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He Was Made For Untidy Rooms and Rumpled Beds

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Imagina una ladera empinada que acaba en un acantilado. Ahora, imagina a un hombre que se estampa contra el suelo tras caer de dicho acantilado, porque la montaña parecía estable hasta que dejó de serlo.

El descenso de Shen Qingqiu hacia la inmoralidad siguió más o menos el mismo camino. Llamemos a la montaña "comportamiento razonable a respetar en los espacios públicos", al hombre "Shen Qingqiu" y al funeral que se organiza después "oda al frágil juicio de Luo Binghe". Aún mejor, llamemos a la montaña "decencia", a Shen Qingqiu "el deslizamiento de tierra que destruyó al pueblo que estaba al pie de la montaña" y a Luo Binghe "pueblerino supertriste".

El descenso de Shen Qingqiu comienza con la coleta, pero así es como sigue:

Shen Qingqiu suspira y piensa para sus adentros que no pasa nada si se ahorra una o dos capas, ¿aunque sea por las tardes? ¿Solo en presencia de Binghe, como máximo? No tiene que permanecer de uniforme todo el rato. No debería por qué estar tan constreñido en la privacidad de su hogar. Se supone que la gente debería estar cómoda cuando intenta relajarse y no pensar en la naturaleza de su existencia.

La primera vez, se despoja de la primera túnica, la dobla por la mitad y la cuelga en el biombo de su habitación. Las delicadas ilustraciones de orquídeas no le dicen que no. Nadie lo hace, de hecho. Shen Qingqiu asume que, si el dueño original puede salirse de rositas hasta después de abusar a menores, él puede desprenderse de una o dos capas y nadie se dará cuenta. Aparentemente, lo que ocurre en Qing Jing se queda en Qing Jing.

Sale de su habitación para ir a cenar con Binghe, quien lo mira dos veces, pero aparte de eso lo deja pasar. Por dentro, Shen Qingqiu exhala un suspiro de alivio y procede con lo que estaba haciendo.

Es una sola capa, una sola coleta: cositas razonables que serían perfectamente razonables para la era y, si lo hubiera dejado en eso, así habría sido. Había otros que también se quitaban una capa o se recogían el pelo en privado. Por desgracia, ese fue el guijarro que dio inicio al deslizamiento de tierra.

De hecho, era razonable que Shen Qingqiu se quitara algo de ropa, porque él era una de las personas con el sistema de capas más complejo de todos los Señores de Pico, superado como mucho por Qi Quingqi y Yue Qingyuan (la primera era increíblemente vanidosa, mientras que el otro era el líder de la secta).

Liu Qingge se libraba de llevar mil capas porque era de un pico marcial. Shen Qingqiu estimaba que llevaría unas cuatro. Shang Qinghua era un maldito conserje y llevaba dos. Shen Qingqiu no estaba celoso y le cantaría los cuarenta a cualquiera que lo insinuara.

No habría pasado nada si se hubiera quitado una capa o hasta dos. ¿Recuerdas la metáfora de la ladera?

Shen Qingqiu no se detiene en la coleta y una túnica.

***

Luo Binghe observa a su maestro, quien se encuentra sentado al escritorio en el que trabaja. Lo observa, pues sabe que no lo van a pillar.

Shen Qingqiu, hermoso bañado por la luz vespertina, lejos de su ocaso, acerca la mano derecha a la izquierda y aprieta con el pulgar derecho la almohadilla del pulgar opuesto. Gira la muñeca mientras se masajea la palma y suelta el más leve suspiro.

Si Binghe no hubiera estado prestando atención, no lo habría notado. Su maestro hace todo tipo de sonidos sutiles e imposibles cuando piensa que nadie está mirando. Binghe siempre está mirando.

Observa a su maestro usar el pulgar para acariciar cada dedo de la mano izquierda. Largos dedos de escribano, enmarcados por brazales, masajean piel delicada. Las manos de Binghe, a sus catorce años, ya son más grandes que las de su maestro. Es todo manos y pies demasiado que todavía le quedan demasiado grandes, como las patas de un cachorro que aún no ha terminado de crecer.

