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Naoya tomó una respiración profunda, tratando de calmarse, en vano. Se quitó la chaqueta de la escuela, dejándola caer torpemente, con dedos temblorosos sobre el suelo, el sudor corriéndole desde la nuca hasta el centro de la espalda mientras los ojos verdes, ilegibles de Toji le seguían a cada centímetro, como si estuviera esperando a que huyera.

—¿No vas a usar lo que compraste? —dijo de repente, la voz dura y grave haciéndole pegar un salto en su sitio—. Tú querías esto. Ahora úsalo.

Naoya aspiró otra bocanada de aire, ruidosa, pasando a través de sus dientes con un silbido, el plug en su culo moviéndose y reajustándose en el momento en que dio dos pasos fuera de donde estaba de pie, de espaldas hacia la puerta. El apartamento de Toji era una madriguera, un cuchitril no mucho más grande de lo que alguna vez tuvo en la casa Zenin, los bombillos amarillos haciendo todo lo que podían para iluminar las habitaciones permanentemente cerradas, con las cortinas corridas. Un chiste, pensó, al fondo de su mente, considerando que vivía en un último piso, considerando que nadie nunca iría a buscarlo, que incluso si lo buscaran nadie nunca sería un problema para él, ni matones corrientes, ni la yakuza, ni el resto de los Zenin.

Naoya avanzó otro paso, mordiéndose el interior de la boca. Toji mantenía los brazos cruzados, mirándolo hacia abajo, siempre hacia abajo, como la primera vez, tan abiertamente indiferente, aburrido con su presencia que, incluso si Naoya tuviera solo una pizca de ingenuo, no le costaría terminar de entender que lo estaba menospreciando.

Pero Naoya no era estúpido.

Él sabía que no eran iguales. No ahora. En una lucha de fuerzas no tendría ni la más remota oportunidad. Toji le ganaría, por supuesto que le ganaría, podría haberlo matado ahí mismo, hace mucho, si quería, y el solo pensamiento mandó un ramalazo de electricidad por toda su espalda, haciéndolo trastabillar y casi caer de cara sobre la alfombra barata, como si otra vez fuera un niño deslumbrado por la presencia cruda de Zenin Toji, ese al cual el clan entero se atrevió a despreciar.

Eran unos imbéciles, todos. Incluso Naobito. Naoya tenía quince ahora, pero sentía como si hubiera sido el único con los ojos lo suficientemente abiertos en esa casa por años, el único capaz de darse cuenta de lo que se estaban perdiendo, lo que estaban dejar escapar.

Algún día sería como él.

Algún día estaría con él.

El cuello de la camisa le picaba, y los dedos le fallaron dos veces antes de sacársela de la cintura del pantalón.

—¿Ya sabes qué le vas a decir a Naobito cuando se entere que su mocoso gastó dinero del clan para venir a follarse al desgraciado al que expulsaron? —preguntó Toji, dejando caer los brazos a ambos lados del cuerpo, como si el solo pensamiento le causara un montón de risa.

Naoya frunció el ceño, chasqueando la lengua, el arete estrellándose contra sus dientes con un sonidillo apenas audible.

—No necesita saberlo. Además —ladró, plantándose frente a él, echando la cabeza hacia atrás para poder verle bien el rostro—, yo seré el siguiente líder; ese dinero es mío. Puedo hacer lo que me dé la gana.

Toji se pasó la punta de la lengua por encima de la cicatriz, como si fuera un hábito, y Naoya sintió como si su cuerpo entero estuviera en llamas.

Estar frente a Toji, después de tantos años, era tan diferente a lo que hubiera imaginado y, al mismo tiempo, exactamente como lo recordaba. Abrumador. Apabullante. El corazón le latía como si quisiera salírsele, como si apenas pudiera aguantar el ritmo con el que corría la sangre en sus venas. Desde el momento en que Naoya supo que podía hacer esto, que Toji tomaría cualquier trabajo que le dieran, desde matar algún hechicero corriente, o follarse a un desconocido en un hotel cualquiera de Shinjuku, por la cantidad de dinero suficiente, era como si no pudiera respirar bien, como si estuviera ahogándose.

Lo dejó mareado, saber que podía cumplir lo que más quería en el mundo, por encima de todo.

El clan Zenin tenía dinero qué gastar. Naoya podía gastarlo, todo lo que quisiera, todo lo que le diera la gana; después de Naobito, él era el señor de la casa. Incluso sus hermanos y sus tíos eran todos unos inútiles, unos idiotas, siempre por debajo de él. Naoya podía hacer lo que quisiera. Gastar lo que quisiera.

