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Sickness

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"Mientras más observo el cielo, la noche envolviendo mis sentimientos, es cuando más me doy cuenta de que no puedo huir de este dolor. Soy honesto y los humanos traicionamos y yo sé que lo terminaré haciendo."

 

...

 

Izuku estaba perdido. 

 

Ya no podía distinguir quien realmente era antes de llegar ahí. Lo único que hacía era estar mirando todos los días paredes blancas que no le respondían ninguna pregunta que su corazón le hacía en el breve momento donde obtenía un poco de lucidez. La comida se disolvía en su boca, suave como la papilla de un infante, el agua filtrando cada alimento hasta su estómago y así se repetía tres veces al día. ¿Era de día o de noche? ¿Qué hora era? ¿Quién era? ¿Dónde estaba? ¿Por qué su corazón dolía? ¿Quién era el hombre de ojos rojos? 

 

Lo poco que sabía era su género secundario y su nombre, gracias al brazalete en su muñeca, además de que siempre lo visitaba un hombre con ojos rojos y que ese mismo hombre era el padre de su bebé, o al menos eso creía. Katsuki Bakugō... Pero pensar en el nombre era doloroso. A veces se preguntaba en su imaginación porque le dolía tanto pensar en ese alfa, en un alfa caníbal. Y, en uno de esos días o noches donde no sabía nada más, llegó a la conclusión que él lo había puesto ahí. Porque lo visitaba, entre sueños veía sus ojos y como acariciaba su cabello con cariño, algo suave y lleno de amor que era opacado por un llanto lejano. No le agradaba este hombre, porque de solo pensar en él, todo su corazón ardía. Sin embargo, dejar de pensar en él también le provocaba una sensación similar. Pasaba tardes y tardes pensando en ello, en quién era realmente. 

 

Izuku Midoriya, un omega incompleto. ¿Quién era realmente? "¿Quién es Izuku Midoriya?" 

 

Cada día gastaba su poco tiempo lúcido en eso antes de caer en una bruma espesa donde no podía distinguir nada más que sus propias manos. A veces lloraba, a veces intentaba quedarse despierto por más tiempo hasta que le era imposible seguir y sus ojos se cerraban solos y llegaba él, sin falta a acariciar su cabello. 

 

Y a veces los días pasaban más rápido de lo que creía, en sus tiempos lúcidos miraba descuidado el tiempo de gestación y un día pasó de tener cuatro meses a tener seis, y ahí se dio cuenta del género secundario de su bebé. Un niño. 

 

Algo en su corazón se calentó cuando eso sucedió, tenía miedo de seguir olvidando cosas porque siempre estaba perdiendo tiempo pero cuando podía, cerraba sus ojos y le hablaba. No sabía quien era, solo que se llamaba Izuku Midoriya y que era omega. Pero más allá, era padre de la pequeña criatura creciendo en su cuerpo. Aunque, tan pronto como comenzó a clamar por él, un dolor profundo se acopló en sus interiores. No quería gritar, pero lo hizo cuando vio la sangre en su ropa blanca. Un día desafortunado. 

 

Gritó y muchas personas que no conocía de nada llegaron a su lado, nadie le dio algunas palabras de aliento. De hecho, lo ignoraron mientras lo llevaban a un lugar que no conocía. Tantas personas, tantos ojos, tanto dolor, tanta sangre en su ropa blanca, su bebé sin moverse, tanto miedo, no sabía cómo sentirse... Pero, cuando vio a uno de los guardias que resguardaban los pasillos, algo en su corazón se apretó hasta romperse por completo. 

 

Un leve contacto visual, nada de fuerza en sus piernas y brazos, lágrimas y poco a poco perdiendo la lucidez  del conocimiento y lo último que vió antes de entrar al pabellón fueron esos ojos. Todo en él estaba cubierto con un traje militar negro que contrastaba con la ropa blanca de los enfermeros; lo único que se podía ver bien eran sus ojos. Penetrantes cuencas rojas que parecían ser de un depredador listo para devorar a cualquier presa. Izuku antes de perderse a sí mismo en el dolor que lo hacía gritar, lo vio en silencio. Vio a ese alfa romperse frente a sus ojos con solo ver sus ojos rojos. 

 

No lo entendía.

 

Izuku lloró con dolor, su visión no le dejaba identificar nada hasta que le quitaron el brazalete y el pinchazo en uno de sus brazos lo despertó volviendo más vivido el dolor. Comenzó a recordar pequeños fragmentos, nada significativo pero lo suficiente para querer huir. Intentó liberarse mas el dolor y las ataduras en sus piernas y brazos lo detuvieron, observó para todos lados y rogó por ayuda, nadie lo vio a los ojos. Un doctor se acercó con más personas, un bisturí y el dolor de la hoja rompiendo su piel. Su corazón ardió, gritó y sintió que lo estaban partiendo en dos. 

