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Jealous

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Apple Poison.

Apple Poison.

Somos la misma persona a ojos de los humanos.

Él tiene mi nombre.

Yo tengo el suyo.

¿Es válido pensar que uno de nosotros es un farsante? ¿Puedo decir que sigo siendo el único Apple Poison para la reina? No puedo ser un farsante después de haber pasado tantos años a su lado, acompañándola en su reinado, sirviéndola con denuedo, siendo plenamente devoto a ella. Ella cree en mí como yo creo en ella. Después de todo, fui la primera manzana que recogió, fue a mí a quién decidió otorgar una vida distinta a la que conocía, no fue a él, él no.
En mi pecho, jamás hubo lugar para el rencor hacia ella, de alguna manera, para mí, era imposible odiar a la mujer que me trajo a un mundo ignoto, poniendo a mi disposición una única alternativa: adaptación.
Hasta ese momento, pude avanzar sin escollos, adquirí habilidades dignas de un discípulo suyo, me afané en ser el mejor para ganarme su reconocimiento, me esforcé tanto...

Entonces, llegó él.

Mi pequeño hermano menor.

Otra manzana envenenada.

"¿Quién es él?" recordaba mi voz entrecortada por la perplejidad, en un principio, queriendo desechar cualquier conjetura desagradable mientras me anegaba en un terror profundo.

Temía que mis días junto a Grimhilde hubieran llegado a su fin; temía haber fracasado; temía desaparecer.

Ese día, frente a mí había una imagen amedrentadora, se trataba de un hombre con facciones que reflejaban un carácter completamente distinto al mío, un poco más bajo de estatura, con hebras oscuras que se ondulaban debido al peinado, también símil al mío, pero lo que más me infundía miedo era que vestía con mi ropa, precisamente, la ropa que me fue otorgada cuando adquirí una forma humana.

Quizás me precipité.

"Estuviste trabajando durante un año con los humanos, debes de estar agotado, Apple Poison" pronunció mi reina desde su trono, al instante, quise negarlo, incapaz de tolerar un posible destierro gracias a mi incompetencia, pero no pude arrancar ninguna palabra de mi garganta, me decía a mí mismo que tampoco podía alzar la voz frente a ella, mucho menos en estas circunstancias, entonces, prosiguió: "Decidí crear para ti a alguien que pudiera facilitar tu labor, de ahora en adelante, trabajarás con él". Mi pecho finalmente pudo descansar.

Fue difícil crear lazos con él cuando añoraba los días en que solía ser la única persona verdaderamente fidedigna para la monarca, sin embargo, me había dado la responsabilidad de educarlo. Procuré no mezclar mis sentimientos en cada lesión, quería que cada enseñanza fuera fructuosa, buscaba desarrollar la sagacidad en él, intentaba inmiscuirme en su educación tanto como fuera posible, todo para alejarme a mí mismo de él, es decir, reprimiendo mis incesables deseos de desaparecerlo a él antes de que decidieran desaparecerme a mí. Yo no debía esfumarme, debía de ser él. Yo no tenía por qué esfumarme, él sí.

Cargué con tales pensamientos durante mucho tiempo, hundiéndome en una zona lóbrega de dónde parecía imposible escapar, sentía que cada vez me absorbía más, lo sentí por muchísimo tiempo antes de que la beatitud que reflejada en su rostro comenzara a afectarme. Y cuando me di cuenta, su voz parecía una meliflua melodía que sosegaba a mi corazón con su inmaculada cadencia, tan propia de él, tan prohibida para mí, tan encantadora.

Es una costumbre mía llegar a los extremos.

Un día, cuando tomábamos té de manzana, cuando charlábamos acerca de trivialidades, mis labios rozaron los suyos.

Sabía a manzana.

El líquido se desparramó en cuestión de segundos, la taza crujió contra el suelo, hecha trizas, pero ningún escándalo distrajo mi atención de sus mejillas sonrosadas, incluso si evadió mi mirada.

Era lindo.

"Hermano... no, no es correcto" aquella mismísima voz que derretía a mis oídos me imploraba que volviera a alejarme de él como solía hacerlo cuando el recelo me carcomía, desde luego, no quería sentirse odiado, pero tampoco quería sentirse amado por mí.

¿Realmente sentía algo por él? Me pregunté si tan siquiera tenía permitido sentir algo por él. Es decir, cuando me detengo a pensarlo, realmente, no somos nada más que socios de trabajo con los mismos antecedentes; ambos éramos congéneres en el ámbito de ser manzanas, sin embargo, nada dictaba que pudiéramos tener un auténtico parentesco. Sería estúpido preguntar acerca de la localización del árbol de dónde la reina lo desprendió, la simple idea sonaba hilarante en mi cabeza, pero tal parecía que a él le gustaba verme como un hermano mayor, su figura a seguir, no como alguien a quién pudiera dirigir sentimientos amatorios. En todo caso, ¿existía la posibilidad de que pudiera experimentar otra clase de amor hacia mí? Todo apuntaba a una afirmativa, después de verlo avergonzarse por un beso que no impidió, me dejaba implícitos los tipos de sensaciones que podía obtener conmigo. Y yo estaba dispuesto a dárselas.

Llegó un punto dónde admití la bobalía que cometí al odiarlo, empero, algunos de esos sentimientos negativos seguían siendo ineluctables.

El miedo no desaparecía de mi pecho.

Todavía había momentos en que carecía de raciocinio, sintiéndome totalmente dispuesto a retomar mi lugar como único Apple Poison.

¿Cómo pude desearle lo peor a mi pequeño hermano menor? ¿Cómo puedo seguir deseando lo peor para él?

Mi amor no corresponde a algo bueno para él, de hecho, para ninguno de los dos, pero aún así quiero seguir amándolo, quiero poder seguir probando su dulzor propio de una manzana, aspirando su aroma cada vez que lo tengo cerca de mí.

Y si no puedo expresarle mi amor...

Quiero ser su patíbulo.