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Genshintober

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A pesar de su apretada agenda trabajando como uno de los Fatui, Tartaglia siempre encontraba un espacio para disfrutar de la ciudad. Liyue era muy diferente de su querida Snezhnaya, aquí la gente era más relajada, animada incluso; al parecer no vivir en un clima extremadamente helado ayudaba a que las personas no se comportaran de manera fría y hasta mostraban hospitalidad con extranjeros completamente extraños como él. Y si algo debía de sumar definitivamente se trataba de todas esas interesantes personas que tuvo la oportunidad de conocer en su estadía. Pronto debería regresar a reportarse con la Tsaritsa, y seguramente ser reasignado a otra misión muy lejos de estas tierras. Aún si fue poco el tiempo aquí, no podía estar más contento con la experiencia. 

Por supuesto dejando de lado el ataque que lideró y logró casi destruír toda la ciudad y matar a cientos de personas. Pero bueno, nadie es perfecto. 

Habiéndose despedido de las pocas relaciones amistosas que había logrado conseguir (véase: Zhongli), Tartaglia decidió dar un último adiós a esas tierras acampando por una última noche en la cima de una de las montañas más altas de la región. Solo, en la oscuridad de la noche, rodeado de la mística naturaleza, tal como estaba acostumbrado a convivir. Quizás fue por eso que se sorprendió de notar la presencia de alguien más sentándose a su lado, justo al borde de la cima, observando todo el paisaje tal como él lo había estando haciendo hace unos instantes. 

— ¿Te vas sin despedirte? —preguntó Aether con una leve sonrisa. 

Y Tartaglia suspiró. Si no lo había hecho era porque -muy dentro suyo- creía que despedirse del viajero aquí y ahora significaría despedirse de su extraña amistad. Aún si regresaba a Snezhnaya, quería mantener la ilusión de que su vínculo jamás se transformaría en enemistad, y para eso necesitaba que las cosas se mantuvieran como ya estaban. El decir adiós rompería esa frágil realidad imaginaria. 

— ¿Cómo te enteraste que estaba aquí? —decidió preguntar, evitando el tema. 

— Zhongli me lo dijo —respondió—. Luego Xiao en la posada Wangshu dijo que te había avistado caminando por esta zona. Supongo que cruzarme sí fue un poco de suerte, como sabrás Liyue no es nada pequeño. 

El Fatui rió por lo bajo. 

— O mejor dicho: cruzarte conmigo fue parte del destino —guiñó un ojo. 

Aether apartó la vista, levemente sonrojado. 

— ¿Qué pasa? ¿De repente el gato te comió la lengua? —intentó bromear, pero al no recibir respuesta decidió que cambiar de tema era lo indicado—. A todo esto ¿dónde está tu pequeña compañera? Esa que te sigue a todos lados como si fuera tu sombra. 

— Paimon se quedó en la posada —regresó a verlo, aún un poco avergonzado—. Como es tu última noche aquí quería que esto fuera un poco más especial... Y personal. 

Casi no pudo oír las últimas palabras, pero agradeció a su oído entrenado que le permitió escucharlas. La sonrisa que tenía dibujada en el rostro no hizo más que agrandarse. 

— Aww, el tierno Aether quería pasar una noche de calidad con su Fatui favorito. De haberlo sabido podríamos disfrutar de una linda velada en la cama de la posada en lugar de sufrir las picaduras de mosquitos aquí afuera. 

Si el rostro del rubio pudiera ponerse más rojo, definitivamente lo habría hecho. Creyendo que ya eran suficientes bromas, Tartaglia decidió poner su atención el cielo estrellado. 

— No es diferente de Snezhnaya, ¿sabes? El cielo, me refiero —Aether lo observó un instante, antes de imitar su acción—. Quizás si cierro los ojos puedo imaginar que estoy de regreso en casa... Junto a mamá, papá, mis hermanos... Contigo; cenando uno de los platillos que papá solía hacernos cuando les iba bien en el trabajo—rió con un deje de tristeza—. Pero supongo estoy siendo avaricioso ¿verdad? 

El viajero no respondió. Por el rabillo del ojo, Nobile notó que buscaba algo en su pequeña mochila, y solo supo qué era cuando lo colocó encima de sus piernas. 

— ¿Qué es esto? —inquirió confundido. 

Una delicada caja azul le regresaba la vista. La tomó cuidadosamente y la acercó a su oído, sacudiéndola un poco para oír su interior e intentar adivinar su contenido. 

— El camino a Snezhnaya es largo, así que pensé que te gustaría tener algo para comer en el trayecto. 

— Ooh, esto se siente como si fueras mi esposa —nuevamente se deleitó al ver el rostro de vergüenza de Aether—. Pero... gracias. Esto es más de lo que han hecho por mi en mucho tiempo. 

El rubio escondó su ardiente rostro entre sus manos. El Fatui aprovechó esto para palmar suavemente su pecho, en busca del collar que siempre llevaba puesto, bien osculto y asegurado debajo de toda su ropa. Con sus dos manos lo desató y sostuvo durante un momento, observándolo por última vez. 

— Y esto es para ti —ecidentemente Aether no esperaba recibir nada a cambio, así que en su sorpresa simplemente aceptó el objeto y no fue hasta tenerlo en sus manos que supo qué era. 

— ¿Esto es... un cristal? —lo observó detenidamente—. No, ¿un collar? 

— ¡Exactamente! Es un regalo de mi parte. En Snezhnaya es descortés ser el único que recibe un regalo, por más pequeño que sea —continuó—. Este es un cristal común de mi pueblo natal, lo encontré yo mismo cuando era niño —lo señaló—. Y esa cadena —cambió su objetivo—, fue hecha a mano por mi madre. Las manualidades siempre fueron su hobby preferido. 

— ¡Es un objeto con mucho valor! —exclamó Aether—. ¿Estás seguro que quieres dármelo? 

— ¡Por supuesto! No hay nadie mejor en esta tierra para tenerlo. Y si lo ves y te hace pensar en mi ¡aún mejor! 

Lejos de avergonzarle, esas palabras lo hicieron sentir cálido por dentro. Acercó el cristal y suavemente lo reposó contra su pecho, aciriciándolo con sus manos para memorizar su forma al tacto. 

— Entonces voy a atesorarlo para siempre —sonrió—. Esto será prueba de nuestro vínculo inquebrantable. Te necesito, Tartaglia. No quiero que tu regreso a Snezhnaya destruya lo que logramos contruír. 

Dejó de sostener el pendiente con una mano y lentamente la llevó hacia donde Tartaglia reposaba la suya, colocándola encima suavemente. 

— Pero la próxima que nos encontremos verás que mi próximo regalo será algo más valioso y personal que esto. 

— ¿Qué planeas hacer para superarme, ofrecerme tu mano en matrimonio? 

Con la risa de Tartaglia llenando el ambiante y las estrellas brillando sobre ellos, los dos jóvenes pasaron el resto de la velada disfrutando de la compañía del otro. 

Al amanecer, el Fatui ya se había marchado.

 

 

A

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Pasar de ser una deidad a un humano común y corriente tenía sus cosas buenas. Asistir a las juntas directivas en las que pasaba horas y horas debatiendo temas que no le interesaban definitivamente no era una de ellas. 

Hu Tao le había insistido en que debían asistir a todas las juntas posibles para promover su negocio lo máximo posible, incluídas reuniones en donde todos los empresarios de Liyue se relacionaban y cenas elegantes donde personas incluso más importantes y de todo el mundo llegaban para expandir sus empresas. Y por supuesto, la funeraria El Camino también debía aprovechar cada oportunidad que se le presentara. 

El evento de la noche era, como bien suponía Morax por la calidad de la carta de invitación, una cena formal celebrada en el centro de Liyue. En general esto no era un problema, el verdadero problema radicaba en que Zhongli no poseía ningún atuendo para asistir a una formalidad. 

— Son 50.000 moras, señor. 

El traje entre sus manos de repente pareció transformarse en una reliquia antigua procedente de Sal Terrae en vez de un par de prendas negras para cubrirle la piel. 

— ¿50.000...? 

— Imagino que no es parte de nuestro club de socios, si tuviera nuestra tarjeta de puntos podría hacerle un descuento del 10% en su compra. 

Aún con el descuento seguía estando bastante fuera de su presupuesto. ¿Por qué la ropa formal era tan cara? Y eso que por lo que había visto los trajes seguían siendo más baratos que los vestidos... Ni siquiera quería imaginar cuánto sería lo que Hu Tao debía gastar. 

— Muchas gracias igualmente —se despidió de la vendedora y, con un último vistazo a la prenda, se retiró de la tienda. 

De regreso en las calles de Liyue no pudo evitar soltar un suspiro. Seguramente no se le permitiría la entrada a menos que vistiera formalmente, ¿quizás podía decirle a Hu Tao que un inconveniente había surgido y ya no podría asistir? Le sentía mal dejarla sola en un evento tan importante, pero sin nada que llevar ¿qué más podía hacer? 

Perdido en sus pensamientos, sus pasos lo terminaron llevando al puerto, en donde varios comerciantes se encontraban guardando su mercadería debido a la noche que se aproximaba. Nadie le prestó atención, nada lo diferenciaba de cualquier otro transeúnte, aún así alguien lo llamó a sus espaldas captando su atención. 

— ¡Oi, Zhongli! 

Al voltearse, se sorprendió de encontrar unos brillantes cabellos anaranjados. 

— Un placer volver a verte Tartaglia —comentó con una pequeña sonrisa—. A pesar de te las ingeniaste para cruzarte conmigo cada día de la semana. 

— Oh, por favor —respondió con una sonrisa burlesca—. No tienes ninguna prueba de que planeé cada encuentro, Liyue no es tan grande como parece. 

— ¿Aún cuando se suponía que estarías toda la semana en la ciudad y aún así apareciste en el dominio cuando el viajero y yo necesitábamos ayuda? —alzó una ceja. 

— Qué puedo decir, tengo un sexto sentido para saber cuándo estás en peligro —se encogió de hombros. 

Zhongli no pudo evitar ensanchar su sonrisa. La presencia del Fatui se había hecho tan común que ahora sentía extraño si no se encontraba con él al menos una vez al día. Sí, probablemente Tartaglia lo hacía a propósito, pero la intención no era mala y era una sensación agradabla el verlo tan frecuentemente. 

— ¿A qué se debe nuestro encuentro del día de hoy? 

— ¿En serio no crees que esto ha sido pura casualidad y no te he estado vigilando el día de hoy? Me dueles —fingió sentirse herido en el pecho, antes de volver a sonreír al instante—. Pero sí, en realidad quería darte esto. 

Extendió la bolsa que traía entre manos, ofreciéndosela al morocho. Curioso, decidió tomarla y espiar el interior. Lo que vio dentro definitivamente lo sorprendió. 

— ¿Esto es...? 

— ¿El traje que estuviste observando esta misma tarde? ¡El mismo! 

Si bien Tartaglia era conocido por darle regalos seguido, ninguno había sido tan caro como el que acababa de recibir. 

— Esto es muy caro, ¿estás seguro? 

— ¡Claro que sí! También fui invitado a la cena de esta noche así que planeaba hacerte un regalo de todas formas, fue casualidad que te viera dentro de la tienda y te fueras sin comprar nada. 

Zhongli aún se mostraba un poco inseguro al respecto. 

— Supongo que si están tan preocupado por el costo, podrías pagarmelo de alguna forma —se colocó a su lado, pasando el brazo entre sus hombros—. Ya sabes, después de la cena podríamos ir a algún lado, los dos solos. 

— Supongo que... no habría problema con eso —musitó, considerando bien la oferta. No podía retribuírlo, así que de esta forma sí podría pagarle un poco. 

— ¡Perfecto! —exclamó, alzando los brazos en el aire emocionado para luego darle un pequeña palmada en la espalda—. Entonces es una cita —guiñó un ojo. 

Antes de que pudiera objetar algo, el pelirrojo ya se había marchado. Zhongli observó por donde se fue antes de regresar la vista al regalo que había recibido. Sabía qué era una cita gracias a las diversas explicaciones del viajero, y una de ellas con el Fatui no sonaba tan mal.

 

 

Fml

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Si Gorou debía definir al inmenso barco que se encontraba reposando en el puerto de Ritou en una sola palabra... probablememte sería impresionante. Claro que en su vida había visto pocos barcos y mucho menos se había subido a uno, pero los que conocía no eran siquiera la mitad de tamaño de éste. 

— ¿El gato te comió la lengua? 

Apartó momentáneamente la vista para reposarla en su compañero de viaje: Kaedehara Kazuha. El samurái se encontraba acomodando en la espalda su mochila con las pertenencias de ambos para el trayecto, después de todo tenían un estimado de 3 días fuera del país. 

— ¡Mira el tamaño que tiene! —debido a su emoción, la cola de Gorou se movía de un lado a otro incansablemente—. ¡Debe ser incluso el doble que el palacio de la Shogun! 

— Bueno, no creo que sea tan grande —rió el samurái—. Pero sí estoy de acuerdo en que es gigantesco.  El barco de Beidoy es apenas un cuarto de éste. 

Habitantes de Inazuma, tanto de Ritou como de otras islas, subían uno tras otro a la embarcación, ansiosos por emprender marcha a costas extranjeras. Kazuha se acercó a uno de los oficiales y le mostró los dos pasajes que traía, y tras un corto vistazo a él y a su acompañante asintió e hizo un ademán de que podían pasar. 

— Vamos arriba, la vista desde allá te impresionará aún más. 

Anonadado, el arquero únicamente atinó a seguir a su compañero, muy perdido en la absorción de cada detalle de la construcción y decoración del navío. ¿Quién diría que algo tan inmenso y lujoso podía simplemente flotar y llevarlos a tierras lejanas sin problemas? Si no fuera porque Kazuha le había asegurado que eso no pasaría, no habría confiado en siquiera poner un pie en el primer escalón. 

— Cuidado donde pisas, por aquí... —al verlo perdido en sus pensamientos, Kazuha lo tomó suavemente de la mano y terminó de guiar por la escalera hacia la cubierta, donde enormes y blancas velas los recibieros y se alzaban fijas gracias al viento del sur. 

Sin perder la conexión entre ambos, Gorou se apresuró a asomarse por la barandilla de babor y observar con fascinación cómo desde esa altura todas las personas en Ritou y el puerto se asemejaban en tamano a unas pequeñas hormigas. 

— ¡Mira, mira, Kazu! —exclamó, señalando hacia todos lados—. ¡Todo el mundo se ve diminuto! 

El nombrado sólo atinó a reír. Colocó su mano libre en la barandilla y también observó la ciudad. 

— Te dije que la vista era increíble. 

— ¿Siempre que te ibas con Beidou tenías la oportunidad de ver algo así? 

— Bueno, no tan impresionante. Con Beidou aún no se habían abierto las fronteras y debíamos ser rápidos y discretos al momento de entrar o salir de Inazuma, no había mucho tiempo para admirar el paisaje desde arriba. 

Con delicadeza acarició la mano de Gorou, a lo que éste finalmente se dio cuenta que se encontraban entrelazados y un leve sonrojo cubrió su rostro, erizando a su vez su pelo desde la cola hasta la punta de sus orejas. 

— Y por supuesto que no tenía un compañero especial con quien compartirla —rió—. A pesar de que conozco de memoria este puerto, por alguna razón se siente como si viera todo por primera vez. ¿Me pregunto si es porque estás ahora disfrutándolo conmigo? 

Nuevamente su cola comenzó a moverse por su cuenta. Las palabras de Kazuha lo habían emocionado y aquello se vio reflejado en sus extremidades animaladas. Kazuha debió notarlo porque le dedicó una sonrisa cargada de ternura. 

— Estaba esperando esto ¿sabes? Después de todo lo ocurrido los dos nos merecemos un pequeño descanso —Gorou sintió cómo el joven de cabellos blancos reposaba su cabeza en su hombro, cuidando de no separar las manos entrelazadas—. Ya verás que Liyue te va a encantar. 

— Si tú lo dices... —respondió el arquero, acariciando la cabellera de su acompañante con la mano que tenía libre—. Pero lo que más me emociona de este viaje es la oportunidad de ir contigo. 

No pudo ver la expresión de Kazuha, pero por el movimiento en su hombro pudo sentir que su sonrisa se había ensanchado. Los oficiales en el puerto anunciaron que el barco ya se encontraba listo para zarpar. 

Durante un buen rato los dos jóvenes se quedaron en silencio observando el paisaje de Inazuma hacerse cada vez más pequeño hasta desaparecer en la lejanía. No había nada que decir, solo disfrutar de la calidez y compañía del otro.

 

 

Anyways

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"Bien, me rindo" 

— Bien —aquella simple palabra vino seguida de un pesado suspiro, cargado de toda la frustración que su entonante sentía—, me rindo. 

— ¿La gran Ningguang rindiéndose por no hacer un simple nudo? Nunca creí ver el día en que la señorita perfección fuera mala en algo. 

Ningguang, quien se había apoyado contra el barandal de la proa del barco de Beidou, jugueteó con la soga entre sus manos a la vez que le clavaba la mirada como si esa simple acción hiciera que el objeto cediera ante ella y terminase por atarse por su propia cuenta. 

— Ríete todo lo que quieras —apartó la vista, algo ofendida—. No entiendo por qué tengo que perder el tiempo con nudos cuando deben haber otras cosas en las que sí pueda ayudar. 

La risa de la pirata resonó por todo el navío. 

— Porque, señorita Ningguang, aunque vos no lo creáis, el saber hacer nudos es una habilidad bastante útil en la vida —luego señaló con el brazo a todos los voluntarios realizando sus tareas dentro y fuera del puerto de Liyue—. Y como podéis ver, vuestra ayuda no es necesaria en ningún otro lado más que aquí conmigo. 

— Ah, supongo que me descubriste, en realidad estoy fingiendo para poder huír de tu presencia. 

Ante su broma, Beidou juguetonamente le golpeó el brazo con su mano libre. La morocha continuó con su labor de terminar de unir las decoraciones que serían colocadas en todos los barcos estacionados en el puerto, brindando así un ambiente más animado para el festival de esa misma noche. 

— ¿Hay algo que os aflija? —preguntó de repente al notar a su compañera tan callada. 

— No exactamente —respondió—. Más bien me encontraba pensando. 

— ¿Os importaría compartir con la clase? —bromeó, imitando cómo los maestros en Liyue reprimían a los alumnos cuando los encontraban cuchilleando en medio de la clase. 

— Sólo... extraño ésto —sacudió un poco el nudo en su mano al hablar, llevándolo hacia Beidou y de regreso hacia ella. 

— ¿Los nudos? —preguntó algo confundida. 

— No, no eso —sonrió—. Me refiero a nosotras dos a solas, encima de tu barco y disfrutando de la suave brisa marina. 

Beidou momentáneamente dejó de trabajar y se acercó hacia donde la rubia descansaba. En lugar de recostarse en el barandal, elevó su pierna y la apoyó al lado de ella, flexionándola ligeramente para poder acercarse más a su cuerpo y, por ende, a su rostro. 

— Fuertes palabras para alguien que apenas pudo caminar después de la última visita a mi navío —se acercó aún más—. Y créame señorita, de no ser porque vuestra presencia es necesitada esta noche me hubiera asegurado que eso se hubiese repetido. 

Ningguan tomó la soga en su mano con las dos y la pasó detrás del cuello de Beidou, atrayéndola hasta que las narices de ambas ya se rozaban. 

— ¿Pero quién dijo que sería yo la que no podrá caminar después? —aprovechando la corta distancia, plantó un corto beso justo en la comisura de labios contraria. 

