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Diamante en bruto

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Haru Kato solo podía presumir de haber sentido dos intensas emociones junto a Daisuke Kambe.

O puede que fuera una causa-consecuencia de embotellar sus sentimientos en lo más hondo de su alma. De todas formas, sentir cosas siempre le había llevado a los mayores desastres de su vida.

Inclusive en sus misiones de trabajo.

Especialmente en sus misiones de trabajo.

—Solo como jamón ibérico de bellota —dijo Daisuke con toda la audacia del mundo, tras haber escupido la feta de jamón serrano sin ningún tipo de pudor bajo su propio techo—. Ya sabes, ese que es criado en campos de España y que lo alimentan a base de bello-…

Oh, vamos —gruñó Haru con frustración—. ¡Esa cosa me costó mil quinientos yenes! ¡Y sé lo que es el jamón ibérico de bellota, maldita sea! Seré pobre, pero no soy un inculto.

Haru comenzó a sentir que la sangre se le subía hasta la cabeza. Debía ser la serena imagen de Daisuke en su ancha sudadera —¿quién hubiera dicho que el niño rico era tan pequeño de figura?—, su cabello hacia abajo, o el estúpido pañuelo blanco bordado con el que se limpió los labios que apenas rozaron la feta de jamón.

La maldita seda con la que hicieron el estúpido pañuelo debía valer más que su paquete de jamón curado.

Seguramente ese estúpido no comprendía el verdadero valor de las cosas. El hecho de que, alguien, en alguna parte, había trabajado para que esa feta de jamón cayera en la mesa de los dos. Un animal había dado la vida.

Pero, ¿era realmente la culpa de Daisuke? ¿O solo era el último eslabón de un círculo vicioso de seres humanos que jamás habían entendido el verdadero valor del trabajo?

Incluso con el cabello húmedo y hacia abajo, una vieja y amplia sudadera de Haru —y verlo en su ropa era un sentimiento como se esperaba que fuera—, y todo rastro de su carísimo perfume evaporado de su piel, se notaba que Daisuke no pertenecía a todo ese mundo. Al pequeño apartamento que parecía una ratonera y la comida simple.

Seguía viéndose como un humano de algún universo paralelo que jamás conocería. Un ser etéreo que solo estaba de visita en la vida de alguien tan olvidable como Haru Kato.

Daisuke le miró con sus intensos ojos azul grisáceo. Como si fuera capaz de leerle los pensamientos, así como así. Como si pudiera quitar las capaz de ropa, piel, músculos, órganos y huesos para ver adentro de su alma —como si esos dos irises azules tuvieran un arma especial para develar los secretos que volvían a Haru Kato en el ser humano que era.

Si Haru hubiese tenido que elegir un único color para definir ese par de ojos… sencillamente no podría ser capaz.

Los ojos de Daisuke eran demasiado llamativos como para ser encasillados en un único color.

Eran algo así como una piedra de zafiro en bruto, cuando todavía era un corindón sacado de una oscura mina. Un mineral demasiado extraño de encontrar, y el cual te llevaba un extenso trabajo de pulido para llegar a la costosa joya que te ofrecían en las tiendas.

El pensamiento era cursi, pero Haru pensó que Daisuke podía ser como un zafiro. Era el más duro de su especie, y esa misma dureza era la que les otorgaba valor y poder.

Suspiró. El dinero siempre otorgaba poder.

Y puede que Daisuke solo fuera otro niñato ricachón demasiado aburrido de su superficial vida. Haru no quería sonar amargo y envidioso al respecto, pero, ¿quién no sentía una pequeña envidia ante aquellos que podían tenerlo todo tan fácil y sencillo?

Si Haru tuviera todo ese dinero, él jamás se hubiera metido en la academia para convertirse en policía. Y si no era un policía, entonces no sería trasladado a la Primera División. Y si nunca entraba en la Primera División…

Resopló, cansado. Tuvo que apretarse las sienes con dedos temblorosos para disipar un poco la repentina migraña insoportable que le azoraba cuando pensaba en todas esas cosas.

A través del correr de la noche, y mirando a Daisuke de refilón mientras devoraba la receta de su familia de los brotes de atún, Haru deseó solo un poco ser un niño rico con una vida más o menos hecha y sencilla.