También son más ásperas.

Binghe lo sabe por haber sentido el suave tacto de esas manos en su frente, mejilla y hombro. Las preciosas uñas de shizun tienen una forma redondeada y siempre están acicaladas. Cada una de ellas es una concha perfectamente formada, rosa, traslúcida y delicada.

Observa a Shen Qingqiu pasar a masajear la otra mano. Quiere acunarlas entre las suyas y ofrecerse a hacerlo por él, pero sabe que su maestro le diría que no, que le negaría el honor, que pararía si lo dijera en voz alta. Así que se limita a mirar por encima del pergamino sobre técnicas de cultivación que le ha dado su maestro.

No lo sorprende del todo ver a su maestro quitarse los brazales. Desata despacio las tiras alrededor del dedo corazón para coger el borde del brazal y se lo quita, centímetro a centímetro, como una dulce tortura. Es la caricia de tela por jade blanco.

Por un momento, Binghe ve el antebrazo de su maestro, antes de quedarse solo con la visión tentadores de su muñeca y su mano. Shizun tiene un lunar en la parte interna de la muñeca derecha.

Luego se quita el otro brazal. Esta vez, después de desatarlo, se lleva a la boca el rombo de tela que forma el extremo de la prenda en la parte interna de su muñeca izquierda. Coge la tela con la boca y tira del brazal con labios y dientes. Binghe atina a vislumbrar la lengua de Shen Qingqiu, rosada y húmeda; aferra el manual con más fuerza. Mataría por ser ese brazal, piensa Binghe, atrapado entre los dientes de shizun, colgando de ellos a la espera de que lo destrocen.

Una vez las manos de Shen Qingqiu están libres, las entrelaza como si fuera a rezar y después les da la vuelta para estirar los dedos.

Un gemido diminuto de profunda satisfacción escapa de los labios de su maestro al tiempo que mueve los hombros y cierra los ojos de placer. A Binghe le encanta ver las manos descubiertas de Shen Qingqiu, sus dedos son tan largos y delicados, increíblemente esbeltos y encantadores.

Hermosas muñecas color marfil, finas y ágiles, sobresalen de las mangas diáfanas como una invitación a que besen su pulso, justo en el lunar de la muñeca derecha, y luego la palma y cada dedo. Quiere trazar con la lengua esas pequeñas uñas como conchas. Labios rojos como el vino, piel fresca de la que parecía que, si apretabas lo suficiente, saldría agua.

A veces, a Binghe hasta le cuesta soportar imaginarse tocando a su maestro con sus bastas manos. Se siente como un ladrón que roba vistazos de una belleza inmortal.

Ha ido viendo a shizun relajarse, por así decirlo, en frente de él, despacio pero sin pausa. Todo el proceso tiene lugar en silencio y a lo largo de cierto tiempo durante su estancia en la habitación adyacente de la cabaña de bambú. Parece ser que su shizun solo se ha empezado a aclimatar a su presencia hace poco.

Observa a shizun desprenderse de capa tras capa, tanto física como mentalmente. Shizun tuvo que haber vivido mucho tiempo solo en esta casa, así que tendrá costumbres que habrá mantenido en secreto, costumbres que habría descuidado porque no se sentía cómodo con Binghe presente.

Pero cuanto más tiempo pasa con shizun, de más capas se despoja este, como una flor que abre sus pétalos poco a poco. Cree que le gustaría ver a shizun florecer; el pensamiento es profundamente inapropiado.

Los pobres, Binghe incluido, llevan ropa basta de una sola capa en la calle, pero la suya está hecha de lino áspero sin teñir. Es sencilla y protege su modestia, pero ofrece poca comodidad. La seda fina y suave siempre está destinada para los nobles, los eruditos acaudalados o los mercaderes más ricos.

La seda que cubre el cuerpo de Shizun ni siquiera proviene de los gusanos de seda, como la que se ponían los mortales, sino de Arañas Androcápitas y otros animales de cuya fibra se podía hilar tela. Era increíblemente fina y no se podía llevar como capa única, ni siquiera en dos capas. Era un material solamente apto para su uso como prenda interior. Él solo conseguía tocarla un poco porque le tocaba lavar la ropa de su maestro tras las infrecuentes ocasiones en las que los encantamientos de limpieza que se habían entretejido en la tela no daban abasto.