— ¿Os sentís con suerte, eh? Veremos cuánto os dura esa fachada vacilona cuando te haga gritar más tarde. 

Fue Beidou quien esta vez unió a ambas en un beso hecho y derecho, colocando una mano en la cadera de la rubia para sentir que recuperaba un poco el control de la situación.

 

 

Aaaaa

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Había una razón por qué los habitantes de Mondstadt afirmaban que las noches en Espinadragón eran letales, mucho más para quienes no estaban acostumbrados a las bajas temperaturas extremas y al increíblemente hostil ambiente. Aether no era uno de esos. Bueno, al menos eso creía hasta que se vio enredado en su sitación actual. 

En un inicio, su visita a la helada cumbre tuvo por objetivo visitar a Albedo -o como algunos caballeros de Favonius preferían llamarlo: el ermitaño de la montaña- y ofrecerle su ayuda si es que la necesitaba para alguna nueva investiación o algún extraño experimento. 

— Aether, tanto tiempo sin vernos —a pesar de ser en su mayor parte inexpresivo, Albedo no podía evitar que una pequeña sonrisa se dibujara en su rostro ante la imagen del rubio. 

— ¡Albedo! —saludó Paimon con entusiasmo. Aether no dijo nada pues la sonrisa que portaba hablaba por él. 

— Hola a ti también Paimon —hizo una pausa—. Llegan justo a tiempo. Hay algo que quiero mostrarles. 

Caminó hasta una de las paredes de la cueva, en donde una manta blanca se encontraba cubriendo algún objeto con forma de caja. 

— Les presento a Black. 

El rubio tomó la tela y con cuidado tiró de ella, dejando a la vista una delicada jaula negra que guardaba en su interior un pequeño cuervo del color del ébano, el cual relajadamente posaba encima de una de las barras de metal y los observaba fijamente. 

— ¡Wow! ¡Paimon nunca había visto un cuervo tan de cerca! —la pequeña hada se acercó a la jaula lo más que pudo, incluso apoyando sus manos en ella para observar mejor—. ¡Tiene un color precioso! Es como si su plumaje brillara. 

— Eso es porque Black es un cuervo especial —para esa altura también Aether se había acercado para ver el animal—. Le salvé la vida cuando una flecha de hilichurl lo dejó incapacito para volar, lo alimenté y cuidé hasta que sanó por completo. 

Tomó un poco de semillas de un recipiente al lado y las acercó a las barras de metal. El cuervo, ansioso por la comida, voló rápido hacia él y comenzó a comerlas al instante. 

— A pesar de que quise dejarlo libre parece que se encariñó conmigo, ahora me sigue para todos lados y prefiere dormir en esta jaula que en cualquiee otro árbol de allá afuera. Incluso logró encontrar la manera de hacerme entender que prefiere la oscuridad para dormir y por eso le coloco esta manta durante el día. 

Los dos viajeros escuchaban con asombro la explicación que Albedo les brindaba. Si tenían que ser sinceros, nunca habrían visto al rubio como alguien que hiciera caridad... más bien como una persona que hace algo sólo porque eso beneficia a sus investigaciones. 

— Y eso no es todo —agregó, como si pudiera leer sus pensamientos—. Logré entrenarlo para que pudiera detectar ingredientes que necesito y traerlos para aquí. ¿Conveniente, verdad? 

Ah, con que ahí estaba el truco.
Aún así,  el vínculo que había logrado forjar con el ave era digno de mención. Por cómo se encontraba tan cómoda de comer de su palma y con la guardia baja podían intuír que en poco tiempo se habían vuelto muy cercanos. 

Albedo abrió la puerta de la jaula y Black salió enseguida, dio un par de vueltas alrededor de la cueva y finalmente terminó en el brazo extendido del rubio, quien lo recibió con una suave caricia en la cabeza. 

— Aunque hay un problema, el último ingrediente que lo mandé a buscar no fue capaz de traerlo —los viajeros se sorprendieron—. Ha ido un par de veces pero siempre vuelve agitado y sin nada. Hasta donde sé, esto está en una zona en las que los hilichurls suelen hacer sus campamentos, así que temo que se hayan adueñado de ello y por eso Black no puede conseguir ninguno. 

Paimon y Aether se observaron por un momento. 

— Nosotros podemos ir a buscarlo —se ofreció Aether. 

— ¿Estás seguro? —preguntó Albedo—. Casi es de noche, no querrás estar en la fría montaña con la visión reducida y sin el poco calor que brinda el sol. 

— ¡No es problema! —añadió Paimon. 

— Sí, si Black nos guía volveremos antes de que el sol se oculte por completo. 

Albedo pareció meditarlo por unos instantes. Le dio una suave palmadita al cuervo y el animal al instante echó a volar fuera de la cueva. 

— Sólo tienen que seguirlo y los llevará a su destino. 

Paimon se apresuró a salir de la cueva, mientras que Aether le dedicó una última sonrisa al alquimista antes de salir detrás de su amiga. Albedo quiso corresponder el saludo, pero por alguna razón tenía el presentimiento de que algo iba a salir mal. 

Y así fue. 

Con la ayuda de Black, el dúo viajero llegó a la zona donde había avistado el ingrediente, encontrando un gran campamento hilichurl repleto de enemigos por doquier. Incluso había slimes cryo y dos lawachurl vigilando las provisiones (seguramente robadas) del grupo. El viaje les había llevado más tiempo de lo planeado, el sol ya se ocultaba y era muy tarde para dar media vuelta y regresar, por lo que restaba seguir con el plan y rogar que se terminara antes de la oscura noche. Black sobrevolaba la zona, intentando encontrar algún punto donde los enemigos fueran menos nunerosos, pero eso le costó caro puesto que un hilichurl con ballesta lo divisó desde una torre y se preparó para dispararle, confundiéndolo con un ave perdida que serviría para alimentar a sus compañeros.
Aether vio lo que estaba a punto de ocurrir y, utilizando el elemento electro para moverse más rápido, se adentró en el lugar para captar la atención del enemigo y así hacer que fallara su tiro por un par de centímetros. Black, asustado por el casi impacto, dio un vistazo hacia abajo donde el rubio comenzaba a ser rodeado lentamente por enemigos y voló lejos del lugar. 

El rubio no podía molestarse por el accionar del animal. Imaginó que sus instintos le ganaron y prefirió salvar su vida que quedarse en medio del peligro. Mas Aether no se arrepentía de salvarlo, aún si eso significó terminar en medio de una avalancha de enemigos y en medio de la oscuridad de la noche. Black era importante para Albedo, no podía permitir que le ocurriera algo.
Alzó su espada a la vez que las criaturas preparaban sus ballestas, hachas y bastos. Necesitaría un milagro si quería salir con vida de esto.

 



Al despertar, lo primero que sintió fue el ardor y dolor en cada parte de su cuerpo. Luego, el terrible dolor de cabeza acompañado con un fuerte mareo con el que apenas podía contener las ganas de vomitar. Su visión era borrosa, mas pudo llegar a distinguir que se encontraba acostado en una camilla, cubierto casi de pies a cabeza por vendajes y que algunos de ellos poseían un tinte rojo por, si tenía que adivinar, heridas que aún no lograban cerrarse del todo. 

— ¿Aether? 

Una voz a su lado le hizo voltear la cabeza, encontrándose con un muy preocupado Albedo sosteniendo una bandeja llena de utensilios médicos y más vendajes ensangrentados. 

— ¿Albedo? ¿Qué... pasó? —intentó sentarse en la camilla, pero el alquimista lo evitó dejando la bandeja en la mesa y volviéndolo a empujar para que se acueste. 

— Black regresó e hizo todo lo posible para captar mi atención, me guió hacia donde ustedes se encontraban resistiendo los últimos ataques de los hilichurls —comenzó—. Me encargué de los que quedaban y me apresuré para regresar y atender tus heridas. No voy a decir te lo dije... pero sí, te lo dije. 

Ah, con que eso había pasado. Tal vez sí eran demasiados para enfrentarlos estando solo. Por el rabillo del ojo pudo ver a Paimon durmiendo en una especie de cama improvisada con un almohadón y un pedazo de tela blanca. Al menos ella no se encontraba herida. 

— Lamento haberte preocupado, tampoco era mi plan lanzarme al ataque —rió avergonzado—. Pero le estaban apuntando a Black y no podía dejar que algo tan importante para ti- 

Dejó de hablar al sentir las manos del rubio colocarse suavemente a cada lado de su rostro, con cuidado de no tocar ninguna herida. 

— Aether, tú eres lo más importante para mi en todo Teyvat. 

Quizás era bueno que casi todo su rostro se encontrara cubierto por vendajes, así Albedo no era capaz de ver el intenso rubor que ahora lo cubría. 

— Y-yo... —no sabía qué decir. 

— Imagina cómo me sintí al verte tirado en la nieve, sangrando tanto que lo único que permitía ver la luz de las antorchas era el suelo pintado de un intenso carmesí... —con delicadeza colocó su frente contra la de él, observándolo fijamente a los ojos—. Si hay algo en este mundo que no quiero perder, ese eres tú. 

Y antes de que Aether siquiera pudiera ofrecer una respuesta, Albedo unió sus labios en un suave beso.
Desde su jaula, Black voló contento antes de acomodarse en su lugar favorito para dormir también.

 

 

a

uwu

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La vida como asistente legal no era para nada fácil, pero Yanfei se las ingeniaba para no ahogarse en trabajo y mantener una vida relativamente tranquila y, lo más importante, que le trajera felicidad. Ejercer la ley era algo que estaba acostumbrada a hacer, y a veces incluso se convertía en una rutina, por lo que cualquier escape de ella también era bienvenido y le ayudaba a probar cosas nuevas, salir de su zona de confort. Quizás por eso fue una sorpresa grata encontrarse con Hu Tao huyendo de Liyue con un bolso grande asegurado en su espalda, observando hacia todos lados como si se encontrara escapando de alguien o algo. 

— ¡Tao, buenas tardes! —saludó a la joven llamándola por su apodo. 

La nombrada pegó un pequeño salto por el susto, dio media vuelta y nerviosamente le devolvió el saludo con la mano, asegurándose de mantener la distancia entre ellas dos. 

— ¡Yanfei! Me alegro de verte. Pero verás, estoy algo ocupada así que... 

Intentó dar media vuelta para irse, pero Yanfei notó cómo el bolso comenzó a moverse por su propia cuenta y esto la hizo detenerse en el lugar. 

— ¿Llevas algo ahí dentro? —preguntó la asistente legal alzando una ceja, acercándose lentamente a la morocha. 

Hu Tao no respondió. El movimiento continuó y con cada paso que Yanfei daba se ponía cada vez más nerviosa. 

— Espero que no sea lo que estoy pensando, Tao —una vez se encontró frente a la muchacha, colocó ambas manos en su cadera—. ¿No hemos tenido ya esta conversación? No puedes hacer un ritual de defunción para Qiqi. Ahora suéltala. 

Al volver a dar un paso hacia adelante, Hu Tao decidió que la cercanía era suficiente y se echó a correr lejos de Liyue. 

— ¡Tao, espera! 

Yanfei la persiguió tan rápido como pudo. Los oficiales de la geoarmada que vigilaban la puerta simplemente las observaron marcharse, acostumbrados a estos intercambios entre las dos muchachas. La joven de pelo rosa siguió corriendo hasta que ambas llegaron al Desfiladero Jueyun, famoso por tener un bosque oscuro en donde era común que las personas afirmaran que veían espíritus por todos lados. Justo en la entrada del mismo fue cuando finalmente la perdió de vista. Tenía que actuar rápido para detenerla antes de que sacrificara a la pobre zombi y Baizhu decidiera convertir ese problema en el asunto de todo el mundo. 

Una suave melodía captó su atención, proveniente de la cercanía del lago. Era la voz de una chica recitando un poema en una voz algo baja, acompañado de un sonido de como si alguien escarbara la tierra. Se asomó entre los árboles y encontró a Hu Tao sentada justo en la orilla del cuerpo de agua, usando sus manos para cavar un pozo a la vez que no se detenía en su poema. 

— ¿Tao? —intentó llamarla, pero al no conseguir respuesta se acercó lentamente hasta llegar a su lado, poniéndose de cuclillas para observar mejor la situación. 

Solo cuando terminó de cavar y su canto se detuvo volteó a ver a la peli rosa, con un rostro más serio de costumbre. 

— ¿Quieres ayudarme? Creo que Foxy le habría gustado que hubieran más personas para despedirlo. 

Confundida, Yanfei solo atinó a asentir. Hu Tao tomó el bolso -el cual ya no mostraba señales de vida alguna y, ahora que podía observarlo mejor, era muy pequeño para contener a Qiqi- y con delicadeza lo colocó dentro del agujero, juntando sus dos manos y dando un último rezo silencioso antes de comenzar a cubrirlo con la tierra. Yanfei siguió su ejemplo, le acercó toda la tierra posible y hasta se encargó de rellenar partes en las que quedaba al descubierto. 

— Foxy es un zorrito que piratas intentaban meterlo de contrabando en Liyue —relató la morocha—. Beidou logró interceptar su barco y rescatar a la gran parte de animales que habían secuestrado. 

Yanfei escuchaba atentamente. 

— Algunos de los piratas escaparon, por eso parecía que estaba huyendo de la ciudad. Tenía miedo que me vieran llevando al zorrito y volvieran a buscarlo —sacó de su manga un palo de incienso y, utilizando su visión pyro, lo encendió y colocó a un lado de la tumba casera—. Por desgracia Foxy es el único que no sobrevivió en el rescate. Quise darle una última despedida y dejarlo descansar en paz en un lugar donde nadie más pueda hacerle daño. 

— Entonces... ¿por qué se movió la bolsa hoy cuando te encontré? —preguntó con ligera confusión. 

— ¿Se movió? —le devolvió la pregunta, pero al instante su comportamiento alegre regresó como si nada hubiese pasado—. Entonces lo que viste fue su espíritu, ansioso por recibir el último adiós antes de abandonar este mundo para siempre. 

La joven se quedó sin palabras. La verdad es que había esperado tener que arrancar a la pequeña Qiqi de sus manos y regresarla a la farmacia Bubu antes de Baizhu regresara, no se había preparado pata encontrar un funeral en honor a un animal que habían logrado meter a Liyue de contrabando. 

— Todos los espíritus merecen ser despedidos. No importa si animal o humano. 

Y Yanfei solo pudo estar de acuerdo.

 

 

A

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Si había un gusto culposo que Thoma poseía, definitivamente se trataba de seguir a heredera del clan Kamisato y cuidarla desde las sombras. 

Lo que al principio inició con una simple curiosidad de investigar a dónde se escapaba la joven cada noche, pronto se convirtió en una rutina de la cual no podía despegarse. Sabía que el querer protegerla era una simple excusa, después de todo Ayaka era una guerrera más que capaz de protegerse por su cuenta, pero se vio incapaz de abandonar esa costumbre cuando le permitía estar relativamente cerca de ella aún si era en su presencia. 

Ayaka era una persona muy demandada por todo el mundo después de todo. 

Por las mañanas se despertaba temprano para atender a los asuntos del clan, mientras que por la tarde dedicaba todo su tiempo a mantener sus conexiones y brindar toda la ayuda posible a quienquiera que se acercara a ella en busca de auxilio. Trabajar todo el día, todos los días obviamente desgastaría tanto física como mentalmente a cualquier persona, sin embargo la joven lograba amanecer cada día con una brillante sonrisa en su rostro, hasta llegaba a rechazar la ayuda de los demás para no quitarles tiempo, según sus palabras no era tanto trabajo y definitivamente podía hacerlo sola. 
Por eso no fue una sorpresa verla activa en la noche, huyendo de la hacienda Kamisato hacia algún lugar que no podía identificar. Al inicio creyó que le quedaba algún trabajo nocturno y por eso lo dejó pasar, pero pronto se dio cuenta que esa escapada se repetía cada noche y decidió que definitivamente algo raro ocurría. 

La primera noche se aseguró de quedarse en las sombras, simplemente analizando su ruta y su comportamiento, mas no pudo encontrar nada extraño en ellos. Ayaka mantenía un paso firme, como el de alguien que sabe cuál es su objetivo y no tiene tiempo para distraerse en el camino. Su destino fue el río más cercano a la sede del clan, aquel que conocía bien porque era el lugar favorito de la joven. Manteniéndose oculto, observó cómo se sacó los zapatos y lentamente se introdujo en el agua, la corriente apenas llegándole hasta por encima de los talones. Con cuidado retiró su abanico de su cadera y, con la mayor destreza que Thoma tuvo la oportunidad de presenciar en toda su vida, comenzó a danzar. 

Copos de nieve, agua y pequeños trozos de hielo se desplazaban de un lado a otro, acompañando a la muchacha en su obra. En lugar de opacarla, simplemente la hacían brillar más. Tan absorto se encontraba en el movimiento que tardó en darse cuenta que había comenzado a tararear una canción y fue en ese momento en que creyó que, si algún ángel de Celestia bajaba en ese mismo instante a Inazuma, igualmente no podría compararse a la belleza que era Ayaka. Con la luz de la luna iluminando la escena estaba seguro que nunca tendría la oportunidad de ver algo tan hermoso otra vez. 

Pero para su suerte estaba equivocado. 

Las salidas nocturnas de Ayaka continuaron y por ende las suyas también. Nunca hizo conocer su presencia por miedo a arruinar algo tan perfecto. No, él estaba contento con ser un simple espectador, eso ya era un milagro por su propia cuenta. 

Fue una noche en que, apresurada para que nadie la viera, el abanico que firmemente reposaba en su cadera se desprendió al dar un palso, provocando que se cayera en medio del camino y su usuaria ni siquiera notara su ausencia. Fue Thoma, eterno caballero en las sombras, que se dio cuenta del hecho y se apresuró a recogerlo, dándose unos segundos para apreciar la delicadeza del objeto y todos los detalles presentes. Sin esto no podría hacer su danza que tanto amaba. 

Fue en el lugar de siempre cuando Ayaka notó que su abanico ya no estaba con ella. Observó para todos lados en un intento de buscarlo, pero en la oscuridad del bosque era poco probable que pudiera encontrarlo. Ya se encontraba allí, así que al menos practicaría los movimientos antes de volver a su hogar.
Thoma se instaló en su espacio típico: la rama del árbol más grande en el claro. Era el lugar perfecto ya que el follaje del mismo impedía que la luna lo iluminara y desde esa altura tenía un mejor panorama de la escena, no se perdía de ningún detalle. 

Sin embargo no contó con el detalle de que la rama en que solía sentarse ya estaba vieja, su peso continuo fue demasiado y terminó cediendo en un ruidoso y estrepitoso corte, el cual Thoma -al estar absorto en el baile- no fue capaz de prevenir y terminó cayendo de espaldas al suelo, soltando un quejido de dolor por el impacto. 

Cuando abrió los ojos se encontró un par de orbes celestes que le devolvían la mirada. 

— Aw, aw, eso podría haber salido mejor —se quejó en un susurro. 

— Buenas noches Thoma —saludó con una sonrisa a pesar de la situación. 

El joven rápidamente se incorporó y sacudió la tierra de su uniforme. 

— ¡Ayaka! Buenas noches —intentó sonar natural, aunque no creía que en ese momento funcionase—. Yo, verás, estoy aquí porque... 

De repente recordó el abanico perdido y lo retiró para colocarlo en frente de la muchacha. 

— ¡Habías perdido esto! Es muy delicado y parece costoso, además siempre lo llevas contigo y creí que te desilusionarías si lo perdías. 

