe y se arrellanó para ajustar la posición antes de envolver los hombros de su esposo con los brazos, enterrar la nariz en su cuello... y quedarse frito al instante. Esposo... Sí, será que tenía uno y había decidido que prestarse de colchón para siestas formaba parte de los deberes maritales de Luo Binghe. Sus muslos eran tan grandes y cómodos, el calor que exudaban hacía de ellos un lugar excelente para el descanso, sobre todo cuando confiaba en que Luo Binghe no le dejaría caerse.

Binghe lo rodeó con el brazo despacio y dijo tartamudeando:

—¿Qué... qué está haciendo shizun? ¿Querría shizun volver a la cama? ¿Yo po... podría...?

—No —lo interrumpió Shen Qingqiu.

¿Su esposo se callará en algún momento? Estaba intentado dormir y amaba a Binghe, de verdad de la buena, pero es que a veces...

—Este dis... discípulo está algo confuso. Ruega consejo a shizun —dijo Binghe con el corazón en la garganta. Había revertido al viejo patrón de habla de puro pánico.

Vale. Claramente Shen Qingqiu tenía que coger al toro por los cuernos. Levantó la cabeza del hueco acogedor y cálido, miró a Binghe y murmuró:

—Yo estoy durmiendo. Binghe puede trabajar. Buenas noches.

Besó a Binghe en la nariz, cosa que hizo que el Señor de los Demonios pusiera los ojos bizcos como si estuviera intentando verse la punta, aunque Shen Qingqiu no lo notó porque ya estaba dormitando.

Técnicamente, era de día, pero se la sudaba. Era como descansar sobre una botella de agua caliente enorme que encima te abrazaba. Qué gusto. Era casi mejor que su diván. Se paró a reflexionar sobre la comparación y luego decidió que los muslos de Binghe eran en definitiva mejores que su diván.

***

Luo Binghe notó a shizun cuando este se levantó de la cama como espuma de mar, frotando sus cansados ojos. Era un ademán dulce que resultaba incongruente con el porte elegante de Shen Qingqiu y que era un privilegio para él poder ver.

Empezó el día informando a su esposo de que el desayuno estaba listo, una tarea que jamás permitiría realizar a otro, hasta en su nueva posición social. Le traía inmenso placer proveer sustento a Shen Qingqiu y cuidar de él en todos los sentidos que estaban en su poder. Deseaba que su esposo no dudara nunca de que lo atesoraban y, ni con su nuevo título, Binghe jamás se avergonzaría de servirle.

Shen Qingqiu lo interrumpió con un rotundo "no" que sobresaltó a Binghe.

Era raro que Shen Qingqiu le negara nada, pero en este caso no estaba seguro de qué estaba rechazando su esposo. ¿El desayuno? Pero si a shizun le encantaba la comida que preparaba.

Mientras estaba considerando qué era lo que Shen Qingqiu podría estar rechazando, se dedicó a observarlo flotar adormilado hacia él y darle un golpecito en el bíceps. Tenía ambas manos apoyadas sobre el escritorio: una sostenía un pincel en tanto que la otra descansaba sobre la superficie.

Despacio, Binghe alzó el brazo que más cerca estaba a Shen Qingqiu y, un segundo después, se encontró con un regazo lleno. Podía describir los efímeros movimientos del aleteo de una mariposa, pues su visión afilada era capaz de detectar una flecha a quinientos pasos, pero, si le preguntaran cómo llegó a parar Shen Qingqiu en su regazo en esa ocasión, Binghe se limitaría a cazar moscas en su confusión.

Te... tenía un regazo. Shizun estaba sentado en su regazo. Sus largas y esbeltas piernas colgaban al lado de las suyas, como si él fuera un asiento y Shen Qingqiu estuviera reposando casualmente sobre una pieza de mobiliario. Su largos y esbeltos brazos se encontraban enganchados en el cuello de Binghe, los dedos jugando de forma distraída con los rizos, enredándose en su cabello y tirando de cuando en cuando sin fuerza. La boca de Shen Qingqiu era una marca incandescente en su cuello, exhalando con suavidad sobre su yugular, los labios trazando patrones mientras su esposo murmuraba en sueños.

Binghe, mientras tanto, no podía moverse. Su cuerpo se quedó congelado como estaba: con un brazo extendido en el aire, sin subir del todo ni tampoco bajar. Se... se quedará tal cual, pensó él. No tenía que moverse ni respirar, podía quedarse así, con shizun en el regazo. Sentía el cerebro como si se le estuviera derritiendo. Había dispuesto de años para acostumbrarse a la inmodestia de Shen Qingqiu, literalmente años. Podía soportar... toda esta piel... y se obligaría a lidiar con la túnica nueva, para la cual no estaba preparado, a pesar de que fue él quien la compró. Pero esto... Su esposo parecía encontrar placer en descubrir formas de tortura crueles e inusuales para él. Binghe siempre estaba en desventaja. Conquistó su metafórica montaña solo para encontrar que estaba infestada de alimañas chupasangre que ni morían ni dormían y que se deleitaban en su sufrimiento.

El impacto de esos actos infantiles en conjunción con la cara impertérrita de Shen Qingqiu eran demasiado para el corazón de Luo Binghe. Así que el Señor de los demonios se quedó congelado como una estatua, la expresión atascada en algo entre júbilo y terror, mientras el hombre al que amaba enterraba la nariz en su cuello como una criatura y le permitía... le permitía... Le permitía achucharlo, por así decirlo, acunar a un Shen Qingqiu dormido entre sus brazos como a una doncella.

Binghe no sabía cuánto tiempo se había pasado mirando a Shen Qingqiu con una sonrisa tirante y pánico creciente. ¿Qué... qué se supone que tenía que hacer?

Shizun era tranquilo y elegante e involuntariamente seductor. En ocasiones, cuando Binghe era adolescente, Shen Qingqiu le acarició la cabeza y lo abrazó para reconfortarlo, pero, a excepción de ciertas actividades, Binghe tenía entendido que una pareja casada debería ser reservada en materia de contacto físico. Asumió que Shen Qingqiu querría, de hecho, guardar las distancias.

Tras echar otra mirada a la figura esbelta que dormitaba sobre él, Luo Binghe reevaluó sus expectativas. Era evidente que Shen Qingqiu, igual que no poseía una comprensión clara de las reglas del decoro, tenía unas expectativas muy diferentes en cuanto a sus interacciones en privado ahora que estaban casados.

Luo Binghe tragó saliva al recordar claro como el agua la manera en que su esposo, hace tan solo unos momentos, todavía dulcificado por el sueño, se había insinuado en su regazo y se había aferrado a él. Su esposo seguía aferrado a él y Binghe seguía vestido de pies a cabeza, a pesar de que Shen Qingqiu solo llevaba una túnica interior.

Tras armarse de valor, Binghe rodeó esa fina cintura con los brazos y arrimó a Shen Qingqiu hacia sí. Depositó un beso tímido sobre su cabeza y escuchó sus balbuceos contentos, que solo eran audibles debido a lo cerca que lo tenía del oído. Su esposo era de lo más mono.

Miró todo el papeleo que le quedaba y se quejó en su fuero interno. ¿Cómo iba a terminar con tal belleza entre manos? Con un suspiro, se acercó aún más a su esposo con manos trémulas y decidió terminar el trabajo más tarde.

***

Cuatro horas después, Shen Qingqiu despertó tras pasar medio día en el reino de los sueños. Luo Binghe había gastado la mitad de ese tiempo en observarlo en vez de en hacer su trabajo.

—Buenos días —anunció Shen Qingqiu.

Binghe no lo corrigió, a pesar de que ya era mediodía.

—Buenos días, esposo.

Si shizun dijera que el cielo era verde, a Luo Binghe no se le ocurriría contradecirlo. Hasta podría intentar teñir el cielo de verde con una ilusión prolongada para hacer realidad sus palabras.

Shen Qingqiu lo besó en la mejilla y palmeó el brazo de Binghe para informarlo de que ya quería bajarse. Los brazos que lo rodeaban se apretaron. Shen Qingqiu miró a su esposo con cierta confusión. Binghe se lo quedó mirando durante un momento más y luego depositó un beso en su mejilla. Qué dulce. A Shen Qingqiu le gustó el gesto. Tras acariciar la mejilla de Binghe, Shen Qingqiu intentó de nuevo bajarse del regazo de su esposo, solo que, en vez de soltarlo, su esposo lo levantó en vilo y lo llevó hasta la cama.

Oh. Otra vez lo mismo. Binghe lo iba a vestir. Vale, vale, vale, Shen Qingqiu iba a portarse bien. Debería apoyar los intereses de su muy-probablemente-esposo y todo eso.

***

Binghe había notado que a Shen Qingqiu le gustaba mantener cierta distancia en público, además de un aire general de abstracción de lo que lo rodeaba.

En privado, en cambio, la situación era diferente. Binghe pensó con amargura que no debería haberlo encontrarlo sorprendente. Era más que evidente que Shen Qingqiu no tenía conocimiento de lo que se ha de hacer, solo de lo que... le gustaba hacer. O al menos esa era la única explicación que se le ocurría. Y a Shen Qingqiu le gustaba que lo abrazara. Shen Qingqiu, por su parte, correspondía tales muestras de afecto con facilidad: su expresión adquiría un tinte plácido mientras besaba su marca demoníaca o sus párpados o rodeaba su cuello con los brazos en una exigencia muda de que su esposo lo abrazara y ¿quién era Luo Binghe para negarle nada?

Cocinaba y limpiaba y conquistó un reino para su shizun, así que bien podría abrazarlo. Este cariño tan libre y esta faceta privada de Shen Qingqiu que sabía que nadie más tenía la oportunidad de presenciar se sentían bien.

La imaginación infantil de Binghe claramente carecía de color, pues no hizo justicia a la dulzura de un Shen Qingqiu vulnerable que lo miraba con ojos bien abiertos, que le daba palmaditas irritadas en el pecho o aferraba su túnica con manos esbeltas siempre que Binghe intentaba abandonar el lecho.

Binghe había empezado a llevar a su esposo allá donde fuera, a traer a Shen Qingqiu a su escritorio si necesitaba revisar algún papeleo o a murmurar promesas de que volvería en un abrir y cerrar de ojos cuando tenía que ir a cocinar.

A través de exposición frecuente, había dominado la habilidad de hacer su trabajo al tiempo que servía de cama para su esposo. Era arduo acostumbrarse a tal práctica, pero haría lo que fuera para ver a Shen Qingqiu relajado y feliz en sus brazos.

***

Su boda, cuando llegó el momento, fue una sorpresa para Shen Qingqiu. ¿Como que tenía la impresión de que ya habían pasado por esto? Pero Binghe suplicó por una ceremonia más grande y Shen Qingqiu solo tenía que presentarse, por lo que accedió sin problemas. Le parecía una cosa muy diminuta que no le costaría esfuerzo hacer para Binghe.

No resultó ser una cosa diminuta ni por asomo. Era, en realidad, una explosión carmesí. El palacio de Luo Binghe estaba plagado de flores de color rojo vívido en tal cantidad que eran suficientes para llenar siete jardines: peonías, amapolas, rosas y flores del infierno estaban arregladas en diferentes combinaciones.

Entremezcladas entre ellas había toques de verde claro o azul cuyo propósito era romper la monotonía del esquema cromático que dominaba todo el espacio. Perfumaban el aire y Shen Qingqiu podía jurar que no había visto tanto rojo en su vida. Colgaron linternas caras y banderas y tapices suntuosos en cada pared a cuyo lado pasaban. Viéndolo todo, Shen Qingqiu no sabría decir con total seguridad si esto era una boda o un festival.

Se encontró sentado en su lecho matrimonial vestido con una túnica interior de seda. Había permitido que Luo Binghe le pusiera unas bailarinas rojas de material fino. El calzado estaba bordado con dibujos de bambú y era ligeramente femenino, pero le sería más fácil andar en ellas que en sus botas, que requerían calcetines y se engancharían con la túnica mientras andaba. Otra ventaja de las bailarinas era que, en algún momento de la noche y mientras nadie miraba, podría quitárselas un rato.

Uno a uno, Luo Binghe pasó los brazos de Shen Qingqiu por las mangas de una segunda túnica interior de seda, esta teñida de negro azabache, y la ató sin que apretara, pero tampoco sin que quedaran holguras.

Las capas que estaban extendidas sobre la cama de forma ominosa implicaban gran cantidad de cordoncitos y botoncitos con los que Shen Qingqiu se alegraba de no tener que lidiar. Prefería dejarse a merced de Binghe en estas cosas. Las prendas compartían la misma tonalidad de rojo con la marca demoníaca y los ojos de Binghe.

Tras ayudar a incorporarse a su casi-oficialmente-confirmado-esposo, Binghe le echó sobre los hombros una túnica roja con cuello alto y abrochó los botones de nudo que subían por el pecho. Al terminar, un nudo pan chang elaborado, el nudo de la eternidad y la buena suerte, descansaba en el hueco de su garganta. Dos cordones rojos colgaban de dicho nudo y sus extremos formaban borlas decorativas.

Canturreando por lo bajo de puro placer, Binghe añadió una capa larga de gasa roja, que sobresaldría hasta por debajo de la última capa de Shen Qingqiu, y la arregló para que quedara justo como quería. La cola media dos metros y se arrastraba tras Shen Qingqiu como una corriente de agua.

Sobre esa capa, puso otra roja, pero esta llevaba una gran cantidad de bordado. Habiendo tomado en consideración el gusto de Shen Qingqiu por los patrones sutiles, encargó a los sastres que bordaran más motivos de bambú en esta capa para que hiciera juego con las bailarinas. El diseño seguía el estilo de la escuela Xiang, lo que significaba que las hojas de bambú y las grullas que se escondían entre ellas estaban representadas de forma más pictórica comparado con el estilo más realista de la escuela Shu. Escoger entre los dos estilos fue una decisión difícil.

Binghe ató el cinturón a juego alrededor de esa cintura de sauce y metió dos dedos por debajo de él para asegurarse de que estuviera lo bastante suelto para no comprometer la comodidad. Después, cogió un colgante de jade rojo esculpido en forma de su propia marca demoníaca y lo colgó del cinturón de modo que atrajera las miradas con su oscilación.

El bajo de esta última capa no llegaba a los dos metros y permitía que la gasa roja se derramara de forma sugerente no solo por debajo sino también de las mangas.

Al tiempo que arreglaba despacio cada manga, remarcó en lo largas que eran en comparación con las de la vestimenta de siempre de Shen Qingqiu. Los puños rozaban el suelo. Binghe examinó a su futuro-esposo, quien lo miraba a su vez con paciencia.

Esta era su boda, al fin y al cabo, y Shen Qingqiu estaba razonablemente preparado para hacer lo que Binghe considerara necesario, fuera lo que fuera.

Luo Binghe devoraba a su esposo con los ojos y dedicó un momento solo para apreciar el salpicón de color que aplicó a sus labios con sus propios dedos, un bálsamo sutil mezclado con pétalos de rosa machacados. Su piel blanca era luminiscente, los ojos de un verde intenso. Su melena lustrosa era como el plumaje de cuervo, pero impoluta.

Shizun era una visión de seducción. Su vestimenta era infinitamente más compleja que lo que llevaba en su día a día. Los colores y el bordado intrincado elevaban la belleza de shizun a nuevas alturas. Binghe sabía que nadie en la secta había visto a shizun adornado con tanto lujo o, en verdad, en algo que no fuera su combinación de blanco y verde de siempre. Le traía una inmensa satisfacción imaginar sus caras de sorpresa mientras veían en pleno esplendor al hombre con el que se casaba él. Shizun, hasta sin las últimas capas, era una belleza calamitosa. Por suerte, Luo Binghe era perfectamente capaz de lidiar con calamidades.

Binghe cogió la penúltima túnica que había preparado sobre la cama. Era una túnica grande y roja, hecha de un material grueso y lujoso. Estaba ribeteada con flores de ciruelo en plena floración, que se extendían en ramos más grandes por la espalda y las mangas de Shen Qingqiu, con una o dos grullas entre todas las flores para completar la imagen. Por último, cogió otra capa de gasa, sin encaje ni diseño, la apretó entre las manos y luego miró a Shen Qingqiu con ojos llorosos.

—¿Por favor? —pidió al tiempo que sostenía el velo. Sabía que no se lo negarían.

A Shen Qingqiu le dio un tic irritado en una ceja.

—Vale —accedió.

Vaya con el mocoso malcriado. Tenía suerte de que Shen Qingqiu lo amara.

Binghe le había peinado el pelo hasta que quedó completamente liso y le enaceitó tanto el cuerpo como el cabello con diferentes aceites y lociones antes de empezar a vestirlo. Le separó la cabellera de forma que la raya quedara lateral y la fijó tras una oreja con un peine negro que parecía incapaz de reflejar la luz, lo cual indicaba que estaba hecho de un material inusual.

No llevaba corona, pues parecía que Binghe quería que el velo fuera la pieza central del conjunto. Y ahí estaba el quid de la cuestión: Binghe quería que sus invitados presenciaran en Shen Qingqiu la suavidad que jamás volverían a ver. La melena negra, cuando no estaba recogida, caía hasta las rodillas de su esposo.

Shen Qingqiu cerró los ojos y permitió que Luo Binghe echara sobre él un enorme paño de gasa que lo cubrió entero. Se volvía más ondulada a la altura de los tobillos y el bajo de la ropa. De alguna manera, mediante algún tipo de vudú demoníaco, Binghe consiguió fijar la gasa sin una sola horquilla de modo que no resbalara de su cabello y cayera al suelo. Para Shen Qingqiu era como estar sumergido en agua roja. Alzó la vista para mirar a Binghe a través de la tela y todo lo que veía estaba teñido de un tinte carmín.

