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Love Song

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Había pasado alrededor de tres meses luego de aquel rompimiento, y el estado de Lime no era el mejor, ni para menos. De un día al otro dejó de ser él mismo. Ya no sonreía con las idioteces que hacia Reiki, tampoco respondía a sus provocaciones. No se molestaba con los empleados de la compañía al pedirles un café doble y que ellos se lo entregaran sin azúcar, simplemente agradecía y lo tomaba. Los chicos se percataron rápidamente de ello mientras que los restantes días después, disculpándose de toda forma por ser tan desconsiderados. El azabache solo asintió y murmuró un seco «No importa», causando preocupación en aquellas personas que conocían al vocalista en su día a día. Incluso pensaron en que podía estar incubando alguna enfermedad y que por ello se lo veía más raro de lo normal.

Se sentía enfermo de tristeza, decepción e incluso ironía.

Los primeros días fueron una tortura. Las noches parecían no tener fin y la oscuridad consumía cada pieza de su tranquilidad. Se acostumbró a dormir en el sofá junto a un pequeño velador con forma de tazón de ramen, además de conservar una sudadera de su expareja y utilizarla como manta.

Era imposible dormir sin el calor de la persona que rompió descaradamente su corazón. Y era patético, porque a pesar de haberlo echado de su vida apenas descubrió su infidelidad, él lo extrañaba de una forma que no soportaba. Lo necesitaba. Quería que le dijera cuánto lo amaba. Necesitaba que se acostara junto a él y le cantara canciones de cuna para luego reírse y dormir juntos.

Todo en aquel piso le recordaba a él; la cocina, en donde el mayor siempre le cocinaba y él se quejaba de que aumentaría de peso; la sala, lugar donde pasaron muchas tardes de mimos y caricias; el estudio, el santuario donde siempre se encerraba a escribir o modificar algunas partituras y su pareja entraba junto a una bandeja con aperitivos y una buena sesión de masajes; el baño, un pequeño sitio en donde relajarse y mimar a su pareja con caricias y algunas escenas de mayor calibre. Pero lo que más dolía, era entrar en la habitación y sentir como si el Antártico se hubiese mudado allí.

No podía poner un pie dentro de aquella habitación sin romperse en el intento. Cada recuerdo que tenía con el mayor lo torturaba. Apenas percibía el calor de las sábanas y su mente lo transportaba a todas las noches de amor sin desenfreno que allí transcurrieron.

Era totalmente deprimente saber que mientras él se entregaba en cuerpo y alma, su pareja mantenía una relación en secreto con otra persona, traicionando su confianza.

Sus compañeros hicieron todo por alegrarlo, pero nada parecía motivarlo. Era sabido que Lime tenía un carácter algo.. fuerte, más nunca creyeron que podrían verlo así.

Yue seguía pasando por él en las mañanas, preocupándose cada vez más al ver el deplorable estado de su amigo. Por más que se esmerase en ocultar sus ojeras bajo una capa de maquillaje —cosa rara, ya que le molestaba usar aquellos productos en otra ocasión que no fueran presentaciones— y sus mejillas rosadas bajo aquel manto blanco, el rubio sabía de antemano lo mal que le estaba sentando la vida.

Lo tanto que sufría en la soledad de su hogar.

Lime se esmeró tanto en guardarse su dolor para él mismo, que terminó por deprimir a Reiki, quien intentaba alegrarlo en cada ensayo, más era vilmente ignorado. Kyonosuke se mantuvo al margen, sabiendo de antemano que no lograría nada acercándose y ofreciéndole un hombro donde llorar. El único que parecía tener un poco de peso en el menor era Yue, además de mantener una estricta rutina que incluía al azabache.

—¡No lo soporto! —exclamó indignado el rosado, a la vez que se cruzaba de brazos y golpeaba el suelo con sus zapatos.

