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Love Song

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—Lime.. —susurró.

—Lime.. —volvió a repetir, abrazando con fuerza el cuerpo de su amigo. Más aun así, este no dejaba de temblar y soltar leves hipidos, productos de su incontrolable llanto.

Su amigo y, vocalista de la banda en la que ambos estaban, había llegado de improvisto a su puerta hacia pocos minutos mientras él dormía tranquilamente. Los repetidos golpes lo sacaron del mundo de los sueños y lo trajeron de nuevo a la realidad; una en la que su amigo acababa de descubrir una infidelidad y su corazón estaba destrozado.

Suspiró. Esa situación no era fácil para él, no. Ese tipo de cosas se las dejaba a Kyo, por algo tenía mucho más tacto y paciencia que él.

Pero no podía dejar a la persona que habitaba sus pensamientos cada noche antes de irse a dormir.

—Lime, mírame, por favor —pidió, levantando la cabeza de su amigo para que éste lo hiciera, ya que se negaba rotundamente a quitarla de su pecho—. ¿Puedes decirme qué ocurrió?

Él asintió.

«Kyo, ayúdame».

Esa mañana se encontraba acompañado en la cama. Apenas abrió sus ojos, distinguió una mata de cabello castaño cerca de su rostro y sonrió. Su pareja tenía el cabello más rebelde que había visto en su vida, y eso que competía contra las ondulaciones de su amigo Reiki. A pesar de las insistencias de su cabeza que repetía «Déjalo dormir un poco más», él alargó la mano hasta allí y acarició con mimo. Debía agradecer que su novio tuviese el sueño pesado y no se molestase por sus atenciones.

Aunque, ¿quién lo haría? Debería ser ley despertarse así todos los días.

Divisó el reloj que colgaba en la pared —pedido del hombre a su lado, como una linda decoración que hacia juego con sus colores— y éste marcaba las siete en punto. Hora en la que sonaba su alarma y él debía dejar las sábanas para comenzar su día.

Dicho y pronto, hecho. Su alarma sonó, pero él no dejó de mimar a su novio. Éste se revolvió y suspiró.

—¿Podrías.., por favor? —pidió, aún con los ojos cerrados y Lime cumplió, apagando su teléfono. Dejó un pequeño beso en la frente ajena y se levantó.

Al salir del baño, ya duchado y vestido, no encontró a su pareja entre las sábanas, sino una cama tendida y ordenada como a él le gustaba. Porque el orden en su vida era prioritario. Dejó de intentar secar su cabello con la toalla y caminó hacia la cocina, refregándose ambos brazos para darse algo de calor. En la mañana siempre tenían una temperatura algo baja en aquel piso.

—¿Qué haces despierto? —preguntó, apenas hubo entrado. La persona con quien compartía aquel piso desde hacia dos años y, uno más de noviazgo, se hallaba entre ollas y migajas de pan.

—Preparo tu desayuno, no me gusta que te vayas de aquí sin antes ingerir algo —respondió él, aun dándole la espalda, siguiendo con su tarea de controlar el fuego. Lime sonrió.

Tenía razón, él nunca comía el desayuno antes de irse a la compañía, siempre pedía una bebida caliente allí.

—Hoy trabajas, ¿no deberías estar ahorrando fuerzas para tu turno en la noche? —cuestionó, acercándose y frotando su mejilla contra el hombro ajeno.

Él, comparado con su novio, era bastante bajo de altura.

—¿Puedes dejarme consentirte, maldito descarado? —se quejó, soltando una risita.

—Bien, bien.

Ambos desayunaron en la sala, sobre la alfombra y, entre pequeñas anécdotas, el tiempo pasó, dando por fin las ocho de la mañana, hora en la que Yue pasaba por él. Se despidió y bajó, encontrándose al mencionado estacionado y a la espera de su llegada. Sin miramientos, abrió la puerta del copiloto y se adentró al vehículo.

—Vaya, hoy no te quiso soltar, ¿eh? —comentó el rubio. Encendió el motor y emprendió camino a la compañía.

—Me preparó el desayuno —se defendió. Normalmente era Lime quien esperaba, no Yue.

—¡Enhorabuena! Sabe hacer algo más que combinar alcohol.

—¡No empieces! —exclamó, acomodándose un poco más en el asiento. Le apetecía dormir.