Tal vez fuera ese el motivo por el que sentía cosas intensas cuando estaba en presencia de Daisuke. Dos emociones que no podían coexistir la una sin la otra, porque no existía la oscuridad sin un poco de luz para disipar las sombras tarde o temprano.

Daisuke Kambe era un estúpido niño rico.

Daisuke Kambe era un guapo hombre de valor.

—A veces, me dan ganas de agarrarte esa tonta cara inexpresiva y darte un beso para ver si puedo generar una emoción —soltó Haru, tras el cuarto vaso de soju—. ¿Lo dije, o lo pensé…?

Haru había perdido el control de las horas al lado de Daisuke. En un momento, había dejado de cagarse en la madre de todos los niños ricos del mundo para terminar convirtiéndose él mismo en la madre del mayor niñato millonario que había tenido la desgracia de conocer.

¿Era solo una desgracia el haberle conocido? No le gustaba que su propia vocecilla interna retrucara cada pensamiento con otra pregunta que le hacía tambalear.

Daisuke se veía como un corderito perdido sin HEUSC o su abultada cartera. No es que Haru quisiera regodearse de ser quien tuviera el poder —pese a que, con suerte, de su billetera saldrían unos arrugados billetes y polillas—, en absoluto. Pero, tal vez, ser el mayor y el que conocía un poco más de la vida en sociedad le hizo sentir que debía tomar la mano del energúmeno que era Daisuke Kambe para guiarle a través de esa marea brava que era la vida.

—Lo dijiste —respondió Daisuke de repente, sacándole de su ensoñación y desvaríos, sin mirarle directamente—. ¿No te escuchas a ti mismo cuando hablas?

—No te pases de listo conmigo —masculló Haru con palabras arrastradas y las mejillas encendidas, agitando un vaso lleno de soju que salpicaba a la desordenada mesa—. Soy tu superior ahora mismo. Estás en mi casa. Respeta a los mayores, Kambe. ¡La juventud es una amenaza!

No tenía ninguna importancia que Daisuke fuese apenas menor que Haru —pero, pese a todo su dinero y su vida de lujos, sabía que existía todavía una luz de inocencia en el interior de ese hombre que apenas gateaba afuera del nido.

Y no supo si fue la nube de alcohol que le ensombrecía el juicio, pero Haru creyó ver un atisbo de sonrisa en ese rostro tallado sobre mismísimo mármol.

Debía ser solo su imaginación. Así como la repentina palpitación que sintió golpeándole contra las costillas.

, definitivamente solo tenía que ser parte de su estúpida mente alcoholizada. Porque cuando vio a Daisuke, tan impávido como siempre, devorando otra vez el cuenco que le preparó y sin mostrar una sola señal de que las palabras de Haru le hubiesen inquietado tanto como a él…

Quiso darle un golpe otra vez.

Para acabar con la filosa tensión que inundó su diminuto apartamento hasta el último rincón, Haru carraspeó y se echó a reír a carcajadas sin control. Daisuke se tomó su tiempo para tragar el último bocado que ya estaba masticando de su cuenco con los brotes de atún, y fue solo entonces que levantó sus tormentosos ojos vidriosos para mirarle.

Por la fina película acuosa que los cubría, y también por el rubor en su nariz, además de los párpados caídos, Haru solo podía concluir que estaba incluso más borracho que él mismo.

Cambió de parecer, sin embargo, cuando él solo continuó bebiendo directamente de la botella de soju de patata mientras veían un capítulo sobre esa serie de crímenes —y Haru vociferaba algo sobre ser héroes y funcionarios al mismo tiempo.

¿Por qué diablos había acabado la noche sonando como uno de esos viejos borrachos de la esquina?

–¡Eh! —masculló Haru al ver cabecear a Daisuke—. ¡No te duermas mientras te hablo, patán!

—Solo estaba encerrando los ojos —dijo Daisuke adormilado, claramente no solo cerrando los ojos—. Estoy despierto.

—Y yo soy la reina de Inglaterra —bufó Haru—. No te vas a dormir antes que yo, ¡y se supone que eres el más joven aquí!

—Kato-san, no sé por qué preferirías que me quede despierto —comentó Daisuke con la voz rasposa—. Pensé que los jóvenes éramos una amenaza.

