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Cuentos de antes de dormir

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Era la primera vez que Jinwoo tenía que enfrentarse a otro mago que no fuera de su familia. Es cierto que había recreado combates con sus padres, sus tíos e incluso su primo, Dongpyo, que era el segundo más joven del clan, pero todos habían sido para entrenamiento o mero entretenimiento, nunca nada en serio al no querer que nadie saliese herido. Además, llegado a ese punto, ni siquiera sabía si la casa de Hyeop y Seokhwa era el destino al que debía arribar o era solo un obstáculo más que se interponía en su meta. Reunidos en el salón y sentados alrededor de una mesa allí dispuesta, comenzaron a hablar del motivo que había detrás de las acciones de los magos de fuego. Estos se habían cansado de vivir recluidos por culpa de los humanos y querían que los de su clase volvieran a ser respetados tal y como hacían antaño, pero que les había sido prohibido convivir con los mortales por sus temibles poderes, y ahora solo ansiaban cobrar venganza por ello, y el monstruo fue la primera de ellas. Byungchan, notoriamente molesto, dijo que aquello era mentira, que su pueblo nunca expulsó a nadie, y que además que aquel a quien habían transformado en tal bestia era a su mejor amigo, Sejin, que era inocente y no tendría que haber sido implicado en ese asunto. Los magos propietarios de aquella mansión intercambiaron una mirada, como si se estuvieran comunicando con la mente, y en sus labios aparecieron sonrisas enigmáticas que no les dieron una buena impresión a los visitantes. Entonces, Seokhwa, con una mal lograda expresión de sorpresa, habló. Los otros llegaron a entender tal gesto como una mofa por parte del brujo del fuego.

-¡Oh, no! Si vosotros decís que estoy mintiendo, y yo digo que no sabéis de la misa ni la mitad… ¿Qué deberíamos hacer? - El hijo del alcalde no era ya el único molesto. El joven hechicero en formación contestó.

-Contar la verdad, eso es lo que tendríais que hacer- Hyeop se encogió de hombros, y replicó ante tal respuesta.

- ¿Y por qué estáis tan obcecado con esa idea? Ya hemos cumplido diciéndoos el motivo por el que estáis aquí y lo que queremos conseguir con ello, no hay nada más de lo que hablar. Vosotros decidís qué sucede a continuación, ¡y eso es todo! – entonces el silbido afilado de una espada rozándose con la vaina que la cubría al ser sacada sonó en el lugar, y Kookheon, el poseedor de esta, dirigió el hierro amenazante contra sus rivales, preparado para atacar.

-No, no es solo eso- Byungchan también llevó su mano a la empuñadura, preparándose para lo que pasase. Jinwoo observó los movimientos de los demás, pero su cuerpo adoptó de forma natural una postura defensiva, por si tenía que protegerse de un ataque inesperado- ¿Qué es lo que queréis realmente? Nada de esto tiene lógica alguna- una risa malvada, y el brujo del fuego de cabello oscuro procedió a expresarse.

-¿De verdad creéis que vais a conseguir lo que queréis? Es más, ¿de verdad creéis que con eso -dijo señalando la espada que portaba en ese momento el guerrero- vais a derrotarnos? ¡No seáis ilusos! Ya os hemos dicho que no nos interesa luchar contra mortales- hizo una pausa, no supieron si para tomar aire o añadirle dramatismo a su discurso, y continuó- respecto a lo que queremos… es muy sencillo. ¡Incluso obvio, diría yo! – Seokhwa entonces lo interrumpió, molestando a su compañero.

-Lo único que deseamos es volver a tener tierras en vuestro pueblo y que se nos trate con debido respeto. Y si no lo obtenemos por las buenas… Lo conseguiremos por las malas- y como si aquello hubiera sido una señal de guerra, Seokhwa y Hyeop dispusieron en sus propias manos varitas de las que salían grandes llamaradas y otros tantos fuegos y los otros se lanzaron al ataque.

