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Siempre hacia el Sol

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A los diez años, Will Solace estaba empezando a pensar que quizá podía no ser un niño normal. Al fin y al cabo, había pasado la mayor parte del último año lejos de su madre, rodeado de todo tipo de locuras y cosas extrañas.

Durante su décima fiesta de cumpleaños, una pequeña celebración con solo él y su madre, un niño llamó a su puerta. Naomi Solace parecía preocupada al responder; sin embargo Will estaba muy feliz de ver allí a un niño más o menos de su edad.

—Tiene que llevarlo al campamento —dijo el chico en voz baja—. Lo he estado vigilando desde la semana pasada, y ya sabe por qué.

Naomi se giró para mirar a Will, y luego al niño.

—Sólo tiene diez años. Él dijo que no vendrían hasta que fuera mayor, cuando Will estuviera en el instituto.

El chico frunció el ceño.

—Yo tampoco lo entiendo, señora Solace, pero están aquí. Saben que hay un mestizo aquí, y ya casi no puedo mantener oculto su olor. Will tiene que venir al campamento, estará a salvo allí. Solo necesita entrenar, y si quiere podrá volver aquí durante el año escolar.

Miró a su alrededor, nervioso.

—Pero nos tenemos que ir ya.

—Está bien —susurró Naomi, respirando agitadamente—. Will, nos tenemos que ir... de viaje, ¿de acuerdo? Haz la maleta rápido, sólo necesitarás un poco de ropa.

—Yo le ayudaré —se ofreció el niño, sonriéndole a Will—. Hola, me llamo Philip.

Philip ayudó a Will a empacar una pequeña maleta con cinco mudas de ropa. En aquel momento, le había parecido extraño que Philip cogiera la foto en la que aparecía con su madre de la mesita de noche. Ahora, Will se lo agradecía.

Naomi se había despedido de Will con lágrimas en los ojos cuando se detuvo a un lado de la carretera, en algún lugar de Nueva York. Le prometió que podría ir a verla en diciembre si el director lo permitía. Will no entendió por qué no podría ver a su madre hasta diciembre. No entendía por qué su madre no podía acompañarlo a aquel campamento del que ella y Philip le hablaron mientras viajaban hasta allí.

Will observó a su madre saludarlo por última vez antes de subir a su automóvil y conducir lentamente de regreso por donde habían venido. Philip le acompañó mientras subían por una colina.

—Vamos, Will. ¿Recuerdas lo que tu madre y yo dijimos sobre este campamento? Es para que niños especiales como tú se diviertan y... aprendan cosas geniales.

—Quiero a mi madre —dijo Will, con la barbilla temblando—. ¿Por qué no puede quedarse?

Philip apretó la mano del rubio.

—El campamento mestizo no es para personas como tu madre. Ahora ven, tengo que presentarte a un montón de chicos que te caerán bien.

Los dos chicos finalmente llegaron a la cima de la colina, donde se alzaba un enorme pino. Al otro lado bullía la actividad. Había niños caminando o charlando alegremente con sus amigos. Algunos niños se paseaban vestidos con armaduras de metal. Había canchas de voleibol y de baloncesto, así como una docena de cabañas.

Philip llevó a Will a una gran casa, la mayor del lugar, donde le presentó a alguien llamado Quirón, que resultó ser mitad hombre y mitad caballo. Un centauro, según Philip. Quirón fue amable con él en todo momento, saludándolo calurosamente y le pidiéndole a Philip que, por ahora, lo llevara a la cabaña 11.

Philip hizo una mueca.

—No estarán muy contentos con eso. Espero que su padre lo reclame pronto.

—Ya se verá —dijo Quirón, severamente—. Los dioses están casi siempre ocupados, no por eso tenemos que hablar mal de ellos y arriesgarnos a perder un buen sátiro.

—Lo siento, señor —se disculpó Philip. Miró a Will —.Te enseñaré tu cabaña. Te quedarás allí hasta que te reclamen.

Will siguió a Philip fuera de la gran casa. Asombrado, miró el terreno que se extendía ante él.

—¿Dónde estamos? —preguntó.

—Campamento mestizo —respondió Philip—. El único lugar seguro para los semidioses.

—¿Semidioses?

Philip asintió con la cabeza.

—Sí. ¿Alguna vez tu madre te habló de los dioses griegos o de mitología?

—¿Como... Hércules o Perseo? —preguntó Will.

—Exactamente —dijo Philip, sonriendo—. Hércules y Perseo eran hijos de Zeus, ¿vale? Igual que tú. Tu padre es uno de los dioses griegos.

—¿Mi padre es Zeus? —Will se quedó boquiabierto.

Philip bajó la vista.

