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Toda una vida

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La noche estaba tan helada que podía ver su propio aliento, y aunque al salir del bar no le había parecido tan terrible, ahora que estaba sentado esperando el bus, era una tortura. No sabía cuanto tiempo llevaba ahí sentado, pero ya no sentía los pies, no importaba lo mucho que intentara mover los dedos dentro de las zapatillas de tela que estaba usando. Y las manos eran una historia parecida, hundidas al fondo de los bolsillos de su chaqueta de cuero falso, retorciendose y apretandose en busca de calor.

Probablemente no servía de nada, pero Martín había comenzado a mecerse unos minutos atrás, con la vaga idea de que moverse iba a ayudarlo a recuperar la sensación. Había considerado levantarse y caminar, pero el metal del asiento ya se había aclimatado un poco, y probablemente solo lo haría peor si dejaba que volviese a enfriarse.


Pasaron otros tres autos frente a él, arrastrando una ráfaga de aire helado que lo hizo soltar una grosería. Aún no había empezado el invierno, y llevar un abrigo de verdad para ir a bailar le había parecido ridículo en su momento, pero estaba comenzando a arrepentirse.

Estaba arrepentido de varias cosas, en realidad, y le estaba costando recordar por qué le había parecido una buena idea aceptar la invitación de Pedro en primer lugar. Había otras formas de pasar tiempo con sus amigos de la universidad, muchas otras formas que no incluían gastar la mitad de su paga antes de la quincena, pero cuando le mandaron el mensaje, Martín ni siquiera lo había pensado. Tenía la plata, y tenía el tiempo libre, justo como sus ex-compañeros, aunque no por las mismas razones.

Para Pedro era fácil, aún tenía a sus padres para que pagaran sus cuentas si se gastaba todo en una fiesta, así que podía ir tranquilo a todos lados. Beber todo lo que quisiera, bailar hasta que no pudiese sostenerse de pie e incluso ligar sin tener que pensar en ninguna consecuencia. Habían sido amigos durante más de cuatro años, pero Martín ni siquiera podía recordar el nombre de su última novia.

¿Fernanda, quizá?

Él en cambio, a él le tocaban todas las consecuencias. Él era el que terminaba sin suficiente plata para acabar el mes cada vez que salían juntos, el que no quería ser recordado por la mitad de las personas con las que había hablado y terminaba rechazando todas las llamadas de números desconocidos por las siguientes dos semanas después de haber salido con Pedro.

A él le tocaba la espera en el paradero de autobús, ebrio y cansado, resistiendo a duras penas las ganas de devolverse al bar. O de llamar a Constanza, aunque ya no recordaba la última vez que habían hablado.

Si se concentraba, aún podía imaginársela regañándolo. Si cerraba los ojos con suficiente fuerza, casi podía obligarse a sentir que estaban de regreso en su cocina, en otra discusión sobre salarios mínimos y colúmnas esporádicas en revistas desconocidas. Estaba ahí, frente a él, en una bruma de recuerdos, con su pelo claro atado en una cola de caballo que se veía dolorosa. Siempre llegaba así del trabajo, refunfuñando y pateando sus zapatos de tacón tan lejos como podía sin romper nada.

Constanza odiaba las ventas casi tanto como Martín odiaba el periodismo, y en esos días, sus saludos eran un: — Saliste a beber de nuevo ¿verdad? — lleno de una resignación paciente que Martín siempre había encontrado peor que los gritos.

Tenía una forma especial de hablarle, algo que lo obligaba a quedarse hasta el final de todas las discusiones. Antes de ella, Martín siempre había sido el primero en dar la espalda a todo lo que le parecía demasiado. Las discusiones, el afecto, las responsabilidades, todo siempre le parecía demasiado antes de Constanza.

— ¿Te reuniste con el editor?

Martín casi podía oler su perfume en el aire congelado de la madrugada. Podía sentir la vergüenza como si fuese nueva. Esa conversación había pasado hace meses, pero la lástima en los ojos de la Constanza de su imaginación se sentía reciente y real. Era una herida abierta cuando pensaba en ella soltándole las manos.

— Perdón, Coni, lo siento. No voy a gastar sin pensar. Necesitaba despejarme, vos sabés como me ponen esos pelotudos. Pero te juro que ya no más.

El recuerdo de Constanza se dejó caer en la silla frente a él, soltando un suspiro largo y cansado. Su pulgar parecía estar trazando círculos en el borde de su mano, aunque Martín no estaba seguro de cuando había vuelto a tomárselas. Era un movimiento sutil, tan suave que apenas se sentía.

— Voy a compensarte, Coni, te lo juro.

— Ay Martín, Martín ¿qué voy a hacer contigo? —preguntó Constanza, mirándolo con una media sonrisa.

— Podés darme un beso, con algo de suerte te pongo de buen humor.

Su risa fue lo único que le quedó cuando Martín volvió a abrir los ojos. Estaba echado en el asiento de metal, y ya no sentía la nariz, pero a excepción de eso, todo parecía seguir igual. Sin buses, y tan frío que le dolían los huesos. Aún le faltaban unos años para cumplir treinta, pero ciertamente estaba demasiado viejo para esas cosas.

Pensó en volver a dormirse, pero había alguien más ahí, empujandolo por el hombro. Por un momento pensó que podía ser Pedro, que quizá no se había llevado a nadie esa noche y lo había encontrado ahí al salir.
Nunca iba a dejarlo olvidarlo. Martín cerró los ojos con más fuerza, ahogando un gruñido contra la cuerina de su chaqueta.

— Martín, oye, Martín.

Fue la mano en su cara la que finalmente lo convenció de enderezarse. Su estómago ya estaba revuelto sin necesidad de que se moviera, y su cabeza parecía estar dando vueltas, pero aún así hizo el esfuerzo, porque esa voz no era Pedro.

Esa mano en su mejilla definitivamente no era Pedro.

— Perdón, no quería despertarte así — dijo la extraña, afirmándolo por los hombros.— ¿Estás bien?

— ¿Quién…?

— Soy Francisca, ¿no me recuerdas? — preguntó, alzando las cejas— Estuvimos hablando en el bar.

Martín intentó hacer memoria de algo además del ruido y la gente, pero su cabeza se sentía pesada, y de todas formas, cuando miraba a Francisca podía suponer que si, se le hacía familiar de la forma en que los actores en las películas le parecían familiares cuando no los conocía por nombre. Tenía una cara corriente, aunque bonita, y parecía ser un poco más joven que él. Martín nunca había sido particularmente bueno adivinando la edad de las mujeres, pero había algo en la forma en que lo estaba mirando, o quizá simplemente era la ausencia de ojeras, que lo hacían sentir mayor.

Quizá solo era porque a pesar de la hora, y a pesar del frío, ella se veía despierta.

— Supongo.

Francisca le sonrió, aunque había algo raro en su expresión. Martín no estaba seguro de qué era, pero llevó sus manos a las de ella. Todo se veía naranjo bajo la luz del farol, y ya no podía escuchar ninguna música, ni los autos que había antes. Solo ellos dos, y la sensación de que aún estaba durmiendo.

— Bailamos juntos — dijo Francisca, y Martín asintió sin pensarlo, murmurando una respuesta.

— Si, claro, bailamos.

— Y me compraste una copa, ¿te acuerdas?

— ¿Si? — preguntó en un murmullo, provocando una nueva oleada de risas.

Las manos de Francisca se escaparon de entre las suyas. Estaban frías, y le provocaron un escalofrío cuando fueron a parar a su cuello. Iba a besarlo, o al menos eso creyó Martín cuando la sintió acariciar el costado de su cuello con el pulgar, describiendo círculos, justo como los de Constanza.

Pensó en decirle que parara, que no estaba interesado, no esa noche, no con ella, pero no podía encontrar su voz, y en vez de eso se encontró a si mismo relajándose bajo sus manos heladas, murmurando un: — Si, te compré un trago.
Martín cerró los ojos, intentando traer de regreso la imagen de Constanza, pero no podía dibujar su rostro con las manos de esa extraña en su cuello. Nunca había sido capaz de ese tipo de cosas.

Quizá todos esos meses luego de haber roto con Constanza habrían sido más fáciles si hubiera sido bueno pretendiendo.

— ¿Y qué querés ahora? — preguntó, cerrando las manos en las muñecas de Francisca, irritado. — ¿Otra copa? Porque tendré que decepcionarte, Fran, no tengo nada.

Francisca quitó las manos como si la hubiera quemado, frunciendo el ceño. No había querido ser tan brusco, pero ya era tarde para arrepentirse, y de todas formas, la mujer le estaba sonriendo de nuevo, claramente avergonzada.

— Lo siento tanto — dijo, escondiendo las manos en los bolsillos de su chaqueta— No quería ponerte incómodo. Creo que… Quizá estoy un poco ebria también. —terminó, tan bajito que Martín tuvo que inclinarse para escucharla.

— No, no importa. —respondió, sonriendo sin saber por qué.— Es que me sorprendiste.

— Sólo quería saber si necesitabas ayuda — suspiró Francisca, empujando unos mechones de pelo detrás de su oído.— Te vi durmiendo, y hace tanto frío que pensé…

Martín dejó de escucharla en algún punto, y cuando Francisca lo miró de nuevo, él estaba pidiendo perdón. Le confesó que había estado esperando por horas antes de que ella apareciera, y que no creía que el bus fuera a pasar. No estaba seguro de qué lo había impulsado a hablar en primer lugar, ni podía recordar cuando había comenzado, pero Francisca se veía satisfecha, casi orgullosa, al final de su discurso.

— Podría llamar a alguien — dijo, sacando un celular blanco que se veía demasiado grande para sus manos.— ¿Dónde vives?

— Estás muy ebria si crees que alguien va a responder a esta hora — comentó Martín, riéndose. Francisca lo miró sorprendida, deteniendo sus dedos en la pantalla.— Van a ser las cuatro de la mañana, no podés llamar un taxi a esta hora. A menos que tengas un chofer, vamos a tener que esperar o caminar.

Por un momento, Martín creyó que la había ofendido, pero Francisca se largó a reír después de un rato. Eran carcajadas cálidas, y algo estridentes, considerablemente distintas a las risitas con las que lo había despertado. En ese momento, mientras se reían de nada en medio de la calle, Martín no estaba arrepentido de haber salido esa noche.

— Está bien, — suspiró Francisca cuando logró contener su risa, mirándolo con los ojos brillantes.— Podemos ir caminando a mi departamento entonces.

Tenía un montón de preguntas en la mente cuando se levantó de ese paradero. Quería preguntar por qué Francisca se había molestado en detenerse ahí si podía irse caminando, o por qué estaba siendo tan amable con él, si no se conocían, pero sus labios parecían estar pegados, y sus pies ya se estaban moviendo sin su permiso antes de que alcanzara a decidir si quería ir con ella o no.

Cuando por fin logró abrir la boca, fue para escucharse a si mismo darle las gracias. Martín nunca había sido el tipo de borracho que hacía cosas sin saber, pero no tenía otra explicación para lo que estaba pasando.

— Me da un poco de miedo caminar sola a esta hora —dijo Francisca en un susurro, como si le estuviese contando un secreto.

Estaban caminando tan cerca que los brazos de Francisca le rozaban el codo de vez en cuando, y Martín se encontró a si mismo soltando una risa.

— Mirá, linda, no me malinterpretes, porque obvio que soy genial, todo un caballero… Pero dudo que un borracho sea lo que necesitas para protegerte.

Francisca se rió con él, encogiéndose de hombros. No habían más ruidos que su risa en ese momento. Se sentía como si fueran los únicos dos en todo el mundo, dos perfectos extraños caminando a las cinco de la mañana por las calles irregulares del centro de Santiago.

El alcohol lo hacía caminar chueco de vez en cuando, zigzagueando sin saberlo. Estuvo a punto de caerse en unos adoquines rotos doblando la esquina, pero Francisca lo sostuvo del brazo, perfectamente firme a pesar de los tacones en sus zapatos. Martín se lo agradeció, mirando confundido las manos de Francisca en su antebrazo.

Sabía que había algo inusual en ella, en sus pasos perfectos, o quizá en sus reflejos, pero no lograba decidir qué era. Hace rato ya que había dejado de prestar atención a las calles, y tampoco sabía en qué momento había terminado con el brazo de Francisca entrelazado al suyo, pero ya no parecía tan importante como antes. Su cerebro era una bruma de pensamientos desconectados y recuerdos vagos que se le escapaban entre los dedos cada vez que lograba acercarse.

Había algo sobre ella, había algo sobre toda esa noche, pero ya no sabía qué había pasado esa noche en realidad. Recordaba la música, más que nada, la sensación del alcohol en su garganta, y los precios, pero nada sobre la gente.

¿Había estado con Pedro, o había ido solo?

Martín cerró los ojos con fuerza, ahogando un gruñido. Pensar era demasiado frustrante en ese momento, y ya ni siquiera podía recordar por qué lo estaba intentando.

— Tranquilo Martín, ya falta poco — dijo Francisca a su lado, tironeándolo del brazo.

Martín se dejó llevar, asintiendo. Estaba siendo paranóico porque una mujer quería llevarlo a su departamento. Pedro se estaría riendo de él a carcajadas si pudiese contarle.

No es que fuera a decirle, claro.

Francisca era más baja que él, pero lo suficientemente fuerte como para arrastrarlo el resto del camino sin dejar de hablar en ningún momento. Le contó sobre su vida, sobre su hermano mayor, que jamás dejaba de trabajar, y sobre lo que habían conversado en la fiesta, donde aparentemente Martín le había hablado sobre el libro que estaba escribiendo.

Le había comprado un gin tonic, y Francisca lo había sacado a bailar, según ella.

— Ya te tambaleabas cuando fuimos a la pista — comentó, con una sonrisa en la voz. — Chocaste con unas niñas mientras estabamos bailando.

— No, no sigas — le pidió, pasándose una mano por la cara. Estaba exhausto, y demasiado confundido como para desmentir la historia de Francisca.— No quiero saberlo.

Francisca se rió, apretándole un poco más el brazo. Martín la miró en silencio, intentando recordar por qué había estado tan preocupado antes. Era solo una niña, no podía tener más de diecinueve, y lo más amenazante de ella eran las historias que tenía sobre él estando ebrio en un bar.

 


 

El edificio de departamentos al que llegaron era un cuadrado de ventanas angostas y pintura desquebrajada que estaba flanqueado por otras dos construcciones mucho más modernas y considerablemente más altas. Parecía fuera de lugar, y ciertamente fuera de tiempo, ahí encajado entre los otros dos, como una pieza equivocada de rompecabezas.

Martín estaba casi seguro de que esa cosita de cuatro pisos llevaba años sin recibir luz directa del sol, pero aún así había macetas metidas a la fuerza en varios de los diminutos balcones que sobresalían del cemento.

No había suficiente luz para ver bien las paredes de las escaleras, pero el olor a humedad era suficiente para darle una idea de como se verían: probablemente tenían grandes parches oscuros, quizá incluso tendrían hongos en los rincones del techo. No es que fuera a quejarse, solo necesitaba recordar el frío, el sueño, y las ganas que tenía de dejarse caer en algún lado para olvidarse del olor, pero podía apostar a que estaban ahí.

Su propio departamento era propenso a tener hongos cuando llovía mucho.

Francisca tuvo que pelear un poco con las llaves antes de lograr abrir la puerta con una patada. Detrás, había un agujero completamente negro, donde Martín apenas alcanzaba a ver la silueta de algunos sillones, y lo que le parecía ser una mesita de café.

— Bienvenido a mi palacio, siéntete como en casa —dijo, mostrándole una sonrisa llena de dientes blancos.

Los sofás que Martín creyó ver en la oscuridad estában ahí luego de que Francisca prendiera la luz, pero el tapiz rojo era apenas visible bajo la ropa que tenía tirada encima. No solo era ropa, había libros también, y uno que otro zapato dado vuelta sobre los cojines. Frente a la mesita de café que había visto en silueta, había una televisión antigua, con un abrigo verde brillante tapando la mitad de la pantalla, y eso era todo.

Incluso con el caos, se veía vacío. Martín paseó la mirada por el desorden una vez más antes de voltearse a Francisca. Se veía mucho más pálida de lo que él recordaba en la calle, y su pelo era un cafe un poco más claro de lo que él había creído originalmente, igual que sus ojos. No estaba seguro si era la luz, o el hecho de que ya no se estaba congelando en un paradero cualquiera del centro, pero en ese momento, Francisca se veía menos de lo que había pensado originalmente.

Menos peligrosa, menos extraña, menos en general, como si hubiera perdido el color. No podía negar el atractivo de la mujer que tenía en frente, pero ya no era la misma que había visto en el paradero, y Martín no estaba seguro del por qué.

Sus ojos se encontraron con los de ella, y no pudo evitar sonreírle.

— No te preocupés, Fran, que se ve más acogedor así. Es igual que en casa —dijo, encogiendose de hombros, y ella se rió bajito, asintiendo.

Era hermosa en ese momento, pero extraña de una manera que Martín no creía poder describir en palabras.

— Me alegra oír eso —respondió Francisca, sacandose la chaqueta de un tirón. La lanzó sin mirar donde caía, igual que los zapatos.— ¿Tienes hambre, Martín?

 


 

No estaba seguro de cuándo se había dormido exactamente, pero recordaba a Francisca diciéndole con desdén que sólo empujara todas las cosas del sillón al piso, y se dejase caer ahí mientras ella lavaba los platos. Recordaba escucharla prometer que iba a llevarle una manta y una almohada, pero no había esperado lo suficiente como para recibirlas. La verdad es que ni siquiera se le había pasado por la mente la idea de cuestionarla en ese momento, estaba cansado, y tenía el estómago lleno, aunque no podía recordar lo que había comido, ni cuándo.