En efecto, los magos del fuego llevaban razón cuando dieron a entender que los humanos que carecían de poderes mágicos, por muy elevadas que estuvieran sus otras habilidades, no llegaban a su nivel. Eran más jóvenes y, por tanto, también más veloces que Kookheon y Byungchan, y se adelantaban a sus movimientos, por lo que probablemente o bien estaban experimentados en el arte de la batalla o bien tenían el don de la adivinación y podían prever cualquiera de las acciones que tuvieran en mente. Solo les bastó un par de golpes certeros y los hechizos correctos para dejarlos desarmados, convirtiendo sus hierros en un fluido grisáceo. Entonces solo les quedó correr, esconderse en un lugar mínimamente seguro -dudaban que no hubiera trampas en aquel lugar, sobre todo cuando los otros estaban esperando la visita de estos- y planear cómo enfrentarse a estos, o bien cómo ayudar a Jinwoo de la forma más efectiva posible. Pensaron, entonces, que lo primero que debían hacer era salir de esa casa y luchar en campo abierto, por lo que llegaron a la conclusión de que tenían que huir hacia el exterior y, entonces, librar la batalla allí.

Jinwoo, por su parte, empezó a usar su magia contra Seokhwa y Hyeop. En realidad, no contaba con ninguna estrategia concreta que fuera suficiente para vencerles, porque no había tenido tiempo para planearla y, además, le podía el agobio. En un principio, le bastaba con defenderse, pero sabía que, tarde o temprano, se quedaría sin energía suficiente para seguir combatiendo y eso acabaría siendo su fin, por lo que tenía que buscar rápidamente una forma de, no solo evitar sus ataques, sino ganar. Además, no era la única desventaja con la que contaba: sus compañeros se habían quedado sin armamento ni armadura, por lo que esa lucha se convirtió en un dos contra uno, y tenía todas las de perder. Los ojos de Kookheon se entrelazaron con los de Jinwoo por unos segundos, intentando así leer qué tenía en mente hacer y, de paso, pedirle con la mirada, si es que el otro lo entendía, que tirase de Byungchan y se marcharan de allí. Tenían dos opciones, pero ambas arriesgadas y no les garantizaban por completo que pudieran sobrevivir. El actuar bajo no les dejó pensar en condiciones una estrategia, por lo que se dirigieron al pasillo que los llevó hasta el salón donde comenzó la pelea y salieron corriendo. No se les ocurrió, por ejemplo, que los magos hubieran podido adecuarla en todo el tiempo que llevaban allí viviendo con sus propios mecanismos de defensa para que, cuando llegasen invasores, pudieran protegerse. Tampoco habían reparado en que no tenían ni idea de cómo funcionaba la morada de los hechiceros ni conocían su distribución, por lo que, separándose, acabarían perdiéndose.

No habían reflexionado aún en la táctica que llevarían a cabo para sobrevivir, pero al menos tenían un objetivo común: salir y luchar en campo abierto. A lo mejor seguían sin tantas posibilidades para alzarse con la victoria, pero al menos sí para salir por patas de allí y volver cuando estuvieran más preparados. Todo se sucedió con repentina rapidez, y para cuando quisieron darse cuenta, el grupo se había separado. Jinwoo se perdió, y no parecía saber cómo encontrarse. En circunstancias así, a pesar de que sus padres le hubieran enseñado a manejarlas, siempre acababa entrando en pánico, y sentía como si el alma se le escapara del cuerpo y empezara a vivir los acontecimientos desde la tercera persona. Se adentró en la oscuridad de una habitación desconocida en un intento de escapar, siguiendo su instinto de supervivencia. No era conveniente continuar andando sin saber adónde iba, por lo que decidió detenerse, tomar aire tras la imprevista carrera para reponerse un poco y, entonces, continuar vagando por la casa con cuidado hasta lograr abandonarla de una vez por todas. Un sudor frío recorrió su cuello e, inmediatamente, tuvo un escalofrío. No le gustaba aquella negrura porque su mente daba rienda suelta a su imaginación y empezó a ver cosas que antes no estaban ahí.

Probó, entonces, a iluminar un poco el lugar, con las esperanzas de poder conocer así qué había ante sus ojos cegados por las tinieblas y hallar un sendero por el que continuar. Levantó el dedo y, como si estuviera acostumbrado a hacerlo, hizo que una pequeña llama saliera de este. Sin embargo, en vez de mantenerse sobre su índice, salió disparada, como si estuviera buscando algo en la habitación. Así pues, todo se iluminó en ese sitio. Se descubrió ante él un almacén lleno de cajas de maderas y estantes, todo recubierto de polvo. Jinwoo giró la cabeza, y vio que la puerta por la que se suponía que había llegado a aquella estancia desapareció. Decidió así investigar la sala antes de seguir adelante, por si llegaba a encontrar algo interesante allí. Afortunadamente para él, se topó con varios tipos de artilugios mágicos: varitas, manuales sobre hechizos y encantamientos, pócimas almacenadas, escobas voladoras e ingredientes varios para hacer conjuros. Y, ya que parecía que nadie lo fuera a reclamar… ¿Por qué no tomar algunas cosas prestadas? Cogió un par de cosas que le serían útiles para luchar y necesarias para escapar, aunque fuera solo con vida y sin vencer en su gesta, y habiendo tomado aire, se dirigió hacia la puerta que estaba al otro lado de la habitación. En un primer momento pensó que no se abriría, pero al girar el pomo y tirar, esta rechinó y encontró detrás más oscuridad.

