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He Was Made For Untidy Rooms and Rumpled Beds

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Shen Yuan tenía mucho que decir en cuanto a su transmigración, reciente y sin precedente alguno, a una vida nueva en un cuerpo nuevo.

La mayoría de los sentimientos que experimentaba al respecto se podían describir como alarmas estruendosas. Atronaban en su mente en segundo plano ante cosas básicas como no acabar quemado vivo por poseer el cuerpo de otro hombre, aprender a cultivar e intentar averiguar cómo recogerse el pelo. En toda su vida, lo había tenido como máximo por los hombros, más que nada durante esa fase experimental de cuando tenía trece años e hizo una apuesta con su hermana.

Además, todavía no había acabado de averiguar si quemaban a gente viva en esta pesadilla de mierda rollo xianxia en la que se encontraba o si esa parte solo era fruto de su paranoia. Preocupaciones normales, ya sabes, para alguien atrapado en el cuerpo de un personaje desechable de una novela sobre sementales.

Había que admitir que la carne de cañón en la que acabó es decente en lo que se refiere a aspecto físico, pero, a fin de cuentas, sigue siendo carne de cañón. Al menos no era un "baboso número dos". Podía hacerse algo con "decente", pero el "baboso número dos", con narizota enorme, aletas de la nariz en continuo movimiento y que babeaba sin parar, siempre acababa muerto en un santiamén.

Oye, no lo llames vanidoso, ¿eh? Cuanto más guapo seas, más altas son tus probabilidades de supervivencia en una novela sobre sementales... la mayor parte del tiempo.

Más o menos.

Era complicado, pero el ajo estaba en que, si tenía que ser un villano, al menos no era feo y se encontraba en una posición social influyente. En la parte oscura de esta ecuación, los cabrones feúchos morían muy rápido. Su propia suerte se inclinaba menos hacia una decapitación rápida y más hacia muchos, muchos años de tortura. No era su culpa que este cuerpo fuera guapo cuando lloraba.

Después del pánico inicial por tener que pretender ser una persona que no era él en absoluto, solucionar el meollo con la cambiapieles y desbloquear la función OCC... Después de instalar a Luo Binghe en un alojamiento algo más razonable en su propia cabaña de bambú, en vez de dejarlo en el cobertizo con la leña, con la esperanza de que, si se aferraba al muslo dorado del protagonista, al menos moriría con un mínimo de dignidad...

Después de reorganizar su estúpido horario para que sus discípulos más veteranos ejercieran de líderes y enseñaran formas marciales claves a grupos alternantes de discípulos más jóvenes, los cuales a su vez se organizarían para enseñar lo que habían aprendido a sus shidi y shimei aún más inexpertos...

Después de aprender esas formas para poder corregir a sus discípulos...

Después de aprender cómo vestirse, arreglarse el pelo, asearse y vivir en su ropa ridícula cuando estaba acostumbrado a hacer vida en una maldita era diferente, donde no había cultivación pero sí que había agua corriente (y le importaba un pimiento que los talismanes de agua cumplían el mismo propósito, él vivía en una cabaña de bambú como un monje sereno, con ropa encantada para repeler suciedad y sin Internet)...

Después de todo eso, el verano llegó con ansias de venganza.

Y, debido a que no se encontraba en su propio mundo, estaba sujeto a lo que solo se le ocurría describir como el sufrimiento que se imaginaba que deberían haber aguantado las doncellas en la Inglaterra victoriana cuando llevaban faldas enormes de la hostia e innumerables capas. Porque no solo estaba vestido en el estilo de la China antigua, el cual resultaba sorprendentemente práctico y con el que estaba ligeramente familiarizado, sino que estaba vestido en la versión xianxia de esas prendas. Lo que implicaba que:

Llevaba entre seis y ocho capas de ropa.

Todos los días.

Independientemente de si elegía llevar la variación de su conjunto que iba con pantalones o no. Encima, si decidía ponerse los pantalones, se añadía otra capa sí o sí en forma de otra túnica para mantener la "silueta correcta".