Esta tarde, observa a shizun encender velas hechas de cera eterna proveniente de la Abeja-Tejón Elefantina Enorme, a pesar de que todavía no ha anochecido. Lo hace cada vez que se desviste; es una señal muda de que shizun se estaba relajando en vistas a la noche. Sabe que shizun disfruta del olor. La cera iba mezclada con aceites que impregnaban el aire cuando se evaporaban. Dulce manzanilla y miel llenan el aire. Binghe siempre siente el olor pesado en la boca; huele a hogar, a relajación.

En este momento, el tenue brillo ilumina a su shizun.

Shen Qingqiu se quita primero su túnica de abrigo y la cuelga detrás de sí. Después se quita la siguiente túnica, la cual es blanca hoy, con un patrón de bambú, el bordado casi invisible si no fuera por la luz de las velas, que resaltaba la textura.

La capa de gasa que se revela a continuación es la favorita de Binghe. La tela es casi completamente transparente. Le encanta observar los dedos de shizun a través del material, borrosos y teñidos de verde, mientras desliza la prenda por sus hombros. Es embriagador.

Normalmente, es aquí donde se detiene su maestro: vestido con tres capas relativamente presentable, con un aspecto suave y deshecho por las tardes que solo se podía permitir en privado. Es un momento compartido entre shizun y él que sabe que nadie más ha tenido la oportunidad de presenciar.

Hoy, algo nuevo se avecina.

Observa las manos de shizun toquetear el borde de su cuello alto. La única muestra de que shizun está pensando en algo es la diminuta arruga que se le ha formado en el entrecejo, en contraste con su rostro por lo demás impasible. Por un momento, juraría haber visto a Shen Qingqiu morderse suavemente el labio inferior.

La túnica verde menta tiene un ribete de un verde jade más oscuro. El cuello se parte en dos, formando diminutos nudos decorativos a dos centímetros de distancia el uno del otro. Su compleja naturaleza esconde el hecho de que son pequeños apliques que mantienen la túnica abrochada. Se extienden desde la mitad del cuello de Shen Qingqiu hasta su cintura de sauce, donde la prenda vira para atarse en un costado. Esta noche, shizun permite que sus delicados dedos tracen su cuello mientras desata los nudos uno a uno.

Tela blanco puro, cegadora como la nieve, que solo encuentra rival en la blancura del cuello de shizun, se derrama como sangre blanca proveniente de carne verde. En este momento, shizun es como una ciruela madura cortada por la mitad.

Binghe quiere ser un buen discípulo, tratar bien a su maestro es lo único que desea, pero es impotente frente a la sangre que se precipita a su miembro mientras su shizun se desviste hasta quedar en ropa interior. Binghe se remueve inquieto y se cruza de piernas. No consigue, por lo que más quiera, apartar la mirada.

Se le entrecorta la respiración, aunque el jadeo permanece desapercibido, cuando Shen Qingqiu echa la cabeza hacia atrás y continúa desnudándose. Su shizun coge el cordón lateral y simplemente… tira de él. Se siente como si los cordones que mantienen abrochadas las prendas de su shizun fueran también los mismos que mantienen de una pieza su sano juicio, y las manos de su maestro los están deshaciendo.

Shen Qingqiu, ajeno al sufrimiento de su estudiante, termina de desatar los cordones y se quita la túnica verde menta con un movimiento de hombros, de manera que queda en tan solo dos capas de fina seda blanca.

Binghe observa a su shizun doblarse para descalzarse, otra cosa que no lo ha visto hacer hasta la fecha. No tiene ni puñetera idea de lo que está pasando y tampoco puede preguntar, por lo que se queda sentado como si lo hubieran pegado a la silla. Piensa distraídamente en que en los espacios de trabajo casi siempre se lleva zapatos. Alcanza a ver la clavícula de su shizun, así como ese huequito donde se encuentran ambos huesos. Quiere trazarlos con la lengua. No entiende nada.