Luo Binghe cogió una de las manos de Shen Qingqiu. Asió una de esas pálidas extremidades resguardadas en tela holgada, desde la que solo eran visibles las puntas de los dedos. Besó cada dedo en un gesto de súplica y, luego, empezó a guiar a Shen Qingqiu fuera de sus aposentos y hacia el altar ceremonial.

Al tiempo que la boda seguía su curso, Binghe no pudo evitar lanzar una mirada engreída a Liu Qingge tras completar las tres reverencias con su esposo. Su cara estaba retorcida en una mueca de posesividad mientras rodeaba la cintura de Shen Qingqiu para mantenerlo cerca. Observó a los presentes mientras estos admiraban a su esposo. La envidia en sus caras se veía como la luz del día.

***

Esa noche, Binghe recibió tanto placer a la hora de deshacer a su esposo como el que recibió al volver a juntar todas sus piezas. Separó los muslos de Shen Qingqiu para enterrar la cara en el centro de su cuerpo y lamer sus profundidades. Atravesó la entrada apretada con la lengua, la boca hambrienta. Lo abrió con dedos resbaladizos y gruñidos bajos.

Esa noche, Luo Binghe bajó acariciando desde el cuello de Shen Qingqiu hasta su cintura y la asió para arrimarlo a sí a la fuerza. Al mismo tiempo, empujaba con los brazos para empalar a Shen Qingqiu sobre su miembro mientras balanceaba las caderas en embestidas fluidas. Esos movimientos forzaban grititos de los labios de Shen Qingqiu. Cada embestida creaba su sonido correspondiente.

Shen Qingqiu sentía como si faltara aire en la habitación. Pasó un buen rato recorriendo con manos trémulas el cuello de Binghe, luego sus hombros y espalda, ofreciendo tanto consuelo como podía a la desesperación que sentía sacudir a su esposo.

—Tuyo —murmuraba—. Soy tuyo, Binghe, calma. No pasa nada. Este maestro está contigo. No llores.

Binghe ni siquiera había notado que estaba llorando. Su esposo siempre lo trataba tan bien. No quería abandonar sus brazos jamás. Encontraba inexplicable el alivio que le proporcionaba el cuerpo cálido que sostenía y que respondía a sus acciones.

De alguna manera, por imposible que pareciera, había conseguido todo lo que siempre había deseado y más.

La mañana siguiente, la voz todavía ronca por el desuso, Binghe llamó:

—Esposo.

El murmullo adormilado que escuchó en respuesta le sacó el inicio de una sonrisa. Luo Binghe acercó más hacia sí a su esposo.

***

Con un resoplo, Shen Qingqiu cogió una pila de pergaminos de la mesa de Binghe.

—Este esposo no es una mera decoración. Deja que te eche una mano —exigió él.

Binghe intentó quitarle los pergaminos sin llegar a cogerlos propiamente y refunfuñó:

—Shizun no está aquí para trabajar, sino para descansar. El tiempo es especialmente bueno hoy.

—¿Acaso Binghe está implicando que este esposo es incapaz de organizar tu trabajo? —contraatacó Shen Qingqiu.

Luo Binghe jamás osaría siquiera aludir a tal cosa. Sabía que Shen Qingqiu era una persona organizada y que era capaz de clasificar todo tipo de cosas. De hecho, fue de él que aprendió cómo dirigir los asuntos de una gran propiedad, en Qing Jing, sentado opuesto a shizun. La cuestión era que, bueno, quería que shizun fuera un cónyuge mimado y los cónyuges mimados no echaban una mano a sus esposos con los reinos que estos gobernaban.

Algo de sus intenciones tuvo que habérsele reflejado en la cara porque, al siguiente momento, un abanico descendió sobre su cabeza, agarrado en el apretado puño de Shen Qingqiu. Su esposo le echó la bronca:

—Luo Binghe, me vas a dar todos los pergaminos que tengan que ver con la dirección del palacio y la organización de las cadenas de provisión de productos de primera necesidad en todo el reino o, juro por lo más sagrado, haré que te arrepientas.

Luo Binghe, Señor de los Demonios, le pasó mansamente los documentos que le exigía. Su esposo trajo una silla, la depositó en frente de él, al otro lado del escritorio, y empezó a asistir a Binghe en el gobierno del reino.

—Tú me ayudas con los asuntos de Qing Jing. ¿Por qué no iba a ayudarte yo con esto? —Shen Qingqiu bufó y le dio un manotazo a la mano que intentaba quitarle algunos de los pergaminos.

—Mi esposo tiene razón —concordó Luo Binghe y volvió a su parte del trabajo. Estaba ligeramente acalorado por la asertividad de Shen Qingqiu.

***

Una vez casadas, las personas suelen adoptar las costumbres de su pareja.

En el caso de Luo Binghe, comenzó a imitar a propósito los hábitos que tenía Shen Qingqiu en su vida privada: solo llevaba túnicas interiores, tiraba todo indicio de decoro por la ventana, sobaba a su esposo siempre que le daba la gana y lo besaba cuando le apetecía. Se deleitaba en que esas acciones fueran recíprocas. De discípulo, no se había atrevido a comportarse de esta manera, pero su condición de esposo admitía ciertos privilegios y se aseguraba de hacer buen provecho de ellos.

Estáis tan acaramelados que dais grima. El Anciano Demonio de los Sueños se entrometió mientras Binghe descansaba la cabeza en el regazo de Shen Qingqiu.

Una a una, Shen Qingqiu le estaba metiendo en la boca las uvas que Binghe había importado específicamente para su shizun. De vez en cuando, mordisqueaba suave los dedos que acababan tocándolo.

El Señor de los Demonios se quedaba desconcertado ante los toques que recibía en los labios a cambio. Shen Qingqiu nunca podía pegarlo con fuerza. Lo único que hacía era darle golpecitos ligeros. Era adorable. Binghe tenía la sensación de que, si alguien osaba arrebatarle esto, se vería obligado a cuartearlos en maneras que pocos se atreverían a imaginar.

Al tiempo que miraba con pura adoración esos ojos de jade, Binghe sonrió y respondió muy ufano al Demonio de los Sueños:

"Estás verde de envidia de que tú no tienes una esposa tan cuqui, viejo miserable."

El Anciano Demonio de los Sueños bufó antes de, para variar, huir por su cuenta en vez de esperar a que lo echen.

—¿En qué está pensando Binghe? —preguntó Shen Qingqiu, contemplando a Luo Binghe con mirada cariñosa.

—En ti —contestó Binghe—. Siempre en ti.

Chapter Text

Shen Qingqiu descansaba en la cama entre sábanas color carmesí. Una verdadera montaña de almohadas bordadas le hacían compañía en lugar de su definitivamente-esposo. Dicho esposo estaba vete tú a saber dónde, explorando algún acontecimiento extraño al sur.

Sabía, lógicamente, que Luo Binghe volvería pronto, pero le era igual de difícil dejar de preocuparse que dejar de respirar. Era consciente de que su esposo era todopoderoso, por lo que volvería vivo, pero también sabía que la bazofia que escribió Shang Qinghua estaba como una cabra sin tornillos... Su esposo bien podría volver con cuatro brazos o cinco pollas o una cola. Hasta había una mayor probabilidad, dada la naturaleza de El camino de un orgulloso demonio inmortal, de que Luo Binghe volviera apestando a una planta, una poción, un lago o algún tesoro místico cachondos y Shen Qingqiu, cómo no, tuviera que ayudarle a capear sus efectos con papapá.

El jueves pasado fue un desastre de proporciones épicas.

Él era un solo hombre, no un harén de bellezas. Solamente tenía un culo, una boca y dos manos. No tenía la fuerza suficiente en las muñecas para lidiar con esto. Qué Pera Mística de la Virilidad ni qué hostias. Se le tuerce el gesto solo de recordarlo y hasta solo de pensar en que tiene un culo. Se habían gastado el equivalente de una semana de lubricante (perdón, "ungüento medicinal") en doce horas. El trasero le había ardido en llamas durante días.

Castigó a Binghe como castigaría a un discípulo verde: le mandó copiar de un libro que detallaba la flora y la fauna del Reino de los Demonios. Pero el extraño resultado fue que el Señor de los Demonios acabó más feliz que una perdiz.

¿Por qué? Shen Qingqiu no tenía ni idea, pero los castigos perdían su gracia y lo jodía porque estaba empezando a pensar que no había nada que le pudiera hacer para castigarlo. Uno de estos días, tendría que acordarse de apuntar todos los desencadenantes argumentales de papapá de los que tenía memoria, aunque sea para prepararse él mentalmente.

Una vez, le pidió a Shang Qinghua que se los escribiera, pero ese imbécil no se acordaba ni de la mitad. No paraba de quejarse de que había demasiados ejemplos y que nadie podía acordarse de todos y bla, bla, bla... Ojalá Mobei-jun le destroce el ojete. Esperaba que Mobei-jun encontrara la Fruta-Corazón de la Serenidad y se la comiera mientras solo tuviera a Shang Qinghua a mano para ayudarle con las consecuencias. De hecho, iba a encontrar él mismo la Fruta-Corazón de la Serenidad y se la enviaría a Mobei-jun con el único propósito de arruinarle la vida a Shang Qinghua.

Recordaba el nombre de la Fruta-Corazón porque ese estúpido elemento de la trama había surtido los efectos más duraderos. Los lectores crearon una lista de los diez mejores remedios curativos de la historia. Dos meses de papapá seguidos estaba en la cumbre de la lista, junto con una ilustración cuqui de una manzana con forma de corazón. Luo Binghe se trincó a la mitad de su harén durante una temporada de cultivo en reclusión para deshacerse de los efectos adversos y retener los beneficios. Era una buena manera de fortalecer el cuerpo, pero venía con... consecuencias bastante serias.

Se tomó un momento para considerar que su mezquindad estaba alcanzando nuevas alturas y que se estaba acercando a los niveles astronómicos de autosabotaje de Shen Jiu.

Mientras recordaba cada estúpido elemento argumental causador de papapá que había tenido que soportar durante su matrimonio relativamente nuevo ese momento se pasó muy rápido, como si no hubiera pasado nada. Shang Qinghua, prepara el ojete para el inevitable prolapso rectal. Ya se curaría. Estaría bien. Solo quería que Shang Qinghua experimentara parte de su sufrimiento. Hasta le enviaría una cesta de regalo después, en la que incluiría algún que otro pañal y una buena botella de vino.

Atrapado en su monólogo de amargura y resentimiento, más que nada debido a la cama vacía en la que odiaba dormir solo, Shen Qingqiu se sobresaltó al escuchar la puerta abrirse con un portazo.

Oh, esposo. Genial.

Ahí estaba Binghe en el umbral, algo maltrecho. Su hombro derecho, pierna derecha y pecho estaban embadurnados de sangre. Su cara era una máscara de ira cubierta de salpicaduras de sangre que permanecía completamente quieta. Se aferraba con una mano a la puerta para no caerse de bruces.

Bueno, ¿al menos no era polen afrodisíaco?

Shen Qingqiu no sabía de quién era esa sangre. Lo que sí que sabía era que, aunque su esposo se curaría pronto, no podía dejarlo en ese estado. Se levantó rápido de la cama, cogió el brazo sano de Binghe y se lo echó a los hombros.

Sintió a Binghe pegar un respingo y algo parecido a pasmo se asomó en su cara al tiempo que su esposo intentaba apartarse bruscamente.

No. Su esposo podía dejar su orgullo viril en otra parte y olvidarlo. Shen Qingqiu lo cogió con más fuerza a medida que lo guiaba hacia una silla que estaba cerca del lateral de la cama.

—¿Qué te has hecho esta vez? —lo regañó Shen Qingqiu—. Tú y yo sabemos que puedes curarte solo, pero parece ser que, en algún momento, has olvidado que una de las habilidades básicas que se les enseñan hasta a los discípulos marciales más jóvenes es la de evasión.

Será que a este idiota de verdad se le había olvidado que esquivar al enemigo también era una opción. ¿Sabía Shen Qingqiu que era eso lo que había pasado en este caso? Pues no. ¿Le importaba? Tampoco. En ocasiones, veía a Luo Binghe recibir aposta un ataque de una bestia demoníaca. Después, su esposo se giraba hacia él y su mirada decía claramente: "elógiame". ¿Que lo elogie por qué exactamente? ¿Por las pocas neuronas que le quedaban? ¿Que lo elogie por tener congee en vez de cerebro?

***

Los ojos de Luo Binghe se abrieron por la sorpresa, las pupilas contraídas de furia, cuando esa miserable escoria que tenía por maestro empezó a arrastrarlo a un taburete en una habitación que le resultaba a la vez familiar y desconocida.

Algunos de los objetos de esta estancia privada eran los mismos, mientras que otros eran claramente diferentes a lo que conocía. La cama era más grande y contenía lo que parecían ser todas las almohadas del palacio. Había botellas con diferentes tinturas que parecían ser para el cuidado de la piel y el pelo. Veía una mesita de noche que era más grande que la suya. El armario también parecía ser más grande. Una extensión de tela fina colgaba del biombo y no sabía a quién pertenecía. ¿Asumía que la tela era algún chal de gasa que se había dejado una de sus esposas?

La decoración era en general más suntuosa. Las paredes estaban cubiertas de tapices lujosos y pinturas, había velas dispuestas en diferentes rincones de la habitación, alojadas en contenedores delicados en forma de jaulas para pájaros decoradas con golondrinas de metal y las ramas sobre las que estaban posadas, todo del mismo material.

La diferencia más grande, por supuesto, consistía en la presencia de Shen Qingqiu. Entró en la habitación y se quedó horrorizado al ver a su antiguo maestro levantarse de su cama vestido solamente con una túnica interior negra que le resultaba familiar. Parecía una de las suyas.

Objetivamente, había notado que Shen Qingqiu parecía como sacado de una pintura: blanco sobre negro, como tinta derramada sobre pergamino. Eran de una altura similar, pero Shen Qingqiu no era ancho de espaldas. Sus hombros eran estrechos y su cintura lo era aún más. La túnica interior de Binghe le quedaba demasiado grande: las mangas le cubrían las manos y solo dejaban al descubierto las puntas de los dedos. Estaba atada de cualquier manera y quedaba holgada por todas partes.

Lánguidos ojos verdes lo atravesaron y manos benevolentes pero firmes lo sostuvieron. El cabello que jamás había visto desarreglado, hasta que lo manchó él mismo, oscilaba sin ataduras, despeinado tras una noche de sueño. La imagen que formaba le robó el aliento y le dejó los pulmones en llamas.

Con el corazón desbocado, consideró que se había quedado sin palabras debido a la sorpresa que lo azotó al ver a su antiguo maestro en tal estado. Y fue también la sorpresa lo que permitió que se dejara guiar por esta versión de Shen Qingqiu hacia un taburete. Esa misma sorpresa fue lo que mantuvo sus miembros lesionados relajados, lo que impidió que apartara a ese hombre con un empujón aún más fuerte y que dijera las palabras que tenía el impulso de decir.

Este Shen Qingqiu estaba claramente familiarizado con esta estancia, lo cual era ridículo dado que Luo Binghe no compartía habitación con ninguna de sus esposas. Las visitaba según un sistema rotativo dependiendo de las necesidades que tenía en el momento, pero su espacio era solamente suyo. No le gustaba compartir sus cosas con otros.

Por ahora, observará al Shen Qingqiu que pertenecía a este extraño mundo que había encontrado. Una sonrisa burlona se le extendió por la cara mientras miraba a Shen Qingqiu mojar un trapo en el lebrillo. ¿Qué se proponía hacer su antiguo maestro? ¿Ofrecerle una toalla para que se limpiara o lanzarle el agua del lebrillo a la cabeza como cuando le echó el té hirviendo de adolescente? A Binghe casi se le escapó la risa al imaginar a esta rata miserable y mezquina ofreciéndose a ayudar a alguien. Al mismo tiempo, suprimía la extraña sensación de anhelo que le generaba esa imagen.

Dedos largos y esbeltos, como ramas de mármol liso, inclinaron su cabeza hacia atrás. Intentó apartarse de ese contacto que transmitía una posesividad despreocupada. Luo Binghe no pertenecía a nadie, solo se pertenecía a sí mismo. No podía permitir que lo tocara cualquier fulano al diera por ahí y esto...

La mano que estaba por tocar su mejilla cambió de dirección y lo cogió con firmeza del mentón para alzarle el rostro. La increíble audacia de tal gesto hizo que Binghe le gruñera un "no" que tal vez resultara impropio en él.

Vio los ojos de su maestro entrecerrarse y esperó la llegada de la lluvia de ponzoña que confirmaría lo que ya sabía sobre la verdadera naturaleza de este hombre. Lo que recibió, en cambio, fue:

—No recuerdo haberte preguntado tu opinión, esposo. —Los dedos que estaban en su mentón apretaron más e inclinaron su cabeza aún más hacia atrás—. Vuelves sangrando con heridas cuyo origen no quieres explicar, de un humor del que no quieres ni hablar ¿y esperas que te deje campar por tus anchas? —Las palabras se pronunciaron susurradas, pero con la misma firmeza que transmitían los dedos en su barbilla—. Te voy a limpiar. Te voy a vendar las heridas. Y por la mañana, a la luz del día, todo estará mejor.