Todos —a excepción de Lime— se hallaban en la casa de la abuela de Kyonosuke. El mencionado era bastante reservado en cuanto a explicar por qué vivía junto a ella, pero al recibir tanta insistencia —Reiki parecía muy interesado en ello—, finalmente terminó por contarles que, a pesar de ser mayor de edad, no quería dejar sola a la única persona que no le había dado la espalda en su sueño de estar en un banda. Su familia se componía orgullosamente de calificados abogados que ejercían en distintos lugares del país y, al querer algo diferente, se le tachó como un indigno de su apellido, obligándolo a irse. Y allí es donde hace aparición su abuela paterna, una señora regordeta y de mirada dulce que ayudó en todo lo que estuvo a su alcance al menor. Kyonosuke no la veía como su abuela, sino como una madre y compañera de vida. Ella era alguien que le recordaba constantemente lo orgullosa que estaba de él. Su pilar más grande en la vida.

—Cálmate, Rei —pidió Yue, bebiendo el té que hacia instantes les había ofrecido la dueña de casa.

—No creo que sea de mucha ayuda que te alteres, querido —acotó ella. Sí, la señora también estaba entre ellos, después de todo, era de la absoluta confianza del baterísta.

—¡¿No lo ven?! ¡Está muy mal!

—Sí, Rei, lo vemos. Más no podemos hacer mucho si él no lo quiere —. Kyonosuke apareció con un tazón repleto de pequeños trozos de bizcocho y el rosado no tardó mucho en arrebatárselo.

Reiki amaba los bizcochos, y mucho más si era el alto quien se encargaba de alimentarlo.

—Bien, ahora, ¿en qué estábamos? —habló nuevamente el anfitrión, con un Reiki cómodo en sus piernas mientra comía contento.

A los ojos de su abuela era una escena de lo más tierna.

—Lime no hablará —declaró Yue.

—¿Por qué no? —preguntó ella.

—Porque es Lime —respondió su nieto—. Él prefiere ahogarse en el mar a tener que llamar a los rescatistas.

—¿Qué le sucedió a su amigo?

El rubio respiró profundo—. Le dedicó tres años de su vida a alguien quien al tercero ya había comenzado a traicionarlo.. —la mirada de la mujer se cristalizó—. Lime golpeó mi puerta a las doce de la noche, y se rompió en mis brazos.

—Desde entonces está deprimido, nos ignora. Es automático. Llega, canta y se va. Es como un robot —agregó Kyo. Reiki asintió a sus palabras, demostrando lo preocupado que estaba por eso mismo.

No le gustaba que Lime lo ignorara, dolía. Reiki acostumbraba a molestarlo para recibir una reacción de él, ¡y ahora no era nada! ¡Aceptaba que lo golpeara incluso! Quería que volviera a gritarle que se callara, que se burlara de él por enredarse con sus propios pies, ¡extrañaba a su amigo!

—¿Tú lo quieres, cierto? —preguntó en dirección al rubio. Kyo observó algo confundido a su abuela. Reiki sonrió y pidió otro bizcocho, siendo consentido en segundos.

—Por supuesto, como todos —. Ella negó.

—No, corazón. Tú no lo quieres de esa forma —declaró—. Puedo ver que te esfuerzas por hacer que él note que estás ahí, aunque sea como un amigo. ¿Por qué, teniendo más personas, fue a desahogarse contigo? —cuestionó, dejando al aludido algo aturdido.

Nunca se había planteado aquella pregunta, siquiera lo pensó. Era un hecho que el lugar más cerca del departamento de Lime era el edificio en donde vivía Reiki, pero aun así él hizo un tramo más largo para ir a verlo a él. Además, tenía razón, Yue intentaba por todos los medios siempre estar disponible para el menor, ya fuera para hablar o salir a beber algo.

Quería ser la primera opción de Lime en todo. Y de alguna forma lo había logrado, ¿pero a qué costo?