Se adentró a la sala inundada de negrura temeroso por aquello que las tinieblas albergasen, con el estómago revuelto y la mente vacía de tanta preocupación. Cuando hubo pasado a la siguiente estancia, la puerta se cerró con un fuerte golpe que aceleró su corazón y provocó que un temblor sacudiera su cuerpo entero debido al temor que estaba experimentando en aquellos instantes. No obstante, la confusión causada por las sombras duró poco, tan poco que a Jinwoo no le dio tiempo a encender una llamita para guiarse por esta. Se hizo la luz, y el mago se tuvo que llevar las manos a los ojos para cuidarlos del resquemor que el brusco cambio de ambientación había provocado a estos. Pasó un rato hasta que logró acostumbrarse a la pronta claridad, y, una vez que lo hizo, observó con la vista ya menos dolorida la sala en la que se encontraba. La puerta por la que había entrado desapareció, así como lo hizo la de la habitación anterior. La novedad residía en el número de puertas: una, dos… ¡Tres! Y cada una con un cartel con un símbolo. En la primera se encontraba dibujada una especie de nube, en la segunda, una especie de volcán y, en la última, una llama. Aparte de estas, también había una mesa con un sobre. Ya estaba empezando a hartarse de abrirlos, pues siempre se llevaba sorpresas no especialmente gratas y, además, con estas venían de regalo enigmas que hacían que se devanara los sesos con el fin de encontrar una solución a estos. En él encontró, tal y como había pensado, las instrucciones, que no hacían sino crearle más dudas aún, si es que eso era posible. Además, que en la carta dijera que la única forma de sobrevivir era superando las pruebas y que se quedaría encerrado para siempre si no lo hacía tampoco le ayudaba mucho. Supo entonces, entre la confusión y el estrés al que se había enfrentado que, en efecto, estaba en el sitio en el que debía estar y que todo lo que había vivido hasta ese momento desde el instante en que había llegado al pueblo se trataba de una especie de gymkhana que le habían preparado los magos para que se enfrentase a la primera prueba de su examen.

El problema surgía del hecho de tener que escoger una puerta. Creía en parte que su intuición, la de un mago, no le fallaría. Ahora bien, no se trataba únicamente de eso. Los dueños de aquella casa eran también hechiceros, por lo que conocerían tan bien como él y mejor aún la filosofía y pensamiento de los de su clase. Eso significaba que podrían haber planificado todo para que no se dejase guiar por esa virtud tan característica de los brujos, sino para que probase su ingenio, aunque también podrían no haber reparado en aquel detalle. Así pues, una nueva duda le rondaba: tratándose de la opción que se tratase, ¿cuál era el camino que debía seguir? ¿El de la corazonada o el del razonamiento? Es más… ¿Y si ellos habían planeado aquello porque sabían que Jinwoo se daría cuenta y acabaría comiéndose la cabeza? La confusión lo llevó a releer la carta de nuevo, y entonces fue cuando halló la respuesta: en ningún momento decía que tuviera que escoger la puerta correcta, sino superar las pruebas. Dirigió su mirada a las puertas una vez más y, señalándolas con el dedo una a una varias veces, dejó que la suerte escogiera por él.

Tras hacerlo un par de veces con el fin de acabar con su indecisión, comenzó a agobiarse, pensando que había aquel modo de elección era un tanto pueril, y dio paso a la lógica, esperando así encontrar la solución. Si detrás de cada puerta había algo a lo que enfrentarse, tenía que escoger la que resultase tener la prueba más sencilla para él; ahora bien, ¿cuál era la mejor opción? Le habían dado a escoger entre humo, lava y llama, y ninguna de las tres le parecía especialmente agradable, por lo que volvió a recurrir a la fortuna. Si él no podía decidir, era buena idea que el destino o algún otro factor le ayudara a hacerlo. Tampoco le animaba no saber lo que podía hallar detrás de las puertas y que se sumaran a esta inseguridad todos los giros dramáticos de los que había sido víctima en aquella travesía, así que se dejaría llevar por su intuición, porque era lo único que le quedaba en ese momento. Eso, los recuerdos de las enseñanzas de sus padres y ahora algún que otro objeto con el que defenderse. Miró detenidamente los carteles de nuevo, como si le fueran a proporcionar información nueva, pero, para su desgracia, no fue así. No le decían nada más aparte de los dibujos, por lo que buscó otro modo de selección. Pensó entonces que, tal vez, si escogía lo más difícil primero, todo lo demás acabaría por ser más sencillo. Así pues, se decantó por la lava, por si su teoría terminaba por ser acertada. Se dirigió hacia la puerta y giró el pomo de esta, que no le puso problema alguno. De repente, esta se abrió de golpe, una enorme energía lo atrapó y tiró de él con suma brusquedad hacia el interior de la sala que se encontraba a continuación de la que acababa de abandonar.

