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Tentación

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Tentación

 

Soho, Londres.

1902

 

Matthew apreciaba las cosas hermosas y brillantes como si de un hada se tratara. A veces, llegaba a pensar que su forma de ser y amar la belleza y el arte se asemejaba más a un hada que a un cazador de sombras.

Por eso, se adaptó rápido a apreciar la belleza de aquel lugar que Anna le había llevado. 

“Tú me llevaste a un sitio hermoso la última vez, esta vez era mi turno.”

Matthew sabía que ella había encantado a la bruja dueña del lugar.

Matthew apreciaba a los artistas, los cuales eran subterráneos que estaban en el lugar. Eso incluía al precioso violinista que estaba en el escenario. El violinista era un hombre lobo de piel avellana, que no podía tener más de dieciocho años.

Anna había desaparecido, dejando a Matthew recorrer el lugar y beber como deseara. Esa era la ventaja de estar con Anna, ella lo dejaba disfrutar a su manera mientras no se metiera en sus asuntos.

La música que tocaba el hombre lobo, era alegre y melodiosa, había hadas bailando al compás y Matthew quiso unirse, pero prefirió quedarse contemplando al hermoso hombre lobo mientras bebía la champaña que ofrecía la camarera.

Hubo un calor aprisionando su pecho y una sonrisa adornando su rostro cuando los ojos castaños claros del hombre lobo se levantaron e hicieron conexión con los suyos.

El corazón de Matthew latió a gran velocidad.

.

Los hombres lobos poseían más fuerza que un humano, incluso que un chico mitad ángel. Por eso, no debió haberle sorprendido que el hombre lobo lo levantara con tan facilidad, permitiéndole abrir mejor sus piernas para él acomodar sus caderas entre las suyas, mientras aplastaba su cuerpo contra la pared.

Claude Kellington, el violinista de Hell Ruelle, luego de tocar, se había acercado a Matthew a hablarle. Y Matthew había quedado encantado con la forma en que el muchacho le habló que no dudó en seguirlo cuando éste le ofreció que lo acompañara con un trago.

Bien sabía Matthew no iban a beber, y nunca le había importado tan poco la bebida como en ese momento, pasando sus dedos por los músculos de la espalda del hombre lobo.

El beso era duro y desesperado, y a Matthew no le importaba que fuese en aquel callejón oscuro detrás del bar. Tampoco le importaba haber dejado a Anna, que ella lo había dejado primero, claro estaba. Solo le importaba aquellos labios que lo devoraban, aquella boca hambrienta que lo hacía sentir tan bien, o aquellas manos que había estado acariciando los cabellos de su nuca y habían comenzado a bajar, acariciando su espalda hasta su cadera.

Las manos del hombre lobo apretaron el trasero de Matthew y sus entrepiernas, duras, se rozaron, provocando que Matthew soltara un gemido. Kellington liberó su boca para comenzar a atacar su cuello, brindando mordiscos duros, pero sin penetrar la piel; no necesitaba cazadores de sombras detrás de él por convertir a uno de sus chicos en un hombre lobo en un ataque de pasión.

Matthew hacía ruidos, enredando sus dedos en el cabello castaño de Kellington. Los labios del hombre lobo soltaron su cuello y subieron lentamente hasta estar a la par de la oreja de Matthew.

—Oye, hijo del ángel —susurró con voz ronca— ¿Quieres acabar esto en mi casa?

Matthew dudó un momento. Si bien para sus dieciséis años ya tenía buena experiencia, sus compañías anteriormente sólo habían sido femeninas. Con los hombres había coqueteado, pero de eso no había pasado. Pero en esa ocasión sentía que iba a explotar, necesitaba liberarse, necesitaba el afecto que el hombre lobo estaba dispuesto a darle… así fuese por esa noche.

Le brindó una sonrisa coqueta, LA sonrisa, con la cual sabía que nadie podría resistirse a él. Y Claude no fue la excepción, pudo notar el brillo en sus ojos incluso antes de que Matthew diera su afirmación.

.