Ayaka lo observó por un instante antes de tomar el objeto, trazándolo con los dedos una vez lo tuvo en sus manos. 

— Ya veo... ¿Y qué hay de las otras noches? 

La sangre de Thoma se heló. Por supuesto que estaba la posibilidad de que Ayaka sabía de sus visitas, ¿por qué no lo haría? La primer regla para un buen guerrero es siempre estar atento a su entorno, en especial si alguien te sigue u observa desde las sombras. 

— Siempre me pareció que estabas algo incómodo en esa rama, pero no dije nada porque creí que si daba a conocer que sabía de tu presencia dejarías de venir —admitió con un deje de culpa—. Y a decir verdad me gusta tenerte como público cada vez que bailo. 

— ¡No dejaría de venir! —exclamó algo fuerte y sin pensar, y dándose cuenta de su error bajó inmediatamente la voz—. Quiero decir, presenciar el arte que haces es un honor, hasta me hace sentir especial ser el único testigo cada noche. 

Ante su nerviosismo, la joven simplemente sonrió. Tomó su mano y dejó el abanico en ella, aunque luego de eso no la soltó. 

— Entonces vamos a hacerlo un poco más especial —con gentileza comenzó a tirar de su mano y lo acercó cada vez más a la orilla del río, donde se adentró primero—. Puedo enseñarte a bailar. 

Sin perder un solo segundo, Thoma retiró sus zapatos y se sumergió detrás de ella, quedándose parado en el medio sin saber exactamente qué hacer. Sí, de tantas veces que la observó debería haberse aprendido todo de memoria, pero ¿podían culparlo si prefería enfocarse en Ayaka y no en memorizar cada movimiento que hacía? 

— Relájate y déjame guiarte... 

Sus dos brazos fueron tomados por los de ella y comenzó a guiarlos al compás de la melodía que comenzó a tararear, y Thoma creyó que no había felicidad más grande que la que él sentía en ese momento.

 

 

A

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Quienes conocían a Chongyun o al menos eran un poco cercanos a él sabían que el joven exorcista conservaba un reloj de muñeca que atesoraba con su vida entera. El mismo había sido un regalo de su abuelo materno, el objeto le había pertenecido en sus años de juventud y cada vez que pasaba tiempo con su abuelo no podía admirar en cada ocasión la delicadeza del objeto y la cantidad de detalles que adornaban tanto la correa como el diseño dentro de la caja.
Y cuando lo heredó ante su fallecimiento, se prometió que jamás se apartaría de él. 

Aunque eso fue antes de que se estrellara y estallara en decenas de pedazos. 

Fue un accidente, en verdad. Se encontraba ayudando al viajero en una de sus expediciones cuando unos hilichurls les tendieron una emboscada. A pesar de que lucharon ferozmente, gracias a un descuido fue impactado con el escudo geo de un mitachurl y salió volando hasta impactar contra la ladera de una montaña, el golpe dejándolo inconsciente. Fue cuando se despertó y el viajero comenzó a tratar sus heridas que notó un sangrado peculiar en su muñeca: los cristales de la caja se habían incrustado en varias partes de su brazo, las ajugas habían desaparecido y toda cinta se había abollado y rasgado a tal punto que se mantenía unida por unos muy delgados hilos que no durarían mucho más. Con el corazón pesado se sacó el reloj y lo guardó en el bolsillo izquierdo de su pecho. Quizás tuviera reparación... 

Por supuesto que no la tenía. El pobre joyero de Liyue intentó ser lo más empático con el muchacho al darle la noticia que el objeto era, obviamente, insalvable y que su mejor opción era conseguir otro reloj, momento que aprovechó para mostrarle su catálojo por si se encontraba interesado en alguno de sus productos. Pero Chongyun no estaba interesado en ninguno de ellos. Lo que realmente quería era el reloj de su abuelo, aquel de cuero gastado, agujas de plata y números pintados a mano con tinta importada de Inazuma. El reloj que le permitía sentir a su abuelo y a su familia cerca cuando se sentía perdido en la vida. Tristemente se fue del comercio con las manos vacías. 

Xingqiu notó enseguida el cambio en la actitud de su allegado. Quizás para los demás no había diferencia alguna, pero Xingqiu lo conocía tan bien que podía discernir con facilidad el leve tono de tristeza al hablar, cómo solía tardar un par de segundos más en reaccionar o realizar sus tareas y, la más notable para él, podía verlo drenado emocionalmente. Intentos de averiguar qué le ocurría fueron en vano, Chongyun simplemente minimizaba el problema diciendo que "se encontraba perfecto" y que no había de qué preocuparse. Fue cuando el viajero regresó a Liyue que pudo saber qué era lo que le pasaba de una vez por todas. 

Y ahora creía tener una posible solución a todo. 

— ¡Chongyun! 

Lo interceptó esa tarde en el puerto de Liyue, se encontraba sentado en una plataforma con los pies por encima del mar, observando el sol ocultarse lentamente. 

— Xingqiu, ¿dónde has estado últimamente? No te he visto mucho estos días. 

Por supuesto que no iba a responderle eso, arruinaría la sorpresa. Evadió la pregunta. 

— ¿Hay alguna persona en esta ciudad que no esté nunca ocupada? —colocó sus manos en su cadera—. Ah, extraño esos días en que podía pasar tardes enteras leyendo mis novelas favoritas... —suspiró exageradamente, fingiendo frustración. 

— No eres una persona que escapa de sus responsabilidades, así que supongo que has estado ocupado —rió—. Aunque he de admitir que me he sentido un poco solitario sin mi mejor amigo. 

— Pero si no te dejaba solo entonces no habría podido preparar esto —guiñó un ojo. 

Una pequeña caja roja fue colocada frente a los ojos de Chongyun, quien parpadeó un par de veces ante la confusión. Miró a Xingqiu por un instante como si silenciosamente le preguntara "¿Realmente es para mí?" y, al no sentir negatividad de su parte, procedió a tomarla e inspeccionar el interior. 

Un reloj de plata pura, con detalles en blanco alrededor de toda la cinta. Agujas de oro encima de un fondo blanco, apuntando a piedras preciosas en lugar de números. Una pieza de joyería hermosa, delicada y, sobre todo, muy costosa. 

Al verlo enmudecido por la sorpresa, Xingqiu decidió retomar la palabra. 

— Supe lo que ocurrió con el reloj de tu abuelo —ante esto los ojos de Chongyun se clavaron en los suyos—. Sé que no es lo mismo, pero creí que recibir un regalo así podría animarte un poco. 

— Pero no es mi cumpleaños —fue lo único que atinó a decir. 

— ¿Necesito que sea un día especial para darte un regalo? —sonrió—. Si de por mi dependiera compraría todo Teyvat para ti si eso significa poder ver esa sonrisa que me encanta. 

El rostro del exorcista comenzó a teñirse de un color rojizo y regresó la vista al reloj con la esperanza de calmar su ahora acelerado corazón. Con cuidado lo retiró de su caja y lo sostuvo entre sus manos, memorizando cada detalle con el tacto. Al darlo vuelta notó cómo en la parte de atrás de la caja se encontraba una grabación en la plata: 

"Para mi Chongyun con todo mi cariño. 

- X" 

Antes de que se diera cuenta una lágrima se había escapado de su ojo. Xingqiu decidió tomar el lugar a su lado y lo acompañó en el borde de la plataforma, sentándose a observar la última luz del día desaparecer en el horizonte. 

Compartir ese momento en silencio parecía lo indicado para ambos. 

Pasaron los últimos ratos del sol en aquel lugar, disfrutando del sonido de la ciudad, la brisa marina y especialmente la compañía del otro. Fue cuando ya había oscurecido y los iluminaban las luces de las linternas que Chongyun recordó algo que su acompañante le había dicho. 

— Xingqiu —lo llamó, y el nombrado ladeó la cabeza para demostrarle que lo estaba escuchando—. Cuando dijiste eso de comprarme todo Teyvat... Sí estabas bromeando, ¿no? 

El de cabellos no respondió. Incluso comenzó a ponerse nervioso. 

— Estabas mintiendo, ¿no es así? —ahora había comenzado a sudar frío, y Chongyun se preocupó mucho más—. Este reloj, esto es todo ¿verdad? Es el único regalo, ¿no es así? 

Y no obtuvo respuesta alguna. 

Xingqiu definitivamente no tenía remedio.

 

 

A

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Al igual que cualquier otro idol o celebridad de Teyvat, Bárbara se encontraba agradecida eternamente por el apoyo incondicional que todos sus fans le brindaban a diario. Se presentaban a sus conciertos, le hacían regalos y cartas de admiración, apoyaban cualquier proyecto que organizaba con la iglesia y, lo más importante, le brindaban la motivación necesaria para continuar haciendo todo lo que amaba. 

Pero eso no quería decir que a veces no se pusieran un poco... intensos, si es que tenía que definirlo con alguna palabra. 

En general todos sus fans eran personas decentes, con sentido común o al menos que entendían cuando estaban cruzando alguna línea indebida o su comportamiento comenzaba a incomodar a la idol. Pero algunos no parecían captar las señales o simplemente preferían ignorarlas. Justamente lo que estaba ocurriendo en su situación actual. 

— ¡Bárbara! ¡Bárbara! —el canto de la muchedumbre se escuchaba fuerte y claro justo afuera de su casa. 

Un grupito de fanáticos se había reunido en la entrada de su hacía una rato con la esperanza de captar su atención y poder verla antes del concierto que tenía planeado para la tarde. Las monjas de la iglesia y los Caballeros de Favonius habían logrado ayudarla a mantener la ubicación de su casa en secreto por miedo a que esto ocurriera, pero aparentemente hubo un descuido en algún lado y ahora todos en Mondstadt sabían dónde vivía la rubia. 

— ¡Bárbara! ¡Queremos tu autógrafo! 

— ¡Sí, déjanos saludarte! 

— ¡No ignores a tus fans! 

— ¿Por qué no sales? ¡Nos debes todo a nosotros! 

— ¡Deberías ser tú la que nos suplica! 

¿Por qué decidieron hacer presencia cuando su hermana mayor no se encontraba en casa? ¡O al menos en un momento que Lumine decidiera visitarla! Encerrada en su habitación, hacía lo posible para dejar de oír toda la conmoción. Aunque inició con las personas simplemente pidiendo su presencia y lo suficientemente amable como para hacerle considerar el salir a saludar, rápidamente comenzó a transformarse en una demanda de su persona y pronto comentarios más y más destructivos no se esperaron en hacerse oír. 

Estaba tan concentrada en aplastar una almohada contra sus oídos para silenciar todo que no se dio cuenta que había alguien con ella en el cuarto hasta que una mano se reposó en su hombro. Su corazón casi saltó de su pecho por la sorpresa mezclada con el terror, pero inmediatamente se calmó al ver de quién se trataba. 

— Lumine... —lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos y, tirando la almohada a la otra punta de la habitación, se lanzó a abrazar a la viajera fuertemente. 

— Tranquila Bárbara, estoy aquí —Lumine suavemente comenzó a hacer cariciar en su espalda, logrando alivianar un poco la frustración de la muchacha. 

— ¿Cómo entraste? Este es un segundo piso, y todo el exterior está rodeado... 

— Vine planeando desde uno de los edificios altos de la ciudad —desplazó su mano para acariciar su cabeza—. Y decidí entrar por la ventana para evitar que alguien más lo haga. Los Caballeros de Favonius saben de la situación y ya están enviando un par de personas a controlar la situación. 

Esto calmó de sobremanera a la idol, que por primera vez se permitió relajar en el abrazo de la joven. Sin embargo, eso no podía cambiar el hecho de había vivido una de las situaciones más aterradoras de su vida, las lágrimas que había acumulado comenzaron a caer silenciosamente. 

— ¡No sabía qué hacer! —admitió entre sollozos—. Oí cosas horribles, me había paralizado pro completo- ¡Todas las opciones eran horribles! 

Lumine la guió hasta la cama para permitirle sentarse, las voces afuera eran más dispersas y algo más parecía estar ocurriendo, al parecer la ayuda que Lumine había mencionado ya había llegado y se encontraban obligando a todo el mundo a abandonar el lugar. 

— Yo- yo realmente vi mis opciones y pensé 'No hay un lado correcto para esto' —la viajera tomó un pañuelo de la pequeña mesa de luz y se lo ofreció para secarse las lágrimas, cosa que aceptó gustosa—. Salir y entregarme a un destino desconocido o seguir ocultándome y hacer enojar aún más a esos fans sin saber hasta qué punto podrían llegar... 

— Bárbara, esos de allí afuera no son fans —Lumine acomodó un par de cabellos que se habían revuelto por la situación—. Tus verdaderos fans te aprecian de verdad y jamás harían algo así para conseguir algo de ti. El cariño es incondicional, un apoyo en lo que haces y tu trabajo, tal como lo hacemos Jean o yo —sonrió—. Yo más bien creo que esos de afuera eran algo más como personas interesadas. 

Entrelazó sus dedos con los de Bárbara y se acercó hasta su frente para depositar un dulce beso. 

— Y me alegro que no hayas cedido ante ellos. La Bárbara que conozco es muy fuerte para eso. 

Sus palabras lograron infundir un poco del valor perdido en la joven. 

— Lumine... gracias por estar aquí. 

— Vendré todas las veces que me necesites, mi pequeña idol. Espero que esto no te desmotive para hacer el concierto de hoy, porque nada en el mundo en el mundo me gustaría más que escuchar tu dulce voz cantar tan alegremente como lo haces siempre. 

Esta vez, el beso que recibió fue en sus labios.

 

 

A

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 — Hay tanto silencio aquí... 

Uno pensaría que al ser una funeraria, el silencio sería lo que predominaría en el lugar, manteniendo un ambiente sombrío y algo tétrico. Sin embargo, la directora actual de la funeraria El Camino (Hu Tao, para los amigos) era más bien conocida para traer alegría y risas a cualquier lugar al que hacía acto de presencia. 

Por eso fue tan extraño para Zhongli entrar a la sala trasera en busca de la jefa y, al igual que en todas las demás habitaciones del edificio, encontrarse... absolutamente nada. Solamente ataúdes por todos lados, apoyados en el suelo, contra las paredes, incluso uno gigante en el centro de la sala encima de la mesa. Sin embargo no había rastro alguno de Hu Tao.
Ya se había dado media vuelta para marcharse cuando sus oídos captaron un muy bajo ronquido proveniente de algún lado del cuarto. Al principio creyó que simplemente había oído mal, pero al volverlo a escuchar unos pocos segundos después comprendió que, en efecto, no se estaba volviendo loco. 

— ¿Directora? —llamó tentativamente, caminando hasta el centro de la habitación para poder oír mejor de donde exactamente provenía el sonido—. ¿Está aquí? 

Fue allí cuando se dio cuenta que los ronquidos provenían del cajón reposando justo en la mesa, aquel de un color marrón oscuro y con la tapa semiabierta. Con cuidado la tomó y deslizó hasta colocarla al lado del ataúd en la mesa, y adentro por fin encontró a la persona que tan vehemente había estado buscando. Hu Tao apenas ocupaba un tercio de todo el espacio disponible, se encontraba durmiendo plácidamente bien acomodada en las almohadas de color blanco que decoraban el interior, incluso tenía un pequeño rastro de saliva que caía desde sus labios. Se veía tan tranquila, tan pacífica durmiento, que le costaba creer que era la misma chica que durante el día no podía dejar de correr de un lado hacia otro y hacía lo posible para vivir al máximo su día a día. Eran momentos así que le recordaban la verdadera fragilidad de los humanos y cuánto los apreciaba, pero mucho más a la joven que se encontraba durmiendo en frente suyo. 

Antes de que se diera cuenta, su mano se movió automáticamente y acarició con suavidad la mejilla de la morocha, acción que causó que la pobre se despertara y entreabriera sus ojos aún adormecida. 

— ¿Zhongli? —preguntó, y el arconte fue consciente de lo hacía y rápidamente retiró la mano para recomponerse. 

— Lamento despertarla, pero la estuve buscando por todos directora. 

Hu Tao dio un bostezo antes de refregar un poco sus ojos. 

— Lo siento —se disculpó—. Pero hoy llegaron estos ataúdes nuevos y necesitaba probarlos antes de saber si comprarlos o no... No podemos venderles cosas poco prácticas a la gente. 

Zhongli sonrió. Todo el mundo consideraba que Hu Tao era muy rara por todas sus costumbres, pero para él cada cosa que hacía sólo lograba que su cariño por ella aumentara más y más. 

— Ven, ven, ¿por qué no lo pruebas conmigo? —dio unas palmaditas en el acolchado al lado suyo. 

Fue entonces que decidió hacer la preguntaba que daba vueltas en su mente. 

— ¿Por qué un ataúd tan grande? 

— No todos los cuerpos son iguales, además quería probar si es que podía usarse para ritos múltiples. 

Y no lo cuestionó mucho. Con cuidado se subió a la mesa y procedió a meterse dentro del cajón, sorprendiéndose de encontrarlo aún más espacioso y cómodo ahora que se encontraba en el interior. 

— ¿Y bien? ¿Qué dices? ¿Crees debemos comprarlo? 

La habitación se encontraba bien iluminada y aún así la sonrisa de Hu Tao era lo más reluciente en todo el cuarto. Ahora que su rostro su encontraba a apenas unos centrímetros del suyo quería aprovechar para memorizar esa felicidad con la que tanto amaba verla. 

— Sí... —respondió, sin desprender la mirada de sus rostro—. Es perfecto. 

La muchacha ensanchó su sonrisa aún más. Zhongli no supo cuánto tiempo se había perdido en sus ojos, solamente que, una vez fue consciente de su alrededor otra vez, por la ventana ya se observaba el sol esconderse y los últimos rayos de luz iliminaban a Hu Tao que nuevamente se había quedado dormida. Con cuidado movió un par de mechones de su rostro para que dejaran de incomodarla y decidió también que una siesta no vendría nada mal.

 

 

A

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La invitación que Eula había recibido aclaraba que podía presentarse en la casa alrededor de las cinco de la tarde, pero como su familia le había enseñado desde pequeña "a tiempo es tarde" y, por lo tanto, cuando las agujas marcaron las cuatro ya se encontraba llamando al timbre de la ubicación indicada. 

— ¡Voy! —se escuchó el grito desde adentro de la casa, cosa que fue suficiente para lograr que su corazón comenzara a latir rápidamente. 

Hubo un poco más de movimiento dentro, pero al cabo de unos segundos una cabellera marrón se asomó por la puerta. 

— ¡Eula! —saludó con un tono de nerviosismo, como si no esperarla verla allí a pesar de que fue ella quien la había invitado—. No- creí que vendrías en una hora... 

— Es de buena educación presentarse antes del horario acordado —explicó—. Espero que esto en realidad no incomode- 

— ¡No, no, no! —se apresuró a interumpirla—. ¡Claro que no! Sólo- sólo que no he tenido tiempo de limpiar nada. 

— Para eso uno llega temprano, para ayudar al anfitrión —sonrió—. Vamos, te ayudo. 

Ámber tímidamente se hizo a un lado y dejó espacio para que Eula pudiera entrar. 

El interior era desastre. No la casa en general, más bien la cocina en donde parecía que una bomba de colores había estallado y cubierto la sala de pies a cabeza, utilería y vajillas con restos de masa y harina esparcidas por todos lados, realmente daba la ilusión que una guerra había ocurrido en ese lugar. 

— Lo siento por eo desorden —se disculpó Ámber quitándose su delantal (igual de sucio que el cuarto) y colocándolo en el respaldo de una silla—. Intenté cocinar algo dulce para nuestra merienda... Lo juro, no siempre es así. ¡Sé cocinar! Sólo que... cosas saladas. 