Al final, el cansancio había sido mucho más grande que todas sus reservas, y sus ojos ya se habían comenzado a cerrar solos mientras empujaba la ropa al piso. Martín tenía la sensación de que estaba perdiendo minutos entre cada pestañeo, pero no tenía forma de comprobarlo, y tampoco estaba seguro de que le importara. Francisca estaba tarareando en la cocina, ese era el único sonido que se sentía en ese lugar. Francisca, y él mismo, respirando lento.
Constanza estaba con él cuando volvió a abrir los ojos.

Estaban acostados en la cama, las piernas enredadas y las manos vagando distraídas por los pedazos de piel expuesta; hablando de dejar de arrendar el viejo departamento, de ahorrar para comprar una casa con patio, de tener una familia, de casarse, de todas las cosas a las que Martín repetía una y mil veces que no. Estaba seguro de que estaba negando, pero no podía escuchar su propia voz por encima de los planes de Constanza.

Quizá era mudo, porque ella solo seguía hablando, sin mirarlo siquiera. Sus planes eran cada vez más fantásticos: sobre lo que sería su vida en el futuro, sobre los viajes, sobre la capilla, sobre el hijo y la hija que tendrían en unos años más, sobre las navidades que pasarían en la casa de sus padres, sobre los años nuevos que celebrarían en la casa de la madre de Martín.

Estaba intentando levantarse, pero estaba atrapado, por las sábanas y las piernas y las manos, y la voz de Constanza, que repetía su nombre una y otra y otra vez.

De repente estaba frente al espejo de cuerpo completo que tenían en la habitación. Lo habían comprado en una venta de garage que su primo había organizado hace años, antes de mudarse. La luz de la mañana se filtraba por la ventana abierta, calentandole los pies descalzos sobre la alfombra. Constanza estaba detrás de él, pasando las manos por los hombros de su traje negro, intentando hacer desaparecer arrugas inexistentes sobre la tela.

Martín suponía que, a juzgar por su reflejo, estaba usando la ropa cara, esa que solo sacaba cuando iba a ver a su madre, o cuando salían a cenar afuera. No había nada interesante ahí, pero no podía dejar de mirar el reflejo de su corbata, la tela era un morado brillante que parecía saturar todo a su alrededor, como si tuviera luz propia. Jamás la hubiera comprado, no realmente, pero parte de él estaba encantado con la idea, con la forma en que el color lo obligaba a mirar.

A través del espejo también podía ver la sonrisa de Constanza, mirando la tela, mirandolo a él, y probablemente era el recuerdo más hermoso que tenía, porque el tirón cálido en su estómago se sintió con tanta fuerza que podría perder el equilibrio. Podría perderse por siempre en la satisfacción de verla sonreír.

Ella solo lo miraba através del reflejo, toda ojos brillantes y labios carnosos, esperando a que él diera el primer paso, porque ella siempre fue así. Martín recuerda esa particularidad con cariño, y siente su cara un poco más tirante cuando sonríe. Constanza nunca fue tímida, pero le gustaba jugar a esperar, y él nunca había aprendido a esperar realmente.

— ¿Qué tanto me mirás? —se escuchó preguntar, risueño.

— La corbata sobria y elegante que elegiste, obviamente. —respondió ella, dándole un golpecito juguetón. — Estás guapo.

— Me hieres, Coni, pensé que siempre me encontrabas guapo.

— Oh, perdón, perdón. —respondió, aun sacudiendo el polvo invisible de su hombro— Siempre eres guapísimo, amor, hasta cuando llegas ebrio. Especialmente me gusta el toque del vómito en tus zapatos.

— ¡Eso nunca ha pasado, che!

— ¿Seguro? A lo mejor ni lo recuerdas.

Comenzó a reirse. Era un ruido agudo e irregular, que poco a poco se iba transformando en algo estridente. Histérico. Había algo mal en ese cuadro, algo en esa imagen y ese sonido, aunque no podía decir qué era con exactitud. Martín sintió el estómago darle un vuelco, y cuando intentó voltearse, los brazos de Constanza eran de piedra, y sus manos eran garras, clavadas en la tela del traje y la piel de Martín.

De pronto el cabello era una cascada de color caoba, y la piel era tan blanca como el mármol.

Los ojos que le devolvían la mirada en el espejo parecían estar riéndose de él todo el tiempo.

— Siempre estás guapo, Martín.

Los labios de Francisca estaban en su cuello. Estaba medio dormido, pero podía sentir el peso de su cuerpo en su estómago y la presión de sus rodillas a los costados de sus costillas. Tenía la idea de sacarsela de encima, pero apenas estaba abriendo los ojos cuando comenzó el dolor. Al principio, la sensación era tan potente que abrir los ojos le parecía lo mismo que tenerlos cerrados: el mundo era blanco, como el dolor que sentía en el cuello. Intentó gritar, pero todo lo que logró fue un quejido ahogado.

Era como si el resto de su cuerpo no existiera, en alguna parte de su cerebro debió haber sabido que se estaba moviendo, que estaba intentando apartar a Francisca con las manos y los pies, pero no podía concentrarse en nada más que su cuello. Su cuello, su piel desgarrándose, los dientes rompiendo su carne y la sangre entibiando todo. Se sentía como una quemadura, esparciendose desde la herida hasta las puntas de sus dedos; y en cosa de segundos ya no le quedaba fuerza para nada más que apretar los brazos de la mujer.

El sillón se le estaba clavando en la espalda en tantos ángulos molestos que no podía creer que hubiera estado durmiendo ahí en primer lugar. Era ridiculo, pero mientras más tiempo pasaba, su cuerpo parecía ser más ligero, y era más fácil concentrarse en ese tipo de cosas. El mundo estaba hecho de calor, nauseas y ángulos incómodos. Si alguien le hubiera dicho que iba a morir pensando en eso, Martín se habría reído, pero todo lo que podía hacer en ese momento era pensar en lo mucho que le hubiera gustado morir en una cama.

Todo estaba oscuro cuando volvió a abrir los ojos.

Cada respiración era como si el mundo se estuviera desvaneciendo a su alrededor, cada vez más rápido. Tenía la cara y el cuello húmedos, y si hubiera podido hablar, le habría dicho a Francisca que dejara de chupar, que no tenía nada más que darle. Era una muñeca de trapo en las manos de una mujer que difícilmente medía más de metro y medio, pero lo que realmente le irritaba es que iba a morir porque sí, en la historia de canibalismo menos interesante de la historia.

No habría grandes investigaciones ni grandes dramas al respecto. No era una trama compleja, como las que le hubiera gustado poner en su libro, cosas con drogas, celos, o incluso una triste pelea de ebrios en un bar. No, a él solo le había tocado una mujer que lo invitó a dormir en su sillón, le dio de comer y lo arropó antes de matarlo, por el puro gusto de hacerlo sentirse seguro.

El último pensamiento consciente de Martín, es que le habría gustado no despertar del sueño antes de morir.

 


 

Había una mujer en medio de la oscuridad, no podía verla, pero podía escuchar su voz ladrándole ordenes, gruñendo que tenía que beber, aunque Martín no estaba seguro qué, había algo húmedo contra sus labios, pero no se sentía como agua. El resto de su cuerpo parecía no existir, incluso cuando intentaba abrir los ojos, todo lo que existía era la oscuridad, y un débil olor a metal. Eso y la voz, que parecía cada vez más urgente, como si las ordenes del comienzo se estuviesen acumulando todas juntas en una serie de gritos que parecían venir de todas direcciones.

Martín ahogó un quejido, intentando alejarse en vano.

Había una mano sosteniéndole la cabeza por el pelo, y algo blando presionando la humedad contra su boca y su nariz, cada vez más fuerte. El olor a sangre fue lo primero que reconoció como real en medio de la oscuridad. Las ordenes eran insoportables, pero nunca se le pasó por la cabeza que iba a obedecer, no hasta que abrió la boca al menos.

El solo hecho de tener una boca que abrir parecía un milagro en ese momento, y cuando la sangre tocó su lengua, fue como una descarga electrica. El sabor estaba haciendo sonar las pocas alarmas que quedaban en su cerebro, y de pronto estaba descubriendo que tenía ojos que podía abrir, aunque no podía despejarlos, no importaba cuantas veces pestañara. El mundo eran colores simples y masas borrosas. Solo había blanco y café.

Intentó alejarse de la sangre, pero la piel se presionó con más fuerza contra sus labios, ahogandolo. No estaba seguro de cómo no lo había notado antes, pero había dedos en su boca, y la sangre caía en un chorro constante, llenando todo antes de que pudiera obligarse a tragar. No tenía conciencia suficiente como para pensar en resistirse, no en tantas palabras al menos. Tenía una cara, un par de ojos, una nariz y una boca, pero no podía sentir nada bajo el cuello.

No había dolor siquiera.

La mujer le estaba hablando en susurros ahora, y él volvió a cerrar los ojos. La oscuridad detrás de sus párpados era una niebla rojiza, y de vez en cuando eran imágenes que no estaba seguro de estar viendo, pero tampoco podía estar seguro de estar imaginandolas. Un hombre de traje y una dama bajando de un carruaje. Una criada acariciándole el pelo. Un niño de pelo castaño y hombros huesudos guiando su caballo. Una mujer de pelo rizado besándolo como si no hubiese nada más en el mundo. El niño, ahora un hombre, sentado entre dos torres de libros, hablándole sin mirarlo. El hombre y la mujer, sentados frente al fuego en una cabaña. Sus propias manos apretando una taza amarilla llena de té.

— Basta.

No sabía en qué momento había comenzado a morder, pero el sabor de la carne cruda lo obligó a abrir los ojos. No quería eso, pero se estaba muriendo de sed, y no importaba cuanto apretara el brazo, la sangre salía cada vez más lento. Cada vez menos.

Apenas registró la existencia de sus manos cuando sintió a la mujer apretarle la muñeca.

— Martín —escuchó, aunque Martín apenas podía entender por encima del zumbido en sus oídos.

Estaba bebiendo, tal y como ella quería, pero no había comenzado siquiera a saciar su sed cuando Francisca comenzó a ordenarle lo contrario; primero en susurros, y más tarde en gruñidos violentos, cargados de palabras que Martín no entendía del todo. Su voz era un zumbido lejano, le recordaba a un paradero frío, y la música de un bar. Podía verlo, si cerraba los ojos incluso podía sentir el metal frío debajo de su cuerpo, el viento revolviéndole el pelo y congelándole la punta de la nariz.

Parte de su cerebro estaba convencido de que era un recuerdo, pero le parecía imposible creer que alguna vez pudo tener frío, no ahora que cada centímetro de su piel estaba vibrando con el calor de la sangre ajena. Todo su cuerpo parecía haber cobrado vida, y estaba ardiendo. Era doloroso y reconfortante en partes iguales, al menos hasta que el brazo desapareció de sus manos, dejando solo la sensación de pérdida en sus labios y sus manos.

Aún estaba recuperando el aliento cuando sus ojos lograron enforcarse. Francisca estaba inclinada sobre él, y atrás de ella estaba la luz artificial del baño. Martín tuvo que volver a cerrar los ojos, ahogando un quejido rasposo. Sus sentidos parecían estar regresando uno a uno, en cosa de segundos. Su mentón estaba goteando, y tenía el pelo húmedo, igual que la espalda y las piernas.

No tenía la fuerza para pararse aún, pero levantó la cabeza lo suficiente como para mirar alrededor una vez se acostumbró a la luz. Estaba en una tina, y todo era blanco a su alrededor. No había cortinas, pero podía ver las cerámicas en la pared y parte del lavabo desde donde estaba acostado. Y a Francisca, por supuesto, mirandolo desde afuera de la tina con una media sonrisa.

Estaba desnudo, aunque había una toalla blanca tirada encima de su estómago, cubriendo casi todo hasta sus canillas. Martín volvió a cerrar los ojos con fuerza, intentando entender sin mucho resultado; su cabeza parecía estar dando vueltas sobre si misma, sobre lo que pasó antes, y sobre lo que estaba pasando ahora sin poder darle sentido. Estaba muerto, Francisca lo había mordido en el sillón, pero su piel estaba hormigueando en todos lados, y aunque se sentía pesado, podía mover sus manos y apoyarse en los codos para enderezarse dentro de la tina. Francisca lo empujó con una sola mano, y Martín se encontró a si mismo acostado una vez más.

— Tranquilo, no es buena idea levantarse todavía. Quizá si hubieras bebido más, pero ya sabes, no puedo dejarte drenarme —dijo Francisca, riendo, aunque su voz sonaba distinta, agotada, quizá. — Es complicado, ¿sabes? Crear neófitos. Solo lo he hecho dos veces, pero incluso cuando trato de hacerlo lento, no se puede. Supongo que el instinto es más fuerte, animales, supervivencia, ya sabes.

Le tomó unos segundos procesar lo que estaba escuchando, pero para cuando Francisca ya terminó de hablar, Martín puede sentir la rabia comenzando a opacar todo lo demás, ardiendole en la cara y el pecho.

— ¿De qué mierda estás hablando? —casi no reconoció su propia voz al comienzo— ¿Qué me hiciste? —gruñó, intentando levantarse de nuevo, aunque esta vez Francisca ni siquiera necesitó poner su mano para evitar que se sentara. Simplemente no podía sostener su propio cuerpo, y se dejó caer de vuelta al frío de la tina, medio jadeando por el esfuerzo.

— Deberías estar agradecido ¿Sabías que la mayoría no pueden evitar matar a sus neófitos antes de terminar la transformación? No, claro que no sabías. —Francisca se acercó a la tina de nuevo, dejandolo ver la herida en su brazo

— No te hice nada terrible.

— ¿Qué me hiciste, loca de mierda?

— Ay, Martín ¿En serio importa? —su voz estaba tan cargada de desdén que Martín casi se sintió ridículo por haber hablado en primer lugar. Como si él fuese el que estaba siendo difícil. — Mandé a que hicieran algunas mejoras en este departamento hace varios años ¿Sabes? En ese tiempo era más fácil —dijo Francisca luego, cambiando el tema bruscamente. Se puso de pie, paseando una mirada crítica por todo el lugar, sin pasar por el cuerpo inerte de su invitado siquiera una vez.— El baño sin ventanas fue una gran idea, si me permites decirlo, las puertas reforzadas, y las paredes a prueba de sonido parecían un poco exageradas cuando lo hice, pero bueno... Todo es bastante útil ahora. Mi hermano no paraba de decir que era ridículo, en ese tiempo ¿A quién vas a transformar, Francisca? Ni siquiera vives ahí —dijo, imitando un tono de voz más grave que Martín supuso, era el hermano.

Su cuerpo aún pesaba demasiado como para moverse bien, pero estaba comenzando a despertar, y Martín empezó a moverse de a poco, un centímetro por vez, mientras Francisca le hablaba.

— No vengas a pedirme ayuda cuando te acusen de ser una asesina en serie, decía él. Siempre le gustó ser dramático.

Martín se habría reído, si tuviera la fuerza, quiza hasta le habría comentado lo sabio que sonaba su hermano, considerando que ella si era una psicópata, pero la idea se esfumó de su cabeza cuando escuchó el tintineo del metal golpeando el metal fuera de la tina. Un escalofrío le recorrió el cuerpo.

Francisca lo estaba mirando, totalmente erguida, y alta, demasiado alta al lado de él. Martín intentó recordarse que era solo la perspectiva, pero aún así se paralizó, muerto de miedo. Los ojos de Francisca le pesaban encima, y aunque la voz en el fondo de su mente seguía intentando pensar en un plan de escape, no podía moverse. No se atrevía a moverse, en realidad.

Parte de él, la parte que ya había asumido que estaba muerto desde hace varias horas atrás, se imaginó un programa de vida salvaje en la televisión. No estaba seguro del por qué, pero había algo en todo el escenario que le hizo pensar en uno de esos animadores vestidos con chaquetas beige y pantaloncillos cortos, diciendole a las cámaras que frente a estas situaciones no debían hacer ruido ni movimientos bruscos.

— Solo deja que me vaya. —susurró, bajando la mirada. — No voy a denunciarte, ¿vale? Solo me voy a ir, y nadie tiene que saber esto. Por favor.

— No, no —incluso ahora, la voz de Francisca sonaba medio risueña, como si todo eso fuera solo una broma que Martín no estaba entendiendo. — No tengas miedo, Martín, no voy a hacerte nada más. Pero no puedo dejar que te vayas, no ha terminado todavía, y no quieres que pase en la calle, créeme. Solo quédate acostado, y espera. Después estarás mejor.

La fachada sumisa de Martín duró hasta que Francisca terminó de amarrarle las manos. Martín pasó de las plegarias a las preguntas, y de las preguntas a los gritos y los insultos tan rápido que no había modo en que realmente pudiese engañar a alguien, no es que eso fuera a hacer alguna diferencia de todas formas, su cuello estaba atado a la llave de la tina, y mientras más forcejeaba, Francisca apretaba más la cadena.

Para cuando Francisca se alejó, Martín estaba ligeramente mareado, y no podía moverse más de dos o tres centímetros de su posición inicial.

— Es por tu bien. —repitió, por enésima vez desde que comenzara a atarlo.— Así no intentarás nada drástico mientras tu cuerpo muere.

— ¿De qué mierda estás hablando? ¿Qué me hiciste?

Francisca solo le sonrió con los labios apretados, cerrando la puerta deliberadamente lento. El cerrojo hizo un sonido agudo detrás de ella, pero Martín siguió gritando una y otra vez. La llamó, la insultó, incluso intentó pedir ayuda. Francisca había dicho que la habitación era a prueba de sonido, pero con las manos y las piernas encadenadas, su voz era todo lo que le quedaba.

La última, y más inútil línea de defenza que podía imaginar.

No supo cuánto tiempo pasó así. Había tenido que tomar descansos entre los ataques de rabia y los gritos, tiempo para recuperar la voz y las ganas de seguir intentándolo, pero no tenía forma de saber cuanto tiempo pasaba entre uno y otro. A él le parecían horas, pero no era tan inocente como para creer en sus sensaciones en ese momento.