—El preator nos brinda una ayuda para mantenernos —dijo Kellington al abrir la puerta de su piso—. Claro, que es mínima y yo utilizo también el dinero que Hypatia me paga.

Matthew, como hijo de la cónsul, estaba acostumbrado a los lujos. Sin embargo, el pequeño piso le parecía acogedor. No era demasiado pequeño o demasiado grande, sino perfecto.

—Me sorprende que tus padres hayan dejado mudarte solo con apenas dieciocho —respondió Matthew observando su reflejo en el espejo, la salita estaba iluminada con una luz en el techo. Los mundandos y subterráneos ya contaban con luz eléctrica, algo que aún la clave no había querido implementar. En su reflejo, Matthew notaba que estaba hecho un desastre, su pelo rubio estaba alborotado y sus labios rojos e hinchados por los recientes besos.

—Mi padre tiene una buena posición en el preator. Los hombres lobos tienden a soltar más rápido a sus hijos.

—A diferencia de los nefilim —dijo Matthew mirando al otro chico que se quitaba el saco. Matthew aún lo llevaba puesto—. Aunque yo si planeo que apenas cumpla los dieciocho irme de casa. No quiero pasar debajo del ala de mi madre para siempre.

Kellington soltó una risita y se acercó a Matthew, sus manos apretaron su cintura. Se inclinó, porque era más alto que Matthew, y su aliento hizo cosquillas en el oído de Matthew.

—Espero poder llegar a ser invitado a esa casa —Matthew le siguió el juego, sus manos se levantaron para posicionarse en los hombros de Claude.

—Todavía faltan dos años para eso —susurró Matthew. Kellington soltó una risita.

—Entonces… Matthew —el hombre lobo dijo su nombre como si lo saboreara— ¿No me meteré en problemas con la clave por profanar, no solo a un niño, sino al hijo de la cónsul? —Matthew soltó una risita y enredó sus dedos en el pelo de la nuca de Kellington.

—No se tienen que enterar. Además, no soy un niño —el hombre lobo soltó una risita.

—Me doy cuenta.

Lo jaló hasta llevarlo a la habitación. Matthew no prestó atención a nada más que a los labios hambrientos nuevamente en él, a sus piernas rozando el borde de la cama y luego a su cuerpo cayendo sobre el colchón. Kellington se subió sobre él y comenzó a besarlo, repartió besos en su boca y bajó mientras sus manos se ocupaban de la ropa de Matthew. Se notaba que quería arrancarla, pero Matthew lo evitó. Le ayudó a quitar con cuidado los botones de su chaleco y se levantó un poco para quitárselo. Entonces, con más desesperación, Kellington le abrió la camisa. Los botones salieron volando logrando que Matthew soltara un quejido y apartara al chico.

—¡Oye! ¿Qué tienes en contra del buen vestir? —se quejó Matthew tomando su camisa. Nada que unas costuras no pudieran arreglar, pero aún así, le dolió. Kellington soltó una risita.

—Me encantan los hombres bien vestidos, como tú, encanto. Pero en este momento me estaba estorbando —Matthew enarcó una ceja.

—Bueno, ahora me debes una camisa nueva.

—Entiendo —dijo y le ayudo a terminar de quitarla para atacar a su cuello. Sus entrepiernas se rozaron y Matthew soltó un sonoro gemido y olvidó por completo el problema de la camisa. Kellington lo seguía devorando y la cabeza de Matthew estaba en las nubes. Pero él sabía algo, él sabía que el hombre lobo esperaba la sumisión de Matthew.

Pero Matthew era todo menos sumiso. Por eso, aprovechó para envolver sus piernas entorno a la cadera de Claude, éste soltó un gruñido gutural de placer, pero Matthew utilizó toda su fuerza de nefilim para darle un giro a todo.

Le brindó una sonrisa salvaje al hombre lobo cuando lo tuvo bajo de él con una mirada sorprendida.

