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Cuentos de antes de dormir

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A Jinwoo no lo invadía el sueño infantil aquella noche. No era nada extraño, sino que eso pasaba de vez en cuando y a todo niño le tocaba vivirlo alguna vez en su vida. En unas ocasiones era por ingerir más alimentos azucarados de lo recomendado para un crío, en otras por estar demasiado emocionado por lo que sucedería al próximo amanecer, y también porque no se había agotado lo suficiente a lo largo del día. Cuando eso pasaba, Jinhyuk o Wooseok, fuera el que estuviera aquel día en casa, le preparaba una taza de leche caliente y se sentaba en la orilla de su cama a contarle algún cuento mientras le acariciaba la cabeza; así no había insomnio que se le resistiera y el muchacho acababa surcando en la nocturnidad los profundos mares del mundo onírico.

Esa vez le tocó a Jinhyuk. Wooseok tenía una cena de empresa y, cuando algo así pasaba, se organizaban para cuidar de su hijo. Jinwoo no podía dormir y buscó en su padre un refugio: aquella mañana un amigo suyo había narrado en el colegio una historieta de terror sobre un monstruo que se encontraba debajo de la cama de los chavales de su edad y que amenazaba con aparecérseles si se portaban mal o en el más mínimo descuido. Encendiendo todas las luces de la casa y llevándolo de la mano, se agacharon y se asomaron. Aunque no hubiera nada, seguía temblando, por lo que el padre le afirmó que a él no le atacaría porque, a pesar de que esas cosas no existieran, él lo protegería de todo mal que intentara hacer lo mínimo. Y procedió a seguir su ritual para conseguir que este se durmiera. Así pues, una vez que se tomó la bebida que le preparó y lo ayudó a acomodarse en la cama, su hijo le pidió que le contara un cuento, a ver si así podía dormirse con más facilidad. Jinhyuk buscó en su mente alguna historia que se supiera y, como no se acordaba muy bien de ninguna, decidió que lo mejor era improvisar. Así que, invocando a la imaginación que en su mente existiera, empezó a hablar:

-Hoy te voy a contar la historia de un niño cuyo destino era convertirse en un mago. Se llamaba Jinwoo- al ver la cara de sorpresa de su hijo, paró y sonrió con la mayor ternura del mundo- Se llamaba como tú, sí. Este muchacho era de una familia de hechiceros bastante importante, por lo que él, como miembro de esta, debía cumplir su destino- su hijo asintió con entusiasmo y le pidió a su padre que prosiguiera con la historia. Jinhyuk pensó cómo continuar la narración, porque no había pensado en nada más. Debería crear muchos personajes, y una trama, y también unos escenarios. ¡Cuánto trabajo tendría por delante! Aunque nunca lo suficiente con tal de hacer feliz a Jinwoo y ayudarle a dormir y, además, esas cosas debían dárseles bien ¡Las enseñanzas que sacó de la carrera y su oficio les servirían para algo más!

Entonces en su mente surgieron un tal Wei y otro Wooshin, unos brujos con renombre que trajeron a un niño a la vida con el don de la creación que les fue otorgado a los encantadores desde antaño y la mezcla de la luz y la oscuridad de sus poderes, dando lugar a un retoño de ojos oscuros que portaban estrellas y brillaban. Este muchacho creció rodeado de elementos mortales y mágicos a partes iguales, y terminó por ser parte de ambos mundos. No dejó desde que nació de contemplar varitas, pócimas, flora y fauna en todos sus estados, sombreros y capas extravagantes –sobre todo porque estas últimas las llevaban siempre personas de su familia-, ni tampoco libros infantiles, juguetes y otras tantas cosas que acostumbraban a llevar los críos encima. Creció en el margen entre el pueblo y el bosque, donde lindaban lo espiritual y lo terrenal, donde convivían fuerzas naturales y celestiales. Fue un niño normal y, a su vez, tampoco lo fue. Eso no le impidió hacer amigos, pues, aunque en parte su familia fuera temida por su inmenso poder, demostraron con creces que eran buenas personas y que la magia no debía ser motivo de odio hacia nadie. Aunque había aún personas a las que les horrorizaba el hecho de que entes que no tuvieran relación con un dios fueran tan poderosos y no fueran capaces de llegar a aceptarlo, dedicándole así palabras desagradables cuando estos no estaban allí y miradas llenas de ira, hubo otras tantas que sí lo hicieron y llegaron a hacerse amigas de este clan. También influía en todo aquello que otros magos, también de su familia, vivieran en aquel lugar y fueran apreciados, como sucedía con el tío Seungwoo y su hijo Dongpyo, o el tío Seungyoun.

Jinwoo había estado experimentando pequeños cambios en su cuerpo a medida que iba llegando a la adolescencia. Había veces en las que pequeñas luces salían de sus dedos y jugaba con ellas; en otras levitaba brevemente por unos instantes y también era capaz de mover objetos pequeños, pero con mucho esfuerzo y concentrándose bastante en estos. Sus padres, a pesar de ser un niño rodeado y lleno de magia, decidieron que creciera como un niño humano más y disfrutara de la infancia y, cuando viniera la hora de convertirse, ellos mismos lo prepararían. Y así hicieron una vez que cumplió los trece años, momento en el que iniciaron a su hijo en el mundo de la magia. Fue un año lleno de aprendizaje teórico y práctico, de ver todo de muchas maneras distintas y nuevas, de descubrir la belleza y también la fealdad de la naturaleza –sus progenitores no desearon en ningún momento ocultarle nada de eso, porque, aun siendo inocente, tarde o temprano acabaría sabiendo de esas cosas y era mejor que lo hiciera en un sitio donde pudieran ayudarle- El proceso resultó en ocasiones duro, porque así siempre había sido. No obstante, también fue bonito y este disfrutó de la experiencia.

Y, para cuando quisieron darse cuenta, llegaron los catorce, edad en que todos los magos hacían la prueba que demostraría en qué lado deberían permanecer y hasta dónde eran capaces de llegar como principiantes. Luego vendrían otras muchas más, pero no había una tan importante como esa porque sería la primera vez en la que tuviera que enfrentarse solo a un ejercicio difícil; no obstante, su familia estaría vigilándole en la distancia y, en caso de que necesitase ayuda o auxilio porque la situación fuera muy peligrosa, se presentarían en cuestión de segundos. Pusieron una bolsa de terciopelo en sus manos y una mochila con lo necesario para sobrevivir en su espalda y se despidieron de él con un abrazo, recordándole las máximas de los magos y, de paso, que tuviera fe en sí mismo y que, si las cosas se ponían muy feas, ellos estarían allí para todo. Jinwoo estaba asustado y nervioso, como era normal en ese tipo de aventuras, pero también muy emocionado por comenzar. Desde que empezó con el entrenamiento, había estado preguntándose a diario cómo sería aquella prueba, si le iría bien, si sus padres estarían orgullosos de él una vez que la superase. Claro estaba, ellos lo estaban de todas formas, y tenían muchas esperanzas en que todo fuera bien. Ese día también fueron a despedirlo su primo, Dongpyo, quien ya había realizado la prueba hacía un par de años atrás y estaba estudiando en la escuela de magia a la que él terminaría por ir al cabo de un tiempo, acompañado de Seungwoo y Seungyoun, sus tíos, que quisieron animarlo y darle un par de consejos adicionales para que aquella travesía no se le hiciera tan difícil.

Así pues, cuando terminaron de charlar, Wei y Wooshin, los padres del mago novato, le pidieron que abriera la bolsa que le había sido dada y sacara lo que hubiera en ella. Al meter la mano, se topó con un objeto de tacto frío y, al sacarla con este, descubrió que se trataba de una esfera de cristal que brillaba hermosamente con una infinidad de colores. Ya había oído hablar de ella con anterioridad; era el portal por el que viajar para todos los que debieran someterse al examen fundamental de magia, y solo funcionaba y trasportaba al aprendiz una vez que introducía en esta el emblema que se ganaba al superar la prueba. Los demás le pidieron que se concentrasen en su interior y dejase que la energía que esta trasmitía fluyera por su cuerpo, para así poder trasportarse al sitio al que había sido destinado en primer lugar. Como última advertencia le comentaron que quizás se marearía un poco e incluso le dolería algo el estómago al ser la primera vez que viajaba en el espacio, pero que se acabaría acostumbrando a ello como todos lo hacían. Dicho aquello, el más joven de la familia siguió las instrucciones que le habían sido dadas y se concentró en la fuerza que recorría su cuerpo por el contacto de sus dedos con la bola. La casa se llenó de luz y Jinwoo sintió cómo un agujero se lo tragaba y caía por este a toda velocidad, con la diferencia de que el recorrido era en horizontal y no en vertical como se esperaba de cualquier descenso al vacío. Tras unos minutos, todo rastro de Jinwoo desapareció del salón de la casa de los magos y ellos no pudieron sino desear que aquello resultara del mejor modo posible y aprobase.

Por otra parte, Jinwoo aterrizó en un sitio por completo desconocido. En efecto, lo que le habían comentado instantes atrás sus padres y tíos acerca de las sensaciones que lo dominarían una vez que acabase el viaje eran reales. Se quedó parado en el punto en el que cayó hasta que logró regular su respiración y disipar su fatiga. Tras un rato seguía aturdido aún y el sentimiento de extrañeza lo llenó enteramente, pero ya iba sintiéndose algo mejor en comparación al momento del descenso. Cuando se repuso, se detuvo a mirar su alrededor: se encontraba en medio de un camino de gravilla, que, a su vez, estaba rodeado por árboles y maleza. Miró hacia atrás y vio que el sendero desaparecía en la oscuridad del bosque, por lo que decidió seguir el rumbo que sí estaba despejado. Así pues, anduvo por un largo tramo sin detenerse ni un solo segundo hasta que llegó a la entrada de un pueblecillo y allí no se demoró en adentrarse en este. Se parecía al lugar en el que él vivía, con la diferencia de que el clima era algunos grados más cálido que en su lugar de orígenes y la disposición de las casas e incluso sus materiales parecían distintas. No supo qué hacer allí, por lo que empezó a agobiarse ¿Dónde dormir? ¿Dónde comer? ¡Seguía siendo un niño en verdad! Pero tampoco quería que sus padres se preocupasen y que eso supusiera algo negativo a la hora de la valoración posterior del consejo de magia, por lo que intentó resolverlo rápidamente y hacer caso a la sugerencia que su familia tiempo atrás le hicieron: que siguiera su propio instinto y fuera allá adonde su corazón lo llevara, pues no había nada más poderoso que la corazonada de un mago. También le dijeron que fuera precavido y pensara siempre en qué podría ser lo mejor. Aquello lo confundía a la hora de tomar decisiones, pero prefirió no dejarse llevar por el pánico que pudiera sentir y enfocarse en descubrir cuál era su objetivo en aquel sitio y por qué lo había llevado hasta allí la esfera. Se dedicó a andar con la mayor despreocupación posible, intentando descubrir alguna pista que lo guiara hasta aquello que estaba buscando (aunque no supiera bien el qué era), pero en un principio no encontró nada que le fuera de ayuda.

Sin embargo, tras unas cuantas vueltas, unas señoras se le acercaron. Era normal que algo así sucediera y llegara a levantar sospechas entre los habitantes. Era hasta obvio en realidad, porque tenía aún el rostro aniñado y, además, era un forastero, por lo que seguramente las mujeres quisieran saber dónde estaban sus padres o si, por el contrario, se había perdido y por eso vagaba solo por el pueblo. Estas le preguntaron, tal y cómo vio venir, que qué hacía allí solo, y que, si por algún casual, se había desorientado. Él le explicó que no lo estaba, sino que era la primera vez que visitaba el pueblo y estaba explorándolo. Entonces ellas, viendo que sus padres no estaban alrededor, lo señalaron. Al principio se tensó, pero después consiguió improvisar una mentirijilla y afirmarles que estaban visitando a unos conocidos y que le habían dejado vagar por ahí, teniendo en cuenta que el lugar no era especialmente grande y que era lo suficientemente responsable como para no meterse en problemas. Eso les bastó y no sintieron más preocupación por el aprendiz de mago, pero, aun así, le pidieron que tuviera cuidado, pues un monstruo enorme había estado rondando el pueblo y había desaparecido un joven de allí, y que volviera lo antes posible a casa, ya que no querían más víctimas.

No supo cómo tomarse aquello Jinwoo ¿Un monstruo? ¿Lo estarían diciendo para que les hiciera caso y regresase pronto a su hogar y tomándolo por un niño ingenuo o, por el contrario, le estarían contando la verdad? En realidad si estaba en aquel lugar era por un motivo en concreto, una prueba a superar, y aquello se asemejaba bastante a una. Decidió investigar por el pueblo con el fin de recabar información y, en efecto, escuchó a más personas charlar acerca del tema. Lo siguiente que debía hacer era, en ese caso, ponerse en contacto con la persona adecuada, pero había algo que tenía que realizar antes. El estómago le había estado rugiendo desde tiempo atrás, y eso era una alerta: con el hambre saciada llevaría a cabo su labor de mejor manera. Entonces, se dirigió a un pequeño restaurante que halló en su paseo y se dispuso a comer. El dueño se apiadó del hechicero y, viendo que estaba hambriento y parecía venir de lejos, le invitó al almuerzo. Ya había visto a chicos como Jinwoo en el pasado, y sabía a qué venían, por lo que haría lo que estuviera en sus manos para ayudarles. Antes de marcharse, le recomendó ir a visitar al alcalde; este le aclararía todo lo que necesitaba saber. Y así hizo.

Buscó el ayuntamiento alrededor del pueblecito con ayuda de indicaciones varias de los vecinos, y, tras un buen rato merodeando por el lugar, logró encontrarlo. Era un edificio pequeñito, de construcción un tanto rústica –así como el resto de edificios de aquel sitio- y blanca fachada. Con paso incierto subió los escalones que había en el soportal y, llegando a la entradilla, abrió la puerta y pasó al interior, donde se topó con la recepción y, detrás de esta, una hilera de escritorios y personas trabajando en estos. Un hombre adulto que estaba allí, sorprendido por el hecho que un muchacho tan joven como él se encontrase en aquel lugar, le preguntó el motivo de su visita, a lo que contestó que estaba buscando al alcalde. No obstante, pensando que se trataría de alguna chiquillería o de algo sin importancia, le aclaró que aquello que necesitara se lo podría decir a él y ya se encargaría de comunicárselo a este, pero el aprendiz de mago no se rindió y le dijo que debía verle en persona, pues era un asunto de vital importancia, y ni aun así cedió. Entonces, como vio que no se resolvería nada si se quedaba allí parado, decidió actuar sin plan alguno y recurrió a una técnica que muchas veces le sirvió en el pasado: despistar y, cuando tuviera la oportunidad, colarse en el despacho donde el regidor trabajase. Preguntó que dónde estaba el baño, que le urgía ir y, una vez que fuera, se marcharía y, aunque con recelo, la secretaria le indicó dónde se situaba. Le dio las gracias y se puso a buscar su verdadero destino, no sabiendo que el otro señor sospechaba de él y decidió seguirlo. Cuando, tras buscar, logró hallar el despacho, la voz del hombre se alzó.

-¡No puedes entrar ahí!- Jinwoo sabía que no podía, pero ¿Acaso iba a quedarse ahí? La respuesta claramente era negativa, por lo que ignoró lo que dijo el secretario y entró. Dentro se encontraban dos personas: un hombre en sus cincuenta, posiblemente el alcalde, y un chico más joven de rostro ameno en el que destacaba un hoyuelo y que, por las circunstancias y el parecido con el primero, quizás fuera su hijo u otro pariente cercano. Ambos se giraron para ver con sus propios ojos cuál había sido el motivo de tan inesperada irrupción en la oficina. El otro hombre alcanzó al mago y le puso una mano en el hombro, disculpándose por lo sucedido. Sin embargo, antes de que pudiera llevárselo, el alcalde lo detuvo para pedirle explicaciones:

-Sunho, ¿qué está pasando aquí?- a pesar del tono de voz serio del hombre, se podía apreciar también curiosidad en sus palabras. El otro muchacho también aguardaba allí una respuesta.

-¡Este gamberro se ha colado en el ayuntamiento sin permiso!- Jinwoo quería llorar ¡No lo era! ¡Él solo quería ayudar! Pero por el apuro que le producía la situación, no era capaz de pronunciar otra frase que “¡No es así, lo prometo!”. Tras recitar aquello en bucle, el alcalde le pidió a Sunho que le soltara y le permitiera hablar, y cumplió sus órdenes aunque no estando muy conforme. Tomó aire y, tras tranquilizarse un poco, intentó hablar.

-Disculpadme, de verdad. No era mi intención crear un alboroto ni nada por el estilo, ¡se lo juro!- los presentes asintieron, aceptando lo que decían, y le rogaron que continuase- me llamo Jinwoo, provengo del pueblo de Maroo y soy un aprendiz de mago. Venía a presentarme ante usted tras oír las noticias sobre… el monstruo. Quiero ayudar, si es posible, por supuesto- una sonrisa surgió en el rostro del hijo del alcalde, mientras que los otros señores intercambiaron miradas. Sunho intervino entonces.

-¿No eres muy joven para venir solo desde un pueblo tan lejano? ¿Dónde están tus padres?- el muchacho esperaba que le hicieran esas preguntas tarde o temprano, por lo que también esperaba que la gente no tuviera fe alguna en que un crío pudiese afrontar un problema de tal magnitud. No obstante, si bien el secretario estaba lleno de incertidumbre, aquel que no había hablado aún lo hizo.

-Puede parecerlo, pero por su apariencia juzgaría que está en la época de la conversión, ¿no?- el joven mago asintió, y el otro prosiguió con su observación- Supongo que si estás aquí es porque aquí se encuentra una de las pruebas que debes afrontar. Además, Jinwoo… He oído alguna vez ese nombre, ¿no serás por casualidad familiar del mago Seungwoo?-Al muchacho se le iluminó la cara al oír el nombre de su tío, especialmente porque parecía pronunciado con alegría. Afirmó con entusiasmo y le comentó cuál era su parentesco, haciendo que aquel que le preguntó se alegrara- Soy Byungchan. Él y yo nos conocemos desde hace mucho tiempo y me ha hablado de ti en alguna ocasión, así como de Dongpyo ¡Qué mayor estás ya! ¿Qué es lo que te trae por aquí?

-Estoy haciendo la prueba inicial de magia y la esfera me ha mandado para acá, y por el camino me he enterado que un monstruo estaba acechando el pueblo, así que decidí venir para enterarme mejor de todo lo que estaba pasando.