A Eula le pareció tierno cómo la exploradora intentaba defender sus artes culinarias cuando no le importaba si sabía o no cocinar, el hecho de que lo hubiese intentado le parecía más que suficiente. 

— Supongo que tenemos mucho por hacer. 

Procedió a quitarse las partes del uniforme que podrían ensuciarse fácil y tomó un par de guantes antes de pedirle indicaciones a Ámber sobre dónde se encontraban varios productos de limpieza y así comenzar a limpiar. 

Ámber, por su parte, tímidamente agarró un trapeador y comenzó a despejar el suelo, manteniendo baja la cabeza por la pena que le daba haber presentado su casa así a su invitada ¡Y encima que ahora se encontrara ayudándole a limpiar su desastre! 
Pero eso también la intrigó de una manera peculiar. Creía que, teniendo en cuenta de qué familia provenía Eula, la joven no tendría conocimiento algo sobre los quehaceres domésticos, aún si se trataba de algo tan simple como barrer el suelo. Cosas como esas lograban hacerle reafirmar su pensamiento de que todos en Mondstadt la juzgaban muy injustamente. 

— ¿Algo qué decirme? 

Las palabras de Eula la sacaron de sus pensamientos, al parecer había detenido el movimiento con su trapeador y en cambio comenzó a observar cómo la caballera se hincaba sobre la mesa para limpiarla. Al haber sido atrapada, su rostro comenzó a teñirse de rojo. 

— No, sólo que... —nerviosamente buscó algo que decir, algo que no la dejara más en ridículo de lo que ya se hallaba—. ¡Pensaba! En que ahora no hay nada para comer cuando merendemos. 

Eula dejó de limpiar por un instante, para luego sonreír. 

— En ese caso podemos ir a El Buen Cazador, ¿qué dices? —inquirió—. Yo invito. 

La emoción la invadió por completo y, dejando caer el trapeador al suelo, se acercó hasta la joven hasta tomarla de las manos. 

— ¡¿En serio?! ¡Genial! —en sus ojos se podía observar la felicidad con tanta facilidad que Eula no creyó que eso fuera posible—. Tenía miedo que decidieras irte por todo esto... A decir verdad quería hacer algo dulce para sorprenderte, realmente no es mi fuerte. 

Eula soltó una pequeña risa. 

— El sentimiento es lo en verdad aprecio. Tampoco soy una persona que disfrute comer cosas dulces todo el día. En realidad mis platillos favoritos son aquellos más amargos que el resto. 

— ¿Amargos, en serio? 

— Por supuesto. Aquellos que contienen calabaza, melón, berenjenas —comenzó a enumerar, antes de retomar de nuevo su idea—. Pero si tuviera que elegir algo dulce... 

Acercó sus rostros y depositó un beso en los labios de la exploradora. 

— Definitivamente sería esto. 

Y el ver cómo el rostro de Ámber adquiría cada vez un tono más oscuro fue la mejor parte de todo.

 

 

A

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Todo había comenzado en un día normal. Aether, habiendo llegado de un agotador viaje desde Mondstadt, no quería nada más que pasar el resto del día comiendo en el mejor restaurant de todo Liyue para luego dar un paseo alrededor del puerto y por último tumbarse en la cama por doce horas antes de ponerse manos a la obra el día siguiente. Pero como bien sabía, ningún plan nunca sale a la perfección. 

Apenas entrando a la ciudad de Liyue, fue interceptado por una muy preocupada pareja algo mayor en busca de ayuda, al parecer la señorita Yu les había referido con él cuando acudieron a ella para buscar algún aventurero que aceptara su petición cuando en el Gremio de Aventureros nadie fue capaz de ayudarlos. Su hijo mayor y su esposa, ambos aficionados al arte de explorar cada rincón de las místicas y antiguas tierras de su nación, habían salido en un viaje hacía una semana y mantenían el contacto a través de cartas para no preocuparlos, pero hacía dos días que ya no recibían noticias y el miedo de que algo mala hubiera ocurrido se había asentado en su corazón.
Sin poder negarse a la pareja (honestamente ¿quién podría después de escuchar toda la historia?) terminó accediendo y -con algo de resignación- se dio media vuelta y acabó de regreso en la ruta y sus caminos de tierra. 

Fue una sorpresa cuando llegó al lugar que le habían indicado en el mapa y alguien más se encontraba allí. Zhongli, el arconte geo, reposaba tranquilante contra unos pilares de piedra y observaba con serenidad la cordillera gigantesca en frente suyo, como si analizara detenidamente o buscara algo que definitivamente Aether no veía. 

— ¿Zhongli? —lo llamó una vez se encontraba la suficientemente cerca para que lo escuchara. 

— Oh, viajero —asintió el hombre, despegándose del pilar para observarlo de frente—. No esperaba ver a nadie por aquí. 

— Lo mismo digo —dijo, pero se dio cuenta de su error y se corrigió al instante—. No, en realidad sí espero ver a alguien. Una pareja joven, un hombre y una mujer, al parecer vinieron a explorar esta zona pero no se ha sabido más de ellos. ¿No los has visto? 

Zhongli posó una mano en su mentón, meditando por unos instantes. 

— Ciertamente no los he visto —aclaró, Aether se desilusionó un poco al oír eso—. Pero sí puedo sentir la presencia de un par de humanos cerca de aquí, que es justamente lo que he venido a investigar. Supongo que estamos tras lo mismo. 

El rubio asintió, contento con la situación. Si trabajaban en equipo probablemente los hallarían más rápido, lo que significaba que esa noche de descanso se encontraba cada vez más cerca. 

— ¿Tienes alguna idea de por dónde podríamos investigar? 

— He sentido una mala vibra proveniente de allí —señaló un agujero en la ladera de la montaña, el cual parecía extenderse mucho más de lo que la luz del sol llegaba a dejarles ver—. Supongo que sería un buen lugar para comenzar, aunque no me gusta la energía que siento en este lugar. 

Aether asintió. Se acercó hasta la entrada y observó el interior con la esperanza de encontrar algo, pero todo lo que pudo ver fue más ocuridad. Zhongli no movió un músculo para acompañarlo, siguió allí parado con la mano en el mentón y los ojos cerrados como si analizara su entorno. Pensó que lo mejor sería no interrumpirlo y decidió adentrarse por su cuenta a la misteriosa cueva. 

Al principio tuvo que valerse de los pocos rayos de luz para ver por dónde caminaba, pero una vez el sol ya no alcanzaba se vio obligado a apoyarse en una pared y caminar con cuidado para no tropezarse con piedras o algún efecto natural de la piedra. En varias ocasiones llamó el nombre de la pareja, pero nunca hubo respuesta alguna desde el interior. 

Habiendo recorrido ya un par de minutos sin parar, Aether se detuvo para contemplar sus opciones. Seguir avanzandos sería peligroso, no sabía con exactitud si algo desconocido habitaba dentro, y pelear en la oscuridad no sería lo más óptimo para salir victorioso. Con un último llamado a los nombres, emprendió la media vuelta hacia el exterior. 

Cuando ya se encontraba a mitad de camino algo sucedió.
La tierra comenzó a temblar, las paredes parecían moverse como gelatina y Aether no podía encontrar manera de mantenerse en pie, cayendo al suelo con un duro golpe y latimándose con las piedras del suelo. Escombros, rocas y polvillo comenzó a caer del techo gracias a las sacudidas, incluso sentía cómo caían sobre él algunos desprendimientos y lograban cortarlo y herirlo todavía más. En lugar de detenerse, el fenómeno pareció aumentar en intensidad con el pasar de los segundos. 

— ¡Aether! ¡¡Aether!! 

Apenas podía oír la voz de alguien gritando su nombre por el sonido de la tierra moviéndose y cayendo en todos lados, lo único que pudo sentir fue un escombro grande cayendo sobre su cabeza antes de perder la consciencia. 

 


 

Cuando despertó se encontraba con la cabeza apoyada en algo suave. Abrió sus ojos con esfuerzo, sintiendo un poco el mareo por el golpe que se había dado, pero una vez comenzó a divisar formas y luces fue cada vez más fácil acomodar su vista. Lo que observó fueron unos ojos color ámbar que le devolvían la mirada. 

— No te muevas, vas a hacer que tu herida en la cabeza vuelva a sangrar. 

Instintivamente llevó su mano hacia donde se había lastimado, pero la apartó rápidamente al sentir el dolor punzante al tocar la herida. Zhongli tomó su mano y la llevó de regreso a reposarla en su estómago para que se sintiera más cómodo. Movió un poco su cabeza, lo suficiente para observar a su alredor pero no tanto como para que le doliera, y así fue consciente del entorno que los rodeaba: donde se suponía que debía estar la salida ahora se encontraba una gran pares de piedras gigantes apiladas unas encima de otras, la luz del sol apenas entraba por algunas aberturas y espacios vacíos, al menos la suficiente para no tener problema para observar su alrededor. 

— La montaña cayó encima tuyo —habló Zhongli, captando la atención del viajero—. La energía que sentía afuera era la de la montaña, que se encontraba inquieta y un poco molesta por la visita indeseada de dos humanos que parecían no respetarla. 

— Oh no, ¿se encuentran bien? —atinó a preguntar, preocupado por la seguridad de la pareja. 

— Por supuesto. Al precer se habían metido en otra cueva más pequeña a investigar y me encontré con ellos afuera antes de que todo comenzara a temblar. Cuando las piedras comenzaron a desprenderse del techo... —suspiró—. Supe que tenía que actuar rápido si quería que siguieras con vida. 

Con un mejor vistazo a su alrededor, el lugar donde se encontraban tenía una forma circular, como si estuvieran metidos en una bola. 

— ¿Usaste tu poder de arconte para salvarme? 

Una pequeña sonrisa se dibujó en el rostro de Zhongli. 

— Descansa un poco viajero, cuando recupere un poco mi energía voy a sacarnos de aquí. No te preocupes por nada. 

Aether sintió cómo el arconte acomodaba unos mechones de su cabello para apartarlos de su rostro, dejando una suave caricia en su mejilla antes de retirar la mano. Levantó su brazo y la interceptó antes de que pudiera retraírla por completa, llevándola de regreso a su mejilla. 

— Gracias. Siento que siempre me mantienes a salvo cada vez que me encuentro en peligro. ¿Me pregunto si algún día te cansarás de salvarme así? —rió levemente y Zhongli adquirió una mirada de ternura en sus ojos. 

— Lo haría las veces necesarias. Una y otra vez. Hasta que no necesites mi ayuda nunca más. 

Con las suaves caricias que el morocho le daba en su cabello, Aether pronto se quedó dormido.

 

 

A

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Lo único que Zhongli realmente extrañaba de su poder de arconte era la capacidad que tenía de alterar el ambiente y clima de las tierras de Liyue a su voluntad. Un par de años atrás no se habría visto atrapado bajo la lluvia, completamente empapado y sin refugio apararente a la vista. 

Xiao le había advertido que el clima no era el mejor para salir de la ciudad a hacer lo que sea que Zhongli quisiese hacer, pero el ex arconte asumió que era una simple conjetura de parte del yaksha y prefirió adentrarse en las conocidas tierras de igual manera, encontrándose con la dura realidad de que el joven no mentía cuando un par de horas después las primeras gotas comenzaron a caer del cielo. 

Al principio utilizó su pilar para poder cubrirse de la lluvia, pero con su poder humano solo podía mantenerlo un par de segundos antes de que se disolviera en tierra una vez más. Intercalando el refugiarse bajo el pilar y correr un tramo bajo el agua, pronto se encontró con una pequeña casita a un lado de la ruta de camino a Liyue.
Rápidamente se colocó bajo el pequeño techo de la entrada y se permitió soltar un suspiro de alivio. Miró al cielo por un instante y supo que pasaría un buen tiempo antes de que se despejara, su mejor opción sería esperar allí hasta entonces.
Se giró para observar la casa, sorprendiéndose de encontrarla descuidada, sucia y un poco rota en algunos lugares. Al parecer quien vivía allí había dejado de hacerlo hacía mucho tiempo ya. Aún si nadie la habitaba no se sentía bien entrando en el que fue hogar de un desconocido, por lo que prefirió sentarse en la entrada y recostarse contra la puerta principal. Al menos ya no se empaparía más. 

La lluvia no cesaba. Su ropa mojada se pegaba a su cuerpo incómodamente y solo servía para mantener su temperatura baja. Sin nada con qué abrigarse, simplemente comenzó a frotar sus brazos con sus manos con la esperanza de conseguir algo de calor a través de la fricción. Así se mantuvo durante un par de minutos, y cuando ya comenzaba a dejar de sentir sus extremidades, la puerta en la que se apoyaba se abrió de repente.
Por la fuerza en que se apoyaba casi se cayó de espaldas al suelo, fue a último momento que logró atajarse en el marco de la puerta. 

— Las cosas que me haces hacer... —oyó la voz de un hombre encima suyo hablar—. No puedo dejar que te congeles ahí afuera. Entra. 

Con un vistazo arriba se encontró con la corta cabellera rubia de alguien a quien creía había dejado en el pasado, ojos azules tan intensos que le recordaban una tragedia que a veces durante la noche no le permitían dormir. No sabía cuántos años habían pasado desde la última vez que lo había visto, pero algo era seguro: Dainsleif lo recordaba tan bien como el día en que terminaron todo. 

— ¿Vas a quedarte en el suelo todo el día? —preguntó con desdén—. Entonces al menos cierra la puerta para que deje de entrar frío. 

Dain dio media vuelta y se adentró en la casa, rumbo a la sala donde se hincó en la chimenea para colocar más leña al ya calcinante fuego. Zhongli decidió levantarse y cumplir con la orden que se le había dado, cerrando la puerta y tímidamente siguiendo al rubio hasta pararse en el arco de entrada a la sala, simplemente observando sus acciones. 

— Gracias —dijo. Dain lo observó de reojo y continuó con lo suyo. 

— Ahórratelas. Sólo lo hice porque ni un dios merece sufrir en el frío así. Aún si realmente lo merece por todo lo que hizo. 

Sus palabras dolían más de lo que le hubiese gustado admitir. Con todo lo ocurrido en Khaenri'ah y cómo debieron terminar todo entre ellos tan abruptamente y sin explicaciones... cualquiera se sentiría tan traicionado y lleno de rencor a su persona. 

— ¿Vas a ayudarme o te quedarás ahí parado? —Dain señaló la pinza negra gigante que reposaba contra la pared a su lado—. Necesito eso. 

Zhongli, casi en piloto automático, tomó el extraño objeto y se lo acercó al rubio, quien se lo arrebató de las manos una vez se encontraba lo suficientemente cerca. En silencio continuó controlando el fuego, moviendo la leña para que no se extinguiese y brindase el máximo calor posible a los dos hombres. El arconte prefirió no estorbar y en cambio buscó asiento en el mullido sillón, observándolo en silencio. Así se mantuvieron por unos instantes, cuando Dain harto del incómodo ambiente decidió retomar la palabra. 

— Debería haberte dejado congelándote afuera ¿sabes? —tomó asiento al lado del arconte, cruzándose de brazos y cerrando sus ojos—. Si hubiese yo el que se encontraba afuera seguro no habrías tenido ningún problema de dejarme ahí abandonado. Después de todo ya lo hiciste una vez. 

— No es cierto —respondió rápidamente—. He hecho cosas que no tienen excusa y no planeo que me perdones por todo, sólo quiero que sepas... Que lo peor de todo fue cuando tuve que irme sin decir nada. 

Dain no se movió de su posición, pero Zhongli sabía que lo escuchaba atentamente. 

— Ese día fue el peor de todos. Mi corazón aún duele cuando pienso en el daño que te hice y cómo debes sentirte al respecto. Puedo entenderlo si me odias y no quieres saber nunca nada más de mí... Sólo esperaba que no fuera el caso. 

El rubio no respondió enseguida. Lo observó por un instante antes de hablar. 

— Todo lo que hubo alguna vez entre nosotros se acabó en ese entonces. No guardo sentimientos negativos hacia ti, pero tampoco ninguno positivo. Para mi ya todo quedó en el pasado. 

A Zhongli le parecía bastante justo. Aunque la indiferencia le doliera, sabía que debía cargar con ese peso. 

— En cuanto la lluvia se detenga nuestros caminos volverán a separarse. 

"Por ahora" pensó el arconte amargamente, pero no tuvo el valor de decirlo. Prefirió quedarse sentado, sintiendo el calor del fuego abrazarlo y fingiendo que la presencia de Dainsleif a su lado era igual a la de hacía muchos años, cuando el sentimiento que compartían era uno de amor. Ninguno volvió a hablar el resto de la tarde. 

Una vez el cielo se despejó, los dos hombres cumplieron su promesa.

 

 

A

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Todos conocían a la bibliotecaria Lisa, la alegre y despreocupada usuaria electro que recibía con una sonrisa a cualquiera que se presentara a su biblioteca y, mejor aún, le devolvía algún libro que estuviera con demora. Se sentía contenta en su hábitat natural, y eso era obvio para todos los Caballeros de Favonius que preferían dejar sus tareas limitadas a ese lugar y no en la exploración o el combate, aún si era un desperdicio dejar a una persona tan poderosa encargarse de simples libros y papeles dentro del edificio. 

Lumine ya se había acostumbrado a visitarla. Todo comenzó cuando una tarde, agotada después de cumplir los encargos de los habitantes de Mondstadt todo el día, terminó su última tarea entregando en par de libros en la biblioteca. Lisa no se encontraba allí, al parecer había salido un instante a hacer algo, así que decidió sentarse en el escritorio principal para descansar y esperar a que volviera. Con todo el cansancio encima apenas duró un minuto despierta en la cómoda silla, pues para cuando la hechicera había regresado se encontró a una linda rubia estirada sobre su escritorio de trabajo. Lumine se disculpó mil veces después de eso, le prometió asistir el día siguiente para acompañarla a tomar el té y así fue la primera vez que pasó una tarde en la biblioteca. Fue un rato tan agradable que prometió volver pronto, y con cada visita más pronto decidía volver para pasar tiempo con Lisa. 

Ese día la viajera había dedicidido pasar por El Buen Cazador y comprar unos platillos dulces para acompañar se té de la tarde, por lo que decidió salir a su encuentro más temprano de lo habitual. No tardó mucho comprando la comida, pero al ver que se encontraba caliente por estar recién hecha prefirió dirigirse en ese momento la biblioteca aún si faltaba un poco para su reunión, las cosas dulces eran más sabrosas al comerlas recién salidas del horno después de todo. 
Fue en la entrada de la misma, justo cuando se encontraba a punto de entrar, que oyó en el interior la voz de su amiga discutir con alguien más. 

— Tu información era errónea —la voz de la hechicera se mantenía apacible, muy diferente a la del hombre con ella que no parecía querer parar de gritar. 

— ¡Pero Lisa! —interjectó—. Es todo lo que hemos podido averiguar de ese libro... ¡Lo juro! 

— Y eso no quita que nada de lo que averiguaron fuera incorrecto. 

El corazón de Lumine comenzó a latir cada vez más fuerte. Se encontraba oyendo una conversación que claramente no estaba invitada a oír, pero ahora que estaba metida no podía simplemente irse y no enterarse del resto. 

Lisa soltó un suspiro. 

— Se agradece la intención profesor, pero por el momento no tengo ninguna preocupación respecto al tema —aclaró—. Y agradezco que haya viajado hasta aquí desde Sumeru, aún si su viaje resultó ser infructífero. 