—Solo tú sabías lo que había ocurrido para que se encontrara así, Yue —habló Reiki, pero fue callado por un bizcocho.

—Rei, los mayores estamos hablando. —Lo reprendió Kyo.

—Kyo, tu amigo tiene razón, déjalo tranquilo —pidió su abuela—. Si él no lo supiera, ustedes tampoco.

El teléfono de la cocina comenzó a sonar y se disculpó, levantándose.

—¿Y bien? —habló Reiki.

—¿Qué? —cuestionó Yue, confundido.

—¡¿Me vas a negar que no te das cuenta?!

Yue seguía confundido.

—Quiere decir si intentarás conquistarlo —lo tradujo el alto.

El rubio suspiró.

Estaba claro como el agua que todos conocían de sus sentimientos hacia el vocalista y, de alguna forma, se sentía bien con ello. No tenía idea de cómo podría hacer eso, pero debía intentarlo. Por él. Por su felicidad.

Yue quería ver feliz a Lime.. con él.

—Lo haré.

—¡Sí..! ¡Mnn! —festejó el rosado, pero nuevamente terminó con un bizcocho en su boca.

—Nada de escándalos, Rei. Estás en casa de familia. —Lo reprendió Kyo. Reiki se cruzó de brazos y se limitó a asentir, indignado.

Lime, en cambio, se mantenía encerrado en su pequeño estudio, ocultándose del mundo que lo rodeaba. Se insultó mil veces frente al espejo al verse tan vulnerable y desganado, tanto que sus amigos parecían contagiarse del aura negativa y depresiva que él llevaba. «Deja de llorar por los rincones» escupió frente al espejo. «¡Mereces algo mejor, imbécil!» gritó, y se mantuvo en silencio unos segundos. Su reflejo le devolvía la dura mirada y no lo soportó, alzó el puño y lo estrelló con fuerza en el. Los vidrios cayeron, y entre algunos se podía distinguir aquel líquido vital de color carmesí.

Se arrojó como peso muerto sobre el sofá y fijó la vista en sus nudillos lastimados. A pesar de ver sangre escurrir de ellos, no sentía dolor alguno e incluso hasta se encontraba sereno y tranquilo, como si estuviese bajo el efecto de alguna droga.

—Debo estar enfermo.. —susurró.

«Enfermo del mundo..»

Buscó unos pañuelos para limpiar un poco de la sangre que caía y sin pensarlo, se colocó frente al balcón. Era la única habitación que lo tenía y, por ende, supo que querría pasar allí sus tardes de trabajo.

El cielo nublado parecía gritarle que llorara, tal como el lo haría en unos minutos, desahogando su dolor sobre ellos. Inundando calles, mojando a todo aquel que se encontrara en la mala suerte de no contar con un paraguas, y quién sabe qué cosas más.

—A veces quisiera ser una nube; gris, esponjosa y libre —volvió a hablar. Un trueno sonó e inmediatamente la lluvia cubrió la ciudad, obligándolo a volver a la calidez de su hogar.

«Soy un enfermo en este nublado mundo»

Su teléfono sonó, sacándolo de sus pensamientos, al ver la pantalla, se le asomó una pequeña sonrisa.

«Yue».

—¿Hola?

—¿Lime? ¿Estás en casa?

—Sí, ¿por qué lo preguntas?

—Ábreme —. Y con eso, la llamada terminó.

El azabache dejó el aparato sobre el escritorio y en segundos escuchó golpes provenir de la puerta de entrada. ¿Realmente Yue estaba en su puerta o eran estupideces suyas? Como autómata, caminó hasta allí y dio vuelta la llave, abriendo.

—¿Qué haces aquí? —preguntó el menor, viendo algo temeroso al rubio con unas bolsas en sus manos. El otro ignoró su pregunta y se adentró a su hogar—. ¡Yue! —exclamó. Cerró la puerta y siguió al otro hasta la cocina.