Toji era un Zenin, también, así que ese dinero le pertenecía, de todas maneras. A Naoya no le importaba una mierda cómo se hiciera llamar ahora, ni el apellido de ninguna mujer que hubiera estado a su lado. Estaba muerta ahora. Ellos compartían la misma sangre, siempre lo harían, y eso los unía más que cualquier papel o vínculo barato que pudieran darle en alguna oficina.

Naoya debería estar en la escuela técnica de hechicería en ese preciso momento.

—No dejes que se desperdicie, entonces.

Naoya supo que se estaba burlando. Como si pudiera verlo todo, el temblor de sus dedos, el sudor corriéndole por el cuero cabelludo y escurriéndosele por la sien, como si pensara que al final se acobardaría y diría que no. Subestimándolo. Como si Naoya le tuviera miedo.

Se puso de puntillas, echándole los brazos sobre los hombros, pasando los dedos por el cabello negro, mal cortado y tirando de él un puño, ni de cerca tan duro como para decir que estaba jalándolo. Los ojos verdes de Toji se mantuvieron fijos, inescrutables, desapareciendo en el momento en que Naoya cerró los ojos, pasando la lengua sobre sus labios cerrados, desde la comisura derecha hasta la izquierda, el primer contacto con la cicatriz sabiéndole a un sueño.

—Toji-kun —suspiró, murmurando las palabras entre dientes.

Naoya estuvo deseando este instante, todos los días, desde que tenía ocho años.

Toji no se movió, y Naoya aprovechó el momento para tocarlo, para tomar otra respiración profunda y aprenderse su olor de memoria, jadeando en voz alta cuando el aroma áspero y masculino le llenó los pulmones, entumeciéndole el cerebro. Arrastró las manos por su cuerpo, músculo duro y firme amoldándose contra sus dedos, hundiéndose en sus pectorales, ahí donde Naoya quería enterrar los dientes y ver florecer marcas rojas de su autoría. Gimió, el pensamiento dejándolo débil, estúpido, sosteniéndose a los brazos de Toji y frotándose contra su muslo derecho, el movimiento haciendo que el plug apretado en su agujero se meciera al mismo tiempo.

—Toji-kun —gimoteó, restregando la cara contra su cuello—. Toji-kun.

La primera vez que Naoya se masturbó, fue pensando en Toji.

Estaba tan vergonzosa, aterradoramente excitado. Toji estaba ahí, justo ahí, debajo de sus dedos, contra su cuerpo, y Naoya sintió como si la lujuria pudiera aplastarlo en una avalancha, como si fuera a dejarlo ciego. Clavó las uñas en uno de los bíceps de Toji, la verga doliéndole, restregándose ferozmente en su muslo, incrédulo con lo ridículamente fácil que sería correrse ahí mismo, acabando en sus pantalones. Era un milagro que todavía no lo hubiera hecho.

Estaba ardiendo, quemándose desde adentro, listo para estallar.

Alzó los ojos, mirando a los de Toji, que le devolvió el gesto sin inmutarse. Ni siquiera parecía interesado. Le miró de vuelta, pestañeando lánguidamente cuando Naoya abrió la boca y gimió en voz alta, el plug moviéndose y rozando su próstata de forma exquisita.

—Toji-kun —balbuceó, viéndolo a través de ojos vidriosos—. Por favor.

Naoya estaba a punto de acabar, y Toji ni siquiera le había puesto una mano encima.

Pasó un segundo. Dos, tres. Naoya se mordió los labios, sin parar de restregarse, sin dejar de mirarlo, y entonces Toji lo apartó de un solo empujón, fuerte como el choque de un auto contra su pecho, haciéndolo caer al suelo. Naoya se mordió la lengua, tragándose el chillido que estuvo a punto de subirle por la garganta, quedándose atrás cuando los dedos de Toji se cerraron en su cabello en un puño y jalaron de él, arrastrándolo. Naoya fue, tambaleándose, jadeando pesadamente por la nariz en un intento de aclarar su mente embotada de sexo y el olor de Toji, todavía en la punta de la lengua. Estaba tan duro dentro de su ropa interior que casi no podía pensar, además de que el plug, golpeándole la próstata durante horas, dejándolo al borde de la hipersensibilidad, acumulándose todo el trayecto desde la casa Zenin hasta aquí, no ayudaba en nada.

Aquello no duró demasiado. No se movieron mucho, tampoco, solo lo suficiente para que Toji se sentara al borde de la cama, soltándolo inmediatamente y dejándolo caer otra vez, mal acomodado en el espacio entre sus piernas.

—Naoya.

Naoya levantó la cabeza. Toji seguía ahí, mirándolo desde arriba, siempre desde arriba. La luz artificial de las bombillas le daba un color extraño al verde de sus ojos, como café, sucio, diferente al que conocía por tantos años y se había aprendido de memoria.