A continuación, se detallan las seis capas, tal como Shen Qingqiu... Qué le den a todo, ahora él era Shen Qingqiu, tal como él mismo las entendía. Su conocimiento se compiló a través de una combinación de sentido común, cómo estaba vestido cuando se despertó de la fiebre y observación atenta de cómo se vestían los demás (teniendo en cuenta que nadie le ha dicho nada ni se ha parado a mirar su ropa, se las estaba apañando de fábula).

Uno: Una túnica hecha de la seda blanca más pura y suave, lisa como el culito de un bebé y fresca al tacto, formaba la primera capa. No había ropa interior, pero esta túnica sencilla que se ataba en el lateral era un sustituto satisfactorio. Había variaciones de esta prenda, con o sin cortes en los laterales, dependiendo de si había pantalón o no. También había versiones más cortas, que le llegaban hasta la parte superior del muslo, mientras que las más largas le caían hasta los tobillos.

Dos: Una segunda túnica blanca que se ataba en el lado opuesto que la primera. También estaba hecha de seda blanca fina, del mismo material, solo que era un poco más grande que la primera. Esta venía con un cuello más alto, pero todavía no era el más alto de todos.

Tres: Una túnica del verde más pálido que hay y con un cuello superalto. Tan alto que casi le cubría todo el cuello. Esta también venía con diferentes variaciones y complejidades. Algunas versiones de esta capa se parecían a un vestido qipao, con ribete en el cuello además de una línea diagonal que rara vez era visible, escondida como estaba debajo de las siguientes capas de tonos verdes más oscuros, y que seccionaba desde el cuello hasta la axila izquierda. Las versiones más rebuscadas se decoraban con... flores o bambú, flores de bambú... Lo que sea, se la sudaba demasiado para comerse la cabeza.

Cuatro: Una túnica etérea y transparente de color verde jade o blanco. Tenía las mangas más largas de todas las capas con el objetivo de que sobresalieran y fluyeran cuando andaba, como si fuera un hada inmortal e inmaculada que flotaba por la vida. La odiaba. Era un dolor de cabeza ponérsela precisamente por lo delicada y resbaladiza que era, y no paraba de mojar la fina gasa, esas aletas que le hacían de mangas, en el té.

Cinco: Otra túnica blanca, o a veces verde, que subía de talla otra vez. Esta, sorprendentemente, estaba a la vista de los demás. Estaba hecha de un material más grueso, venía con diferentes variaciones en cuanto a dónde te la atabas, tenía varios cinturones entre los que podía escoger, etc. Todas ellas en blanco o algún tono verde. A veces hasta llevaba algún estampado. Qué atrevido.

Seis: Una túnica verde y grande que se ponía por encima de las demás, otra vez de una talla más grande y un tono más oscuro, pero manteniendo el mismo estilo rollo jade con el que tenía que apañarse. En su armario no había ni rastro de verdes bosque o verdes tan saturados que se asemejaban al negro. Normalmente, las mangas de la quinta capa sobresaldrían, debido a que las de esta terminaban por el codo, e iban equipadas con cordoncitos muy cuquis que no servían para nada, solo eran decoración. Sí que túnicas más formales con mangas largas y elegantes y más bordado que almacenó al fondo del armario y con las que decidió no molestarse. Aunque, teniendo en cuenta la caja en la que las encontró, era exactamente lo mismo que había hecho con ellas el dueño original.

***

Si elegía llevar pantalón (séptima capa), tendría que echarse una túnica demás (octava, ¡ocho capas!) para crear más movimiento mientras andaba. Una flor de jazmín ondeando en la fresca brisa primaveral o alguna tontería de esas.

En los pies llevaba calcetines de seda blanca que le llegaban hasta la mitad del gemelo, encima de los cuales calzaba botas blancas ajustadas que recordaban a calcetines, pero, sorprendentemente, eran más macizas de lo que parecían.