La mirada de Shen Qingqiu se suavizó y esos dedos tan elegantes empezaron a acariciarlo. Un pulgar bajó por la curva de un pómulo pasando por una salpicadura de sangre.

¿Es... esposo? A Luo Binghe lo sacudió un escalofrío, debía de ser por el asco. Había presupuesto que mantenía a Shen Qingqiu en sus aposentos como algún tipo de catamito o que, en esta vida, este palacio no le pertenecía. Un temblor le bajó por la columna al escuchar las órdenes y tan solo permaneció quieto, como se recordó a sí mismo, para estudiar la situación en la que se encontraba. No se convirtió en Gobernante tanto del Reino de los Demonios como del Reino de los Humanos a base de satisfacer su impaciencia. La misma estrategia debería funcionar en este mundo.

Debido a las acciones de Shen Qingqiu, la túnica negra que cogió prestada de Luo Binghe se le cayó de un hombro en una muestra sensual. Sus ojos estaban a la misma altura que la piel que se asomaba de la túnica como la pulpa de la piel en una mandarina. La clavícula que revelaba era delicada, el cuello largo... las marcas numerosas.

Los morados que envolvían esa delgada columna atrajeron la atención de Luo Binghe. Mordiscos rojos y profundos en proceso de curación que hicieron que se pasara la lengua por sus propios caninos, corriendo por los afilados extremos que su otro yo habrá usado para pintar de rojo el blanco lienzo de la piel de Shen Qingqiu.

El cuello que se le presentaba mostraba una mordedura definida en el lado derecho, mientras que el resto de la columna estaba salpicada de manchas moradas. Tenía una marca a juego en el hombro derecho y, por lo que podía ver de la clavícula y el pecho su antiguo shizun, su otro yo había grabado su posesión fieramente sobre Shen Qingqiu de una manera difícilmente disputable. Se preguntó si su otro yo cogía alguna vez esa garganta tan grácil, sobreponiendo los dedos para ahogarlo, tal como había hecho Binghe.

Shen Qingqiu llegó con el paño húmedo a su cara y la mirada de Luo Binghe se vio atraída por la marca que tenía en la parte interna de la muñeca, un lunar en el mismo centro, antes de que los ojos se le entrecerraran para proteger su vista mientras esas manos le limpiaban la sangre del rostro. Había roto esos dedos hace tiempo.

El paño pasó de su frente, moviéndose con trazos cortos y cuidadosos, a sus mejillas y luego a su mentón. La mano libre subió por su cuello, dejando piel de gallina a su paso, a medida que masajeaba un lugar que sus esposas nunca habían encontrado. Le rascó con uñas acicaladas el cuero cabelludo en la nuca y Luo Binghe sintió la piel de gallina extenderse. Se dijo que era por el horror de ser tocado por Shen Qingqiu e ignoró el placer que se acumulaba en su vientre.

Shen Qingqiu depositó el paño en el lebrillo y escurrió el agua antes de seguir limpiándolo. Un trazo juguetón en su nariz lo sorprendió. Le trajo a la mente gatitos traviesos que le lamían los dedos. La expresión de Shen Qingqiu no revelaba nada en todo el proceso, lo limpiaba sin darle importancia a que Luo Binghe estuviera cubierto de sangre, suciedad y su propio icor.

Su mirada volvió a ser atraída por las marcas. Se preguntó hasta dónde llegaban. Se preguntó si Shen Qingqiu le permitiría tocarlo de esa manera y no había duda en su mente de que había follado a su shizun. ¿Por qué sino estaría shizun aquí, en lo que tenía que ser su habitación, limpiándolo con tanto esmero? ¿Por qué sino lo llamaría esposo?

Nunca había dejado tales marcas sobre nadie. Normalmente se limitaba a un mordisquito por ahí o por allá, a chupar suavemente hasta que la piel se sonrosaba o hasta que un pezón erecto se volvía rojo en su boca. Si hubiera intentado hacerles lo mismo a sus esposas, todas y cada una de ellas habrían encontrado la cadena inconexa que rodeaba el cuello de Shen Qingqiu aborrecible y abusiva. Sus dedos siempre eran acariciadores, se volvían más forzosos si hacía falta y a veces rozaban la desesperación, pero jamás llegó a infligirles las mismas hambrientas fauces que había atacado a Shen Qingqiu. Ni siquiera bajo la influencia de Xin Mo.

No cree haber albergado jamás sentimientos tan fuertes hacia una persona que quisiera devorarla. Para él el sexo era más un instrumento que un goce. Era una cadencia repetitiva de mete y saca entre su polla y un agujero mojado, tetas o un coño caliente en su boca, mientras él satisfacía parte de su gran necesidad y le alegraba el día a la otra persona.

Ahora que había empezado a fijarse, la boca de Shen Qingqiu le parecía magullada a base de besos, si es que tal cosa era posible. ¿Durante cuánto tiempo y con qué fuerza habría que besar para dejar una irritación que tardara días en curarse?

Un par de manos cuidadosas le quitaron la horquilla decorativa y después lo desprendieron de la corona. Shen Qingqiu subió desde su nuca acariciando con las palmas y acabó despeinándolo un poco y masajeándole el cuero cabelludo. Luo Binghe se inclinó hacia las caricias. Esas mismas palmas bajaron a sus hombros y procedieron a desvestirlo. Dedos ágiles desataban su cinturón y los cordones laterales solo para tirar las prendas de cualquier manera sobre otra silla.

—¿Qué voy a hacer contigo, hmm? —preguntó Shen Qingqiu. Luego depositó un beso sobre su marca demoníaca mientras Luo Binghe se mantenía bien quieto.

Esas mismas manos volvieron a asir el paño y terminaron de limpiarle las heridas en nada. Shen Qingqiu se arrodilló para revisarle la pierna y se volvió a incorporar con un chasquido de la lengua, habiendo catalogado el tajo de herida superficial.

—Estás en condiciones de darte un chapuzón en la fuente curativa. Te sacaré la medicina... ¿Quieres que vaya contigo? —se preocupó Shen Qingqiu.

—No. Me bañaré por mi cuenta —contestó Luo Binghe en tono tenso.

Este constante toqueteo despreocupado, estos momentos de afecto sin pretensiones en los que no estaba follando al presunto-esposo del otro Luo Binghe le estaban revolviendo el estómago. Sus esposas tenían sus propios palacios y, a menos que estuvieran haciendo el amor, jamás tenían la desfachatez de tocar a Luo Binghe como les diera la gana, de ofrecer consuelo que fuera más allá de una palmadita en la mano, una taza de té o un oído atento. Había días en los que hacía el amor con una de ellas solo para sentir su piel contra la suya.

No sabía qué hacer ahora que el contacto físico se ofrecía libremente y sin las expectativas de que luego tendría que desvestir a Shen Qingqiu y saciar en parte su famoso apetito insaciable. Nunca se habría esperado que tal pensamiento se pasara por su mente; la idea de follar a Shen Qingqiu era nueva.

Preocupados ojos verdes lo contemplaron y una mano le acarició la cabeza. ¿Hacía cuántos años que no lo tocaban con tanto cariño sin esperar un pago a cambio? No solía ser un pago monetario, aunque en ocasiones lo era, sino una devolución del favor en forma de su esfuerzo, comida, sangre, protección o algo. Cualquier cosa.

—Venga —lo instó Shen Qingqiu.

Luo Binghe cojeó hasta una de las fuentes y procedió a lavarse con rapidez. Tenía que ser por la sorpresa, se repitió otra vez. Tenía que ser eso.

***

A su retorno, encontró la habitación iluminada por la luz de las velas y le volvieron las náuseas. Había hecho el amor con sus esposas teniendo una pierna y tres costillas fracturadas, ¿por qué iba a ser esto diferente? Cierto resentimiento empezó a acumularse hasta que divisó la figura que estaba sentada al borde de la cama.

El aliento abandonó su cuerpo en una sola exhalación trémula.

A lo mejor era así como se sentía ascender. Él ya no formaba parte del mundo de los mortales.

Todo rastro de resentimiento abandonó su cuerpo para ser sustituido por un hambre anhelante e incandescente. Su pilar se irguió como si volviera de la muerte, actuando como una sonda que indica la localización de un tesoro que Luo Binghe había pasado por alto en su mundo de origen.

Sin embargo, para ser justos, su shizun era un pedazo de mierda mientras que este... este era... Considera medio histérico si su shizun era así.

Subió con la mirada desde pies inquietos, desnudos y delicados, hasta las marcas que había en sus delgados tobillos. Luego siguió hasta los muslos cremosos tintados de verde por la tela transparente que los recubría y que no conseguía ocultar nada a su mirada avariciosa. Él mismo no llevaba más que una túnica interior, su miembro erecto delineado por la tela al tiempo que observaba a su esposo.

Los muslos de Shen Qingqiu tenían mordiscos apasionados y su miembro descansaba en una mata de rizos de apariencia suave. Luo Binghe jamás había pensado en follar a un hombre, pero la visión del pilar de Shen Qingqiu lo hizo detenerse. Se le escapó un gimoteo prácticamente inaudible.

Normalmente no le interesaban los pilares ni se molestaba en pensar en ellos, pero esta cosita tan suave y vulnerable le hacía la boca agua. Parecía ser tan pálida como el resto de Shen Qingqiu, aunque se volvía de un rosa más intenso a medida que bajaba hacia la punta. Quería frotar sus pilares juntos y ver cómo ese pequeño miembro se endurecía pegado al suyo. Era consciente de que Shen Qingqiu tenía que ser de un tamaño medio, pero Luo Binghe resultaba ser muy superior a la media. En todo.

Tragó la saliva acumulada y levantó la mirada con gran dificultad. Reparó en una cintura que podría rodear firmemente con las manos. No era tan pequeña como las de sus esposas, pero había que hacer concesiones a que Shen Qingqiu seguía siendo un hombre.

Lo distrajeron de esos pensamientos dos pezones que parecían mirarlo fijamente desde ese pecho musculoso, como si intentaran seducirlo, la extensión de los pectorales llana en vez de curva. Binghe pensó que disfrutaría tocándolos igualmente: una experiencia nueva que vivir, un plato nuevo que saborear. Tenía que admitir que su otro yo tenía buen gusto, así que ¿dónde estaba el daño en que él también le pegara un mordisco?

Cuando era discípulo, reconoció que su shizun era elegante y hermoso como ningún otro, pero tampoco quería doblarlo en dos y cogerlo. Quería ser él. Ahora mismo, estaba a tres segundos de despedirse de su cordura, saltar sobre esa cama ridículamente grande y poner perdidas las sábanas.

Manos gráciles pasaban un peine por una melena negra y lustrosa, la teja se arrugaba en el codo flexionado. Sus ojos se abrieron con un batir de pestañas espesas al tiempo que ese súcubo disfrazado de su antiguo shizun flotó hacia Luo Binghe, lo cogió de la mano y guio su cuerpo laxo a la cama en una parodia de sus acciones anteriores.

Luo Binghe estaba listo y esperaba con ganas el placer que se avecinaba. Su corazón latía como un tambor mientras se preparaba mentalmente, su boca formó una sonrisa seductora... hasta que lo arroparon como a un niño pequeño.

...¿Dónde estaba el sexo?

Quería sexo ahora. ¿Era esto... algún tipo de preliminar? ¿A su otro yo lo ponía este tipo de cuidado tan parental, por raro que pareciera?

La cara se le quedó congelada en una sonrisita socarrona al tiempo que Shen Qingqiu metía una mano rápida bajo las mantas, pero no para coger el pilar túrgido de Luo Binghe y seducirlo con un satisfactorio y desbocado revolcón marital, sino para ponerle ungüento en las heridas.

Luego Shen Qingqiu se acostó a su lado, vestido con la túnica de putilla más fresca que había visto en su vida (ni siquiera era una exageración, teniendo en cuenta que estaba casado con Sha Hualing) y se acurrucó con Luo Binghe. Shen Qingqiu colocó una mano sobre su pecho y empezó a transferir su propia energía espiritual a los meridianos de Binghe.

Muy bonito, pero ¿dónde estaba el sexo? Ahora mismo Luo Binghe sería capaz de doblar una espada con su polla y ahí estaba su muy-probablemente-esposo, claramente pidiendo a gritos que le dieran más fuerte que flojo en el culo. ¿Y qué estaba haciendo Shen Qingqiu? ¿Lo estaba curando? ¿En esa túnica? A quién se creía que estaba engañando. Era claro como el día que quería que Binghe diera el primer paso. No pasa nada, él podía dar el primer paso. Algunas de sus esposas requerían que las convenciera porque les daba demasiada vergüenza admitir que les gustaba que las follara.

Binghe se le arrimó más y empezó a mover su mano ilesa, junto a la cual, convenientemente, Shen Qingqiu estaba pretendiendo dormitar mientras esperaba que su esposo cumpliera con su deber conyugal. Sobó la cintura de Shen Qingqiu y, al instante, la mano de su shizun, que hasta ese momento descansaba sobre su pecho, con unas uñas sorprendentemente cuquis, le dio un golpe firme sobre el pectoral y apartó la mano de Binghe de su cintura.

—Binghe, no. Estás herido —lo regañó Shen Qingqiu.

Era peleón. A Binghe le caía en gracia. Insinuándose otra vez, Binghe suplicó:

—Te necesito. Me moriré si no me tocas.

Hala, eso solía funcionar con sus esposas. Sus egos quedaban apaciguados por sus súplicas de medias tintas mientras ellas hacían justo lo que él quería y al final se sentían especiales.

La mano que volvió a posarse sobre su pecho le dio otro golpecito y Shen Qingqiu procedió a ignorarlo. Intentó sobar ese trasero, firme y carnoso como un melocotón. El momento en que su mano hizo contacto, Shen Qingqiu se incorporó como un resorte y lo fulminó con la mirada. Qué recuerdos, pensó con cierta nostalgia.

—Luo Binghe, estás herido. Nosotros no vamos a hacer nada. Nosotros vamos a dormir y yo voy a curarte. ¿Me entiendes, ridículo esposo? Pórtate bien y descansa —lo regañó Shen Qingqiu.

El tono era brusco pero la mano que le daba golpecitos en el pecho era ligera, como si no pudiera soportar hacerle daño. Esos golpes no eran nada para la constitución de Luo Binghe y los dos lo sabían. Hacían cosquillas. Tal vez tampoco fueran nada para alguien con un cuerpo mortal, dado lo suaves que eran.

Shen Qingqiu le pinchó ambas mejillas entre pulgar e índice y tiró. Había cortado manos por infracciones menores, pero todavía estaba explorando esta dimensión desconocida, así que lo dejará correr. Y el hecho de que el comportamiento juguetón lo calentó por dentro no tenía nada que ver.

—Entonces ¿por qué llevas esa túnica? —replicó Binghe con la boca todavía estirada a lo ancho. Esto tenía que ser una seducción, claro como el día. No había ninguna otra opción viable.

Normalmente, Shen Qingqiu era difícil de leer, hasta cuando estaba al borde de la muerte, pero ahora mismo su indignación era patente en la arruga que se le formó en la nariz mientras decía:

—¿Hablas de mi pajama? Si me lo has comprado tú. Lo llevo todo el rato, así que ¿por qué esta noche iba a ser diferente?

Con un último tirón, Shen Qingqiu lo soltó para tirar ahora de sus mangas.

Luo Binghe por poco se atragantó con su propia saliva.

—¿Pijama? —preguntó con incredulidad.

Eso no era un pijama. ¡Y él tenía como seiscientas esposas, sabría si lo fuera! Para empezar, ese retazo de tela apenas se podía clasificar de "túnica": era demasiado transparente para ser una túnica.

Shen Qingqiu lo miró pestañeando, confuso, y empezó a tantearle la frente como si pensara que podría tener fiebre. A los Demonios Celestiales no les subía la fiebre, pero eso no parecía importarle a esta extraña y fascinante versión de su antiguo shizun. Luo Binghe apartó sus manos.

—¿Pijama? —repitió para confirmar. Solo por si las moscas.

Shen Qingqiu lo miró con ojos desprovistos de lujuria, completamente inocentes. No estaba aparentando no sentir lujuria para representar el papel de inocente para avivar el apetito de Luo Binghe, sino que era límpido como el agua de lluvia. Como la nieve. Como un recién nacido.

Siempre había asumido que Shen Qingqiu era un baboso. Y tal vez el suyo lo fuera o Luo Binghe se había equivocado, pero la criatura impoluta en esta cama claramente no tenía ni idea de lo que llevaba puesto. Tuvo que admirar a regañadientes la audacia del otro Luo Binghe... además de la aparente ceguera de su shizun. ¿Y si metía la polla en esa bonita garganta y lo llamaba medicina? A lo mejor el hombre en su cama hasta le creía.

—Estás precioso en él —le ofreció. Esperaba posponer las preguntas sobre sus lesiones craneales.

Al ritmo al que iba esto, si no se ponían pronto con el revolcón, su pilar bien podría caérsele del todo en algún momento de la noche.

—¿Vas a dormir? —inquirió Shen Qingqiu. Lo miraba con preocupación mientras se mordisqueaba el labio.

—Mmn. —Luo Binghe accedió a regañadientes. No pasa nada, ya destrozaría ese culo por la mañana. Podía esperar. Si le faltara paciencia, no habría logrado convertirse en un Señor de los Demonios. Hizo una pausa antes de proseguir, pues quería saborear el nuevo sonido—: Esposo —llamó, la voz dulce como la miel.

—Mmn —contestó Shen Qingqiu. Lo miraba con confianza. Qué imagen tan novedosa.

—Esposo —volvió a llamar Luo Binghe, ahora con mayor seguridad.