—Esto es lo que querías, ¿no?, ¿por lo que pagaste? —preguntó, abriendo mejor las piernas. Fue entonces que Naoya notó, realmente notó dónde estaba, la tela negra de los pantalones de Toji y las rodillas a cada lado de sus hombros, acorralándolo. Dejándolo al alcance de su mano—. Entonces haz lo que viniste hacer.

Era obvio lo que quería decir. Los ojos de Naoya volaron al bulto en su entrepierna, enorme, los dedos picándole por tocar, la boca ardiéndole de solo imaginar poder probarla. Aun así, frunció los labios, incapaz de acercarse, las palabras de Toji dando vueltas dentro de su cabeza, resonando como la sirena de una ambulancia. Otra vez estaba ahí, ese tono burlón, como si Naoya fuera un mocoso, como si estuviera empujándolo a que se rindiera, como si eso es exactamente lo que esperara. Como si en algún momento Naoya fuera a darse cuenta que todo esto era demasiado para él, un capricho mal cumplido llevado a cabo, como si él tuviera otra vez ocho años y no pudiera soportar una conversación de adultos luego de haberse metido a empujones y codazos en el asunto.

Le daba tanta rabia, y asco. También lo excitaba demasiado, más de lo que podía expresar.

Toji lo miró como si supiera exactamente lo que estaba pensando, como si eso le divirtiera aún más. Naoya resopló, llevando ambas manos al cinturón del pantalón ajeno, ignorando el temblor de sus dedos mientras lo soltaba rápidamente, jalando de él y quitándolo de su camino. Arrastró la mano por encima del bulto, sintiendo la verga oculta por la tela áspera y corriente del pantalón, mordiéndose la lengua para evitar suspirar cuando la promesa de su piel caliente y sedosa le arrebató el poco juicio que había recuperado. Ansioso, repentinamente desesperado, Naoya dejó ir su fachada, inclinándose hacia adelante, restregando la mejilla ahí, suspirando, encantado, dejándole un beso a la polla palpitante por encima de la tela.

Otra vez, con la misma fuerza de antes, se dio cuenta de cuán diferente eran las cosas ahora de todo lo había imaginado hasta ahora. Eran mejor, mucho mejor. Incomparable. Podría quedarse ahí, toda la vida, con su cara contra la verga de Toji, y no le importaría.

Y de verdad que lo haría, claro que lo haría, si pudiera, pero eso no es para lo que estaba allí. Tampoco era lo que Toji quería. Así que, resuelto, Naoya se echó para atrás, tomando la cintura del pantalón con ambas manos y tirando hacia abajo, un poco, solo lo suficiente para liberar su polla, gruesa y dura, enorme, encontrándose cara a cara con ella.

Naoya tuvo que detenerse un momento para tomar aire, duro, el nudo en su boca seca atorándosele en la garganta.

—¿Asustado?

—No soy virgen —escupió en respuesta, intentando que su voz sonara tan dura como su resolución.

Toji resopló, lleno de desdén.

—Eso no es lo que pregunté.

Era la verdad: Naoya no era virgen. Había follado con cada desgraciado del clan al que pudiera ponerle las manos encima, cualquiera que se viera decente, preparándose para este momento. A Toji no le serviría de nada un virgen mojigato, incapaz de demostrarle que valía la pena, que era capaz de pararse a su lado como iguales, ambos. Pero también, Naoya fue un estúpido; ninguno de esos hombres, ninguno de los extraños sin rostro con los que folló podría compararse nunca con Toji, y él más que nadie debería saberlo. Sacudió la cabeza, otra vez, sintiéndose un imbécil.

Naoya se echó hacia delante de nuevo, pasando la lengua por toda la longitud de la verga frente a él, gimiendo desde el fondo de su pecho cuando el sabor fuerte y salado estalló en su boca, nublándole los sentidos. Hizo lo mismo, otra vez, y luego otra, y otra, tomando la polla en su mano derecha y cerrándola en un puño, bombeando de arriba abajo. Cerró los labios alrededor de la cabeza, estirando la boca tanto como podía, apenas cubriendo lo suficiente para poder llamarlo un beso, pero no le importó, oh, de verdad que no le importó. Chupó un poco, como pudo, tragándose la punta gorda, sorbiendo las gotas de pre semen y cerrando los ojos, abrumado con la violencia en que eso parecía crear una reacción en cadena, afectándole hasta lo más profundo, desbaratándolo con tan poco. Realmente no era ningún virgen mojigato, y aun así, ahí estaba, volviéndose loco con tan poco. Era un imbécil, por esperar que fuera diferente.