También llevaba brazales que eran o guantes completos, que jamás se ponía, pues también estaban relegados a la caja con ropa rebuscada, o la versión xianxia de calentadores para brazos. Este accesorio lo llevaba siempre. Eran entallados, con bordado sencillo, y le llegaban hasta el brazo, aunque nadie se daría cuenta igualmente. Le creaban pequeños rombos en el dorso y en la palma. Algunos se ataban alrededor del dedo corazón, lo cual siempre le hacía pensar en sus ganas interminables de sacarle el dedo al Sistema y a su vida. Y a la vida del dueño original, ya que estaba.

A lo que iba era que, una vez se acomodó en su vida, o en la vida del dueño original, la cual con un poco de suerte no acabaría con él convertido en un palo humano, su cuerpo decidió recordarle que fuera era un horno.

Y no, el hecho de que ya no necesitaba sudar no hacía ninguna diferencia. Cada vez que salía al aire libre, se sentía morir de un ataque de calor lenta y tortuosamente.

En sus de seis a ocho capas.

Se arrepentía de cada mirada de admiración, cada ojeada que había echado a las ilustraciones de todos los libros de este género que había leído, no solo de las de la chapuza que era ahora su vida, sino de todas ellas porque... capas. Él era una cebolla humana. Gasa, ornamentos para la cabeza y coronas y horquillas de jade y elegancia y qué le den a todo eso.

Estaba cansado. Estaba viviendo en su propia carne una visión sofisticada y gloriosa de cómo debería ser el cultivo que solo había visto dibujada en Photoshop por gente que no tenía que ponerse la ropa que dibujaba. Era ropa que no esperaría llevar en la vida real. Hasta las películas tenían ropa y pelucas de mierda que no eran ni de lejos tan elaboradas como lo que tenía que aguantar Shen Qingqiu.

Hacía calor.

Y ni siquiera tenía la decencia de hacerle sudar. Si estuviera sudoroso al menos sentiría que su cuerpo estaba de su parte. Pero no, él era Shen Qingqiu, el frío y abominable villano del Pico Quing Jing, cuya dignidad no soportaría revelar que el calor lo afectaba.

Él era un desierto personificado.

Calor seco extraseco sin ninguna manera visible de expresarse y ninguna forma de refrescarse porque, igual que ya no necesitaba comer, al parecer, pasado cierto punto el cuerpo de un cultivador ya no sentía calor o frío, cosa que no se aplicaba a su vida.

No, no estaba acostumbrado al calor, pues no había pasado por un período de ajuste lento, que había llevado años y años, en el que su cuerpo se deshacía de ciertas sensaciones, según los libros sobre cultivo que se leía de tomo a lomo en varias sentadas. Él era un alma ligeramente usada en un cuerpo bastante usado, y no estaba acostumbrado a que su cuerpo "no sintiera" calor. Ni una mierda. No sudaba, no se quemaba al sol y tal vez hasta le era imposible sufrir un golpe de calor, pero joder si lo sentía.

Este cuerpo no sentía el calor de la misma manera que había gente que no consideraba amargo el café.

Se acostumbraban. Era un "gusto adquirido", es decir, lo bebían hasta que se convencían de que ya no era amargo.

Él no estaba acostumbrado.

Estaba acostumbrado a tener aire acondicionado, a eso era a lo que se había acostumbrado Shen Yuan. Aire acondicionado, hielo que podía comprar cuando le diera la gana y tarrinas enormes de helado.

¿Sabes qué es lo que no tiene El orgulloso camino de un demonio inmortal? Nada de eso, absolutamente nada: ni aire acondicionado, ni hielo, a menos que uses brujería de cultivo (que él usaba, sí señor), ni helado.

Diría "puta vida", pero estaba seguro de que estar atrapado en un mundo que era antes un libro que había leído era la exacta definición de esas palabras, así que no iba a tentar la suerte y lanzarlas al aire. Solo iba a pensarlas. Bien fuerte.

El problema, cuando volvió a él, residía en que estaba acalorado, incómodo y como que odiaba su ropa, su pelo y toda su vida. Ninguna cantidad de sopas refrescantes preparadas por Binghe lo haría sentir mejor.