La diferencia con las otras habitaciones en aquel caso radicaba en que no había sala, sino un terrorífico paraje que haría temblar incluso al más bravo guerrero. Ríos de lava inundaban el lugar y solo había unos pocos huecos, suelos rocosos, por los que apenas podía transitar. A esas condiciones se le añadía un calor sofocante que golpeó a Jinwoo justo al momento de entrar y que lo acompañó cada segundo de su presencia allí, y que hacía que dudase de la fiabilidad de sus sentidos. Estaba mareado y agobiado a partes iguales, tanto por la temperatura como por la situación que le había tocado vivir. Aquel horizonte parecía sacado de una de las muchas pesadillas que solía tener, lo que hizo que el miedo fuera a más. El sudor frío que había recorrido su frente y también su nuca a causa del nerviosismo comenzó a salir de sus poros calientes por el esfuerzo y el acalorado clima. No obstante, al cabo de unos minutos, eso dejó de preocuparle. Un par de monstruosas figuras rojizas y amarillentas, hechas de la mezcla de los minerales derretidos que salían expulsadas de los mares de fuegos que contenían los volcanes antes de despertar, se alzaron sobre sí mismas, y Jinwoo ahogó un grito, se dolió por no estar acompañado del espadachín y del hijo del alcalde, reflexionó brevemente acerca de varias de sus elecciones -la de escoger aquella puerta y la de querer ser hechicero, entre otras- y pensó en teletransportarse hasta su hogar. Sin embargo, no llegó a hacerlo: decepcionaría a sus padres y, por encima de todo eso, a sí mismo. Además, ser valiente consistía en afrontar sus temores, y él consideraba que lo era. ¡Claro que lo era! Si había conseguido superar horas atrás el miedo a las alturas y al vuelo, también sentía que podría salir victorioso de aquella prueba. O al menos de aquello intentaba convencerse, porque era lo único a lo que podía aferrarse para seguir luchando y continuar con su recorrido.

Las bestias fogosas no tardaron mucho en percatarse de su presencia, y constituidas ya, se lanzaron al ataque contra el muchacho. Y de nuevo, el joven mago no tenía estrategia pensada, y eso creaba una gran desventaja para este. Así que, a lo mejor, aquel era el momento de aprender a improvisar de forma exitosa. Echó un rápido vistazo a todo el lugar con el fin de hallar una zona donde batallar de la manera más segura posible, pero se encontró con que los espacios rocosos eran diminutos y demasiado amplios los inundados por la lava. Sacó la varita de su alforja, la tomó con su manita fuertemente y apuntó a las fieras. Buscó en su mente velozmente hechizos que usar, pues le daba tiempo a hacerlo y era fácil atacar a distancia. Era una norma básica en la humanidad que el agua siempre vencía al fuego; era de lógica, no cabía otra posibilidad.

Cuando presenció que sus poderes no solo no servían para acabar con aquellos seres de lava, sino que el único efecto que provocaban en ellos era que saliera de sus cuerpos un poco de humo o volvían a su estado original para evitar los daños y, para colmo, se acercaban hacia su posición a pasos agigantados, entró en pánico. No hallaba la razón que había detrás de que su táctica hubiera sido fallida, pero en realidad había unas cuantas posibilidades que podían explicar aquello. Una de ellas era, para empezar, que a lo mejor no hubiera usado la suficiente fuerza en sus hechizos y que, por ende, el impacto causado fuera menor del que hubiera deseado. Podía considerarse también que los encantamientos por los que se había decantado no hubieran sido los más correctos, o incluso que la clave residiera en eso mismo. La explicación detrás de esta idea surgía de que, al tratarse la magia de un arte que podía o no ser racional -todo esto por el simple hecho de que esta fuerza se producía cuando se luchaba contra la propia lógica y, por tanto, no tenía que seguir un canon ni unas leyes científicas establecidas-, no tenía por qué guiarse por la creencia común. Y eso producía un giro de 360 grados en el razonamiento de Jinwoo: no importaba el poder al que se enfrentase, sino la potencia con que atacase. O eso es lo que creía que debía aprender de aquello.