El dolor empezó en algún punto entre esos descansos y sus gritos para Francisca. Su cuerpo parecía estar lleno de agua hirviendo, primero su estómago, luego su pecho, su cabeza, sus piernas, todo parecía estar ardiendo dentro de él luego de unos segundos. Le hubiera gustado gritar, pero apenas podía articular sonidos, mucho menos palabras entre jadeo y jadeo.

Se escuchó a si mismo llamar a Francisca, una y otra vez, o al menos eso es lo que creía que está haciendo. Sus oídos también parecían estarse quemando, y cuando escuchaba su propia voz, le parecía irreal. Imaginada. Todo es un zumbido, pero no había ninguna memoria agradable que lo acompañara, y entonces empiezó a vomitar.

No es solo vomito en realidad, el proceso entero era mucho más que eso. Martín podía sentirlo en cada parte de su cuerpo, cómo sus órganos iban transformandose, vaciándose, muriendo. Intentó forcejear contra las cadenas, y también contra la presión invisible en su abdomen y su pecho, por el simple miedo de morir así, de que lo dejaran terminar de esta forma, convulsionando sobre su propia mugre.

Martín no había tenido una gran vida, al menos no dentro de sus estándares. Le había faltado tiempo para hacerla grande, de la misma forma en que ahora le faltaba tiempo para pensar entre una ola de dolor y la otra. Quería ser mucho más que eso, morir de una mejor forma también, pero nada de eso tenía sentido en ese momento.

Quería estar muerto casi tanto como quería sobrevivir. La cadena de su cuello se había aflojado en algún momento, y Martín se echó hacia atrás, golpeandose conra la cerámica del baño, Una, dos, Martín perdió la cuenta luego del sexto golpe. Había agua a su al rededor, y el mudno parecía estar dando vueltas. Martín cerró los ojos con fuerza, intentando controlar otra ola de náuseas, y todo se detuvo.

 


 

No se molestó en preguntar nada cuando volvió a despertar. Francisca estaba ahí de nuevo, y el agua de la tina estaba tibia. La habitación olía a jabón, y perfumes, e incluso le pareció sentir algo de desodorante ambiental en el aire; casi se rió, porque claro que no había muerto aún, y claro que Francisca se lo tomaba todo como si fuera lo más normal del mundo.

No tenía ganas de moverse, ni mucho menos de hablar. Su cabeza estaba apoyada en un cojín húmedo, que estilaba agua helada con el menor movimiento, y Francisca, sin mirarlo, pasaba una toalla húmeda por su abdomen. Martín podía escuchar el murmullo de su voz dirigiendo una conversación solitaria mientras continuaba su tarea, aunque su monólogo no tenía sentido.

— No esperaba tanta resistencia —decía, pasando la toalla por su estómago.— Quizá si lo hubiera preparado mejor… pero no, me hubiera dicho si hubiera otra forma de hacerlo.

Martín se movió cuando la toalla bajó a su vientre. No podía evitarlo, incluso cuando sabía que era mejor pretender que aún estaba inconciente, la idea de que la mano de Francisca siguiese bajando era demasiado para él.

— ¿Cómo te sientes? —preguntó en un susurro, como si le estuviese hablando a un animal asustado. Martín odiaba ese tono más que cualquier otra cosa, incluso más que su risa, pero no respondió. — Perdón, no me estoy burlando... —dijo Francisca, levantando ambas manos— Yo también lo pasé, ¿sabes? Sé cómo se siente. Mi novia fue la que me tuvo que limpiar luego de la transformación. No te voy a mentir, uno nunca lo olvida. A fin de cuentas, solo se muere una vez —comentó, riéndose bajito. El silencio que siguió fue corto, pero absoluto.

Francisca suspiró, inclinandose nuevamente hacia él. Martín la vio estirar su brazo hacia él, y usó prácticamente toda la fuerza que le quedaba para levantar la mano al mismo tiempo, agarrandole la muñeca.

— Sé que estás molesto —dijo, soltándose con facilidad.— Pero no quiero hacerte daño.

Si hubiera tenido fuerzas para hacerlo, habría intentado golpearla hasta que no pudiese hablar más, tan solo por tener el descaro de decirle eso luego de todo lo que le había hecho. Quizá habría intentado levantarse de la tina al menos, pero su brazo estaba temblando solo por el esfuerzo de mantenerse levantado.

Francisca parecía saberlo, a juzgar por la calma con la que volvió a acomodarse al borde de la tina, secándose la muñeca sin prestar atención.

— ¿Qué eres?

Francisca se encogió de hombros, estirando y doblando las toallas aún húmedas.

— ¿Y yo? —preguntó de nuevo, más bajo. — ¿Qué soy yo?

Ya no estaba maquillada, Martín podía verlo en lo pálido de su piel, podía verlo en cada uno de los poros que parecían asomar en sus mejillas. Era bella, enmarcada como estaba en la luz artificial del baño, pero eso no era lo que le llamaba la atención. Era la claridad con la que podía ver cada hebra de cabello caoba, cada pestaña, cada bello en sus patillas. Incluso le pareció que podía escuchar el ruido de su corazón en ese momento, lento, tan lento que apenas lograba separarlo del sonido que hace el agua cada vez que se acomoda.

— Un experimento. —respondió Francisca, trayéndolo de regreso a la realidad.

Contrario a todos los pronósticos, Francisca tenía razón: las cosas sí podían ser peores. O eso es lo que le pareció luego de escuchar esa respuesta. Sabía que Francisca seguía hablando, que en medio de su monólogo había información, pero no podía seguir escuchando.

A la mitad de una frase sobre la necesidad de dormir y su cuerpo que aún no había terminado de ajustarse, el zumbido regresó a sus oídos, y a Martín se le olvidó que acababa de morir.

Chapter Text

Estaba en una galería de tiendas con su madre, aunque solo podía ver su espalda mientras caminaban. Intentaba seguirle el ritmo a duras penas con sus pasitos, a fin de cuentas, era solo un niño, y su madre siempre había sido una mujer alta. Sus piernas parecían eternas desde su perspectiva, pero aún así alcanzaba a ver su pelo rubio amarrado en un moño alto, estricto y elegante, su largo cuello blanco, sus hombros angulosos. Estaba usando una falda verde que nunca dejaba de ondear entre sus piernas, y sus tacones puntuaban cada paso como si fuese su propia banda sonora. A Martín siempre le gustó verla caminar, su madre tenía un andar teatral incluso en el supermercado, y le hacía pensar en las películas que veían juntos en las tardes de los domingos. Nadie caminaba como ella, incluso a esa edad, él había visto suficientes actrices y actores como para saberlo: su conocimiento no venía solo de las películas y teleseries, sino que también de la vida real, de verlos bebiendo en la sala de su casa, en las fiestas de su madre.

Nadie era como ella, que parecía sacada directamente de una película, ficticia y perfecta en todos los sentidos. La mayoría de las personas alrededor eran como todo el resto de la gente, como su padre, como sus tíos, como sus vecinos, dejándose caer sin gracia en los sillones, ofreciendo risas demasiado agudas, o demasiado falsas. Era gente que se movía como podía por la vida, si acaso era arrastrándose, se arrastrarían, si acaso era corriendo, correrían.

La única forma de andar para su madre era una caminata de pasarela.

Tanto Martín como su padre nacieron con una marcada debilidad por los cumplidos, convencerlos con palabras bonitas nunca fue demasiado difícil: eran gente normal, a fin de cuentas. Pero para su madre los cumplidos solo eran otra parte de su trabajo, palabras vacías, cosas que era mejor ignorar.

Había intentado enseñarle eso muchas veces, pero Martín jamás pudo aprender esa lección en particular.
Mientras caminaban por la galería, su madre iba cambiando de atuendo; probándose abrigos, vestidos, pantalones, blusas y sombreros. Todo se veía bonito en ella, porque era alta y delgada, y cuando sonreía, se le forman hoyuelos en las mejillas y sus ojos se achinaban un poquito.

Ella se daba vueltas para él, haciendo ondear las telas, preguntándole cómo lucía, en medio de mil espejos idénticos. Martín la amaba, pero se aburría rápido de verla desfilar.

Estaba cansado de las tiendas brillantes, y del reflejo dorado de los escaparates, pero siguió caminando detrás de ella, cada vez más y más lejos.

La seguía porque al final de la galería siempre estaba la promesa de ver a su padre. Allá en la última tienda, vendiendo una extraña mezcla de adornos modernos y antigüedades valiosas. La tienda de su padre nunca tuvo un tema en especial, porque su padre jamás podía compremeterse con una sola cosa, según su mamá. Ni siquiera había sido capaz de comprometerse con ellos, o al menos eso es lo que ella decía cuando Martín preguntaba por qué no vivían juntos.
Su padre sólo tomaba lo que le gustaba y lo hacía brillar en el escaparate, contando historias maravillosas a sus clientes: cuentos sobre los dueños anteriores, o lo difícil que había sido conseguirlo, o las maldiciones que traía. Les hablaba sobre las leyendas que había oído en relación a una u otra cosa, estatuillas, joyas, alhajeros, cualquier artefacto bonito que encontrara servía, incluso los que no tenían ninguna historia para empezar.

Martín había creído esas fantasías a ciegas durante toda su infancia, deseando con tanta fuerza que fueran reales que incluso se molestaba con su madre cuando ella interrumpía los cuentos, o corregía las mentiras.

— ¿Martín? ¿Qué opinas, te gusta? —preguntaba su madre, una y otra vez, y él solo podía asentir, mirándola desde el piso.

Parecía tan alta a su lado, pero cuando por fin alcanzaron la brillante tienda de su padre, se veía pequeña y lejana, demasiado lejos en comparación a lo cerca que se oía su voz cuando volvió a hablar.— ¿Martín? No hay nada ahí, hijo. Vámonos.

El escaparate estaba ahí, frente a él, lleno de cadenas y tesoros. Tenía ese retrato del niño que su padre decía que provocaba incendios, y también estaba el joyero que decía haberle comprado a un noble en su viaje a Europa. Estaba todo ahí, detrás del vidrio en el que Martín estaba apoyando las manos, sin embargo, su mamá no había dejado de caminar.

Ya ni siquiera se veía su silueta en el pasillo, pero Martín aún podía escuchar los tacones alejándose.

— Vámonos, Martín. Tu papá ya no va a venir.

La voz de su madre se escuchaba como un sollozo en sus oídos, Martín la buscó, pero ya no había nada, y cuando vuelvó la vista al vidrio, el escaparate era blanco, y había un gran letrero de arriendo en medio.

 


 

Martín despertó con una sensación desagradable en el cuerpo, pero no era nada novedoso, no desde que vivía encadenado en el baño de Francisca. A fin de cuentas, dormir en una bañera no podía estar bien, incluso si su cuerpo ya no sentía el frío de la misma forma.

Había intentado quemarse con el agua, pero tampoco parecía estar reaccionando al calor de la misma manera, ya ni siquiera se ponía rojo luego de estar sumergido en agua humeante, ni se arrugaba luego de quedarse ahí durante horas. Siempre estaba helado, pero no le daba frío, y las heridas desaparecían en cosa de segundos si se lastimaba forcejeando con las cadenas, como si Martín estuviese congelado en el tiempo.

Aún así, Francisca lo llenó de mantas y otras comodidades a la primera oportunidad que tuvo de meterse sin tener que confrontar los chillidos, patadas, puñetazos y mordiscos de Martín, a quién le gusta pretender que su falta de éxito tenía más que ver con su nueva condición que con su falta de experiencia peleando.

A decir verdad, luego de las primeras tres peleas serias, Martín había dejado de intentar escaparse; el recuerdo de oír sus huesos rompiéndose, y luego sentir como intentaban volver a alinearse por sí mismos aún estaba demasiado fresco en su mente como para querer enfrentarse de nuevo a Francisca.

Ella aún no se había dignado a ofrecerle una explicación específica de lo que le había hecho, pero Martín había visto suficientes películas como para deducirlo. Sí había quedado alguna duda, la había desechado rápidamente luego de que Francisca pasara de dejarle cuencos llenos de sangre en el lavamanos, a tirarle directamente el cuerpo inconsciente de algún vagabundo dentro del baño.

Martín no podía evitar arrugar la nariz cada vez que pensaba en eso, el olor a suciedad, grasa y sudor golpeándole con fuerza las fosas nasales incluso cuando sabía que solo era el recuerdo de la sensación. Sus sentidos se habían vuelto infinitamente más agudos desde que había vuelto a la vida, y no podía entender como es que ella podía soportarlos en primer lugar.

Se la imaginaba preguntándole a los ebrios en la calle si necesitaban un lugar para dormir, y golpeándolos en la cabeza apenas había logrado que cruzaran la puerta. Varias veces había pensado en buscarles otras heridas, quizá un chichón en la nuca, pero nunca tenía la paciencia para eso.

Aún sabiendo que eran personas, aún sabiendo que Francisca los había engañado para llevarlos a él, cuando los tenía enfrente, Martín nunca era lo suficientemente fuerte como para detenerse.

Imaginaba que si lograse que uno o dos lo ayudaran, podría reducir a Francisca y escaparse, pero sus instintos eran más grandes. La sed, eso es lo que Martín no podía combatir, incluso más que la fuerza sobrenatural de Francisca, o su velocidad, o su crueldad, era la sed lo que lo tenía amarrado a ese baño.

A veces, Francisca se sentaba del otro lado de la puerta y le recitaba todos y cada uno de los pecados de los hombres que le traía, hablando sobre las violaciones, los asesinatos o cualquier clase de abuso que hiciera parecer menos criminal lo que estaban haciendo. Martín veía los crímenes en su cabeza mientras se alimentaba, al comienzo había pensado que era sugestión, pero las imágenes y las sensaciones eran demasiado lúcidas como para ser solo eso.
Cada vez que mordía a uno de esos hombres, tenía la oportunidad de ver algo de ellos, los recuentos de Francisca a veces eran más suaves que la realidad.

Viéndolo así, no era tan difícil convencerse de que no estaba haciendo nada malo.

La forma en que Francisca pretendía ayudarlo a dejarse llevar por sus instintos le recordaba un poco a su padre, lo hacía pensar en las historias que contaba sobre las baratijas de su tienda para hacerlas más o menos valiosas a los ojos de sus clientes.

Francisca hacía que los crímenes parecieran más, o menos, terribles con sus recuentos de las vidas de los pobres diablos que le traía.

 


 

A veces, en vez de gritar o pelear, Martín simplemente se sentaba en la puerta a hablar con Francisca. Le contaba cosas irrelevantes sobre su vida, sobre el libro que estaba escribiendo, sobre el mes de renta que no había pagado antes de desaparecer de su departamento, riéndose entre dientes cuando imagina lo molesta que debe estar su casera.

Francisca se reía del otro lado de la pared mientras Martín explicaba que la señora María probablemente había pasado preguntarle a todos los residentes del edificio sobre el posible paradero de Martín.

— Nadie le va a decir que estoy viviendo en el baño de una psicópata —le dijo un día, medio riéndose de su suerte, y Francisca lo acompañó con una risa irónica y seca, más real que cualquiera de las que le había escuchado antes.

— La gente como nosotros no paga renta si no quiere —respondió ella, como quien no quiere la cosa, y Martín puso los ojos en blanco desde su lado de la puerta. — No te enojes, estoy siendo positiva —añadió luego de un silencio.

— ¿...Puedes leerme la mente?

El silencio se alargó un poco más después de eso, y Martín frunció el ceño, alejándose un poco de la puerta en espera de algún ruido distinto, algún ataque, algúnde que algun cuerpo inerte cayera dentro de su mundo de baldosas blancas. Cualquier cosa que explicara por qué su única conexión con el mundo se había callado de repente.

En medio de sus deseos de volver a escucharla hablar, se preguntó si así era como se sentía la gente con síndrome de Estocolmo. Hoy en día no encontraba nada atractivo ni amable en Francisca, y la sola idea de que pudiese desarrollar algún tipo de afecto por ella le parecía un chiste de mal gusto, pero no podía evitar pensar que por algún lado se tenía que empezar.

— No. —respondió ella por fin, suspirando.— No, no puedo.

— ¿Estabas intentandolo?

Francisca se rió, Martín incluso creyó escuchar unos golpecitos del otro lado, quizá eran sus piernas.

— Por supuesto. Usualmente no se puede, pero pensé que quizá eras especial —comentó, con un dejo de decepción en la voz.— Antes si podía, eras ruidoso.

— Si claro, sigue diciéndote eso, apuesto que solo querías espiarme porque soy el humano más bonito que has visto en tus, ¿qué? ¿Quinientos años? ¿Setecientos? —respondió, forzando un tono ligero.

Siempre es lo mismo con sus conversaciones, y aunque no quiere, Martín comienza a sentir como su pulso se acelera con la rabia, y sus hombros se tensan casi sin querer. Estaba intentando no molestarse, de verdad estaba intentando no pelear con ella, porque si empezaba a gritarle, Francisca se iba a ir.

Y si se iba, no iba a haber nadie con quien hablar.

Estaba demasiado aburrido de estar solo como para dejar que eso pasara. Y eso probablemente si era un sintoma estocolmo, aunque Martín no tenía forma de comprobarlo en ese momento.

— No eres mi tipo —respondió Francisca del otro lado de la puerta, claramente inconciente de su enojo.— Pero eres uno de los mejores humanos que pude encontrar.

— Qué romántico —dijo Martín, cerrando los ojos.— Sabés, Fran, esta no es una forma sana de tratar a la gente que te gusta. Cuando un hombre dice no, es no. —murmuró, intentando reírse sin mucho resultado.

— No recuerdo haberte escuchado decir que no.

— ¡Estar ebrio no es consentimiento! ¿No has visto la propaganda?

A esas alturas no sabía qué tanto de la indignación que escuchaba en su voz era cierta, ni qué tanto de la risa era una simple forma de intentar aligerar la conversación, y a juzgar por el silencio tenso a su alrededor, Francisca tampoco lo sabía con certeza.