El alcalde asintió y le pidió a Sunho que cerrara la puerta y después a los que allí se encontraban que tomasen asiento, no sin antes reprender al secretario por no informarle de ello antes, pero, ¿cómo iba a saberlo si no estaba al tanto de quién era ese joven en primer lugar ni él le dio explicaciones de ningún tipo? Dejó eso para otro momento, y prefirió escuchar lo que tenía que decir. Así pues, habló de aquello que había traído al aprendiz de mago al ayuntamiento. Desde hacía un par de semanas, un ingente ser alado había estado paseándose por aquel lugar y provocando temor entre los habitantes y encendiendo el cielo con horrendas llamaradas y tiñéndolo de rojo. Y no solo era lo único que había pasado durante esos días ¡Un chico del pueblo había desaparecido y sospechaban que el culpable de eso era también quien estaba causando el terror allí! Una vez terminó de hablar, el alcalde se preguntó si habría hecho bien en hablarle de ello a ese niño y si era prudente por su parte darle a Jinwoo la misión de averiguar lo que había detrás de todo aquello, pues, al fin y al cabo, seguía siendo un crío; sin embargo, tenía la corazonada de que, si estaba allí, era porque tenía algo que ver con todo eso y, además, porque la corte suprema de magos había decidido que era digno de lidiar con aquella prueba. Se fijó en su hijo, quien parecía tener esperanzas en el mago por sus referentes, y pensó que lo mejor sería que fuera acompañado por alguien maduro y que conociese lo suficientemente bien el terreno. Entonces decidieron entre los cuatro que Jinwoo se encargaría de arreglar la situación, pues la magia solo podía arreglarse con magia, y que Byungchan, y Sunho si era necesario, lo acompañaría, y, en caso de encontrarse en el más mínimo riesgo, volverían al pueblo; nadie estaba dispuesto a que se perdiera una vida, y menos tres. Así empezaría su primera evaluación, y así su camino para convertirse en un mago a tiempo completo.

Jinwoo, quien había seguido atentamente la narración de su padre, empezó a bostezar, y ahí supo Jinhyuk que su hijo logró olvidarse del monstruo que quizás viviera debajo de su cama y que era la hora de irse a dormir. Le prometió que, al día siguiente, seguiría contándole la misma historia, con nuevos detalles y más personajes, y que sería digna de escuchar, pero que, en cambio, debía descansar y soñar con los angelitos, pues debía madrugar para ir al colegio. Se dieron las buenas noches y, una vez que cerró los ojos, depositó un beso en su frente y apagó las luces. El mañana sería otro día, y Jinhyuk tenía que ponerse manos a la obra con su nuevo proyecto mientras que su Wooseok volvía de la cena de empresa, aunque este le hubiera dicho que no le esperara despierto, que regresaría tarde a casa y que no quería molestarle. En realidad, él tampoco podía irse a dormir, menos aún teniendo un nuevo cometido entre manos. Ser padre, profesor de literatura y novelista a ratos era agotador y parecía no estar lo suficientemente pagado pero, al fin y al cabo, también muy gratificante, y no podía quejarse: con ambas cosas había tenido suerte, así como también la tuvo cuando conoció a su marido y decidió formar una familia con él. Encendiendo el ordenador, se puso a escribir lo que vendría después del cuento de aquella noche.

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Jinwoo pasó toda la tarde, mientras hacía los deberes, deseando que llegase la noche para así conocer la continuación de aquello que empezó a narrarle su padre el día anterior, pues la historia del joven mago y el monstruo que acechaba el pueblo lo tenía en vilo y no podía dejar de pensar en eso ¿Qué sería lo siguiente? ¿Conseguiría vencerlo con la ayuda del hijo del alcalde, Byungchan, o por el contrario él sería el derrotado y debería volver a casa, no habiendo superado la prueba y, además, habría puesto su vida y la de los habitantes del pueblo en vano? ¿Qué pasaría con el ser que intentaba invadir el pueblo? Todas esas dudas inundaban la cabeza del muchacho y, en cuando la oportunidad, en el momento en el que Jinhyuk le tapaba con las sábanas que cubrían la cama en la que dormía y su padre le deseaba buenas noches, aprovechó para expresárselas. Aquel día disponían de más tiempo para hablar, pues cenaron antes, y afortunadamente, este ya tenía una respuesta preparada que darle, por lo que tomó asiento y se dispuso a dársela. Aquella noche Wooseok se encontraba también fuera por otra de sus reuniones que se extendían hasta el anochecer, por lo que tendría más tiempo para narrar. Habiendo colocado bien las mantas y encontrado un hueco en el que situarse junto a su hijo, empezó a hablar.

-¿Por dónde nos quedamos anoche...? - Tras pararse a recordar qué fue lo último que dijo en la lectura anterior y hallar la respuesta, chasqueó los dedos y sonrió- ¡Ah, sí! ¡Esa parte...! ¡La del monstruo que acechaba aquel pueblecillo!

En ese momento pues retomó la narración y la inició haciéndole una aclaración a su hijo, y esta era que, el joven mago, por petición del alcalde y de Sunho, quienes temían que, siendo tan joven, no contase con el dinero suficiente como para pagar una pensión y que, además, estuviera por ahí a solas, por mucho que pudiera valerse por sí mismo, terminó por quedarse a dormir en casa del jefe del pueblo. Dicho aquello, habló de los días que a ese siguieron, y de los obstáculos que tuvo que superar. Uno de estos era que no pudo lanzarse a la aventura directamente, no sólo por el temor que le producía enfrentarse a un ser como el que describían -Jinwoo también creía que, si era una prueba para iniciarse en la magia y que, habiendo recibido las tan buenas lecciones de sus padres, no sería tan difícil como imaginaba-, sino también porque antes de hacer nada, debía conocer el pueblo mínimamente bien y analizar el comportamiento del engendro para ir al grano. Eso fue lo que le recomendaron hacer el alcalde y su secretario, Sunho. No obstante, no tenían mucho tiempo que perder tampoco, pues la criatura podría atacar en cualquier momento y llevarse a otra persona incluso. Además, el mago no era el único que deseaba apurarse, aunque sintiese temor, sino que Byungchan también intentó acelerar todo aquello para empezar la búsqueda cuanto antes. Jinwoo juzgó en primer lugar que lo hacía por ser el hijo del líder del pueblo, y por ser su responsabilidad todo aquello y, cuanto antes acabara con todo eso, mejor sería. Nada estaba más lejos de la realidad, sin embargo.

Descubrió que, en realidad, este tenía un motivo que estaba muy por encima de cualquier otro y que era aquella razón la que lo habían llevado a unirse a la expedición, no solo que su padre lo hubiera ofrecido como acompañante al otro muchacho. En realidad, el alcalde no estaba especialmente de acuerdo en que su hijo fuera partícipe de ese plan, pero tras numerosas discusiones que tuvieron días antes de que Jinwoo apareciera por aquellos lares, cedió, aunque no muy convencido, con la condición de que se cuidara y no saliera herido. La principal de sus razones era, en efecto, que conocía al chico que había desaparecido. De Sejin, que así se llamaba su amigo, se perdió el rastro exactamente el mismo día que el monstruoso ser hizo su aparición por primera vez, por lo que se atribuyó a este la ausencia del muchacho en el pueblo. El joven era considerado por sus vecinos una persona agradable y tranquila, y formaba parte de una de las familias más longevas del lugar, así como la de Byungchan. Sus antepasados forjaron una firme amistad que el hijo del alcalde y él mantuvieron y reforzaron. Le conocía bastante bien, y sabía que no tenía motivo alguno para irse de allí, y eso era lo peor de todo ese asunto. Por lo que sabía, Sejin era feliz en el pueblo rodeado de su familia y amigos y trabajando en su taller de juguetes, y nunca dio señales de que desease abandonar el lugar, por lo que, junto con la aparición, todo pareció bastante claro para él: no se había marchado por voluntad propia, sino que lo habían abandonado. Y toda esa situación lo tenía trastocado, porque no sabía si debía mantener las esperanzas en que el otro siguiera vivo o deshacerse de cualquier fe y luchar contra el monstruo, aunque fuera para librar a los habitantes de aquel lugar del peligro que este suponía y vengar a su amigo. También era cierto que no era el más diestro con la espada, pero con la fuerza de voluntad de la que disponía y la ayuda del mago sería capaz de enfrentarse al objeto de terror del pueblo.

Sunho organizó todo para aquella expedición por orden del alcalde, quien estaba bastante ocupado con otros tantos problemas que concernían al lugar y confiaba lo suficiente en la capacidad de organización y liderazgo de este para dejarle al mando de ese trabajo. Y aunque él no pudiera ir por tener que ocuparse de otras tantas tareas allí, no dejaba de preocuparse por el hecho de que al alcalde le pareciera buena idea dejar a su propio hijo y a un crío buscar al monstruo y luchar contra este. También era cierto que, si todos estaban de acuerdo con eso y Jinwoo estaba allí, era por diversas razones, y una de ellas podría ser que fuera lo suficientemente poderoso como para manejarse bien por su cuenta y poder enfrentarse a la adversidad. Así pues, se reunieron los tres para planificar todo y establecer un protocolo. El secretario había trazado en un mapa el camino que debían seguir para mantenerse lo más seguros posible y evitar todo riesgo existente, y les pidió que no siguieran otra ruta, por muy buena que se les pintase al principio. También preparó un equipaje para todo aquello, porque llegar hasta a la montaña les supondría un día entero de senderismo, o quizás más, y deberían parar de vez en cuando para descansar y alimentarse. Además, les pidió que, al más mínimo indicio de fatiga o peligro, volvieran al pueblo, pues se negaba a arriesgar unas vidas tan jóvenes, a pesar de la tan desagradable circunstancia que les tocó vivir. También les obligó a prometer que, pasara lo que pasase, encontraran lo que encontrasen, volverían al pueblo.

Antes de que se marcharan, Sunho habló con Jinwoo para preguntarle acerca de un conocido que quizás tuvieran en común. El mago le confirmó que, en efecto, así era. Resultó que ese conocido era Seungyoun, uno de sus tíos y mentores en la enseñanza de la magia, y, a su vez, un viejo amigo del secretario. También había tenido trato con su otro tío y con sus padres en el pasado, pero no tanto como con el mencionado, con el que trabajó tiempo atrás y desarrolló una hermosa amistad, pero del que no volvió a saber mucho más al irse a vivir a sitios diferentes y perder el contacto. No obstante, le alegraba volver a tener noticias de él y escuchar que estaba bien, aunque fuera por su sobrino y no por él mismo. Pensó que, si Seungyoun y su familia lo habían entrenado, podría confiar en el muchacho; llevaba el talento en cuanto a la magia en los genes. Al día siguiente Byungchan y Jinwoo se marcharon.

Con todo dispuesto, decidieron salir de la casa del alcalde al amanecer, para aprovechar el día al máximo y evitar que la noche los pillara desprevenidos y, con esta, las sombras que acechaban el lugar. Fue cuando llegó el día el momento en el que el aprendiz de mago empezó a sentir nervios e incluso miedo. No podía negarlo, ya los había notado antes, pero a la hora de la verdad se manifestaron en su totalidad. Era normal encontrarse así, era la primera vez que tenía que enfrentarse solo a algo así, pero debía hacerlo… y también tenía fe en que lo conseguiría. Además, no iba solo y estaría protegido. Sus padres se lo prometieron, así como lo hicieron el alcalde y su secretario. Ahora debía confiar en sí mismo y en las palabras que le dijo su familia para casos así: siempre mirando al frente y teniendo fe en las habilidades que uno poseía. Ellos habían pasado por lo mismo, así que él no debía sino creerles y seguir el consejo que le fue dado. Se despidieron de los pocos que sabían acerca del plan y pusieron rumbo hacia su nuevo destino: el hogar del monstruo.

A medida que avanzaban por el camino recomendado por Sunho iban dejando detrás las casitas de piedra y teja y a los propietarios de esta. Al principio los árboles eran pequeños y poco frondosos y la luz diurna los acompañaba, pero eso fue cambiando al mismo tiempo que se fueron adentrando en el bosque que se encontraba antes de llegar a la montaña. A partir de un punto concreto comenzaron a ver cada vez más hojas caídas sobre el suelo, plantas con un espesor y altura nunca visto y que impedían que los rayos del sol entrasen en el lugar y sombras por doquier. También escuchaban ruidos venir de todas partes, cosa que les puso en alerta, aunque se tratasen de las diversas criaturas que tenían aquel lugar como hábitat. No pudieron evitar asustarse, por mucho rato que llevaran allí; les daba pánico la idea de que les atacaran por sorpresa y no supieran cómo defenderse o no reaccionaran a tiempo. Y aunque hubieran salido temprano de casa, el recorrido era largo y la noche se les echó encima, por lo que tuvieron que detenerse a descansar. Mientras que buscaban un lugar seguro donde acampar, se percataron de que no estaban solos allí en el momento en que una rama crujió de una forma poco común, por lo que se prepararon para batallar si era necesario. Y en efecto, tal y como lo esperaban, un muchacho de la edad de Byungchan apareció con la espada alzada y dispuesto a pelear. El mayor del dúo, mientras desenvainaba la espada, le pidió a Jinwoo que se pusiera a cubierto, no fuera a ser que saliera herido. Eso le preocupó más pues, si era sincero, tenía más fe en la magia que en las armas materiales, por lo que buscó un escondrijo que le sirviera de posición estratégica en caso de necesitar usar sus poderes. El adversario se lanzó al combate y un choque de espadas sonó. Por primera vez los ojos de los dos guerreros se encontraron, y fue como contemplar a la inocencia de una persona que nunca abandonó el hogar y a la fiereza de alguien que presenció la sanguina masacre de infinitas naciones.

Se notaba que Byungchan no era un hombre de armas y que, lo poco que sabía, fue por imposición familiar en caso de una invasión enemiga o alguna causa similar. Y eso le supuso una gran desventaja en contra de su rival, quien parecía ser docto en el arte de la guerra por la ligereza y rapidez de sus movimientos aun portando con él tan pesado hierro, así como por la precisión de sus ataques. No llegó a hacerle sangrar en ningún momento, pero sí que cayó derrotado al suelo, indefenso, porque su única herramienta de defensa había quedado fuera de su alcance. Buscó con la mirada a Jinwoo, esperando que este se hubiera puesto a salvo y, si le era posible, que le salvase con alguno de sus trucos de magia, uno de esos que se suponía que los hechiceros aprendían a lo largo de su vida. Y mientras que eso pasaba, susurraba plegarias para que un milagro sucediera.

-Por favor, que pase algo y me pueda salvar el culo… Señor, si existes, concédeme eso, que nunca te he pedido nada y soy muy buena persona- viendo al otro luchador acercarse arrastrando el filo de la espada, para seguramente acabar con él, notó cómo se quedaba sin respiración, se le paralizaban los músculos y una lágrima solitaria recorría su cara. Era su fin, y él sentía que no había hecho lo suficiente ¡Aún era joven! ¡Tenía mucho por realizar antes de morir! ¡No podía fallecer ahí! Solo esperaba que la espada apareciera de nuevo en su mano y que el dios que se encargaba de las circunstancias humanas hiciera que saliese airoso de aquella situación o que el joven mago que le acompañaba supiera usar sus poderes en condiciones.

Por otra parte, Jinwoo estaba intentando recordar uno de los hechizos que le enseñó Wei, su padre, mago de la luz, en casos así. No quería herir a nadie, pero si no protegía a Byungchan, quizás fuera muy tarde. Tras instantes angustiosos, logró pensar en uno que le sería de suma utilidad, si era capaz de formularlo en condiciones, por supuesto. Viajó en sus memorias por unos instantes, para rescatar aquellos conocimientos que había adquirido en el pasado. Visualizó a su padre indicándole que abriese las palmas y las plantase en el suelo, y, habiendo hecho eso, que fijara su mirada en el objetivo y dijera unas palabras en un idioma que, hasta tiempo después no cobraron sentido, para que el hechizo fuera llevado a cabo. Se desesperó porque, por un momento, creyó haberlas olvidado ¡Eran dos! ¿Cómo lo había podido hacer? Se esforzó por acordarse de ellas y, cuando más desesperado estaba, estas acudieron a su mente.

-¡Terrae chordae!- dijo mientras observaba al guerrero enemigo. Entonces, la tierra comenzó a temblar, asustando a Jinwoo y a Byungchan y pillando por sorpresa al tercero. Y de repente, numerosas ramas surgieron del suelo y rodearon el cuerpo de su adversario, apresándolo y dejándolo preso contra la tierra. Intentó deshacerse de estas con su espada, pero sus brazos quedaron paralizados y la espada quedó fuera de su alcance, por lo que no hubo forma en que pudiera liberarse. Gruñó y se sacudió, pero nada de aquello le serviría. Miró con ira y terror mezclados en sus ojos a su alrededor y ordenó que le soltaran, pero no le fue concedido. Jinwoo salió al encuentro de su compañero y este se incorporó cuando recuperó la fuerza y la seguridad. Ambos se acercaron al preso de la tierra y se agacharon para observarlo con más detalle. Unos rasgos duros, como los de un guerrero, era lo que más destacaba de él.

-¿Qué narices es esto? ¡Soltadme! ¡Que me soltéis os he dicho!- el dúo intercambió miradas y se fijaron de nuevo en él. Entonces Byungchan habló.

-¡Sí, hombre! ¡Nos has intentado matar y ahora quieres que dejemos que te marches de rositas! ¡Que te lo has creído!

-Sois vosotros los que habéis irrumpido aquí. ¡Podríais ser ladrones tranquilamente!- Jinwoo, comprendiendo de dónde provenía el malentendido, intervino.

-Oh, no, te equivocas. Nosotros solo estábamos de paso, porque buscábamos un sitio para pasar la noche- el mayor le pidió que no dijera más, pues no quería revelar opinión al enemigo.

-¿Y de verdad esperáis que os crea?

-Bueno, no es que podamos fiarnos de ti tampoco, cuando te has abalanzado sobre nosotros. Además, si fuéramos asesinos o ladrones… ¿No crees que habríamos hecho ya lo que tuviéramos que hacer?- el otro se llenó de confusión, pero se planteó que podría tratarse de una treta y querían algo más.

-¿No buscáis información? Me he encontrado a muchos tipos así.

-A ver, estamos en medio del bosque, aquí no hay nada que nos interese. La única información que nos importa está al otro lado de este- ahora fue Jinwoo el que mandó a callar a Byungchan, y el otro se maldijo por revelar ese dato tan importante.

-O sea, que a quien vais a matar es a otra persona, yo solo era un obstáculo.

-Ay, la virgen, ¡que no! ¡Que no queremos matar a nadie!- ahí sí que se sorprendió el guerrero, porque su intuición le decía que estaban siendo sinceros. En realidad, por las acciones del dúo y la falta de práctica del otro espadachín, podía decir que se trataban de novatos un tanto chapuceros o de gente que se había adentrado en aquel lugar escapando de alguna desgracia. Podrían ser hermanos, ¡y uno de ellos tenía poderes mágicos! ¿Qué diantres estaba presenciando? Necesitaba información.

-Vale, supongamos que os creo, ¿qué hacéis aquí?- no obstante, no recibió otra respuesta que una negación, y el niño mago habló.

-No, ¡nosotros hacemos la pregunta! ¿Qué haces tú aquí?- el luchador expelió el aire que rato atrás tomó en un pesado suspiro, frustrado. No sabía si llegaría a buen puerto con aquella conversación, pero estaba atrapado y desarmado, por lo que no le quedaba otra opción que responder.