—Está bien, me callo —. El semáforo en rojo lo dejó voltearse y admirar el perfil somnoliento de su amigo, arrancándole una sonrisa—. Puedes dormir un poco si quieres, Lime —. Y para darle más énfasis a sus palabras, acarició su húmedo cabello.

El menor no se hizo de rogar e hizo caso a sus palabras, quedándose dormido en segundos.

—¡Oye! —gritó Reiki, alargando la «o».

—No, con gritos no, Rei —lo reprendió Kyo. El otro bufó.

Estaban en el estacionamiento y, para su mala suerte, sus compañeros también. Reiki y su imperactividad de siempre junto a la tranquilidad y la sonrisa encantadora de Kyonosuke.

—Ya déjenlo, chicos.. —intervino el rubio.

—¡Pero tenemos que entrar! —se quejó el rosado —más bien casi rubio — de Reiki mientras movía sus pies como si el asfalto le quemara.

—Reiki cierra la maldita boca si no quieres que te la cierre con las cuerdas de tu guitarra —amenazó Lime, dejando a todos de piedra. Claramente lo había vencido el mal humor.

—Buenos días, Lime —saludó Kyo, recibiendo a cambio una sonrisa del destinatario.

Él no se merecía el mal humor del vocalista.

—¿Subimos? —preguntó Yue, viendo al menor salir del auto.

—Vámonos.

Él tampoco se lo merecía.

—¡Kyo! ¡Kyo! —repetía el rosado en el camino.

Ese sí que se merecía un par de gritos de su parte. «Relájate, Lime. Respira y todo estará bien».

El ensayo de esa tarde fue un éxito. Siempre manteniendo al margen las bromas de Reiki e ignorando los gritos de Lime hacia este. Al finalizar, Yue volvió a tener en su auto al menor para llevarlo hasta su departamento.

¿Desde hace cuánto tiempo venía siendo así? Él buscándolo por las mañanas, despertando antes solo para llegar puntual a su horario de salida. Saliendo de la compañía junto a él para luego llevarlo nuevamente a su hogar. Todo ajustando su horario o eliminando actividades.

Parecía su jodido guardaespaldas y, lo peor de todo, es que no le disgustaba en absoluto. Su compañía era lo que tanto había buscado pero que apenas y podía conseguir gracias a su pareja. Aquél chico alto como él, castaño, de buen porte y risa de mapache era todo lo que le impedía estar junto a su vocalista.

Ellos salían desde antes de que se formara la banda, por lo que solo fue cuestión de tiempo el conocerlo. Ese día Lime parecía nervioso y asustado, caminaba de aquí a allá y bebía su botella de agua cada minuto. Todos se preocuparon por su actitud, pero al final del día lo comprendieron e incluso lo calmaron, alegando que no tenían problema alguno, que todo estaba bien.

Pero ya no era así. 

Se detuvo en un semáforo y observó de reojo a su acompañante. Aquella piel pálida le llamaba, le pedía a gritos que la tocara y comprobara su suavidad mientras la saboreaba con su lengua. Esos labios voluminosos le atraían como un hierro al imán..

Una bocina lo sacó de su trance y lo obligó a seguir su ruta, llegando hasta la residencia de su copiloto.

—Hasta mañana, Yue —lo saludó y bajó del auto. El mencionado lo siguió con la mirada hasta que se perdió dentro de aquel edificio.

Era complicado pasar tiempo con la persona que tanto quería pero que tenía lejos de su alcance.

Al cruzar las puertas metálicas, buscó sus llaves y en segundos ya estaba dentro de su hogar. Dejó sus cosas sobre el sofá y se metió a la cocina en busca de una botella de agua. Se movió por el lugar y no había rastro alguno de su novio, aunque una nota pegada en su netbook lo distrajo.

«Me iré temprano hoy. No me esperes despierto».

Solo eso. Ni un «Te quiero» o «Cuídate», nada. Solo dos simples oraciones compuestas por cuatro palabras cada una.

Lime no era una persona sumamente romántica o cariñosa, aun así tenía sus detalles siempre, además de saber precisamente cómo demostrar su amor sin palabras y solo con acciones. Pero su pareja olvidaba a veces esos detalles y se convertía en alguien que lo ignoraba, más precisamente esas noches de trabajo y, últimamente pasaba seguido. Él tenía vagos pensamientos sobre una posible infidelidad pero lo descartaba en segundos. ¿Cómo podía ser posible que desconfiara así de su pareja? ¿Acaso no le había dado los tres mejores años de su vida? No, su novio le era completamente fiel a él y, nadie más que a él.