Haru echó a reír a carcajadas. No lograba encontrar un motivo para reír con tanta fuerza junto a ese niño rico sin modales ni sentido común. O por qué había querido compartir su costoso jamón —el cual Daisuke podía costearse toda una maldita fábrica de su jamón ibérico de bellota—, su soju de patatas, o por qué le ofrecía un tazón lleno de brotes de atún como se lo preparaban desde pequeño.

Puede que fuera simplemente porque tenía ganas. O porque no solamente borracho tomaba malas decisiones.

—Vamos, no te lo tomes todo tan literal —rio Haru; no parecía llevar ningún control de sus emociones esa noche—. Estamos teniendo una buena noche de colegas, ¿verdad? No, espera… esta noche no somos colegas, Kambe. Seremos amigos.

Daisuke arrugó su enrojecida y pequeña nariz. Desde que conocía a ese chiflado, Haru jamás creyó que podría pensar que tendría un gesto infinitamente tan adorable como aquel.

—¿Amigos? —preguntó el otro, confundido—. ¿Somos amigos?

—Claro que sí, hombre —Haru se estiró para palmear fuertemente en el huesudo, pero firme, hombro de Daisuke—. ¿Por qué no podríamos ser amigos?

En el mismo instante en que hizo la pregunta, se arrepintió. Podría haber culpado al mal pulso que le trajo problemas desde tiempos inmemoriales, así como a la borrachera que no le dejaba coordinar su propio cuerpo a su antojo.

Porque cuando Haru quiso estirarse para dar una palmada a Daisuke, su mano no logró aterrizar en su hombro —de hecho, aterrizó los nudillos contra la caliente mejilla del otro, y todo pareció ir demasiado lento durante un mínimo de segundos.

Era como si el mundo se hubiera detenido. O tal vez era ese limbo en cualquier borrachera antes de correr al baño a vomitar.

Quería hacer todo eso. Mínimo el poder salir corriendo.

Haru no había esperado que la piel de Daisuke se sintiera tan tibia y tan suave ante el tacto. Menos esperó que un adormilado y ebrio Daisuke se recargara contra su mano como un cachorrito herido debajo de la lluvia.

Solo necesitabas un pequeño impulso para tomar malas decisiones. Una descarga de adrenalina que te hiciera apretar el gatillo.

Lo sabía perfectamente de antemano.

Y como la vida de Haru estaba compuesta de malas decisiones, dejó que sus ojos como una piedra preciosa en bruto le atrajeran hasta su rostro como si fueran los dos opuestos de un imán.

Daisuke no se resistió a que le besara. Haru, en el fondo, agradeció la simplicidad y torpeza de toda la situación.

Quería culpar al alcohol de no ser capaz de recordar la última vez que alguien le había visto desnudo o que le tocó con anhelo. Haru no era un adolescente inexperimentado, pero llevaba mucho tiempo solo y hambriento de cariño y de caricias.

Daisuke sí que era torpe, y era casi divertido de imaginar al detective millonario y perfecto no sabiendo cómo acariciar a su colega. Colega. Hasta ese término le daba risa a Haru.

—Acompáñame —susurró Haru contra los finos labios de Daisuke, respirando erráticamente por aire a causa de que el otro no le dejaba ir.

Daisuke le vio otra vez con sus misteriosos ojos que parecían saberlo todo, pero que a cada minuto que corría se les caía la fachada. Solo eran los ojos de una criatura de otro plano dando sus primeros pasos en una tierra más oscura.

.

La forma en que le respondió llenó de ansias a Haru. Había obediencia y deseo, pincelados con una gota de desesperación y calor. Le sujetó por la muñeca mientras le conducía hasta la cama —la cual, en realidad, no estaba muy lejos de donde estuvieron tirados viendo la televisión minutos atrás—, y exhaló un pequeño aullido de dolor cuando Daisuke prácticamente le lanzó contra el colchón.

—¡Ay! Cuidado, Kambe —masculló Haru sobándose la cadera—. Mi espalda ya no está para estos trotes…

Kato —susurró Daisuke haciendo caso omiso de su queja. Reptó sobre sus rodillas y entre las piernas de Haru hasta que quedó tan cerca que sus torsos casi se rozaban—. Bésame otra vez, por favor.

Se lo dijo en un tono que era difícil decir que no. Había tanta firmeza en su voz que incluso si Haru no supiera de sus orígenes ricachones, podría haber detectado al instante que era una persona que jamás recibía un no por respuesta.