-Estoy en búsqueda de mi amigo y este es el camino más rápido para llegar a Terranatum, fin. Ahora vosotros.

-¡Ah, nosotros vamos a luchar contra un monstruo!- al oír a Jinwoo decir eso, a Byungchan se le desencajó el rostro y el guerrero sintió que le tomaban el pelo. Le tapó la boca y confirmó que era mentira, que no le hiciera caso. Eso le pareció sospechoso al otro. Si el mayor lo negaba de esa forma y si era cierto que los niños no mentían y que ese además era un mago, lo más seguro es que fuera real. Eso lo desconcertó, porque se había enfrentado a una infinidad de enemigos, pero nunca a uno así. Ese par iba más allá de las leyes naturales, sin duda alguna.

-¿Cómo? Y… ¿Está saliendo del bosque?- asintieron con la cabeza y le comentaron que se encontraba en la montaña, y que era allí al lugar al que se dirigían en realidad. Entonces, tras un rato hablando acerca del tema, decidieron liberar al espadachín, aún con un poco de recelo. En un principio Jinwoo no sabía cómo hacerlo, así que hizo lo que el instinto le indicó: agitó su brazo hacia arriba, sacudiendo el aire, y así abandonaron las ramas del cuerpo del guerrero, cayendo al suelo secas, inertes.

Optaron por acampar juntos al final y charlar acerca de sus destinos, perdonándose la escena anterior. Jinwoo utilizó sus poderes para prender una hoguera que los resguardase del frío del bosque y, de paso, les sirviese para calentar la comida que llevaban consigo y se acoplaron alrededor de esta. Se presentaron entre sí, y los dos viajeros descubrieron que el nombre del guerrero era Kookheon e iba de camino al reino de la tierra, Terranatum, en búsqueda de su mejor amigo, Yuvin, otro guerrero. Ambos habían sido destinados a batallas diferentes y prometieron reunirse allí e irse juntos a casa. Byungchan le comentó que el bosque no era la mejor forma de llegar a su destino, que había otros trayectos más sencillos y más cómodos, aunque un poco más largos, pero este le comentó que iba con prisa, porque quedaron en verse nada más acabasen de luchar, y tenía un presentimiento de que el otro ya había terminado. Por su parte, Byungchan y Jinwoo hablaron también de cuál era su objetivo al otro lado del frondoso pasaje, de por qué lo hacían y a quién buscaban. El otro les dejó caer que le parecía una locura aquel plan, por muy poderoso que pudiera ser el chico y acompañado que fuera de un “adulto”, pues no parecían lo suficientemente preparados para luchar contra algo tan grande como un monstruo. Si no habían podido vencerlo a él en un cuerpo a cuerpo, tampoco podrían contra una criatura que les superaba en altitud y fuerza. Los otros se ofendieron un poco cuando entendieron lo que Kookheon quería decir, pero no pudieron sino darle la razón; él tenía mucha más experiencia en cuanto a batallar se refería. Entonces se ofreció a acompañarles y luchar con ellos y los otros dos, si bien los otros dos no sabían si sería lo mejor aceptar porque no sabían tampoco cómo pagárselo, después de reflexionarlo por un buen rato y llegar a la conclusión de que era una buena idea, aceptaron que se uniera al grupo. Byungchan pensó después que podría devolverle el favor prestándole un caballo e indicándole una ruta más rápida.

Tras tanta cháchara y una cena que les sentó muy bien, decidieron descansar. El día siguiente sería agotador, pues tendrían que seguir recorriendo el profundo sendero y, además, enfrentarse a un monstruo. Entre mantas que Sunho había preparado y el suelo cubierto por hojas encontraron el sueño que necesitaban para descansar sus cansados cuerpos. A Kookheon, ya acostumbrado a eso, no le costó dormirse, pero a los otros dos sí. No era la primera vez que dormían al aire libre, pero sí por una razón como la que tenían ellos. No obstante, se obligaron a descansar un poco y a calmar sus nervios, porque no les supondría nada bueno no pegar ojo esa noche. Estaban agotados, así que eso facilitó un poco la tarea. El mañana llegó rápido para unos y lento para otros y, aunque las condiciones fueran adversas, no podían negar que el paraje que se encontraba ante sus ojos, aterrador en la oscuridad, era hermoso iluminado. Tomaron el desayuno allí y habiendo hablado de las estrategias de Sunho, optaron por ponerse manos a la obra y marchar hacia su destino.

Jinhyuk y Jinwoo escucharon el sonido de las llaves en la cerradura y la puerta abrirse, y supusieron que era Wooseok. Habiendo dejado los bártulos en la mesa del salón y viendo la luz del cuarto de su hijo encendida, se acercó y los encontró a los dos allí. Les saludó con voz tenue, algo ronca por el frío de la noche, y se hizo un hueco al lado de ellos dos. Entonces, Jinhyuk prosiguió con su historia, con su hijo luchando contra el agotamiento con el fin de escuchar cómo continuaba la historia, no siendo consciente el narrador de lo que a él le tocaría oír horas después, cuando Jinwoo estuviese dormido y solo los adultos estuvieran despiertos. Claro estaba, si en la ficción se debían superar las adversidades que el destino dispusiera para mortales y no mortales, en la vida real también era así. La diferencia radicaba en que en una se podía cambiar el final fácilmente, y en la otra no.

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El recorrido hacia la montaña fue un poco agotador por la inclinación y el cansancio aún presente en sus cuerpos, pero ya quedaba menos para llegar a su destino y eso les daba ánimos y, al mismo tiempo, los aterrorizaba. No fue hasta que se embarcaron en aquel viaje cuando pensaron lo aterrador que era el hecho de tener que ir a rescatar a una persona y, lo que era peor, enfrentarse a un monstruo con el fin de acabar con él, arriesgando sus vidas en tal trabajo. Afortunadamente, ahora contaban con una compañía más que, además, era diestra en armas, por lo que, con su ayuda, tenían más posibilidades de salir airosos de aquella situación. Al cabo de un largo rato, hallaron el fin del bosque, y allí pudieron divisar ante sus ojos las montañas y, arriba del todo, a la criatura que había estado acechando en esos tiempos al pequeño pueblo descansando. Buscaron un lugar en el que ponerse a cubierto por si se daba cuenta de los visitantes y decidía atacarles por sorpresa, y allí pensar en una estrategia que fuera mínimamente lógica y tomar ciertas decisiones que, o bien podían hacer que aquello tuviera un feliz desenlace o, por el contrario, acabase con nuevas víctimas. Desde allí solo pudieron observar la inmensidad del monstruo y su pelaje naranja.

Tras la charla en el escondite surgieron varias estrategias, pero en su mayoría eran un tanto peliagudas y se centraban en usar a alguien de cebo mientras que los otros dos rescataban a Sejin. Si hubieran sido más, posiblemente hubieran tenido más posibilidades en cuanto a fuerza militar; también era cierto que aquella expedición debía ser llevada con la máxima cautela posible con el fin de evitar la implicación del resto del pueblo. Con tres personas sería suficiente, y la ley que triunfaba en aquellas situaciones era la de que menos siempre era más, y con un buen plan no haría falta nadie que no fuera uno de ellos tres. Ahora bien, ¿quién de los tres debía ser? Kookheon era un buen guerrero, y podría defenderse contra el monstruo por su don con las armas, pero también sería el que tendría la capacidad de alcanzar más rápidamente la cima. Lo mismo pasaba con Jinwoo, con la excepción de que, en vez de la espada, su especialidad era la magia, y no había escalado nunca una montaña; no obstante, debía comprobar si aquello que buscaba se encontraba allí. Por último, quedaba Byungchan, que no era el que más entrenadas tenía sus habilidades, pero sí era lo suficientemente astuto como para distraer a la criatura; no obstante, no quería quedarse allí, menos habiendo la posibilidad de que su mejor amigo estuviera allí arriba. Debían decidirse rápido, pues cuanto antes lo hicieran, antes podrían acabar con ello, así que se aceleraron con la elección de tareas. Sinceramente, no les hacía especial gracia la idea de convertirse en la carnada, y menos aún en la presa, pero, hicieran lo que hiciesen, estarían en peligro, ¿o es que acaso no era un riesgo lo suficientemente mayor escalar hasta lo alto de la montaña y comprobar si una persona seguía viva, aun yendo con pocas probabilidades. Pero esa era la labor del héroe, ¿o no? Además, también había un debate moral, ¿qué era mejor? ¿Dejar a un niño al borde del cañón, a pesar de que contase con bastantes presupuestos poderes, a una persona que, por ingente que fuera su fuerza de voluntad e ingenio suficiente para entretener a un ser como aquel, no era la más habilidosa, o a quien contaba con más técnica de lucha y podría enfrentarse sin problema alguno a la bestia, pero a su vez era el que más capaz sería de llegar a la cima?

Era, sin duda alguna, una decisión difícil de tomar y que, sin embargo lograron resolver y decantarse por una opción más simple de lo que parecía en un principio. Byungchan, a pesar de que tuviera muchas ganas de ser él quien subiera ver a su amigo y comprobar que estaba sano y a salvo, se cansó de esperar. Cuanto antes se lanzasen a la aventura, más probabilidades habría de que se salvara Sejin. Confiaba en sus compañeros y en que arribasen a buen puerto, y si todo salía bien, tendría una nueva anécdota que narrarle a sus vecinos sobre cómo se enfrentó heróicamente a aquella criatura que había atemorizado tiempo atrás al pueblo. Jinwoo le rebatió, diciendo que él prefería enfrentarse al monstruo y que no era especialmente bueno en lo que a alturas se refería, y que si lo derrotaba, quizás encontrase aquello que buscaba, que se apareciera ante él como solía pasar en las historias fantásticas que le habían leído cuando apenas se sostenía sobre sus dos piernas. Kookheon entonces propuso una nueva opción, ¿y si uno subía y otros dos lo distraían? Era también buena idea. Al final, tras un arduo debate, se decidió que sería el guerrero quien escalase a rastrear la morada del monstruo, mientras que los otros dos lo distraían. Si el día anterior consiguieron hacer un buen equipo para derrotarle a él, podría creer en ellos para que así fuera por segunda vez. Se las apañarían, y, si acababa a tiempo con la exploración, podría unirse a ellos y ayudarles a escapar.

Así pues, antes de salir de su escondrijo, observaron una vez más el lugar y al monstruo descansando en lo alto de la montaña, intentando trazar una ruta y reunir más información. Y, habiendo recabado datos interesantes y, en cierta medida, importantes, y con la mayor entereza de la que dispusieron en aquel momento y con ánimo valiente, marcharon con paso firme a través del último trayecto y, a su vez, el más difícil: el enfrentamiento. Si salían de ese sitio con vida ya sería considerado un mérito, pero ellos iban a conseguir ir más allá. No solo se marcharían bien, sino que también con Sejin y la criatura derrotada, y nadie los iba a detener, ni el propio monstruo. Se separaron y tomaron sus posiciones. Byungchan le pidió que, como la otra vez, se pusiera a cubierto hasta que fuera necesario hacer uso de sus poderes, pues él sería quien empezaría todo. Si era sincero, no tenía ni idea de cómo hacer bajar a la criatura hasta donde se encontraba mientras que Kookheon ascendía a lo alto de la montaña, pero algo tendría que improvisar para que su plan marchase sobre ruedas. Y con toda la fuerza que pudo y aprovechando la amplitud del espacio que ante ellos se extendía para que el sonido se expandiera rápidamente, empezó a chillar, casi destrozando sus cuerdas vocales.

-¡Eh, tú! ¡Bicho! ¡Ven a por mí si te atreves! - En un principio dudó haberlo conseguido, ya que pareció no moverse. No obstante, en cuestión de segundos, el monstruo se elevó lentamente sobre sí mismo y dirigió su mirada hacia el origen de la voz que le había invocado. Entonces, se alzó y, volando, comenzó a perseguirle. Jinwoo entonces pudo observarlo en condiciones y descubrir que, a diferencia de la imagen principal que se formó en su cabeza cuando lo vio allí arriba, ni de lejos se parecía a un dragón o incluso a un fénix, que era la figura a la que más se le asemejaba según las descripciones del pueblo. En realidad, tampoco era similar a ninguno de los seres mitológicos voladores de los que había estudiado junto a sus padres; nada tenía que ver con un grifo, un guiverno o una mantícora, y eso le suponía un problema porque, identificando a la criatura tendría muchas más posibilidades de saber cómo hacerse con la victoria. En otras circunstancias, si no fuera por lo ingente de su tamaño y por el miedo que tenían en ese momento, podría haberle parecido hasta lindo, pues por la forma y color parecía un pompón naranja gigante; sin embargo, la situación era crítica y no podían andarse apreciando la ternura de un ser que podría cargárselos, y menos aún cuando arrojaba fuego por las fauces y no dudó ni un segundo en perseguir a su compañero cuando fue consciente de su presencia.

Byungchan continuó corriendo a través del campo, girándose a veces para ver que el monstruo le pisaba los talones. Sintió angustia y miedo, y era normal. No todos los días le perseguía a uno una fiera que escupía llamas y que lo superaba en tamaño por mucho, y tampoco se arriesgaba a menudo la vida siendo el hijo del alcalde. Su único trabajo era burocrático, y entre la organización y sellado de documentación del pueblo y la lucha cuerpo a cuerpo con una bestia existía un abismo que hasta ese instante nunca se había atrevido a atravesar. Era como si le hubiesen pedido que se tirase desde lo alto de un precipicio y no hubiese nada debajo que lo pudiera salvar de morir despeñado y él hubiese aceptado saltar encantado. De hecho, si semanas atrás le hubieran dicho lo que le esperaba, no se lo habría creído. Sin embargo, la vida podía cambiar en instantes, y eso le había pasado a él, y ahora se encontraba huyendo de él como medida de distracción, mientras que Jinwoo buscaba la forma más sencilla de atrapar a la criatura voladora semejante a un pompón. Podría usar el truco que usó en el bosque cuando se enfrentaron al guerrero que ahora les escoltaba, pero dudaba que fuera a funcionar porque no sabía si podría retener algo tan grande como eso, y, además, estaba a demasiada altura como para hacerlo. También tenía la opción de atacarle por detrás con varios hechizos, pero acabaría yendo a por él, quien estaba escondido cerca de la montaña, y lo primero que les había pedido Kookheon era que lo tuvieran entretenido lo más alejado posible de la montaña mientras él iba a buscar a Sejin. Entonces pensó que, si pudiera alzarse un poco más, quizás lograría en el monstruo y atacarle desde ahí, pero para ello tendría que, o bien escalar y llamar su atención desde allí y, entonces saltar, pero aquello iría en contra de lo planeado con el guerrero y entorpecería todo, o volar, y esa idea no le parecía muy viable.

Si era sincero, si había algo que se le había atascado en su aprendizaje como mago, eso era volar. No llevaba especialmente bien las alturas y la sensación de inseguridad que le producía estar levitando en el aire era algo que no había sido capaz de superar aún, y tampoco era algo que se les requiriese a los magos ni se les impusiera aprender desde que eran jóvenes, aunque también era cierto que, cuando antes se aprendiera, mejor. Intentó hacerse con ese poder, pero quizás el terror por no poder controlar su cuerpo y acabar cayendo al vacío le impedía hacerlo. No era la primera vez que le pasaba, y fue por eso mismo por lo que rechazaba el mero pensamiento de navegar por los aires usando su propio cuerpo como nave. No obstante, estaban en peligro y todo lo que pudiera probar con el fin de ayudar, debía llevarlo a cabo. Quizás no saliera bien, pero, como se decía en aquellos casos, a grandes males, grandes remedios; y si ese remedio conllevaba un riesgo, tendría que lidiar con este. Así pues, rememorando las clases de vuelo de Wei y Wooshin, sus padres y maestros en la materia de la magia, siguió las enseñanzas que dio por olvidadas hasta ese momento. No mentían aquellos que afirmaban que la mente de un hechicero era infinita, y Jinwoo fue plenamente consciente de ello en ese preciso instante. En realidad, fue el miedo que se instauró en su mente y cuerpo el que hizo que olvidase temporalmente de aquellos conocimientos, pero cuando los necesitó, acudieron a él. Ellos intentaron por todos los medios que volase, pero también sabían que forzarle no haría sino impedir que lo superara, así que le enseñaron la teoría para que, cuando creciera y se diera cuenta de que volar mientras la brisa golpeaba su rostro y una sensación de libertad lo llenara enteramente era una de las cosas más bonitas que tenía ser brujo, se dejara llevar por el viento y aprendiese la práctica.

Tomó aire, miró a la criatura y después, a Byungchan. Se giró levemente hacia atrás para mirar una vez más la montaña, aunque no vio a Kookheon, quien había descubierto que había una zona por la que era más accesible y decidió seguir aquel camino y averiguar si le llevaba hacia arriba, y lo que allí había. Entonces, Jinwoo fijó su mirada en el paisaje que se abría ante sus ojos, volvió a llenar sus pulmones de aire y se preparó para lo que quería hacer. Sus músculos estaban tensos, y él atacado de los nervios; iba a enfrentarse a uno de sus miedos al fin y al cabo, pero eso no impidió que siguiera su plan. Y así fue un pie, y luego otro, y después el anterior, y ya se encontraba corriendo. Su mente se quedó en blanco y él empezó a actuar por inercia, por ímpetu, y eso fue lo que hizo que no se detuviera en seco. Y en cuestión de segundos, una zancada un tanto más larga que las otras que desembocó en un salto que lo catapultó por los aires. Ahí le vino de nuevo el agobio y el miedo, porque volvió a la realidad y cuando miró hacia el suelo, él estaba a una altura mucho más elevada de lo que pensó que pudiera alcanzar. De hecho, antes de intentarlo creía que al saltar acabaría cayendo y rodando por el suelo, pero ocurrió todo lo contrario. No obstante, fue por el pensamiento de no querer el perder el control cuando lo hizo. Empezó a balancearse de un lado para otro y a descender a bastante velocidad. Si no actuaba rápido, se tragaría el suelo y quedaría hecho picadillo, y desde luego que él no quería eso. Pensó en las cosas que le enseñaron sus padres, y se acordó de que, cuando estaban en las prácticas, le dijeron que se imaginase a sí mismo como un pajarillo. Si aquel animal podía manejar sus alas y su cuerpo, él también sería capaz de ello. Vio que cada vez estaba más cerca del suelo, y entonces probó a seguir el consejo que le dieron tiempo atrás. Planeó y volvió a alzarse, en esa ocasión con mucha más precaución, e intentó estabilizarse. Le costó trabajo, porque era la primera vez que se mantenía tanto tiempo volando y tenía los nervios crispados, pero consiguió cogerle el tranquillo tras un rato. Sintiéndose seguro, se fijó en su objetivo y, tomando un poco más de altura, se arrojó contra este por detrás, con el fin de desequilibrarlo y así tener ventaja contra el monstruo.