—Mmn.

—Esposo —repitió por tercera vez.

Shen Qingqiu bufó.

—¿Por qué sigues llamándome? Si estoy aquí mismo.

Luo Binghe rio entre dientes.

—Quería escuchar cómo sonaba.

Al fin y al cabo, solo tenía esposas. Lo de tener esposo era nuevo.

Shen Qingqiu empezó a hundirse a su lado de nuevo, pero luego se detuvo, se incorporó sobre un codo... y lo besó en los labios. El corazón de Luo Binghe se saltó otro latido, el muy traidor, al tiempo que Shen Qingqiu se acurrucaba a su lado, una mano llenando sus meridianos de chi.

Estaba en sus aposentos, herido, con el pilar en estado de erección permanente, en presencia de lo que tenía que ser la persona más seductora que había visto en su vida y aferrándose por los pelos a su control. Por la mañana, saltará sobre su esposo y catará lo que su otro yo ha estado claramente (y con mucho ahínco) disfrutando.

Al tiempo que observaba esa carita dormida, empezó a viajar hacia los sueños de Shen Qingqiu. Bien podía ver qué tenía entre manos. O al menos lo intentó, hasta que una pierna se superpuso sobre sus caderas y una rodilla lisa presionó contra su ingle; todo ello interrumpió su concentración y le devolvió los pies a la tierra.

Lanzó una mirada a la cara de Shen Qingqiu para verificar que seguía dormido. Corrió una mano por ese trasero generoso, acercándose poco a poco a la entrada que, en teoría, sabía que había penetrado. Se lamió los caninos y se frotó contra esa rodilla mientras Shen Qingqiu soltaba maullidos de minino en sueños. Esto va a ser divertido.

Su índice rozó algo duro.

Luo Binghe se tomó un momento para trazar el borde de la entrada de Shen Qingqiu a través de la "túnica" verde. Era como si una cajita de maquillaje en polvo se hubiera caído debajo de la túnica de Shen Qingqiu y...

Oh.

Oh, era eso. Tenía un... Se atragantó con aire. Sus dedos se flexionaron en un espasmo cuando la lujuria prendió fuego a su mente. Su pilar, ya tentado a más no poder por el bombón que lo arropó anoche, se lanzó a la meta de una manera que no había sufrido desde la adolescencia. Se manchó de semen los muslos, el vientre, la ropa, solo con imaginarse a Shen Qingqiu lleno a rebosar con... con... ¿Cómo se llamaba esa cosa? Lo mantenía caliente y abierto y listo para Luo Binghe.

Cogió una de las muchas almohadas y se tapó su cara roja. Soltó un grito mudo, humillación batallando con lujuria. Quería no hablar de esto jamás y, al mismo tiempo, desgarrar la poca ropa que llevaba su esposo y meter la polla hasta el fondo de ese calor, reemplazar ese... ese...

Luo Binghe lanzó la almohada a tomar por vientos y, rápidamente, procedió a atrapar al hombre dormido entre sus manos, colgando sobre Shen Qingqiu como una araña muy rara. Estaba respirando de forma superficial y laboriosa al tiempo que miraba a su esposo, dormido y vulnerable y todavía donándole chi a través del contacto piel con piel. Acabó acostándose de nuevo y arrimando a Shen Qingqiu contra su pecho.

Juró que por la mañana lo haría pagar por esto. Shen Qingqiu, durmiendo como un tronco, se acurrucó entre sus brazos.

Los ojos de Luo Binghe brillaban rojos. Deseaba con impaciencia comprobar si su esposo seguía teniendo un pilar falso dentro... y tal vez hasta el semen del otro Luo Binghe. Ni siquiera había escuchado sobre la existencia de tal artilugio, pero había que admitir que a este doble suyo se le ocurrían algunas ideas buenas.

***

Llegada la mañana, Luo Binghe se había pasado la noche mirado al techo, dudando de si había sido una buena idea matar a su propio Shen Qingqiu. Su shizun y este shizun eran claramente dos personas diferentes, de eso estaba seguro. Su Shen Qingqiu nunca le había dado razones para creer que Luo Binghe podía tomarse libertades con él, pero los dos shizun tenían el mismo cuerpo. Podía haber disfrutado de la indignidad que habría sufrido su antiguo maestro si Luo Binghe lo hubiera forzado para compensar por el sufrimiento que experimentaba él ahora mismo.

¿Tal vez habría resultado satisfactorio? Al fin y al cabo, le había arrebatado todo a Shen Qingqiu: su reputación, su libertad, su movilidad... ¿Qué diferencia hacía una pieza más?

Estaba asqueado por lo pegajosos que le quedaron los muslos por el semen seco.

***

Llegada la mañana, Shen Qingqiu acabó algo mareado por haber gastado tanto chi.

Todavía adormilado, miró a su esposo y se quedó a cuadros por la manera en que lo arrastraron agresivamente sobre un regazo firme. Binghe lo echó sobre la cama y restregó el paquete contra su trasero. Unas manos le separaron las piernas mientras Binghe se frotaba contra él. Una boca caliente descendió sobre la suya y una lengua se dispuso a invadir al momento.

Esta situación no le resultaba desconocida, pero algo no encajaba aquí. Estaba cansado, así que tal vez se equivocara, pero las manos...

Las manos eran diferentes.

Conocía el tacto de su esposo y, a pesar de que las manos eran las mismas y la boca era igual de famélica, algo no cuadraba. Binghe siempre cogía a Shen Qingqiu más alto en el muslo y masajeaba el músculo con suavidad en vez de abrirle las piernas por la fuerza. Nunca saltaría sobre Shen Qingqiu estando herido sin asegurarle primero que estaba bien y sin achucharlo de forma juguetona. Otra mañana, tal vez habría sido así de vigoroso, pero no hoy. Estas manos eran insensibles, también eran hábiles, eso había que admitir, pero les faltaba algo.

A Shen Qingqiu le vino a la mente el Luo Binghe original de sus pesadillas. El que encontró en la Dimensión del Castigo, el que le arrancó dos extremidades con una sonrisa. Ese muchacho avaricioso y tan roto que intentaba llenarse tragándose el mundo entero.

Contemplando esos ojos rojos, Shen Qingqiu acabó reconociendo a un hombre que no era suyo. Un hombre que se había tomado con él unas libertades que le hacían hervir de rabia la sangre. Esta manipuladora bestia de mierda... ¿Qué coño había hecho con su esposo? ¿Qué estaba haciéndole a Shen Qingqiu ahora? ¿Le valía cualquier agujero o quería mancillar su matrimonio?

Teniendo cuidado de mantener el cuerpo relajado bajo esas manos, Shen Qingqiu levantó una pierna como si fuera a descubrirse aún más antes de estampar la rodilla en la lesión que Luo Binghe tenía en el pecho.

Luo Binghe se sobresaltó y soltó un gruñido. Luego agarró a Shen Qingqiu con más fuerza, negándose a soltarlo. Su expresión abandonó la lenta seducción y adquirió una sonrisa burlona.

—¿Qué pasa, esposo? ¿No vas a satisfacer a este Señor? —inquirió con sarcasmo.

Ya, claro. Este no era su esposo. Luo Binghe nunca le hablaba de esta manera, como si fuera un juguete que fuera a descartar no bien se cansara.

Shen Qingqiu se dispuso a golpear con la mano al gemelo malvado saltadimensiones, pero el Luo Binghe original le agarró la mano y la inmovilizó contra la cama.

Shen Qingqiu vislumbró movimiento por el rabillo del ojo y nunca había estado más contento de estar casado con el protagonista. Estaba a un segundo de activar los sellos de sangre que convertirían su habitación de matrimonio en un refugio que le impediría el acceso hasta a Luo Binghe, pues los sellos empleaban su sangre, no la de su esposo. En la novela no existía tal cosa, pero a su esposo no lo abandonaba la paranoia de que alguien "robara" a Shen Qingqiu. Hasta este momento, nunca había agradecido el hecho de que su Binghe fuera ligeramente desequilibrado.

Sin embargo, el rescate convenientemente oportuno... venía al rescate. Por lo que, por fortuna, no necesitaría hacer uso de ningún refugio.

Ni Shen Qingqiu ni Luo Binghe dieron previo aviso antes de que su esposo le quitara de encima a su otro yo, sosteniéndolo por el pellejo como a un perro indisciplinado. Agarró con una mano el cuello del Binghe original mientras le sonreía a la cara. Francamente, era más un gruñido que una sonrisa. Binghe empuñaba a Xin Mo, ahora sin sellos que lo reprimieran, con pulso firme; otro Xin Mo colgaba de su cinturón.

—Hola, shizun. Permítele a este discípulo sacar la basura para que no te apeste —anunció Binghe al tiempo que apretaba más fuerte el gaznate del invasor.

—Binghe —llamó Shen Qingqiu.

El doble respondió con un contrataque: arrebató un Xin Mo del cinturón de su esposo.

Su esposo alzó una mano y llamó la espada a sí.

La cosa estaba en que su esposo era... uhm... ¿Tal vez fuera más poderoso que la versión original de Luo Binghe? Sí, Shen Qingqiu tampoco sabía qué había pasado ahí.

Hizo los cálculos y aquí estaba lo que sabía:

El Luo Binghe original usó a Xin Mo a coste de necesitar liberar energía yang constantemente, en concreto a través de sexo. Para poder seguir usando su espada demoníaca tuvo que haberse revolcado con una cantidad ingente de esposas. Xin Mo había devorado a todos sus espadachines anteriores y, como era de esperar de un arma a la altura del protagonista, además de ser invencible, servía como excusa tanto para el tamaño del harén como para la necesidad de tener uno siquiera. La espada ofrecía poder, pero era fácil dejarse consumir por él. Al deshacerse del exceso, Luo Binghe conseguía mantener el control... y evitar convertirse en comida de la bestia del infierno parasitaria que se hacía llamar Xin Mo.

¿Su Binghe... nunca había tenido ese problema?

Cuando Shen Qingqiu se lo preguntó, Binghe se limitó a reconfortarlo con una sonrisa y decirle que era una nimiedad y que Xin Mo era muy fácil de controlar, en serio, casi como Zheng Yang. Lo cual era una patraña como una casa, pero Shen Qingqiu asintió como si se lo creyera porque era un esposo atento que le permitía a su cónyuge salirse con la suya de vez en cuando.

La única vez que Luo Binghe había tenido problemas con Xin Mo fue en las cuevas Ling Xi, pero luego fue como si, una vez hubiera obtenido a Shen Qingqiu, se hubiera quedado perfectamente estable. Lo cual era imposible. Binghe tuvo que haber superado a su espada en alguna prueba rollo xianxia y consideró innecesario mencionárselo.

Ahí estaba Luo Binghe, pues, dos Xin Mo en mano, mientras que su gemelo malvado lo miraba con sorpresa pero de la mala. La sorpresa tipo "jo, mierda".

—Algunos perros no conocen su lugar —escupió su Luo Binghe mientras fulminaba con la mirada a su gemelo malvado—. Algunos perros creen que pueden mear en propiedad ajena mientras el dueño no está. —Habiendo mandado una llamarada de energía demoníaca tan potente que la podías saborear, su esposo continuó—: Algunos chuchos sarnosos quieren follarse todo lo que se mueve y necesitan que los sacrifiquen por su propio bien.

Nunca había escuchado lenguaje soez de boca de Binghe, pensó Shen Qingqiu al tiempo que cogía a Xiu Ya y una manta con la que taparse.

El Luo Binghe original se rio en su cara y mandó llamaradas de su propia energía, lo cual dio comienzo al choque entre dos titanes. Había pasado mucho tiempo desde que un oponente había hecho sudar tanto a su Binghe como al intruso:

—No es mi culpa que no hayas conseguido ni una mujer para tu harén. ¿Qué querías que hiciera? —se mofó el gemelo malvado.

La expresión de su esposo se ensombreció y, en vez de empuñar a Xin Mo, como haría una persona normal, recibió el puñetazo de Bingge con uno propio. Los puños impactaron con estruendo y los ojos de ambos se iluminaron con luz roja.

***

Luo Binghe fulminó con la mirada a este intruso, los ojos en llamas. Iba a despellejar a este miserable hijoputa y usarlo de alfombra en sus aposentos matrimoniales. ¿Cómo se atrevía a entrar en el hogar de Binghe y faltarle el respeto a su esposo? A su dulce y cariñoso esposo, que no debería entrar en contacto con un baboso que había arruinado su propio mundo y que, aún teniendo un palacio lleno de mujeres, había venido aquí a ponerle la mano encima al shizun que le pertenecía a él.

Escuchó los rumores a través de los sueños de una concubina. Esa otra versión de Luo Binghe mató a su Shen Qingqiu. ¿Para qué quería el Shen Qingqiu de este Luo Binghe?

—He visto tu dominio. Más de seiscientas concubinas y ni una sola Emperatriz, ni una sola esposa de verdad. ¿Qué parte de tu palacio es deseable, exactamente? —comentó Luo Binghe como quien habla del tiempo—. No he tocado a ninguna de tus mujeres, ¿y aquí estás tú, intentando robarme a mi legítima Esposa Oficial? ¿A mi único cónyuge?

Binghe aferró su propio Xin Mo y el doble, su reflejo inferior y patético, empuñó otra vez un Xin Mo y abrió una brecha en el aire. Salió huyendo con la cola entre las patas, no sin lanzar una última mirada a Shen Qingqiu.

Qué inocente. Era como si pensara que Luo Binghe no lo iba a descuartizar por sus transgresiones, que le dejaría salirse de rositas. Ni que no reconociera la lujuria en su propia cara. Su doble no sabía lo que lo esperaba si de verdad creía que Binghe se iba a olvidar de esto. Relegó su ira ardiente a un rincón antes de volverse hacia su esposo. Ahora no era momento para dar rienda suelta a su temperamento. Él era un hombre paciente. Había esperado durante años para hacer suyo a shizun, podía esperar un poco más para ejecutar su venganza.

La cara que le mostró a Shen Qingqiu, quien seguía empuñando a Xiu Ya con una mano mientras con la otra sujetaba una manta para preservar algo de modestia, había cambiado como del día a la noche. El cambio era tan radical que podría darle a uno latigazo emocional.

Del Señor de los Demonios de poder inimaginable no quedaba ni rastro y, en su lugar, solo quedaba un hombre de ojos dulces que aferraba a Shen Qingqiu a su pecho. Arrebujó a Shen Qingqiu mejor con la manta y extrajo a Xiu Ya de sus manos tensas de nudillos blancos para descansar la espada en una mesita auxiliar. Se curó el brazo fracturado rápido para poder abrazar a su esposo con mayor facilidad.

—Este esposo se disculpa por la tardanza —suplicó Binghe.

Acarició suavemente el pelo de Shen Qingqiu y le dejó esconderse en su cuello. Repasó el cuerpo de su esposo con su chi en busca de lesiones, sellos o cualquier tipo de manipulación.

Satisfecho de no haber encontrado nada, preguntó con arrullo en la voz:

—¿Dónde te ha tocado esa bestia? Deja que Binghe borre todo rastro, ¿hmm?

Shen Qingqiu se negaba a levantar la mirada. Seguía sosteniendo los bordes de la ropa de Luo Binghe con el mismo agarre que había tenido sobre su espada.

—Mi esposo tuvo que haberse pegado un buen susto, pero no te preocupes. Tu Binghe se hará cargo de todo. —Luo Binghe lo reconfortó a medida que sentía a Shen Qingqiu arrimarse aún más contra su pecho. Prácticamente se le había pegado como una lapa.

Mirando a su esposo con adoración, Binghe lo besó en la coronilla. Cambió una mano para sostener su trasero mientras que con la otra lo sostuvo por la espalda. Luego levantó a Shen Qingqiu en brazos y lo meció ligeramente a medida que se dirigía a la fuente de aguas termales.

—Bañémonos. Este esposo te lavará hasta que estés reluciente y cambiará las sábanas y te preparará tu congee favorito. Ya verás, tu Binghe lo pondrá todo en su sitio. Lo prometo.

Iba a quemar las sábanas y más tarde, mucho más tarde, cuando tuviera tiempo, iba a rastrear a ese pedazo de mierda y abrirle el pescuezo. Traerá su cabeza a casa sobre una pica como prueba de su amor. Y al siguiente que se atreva a hacer a su esposo tan pequeño y callado como estaba ahora le hará lo mismo. El control de plagas era una constante molesta en su vida.

Dado que seguía con la cabeza gacha, Shen Qingqiu no pudo ver la sed de sangre en los ojos de su esposo.

Chapter Text

Shen Qingqiu se acurrucó en brazos de Luo Binghe mientras lo llevaban a los baños. Manos callosas no paraban de acariciarlo, como para asegurarse de que seguía ahí, presente, y no raptado por un hombre con la cara de su esposo.

No levantó la cabeza del cuello de Binghe durante el baño, mientras lo lavaban solo con agua y jabón. Binghe le había recogido el pelo en la coronilla y se lo había atado con una cinta negra. Solo consiguió reunir el coraje para mirar arriba cuando su esposo empezó a soltarle el pelo para desenredárselo con un peine de púas muy separadas.

—Estoy bien —susurró Shen Qingqiu.

Binghe le contestó con un "hm" para hacerle saber que lo había escuchado, pero aparte de eso siguió centrado en lo que estaba haciendo, como si pudiera limpiar la presencia de su otro yo de la piel de Shen Qingqiu si le metía suficiente ahínco. La vista de Luo Binghe era afilada mientras dejaba el peine y cogía una botellita de aceite. Se echó una gran cantidad en la palma, como si fuera barato. Luego se aupó con facilidad para sentarse en el borde del baño que compartían.

