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—Quédate un poco más —la respiración caliente de Joe golpeaba los labios de Apple, humedecidos después de haberlos besado tantas veces en una sola noche. —Quédate conmigo, Apple.

—Eightfoot...

—Llámame por mi nombre. Me gusta cuando lo dices tú —volvió a acercarse para conectar sus bocas una vez más, incapaz de saciarse del dulzor de su esporádico amante.

—Joe... —musitó, vacilando un poco, luego embozándose con el dorso de la mano, avegonzado. —No deberíamos de hacer esto. Nuestros maestros se molestarán con nosotros.

—¿Crees que Úrsula me da miedo?

En ese instante, la expresión de Apple se relajó, evocando imágenes de Joe encogiéndose cada que escuchaba el nombre de la Bruja del Mar. Además podía distinguir la ironía en el tono de voz de Joe, lo que lo volvía más irónico.

—Oh, por supuesto que no, pero a diferencia de ti, a mí sí me importa lo que dirá mi reina —se removió de su posición, intentando apartarse del octópodo, quién, de inmediato, lo impidió sujetando uno de sus brazos con fuerza.

—Tu reina no está aquí, Apple.

Los orbes amarillentos de Joe se clavaron sobre la mirada inquieta de Apple Poison, buscando causar efecto en él mediante la emoción que destilaban a través de un intenso fulgor.

Eightfoot se caracterizaba por un carácter arisco, limitándose a su labor mentras mantenía distancia de nimiedades, no porque fuera misántropo sino porque las incesables columnas de contratos por firmar lo dejaban lo suficientemente exhausto para mermar sus ánimos referentes a cualquier actividad ajena a los reclutamientos. Y Apple tenía símiles con él, sólo que destacaba entre los varones por su garbo al desplazarse, esa impoluta forma de expresarse, recatado e imponente, al mismo tiempo, desprendiendo un halo de misterio. No obstante, ninguna de esas cualidades encandilaron al sirviente de Úrsula—aunque, de cierto modo, llamaban su atención—más bien, fue una faceta completamente distinta la que lo atrapó. Una que lo hacía sentir privilegiado al ser el único que podía apreciarla en su máximo esplendor... Pero faltaba más, mucho más.

—Está bien, tú ganas —Joe cedió, liberando el brazo de Apple, resigándose de mala gana.
—Pero, tan siquiera, ¿me dejas darte un último beso?

Apple tragó saliva, por alguna razón, estremeciéndose desde los pies hasta la cabeza.

— ¿Sólo uno?

—Sólo uno.

— ¿Me lo prometes?

—Te lo prometo.

—No habrá más.

— ¡Cierra la boca de una maldita vez! ¡Úsala para otra cosa si vas a estar renegando como nena! ¡Es más, ven acá!

El octópodo terminó por abalanzarse encima de la manzana envenenada encima del sillón, apretando su mandíbula para conseguir que abriera la boca, acallando las quejas con un profundo beso donde procuró fundir sus labios tanto como pudo, al principio, enfocándose en la unión, pero conforme pasaban los segundos, sintiendo como sus tentaciones se avivaban.

Maldita sea, Apple Poison.

En su cabeza escuchaba una y otra vez su propia voz suplicando por un miserable beso cuando bien podría ir a otros extremos si Apple no se opusiera a algo que quería tanto como él. ¿Tiene miedo? ¿De qué? Es un jodido villano. ¿Su físico le disgusta? En ese caso, puede transformarlo del mismo modo en que Úrsula hizo para hacerse pasar por una flamante fémina llamada Vanessa. ¿Sí quiere pero no con un pulpo convertido en hombre? Entonces, ¿por qué accede a besarlo? ¿Por qué lo disfruta tanto como él...?

Se quitó de encima, prefiriendo escabullirse hasta un rincón del sillón. Y si estuviera en su forma original, seguro se escurría hasta los recovecos para evadir al otro hombre.

—Ya vete —dijo sin voltear a verlo.

Apple parpadeó, descolocado por la súbita actitud de su compañero, convergiendo su atención sobre esas facciones delgadas. Juraba haber experimentando un beso tosco, pero, a su vez, tan dulce que lo incitaba a degustarlo hasta quedar saciado. Por ende, no pudo evitar sentirse decepcionado cuando Eightfoot se apartó como si hubiera sido una pérdida de tiempo.