Algo en Binghe cede, puede que el cordón lateral sí que estaba relacionado con su sano juicio, el cual se ha esfumado por completo. No sabe nada.

Binghe se apresura hacia su shizun, se arrodilla junto a su silla y toma uno de sus pies con insolencia. Tiene la boca reseca. Siente como si sus rizos se estuvieran encrespando en respuesta a la creciente fricción en la habitación.

—Shizun, por favor, permítale a este humilde discípulo servirle —suelta rápido. La voz se le casca en medio de la oración. Cree que está sudando y debe de tener ojos de desquiciado.

Shen Qingqiu arquea una ceja en su dirección. A esta distancia, su maestro cerniéndose encima de él, sus bonitas manos apoyadas en las rodillas, donde se han posado cuando le ha tomado el pie, Luo Binghe puede contar cada pestaña suya. Aletean por encima de sus mejillas como las alas de una mariposa.

—Binghe no tiene por qué molestarse. Este maestro es más que capaz de quitarse sus propios zapatos —contesta Shen Qingqiu, completamente a gusto con su falta de ropa. Binghe supone que él también se acostumbrará: si su maestro está cómodo, él también lo estará. Con el tiempo.

—Binghe insiste. Su maestro ha tenido un día muy largo y a Binghe le gustaría ser de utilidad a su maestro. A Binghe le gustaría compensar a su maestro por su bondad.

Luo Binghe ya no sabe lo que está diciendo, pero está desesperado y algo de ello se debe de entrever en su cara porque su shizun suspira y se sienta recto.

—Muy bien —accede Shen Qingqiu.

Binghe está tan agradecido. Toma un pie con dedos temblorosos: una mano sujeta la suela y la otra agarra el tobillo para quitar la bota blanca. Repite lo mismo con el otro pie.

Los pensamientos le corren demasiado rápido por la cabeza como para que pueda tomar una decisión a consciencia. Lo recorre una veta de algo que será demencia absoluta. Aún está sujetando uno de los pies de shizun en la mano, con el calcetín todavía puesto, y es increíble tener por fin la confirmación de que los pies de su maestro, a pesar de ser de hombre, caben enteros en su palma. Sus manos son grandes y los pies de Shen Qingqiu tienden más hacia el extremo delicado del espectro masculino. Binghe quiere... más.

Desliza una mano hacia el borde de un calcetín, sobando el gemelo de su shizun como un baboso, y lo baja para revelar pies suaves y cremosos y deditos de lo más monos. Quiere mordisquear cada uno de ellos. También tienen perfectas uñas como conchas y son tan pálidas que se transparentan pequeñas venas verdes, como jaspeado en jade.

Posa un pie desnudo en el suelo y repite el proceso con el otro. Observa a shizun enroscar los dedos del pie que sujeta en la mano y después los del que está en el suelo. En caso de que shizun se lo pregunte, considera contestarle que fue un malentendido, que pensó que su maestro también quería quitarse los calcetines. Todo eso a pesar de que normalmente no se quitaban los zapatos en los espacios de trabajo, porque cumplen el mismo propósito que una oficina pública y, por ende, se encuentra sujeta a ocasionales visitantes indeseados, muchos de ellos como consecuencia del envenenamiento.

Pero Binghe acaba de fregar los suelos y ha estado andando en calcetines, por lo que no le preocupa ensuciar a su maestro en ese sentido. Aunque duda de poder refrenarse de besar sus pies. Al alzar la mirada, ve a su shizun sentado, vestido con tan solo dos finas túnicas blancas, con un aspecto altamente deshecho. Es suficiente para caer a sus pies en alabanza. Arrodillado enfrente de Shen Qingqiu, Luo Binghe siente como si estuviera a la entrada de un templo.

—Este discípulo pide perdón, pues ha pensado que tal vez shizun estaría más cómodo así. Este Binghe acaba de limpiar los suelos y nadie ha venido todavía, así que shizun no se ensuciará los pies —explica él.

Ya ni hablar de lo enormemente inapropiado que era el mero hecho de que vea los pies de shizun. Su maestro no ha reaccionado de ninguna manera, no ha intentado detenerlo, por lo que Binghe se ha tomado la libertad.