Daisuke no parecía un hombre que pidiera las cosas. Las exigía.

Pero allí estaba, en su cama, pidiendo por favor otro beso.

Y Haru no necesitaba que le pidieran las cosas dos veces. Y su yo sobrio se habría negado a recibir una orden de alguien como Daisuke Kambe, así como se hubiera opuesto rotundamente a darle siquiera un beso.

Pero oh, Haru no podía evitar derretirse ante la situación. Estaba voraz de que alguien le rozara la piel tal como lo hacía Daisuke, buscando una grieta entre los pliegues de su ropa para meter la mano por debajo.

Dejó exhalar un suspiro al sentir su mano tan fría contra su cuerpo que parecía arder en llamas. Daisuke debió tomarlo como una invitación a apretar, explorar, tocar con más fuerza y ahínco.

La sudadera roja desapareció —y ahora entendía que ese sentimiento bizarro por verle en sus ropas podría ser, tal vez, otra cosa— tan rápido como la ropa de Haru. Antes de ser consciente, tenía el pecho de Daisuke respirando contra el suyo sin ni una sola tela de por medio —más que en sus pantalones, claro, pero algo le decía que pronto encontrarían su camino hasta el suelo.

¿Así de bien se sentía intimar con otra persona? Haru había estado con hombres y mujeres en sus años de gloria, pero no recordaba que compartir lecho le hubiera llenado de tanto ardor y pasión por lo que vendría a continuación.

O tal vez solo fuera culpa de Daisuke Kambe.

Daisuke Kambe, que tenía dos ojos más azules que un zafiro bien cotizado. Daisuke Kambe, que era un niño ricachón insoportable que ahora le besaba tan fuerte que le hacía olvidar los motivos por los que aquello debía ser una mala idea.

Daisuke Kambe, que era el único capaz de provocar emociones intensas en su corazón roto por los años, y en sus venas donde creía que solo corría agua helada en lugar de pulsante sangre.

Odiaba a Daisuke Kambe. Deseaba a Daisuke Kambe.

¿Podían coexistir esas dos oraciones en una misma persona sin hacerle sentir como un estúpido?

Usualmente, Haru solo sabía sentir ira, frustración, enojo. Su vida estaba colmada de emociones negativas que desgastaban su cuerpo y su mente, por no hablar también de su corazón.

Con Daisuke, el enojo de Haru alcanzaba picos más altos que el Everest. El enojo casual era fácil de sentir, pero la sangre hirviendo bajo su piel cada vez que ese niñato hacía cualquier cosa era suficiente para recordarle que estaba vivo y no era un robot.

—Kato-san, ¿crees que te arrepentirás de esto en la mañana? —preguntó Daisuke mientras trataba de verle a los ojos mientras Haru besaba tan fuerte en el pulso de su cuello que le dejaba una marca.

—Maldito Kambe, ¿qué importa lo que haremos al día siguiente? —gruñó Haru—. Todas las mañanas me arrepiento de las decisiones que tomé el día anterior.

Haru buscó otra vez un punto en su mandíbula para seguir besando. Siguió sujeto con yemas y uñas a la piel desnuda de la espalda de Daisuke como si se le fuera la vida en ello, pero este se encontraba tieso y pensativo.

—No quiero ser un arrepiento en tu mañana, Haru.

No le respondió. No había manera de responder a aquello. Tampoco quería tener que responderle.

Porque el Haru borracho no podía tomar las mismas decisiones del Haru sobrio de todos los días. Era por eso que estaban allí, semidesnudos en su cama —apreciando las líneas rectas del cuerpo enjuto de Daisuke contra su delgaducha figura—, besándose como si no tuvieran que verse a las caras en el trabajo al día siguiente.

A la mierda con el puto trabajo.

A la mierda con absolutamente todo.

La vida era un parpadeo en la historia. Y podía irse en lo que el corazón de Haru se llenaba de oxígeno a más velocidad de la normal porque Daisuke Kambe, otra vez, le estaba mordisqueando en la mandíbula.

Sabía de lo efímero de existir. Todos los humanos debían saberlo, pero la mayoría de ellos se negaba a tener presente ese pensamiento. Nadie quiere pensar que puede morir incluso al día siguiente.