—No. Zeus ya no tiene hijos semidioses —un trueno retumbó en el cielo despejado. Philip saltó, alarmado—. De todos modos, tu papá es uno de los dioses griegos. Cada cabaña representa a un dios. La 11 es la de Hermes, el dios de los viajeros. Ahí es donde se quedan todos los niños no reclamados.

—Entonces, ¿quién es mi padre?

Philip se encogió de hombros.

—No lo sé. Tenemos que esperar hasta que él o ella te reclame.

Se detuvo delante de la cabaña de Hermes.

—¿Luke?

Un chico de cabello rubio abrió la puerta.

—Hey, Philip.

Sus ojos vieron a Will y frunció el ceño.

—¿Nuevo campista?

Philip asintió con la cabeza.

—Will Solace. Acaba de llegar.

—Por determinar, entonces —dijo el chico, sonriéndole amistosamente a Will—. Has venido en un buen momento, la mayoría de los miembros de nuestra cabaña están fuera, así que bienvenido. Aquella cama de la esquina es tuya.

El chico tenía unos dieciocho años, y se veía genial. Era alto y musculoso, con el pelo corto y arenoso y una gran sonrisa de anuncio. Llevaba una camiseta sin mangas naranja, pantalones tejanos, sandalias y un collar de cuero con cuatro cuentas de arcilla de diferentes colores. Lo único inquietante sobre su apariencia era una gruesa cicatriz blanca que corría desde debajo de su ojo derecho hasta su mandíbula, como una vieja herida de cuchillo.

—Éste es Luke —le presentó Philip—. Es el consejero principal de la cabaña de Hermes.

Luke asintió con la cabeza.

—Cualquier cosa que necesites o cualquier pregunta que tengas, no te cortes y dímelo —le invitó a entrar con un gesto—. La mayoría de las personas se van a casa durante el año escolar, pero tenemos algunos miembros que se quedan todo el año. Estos de aquí son Travis y Connor Stoll, ten cuidado con ellos. Hermes también es el dios de los ladrones.

—Gracias, Luke —dijo uno de los muchachos.

—Sí, deja de advertir a la gente sobre nosotros —agregó el otro.

Luke se rió.

—Nunca dije que no se podía hacer una broma a nadie, solo le estoy avisando —sacudió la cabeza—. Ellos son mis medio-hermanos. Hermes es nuestro padre. Éste de aquí es Cecil Markowitz. También mi medio hermano, y al igual que tú, es nuevo aquí. Aquel otro es Chris Rodríguez, no reclamado aún.

Luke terminó de presentar a Will a todos los otros integrantes de la cabaña de Hermes, y durante los días siguientes, Will acompañó a sus compañeros de cabaña durante sus actividades diarias. Práctica de combate, práctica de voleibol, práctica de tiro con arco, práctica para recoger fresas y práctica para escalar paredes de lava.

Rápidamente descubrieron que Will no servía para combatir cuerpo a cuerpo. Según Cecil, Luke era el mejor espadachín de los últimos trescientos años, pero aun así tuvo dificultades para evitar ser herido cuando intentó enseñarle a Will a mover correctamente una espada. El voleibol fue bastante bien, teniendo en cuenta que el rubio nunca había hecho deporte. Por lo menos, no le estrelló la pelota a nadie en la cara como hacían los Stoll.

Aunque creo que ellos lo hacen a propósito, pensó el chico.

Cuando llegó el momento del tiro con arco, Will se animó un poco cuando golpeó el exterior del objetivo en su primer disparo. Los siguientes disparos que hizo golpearon alrededor de la misma área. Su optimismo desapareció cuando Michael Yew y Lee Fletcher, campistas de Apolo, dispararon diez flechas al blanco sin mirar.

—Hijos de Apolo —señaló Cecil, quitándole importancia—. Fácilmente reconocibles. Todos pueden dar en el blanco o componer una canción o un poema mientras duermen. No te preocupes, lo hiciste mejor que yo en mi primer día. Mi flecha le acertó a Clarisse, hija de Ares. Me tuve que esconder en la cabaña durante todo el día, y Travis y Connor me trajeron la comida. Lo cierto es que fue más divertido de lo que parece.

Lento pero seguro, el tiro con arco de Will mejoró hasta poder clavar sus flechas un anillo más cerca de la diana. Lee Fletcher, quien estaba a cargo de la clase, se ofreció a darle consejos que le resultaron muy útiles.

Y ahí estaba ahora. Tenía diez años y su vida, definitivamente, no era normal, muy lejos de serlo. Todavía no sabía quién era su padre. Y no le gustaba el tono agrio que ponía Luke cada vez que le preguntaba algo sobre Hermes.

Hasta que un día, de repente, fue reclamado.