—Estás demasiado vestido —le dijo Matthew sonriéndole con travesura. Kellington le brindó una sonrisa y acarició la cintura de Matthew hasta llegar al botón del pantalón y desabrocharlo. Ahí, Matthew cayó en cuenta que le faltaba algo—. Ve quitándote la camisa —ordenó mientras agarraba su estela de su bolsillo trasero. Kellington enarcó una ceja.

—No sé que harás, hermoso, pero guarda eso —pidió el hombre lobo. Matthew entendió que un cazador de sombras sobre él, con una estela en la mano, no era buena señal. Pero Matthew le brindó una sonrisa de tranquilidad.

—No te preocupes. Me haré solo una runa de resistencia —Claude enarcó una ceja y solo sonrió.

—Entonces ¿Quien soy yo para evitarlo?

Matthew bajó un poco la presilla de su pantalón y de la ropa interior. Presionó su estela en el lugar, entre su cadera y su vientre, y comenzó a dibujar. Las líneas negras y la quemadura familiar de la runa recorrieron su piel. Bajo de él, Kellington miraba como la marca negra se marcaba en la piel pálida de la cadera de Matthew.

—¿No te dije que te fueras quitando la ropa? —dijo Matthew ocasionando que el hombre lobo enarcara una ceja. Los hombres lobo siempre buscaban mandar, no estaban acostumbrados a ser mandados, pero eso calentó a Claude. Que se fue quitando los botones de su camisa cuando Matthew terminó su runa y se levantó un poco para dejar con cuidado su estela en el nochero. Kellington quedó observando la pálida piel del pecho, con ganas de marcarla a mordiscos y chupones para que adornaran la piel con las pequeñas cicatrices de batalla y las blancas y negras de runas que tenía.

—¿Has tenido experiencias con chicos antes? —preguntó Kellington luego de haberse deshecho de su camisa. Matthew estaba acariciando sus músculos, su trasero rozando su dureza.

—No —respondió—. Solo con chicas.

—¿Te han satisfecho?

—¿Qué pregunta es esa? Claro que sí. Aunque claro, las hice disfrutar más yo.

—Solo necesito información necesaria antes de comenzar todo esto —el licántropo sonrió. Sus dedos se dirigieron nuevamente a la cintura de Matthew y sus pulgares rozaron el borde de su ropa interior—. Conozco a las damas y son muy pocas las que se atreven a hacer esto —su pulgar rozó con la erección de Matthew provocando que este se mordiera el labio.

—Si te refieres a que si me han chupado, no. No he tenido la fortuna de experimentar eso —Claude sonrió.

—Entonces, cariño, esta es tu oportunidad —y volvió a dar la vuelta. Matthew golpeó su cuerpo nuevamente en el colchón, su pelo como un halo dorado sobre su cabeza. Kellington repartió besos por todo el pecho de Matthew, el entrenamiento constante y la sangre del ángel le brindaban una musculatura, aunque no demasiada, buena para su edad.

Comenzó a dejar suaves mordiscos en la piel, mientras bajaba por su estómago hasta su cadera, en dónde la runa de resistencia estaba marcada firmemente contra la piel. Observó los vellos dorados que bajaban y se escondían en la ropa interior. Enganchó sus dedos y bajó el pantalón y la ropa al mismo tiempo.

Matthew estaba a la expectativa, estaba excitado ante el toque. Siempre, cuando la compañía era femenina, había estado al mando. Esto era diferente, era dejarse deshacer por otro hombre… y le gustaba.

Los dedos de Claude rozaron su miembro y Matthew soltó un pequeño gemido. La sensación de una mano tocando su miembro era bastante familiar, pero cuando la lengua comenzó a recorrerlo, Matthew sintió que iba a ver el paraíso.

Era claro que no era la primera vez que Kellington hacía esto, porque se veía tan seguro cuando metió el pene dentro de su boca. La boca caliente y la garganta apretada le causaron una sensación increíble que Matthew tuvo que morder su labio para no gemir tan fuerte.

Sintió que la boca lo dejó y bajó la mirada a unos ardientes ojos castaños.

—Deja de morderte el labio, quiero escucharte gemir.