Naoya arrastró los labios, húmedos, sobre la piel sedosa del falo, echando un vistazo arriba, entre las pestañas, donde Toji lo miraba con una expresión que era mitad aburrimiento y mitad desinterés. Volvió a cerrar los ojos, lamiendo sobre la esponja de nervios debajo de la cabeza hinchada, besándolo ahí antes de tragarlo nuevamente, con dificultad, tomándolo apenas hasta la mitad. Jadeó superficialmente, resollando por la nariz, sintiendo las lágrimas acumularse en los bordes de sus ojos y saliva escapándose por la comisura de sus labios, estirados hasta lo imposible. Se alejó, intentándolo de nuevo, chupando lenta, lentamente, un centímetro a la vez, deteniéndose otra vez a lamerlo, mirando a los ojos verdes por encima suyo que no dejaban de observarlo, desde arriba, siempre desde arriba. Naoya tomó una bocanada de aire, metiendo más de ese olor fuerte, masculino, ese que nunca podría sacarse de su sistema ahora, antes de tragar la verga de Toji hasta el fondo, mucho más fácil ahora, llegando hasta la base prácticamente sin problemas.

Se quedó ahí, respirando con calma, el aire sintiéndose delgado, el ramalazo de victoria estremeciéndole la espalda apenas contenido detrás del gemido que le nacía desde el fondo de la garganta. Se sentía tan lleno, la boca estirada hasta lo imposible, el peso de la verga gruesa sobre su lengua tranquilizador y emocionante al mismo tiempo, como si fuera la primera vez que Naoya estaba de rodillas frente a alguien, chupándole la polla. Claro, ninguna de esas veces se comparaba a esta. De hecho, ninguna de esas veces contaba, comparada con esta; nadie nunca volvería a contar, a importar, ahora que tenía a Toji para medirlos a todos, para compararlos a todos.

Naoya lloriqueó, mirando hacia arriba, encontrándose otra vez de frente con la mirada de Toji, que volvió a mojarse los labios con la lengua, tranquilo, como si no tuviera la polla metida hasta el fondo de la garganta de alguien.

—Mocoso, eres demasiado lento.

Naoya gimoteó, los dedos de Toji arrastrándose dentro de su cabello, sujetándolo en un puño duro antes de empujar contra su boca, tomándolo desprevenido. Gruñó, un ruido sofocado, jadeando por aire cuando la verga en su boca lo abandonó solo para volver a llenarlo un segundo después, estirando sus labios hasta que no le quedó de otra más que aceptarlo, que tomarlo, que dejar la mandíbula suelta y permitir que Toji lo usara, que hiciera lo que quisiera.

Naoya ni siquiera pudo cerrar los ojos, enamorado con la forma en que Toji lucía sobre él, jodiéndole la boca como si no fuera la gran cosa, como si apenas estuviera prestándole atención a lo que hacía. Toji lo miró de vuelta, también, sacando la polla de entre sus labios y golpeándole la cara, haciéndolo gemir de gusto, desesperado por tenerla de vuelta en su boca, restregando la mejilla contra ella en el momento en que Toji se negó a dársela.

—Mírate, tan desesperado —gruñó, su voz tres octavas más grave de lo acostumbrado, delineando sus labios con la cabeza de su verga, esparciendo el pre semen—. Qué diría Naobito si te viera así.

A Naoya no podría importarle menos. Gimió otra vez, un maullido lastimoso, humillante, chupando la punta de la polla entre sus labios apretados, viendo cómo la expresión de Toji se oscurecía y le sostenía de ambos lados del rostro, manteniéndolo quieto mientras se hundía en la estrechez de su garganta, quedándose ahí hasta que la cabeza comenzó a darle vueltas, hasta que las lágrimas le corrieron por las mejillas y Naoya estuvo seguro de que el cerebro se había desconectado. Toji retrocedió, permitiéndole aspirar tres bocanadas superficiales antes de enterrarse de nuevo, metiendo una de sus piernas entre las de Naoya y frotando el pie descalzo sobre su entrepierna, haciéndolo chillar. Naoya se dobló sobre sí mismo, la risa ronca de Toji ahogada por debajo del resoplido de su respiración, del repiqueteo incontrolable de su corazón acelerado dentro de su pecho, la fricción de los dedos sus dedos bruscos acariciándole la verga por encima del pantalón demasiado y también insuficiente, dejándolo desesperado por más.

Se echó hacia adelante, moliéndose contra la planta del pie de Toji, intentando llevar el mismo ritmo de la polla follándole la boca, el movimiento duro y torpe reajustando el plug en su agujero, estallando en un millón de sensaciones. Naoya lloriqueó, mirando hacia arriba entre sus pestañas pesadas por las lágrimas, inseguro de en qué momento había cerrado los ojos. Rodó la lengua alrededor del falo, estrellando la bolita del arete sobre la piel húmeda, suave en su boca, el gruñido profundo retumbando en el pecho de Toji haciéndolo gemir también de vuelta, esa pequeña reacción de su parte sintiéndose como la mayor victoria de su vida.