Se estaban bañando en la zona subterránea del palacio. Unas enormes fuentes termales artificiales, construidas para imitar las del mundo exterior, dominaban la estancia. Una pequeña cascada borboteaba en el rincón, emanando nubes de vapor. El fondo de los baños estaba empedrado con losas lisas y plantas suaves que crecían a gusto en el calor. El agua límpida tenía un tinte verde y un ligero aroma herbáceo. Para poder acostarse en ellos, los bodes estaban revestidos de piedra lisa o de la hierba más mullida que hay, de un inusual tono aguamarina pálido.

Las paredes estaban empapeladas de talismanes que promovían la circulación del calor y evitaban que otra gente accediera al recinto. El techo era tan alto que lo eclipsaba el vapor que se arremolinaba y obstaculizaba la visibilidad. Estos no eran los únicos baños termales del palacio, pero eran de lejos los más grande.

Shen Qingqiu, cuando vio la construcción por primera vez, se había quedado asombrado ante las enormes termas terraformadas. Pero se recuperó rápido y cogió lo que quería de los cubos de madera, los cuales contenían artículos de aseo que conocía muy bien a estas alturas.

Los baños tenían sellos tallados en el fondo de piedra que absorbían toda suciedad y basura y las depositaban... en alguna parte. Suponía que iban a parar al lugar al que se teletransportaban todas las cosas que desaparecían. Algo como una dimensión-vertedero multiusos.

Todo eso venía a significar que no se tenía que molestar en lavarse antes de meterse en el baño principal. Ni tampoco se tenía que preocupar por que los jabones y los aceites ensuciaran el agua. El sistema de filtrado venía incorporado.

Binghe, sentado en la hierba, el cuenco de una mano lleno de aceite, usó la mano libre para pescar a Shen Qingqiu del agua y depositarlo en su regazo. Primero untó su cabello con el aceite y luego cogió más para embadurnar su cuerpo. Shen Qingqiu consideraba la segunda parte ridícula, ya que tendría que añadir más aceite o loción cuando se secara.

Se relajó sobre los muslos de Luo Binghe y permitió que su esposo inspeccionara sus extremidades con atención en busca de marcas, cortes o arañazos nuevos.

Binghe llegó a sus manos y le revisó las uñas por si había grietas. Al no encontrar ninguna, cogió más aceite y lo masajeó prestando atención a las cutículas, las palmas y la parte interna de las muñecas. El aroma de hoy era algo parecido a la manzanilla. No tenía ni idea de cómo se llamaba, a pesar de que lo olía con frecuencia durante la hora del baño. Era Luo Binghe quien se encargaba de reponer sus artículos de aseo y normalmente estaba satisfecho con su selección. Hizo ascos una sola vez, cuando le escogió un mejunje almizcleño.

Dejó su mente vagar, a salvo con su esposo. Sus pensamientos, sin su permiso, lo llevaron a ese otro Binghe. En retrospectiva, recordaba que el cabello del doble iba recogido en un estilo algo más complejo y que el bajo de su túnica estaba ribeteado de oro. Su Binghe había partido para lidiar con un conflicto, no para atender una reunión diplomática o una celebración. En el momento, había estado demasiado distraído por la sangre para notar la diferencia.

…Era aterrador compartir cama con un hombre que tenía la misma cara que su esposo, que hablaba con su misma voz y que, aun así, no era él.

Era invasivo y desagradable. A Shen Qingqiu le daba ganas de vaciar el estómago. No obstante... Veía en él algo de su propio Binghe. Eran dos personas completamente diferentes, cuyas existencias los moldearon para recorrer dos caminos distintos y, aun así, sabía qué forma adquiría la tristeza en el rosto de su esposo. Conocía cómo sonaba la desesperación y la soledad expresadas en su voz, hasta cuando escupía burradas como aquellas.

Shen Qingqiu no era tan estúpido como para querer arreglar a una persona, en detrimento de sí mismo, no bien posara mirada en él. Tenía un esposo, tenía una vida y no quería meterse en el fuego cruzado de otro Señor de los Demonios, uno más inestable que el suyo. Solo que... le daba pena. Lo cual era estúpido por su parte y Shen Yuan quería darse una hostia, porque este era el tipo de pensar que llevaba a la gente a una muerte violenta. Él leyó el libro, sabía de primeras qué poseía el Luo Binghe original, porque Shang Qinghua era incapaz de dejar de restregar los logros del protagonista por las narices de los lectores. Y aun así...

***

Su Binghe estaba inquieto, de eso estaba seguro. Tenía que centrarse en ese detalle. Debía encontrar las palabras para explicar las cosas que su esposo tuvo que haber visto en el otro universo. ¿Cómo podía sacar el tema de que sabía cosas que debería serle imposible saber? ¿Que sabía lo que había visto Binghe y que no le preocupaba para nada? ¿Que confiaba en que su esposo no lo abandonaría a favor de seiscientas mujeres o lo intimidara con su poder o usara en beneficio suyo la sangre de Demonio Celestial que contenía Shen Yuan?

Bebió esa sangre por voluntad propia al morder el cuello de su esposo en su noche de bodas. No dejó caer palabra alguna sobre el tema, porque Luo Binghe sentía su sangre dentro del cuerpo de Shen Qingqiu y sabía perfectamente qué era lo que se le había ofrecido. ¿Cómo sino iba a recordarle a Binghe que no volvería a huir de él?

Permitió que su esposo lo secara y le trenzara el pelo, que le pusiera una túnica de pijama más gruesa y los llevara a una habitación. Lo único que podía ofrecer era su docilidad.

Durante un rato, descansaron en la cama de una habitación de invitados. La cabeza de Luo Binghe reposaba sobre su pecho mientras trazaba dibujos sobre su clavícula.

Shen Yuan pensó en la mano que lo tocaba y en quién había sido en otra vida: incapaz de respirar, ahogándose con el líquido que le llenaba los pulmones, atrapado en una camilla de hospital. Pensó en cuando despertó en un cuerpo que no le pertenecía, cuando inspiró sin dolor por primera vez en años. Cuando inspiró y se convirtió en Shen Qingqiu.

El mundo en el que vivía era a menudo mágico, es verdad, pero, lo que era más importante, también era peligroso. Lo miserable y lo divino.

En su primer mundo, un hombre no podría haber controlado el cuerpo de Shen Yuan con tan solo una gota de sangre. Aquí le ofrecía ese tipo de poder a su esposo por voluntad propia.

Allí sería impensable que un hombre portara la cara de su pareja y pretendiera ser él. Aquí era simplemente otra de las muchas posibilidades a las que podían enfrentarse.

Aquí, en el jianghu, desde máscaras hechas de piel humana hasta gente que venía de otros universos desgarrando las barreras que los separaban, el mundo rebosaba de un nuevo tipo de caos definido por poderes ilógicos en vez de por comercio y niebla tóxica.

Distraído, Shen Qingqiu peinaba con los dedos los rizos de Luo Binghe, enrollando los bucles con el índice y el pulgar.

—¿Qué ha visto Binghe en ese mundo? —preguntó Shen Qingqiu.

La boca de Binghe era una línea tensa.

—Muchas cosas —respondió Binghe.

—¿Tenía un harén grande?

Por suerte, fue Binghe quien lo mencionó primero, sino ¿cómo iba Shen Qingqiu a explicar por qué tenía conocimiento sobre el estado civil del Luo Binghe original? En concreto, sobre su improbable número de esposas.

Los brazos de Binghe se apretaron a su alrededor. Su esposo lo miró desde su posición sobre el pecho de Shen Qingqiu y dijo:

—Eres más que suficiente para mí. Este esposo nunca desposará a otro cónyuge y shizun jamás debería preocuparse de mi fidelidad. Te soy leal a ti y solo a ti. Si miento, que los dioses me fulminen con su furia divina y, si no lo hacen, este Luo Binghe se cortará sus propios brazos —juró él.

¿Por qué su esposo tenía que ser tan melodramático? No quería sus extremidades cercioradas como disculpa por una infracción que nunca tendría lugar. Diría que los cerdos aprenderían a volar antes de que Binghe le pusiera los cuernos, pero en este mundo había algunas especies de cerdos que volaban. Por lo tanto, se decidió por la idea de que el día que Shang Qinghua dejara de ser un hombre-rata debilucho y consiguiera escribir algo decente Luo Binghe todavía no le habría puesto los cuernos. Porque su esposo lo amaba y su fidelidad no dependía de Shang Qinghua. Esta vez.

Shen Qingqiu arqueó una ceja.

—No me preocupa tu fidelidad. Confío en el hombre con el que me casé. Solo quería saber qué fue lo que has visto para que te tenga tan alarmado. —Hizo el esfuerzo de no pensar en un torso desmembrado con un solo ojo.

Binghe cerró los ojos.

Mierda, es que lo sabía. O al menos había sospechado que su bobo discípulo cavó demasiado profundo y descubrió cosas que habría preferido no saber.

—¿Me pasó algo malo? —inquirió Shen Qingqiu con cuidado. Sabía que no era a él a quien vio Binghe en los recuerdos de alguien de ese mundo, pero su esposo no tenía por qué saberlo.

Shen Qingqiu y Shen Jiu eran iguales en apariencia. Y era físicamente incapaz de decirle a Binghe que, en realidad, él no era Shen Jiu, así que estaba apañándoselas como podía. Es decir, estaba intentando convencer a su esposo que él sabía que Binghe no lo mataría... A pesar de que una versión muy distinta de Binghe, la cual no era él, sí que lo hizo. Era complicado, ¿vale? Como comer sopa con una pajita y las manos atadas. O intentar convencer a tu esposo de que daba igual que una versión de él torturó a muerte a una versión de Shen Qingqiu.

Luo Binghe no abrió los ojos.

Shen Qingqiu frunció los labios.

—Yo estaba muerdo, ¿verdad?

Luo Binghe guardó silencio y, durante varios largos segundos que se arrastraron como años, no se movió. Luego asintió ligeramente.

—No pasa nada —dijo Shen Qingqiu tras un suspiro.

Luo Binghe abrió los ojos de golpe.

—Sí que pasa, yo... —Se interrumpió.

Shen Qingqiu se lo quedó mirando un momento y después dijo:

—¿Tú eres él? —le preguntó. Binghe lo miró confuso—. ¿Tú eres él? —repitió.

—No —contestó Binghe en tono débil. Le temblaban las manos donde aferraba la ropa de Shen Qingqiu.

—Entonces podemos asumir que yo no soy ese otro Shen Qingqiu. Nuestras vidas nos definen. Tú no eres ese Binghe y él no es tú. Tú no mataste a ese Shen Qingqiu y, tal vez, ese Shen Qingqiu ni te conociera y mucho menos te habría amado. Son gente diferente que lleva nuestras caras, Binghe. No deberíamos juzgar sus acciones como si fueran nuestras.

Binghe frunció el ceño.

—Dime entonces, esposo, tú que me conoces mejor que nadie, que no has visto algo de ese Luo Binghe en mí. Que no hay ni un indicio de probabilidad de que me convierta en él.

Vaya con esta reina del drama todopoderosa y tristona.

—¿Qué importa eso? —contrarrestó Shen Qingqiu—. Tú no eres él. Yo podía haberte apaleado hasta romperte los huesos cuando eras discípulo. Podía haber convertido tu vida en un infierno. Podía haber sido cruel y, aun así, no lo fui. ¿Qué importancia tiene lo que no hemos hecho? Estamos vivos y hemos logrado estar juntos al final. Yo podía haber permanecido muerto, Binghe. Así que ¿qué más da quién podrías haber sido cuando eres quien eres?

Binghe inspiró bruscamente como si lo hubieran apuñalado. Sus ojos estaban empañados y albergaban cierto alivio.

Shen Qingqiu se quedó congelado y era como si de pronto hielo corriera por sus venas en vez de sangre, porque esa última parte no habrá sonado fuera de lugar dado su tema de conversación y su persistente tendencia a experimentar resurrecciones rollo religioso...

Pero.

Las fuerzas que bloqueaban su habla ejercían efecto tanto sobre sus intenciones como sobre las palabras que decía. Debido a eso, fue incapaz de dar pistas sobre el Abismo antes de enviar a Binghe allí y, oh, en ese momento lo volvía loco no poder hacerlo. Tuvo que recortar la nota que le dejó de una misiva vieja que le envió a Mu Qingfang, en la que solicitaba ungüento para quemaduras.

La cosa estaba en que podía haberse referido a su primera, segunda o tercera muerte, pero no se refería a ninguna de ellas. No estaba hablando sobre cuando permaneció muerto en el mundo de El camino de un orgulloso demonio inmortal. Estaba hablando sobre la primera vez que murió, en una cama de hospital, sosteniendo la mano de su hermana porque ella tuvo la "suerte" de ser la única presente ese día.

—Yo tenía una hermana. —Se le escapó como una memoria casi olvidada. Se quedó congelado otra vez.

Luo Binghe paró y lo miró, confundido por el cambio de tema, pero el corazón de Shen Qingqiu iba a mil y no sabía cuánto duraría esto y estaba al borde de una crisis nerviosa. Por lo que se aferró a los brazos de Luo Binghe y clavó las uñas en bíceps firmes, la mirada frenética.

—Tenemos que hablar —soltó. Como si no estuvieran hablando ya.

Luo Binghe entró en pánico al ver su pánico y se sentó recto. El alivio lo abandonó mientras intentaba reconfortar a Shen Qingqiu, quien apartó sus manos y lo intentó otra vez, hablando tan rápido que casi se mordía la lengua:

—No. Escucha, esto es... es importante y no sé cuánto durará esto.

Luo Binghe hizo un sonido ofendido.

—Tú no, bobo —saltó Shen Qingqiu—. Tú durarás para siempre. Me refiero a otra cosa.

Como una enorme cucaracha demoníaca... pero guapa. O su amor era eterno, bla, bla, bla... Una de esas cosas o tal vez ambas.

Al parecer, cuando se involucraba un universo paralelo, las normas se iban a tomar por culo. Quién lo habría dicho. Tal vez pudiera hablar ahora. Gracias, Luo Bingge. Se sentía sucio solo de pensar esas palabras.

—Mira —Shen Qingqiu lo cogió de los hombros—, puedes odiarme, si quieres, pero tienes que entender que Shen Jiu murió. Él murió y yo también. Morí y me desperté y, por alguna razón, nuestros mundos cruzaron caminos.

Los ojos de Luo Binghe se abrieron por la sorpresa mientras lo examinaba en busca de partes faltantes.

Shen Qingqiu bajó la mirada y esperó el latigazo. Uno emocional, no físico, porque no creía que Binghe lo fuera a pegar, pero veía un viaje a las mazmorras en su futuro. Este no era el mejor momento para esta conversación, más bien lo contrario, ya que Binghe estaba ya muy agotado. Pero era necesario porque, si en dos horas se encontraba incapaz de decir algo, se arrepentiría el resto de su vida de no haber dicho nada en su momento.

—¿Cuándo? —Binghe lo preguntó como si robar los cuerpos de otra gente fuera una cosa corriente y moliente que ocurría a veces.

—Después de la fiebre, cuando todavía eras un discípulo —admitió Shen Yuan.

Luo Binghe lo recordaba. Recordaba una época en la que los ojos de Shen Qingqiu se transformaron de escarcha invernal a los riachuelos deshelados de primavera. Cuando su shizun pasó a ser su maestro, en vez de una figura fría y remota que repartía castigos sin recompensa. Por alguna razón, tenía todo el sentido del mundo que shizun no hubiera cambiado de opinión sobre Binghe, sino que simplemente... se hubiera convertido en otra persona.

Binghe tenía muchísimas preguntas, pero empezó por:

—¿Por qué no me lo has dicho? —Pero recordó rápidamente las palabras con las que Shen Qingqiu inició la conversación. Su esposo no sabía de cuánto tiempo disponía, lo cual implicaba alguna limitación sobre sus palabras—. ¿No podías?

Shen Qingqiu asintió con la cabeza, habiendo pillado la distinción de que fue incapaz de hacerlo antes. Quitó las manos de los hombros de Luo Binghe y las cerró en puños en su regazo.

Shen Qingqiu inspiró profundo y empezó a contarle las verdades que sabía.

—¿Recuerdas que ese Luo Binghe vino de otro lugar, de un mundo diferente?

Binghe hizo un sonido de comprensión, aliviado de que su shizun fuera su shizun, en vez de un sustituto que pasó por alto.

—Nací en un lugar muy diferente. Hasta más diferente que el mundo de ese Luo Binghe. El mío no tenía cultivo.

Binghe no conseguía ni imaginarse tal lugar.

Los puños apretados de Shen Qingqiu se abrieron con la palma expuesta y sus dedos se pusieron a toquetear sus mangas mientras Luo Binghe procesaba la idea de que su shizun tuvo que adaptarse a una cultura totalmente diferente y prácticamente a ciegas. Tuvo que haber sido muy difícil para él.

Shen Qingqiu habló con cuidado y más lento:

—En ese mundo, este mundo era una novela. —Binghe frunció el ceño, ofendido—. Creo que mi mundo de origen y hasta este mundo tienen que ser novelas en alguna parte. Eso no significa que nuestro mundo sea inferior o que no sea real, tan solo implica que hay muchos más mundos de los que podemos imaginarnos.