Por otra parte, Kookheon subió por unas escaleras construidas en un lado de la montaña que parecía en un principio escasamente perceptible a simple vista. A pesar de que parecían seguras, avanzaba con paso precavido, no fuera a ser que en estas alguien hubiera preparado una trampa que pusiera en riesgo su vida o, lo que era peor, se la arrebatase enteramente. No obstante, subió todos los escalones y vio que nada había pasado, pensó en las otras posibilidades: o la trampa se encontraba dentro de la gruta que se abría ante él arriba del todo, o era al salir. Fuera cual fuera, ambas se veían reforzadas por el simple hecho de que un monstruo se hubiera convertido en el guardián de aquel lugar. Aunque eso también le indicaba que, o bien la criatura protegía un tesoro suyo dentro -o a sus propias crías- o bien alguien había ocultado algo suyo allí y había puesto a tal ser como cancerbero. Y si la opción que era la correcta resultaba ser la segunda, eso significaba que alguien más estaba detrás de todo eso, y eso significaba que debía ser rápido y, una vez acabase con la investigación, ir a informar inmediatamente a Byungchan y a Jinwoo sobre sus hallazgos. Se adentró en la cueva y se percató de que no era especialmente profunda y de que, al fondo de esta, había una especie de altar hecho de piedra y un pequeño cofre encima que intentó abrir, pero no lo logró. Entonces, una voz resonó en la cueva, una que decía que solo el elegido podría abrirla y encontrar la solución a todo ese problema. La buscó por todas partes, pero no encontró al poseedor de esta.

Y como a Kookheon eso de “elegido” le sonaba a magia, entendió al instante que, a quien se refería, era a Jinwoo, por lo que decidió recorrer de vuelta el camino que había realizado antes, para encontrarse que el joven mago no estaba por ninguna parte, o al menos no en tierra. Fue en ese preciso instante cuando dirigió su mirada hacia el cielo y vio cómo el aprendiz estaba subido encima del monstruo, mientras que Byungchan contemplaba horrorizado la escena, preguntándose cómo y cuándo se había subido Jinwoo ahí y, lo más importante, qué hacía allí arriba. Cuando vio que la criatura estaba descendiendo, se dio cuenta de las intenciones de su compañero de travesía. Lo que estaba intentando era, en efecto, que se estrellase, y, si así era, el muchacho estaría poniéndose en peligro y, eso, desde luego, no debía suceder. Kookheon salió corriendo hacia donde se encontraba el hijo del alcalde y le ordenó a voces que se apartara de ahí. Se había detenido a mirar el panorama, absorto, sin darse cuenta de que el monstruo estaba casi a su lado, luchando contra Jinwoo por mantenerse en lo alto, no teniendo mucho éxito en su objetivo. Fue el guerrero quien tiró del acompañante del mago y lo arrastró hacia el primer lugar que encontró seguro, y entonces Byungchan volvió en sí. Viendo de frente al monstruo se dio cuenta de un detalle que terminó de confirmar gracias al espadachín rato después. Ese ser ya lo había visto con anterioridad, pero no en la ilustración de un cuento, ni tampoco había oído hablar de este mediante por leyendas. Para ser más concreto, él mismo tenía uno en casa, y conocía de alguien que hacía peluches de esa criatura… aunque claro, a una escala mucho menor. Y casualmente, ese alguien había desaparecido. Y casualmente también, un ser parecido a sus creaciones había aparecido al mismo tiempo. Todos los datos se conectaron entonces en su cabeza.
Sejin estaba ante ellos.

Era él, era el monstruo, y estaba más que seguro de que debía existir un responsable tras aquel encantamiento. En realidad, había un porcentaje de que no fuera él y, quien fuera, se hubiera inspirado en los muñecos de su amigo de toda la vida, por lo que tenía que asegurarse al cien por cien de que era él. Además, existía la posibilidad, en efecto, de que no solo hubieran trastocado su figura, sino su mente también, y Jinwoo estaba subido encima del monstruo, por lo que tenía que encargarse de hacer que el mago se bajase de allí y de asegurar la identidad de la criatura. Como en un trance, le explicó rápidamente y entre balbuceos causados por el delirio y los nervios debido a esa nueva hipótesis su plan a Kookheon, quien no estaba de acuerdo con este. Pensaba, en resumidas cuentas, que era una locura y que no podía actuar sin un plan b en caso de que le saliera el tiro por la culata y se hubiera equivocado con sus suposiciones, y se lo hizo saber. Ni siquiera le parecía una buena idea, y, aun así, quiso darle un voto de confianza a Byungchan y ayudarle, porque muchas veces la intuición era más poderosa que cualquier otra cosa, y algo le decía que, por muy poco ágil que pudiera ser, debía creer en lo que decía, aunque el modo no le convenciera del todo. Aunque, bueno, de traer de vuelta a la realidad al otro muchacho y de que el plan saliera bien se encargaría él. No podían quedarse mucho rato ocultos, sobre todo teniendo en cuenta el estado en el que se encontraba Jinwoo y lo que había el guerrero descubierto en el interior de la gruta. Por eso mismo se decantaron por ir a lo obvio, por llamar la atención de la criatura hasta que descendiera hasta el suelo de una forma cuidadosa, bajar al mago de allí -no eran aún conscientes de que era Jinwoo el que se había volado y, al igual que se había encaramado ahí, podía también soltarse sin hacerse daño- y apresar a aquel ser y, ya entonces, acudir a la cueva para que el muchacho abriese el cofre que allí dentro se localizaba. La clave de tal plan era, sin duda alguna, convertirse en el objetivo para tener al blanco real a tiro. Si resultaba ser Sejin por completo, no pasaría nada; en cambio, si había sido poseído por algún espíritu o los conjuros de un hechicero, debían estar preparados y armados. No podían tener confianza plena en una opción o en la otra, por lo que no tenían más remedio que guardarse las espaldas por si las cosas no iban como querían.

Y lo primero que debían hacer era que Jinwoo se diera cuenta de su plan, pues el mago estaba enfrascado en el suyo propio y él podría herir a aquel ser sin saber que, en realidad, era la persona a la que buscaban. Pero para que eso pasara, tenían que obligarle a bajar, y, si eran sinceros, no encontraban una manera sencilla de que eso se resolviera sin heridos. Saltar era una locura encontrándose a una altura como esa, e intentar rescatarlo mientras se lanzaba desde lo alto del monstruo, también. Lo único que les quedaba era, por muy arriesgado que resultase, hacer lo que habían pensado desde el principio: convertirse ellos mismos en la carnaza para atraer al supuesto Sejin y que descendiese lo suficiente como para que el muchacho pudiera bajar sin acabar lesionado. Así pues, salieron de su escondrijo para lanzarse a cumplir su meta. Byungchan buscó la mirada del ser volador y, consiguiendo atraparla, empezó a correr hacia el espacio más abierto que hubiera con el fin de tener más capacidad para moverse. Por otra parte, Kookheon empezó a correr detrás de la bestia, por si necesitaba atacar por la retaguardia.

Y Jinwoo, viendo al hijo del alcalde detenerse de golpe y ponerse delante del monstruo, empezó a gritar y a rogarle que se apartara. El otro parecía no hacerle caso, pues seguía en medio y, entonces, entró en pánico. No sabía qué se le había pasado por la cabeza, ¿estaba loco? ¿Cómo se le ocurría ponerse allí? ¡El monstruo lo iba a matar! ¿Es que acaso su plan era sacrificarse para que el otro se detuviera? ¡No podía permitir eso! Miró a su alrededor y, tirando de los pelos de la criatura -no tenía una rienda para poder controlarla en condiciones- hizo que ascendiera y se apartara de dónde estaba Byungchan. Entonces, viendo que no corría ya peligro, hizo que descendiera de nuevo la criatura echándose hacia abajo. Ahí descubrió que, al contrario de lo que parecía, esta se movía según la voluntad del mago y no intentó en ningún momento deshacerse de él. Y eso le pareció bastante sospechoso, y comenzó a pensar que, quizás, las apariencias engañaran y lo que hizo su compañero tenía una lógica mucho más razonable que arriesgar su vida con el fin de detener a aquella criatura. Decidió entonces aterrizar poco a poco y con cuidado, y el ser volador siguió sus instrucciones. Probó a hablarle, y se dio cuenta de que, en efecto, lo entendía, por lo que sus sospechas se confirmaron: era o fue humano. Y posiblemente el que estaban buscando desde hacía días.

Cuando se bajó de aquella criatura, confuso, se disculpó en voz baja por herirle al intentar controlar su vuelo y los otros, testigos de lo que estaba sucediendo, se apresuraron a acudir al lugar donde el mago y el monstruo se hallaban, y llegaron jadeantes y preocupados, realizando una gran cantidad de preguntas y exclamaciones. Llamaban a Jinwoo, y también a Sejin. Preguntaban si estaban bien, se aseguraban de que no hubiera nadie herido e intentaban buscar respuestas a incógnitas que surgieron semanas atrás. La bola gigante naranja miró con ojos brillantes al hijo del alcalde, y así supieron que se habían topado con la persona desaparecida… y en otro estado. Byungchan le abrazó y le prometió que conseguirían hacerle volver a su forma real y este pareció agradecido. Entonces, alzándose en vuelo, se dirigió hacia la montaña y ellos le siguieron, sabiendo que allí sería donde encontrarían la solución a sus problemas o, al menos, teniendo la corazonada de que harían grandes avances allí.

Jinwoo estaba absorto escuchando la historia desde su cama, observando cómo su padre, Jinhyuk, la narraba, y Wooseok, su otro padre, les contemplaba con adoración. Era una estampa familiar preciosa y, sinceramente, que aquel momento estuviera envuelto de tal ternura, de tal dulzura, hacía que todo lo que tenía que comentarle a su marido cuando su hijo se abandonase al sueño fuera mucho más doloroso, porque había un tipo de preguntas y de situaciones que, a pesar de lo unidos que pudieran estar, podían estropear la felicidad en que vivían. Y este, quien era de los de la ley del “cuanto antes, mejor”, e intentando que su agonía durase lo menos posible, puso su mano en la pierna de su cónyuge con suavidad e intercambiaron miradas. Jinhyuk ya se había olido algo, y eso era el motivo por el que el cuento se estaba alargando tanto: tenía miedo de que acabase el relato de aquella noche y, con eso, toda la alegría que había ido desarrollándose a lo largo de los años, desde ese día de otoño en sus días de universidad en que sin querer uno derramó su café encima al otro, que dieron lugar a disculpa, a otro café y a una larga conversación, y después a una relación, a un matrimonio en un país al que emigraron para empezar una nueva vida y un niño al que querían con toda su alma. Había visto la preocupación en los profundos ojos de Wooseok, y supo que algo no iba bien. Viendo que los ojillos llenos de cansancio de Jinwoo se entrecerraban y decidió que era hora de que su hijo descansara y ellos dos hablaran. Jinwoo pedía con palabras vacilantes por el agotamiento y la conquista onírica sobre él que continuara con la historia, pero en el proceso acabó cayendo rendido y se entregó en cuestión de segundos a los brazos de Morfeo. Con un beso en la frente y las luces apagadas, sus padres abandonaron la habitación y se dirigieron a la suya propia para hablar de aquello que Wooseok llevaba dentro del corazón y le hería. Fue una noche larga y dura a partes iguales, porque, al fin y al cabo, había preguntas que tenían muchas respuestas y a cada cual más cruel. Y esa era una de ellas. Y no sabían siquiera si estaban preparados para darla.

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Jinwoo era un niño inocente, pero desde luego no era tonto. Sabía que, cuando los adultos actuaban de forma extraña, es porque algo estaba ocurriendo. Y cuando eso pasaba, no lograba entender qué era, ni cuál era el motivo por el que sus padres no se comportaban como siempre, pero era consciente de que algo pasaba, y quería descubrir el qué. Y si bien ocultarlo no era la mejor opción, en muchas ocasiones resultaba la más sencilla. A veces, en la ignorancia de conocer la realidad, todo era más fácil de llevar. No obstante, eso con un crío nunca servía: si se quedaba con la intriga, siempre iría a más con su curiosidad y sus consiguientes preguntas. Jinhyuk, por otra parte, era una persona honesta, de las que solía hablar con templanza y sinceridad de sus sentimientos y emociones, de las que expresaba con claridad y calma sus pensamientos sobre las situaciones que se sucedían en el día a día y otras tantas que se consideraban extraordinarias. Así había sido con Wooseok desde que empezaron a hacerse cercanos, y también lo había sido en la mayor medida posible con su hijo; sin embargo, en casos así la línea que había entre lo que se consideraba sinceridad y lo que egoísmo era muy, pero que muy delgada, y él, por supuesto, no estaba dispuesto a caer en la segunda, menos sabiendo que no era solo él quien arriesgaba algo. Y en ese caso era algo tan serio como una vida familiar, el éxito laboral, el desarrollo psicológico de un niño y el estado mental y sentimental de dos adultos.

Y ese problema en concreto había surgido por algo tan simple como una oferta de trabajo. Wooseok había estado durante años luchando para que su esfuerzo y talento fueran reconocidos y, con eso, ascender en su ámbito laboral, y esa oportunidad que había estado esperando se presentó en aquellos días, pero no en la forma en la que él quería. El dicho que narraba “quien algo quiere, algo le cuesta” había cobrado más sentido que nunca para él. A lo largo de su vida hizo sacrificios que le llevaron a circunstancias más positivas, y si estaba allí era precisamente gracias a estos. Lo que ocurría es que en las otras ocasiones solo dependía de sí mismo y de nadie más: se quitaba de su tiempo libre, de su descanso y de su felicidad; esa vez, en cambio, también debía tener en cuenta a dos personas más, y de ahí surgía su debate interno. Por un lado, le ayudaría a conseguir su meta y a asegurarse el éxito profesional. Además, había trabajado tantísimo en eso… no aceptar aquella propuesta sería como echar por tierra todo el esmero, todo el tiempo invertido, y él no era de ese tipo de personas. Por otra parte, aceptar significaría o bien separarse de su familia por un tiempo indefinido -el sitio al que lo mandarían estaba bastante lejos de la ciudad en la que vivían actualmente-, o, por el contrario, arrastrarles con él hacia el lugar donde estuviera destinado… Y no podía hacer eso tampoco, pues Jinhyuk había conseguido un buen trabajo de profesor y no le parecía bien que dejase las clases a mitad de curso; lo mismo pasaba con su hijo, que ya se había adaptado enteramente al colegio al que asistía y había formado vínculos de amistad con varios de los niños de allí. Además, era consciente de que los cambios bruscos a esa edad no se solían encajar bien al principio y Jinwoo no entendería por qué hacía eso; también era cierto que su hijo era de los que se adaptaba bien a todo y tenía la corazonada de que, si le explicaba todo en condiciones, lo comprendería y aceptaría.

El matrimonio charló acerca de ese asunto por la noche, cuando el niño dormía y, aunque le dedicaron un largo rato a hablar seriamente de este, el cansancio que habían ido acumulando a lo largo del día y la necesidad de descansar por la simple razón de tener que ir a trabajar a la mañana siguiente les hizo aplazar la conversación hasta la mañana siguiente o, al menos, hasta que pudieran hablar con calma de ello. Aquellas horas les servirían bastante pues, aunque estuvieran ocupados con sus respectivos trabajos y otras tantas labores, se podrían despejar un poco y, con la mente fría llegarían a reflexionar y tomar mejor las decisiones. Aquello les vendría bien para considerar todos los puntos de vista a tener en cuenta, sobre todo porque aquella noticia los trastocó un tanto y estuvo a punto de dar lugar a una discusión que, afortunadamente, prefirieron no tener en aquel instante, sino una vez que no estuvieran sofocados. Al día siguiente tampoco pudieron hablar; Jinhyuk tuvo la mañana ocupada con las clases y, una vez acabadas, debía reunirse con el claustro, y a Wooseok le tocó quedarse trabajando hasta tarde. Por eso mismo decidieron que, hasta que no abarcaran el asunto de manera aceptable, no le mencionarían nada a su hijo, con el fin de no confundirlo ni preocuparlo con algo irresoluto, pues de otro modo acabaría descubriéndolo pronto, y no deseaban que este lo hiciera sin haberlo solucionado enteramente o, al menos, en su mayoría. Una vez que hubieran encontrado una respuesta y decidieran aplicarla, entonces se la harían saber al niño; por ahora, tendrían que actuar como siempre ante Jinwoo y, de paso, concienciarle por si llegaba a suceder algo.

Así pues, el profesor decidió continuar con el cuento que le narraba a este por las noches. Llevaron a cabo el ritual que habían seguido en las horas de lectura anteriores y, acomodados en la cama de crío, el padre retomó la historia. Aquella vez empezaron un poco más tarde, pues esperaron aquel día a Wooseok para cenar y hablar de lo que habían hecho a lo largo del día. La tensión por una pregunta sin contestar seguía ahí, pero prefirieron llevarlo en secreto para que no hubiera sospecha alguna. Si habían podido ocultar por tantos años la identidad real de Papa Noel o de tantas figuras que los niños pequeños adoraban -y seguirían haciéndolo hasta que llegara a la edad adecuada para que supiera la verdad-, podrían hacerlo por unos días. Cuando terminaron, Jinwoo le pidió a Jinhyuk que le siguiera contando qué había pasado con el mago, Byungchan, Kookheon y Sejin, y este lo agradeció. Puede que estuviera siendo un cobarde huyendo de la conversación que tenía pendiente con su marido, pero aún no se había mentalizado para ella y conocía lo suficientemente bien a Wooseok para saber lo que quería realmente. Solo necesitaba tiempo para asimilarlo, por lo que convertirse en un cuentacuentos por las noches para que su hijo durmiera a pierna suelta le ayudaba bastante. También era cierto que el otro no estaba dispuesto a hablar en aquel momento de eso; estaba muy cansado y era plenamente consciente de que en ese estado no se podía hablar de algo tan importante como era aquel tema, a no ser, por supuesto, que quisieran acabar gritándose, y a ninguno de los dos les gustaba aquello, y menos aún les apetecía. Así pues, uno se fue a descansar -Jinhyuk le instó a que se fuera a dormir cuando tuviera la oportunidad porque se puso malo de ver la cara de consternación que llevaba y las ojeras que la decoraban- y el otro, a cumplir la labor que le tocaba cuando la luna y las luces de las farolas eran los únicos elementos que alumbraban el exterior.
Jinwoo, Kookheon y Byungchan se encontraban enfrente de las escaleras que los llevarían a la gruta situada arriba de la montaña. Allí estaba su próximo destino y, posiblemente, la respuesta al enigma. Aquella vez, también los acompañaba la bestia que la custodiaba, sabiendo ya la identidad de esta, y de forma pacífica. Intercambiaron una mirada más antes de subir y, sintiéndose seguros, ascendieron con paso firme y la calma que podían, intentando no tropezar con las piedrecillas que se habían desprendido de los muros surgidos de la cumbre o los propios escalones en sí. Y, tras muchos obstáculos, lograron llegar, y en ese momento sintieron una mezcla entre alegría y preocupación. Estaban delante de lo que habían estado buscando durante días, pero también había un temor conjunto por si en realidad resultaba ser una ilusión o, peor aún, una trampa. De todas formas, aunque se tratara de eso, no podían dar la vuelta; ya habían llegado muy lejos y ahora tenían que seguir hasta el final del misterio. En aquella ocasión el lugar era diferente en comparación con la visión que tuvo de este Kookheon la primera vez que ascendió: no solo había una luz que iluminaba el altar donde se hallaba el cofre, sino que el lugar estaba iluminado por antorchas, y lo que parecía en un principio angosto, acabó siendo espacioso. Se adentraron enteramente y, teniendo ante sus ojos el pequeño baúl, Jinwoo optó por tomarlo entre sus manos. Intentó abrirlo manualmente, pero fue inútil; ahí se percató de que necesitaría magia para ello. Recordaba varios hechizos que sus padres y sus tíos le habían enseñado para ello, y los probó todos. Sin embargo, no sirvió de nada. Apurado, se disculpó con sus acompañantes por no ser capaz de hacer que mostrara lo que había en el interior. El hijo del alcalde, que se había quedado detrás observando todo, se acercó, puso una mano en el hombro de Jinwoo y miró detenidamente el baulito que sostenía entre sus manos el joven mago y después, dirigió su atención hacia el muchacho.