Martín miró el pomo de la puerta sin pestañear, deseando con fuerza que Francisca entrara y pudieran deshacerse de la tensión peleando, a ver si esta noche finalmente lograba ganarle.

Francisca en cambio se limitó a suspirar, repitiendo una vez más que no había querido hacerle daño.

Esas palabras se sentían como una grabación a esas alturas, pero Francisca jamás dejaba de repetirlas, y dándole un par de palmaditas a la puerta, le prometió que iba a traer una cena que oliera a perfume esa noche.

Martín la escuchó irse, con el cuerpo tenso y los puños apretados hasta dejar un mapa de medias lunas hundidas en sus palmas. Quizá se dio un par de cabezazos contra la cerámica del baño, con la vaga idea de quedar inconciente hasta la próxima comida, aunque sabía que eso no iba a funcionar.

 


 

La noche que Francisca decidió entrar mientras Martín estaba comiendo, entiendió que jamás iba a existir un momento adecuado para escapar.

Casi no la había sentido entrar en realidad, el éxtasis de la sangre era así, capaz de transportarlo lejos con cada gota, los colmillos y dientes hundiéndose una y otra vez en la piel desgarrada, simplemente porque Martín aún no dominaba del todo la idea de que en realidad no necesitaba masticar la carne para extraer la sangre.

En ese momento todos sus sentidos existían para su víctima, sus oídos concentrados únicamente en oír los latidos del corazón debilitándose poco a poco, sus manos apretando la carne como si intentara exprimirlo, y su nariz hundida en el cuello, perdido en el olor a sangre y sudor. Debería haber sido repugnante, debería haberse sentido mal al respecto, pero esas ideas estaban muy lejos de él y su hambre.

Martín siempre sentía que se estaba muriendo de sed cuando comía, cada noche era lo mismo, y en medio de la amalgama de sensaciones confusas en su cuerpo, su mente estaba trabajando a mil kilómetros por hora para ofrecerle una mezcla confusa de los pensamientos y recuerdos de su víctima, como si fueran una película sin inicio ni final.

Ya ni siquiera sabía cuánto tiempo había pasado desde la transformación, contar las noches había parecido inútil luego de las primeras dos semanas, y sin luz era demasiado difícil diferenciar las horas del día; pero cuando Francisca lo mordió por segunda vez, fue como si hubiese vuelto a la primera noche de golpe, demasiado humano y demasiado confundido como para pelear.

Los colmillos de Francisca en su cuello dolían más que cualquier frío o cualquier quemadura que hubiese experimentado antes en su nueva piel, pero antes de saberlo, la sensación se estaba comenzando en un placer intoxicante, una corriente electrica que recorre todo su cuerpo en cosa de segundos, despertando un calor olvidado en su vientre, como si realmente pudiese volver a tener una erección ahora que está muerto. Martín ni siquiera se había planteado volver a sentir esa clase de placer después de su muerte, y recuperarlo de pronto, mientras está inmerso en el cuello de su víctima (aún tibio, aún pulsante), fue estímulo suficiente como para hacerlo olvidar todo lo demás.

En su mente estaba la imagen de Constanza, el pelo esparcido por la almohada y la boca a medio abrir, respirando entrecortado. Ojos brillantes y llenos de un montón de emociones que Martín jamás había querido decir en voz alta. Y de pronto, su pelo eran rizos, y estaba sobre él, con una cara desconocida, y colmillos asomándose entre sus labios. Recién cuando su víctima había quedado vacía, con la piel arrugada y grisácea, Martín logró encontrar la fuerza de voluntad para detenerse, lanzando el cuerpo inerte lejos de si mismo.

— ¿Qué estás haciendo? —gimió, incapaz de reconocer su propia voz. Sus colmillos aún estaban afuera, demasiado grandes para su boca, y la cabeza le daba vueltas en visiones demasiado rápidas como para reconocerlas.

Martín cerró los ojos con fuerza, intentando separar sus pensamientos de los de Francisca lo suficiente como para poder concentrarse en escapar, pero era demasiado difícil cuando los recuerdos y las sensaciones seguían llegando, una tras otra, a su consciente. Incluso creía que podía sentir el sabor de su propia sangre en la parte de atrás de su boca, solo por el eco de Francisca, pero no importaba cuantas veces apretara la garganta, no había nada que tragar.

El placer que le había producido la mordida iba más allá de lo que podía describir, y su erección estaba presionando contra la tela de sus pantalones, demasiado presente como para ignorarla, pero Martín estaba decidido a no dejarse llevar, y casi se sintió como una bendición cuando todo comenzó a volverse dolor, unos minutos después.

Francisca lo estaba secando, y Martín apenas tenía la fuerza necesaria como para patalear y arrancarle mechones de pelo a esas alturas.

Se preguntó, en ese intermedio entre la conciencia y la inconsciencia, si los vampiros podían morir por perder demasiada sangre, si acaso eso era lo que ella intentaba averiguar ahora. Martín no se lamentó ni le rogó que parara, incluso cuando comenzó a sentir que sus piernas y sus brazos se habían dormido, principalmente porque no tenía la fuerza para seguir forcejeando.

Su último pensamiento consciente fue preguntarse si ella estaba teniendo un orgasmo mientras lo mataba.

 


 

Martín despertó solo en el baño a la noche siguiente, y contrario a todo pronóstico, su primera reacción fue un quejarse en voz alta apenas entendió que, incluso luego de matarlo tres veces, Francisca no lo había matado en realidad.

Ya estaba harto de ese juego de morir y despertar, especialmente porque la situación cambiaba un poco con cada ocasión. Esa vez, por ejemplo, había despertado con las cuatro extremidades rotas, por algún motivo que decidió no intentar recordar. Francisca lo había hecho, obviamente, y ahora él tenía que esperar para sanar, más lento que de costumbre gracias a la falta de sangre.

Aún teniendo eso en consideración, se sentía más despierto que el día anterior. El malestar general y la falta de motivación simplemente eran el cansancio mental de morir muy seguido, supuso, volviendo a cerrar los ojos.

Martín intentó escuchar los ruidos del departamento en busca de alguna señal de Francisca, pero no había nada, y nadie intentó entrar al baño, incluso luego de que esperara tirado en el piso por horas.

— ¿Francisca? —preguntó, apenas en un susurro al comienzo, como si realmente no quisiera llamarla, pero un susurro se volvieron diez, y pronto estaba gritando de nuevo, los ojos cerrados con fuerza y la ligera sensación de que se ha vuelto un niño.— ¡Francisca! ¡Francisca, dónde estás, hija de puta!

No estaba seguro de cuanto había pasado desde que comenzó a gritar hasta que se quedó sin voz, pero en ese espacio había pasado por todos los insultos que conocía, en español neutro y argentino, y en la triste excusa de inglés que había aprendido en el colegio. Casi riéndose pensó que desearía conocer más palabras extranjeras, solo para poder decir que usó más de un lenguaje en su monólogo, pero no tenía nada más que una leve noción del Francés que le había intentado enseñar su madre en algún momento. Finalmente se durmió, cuatro o cinco horas más tarde, sin rastro de que alguien lo hubiese escuchado gritar.

Su último pensamiento consciente fue que, si alguna vez existió un buen momento para intentar huir, sería ahora, y aún así, con ese cuerpo y ese cansancio, seguía siendo imposible para él.

 


 

La tercera noche encontró a Martín aún tirado en el piso, quejándose casi continuamente, porque aparentemente los vampiros no podían morir de inanición. En vez de morir, como un humano, o al menos entrar en un estado de somnolencia, como sugerían las películas, todo lo que había ganado con el ayuno prolongado era un vacío profundo en el estómago, como si le hubiesen sacado algo, aún cuando sabía que estaba todo ahí.

Sus brazos y sus piernas habían sanado incluso con la falta de alimento, y Martín sabía que si quisiera podría levantarse y huir tan rápido como le dieran las piernas. Francisca y su fuerza descomunal no estaban ahí para detenerlo esta vez, así que incluso en su estado, tendría una opción. Podría desaparecer y volver a su departamento. Llamar a alguien y pedir ayuda. No sabía qué tipo de ayuda podías pedir cuando te habían vuelto una criatura mitológica, pero estaba relativamente dispuesto a descubrirlo.

Y aun así no se había levantado de la cerámica blanca en los últimos dos días. Había pasado las horas paseando la vista por el techo y los muebles que podía ver desde su posición original, preguntándose dónde habrían quedado todos esos cadáveres secos que le pasaba a Francisca al terminar de comer cada noche.

Se entretenía escuchando el rumor del exterior a través de sus sentidos mejorados. Con la habitación tan protegida, era difícil sentir con claridad el ruido de los pensamientos ajenos, o siquiera las voces de los transeúntes, pero sí podía percibir el zumbido de todos esos ruidos mezclados, volviéndose una masa inteligible que lo mantenía anclado a la realidad mientras descansaba de su no-vida, que contrario a todo lo que le habían enseñado las películas y los libros, había resultado ser más un problema que una maravilla sobrenatural llena de mujeres y hombres hermosos y sexo desenfrenado.

Casi sin querer se encontraba a si mismo pensando que ojalá tuviese a alguien a quién contarle ese descubrimiento, e incluso se permitió imaginarlo una o dos veces, suponiendo que es algo que Constanza habría disfrutado escuchar. De hecho, más de una vez se durmió sonriendo mientras lo imaginaba, seguro de que ella también tendría algunas palabras para Francisca si pudiese ver su aventura vampírica en la televisión.

Martín habría visto su propio programa de miserias, pero estaba seguro de que su antigua novia habría disfrutado cada capítulo, haciendo ruidos empáticos y caras afligidas frente a todos los dolores del protagonista.

Era un consuelo vago, escueto e insignificante frente a la realidad, pero era su mejor consuelo en ese momento.

 


 

Para lo que él suponía era su quinta noche solo, Martín ya estaba acostumbrado a la nueva dieta. Se había vuelto a parar, con su ropa de invierno algo manchada, pero aceptable si consideraba el hecho de que todo lo que iba a hacer era correr hasta su antiguo departamento, sin mirar a nadie, y sin matar a nadie.

A estas alturas, estaba seguro de que Francisca no iba a regresar más. Le gustaba imaginar que alguien allá afuera había estado de acuerdo con él en que el mundo no necesitaba esa clase de criaturas mitológicas en las calles y había decidido tomar el trabajo en sus manos; pero aún así no podía evitar imaginar que podía ser algún tipo de trampa, por lo que había pasado las últimas horas pegado a las paredes, intentando sentir algo.

Simplemente no quería arriesgarse a volver con todas las extremidades rotas al baño de cerámica blanca en el que había pasado las últimas dos semanas, si es que los cálculos no le fallaban. El tiempo pasaba de formas extrañas cuando tu habitación no tenía relojes ni ventanas, especialmente cuando todo lo que habías hecho durante ese tiempo era comer, dormir y morir en distinto orden y frecuencia cada vez.

Martín pasó las primeras horas de su plan de escape tirando de las cadenas con distintos grados de fuerza cada vez. Sabía, intelectualmente, que se había vuelto más fuerte desde la transformación, sabía también que era más rápido que en su vida humana, que su oído era más fino, y que sus reflejos habían mejorado considerablemente. Incluso sabía, de cierta forma, que debía ser capaz de leer las mentes, pero nada de esto parecía ser algo natural en él luego de la transformación.

No era como en los libros y las películas, y Martín no podía evitar sentirse engañado por el hecho de que todas esas tardes de su vida desperdiciadas viendo material sobre vampiros habían probado ser inútiles a la hora de transformarse en uno.

La primera vez que tiró de las cadenas seguía sintiéndose bastante humano en realidad, y evidentemente, el metal no se había roto. Pasó lo mismo la segunda y la tercera vez. En base a las capacidades de Francisca, podía suponer que el problema no venía de su sangre vampírica, sino de su cerebro, demasiado humano como para aprovechar los alcances de su cuerpo sobrenatural; como si aún no lograra asumir que tenía algo distinto (mientras tiraba de las cadenas, la cuarta y quinta vez, Martín se preguntaba si todos los vampiros eran iguales a Francisca, dejando botados a los nuevos para que se las arreglaran solos, sin darles siquiera una introducción a su nuevo estilo de vida).

El único momento en que realmente se había sentido distinto había sido mientras comía, y algunas veces mientras peleaba con Francisca, así que durante los siguientes intentos trató de concentrarse en eso: pensar en la sangre que no había probado desde hace días, en cada una de las víctimas que su creadora había traído para él, y todas las historias que habían acompañado esos cuerpos tibios y malolientes.

Para cuando logró romper el estanque del baño, con cadenas incluidas, Martín estaba demasiado ensimismado sonriéndole a sus manos libres como para pensar en continuar su plan.

Su nueva fuerza estaba ahí, y con ella venía el conocimiento de que quizá podría haberle hecho frente a Francisca si se hubiese concentrado lo suficiente. No necesitaba tener miedo de lo que había más allá del baño, porque ya no era el mismo que había muerto en ese lugar. Esa fuerza era la prueba de que ya no estaba indefenso frente al monstruo.

El también era el monstruo, y podía pelear.

Sus zapatos y una buena parte de la pierna de su pantalon estaban completamente mojados para cuando logró decidirse a continuar su plan. Martín se pasó las manos por el pelo, respirando profundo para calmar los latidos erráticos de su corazón, que aún parecía dispuesto a actuar como si estuviese vivo. Era reconfortante, de hecho, de la forma en que las cosas familiares podían serlo de vez en cuando: un lugar conocido, un olor que conociste cuando niño, y las funciones más básicas de tu cuerpo, aparentemente.

Podía matar a Francisca si lo estaba esperando. Podía pelear y morderla, y deshacerse del vacío en su estómago y su mente, todo al mismo tiempo.

Martín tomó el pomo de la puerta, repitiendose una y otra vez todo lo que podía hacer, todo lo que lo diferenciaba de una víctima ahora, y abrió la puerta, esperando ver el departamento desordenado de la primera noche.

En vez de eso, vio la silueta de Francisca y su cuerpo se movió antes de que decidiera qué iba a hacer.

Se lanzó hacia ella, empujando su cuerpo al piso antes de empezar a patear, morder y golpear sin una noción clara de dónde iba a parar cada ataque. Ese era el momento que había estado esperando desde que lo había encerrado, y el miedo se había mezclado con la rabia tan perfectamente que Martín no podía distinguir donde empezaba uno y acababa el otro.

Su única guía para saber que estaba haciendo algo de daño era el sonido de su puño conectando con la carne. Y era patético admitirlo, pero ese simple sonido era una de las cosas más satisfactorias que habían pasado su vida últimamente, así que Martín se regodeaba con cada golpe, empujando a Francisca con fuerza al piso cada vez que intentaba levantar los hombros, dispuesto a intentar matarla como un humano, eso al menos hasta que escuchó el quejido masculino de su víctima.

El transe de miedo y rabia en el que había caído se rompió de golpe, con ese simple sonido el mundo entero volvió a su estado normal, trayendo consigo el dolor de sus puños y su propia respiración entrecortada, tan desgastada que parecía quemarle el pecho con cada bocanada de aire. Se sentía como un animal cuando por fin miró a la persona que tenía bajo su cuerpo; se estaba tapando la cara con los brazos, pero Martín podía ver un par de mechones castaños cayendo desordenados en el piso. Era el mismo color que la larga melena de Francisca, pero no era su pelo, si es que necesitaba alguna otra confirmación además del simple hecho de que había atacado a un hombre, no una mujer.

Era como si el mundo hubiese vuelto a enfocarse de golpe, retomando los detalles que ahora hacían que su reacción pareciera estúpida. Ciertamente se sentía así, más aún cuando el intruso por fin dejó de cubrirse la cara, dedicándole una mirada que no parecía terminar de decidirse entre la molestia y la confusión.

Sus ojos eran del mismo tono que los de Francisca, pero no había nada familiar en la forma en que lo estaba mirando, mucho menos cuando por fin empezó a hablar, y sus palabras no tenían siquiera un poco de la usual dulzura falsa del vampiro.

— No soy Francisca. —dijo, frunciendo el ceño, y Martín le soltó los hombros, intentando recordar si le había gritado el nombre durante su ataque.— Y No quiero tener que hacerte daño, así que ya puedes salir de encima Martín.

Martín estaba seguro de que sin sangre en el cuerpo no podía ruborizarse, pero suponía que si tuviera la capacidad en ese momento, sus orejas estarían rojas de vergüenza. Cerró los ojos, respirando profundo antes de resignarse a que si, eso realmente había pasado y ahora tenía que levantarse con toda la dignidad que pudiese reunir, que para sorpresa de absolutamente nadie, no era demasiada.

Aún así, Martín se sacudió la ropa húmeda y manchada cuando se levantó, mirando a su alrededor con tanta casualidad como podía reunir.

— No te creo nada. —dijo por fin, cruzándose de brazos.

— No, obvio que no. —había una nota de diversión en ese suspiro, pero Martín eligió ignorarla. — Tampoco necesito que me creas, pero vine a sacarte. Felicitaciones —explicó, con más sarcasmo del estrictamente necesario.— Mi nombre es Manuel, y no, Francisca no me mandó.

— Yo no dije nada de ella.

— No, pero tus pensamientos son muy ruidosos. —respondió Manuel, haciendo una mueca mientras se volvía a acomodar el chaleco negro sobre el cuerpo. — Puedes ofenderte si quieres, pero en silencio. —añadió, tirándole un bolso a la cara.— Y come algo, si atacas a alguien cuando nos estemos yendo, te dejaré atrás.

El comienzo de esa frase se sintió irritantemente familiar, y le sentó como una patada en el estómago, como una de esas tantas que había recibido de Francisca de hecho, pero todo eso pasó a segundo plano luego de escuchar que podía comer. Era como si recién recordara que llevaba días muriéndose de hambre, y sus colmillos comenzaron a extenderse sin permiso, demasiado grandes para su boca cerrada.