Así pues, pasó a la siguiente estrategia: lanzar encantamientos contra las criaturas que surgieron de la lava según se le fueran ocurriendo, probando cuál podía hacer efecto. Parecía útil al principio, cuando observaba que les infringía algún daño; sin embargo, también se dio cuenta de que no solo era contraproducente a la larga, sino que, además, aquella táctica drenaba sus energías por completo y sus rivales se recuperaban rápidamente. Intentó hallar en el horizonte un hueco donde sentarse y descansar por unos instantes para reponer fuerzas y seguir luchando, pero todo estaba desprotegido y, para colmo, los monstruos se le acercaban cada vez más y más, por lo que debía estar en constante huida. Estaba exhausto y en clara desventaja en aquellos momentos, y algún elixir u objeto que pudiera servir para agotar las fuerzas de las criaturas de fuego sería de mucha ayuda para el joven brujo. Rebuscó en su bolsa con la esperanza de hallar algo que le sirviera, pero no recordaba para qué servían las pociones que había cogido y aún no había aprendido a curarse a sí mismo mediante la magia.

Miró de nuevo. Miraba, pero no veía. No sabía ver porque nada de lo que había intentado, absolutamente nada, le había funcionado. Y como nada funcionaba, el agotamiento terminó por juntarse con la preocupación y la frustración y ponerle en un estado crítico, porque no atinaba con nada de lo que hacía. Corría como podía entre las zonas rocosas, que aún no habían sido cubiertas por la lava, escapando de los ataques rivales, y, aun así, los recibía. Aquello, como no podía ser de otro modo, provocó que tuviera unas tremendas ganas de echarse a llorar hasta deshidratarse, pero estaba tan ocupado intentando protegerse de los fieros ataques de los monstruos y sobreviviendo a las quemaduras que le provocaban cuando no conseguía esquivarlos, que no le salían las lágrimas. Además, aunque lo hiciera, el intenso calor que envolvía a aquel territorio las habría secado nada más se hubieran escapado de sus ojos. Y él podría ser mejor o peor mago, pero desde luego no era un cobardica. Aunque, por más que quisiera, no podía negarlo: era una de las peores experiencias que le había tocado vivir, y cuanto más tiempo pasaba, más dudaba acerca de la posibilidad de salir con vida de aquel lugar.

Echó la cabeza hacia atrás, contemplando el oscuro cielo del escenario de la prueba, esperando que un milagro cayera de ahí. No sabía si aquella era la recreación de un volcán o un espacio imaginario y abstracto que había acabado por tomar elementos de este, y eso lo confundía mucho más. Sin embargo, fue en un momento de desesperación como ese, reparando en otros detalles con el fin de buscar una salvación, en el que descubrió que, si volaba un poco, podría situarse en uno de los recovecos de las paredes montañosas, descansar por unos segundos y planear algo rápido. Así que fijó su objetivo, tomó impulso y, cuando estuvo por los aires, se dirigió hacia el hueco en el que quiso colocarse, y allí se dejó caer. El cansancio azotó su cuerpo con fuerza, y sus párpados le pesaban, pero no podía permitirse un descanso absoluto. Aún tenía que acabar con aquel ejercicio y, por supuesto, salir victorioso de este. No tenía mucha fe en alcanzar aquella meta, pero tampoco es que tuviera otra opción.