-¿Cómo es que no puedes abrirla? ¿Estás bien? - Jinwoo asintió, y Byungchan volvió a hablar- ¿Entonces? ¿Qué te ocurre? – El menor de los tres no dijo nada, y el hijo del alcalde susurró unas palabras que no llegaron a su oído, pero que, por el contexto, pudo entender como unas de desasosiego por la situación, por no poder devolver a su amigo a su estado natural y por no estar ya de vuelta a casa. Puede que fuera en realidad por extenuación ya notoria en su cuerpo debido al viaje a través del bosque, el miedo acumulado en su cuerpo por tener que enfrentarse a un monstruo seguido de la tensión de volar tanto tiempo por primera vez. Puede también que necesitara descansar, aunque fuera durante unos instantes y, cuando lo hubiera hecho, pensar en qué debía hacer a continuación, en cuál era la forma de abrir de una vez el dichoso cofre. Era su primera vez enfrentándose a una prueba real por su cuenta y, a pesar de ir acompañado de personas con muchas habilidades, era él quien debía resolver el problema porque, al fin y al cabo, ese era el motivo por el que estaba allí. Tener una meta e ir supuestamente bien encaminado no quitaba que se sintiera muy frustrado por la sucesión de inconvenientes y lo único que quisiera fuera dormir y despertarse sabiendo que ya era completamente un hechicero.

Kookheon, quien también se había quedado detrás, se aproximó hacia donde se encontraban los dos. Se fijó en la cara de cansancio del muchacho y, entonces, le arrebató la caja de las manos. El mago se quejó por esa acción, así como también lo hizo Byungchan. No obstante, el guerrero tenía sus motivos.

-Tus poderes están fallando porque estás cansado, no hay otra. Tienes que descansar un poco- Jinwoo negó con la cabeza y puso las manos en el baúl. Viendo que no se lo quería devolver, se quejó.

-Por favor, devuélvemelo, ¡estoy bien! Solo necesito concentrarme para abrirlo… Anda, hazlo. Cuanto antes acabemos, mejor, ¿no? - ninguno de sus dos acompañantes estaba de acuerdo con eso, por lo que Jinwoo se sintió mal y agachó la cabeza. Tenía la sensación de que estaba decepcionando al espadachín y al hijo del alcalde, pero no era así. A diferencia de su propia visión de sí mismo, los otros opinaban que, para ser tan joven e inexperienciado y para ser la primera vez que se enfrentaba a una prueba como esa, lo estaba haciendo muy bien todo. Era normal que se sintiera agotado, porque, al contrario de la creencia popular, los poderes consumían mucha energía de un cuerpo que, a pesar de todo, seguía siendo humano, y más si no se había tenido que superar nunca una situación real de peligro y debía acostumbrarse a ese tipo de circunstancias.

Entonces Byungchan, quien se había dado cuenta de lo que estaba pasando ante sus ojos tras haber estado cegado por la idea de recuperar a su amigo inmediatamente desde que descubrió su identidad, intervino.

-Jinwoo, desde que llegaste al pueblo no has parado de estudiar planos, de preparar estrategias con Sunho y conmigo y de entrenar para embarcarte en esta travesía. Es cierto que estamos en un punto crítico y aún no hemos resuelto del todo esto, pero si estás cansado hasta el punto de no ser capaz de usar tus poderes, nada de esto sirve para nada, no solo por el problema en sí, sino por ti. Tienes que descansar, aunque sea un poco. Seguro que será en ese entonces cuando lograrás solucionar el enigma y abrir el cofre.
Y Kookheon decidió añadir unas palabras más a aquello que dijo el otro.

-Además, un buen estratega sabe cuándo debe parar a descansar. Y los magos deben ser buenos estrategas, al igual que los guerreros. Somos iguales, solo que unos luchan con armas y, otros, con magia- le dio un par de palmadas en la espalda y prosiguió- vamos, no te angusties, que conseguirás abrirlo.

En ese momento Jinwoo no pudo apreciarlo porque tenía la idea fija de acabar con ello cuanto antes y de no ser apto para ello si ya en la primera prueba tenía bastantes fallos, pero cuando el tiempo pasó, agradeció enormemente aquellas palabras por parte de sus compañeros. Miró la caja una vez más y, habiendo inspeccionado por encima el suelo, decidió sentarse y descansar por un rato. Byungchan buscó en su equipaje de aventurero la cantimplora que con él portaba y se la entregó al joven mago para que bebiera. Hidratarse era bueno y más si había tenido tanta actividad física como aquel muchacho, por lo que la aceptó. Los otros dos también aprovecharon para sentarse con él y relajar los músculos y, de paso, intercambiar unas breves palabras sobre el lugar en el que se encontraban y sobre las ganas que tenían de acabar y poder dormir en sus respectivas camas. En ese instante en el que sus mentes se estaban despejando de la preocupación y ya se encontraban mejor, Jinwoo se puso a curiosear el baúl, aunque de una manera que no hizo antes: miró todos sus lados y, entre estos, se incluía su base. Y ahí se localizaba la clave para resolver aquel acertijo. Una serie de números sin orden aparente alguno y en dorado estaban escritos debajo de la caja.

20-9-1 9-7-13-9-18 9-13 9-18-19-1 3-1-15-18-20-11-1 5-18-19.

Era la primera vez que veía aquella combinación, por lo que no tenía ni idea de qué podía significar. Les enseñó a Byungchan y a Kookheon su hallazgo con nerviosismo y hasta casi alegría y les preguntó sobre su opinión, ¿qué sentido tendrían aquellos números? No los sabía. Lo que sí tenía claro era que algo tenían que significar, porque, si no, ¿qué hacían ahí? Los tres comenzaron a plantear varios razonamientos, pero ninguno los llevaba hacia la respuesta. Jinwoo pensó en los números, y en la separación entre estos. No parecía ocasional, desde luego. Recordó entonces una enseñanza que aprendió del mago Wei, uno de sus padres, y esta era que todo tenía una razón de ser y lo que aparentaba ser complejo, podía ser fácil en realidad. Y por cosas como esas, aprendió a resolver acertijos y adivinanzas que le pusiera su progenitor, primero por diversión y después por si llegaba serle útil en un futuro. Y él ya había practicado con enigmas así, solo que los nervios y la frustración hicieron que no se diera cuenta de ello al principio, pero, afortunadamente, acabó por hacerlo. Era uno de esos problemas en los que había que intercambiar un número por una letra y, si la intuición no le fallaba y el culpable de todo lo que estaba sucediendo era, al igual que él, un mago, entonces solo había una forma de resolverlo, y esa era transformando los números en letras, y las letras en un hechizo. Era una simple prueba de habilidad mental que consistía en hacer una conversión según el orden del alfabeto de la lengua de los magos y, así, hallaría el sentido real. Así, tras unos minutos pasando de números a letras, la oración que buscaba apareció.

Via ignis in ista capsula est.

¡Eso era! Todo tenía sentido: un monstruo que echaba fuego por la boca -y que, curiosamente, nunca les atacó con sus llamaradas- y ahora una cueva con antorchas y un cofre que tenía un mensaje cifrado refiriéndose a ello. Fuera quien fuera la persona estaba detrás de ello, debía ser un mago de fuego y, sin duda alguna, tenía un asunto pendiente con él. Y eso significaba que, en efecto, la caja también se abriría con ese tipo de poder. Colocó el cofre en condiciones entre sus manos y pensó que, si el fuego era la razón de ser de este, con fuego o, al menos calor, se abriría. En realidad, eso no se lo habían enseñado sus padres y cabía la posibilidad de que se estuviera equivocando, pero tenía la corazonada de que algo determinante ocurriría si lo hacía. Para aquella ocasión no necesitaba palabras para realizar su conjuro, sino concentración. Cerró los ojos, tomó aire y, despejada su mente de cualquier otra preocupación, fijó su vista en el objeto que sostenía con sus extremidades, intentando que el poder fluyera por estas. Tardó en surtir efecto aquello, pero lo hizo, porque sus manos ardían y, al cabo de un rato, se oyó el crujir de la madera seguido de un clic, y el baulito se abrió. Cuando descubrió su contenido, se sintió un tanto decepcionado, pues esperaba encontrar en su interior una esfera o, al menos, un antídoto para devolver a su estado normal a la pobre criatura voladora de Sejin; no obstante, lo que había dentro también era interesante. Una carta escrita con pluma y firmada por una persona que correspondía a las iniciales de SH. La caligrafía estaba perfectamente cuidada, por lo que le dio a entender que, fuera quien fuese, estaba muy seguro de lo que estaba haciendo. En esta le exponía que, si quería que todo saliera bien, debía acudir al lugar al que indicaba y tener un enfrentamiento con él y, si probaba que era digno y lo derrotaba, le daría lo que ansiaba en ese momento. Jinwoo leyó la misiva en voz alta para que los demás supieran también acerca del contenido de esta y opinasen, y todos tuvieron el mismo dictamen: tenían que ir, descubrir la razón que se escondía detrás de aquella petición de duelo y, finalmente, vencer a quien fuera el responsable de aquello. El joven mago solo tenía que acercarse a Sejin, decir las palabras que claramente indicaba el remitente al final de la epístola y este lo transportaría volando hacia el lugar donde se llevaría a cabo la batalla mágica.

Y así fue cómo volaron el guerrero, el mago y el hijo del alcalde encima de la criatura naranja en la que se había transformado Sejin por largo rato, surcando el cielo y navegando entre las esponjosas y blancas nubes, hasta que avistaron una casita en medio del bosque y este ser comenzó a descender, aterrizando con la máxima suavidad que pudo, pero no evitando que los viajeros se mareasen por ser su primera experiencia viajando a través del cielo. Posiblemente tampoco fuera la última, pero esperaban que, para la próxima, les fuera mejor. Se bajaron con el cuidado que pudieron, algo tambaleantes, y se detuvieron durante unos minutos allí, esperando hasta que recobrasen el aliento y el equilibrio y se encontrasen más tranquilos. La casa era un tanto tétrica vista desde fuera al tener una construcción de madera y parecer a simple vista que fuera bastante vieja. No obstante, las macetas con hermosas flores situadas en los soportes exteriores de las ventanas, que estaban entreabiertas y decoradas en su interior por cortinas de motivos de color pastel y un mosaico en la entrada de la morada en el que venía inscrito “cave canem” le daban su encanto. Puede que quien viviera allí fuera temible y acabaran por arrepentirse de estar allí, pero no podían negar que el propietario de la casa tenía un gusto exquisito en cuanto a la decoración del hogar.

Enfrente de la casa se quedaron sin saber qué hacer. ¿Llamaban, daban una voz alejados de la casa y esperaban a que saliera el propietario o entraban echando la puerta abajo y se disponían a luchar desde el primer momento y, si las cosas se llegaban a poner muy feas, huían? La última opción parecía viable, teniendo en cuenta que el enemigo tenía magia en su poder y a saber si también era diestro en las armas; no obstante, a Jinwoo no le gustaba especialmente la idea, sino que prefería seguir el protocolo que le habían enseñado desde pequeño: primero saludar, luego preguntar y después de eso batallar. Aporrearon la puerta y allí esperaron hasta que alguien abriese. Como tardaban en hacerlo, intercambiaron miradas que indicaban que debían estar preparados, pero entonces, escucharon un crujido y vieron cómo esta se abrió un poco, y fue en ese momento en el que atisbaron una sombra detrás, pero no les dio tiempo a apreciarla debidamente, pues cerró de inmediato, seguramente tras ver quiénes eran. Oyeron voces que, para su desgracia, no llegaron a comprender, y algún que otro ladrido, y volvió a abrirse, esa vez descubriendo ante ellos a un muchacho rubio y de rostro afable y rasgos dulces y, entre sus brazos, un pequeño perro muy peludo de color azabache y cara de mosqueo. En verdad era de esperar, porque, al igual que el chico que estaba allí Jinwoo era un mago en proceso y, a los ojos de Byungchan y Kookheon, si bien poderoso para su edad, también tenía la cara de un niño que estaba en plena adolescencia y unos mofletes cargados, y eso le hacía adorable. Entonces, el chico habló.

-Anda, pasad. Os estábamos esperando- El muchacho que los recibió los guió por un largo pasillo que, a su vez, era un tanto angosto y por el que tenían que pasar de uno en uno. Al igual que el exterior, el interior tenía una decoración que mezclaba lo siniestro con lo dulce, por lo que ninguno de los tres visitantes supo cómo sentirse respecto a aquel lugar. La madera crujía bajo sus pies y de las paredes tapizadas colgaban cuadros de paisajes extraños. Desconcertados por la extraña ornamentación de aquella morada decidieron mirar al frente y no detenerse a observar los detalles, pues no solo no les ayudaría, sino que los pondría más nerviosos. El corredor finalmente desembocó en un salón bastante amplio en comparación del estrecho pasadizo que acababan de recorrer. A Jinwoo le recordaba aquello en parte al hogar que tanto echaba de menos en esos instantes, con la diferencia de que ese lugar estaba mucho más desordenado y tenía un aura mucho menos familiar. Allí encontraron a otro muchacho, presumiblemente de la edad del brujo que les abrió la puerta, de cabello azabache y ojos cansados, sentado en uno de los sillones dispuestos en la estancia mientras leía un pesado manual de magia y descansaba en su regazo un gato negro. El mago rubio le llamó por el nombre de Hyeop, y le informó ante los otros que las personas de las que deseaba su llegada ya estaban allí. Este, tomando el animal entre sus brazos, se levantó, y después lo depositó sobre la butaca donde él había estado sentado instantes atrás, haciendo lo mismo con el enorme libro que había estado leyendo. Se acercó a los visitantes sonriente y les habló.

-¡Anda que no habéis tardado ni nada! Me imaginé que tardaríais menos tiempo en llegar, pero, bueno, ¡os lo perdono! ¡Tenía muchas ganas de conoceros! – Jinwoo, Byungchan y Kookheon se quedaron atónitos ante esas palabras porque podían significar muchas cosas, pero principalmente había dos posibilidades: o que todo eso formase parte de un plan y que, en realidad, se tratase de una emboscada, o que se tratase de un mago especialmente excéntrico- Permitid que me presente. Soy Hyeop. Ese chico que veis ahí es Seokhwa, y ambos somos brujos del fuego ¡Bienvenidos a nuestro humilde hogar! – a medida que hablaba, más se cuestionaban la dicotomía planteada nada más le escucharon hablar. En realidad, Jinwoo pensaba que era una persona pintoresca y a su vez un tanto temible, Kookheon que era un fanfarrón y Byungchan que era raro de narices. Ansiosos por saber qué vendría a continuación, decidieron preguntar. No se hizo mucho de rogar Jinwoo, siendo el que más curiosidad tenía de los tres.

-¿Por qué nos has llamado?- si se lo hubiera pensado más, quizás no habría formulado tan bien la pregunta, y agradecía no haberse dejado llevar por los nervios en ese instante. Los magos que estaban detrás de todo aquello intercambiaron miradas y asintieron. Entonces, Seokhwa se aclaró la garganta y contestó al más joven de los presentes.

-¿No es obvio? Si habéis logrado resolver el enigma de la montaña, significa que sois dignos de luchar contra nosotros. Ahora bien, no nos interesa luchar contra humanos sin ningún tipo de poder, ¡sería demasiado sencillo y hasta aburrido! – esa respuesta hirió el orgullo de Kookheon, que era un guerrero experienciado, casi provocando una pelea en aquel lugar; sin embargo, Byungchan, viendo venir sus intenciones de retarles, lo paró en seco agarrándole del brazo. Era cierto que, al no tener poderes mágicos, estaban en clara desventaja. Seokhwa se detuvo a mirar las reacciones de los demás y, después, prosiguió- en cambio, presiento que hay un mago entre vosotros, ¿o me equivoco? - Jinwoo negó con la cabeza y, acto seguido, afirmó que era él la persona a la que buscaban- Mi intuición no me falla.
Y tras él, tomó la palabra Hyeop.

-Además es lo más justo, ¿no creéis? - tratándose de una pregunta retórica, no espero ninguna respuesta, por lo que continuó con su perorata- bueno, creo que es hora de que hablemos de las condiciones del combate para que sea lo más favorable para todos los participantes posibles, ¿sí?

Así pues, todos se sentaron alrededor de una mesa que había en el comedor y charlaron acerca de las normas del juego y de lo que ganarían o perderían dependiendo de su triunfo o su derrota. Lo que no sabía Jinwoo es que se estaba jugando más y menos de lo que él creía en realidad a la vez.

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Era la primera vez que Jinwoo tenía que enfrentarse a otro mago que no fuera de su familia. Es cierto que había recreado combates con sus padres, sus tíos e incluso su primo, Dongpyo, que era el segundo más joven del clan, pero todos habían sido para entrenamiento o mero entretenimiento, nunca nada en serio al no querer que nadie saliese herido. Además, llegado a ese punto, ni siquiera sabía si la casa de Hyeop y Seokhwa era el destino al que debía arribar o era solo un obstáculo más que se interponía en su meta. Reunidos en el salón y sentados alrededor de una mesa allí dispuesta, comenzaron a hablar del motivo que había detrás de las acciones de los magos de fuego. Estos se habían cansado de vivir recluidos por culpa de los humanos y querían que los de su clase volvieran a ser respetados tal y como hacían antaño, pero que les había sido prohibido convivir con los mortales por sus temibles poderes, y ahora solo ansiaban cobrar venganza por ello, y el monstruo fue la primera de ellas. Byungchan, notoriamente molesto, dijo que aquello era mentira, que su pueblo nunca expulsó a nadie, y que además que aquel a quien habían transformado en tal bestia era a su mejor amigo, Sejin, que era inocente y no tendría que haber sido implicado en ese asunto. Los magos propietarios de aquella mansión intercambiaron una mirada, como si se estuvieran comunicando con la mente, y en sus labios aparecieron sonrisas enigmáticas que no les dieron una buena impresión a los visitantes. Entonces, Seokhwa, con una mal lograda expresión de sorpresa, habló. Los otros llegaron a entender tal gesto como una mofa por parte del brujo del fuego.