La voz sonaba tan autoritaria que erizó los vellos de Matthew. Se dejó llevar. La boca volvió a su lugar y Matthew enredó los dedos entre el cabello del otro hombre soltando ruidos y gemidos más fuertes.

Podía sentir la lengua recorriéndolo, la boca ascendiendo y descendiendo, podía sentir las manos rozando sus muslos, permitiendo abrir más sus piernas. Luego, éstas ascendiendo hasta tocar su trasero.

Matthew aún gemía, podía sentir la sensación familiar acumulándose en su estómago y viajar hasta lo más profundo.

—Claude… —gimió— Ya voy a… —no pudo terminar porque la boca apresuró su paso, prácticamente evitando que siquiera pudiese exclamar algo más que quejidos de placer cuando su orgasmo explotó.

Se sintió sensible, como siempre, cuando acabó.

La boca lo liberó y Matthew lo miró limpiándose el labio. Le brindó una sonrisa torcida.

Claude se acercó al cuerpo tendido de Matthew y lamió su cuello logrando que el chico siseara. Repartió suaves besos mientras las manos del rubio pasaban por sobre los hombros del muchacho.

Matthew decidió arriesgarse a más. No estaba dispuesto a irse todavía. Bajó su mano y palmeó la erección del hombre lobo.

—Mi turno de divertirme —murmuró mordiendo el lóbulo de la oreja de Claude.

—Déjame follarte —murmuró Claude. Matthew se quedó en silencio, eso era algo bastante lejos de lo que se imaginaba, sin embargo, estaba dispuesto a experimentar. Tomó el rostro de Claude entre sus manos y besó su boca.

—Está bien —el chico sonrió entre el beso.

Se levantó un poco y le dio la vuelta a Matthew en la cama, su pecho golpeando el colchón. Las manos fuertes de Claude acariciando sus glúteos.

—Vas a montarme. Me encanta que me monten —Matthew soltó una risa. Observó que Claude acercaba su mano hacia la botella que había en su nochero—. Pero primero, tengo que prepararte.

Matthew no preguntó qué era, esperó a que Claude lo colocará sobre su mano, lo frotara, y lo llevara hacía el trasero de Matthew.

El rubio pudo sentir el dedo resbaladizo entrando y soltó un pequeño quejido. La sensación era algo nuevo, pero no era malo. Menos cuando aquel dedo encontró un lugar que hizo que Matthew jadeara.

—¿Te gusta ahí? —preguntó el hombre lobo.

—Sí —respondió Matthew. Pudo sentir la risa del chico a su espalda, seguido por los besos que le comenzó a dar sobre su columna. Cuando llegó a su trasero, le dió un mordisco a una de las mejillas provocando que Matthew soltara un quejido.

El dedo estaba llegando a lugares donde no creía que podían llegar.

Claude sacó el dedo, y Matthew creyó que era todo, se sobresaltó cuando dos dedos se introdujeron y enseguida comenzaron a apuñalar aquella zona que lo hizo retorcerse.

—¡Ah! —gimió, alto. Pudo escuchar a Claude reír detrás de él.

—¿Tan desesperado estás, pequeño hijo del angel? —comentó el hombre lobo. Hasta ahora, Matthew no se había dado cuenta que prácticamente se estaba retorciendo. Los dedos dentro de él lo abrían, y Matthew sentía una necesidad que nunca antes hacía sentido.

Nunca se había sentido en esta posición, nunca se había sentido tan sumiso.

Le lanzó una mirada fría al hombre lobo por encima del hombro.

—¿Por qué te demoras? ¿Estás nervioso? —dijo en tono burlón. Los ojos castaños claros de Claude brillaron y sonrió.

—Te metes en caminos inexplorados, niño —sacó sus dedos y luego volvió a introducirlos, está vez tres—. Lastimosamente, no soy un bárbaro y no quiero lastimarte, por eso te preparo bien.

—Pues apúrate porque yo… ¡Ah! —Claude había apuñalado nuevamente la zona y la electricidad había recorrido el cuerpo de Matthew. Otra vez y Matthew no pudo dejar de soltar aquellos gemidos.