—Vengo a.. ¿Qué te sucedió? —preguntó el rubio, notando sus nudillos lastimados y aún con algo de sangre en ellos. Parecía reciente.

—Me caí —mintió, escondiendo la mano detrás de su espalda. No le diría a su amigo que minutos antes había apaciguado su dolor interno con el físico. No quería que lo viera como un loco.

Yue, en cambio, no le creía ni un poco al menor, y le dolía que tuviese que mentirle. ¿Por qué no confiaba en él? Era demasiado obvio que eso no era producto de una caída, ¿qué clase de persona caía sobre sus puños y se cortaba? Debía creerlo un completo idiota si pensaba que creería aquella estupidez.

—Déjame ver, Lime —pidió, acercándose cautelosamente. Temía que se alejara de él.

—N-no es necesario —retrocedió el menor, escondiendo más si cabía la mano.

—No te haré daño

Lime retrocedió.

—No es necesario.. de verdad, Yue —repitió, queriendo salir de allí, pero terminó por ser acorralado contra la pared.

El rubio acercó su mano y tomó con cuidado la ajena, todo bajo la atenta mirada del menor que estaba a punto de volver a romperse frente a él. Analizó la herida y solo eran unos pocos cortes, pero debía fijarse si tenía algún vidrio en ellos. Encaminó al otro hacia el baño y buscó entre las canastas el botiquín de primeros auxilios que Kyonosuke les había obligado a tener luego de que Reiki terminara con una infección por no disponer de aquellos elementos.

—¿Por qué, Lime?

«Yo también me pregunto lo mismo, Yue» pensó, cabizbajo, «Las promesas que hiciste.. ¿Sabías que las romperías?».

—Yo..

De verdad que no se creía lo abatido que se encontraba su amigo. Aquella persona que siempre los obligaba a trabajar y a mejorar día a día, aquél que todos los días le gritaba a Reiki que se callara y luego reían. Ese que siempre le recordaba lo mucho que su precisión con el bajo había mejorado, él que, sin quererlo, le sacaba pequeñas sonrisas. El Lime que todos conocían desde hacia varios años.. ¿Realmente estaba frente a él, a punto de volver a romperse?

—Tranquilo.. —susurró el rubio. El silencio del pequeño lugar le permitía oír los acelerados latidos del corazón ajeno, logrando el mismo resultado en él.

—P-perdón.. —habló, comenzando a llorar. En ese momento su herida ya estaba vendada y Yue fijó toda su atención en él—. Soy un i-idiota.. Yo.. —rió amargamente— realmente.. caí por esto.

—Lime..

—No, déjame. —Ordenó, saliendo del baño. El mayor no se quedó atrás y lo siguió hasta el sofá, en donde encontró al azabache abrazando una sudadera.

«Lime.. ¿Por qué haces esto?»

El menor aún amaba y, recordaba, a su anterior pareja y eso le dolió, pero se obligó a ser fuerte por él. Se tragaría su dolor y lo escupiría en su cocina, junto a una botella de licor.

—Lime, háblame —pidió, arrodillándose frente al otro que se encontraba sentado como indio en el sofá, arrugando entre sus brazos aquella enorme prenda. Tenía la mirada perdida y las lágrimas se deslizaban sin dificultad por sus mejillas. Yue las retiró con suavidad y poco a poco acortó la distancia entre ellos, apoyando su frente contra la contraria. Lime temblaba, y él estiró sus brazos hasta arroparlo contra él, quedando sentado a su lado.

—D-du.. duele —logró pronunciar. Yue acarició su brazo con mimo, intentando tranquilizarlo.

—¿Qué duele, Lime? —preguntó, dándole al otro la oportunidad de desahogarse. A pesar de alimentar su propio sufrimiento, prefería ver bien al menor. Con lentitud, comenzó a tirar de aquella prenda que el otro sostenía. Al lograr quitársela, la arrojó lejos y posicionó los brazos ajenos alrededor de su anatomía. Creyó que no cedería, más no contaba con que se aferraría con fuerza a él.