— ¡Lisa! —exclamó el hombre—. ¿Cómo es que puedes estar tan tranquila sabiendo que vas a morir pronto? 

Lumine se atragantó con su respiración al oír la desamparante noticia, y tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para evitar toser y que los dos eruditos dentro la descubrieran. Sus piernas comenzaron a temblar ligeramente. ¿Acaso era cierto todo lo que estaba eschchando? ¿Lisa, muriendo pronto? ¿Y de esta forma era por la cuál tenía que enterarse? 

— A todos nos tocará morir en algún momento profesor. La diferencia es que yo sé bien cuándo va a pasar, ¿no es eso algo bueno? Prácticamente todo el mundo mantiene una ansiedad de saber cuándo puede morir. Una vez que ya lo sabes es algo realmente liberador. 

No oyó nada por unos instantes, al parecer el hombre se encontraba meditando las palabras de Lisa. 

— Supongo que tienes razón —se resignó—. Pero aún así no puedo quedarme de brazos cruzados... Todo lo que intentamos investigar sobre ese libro en la academia no nos ha dado ningún buen resultado, hay veces que hasta me siento impotente... 

Lisa soltó una risilla. 

— Lo hecho hecho está. Usted sabe bien lo que pienso de tanto conocimiento, mi yo de hace tres años se habría encerrado a averiguar todo lo posible sobre esto. Ahora entiendo que hay cosas más importantes, como vivir plenamente hasta el final. 

El profesor intentó discutir la decisión de la mujer, pero lo calló al instante. 

— ¡Mire la hora! Tengo que pedirle que se retire, tengo planes para tomar el té con una personita especial para mí. Puedo acompañarlo hasta la puerta si lo desea. 

La gigantesca entrada a la biblioteca se abrió de par en par y dos siluetas se asomaron por las puertas. El hombre, vestido como uno esperaría de un erudito proveniente de Sumeru, parecía bastante resignado por cómo la situación se había desarrollado. Lisa lo guió hasta la salida de la sede de los Caballeros de Favonius, permitiéndole salir después de un saludo y con una promesa de escribirle pronto una carta para saludar al resto de comité educativo. 

Regresando dentro de la sede, Lisa observó el vacío edificio. Aún faltaban un par de minutos para que Lumine llegara a su reunión acordada. De regreso a la biblioteca, se sorprendió al tropezarse con algo en el suelo. Se agachó para poder inspeccionarlo, encontrándose con platillos dulces envueltos y listos para comer. "Extraño" fue lo que pensó. Jean no podría haberlos dejado para ella ya que se encontraba en otra parte de la ciudad atendiendo a sus deberes, y no había nadie en el edificio que fuera lo suficientemente cercano a ella como para hacerle tal regalo. Decidió tomar la bolsa llena de cosas dulces y regresó a su habitación preferida. Ahora solo restaba esperar que Lumine llegara a visitarla.

 

 

Aa

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Bennett llegaba tarde. Muy tarde. 

Era común que de vez en cuando el joven explorador llegara con algo de retraso a los encuentros pactados, pero generalmente se aparecía a los pocos minutos con algunos golpes, raspones o magulladuras diciendo que simplemente tuvo un pequeño inconveniente en su camino hacia allí. Razor lo entendía y era por eso prefería que se encontraran en Mondstadt, a lo que Bennett siempre se negaba ya que su espíritu de aventurero y ansias de explorar servían como excusa para sacarlos a ambos de la ciudad y lograr pasar el día juntos perdiéndose en algún lugar de la Colina Silvante o el dominio de los lobos.
Sin embargo, esta era la primera vez que se tardaba más de media hora en aparecerse en su punto de encuentro. O lo que Razor imaginaba que era media hora, calcular la hora exacta por la posición del sol nunca fue su fuerte. Fue cuando sus piernas ya comenzaban a cansarse de estar sentado y quieto en el mismo lugar que gracias a su olfato pudo sentir cómo su compañero se acercaba a toda velocidad desde la ruta que guiaba a Mondstadt. 

— ¡Razor! ¡Razoooor! 

Oyó la voz de Bennett antes verlo, el pobre terminó de cortar la distancia tan rápido como pudo para luego tomarse un respiro una vez que ya se encontró frente a frente con el niño lobo. 

— ¡Lo siento tanto! —juntó las manos y las colocó en frente suyo a modo de disculpas—. Estaba en camino cuando un grupo de hilichurls me cortó el paso, ¡Y luego fueron una docena de slimes! Y cuando creí que ya no habría más problemas estaba este acantilado que no vi y... 

Razor soltó un suspiro. Pero no fue uno de resignación o decepción, más bien uno por alivio. Realmente no le importaba la excusa de Bennett por haber llegado tarde, lo que agradecía era que el rubio hubiese salido con vida de eso. 

— Razor entiende —aclaró, colocando sus manos en los hombros del muchacho para tranquilizarlo—. Razor... tiene regalo para ti. 

Bennett entró en pánico por un momento. ¿Era una fecha especial y lo había olvidado por completo? ¿Era su cumpleaños? ¡¿Aniversario?! No, nada de eso sonaba bien... Entonces ¿por qué? 

— ¿Qué es? 

Razor hurgó en la bolsa que cargaba en su cadera y de ella sacó un casco metálico muy parecido a los que había visto en aquellos sets de Gladiador que se vendían por todos lados. 

— Tú salir herido muy seguido. Usar casco previene heridas fatales, maestra Lisa decir eso. 

El explorador tímidamente tomó el objeto entre sus manos y lo sostuvo durante un instante. Era algo pesado, pero imaginaba que así tenía que ser para evitar sufrir un daño grave. 

— ¡Wow! Es... ¡Increíble! ¡Muchas gracias Razor! 

Con cuidado abrió un poco las alas y lo colocó en su cabeza, ajustando un poco la forma para que fuera más cómodo. 

— ¿Y bien? ¿Cómo me queda? 

Y fue entonces que su característica sonrisa inocente iluminó su rostro, aquella sonrisa llena de felicidad y emoción, sumando la alegría de recibir un regalo totalmente inesperado. 

— Razor... no, yo... —se concentró para buscar las palabras exactas que quería decir. Lisa había utilizado parte del tiempo de sus lecciones para ayudarlo a practicar el lenguaje, pero aún así le costaba acostumbrarse a hablarlo—. Me gusta eso de ti. 

Bennett parpadeó. No entendió muy bien a qué se refería. 

— ¿Quieres decir, que te gusta cómo se ve en mi? —inquirió con algo se confusión. 

El chico lobo asintió, contento de que a pesar de todo Bennett hubiera logrado entenderlo. El rubio volvió a sonreír. Se sacó el casco y nuevamente lo sustuvo en sus manos. 

— ¡Muchas gracias otra vez! No puedo esperar a usarlo, estoy seguro que incluso mis padres estarán más tranquilos con algo así- 

Y fue así que el aventurero comenzó a divagar en su charla con Razor. Lejos de molestarle, no había nada mejor para Razor que oír a su compañero hablar de las cosas que lo hacían feliz. Aún tenía un largo camino para comunicarse fluidamente con él, pero mientras se sentía satisfecho compartiendo momentos como este.

 

 

A

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— Entonces, ¿crees que podamos seguir nuestro camino pronto? 

— ¡Paimon! Me desconcentras. 

La pequeña hada acompañante hizo un puchero al recibir aquel reto por parte de la viajera. ¡Solamente quería ayudar! Pero ninguna de las dos muchachas le permitía hacer algo para aportar a la situación actual. 

Lumine se encontraba sentada en una piedra, utilizando otra más grande como mesa en donde un gigantesco mapa de Inazuma se encontra extendido, con anotaciones y dibujos por todos lados sumados a los cortes y arrugas que ya tenía por acompañar al par en todas sus aventuras en las islas. Tenía un compás en la mano, el cual utilizaba para marcar las posibles zonas en donde el par podría estar varado.
En su defensa, pocas veces se perdían en sus viajes. Sólo que esta vez... no le prestaron tanta atención al mapa y aquello desencadenó en que tomar lo que parecía ser un atajo las terminara dejando en un lugar que no reconocían en lo absoluto. 

— ¿Por qué no pedimos ayuda? —volvió a intentar—. ¡Mira! Creo que por allá hay una persona. 

La viajera levantó la vista y, efectivamente tal como decía Paimon, podía verse a lo lejos en el bosque una figura humana, aproximadamente de la misma altura que ella, caminando a la distancia y alejándose cada vez más. 

— ¡Tenemos que detenerla! ¡Es nuestra única oportunidad de salir con vida! 

Sí, aquello era una exageración, pero ya se encontraba bien acostumbrada a la forma de ser de Paimon. Tomó el mapa tan rápido como pudo y ambas se echaron a correr y a volar en dirección a la figura misteriosa. 

— ¡Espera! —la llamó Lumine, lo suficientemente alto como para hacer notar su presencia y que se detuviese. 

— ¿Huh? ¿Lumine? 

El oír su nombre la hizo detenerse, aunque ya se encontraba tan cerca como para poder distinguir las caracteristicas de la otra persona sin problemas. 

— ¡Ayaka! —la saludó Paimon, contenta de conocer a quien sería su salvadora. 

— Y Paimon también, qué gusto verlas —sonrió—. Díganme, ¿qué hacen por los alrededores de la hacienda Kamisato? ¿Me necesitaban para algo? 

— ¿Hacienda Kamisato...? —murmuró Lumine confundida. 

Extendió el mapa en sus manos, escaneando con sus ojos todos los lugares posibles en busca de su posición actual. Cuando lo encontró, su desilusión y vergüenza fue en aumento cuando se dio cuenta que los dibujos que había hecho sobre su posible ubicación no estaban ni cerca de la realidad. 

— No me digan que se volvieron a perder. 

La risilla de la joven guerrera logró sacarla de su miseria, aunque solo sirvió para avergonzarla aún más. 

— ¡No estábamos perdidas! —intentó excusarse—. Al menos no de nuevo... 

La primera vez había ocurrido una situación similar, sólo que en aquella ocasión fue en las afueras de la ciudad de Inazuma. Cuando habían acordado encontrarse en un lugar específico para tener una cita. Y cuando Lumine no se presentó en un buen rato, Ayaka la encontró perdida en la costa playera. 

Así que sí, si Lumine podía ahorrarse la vergüenza de perderse en frente de su pareja, en verdad la tomaría. 

— Inazuma sigue siendo una tierra desconocida para ambas, no es malo que volviera a pasar —la joven se acercó a la viajera y tomó el mapa de entre sus manos, doblándolo con agilidad y colocándolo de un rápido movimiento en el bolso que cargaba—. Toma mi mano, me aseguraré que no vuelva a pasar. 

Con delicadeza Ayaka tomó la mano contraria y le dio un suave jalón, para señalar que ya podían comenzar a caminar. 

— ¿Por qué no vienes a la hacienda conmigo? —preguntó a la vez que un leve rubor se asentaba en su rostro—. Puedo hacer que al menos tu viaje hasta aquí haya valido la pena. 

Paimon no entendió el mensaje directamente, puesto que solo la observó con una cafa de confusión. Lumine, en cambio, captó enseguida sus palabras y de pronto sintió cómo todo su rostro comenzaba a calentarse. Ayaka simplemente volvió a reír. 

— Vámonos —murmuró la viajera, y las tres emprendieron el viaje hacia la hacienda Kamisato.

 

 

A

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Aether podría haber conseguido su licencia de vuelo de forma apresurada y poco ortodoxa, pero a fin de cuentas era una licencia válida y certificaba que era capaz de volar en cualquier lado de Mondstadt y no significaba un peligro para nadie. Aún así, debía admitir que a pesar de planear establemente solía tener un par de problemas, algunos veces al despegar y muchos al aterrizar. 
Fue por eso que decidió pedir una lecciones extras en la sede de los Caballeros de Favonius, dispuesto a mejorar y perfeccionar su vuelo para quedarse más tranquilo. Sin embargo, se encontró con la desilusionadora noticia de que Ámber, la única persona capaz de ayudarlo en su pedido, no se encontraba en la ciudad pues había sido enviada en una misión de exploración. Cuándo volvería no lo sabía nadie, Jean solo podía estimar que no sería en los próximos días. 

Pero si nadie en la ciudad podía ayudarlo, Aether conocía una persona que sí. 

Lo encontró tal como esperaba: encima de una colina, sentado con los pies colgando al vacío y tocando su lira acompañado por la suave brisa del mar. No detuvo su música aún cuando Aether se colocó detrás suyo, pero sabía que el joven bardo había notado su presencia incluso antes de subir la pequeña montaña. Fue después de unos minutos que dejó de tocar, pero en lugar de levantarse y darse vuelta para verlo decidió quedarse en su lugar, observando el mar con una sonrisa. 

— ¿No es increíble esta vista? —preguntó luego de unos instantes en silencio—. Aún viniendo aquí todos los días durante cientos de años nunca logro cansarme. 

El bardo se levantó de su lugar y se giró, colocando sus manos en su cadera de una forma bastante despreocupada. 

— ¿Andas buscando con quién mejorar tu vuelo? —inquirió—. Me halaga que hayas venido a pedir mi ayuda. 

Aether calló el detalle de que no fue su primera opción, aún si suponía que Venti lo sabía al ya conocer su dilema. 

— Sí, creo que puedo mejorar algunas cosas... ¿Crees que podrás darme algunos consejos? 

Venti infló el pecho con orgullo. 

— ¡Por supuesto! No hay nadie mejor en este mundo que el mismísimo arconte anemo para ayudarte en esta tarea. Abre tu planeador, vamos a ver qué puedes hacer. 

El viajero accedió. Extendió sus alas y dio un par de vueltas alrededor. 

— Nada mal, nada mal —asintió Venti—. Pero creo que tienes problemas con tu postura, eso hace que no aguantes tanto tiempo en el aire y termines cayendo a mitad de camino cuando podrías recorrer mucho más. 

El bardo se acercó hacia él y comenzó a acomodar la posición de sus alas. 

— Esto también es muy importante. Si no se encuentran en un ángulo adecuado podría llegar a ser bastante peligroso. 

Las manos que acomodaban las alas sin previo aviso se trasladaron a su espalda, logrando sacarle un escalofrío al no esperar tal contacto. 

— Así, para despegar tienes que flexionarte un poco más. 

Sintió la presión y entendió que era la indicación para doblar su espalda un poco hacia adelante. Las manos contrarias comenzaron a subir sin despegarse de sus ropas, trazando suavemente un camino hasta llegar a su pecho. 

— Y recuerda sacar el pecho para adelante, justo... así... 

Aether se estremeció al sentir las caricias en su pecho, involuntariamente llevándolo hacia delante para entregarse de lleno en ellas. 

— ¿Comprendes, viajero? —la voz de Venti se oía desde su nuca, el calor de su respiración chocando contra su piel descubierta lograba que escalofríos lo recorrieran de arriba a abajo una y otra vez—. Espero que las lecciones funcionen, sino tendremos que repetirlas. 

Y de repente el contacto con su cuerpo se habia esfumado. Se giró para observar al bardo, quien tenía una mirada de completa inocencia e ingenuidad, como si nada hubiera pasado. 

— ¿Por qué no pruebas volar otra vez? —inquirió—. No tengas miedo, estoy contigo. Tú lo sabes. 

Aether accedió. Aunque se aseguraría de hacerlo mal a propósito, sería un desperdicio finalizar la clase cuando apenas comenzaba a ponerse buena. 

 

 

A

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Aparte de aquella ocasión en que el viajero la convenció de abandonar su plano de la eutimia, Ei no recordaba cuál fue la última vez que había pisado el suelo de Inazuma. Recordaba algunos lugares de su visita guiada a manos del viajero, algunos en menor o mayor medida, pero en el poco tiempo de su última visita a la actual se mantenían tal cual lo rememoraba. 

Yae Miko, la sacerdotiza de Narukami y su acompañante en el paseo, fue lo suficientemente considerada para hacer pequeñas paradas cada vez que la arconte veía algo interesante o dejaba su atención en algún puesto o adorno en la ciudad, no queriendo separarse mucho por miedo a perderla de vista y la Shogun terminara perdiéndose antes de llegar al santuario Narukami. 

— ¡Todopoderosa Shogun! ¡Por aquí! 

Los habitantes le habían perdido el miedo inicial, incluso se le acercaban por voluntad propia cargando productos de sus tiendas para que los pruebe y muchos regalos. La pobre Ei se sentía tan abrumada por la gente que repentinamente la rodeaba y todas las cosas que estaban forzando en ella que llegó a considerar huír del lugar y volver a encerrarse en el plano de la eutimia por el resto de la eternidad.
Su acompañante sintió su angustia e inmediatamente acudió a su rescate. 

— Lo lamento a todo el mundo —levantó la voz para asegurarse que todos la oyeran—, pero la Shogun tiene un asunto urgente que requiere su atención. ¿Serían tan amables de dejarnos salir de la ciudad? 

Gran parte de la gente accedió al instante, incluso despidiendo al par con una sonrisa. Algunos tardaron un poco más en ceder, y sólo cuando Yae Miko les prometió que la Shogun volvería fue que decidieron volver a sus puestos de trabajo.
Ei suspiró aliviada, a lo que Yae le dedicó una sonrisa. 

— Lo siento Ei, eso no era parte del plan —se disculpó—. No creí que habría tanto alboroto al pasar por Inazuma. 

— Está bien —la arconte movió la mano en señal de restarle importancia al asunto—, de hecho no vendría mal acostumbrarme a esto. 

La miko movió ligeramente sus orejas, como si la situación a pesar de todo le divirtiera. 

— Al menos ya tenemos la vía libre para ir al santuario. 

Algunos miembros de la armada que patrullaban la ciudad se encarban de vigilarlas, pero a pedido de la Shogun no habría ninguno que las siguiera en todo su recorrido. Lo consideraban peligroso, sí, pero esa fue la orden que se les había dado y la que iban a acatar. 

— ¿Por qué tanta insistencia en ir al santuario el día de hoy? —inquirió. 

— ¿Por qué no? —soltó una risilla—. ¿No sientes que es bueno salir de ese plano de vez en cuando y tomar aire fresco? 

Ei no contestó, pero tampoco lo negó. Eso contaba como una victoria para la miko. 

El par continuó su camino en un cómodo silencio. Pronto se alejaron de la ajetreada ciudad y avanzaron por las caminos de tierra, dejando de ver a la armada y otras personas una vez se alejaron un par de metros de Inazuma.
La subida al santuario fue una aventura por su cuenta, eso sí. Ei juró que jamás en sus miles de años de vida había visto tantos escalones juntos, incluso llegó a pensar que habían tardado más en subir hasta la cima de la montaña que en todo el trayecto hacia ella. El cual tampoco fue corto, cabe decir. 

Ya en el gran arco que señalaba la entrada al santuario, la Shogun se sorprendió de no ver a las otras mikos merodeando por el lugar. Yae Miko siempre le hablaba de sus compañeras y todo el afecto que les tenía. Así que ¿dónde estaba todo el mundo? ¡Ni siquiera encontraba la presencia de algún visitante! 

Como si le leyera la mente, Yae habló. 

— Le pedí al resto que cerraran la entrada por esta noche —se adentró unos pasos y volteó a verla, extendiendo su mano—. No quería que nadie nos interrumpiera en esta sorpresa. 

Ei, curiosa, tomó la mano que se le ofrecía y se dejó guiar a través de los templos y los cerezos hasta llegar al gran árbol que tan atractivo hacía al santuario. Justo en su base se hallaba una manta extendida, dos pequeños almohadones encima de ella y una canasta de mimbre reposando a su lado. Yae inmediatamente se sentó en uno de los almohadones, y Ei la imitó buscando asiento en el otro. 