 

—¡No, por favor! ¡Me duele! ¡Basta, se los ruego, me duele! ¡Me duele!—no podía escucharse a sí mismo, mientras más gritaba y más se retorcía, más fuerte hundían la hoja en su piel. El dolor era incalculable, estaba sudando y con el sudor y las lágrimas, apenas podía ver. La luz en lo alto lo mantenía encandilado, el olor a sangre y sus propias feromonas de dolor lo tenían mareado, más no lo suficiente para dejar de sentir dolor. Ese sofocante dolor. 

 

—Presión bajando, doctor debemos...—El beta negó mientras una de las doctoras seguía secando la sangre, Izuku se cansó de gritar y el dolor solo lo hizo convulsionar en la camilla. Miro de un lado para el otro y deseó tener a alguien a quien recordar para poder afirmarse. No sabía lo que estaba haciendo, todo era tan borroso, dolía tanto, solo quería despertar y estar... ¿Dónde? No podía recordar ningún lugar más que esa habitación blanca. Y tan pronto como dejó de sentir la hoja, unas manos lo abrieron, algo le sacaron y ahí se dio cuenta de lo que estaban haciendo. 

 

—¡No! ¡Mi bebe no, por favor, no se lleven! ¡Hagan lo que quieran conmigo pero no se lo lleven! ¡Por favor no!—le hicieron caso omiso, levantó la vista en un último esfuerzo para ver y ahí estaba un diminuto bebé. Tan pequeño que no se podía considerar un verdadero bebé a la vista inexperta. Hubiera deseado extender sus brazos para tocarlo pero apenas podía moverlos, apenas podía siquiera mantenerse erguido. Todo el cuerpo le ardía.

 

Todos en la habitación pusieron énfasis en el bebé mientras Izuku estaba ahí, tratando de poder ver algo. A cada momento percibiendo más y más frío, perdido y con temor. Observó la sangre en el suelo del pabellón y luego al montón de doctores alrededor de su pequeño y sonrió. Tenía tanto miedo que no sabía qué pensar pero si su hijo poseía tanta gente a su alrededor era algo positivo. Sin duda lo iban a salvar, ellos eran buenos... ¿Verdad? Su corazón se apretó, con la pérdida de sangre, poco a poco comenzó a recordar todo porque las drogas lo estaban dejando. 

 

Izuku tragó duro por el debilitamiento, su propia voz pérdida. Sus huesos se sentían helados, ¿así iba a morir? ¿Qué tan patética iba a ser su muerte? No. Debía luchar pero no podía, pensó en el guardia y su corazón le dijo que era Katsuki. Era imposible, su alfa no podía estar ahí. Además, aún podía recordar las palabras de Mirko. Ellos estaban bajo tierra rodeados por una enorme montaña y resguardados por centinelas. Él... ¡Su bebé! 

 

La verdad lo golpeó con tanta fuerza que no pudo pensar bien. Necesitaba ayuda, no quería morir, no así, no cuando había alguien que lo necesitaba. Observó para todos lados en el pabellón y pidió ayuda. Fue inútil, no tenía voz y aunque lo vieran, la comisión no iba a hacer nada para salvarlo. 

 

—K-kacchan, ojalá estuvieras aquí—rogó con el último aliento abandonando su cuerpo. Solo quería verlo, y en ese momento de profunda desesperación y dolor solo quería besar sus labios y pedirle que cuidara a su bebé, que fuera bueno con Himawari y que fuera feliz aunque él no esté ahí para ver sus sonrisas. Y por sobretodo, que no se rindiera y luchará contra la comisión por todo el daño que les habían hecho a ellos y sus amigos. 

 

Sonrió imaginando a sus hijos ser felices en algún lugar de Japón, con la caída de los cerezos, el viento del verano corriendo sus cabellos y a Katsuki siguiéndoles como un padre loco por la limpieza. 

 

Su vista cayó a la puerta del pabellón donde las misma se abrieron lentamente, los doctores estaban tan absortos en el bebé prematuro que no vieron a uno de los guardias entrar, Izuku sonrió, creía que estaba alucinando. 