Apretó los labios con fuerza, chupando tanto como podía, ansiando por el momento en que la corrida del Toji se estrellara contra su lengua, pero entonces Toji estaba quitándolo, jalándolo del cabello para alejarlo completamente de su entrepierna.

—Eres una puta —le dijo, arrastrando el pulgar sobre sus labios, obligándolo abrirlos antes de escupirle en la boca—. El futuro líder del gran clan Zenin, una puta.

Naoya quería negarlo, ladrarle que, si algo, entre los dos, la única puta era él, que aceptaba su dinero sin importarle que viniera del clan al que supuestamente tanto despreciaba, pero en realidad solo se encontró asintiendo, aceptándolo, cayendo de bruces sobre su regazo mientras Toji restregaba el pie contra su polla más rápido, de arriba abajo, con brusquedad. Naoya gimió en voz alta, trayendo su mano a la verga frente a su rostro y jalándola torpemente, apenas un poco, los dedos húmedos de saliva y pre semen deslizándose con facilidad sobre el falo hinchado. Toji le dio un manotazo, apartándolo, guiando la polla de vuelta a su boca, y Naoya clavó los dedos en su cintura, aceptando con ganas, mirándolo desde abajo, corriéndose en sus pantalones mientras todo lo que veía era Toji, Toji tocándolo, Toji debajo de sus manos, en su boca, jodiéndolo, usándolo, como un igual.

Toji, Toji, Toji.

Toji ni siquiera lo dejó terminar. Lo arrastró hacia arriba, a la cama, otra vez jalándolo del pelo y arrancándolo de su regazo, de una vez por todas, lanzándolo de espaldas sobre las sábanas mientras él todavía jadeaba, eyaculando en sus bóxers, estúpido en la bruma del orgasmo. Naoya parpadeó, confundido, la luz amarilla encima de ambos molestándole en los ojos, gruñendo entre dientes en el momento en que Toji le dio una bofetada. Resopló, apartándole la mano, luchando inútilmente por evitar el instante en que volvió hacerlo, el golpe duro ardiéndole sobre su piel sobre calentada.

—Basta —ordenó, en vano.

Toji se rio en su cara, la boca partiéndose en una sonrisa socarrona, esa que Naoya había visto en contadas ocasiones cuando era niño, quizás cuando coqueteaba con las sirvientas inútiles de la casa, o cuando Naoya mismo se paraba frente a él, balbuceando excusas estúpidas, luego de que lo atrapara espiándolo. Despertó algo dentro de él, tener el rostro de Toji tan cerca al suyo, sus labios estirados sobre los dientes, la cicatriz, ahí donde Naoya soñaba tocarlo, más que nada en el mundo, tan cerca de su alcance. Deseaba pasar los dedos ahí, conocer cómo se sentía al tacto, si era igual que como lo hizo contra su lengua, si besarlo, besarlo de verdad, sería como todas esas veces en que lo había imaginado. Qué se sentiría tocar el rostro de Toji, tenerlo entre sus manos.

—Toji-kun —musitó, enredando los brazos alrededor de su cuello, trayéndolo hacia abajo.

Toji fue, desviándose de sus labios en el último segundo y hundiendo los dientes en su cuello, obligándolo a echar la cabeza hacia atrás. Así, tan cerca, Naoya podía sentir cada centímetro, cada parte del cuerpo duro de Toji contra el suyo, aplastándolo sobre la cama, anclándolo. Era abrumador. Naoya metió las manos debajo de su camiseta, recorriendo su espalda con los dedos, suspirando de gusto cada vez que Toji le mordía en un sitio diferente, yendo desde la base del cuello hasta la clavícula, y luego de vuelta, hacia arriba, sobre el borde de la mandíbula y también la mejilla, peligrosamente cerca de la comisura de la boca. Naoya gimió, arqueando la espalda, tironeando del dobladillo de la camiseta hasta que Toji se echó hacia atrás, sacándosela, lanzándola lejos.

Naoya arrastró ambas manos por su pecho, encantado más allá de lo explicable. Siempre quiso hacer esto. Trazó la cicatriz en su abdomen con las yemas de los dedos, maravillado con la textura.

—Puedes tomar una foto, también, pero te va a costar más.

Naoya bufó, pero no era un precio que no estuviera dispuesto a pagar.

Toji se rio otra vez, en su cara, como si le divirtiera su arrebato. Era como si, a pesar de lo que acababan de hacer, a pesar de que Naoya tenía la garganta adolorida a causa de su verga y el pantalón sucio de su propia corrida, Toji todavía siguiera considerándolo un mocoso. Un niño.