-¡Oh, no! Si vosotros decís que estoy mintiendo, y yo digo que no sabéis de la misa ni la mitad… ¿Qué deberíamos hacer? - El hijo del alcalde no era ya el único molesto. El joven hechicero en formación contestó.

-Contar la verdad, eso es lo que tendríais que hacer- Hyeop se encogió de hombros, y replicó ante tal respuesta.

- ¿Y por qué estáis tan obcecado con esa idea? Ya hemos cumplido diciéndoos el motivo por el que estáis aquí y lo que queremos conseguir con ello, no hay nada más de lo que hablar. Vosotros decidís qué sucede a continuación, ¡y eso es todo! – entonces el silbido afilado de una espada rozándose con la vaina que la cubría al ser sacada sonó en el lugar, y Kookheon, el poseedor de esta, dirigió el hierro amenazante contra sus rivales, preparado para atacar.

-No, no es solo eso- Byungchan también llevó su mano a la empuñadura, preparándose para lo que pasase. Jinwoo observó los movimientos de los demás, pero su cuerpo adoptó de forma natural una postura defensiva, por si tenía que protegerse de un ataque inesperado- ¿Qué es lo que queréis realmente? Nada de esto tiene lógica alguna- una risa malvada, y el brujo del fuego de cabello oscuro procedió a expresarse.

-¿De verdad creéis que vais a conseguir lo que queréis? Es más, ¿de verdad creéis que con eso -dijo señalando la espada que portaba en ese momento el guerrero- vais a derrotarnos? ¡No seáis ilusos! Ya os hemos dicho que no nos interesa luchar contra mortales- hizo una pausa, no supieron si para tomar aire o añadirle dramatismo a su discurso, y continuó- respecto a lo que queremos… es muy sencillo. ¡Incluso obvio, diría yo! – Seokhwa entonces lo interrumpió, molestando a su compañero.

-Lo único que deseamos es volver a tener tierras en vuestro pueblo y que se nos trate con debido respeto. Y si no lo obtenemos por las buenas… Lo conseguiremos por las malas- y como si aquello hubiera sido una señal de guerra, Seokhwa y Hyeop dispusieron en sus propias manos varitas de las que salían grandes llamaradas y otros tantos fuegos y los otros se lanzaron al ataque.

En efecto, los magos del fuego llevaban razón cuando dieron a entender que los humanos que carecían de poderes mágicos, por muy elevadas que estuvieran sus otras habilidades, no llegaban a su nivel. Eran más jóvenes y, por tanto, también más veloces que Kookheon y Byungchan, y se adelantaban a sus movimientos, por lo que probablemente o bien estaban experimentados en el arte de la batalla o bien tenían el don de la adivinación y podían prever cualquiera de las acciones que tuvieran en mente. Solo les bastó un par de golpes certeros y los hechizos correctos para dejarlos desarmados, convirtiendo sus hierros en un fluido grisáceo. Entonces solo les quedó correr, esconderse en un lugar mínimamente seguro -dudaban que no hubiera trampas en aquel lugar, sobre todo cuando los otros estaban esperando la visita de estos- y planear cómo enfrentarse a estos, o bien cómo ayudar a Jinwoo de la forma más efectiva posible. Pensaron, entonces, que lo primero que debían hacer era salir de esa casa y luchar en campo abierto, por lo que llegaron a la conclusión de que tenían que huir hacia el exterior y, entonces, librar la batalla allí.

Jinwoo, por su parte, empezó a usar su magia contra Seokhwa y Hyeop. En realidad, no contaba con ninguna estrategia concreta que fuera suficiente para vencerles, porque no había tenido tiempo para planearla y, además, le podía el agobio. En un principio, le bastaba con defenderse, pero sabía que, tarde o temprano, se quedaría sin energía suficiente para seguir combatiendo y eso acabaría siendo su fin, por lo que tenía que buscar rápidamente una forma de, no solo evitar sus ataques, sino ganar. Además, no era la única desventaja con la que contaba: sus compañeros se habían quedado sin armamento ni armadura, por lo que esa lucha se convirtió en un dos contra uno, y tenía todas las de perder. Los ojos de Kookheon se entrelazaron con los de Jinwoo por unos segundos, intentando así leer qué tenía en mente hacer y, de paso, pedirle con la mirada, si es que el otro lo entendía, que tirase de Byungchan y se marcharan de allí. Tenían dos opciones, pero ambas arriesgadas y no les garantizaban por completo que pudieran sobrevivir. El actuar bajo no les dejó pensar en condiciones una estrategia, por lo que se dirigieron al pasillo que los llevó hasta el salón donde comenzó la pelea y salieron corriendo. No se les ocurrió, por ejemplo, que los magos hubieran podido adecuarla en todo el tiempo que llevaban allí viviendo con sus propios mecanismos de defensa para que, cuando llegasen invasores, pudieran protegerse. Tampoco habían reparado en que no tenían ni idea de cómo funcionaba la morada de los hechiceros ni conocían su distribución, por lo que, separándose, acabarían perdiéndose.

No habían reflexionado aún en la táctica que llevarían a cabo para sobrevivir, pero al menos tenían un objetivo común: salir y luchar en campo abierto. A lo mejor seguían sin tantas posibilidades para alzarse con la victoria, pero al menos sí para salir por patas de allí y volver cuando estuvieran más preparados. Todo se sucedió con repentina rapidez, y para cuando quisieron darse cuenta, el grupo se había separado. Jinwoo se perdió, y no parecía saber cómo encontrarse. En circunstancias así, a pesar de que sus padres le hubieran enseñado a manejarlas, siempre acababa entrando en pánico, y sentía como si el alma se le escapara del cuerpo y empezara a vivir los acontecimientos desde la tercera persona. Se adentró en la oscuridad de una habitación desconocida en un intento de escapar, siguiendo su instinto de supervivencia. No era conveniente continuar andando sin saber adónde iba, por lo que decidió detenerse, tomar aire tras la imprevista carrera para reponerse un poco y, entonces, continuar vagando por la casa con cuidado hasta lograr abandonarla de una vez por todas. Un sudor frío recorrió su cuello e, inmediatamente, tuvo un escalofrío. No le gustaba aquella negrura porque su mente daba rienda suelta a su imaginación y empezó a ver cosas que antes no estaban ahí.

Probó, entonces, a iluminar un poco el lugar, con las esperanzas de poder conocer así qué había ante sus ojos cegados por las tinieblas y hallar un sendero por el que continuar. Levantó el dedo y, como si estuviera acostumbrado a hacerlo, hizo que una pequeña llama saliera de este. Sin embargo, en vez de mantenerse sobre su índice, salió disparada, como si estuviera buscando algo en la habitación. Así pues, todo se iluminó en ese sitio. Se descubrió ante él un almacén lleno de cajas de maderas y estantes, todo recubierto de polvo. Jinwoo giró la cabeza, y vio que la puerta por la que se suponía que había llegado a aquella estancia desapareció. Decidió así investigar la sala antes de seguir adelante, por si llegaba a encontrar algo interesante allí. Afortunadamente para él, se topó con varios tipos de artilugios mágicos: varitas, manuales sobre hechizos y encantamientos, pócimas almacenadas, escobas voladoras e ingredientes varios para hacer conjuros. Y, ya que parecía que nadie lo fuera a reclamar… ¿Por qué no tomar algunas cosas prestadas? Cogió un par de cosas que le serían útiles para luchar y necesarias para escapar, aunque fuera solo con vida y sin vencer en su gesta, y habiendo tomado aire, se dirigió hacia la puerta que estaba al otro lado de la habitación. En un primer momento pensó que no se abriría, pero al girar el pomo y tirar, esta rechinó y encontró detrás más oscuridad.

Se adentró a la sala inundada de negrura temeroso por aquello que las tinieblas albergasen, con el estómago revuelto y la mente vacía de tanta preocupación. Cuando hubo pasado a la siguiente estancia, la puerta se cerró con un fuerte golpe que aceleró su corazón y provocó que un temblor sacudiera su cuerpo entero debido al temor que estaba experimentando en aquellos instantes. No obstante, la confusión causada por las sombras duró poco, tan poco que a Jinwoo no le dio tiempo a encender una llamita para guiarse por esta. Se hizo la luz, y el mago se tuvo que llevar las manos a los ojos para cuidarlos del resquemor que el brusco cambio de ambientación había provocado a estos. Pasó un rato hasta que logró acostumbrarse a la pronta claridad, y, una vez que lo hizo, observó con la vista ya menos dolorida la sala en la que se encontraba. La puerta por la que había entrado desapareció, así como lo hizo la de la habitación anterior. La novedad residía en el número de puertas: una, dos… ¡Tres! Y cada una con un cartel con un símbolo. En la primera se encontraba dibujada una especie de nube, en la segunda, una especie de volcán y, en la última, una llama. Aparte de estas, también había una mesa con un sobre. Ya estaba empezando a hartarse de abrirlos, pues siempre se llevaba sorpresas no especialmente gratas y, además, con estas venían de regalo enigmas que hacían que se devanara los sesos con el fin de encontrar una solución a estos. En él encontró, tal y como había pensado, las instrucciones, que no hacían sino crearle más dudas aún, si es que eso era posible. Además, que en la carta dijera que la única forma de sobrevivir era superando las pruebas y que se quedaría encerrado para siempre si no lo hacía tampoco le ayudaba mucho. Supo entonces, entre la confusión y el estrés al que se había enfrentado que, en efecto, estaba en el sitio en el que debía estar y que todo lo que había vivido hasta ese momento desde el instante en que había llegado al pueblo se trataba de una especie de gymkhana que le habían preparado los magos para que se enfrentase a la primera prueba de su examen.

El problema surgía del hecho de tener que escoger una puerta. Creía en parte que su intuición, la de un mago, no le fallaría. Ahora bien, no se trataba únicamente de eso. Los dueños de aquella casa eran también hechiceros, por lo que conocerían tan bien como él y mejor aún la filosofía y pensamiento de los de su clase. Eso significaba que podrían haber planificado todo para que no se dejase guiar por esa virtud tan característica de los brujos, sino para que probase su ingenio, aunque también podrían no haber reparado en aquel detalle. Así pues, una nueva duda le rondaba: tratándose de la opción que se tratase, ¿cuál era el camino que debía seguir? ¿El de la corazonada o el del razonamiento? Es más… ¿Y si ellos habían planeado aquello porque sabían que Jinwoo se daría cuenta y acabaría comiéndose la cabeza? La confusión lo llevó a releer la carta de nuevo, y entonces fue cuando halló la respuesta: en ningún momento decía que tuviera que escoger la puerta correcta, sino superar las pruebas. Dirigió su mirada a las puertas una vez más y, señalándolas con el dedo una a una varias veces, dejó que la suerte escogiera por él.

Tras hacerlo un par de veces con el fin de acabar con su indecisión, comenzó a agobiarse, pensando que había aquel modo de elección era un tanto pueril, y dio paso a la lógica, esperando así encontrar la solución. Si detrás de cada puerta había algo a lo que enfrentarse, tenía que escoger la que resultase tener la prueba más sencilla para él; ahora bien, ¿cuál era la mejor opción? Le habían dado a escoger entre humo, lava y llama, y ninguna de las tres le parecía especialmente agradable, por lo que volvió a recurrir a la fortuna. Si él no podía decidir, era buena idea que el destino o algún otro factor le ayudara a hacerlo. Tampoco le animaba no saber lo que podía hallar detrás de las puertas y que se sumaran a esta inseguridad todos los giros dramáticos de los que había sido víctima en aquella travesía, así que se dejaría llevar por su intuición, porque era lo único que le quedaba en ese momento. Eso, los recuerdos de las enseñanzas de sus padres y ahora algún que otro objeto con el que defenderse. Miró detenidamente los carteles de nuevo, como si le fueran a proporcionar información nueva, pero, para su desgracia, no fue así. No le decían nada más aparte de los dibujos, por lo que buscó otro modo de selección. Pensó entonces que, tal vez, si escogía lo más difícil primero, todo lo demás acabaría por ser más sencillo. Así pues, se decantó por la lava, por si su teoría terminaba por ser acertada. Se dirigió hacia la puerta y giró el pomo de esta, que no le puso problema alguno. De repente, esta se abrió de golpe, una enorme energía lo atrapó y tiró de él con suma brusquedad hacia el interior de la sala que se encontraba a continuación de la que acababa de abandonar.

La diferencia con las otras habitaciones en aquel caso radicaba en que no había sala, sino un terrorífico paraje que haría temblar incluso al más bravo guerrero. Ríos de lava inundaban el lugar y solo había unos pocos huecos, suelos rocosos, por los que apenas podía transitar. A esas condiciones se le añadía un calor sofocante que golpeó a Jinwoo justo al momento de entrar y que lo acompañó cada segundo de su presencia allí, y que hacía que dudase de la fiabilidad de sus sentidos. Estaba mareado y agobiado a partes iguales, tanto por la temperatura como por la situación que le había tocado vivir. Aquel horizonte parecía sacado de una de las muchas pesadillas que solía tener, lo que hizo que el miedo fuera a más. El sudor frío que había recorrido su frente y también su nuca a causa del nerviosismo comenzó a salir de sus poros calientes por el esfuerzo y el acalorado clima. No obstante, al cabo de unos minutos, eso dejó de preocuparle. Un par de monstruosas figuras rojizas y amarillentas, hechas de la mezcla de los minerales derretidos que salían expulsadas de los mares de fuegos que contenían los volcanes antes de despertar, se alzaron sobre sí mismas, y Jinwoo ahogó un grito, se dolió por no estar acompañado del espadachín y del hijo del alcalde, reflexionó brevemente acerca de varias de sus elecciones -la de escoger aquella puerta y la de querer ser hechicero, entre otras- y pensó en teletransportarse hasta su hogar. Sin embargo, no llegó a hacerlo: decepcionaría a sus padres y, por encima de todo eso, a sí mismo. Además, ser valiente consistía en afrontar sus temores, y él consideraba que lo era. ¡Claro que lo era! Si había conseguido superar horas atrás el miedo a las alturas y al vuelo, también sentía que podría salir victorioso de aquella prueba. O al menos de aquello intentaba convencerse, porque era lo único a lo que podía aferrarse para seguir luchando y continuar con su recorrido.

Las bestias fogosas no tardaron mucho en percatarse de su presencia, y constituidas ya, se lanzaron al ataque contra el muchacho. Y de nuevo, el joven mago no tenía estrategia pensada, y eso creaba una gran desventaja para este. Así que, a lo mejor, aquel era el momento de aprender a improvisar de forma exitosa. Echó un rápido vistazo a todo el lugar con el fin de hallar una zona donde batallar de la manera más segura posible, pero se encontró con que los espacios rocosos eran diminutos y demasiado amplios los inundados por la lava. Sacó la varita de su alforja, la tomó con su manita fuertemente y apuntó a las fieras. Buscó en su mente velozmente hechizos que usar, pues le daba tiempo a hacerlo y era fácil atacar a distancia. Era una norma básica en la humanidad que el agua siempre vencía al fuego; era de lógica, no cabía otra posibilidad.

Cuando presenció que sus poderes no solo no servían para acabar con aquellos seres de lava, sino que el único efecto que provocaban en ellos era que saliera de sus cuerpos un poco de humo o volvían a su estado original para evitar los daños y, para colmo, se acercaban hacia su posición a pasos agigantados, entró en pánico. No hallaba la razón que había detrás de que su táctica hubiera sido fallida, pero en realidad había unas cuantas posibilidades que podían explicar aquello. Una de ellas era, para empezar, que a lo mejor no hubiera usado la suficiente fuerza en sus hechizos y que, por ende, el impacto causado fuera menor del que hubiera deseado. Podía considerarse también que los encantamientos por los que se había decantado no hubieran sido los más correctos, o incluso que la clave residiera en eso mismo. La explicación detrás de esta idea surgía de que, al tratarse la magia de un arte que podía o no ser racional -todo esto por el simple hecho de que esta fuerza se producía cuando se luchaba contra la propia lógica y, por tanto, no tenía que seguir un canon ni unas leyes científicas establecidas-, no tenía por qué guiarse por la creencia común. Y eso producía un giro de 360 grados en el razonamiento de Jinwoo: no importaba el poder al que se enfrentase, sino la potencia con que atacase. O eso es lo que creía que debía aprender de aquello.

Así pues, pasó a la siguiente estrategia: lanzar encantamientos contra las criaturas que surgieron de la lava según se le fueran ocurriendo, probando cuál podía hacer efecto. Parecía útil al principio, cuando observaba que les infringía algún daño; sin embargo, también se dio cuenta de que no solo era contraproducente a la larga, sino que, además, aquella táctica drenaba sus energías por completo y sus rivales se recuperaban rápidamente. Intentó hallar en el horizonte un hueco donde sentarse y descansar por unos instantes para reponer fuerzas y seguir luchando, pero todo estaba desprotegido y, para colmo, los monstruos se le acercaban cada vez más y más, por lo que debía estar en constante huida. Estaba exhausto y en clara desventaja en aquellos momentos, y algún elixir u objeto que pudiera servir para agotar las fuerzas de las criaturas de fuego sería de mucha ayuda para el joven brujo. Rebuscó en su bolsa con la esperanza de hallar algo que le sirviera, pero no recordaba para qué servían las pociones que había cogido y aún no había aprendido a curarse a sí mismo mediante la magia.

Miró de nuevo. Miraba, pero no veía. No sabía ver porque nada de lo que había intentado, absolutamente nada, le había funcionado. Y como nada funcionaba, el agotamiento terminó por juntarse con la preocupación y la frustración y ponerle en un estado crítico, porque no atinaba con nada de lo que hacía. Corría como podía entre las zonas rocosas, que aún no habían sido cubiertas por la lava, escapando de los ataques rivales, y, aun así, los recibía. Aquello, como no podía ser de otro modo, provocó que tuviera unas tremendas ganas de echarse a llorar hasta deshidratarse, pero estaba tan ocupado intentando protegerse de los fieros ataques de los monstruos y sobreviviendo a las quemaduras que le provocaban cuando no conseguía esquivarlos, que no le salían las lágrimas. Además, aunque lo hiciera, el intenso calor que envolvía a aquel territorio las habría secado nada más se hubieran escapado de sus ojos. Y él podría ser mejor o peor mago, pero desde luego no era un cobardica. Aunque, por más que quisiera, no podía negarlo: era una de las peores experiencias que le había tocado vivir, y cuanto más tiempo pasaba, más dudaba acerca de la posibilidad de salir con vida de aquel lugar.

Echó la cabeza hacia atrás, contemplando el oscuro cielo del escenario de la prueba, esperando que un milagro cayera de ahí. No sabía si aquella era la recreación de un volcán o un espacio imaginario y abstracto que había acabado por tomar elementos de este, y eso lo confundía mucho más. Sin embargo, fue en un momento de desesperación como ese, reparando en otros detalles con el fin de buscar una salvación, en el que descubrió que, si volaba un poco, podría situarse en uno de los recovecos de las paredes montañosas, descansar por unos segundos y planear algo rápido. Así que fijó su objetivo, tomó impulso y, cuando estuvo por los aires, se dirigió hacia el hueco en el que quiso colocarse, y allí se dejó caer. El cansancio azotó su cuerpo con fuerza, y sus párpados le pesaban, pero no podía permitirse un descanso absoluto. Aún tenía que acabar con aquel ejercicio y, por supuesto, salir victorioso de este. No tenía mucha fe en alcanzar aquella meta, pero tampoco es que tuviera otra opción.