Así que, una vez estableció su identidad y ya no lo revisaban por si lo habían poseído, como que decidió experimentar. Solo un poco.

Desmelenarse, por así decirlo.

¿Qué podía pasar?

***

Shen Qingqiu se despertaba cada día con los mismos pensamientos, la mayoría de los cuales incluían una cantidad ridícula de quejas sobre su pelo. La gente se equivocaría en asumir que se aburriría de repetir en su mente las mismas frases sobre cuánto odiaba arreglarse el pelo. Así de mezquino era.

Esta mañana, sin embargo, iba a hacer algo nuevo. Esta mañana lo iba a recoger en una coleta, la cual pasará por una corona, que fijará con un pasador de jade para que no se le caiga. Muérete de envidia, Liu Qingge.

Dejó varios mechones sueltos para que le enmarcaran el rostro. Quedaba ligeramente diferente a cuando se dejaba los mechones frontales caer con elegancia sobre sus pómulos, mientras que el resto lo recogía en lo que él, en su completa ignorancia, solo podía describir como un medio moño, medio coleta, mientras el resto de su larguísima melena colgaba a su alrededor hasta las mismas rodillas.

Lo que sea, se lo iba a recoger.

Tenía tanto pelo ahora y arreglárselo en cualquier forma de peinado decente le daba ganas de gritar.

Para cuando terminó de recogérselo, sintió la gloriosa libertad de no tenerlo sobre la espalda y el cuello. Eso sí, la mayor parte de su cuello seguía cubierto por la tercera túnica, pero al menos estaba un poco más libre. También había, milagro de milagros, una fina franja de nuca al aire, libre para disfrutar las deliciosas brisas autogeneradas mientras su pelo oscilaba de un lado a otro en frente del espejo de cobre. Movió un poco la cabeza para asegurarse de que estaba bien fijado. Sería inaceptable que se deshiciera mientras estaba ocupado con sus obligaciones.

Tenía que mantener su reputación.

Mientras tocaba el extremo de la coleta, pensó: "Sí, nada mal."

***

Luo Binghe entró en la sala de estar de la cabaña de bambú con una bandeja equipada con cuencos de congee blanco como la nieve, salpicado con delicadas semillas de flor de loto tostadas y cebollino, solo para por poco dejarla caer al suelo.

Shizun estaba de espaldas a él. Una mano, con sus dedos largos y gráciles que oscilaban como las raíces de las flores de loto, tocó su nuca parcialmente expuesta, acariciando las hermosas líneas de su apenas visible columna. Binghe podía ver dónde el pelo recogido delineaba el rincón perfecto para un beso.

Desde la cambiapieles, era la mayor extensión de piel que le había visto a su inigualable e inmortal shizun, quien era grácil hasta la profundidad de su ser y superaba en elegancia y belleza al hada lunar. Ese momento de cautiverio, para vergüenza suya, se repitió en su cabeza por razones que desconocía. A menudo, le venía a la mente bien entrada la noche, cuando estaba a solas... Había estado intentando borrar la imagen durante semanas. Estaba seguro de que se le pasaría pronto.

Cada mañana, Binghe se despertaba y llamaba a su maestro, pues no se atrevía a entrar en su habitación; un simple aviso para decirle que el desayuno estaba casi listo era todo lo que se permitía. Cada mañana, Binghe preparaba el desayuno para su maestro. Cada día, entraba y veía a Shen Qingqiu arreglado y vestido en sus túnicas, el cabello impecable, sentado de rodillas en frente de la mesa baja, con postura perfecta, como una estatua de jade blanco. Y cada día ponía la mesa para su shizun, quien, en su infinita gracia, le permitía desayunar con él.

Tenía la fortuna de poder observar a shizun consumir la labor de sus propias manos, de ver cada movimiento delicado de su muñeca transportar sin prisas pequeñas cantidades de comida a su boca.

Tenía los ojos medio cerrados por las mañanas. En otro hombre, se podrían catalogar de soñolientos. En shizun, en cambio, eran lánguidas lagunas de jade.