 

Katsuki estaba llorando cuando entró y vio a Izuku postrado medio muerto en la camilla, había escuchado los gritos y percibido todo el dolor en sus carnes. De hecho, le faltó toda su fuerza de voluntad para no actuar antes. Aviso a Shoto por medio de un intercomunicador lo que estaba sucediendo, el alfa le dio el visto bueno después de unos minutos y corrompió las cámaras dejándolas en bucle, sólo tenía cinco minutos para sacarlo del ala médica y llevarlo al edificio de empleados. Lo sentía por el pequeño bebé pero en ese momento su omega lo necesitaba más. 

 

El olor a sangre era desesperante, no era por el hambre que había mermado hace unos días al comerse por completo al guardia de seguridad que reemplazaba, era porque todo el aroma a sangre de su omega olía a agonía.

 

—Kacchan... ¿Eres tú?—Izuku apenas respiraba y estaba usando toda su fuerza para hablar, para salir de la duda. Katsuki no se detuvo, salió por los pasillos dejando ir sus feromonas para noquear a cualquier persona y se movió rápido mientras llegaba al edificio de empleados donde él y Shoto tenían una pequeña habitación escondida. 

 

—Deku no digas nada ahora, cuando estés sano hablaremos todo, pero no gastes más tu voz y energía—Izuku, abrazado por el calor de su alfa, ignorante en el dolor de él por voluntad del mayor, solo alzó su mano en busca de su mejilla. La sangre en sus manos mancho parte del traje negro, la tela filtró el líquido oscuro hasta que llegó a la piel del alfa. La mirada roja no se posó sobre los ojos verdes, no terminaría así. No después de todo lo que había hecho, de todo lo que ambos habían pasado. 

 

Katsuki apenas había llegado al edificio subterráneo hace unas semanas, los primeros días se quedó a los alrededores aprendiendo sobre la infraestructura, eso le enseñó que la elección por el lugar se debía a sus estratégicos pasadizos secretos bajo tierra, muchos de ellos hechos hace años durante la segunda guerra mundial y gran parte de la guerra fría, colapsados por su antigüedad y material débil. 

 

Shoto con su hielo reafirmó los lugares que eran de difícil acceso, fue fácil hacerlo debido a las bajas temperaturas del lugar. Poco a poco, cuando hallaron un lugar más adecuado para sus operaciones, comenzaron a enviar información para que los extranjeros tuvieran más conocimiento sobre la base subterránea. Sin embargo, lo que más les impactó fueron los centinelas. Más de cien de ellos rodeando un gran galpón que contenía los servidores de toda la información almacenada en el lugar. No fue fácil acceder a la base de datos, Katsuki tuvo que matar a uno de los guardias que los sorprendió mientras se hacían pasar por trabajadores. Esa fue la primera vez que se comió por completo a una persona. Shoto no dijo nada, su mente estaba con Hawks y su brújula moral no apuntaba a ningún lado. 

 

Pero el sabor del miedo en la carne hizo a Katsuki darse cuenta que por mucho que pudiera tratar de olvidar su lado bestia, era imposible ignorar sus impulsos. 

 

Más allá, obtuvo beneficios al ordenar a los guardias que lo olvidaran, que nunca habían visto a Ground Zero por ahí. Gracias a eso, se hizo invisible a los ojos de los trabajadores y pudo conseguir más información. Hawks estaba resguardado porque era un omega peligroso. Izuku estaba drogado hasta los huesos por su estado delicado, el nivel de peligro de su embarazo era alto y los médicos del lugar no estaban dispuestos a salvarlo a él, solo al pequeño niño. 

 

Cuando Katsuki se enteró que Izuku estaba embarazado hace semanas, no quería pensar, solo actuar. Le preocupaba Izuku, lo amaba tanto que podría el mismo sacarle al niño si eso significaba que su omega estaría bien.

 

Por otro lado, Shoto estaba callado pero en su mente estaba Hawks con un bebé en brazos, feliz y libre. En muchas ocasiones se comunicaba con Endeavor, todas las mañanas donde el personal estaba menos activo. ¿Su tema de conversación? Hawks. De alguna forma los ayudó a volverse más unidos, a enfrentar el dolor. El embarazado del mismo era un tema aparte, ambos evadian el tema lo máximo posible, solo hablaban sobre él y su rescate. ¿El bebé? Era como si no fuera real, solo una ilusión dolorosa. 

 

Aunque no todo eran malas noticias, que ellos desaparecieran del mapa hizo a la comisión calmarse y no seguir con las torturas y las investigaciones. Poco a poco los días fueron convirtiéndose en semanas, y la situación alcanzó una relativa tranquilidad donde los dos enviaban información y los héroes internacionales enviaban de a poco agentes al país para no llamar la atención. Llegaban todos los días uno o dos héroes en horarios separados. Entre ellos llegó un héroe que quería unirse para dar apollo. Un médico especializado en regeneración celular por si en algún momento poseían algún problema que necesitará ayuda médica. Katsuki negó cualquier ayuda de ese tipo porque ya tenían a alguien que podría ayudarlos desde adentro. 