Le vinieron a la mente imágenes del pasado. Se acordó de sus padres, de sus tíos y su primo, del pueblo que le vio nacer y de la hermosa pradera a la que solía escaparse para jugar con su magia. Nada tenía que ver con el paisaje que estaba contemplando, ni con la compañía que allí se encontraba. Echaba en los buenos tiempos a su familia, a la que mucho quería, pero más aún en los malos, sobre todo porque ellos conocían cómo lidiar con aquel tipo de batallas y le abrazaban cuando sentía temor. Buscó en sus memorias algún consejo que hubieran podido darle en el periodo en el que fueron sus profesores, pero ninguna le decía lo que quería, ninguna le parecía lo suficientemente concreta como para poder sacar la idea fundamental que le ayudase a resolver aquella prueba. Pensó y pensó, y mientras lo hacía, notó que había mucho silencio, y temió. Temió porque la quietud en circunstancias como aquellas no era una señal de buen augurio. Se asomó y descubrió entonces que los monstruos estaban buscando la forma de encaramarse en su escondrijo y acabar con él. Había conseguido descansar un poco, así que ahora tocaba acabar con aquello de una vez por todas. ¿Cómo? No había hallado aún la respuesta a aquella incógnita, pero lo iba a intentar de todos modos hasta que le fallaran las fuerzas. Así pues, salió de su refugio y comenzó de nuevo la lucha. Recibió un par de quemaduras nuevas; le dolían enormemente y sacaron amargos alaridos de la boca de Jinwoo, y aun así, se mantuvo en pie. Fue atacando de nuevo y fijándose en lo que hacían tras ello cuando logró descubrir lo que debía realizar a continuación. No se trataba de destruir a aquellas criaturas, sino de transformarlas. Si conseguía de alguna manera convertir aquellas fieras en estatuas, se aseguraría la posibilidad de escapar de allí.

La clave yacía en recubrirlos de roca, en convertirlos en volcanes sin erupción, en taponarlos. Y para eso sí que tenía un hechizo, pero antes debía convertirlos en lava de nuevo y después, petrificarlos. Por eso mismo comenzó a lanzarles los hechizos que se le fueran ocurriendo, unos que no gastasen mucho su energía, pues debería recurrir a unos pocos para alcanzar su fin. La lava entonces comenzó a acercarse a sus pies, y la angustia lo asfixiaba. Ya no tenía muy claro que fuera a salir vivo de aquel examen… Por su mente pasaron muchas imágenes del pasado, de lo vivido hasta ese preciso instante, y todo se volvió irreal. Le parecía un sueño febril que fuera a fallecer siendo tan joven y de un modo tan tortuoso, y se preguntó si todo aquello había merecido realmente la pena. Y como un último amago de aferrarse a la vida, extendió las manos, como probando a detener el rápido avance de la sustancia ardiente y cerró los ojos en un impulso, porque no quería mirar lo que estaba sucediendo. Sintió como si su cuerpo ardiera, como si estuviera siendo invadido por la lava, como si él mismo fuera el fuego. Fue una sensación que duró unos segundos, y lo siguiente que se produjo fue un temblor en el suelo. Creyó que él mismo el que se sacudía, porque no veía nada y estaba usando todo su poder para protegerse, para seguir viviendo, pero en cuestión de segundos todo volvió a la calma. Abrió de nuevo los ojos para descubrir que todo lo que ardía había desaparecido, y lo único que encontraba ante él era un paraje rocoso y una puerta en el fondo. Se dirigió con paso lento y la vista nublada por las heridas provocadas y el cansancio acumulado hacia esta, la abrió y pasó al lugar al que lo llevaba.

Volvió, en efecto, al sitio en el que empezó el examen: el salón de los magos. Allí se topó con los dueños de la casa y sus compañeros de travesía, todos reunidos en torno a una mesa de caoba, con tazas de té en mano y observando con expectación su regreso a la normalidad. No tardaron mucho en levantarse y acudir a su recibimiento. Jinwoo estaba muy, pero que muy aturdido, y le costaba discernir entre lo que había experimentado y lo que estaba sucediendo en ese momento, y tampoco conseguía aclararse entre si lo anterior había sido una pesadilla o la realidad, y como todo era muy complicado, se abandonó al sueño nada más notar que alguien lo sostenía. Fue al día siguiente por la tarde, después de dormir por una infinidad de horas seguidas, todas bien merecidas, cuando hablaron con él acerca de lo sucedido y le realizaron las debidas aclaraciones. Unos se acercaron al joven mago con más preocupación, otros, con más calma. También pudo discernir una figura más entre los presentes, pero, a pesar de que ninguno de los que allí estaban se lo hubieran presentado, al contemplar la cercanía que aparentaba tener con Byungchan, quien aún mostraba un mohín en la cara por algo que desconocía por el momento, supuso que se trataba de Sejin en su forma humana. Notó, además, que sus heridas y quemaduras no solo se habían cicatrizado, sino que además terminaron por desaparecer por completo. Eso sí, aún tenía el ser entero entumecido por el largo descanso. Los demás estuvieron charlando entre sí de temas banales, pero se detuvieron una vez que notaron que el muchacho despertó de su letargo; entonces, dieron paso a una conversación que era de suma importancia para todos ellos. El primero en intervenir fue Seokhwa, que estaba sentado en una mecedora junto a la cama en la que yacía Jinwoo.

-¿Cómo estás?- el aprendiz, que tenía la garganta reseca, intentó hablar, pero acabó tosiendo. El mago situado a su lado le tendió un vaso de agua del que no dudó en beber, a pesar de todo, y lo agradeció con un susurro. Dedicó unos minutos a aclarar su voz y, cuando se sintió capaz, se apuró a responder.
-Dentro de lo que cabe, bien. Aunque, ¡Madre mía! Ha sido una travesía de narices, ¿eh? - este comentario provocó una carcajada general, y entonces otra persona habló. En aquella ocasión se trataba de Hyeop.

-Es que chiquillo… ¡Anda que meterte en la peor prueba de las tres que ideamos! ¿Acaso no podrías haber optado por la de humo o la de llama? ¡Eran muchísimo más sencillas que la de la lava! -Jinwoo se quedó atónito y, en parte, se sintió un poco orgulloso, ¿había conseguido superar el ejercicio más difícil de los tres, él, siendo un novato? Sus padres se pondrían muy contentos cuando les contase la anécdota- Eso sí, te felicito. Lo has hecho estupendamente.

El joven mago musitó un diminuto agradecimiento. Quería expresarlo con más alegría, con euforia incluso, porque era digno de hacerlo tras la hazaña que acababa de llevar a cabo, pero aún no se creía nada de ello y su objetivo en ese punto era asimilar lo vivido, y ya después celebrarlo como merecía. Byungchan, que había permanecido callado, se acercó hacia él y le dio un cálido abrazo. Jinwoo se acordó de cómo acabaron separados, y la preocupación que lo invadió en ese momento, pero verlo bien -y también a Kookheon y a Sejin- le produjo un inmenso alivio.

-¡Al fin nos hemos reencontrado! He estado muy preocupado por ti, ¡nos estaban dando ganas de meternos en la sala y sacarte a rastras! Pero, ¡oye! Lo has conseguido. Sabía que lo harías, tenía una corazonada de que saldrías con la victoria entre tus manos. Eso sí, ¡qué mal rato, de verdad! - mientras decía aquello, no lo soltaba, pero al muchacho no le molestaba especialmente- Al menos estás ya aquí, y sano y salvo, que es lo que importa.
Una voz desde el otro lado de la habitación sonó. Era el guerrero.

-Byungchan, no lo agobies, que ya ha tenido bastante el pobre con todo lo que ha vivido ahí dentro- hizo una pausa, y sonrió- a todo esto, enhorabuena por superar la primera prueba. Tienes madera de mago.

Jinwoo se alegró de oír aquello, porque significaba que era real y, por encima de todo, que estaba cada vez más cerca de alcanzar su sueño de convertirse en un hechicero de forma oficial. Tras un rato, se irguió y, acompañado de los otros, se dirigió al salón de vuelta. Estar allí le causaba sentimientos encontrados: por una parte, le angustiaba que todo hubiera sido una trampa dentro de una trampa y que la prueba real empezara en ese instante; por otra, era consciente de que todo había acabado por el momento y que hasta que no se trasladase al siguiente destino, no debía temer por nada ni nadie, y eso fue lo que hizo que se tranquilizara. Tomó asiento y allí se dispuso a conocer la realidad del asunto.

Para empezar, Hyeop y Seokhwa revelaron sus verdaderas identidades: seguían siendo Hyeop y Seokhwa, solo que, en vez de tratarse de temidos magos que tenían una extensa riña con el pueblo del que habían sido expulsados, eran estudiantes pertenecientes a la Real Escuela de Artes Mágicas y, tal y como afirmaron cuando se conocieron, la especialidad de ambos era la del fuego. A varios estudiantes de aquella institución les había sido encargada la tarea de examinar a sus sucesores, futuros miembros de aquella academia, y ellos habían sido dos de los seleccionados para dicha misión. No eran los únicos que supervisaron la prueba: maestros y tutores varios les ayudaron a diseñar los escenarios perfectos para el examen, y ellos estuvieron siguiendo los progresos que iba haciendo desde que llegó al pueblo hasta que tuvo que enfrentarse a los monstruos de lava. Y todos habían llegado a la misma conclusión: Jinwoo había aprobado y con muy buena nota el ejercicio del fuego.

Después se encontraba la cuestión de Sejin. Lo primero que hizo fue disculparse con él por mentirle sobre quién era en realidad y por el susto que le dio en el llano cuando se toparon el uno con el otro. Él mismo se ofreció a ser parte del proyecto por dos simples motivos: quería ayudar en lo que hiciera falta y por mera curiosidad. En un principio, no iba a tener que ver nada con el plan, pero estuvo en el momento que no debía y acabó por escuchar igualmente lo que tampoco debía, y decidió implicarse. Su familia no estaba de acuerdo al inicio del experimento, pero ni él lo encontraba arriesgado ni había posibilidad alguna de que se fuera a quedar así para siempre, por lo que su determinación fue mayor aún. Además, pensó que gastarle una broma a su mejor amigo podría resultar divertido, pero tras unos cuantos días, se dio cuenta de que había terminado por ser un tanto cruel; no obstante, no podía decir nada, porque si no echaría a perder meses y meses de planificación entre el comité mágico, esos estudiantes y los habitantes del pueblo. Byungchan seguía molesto por el hecho de que se le ocultara todo eso y no le hicieran parte del proyecto.

Y por último quedaban el hijo del alcalde y el guerrero, que no supieron absolutamente nada del asunto hasta que los magos decidieron contarle todo lo que habían estado tramando. ¡Ni siquiera se lo habían podido imaginar! Cuando les fue aclarado el asunto sintieron una mezcla de confusión, enfado y alivio. Estaban molestos porque no les había sido informado nada de aquello hasta ese preciso instante, pero al menos no eran enemigos reales, sino que aquello consistía en una farsa o, más bien, un teatrillo para que todo fuera menos obvio a los ojos de Jinwoo. Por un lado, Byungchan descubrió que no se le dijo nada porque su padre ya lo había designado desde primer momento como el acompañante del mago, pues tenía fe en él y en sus dotes de planificación, pero también conocía perfectamente a su hijo y sabía acerca de su mayor defecto: no sabía guardarse secretos para sí. Ese fue el motivo por el que prefirieron ocultarle todo y actuar como lo hubieran hecho si fuera verdadera toda aquella situación, y les ayudó a triunfar. A pesar de ello, estaba cabreado. ¡Lo habían tomado por el pito del sereno y, para colmo, su mejor amigo se había mofado de él y su padre no confiaba en él! Por otra parte, se encontraba Kookheon. Nadie se esperaba que fuera a aparecer, ni tampoco que fuera a ser un obstáculo para el dúo. Afortunadamente, resultó ser una buena persona y optó por acompañarlos, haciendo así la aventura más entretenida a los ojos de los espectadores y de los propios aventureros.

Tras un día de largas conversaciones, los magos hicieron lo que les tocaba: entregarle a Jinwoo la esfera de la prueba de fuego, que le llevaría hacia su siguiente destino. Al final del día, parecía que lo doloroso del ayer quedó olvidado, y todos hablaron jocosamente y con sonrisas en los labios de los acontecimientos pasados y de los que estaban por venir. A pesar de la brevedad con la que pasó el tiempo, se llevó interesantes recuerdos de aquella experiencia, y prometió estar en contacto con todos los que intervinieron en aquella odisea, ya fuera por paloma mensajera o por correo mágico. Ahora a todos ellos les esperaba un nuevo destino: los magos del fuego volverían a la escuela a seguir estudiando, pues eso se había tratado de una actividad extracurricular de las tantas que debían llevar a cabo los brujos; Byungchan y Sejin harían un pequeño viaje antes de volver al pueblo, pues el espíritu aventurero de los dos muchachos de pueblo estaba desbordado en aquel instante, y Kookheon iría en busca de su camarada y compañero de fatigas, Yuvin, con el que prometió reunirse en su tierra de origen. Y finalmente Jinwoo avanzaría y se dirigiría gracias a la esfera que acababa de obtener al lugar que el destino tuviera reservado para él para resolver más enigmas, batallar con más monstruos y otras tantas criaturas fantásticas y hacer más amistades en el camino.

A Jinwoo le había encantado aquella historia, y le pidió a Jinhyuk una continuación, pero era tarde y ambos estaban exhaustos, por lo que este prometió que otro día seguiría con ella. Refunfuñando, el niño se acurrucó entre las sábanas de su cama y, aun no muy de acuerdo, se fue a dormir. También era cierto que estaba más que satisfecho con su narración, por lo que decidió no darle mucha guerra. El padre apagó las luces y se fue a descansar él también, no sin pensar antes que ojalá pudiera resolver sus problemas del día a día con tanta facilidad como desarrollaba una historia para su pequeño. Claro estaba, la ficción distaba un abismo de la realidad.

Chapter Text

Wooseok y Jinhyuk acabaron discutieron. Era algo de esperar teniendo en cuenta todo el tiempo por el que habían estado aplazando aquella conversación, pero fue precisamente por ese motivo por el que lo hicieron: no querían tener ninguna disputa a la hora de hablar de ese tema, pero sus posicionamientos eran tan opuestos que no pudieron evitarlo. Era complicado, incluso para un matrimonio que llevaba tanto tiempo junto, tomar una decisión así. En realidad, ambos comenzaron a pelearse porque no se habían estado comportando como adultos durante aquellos días, y la tensión se notaba cada vez que coincidían, hasta el punto de que el pequeño de la casa llegara a preguntar si estaban cabreados el uno con el otro, seguido de una súplica, y esa era que, por favor, no discutieran. Jinwoo era aún demasiado pequeño como para comprender que discutir era algo normal una vez que uno se hacía mayor, porque era comprensible tener diferentes puntos de vista acerca de la vida, pero que no por ello se querían menos. Fue ese comentario el que desencadenó la charla que tuvieron, porque no podían mantenerse así por más tiempo, porque la situación estaba, de hecho, al borde de convertirse en una insostenible, y casi lo era debido a que uno de los tres tendría que sacrificar algo importante para ellos. El primero en comenzar fue Wooseok, que era el que parecía más ansioso por sacar aquel tema de conversación.

-Jinhyuk, escucha…-no le hizo falta que lo llamase, porque ya tenía desde hacía rato su atención. Era, más bien, para asegurarse de que lo escuchaba y, de paso, un intento más de convencer a su esposo- admito que puede ser un poco egoísta por mi parte pedir esto, pero… es el trabajo de mis sueños. Llevo años y años detrás de él, y ahora que lo he conseguido, no puedo decir que no. Pero es que no puedo aceptarlo si vosotros no estáis conmigo.

Jinhyuk apartaba la mirada, porque sabía que la angustia sería mayor contemplando los ojos suplicantes del otro. Por primera vez en mucho tiempo ninguno de los dos quería ceder a los ruegos de la pareja, aunque era cierto que ambos tenían motivos de sobra para ello. En la ficción, ambos podrían haberse clonado e ir a los dos trabajos a la vez, o tendrían una máquina para viajar en el espacio-tiempo. Así daría igual lo lejos que estuvieran el uno del otro, si se separaban por la mañana, por la tarde y noche volverían a estar todos juntos en la misma casa. Pero vivían en la realidad, y no podían hacer ninguna de esas cosas (o a lo mejor sí, pero aún la ciencia no había avanzado tanto y, si lo había hecho, no serían ellos los primeros en enterarse). Ojalá todo fuera tan sencillo como eso, así al menos no tendría una angustia tan grande como la que él tenía en esos instantes.

-Wooseok, compréndeme. Jinwoo está feliz aquí y, no te voy a mentir, yo también. Sigo pensando que los cambios bruscos no son buenos para los niños pequeños. Y también me siento muy cómodo trabajando en esa escuela. Es que, ¡mira! Nunca me había sentido tan bien en ningún empleo como lo hago en este, y no sé si podré encontrar otro igual. Además, me encanta este lugar y todas las memorias que hemos hecho juntos en esta ciudad. No me veo capaz de tirar la casa por la ventana ahora mismo, pero es que es verdad que has estado luchando por ese trabajo desde hace muchísimo tiempo, y tampoco veo bien que te vayas solo a vivir por no sé cuánto tiempo, porque el peque y yo te echaríamos muchísimo de menos y sé que necesitas a alguien allí… Dame un par de días para que me lo piense en condiciones y me haga a la idea, ¿vale? - Wooseok asintió. Se mostraba compungido por la indecisión a la que estaba sometido. Jinhyuk le tomó de las manos, intentando tranquilizarlo- ¿Te han dado un tiempo de plazo para que aceptes o declines la oferta?

-Me han dado un par de semanas para que me lo piense, aunque no mucho más. Jinhyuk, perdón por ponerte en esta situación. Sé cómo te encuentras ahora mismo, pero es que… no sé si volveré a tener una oportunidad como la que se me está presentando ahora mismo, ¿sabes? Lo peor es que no puedo dejar de dudar porque quiero que también estéis conformes, tanto tú como Jinwoo. Eso sí, no quiero que nos separemos.

-Hablaré con él, a ver qué me dice. Pero ten un poco de paciencia, por favor.