Era una tortura, estaba agotado de haber llegado hace poco, pero ya estaba erecto nuevamente y goteando.

Sintió los dedos del hombre lobo salir y que lo levantaban por la cintura. Matthew sintió el pene rozando su trasero cuando Claude lo pegó a él.

—Diviertete —susurró el hombre lobo y se acostó de espaldas a la cama, le ofreció un condón para que se lo pusiera.

—¿Es necesario? —preguntó Matthew. Los condones no eran baratos, y no creía que fuera necesario usarlos en una relación dónde no había probabilidades de embarazo.

—Enfermedades, cariño. Los hijos del angel no son inmunes a ellas.

Matthew recordó, aunque en realidad no era un buen momento para hacerlo, sobre Benedict y la Viruela demoníaca.

—Tienes razón —tomó el condón. Ya tenía experiencia colocándolo, así que no perdió el tiempo.

Matthew estaba jadeando, se sentó sobre la cadera, el miembro descansando en su trasero. Claude lo guió, levantandolo un poco y alineándose a su entrada.

Cuando entró y comenzó a bajar sobre el miembro, Matthew sintió que el alma se le salía. Dolía. Pero había un toque de placer en ese dolor.

No sé detuvo hasta he estuvo completamente dentro. Las manos de Claude acariciaron su cintura mientras Matthew estaba quieto, acostumbrándose a estás abierto por primera vez.

La sensación de dolor se estaba contrarrestando, y decidió comenzar a moverse.

Fue despacio al comienzo, soltando pequeños quejidos de placer y dolor al mismo tiempo. Las manos del chico debajo de él eran reconfortantes, lo ayudaba a levantarse y bajar con suavidad. Sus manos estaban apoyadas en el pecho de Claude estabilizándose junto a los movimientos de cadera.

Llegó un punto en dónde el dolor ya no existió y solo existía el placer. La habitación se llenó de gemidos.

Matthew nunca había sentido algo como esto, se sentía tan bien y placentero, sobre todo cuando Claude movió sus caderas y golpeó aquel punto que tanto había estado abusando con sus dedos. Y Matthew gimió fuerte, y sus gemidos iban en aumento a medida que la velocidad aumentaba.

Se sentía en el cielo, las manos explorándolo, admirándolo. Las palabras del hombre lobo diciéndole lo precioso que era, lo angelical que se veía. Y Matthew se sentía tan bien, se sentía increíble sentirse querido y deseado.

Le encantaba.

Comenzó a sentir que su estómago se tensaba, que el orgasmo volvía a formarse y acumularse en él. Su mano soltó el músculo de Claude y comenzó a tocarse. La sensación de su mano sobre su miembro y el otro abriéndolo, fue todo. Se vino en un grito fuerte, el miembro dentro de él aún apuñalando su zona brindando un placer adicional.

Pudo sentir que las manos de Claude se apretaron en su cadera, posiblemente dejando una marca ahí. Y enterandose en el fondo soltando un fuerte quejido.

Había llegado también al orgasmo, llenando el condón.

Matthew se levantó un poco, permitiendo que Claude saliera de él y se lanzó luego al lado del chico. Ambos estaban jadeando, sudorosos y con los cabellos alborotados.

—¿Puedo quedarme a dormir? —preguntó Matthew, jadeando, sus ojos cerrandose con cansancio— ¿Al menos esta noche? No siento mis piernas —Claude lo miró, el rostro angelical de Matthew, las mejillas rojas luego del sexo y los rizos rubios alborotados en su cama. Era la vista más bonita que había tenido en su cama en años.

Pasó sus dedos por entre los rizos del color del oro.

—Sí, angel —contestó. Matthew hizo una mueca, pero luego sus facciones se relajaron. Claude se dió cuenta que si dejaba que Matthew de metiera en su corazón sería una debilidad.

Y no podía permitirse eso.

No le quedaba otra que romper su corazón.

Pero ya sería otro día.

Tomó a Matthew en brazos y lo pegó a su cuerpo. Luego, los cubrió a ambos con sus sábanas y se sumergió en un sueño placentero.