 

Eri era pequeña, apenas tenía diez años. Pero sabía hablar, leer, escribir y protegerse. 

 

Desde un principio Aizawa sabía que se la quitarían por eso la entrenó para ser mejor que todos los demás, no pudo darle mucho entrenamiento físico así que la entrenó mentalmente. Mientras más pequeña, más fácil sería modificar sus miedos y hacerla valiente frente a las personas más peligrosas. Sería fácil fingir inocencia y miedo cuando era lo único que su corazón poseía pero Katsuki la había conocido como una pequeña niña que aunque tuviera todas las de perder, siempre de alguna forma trataba de protegerse, y eso estaba buscando.

 

Katsuki la vio en una pequeña habitación con un conejo blanco, ella era el conejo que la comisión poseía en sus garras mientras que ella jugaba con la pequeña criatura. Hace años tenía miedo de su poder pero con el entrenamiento, rejuvenecía y envejecía animales a gusto para probar. No les hacía daño, solo jugaba a ser una pequeña diosa con sus vidas. 

 

Ella no quería jugar con humanos y Katsuki lo podía ver cada vez que se infiltraba en los grupos de guardias que resguardaban a los presos. Eri ya no suplicaba como en años pasado, ella ahora solo poseía una mirada sin luz, sin vida. Más pálida y con un cabello que ya llegaba hasta sus rodillas. Una de las veces donde ella era llevada para torturar personas, cinco guardias usualmente la acompañaban, Katsuki se infiltró entre ellos y con ayuda de Shoto en las cámaras, los durmió a todos con sus feromonas para hablar con ella. 

 

—¿Qué está pasando? ¿Qué vas a hacerme? —Eri tembló cuando Katsuki trató de alcanzarla, con la máscara era uno de más de ellos así que se la quitó y la niña suspiró con alivio—. Ground Zero... ¿Estás aquí por el héroe Deku? Después de todo ustedes dos son amigos de infancia, normal que desee ayudar. 

 

Katsuki se arrodilló, no sabía si cinco minutos serían suficientes para convencer a la niña pero también quería salvarla a ella, sacarla de ahí. Porque cada vez que la veía, le era imposible no ver a Himawari en ella, en sus rasgos y niñez perdida.

 

—Eri, él ahora es mi omega. Sé que la última vez que lo viste pensabas que era un beta, y es una larga historia que me gustaría contarte, pero debes saber que él es mi familia y está embarazado. Quiero salvarlo de estas personas porque no lo quieren con vida y para eso necesito saber si tú también quieres salir de aquí. Te puedo ayudar pero tienes que ayudarme también—Eri se sorprendió por un momento pero después tomó la mano de Katsuki y asintió. No sabía que Midoriya estaba ahí por estar embarazado, él lo había salvado de los yakuzas aún cuando Chisaki era un alfa puro. Tan valiente, ella también debía ser valiente. 

 

Sonrió y asintió mientras Bakugō se ponía de pie. Ella retomó su lugar en medio de los guardias con las esperanzas renovadas, Katsuki dio la orden con su voz de mando a los alfas inconscientes y ellos siguieron como si nada hubiera pasado. No les tomó más de cinco minutos hablar. Ella quería salir y ver a Aizawa. Todos ganaban. 

 

Sin embargo, una semana después de que hicieran un pacto, Izuku entró en labor de parto. 

 

El corazón de Katsuki saltó en su pecho y le pidió a Shoto que estuviera atento a las cámaras, que él le iba a dar una señal porque podría ser el último día de Izuku. Aunque le dolía pensar en ello, la verdad es que su cabeza estaba pensando con racionalidad porque si se sumía en los sentimientos, se desplomaría. Fue como un guardia, escuchó sus gritos y se tragó todo el dolor en su garganta. Fue pesado oírlo gritar en la camilla mientras cada fibra de su cuerpo clamaba por ayudarlo, no podía hacer nada por el momento. Cinco minutos y le sacaron al niño. Ese era el momento, una señal a Shoto y los guardias que estaban a su alrededor cayeron ante su voz de alfa. Entró al pabellón y sus rodillas temblaron al verlo tan destruido pero no esperó, debía actuar ya. 

 

Mientras iba de camino, Izuku hablaba pero no quería oír nada porque todo sonaba a una despedida y no podía decirle adiós a la única persona que le daba sentido a su vida. 