O que puede recibir un disparo de aquel que se supone debía protegerte.

Haru dio un respingo y tembló al recordarlo. No supo si Daisuke era capaz de leer mentes —aunque, si pudiera hacerlo, estaba seguro que podría haberse horrorizado de la cantidad de maneras en que se lo imaginaba desnudo en esa misma cama—, pero apretó sus hombros con más suavidad y firmeza. Le besó en la comisura de la boca mientras Haru calmaba su respiración a causa de todos los recuerdos.

Casi apreció el gesto tan dulce e inocente. Le hubiera gustado volver a ser el romántico adolescente que creía que un beso de amor verdadero podía curar la oscuridad en el corazón de las personas.

Haru quería prometer a Daisuke que no sería solo otro arrepentimiento más en las mañanas del resto de su vida, pero aquello era algo que todavía no estaba seguro de ser capaz de cumplir.

Todavía. Incluso esa palabra le hacía sentir como un adolescente romántico.

Como si todavía pudiera ser salvado. Como si quedara algo del antiguo Haru para rescatar de entre los pedazos rotos.

—Kato… creo que…

—¿Kambe? —masculló Haru, alzando la cabeza tras haber arqueado la espalda al sentir sus besos—. ¿Qué diab-…?

—Yo…

Haru sintió un repentino contra el pecho que le cortó la respiración. Sin entender muy bien qué estaba pasando hasta que tanteó en busca del interruptor al lado de la cama.

La cabeza de Daisuke reposaba con su cuerpo. Una suave y rítmica respiración —similar a un ronquido— salía de entre el fino espacio que dejaban sus labios.

El estúpido Daisuke Kambe se había dormido.

¡Dormido! ¡Encima de Haru! ¡Después de haberle besado y provocado una erección!

—Esto tiene que ser una broma —gruñó Haru tras un fallido intento de quitarse a esa morsa multimillonaria de encima—. ¡Solo a me pasa esta basura!

Que Daisuke se hubiera dormido no quitaba que continuara, pues… caliente. Haru estaba mordiéndose la lengua para tener que soportar la dureza en su cuerpo —una que ya no sería capaz de satisfacer.

Lo peor de todo era que ni siquiera podía hacer rodar al estúpido Daisuke para escaparse al baño para continuar el trabajo solo —o, mínimo, darse una ducha—; cayó redondo como un peso muerto por encima de su pecho.

Casi como si fuera el lugar más cómodo del planeta para dormitar. Daisuke parecía un estúpido bebé mimado que necesita de calor para arroparse por las noches.

Sus propios pensamientos le jugaron una mala pasada. Porque , Daisuke Kambe era un imbécil que sacaba lo más intenso de sus emociones más negativas…

Pero allí, yaciendo encima de su corazón acelerado, tan pacífico y tranquilo con sus mechones oscuros cayéndole sobre el rostro, respirando tan suave como una brisa de verano… Haru se sentía, por primera vez en muchos años, capaz de sentir también cosas positivas…

Como un diamante en bruto.

Y tal vez sí lo fuera. El pensamiento era demasiado metafórico para su gusto —y Haru era un fanático de todo lo que fuera tangible y no idealizado—, pero a su mente borracha parecía traerle consuelo.

Tal vez podría pulirlo algún día. Tal vez encontraría una piedra preciosa de alto valor debajo de todas las capas de carbón y suciedad. Un diamante que llevaba allí desde el inicio de los tiempos, pero que solo un experto en piedras preciosas podría conseguir.

No todo en Haru estaba perdido. No todavía.

Dejaría a su yo sobrio lidiar en la mañana con todos los problemas. El Haru borracho podía ser un idealista que pensaba en pequeñas esperanzas para el futuro.

Mientras se dejaba llevar por el alcohol y el sueño, sin dejar de arropar sus brazos alrededor de la figura casi desnuda de Daisuke Kambe, pensó que dar rienda suelta a sus emociones no había sido tan malo como pensó todos esos años.

Buenas o malas emociones, era Daisuke el que le recordaba a Haru lo que era sentir; sentir que te corría sangre por las venas, o sentir el agonizante deseo de ser acariciado, o sentir que deseabas hacer las cosas bien de ahora en adelante, de una vez por todas.

Pero lo más importante es que le recordaba que Haru, también, todavía estaba vivo.