— La luna está hermosa esta noche —comentó la sacerdotiza, dando una suave caricia a la mano que aún se encontraba entrelazada con la suya—. Quería compartir su majestuosidad contigo. ¿No te sentirías triste si te perdieras algo así? 

Y la arconte levantó la mirada al cielo, sorprendiéndose de ver la luna más bella brillar frente a sus ojos. Evidentemente no pudo ocultar su cara de asombro, puesto que oyó reír levemente a Yae Miko a su lado. 

— Espero que esta no sea la última vez que decidas salir de la eutimia, Ei. Ver la luz de la luna reflejada en tu rostro realmente te hace ver más majestuosa de lo que ya eres. 

Antes de siquiera poder responder a sus palabras, la miko tomó con suavidad su rostro entre sus manos y se acercó hasta darle un beso. 

No lo diría en voz alta, pero ya se encontraba planeando su próxima visita a Inazuma.

 

 

A

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Xiao creía que ya estaba acostumbrado a esto. Pero despedirse del último de sus compañeros yakshas fue lo peor que se sintió en mucho tiempo. 

No había un templo construído para ellos, mucho menos un espacio en un cementerio para resguardar sus cuerpos, con todo lo que podía conformarse era un pequeño altar en su lugar preferido, adornarlo con su máscara, llevarle su comida favorita y despedirse con un rezo para que su alma descansara en paz. 

¿Por qué siempre era él quien debía sobrevivir? Se preguntó en más de una ocasión, más ahora que ya no había nadie como él que lo acompañara. Sí, todavía había decenas de adeptus con vida rondando Liyue, pero no habría más yakshas que combatieran a su lado contra los espíritus malignos  que nacían de los restos de los dioses fallecidos.
Pero no había problema, se acostumbraría a estar solo. Debía hacerlo. 

Su momento de honra a la memoria de su amigo se vio interrumpido por la dulce melodía de una lira siendo tocada. Una canción que conocía muy bien, después de todo ya la había escuchado en otras ocasiones, al igual que ahora cuando se despedía de sus otros compañeros.
Se mantuvo quieto y silencioso en el mismo lugar. Esperó a que la melodía terminara antes de tomar la palabra. 

— No hacía falta que vinieras hasta aquí desde Mondstadt —comenzó—. Puedo superar esto. 

La presencia a su espalda era abrumadora, tal como uno esperaría de un arconte como Venti. Xiao se giró para verlo cara a cara, encontrándose con la cara sonriente del bardo. 

— ¿Cómo te sientes? —fue lo único que preguntó, obviando por completo el comentario del adeptus. 

Por un instante consideró no desponderle, o incluso mentirle, cualquier cosa para evitar parecer vulnerable. Pero las otras veces no había funcionado ¿por qué habría de hacerlo ahora? Venti tenía un talento especial para leer sus emociones como si se tratara de un libro abierto, y aún con todo eso no le sentaba tan bien no ser sincero con él. 

— Me siento... me siento extraño —prefirió decir—. Hay momentos en que pienso "No debería haber sido yo el que sobreviva" pero luego, al ver a los humanos en Liyue o pasar tiempo con Ganyu, Madame Ping o con los otros adeptus no puedo evitar pensar "Menos mal que no fui yo quien murió". Espero que eso no me convierta en una persona horrible. 

El bardo no respondió enseguida. Con un ademán hizo desaparecer su instrumento y se acercó hasta quedar en frente del joven, colocando sus manos en los hombros del contrario. Xiao levantó la vista para observarlo a los ojos y se encontró con una mirada con pigmentos de tristeza y comprensión. 

— Xiao —el oír su nombre lo estremeció un poco, el arconte anemo tenía esa habilidad para hechizarlo no importaba lo que hiciera o dijera—, necesitas dejar de castigarte. Los demás yakshas abandonaron este mundo cumpliendo su deber, eso es para lo que siempre se prepararon y estoy seguro que no habrían pedido ninguna otra forma de ascender a Celestia. 

Alatus tragó saliva. Venti tenía razón. Sus compañeros accedieron formar parte de los yakshas y no les importaba si a través de ese camino llegaban a encontrar su fin. Mientras mantuvieran las tierras de Liyue a salvo de monstruos y demonios con gusto lo harían una y otra vez en todas las vidas que les fueran otorgadas. 

— A ellos no les gustaría verte lamentarte su pérdida. Preferirían que la usaras como motivación para continuar tu trabajo y proteger Liyue tal como ellos amaban hacerlo. 

Sus hombros comenzaron a temblar, su respiración comenzó a entrecortarse. No quería- no podía llorar en frente de Venti. ¿Un poderoso adeptus, protector de la mística Liyue, desmoronándose y llorando ante un dios? Tal debilidad no debía jamás ser mostrada. 

— Está bien, está bien —el joven arconte lo abrazó, brindándole un calor que no sabía que necesitaba a través de su dulce tacto—. Puedes llorar. No tienes que ser fuerte todo el tiempo. Sé mas libre con tus emociones. 

Y a pesar de haberlo evitado, lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos sin parar y se vio obligado a abrazar al bardo para esconder su rostro en el espacio entre su cabeza y el hombro. Con fuerza aferró sus dedos en la ropa contraria en un intento de calmar el dolor emocional a través de infligir presión en el plano físico. Incluso se había asegurado de no agarrar por accidente la piel del joven ni sus largas trenzas, lo último que quería era lastimar a quien se encontraca consolándolo. Sintió las suaves caricias en su cabeza, Venti se concentró en tararear una canción al ritmo sus dedos deslizándose a través de la verde cabellera, la vibración de su pecho sirviéndole a Xiao para relajarse poco a poco. Su llanto fue silencioso, siempre lo había sido, su manera de desahogarse era dejar que las lágrimas fluyeran hasta que comenzaba a sentirse mareado y ligeramente deshidratado. Por supuesto que no era sano, pero cuando uno sufre tanto en el interior termina no importándole cómo canaliza ese dolor para poder aplacarlo. 

—  Estoy tan orgulloso de ti —Venti no paraba de elogiarlo—, de por cuánto has pasado y que hayas sobrevivido. Xiao, no sabes cuán feliz estoy de que estés con vida. 

Un beso fue dado en su frente y aquello solo sirvió para hacer que su llanto no se detuviera. En su estado no podía pronunciar palabra alguna pero ambos sabían que eso no era necesario. Venti sabía bien qué era lo que pensaba y por eso estaba eternamente agradecido. Ser entendido sin palabras era como un sueño hecho realidad para una persona tan reservada para él. 

No estaba seguro de cuánto tiempo pasaron en esa posición ni cuántas fueron las canciones que el bardo cantó para relajarlo, sólo que para cuando ya se encontraba lo suficientemente bien como para separarse el sol ya tenía bastante de haberse ocultado. Aún así Venti nunca se mostró molesto o cansado de la situación, para él era un placer ayudarlo siempre que se sintiera mal. 

— Debo ir a cuidar de mis responsabilidades —dijo, limpiando de su rostro los últimos rastros de lágrimas que quedaban—. Pero podemos volver a vernos en otro momento. Uno en el que esté más decente. 

La sonrisa del arconte nunca flaqueó. 

— Si por mi fuera amaría poder verte todo el tiempo —rió—. Pero acepto tu oferta. Voy a irritar a Morax de tanto que voy a crucer la frontera para entrar a Liyue. 

Ese último comentario logró sacarle una pequeña sonrisa. Imaginar al arconte geo en esas situaciones siempre fue su punto débil. 

— Hasta pronto, Alatus. 

Y con esas últimas palabras Venti ya había desaparecido de su presencia. Lo único que dejó fue la brisa nocturna que parecía envolverlo como si quisiera repetir el abrazo de hacía unos instantes atrás. 

Con un último vistazo al pequeño altar, Xiao abandonó la escena.

 

 

A

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Con la anulación del decreto de captura de visiones, Thoma se sentía mucho mas tranquilo al caminar por las calles de Inazuma. Sí, algunas cosas seguían siendo tensas y muchas relaciones todavía estaban en proceso de reconstruírse, pero al menos poder comprar un par de dangos sin estremecerse por cada guardia que pasaba era el cielo para él. Todos los habitantes se encontraban más animados, contentos incluso, no recordaba la última vez que había ido a hacer las compras del día y la vendedora le regaló un par de productos gracias a su buen estado de ánimo.
El viajero había logrado lo que creía imposible, y por eso y muchas otras cosas más se hallaría siempre en deuda con él. Por eso cuando le llegó la noticia de que Aether lo buscaba no dudó un segundo en hacerse presente en el punto de encuentro: en la parte delantera de la casa de té Komori, el lugar perfecto para observar la ciudad de Inazuma y las afueras de ella. 

— Perdón por hacerte esperar —lo saludó al verlo apoyado contra el barandal—. Tenía que verme bien para nuestra cita. 

Fue mala suerte que se hubiera acercado lo suficiente como para recibir un codazo de parte del rubio. 

— ¡Ouch! ¿Qué fue lo que dije? —preguntó juguetonanente, aún sí ya sabía la respuesta—. Creí que invitarme a uno de los lugares más románticos significaba que querías que tuviéramos una cita. 

El rostro de Aether se tornó de un rojo intenso al oír eso. 

— ¡Vengo a despedirme! —soltó abruptamente—. Regreso a Liyue por un tiempo, así que solo quería decir adiós. 

— ¿Te vas tan pronto? 

Thoma se colocó a su lado en el barandal, apoyándose en él al igual que lo hacía su acompañante. 

— Mi viaje debe continuar —explicó—. Mi hermana me encuentra allá afuera, y por más que Inazuma parezca ser la ciudad perfecta tengo una misión por la cual seguir adelante. 

Por supuesto que lo sabía, pero muy dentro suyo mantenía una vana esperanza de que el día en que Aether decidiera abandonar la nación no llegara nunca.
No respondió al instante a las palabras del rubio, y cuando el viajero volteó a verlo se encontró con un rostro difícil de descifrar. ¿Se encontraba triste, desilusionado, aliviado?No lo sabía con exactitud. 

— Tu cabello. 

— ¿Huh? 

¿Por que de repente hablaban de su cabello? 

— Hoy no traes tu trenza. 

Por un momento había olvidado que no portaba su característico peinado, en su última pelea unos samuráis lograron cortar su coleta y no había encontrado una ocasión para comprar otra. Por lo tanto no le quedaba otra opción más que dejar su pelo caer libremente sobre su espalda. 

— No, bueno... Ocurrió algo en una pelea. Estoy agradecido que no fue mi cabello lo que cortaron. 

Thoma soltó lo que Aether supuso que fue un "¿hm?" cargado de curiosidad e intriga. Se sorprendió de sentir la mano del mayor colocarse en su cabeza y arrastrar sus dedos entre las hebras de su pelo, deshaciendo nudos que se encontraba en el camino con toda la delicadeza posible. 

— Así que así se ve suelto —murmuró más para sí que como tema de conversación—. Es... hermoso. 

Aún si su rostro no se tornó de un carmín como la última vez, un ligero rubor se hizo presente en sus mejillas. 

— No es tan práctico como parece —intentó bromear para evitar que Thoma notara su sonrojo—. No conozco persona que sea capaz de pelear con cabello tan largo sin ningún problema. 

— Oh, claro que sí las hay —interyectó—. ¿Escuchaste nombrar a un tal Itto? Te sorprenderías de saber lo que puede hacer aún con esa melena. 

Ambos rieron, y por un momento olvidaron el motivo por el que se encontrabab allí reunidos en primer lugar. Fue Thoma quien, una vez que ambos se calmaron, decidió retomar el tema inicial. 

— ¿Volverás pronto? 

Aether se acercó un poco más a él. Reposó su cabeza en el hombro contrario, fijando la vista en algún punto en el horizonte. 

— Eso espero —no quería darle falsas esperanzas en caso de no poder cumplir su promesa—. Inazuma es un lugar hermoso, no querría que esta fuera la última vez lo vea. Y mucho menos ls última que vea a su gente. 

Ante este último comentario su mano se vio entrelaza con la de Thoma, quien le dio una suave caricia con el pulgar a modo de consolación.
Aún faltaba para que anochezca, se asegurarían de aprovechar al máximo el resto del día que tenían juntos.

 

 

A

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Toda la semana había sido, extrañamente, bastante tranquila. 

Por primera vez en mucho tiempo todos en los Caballeros de Favonius habían decidido adquirir un poco de competencia y sus labores comenzaron a realizarse sin ningún inconveniente, fueron contadas las ocasiones en que alguno entraba por algún problema que hubiese surgido; y muchas menos fueron las oportunidades en que algún habitante de Mondstadt acudía a ella en busca de ayuda para cualquier cosa. 

Llámenla supersticiosa, pero cuando ternía una semana tan relajada era generalmente un augurio para un mal por venir, si fuera menor o mayor ya estaría por verse.
Por eso, una vez ya se encontrana finalizando la jornada del quinto día, se encontraba tan paranoica que el simple sonido de golpes en la puerta del estudio casi la hizo brincar de su asiento. 

— ¡Adelante! —se apresuró a decir, y se sorprendió de ver que fue Lisa quien entró a la habitación—. Oh, Lisa... ¿Cómo estás? ¿Necesitas algo? 

Una vez que la mujer se detuvo en frente de su escritorio notó que traía algo entre sus manos: una pequeña maceta, pintada de un opaco color verde y adornada con patrones en brillante morado, con al parecer nada más que tierra en su interior. 

— ¿Trabajando hasta tan tarde? —Lisa hizo un ademán hacia la ventana, donde claramente podía observarse los últimos rayos de sol que se escondían en el horizonte. 

— ¿Qué puedo decir? Es por lo que me conocen —soltó una risilla—. No querría que nadie entrara por esa puerta a esta hora por algo urgente y no hubiese nadie para recibirlo. 

La bibliotecaria soltó un pequeño "hum" mas no añadió nada a la conversación. Apoyó la pequeña maceta en el escritorio y se cruzó de brazos, observando a la rubia con una ceja alzada. 

— ¿Y no planeas tomar un descanso ni siquiera el día de tu cumpleaños? 

— ¿Mi... cumpleaños? 

Aunque olvidar uno de los días más importantes pareciera imposible para alguien como Jean, una persona que amaba planear todo y tenerlo bajo su control, realmente le había sucedido.
De repente todo tuvo sentido. Por qué Kaeya se había comportado más servicial de costumbre, Diluc y sus visitas trayendo un par de vinos, los demás caballeros dando una mano aún cuando sus tareas eran otras completamente diferentes. Todos querían lo mismo: que la Gran Maestra pudiera liberarse un poco en la semana de su cumpleaños, permitirle un pequeño descanso por todo lo que ella lograba por toda la sede. 

— Quién diría que la gran Jean olvidaría una fecha tan especial —Lisa rió por lo bajo—. Tienes suerte de que yo no lo haya hecho. 

Apartó los papeles de en medio y se sentó en la esquina del escritorio, con los pies colgando hacia el interior donde Jean se encontraba sentada. Con una mano tocó la maceta y la llevó un poco más hacia la rubia. 

— Este es mi regalo para ti. 

Ahora, teniéndola más cerca, Jean fue capaz de notar que, contrario a lo que creyó en una primer instancia, no había solo tierra en su interior. En el centro se hallaba un pequeño brote, apenas un tallo de dos o tres centímetros con dos ojitas en la cima, una planta que apenas acababa de nacer. 

— ¿Un brote? ¿Para mí? —tomó la planta y la trajo hasta colocarla en su regazo para obserla mejor. 

— Hace un par de semanas que te oigo hablar con Kaeya sobre cuánto querías tu propia plantación de Dientes de León en tu jardín. Bueno, supuse que esta podría ser la ocasión perfecta para que la comenzaras. 

Aquello que decía era cierto. Había discutido con Kaeya previamente sus planes de expandir las plantaciones en su hogar, pero que por el tiempo que le consumía su trabajo nole había sido posible siquiera dedicarle una mirada de lejos a la tienda de Flora en la entrada de la ciudad. 

— Yo... —no sabía qué decir—. No puedo creer que hayas buscado un regalo así para mi. Muchas gracias Lisa. 

La bruja le dedicó una cálida sonrisa. Cruzó las piernas y, aprovechando el brazo que aún reposaba en la mesa, se acercó más hacia ls otra joven. 

— Realmente no fue nada. Pero —agregó—, si te gustaría compensarlo... 

Juguetonamente llevó sus dedos hasta el brazo de la rubia, escalándolo con lentitud hasta reposar la mano sobre su hombro. 

— ¿Por qué no vienes a mi casa esta noche? Te haré pasar la mejor noche de cumpleaños de tu vida. 

Una corriente de electricidad recorrió la espalda de Jean al oír aquellas palabras. ¿Por qué Lisa tenía que ser tan convincente con su labia? No había manera alguna de negarse ante esa mujer. 

— Supongo... que hoy tengo la noche libre. 

Ya se encargaría de hacer que Bárbara se enterara que esa noche no la esperara para cenar. Aún si su pobre hermana había preparado una fiesta de cumpleaños sorpresa para ella.

 

 

A

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— Necesito aprender a ser mas abierta con las personas. 

Escuchar esas palábras era lo último que Zhongli esperaba oír de alguien como el mismísimo Equilibrio Terrenal de las Siete Estrellas de Liyue. La sorpresa lo dejó atónito, y se ve que se quedó mucho tiempo en silencio porque su acompañante se puso cada vez más impaciente. 

— ¡Es muy importante! —exclamó—. Esta noche hay una asamblea muy importante, ¡Y me toca dar una conferencia! Los discursos no son un problema, pero las conversaciones posteriores para reforzar relaciones sí ¿Cómo puedo llevarla a cabo si cada vez que alguien me hace una pregunta suelo contestar con un monosílabo? 

No iba a admitirlo en voz alta, pero Keqing tenía razón. A la pobre chica se le dificultaba cualquier interacción social que no fuera estrictamente laboral, para eso estaban las otras Estrellas después de todo. 

— Pero ¿por qué yo? —solo atinó a preguntar, todavía algo abrumado por la petición. 

— Esperaba encontrar a Hu Tao —admitió con un suspiro—. No hay nadie más extrovertido en Liyue que esa chica, así que supuse que sería la indicada para ayudarme. Alas, es usted el que se encuentra aquí y a este punto tomaré cualquier ayuda que se me ofrezca. Eres muy cercano a ella, ¿verdad? Y también un asesor, sueles hablar con la gente. Así que supongo que deberías saber un poco de este tema. 

Quién habría imaginado que ir a la funeraria temprano para aligerar su trabajo del día le terminaría costando tan caro. Masajeó su sien y pensó bien qué responderle a la joven. Por supuesto que no estaba obligado a ayudarla, pero es difícil negarse a alguien cuando se está tan desesperado y no era como si Keqing hubiera hecho poco por Liyue. De hecho, después de su "renuncia" como arconte, fueron de las personas que más empeño le pusieron a su trabajo para asegurarse que Liyue se mantuviera estable, aún si implicaba trabajar el doble- no, el triple de lo habitual.
Se merecía al menos que la ayudara en algo tan trivial. 

— Supongo que puedo intentarlo. Aunque no prometo nada —advirtió—. No quiero que te desilusiones si no funciona. 

Keqing asintió. 

— Bien... ¿entonces? 

Zhongli suspiró una vez más. Tomó asiento detrás del escritorio asignado para él, y le indicó a Keqing que se sentara delante suyo. 