No es que shizun suspire, pero sí que exhala profundamente. Binghe lanza un vistazo rápido a sus pies para no perderse cómo esos dedos tan monos se flexionan de forma reflexiva, y luego vuelve a alzar la mirada.

—Este shizun está cómodo. Gracias, Binghe.

Binghe asiente y se escabulle. Consigue volver a su asiento, de alguna manera, intentando de paso esconder una erección.

Entierra la nariz en el mismo pergamino que debe de haber leído ya como trece veces durante el shichen que lleva sentado. Observa el sol ponerse hasta que la única fuente de luz son las velas. No mira a Shen Qingqiu, quien sigue haciendo papeleo. Inspira profundo por la nariz y expira por la boca sin hacer ruido.

Cuando por fin se calma y su erección amaina, vuelve a alzar la vista. Al momento, siente como si toda la sangre se le precipitara de la cabeza al sur. Con lo duro que está su pilar celestial se podría utilizar para labrar piedras.

Shen Qingqiu está arropado por el suave brillo de las velas, vestido en sus dos capas de seda, parcialmente traslúcidas. Son lo justo de finas para entrever la silueta de los pezones sabrosos de Shen Qingqiu, la curva de su cintura, la forma de sus brazos, pero a duras penas. Es un juego de luces y sombras. Es como si no llevara nada más aparte de gasa más gruesa de lo normal, que tapa y revela a partes iguales.

"Shizun está intentado matarme", piensa Binghe.

***

Shen Qingqiu se acuesta en la cama y rumia sobre la reacción de Binghe a los acontecimientos de hoy. Pobre chico, ¿cuán abusivo tuvo que haber sido el dueño original para plantar en él tal desesperación de hacerse valer? Se ha debatido entre dejar que el protagonista le toque los pies (porque no puede permitirse tener al protagonista tocándole los pies, será un camino directo a la pesadilla de su vida, lo sabe perfectamente) y, bueno, soportar los ojitos de cordero degollado de Binghe. El Luo Binghe ennegrecido podría después meterle a Shen Qingqiu esos mismos dedos por la garganta, quién sabe.

Ay, pero la desesperación y el puro hambre por amor en los ojos de Binghe mientras aferraba su pie le han puesto muy difícil decir que no, así que no lo ha dicho. Este tiro le acabaría saliendo por la culata en el futuro, eso seguro.

Aunque no le sentaba del todo bien la idea de que otra persona le quitara los zapatos, si eso hacía feliz a su discípulo, él le seguiría la corriente. Quién sabe qué mantenía a los adolescentes sanos y motivados. Y, si estaba en sus manos ofrecérselo a Binghe como prueba de que Shen Qingqiu se preocupaba por él, no iba a perder sueño dándole vueltas.

Como extra, daba gusto saber que Binghe no ha comentado nada sobre la última capa de la que se ha desprendido. El progreso era bueno, además de muy, pero que muy cómodo. También daba gusto saber que no necesitaba llevar zapatos en presencia de Binghe.

Buena parte del género xianxia tenía algún tipo de obsesión por los pies pequeños y delicados como flores de loto. Los consideraban hermosos y los convertían en objeto de fetiche. Bueno, también las manos... y las muñecas, lo de las muñecas también era importante.

Dicho esto, no era como si eso fuera aplicable a él: a fin de cuentas, Shen Qingqiu era un hombre. Y hasta si fuera aplicable a él, sus rasgos eran del montón, así que estaba seguro de estar a salvo. Recordaba varias obras de ficción en las que los pies se presentaban como una parte sensual e íntima que no se debía exponer en público. Independientemente de su atractivo físico, era un alivio poder confirmar que El orgulloso camino de un demonio inmortal no era de la misma opinión (no lo ha tenido claro hasta ahora porque se había saltado muchas descripciones sobre el harén y las escenas de sexo, no te metas con él).

El jardín detrás de su cabaña de bambú era hermoso y la hierba era muy suave. A lo mejor hasta podría caminar desnudo por ella sin tener que preocuparse por su honor, qué bien.