En algún momento, Binghe recogió sus manos en el regazo y asumió una posición arrodillada, como un discípulo obediente que estuviera escuchando otra lección de su shizun. Su shizun, quien lo sacó de la cobertizo con la leña, quien lo vistió, lo alimentó y le enseñó a cultivar hasta cuando era... Quien le enseñó a amar. Luo Binghe, por su parte, vio un mundo distinto que se había desarrollado paralelo al suyo, así que sabía que todo eso era más que posible. Reprimió su curiosidad sobre el mundo de origen de Shen Qingqiu y siguió escuchándolo.

—Leí esa novela y luego morí. Y, por alguna razón, decidió que yo iba a cubrir el papel de Shen Jiu, quien había muerto en este mundo antes de lo esperado. Faltaba una pieza, así que... ¿trajeron otra para llenar el vacío? En estos mundos hay... acontecimientos que son fluidos y mutables y otros que son piedras angulares que soportan la existencia del plano. Shen Jiu no podía morir todavía, así yo me convertí en él.

Luo Binghe llamó a su esposo Shen Jiu una sola vez y, tras ver el respingo que pegó al escucharlo, no lo volvió a hacer. Asumió que tenía algo que ver con su pasado y así era, solo que no en la manera en que pensó.

—El papel venía con ciertas restricciones: yo no podía hablar de la tarea que se me encomendó. Debía empujarte al Abismo o volver a mi mundo de origen, en el que yo estaba muerto.

Una pequeña punzada atravesó el corazón de Luo Binghe al pensar en que Shen Qingqiu lo empujó al Abismo para salvarse, pero luego se dispersó como un diente de león en época de siembra. Apostaría una pierna a que su caída al Abismo era una de esas "piedras angulares". Era una inevitabilidad, pero independientemente de que lo fuera o no agradecía la existencia de su esposo y se habría enfrentado al Abismo otras mil veces para asegurarla.

—¿Mi esposo tenía alguna otra opción? —Binghe lo preguntó como quien pide otros palillos o comenta sobre el tiempo.

—¿Podía no haberlo hecho? —contestó Shen Qingqiu. Tenía la boca dispuesta en un mohín descontento. Las comisuras de los labios de Binghe comenzaron a alzarse por sí solas.

—¿Habría acabado yo en el Abismo de todas maneras?

Shen Qingqiu desvió la mirada a la izquierda. Binghe sabía que su ridículo esposo nunca quería admitir su aportación cuando esta era positiva, ni tampoco creía que fuera la fuente de tanto bien. Ya se sabía la respuesta antes de escucharlo susurrar:

—Sí.

—Oh, ¿y eso? —preguntó reprimiendo una sonrisa.

—Siempre acabas en el Abismo. Cada vez, en cada mundo. Y sales de él más fuerte que antes. O al menos eso es lo que me dijeron. Siempre te empuja Shen Jiu y si yo... —Las manos de Shen Qingqiu se crisparon alrededor de la tela de sus mangas y por fin miró a Luo Binghe con ojos repletos de furia—. Eso da igual. Te empujé a ese lugar infernal. ¿Qué más da por qué razón?

El corazón de Luo Binghe rebosaba de alegría hasta tal punto que causaba dolor. A su esposo le encomendaron una misión que lo habría matado si fuera menos buena persona. En retrospectiva, el comportamiento de Shen Qingqiu tenía mucho más sentido ahora. Su esposo era un tesoro celestial.

—Mmn. Entiendo. Mi esposo es un regalo divino.

Shen Qingqiu hizo un sonido de descontento y le aventó una almohada.

—Pero ¿escuchas lo que te digo?

Binghe asintió con la cabeza y corrió la nariz por la mejilla de Shen Qingqiu.

—Sí. Mi esposo fue obligado a soportar una situación difícil y eligió tratarme con bondad de todos modos.

—Te empujé al Abismo para salvar mi pellejo.

—Si mi esposo lo sabía y, supuestamente, no podía matarme, ¿por qué no me envió al Pico Bai Zhan?

Shen Qingqiu hizo otro sonido, casi como el de un pájaro ofendido. Luo Binghe nunca había visto a su esposo tan aturullado. Hasta cuando hicieron el amor por segunda vez y Shen Qingqiu no paraba de darle palmadas en la espalda y hacer pucheros cuando Binghe lo mordía.

—¿Sabes lo que Liu Qingge les hace a sus discípulos? Los deja campar a sus anchas durante años o les mete palizas y las llama entrenamiento. Además, dejando de lado lo del entrenamiento, ¡en este mundo pegan a los niños! ¡Yue Qingyuan mandó que flagelaran a un discípulo por llegar tarde! —se indignó él.

Luo Binghe se echó a reír. Ah, este hombre bondadoso, este hombre dulce y bondadoso. La disciplina física era el pan de cada día para los discípulos. Y aquí estaba su maestro, escandalizado por que sus estudiantes recibieran un simple castigo. Hacía años que en Qing Jing no se había usado un látigo o una caña, Shizun prefería que los discípulos corrieran alrededor del pico. Su esposo jamás le había puesto la mano encima. Las acciones de su predecesor no eran las suyas. Luo Binghe había asumido que era la amnesia lo que provocó el cambio.

—¿Te obligaron a hacer algo más? —preguntó Luo Binghe por si acaso. La voz todavía le vibraba de risa, pero luego avistó las manos de Shen Qingqiu. Estaban temblando. Shen Qingqiu sacudió la cabeza.

No podía dejarlo estar, esto era inaceptable. Era obvio que su esposo temía que algún día lo obligarían a hacer más cosas. Ahora que le reveló sus orígenes, las extrañas circunstancias que conectaron sus vidas, Luo Binghe extendió su energía demoníaca en busca de rastros de algo que no perteneciera allí. Usó la sangre de Demonio Celestial que circulaba por el cuerpo de Shen Qingqiu como ancla y encontró... una pizca de algo inactivo. Solo pilló algo vago, como los rastros de humo que quedaban tras apagar una vela, pero era más que suficiente. Ya se ocuparía de estos dioses o destinos en otro momento. Tal vez hasta los devoraría y se apropiaría de su poder con tal de que fuerzas fuera de su control no volvieran a sacar a su esposo de la cama. Con tal de que su esposo nunca más temblara frente a él.

—¿Me quieres, esposo? —preguntó Binghe. Le hizo la pregunta para distraerlo, los ojos brillantes.

Shen Qingqiu asintió con la cabeza. Un rubor se extendió por su rostro.

—¿Por qué Binghe no está enfadado conmigo? —preguntó Shen Qingqiu en voz baja.

Dioses, su esposo era adorable. ¿Por qué tenía que enfadarse Binghe exactamente? ¿Por que su esposo hubiera sabido desde el principio en qué se convertiría Binghe y hubiera tratado bien a su asesino potencial por ninguna razón en concreto? Qué horror, este regalo divino lo salvó de acabar como un pozo sin fondo despiadado. Y aquí estaba, afligido por haber completado una tarea que al parecer nunca quiso hacer y la cual ni siquiera podía mencionar en voz alta, a pesar de su clara desesperación por contarle la verdad.

—Pobre de mí. Mi esposo me ama de todo corazón. Se aseguró de que tuviera una buena educación y de que estuviera cómodo mientras me preparaba para la prueba que tendría que enfrentar. Me siento terriblemente ofendido. Mi esposo debería besarme para compensar por sus pecados —arrulló Binghe, lanzándose de cara sobre el regazo de Shen Qingqiu y dándose la vuelta para verle los ojos.

Se movía como un cachorro enorme. A shizun le gustaba cuando se ponía juguetón. Miraba por encima del hombro, al menos mentalmente, a todos aquellos que aseguraban que debía mantener una actitud digna a todas horas. Esa gente no tenía un shizun. La cara de shizun era tan fina que la de Binghe tenía que ser lo suficientemente gruesa para bastarles a los dos.

Shen Qingqiu le pinchó la mejilla con un dedo. Binghe no pudo aguantarse la sonrisa. Su shizun era solo suyo. Nadie en este mundo lo conocía de verdad, literalmente. Al menos, no como él.

—¿Cómo te llamabas? —susurró Binghe. Acunó una de las mejillas de Shen Qingqiu y acarició la suave piel con el pulgar.

—Shen Yuan —respondió Shen Qingqiu por primera vez en más de una década.

—Shen Yuan —repitió Binghe—. A-Yuan, A-Yuan, A-Yuan... —reiteró una y otra vez. Se levanto para cubrir a su esposo de besos, exhalando el nombre entre cada uno.

***

Horas más tarde, Shen Qingqiu agarró a Luo Binghe de la manga y dijo:

—Binghe nunca ha tenido que hacer nada para ganarse mi amor. El amor no es algo que la gente tenga que ganarse. Muchas veces, los que ofrecen amor no lo reciben a cambio, mientras que los que no lo ofrecen reciben mucho. Tú siempre has merecido ser amado, fueras como fueras. La crueldad que te mostró Shen Jiu nunca había sido reflejo de tu valía, sino que reflejaba sus propias faltas. Él era... un hombre complicado. No tenía la obligación que quererte y no lo hizo, pero eso no te hacía indigno de amor. Si sirve de algo, yo... yo te quiero.

Lo era todo para él. Era un bálsamo para el corazón herido de un niño, abandonado en el cobertizo de la leña, preguntándose en qué se había equivocado.

Al escucharlo, Binghe rompió a llorar. Agua salada fluía de él como si fuera un colador mientras aferraba a Shen Qingqiu contra sí y sollozaba con hipo. ¿Qué iba a hacer cuando A-Yuan lo trataba tan bien? ¿Qué iba a hacer con su esposo sino amarlo con todo al alma?

Shen Qingqiu enterró su cara roja en el pecho de Luo Binghe mientras este lloraba. En ocasiones, el corazón de doncella de su esposo lo desesperaba, pero no esta vez.

***

Un shichen más tarde, mientras estaban cenando sentados frente a frente en una mesa baja, Binghe preguntó:

—¿Cómo moriste?

Shen Qingqiu pestañeó y depositó los palillos sobre la mesa.

—Yo estaba muy enfermo. Desde que nací, de hecho. No era ninguna sorpresa que acabara muriendo.

A Binghe lo ponía nervioso la ligereza con la que Shen Qingqiu trataba el tema de su propia muerte.

—¿Cuántos años tenías?

—Como veinte o así. Creo que acababa de cumplir veintiuno.

Binghe se quedó congelado. Su esposo solo le llevaba unos cuantos años, no décadas. Iba a guardar ese pensamiento para más tarde.

Tras aclararse la garganta Binghe continuó:

—¿A-Yuan estaba casado?

Si su esposo era adinerado entonces bien podría haber contraído matrimonio.

Las comisuras de los ojos de Shen Qingqiu se arrugaron y negó con la cabeza.

—En mi mundo, la gente solía casarse más tarde, así que no llegó a pasar nada parecido.

Una respuesta con la que no había podido dar en todos estos años se reveló en su cabeza y Binghe lanzó un pequeño festival mental. Él fue el primero en llegar a su esposo y también sería el último. Shen Qingqiu nunca había tenido un amante en el período de tiempo en que Luo Binghe lo conocía; si lo hubiera tenido, él habría sido el primero en enterarse.

Shen Yuan lanzó un guisante a su careto ufano.

Binghe no se molestó en esquivarlo y dejó que rebotara en su mejilla sin hacer daño.

—Borra esa estúpida sonrisa de tu cara.

Su esposo se había soltado un poco en estas últimas horas desde que le contó su pasado.

—No puedo evitarlo. Este discípulo tiene curiosidad —suplicó Binghe.

Shen Qingqiu bufó suavemente pero permaneció relajado. Era como si le hubieran quitado un peso de encima, ¿y no era eso mismo lo que había querido hacer Binghe?

—¿Qué aspecto tenía A-Yuan? —continuó Luo Binghe.

Shen Qingqiu volvió a coger el cuenco con guisantes y golpeó el borde con los dedos como si estuviera contemplando si lanzarle otro vegetal a la cabeza.

—Paliducho, creo. Peor que ahora, eso seguro. Yo era... enfermizo. Como mucho era mediocre.

A Luo Binghe no lo abandonaba la curiosidad. En su opinión, amaría a Shen Yuan sea cual sea su envoltorio, aunque fuera una araña demoníaca de seis brazos con ocho ojos.

—¿Mi esposo estaría dispuesto a mostrármelo? —preguntó Luo Binghe, ofreciendo zambullirse en la mente de Shen Qingqiu.

Su esposo se encogió de hombros y Luo Binghe se introdujo en su mente con facilidad.

Su esposo no ofreció resistencia alguna. Luo Binghe quería ver su aspecto original lo antes posible, por si Shen Qingqiu decidía que le daba demasiada vergüenza y cambiaba de opinión.

A medida que abandonaban el plano físico los rodeó un espacio en blanco. Shen Qingqiu se concentró en sus recuerdos. Luo Binghe solidificó la imagen y la sacó a la superficie.

La escena era tridimensional y bebía de las imágenes de Shen Yuan para compilar una realidad singular de qué aspecto solía tener. Esto, en combinación con los recuerdos que tenía Shen Yuan de ese otro mundo, creaba una representación que le resultaba altamente familiar.

Acabaron en una habitación de hospital, como si hubieran venido a visitar a un paciente.

Binghe observó los muebles extraños, la pared de cristal que no era de cristal, el florero al lado de la cama y el plano tan raro, pero luego su mirada se asentó sobre la figura que ocupaba la habitación. En la cama blanca descansaba una belleza. Su cabello era mucho más corto de lo que Luo Binghe esperaba: estaba cortado de forma desordenada y como mucho superaba los cinco centímetros de longitud. Tampoco reconocía el artilugio transparente que estaba pegado a la boca de su esposo, pero le vinieron a la mente las palabras:

“Su encanto floreció

con el retorno de una sonrisa sensual

y todas las bellezas de la corte

de repente se volvieron ordinarias.”

Shen Yuan no estaba sonriendo, pero esa no era la cuestión.

A-Yuan era... arrollador. Una belleza enfermiza con labios rojos como la sangre e iris negros como la noche infinita. Sus ojos llorosos con forma de pétalo de melocotón estaban enmarcados por pestañas espesas que besaban la piel blanca como el hueso. Un rubor febril se extendía por sus mejillas y nariz.

Tenía un aspecto tan delicado, como si fuera a salir volando si Luo Binghe soplaba una vez. Él era algodón de azúcar que se derretía en su boca.

—¿Este era A-Yuan? —preguntó para confirmar.

Shen Qingqiu asintió con la cabeza y Luo Binghe quiso estampar la cabeza contra algo. ¿Por qué se creía lo que Shen Qingqiu decía sobre sí mismo? ¿Cuándo iba a aprender? No se podía fiar de su esposo en estos temas. Shen Yuan era muy inteligente en algunas áreas, pero su capacidad de autopercepción era deficiente... no, completamente inexistente.

Vino aquí esperando encontrar una criatura enferma y, en su lugar, recibió esta pálida ninfa, esta versión diminuta y portátil de su shizun que, por su parecido con Shen Qingqiu, bien podría haber sido su hermano.

Estaba seguro de que podría levantar a este Shen Yuan con un solo brazo o posarlo sobre uno de sus anchos hombros como a un pájaro. Podría hacer lo mismo con Shen Qingqiu, solo que él era significativamente más grande en su nuevo cuerpo en comparación con el viejo. La figura en la cama tenía toda la pinta de que, de pie, llegaría como mucho al pecho de Binghe.

La cabeza de Luo Binghe no paraba de girar, su mirada saltando de una versión de su esposo a otra y comparando las estadísticas como si estuviera jugando a un videojuego. ¿Qué era más importante: la facilidad de entrada debido a un mayor espacio de trabajo o la portabilidad? ¿La durabilidad o tal vez poder meterse el cuerpo entero de su esposo en la boca? Las túnicas de Binghe le quedarían enormes a esta versión de A-Yuan.

Se preguntó si, en el mundo onírico, su esposo le permitiría hacerle el amor a su "yo feo" y tuvo que reírse de la idea. Si A-Yuan era feo, nadie se atrevería a llamarse hermoso.

Chapter Text

Capítulo 11

Después de la caída de Luo Binghe... No, no fue una caída, fue un empujón. Shen Qingqiu sabía mejor que nadie. Después de que Luo Binghe... ya no estuviera a su lado y la secta lo considerara muerto, a Shen Qingqiu solo le quedó vivir su vida tranquila en la cabaña de bambú vacía.

El lugar le parecía mucho más grande ahora que Luo Binghe ya no lo llenaba con su presencia. A menudo, acababa llamando a un discípulo que... ya no vendría. Que algún día saldría del Abismo para matarlo por lo que le había hecho.

Sus días estaban contados y lo sabía. Aun así, quería que Binghe estuviera a salvo. Nunca lo habría empujado en ese agujero si el Sistema no le hubiera asegurado que su discípulo saldría de él con vida. Al tiempo que trazaba el borde de su taza de té con los dedos, consideró por qué prueba estaría pasando su discípulo en este momento.

¿Enredaderas Chupasangre del Infierno? ¿Una Horda de Lobos Hipopotámicos de Lava de Tres Cuernos? ¿Un miasma tan denso que ahogaría a Binghe y le quemaría los pulmones como ceniza volcánica hasta que su resistente cuerpo no diera más de sí?

Binghe no lo tendría fácil. Su ascenso iría precedido de un gran tormento, como les pasaba a todos los protagonistas de novelas xianxia, para crear el estúpido suspense que mantuviera a los lectores con el alma en vilo mientras esperaban la victoria que sabían que llegaría.