Hoy, se acercó a la mesa y vio a shizun exponer apenas unos centímetros de nuca. Por alguna razón, sus molares empezaron a hormiguear.

Binghe tragó saliva mientras sentía una corriente de calor recorrerlo desde la cabeza hasta los dedos de los pies.

—Shi... shizun, este discípulo le ha traído el desayuno.

—Mmm, déjalo en la mesa, Binghe. Este maestro tiene un largo día por delante.

Francamente, si durante su reunión mensual Shen Qingqiu va a tener que escuchar a otro señor de pico quejarse sobre lo que, a fin de cuentas, se reducía a tonterías burocráticas, perderá los estribos. O los abofeteará con su abanico, una de dos. Estaba bastante seguro de que el dueño original era el tipo de hombre que, si se le provocaba, abofetearía a una persona con el abanico. Y no de una manera afectuosa, como los golpecitos ocasionales que dejaba caer sobre la cabeza de Binghe, sino sin piedad y fuerte, justo en la cara.

Todavía no había llegado esos extremos, pero el mero pensamiento lo reconfortaba. El calor lo ponía de mal humor. Respiró profundo para calmarse.

—Oh... claro, shizun. Disculpe a este discípulo por la tardanza.

Shen Qingqiu se volvió para mirar a su discípulo favorito y lo encontró con la cara roja. ¿El calor lo estaba afectando también? Hacía pasar un mal rato a los que tenían cultivo bajo, pero ellos al menos podían sudar en tanto que Shen Qingqiu solo podía asarse como un pollo.

—No es nada, Binghe. —Suspiró—. ¿Te molesta el calor?

Luo Binghe observó a shizun observarlo a su vez con ojos lánguidos por encima del hombro. Con una mano se acariciaba todavía la nuca de forma distraída mientras la otra jugueteaba con el extremo de su coleta, la espalda trazando un sutil arco. Binghe volvió a tragar, la saliva se le acumulaba en la boca. Pensó que, si empezaba a babear, lo echarían a patadas del pico, así que no lo hizo, pero quería hacerlo.

Luo Binghe no encontraba las palabras para describir el presente aspecto de su shizun.

—N... no, shizun, este discípulo está bien.

Este muchacho... Hasta ha empezado a tartamudear por el calor y, aun así, ponía a mal tiempo buena cara. Les dará hoy medio día libre a los discípulos. Al fin y al cabo, se lo merecían si hasta Binghe, el alumno más trabajador y tenaz, se veía afectado.

—Hmm, este maestro os permitirá a los discípulos y a ti medio día de descanso de cara al tiempo que hace. Comunícaselo a los demás.

—Oh, por supuesto, shizun. Este discípulo obedecerá sus órdenes.

Luo Binghe todavía no había depositado el desayuno sobre la mesa. Se dirigió con piernas temblorosas para colocar la bandeja y se aclaró la garganta.

—Le he traído el desayuno. —Las palabras le salieron torpes.

Shen Qingqiu se giró, se deslizó hacia la mesa, se arrodilló y cogió un par de palillos.

***

Shen Qingqiu se dirigió a la reunión con premura, con el pelo oscilando a su paso. Era la gloria. Adoraba la sensación de tener el pelo al viento cuando viajaba sobre Xiu Ya.

Concentrado como estaba en volar, Shen Qingqiu se perdió lo siguiente:

Liu Qingge, quien por poco se cae de Cheng Luan.

Literalmente casi se cae del cielo, solo por ver esa espalda tan conocida transformada en algo nuevo por la extensión de pelo negro que revelaba al oscilar una franja de cuello blanco como la leche.

El pelo se contoneaba al viento como una seductora. Liu Qingge empleaba toda su fuerza de voluntad para evitar agarrar esa coleta y tirar de ella con tal de revelar más de ese cuello de cisne.

No creía haber visto jamás el cuello de Shen Qingqiu. En todos los años que Liu Qingge lo conocía, siempre había preferido llevar cuellos altos. Hasta cuando eran discípulos.