— Supongo que lo más importante es dejar de ser tan formal cuando no se trata de trabajo. Da la impresión de que no estás al mismo nivel, se siente menos amistoso. Prueba tutearme. 

— Um... usted- no, digo, tú... 

No tenía nada preparado para decirle. Buscó rápidamente algo en él para comentarlo. 

— Tú tienes lindo cabello. 

"Bien hecho" se aplaudió irónicamente. De seguro su intento no sonaba nada natural.
Para su sorpresa, el asesor rió. 

— Nada mal, aunque yo en tu lugar haría cumplidos sobre la ropa en lugar de la apariencia física, nunca se sabe quién puede ser delicado sobre ese tema. 

Mentalmente, la joven tomana nota sobre cada consejo. 

— Para mantener una conversación es importante escuchar y hablar lo suficiente. No mucho, no poco. Por ejemplo, ¿cuál es tu hobby? 

— ¿Hobby? Bueno, me gusta ir de compras. 

— Perfecto. Cuéntame qué es lo que más te gusta de ir de compras. 

Y así, los dos pasaron un día entero conversando, debatiendo y en general ayudando a la pobre Keqing a soltarse un poco más al hablar. Para cuando faltaban solo un par de horas para que el sol se ocultara, la joven ya había aprendido a charlar informalmente con otra persona, o al menos a fingir interesarse en lo que contara con tal de aparentar ser cortés. Tan concentrados se encontraban en su propio mundo que ni siquiera notaron las contadas veces que Hu Tao y otros empleados de la funeraria se pasaron por la oficina cumpliendo sus tareas. Nadie se atrevió a molestarlos. 

— Muchas gracias por toda la ayuda, asesor Zhongli. 

El par se encontraba en la puerta del edificio, despidiendo a la joven antes de que se marchara para prepararse para el evento de esa noche. 

— No, no —negó con la cabeza—. Sólo Zhongli. Creo que con lo de hoy es suficiente para poder considerarnos amigos, ¿no lo crees? 

La muchacha se sonrojó al pensar en esa posibilidad. No contaba con muchos amigos gracias a su trabajo. De hecho, estaba segura que podís contarlos con los dedos de una mano y aún así le sobraría espacio. 

— Supongo que sí —admitió, apartando la vista—. Si esta noche sale bien prometo que voy a recompensártelo. 

La sonrisa de Zhongli delataba cómo se sentía en ese momento. 

— No puedo esperar. 

Keqing lo observó, luego al suelo. Lo repitió un par de veces, como si buscara las palabras perfectar para decir algo pero sin poder encontrarlas. Zhongli se apiadó de ella y, creyendo que simplemente no sabía cómo despedirse, se adelantó. 

— Si necesitas ayuda otra vez puedes volver cuando quieras. Y con temas funerarios también, ese es mi trabajo después de todo. 

Con una inclinación de la cabeza dio media vuelta para retirarse dentro de la funeraria. 

— ¡Espera! 

Su brazo fue tomado por la joven y, antes de que pudiera reaccionar, un beso fue depositado en su mejilla. 

— ¡Prometo ser más abierta con mis sentimientos! 

Y tan rápido como sucedió, acabó. Keqing había desaparecido entre los edificios de Liyue dejando detrás a un Zhongli boquiabierto y con los ojos bien abiertos de la sorpresa. Lentamente llevó la mano a su mejilla donde había sido besado y la dejó allí un instante. 

— Bueno, supongo que es un avance... 

Un salto abismal, más bien. 

Al menos ahora esperaría ansioso al día siguiente para volverla a ver y saber todo sobre esa noche.

 

 

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La soga que ataba sus muñecas ejercía tanta presión que hacía un buen rato que ya no podía sentir sus manos. Había aprendido a no forcejear para intentar liberarse, la última vez sólo había servido para hacer enojar a su captor y en consecuencia lograr que éste le rompiera una pierna para -en sus palabras- obligarlo a dejar de intentar escapar. 
Al menos ya no se encontraba atado por los pies. Con el dolor que sentía al moverla siquiera un centímetro el huír ya no se encontraba en su lista de prioridades. 

— Mira lo que me has hecho hacer —la voz a su lado susurró—. Te advertí lo que pasaría si me desobedecías... Esta vez haz lo que digo, ¿sí? 

Una mano se posó en su mejilla y la acarició con ternura. 

— Odiaría tener que llegar al punto de lastimar este hermoso rostro. 

Consideró girar su cabeza y morder la mano con el toque invasor, pero temiendo el castigo que podría recibir por eso prefirió no hacerlo. Simplemente dejó que su acompañante se deleitara haciendo lo que quisiese mientras rogaba mentalmente para que esa tortura se terminara cuanto antes. 

— ¿Ya no me hablas? Extraño los primeros días, cuando gritabas, me maldecías, suplicabas... 

La mano se paseó y bajó por su cuello, hombros hasta llegar a su cadera, donde fue impulsado para acercarse un poco más a la otra figura.
Ambos se encontraban en una cama grande, lo suficiente para albergar a los dos y que sobrara un poco de espacio. Sus manos se encontraban atadas al respaldar de la misma, ya no era para evitar que escapara sino más bien para que no luchara cada vez que su captor decidiera tomarlo por la fuerza. Ya no iba a hacerlo de todas formas. 
La primera semana cautivo tenía en sí mismo un espíritu de lucha incansable. Luego, con el pasar de los días y luego de innumerables castigos para "corregir" su comportamiento, había aprendido a ceder a cualquier demanda con tal de dejar de sentir dolor. Quién sabría cuánto más podría aguantar en esta tortura. 

— Eres tan perfecto, Aether. No podía dejar que te arrebataran de mi lado. 

Palabras que habría amado oír en cualquier otra circunstancia, ahora se sentían como puñales clavándose en su cuerpo una y otra vez. Habría correspondido a los sentimientos de Kazuha de todas formas, ¿por qué había recurrido a todo esto? 

Quizás en el fondo la muerte de su amigo había roto algo en él que no podría repararse jamás. 

— Teyvat está lleno de peligros que no conoces, mi príncipe. No podía permitir que algo malo te sucediera allá afuera. Aquí conmigo estás seguro. 

Aether ni siquiera sabía dónde era ese "aquí". Kazuha lo había drogado colocando algo en su bebida y lo siguiente que supo fue que se encontraba en una habitación desconocida, vaya uno a saber en qué parte de Inazuma. O si aún se encontraba en Inazuma quisiera. 

Quería replicar y decirle que no, que no se encontraba seguro con él y que era un luchador muy hábil y capaz de mantenerse con vida por su cuenta, pero no le daría el gusto de pronunciar ninguna otra palabra en su presencia.
Kazuha ya tenía su cuerpo, no le permitiría quebrar su espíritu, arrebatarle lo único que le quedaba de autonomía. 

— ¿Todavía no tienes ganas de hablar? —suspiró—. Bueno, no es problema. Tenemos mucho tiempo juntos, estoy seguro que pronto podré oír esa dulce voz otra vez. 

La mano en su costado comenzó a bajar una vez más y tuvo que morderse el labio para evitar soltar algún sonido involuntario. 

No se iría de allí pronto, y Kazuha se aseguraría de que así fuera.

 

 

A

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La primera vez que tuvo su encuentro con Dainsleif no imaginó que, meses después, terminarían varados en una casa abandonada a un lado de la ruta Liyue-Sumeru teniendo una conversación después de haber compartido una acalorada noche juntos. 

A veces la vida no dejaba de sorprenderlo. 

Dain se encontraba recostado a su lado, con ambos brazos detrás de su cabeza y con los ojos cerrados. No durmiendo, simplemente escuchando la historia que Aether le contaba. El viajero, por su parte, se encontraba sentado en la cama, utilizando todos sus recursos corporales y actorales para intentar lograr meter a su acompañante aún más en el relato y lograr que lo visualizara tal como lo contaba. 

— Entonces Paimon y yo nos reunimos con el adeptus Xiao y los tres terminamos enfrentándonos a una bestia de tres colas. ¡Era tan grande como esta habitación! —exclamó. 

El rubio simplemente se mofó. 

— ¿Se supone que eso debe impresionarme? —una sonrisa burlona se hizo presente en su semi cubierto rostro—. Creo que ambos nos hemos enfrentado a cosas más grandes y peligrosas que un lagarto con algunas colas de más. 

Aether se frotó la nuca y rió nerviosamente. 

— Pero eso no tiene por qué quitarle el mérito a otras hazañas —intentó excusarse—. Además, estoy seguro que no te has enfrentado a nada que escupiera ácido y su piel fuera tan dura que ni con la fuerza de cincuenta espadas podrías atravesarla. Y una especie extinta, debo agregar. 

— Ooh, así que Liyue está lleno de criaturas muy misteriosas. 

Ese fue el pie para lograr que el viajero retomara su historia y comience el relato una vez más.
Pasar las noches así, disfrutando la compañía del otro era todo lo que le hubiese gustado. Quizás en otra vida o en otro tiempos, donde los dos no tuvieran un objetivo fijo, hubieran podido acostumbrarse a una vida así. Pasar el día de aventura, quizás combatir con un par de monstruos en alguna nación de Teyvat y después regresar a un hogar donde pasar el resto de la noche juntos, acurrucados en la cama y compartiendo sobre su día con el otro. 

Pero en esta vida y en ese momento ambos sabían que era imposible. Por eso debían conformarse con lo poco que significaban estos encuentros casuales. 

— Entonces Xiao se impulsa con su lanza y- 

— Aether. 

El oír su nombre hizo detener abruptamente su monólogo. 

— Tengo que marcharme en la mañana. 

Eso hizo que el espíritu del viajero decayera un poco. Sin embargo lo único que hizo visible fue una sonrisa en su rostro. 

— Por supuesto. Supongo que también debería retomar mi camino temprano... 

Al parecer la energía que utilizaba para contar su anécdota había desaparecido por completo. Dain se sintió un poco culpable, por lo que retiró un brazo por debajo de su cabeza y lo llevó a la almohada a su lado, dando unas suaves palmadas en ella. 

— Acuéstate conmigo. 

Y el viajero aceptó. En unos pocos segundos ya se encontraba acurrucado contra el cuerpo del otro hombre, completamente en silencio. Si en la mañana ambos partirían, ahora quería aprovechar todo el tiempo posible para sentir a su acompañante cerca. 

Ya se preocuparía de mañana cuando el momento arribara.

 

 

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— Mona, despierta. 

Silencio. 

— La Signora viene en camino. Va a descubrirte si te quedas aquí. 

Aquello fue suficiente para lograr despertar a la joven usuaria hydro, quien de un sobresalto ya se encontraba sentada en la cama y con los ojos bien abiertos. 

— ¡¿La Signora?! —exclamó asustada, pero antes de que pudiera saltar fuera de la cama fue interrumpida por la risa burlona de su acompañante. 

— ¿En verdad creíste que alguno de los Fatui podría encontrar este escondite? Me hiere que dudes de mí así. 

Mantener una relación secreta con uno de los Fatui más poderosos nunca había entrado en los planes de Mona. Pero el universo suele manejarse de maneras muy extrañas, y un par de encuentros a través de Teyvat con Scaramouche fueron sembrando y cultivando una relación con la cual ambos decidieron llevar adelante, aún a pesar de qué podrían decir sus allegados si llegaran a enterarse de lo que ocurría entre los dos. Mona se aseguraría de mantenerlo en secreto ante todos sus amigos de Mondstadt, mientras que Scaramouche evitaría cualquier sospecha que los otros Fatui dejaran caer sobre él.
Y hasta el momento había resultado bastante bien. 

La joven astróloga conjuró un reloj en el aire utilizando su visión hydro, frunciendo el ceño al darse cuenta de la temprano que era. 

— ¿Siquiera sabes qué hora es? ¿Te parece gracioso despertarme a las seis de la mañana con una broma así? 

Sí, el Fatui podía ser un imbécil a veces, pero ese era parte de su encanto. 

— Ya que estás despierta quiero mostrarte algo. 

— Estoy despierta gracias a alguien, más bien. 

Scaramouche fingió no oírla y se retiró de la habitación sin decir ni una sola palabra. Mona suspiró. Se colocó sus zapatos y siguió al joven hacia donde fuera que la guiaba. 

Su escondite secreto se trataba más bien de una pequeña cabaña construída en una de las costas de Mondstadt, muy lejos de cualquier civilización para evitar que algún transeúnte se la cruzara por casualidad. Mona no había tenido muchas oportunidades de visitarla, las pocas fueron mucho tiempo después de comenzar la relación cuando ambos necesitan un lugar más privado para... bueno, uno sabe. Y generalmente todas aquellas ocasiones transcurrieron durante la oscuridad de la noche, por lo que nunca había tenido la oportunidad de observar cómo eran los exteriores a la pequeña casa. Por eso fue que se sorprendió cuando, una vez se encontró afuera, el vasto mar reposaba justo delante de ella. El sol apenas comenzaba a asomarse, los primeros rayos de luz iluminaban las tranquilas aguas haciéndolas ver de un tono mucho más claro que las que en su vida jamás había visto. 

— Es... hermoso —murmuró mesmerizada, centrando su atención únicamente en el paisaje. 

Scaramouche, quien se encontraba a su lado, avanzó hasta la orilla, se quitó su calzado y lentamente se adentró en el agua, hasta que esta le cubría apenas por debajo de las rodillas. Luego, extendió su mano en dirección de Mona, invitándola a entrar con él. La muchacha obedeció al instante la propuesta. Imitó sus acciones y, una vez en la orilla, tomó la mano y se dejó guiar hasta la misma profundidad que su pareja. 

— Quería que vieras conmigo el amanecer. Nunca habíamos compartido algo así. 

Y tenía razón. Hasta el momento sus encuentros podían definirse como casuales, en donde después de cualquier acto ambos continuaban con su camino sin ver hacia atrás. Ésta era la primera vez que el Fatui hacía un gesto tan romántico con ella. 

Pero su naturaleza fue mucho más fuerte que él. 

Aprovechando que Mona se encontraba hechizada observando el nuevo amanecer, Scaramouche tomó agua entre sus manos y la dejó caer sobre la joven, dejándola mojada en esa mañana fría. Y aún así tuvo wl descaro de reírse de ella.
Mona, molesta por haber sido interrumpida, dio uso a su visión y aprovechó todo el agua que les rodeaba para conjurar una ola que terminó haciendo que Scaramouche cayera en el mar y empapándolo completamente. Ésto irritó al Fatui, quien decidió contraatacar con la mejor habilidad que se le pudo ocurrir en el momento. 

El amanecer había quedado olvidado para la pareja, pero realmente no importaba. Éste seguía siendo un momento que compartían sólo ellos dos, y mira si iban a dejar que el otro le ganara en esa pequeña pelea que se había formado.

 

 

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La guerra había acabado hacía mucho tiempo. Con los arcontes habiéndose repartido todo Teyvat de una manera equitativa, Morax no tenía mucho por lo que quejarse. Sus adeptus le eran fieles y le ayudaban a proteger Liyue de cualquier demonio o fuerza maligna que quisiera sembrar caos en ella, además que los otros arcontes habían quedado en buenos términos con él y, a pesar de que no había forma de contactarlos, sabía que su relación se mantendría así por muchos años más. 

Aún así no podía evitar sentirse algo solitario. 

Durante la guerra, fue el actual arconte anemo quien se había mantenido durante gran parte de ella a su lado. Aún cuando sus aliados y amigos iban cayendo uno por uno, fue él quien decidió continuar apoyándolo y darle la energía suficiente para evitar que se diera por vencido. Ahora tenía a los habitantes de Liyue, sus adeptus, los Yakshas, incluso algunas criaturas de su tierra, mas la presencia de ninguno podía darle el mismo sentimiento que el que le daba Barbatos. 

— Pruebe intentar conectar con él a través de la naturaleza —fue la sugerencia de Xiao—. Usted tiene presencia en la tierra y Barbatos en los vientos, puede que sienta que usted lo esté llamando de esa forma. 

— Estoy seguro que eso nunca ha funcionado —rió Morax—. ¿Cómo podría darse cuenta que soy yo el que lo está buscando? 

— Con todo respeto, creo que nunca ha funcionado porque ningún otro arconte antes lo ha intentado —respondió—. Y si lo que usted me contó sobre su tiempo pasado en compañía del otro entonces no dudo que Barbatos también está esperando a una oportunidad para reencontrarse con usted. 

Si había algo que odiaba era esa estúpida regla que impedía que los arcontes abandonaran la tierra en donde regían. Él mismo había firmado un contrato al respecto, por lo que con más razón se veía en la obligación de acatarla. 

— Puedo intentarlo. 

Finalmente cedió, en parte convencido por el argumento de su adeptus y en otra por su propio deseo de sentir nuevamente a su viejo amigo. 

Fue por eso que se paró en la montaña más alta de Liyue y allí se concentró. Rememoró todos y cada uno de los días que había pasado disfrutando de su compañía. Las noches en las que, no pudiendo dormir debido a las atrocidades que presenciaba, Barbatos había decidido colocarse a su lado y acariciar su cabello hasta que con una suave melodía lograba por fin conciliar el sueño. 
La tierra bajo sus pies tembló ligeramente. Para cualquier otra persona habría sido imperceptible, pero el arconte con sus sentidos más agudos fue capaz de notarlo. Aún así, continuó con su objetivo. 

Por un largo rato no ocurrió nada. Cuando estuvo a punto de darse por vencido y clasificar esta experiencia como un rotundo fracaso fue que sintió la primer ventisca soplar con delicadeza en la cima de la montaña. Una altura en donde no debería haber viento por la presión ejercida, allí se encontraba una corriente de aire meciendo su ropa y sus cabellos con una suavidad que Morax jamás podría confundir en toda su vida. 

Barbatos también lo extrañaba. Podía sentir su presencia casi como si se encontrara al lado suyo. Incluso si se concentraba podía jurar que oía la suave melodía de una lira acompañada de esa canción que tanto amaba oír por las noches cuando no podía dormir. 

Durante una semana se mantuvo en esa cima, meditando y buscando la compañía de su compañero y volviendo a sentirse completo después de mucho tiempo.

 

 

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El Rito de las Linternas daba por finalizado uno de los festivales más importantes de Liyue. Todos en la ciudad se encontraban animados, felices, llenos de energía para bailar y celebrar todo el tiempo que les quedara antes de que terminara el festival y debieran verse obligados a regresar a sus vidas cotidianas. 

Todos a escepción de dos personas en puerto. 

Zhongli apenas había asumido su nueva identidad humana y, por supuesto, aún no se encontraba acostumbrado al poco poder que su cuerpo albergaba. El cambio de poder destruir montañas con solo mover un dedo a tener dificultades para invocar un pilar era bastante extremo, lo podía notar bien cómo se cansaba cuando pasaba más de unos minutos en combate. Ya no poseía la estamina de un dios, tristemente recordaba. 

Pero eso no iba a detener su naturaleza compasiva por los mismos humanos. 

Fue por la petición de una mujer (quien había perdido a su amante aventurero en las místicas montañas de Liyue) que el ex arconte decidió aventurarse más allá de la ciudad, acompañado eso sí de un consternado Xiao que había decidido seguirloal conocer bastante bien el dilema de su situación actual.
El amante de la mujer fue encontrado, monstruos fueron combatidos, Zhongli se encontró en peligro un par de veces debido al cansancio, algunas cuevas se derrumbaron y Xiao salvó el día en muchas ocasiones.
Y aún así, con toda aquella experiencia vivida en solo una tarde, habían llegado a tiempo para presenciar el Rito tal como era su tradición todos los años. 

Fue bajo el brillo de su linterna que el adeptus no pudo callar más sus preocupaciones y terminó enfrentando a su maestro. 