Naoya apretó los dientes, veneno acumulándosele en la boca.

—Entonces —espetó, enterrando las uñas romas en la piel de la cintura de Toji, que ni siquiera se inmutó—, vas a follarme o no.

—Es tu dinero. Me importa una mierda lo que quieras hacer ahora.

Naoya resopló, ignorando la manera en que su indiferencia se le clavaba profundo en el pecho, como un cuchillo.

—Ni siquiera te corriste —se impulsó hacia arriba, sintiendo la erección dura y gruesa de Toji contra el muslo, la misma desesperación anterior alzándose dentro de su cuerpo, poniéndole la piel de gallina—. ¿Para eso cobras tanto, si ni siquiera puedes terminar tu trabajo? No me hagas desperdiciar mi dinero.

Toji dejó caer una mano sobre su cuello, apretando casualmente. Naoya jadeó, derritiéndose contra el toque, sujetándole la muñeca con ambas manos.

—Niño, no estás engañando a nadie.

Lo siguiente que supo es que los botones de su camisa de escuela salieron volando, disparados en diferentes direcciones, seguidos también de su cinturón. Toji metió la mano dentro de sus bóxers, palmeando el desastre de semen pegajoso, masticando una risa hueca entre dientes y llevándole los dedos a la boca. Naoya aceptó, tomando los dígitos entre sus labios, lamiéndolos hasta quedar limpios, el estremecimiento de excitación que parecía haber remitido un poco tras el orgasmo alzándose de nuevo dentro de su cuerpo. Abrió mejor las piernas, dándole mejor acceso, incluso cuando Toji dejó ir el agarre firme que tenía sobre su cuello para poder quitarle el pantalón a tirones, llevándose con él también su ropa interior.

Naoya suspiró, estirándose sobre la cama estrecha, el movimiento reajustando el plug firmemente enterrado en su culo. Toji enarcó una ceja, volteando el rostro para poder mirarlo, sorprendido, quizás, retirando los dedos de su boca para poder llevarla a su pecho, pellizcando uno de sus pezones.

—¿Naobito sabe que te gastas el dinero del clan en esto? —preguntó, refiriéndose a la barra de metal, jugando con ella.

Naoya frunció el ceño, irritado.

—¿Quieres dejar de mencionar a mi padre? Él no tiene que saber todo lo que hago; soy el futuro-

—Líder del clan, lo que digas.

Entonces Toji se inclinó, lamiendo una larga franja de piel, mordisqueando el pezón entre sus dientes.

Naoya chilló, hundiendo los dedos en su cabello y manteniéndolo ahí, cerrando las piernas alrededor de su cintura hasta que Toji volvió a separárselas, tirando de sus rodillas con brusquedad. Su mano izquierda reptó todo el camino desde la parte interna de su muslo, apenas rozando su verga semi flácida, encontrándose con la base del plug acunado en la entrada de su agujero y tocándolo dos veces, luego una tercera, como si quisiera asegurarse de lo que estaba tocando. Naoya gimoteó, intentando mantenerlo contra su pecho, dejándolo ir cuando Toji se deshizo del agarre de sus manos casi como si estuviera sacudiéndose del toque de una polilla.

—¿Cuánto tiempo llevas eso puesto?

Naoya se mordió el interior de la boca, el tono duro, grave en la voz de Toji provocándole un escalofrío.

—Desde que salí de casa. Quería estar listo para ti.

Ni siquiera había terminado de decir las palabras cuando Toji lo estaba volteando, dejándolo sobre su estómago, arrancándole el plug de un solo tirón.

Naoya gimió en voz alta, duro, aferrándose a las sábanas hasta que sus dedos dolieron. La sensación de vacío le golpeó como una puñalada en las tripas, tan acostumbrado a la llenura del plug, constante contra su próstata, que no pudo evitar lloriquear un poco, enterrando la cara en el colchón. Separó mejor las piernas, valiéndole una mierda cómo lucía, la camisa abierta pegándosele a la espalda sudada, casi saltando en su sitio cuando los dedos gruesos, húmedos de Toji se hundieron en su culo.

—Estás tan suave —sus dedos se movieron lentamente, entrando y saliendo, follándolo con calma—. Ni siquiera estás apretando.

Naoya negó con la cabeza, empujándose hacia atrás, el cuerpo quedándole laxo en sus manos.

—Toji-kun —balbuceó—. Por favor.

—¿Si quiera valdrá la pena follarte? Todo este tiempo con eso dentro tuyo. ¿Fuiste a la escuela con eso metido en tu culo?, ¿no te da vergüenza? —Toji metió la otra mano entre sus piernas, jalándole la verga en el momento en que sus dedos chocaron contra su próstata—. Incluso miraste a Naobito a la cara de con eso puesto mientras pensabas en cogerte a tu primo esta misma tarde.