No estaba seguro si había roto el cierre del bolso o no, recordaba vagamente que se había atascado a medio camino y Martín lo había empujado a tirones, cada vez más ansioso con el ligero aroma a plástico y sangre que salía del bolso. Su mente era como un túnel, y al final de la oscuridad no había espacio para los detalles insignificantes de cómo había llegado a la sangre. En medio del hielo había siete bolsitas heladas de sangre, y eso es más de lo que podría haber deseado en sus noches de mirar el techo blanco. Apenas y miró a Manuel para cerciorarse de que en realidad eran todas para él antes de comenzar a comérselas como podía, manchándose el cuello con los hillos de sangre que se le escapaban de la boca. Se sentía como un animal salvaje, pero al menos en ese momento, había cosas mucho más grandes en el mundo que la dignidad.

La sangre empaquetada tenía un sabor rancio y muerto, puede que lo estuviera imaginando, pero Martín también la sentía más densa en su boca, más metálica quizá. En esa sangre no había recuerdos ni sensaciones, y casi ni siquiera le quedaba olor, pero era más de lo que ha tenido en días, y a la bestia en su interior le bastaba para saciar el agujero en su cuerpo. Manuel había comenzado a moverse unos segundos luego de que Martín comenzara a comer, yendo de habitación en habitación y hablándole de vez en cuando, como si Martín no estuviese hundiendo su cara en un bolso lleno de sangre de hospital.

Pronto estaban en una extraña conversación donde Martín pensaba y Manuel respondía: pensamiento por pensamiento, iba comentando algo sobre todas las ideas cotidianas que le pasan por la cabeza, y las preguntas que lograban atravesar el mar de ideas irrelevantes. Era agradable, en cierto modo que Martín sólo podía explicar alegando que había pasado las últimas semanas encerrado en un baño.

Manuel le hablaba del clima, de política, de los diarios, donde había aparecido una reseña sobre su desaparición, con entrevistas a su ex-novia y sus amigos; de todo un poco, aunque no parecía estar realmente interesado en lo que estaba diciendo, y de vez en cuando tomaba pausas demasiado largas, en las cuales Martín dejaba de comer para mirarlo, considerando preguntar cuál era el problema, aún cuando ya había asumido que Manuel iba a comenzar a hablar antes de que la idea se solidificara en su cabeza.

No tenía una voz maravillosa, nada en Manuel era particularmente maravilloso en realidad, era alto y delgado, pero se encorvaba un poco y el chaleco que estaba usando era una o dos tallas más grande que él. Tenía un rostro bonito, su nariz era recta como la de Francisca, y no parecía tener más de veinte años, pero sus ojos estaban rodeados por ojeras, y parecían ausentes y cansados, como si solo esa parte de él hubiese envejecido. Incluso la conversación era monótona, unilateral, e innecesariamente sarcástica, pero era más de lo que Martín había tenido en semanas, y estaba dispuesto a pretender que era suficiente, al menos por el tiempo que fuera a durar.

La inspección de la basura de la sala se extendió y se extendió, hasta que Martín estaba seguro de que ha pasado más de media hora mirando a Manuel recoger y botar cosas. No había dicho nada al respecto, más porque aún tenía alguna que otra pregunta que hacer que por otra cosa, pero eventualmente todas las bolsas estaban secas e incluso Martín se había quedado sin preguntas para mantener viva la conversación.

Lo más sabio sería irse ahora, contentarse con pensar que quizá ese vampiro era el alma noble y ligeramente obsesiva que liberó al mundo del mal que era Francisca, y que por eso Martín le debía al menos la delicadeza de no hacerle ver lo estúpido que era ir a limpiar el departamento de tu víctima luego del asesinato; pero Martín jamás había sido acusado de ser sabio, y no iba a empezar luego de haber muerto.

— Flaco, no es por discriminar ni nada, pero... ¿Sos un ama de llaves a domicilio o algo así? —Manuel se paró en seco, a medio camino de su noble tarea de doblar y acomodar una polera de tirantes sobre uno de los tantos cerritos que había hecho sobre la mesa de café.

— ¿Qué?

— No sé, no te ofendás, pero te veo limpiando y tal...

El ruido que hizo Manuel no podría ser llamado una risa, era más bien una especie de bufido, pero tampoco le pareció lo suficientemente agresivo como para salir corriendo, así que Martín solo se quedó ahí, mirándolo con una media sonrisa en los labios y la insistente idea de que quizá había mucho más por decir antes de que el vampiro terminara de perder la paciencia con él.

— No, en serio, ¿Por qué estás limpiando? No creo que vaya a volver.

— ¿Y tú por qué no has intentado irte? —la pregunta lo pilló desprevenido, y su primera reacción fue pasar la mirada por sus manos y sus pies, estaba libre, manchado con algunas pintitas rojas y húmedas, pero libre a fin de cuentas.

Podía hacer lo que quisiera, ir donde quisiera, y aun así estaba ahí, sentado en el piso mirando a un desconocido limpiar su celda.

Esa revelación le pareció incluso más increíble que la existencia de los vampiros, y Martín casi sintió ganas de reírse en voz alta cuando lo pensó.

Estaba a medio camino de levantarse cuando escuchó su nombre. Un «¡Martín, espera!» que no estaba seguro de dónde había salido, porque se escuchó como si hubiese sonado dentro de su propio cerebro, con una voz áspera y ligeramente molesta que distaba de la suya.

Frente a él, Manuel ahogó un suspiro exasperado, pasándose ambas manos por el cabello hasta volverlo un revoltijo color caoba. Martín incluso creyó0 escucharlo insultarse a sí mismo sin mover los labios.

— ¿Fuiste vos? —preguntó, más para sí mismo que para Manuel. — Che, hácelo de nuevo ¿Puedo hablar yo en tu mente?

La mueca de Manuel lo haría avergonzarse en cualquier otro momento, pero ya era tarde, demasiado tarde. Era romper las cadenas del baño una vez más, y Martín sintió una emoción burbujeante en su pecho, esparciéndose por todo su cuerpo mientras intentaba volver a escuchar algo de la mente de Manuel, que parecía haberse cerrado de nuevo.

— Si, si puedes. —dijo Manuel, como ahogado, doblando otra polera con más cuidado del necesario.— Pero después, Martín, en la casa.

La emoción duró solo unos segundos, como todas las cosas buenas dentro del departamento de Francisca, era un fragmento de algo que no alcanzaba a completarse antes de detenerse en seco, aplastada por la expresión arrepentida de Manuel.

— ¿Qué casa? —murmuró bajito, y todo el mundo parecía haberse resumido a un cubículo de baldosas blancas en su mente.— No, no, flaco, yo me voy de acá, solo, a la mía.

Manuel suspiró como si estuviese botando el peso de todo el mundo en una respiración, como si la eternidad lo hubiese cansado ya hace varios años. Dio un paso hacia a Martín, sin hacer ruido ni soltar la tela en sus manos.

— No te puedes ir todavía, —dijo en un susurro, como si se acercara a un animal asustado. — Vuelve a sentarte, y luego podemos hablar.

— Que no puedo… ¿A vos qué te pasa? —gruñó Martín, sintiendo la rabia acumularse en su estómago, más consigo mismo que con el otro vampiro, a fin de cuentas, el único que aparentemente nunca terminaba de aprender la lección era él. — ¿Vas a encerrarme en la cocina ahora? ¿Un closet? ¡Ándate a la mierda! ¿Estás con ella en esto, verdad?

— Si. Ósea, no, mira... —Otro bufido exasperado, y en un abrir y cerrar de ojos tenía a Manuel en frente, tomándolo por los hombros. — Ella sí me mandó, pero yo no soy Francisca, ¿vale? No quiero raptarte, quiero que te vayas y hagas tus cosas. Es solo que... No puedo dejar que te vayas así nada más ¿Entiendes Martín?

— ¿En serio me estás preguntando?

Francisca era un coloso, una muralla realmente dura, concreto puro contra cualquier intento de derribarla. Manuel, en cambio, era de barro, y Martín casi estalló en carcajadas cuando logró conectar un rodillazo contra su estómago, saliendo disparado hacia la primera ventana que vio. No era el mejor de sus planes probablemente, pero no le importó. Solo tenía que correr tan lejos como pudiera, y todo iba a estar bien.

Chapter Text

El ruido de la calle era ensordecedor, y la luz de los autos y los faroles lo habían encandilado por unos segundos antes de que lograra recordar dónde estaba y por qué. No estaba perdido, no realmente, a fin de cuentas, Martín conocía esas calles como la palma de su mano luego de años que había pasado dependiendo de sus pies y el transporte público para desplazarse.

No, no estaba perdido, pero luego de la mordida el mundo se había vuelto nuevo, ficticio, con sus colores brillantes y las decenas de transeúntes que caminaban a esas horas por el centro. Todos estaban pensando algo distinto, o incluso tarareado melodías en su mente, como si el ruido de los motores y la gente hablando no fuesen suficiente. Algunos pensamientos se sentían más cerca que otros, Martín tenía la vaga idea de que quizá eran gritos reales, de hecho; pero la mayoría solo eran murmullos que se disolvían en un mar de sonidos sin sentido ni orden.

Aún con la desorientación que le había provocado cambiar el mundo de silencio del baño por la calle, Martín no tardó demasiado en descubrir que el ruido no era nada, en comparación a tener que pasar entre los grupos de gente que atravesaban las veredas, donde era imposible pasar sin rozar a alguien.

El olor de los cuerpos calientes pasando a su lado se sentía como un golpe, y casi sin darse cuenta sus colmillos habían comenzado a crecer dentro de su boca, dejando detrás la sensación incómoda de tener muchos dientes, y muy poco espacio.

Martín se pasó la manga de la polera que estaba trayendo una y otra vez por la boca entreabierta, porque incluso podía sentir la saliva deslizándose por las comisuras de sus labios. No estaba seguro si estaba realmente ahí o solo era una sensación, pero no quería arriesgarse. Estaba intentando aguantar la respiración, seguro de que probablemente no necesitaba el oxígeno, sin embargo, pronto se encontraba a si mismo inhalando aire institivamente, y respirar por la boca no era mucho mejor con lo mucho que estaba salivando a esas alturas.

Los cuerpos a su alrededor eran cálidos, y más que molestarse, Martín encontraba algo agradable en el contacto cada vez que alguien lo empujaba. La vida se colaba por las telas de su ropa, como si fuese algo tangible, provocándolo cada vez más. Nadie en esa calle tenía el tiempo ni el interés para mirarlo luego de los empujones, pero Martín sí. Veía caras, veía cuellos, veía comida en todos lados, hasta que su vista se había empezado a nublar con el hambre y el deseo.

Martín cerró los ojos con fuerza. Había comenzado a temblar en algún momento, y la manga se sentía húmeda y repugnante contra sus labios, pero no sabía como detenerlo.

Quería estar molesto, y maldecir la hora a la que se le ocurrió escapar, pero en el fondo, muy en el fondo de su mente, aún podía escuchar su propia voz alabando la sensación de la vida chocando una y otra vez con su cadáver.

Tenía tanta hambre.

Recordaba haber comido, la sensación de la sangre helada en su boca, y cada una de las bolsitas de sangre cayendo vacías en la alfombra del departamento, se había sentido satisfecho por primera vez en días, y sin embargo, ahora que estaba en medio de la gente el deseo eran tan grande que le costaba respirar. Ya no sabía de qué había estado escapando antes de llegar ahí.

¿A quién le importaba, en verdad, cómo había llegado ahí?

¿Dónde estaba yendo en primer lugar?

— ¿Oiga joven...? ¿Oiga, está bien?

Martín tenía la sensación de que llevaba mucho rato escuchando la misma pregunta, pero aun así se sorprendió cuando miró a la mujer frente a él.

Aún tenía la conciencia suficiente como para saber que eran los únicos en la calle, que había una especie de círculo deforme de gente a su alrededor, todos opinando algo distinto, o simplemente mirándolo como si fuera un fenómeno. Escuchaba distintivamente las voces de quienes estaban discutiendo que solo era un ebrio, que deberían empujarlo a un costado para no seguir estorbando, y sintió la rabia revolverse en su estómago. Si tan solo supieran qué era.

Qué estaba intentando evitar.

Otra gente le estaba preguntando a gritos a la mujer que tenía en frente, que si acaso lo conocía, que si acaso había un doctor presente: «¿Qué pasó?» —repetían los recién llegados, una y otra, y otra vez.

A Martín le hubiera gustado saberlo él mismo, en realidad.

La mujer en cuestión, la única que le había hablado directamente, no estaba demasiado cerca ni demasiado lejos, pero Martín podía ver las arrugas alrededor de sus ojos, y las miradas nerviosas que repartía entre él, la gente y la calle, como esperando un ataque sorpresa en cualquier momento. Incluso podía sentir algo de su preocupación fluyendo fuera de su cuerpo, como un golpe de aire caliente en su pecho, y en cualquier otra situación se habría reído, porque sabía cómo se veía a través de los ojos de esa señora, sabía cómo se sentía y lo apurada que estaba por volver a su casa, pero no tenía la más mínima idea de cómo terminó arrodillado en el piso en primer lugar.

— ¿Necesita ayuda, ‘mijo? ¿Quiere que llame a una ambulancia?

Su voz se escuchaba lejos para Martin, y era casi una bendición, porque aun siendo solo un murmullo parecía lo suficientemente fuerte como para apagar todos los demás ruidos de la calle.

En el mundo solo existían él y esa mujer que olía a colonia inglesa y fritura, entre muchos otros aromas que se mezclaban y se disolvían cada vez que Martín intentaba separarlos de esos dos. Debajo de las capas, Martín podía oler sudor, y jabón, y la empanada de queso que la mujer había comprado hace un rato probablemente, y aunque se le revolvió el estómago pensando en el deseo que le provocaba esa mezcla de olores, no pudo tragar con fuerza, apretando cada uno de sus musculos en la esperanza de que eso fuera suficiente para evitar saltarle encima.

Martín se levantó con las piernas temblorosas y las manos apretadas en puños cerrados, que ni siquiera pensó en alargarle a la señora para aceptar la ayuda. Trató de pensar en otra cosa, en Constanza, en sus padres, en la amenaza que lo estaba siguiendo, en cualquier otra cosa, pero todo lo que se le vino a la mente fue Francisca. Francisca mordiéndolo la primera vez, Francisca alimentándolo, Francisca y la sangre de los hombres que asesinó.

¿Cuántos días habían pasado?

La mujer estaba hablando de nuevo, pero Martín no podía escucharla. Tenía tanta hambre, el mundo parecía estar tambaleandose bajo sus pies cada vez que cerraba los ojos, y había garras en su estómago, destruyendo sus entrañas con cada segundo que desperdiciaba intentando recordar por qué no debería darse ese gusto, luego de todo lo que le había pasado ¿Por qué no comer lo que le estaban ofreciendo?

Ella quería ayudar. Y él tenía tanta hambre.

Tanta.

— ¿Joven...?

— ¡No, no lo toque! —Esa simple frase lo hizo abrir los ojos, lo suficientemente lúcido como para reconocer que en algún momento había tomado la muñeca de la mujer. Martín la soltó como si quemara.

Manuel se metió a la fuerza en el círculo de espectadores, sin siquiera mirar a los humanos alrededor. No se veía hambriento como él, ni tenía marca alguna de la pequeña pelea de hace un rato, y no por primera vez, Martín se preguntó qué estaba pasando cuando Manuel se puso entre él y la mujer.

—Perdón, señora, es que mi primo se pone agresivo cuando los extraños se acercan mucho. Estaba llevándolo al hospital, y se me perdió de vista.

— ¿Qué? —aún tenía hambre, y la voz en su cabeza aún le hablaba de la dicha que podría tener si tan solo se deshiciera de Manuel y terminara lo que no había alcanzado a empezar siquiera, pero ninguno de los dos impulsos le ganaba a la indignación que le estaba subiendo por el cuerpo mientras miraba a Manuel mentir en su nombre.

No podía saber si era parte del plan del otro vampiro, pero la mente de Manuel se abrió para él en ese momento, le mostró donde deberían ir y por qué no se iban a detener a cazar.

— Martín, qué gusto haberte encontrado a tiempo. —suspiró Manuel, todo sonrisas mientras tomaba su muñeca con tanta fuerza que Martín jurarvía que la única razón de que no se la estuviera rompiendo era el miedo a que la mujer, que ahora los miraba como si fueran dos perros salvajes, siguiera entrometiéndose en sus planes.

«No intentes nada. Antes estaba intentando ser amable. Esta vez, si tratas algo voy a matarte antes de que nos maten a los dos por tu culpa.» —La voz de Manuel en su mente era distinta a la que el moreno estaba usando para distraer a su (casi) presa. En el mundo real, Manuel sonaba amable y atento, incluso un poco tímido mientras le contaba, a una mujer cada vez más relajada, cómo había perdido a su primo esquizofrénico entre la multitud dos calles más abajo, y cómo había estado buscándolo desde hace casi una hora, muerto de preocupación. En la mente de Martín, en cambio, Manuel sonaba como un perro callejero enseñando los dientes justo antes de sacarle un pedazo de cara.

«Ya estoy muerto» —pensó Martín, poniendo su mejor esfuerzo en mandar el mensaje a la mente del otro vampiro, con el mejor tono sarcástico que podía crear en su cabeza.

No estaba seguro de que se pudiese ser sarcástico en la mente de otra persona, de hecho, ni siquiera sabía si la respuesta le había llegado al vampiro. Todo lo que sabía es que el agarre en su muñeca se volvió un poco más doloroso, y que, aunque la vocesita en su cabeza seguía empeñada en comerse a toda la gente que estaba caminando por Santo Domingo a esa hora, y sus colmillos aún se sentían algo más grandes de lo que deberían ser, no tenía ganas de arriesgarse a descubrir si la amenaza de Manuel era real o no.