Ahora que lo pensaba, necesitaba comprar una tumbona acolchada o algo para el jardín. La necesitaba. Se iba a preparar unos cócteles y congelarse algo de fruta para comer. Tenía prohibido hacer ambas cosas en su primera vida debido a su salud, pero ahora se iba a emborrachar (bueno, achispar) en su jardín, descalzo y sin todas sus capas. Iba a ser la hostia. ¡Binghe hasta podría traer algo para picar!

Lo que Shen Qingqiu había pasado completamente por alto era que en dos capas de seda la situación se volvía, digamos, algo trasparente.

***

Esa noche, pilar en mano, Binghe muerde la almohada mientras se toca una y otra vez. Ha intentado ser un buen discípulo, pero no puede vivir con esta tortura sin desfogarse. Se siente como si fuera a morir si no se corría, y sigue hasta quedar agotado y con la muñeca dolorida. Es tan temprano en la madrugada para cuando por fin se sacia que escucha a los pájaros despertarse con el sol.

Prácticamente le duele la boca por la cantidad de gritos que ha ahogado y tiene los ojos llorosos. Hará la colada más tarde, pero por ahora se queda en cama, falto de aliento y oliendo a sexo y a sudor.

Oye, mocoso —lo llama el Anciano Demonio de los Sueños—. Este anciano está seguro de que tu adorado shizun está intentando seducirte.

—No lo está. Cierra el pico, demonio —salta Binghe. Está medio agotado y medio seguro de que shizun podría encontrarse a alguien mucho mejor que él y que, por ello, no tenía necesidad de seducir a un humilde discípulo como él.

Muchacho, ese tipo es un sucio pervertido que quiere meterse en las bragas de sus discípulos. ¿Por qué sino iba a desvestirse en frente de ti? Será mejor que consideres cambiar a un maestro que no acecha a sus estudiantes o apodérate tú de él primero, una de dos.

—Para empezar —argumenta Binghe—, no soy un niño. Para seguir, shizun no está intentando seducirme. Y para acabar, este Binghe no tiene nada de lo que poder aprovecharse.

Porque Luo Binghe está más que dispuesto a hacer cualquier cosa a shizun, con shizun, alrededor de shizun, ahora y para siempre. No cuenta como aprovecharse si él mismo lo desea. Además, ya tiene quince años. Lleva un año en compañía de su maestro y sabe que el hombre nunca se aprovecharía de sus estudiantes.

Sin embargo, el Anciano Demonio de los Sueños tiene razón en parte. Shizun sí que se ha desvestido en frente de él y ha quedado casi desnudo. Era tan increíblemente inapropiado que nunca habría creído que su elegante y agraciado maestro, quien siempre recalcaba la importancia de la buena educación, pudiera hacer algo parecido si no hubiera pasado justo enfrente de sus ojos. Y, aun así, Binghe barajaba la posibilidad de que ese momento hubiera sido una alucinación.

Binghe podría, tal vez, posiblemente, encontrar a shizun atractivo en alguna forma. Y, aunque piense que nada saldrá de ello, desea con todas sus fuerzas estar equivocado. Su cuerpo está preparado para estar equivocado. Por ahora, se limitará a observar y esperará a que se presente una oportunidad para tantear el terreno.

***

La semana sigue su camino. Cada noche, shizun se quita la ropa. Binghe cree estar perdiendo la cabeza. Cree que esto podría ser algún tipo de iluminación, alguna lección sobre los peligros que conlleva sucumbir a la tentación de la carne, que consiste en que shizun incentiva a Binghe consigo mismo y después no hace nada. Binghe no se siente muy iluminado.

Tal vez, piensa fuera de sí, tal vez shizun se preocupa tanto por no aprovecharse de su discípulo que no tiene las agallas de actuar. Y si es ese el caso, qué le vamos a hacer, Binghe tendrá que echarse a sí mismo de la casa.

En la nueva rutina nocturna, en la que le quita los zapatos a su maestro, un privilegio al que se ha aferrado con fervor posesivo, Binghe mira a Shen Qingqiu y ruega:

—Este Luo Binghe estaría dispuesto a servir a shizun en cualquier forma que este desee. Solo puede rezar por traer tanto placer a su maestro cuanto shizun le ha traído a este discípulo.