Naoya sollozó, el placer intenso y apabullante corriéndole por el cuerpo como electricidad, nublándole los sentidos. Empujó hacia atrás, torpe, correteando la sensación, chillando otra vez cuando la mano de Toji se estrelló en una de sus nalgas, el chasquido de la carne siendo golpeada haciendo eco en la habitación pequeña.

—¡Toji-kun!

—Eres una puta. El futuro líder del clan Zenin es una puta.

—Sí, sí, sí, lo que tú digas, sí —Naoya asintió, impulsándose contra los dedos follándolo, perdido—. Lo que tú digas. Toji-kun, por favor, por favor.

—Ni siquiera sabes por lo que estás rogando.

De verdad que no lo hacía.

Toji lo jodió un poco más, masturbándolo al mismo tiempo, jalándolo hasta que su polla estuvo dura de nuevo a causa de la sobrestimulación. Para entonces Naoya estaba llorando, demasiado abrumado por las sensaciones acumulándose, una encima de la otra, para saber dónde terminaba él y comenzaba Toji, para siquiera notar el momento en que los dedos abandonaron su culo y fueron reemplazados por su verga gruesa, todavía dura, estirando sus paredes hasta lo imposible. Se mordió el labio inferior, duro, levantando el trasero todo cuanto podía, estirando la mano para poder enredar sus dedos con los de Toji, ahí donde estaba apoyándose sobre los antebrazos, a cada lado de su rostro. Naoya sintió su corazón dar un vuelco, la mano de Toji cerrándose sobre la suya, descansando el rostro sobre la mejilla para poder verlo, exhalando un suspiro satisfecho cuando finalmente estuvo profundamente dentro suyo.

—Ni siquiera estás apretando un poco —murmuró Toji detrás de su oreja, el peso seguro de su pecho sobre su espalda haciéndolo lloriquear—. Podría tenerte aquí todo el día, usándote para que mantengas mi verga caliente.

Naoya asintió, dos, tres veces, encantado con la idea.

Entonces Toji empujó, y cualquier otro pensamiento coherente se escapó por la ventana, remplazándolo únicamente la verga llenándolo, estirándolo, jodiéndolo duro e implacable, tal y como quería. Toji lo sostuvo de la cintura, soltándole la mano para poder tirarle del cabello, empujando su cara contra la cama, y Naoya gimió, metiendo la mano a ciegas entre sus piernas y jalándose la polla al tiempo de sus embistes. Era tan bueno, tan bueno, mejor que cualquier fantasía, el olor a sexo y sudor mezclados con el sonido obsceno de piel estrellándose contra piel perforándole el cerebro; nunca había pensado en esto, este pequeño detalle, demasiado ensimismado en la follada propia que en otra cosa. Incluso cuando jodía con otros, con extraños, no le había prestado atención a ello, ansioso por aprender lo que sea que pudiera recoger de la experiencia, imaginando que era Toji, empujándolo contra las paredes de la sede del escuadrón Hei, tomándolo ahí mismo en la casa en la que lo habían despreciado.

Los dedos de Toji se hundieron rudamente en la carne de su cintura, la punta de su polla apuñalando contra su próstata, y entonces Naoya estaba corriéndose otra vez, en seco, jadeando ruidosamente contra las sábanas, apretándose deliciosamente alrededor del falo que lo llenaba. Toji gruñó, sin dejar de follarlo, quitándole la mano con la que se jalaba la verga y cambiándola por la suya, bombeándolo con tanta dureza que Naoya comenzó a retorcerse, desesperado, sobrecogido.

—Toji-kun, por favor —se quejó, bajito, exhausto—. No puedo más.

Toji tiró de él contra su pecho, pegándolo a su cuerpo, girándole el rostro en su dirección.

—Claro que puedes.

Y entonces, entonces, lo besó.

Naoya se sacudió, intentando voltearse, dejando caer ambas manos sobre sus antebrazos cuando Toji lo mantuvo en su sitio, sosteniéndolo con fuerza, abriendo la boca dócil y obedientemente en el momento en que Toji empujó su lengua dentro. Suspiró, fundiéndose en el beso, derritiéndose en los labios de Toji, ásperos y exigentes y cada gota de todo lo que Naoya había imaginado, perfecto, hechos para encajar con los suyos. Se besaron por un montón de tiempo, e incluso cuando comenzó a retorcerse, luchando por un poco de aire, Toji mantuvo su rostro quieto, sujetándolo de la mandíbula, obligándolo a quedarse ahí hasta el momento en que ya no pudo más, escapándose de su agarre a duras penas.