No pasó mucho antes de que el resto de los transeúntes se aburrieran del espectáculo, disolviendo el público hasta que solo eran dos personas paradas en la vereda de una calle, hablando de cualquier cosa. Martín no había estado prestando atención, bien podrían estar hablando de asesinatos, secuestros y criaturas míticas, o del clima durante los últimos meses, en realidad no le interesaba. Manuel le había hecho algo a la mujer, no estaba seguro de qué había sido, pero donde había habido aprensión, ahora había tranquilidad y una extraña inclinación por compartir todos los pormenores de su vida, su familia y su trabajo.

— Vete a casa ahora, y no mires hacia atrás. Tus hijos te están esperando. —dijo Manuel. No sonaba particularmente simpático, ni siquiera amable, más bien, sonaba como una autoridad en esa última frase, y la mujer simplemente se había ido, sonriendo tranquila, con los hombros relajados y la mano que antes apretaba su cartera tan suelta, que se podrían caer todas sus cosas y probablemente no lo notaría.

— No debiste salir así del departamento si aún tenías tanta hambre. —siseó Manuel una vez la mujer estuvo a unos metros de ellos.— Vas a morir en menos de un mes si te quedas solo —suspiró, bajito, tan bajo que Martín no podía asegurar que lo hubiera escuchado con sus oídos y no con su mente.

— ¡No la iba a morder! Solo me caí y… ella me quería ayudar —dijo Martín entre dientes. Se sentía como una mentira en sus propios oídos, y Manuel solo puso los ojos en blanco, dándole un solo tirón a su mano para hacerlo andar. — Oye, oye... suéltame, puedo caminar solo.

Manuel no se dignó a responder por todo el resto del camino. No corrió, ni saltó, ni hizo nada particularmente sobrenatural, en realidad, Manuel solo siguió caminando en silencio, tirando de su muñeca como si llevara arrastrando un bolso o un saco de papas, y después de un rato, Martín se encontró a sí mismo siguiéndole el paso.

 


 

 

Tres calles más abajo, Manuel lo hizo detenerse de golpe, y lo pegó contra la pared con tanta fuerza que Martín soltó un jadeo de dolor. El vampiro tenía las manos en sus hombros, apretando como si fueran garras, y Martín creyó ver la mirada de Francisca en su cara, los mismos ojos con los que lo había mirado justo antes de morderlo por segunda vez. Sabía que era rídiculo, pero su corazón se aceleró de todas maneras, bombeando como loco la sangre que había comido hace unas horas.

Ni siquiera había visto la cara de Francisca mientras lo mordía, no había manera en que pudiese saber cómo se había visto.

— Vas a cazar al ebrio que está durmiendo en el paradero. Solo ese único hombre. Si intentas ir por más, tendré que cazarte y arrastrarte a algún lugar donde no vayas a dar problemas ¿Entiendes? —dijo Manuel, tan cerca de su rostro que Martín podía sentir su aliento helado golpeándole la piel.— Es un violador, como los que le gusta cazar a Francisca, así que supongo que no vas a tener problemas morales ¿verdad? No es que fueras a tenerlos con la señora, pero no quiero saber nada de arrepentimiento luego de esto. Si mi palabra no te basta, ve sus crímenes, a fin de cuentas, puedes hacerlo tú mismo.

— ¿Sí?

El tiempo pareció arrastrarse entre ellos por minutos, aunque no habían pasado más de cinco segundos antes de que Manuel se alejara, frunciendo el ceño y olvidando por completo su pose amenazadora y todo el teatro que había puesto en su última frase(en el fondo, muy en el fondo, Martín estaba agradecido por eso).

— ¿Eso es una pregunta?

— ¿No? —respondió el rubio, igual de inseguro que la primera vez. No es que Manuel y su falta de expresión lo estuviesen ayudando en verdad — ¡No sé, pelotudo! Francisca cazaba todo por mi. No veía las mentes de nadie hasta que ya estaba bebiendo, encerrado en el baño de una psicópata —grunó bajito, desviando la mirada.

Estaba preparado para sacarse a Manuel de encima a la fuerza si era necesario, tan sólo para mantener la sombra de su dignidad antes de que acabara la noche, pero antes de poder intentarlo siquiera, la presión en sus hombros había desaparecido, dejando detrás solo el recuerdo del dolor.

Manuel suspiraba como si el mundo fuese más de lo que podía aguantar, tan irritante que era un castigo estar ahí. Martín reconocía el gesto, pero no era porque pudiese leer su mente, era porque lo había visto tantas veces en su madre que incluso ahora el sonido era suficiente para quitarle todo el fuego de adentro.

— ¿Quieres que vaya yo en tu lugar?

— ¿Qué…? ¡No! ¡No, qué te pasa! Yo puedo hacerlo sólo. Uno nomás, el ebrio violador, ¿cierto? Si, ya, quédate acá.
Si Manuel había intentado decirle algo, Martín no lo había escuchado. Esta era su vida ahora, y no necesitaba que nadie lo cuidara mientras intentaba vivirla. Si ellos podían, Francisca, Manuel, y quizá cuantos más, seguramente él también debía poder.

El hambre no era la misma cuando estaba solo con el cuerpo de su víctima inconsciente al frente, roncando ruidosamente en medio de su ebriedad. El impulso de beber estaba ahí, por supuesto, pero no era nada en comparación con a lo que había pasado en la calle unas horas antes.

El extraño olía a sudor, a ron y a tabaco, más que cualquier otra cosa. Martín aspiró profundo por la nariz, dejando que la peste lo inundara. Sus colmillos, como siempre, fueron los primeros en reaccionar, incluso si el rostro sucio y rechoncho de su víctima le daba ganas de volver y decirle a Manuel que no tenía hambre después de todo, Martín sabía que era una mentira. No importaba lo repugnante que fuera para su mente, su cuerpo estaba ansioso por recibir sangre fresca.

Martín tomó al extraño por los hombros y cerrando los ojos, hundió sus dientes en su cuello, una y otra vez.

Le gustaba imaginar que estaba comiendo carne, que la sangre que había comenzado a inundar su boca era de una vaca, no de un hombre, incluso si su mente estaba plagada de ese hombre. Ese hombre y su infancia, ese hombre y su familia, ese hombre y sus crímenes; su esposa en el piso, su hija inconsciente en la cama.

Francisca siempre llevaba esa clase de presas, y Martín nunca se sintió mal por morderlos, siempre le sonó a algo que se merecían, aunque no estaba seguro si lo merecían por sus crímenes o por caer en las trampas de Francisca.
Incluso ahora, no había espacio para el remordimiento, estaba extasiado.

La sangre fluía dentro de él como si fuera suya, fresca y tibia. Cada fibra de su ser parecía estarse renovando en ese momento, y en su mente, mezclada con los recuerdos de la sangre, Martín podía escuchar una voz; recordandole que en realidad le importaba matar gente para comer. Él era el monstruo, no le habría importado si hubiese sido la niña abusada, la señora en la calle, o Constanza, energética y tan viva que probablemente sería la mejor comida hasta el momento. Seguramente olería a perfume, y pelearía, no como el ebrio, que había perdido la fuerza para apretarle los brazos luego de los primeros minutos.

Él era el monstruo, y Constanza lo entendería.

La buscaría, la comería, no tenía por qué importarle. Solo necesitaba seguir comiendo.

Podía vivir de ella.

«Basta»

Cuando abrió los ojos, Martín tenía una mano sobre sus hombros, apretando con más fuerza de la necesaria, y un cadáver seco y destrozado en sus brazos. No sabía en qué momento había cerrado los ojos, ni sabía cuándo exactamente había decidido dislocarle los hombros a su presa, todo lo que sabía es que podía sentir la humedad de la sangre en su cuello y su ropa, y frente a él, la piel de su víctima estaba destrozada desde el hombro hasta parte de la cara, la carne expuesta estaba seca, marchita y lista para ser devorada por cualquier parásito que pueda soportar mirar.

Ciertamente no era el caso de Martín.

— Está bien, suéltalo, yo me encargo —dijo Manuel, soltándole los hombros— No vayas a vomitar lo que comiste.

— ¿Puedo?

Manuel lo miró con una expresión extraña, algo en medio de la diversión y la apatía.

— No lo sé, nunca me ha pasado. —Manuel no estaba sonriendo cuando le quitó el cadáver de las manos, pero su voz sonaba parecida a una risa cuando volvió a hablar.— No es mi tipo de experimento.

 


 

 

Cuando por fin se detuvieron frente a su antiguo edificio algunas horas más tarde, Martín no pudo evitar imaginar que esta era alguna clase de broma cruel del vampiro, que iban a entrar y de alguna forma iba a volverse Francisca, que iban a entrar y Martín iba terminar viviendo en otro baño, o una cocina quizá.

No estaba cansado, pero aun así, Martín entretuvo la idea de cambiarse de ropa, acurrucarse en la cama y olvidar todo el día. Quizá todo el año de hecho.

Todo. Eso estaría bien, olvidarlo todo y comenzar de nuevo, en vez de tener que entrar al complejo de tres habitaciones que en algún momento había sido su hogar, y enfrentarse a la posibilidad de que alguien más intentase quitárselo.

— ¿Es una broma? —preguntó, escuchando la irritación de su voz como si fuese una inflexión falsa. Como el suspiro dramático de Manuel, y la voz dulce de Francisca.

Quizá eso venía con el paquete de ser un chupasangre, aunque no se atrevía a comentarlo en voz alta, no en ese momento al menos. Más bien, quería darse media vuelta y esperar en la calle a que comenzara el día, a ver si lo que había visto en los libros y las películas tenía algo de cierto.

Manuel, en cambio, se encogió de hombros y le señaló con la cabeza hacia la entrada, empujándolo suavemente por los hombros. Al menos eso había mejorado con las horas, Martín no sabía por qué, pero luego de que Manuel se deshiciera del cadáver, había estado silencioso y suave, sin amenazas ni apretones ni nada, guíandolo por los callejones de Santiago solo con gestos y uno que otro comentario.

Entrar al departamento se sentía como un peso increíble sobre su espalda, como si toda la noche le hubiese caído encima de repente, con la ayuda de una señora que no asesinó, y el cadáver de un ebrio al que sí asesinó pesándole en la mente. Martín cerró los ojos con la espalda apoyada en la puerta y la mano aún en el picaporte, respirando hondo varias veces antes de continuar su camino por la sala y la cocina.

Sus muebles aún estaban ahí, con una fina capa de polvo en todo, incluso el lavatorio parecía haber comenzado a juntarlo, y casi sintió ganas de reírse, porque aunque quería culpar de esto a las últimas semanas, sabía bien que al menos la mitad del mal estado de su hogar tenía que ver con él mismo, con días y días de no levantarse para nada más que escribir algún artículo falso que entregarle al editor del periódico, o tardes enteras de solo leer, comiendo apenas lo suficiente para no sentir dolor en el estómago.

El reloj en su pared marcaba las cuatro de la mañana, y Martín simplemente estaba demasiado cansado para esto. Solo quería dejarse caer en el piso y olvidarse de todo, ¿pero cómo podría? Iba a tener que buscar otro lugar donde quedarse apenas la vieja lograra arrendarle el departamento a alguien más. Mañana en la noche iba a tener que cazar de nuevo, y deshacerse de otro cuerpo seco y roto por su hambre.

Mañana iba a pasar todo de nuevo y solo pensar en eso era suficiente para traer su rabia, y cada una de las palabras de Francisca a través de la puerta, de regreso.

El suspiro de Manuel lo trajo de regreso a la realidad, principalmente porque estaba seguro de haber entrado con Manuel siguiéndolo de cerca, y de pronto el ruido se escuchaba lejos de él, fuera de la habitación incluso. No estaba seguro en qué momento había pasado, pero cuando se asomó, Manuel estaba frente a la habitación principal con los labios apretados y una selección de todas sus revistas y periódicos en ambos brazos.

— Voy a tapar la ventana de tu pieza para que pasemos el día aquí —dijo, mirando con una ceja enarcada la cama deshecha y los libros, camisas y pantalones esparcidos por el piso y los muebles.— El baño sería más fácil claro, pero supuse que preferirías otro lugar —añadió mirándolo por el rabillo del ojo, con apenas el fantasma de una sonrisa en los labios, antes de continuar su camino dentro de la habitación.

A Martín le tomó unos segundos demás recuperar el movimiento de sus extremidades después de eso, y para cuando recordó que podía moverse, tenía indignación suficiente como para seguir a Manuel, mascullando todos los insultos que se le venían a la mente, porque aparentemente, ese comentario era la gota que rebalsaba el vaso de su noche.

— ¿Lo del baño te parece gracioso, verdad, hijo de puta? ¡Estuve encerrado más de una semana! ¡En un baño! —siseó, pisando innecesariamente fuerte mientras se acercaba a Manuel, que está pegando revistas y periódicos en la ventana doble de su habitación, como si fuese lo más normal del mundo.— ¡Mi departamento está abandonado, y probablemente en los anuncios de arriendo, porque no supe distinguir la diferencia entre una mujer ebria y un monstruo! ¡Incluso si no hubiera ventanas aquí, no me puedo quedar boludo! ¡Ni siquiera sé para qué pierdes tu tiempo tapándolas! —no planeaba gritar, pero de repente estaba ahí, subiendo un poco más el volúmen con cada alegato.

Toda la situación le recordaba vagamente sus primeras noches con Francisca, y eso es suficiente para desenvolver un mar de recuerdos de cerámica blanca y sangre y dolor en los codos y las rodillas, y Martín podía jurar que no había llorado en años. Ni siquiera había llorado cuando su padre murió, pero podría, podría hacerlo en ese mismo momento, y eso solo sirvió para aumentar el calor que le estaba subiendo por el estómago.

— ¡Anda, ríete ahora! ¡Ríete, pelotudo, estoy esperando!

Para cuando terminó de gritar, estaba seguro de que la vieja dueña del departamento o sus vecinos iban a aparecer en su puerta. Estaba seguro de que tendría que comérselos, dejarlos como el ebrio, y entonces Manuel haría un comentario sobre cómo podía comer solo una persona esa noche, mientras cargaba los cuerpos sin esfuerzo alguno; sin embargo, no pasó nada de eso. Nadie apareció, y el vampiro ni siquiera detuvo su trabajo en las ventanas para mirarlo, solo siguió tapizando el vidrio, con capas y capas de papel brillante en algunos lados, y trazos opacos y grisáceos en otros.

Cierta parte de su mente podía reconocer la importancia de tapar las ventanas, que las cortinas nada más no iban a ser suficiente, pero Martín prefería ignorarlo, simplemente porque ver a Manuel adaptando su hogar para la aberración en la que se había transformado le ayudaba a mantener el enojo por encima del cansancio que llevaba acumulando desde hace algunas horas.

— ¡No te atrevas a ignorarme…!

Martín tomó el hombro de Manuel, volteandolo con más fuerza de la necesaria. Tenía el ceño fruncido, y la boca apretada en una línea pálida que Martín no sabía interpretar. Parecía más confundido que molesto, al menos, y eso fue suficiente para que Martín decidiera callarse el insulto que tenía en la punta de la lengua.

— Lo sé, Martín. Si recuerdas que te fui a buscar, ¿verdad? No quería ofenderte. —dijo Manuel, claramente incómodo, antes de desviar la mirada al vidrio.— Pero igual tengo que tapar las ventanas.

El trabajo en la ventana continuó en silencio por al menos media hora más hasta que Manuel estaba satisfecho. Había puesto todas las revistas, todos los periódicos, bolsas y telas sueltas que logró encontrar, para luego correr las cortinas encima del desastre. En cualquier otro momento, Martín se habría reído de la exageración del otro vampiro, pero al final, ni siquiera eso bastaba para sacarlo de su malhumor.

No es que Manuel estuviese intentando hacer las paces tampoco, no le había hablado en todo ese rato y tampoco se había detenido luego de terminar la ventana, de hecho, inmediatamente luego de terminar, salió de la habitación a hacer quizá qué mientras Martín se quedaba ahí, intentando dormir una siesta de noche.

Naturalmente, no había tenido mucho éxito en ese plan. Martín estaba cansado, legítimamente cansado, pero aún así no podía dormir, no importaba lo mucho que se forzara a mantener los ojos cerrados. Al final, conciente de que solo podía esperar a que su cuerpo siguiera el ciclo natural, Martín se había acostado de todas formas, dandose vueltas una y otra vez sobre el colchón, hasta enredar toda la ropa de cama bajo él con sus patadas y sus vanos intentos por acomodarse.

No abrió los ojos cuando escuchó la puerta cerrarse, tampoco cuando sintió el peso de otra persona hundiendo el lado izquierdo del colchón. Incluso resistió el impulso luego de que sintió una mano helada y dura en su hombro, decidido a que, incluso si no podía dormir, podía pretender que lo estaba haciendo.

Martín pensó que lo había convencido cuando dejó de sentir la mano de Manuel en su hombro, y se está relajando incluso cuando siente la cerámica caliente en su mejilla.

Decía mucho de los reflejos de Manuel que Martín no hubiera botado la taza con un manotazo, especialmente porque cuando Martín lo miró, el vampiro ya estaba lejos de la cama, mirándolo con ambas cejas enarcadas y la boca medio abierta en un «Oh» que no sonaba a sorpresa.

— ¿Qué mierda te pasa?

— Perdón. —respondió Manuel, aunque no sonaba exactamente arrepentido cuando se volvió a sentar en la cama, pasándole una de las tazas con más cuidado del necesario.— Trata de no botarla, te va a doler igual que a cualquier otra persona si te quemas con agua hervida.

— Té —murmuró Martín, mirándolo incrédulo.— ¿De verdad?

— Si, había una caja en tu cocina.

— Hiciste té… Nos hiciste té —repitió Martín, levantando la mirada lentamente hacia Manuel, que está soplando la taza como si nada.

— Si, Martín, nos hice té. —Manuel tuvo el descaro de mirar a Martín como si fuera la persona más tonta en el planeta mientras hablaba, y todo era tan extraño que el rubio ni siquiera logró encontrar la voluntad de ofenderse por eso— ¿No te gusta? El agua debe seguir caliente, podría hacerte un café si quieres.