Le vinieron a la mente imágenes del pasado. Se acordó de sus padres, de sus tíos y su primo, del pueblo que le vio nacer y de la hermosa pradera a la que solía escaparse para jugar con su magia. Nada tenía que ver con el paisaje que estaba contemplando, ni con la compañía que allí se encontraba. Echaba en los buenos tiempos a su familia, a la que mucho quería, pero más aún en los malos, sobre todo porque ellos conocían cómo lidiar con aquel tipo de batallas y le abrazaban cuando sentía temor. Buscó en sus memorias algún consejo que hubieran podido darle en el periodo en el que fueron sus profesores, pero ninguna le decía lo que quería, ninguna le parecía lo suficientemente concreta como para poder sacar la idea fundamental que le ayudase a resolver aquella prueba. Pensó y pensó, y mientras lo hacía, notó que había mucho silencio, y temió. Temió porque la quietud en circunstancias como aquellas no era una señal de buen augurio. Se asomó y descubrió entonces que los monstruos estaban buscando la forma de encaramarse en su escondrijo y acabar con él. Había conseguido descansar un poco, así que ahora tocaba acabar con aquello de una vez por todas. ¿Cómo? No había hallado aún la respuesta a aquella incógnita, pero lo iba a intentar de todos modos hasta que le fallaran las fuerzas. Así pues, salió de su refugio y comenzó de nuevo la lucha. Recibió un par de quemaduras nuevas; le dolían enormemente y sacaron amargos alaridos de la boca de Jinwoo, y aun así, se mantuvo en pie. Fue atacando de nuevo y fijándose en lo que hacían tras ello cuando logró descubrir lo que debía realizar a continuación. No se trataba de destruir a aquellas criaturas, sino de transformarlas. Si conseguía de alguna manera convertir aquellas fieras en estatuas, se aseguraría la posibilidad de escapar de allí.

La clave yacía en recubrirlos de roca, en convertirlos en volcanes sin erupción, en taponarlos. Y para eso sí que tenía un hechizo, pero antes debía convertirlos en lava de nuevo y después, petrificarlos. Por eso mismo comenzó a lanzarles los hechizos que se le fueran ocurriendo, unos que no gastasen mucho su energía, pues debería recurrir a unos pocos para alcanzar su fin. La lava entonces comenzó a acercarse a sus pies, y la angustia lo asfixiaba. Ya no tenía muy claro que fuera a salir vivo de aquel examen… Por su mente pasaron muchas imágenes del pasado, de lo vivido hasta ese preciso instante, y todo se volvió irreal. Le parecía un sueño febril que fuera a fallecer siendo tan joven y de un modo tan tortuoso, y se preguntó si todo aquello había merecido realmente la pena. Y como un último amago de aferrarse a la vida, extendió las manos, como probando a detener el rápido avance de la sustancia ardiente y cerró los ojos en un impulso, porque no quería mirar lo que estaba sucediendo. Sintió como si su cuerpo ardiera, como si estuviera siendo invadido por la lava, como si él mismo fuera el fuego. Fue una sensación que duró unos segundos, y lo siguiente que se produjo fue un temblor en el suelo. Creyó que él mismo el que se sacudía, porque no veía nada y estaba usando todo su poder para protegerse, para seguir viviendo, pero en cuestión de segundos todo volvió a la calma. Abrió de nuevo los ojos para descubrir que todo lo que ardía había desaparecido, y lo único que encontraba ante él era un paraje rocoso y una puerta en el fondo. Se dirigió con paso lento y la vista nublada por las heridas provocadas y el cansancio acumulado hacia esta, la abrió y pasó al lugar al que lo llevaba.

Volvió, en efecto, al sitio en el que empezó el examen: el salón de los magos. Allí se topó con los dueños de la casa y sus compañeros de travesía, todos reunidos en torno a una mesa de caoba, con tazas de té en mano y observando con expectación su regreso a la normalidad. No tardaron mucho en levantarse y acudir a su recibimiento. Jinwoo estaba muy, pero que muy aturdido, y le costaba discernir entre lo que había experimentado y lo que estaba sucediendo en ese momento, y tampoco conseguía aclararse entre si lo anterior había sido una pesadilla o la realidad, y como todo era muy complicado, se abandonó al sueño nada más notar que alguien lo sostenía. Fue al día siguiente por la tarde, después de dormir por una infinidad de horas seguidas, todas bien merecidas, cuando hablaron con él acerca de lo sucedido y le realizaron las debidas aclaraciones. Unos se acercaron al joven mago con más preocupación, otros, con más calma. También pudo discernir una figura más entre los presentes, pero, a pesar de que ninguno de los que allí estaban se lo hubieran presentado, al contemplar la cercanía que aparentaba tener con Byungchan, quien aún mostraba un mohín en la cara por algo que desconocía por el momento, supuso que se trataba de Sejin en su forma humana. Notó, además, que sus heridas y quemaduras no solo se habían cicatrizado, sino que además terminaron por desaparecer por completo. Eso sí, aún tenía el ser entero entumecido por el largo descanso. Los demás estuvieron charlando entre sí de temas banales, pero se detuvieron una vez que notaron que el muchacho despertó de su letargo; entonces, dieron paso a una conversación que era de suma importancia para todos ellos. El primero en intervenir fue Seokhwa, que estaba sentado en una mecedora junto a la cama en la que yacía Jinwoo.