—¿Cuántos años has estado esperando para follarme?, ¿mm? —quiso saber, pasándole la lengua por el labio inferior.

Naoya sacudió la cabeza, reacio, estirando una de sus manos para poder tomar un puñado de cabello negro, arrastrándolo hacia abajo.

Toji lo complació, permitiendo que le mordiera la cicatriz, prácticamente respirando el mismo aire que él antes de finalmente volver a besarlo, torpe y demasiado emocionado. Naoya chupó su lengua, ahogándose en el segundo en que Toji se meció suavemente contra su cadera, como un recordatorio, como si fuera posible para él olvidarse de la verga todavía llenándolo, estirándolo hasta lo imposible.

—Estuviste ansioso por esto desde que eras un chiquillo, ¿verdad? Apuesto a que lloraste el día en que me fui.

Naoya sí lloró, pero eso es algo que nadie además de él llegaría a saber jamás.

Toji pareció satisfecho con su propia respuesta, ignorando su silencio y empujándolo de vuelta sobre la cama, sobre su espalda, echándose sus piernas a los hombros y casi doblándolo por la mitad antes de arremeter de nuevo, profundo, llenando sus paredes estrechas. Naoya rodó los ojos, suspirando, hipersensibilidad y excitación mezclándose una con la otra, convirtiéndose en una cosa irreconocible. Desde el inicio, desde que llegó, Naoya estaba al borde, la clase de ansiedad que provoca años de desesperación, espera, de fantasear con el momento en que esto se hiciera realidad. Toji deslizó los dedos por encima de su polla flácida, que seguía roja e hinchada a pesar de no estar dura, y no supo si fue eso, o la visión de sus ojos verdes, profundamente oscuros, fijos en su rostro, observando cada expresión, cada estremecimiento, como si se diera cuenta apenas por los bordes de cuánto de Naoya era suyo, le pertenecía, pero Naoya tuvo que morderse la lengua hasta hacerse sangrar, evitando cometer una estupidez.

Ahí y ahora, justo en ese momento, Naoya podría decirle que lo amaba, que lo adoraba, sin importarle las consecuencias.

Pero entonces Toji le apretó la punta de la polla, cubriéndole la boca con un beso, y empujándose contra él un par de veces más antes de gruñir contra sus labios y correrse finalmente, eyaculando dentro suyo, llenándolo de su corrida espesa y caliente. Naoya balbuceó algo ininteligible, corriéndose también, acabando por tercera vez, su verga demasiado exhausta y gastada para dejar ir nada más que no fuera orina. Toji lo jodió a través del orgasmo, embistiéndolo dos veces antes de que se hiciera verdaderamente insoportable, provocando que se retorciera con fuerza entre sus brazos, alejándose del beso.

—Toji-kun, Toji-kun, por favor —farfulló, y oh, de verdad estaba llorando—, no puedo más. Toji-kun, por favor.

Toji lo miró sin inmutarse, limpiándole las lágrimas de la comisura de los ojos con el pulgar.

—Como quieras.

Toji salió de él, manteniendo sus piernas abiertas para remplazar su verga por plug, poniéndolo de vuelta en su agujero húmedo y usado, y Naoya rodó la cabeza, estremeciéndose, la sensación del semen todavía atrapado en su interior mitad incómoda y mitad inigualable. Aquí es exactamente donde pertenecía.

Lo vio bajarse de la cama, rodando de su lado y saltando sobre sus pies, yendo a lo que supuso sería el baño. Quiso seguirlo, ponerse de pie e ir con él donde sea que fuera, pero el cuerpo le pesaba como si le hubieran caído a palos, incapaz de levantarse. Incluso su mente se sentía difusa, bailando en se filo entre despierto y dormido, perdiendo la noción de la cantidad de tiempo en que estuvo solo y el momento en que Toji estuvo de vuelta, mirándolo desde arriba, siempre desde arriba, como si no fueran iguales, como si esperara que desapareciera.

Lo vio llevarse un cigarrillo a la boca, el clic del encendedor trayéndolo de vuelta apenas a la consciencia. Naoya fue hasta donde estaba Toji, recostado contra la cabecera de la cama, y dejó caer la mejilla en su regazo, mirándolo a través de párpados pesados.

—Toji-kun —su voz sonaba lejana, enredada, incluso para sí mismo—, déjame quedarme contigo, ¿sí? Por favor.

Toji exhaló el humo de su cigarro, mirando algún punto perdido por encima de su cabeza, como si estuviera pensando en otra cosa, cualquier cosa, menos en él.

—Claro.

Naoya cerró los ojos, satisfecho, quedándose dormido.

Cuando los volvió abrir, estaba solo.