Después de tanto tiempo, Shen Qingqiu no podía seguir considerándolo un personaje de novela. Había criado a ese chico. A ese loto blanco tan generoso y afable que le sonreía cada mañana en su hogar compartido y le hacía té y le preparaba el desayuno y lo llamaba "shizun". Se preguntó si algún día volvería a escuchar esa voz hablarle con tal cariño.

Tras echarse el té entre pecho y espalda como un chupito de alcohol, Shen Qingqiu se levantó de la mesita baja y se dirigió al Monte de Espada que erigió. Después del Abismo, recogió los restos de Zheng Yang con manos de nudillos pálidos.

Liu Qingge intentó quitarle los fragmentos y, a día de hoy, Shen Qingqiu sigue sin saber qué le dijo al otro pero, fuera lo que fuese, evitó que su shidi volviera a intentar arrebatarle esas piezas. Ni siquiera intervino cuando los fragmentos empezaron a cortarle las palmas por la fuerza con las que los aferraba. Ese acero templado por la magia se clavó en su carne.

Que así sea, juró en aquel momento.

Que el dolor físico le sirva de distracción de la criatura que desechó como si fuera un trapo usado y él fuera alguien con derecho a tomar tales decisiones.

Le llevó un rato despegar la lengua de donde se le quedó paralizada en la boca después de todo lo ocurrido, negándose a funcionar, para calmar a sus discípulos y explicarles que Luo Binghe se cayó de un acantilado. La mentira le supo amarga, pero ¿qué más les podía decir?

"Queridos miembros sectarios, yo, Shen Qingqiu, empujé a mi propio discípulo al Abismo Infinito. ¡Pero que no cunda el pánico! Pues él volverá dentro de cinco años como un Señor de los Demonios todopoderoso, quemará las sectas virtuosas hasta los cimientos, más o menos, y destruirá con su poder el mundo tal y como lo conocéis."

Como lector, la unión de los dos reinos le pareció un tropo guay. Ahora que tenía que vivir en este mundo, comprendía las consecuencias que acarrearía para los débiles la eliminación de la barrera. Sobre todo, si las sectas ya no estuvieran.

No serían los apoderados los que sufrirían, sino los incontables mercaderes y campesinos cuyo modo de vida resultaba completamente incompatible con el Reino de los Demonios. Era la gran cantidad de humanos, como pasaba en muchas novelas xianxia, lo que los mantenía en perpetuo conflicto con el Reino de los Demonios. A pesar de que, en general, los demonios eran la especie más fuerte, los humanos los superaban en número. Por cada Señor de los Demonios, tenían diez Inmortales. Por cada Santo, tenían quince Yuanying.

Arrodillado frente a lo que restaba de Zheng Yang, Shen Qingqiu lloró la pérdida. No por la inevitable pérdida de su propia vida, sino por la posible pérdida del joven que educó. Nunca quería ver a Luo Binghe convertido en alguien que tratara con tanta desidia las vidas de los que dependían de él. El Luo Binghe original era un personaje interesante... pero roto de muchas maneras diferentes.

Jamás quería mirar a su discípulo a los ojos, ver esa arrogancia, esa locura, y saber al mismo tiempo que su muchacho ya no existía.

Se envolvió un mala budista en la muñeca hace unos días para tener algo que hacer con las manos cuando estaba a solas.

Girando las cuentas entre los dedos, rezó. "Por favor", pensó él. "Por favor, ya he muerto una vez. Dime que no he matado a mi discípulo. Dime que no he matado al Luo Binghe que conocía. Es un buen chico, sé que lo es. No se merecía nada de esto. Si existe algún poder superior, por favor, por favor... que vuelva con buen corazón. Que vuelva con buen corazón... por su propio bien.

Reprimió un sollozo, la espalda encorvada. Le temblaban las manos a medida que iba soltando cuenta tras cuenta, rodándolas en las palmas. De rodillas entre todo el bambú, permitió las lágrimas correr por sus mejillas.

***

Escondido otra vez como un pervertido entre algunas plantas de bambú convenientemente colocadas, Liu Qingge se removía inquieto mientras sujetaba una pequeña criatura peluda de raza desconocida y observaba a Shen Qingqiu llorar. La criatura peluda intentó morderlo, pero la sacudió una vez y la dejó en un estado de estupor inconsciente.

Objetivamente, sabía que tenía que ir a reconfortar a su shixiong tras la pérdida de su tan amado discípulo. Independientemente de lo irritante que le pareciera Luo Binghe en vida. Lo que pasaba era que Shen Qingqiu había salido de su cabaña vestido no de blanco de luto, sino de negro, de pies a cabeza. El cinturón que había escogido, atado con fuerza, marcaba su cintura de avispa y su figura esbelta. Un sombrero douli negro, con un velo transparente igual de negro, descansaba sobre su cabeza, mientras que su cabello se derramaba sobre el suelo forestal.

Liu Qingge vio una sola lágrima caer por una mejilla sedosa. Shen Qingqiu dejó que las cuentas colgaran de su delgada muñeca, sacó un pañuelo de seda de la manga y se enjugó las comisuras de los ojos... como una viuda joven que se había quedado con dos hijos en brazos y una madre enfermiza.

Liu Qingge tuvo que hacer frente al impulso rarísimo de ofrecerse como segundo esposo y daba igual que Shen Qingqiu jamás hubiera estado casado... que ellos supieran.

Dejó la bestia caer al suelo, tan suave como podía, y huyó del bosque con la cara encendida. Su mente no paraba de lanzarle imágenes de labios rojos y carnosos apresados por dientes blancos, ojos llorosos y un cuerpo que parecía hasta más esbelto con el cambio de ropa.

¿Tal... tal vez, para variar, seguiría el consejo de su hermana y mandaría flores?

***

Shen Qingqiu había quedado para tomar té con Yue Qingyuan en un pabellón detrás del hogar del Líder de Secta. Sufría de irritación generalizada por el hecho de tener que pasar aquí dos horas enteras discutiendo sobre, supuestamente, política intersectaria. Esa discusión se volverá incómoda cuando el Líder de secta empiece a lanzarle propuestas de amistad, las cuales tendrá que ignorar, y después intentará tentarlo con comida y bebida increíblemente caras.

A Shen Qingqiu le llevó su tiempo descubrir el precio de las cosas que Yue Qingyuan ordenaba servir en la mesa, pero cuando lo hizo la mandíbula se le cayó al suelo.

Pez Dragón de Escamas Argentadas, que habita en los Manantiales de Mu y solo se puede encontrar en dos ocasiones por medio milenio cuando su extraña migración de las nubes (pues eran peces voladores) a los manantiales los dejaba vulnerables a captura. Los peces celestiales, al parecer, eran como la niebla: podías atrapar uno, pero se disolverá en tus manos. Le sirvieron eso, entre otras mierdas igual de caras. Peces celestiales... hay que joderse. Hasta brillaban con luz plateada. Al menos estaban buenos.

Shen Qingqiu nunca había experimentado en su mundo de origen la sensación de estar comiendo dinero, pero ese fue definitivamente un momento en el que sintió que estaba comiendo dinero.

El pescado brillante te costaba en subasta el equivalente al presupuesto anual de dos Picos de Cang Qiong. Y aquí estaba Yue Qingyuan, sirviéndole otra porción. Al parecer, era muy eficaz para reforzar el cultivo dañado. En verdad, Shen Qingqiu probablemente necesitara la ayuda, dado que el problemilla del Veneno Sin Cura no se había esfumado. El pescado este no era para él, sino para el dueño original, así que le dejaba sintiéndose... sucio.

Yue Qingyuan esbozó esa sonrisa suya, amable y rarita, que siempre echaba a Shen Qingqiu para atrás porque no sabía qué estaba escondiendo el hombre. Tardó un buen rato en descubrir que el dueño original era un personaje mucho más complejo de lo que parecía a primera vista, pero eso dificultó sobremanera su interacción con Yue Qingyuan.

El aire entre ellos estaba tan cargado de bagaje emocional que Shen Qingqiu ni sabía por dónde empezar. Shen Yuan no era Shen Jiu, no podía arreglar esta relación. Lo único que podía hacer era acudir a estas incómodas cenas en las que Yue Qingyuan le hacía ojitos como si él fuera el último trozo de tarta de chocolate en frente de un niño con obesidad mórbida, el cual no paraba de hacer movimientos abortivos hacia la tarta, taparse la boca en plan "oh, no, no puedo comerme esta tarta" mientras la miraba con anhelo, como si no quedara más tarta en el universo y, si no se comía esa, nunca probaría bocado.

Todo eso se repetía como un disco rallado y dicho niño nunca se comía la tarta. Por si no había quedado claro: Shen Qingqiu era el trozo de tarta y Yue Qingyuan era el niño gordo.

Shen Qingqiu no quería comer con Yue Qingyuan ni ahora ni nunca.

Fuera lo que fuera lo que hubiera pasado entre Shen Jiu y Yue Qingyuan para que el Líder de Secta lo mirara con esa cara y siguiera manteniendo un terco silencio sobre el asunto, no era de su incumbencia, independientemente del cuerpo en el que se encontrara.

Todo este asunto apestaba a ser una tragedia que Avión Disparado al Cielo nunca se había molestado en explicar. Shen Qingqiu estaba empezando a sospechar que Shen Jiu era algún tipo de personaje sacado de una tragedia griega, muerto a causa de su propia arrogancia y los malentendidos de los demás. Como ese tipo que tenía una profecía en la que su hijo lo iba a matar, así que le dio la patada al hijo y, al hacerlo, aseguró su propia muerte. En su conjunto, le apestaba a malentendidos y conexiones perdidas.

¿Tenía planeado esclarecer esos malentendidos en algún momento? No. Joder, no.

No quería ni acercarse a la mina con patas que era Yue Qingyuan. Ni siquiera sabría qué era lo que le había explotado en la cara. Si había aprendido algo del anime, era que no te podías fiar de alguien que sonriera tanto y, a pesar de que esto no fuera un anime, le parecía que la moraleja era aplicable.

Estaba sentado en un banco del pabellón, empeñado en mantener su mejor cara de póker mientras se tomaba una sopa hecha de una tortura dorada (o algo por el estilo) e intentaba evitar el contacto visual mientras proyectaba fortaleza austera.

En algún momento de su lucha por mantener la mente fría, se le aflojó el agarre al cuenco y acabó haciendo algo que milagrosamente no había hecho desde hace años: se echó sopa encima como una cascada caliente olorosa a tomillo.

Yue Qingyuan pegó un respingo y se le acercó.

—Xiao-Jiu.

Shen Qingqiu iba a ignorar ese nombre. ¿Qué era un Xiao-Jiu? Él no, desde luego. Se desató el cinturón con prisa, se lo quitó y lo colocó sobre el banco de piedra. Después se quitó la túnica manchada y la siguiente también. Las depositó ambas sobre el cinturón.

Yue Qingyuan tragó saliva, tenía la boca reseca, y se quedó con las manos extendidas, impotente. Debido a que nunca bajaba la guardia, hasta cuando estaba distraído, escuchó los pasos de un sirviente que se estaba aproximando.

La visión de Xiao-Jiu, quien se recogió el pelo en un moño desarreglado y usó el zan de su corona como horquilla en su recogido improvisado, se grabó a fuego en su mente. No podía permitir que nadie, y mucho menos un sirviente, viera a Xiao-Jiu en ese estado.

Yue Qingyuan se quitó una túnica a toda pastilla y voló al lado opuesto de la mesa de piedra. Sentó a Shen Qingqiu sobre su regazo y cubrió su expuesto cuerpo con su gruesa túnica negra. Arrebujó a Xiao-Jiu, cuidando que tuviera el rostro escondido en su hombro. Él, por su parte, mantuvo una expresión imperturbable cuando los sirvientes entraron con bandejas, ignorando la figura quieta de Shen Qingqiu en su regazo. Yue Qingyuan no podía verlo deshonrado.

Yue Qingyuan, con los ojos entrecerrados, fulminó con la mirada a los sirvientes mientras estos depositaban el té con manos temblorosas. Mientras los miraba marcharse se le ocurrió que tenía que tomarse el tiempo de educarlos sobre lo que se podía y no se podía contar a los demás. Xiao-Jiu le metió un codazo en el estómago, pero no usó fuerza marcial. Ese hecho tal vez fuera señal de que Shen Qingqiu le perdonaba su comportamiento inapropiado.

Tras volver a depositar a Shen Qingqiu en el banco, suspiró con exasperación.

—¿Por qué eres siempre tan descuidado, Qingqiu-shidi?

Shen Qingqiu se erizó como un gato ofendido.

—Solo son unas túnicas. Tampoco se merece tal reacción, Líder de Secta Yue.

Yue Qingyuan quería frotarse las sienes. Shen Jiu siempre había sido así, tan descuidado con su propio cuerpo. Un día, temía que algún bruto llegara e intentara aprovecharse de su sorprendentemente inocente shidi.

—Xiao-Jiu —le suplicó. El nombre cortaba como un cuchillo—. No puedes quitarte la ropa en el exterior.

No era la primera vez que se lo decía, ni tampoco sería la última, eso ni lo dudaba, dado el temperamento terco de Shen Jiu.

Xiao-Jiu, como siempre, entrecerró los ojos y lo ignoró olímpicamente, como si las palabras de Qi-ge fueran aire.

Yue Qingyuan ya había pillado a Liu Qingge esnifando tras Shen Jiu. Y su querido shidi, ablandado por la amnesia, no lo había notado todavía. Aunque tampoco es como si lo hubiera notado antes de la pérdida de memoria. Su Xiao-Jiu siempre se negaba a creer que pudiera interesarle a alguien en ese sentido. No cesaba de ser exasperante.

Yue Qingyuan a menudo tenía que actuar de mediador entre su shidi y los pretendientes que este no sabía que tenía. Era consciente de que, después de todo lo que había pasado, no se merecía a su Xiao-Jiu, pero tampoco iba a dárselo a un cultivador cualquiera, más interesado en el prestigio de un Señor de Pico que en Xiao-Jiu como persona. Había tenido que espantar a mucha chusma del Pico Quing Jing para proteger la virtud de Xiao-Jiu.

Y, aun así, Xiao-Jiu nunca notaba lo encantadora que podía resultar su actitud despreocupada. Sus discípulos perdieron el juicio cuando Shen Qingqiu empezó a vestir de negro, en una muestra de luto contraria, y a arrodillarse ante el túmulo de la espada de Luo Binghe, escondido en el bosque de bambú.

Hace apenas unas semanas, Ning Yingying había acudido a él y le había suplicado que reforzara las barreras protectoras alrededor de Qing Jing, pues temía que alguien raptara a su shizun.

Ming Fan, detrás de ella, había asentido con la cabeza en respuesta a la petición de Ning Yingying, mientras ella seguía contándole sus miedos de que "un cultivador poderoso podría raptar a un Shen Qingqiu desavisado de su bosque si lo viera en toda su belleza, dado el estado delicado en el que se encontraba".

Yue Qingyuan habría dudado de si la muchacha estaba en su sano juicio si no hubiera visto a Xiao-Jiu, por primera vez en décadas, perder en público un poco del decoro que con tanto esmero mantenía. Lo que hacía en privado era un asunto completamente diferente, que los dioses no quieran que Shen Qingqiu lleve algo más que ropa interior, pensó con sarcasmo.

En público, sin embargo, Shen Qingqiu portaba sus modales como una armadura y los usaba para mantener a todos a un mínimo de medio metro de distancia de él.

Este Shen Qingqiu tan triste parecía... vulnerable. Despertaba el instinto depredador en los hombres. Yue Qingyuan lo sabía por experiencia propia.

Reforzó las barreras tras la petición e hizo a Qing Jing invisible para el mundo exterior. Los discípulos de Qing Jing todavía le daban las gracias cuando pasaban por su lado y le hacían reverencias marciales por su asistencia.

Como si fuera a permitir que otros se aprovecharan de Xiao-Jiu si estaba en su poder prevenirlo.

***

Shen Qingqiu acarició a Ning Yingying en la coronilla y luego le hizo lo mismo a Ming Fan. No era lo mismo. No eran igual de esponjosos.

Echaba mucho de menos a Binghe. Su ovejita tenía los mejores rizos, siempre tan suaves.

—Shi... shizun. —Ning Yingying estaba encantada por la atención y se inclinó hacia la caricia en busca de más. Ming Fan batallaba consigo mismo para no seguir su ejemplo.

—¿Sí, Yingying?

—¿Podría shizun ayudarnos con nuestro cultivo musical? Algunas shimei y yo tenemos problemas con el ritmo de una de las canciones, "Hacia la luna".

Contemplando esos ojos brillantes y esperanzados, Shen Qingqiu accedió con una ligera inclinación de cabeza.

***

La noche lo encontró, por alguna razón, cercado en la residencia de las discípulas, tocando su guqin rodeado por estudiantes contentas. Las chicas se limitaron a escucharlo tocar y luego intentaron seguirlo. Hasta las discípulas que no estaban practicando se les unieron para escucharlos tocar.

Las chicas se desvistieron hasta quedar en unas pocas túnicas interiores y se quitaros sus elaboradas horquillas. Shen Qingqiu hizo lo mismo: se desprendió de varias capas y se soltó el pelo para recogérselo del todo. Estaba mucho más cómodo cuando no había riesgo de que los mechones se le enredaran con las cuerdas. Eso dolía. No sabía cómo lo hacía esta gente, sobre todo cuando empezaban a tocar con fervor.

Las caras de las chicas estaban rojas y sudorosas por el esfuerzo. Reconfortaba el corazoncito de Shen Qingqiu verlas tan interesadas. Se acercaban a él para ver con mayor claridad el movimiento de sus dedos.