-¿Cómo estás?- el aprendiz, que tenía la garganta reseca, intentó hablar, pero acabó tosiendo. El mago situado a su lado le tendió un vaso de agua del que no dudó en beber, a pesar de todo, y lo agradeció con un susurro. Dedicó unos minutos a aclarar su voz y, cuando se sintió capaz, se apuró a responder.
-Dentro de lo que cabe, bien. Aunque, ¡Madre mía! Ha sido una travesía de narices, ¿eh? - este comentario provocó una carcajada general, y entonces otra persona habló. En aquella ocasión se trataba de Hyeop.

-Es que chiquillo… ¡Anda que meterte en la peor prueba de las tres que ideamos! ¿Acaso no podrías haber optado por la de humo o la de llama? ¡Eran muchísimo más sencillas que la de la lava! -Jinwoo se quedó atónito y, en parte, se sintió un poco orgulloso, ¿había conseguido superar el ejercicio más difícil de los tres, él, siendo un novato? Sus padres se pondrían muy contentos cuando les contase la anécdota- Eso sí, te felicito. Lo has hecho estupendamente.

El joven mago musitó un diminuto agradecimiento. Quería expresarlo con más alegría, con euforia incluso, porque era digno de hacerlo tras la hazaña que acababa de llevar a cabo, pero aún no se creía nada de ello y su objetivo en ese punto era asimilar lo vivido, y ya después celebrarlo como merecía. Byungchan, que había permanecido callado, se acercó hacia él y le dio un cálido abrazo. Jinwoo se acordó de cómo acabaron separados, y la preocupación que lo invadió en ese momento, pero verlo bien -y también a Kookheon y a Sejin- le produjo un inmenso alivio.

-¡Al fin nos hemos reencontrado! He estado muy preocupado por ti, ¡nos estaban dando ganas de meternos en la sala y sacarte a rastras! Pero, ¡oye! Lo has conseguido. Sabía que lo harías, tenía una corazonada de que saldrías con la victoria entre tus manos. Eso sí, ¡qué mal rato, de verdad! - mientras decía aquello, no lo soltaba, pero al muchacho no le molestaba especialmente- Al menos estás ya aquí, y sano y salvo, que es lo que importa.
Una voz desde el otro lado de la habitación sonó. Era el guerrero.

-Byungchan, no lo agobies, que ya ha tenido bastante el pobre con todo lo que ha vivido ahí dentro- hizo una pausa, y sonrió- a todo esto, enhorabuena por superar la primera prueba. Tienes madera de mago.

Jinwoo se alegró de oír aquello, porque significaba que era real y, por encima de todo, que estaba cada vez más cerca de alcanzar su sueño de convertirse en un hechicero de forma oficial. Tras un rato, se irguió y, acompañado de los otros, se dirigió al salón de vuelta. Estar allí le causaba sentimientos encontrados: por una parte, le angustiaba que todo hubiera sido una trampa dentro de una trampa y que la prueba real empezara en ese instante; por otra, era consciente de que todo había acabado por el momento y que hasta que no se trasladase al siguiente destino, no debía temer por nada ni nadie, y eso fue lo que hizo que se tranquilizara. Tomó asiento y allí se dispuso a conocer la realidad del asunto.

Para empezar, Hyeop y Seokhwa revelaron sus verdaderas identidades: seguían siendo Hyeop y Seokhwa, solo que, en vez de tratarse de temidos magos que tenían una extensa riña con el pueblo del que habían sido expulsados, eran estudiantes pertenecientes a la Real Escuela de Artes Mágicas y, tal y como afirmaron cuando se conocieron, la especialidad de ambos era la del fuego. A varios estudiantes de aquella institución les había sido encargada la tarea de examinar a sus sucesores, futuros miembros de aquella academia, y ellos habían sido dos de los seleccionados para dicha misión. No eran los únicos que supervisaron la prueba: maestros y tutores varios les ayudaron a diseñar los escenarios perfectos para el examen, y ellos estuvieron siguiendo los progresos que iba haciendo desde que llegó al pueblo hasta que tuvo que enfrentarse a los monstruos de lava. Y todos habían llegado a la misma conclusión: Jinwoo había aprobado y con muy buena nota el ejercicio del fuego.