— Podría haber muerto allá afuera. 

Zhongli no respondió enseguida. Una leve sonrisa se hizo presente en su rostro. 

— Pero no lo hice. Estuviste allí para darme una mano siempre que lo necesité. 

— ¡Ese no es el punto! —exclamó más alto de que realmente quería, bajando la voz al instante al sentir las miradas de las personas cercanas a ellos posarse en él—. No es el punto. Sabe que daría mi vida por usted, imagine cómo me siento cada vez que lo veo agotado por el combate, incapaz de moverse, a punto de recibir un hachazo de un mitachurl... —suspiró—. No dudo de su fuerza, pero me preocupa que no esté acostumbrado a ese cuerpo y algo malo pase por confiarse de más. 

Se sorprendió al sentir la mano de Zhongi entrelazarse la suya. 

— Estaría mintiendo si dijera que tus palabras no me traen felicidad, Xiao. Pero también debes entender que esta es la vida que he decidido vivir y el momento de mi deceso también habrá de llegar en algún momento. Sea en una pelea contra simples hilichurls o en la vejez cuando mi cuerpo no pueda más. 

Xiao lo sabía, pero aún así no podía evitar velar por él. Si por él fuera se aseguraría que sólo la última opción fuera la única cuando se tratara de la muerte de su ex arconte. El mayor sintió su preocupación e intentó calmarlo dando una suave caricia con su pulgar en la palma de la mano conectada a la suya. Instintivamente, Xiao escondió su cara en el pecho contrario, tal como lo solía hacer cuando no sabía manejar el trauma de la guerra y debía ser consolado durante largas horas. Imitando los viejos tiempos, Zhongli llevó su mano libre a los cabellos verdes y comenzó a acariciarlos con suma delicadeza. 

— Gracias por todo lo que has hecho por mi, Xiao —susurró en su oído—. Aún en esta otra vida eres el único que deseo que siga a mi lado. Quiero que mi deseo sea que lo continúes estando por muchos años más. 

El brazo libre del menor abrazó su figura y se aferró a su ropaje. Aún si no había respondido, Zhongli sabía bien que estaba de acuerdo con lo que pedía. Su rostro fue elevado ligeramente para que el ex arconte pudiera depositar un suave beso en su frente, el cual contestó con una ligera sonrisa. 

No tenía por qué hacerlo su deseo. Por voluntad propia Xiao se aseguraría de mantenerse a su lado hasta el fin del mundo.

 

 

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Organizar el pequeño picnic fue la parte fácil. Llevarlo a cabo la difícil. 

Primero y principal, Klee, quien había sido la mente maestra de la pequeña reunión, no había terminado aún su castigo en la sede de los Caballeros de Favonius pero no iba a dejar que eso la detuviera. Con una simple explosión en la parte lateral del edificio la pequeña se encontraba nuevamente libre y lista para acudir al lugar acordado antes de que se hiciera más tarde del horario dispuesto. 

Diona se había escabullido de sus labores en la taberna Cola de Gato, olvidando completamente de avisarle a Margaret sobre sus planes y dejando a una muy preocupada jefa detrás. 

Sayu se encontraba en un dilema muy similar. Como parte de su trabajo de ninja había sido enviada a las tierras de Liyue con un claro objetivo, pero de un momento para otro sus compañeros se encontraron con su espacio vacío y, creyendo que se había metido en problemas, comenzaron a buscarla por todos lados. 

En cuanto a Qiqi sólo debía huír de Hu Tao. Al inicio había simplemente salido desde la farmacia Bubu para encontrarse con el resto, pero cuando la joven usuaria pyro notó que se encontraba sola no quiso desaprovechar la oportunidar para cazarla y enterrarla de una vez por todas. 

Y aún con todos los improvistos las cuatro niñas lograron reunirse en la cima de una pequeña montaña entre las naciones de Liyue y Mondstadt, en donde se podía ver claramente todo el paisaje y aún más se podía apreciar mejor ambas ciudades.
Con una manta extendida debajo de ellas, cada una retiró lo que debía de llevar a su encuentro. Klee depositó los pasteles en una esquina; Diona dejó cuatro cantimploras repartiéndolas entre todas, llenas de bebidas no alcohólicas por supuesto; Qiqi abrió su cesta y colocó los platillos con diversos aperitivos que Baizhu le había ayudado a preparar; mientras que Sayu por su parte fue quien llevó la manta y la pequeña sombrilla, así que quedó exenta de aportar cualquier comida. 

Y fue así que pasaron una divertida tarde entre las cuatro. Jugaron con las bombas de Klee, Qiqi se hizo amiga del señor Dodoco, Sayu cayó dormida un par de veces y Diona fue víctima de un par de caricias en sus orejas y cola en más de una ocasión.
Su reunión se vio abruptamente interrumpida con la llegada de medio Teyvat, o mejor dicho todos quienes estaban preocupados por la desaparición de las chicas. 

— ¡Dodoco y yo salimos a jugar! —fue la excusa de Klee cuando Jean se aseguró que la pequeña no se escaparía a ningún otro lado. 

— No tengo que dar ninguna explicación a alguien como tú —se cruzó de brazos Diona al ver a su padre preocupado (y borracho) en frente de ella, habiendo llegado con Margaret a buscarla. 

— ¿Eh? ¿Ya es hora de volver a Inazuma? —preguntó Sayu aún medio dormida, mientras que sus compañeros celebraban que no iban a morir por haberla perdido de vista. 

— Me ocupé de Hu Tao en el camino, no tienes que preocuparte por ella por un tiempo —habló en cambio Baizhu, a lo que Qiqi simplemente asintió y decidió seguirlo en silencio. 

Sin duda fue una tarde que debían repetir pronto.

 

 

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Que Venti, Rosaria y Kaeya se reunieran en su taberna para perder la consciencia a base de tomar litros de alcohol no era fuera de lo común. Que Venti y Rosaria lo hicieran sin él por supuesto que lo era.

Cuando Kaeya entró al bar, se sorprendió de ver a sus dos compañeros tomando sin él, bastante intoxicados por lo que podía notar, y conversando en voz baja a lo que se asemejaba más a un susurro. Buscando venganza por haber comenzado en su ausencia, en silencio se sentó al lado del bardo y se sumó a la conversación. 

— ¿Por qué estamos susurrando? —bromeó, colocando una mano al lado de su boca para evitar que su voz se oyera más allá de su mesa. 

Ninguno de los dos lo reconoció. Al parecer habían bebido lo suficiente como para tener la vista borrosa, puesto que se lo habían confundido con otro borracho local. 

— Hablábamos del... parche de Kaeya —Venti tenía dificultades para hablar, teniendo que detenerse a la mitad por el hipo que lo invadía—. ¡Pero no le digas! No sabemos si es sensible respecto al tema. 

El nombrado sólo musitó un "ooh", curioso por la charla. ¿Así que estaban hablando de su parche? Era sabido que la gente era bastante curiosa en ese tema, por lo que en más de una ocasión inventó diversas historias para despistar a quienes le interrogaban. No había persona alguna en Mondstadt que supiera cómo se veía debajo- 

— Podríamos preguntarle a Diluc —propuso Rosaria—. ¿Él y Kaeya no están teniendo sexo después de todo? Debería haberlo visto sim nada puesto. A menos que sea un fetiche no sacarse el parche... 

Si hubiera estado bebiendo, de seguro habría escupido todo en la mesa. ¿Él y Diluc? ¡¿Teniendo sexo?! Sí, era su fantasía y en los últimos años todos los intentos de terminar en la cama del pelirrojo fueron en vano, pero aún así escucharlo tan abiertamente desde la boca de alguien más no dejó de sorprenderlo. 

— ¡Sí, sí! —afirmó el bardo como si su vida dependiera de ello—. ¡Todo Mondstadt los oye hacer sus cosas! Y luego tienen la decencia de mentir diciendo "solamente estábamos entrenando" —intentó imitar la voz grave de Kaeya. 

En serio, realmente estaban entrenando. 

Kaeya en general no tenía problemas con este tipo de temas. Se consideraba una persona bastante abierta e incluso algunos lo describían como coqueto; pero el verdadero problema recaía en que Diluc podía oír su conversación y todo el trabajo que venía logrando con el objetivo de seducirlo se iría por el caño. 

— ¿De qué podrían estar hablando tres borrachos tan temprano en un jueves por la tarde? 

Y como si hubiera sido invocado, el hombre de la noche apareció. Por cómo se encontraba cruzado de brazos y con ceño fruncido podía notarse que estaba molesto. En específico, molesto con los tres borrachos de siempre. 

— ¡Diluc! Justo estábamos hablando de ti —celebró Venti, a pesar de las señas que le enviaba Kaeya para que se callara. 

— ¿De mí? —por el rabillo del ojo pudo ver cómo Kaeya era el único sobrio del grupo, y por sus expresiones dedujo que la conversación trataba un tema del que no estaba muy de acuerdo. Aprovechando cualquier oportunidad para molestarlo, dedició seguirles el juego—. ¿Qué decían sobre mi? 

— ¡Deja de cojer tanto con Kaeya! —exclamó Rosaria golpeando la mesa con su puño, visiblemente molesta—. ¡Podemos oír sus gritos y gemidos desde la catedral! 

Tanta fue la sorpresa de Diluc que involuntariamente dio un paso hacia trás. Definitivamente esa era una de las cosas que menos esperaba oír.
El rostro de Kaeya ahora se encontraba dos tonos más oscuros gracias al rubor que lo cubría. Diluc también se avergonzó un poco por el comentario, pero ver al moreno así era una oportunidad que no se daba muy seguido y estaba decidido a exprimirla al máximo. 

— ¿Así que ya lo saben? —preguntó, y el peli azul volteó a verlo con los ojos bien abiertos. Oh, cómo iba a disfrutar ésto—. Lamento cualquier inconveniente que haya surgido. Siempre le digo que debería bajar la voz, pero es de los que prefieren gritar si saben a lo que me refiero. 

Kaeya hundió la cabeza en la mesa, queriendo desaparecer. Los dos borrachos lo ignoraron por completo. 

— Y eso que no tienen idea de todos los fetiches que me obliga a cumplirle en la cama —fingió sollozar—. ¡Sogas, velas, látigos, cuero, incluso collares y esposas! 

Antes de que la conversación pudiera ponerse peor, Venti y Rosaria tuvieron que excusarse porque tanto alcohol ya había comenzado a marearlos y sentían que en cualquier momento vaciarían su estómago encima de la mesa. Y preferían seguir con entrada permitida a la taberna, por lo que juntaron sus cosas y en medio del tambaleo abandonaron el lugar.
Kaeya levantó la vista desde su lugar, encontrándose con un Diluc observándolo con una sonrisa presumida. 

— Te odio. 

— Lo dices como si no quisieras que todo lo que dije fuera verdad —el pelirrojo le guiñó el ojo—. ¿O es que ya no quieres seguir cortejándome? 

El moreno se irguió ante esas palabras. ¿Entonces realmente Diluc sí estaba consciente de todos sus avances y simplemente había fingido ignorancia? 

— Vuelve a intentarlo después de mi turno, quizás esta vez te sorprenda el resultado. 

Y sin decir otra palabra se marchó hacia la barra dispuesto a continuar con su trabajo. 

Kaeya se quedó sentado, solo, durante unos instantes más. Consideró pedir una jarra de cerveza pero decidió no hacerlo, seguramente querría estar sobrio para lo que le deparaba esa noche.

 

 

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— Vamos Xiao, no arruines esto. No lo arruines... 

El adeptus se repetía una y otra vez como si de un mantra se tratase. Esta era la primera vez que Lumine lo había invitado a -lo que él esperaba que fuera- una cita en la cima de Espinadragón. La viajera regresaba a Liyue después de varias semanas varada en Inazuma, y apenas llegar había buscado a Xiao diciéndole cuánto lo extrañaba y qué feliz estaba de volverlo a ver. Y con la misma emoción fue ella quien le pidió encontrarse en la montaña nevada, dispuesta a pasar más tiempo con el guardián en una ocasión especial.
No podía salir mal, pensaba con confianza. Estaba acostumbrado a la montaña, la conocía de pies a cabeza y sabía perfectamente qué sitios podían serle de interés a la viajera a pesar de que ella también la conocía casi por completo. 

Lo que no se esperaba era que, ni bien llegar al punto de reunión, la rubia lo esperara con ropas bien abrigadas, abrazando dos tablas de snowboard y una mirada llena de ilusión. 

— ¡No sabes cuánto esperaba ésto! —exclamó emocionada, prácticamente empujando una de las tablas contra el joven adeptus—. Me moría de ganas por volver y probar hacer snowboarding. El ver tanta agua en Inazuma me hizo darme cuenta que nunca aproveché la nieve de esta montaña al máximo, ¿no lo crees? 

Xiao simplemente asintió, algo anonadado. Nunca en su vida había probado algo como esto. ¿No era peligroso? La cuesta abajo estaba repleta de árboles, piedras ocultas por la nieve y enemigos en todos lados. No le parecía una tan buena idea. 

— Hagamos una carrera hasta abajo —le retó—. ¡El perdedor deberá cumplir lo que el ganador le ordene por todo un día! 

De repente se convirtió en la mejor idea del mundo. 

Utilizando su energía adéptica conjuró unos lentes para la nieve y rápidamente se los colocó. Puso la tabla en su lugar y tomó posición en la línea que Lumine había dibujado para marcar la salida. 

— Intentaré no ser tan duro contigo —bromeó, sonriendo de lado. 

Lumine también se posicionó en la salida, llena de emoción por la carrera y el desafío que conllevaba. 

— ¡Espero que estés listo para ser mi sirviente durante todo un día! 

Y con un rayo cayendo delante de ellos que había sido conjurado con la habilidad electro de la viajera, ambos emprendieron la cuesta abajo.
Definitivamente no se permitiría perder con un premio así.

 

 

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"Llevame contigo" 

Bennett Tartaglia 

Tartaglia era una persona peligrosa. Todos los Fatui lo eran. Cuando las personas se enteraban de su ocupación eran lo suficientemente inteligentes como para alejarse y evitarlo cada vez que sus caminos se cruzaban. Así había sido siempre, y estaba bastante seguro que así se iba a mantener. 

Al menos eso creía hasta que en una de sus excursiones a Mondstadt su aventura lo hizo cruzarse con un chico de cabellos rubios, cubierto de heridas y quemaduras en todo el cuerpo y con un espíritu inquebrantable. 

Al principio había sentido lástima. Al igual que él, Bennett (aprendería nucho después su nombre) era una persona bastante solitaria. Mientras que Tartaglia era una mezcla de alejarse de las personas debido a su posición y que ellas se alejaran al saberla, en el caso de Bennett era el resto del mundo que había decidido no acercárcele por una fama de "mala suerte" que había cosechado. Sí, tenía un par de amigos, pero más que reconfortarlo su presencia servía para recordarle que aparte de ellos eran pocas las personas que estaban ahí para él. 

Y aún así eso no hacía flaquear su voluntad ni disminuía su ansia de aventura. Siempre recibía a todos con una sonrisa, aún cuando era víctima de malos tratos o insultos muy poco disfrazados. Quizás esa era la cualidad que Tartaglia más envidiaba de Bennett: su capacidad de mantenerse positivo aún teniendo todo el mundo en contra. 

La vez que lo salvó de una horda de slimes comandados por hilichurls fue el primer de muchis encuentros. El menor inmediatamente quiso hacerse su amigo y en más de una ocasión lo había invitado a formar parte de su equipo de aventuras. Siendo lo más amable posible, Nobile declinó la oferta y le aseguró que ese ascto había sido cosa de una única vez. Que estaría mejor sin relacionarse con alguien como él, llevaba una vida llena de enmigos y peligros sin cesar. Cuando Bennett rió y dijo que era lo mismo para él creyó que simplemente bromeaba.
Cuando en su estadía en Mondstadt salvó al rubio en más ocasiones de las que estaba dispuesto a admitir comenzó a creer que quizá no era tan falso como creía. 

Luego de haberlo rescatado de un dominio que casi se derrumba encima de sus cabezas Tartaglia decidió que la mejor manera de tener un ojo encima sobre él era acompañarlo en lo que quedaba de su aventura actual. Bennett no se negó a su compañía. Era agradable viajar con alguien después de tanto tiempo haciéndolo solo. El sólo hecho de tener alguien a quien decirle "buenas noches" antes de acampar parecía un sueño hecho realidad.
A Nobile no le importaba su mala suerte. Más bien le parecía divertida, un reto, siempre se encontraba a la expectativa de qué podría ocurrir y superar el nuevo reto con emoción. Tartaglia era una persona que amaba el peligro después de todo. 

Su equipo no oficial funcionó de maravilla por una semana. Durante las noches mientras Bennett dormía, Tartaglia se aseguraba de escabullirse en silencio para completar su propia misión que la Tsaritsa le había encargado. Para cuando el rubio había encontrado el tesoro que tanto había sufrido para buscarlo, el pelirrojo también había dado por terminada su misión secreta. 

— ¡Llévame contigo! 

Las palabras de Bennett lo dejaron atónito. Sí, era cierto que ambos se habían encariñado con el otro estos siete días que habían pasado juntos, pero no sabía que Bennett estaba dispuesto a abandonar su propia tierra para acompañarlo de regreso a Snezhnaya, algo totalmente nuevo y desconocido. 

— Yo... —no sabía bien qué decir—. ¿Estás seguro? ¿No prefieres quedarte en Mondstadt? Aquí está todo el mundo, tus amigos, tu hogar- 

— ¡Quiero ir contigo! —exclamó nuevamente. Tomó las manos de Tartaglia entre las suyas y entrelazó sus dedos—. Siempre quise conocer más allá de Mondstadt, y siento que ésta es la perfecta oportunidad. 

Aún así Tartaglia dudaba. Al percatarse de ésto el rubio retomó la palabra. 

— Eres de las pocas personas que no temen quedarse cerca mío, aún cuando la mala suerte puede afectarme de las peores formas posibles. Esta semana de aventuras fue la mejor que he tenido en toda mi vida y no quiero que se acabe pronto —soltó una risa nerviosa—. No sé si tendré una mejor oportunidad para explorar tierras extranjeras que ésta, ¡No quiero desaprovecharla! Jamás había conocido una persona tan increíble como tú. 

Solo alguien como él sería capaz de decir algo así respecto a Nobile. Nunca se habría imaginado que en su misión a Mondstadt terminaría formando un lazo con alguien tan amable y afectuoso como Bennett. Y muy dentro suyo, sentía que no lo merecía. 

— Mi trabajo no es lo que parece- es muy peligroso, y, y... —soltó un suspiro—. No querría que nada malo te pasase. 

Creyó que el rubio tomaría en cuenta sus palabras y cambiaría de opinión, pero se sorprendió de oírlo reír con viveza. 

— ¡Eso ocurre todo el tiempo! Quisiera al menos poder elegir dónde y con quién va a ocurrirme. 

Tartaglia no pudo evitar también soltar una risa. No importaba lo que dijera, Bennett no cambiaría de opinión. Y honestamente, él tampoco quería que lo hiciera. 

— Vas a amar Snezhnaya —comenzó a relatar, emocionado por que conozca su ciudad natal—. Es algo fría, pero las personas son súper amables y cálidas en el interior- 

Una de sus manos la había soltado para hacer dibujos en el aire a la par que le contaba con todo lujo de detalles cómo era su ciudad y qué podría encontrar allí. La otra, mientras tanto, se mantuvo entrelazada con la del rubio durante mucho rato más. 

Qué bien se sentía tener un compañero de aventuras.