Lo siguiente que supo, es que se estaba riendo, con una mano firmemente apretada en torno a la taza, y la otra arrugando las sábanas con más fuerza de la necesaria. Su propia risa le parecía algo ajeno, pero no por eso se iba a detener, no podía detenerse en realidad, y cuando se arriesgó a levantar la mirada hacia Manuel, lo vio fruncir el ceño, con la confusión tan clara en el rostro que Martín terminó riendo más y más fuerte.

Para cuando Martín logró controlarse, Manuel ya estaba echado en la cama, con la taza en los labios y los ojos cerrados. Era una burla a todo lo que fue la vida de Martín antes de Francisca, pero el rubio estaba dispuesto a aceptarlo, oliendo el té como si fuera a beberlo, y dejando que el vapor le humedeciera la cara y el flequillo.

—Pensé que finalmente había sido demasiado para ti e iba a tener que escucharte reír por siempre. —murmuró Manuel, rompiendo el silencio como si jamás hubiera estado en primer lugar. Tenía una mueca en los labios, y la nariz arrugada en claro disgusto, pero no hizo ningún otro comentario cuando Martín se apoyó en la cabecera, aun sonriendo para sí mismo.

— Mm, qué simpático. —dijo Martín, poniendo los ojos en blanco, aunque seguía sonriendo mientras movía el líquido de un lado al otro. — ¿Por qué hiciste té? Creí que los vampiros no comían.

Apenas si alcanzó a ver la mueca que hizo Manuel cuando lo escuchó, antes de que el vampiro volviera a su expresión neutral, encogiéndose de hombros mientras daba un sorbo a su taza, como probando lo equivocado que está Martín respecto a todo.

Era irritante.

— Que no vaya a satisfacer tu hambre no significa que no puedas comerlo —murmuró Manuel, con una sonrisa que parece fuera de lugar en su voz. Había sido apenas un resoplido, pero llamó la atención de Martín mejor que cualquier otra cosa, y cuando el moreno vuelvió a hablar, lo hizo con la sombra de una sonrisa tirando de la comisura de sus labios.— Me gusta el té, siempre me ha gustado en verdad, y luego de la transformación me sigue gustando. No va a hacer nada bueno por mí, no hidrata, ni quita el hambre, pero tampoco hace nada malo.

Martín se acercó la taza a la boca con más cuidado del necesario, esperando que pasara algo. A pesar de las palabras de Manuel, esperaba que le disgustara o le quemara, o quizá que doliera luego de tragar el primer sorbo, pero Martín traga el primero, y el segundo, y el tercer sorbo de líquido sin ningún problema. El té se sentía cálido en su boca, y era extrañamente reconfortante luego de tanto tiempo, incluso si estaba algo más amargo de lo que él acostumbraba hacerlo.

Sentir el líquido bajando por su garganta incluso le arrancó un suspiro satisfecho cuando volvió a apoyar la taza en su regazo, con ambas manos envolviendo la cerámica.

Manuel no dijo nada cuando sus ojos se encontraron, y esta vez el silencio que se extendió entre ellos se sentía más como un acuerdo que como el resultado inevitable de su inusual presentación.

Martín no sabía cuanto tiempo había pasado realmente, pero Manuel esperó hasta que volviera a estar relajado y prácticamente cómodo antes de volver a hablar, mascullando una disculpa sin contexto.

En ese momento podía escuchar mejor la mente de Manuel, como si se hubiese abierto una puerta, sin embargo, lo que alcanzaba a percibir era apenas un murmullo, del que no podía entender nada más que la interpretación más simple de las emociones de su acompañante. Si los humanos de la calle habían parecido gritos, Manuel era tan silencioso que parecía el zumbido de la electricidad. De hecho, en su intento por penetrar la mente del vampiro, Martín se había encontrado a sí mismo pensando en la costa donde iba de vacaciones con su madre cuando niño, simplemente porque el departamento que arrendaban ahí estaba demasiado lejos de la costa misma como para llegar al mar a pie, y aún así no estaba lo suficientemente lejos como para dejar de oír el rumor de las olas a cada hora del día.

El murmullo que se estaba escapando de la mente de Manuel era así, solo un eco de algo más grande y profundo, incluso cuando había bajado la guardia.

Martín lo sintió dejar la taza en el velador, pero no se molestó en moverse ni abrir los ojos, demasiado somnoliento y tranquilo con sus comparaciones y su té como para molestarse en prestarle más atención de la necesaria.

— Perdón. —repitió Manuel, esta vez con más fuerza, y una pequeña nota irritada en su voz que hizo sonreír a Martín.

— Si, te quedó amargo, pero no es para disculparse che. Solo tienes que sacar la bolsita antes. Hay té y agua de sobra para que corrijas tus errores —respondió Martín, decidido a ignorar cualquier clase de conversación que siguiera después de eso. El reloj de su velador marcaba las seis de la mañana, y simplemente no tenía la energía para seguir preocupándose a esas alturas.

Claro que Manuel no lo entendería, incluso si Martín se diera la molestia de escribirlo y leérselo luego.

— Te pido perdón en nombre de Francisca, por todo lo que ha pasado, y lo que vaya a pasar ahora —explicó Manuel una vez más, destilando tensión desde su mente y su voz. Lucía frustrado, como si esa sola frase le hubiese costado un gran esfuerzo, y Martín sospechaba que así había sido, a juzgar por la postura recta de sus hombros y el hecho de que su boca era apenas una línea pálida de labios apretados en ese momento. Martín incluso creyó ver ver las manos del vampiro abriéndose y cerrándose en torno a las sabanas— Y lamento que no voy a poder dejarte ir y hacer lo que quieras hasta que no estemos seguros de que no vas a llamar la atención del príncipe. En serio lo siento por eso, pero si te descubren te matarían, y también a mi…

— Espera, espera un poco… ¿Por qué me estás pidiendo perdón en nombre de Francisca? ¿Qué saco yo con tener a un vampiro cualquiera disculpándose? No necesito eso, Manuel. —su propio suspiro se escuchaba excesivamente ruidoso en la habitación, incluso si ya podía comenzar a escuchar cómo la calle y el resto del edificio comenzaban a despertar a su alrededor.— Si tanto quieres hacerme sentir mejor, puedes decirme donde está, y yo mismo voy a ir a sacarle mucho más que una disculpa. ¡Antes no sabía usar mi fuerza! Pero ahora es otra historia, y somos dos, si vamos juntos podemos… ¿Por qué me mirás así? ¿Ella te da miedo? ¿Por eso estabas limpiando su departamento? —la pregunta salió de su boca antes de que alcanzara a pensarla siquiera, incapaz de evitar el tono burlón en sus palabras frente a la expresión sombría de Manuel.

— ¡No le tengo miedo! —siseó Manuel, apenas por encima de las risas de Martín. Su piel se veía menos blanca en ese momento, como si se estuviera ruborizado. — Deja de reírte Martín, ¿Qué edad tienes?

— No te pongas así, oh gran vampiro, está bien si le tienes miedo. Pero no deberías rebajarte a andar haciéndole la casa por eso.

— ¡Francisca es mi hermana menor, imbécil!

Martín intentó encontrar una buena respuesta a eso, pero todo lo que consigió fue un «oh» que lo desinfló por dentro. Ya habían sido suficientes sorpresas en un día, pero Manuel no parecía estar consciente de ello.

— Con mayor razón boludo, no deberías pedir disculpas por ella. —respondió Martín, por mantener su argumento más que nada. Manuel se rió a su lado, casi sin hacer ruido.

— Ya, perdón..

Manuel le siguió hablando hasta que se quedó dormido, Martín escuchó explicaciones vagas sobre la política de su mundo, sobre el príncipe que regía esa ciudad, sobre consejos y una reina. Manuel le había contado todo con un tono monótono y desinteresado que servía más como música de fondo, sin mencionar a Francisca ni una vez más.
A las nueve de la mañana, Martín era incapaz de hilar sus pensamientos, y había comenzado a perder cada vez más minutos de la conversación sin siquiera notarlo, Manuel estaba hablando sobre el príncipe, Manuel estaba hablando sobre un clan que vivía en Trinidad, Manuel estaba hablando sobre su casa en la carretera y un grupo de brujas, que podían o no, venir también de un lugar llamado Trinidad, Martín no estaba seguro.

— Es natural que estés cansado después de todo lo que pasó. No siempre es necesario, pero cuando estamos heridos, dormimos. Los neófitos duermen más, casi lo mismo que un humano al comienzo —comentó Manuel, encogiéndose de hombros como si no acabase de invadir su mente.— No sé por qué. Nadie habla de eso en los textos… Pero supongo que tu cuerpo sigue intentando adaptarse a la transformación, y por eso te hace dormir. Personalmente extraño poder dormir, han pasado años desde la última vez que…

Después de eso la voz de Manuel se había vuelto una bruma sin forma ni sentido, mezclada con el ruido de la calle, que ya había comenzado su día. Martín intentó escuchar y ver el ambiente que siempre había pasado por alto, especialmente ahora que su mundo era más que un cuarto de baño, pero apenas podía sentir el movimiento a su alrededor.

Estaba vagamente consiente de la luz que estaba intentando filtrarse a través de las capas y capas de papel que Manuel había puesto para protegerlos, pero eso era todo. De hecho, antes de cerrar los ojos por última vez, Martín estaba seguro de que incluso si el edificio se derrumbaba durante el día, él no iba a despertar.

Chapter Text

Los pasillos del edificio donde vivían siempre fueron angostos y largos, tan largos que incluso corriendo a Martín le tomaba al menos cinco minutos desde un extremo al otro.

Las paredes eran blancas y perfectas, tanto así que no se atrevía a tocarlas con los dedos cubiertos de barro, a fin de cuentas, su madre lo sabría, ella siempre sabía todo y Martín no quería provocarla de nuevo, seguro que lo regañaría frente al conserje, que era un viejo agrio y malintencionado, con un diente menos y la piel llena de manchitas café y pelos blancos. No, nunca más. Aún recordaba con rabia la última vez que el viejo tuvo la osadía de arrastrarlo hasta la puerta, hablando todo el tiempo en gruñidos inentendibles y apestosos.

No, Martín lo recordaba demasiado bien como para querer repetirlo, así que se esforzaba en correr justo por el medio del pasillo, afirmando con fuerza la pelota de fútbol bajo su brazo, y si estaba dejando caer algo de tierra a su paso, eso nadie se lo podía achacar a él después. Había otros niños en ese piso, eran pocos, porque solo había tres departamentos en todo el gran, gran piso, pero había otros como él.
Estaba Luciano, en el 405, y él podría llegar cubierto de barro ¿Por qué no? Martín estaba bastante dispuesto echarle la culpa, y cuando el viejo lo agarrara, se iba a reír hasta que le doliera la panza, justo detrás de su madre, donde nadie pudiera acusarlo de nada más.

Al final del pasillo estaba su puerta, con sus números dorados haciendo contraste con el tono oscuro de la madera y el blanco imposible de las paredes, sin embargo, Martín no lograba acercarse, ni siquiera corriendo a máxima velocidad. Corrió hasta que respirar le dolía y sus piernas parecían estar quemándose, pero la puerta solo seguía alejándose más y más de sus manos. En algún momento había soltado el balón, y ahora podía escucharlo rebotar en el piso, perdiéndose detrás de él.

En alguna parte del pasillo estaba el conserje, no lo había visto pero lo sabía, así como sabía que en el momento en que mirara hacia atrás iba a haber terminado la carrera.
Su respiración hacía eco en las paredes, y mientras más largo le parecía el pasillo, más angosto se iba volviendo, hasta que sus brazos podían rozar casi las paredes. Ya no le importaba si las estaba ensuciando con barro o con sangre, Martín solo quería llegar al final del pasillo, que de pronto parecía demasiado pequeño para él.
Lo último que sintió antes de alcanzar el pomo de la puerta fue una mano tirando de él.

Su grito apagó todos los demás sonidos de su caída, y de pronto no había pasillo.

Le ardían los codos y las rodillas, pero al menos estaba en su habitación, toda pintada de celeste y plagada de posters y juguetes. Su pelota estaba ahí también, en el canasto de siempre, rodeada de otros juguetes que casi ni recordaba, y sus zapatos cubiertos de barro estaban tirados en distintas partes de la habitación, con los cordones amarrados todavía.

Si se concentraba, incluso podía escuchar a su madre llamándolo desde afuera, tocando su puerta una, dos, tres veces antes de alejarse, el sonido de sus tacones marcando cada paso.

Lo único que no podía hacer encajar en todo el cuadro era él mismo. Sus manos adultas intentando hundirse en la alfombra a los pies de su cama.

 


 

 

Martín despertó con la cara cubierta por las sábanas, y tan envuelto en la ropa de cama que le tomó unos segundos lograr salir del capullo de tela, sólo para encontrarse a sí mismo acostado en su habitación, sin rastro alguno del paradero de Manuel.

El reloj marcaba las siete, pero ya no quedaba ninguna luz intentando filtrarse por su ventana, de hecho, Martín había despertado en un mundo oscuro y mucho más ordenado que cuando se fue a dormir. Incluso se permitió pasar los dedos por encima de los muebles que aún tenía, solo para descubrir que ya no había polvo en su departamento.

Ni siquiera intentó evitar la risa.

Manuel volvió a las diez, con un bolso lleno de paquetes de sangre y una mueca en sus labios. Para ese entonces Martín ya había tomado té, mate, café y había comido dulce de leche a cucharadas, simplemente porque estaba aburrido. No quería arriesgarse a repetir la experiencia del día anterior saliendo a la calle cuando Manuel no estaba para detenerlo; incluso si había pasado la primera hora de soledad frente a la puerta, sentado, caminando, comiendo, intentando decidir sin grandes resultados si valía la pena arriesgarse o no. Al final, la idea de comerse a alguien sin querer había sido suficiente como para mantenerlo en el departamento, sentado en la mesa de la cocina, masticando o bebiendo cualquier sustituto que pudiese encontrar.

Predeciblemente, Manuel no estaba del todo impresionado cuando vio la línea de bebidas y comidas que Martín había ido coleccionando durante la noche. Pero bueno, se habían conocido hace apenas una noche, e incluso así, Martín ya sabía que el vampiro no tenía la costumbre de estar de acuerdo con nada en realidad, así que no se iba a dejar amedrentar por la mirada irritada que le dirigió, ni la brusquedad con la que había dejado la bolsa sobre lo que quedaba de mesa libre.

— ¿Dónde fuiste? ¿Esa es la cena? —preguntó Martín, con una alegría que casi había olvidado, solo para ver la expresión de Manuel decaer un poco más.— ¿Qué es esa cara Manuel? ¿Es por el desorden? —preguntó de nuevo, incapaz de detener la gran sonrisa que se formó en su cara cuando vio la expresión de Manuel volverse una mueca de dolor mal disimulado, acompañada de bufido que apenas se podía escuchar.

La mueca había desaparecido tan rápido como había aparecido, y en su reemplazo estaban los labios apretados, las cejas fruncidas y los hombros rectos que ya se había acostumbrado a ver con el poco tiempo que habían pasado juntos. Era poco, en realidad, pero cada día le parecía una eternidad desde que Francisca lo había mordido.

— Fui a ver a un amigo. En unos días nos llevará a mi casa, y con algo de suerte, el príncipe se olvidará de ti. —Manuel no parecía especialmente esperanzado cuando se sentó frente a él, pero Martín decidió ignorarlo en favor de cortar su sandwich por la mitad, con la vaga idea de ofrecerle una parte al vampiro. — ¿Martín... por qué mierda haces comida?

— ¿Por qué? ¿Por la misma razón que vos hacés té?

— No, no es lo mismo. El líquido solo pasa y... ¿Estuviste comiendo sólidos, no?

— ¿No todavía?

Antes de saberlo, el sandwich en sus manos estaba en las de Manuel, y luego en el basurero. Todo había sido tan rápido que a Martín le estaba costando trabajo estar enojado al respecto. Sabía que había visto a Manuel hacerlo, que sus ojos habían seguido los movimientos, y que una parte de su mente intentó defender su comida, sin embargo, su cerebro aún se demoraba demasiado en alcanzar la velocidad de sus sentidos, dejándolo más confundido que si tan solo hubiese sido un humano cualquiera.

— No podemos comer ¿vale? No de esa forma. Quizá carne cruda, quizá puedes mascar un poco, ¿pero comer como los humanos? No, no. Tienes suerte de que no te esté obligando a vomitar, Martín.
Manuel sacó una bolsa roja y helada, prácticamente presionándola contra las manos de Martín, como si eso fuese a cambiar esos últimos minutos que Martín había pasado fantaseando con la idea de comer sólidos de nuevo.

— ¿Por qué no? ¿Qué es lo que pasa si como?

A Manuel le tomó unos minutos de más responder, y Martín se encontró a si mismo parado frente a él, solo para no tener que mirarlo hacia arriba, con la bolsa de sangre olvidada en la mesa. No era importante, nada de eso era realmente importante, y lo sabía, pero aun así estaba ahí, apretando los puños mientras esperaba una respuesta, resintiendo cómo la mirada de Manuel se desvió hacia el piso después de un rato.

— Es incómodo —respondió Manuel.— Tu estómago no está preparado para procesar la comida Martín, tus órganos están muertos. Si comes, se acumula hasta que cae por peso y luego…, bueno, es desagradable, y en mi casa no hay baños.

— ¿Lo probaste?

— Mi maestra me lo mostró —siseó Manuel, devolviéndole la mirada con una intensidad que Martín no había visto antes, para luego suspirar, alejándose un par de pasos.— Pero no lo probé yo mismo.

— Y cómo vamos a saberlo si no lo intentamos, quizá no es tan terrible.

— ¡No se puede, hueón! No voy a experimentar en mí mismo, y tú tampoco deberías.

— ¡Muy tarde! –gruñó Martín, tomando un pedazo de pan y metiéndoselo a la boca, solo para probar su punto. Sus colmillos salieron en la primera mordida, haciendo que masticar fuese incómodo, pero no imposible.
Manuel ni siquiera intentó reprimir la mueca de asco mientras lo miraba.