Después se encontraba la cuestión de Sejin. Lo primero que hizo fue disculparse con él por mentirle sobre quién era en realidad y por el susto que le dio en el llano cuando se toparon el uno con el otro. Él mismo se ofreció a ser parte del proyecto por dos simples motivos: quería ayudar en lo que hiciera falta y por mera curiosidad. En un principio, no iba a tener que ver nada con el plan, pero estuvo en el momento que no debía y acabó por escuchar igualmente lo que tampoco debía, y decidió implicarse. Su familia no estaba de acuerdo al inicio del experimento, pero ni él lo encontraba arriesgado ni había posibilidad alguna de que se fuera a quedar así para siempre, por lo que su determinación fue mayor aún. Además, pensó que gastarle una broma a su mejor amigo podría resultar divertido, pero tras unos cuantos días, se dio cuenta de que había terminado por ser un tanto cruel; no obstante, no podía decir nada, porque si no echaría a perder meses y meses de planificación entre el comité mágico, esos estudiantes y los habitantes del pueblo. Byungchan seguía molesto por el hecho de que se le ocultara todo eso y no le hicieran parte del proyecto.

Y por último quedaban el hijo del alcalde y el guerrero, que no supieron absolutamente nada del asunto hasta que los magos decidieron contarle todo lo que habían estado tramando. ¡Ni siquiera se lo habían podido imaginar! Cuando les fue aclarado el asunto sintieron una mezcla de confusión, enfado y alivio. Estaban molestos porque no les había sido informado nada de aquello hasta ese preciso instante, pero al menos no eran enemigos reales, sino que aquello consistía en una farsa o, más bien, un teatrillo para que todo fuera menos obvio a los ojos de Jinwoo. Por un lado, Byungchan descubrió que no se le dijo nada porque su padre ya lo había designado desde primer momento como el acompañante del mago, pues tenía fe en él y en sus dotes de planificación, pero también conocía perfectamente a su hijo y sabía acerca de su mayor defecto: no sabía guardarse secretos para sí. Ese fue el motivo por el que prefirieron ocultarle todo y actuar como lo hubieran hecho si fuera verdadera toda aquella situación, y les ayudó a triunfar. A pesar de ello, estaba cabreado. ¡Lo habían tomado por el pito del sereno y, para colmo, su mejor amigo se había mofado de él y su padre no confiaba en él! Por otra parte, se encontraba Kookheon. Nadie se esperaba que fuera a aparecer, ni tampoco que fuera a ser un obstáculo para el dúo. Afortunadamente, resultó ser una buena persona y optó por acompañarlos, haciendo así la aventura más entretenida a los ojos de los espectadores y de los propios aventureros.

Tras un día de largas conversaciones, los magos hicieron lo que les tocaba: entregarle a Jinwoo la esfera de la prueba de fuego, que le llevaría hacia su siguiente destino. Al final del día, parecía que lo doloroso del ayer quedó olvidado, y todos hablaron jocosamente y con sonrisas en los labios de los acontecimientos pasados y de los que estaban por venir. A pesar de la brevedad con la que pasó el tiempo, se llevó interesantes recuerdos de aquella experiencia, y prometió estar en contacto con todos los que intervinieron en aquella odisea, ya fuera por paloma mensajera o por correo mágico. Ahora a todos ellos les esperaba un nuevo destino: los magos del fuego volverían a la escuela a seguir estudiando, pues eso se había tratado de una actividad extracurricular de las tantas que debían llevar a cabo los brujos; Byungchan y Sejin harían un pequeño viaje antes de volver al pueblo, pues el espíritu aventurero de los dos muchachos de pueblo estaba desbordado en aquel instante, y Kookheon iría en busca de su camarada y compañero de fatigas, Yuvin, con el que prometió reunirse en su tierra de origen. Y finalmente Jinwoo avanzaría y se dirigiría gracias a la esfera que acababa de obtener al lugar que el destino tuviera reservado para él para resolver más enigmas, batallar con más monstruos y otras tantas criaturas fantásticas y hacer más amistades en el camino.

A Jinwoo le había encantado aquella historia, y le pidió a Jinhyuk una continuación, pero era tarde y ambos estaban exhaustos, por lo que este prometió que otro día seguiría con ella. Refunfuñando, el niño se acurrucó entre las sábanas de su cama y, aun no muy de acuerdo, se fue a dormir. También era cierto que estaba más que satisfecho con su narración, por lo que decidió no darle mucha guerra. El padre apagó las luces y se fue a descansar él también, no sin pensar antes que ojalá pudiera resolver sus problemas del día a día con tanta facilidad como desarrollaba una historia para su pequeño. Claro estaba, la ficción distaba un abismo de la realidad.