Wooseok sonrió y depositó un pequeño beso en sus labios. Jinhyuk era, en efecto, un sol, y se sentía muy agradecido por el hecho de tenerlo en su vida. Sabía lo complicada que era la decisión y que lo estaba poniendo en un compromiso también, pero si lo había implicado de esa manera era porque no era capaz de tomar una elección él solo y tampoco quería admitir eso. Su marido siempre había tenido un buen instinto para ese tipo de situaciones, por lo que pensó que sería buena idea confiar en él para eso. En realidad, esperaba que lo hiciera él porque le daba miedo que aquello se convirtiera en un motivo para el rompimiento de la familia: Wooseok necesitaba ese trabajo, pero tampoco podía obligar a su esposo a dejar todo por él, a pesar de que creyera que no le costaría nada encontrar un nuevo empleo, porque era un hombre muy capacitado, así como su hijo tampoco pondría obstáculo alguno a mudarse: era un niño muy abierto y simpático, seguramente se adaptara al lugar e hiciera amigos con mucha facilidad.

Jinhyuk estaba casi seguro de la decisión que iba a tomar, pero necesitaba un par de días para afianzarla enteramente. No sabía qué le depararía el futuro, ni tampoco si le gustaría el sitio al que tendrían que irse; no tenía especial ilusión por mudarse a otra ciudad y empezar de nuevo allí, pero tenía en cuenta que en muchas ocasiones les tocaba hacer sacrificios por las personas a las que más querían, y tenía la sensación de que haría lo correcto. Echaría mucho de menos aquel trabajo, aquella ciudad y los recuerdos que creó junto con su familia y amigos allí, pero Wooseok les necesitaba junto a él. Estaba en un momento esencial de su carrera profesional y era algo por lo que había estado luchando durante años. Nadie merecía más que él ese puesto como vicepresidente de la editorial en la que trabajaba; aquel puesto era su sueño, y él siempre había dado todo de sí para que los demás estuvieran contentos, así que ahora tocaba que él recibiera lo mismo. Jinhyuk quería pensar que todo iría a mejor y que, aunque no estuviera emocionado en ese momento con ese cambio de aires, acabaría acostumbrándose y hasta disfrutando de él. Así pues, le comunicó su parecer a su marido.

En aquellos días se encargaron de contarle aquella noticia a Jinwoo. Fue más duro pensar en qué y cómo podían comentárselo que lo que vino después. Lloró y se enrabietó, por supuesto que lo hizo, porque tenía sentimientos y se alejaría de los niños que habían sido sus amigos durante un par de años. Jinhyuk y Wooseok lo entendían, porque ellos también dejarían atrás a personas a las que apreciaban, pero eso no significaba que no la fueran a ver. Y aunque vivieran lejos de estos, podrían ir a visitarlos cuando tuvieran un hueco en la agenda. De esa forma tranquilizaron algo más al pequeño y le convencieron de que la idea de marcharse no era tan mala, sobre todo porque podría mantener el contacto con sus antiguos compañeros y, al mismo tiempo, hacer otros amigos en el lugar al que fueran. Jinwoo les preguntó si aquel sería el destino definitivo o si, por el contrario, tras estar un tiempo allí les volverían a obligar a irse de nuevo. No tenían una respuesta preparada, pero deseaban que esa fuera la última vez que tuvieran que mudarse.

Wooseok aceptó la oferta finalmente, y Jinhyuk fue a hablar con la dirección del colegio en el que trabajaba. Había pasado unos años extraordinarios en aquel empleo, pero suponía que todo tenía un fin, y ese era el de aquella etapa de su vida. Como pedían una incorporación lo más pronta posible, tuvieron unas semanas intensas: les tocaba buscar un nuevo hogar, vender el antiguo, rellenar muchísimos papeles y despedirse de las personas que dejaban atrás. Fueron días de mucho agobio, y llegaron a pensar que nunca se acabarían. Afortunadamente, a pesar del estrés y de la desesperanza que los perseguían y los obstáculos que tuvieron que sortear, consiguieron hacer todo lo debido, y aquello les supuso un gran alivio.

Jinwoo tenía durante esos días emociones mezcladas: estaba triste porque se despedía de su grupo de allí, nervioso porque no sabía qué le esperaba en el otro lado y emocionado por esa nueva aventura. En aquellos días, le pidió a Jinhyuk que le contara un cuento de los suyos durante esas noches, pero con una petición especial: que sus amigos aparecieran en la historia, si era posible. Y como buen padre que quería que su hijo estuviera contento en circunstancias agridulces, quiso cumplir con su deseo. Como siempre hacían, después de cenar acompañó al pequeño hasta su cama; Wooseok se fue a leer unos papeles relacionados con el trabajo, pero prometió unirse una vez que hubiera acabado con ellos. Le gustaba verle narrar a su hijo. Dispuestos y preparados, el padre comenzó a relatar el siguiente capítulo de una historia que tuvo comienzo unas cuantas semanas atrás.

-Bien, recuerdas que el mago Jinwoo acabó la primera prueba… ¿Verdad? – el crío asintió energéticamente y con una sonrisa- Así es. Pero no creerías que la aventura acababa ahí, ¿a que no? ¡Si no, no se trataría de una travesía épica! – Jinwoo se asombró. ¿Había más historia detrás de la del fuego? ¡Qué alegría! Estaba disfrutando de ese cuento, y ahora sabía que lo haría mucho más.

-¡Claro que no! ¡Papá! ¿Qué pasó? ¿Dónde ha ido el mago?

-Ahora voy con ello. Verás…- y así, ambos se sumergieron en la narración.

Jinwoo se había despedido de los magos de fuego y los humanos con los que se topó en su aventura anterior. Sacó del saquito de terciopelo que Seokhwa le entregó la esfera que se había ganado por triunfar en el examen de magia, mientras recordaba lo último que le dijeron los magos antes de marcharse por caminos diferentes: que, si aquella prueba había sido preparada explícitamente por estudiantes de la academia de magia, las próximas no tendrían nada que ver con la escuela y que, una vez que acabase una prueba, podría acabar en otra con circunstancias mucho más diferentes e incluso peores. Se fijó en la bola, que era como una canica roja, e intentó averiguar su función. Tras un rato indagando, descubrió que no tenía ni la más remota idea de lo que tenía que hacer con ella. Había sido un fallo enorme, porque podría haberles preguntado a los hechiceros cómo activarla y hacia dónde lo llevaría, pero se le pasó por completo por la emoción del momento y la tristeza de las despedidas. Miró fijamente la pelota de cristal, intentando invocarla, pero no pasaba nada; y probó entonces a llamarla con el alma y a dejar que fluyera la energía de su cuerpo. Entonces un resplandor inundó el lugar y a los pocos minutos estaba en caída libre en un cielo abierto. ¿Qué pasó con él? Eso se sabrá dentro de un rato. Ahora es preciso irse a otro punto de la historia, no en el espacio, pero sí en el tiempo.

A una media hora atrás en concreto.

Cinco muchachos discutían. ¿Y eso? Porque acababan de provocar el caos en el lugar donde siempre gobernaba el orden. Pero para comprender la gravedad del asunto, debían conocerse primero con un mínimo de detalle a los causantes de tal desastre, sus orígenes y sus funciones. Y es que la región celeste había sido ocupada mucho tiempo atrás y ya no vivían dioses allí, sino también otras criaturas fantásticas. Eso dio lugar a una revolución, y de un gobierno oligárquico de dioses pasaron a que la dirección del gobierno etéreo fuera llevada por un grupo plural de seres, dividido principalmente en tres equipos, aunque después también tuvieran sus propias clasificaciones más allá: el estelar, el cósmico y el meteorológico; estos, a su vez, contaban también con ayudantes que estaban en prácticas para aprender el oficio que debían llevar a cabo, que variaba dependiendo del departamento al que fueran asignados. Nadie podía mentir: la estructura celestial en cuanto a magistraturas no estaba bien proporcionada, pero se las apañaban como buenamente podían y, hasta el momento, con sus pros y sus contras, había funcionado todo. Los chiquillos protagonistas de esa historia formaban parte de diferentes agrupaciones, y precisamente porque le mandaron a hacerse cargo de algo así cuando no estaban preparados para trabajar en conjunto ni a manejarse en una situación así fue por lo que se produjo tal catástrofe. Y es que un evento fuera de lo normal ocurrió y los líderes de los grupos tuvieron que abandonar sus puestos para acudir a una galaxia lejana y delegar el mando en los ayudantes.

De ese modo Sewoon, el menor de los jefes y el encargado de instruir a los novatos, tuvo que dejar a sus alumnos en prácticas al cargo por orden de sus superiores. No estaba seguro del todo, pero ellos insistieron en que cuidarían bien de todo y en que habían aprendido estupendamente de él cómo hacer lo que debían, y tampoco es que le quedase otra. Además, eran amigos y se llevaban muy bien, por lo que no había posibilidades de que se peleasen entre ellos. Y así fue como Jungmo, Hyunbin, Wonjin, Minhee y Hyeongjun, representantes respectivamente del sol, la luna, la nube, la lluvia y el arcoíris respectivamente, acabaron de esa manera. La misión que le habían asignado era que cuidasen del éter, la esencia del cielo, el alma que mantenía con vida aquel reino, hasta que los demás volvieran, que no sería tan tarde como pensaban. Durante los primeros minutos no tuvieron problemas, pero, por un motivo u otro, las circunstancias acabaron saliéndose de madre y se fueron a pique. Todo surgió por la decisión de quién se encargaría de ser líder.

Ahí estalló todo. Jungmo se presentó al cargo de líder por ser el mayor y la representación del sol, uno de los elementos más importantes del universo según él, pero Hyunbin, su rival, le dijo que era demasiado pueril para ese trabajo y que él sí tenía la cabeza puesta sobre los hombros, y finalmente le espetó que, en realidad, había componentes del universo que estaban muy por encima de él, aunque fuera la estrella que iluminase al planeta Tierra, el lugar en el que estaba situado su cielo, su hogar. En esta lucha también intervino Wonjin, íntimo amigo de Jungmo, indicando que no tenía por qué ser tan altivo, y que él podía llevar a cabo esa función mucho mejor que ellos dos juntos. Minhee se encargaba de animar la disputa porque estaba disfrutando de la guerrilla que tenían montada, y Hyeongjun intentaba que se detuvieran y le reñía al otro por estar haciendo eso. Wonjin se sintió avergonzado por la imagen que el agente del arcoíris pudiera estar llevándose de él, pero pensaba que él se merecía ese puesto, y era cabezota. También lo eran los otros dos, quienes no se negaban a ceder ante el otro y seguían empeñados en gobernar. En ese instante, todo ocurrió muy deprisa: gritos, movimiento brusco, tropiezo y la esfera etérea salió volando. Se miraron horrorizados y, en vez de actuar como personas maduras, empezaron a echarse la culpa. Nadie sabía quién había sido en realidad, pero todos los presentes sospechaban de alguien. Primera vez que los dejaban solos y no se les ocurría otra cosa que perder o destrozar el éter y, con ello, casi provocar la destrucción absoluta de su hábitat que, a su vez, conllevaba la de la Tierra en sí. Todavía no habían averiguado qué había sido de la sustancia, pero tenían que hacerlo rápidamente, y eso implicaba preparar un plan decente y hacer un viaje improvisado a la tierra, donde seguramente hubiera acabado. Aún con los ánimos alterados, procuraron pensar en cómo solucionar la situación porque, si no actuaban con velocidad, todo acabaría destruido. Todo por su culpa. Y, en medio de la reunión para pensar una buena estrategia, un invitado inesperado apareció cayendo en la precisa localización donde ellos estaban. Se percataron de que no sabía cómo detener su caída debido a los gritos que daba, por lo que ellos decidieron resolverlo, y, afortunadamente, lo interceptaron a tiempo antes de que siguiera descendiendo y hubiera acabado estrellado en el suelo. Entonces todos entraron en pánico. ¿Era ese chiquillo uno de los síntomas de la muerte del cielo?

Jinwoo, por otra parte, tuvo la sensación de que, si no se moría por la caída, lo haría de un infarto. Que hubiera aprendido en aquellos días a volar no significaba que lo controlase aún del todo aquella habilidad, y menos que la esfera lo tuviera que transportar a lo más alto del cielo y hacer que volase a través de él. Por suerte, unos chavales lo pillaron al vuelo a tiempo, antes de tocar el suelo, solo que no veía tierra por ninguna parte. Se fijó en ese preciso instante el lugar en el que se encontraba, en las nubes y los vientos que golpeaban su cuerpo. Sus padres siempre le hablaron de la región celeste y de los habitantes que se encontraban en ella, pero incluso para él, que era mago y tenía licencia para creer en la existencia de cualquier realidad, parecía estar dentro de la ficción. ¿Cómo podían existir seres que vivieran en el cielo, si ni siquiera los pájaros se mantenían en el aire todo el rato? Esa duda le fue resuelta en aquellos instantes, pero no antes sin dar él explicaciones primero, a pesar de estar tan aturdido como los otros. Los otros tenían tantas preguntas por su aparición como él.

-¿Quién eres? ¿De dónde has salido? ¿Estás bien? ¿Cómo has llegado aquí? ¿Y qué haces aquí? - en cuestión de segundos, los seres celestiales le habían montado al pobre mago un interrogatorio en condiciones, y no había quien se quedase callado. Jinwoo no tenía palabras para responder a tantas dudas seguidas, por lo que balbuceó intentando encontrarlas. Los otros muchachos se percataron de ese dato y, se detuvieron para permitirle comentar lo que fuera preciso.

-Soy Jinwoo, estoy haciendo unas pruebas para convertirme en mago y no tengo ni idea de cómo ni por qué he acabado aquí. Suelen mandarme a sitios donde hay problemas para arreglarlos como parte del examen… ¿Sabéis por qué estoy aquí? Porque tengo la sensación de que sí.

Decidió, así pues, intervenir el mayor de ellos, Jungmo, imagen del sol.

-Hola, soy el líder, Jungmo- Hyunbin le propinó un codazo, por lo que gruñó. Los otros se quejaron y murmuraron cosas que el hechicero en prácticas no logró llegar a escuchar en condiciones. Jinwoo empezaba a olerse el panorama ya y a conocer cuál era el motivo real por el que la bola lo mandó al cielo- habló en nombre del grupo cuando digo… decimos que no tenemos ni la más remota idea. No ha pasado absolutamente nada- los demás lo juzgaban con la mirada, menos uno de ellos, que parecía el más joven y también el más preocupado de todos a simple vista. El que se nombró como jefe del equipo iba a seguir hablando, pero el que le golpeó estalló y habló.

-Oh, venga ya… ¡Se nos ha caído el éter a la tierra y ahora no lo encontramos! ¡Por supuesto que pasa algo!

-¿Por culpa de quién? ¡Eh! Si hubieras aceptado mi mandato desde primera hora, ¡nada de esto habría pasado!

Wonjin, viendo que la discusión iría para largo si no les detenían, decidió entrometerse en la disputa.

-Dejad de culparos los unos a los otros, todos… Menos Hyeongjun, por supuesto, que al pobre le ha pillado todo el marrón, que todos hemos tenido que ver en que haya acabado ahí abajo. ¡Pero sobre todo vosotros dos! – dijo señalando a Jungmo y a Hyunbin.

-Podrías haber dicho que yo tampoco había tenido nada que ver, pero claro, como Hyeongjun te gusta… ¡Qué poca objetividad, señores! – cuando Minhee dijo esto, los demás le miraron con molestia, pero Jungmo no se calló.

-Si tú eras el primero que estaba metiendo cizaña entre nosotros… ¡Venga ya, hombre!

-Parad de discutir, por favor- Hyeongjun estaba cansado de verlos actuar así y, sobre todo, asustado. Lo que menos le apetecía era que sus amigos se pusieran a pelearse, menos cuando estaban en una situación crítica.

Jinwoo, entre tanto, observaba boquiabierto la escena ante sus ojos, no sabiendo si intervenir o quedarse callado. Pero no podía dejar de pensar en una cosa que habían mencionado… ¿Qué era eso del éter? ¿Por algún casual se trataba del líquido que llenaba el espacio? No lo creía, sobre todo porque aclararon que se les había caído y que lo habían perdido, por lo que podía ser que se tratase de una sustancia muy concreta o incluso una esfera de poder. Tendría que indagar en el asunto. Cuando vio que estaban terminando de batallar, decidió ser él quien hablase.

-Chicos, mirad… Estoy haciendo un examen y, cada vez que acabo una prueba, me mandan a otro sitio donde tengo que resolver un conflicto… Supongo que no sois estudiantes de la Real Escuela de Artes Mágicas, ¿verdad? – todos negaron con la cabeza. Ninguno parecía saber qué era al principio, pero Minhee, representación de la lluvia, supo de qué se trataba.

-Yo sí sé qué es, ¿eres un estudiante de allí? ¡Entonces debes de conocer a Yunseong!

-Qué va, estoy examinándome para entrar, y tampoco conozco a ese chaval…- risas por parte de sus compañeros, y un sonrojo en las mejillas de Minhee. No entendía muy bien la situación, pero tampoco era el momento para investigar sobre ese asunto- Me imagino que, si he acabado aquí, es por algo en concreto. Y puede que tenga que ver con lo del éter.

-Créeme, un hechicero no tiene nada que hacer con ese tema.

Wonjin parecía oponerse a la idea de que Jinwoo se entrometiera en el asunto, pero no les quedaba otra. Hyunbin y Jungmo, por primera vez, se pusieron de acuerdo y al estar a favor de lo que Wonjin decía. En cambio, a Minhee y Hyeongjun no les importaba contarlo, por lo que le contaron la verdad.

-El éter es la esencia que mantiene vivo el cielo. Nuestros jefes han tenido que irse por motivos varios y nos dejaron al cargo, pero… se nos ha caído a la Tierra.

-¡Hyeongjun, no conoces de nada a este chico! ¿Por qué se lo has dicho? – Hyunbin le reprendió. Más que cabreado, parecía preocupado por toda la situación, y también se sentía muy culpable por ser parte de aquel desastre.

-Antes de nada, quiero aclarar que vengo en son de paz: mi único fin aquí es ayudar a arreglar lo que sea que haya pasado y marcharme.

Los cinco seres celestiales se miraron entre sí y se reunieron aparte para decidir qué hacer con Jinwoo, si dejarlo en la tierra o permitir que les ayudara. Entonces, vieron cómo crujió el cielo y se desprendió un trozo de este. La desaparición del éter había empezado a causar efecto en su hogar, y todos llegaron a la conclusión de que tenían que actuar con rapidez, y no podían negarse a recibir ayuda porque la situación estaba bastante complicada ya. Además, aquel muchacho, Jinwoo, no parecía mala persona, por lo que pensaron que, tal vez, podrían confiar en él y que, si estaba allí, era por decisión del propio destino (o a lo mejor algunos de sus ancestros vigilantes). Así pues, se dirigieron hacia él y le comentaron que, a pesar de no haber podido interrogarlo para saber si debían fiarse de él o no, le darían un voto de confianza dadas las circunstancias, y que esperaban solucionar aquel problema lo más pronto posible. Entonces, todos se pusieron manos a la obra a pensar una estrategia para bajar a la Tierra sin que Hyungwon, el portero del cielo, los descubriese, y recuperar el éter sin ningún inconveniente, todo eso antes de que los jefes volvieran o el cielo se hubiera destruido del todo y sin pararse a pensar en lo que podrían encontrar allí abajo.