 

—Kacchan, ¿Himachan esta bien?—llegaron a la pequeña habitación donde él y Shoto enviaban información, Katsuki dejó a Izuku en el pequeño futón y pensó en cómo cerrarle la herida pero la pérdida de sangre era tanta que Izuku tenía hasta sus labios pálidos—. Kacchan, por favor, no luches más. Sé lo que está pasando. 

 

—¡Cállate! ¡No hables más! Shoto fue por Eri y ella te salvará, solo espera—Izuku tomó la mano de Katsuki, había tan poca fuerza en su tacto que el alfa beso su mano con las lágrimas cayendo por sus mejillas—. Solo espera, por favor, sé que es duro pero no me dejes.

 

Izuku comenzó a sentir el horrible dolor en su pecho. 

 

—Kacchan, mírame que quiero verte—Katsuki negó moviendo su cabeza, algunas lágrimas cayeron en el dorso de la mano de Izuku. El suave frío de las lágrimas lo hizo sonreír mientras su vista se volvía cada vez más borrosa—. Katsuki, mírame. 

 

El cambio de voz hizo a Katsuki mirarlo. Izuku sonreía, una sonrisa brillante que le dedicaba a las personas que salvaba. No quería ser uno más de ellos, no era justo, ni siquiera habían cumplido la mitad de sus sueños. Había tanto que hacer, tanto que sentir, tanto que vivir por ellos mismos de la mano que no podía siquiera pensar en respirar bien. Y esa mirada, esa maldita mirada. siempre pensó que él sería el primero, que daría su último aliento mirando los ojos de Izuku llenarse de lágrimas. Nunca pensó que Izuku sería el primero en irse, no así, no de una forma tan patética. Debió hacer algo antes, debió...

 

—Kacchan deja de pensar en lo que debiste hacer y bésame—Katsuki lo miró y lo tomó entre sus brazos sintiendo lo débil que estaba, si hubiera alguien cerca le drenaria la sangre para hacerlo caníbal pero temía que si se iba, nunca más volvería a ver esos ojos. Katsuki tomó su rostro y besó con cuidado sus labios salados, el aliento de su boca era tibio. 

 

—Izuku yo... Lo siento tanto, debí hacer algo más, debí luchar antes, debimos irnos cuando tuvimos la oportunidad—Izuku cubrió la boca de Katsuki con otro beso. Cada palabra de Katsuki le dolía. No podía fingir más, podía hacerlo con todos menos con él. 

 

Quería romperse. 

 

—No quiero irme Kacchan, no quiero irme sin darle a Himawari las gracias por haberme elegido como su padre, quiero ver a nuestro hijo, quiero estar contigo hasta que no pueda ver mi pelo verde, quiero envejecer contigo. Kacchan, no quiero irme, no quiero, no, no así, no—Katsuki asintió, no podía hablar bien y sus palabras eran más susurros que un sonido. 

 

—No te iras, solo tienes que esperar, por favor, solo hazlo. Espérame—Izuku se aferró mientras sus ojos cada vez perdían el brillo, lo sabía, era demasiado tarde y solo pudo sentir el calor de su alfa y cómo ardía su marca, como la misma decía la verdad—. No me dejes, Izuku, por favor, prometí sacarte de aquí, se lo prometí a ella... No nos dejes, no puedo hacerlo solo. No puedo sin ti. Te amo...

 

Izuku sonrió y eso fue lo último que hizo. Katsuki lo vio, sus ojos abiertos sin brillo y el ardor en su cuello. Lo abrazó y escuchó el silencio de su pecho, gritó el nombre de Shoto pero nunca llegó el eco de una respuesta. No había nada que hacer, Izuku se había ido, ellos se lo habían arrebatado, lo habían logrado, todo, todo lo que tenían ya no estaba ahí. No había ninguna garantía y la última vez que lo vio feliz fue en el cumpleaños de su hija, de haberlo sabido....

 

—Katsuki ella ya está aquí...—Eri observó a Izuku en el pequeño futon entre los brazos del alfa, se acercó tratando de contener el dolor en su corazón y comenzó a curarlo pero hasta para una niña como ella la muerte era más fuerte. Eri comenzó a negar y sus manos se iluminaron con más intensidad, haciéndose cada vez más pequeño su cuerno, incluso saliendo sangre del mismo. Las lágrimas comenzaron a mezclarse con la sangre, ella podía hacerlo, ella había dado tanto por este momento, tenía que hacerlo, él lo había salvado en el pasado, ella ahora tenía que salvarlo de la muerte. 