¿Verdad?

Decidió ducharse e ingerir algo antes de salir rumbo al bar. Más no obstante, esa inseguridad y mala sensación no parecía acabarse.

«Estaré allí en unos minutos, ¿me darías algo de tu tiempo?» envió. La respuesta jamás llegó.

A pesar de ello, se dirigió al lugar, pero al ingresar —claro que todo el personal de allí lo conocía— se llevó una no tan grata sorpresa.

Aquél que le juraba amor todas las noches, él, que decía amarlo infinitamente. Aquella persona que veía dormir y soñar junto a él.

Con el corazón resbalándose de entre sus manos, se acercó hasta la barra en donde atendía su pareja. Esquivando personas que tenían el alcohol hasta en la piel y apenas pasaban de las diez de la noche. Fingió una tos seca y ambas personas se giraron.

Lime podía jurar que aquella mirada de pena y compasión no se le olvidaría jamás, como también la de burla de parte de aquella mujer que lo veía con una sonrisa de oreja a oreja mientras seguía con ambos brazos en el cuello de él.

—E-esto.. —comenzó, soltándose del agarre impuesto por la tercera en discordia—, déjame explicarte..

El azabache negó. La música apaciguaba aquel ambiente tenso y cargado de tristeza que comenzaba a ahogarlo a cada segundo que seguía de pie frente a ellos. ¿Por qué tenía que ser tan certero en sus pensamientos? ¿Era una maldición?

—Por favor.. —pidió. La mujer los dejó solos y desapareció entre la masa de gente que bailaba sobre la pista. Lime respiró profundo, tragándose su tristeza y ahogándola en lo más profundo de sus aguas para luego seguir a su pareja hasta la bodega. Siquiera sabía si podía seguir llamándolo así.

—¿Desde cuándo? —preguntó, con un hilo de voz, apenas cerró la puerta tras él. Su pareja se sentó en una caja de madera y sostuvo su cabeza entre sus manos, negando—. Te hice una pregunta, es tu obligación responder.

Volvió a negar, preso de la culpa.

—¿Un mes? —volvió a interrogarlo. Volvió a obtener la misma respuesta—. ¿Cuánto?

—¡Un año! —exclamó. Su voz se había roto y las lágrimas no dejaban de bajar por sus mejillas. Fijó la mirada en el azabache y negó nuevamente.

¿Así se sentía la culpa?

Lime se mantuvo firme, viendo al otro desmoronarse ante él, sin descaro alguno. ¿Cómo podía estar así si antes se lo veía de lo más contento junto a aquella mujer de pronunciadas curvas?

—Tres años.. de los cuales uno me has sido infiel.. ¡Maravilloso! ¡Bien hecho! —exclamó, neutro—. ¿Por qué..? —se retracto—, olvídalo. No quiero saberlo.

—Pero amor..

—¡No me llames así! —gritó, caminando hasta quedar cerca de él— ¡perdiste el derecho de hacerlo desde el primer momento en que decidiste fijarte en esa mujer!

El mayor no objetó nada. El menor dio la vuelta y avanzó hasta la puerta, dispuesto a irse.

—Me iré con un amigo, así que espero y, quiero, tus cosas fuera de mi casa mañana. —Ordenó, comenzando a sentirse vacío. No podía retener más el dolor que lo consumía. Debía irse rápido si no quería ser débil y perdonarlo. Él no se merecía eso, sino una persona que lo amara y respetara como tal.

Al no oír respuesta, salió.

Yue se mantuvo en silencio todo el tiempo que duró el relato de su amigo, viendo como éste se deshacía en lágrimas mientras apretaba con fuerza su mano.

No podía imaginarse el dolor que sentía en esos momentos, pero, ¿se podía comparar con el que sentía él al verlo así de roto? Se lamentaba no poder hacer más que darle su apoyo y cariño.

—Iré por un vaso de agua, lo necesitas —habló, luego de unos minutos. Lime negó, riendo.

—Mejor trae una cerveza —pidió.

Yue no contradijo y cumplió con su pedido, dejando sobre la pequena mesa ratona dos latas de aquella bebida que su amigo quería.

—Felices por siempre —pronunció, levantando la lata y chocándola con la del mayor.