—Du.. duele que él.. —respiró profundo y continuó, bajo la atenta mirada del rubio—. Duele que él sea feliz.. y yo.. Soy miserable, Yue.

Al oír aquella declaración, se le encogió el corazón. ¿Por qué había esperado tanto tiempo para decidirse?

—No.. No lo eres —respondió, posicionando al menor más cerca de él. Le tomó por las mejillas y las acarició, sonriendo al verlo cerrar los ojos—. Eres una persona maravillosa. Alguien que sabe como hacer que cada día sea una nueva experiencia —. «Es ahora o nunca» pensó. Debía hacerlo—. A pesar de que todos digan que eres de pésimo carácter, yo solo logro ver que eres alguien recto y sensible. Una persona de buen corazón.—Aclaró—. Sabes amar tan profundamente que da envidia ver a alguien junto a ti y que ambos rían.

—Yue..

—Quisiera que pudieras verte con mis ojos.. Así entenderías lo mucho que vales para mi. Lo tanto que necesito verte cada día. Lo mucho que disfruto ver esa sonrisa que me das cada mañana —suspiró. Realmente no era lo que tenía en mente pero contaba como una declaración para él y esperaba que el otro entendiera sus palabras—. Lime.. quiero que seas feliz.. conmigo —finalizó, y acortó del todo la distancia, uniendo sus labios con los del menor.

Lime cerró los ojos y se dejó hacer, correspondiendo unos segundos después. Nunca hubiese pensado que oír todas esas palabras le devolverían esa cálida sensación que creía olvidada en lo profundo de su alma. Su corazón había comenzado a latir frenético luego de que el rubio bajara las manos de sus mejillas y las dejase en su cintura. Aquel contacto hizo reír al azabache y ambos se separaron nuevamente, aunque mantenían sus frentes unidas y los ojos cerrados, casi queriendo que el momento no terminara.

—Yue..

—No me mientas.. —lo interrumpió, junto a una lágrima—. Haz lo que quieras conmigo.. pero por favor no me mientas—rogó, refiriéndose a su herida.

—No lo haré.

—Quédate conmigo, por favor.

—Lo haré, Yue.

El rubio sonrió y abrazó con fuerza el pequeño cuerpo del menor, quien ahora se encargaba de acariciar los cabellos ajenos mientras el otro no dejaba de repetir cuanto lo quería. Lime se cuestionó a sí mismo si estaba bien volver a empezar luego de tanto dolor, pero escuchaba los susurros dulces del otro en su oído y todo se perdía.

A partir de esa noche, el azabache abandonó su hogar y se quedó junto al mayor. Ambos estuvieron de acuerdo en hacerlo, ya que los recuerdos que contenían aquellas paredes atormentaba peligrosamente a Lime.

No fue fácil sanar el corazón roto que el menor tenía, más Yue no se rindió. Cada día era un detalle nuevo, un mimo más, una charla nueva. Ninguno quería perderse la compañía del otro, y por si fuera poco, los colores habían vuelto a Lime, sorprendiendo a sus compañeros, quienes veían con ojos esperanzados la recuperación de su amigo gracias al rubio.

—¡Lime! —exclamó Reiki, sentado sobre las piernas de Kyonosuke. Fue cruelmente ignorado por el azabache que ayudaba a Yue con su bajo.

—¡Lime! —volvió a intentar. Kyo rió.

—¡Li..!

—¡Ya cállate, Reiki! —gritó.— ¡Kyo, dale un maldito bizcocho antes de que le reviente la guitarra en la cabeza!

—Sus deseos son ordenes —respondió el alto, sacando de su bolso un tupper que el rosado vio casi con estrellas en sus ojos. Kyonosuke lo abrió y comenzó a alimentar a un contento Reiki.

Oh sí, las cosas habían vuelto a la normalidad.