 

Katsuki iba a detener a Eri porque ninguno de sus esfuerzos sacaba frutos hasta que la herida horizontal de su abdomen comenzó a sanarse, la marca en su cuello dejó de arder y pudo escuchar el latido, leve y pausado. Katsuki se acercó al pecho de Izuku mientras Eri seguía sanando su cuerpo, el latido estaba ahí. Atónito quedó pero el cuerno de Eri desapareció antes que Izuku pudiera despertar por completo. 

 

—Lo siento... Quería que despertará pero no pude hacerlo, soy todavía muy débil—Katsuki se arrodilló y abrazó a la pequeña con todas sus fuerzas. 

 

—Gracias, muchas gracias Eri. Pensé que lo iba a perder, muchas gracias por salvarlo—Katsuki estaba sollozando, Eri sintió las feromonas de paz provenientes de él y sonrió aferrándose a su pecho. Katsuki era más grande que su padre, pero ambos  desprendían el mismo calor. Shoto suspiró aliviado al ver las mejillas de Izuku tornarse lentamente a un rosado sano, era normal que no despertara. Después de toda la pérdida de sangre y el dolor que tuvo que pasar, probablemente necesitaría días para despertar. Por el momento debían huir con Izuku antes que la comisión hiciera un movimiento pero él se iba a quedar, no huiría sin Hawks.

 

—Ambos deben irse antes que la comisión libere a sus centinelas. Será demasiado peligroso que se queden aquí—Shoto comenzó a tomar las cosas. 

 

—Yo no me iré—replicó Eri, muy decidida—. Le hice cosas malas al héroe Hawks y debo ayudarlo. 

 

Shoto tragó duro.

 

—Eri, nada de lo que ha pasado aquí es tu culpa—la pequeña niña negó. 

 

—No me iré, hice una promesa y la cumpliré como sea—Shoto y Katsuki miraron a la pequeña, hubo silencio hasta que la voz débil de Izuku se pronunció. 

 

—Yo también ayudaré, solo deben traer a una persona—lo dijo mientras observaba a Katsuki, Shoto tragó duro y asintió—. Por favor Shoto, saca a Eri de aquí. No quiero que ella vea esto. 

 

Shoto no lo pensó mucho y se llevó a Eri a pesar de que ella protestó. La niña, por supuesto que no sabía lo que Izuku quería decir, cuando ambos se quedaron solos, Katsuki abrazó con fuerza a Izuku. Casi dejando su alma en el acto. 

 

—Te lo dije Kacchan, que no quería irme—la respiración de Izuku, el calor en su aliento, sus mejillas tornándose rojas, la piel pálida poco a poco entrando en calor, su cabello falto de vida, ahora muy reluciente. Su omega, con fuerzas en sus manos, respirando, vivo... Una segunda oportunidad. 

 

—Dios, te mantendré con vida cueste lo que cueste, lo prometo—Ambos se abrazaron, desesperados, aspirando el aroma del otro como si fuera una cura para el dolor de sus corazones, el pesar del trauma en sus espaldas, la carga incalculable de la consciencia que alguna vez fue pura en sus mentes. Tanto por lo que pasaron y ahí estaban, a punto de ir por más. 

 

—Tenemos que ir por el bebé Kacchan, no podemos dejarlo aquí sin más, somos sus padres... Aunque me da miedo. 

 

—No te preocupes, seremos excelentes padres, lucharemos por él. Saldremos de aquí los tres e iremos a alguna maldita parte de Europa que parezca mejor que Japón, lo prometo—Izuku asintió mientras aspiraba el pecho de Katsuki, un aroma tan agradable que sus manos no pudieron evitar aferrarse. Mentiría si dijera que realmente sintió el frío, el llanto, los gritos y el horrible dolor de la pérdida del lazo pero... Se sentía como si todo el dolor que pasó por su cuerpo no fuera más que una brisa fría, algo que podría soportar ahora que estaba en sus brazos.

 

Solo pasaron diez minutos antes que Shoto llegará con un guardia moribundo, un hielo atravesaba su estómago y la mordaza sobre sus labios lo hacía ver pequeño a pesar de que era un alfa. 

 

Izuku estaba débil y se arrodilló con todas sus fuerzas, Katsuki lo ayudó buscando cualquier atisbo de pregunta. Shoto no quería ver pero lo entendía, perder a su amigo era más fuerte que su código moral así que se quedó ahí, dándole el apoyo suficiente. 