De la nada, como una explosión en la oscuridad, Ning Yingying gritó. Shen Qingqiu se volvió hacia ella rápidamente e intentó averiguar qué estaba pasando. Ning Yingying se quedó con ojos como platos y con los dedos teñidos de rojo después de tocarse la ingle. Shen Qingqiu les proporcionó educación básica sobre las funciones del cuerpo, pero el equivalente xianxia de la regla era una burrada monumental. La menstruación podía desestabilizar tu chi, especialmente la primera.

—Meimei, llévate a Yingying y ayúdale con el aseo. Yo le ayudaré con el chi. Li Ling, tú llama a Mu Qingfang. Dile que traiga Té de Perla Estival de Jazmín, creo que no nos queda por aquí. La última discípula en necesitarlo alcanzó la fase de Formación de Núcleo hace décadas.

Li Ling, una chica bajita con ojos avispados y el pelo recogido en un moño alto y austero, asintió con la cabeza y salió corriendo, preocupada por su hermana marcial.

Meimei, sin más dilación, se llevó a Yingying a los baños. La expresión de Ning Yingying, quien se aferraba el vientre, era una máscara de dolor. Shen Qingqiu ya había apartado el guquin para dejar su regazo libre. Meimei acostó a la chica en su regazo y Shen Qingqiu colocó una mano sobre su vientre y se dispuso a circular chi a través de sus meridianos, desatascando las obstrucciones que se habían formado.

El Luo Binghe original tuvo que lidiar con esto también y practicó cultivo dual con Ning Yingying para solventar la obstrucción. En la novela, ella experimentó un año antes los síntomas sin toda la sangre que acompaña a las reglas de verdad, lo cual le otorgó a Luo Binghe la noble excusa de tomar su virginidad en un campo de flores para salvarle la vida. Su control era demasiado tenue para realizar una purificación.

Mu Qingfang estaba a un Pico de distancia y había un té fácil de encontrar que podía resolver el problema, pero qué le importaba a la parejita.

Las sectas, como era de esperar, tenían acceso a una variación superior de ese té, pero a la mierda la lógica cuando había papapá en el horizonte. Una vez Ning Yingying alcanzara la fase de Formación del Núcleo, ya no tendría que lidiar con nada de esto, pero por ahora Shen Qingqiu podía hacerle la experiencia más llevadera.

Al escuchar acercarse a su médico residente, Shen Qingqiu se volvió para recibirlo.

***

A Mu Qingfang se le cayó el alma a los pies cuando una de las discípulas de Shen Qingqiu le suplicó que acudiera a la residencia femenina en medio de la noche.

A medida que se acercaba a su destino, notó la presencia de Shen Qingqiu y se temió lo peor. ¿Qué estaba haciendo su shixiong en la residencia de las discípulas? De noche. Rodeado de muchachas. Tenía que haber una explicación plausible. Lo más probable era que hubieran llamado a Shen Qingqiu antes de llamarlo a él, pero aun así le olía a chamusquina.

Con una inspiración profunda, abrió la puerta corrediza y le ardieron los ojos.

Lo que vio Mu Qingfang al abrir la puerta fue lo siguiente: una horda de discípulas jovencitas sentadas sobre el suelo que se acercaban todo lo posible hacia Shen-shixiong. Todas ellas iban a juego en ropa interior blanca, el pelo suelo o recogido de cualquier manera. Era un aspecto que rara vez se veía en doncellas sin desposar.

Shen Qingqiu no parecía fuera de lugar con su melena suelta y sus pestañas espesas, que batieron cuando bajo su mirada preocupada a Ning Yingying. Mu Qingfang nunca antes había notado lo pálido que era su shixiong o lo negro que era su cabello.

Él era la flor más grande del campo, que brillaba con suave luz verde iluminando la noche. Partículas de chi flotaban a su alrededor como luciérnagas mientras Shen Qingqiu servía de Árbol Espiritual para sus discípulas y repartía su chi en forma de una llovizna fácilmente transferible. El control que se requería tenía que ser extraordinario. Todas las discípulas estaban inclinadas hacia el centro del círculo, con los rostros alzados hacia el cielo en meditación.

Mu Qingfang tosió. Un sonrojo le salpicó el puente de la nariz.

Shen Qingqiu acarició la mejilla de Ning Yingying, como una madre a su niña.

—Qingfang-shidi, nuestra discípula más joven está creciendo. ¿Podrías revisarla?

Volvió a toser. ¿Por qué hacía tanto calor aquí?

La voz suave de Shen Qingqiu y sus gestos cariñosos eran... eran demasiado. Mu Qingfang asintió e intentó abrirse camino a través de las discípulas, quienes, como una, se volvieron para taladrarlo con la mirada como una manada de ñus.

Sus ojos seguían cada movimiento suyo. Hasta tuvo que empujar a algunas con los pies para alcanzar a Ning Yingying.

El ambiente en la estancia era francamente hostil, pero estaba empezando a comprender su actitud protectora. Shen Qingqiu era, al parecer, un tesoro oculto para aquellos que no formaban parte de Qing Jing.

Absorbiendo a hurtadillas un poco del chi calmante de su shixiong, Mu Qingfang revisó los meridianos de Ning Yingying.

—Está bien, Shen-shixiong. Has llegado a tiempo. No hay nada que curar. Aunque he traído un poco de té y puedo preparar una taza...

Li Ling lo agarró de la manga y lo arrastró hacia atrás para empujarlo fuera de la habitación. Las chicas detrás de ella cerraron filas, algunas de ellas estaban de rodillas para tapar con el cuerpo a su shizun, fulminándolo con la mirada mientras le daban la patada.

—Apreciamos enormemente su asistencia, shishu —sacó Li Ling entre dientes apretados y le hizo una reverencia.

Mu Qingfang la había visto con cortes, moratones y hasta una vez con quemaduras causadas por un Lobo Hipopotámico de Lava, pero nunca la había visto ponerse tan beligerante.

—¿Lo hace a menudo? —pregunta él.

Había visto los peines y los aceites dispuestos junto a los instrumentos musicales y le dio la impresión de que los iban a usar tarde o temprano. ¿No era adorable? Su shixiong les trenzaba el cabello a sus discípulas antes de dormir. Se preguntó si Shen Qingqiu también las arrullaba con una nana. A juzgar por la escena que presenció las probabilidades de que lo hiciera eran altas.

—En ocasiones, se le puede convencer —admitió Li Ling de mala hostia—. Sin embargo, eso no le concierne a shishu. Nosotras podemos preparar el té. La cama lo estará esperando.

—Oh, no sé yo... —Se hizo el difícil para tomarles el pelo.

—Shishu... —lo advirtió Meimei. La chica empezó a concentrar chi en las palmas.

La discípula de Shen Qingqiu estaba por enfrentarse con él para defender el honor de su shizun.

Mu Qingfang alzó las manos en rendición y dijo:

—Paz. Me marcharé y no mencionaré lo que he visto esta noche. —Todavía le ardía la cara por haber visto a su shixiong portarse de forma tan vulnerable.

Nunca había considerado a Shen Qingqiu como nada más que un amigo, aunque lo que presenció había alimentado su imaginación de una forma increíble. Lo peor era que no podía contarle a nadie lo que había visto sin arruinar la reputación de su shixiong. ¿Cómo le explicabas a alguien que un Señor de Pico pasaba las noches con sus discípulas y todo permanecía platónico? Y para Mu Qingfang no había duda de que era platónico.

Mientras se iba, el médico pensó en Liu Qingge y en Yue Qingyuan. Las bellezas calamitosas eran un verdadero peligro. Nunca lo había creído hasta este momento.

Sería años más tarde, después de que Luo Binghe raptara a su shizun por última vez, cuando Mu Qingfang se encerraría en sus aposentos con una botella de vino y reiría como si le faltara un tornillo. De veras, esa no la había visto venir. Todos ellos habían perdido la apuesta. Tan solo dos semanas después de eso, durante la boda que Mu Qingfang todavía no sospechaba que estuviesen preparando, Luo Binghe extendería su energía demoníaca como una manta, su versión de una advertencia. Su presencia llenaría todos los rincones de su palacio al tiempo que guiaba a Shen Qingqiu, vestido de rojo, hacia el altar.

En esa estancia, todas las miradas estarían posadas sobre Shen Qingqiu, a pesar del poder de Luo Binghe. Las manos de Yue Qingyuan estarían cerradas en puños, su expresión tranquila, y el rostro de Liu Qingge sería una máscara de honor falso. Le enseñaría los colmillos a Luo Binghe después de que el Señor de los Demonios le lanzara una sonrisita satisfecha, una mano posada en la cintura Shen Qingqiu como si le perteneciera.

El hada inmortal, raptado de los cielos por un demonio que se había enamorado de él. Menuda historia.

***

Shang Qinghua se encontraba sentado frente a su recién encontrado Hermano Pepino, etéreo y extraordinario dios del sexo. No era así como se lo había imaginado cuando creó a Shen Qingqiu, pero eso era lo que había recibido... al parecer.

Su primer encuentro procedió más o menos de la siguiente manera:

A Shang Qinghua se le escapó un "puta madre" al ver el modelito de viuda negra de Shen Qingqiu y se le cayeron pipas de melón de la boca. "Puta madre" no era algo que decían en la China antigua. En esa época se empleaba una versión más florida, "tu madre era una furcia", y, aun así, solo si se era parte del campesinado.

Shen Qingqiu se volvió hacia él como un tiburón que había olido sangre. Se le acercó como un depredador y lo cogió de las solapas mientras le gruñía:

—¿El camino de un orgulloso demonio inmortal?

Shang Qinghua asintió con la cabeza, preguntándose quién había tenido la mala suerte de transmigrar en el cuerpo de Shen Jiu. Luego le empezaron a dar con el abanico en una mejilla mientras lo seguían sosteniendo por una solapa. En serio, todo el rollo ese de la esposa inconsolable que seguramente mató a su primer esposo no estaba ayudando en esta interacción. Shang Qinghua no quería ser el tercer difunto esposo de nadie. Gracias, pero no, gracias.

—S... sí —contestó tartamudeando—. Tú... eh... ¿eres un... fan?

Ojos verdes se entrecerraron.

—¿Avión Disparado al Cielo? —Algo tuvo que haberse revelado en su cara, tal vez culpa, porque su cotransmigrador le soltó—: Maldito... autor... de mierda. Deja que te explique todos los problemas que tiene tu bazofia. Ven, vamos a mi cabaña de bambú, miserable literato de pacotilla.

Va... vale.

Shang Qinghua acabó tragando la mitad del tipo de rapapolvo que su madre soñaba con poder dispensar antes de averiguar que Shen Qingqiu era en realidad Hermano Pepino. Su extrañamente involucrado antifan... o verdadero fan... Era difícil de saber a veces.

Hermano Pepino era intenso y su boca estaba hecha de papel de lija. Podía llevarse una capa de tu piel sin usar más que la lengua. Y eso mismo solía hacer mientras señalaba en la sección de comentarios cada una de las meteduras de pata que Shang Qinghua había cometido. En persona, era aún peor, dadas las facciones imperiosas de Shen Qingqiu, quien lo miraba como si fuera una rata de alcantarilla que se hubiera metido en su bonita casa.

La mejor parte de la conversación llegó cuando Shen Qingqiu lo miró, golpeó la mesa con el abanico y dijo:

—Escucha, entiendo que necesitabas el dinero. Es que quería que fuera mejor, porque me gustaba la historia, en serio. Podría haber sido mucho más que lo que es y eso es muy frustrante.

Shang Qinghua se conmiseró con él y se encogió de hombros.

—Tenía un huevo de notas, hermano. Ni te imaginas la de cosas que tuve que archivar. El papapá vendía. Deja que te cuente toda la historia entre Yue Qingyuan y tú...

Shen Qingqiu alzó una mano para callarlo.

—No me la cuentes. Lo único que necesito sabes es esto: en una escala de uno a diez, ¿cuán probable es que me encierre en algún sótano?

Shang Qinghua se paró a considerarlo. Por desgracia, Shen Qingqiu tenía razón.

—Mira, que no cunda el pánico, pero en realidad es como un siete. ¡Pero! ...Tal vez nunca vaya a ocurrir debido a su complejo de culpa en esteroides. Así que, mientras no resuelvas los asuntos del pasado, no acabarás siendo la esposa del Líder de Secta.

Shen Qingqiu se le quedó mirando con cara de no entender.

—¿La esposa del Líder de Secta?

Shang Qinghua gesticuló de forma rara.

—Shen Jiu y Yue Qingyuan podrían haber sido... ¿almas gemelas?

Shen Qingqiu estampó su abanico sobre la mesa.

—Ese concepto no existe aquí. ¡Las almas gemelas no existen en tu estúpido libro!

—Lo sé, lo sé. —Shang Qinghua no sabía dónde meterse—. ¿Pero como que podrían existir? ¿Tal vez? Porque las notas que tomé pero no incluí en la historia han estado apareciendo en formas raras.

Shen Qingqiu colapsó en el suelo, al lado de la almohada en la que estaba sentado antes, y se frotó la cara.

—¿Es una puta broma?

Por raro que sonara, era un gran alivio tener a Hermano Pepino aquí. Era un tío gracioso. A pesar de que se había llevado a Luo Binghe a la otra acera.

***

Shang Qinghua gesticuló hacia Shang Qinghua, quien estaba recostado de lado sobre su diván, vestido de lencería, posando rollo "píntame como una de tus chicas francesas" y picando lichis. Le habló despacio, como si le preocupara que no lo entendieran:

—Tienes que ser consciente de que tus pintas son muy inapropiadas. Esta gente se pone más para dormir que lo que llevas puesto ahora. Se supone que debemos llevar todas las túnicas en todo momento y luego ponernos una o dos túnicas más gruesas para dormir. No vamos en ropa interior. No es lo mismo.

Nunca había querido saber cómo eran los pezones de Hermano Pepino.

Hermano Pepino se quedó congelado como si lo hubieran pillado con las manos en la masa y escupió el lichi que estaba comiendo en un gesto sorprendentemente elegante. Shang Qinghua nunca había visto a nadie escupir con elegancia.

—¿Cómo? —se atragantó Shen Qingqiu—. ¿Quieres decir que estos masoquistas nunca se sueltan? Llevo siete putas túnicas. ¿Qué más quieren de mí?

¿Quién no se quitaba alguna que otra capa cuando estaba en el refugio de su propio hogar? ¿Le estaba diciendo Shang Qinghua que tenía que ir completamente vestido las veinticuatro horas? ¿Hasta cuando estaba a solas? Ya le jodería. Va a ser que no. Sí que vio unas túnicas interiores más gruesas que otras. Asumió que eran para el invierno y las volvió a guardar. No iba a sacarlas. Eran menos cómodas que su aparente ropa interior.

Shang Qinghua se encogió de hombros.

—Yo no he creado las reglas.

Shen Qingqiu le tiró un lichi a la cabeza y dijo:

—Con cada día que pasa estoy más convencido de que tuve que haber cometido un crimen espantoso en una vida anterior y que, debido a ello, el universo te ha dejado caer en mi estratosfera como el águila que vuelve cada amanecer para comerse mi hígado.

De acuerdo, Shang Qinghua no se esperaba eso. ¿Qué se contestaba a algo así? ¿...Lo siento?

Antes de que pudiera aportar su granito, Shen Qingqiu continuó:

—En segundo lugar, sí que has creado las reglas. En tercer lugar, te voy a decir lo que va a pasar: nunca te he escuchado hablar. Nunca he escuchado esas palabras provenir de tu boca. Nunca has pronunciado las palabras que han salido de tu boca. ¿Me entiendes, A-Hua?

Shang Qinghua intentó hablar:

—Pero...

—¿Me entiendes, Shang Qinghua? —preguntó Shen Qingqiu plácidamente. Parecía que su cordura pendía de un hilo.

Shang Qinghua asintió con la cabeza.

—Bien —dijo Shen Qingqiu con una sonrisa aterradora—. Toma, cómete un lichi.

Shang Qinghua cogió el lichi que Shen Qingqiu le estaba ofreciendo y se lo comió. A pesar de que hizo que se sintiera como una mascota. Hay que joderse, Hermano Pepino era aterrador. Era como un fuerte protagonista icónico: yendo por la vida como el puto amo, aniquilando a sus enemigos, juntando un harén y metiendo el miedo en el cuerpo a los personajes débiles sin sudar una gota.

Shen Qingqiu se recostó sobre sus almohadas con la mirada perdida en la distancia y decidió firmemente que la única solución era hacer como que no sabía nada hasta que llegara a creer que no sabía nada. Si alguien intentara decirle algo, no lo entendería. Tendría la cabeza más dura que una montaña. No escuches el mal, no veas el mal y no menciones el maldito mal.

Oh, ¿qué decís? ¿Que su comportamiento era inapropiado? No tenía ni idea. ¿De qué estaban hablando estos? Él siempre hacía lo mismo y no pasaba nada, en serio. No era para nada inapropiado. El interrogador imaginario se estaba inventando cosas. Shen Qingqiu no era el que se portaba de forma inapropiada aquí. Eran ellos los que se portaban de forma inapropiada. Toda su familia se portaba de forma inapropiada. Estás tú que Shen Qingqiu va a renunciar a su vida cómoda a estas alturas.

En todo caso, nada de esto tenía importancia, iba a morir pronto igualmente. Podía ponerse lo que le saliera de los huevos. Hasta si lo que se ponía podría considerarse el equivalente de la lencería en la China antigua.