Al final, Liu Qingge hizo lo siguiente: siguió a Shen Qingqiu a la distancia justa para que el otro no lo notara con el propósito de continuar mirando su cuello como un lobo hambriento.

Para cuando Shen Qingqiu lo notó, lo único que hizo fue alcanzarlo para volar a su lado y soltar un gruñido.

—Ah, shidi, qué amable por tu parte hacerme compañía —dijo Shen Qingqiu.

—Tu pelo —dijo Liu Qingge con los dientes apretados.

—Sí —respondió Shen Qingqiu con una ceja arqueada. No era una pregunta, sino una afirmación. No iba a permitir, ni un poquito, que el comentario de Liu Qingge arruinara la alegría que le traía tener por fin algo de piel al aire.

—No estás... —empezó Liu Qingge.

Shen Qingqiu acabó con el sufrimiento que le causaba a su shidi hablar. Al pobre hombre se le daba fatal hablar de... bueno, cualquier cosa. Sacar palabras de él era como extraer sangre de una piedra.

—Estoy intentando algo nuevo.

Hala, una respuesta perfectamente neutra que no daba a entender de ninguna forma que Shen Qingqiu se estaba muriendo de calor.

En ese momento, una ráfaga de viento decidió cambiar de dirección. Los planetas se habían alineado.

El viento aventó su coleta, de manera que parte de ella le dio en los ojos, lo cual a su vez se los dejó rojos y llorosos. Otra parte se le pegó a la boca y se le metió entre los labios, pues tenía la boca abierta en ese momento. Para cuando el viento volvió a cambiar de dirección (y qué rabia, esto nunca había pasado mientras iba con el pelo suelto), un mechón colgaba atrapado entre sus labios mientras miraba a Liu Qingge con ojos llorosos.

Su shidi se le quedó mirando pasmado. Se le desorbitaron los ojos y se puso rojo como un tomate. Abrió la boca solo para cerrarla después dos veces y, sin decir palabra, salió pitando.

Pues nada, de acuerdo. Shen Qingqiu escupió el mechón. No tenía ni idea de por qué su shidi huyó a bote de pronto cuando ni siquiera fue él quien hizo el ridículo al atragantarse con su propio pelo.

Además, Liu Qingge se vio atrapado en la misma corriente y a él no le pasó nada. No es justo, él también iba con coleta. Uff, qué caradura. Bueno, al menos se ha ido. ¿Será que iba justo de tiempo? Al menos, Shen Qingqiu no tendría que sacarse del culo un poco de elegancia para salir de este atolladero.

Algunos mechones, todavía humedecidos con saliva, se le pegaron a la cara. Se los quitó suavemente con dos dedos, les lanzó una mirada irritada y los soltó.

***

Terminada la reunión, Shen Qingqiu aprendió dos cosas: los Señores de Pico, a juzgar por sus rostros enrojecidos, sí que se veían afectados por el calor y va a ser que lo de la coleta no ha venido para quedarse.

No era que no pegaba con su personaje, sino que no paraba de juguetear con ella. Pero no era culpa suya, es que era tan fácil. Era como una pequeña cola, tan suave y blandita, y tenía entendido que debía mantener una mayor dignidad que un animal.

Ay, qué se le iba a hacer. Ya encontrará otras cosas con las que experimentar. Quizá en la privacidad de su cabaña de bambú podría relajarse más. Al fin y al cabo, solo Binghe entraba en ella, y a veces Ming Fan, aunque rara vez. No podía afectar de forma negativa a Binghe; seguía siendo un maestro respetable que no había empujado a su discípulo en un Abismo, lo que significaba que su dignidad tenía posibilidades de permanecer intacta.

Además, a Binghe lo crio una lavandera, por lo que, en teoría, si Shen Qingqiu simplemente se comportaba como si lo que estaba haciendo era normal para él, Binghe no se daría cuenta.

Después de todo, ¿quién sabía qué hacían estos cultivadores respetables a puertas cerradas?