 

Las manos de Izuku fueron por los hombros, fuertes se aferraron a la carne y los dientes se hundieron en el cuello al canto del grito. El sabor metálico se hizo conocido, era menos apetitoso que antes y la sensación de la carne cruda casi lo hizo vomitar pero mientras el hombre luchaba por su vida, y la misma lo abandonaba, Izuku sentía como poco a poco el sabor se hacía más soportable. Las ganas de vomitar hasta el último trozo se convirtió en una necesidad. ahora entendía a Katsuki, su enorme necesidad y la urgencia por huir. El hambre era fuerte, casi ciega si no fuera porque él estaba ahí, con una mano en su hombro para apretar de vez en cuando. Shoto sintió náuseas y abandonó la habitación. A Izuku no le importó, comió hasta que sus labios quedaron rojos con la sangre, sus colmillos tan similares a los de su alfa y el lazo volviendo todo más intenso. 

 

De pronto todo a su alrededor cobró un nuevo sentido, el alfa había muerto bajo sus colmillos y su carne muerta era como un manjar en sus entrañas. Las fuerzas que perdió cuando le abrieron el estómago, el dolor, la debilidad de la pérdida de sangre, todo... No era nada, se sentía como si estuviera en lo más alto del mundo. Observó a Katsuki, que estaba sonriendo porque sabía lo que estaba pasando. 

 

Izuku se aceptó a sí mismo como caníbal. No habría dolor en ello. 

 

—Así que... ¿esto es lo que sientes cada día?—Katsuki bajó el zip de su chaqueta y descubrió su cuello, Izuku pronto sintió su boca secarse. Podía sentir el latido de su corazón ahí, reflejado en su glándula. 

 

—El hambre y el miedo es lo peor, pero aún no pruebas lo mejor. La carne es buena, el miedo en sus venas te alimenta pero... No hay nada como la sangre de tu alfa—Izuku se acercó, dudó unos momentos pero al ver los ojos nublados de Katsukinno se contuvo y mordió la carne. El veneno de Izuku hizo a Katsuki suspirar, que agradable y excitante era sentir a su omega y cómo sus labios y lengua hacían el trabajo de acariciar su piel. 

 

Izuku entendió, era mágico el sabor en su lengua y como él temblaba. Solo un poco y estaba saciado. Se alejó con la respiración agitada, no estaba totalmente en sus sentidos pero sí lo suficiente para detener su cuerpo de ir por más. 

 

—Ahora entiendo muchas cosas—Katsuki sonrió e Izuku no espero aprobación, siguió comiéndose al trabajador, necesitaría energías para hacer todo lo que deseaba para esa misma noche. Ambos comieron la carne como si fuera una cena compartida. La moral ya no existía en ese momento, solo el deseo de salvar a su bebé y sus amigos. Ser libres incluso si la enfermedad ya era parte de sus venas. 

 

...

 

Shigaraki estaba ahí, veía al pequeño niño de ojos verdes desarrollarse como si fuera un animal. Ellos no tenían piedad. Hace unas horas tenía seis meses de gestación pero ahora parecía un bebé recién nacido, sano, sin que se le notará que alguna vez fue prematuro. La comisión había logrado  invertir el proceso de Eri para acelerar el envejecimiento. Gracias a ello, el prototipo "caníbal de nacimiento" era la prioridad y no Izuku. No les importaba en lo absoluto la desaparición del omega, solo el primer bebé nacido caníbal, único en su existencia. Un verdadero desafío para la biología actual. Incluso varios centinelas rodeaban la cápsula de desarrollo del bebé. Hasta Shigaraki tenía que cuidarlo, y lo veía con sus ojos semiabiertos, con su cabello rubio y piel pálida llena de pecas. Un pequeño bebé que le pertenecía a su omega. 

 

Una habitación demasiado grande para un bebé, una responsabilidad que pronto lo haría sangrar. 

 

—Quiero ayudarte... ¿Dónde estará tu padre? También quiero ayudarlo—Shigaraki tocó con cautela el cristal de la cápsula. El alfa realmente estaba preocupado por Izuku, por el bebé y en parte por Rumi. Ella estaba en la unidad de cuidados intensivos después de un parto difícil, el bebé había nacido bien pero si ella seguía estando ahí, no iban a dejarla más tiempo con vida, sería descartada como todos los demás omegas... Quizás hasta como lo habían hecho con Izuku. 

 

Muchos trabajadores murmuraban que un guardia de seguridad se lo había llevado por orden de la comisión para asustar al héroe caníbal. Shigaraki no tenía miedo de que asustarán a Katsuki, tenía miedo de que lo que ellos decían fuera verdad. Si era sincero, estaba aterrado. Nadie podía esclarecer los rumores y la comisión hacía oídos sordos pero si llegaba a ser verdad... 