—¿Eso es todo? ¿O al fin te afectó tragar todo ese veneno?

Ambos eran seres venenenosos, cargados de tóxico hasta las entrañas, pero aunque lo discutieran, también los dos estaban seguros de que el veneno de Apple Poison era más potente que el veneno natural de Joe. Y aún así, lo veía poner su vida en riesgo a costa de un par de besos.

—Lárgate, ¿quieres? —instó, irancudo tras una expresión espasmódica.

Apple no se inmutó ante ese tono irritado, al contrario, lo motivó a acercarse a Eightfoot, tomándolo de la misma forma en que éste hizo con él hacía unos instantes, ejerciendo presión a cada segundo que transcurría, lastimándolo al grado de escucharlo quejarse en voz alta, sin embargo, pese al forcejeo del octópodo, se aferró hasta poder unir sus labios por enésima vez, robándole un beso distinto a los demás, usando la lengua tan pronto como obtuvo acceso a su cavidad bucal, logrando que Joe se doblegara en cuestión de segundos.
Sus cuerpos comenzaron a estremecerse, lento, apegándose el uno al otro, ansiando sentirse mutuamente en medio del fogoso movimiento empleado por sus labios en esa unión. Y las manos se mantuvieron inquietas, explorando sus curvas, ascendiendo por el pecho, acariciando las zonas erógenas, descendiendo hasta los muslos, apretándolos con palpable desesperación, rápidamente, sometiéndose a la sensación tórrida que imperaba en ellos, agitando su respiración, ascelerando su palpitar, forzando a Apple a continuar yendo en contra de sus ideologías por la salacidad que moraba alrededor su insólito encuentro en uno de los sillones que decoraban la sala de estar en Hotel HightTower.

—Quítate la ropa —apuró Joe con la voz ronca por la excitación al mismo tiempo que repartía caricias en las piernas de la manzana envenenada, tallando la tela oscura sin cesar.

Y precisamente cuando Apple decidió acatar las órdenes del octópodo después de tanto contenerse, varios pasos energéticos que provenían de un pasillo lo paralizaron en su lugar, desesperando a Joe, quién yacía abajo de él porque, realmente, no se dio cuenta de cuánto cambiaron la posición.

—Creo que alguien se acerca.

— ¿Qué? ¿Justo ahora? ¿No será una de tus excusas para huir de mis tentáculos?

—¿Tus...? ¿Qué?

— ¡APPLE! ¿QUÉ ESTÁS HACIENDO AQUÍ? —el júbilo de aquella voz hizo que ambos se sobresaltaran.

Era Mr. Dalmatia.

Sólo visualizaba a Apple debido a su altura, aunque no conseguía explicarse qué estaba haciendo en esa posición.

—¿No estabas con Jack Heart?

—Me dijo que debía de atender unos encargos de su reina. ¡Ya sabes! Pintar rosas, jugar al croquet, cortar cabezas, y así —Dalmatia sonreía de oreja a oreja a comparación de Apple. —No quiero que Joe se enoje conmigo si lo molesto. Malfi está ocupado viéndose en el espejo. ¡Así que pensé que Apple sí podría jugar conmigo! ¡Vamos! ¡Traje mi pelota favorita! —decidió mostrársela, orgulloso.

—Eh... —bajó la mirada, topándose con un Joe haciendo todo tipo de ademanes que indicaban que declinara la petición del dálmata, empero Apple tuvo un tiempo difícil tomando una decisión. Es decir, quería estar a solas con Eightfoot, pero tampoco quería escuchar los lloriqueos de Dalmatia después de rechazarlo.

—Está bien, vayamos a jugar, Dalmatia —concluyó, quitándose de encima de Joe, ahora siendo él quién se resignaba.

— ¡Yay! ¡Sabía que Apple sí iba a querer jugar conmigo!

— ¡¿CÓMO TE ATREVES A DEJARME ASÍ, APPLE?!

— ¿Joe? ¿Qué hacías ahí? ¿También quieres venir a jugar? ¡Yay!