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Genshintober

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A pesar de su apretada agenda trabajando como uno de los Fatui, Tartaglia siempre encontraba un espacio para disfrutar de la ciudad. Liyue era muy diferente de su querida Snezhnaya, aquí la gente era más relajada, animada incluso; al parecer no vivir en un clima extremadamente helado ayudaba a que las personas no se comportaran de manera fría y hasta mostraban hospitalidad con extranjeros completamente extraños como él. Y si algo debía de sumar definitivamente se trataba de todas esas interesantes personas que tuvo la oportunidad de conocer en su estadía. Pronto debería regresar a reportarse con la Tsaritsa, y seguramente ser reasignado a otra misión muy lejos de estas tierras. Aún si fue poco el tiempo aquí, no podía estar más contento con la experiencia. 

Por supuesto dejando de lado el ataque que lideró y logró casi destruír toda la ciudad y matar a cientos de personas. Pero bueno, nadie es perfecto. 

Habiéndose despedido de las pocas relaciones amistosas que había logrado conseguir (véase: Zhongli), Tartaglia decidió dar un último adiós a esas tierras acampando por una última noche en la cima de una de las montañas más altas de la región. Solo, en la oscuridad de la noche, rodeado de la mística naturaleza, tal como estaba acostumbrado a convivir. Quizás fue por eso que se sorprendió de notar la presencia de alguien más sentándose a su lado, justo al borde de la cima, observando todo el paisaje tal como él lo había estando haciendo hace unos instantes. 

— ¿Te vas sin despedirte? —preguntó Aether con una leve sonrisa. 

Y Tartaglia suspiró. Si no lo había hecho era porque -muy dentro suyo- creía que despedirse del viajero aquí y ahora significaría despedirse de su extraña amistad. Aún si regresaba a Snezhnaya, quería mantener la ilusión de que su vínculo jamás se transformaría en enemistad, y para eso necesitaba que las cosas se mantuvieran como ya estaban. El decir adiós rompería esa frágil realidad imaginaria. 

— ¿Cómo te enteraste que estaba aquí? —decidió preguntar, evitando el tema. 

— Zhongli me lo dijo —respondió—. Luego Xiao en la posada Wangshu dijo que te había avistado caminando por esta zona. Supongo que cruzarme sí fue un poco de suerte, como sabrás Liyue no es nada pequeño. 

El Fatui rió por lo bajo. 

— O mejor dicho: cruzarte conmigo fue parte del destino —guiñó un ojo. 

Aether apartó la vista, levemente sonrojado. 

— ¿Qué pasa? ¿De repente el gato te comió la lengua? —intentó bromear, pero al no recibir respuesta decidió que cambiar de tema era lo indicado—. A todo esto ¿dónde está tu pequeña compañera? Esa que te sigue a todos lados como si fuera tu sombra. 

— Paimon se quedó en la posada —regresó a verlo, aún un poco avergonzado—. Como es tu última noche aquí quería que esto fuera un poco más especial... Y personal. 

Casi no pudo oír las últimas palabras, pero agradeció a su oído entrenado que le permitió escucharlas. La sonrisa que tenía dibujada en el rostro no hizo más que agrandarse. 

— Aww, el tierno Aether quería pasar una noche de calidad con su Fatui favorito. De haberlo sabido podríamos disfrutar de una linda velada en la cama de la posada en lugar de sufrir las picaduras de mosquitos aquí afuera. 

Si el rostro del rubio pudiera ponerse más rojo, definitivamente lo habría hecho. Creyendo que ya eran suficientes bromas, Tartaglia decidió poner su atención el cielo estrellado. 

— No es diferente de Snezhnaya, ¿sabes? El cielo, me refiero —Aether lo observó un instante, antes de imitar su acción—. Quizás si cierro los ojos puedo imaginar que estoy de regreso en casa... Junto a mamá, papá, mis hermanos... Contigo; cenando uno de los platillos que papá solía hacernos cuando les iba bien en el trabajo—rió con un deje de tristeza—. Pero supongo estoy siendo avaricioso ¿verdad? 

El viajero no respondió. Por el rabillo del ojo, Nobile notó que buscaba algo en su pequeña mochila, y solo supo qué era cuando lo colocó encima de sus piernas. 

— ¿Qué es esto? —inquirió confundido. 

Una delicada caja azul le regresaba la vista. La tomó cuidadosamente y la acercó a su oído, sacudiéndola un poco para oír su interior e intentar adivinar su contenido. 

— El camino a Snezhnaya es largo, así que pensé que te gustaría tener algo para comer en el trayecto. 

— Ooh, esto se siente como si fueras mi esposa —nuevamente se deleitó al ver el rostro de vergüenza de Aether—. Pero... gracias. Esto es más de lo que han hecho por mi en mucho tiempo. 

El rubio escondó su ardiente rostro entre sus manos. El Fatui aprovechó esto para palmar suavemente su pecho, en busca del collar que siempre llevaba puesto, bien osculto y asegurado debajo de toda su ropa. Con sus dos manos lo desató y sostuvo durante un momento, observándolo por última vez. 

— Y esto es para ti —ecidentemente Aether no esperaba recibir nada a cambio, así que en su sorpresa simplemente aceptó el objeto y no fue hasta tenerlo en sus manos que supo qué era. 

— ¿Esto es... un cristal? —lo observó detenidamente—. No, ¿un collar? 

— ¡Exactamente! Es un regalo de mi parte. En Snezhnaya es descortés ser el único que recibe un regalo, por más pequeño que sea —continuó—. Este es un cristal común de mi pueblo natal, lo encontré yo mismo cuando era niño —lo señaló—. Y esa cadena —cambió su objetivo—, fue hecha a mano por mi madre. Las manualidades siempre fueron su hobby preferido. 

— ¡Es un objeto con mucho valor! —exclamó Aether—. ¿Estás seguro que quieres dármelo? 

— ¡Por supuesto! No hay nadie mejor en esta tierra para tenerlo. Y si lo ves y te hace pensar en mi ¡aún mejor! 

Lejos de avergonzarle, esas palabras lo hicieron sentir cálido por dentro. Acercó el cristal y suavemente lo reposó contra su pecho, aciriciándolo con sus manos para memorizar su forma al tacto. 

— Entonces voy a atesorarlo para siempre —sonrió—. Esto será prueba de nuestro vínculo inquebrantable. Te necesito, Tartaglia. No quiero que tu regreso a Snezhnaya destruya lo que logramos contruír. 

Dejó de sostener el pendiente con una mano y lentamente la llevó hacia donde Tartaglia reposaba la suya, colocándola encima suavemente. 

— Pero la próxima que nos encontremos verás que mi próximo regalo será algo más valioso y personal que esto. 

— ¿Qué planeas hacer para superarme, ofrecerme tu mano en matrimonio? 

Con la risa de Tartaglia llenando el ambiante y las estrellas brillando sobre ellos, los dos jóvenes pasaron el resto de la velada disfrutando de la compañía del otro. 

Al amanecer, el Fatui ya se había marchado.

 

 

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