 

Lo único que tendría de él sería el pequeño: "Prototipo caníbal".

 

—¡Destructor! ¿¡Qué estás haciendo!? ¡No puedes tocar la cápsula de desarrollo, contaminaras con tus manos!—Shigaraki se alejó mientras la doctora calibraba unos cuantos parámetros en la computadora de la cápsula. Todos a su alrededor solo le daban órdenes, ¿cómo llegó a eso? Después de todo lo que había hecho, de todo lo que alguna vez sufrió. La comisión lo había tomado como un juguete y los dejó, lo había hecho por Rumi, pero hasta ella estaba a punto de morir. ¿Amigos? Ninguno de ellos lo seguía. Todos los que alguna vez lo llamaron líder ahora no eran más que polvo.  

 

"Eres miserable, ni a tu omega puedes cuidar. ¿Puedes llamarte a ti mismo alfa? ¿Quién eres? ¿Eres Shigaraki Tomura, el villano heredero de Afo o eres algo más? ¿Rumi o Izuku? ¿Por qué luchar...? Los puedes tener a ambos. Después de todo, no estás diseñado para seguir órdenes, eres libre y puedes con ellos pero... ¿Estás listo para las consecuencias?"

 

Shigaraki no sabía quién era la persona detrás de esa voz pero tenía razón, él era más que un soldado. 

 

Con sus dedos fue hasta su cuello donde estaba su glándula de feromonas, la misma que la comisión había intervenido con un chip para controlarlo en cualquier momento, la doctora observó la expresión de Shigaraki y no alcanzó a gritar porque se desintegró antes de volver a respirar. La sangre corrió por el cuello de Shigaraki mientras en sus manos latía la glándula, le ardía pero en mucho tiempo no se había sentido así de libre. Sonrió, la adrenalina destruyendo gran parte de su tranquilidad. Observó al bebé en la cápsula y con soltura el gran cristal se rompió, el mismo se convirtió en polvo. Shigaraki tomó al bebe en sus manos, ahora que podía ver con más claridad a las personas y detectarlas a distancia, sonrió al ver a Izuku no muy lejos de ahí con un traje de guardia de seguridad. El bebé no lloró pero al momento de tocarlo con todos sus dedos, se sintió intrépido solo para ver la reacción de Izuku. 

 

Pero antes de siquiera pensar en lo que estaba pensando, el bebé formó un escudo de energía. 

 

—Vaya... No eres débil, eres igual que tus padres. Quién lo hubiera dicho, casi maté a tus padres en el pasado y ahora los voy a ayudar. Que irracional es el destino, ¿no crees pequeño?—En ese momento muchos guardias de seguridad entraron para detener a Shigaraki, la alarma resonó. Shigaraki se descuidó un momento pero antes de pensar en desintegrar las balas se formó a su alrededor un escudo transparente como si fuera una pared. Observó al bebé que seguía muy tranquilo en sus brazos y sonrió. Alzó su otra mano y lentamente destruyó el ala médica de investigación, ya no habían niños humanos ahí, solo homúnculos que no tenían ningún futuro por delante, algunos tan deformes que sufrían terribles agonías por culpa de sus malformaciones. La desintegración de Shigaraki era piadosa al lado de su existencia forzada por montones de máquinas. Todo estaba bien, el polvo se estaba mimetizando con los pasillos blancos y llenos de amargura. El llanto de los infantes asustados y dolidos se extinguió después de unos minutos. 

 

Shigaraki estaba extasiado con la situación hasta que llegó a la sección de cuidados intensivos y no pudo evitar detenerse en la habitación de Rumi, quería pensar positivo. Solo tenía que encontrar a Eri y... El aroma de Rumi no estaba en la habitación y cuando movió la puerta con el pie, su mirada se fue directamente a la camilla vacía. Ella no estaba ahí y la única razón razonable detrás de ello era que estaba muerta.

 

Shigaraki tragó duro y envolvió al bebé de Izuku en sus brazos, tenía que encontrar al suyo y hacer pagar a la comisión. El líder no iba a deshacerse entre sus dedos como todos los demás, lo haría pagar con sus propios nudillos, mataría a ese hijo de perra. Por ella, por Rumi y ese espíritu que nunca podría olvidar. Que en sus últimos momentos lo único que sintió fue la agonía del abandono. La culpabilidad que sintió con ella fue saciada al encontrar más guardias que iban tras sus pasos con sus inútiles armas. Había olvidado lo mucho que amaba destruir las cosas.

 

Había olvidado que le encantaba matar. 

 

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