Hala, más claro no puede dejar que está dispuesto.

Shizun lo mira en blanco, pero Binghe lo observa, siempre lo está observando, y vislumbra un indicio de confusión mientras su maestro extrae el pie con cuidado y contesta:

—Gracias, Binghe, pero has de saber que no tienes por qué hacer nada. Es un privilegio para este maestro tener a un estudiante tan dedicado.

—Pero Binghe quiere hacerlo, shizun, de verdad, no es ninguna imposición —replica Binghe al tiempo que toma el pie que intenta alejarse de él y lo aferra contra su pecho. En todo momento, observa los profundos ojos jade de Shen Qingqiu y eso que ve pasar por ellos tiene que ser confusión sí o sí.

—Binghe ya hace lo suficiente, no tiene que hacer nada más. Binghe es mi discípulo —lo reconforta Shen Qingqiu.

Shizun le da una palmadita en la cabeza y después se mete en la cama.

Luo Binghe se queda sujetando un pie imaginario y preguntándose qué tuvo que haber hecho en su vida anterior para tener tan mal karma. ¿A lo mejor fue algún dictador cruel?

A la noche siguiente, Luo Binghe hace lo mismo: ruega a Shen Qingqiu mientras su maestro lleva la túnica medio abierta y húmeda por el baño que se ha tomado. Ocurre lo mismo: shizun lo reconforta y le dice que es fuerte y talentoso, y Binghe sabe que no lo han entendido.

***

Muchacho, me arrepiento de lo dicho... Por raro que suene, no creo que tu shizun sepa lo que es el sexo.

Binghe lo ignora.

A estas alturas, él tampoco cree que sea ese el caso, pero está sufriendo. No paran de pasarle por la cabeza imágenes de shizun: descansando por las tardes en ropa interior, estudiando pergaminos en su escritorio, abanicándose mientras expone una cantidad de piel tan inapropiada que Binghe quiere derretirse.

Todavía se viste como Binghe acostumbra a verlo cuando salen de la cabaña de bambú, pero dentro es como si pisara un mundo paralelo, en el que shizun no es un noble maestro inmortal, sino una noble fantasía inmortal fruto de imágenes más lascivas que sus sueños húmedos, despreocupada del tormento que le causa.

El otro día, ha observado con horror cómo su shizun permitía que una pierna se derramara por el corte en su túnica para echarle crema y después hacía lo mismo con la otra. Desde los muslos hasta sus perfectos pies. ¡Binghe sabe qué aspecto tienen los muslos de shizun! ¿Qué se supone que tiene que hacer con esta información? ¿No tocarse?

No le entra por la cabeza. ¿Es que nadie le ha enseñado a su maestro que estas cosas no se hacen? ¿Se le han olvidado todas las normas de decoro debido a su desviación de chi?

Binghe se estará muriendo o algo. No para de sentir punzadas en el pecho.

***

Shizun es amable y cariñoso y estricto, con rostro implacable y ojos risueños que relucen como estrellas cuando está feliz. Es digno de respeto y Binghe quiere con todo su ser que esté orgulloso de él, pero, que los dioses lo ayuden, también desea a su maestro.

Lo anhela con el fervor de mil soles que arden a la vez, con el fuego de un protagonista semental, quien ya ha renunciado (sin saberlo siquiera) a un harén a favor de un hombre, un único hombre y nadie más.

En algún momento, entre acabar al borde de la muerte día tras día y observar a su shizun existir en su órbita, pero sin poder tocarlo debido a que sería inapropiado, Binghe idea un plan. Si shizun no lo está seduciendo, y ya ha confirmado que el hombre, por razones misteriosas, no tiene ni idea de lo que está haciendo, debe ser él quien seduzca a shizun. Es la única solución.

Si la montaña no viene a Binghe, Binghe escalará la montaña, la recorrerá de arriba abajo y de dentro afuera; ha de infiltrarse en esa montaña numerosas veces.

No hay otra opción.