Enojarse con Manuel era fácil, era algo que simplemente pasaba sin ninguna razón. Luego de la primera noche, Martín creía que podrían pelear sobre el color del cielo durante horas, o discutir si la sangre congelada estaba realmente fría o no, todo por el gusto de pelear. Pero ese no era el problema, el problema es que arrepentirse de su enojo era aún más fácil que enojarse en primer lugar, y para cuando Manuel lo sacó a cazar, Martín ya no entendía por qué se había enojado tanto en primer lugar.

Su único consuelo era que Manuel parecía no saberlo tampoco, y a pesar de las quejas de Martín, le había pedido disculpas antes de salir del departamento, sin explicar el por qué. Martín había sonreído para sus adentros, avergonzado de todo lo que había pasado, para luego seguirlo, convencido de que iban a pelear de nuevo cuando volvieran a entrar al departamento.
Su cuerpo no rechazó exactamente el pedazo de pan, había ruidos, y cierta incomodidad en la base de su estómago, pero no había pasado nada, excepto por la hora y media que había pasado tratando de expulsarlo a la noche siguiente.

 


 

 

El resto de las noches en su departamento se le escaparon entre los dedos de las manos. Algunas noches las pasaba ojeando sus libros y escuchando los ruidos naturales del departamento como si fuesen una novedad, y otras Manuel lo sacaba a cazar, intentando obligarlo a aprender cómo alimentarse sin matar a su presa en el proceso, aunque Martín no parecía mejorar en lo absoluto.

Había visto cazar a Manuel muchas veces, y siempre era igual, tanto así, que le parecía que estaba viendo un ritual cuando Manuel se metía en los hospitales o en las casas, a veces a la fuerza, y otras veces usando el don de la mente para manipular a los humanos que estaban ahí. El vampiro lo llevaba para mirar, nunca para cazar en el mismo lugar que él, según le había repetido hasta el cansancio: En su mundo, cada quién buscaba la forma de sentirse mejor con su cacería y Manuel no pretendía enseñarle a cazar como él, simplemente esperaba que lograra hacerlo sin llamar la atención del príncipe.

— Él sabe que estás aquí —dijo Manuel, encogiéndose de hombros mientras recorrían las calles nocturnas de la capital— Sabe que existes y estás en su territorio, pero no sabe dónde estás ni quién te transformó. Y mientras no lo sepa, nadie va a morir por haber desobedecido las normas, ¿entiendes?

Martín asintió, seguro de que incluso si pedía una explicación más profunda, no iba a sonar más razonable.

Su falta de progreso se había vuelto cada vez más frustrante con el paso de los días. Cada noche de cazería, Manuel lo ayudaba a encontrar a alguien lo suficientemente malvado, y Martín lo atacaba a la fuerza, tratando a duras penas de mantenerse en el mundo real mientras los recuerdos de la vida del extraño comenzaban a invadir su mente. Intentaba concentrarse en el ambiente, o en su vida anterior, pero no importaba qué hacía, Manuel siempre tenía que detenerlo en algún momento. Martín nunca lo sentía acercarse, pero Manuel lo traía de regreso poniendo las manos en sus hombros, y apretando suficiente como para hacerle daño. El dolor, a diferencia de los recuerdos o la concentración, siempre funcionaba, y cuando Martín por fin lograba despegar su boca de la piel desgarrada, encontraba el cadaver de su víctima en sus brazos, completamente seco.

Según Manuel, había una bestia en su interior, y cada vez que probaba la sangre, esa bestia tomaba el mando de su cuerpo, dejando la conciencia de Martín aparte, como había pasado con todos los vampiros antes que él. Era posible evitarlo, según él, él había aprendido a no matar a sus presas sin ayuda, según él, pero el Martín tenía sus dudas, incluso si jamás las decía en voz alta.

— Es que sos un pésimo profesor, Manuel —es lo que respondía cada vez que salía el tema, pasándose la manga por la boca en un vano intento de sacar la sangre seca de su barbilla. Y Manuel simplemente continuaba caminando, preguntándole qué clase de presa quería buscar después.

La verdad es que Martín no tenía la más mínima idea de qué quería buscar, incluso luego de los primeros días. Francisca se había inclinado por los hombres que abusaban de mujeres, Manuel se inclinaba por los viejos, según Martín había podido observar hasta ese momento, y ¿él? Él se inclinaba por cualquiera de los extraños que Manuel decidía señalarle en la calle realmente. Antes de morder, toda la gente le parecía igual de deliciosa y repugnante, y luego de que la primera gota de sangre bajaba por su garganta, toda la sangre le parecía igual de emocionante.

 


 

 

Manuel le hablaba más cuando cazaban que cuando estaban en el departamento, porque aparentemente, el vampiro disfrutaba más hablar de los demás que de sí mismo, y Martín podía entenderlo de cierta forma. Manuel se desquitaba con sus palabras; no eran palabras bonitas, ni poéticas, ni siquiera eran ofensivas de hecho, las palabras de Manuel solo eran lo más tangible de las historias, como si hubiera estado narrando un punteo.

Manuel le contó que su hermana perseguía violadores y hombres que asesinaban mujeres príncipalmente, tal como Martín había asumido. Le había dicho, bajando un poco la voz, que creía que tenía algo que ver con su vida mortal, pero que jamás lo había comprobado. Su maestra, que les había enseñado a ambos, no era realmente exigente, y cazaba cualquier persona que le pareciera atractiva, pero jamás bebía demasiado, y siempre se aseguraba de dejar bien a sus presas; lo suficientemente bien como para que pudieran seguir su camino sin ayuda.

Él mismo, le dijo, prefería alimentarse de los ancianos que deseaban morir, y de la gente que iba a fallecer pronto de todas formas. Manuel lo decía todo con la expresión seria y los hombros tensos, esperando a que Martín reaccionara mal probablemente (si es que estaba interpretando bien la aprehensión general de Manuel al decir eso), y en el mismo tono, le contó que en comparación con Francisca y su mentora, él seguía un camino más mezquino, pretendiendo que le hacía un favor a la gente que mataba.

— Me imaginé que tu gran mentora iba a perseguir criminales también o algo así, ¿comer animales, quizá? No sé, algo más heroico, considerando que la psicópata de tu hermana elige asesinar violadores, y tu prefieres comer gente enferma antes que ir detrás de una persona normal —respondió Martín, intentando transmirtir toda la indiferencia que podía hacia Manuel. El vampiro lo miró sorprendido por unos segundos, antes de reírse.

Esa había sido la primera vez que Manuel se había reído frente a Martín, no solo un resoplido, sino una carcajada de verdad, que parecía quitarle años de encima. Manuel había cerrado los ojos, tapandose la boca como si la reacción hubiese sido vergonzosa de alguna forma, y Martín se encontró a si mismo sonriendo de vuelta, ignorando la atención que estaban recibiendo por parte de los pocos transeuntes que había a esas horas en el centro de Santiago.

— Bueno… Hoy en día ni siquiera pretende ser noble —dijo Manuel, con los ojos pequeños a causa de la sonrisa que aún tenía en el rostro— Pero cuando la conocimos, se consideraba una especie de justiciera ¿sabes? Francisca quedó encantada con esa parte de ella al comienzo... Pero los años y el control la han hecho una gourmet, y mientras más completa es una persona, mejor es su sangre. Según ella, los criminales están fragmentados.

— ¿Y los enfermos?

La sonrisa de Manuel seguía firmemente presente cuando se miraron, pero ya no era igual. Martín no podía decir exáctamente por qué, pero la diferencia lo hizo arrepentirse inmediatamente. Habían estado disfrutando una noche de cacería por primera vez desde que las comenzaran, Manuel incluso se había sentido como un amigo, en alguna parte de esa noche, y ahora estaban ahí, envueltos en la expectativa de algo que Martín no alcanzaba a entender.

— Depende de la enfermedad, en verdad. Las enfermedades del cuerpo no cambian el sabor, pero las de la mente...—dijo Manuel por fin, desviando la mirada hacia el cielo.— ¿Cómo explicarlo? Algunas son extrañas, ni buenas ni malas, porque tienen tantos sabores distintos que no sabes cuál es el real, y otras, la gran mayoría, tienen un sabor a rancio que no se va hasta que vuelves a comer.

— Es sangre Manuel ¿Cómo podría tener un sabor distinto?

— Ah, bueno, no es un sabor exáctamente. Es la sensación, Martín. —dijo, encogiendose de hombros.— Es la sensación de sus mentes mezclándose con la tuya, supongo.

— ¿Pero por qué comes algo así, boludo? —preguntó Martín, frunciendo el ceño.— Eres un masoquista.

Manuel volvió a reírse, encogiéndose de hombros, como si dijera «Si, qué le vamos a hacer», antes de señalarle su siguiente víctima, durmiendo acurrcada en el portal de un banco.

Martín la había dejado a medio camino entre la vida y la muerte. No era un logro sorprendente, pero era progreso, y estaba dispuesto a tomarlo. Especialmente porque el mismo Manuel había sido el primero en felicitarlo esa vez.

 


 

 

El último día antes de irse (para siempre, probablemente, aunque ambos estaban haciendo un remarcable esfuerzo para no decirlo en voz alta), Martín había logrado quedarse despierto hasta que el sol volvió a caer, apenas capaz de percibir el cansancio por encima de la ansiedad. La vida en el día no era la gran cosa, y Martín había pasado una gran parte del día paseando por el departamento como niño ocioso, eso es lo que piensa Manuel. No lo dice en voz alta, de hecho ni siquiera levanta la mirada del libro que está leyendo, pero Martín escucha su opinión fuerte y claro en su cabeza cuando pasa por quinta vez en frente del vampiro.

Las horas le parecían más eternas que nunca mientras intentaba conectar el lugar donde había vivido desde que dejó la casa de su madre con cada uno de los recuerdos que tenía, con su llegada a Santiago, con Constanza, y claro, con los meses que había pasado solo y deprimido tras las paredes de ese mismo departamento.

Parecía un esfuerzo ridículo ahora, a fin de cuentas, luego del paso de Manuel por su vida, su departamento tenía poco y nada que ver con lo que había sido hace cinco días atrás. Todas y cada una de las ventanas estaban tapizadas de papel y tela, el refrigerador estaba vacío de todo lo que se había echado a perder y todo lo que podían regalar (Martín no podía evitar reírse solo con esa última parte, porque para lo mucho que Manuel se llamaba mezquino a sí mismo, la idea de desperdiciar cosas lo había empujado a darle ayuda a los vagos, y a algunos de perros callejeros que habían encontrado durante sus noches de cacería); el resto de sus cosas estaban dobladas y ordenadas en pequeñas pilas dentro de los muebles correspondientes, y las paredes, incluso el techo habían sido limpiados durante las horas de ocio de Manuel. Martín había descubierto, con cierto horror, que incluso sus libros estaban ordenados por título, tamaño, y quizá color, quién sabe, él jamás había sido bueno organizando nada.

Irónicamente, ver ese tipo de perfección en su propio espacio le parecía cómodo. Si miraba el lugar con los ojos de un extraño, Martín podía sentirse perfectamente satisfecho con su departamento tal cual estaba. Excesivamente limpio y sin una sola gota de luz natural.

Quizá lo hubiera mantenido así si le hubiesen dado la oportunidad.

En las horas que le sobraron luego de la inspección, Martín se sentó a tratar de decidir qué cosas valía la pena llevarse y qué cosas estarían mejor ahí, donde la vieja dueña del lugar pudiera encontrarlas y tirarlas en paz. El proceso era largo y tedioso, y de vez en cuando, a Martín se le olvidaba que no estaba solo, porque Manuel no había dicho una palabra en todo el día. Hubiera asumido que estaba durmiendo si no fuera porque podía escucharlo pensar cada vez que uno de los libros lograba sorprenderlo, o irritarlo, aunque la diferencia entre ambas sensaciones parecía ser muy pequeña como para registrarse en los pensamientos del vampiro.

Teniendo todo eso en cuenta, parecía una despedida lo suficientemente pacífica como para ser llamada buena. Y si de repente Martín se reía en voz alta con los comentarios de Manuel, ninguno de los dos parecía dispuesto a hacerlo notar.

 


 

 

El reloj de la sala marcaba las diez de la noche cuando sonó la puerta, tres golpes fuertes y rápidos, que tenían a Martín con la espalda recta y las manos apretando su maleta en menos de un segundo. Lo último que quería era demostrar lo nervioso que estaba, especialmente luego de todo el tiempo que había tenido para hacerse a la idea de que se iba a ir a vivir con Manuel, pero a juzgar por la expresión del vampiro, ya era demasiado tarde para eso. Manuel se levantó un poco después, dejando el libro que había estado leyendo al borde de la mesita de café.

— Llegas tarde Miguel—dijo apenas había comenzado a abrir la puerta, y aunque Martín no podía ver al extraño desde su posición, lo escuchó reírse.

— Julio me dijo que cuando estuviste en nuestra casa le pediste por favor que me diera tu mensaje, dijo que incluso intentaste ser agradable. —comentó, claramente divertido— Yo pensé que comer de los enfermos por fin había comenzado a afectarte —añadió, poniendo la mano en uno de los hombros de Manuel— Es bueno saber que sigues igual de amargo que siempre, Manuel.

— Já já —dijo Manuel, marcando cada sílaba. — Si hubiera sabido que de todas formas ibas a llegar tarde no lo habría intentado siquiera.

— Ay, yo también te extrañé huevón —respondió el extraño apretándole el hombro antes de abrirse paso dentro del departamento. — ¿Cuándo compraste un departamento? Pensé que ya no te podías quedar en Santiago…

Manuel no había intentado detenerlo, pero Martín tenía la sensación de que eso tenía más que ver con el conocimiento de que no habría podido evitar que entrara de todas formas. Miguel era algo más bajo que él, pero también era más corpulento, y tenía un aire de confianza que el mismo Martín no siempre podía reunir. Claramente conocía a Manuel desde hace mucho tiempo a juzgar por la jovialidad general con la que podía ignorarlo y aún así darle la espalda sin miedo.

En cualquier otra circunstancia, Martín habría encontrado cómica la sorpresa en el rostro de Miguel cuando sus ojos se encontraron con los suyos; sin embargo, en ese momento, solo ayudó a hacerlo sentir aún más incómodo cuando vio la boca del extraño abrirse en un «Oh» sin sonido.

— ¿Y tú? —preguntó Miguel, frunciendo el ceño, antes de devolver su mirada a Manuel. — ¿Es tuyo?

— No —respondieron al unísono, aunque Manuel sonaba mucho menos irritado que Martín.

— Creo que nunca te había visto con otro vampiro ¿Pensé que solo tenías una hermana?

— No es asunto tuyo Miguel.

— ¿Pero te lo estás llevando a tu territorio? Si quieres que te lleve podrías darme algo al menos, una pista.

— Miguel.

— Mi nombre es Martín Hernández —interrumpió Martín, llamando efectivamente la atención de los dos hombres. — Este es mi departamento.

— ¿Tienes apellido? —preguntó Miguel. Si no fuera porque Martín podía sentir su sinceridad, se hubiese ofendido por la pregunta. — ¿Cuántos años tienes?

— ¿29? —respondió Martín, frunciendo el ceño.

— No pero, de verdad.

— Tiene 29 —dijo Manuel, poniendo los ojos en blanco. — Murió hace poco y le estoy enseñando a cazar ¿Tienes más preguntas, o podemos irnos?

Manuel no esperó una respuesta antes de comenzar a caminar en dirección al pasillo, ignorando la burla de Miguel, que se había quedado repitiendo la última frase en un balbuceo.

— No sé cómo lo aguantas —dijo Miguel, sonriéndole abiertamente a Martín. A pesar de sus palabras, cuando miró hacia el pasillo, parecía estar honestamente divertido con el mal humor de Manuel, como si esto solo fuera otro día en una relación perfectamente normal entre amigos— ¿Sabes que a los perros viejos no les puedes enseñar trucos nuevos verdad? No va a ponerse más agradable con los años.

Martín se encogió de hombros, devolviéndole una sonrisa avergonzada antes de salir por última vez de su departamento. De alguna forma se sentía como un intruso, incluso cuando Miguel se estaba esforzando por incluirlo en la dinámica de insultos que parecía tener con Manuel. EL peruano lo miraba como si supiera algo que él no, y aún estuviese debatiéndose cómo decírselo, sin embargo, cuando Martín había probado entrar en su mente, todo lo que había encontrado era una canción pop de los años noventa y comida; tanta comida, que no podía evitar distraerse con la idea de todo lo que no iba a volver a tener.

Puede que no fuera a propósito, pero Miguel y Manuel se habían quedado hablando a unos metros de él mientras cargaba sus cosas en el auto color crema del peruano, y Martín no podía evitar sentir que de alguna forma se estaban burlando de él, incluso cuando no lo habían mencionado una sola vez desde que salieran del departamento. Lo sentía en las risas de Miguel, y las respuestas cortantes de Manuel, en la tensión que parecía estar emanando cuando se supone que estaba tratando con un amigo.

Miguel no se veía como ellos, y aunque Martín no había podido leer su mente, podía apostar a que no era un vampiro, pero había algo en su postura, y en la forma en que podía hablar con Manuel sin el más mínimo miedo, que sugerían que tampoco era un humano común y corriente.

— Es una pena que no vayan a pasar al bar —dijo Miguel, cerrando la puerta del auto con un solo tirón. — Julio quería hablar contigo.

Manuel resopló, sonriendo por primera vez desde que había recibido a Miguel en el departamento.

— No necesitas mentir tampoco Miguel —comentó Manuel, aún risueño. — Si llegamos antes de las tres de la mañana, quizá te cuento el chisme.

Veinte minutos después estaban entrando a la carretera, con tiempo de sobra, a juzgar por la calma de Miguel, el sinfín de historias que se les iba contando durante el camino. Manuel no había dicho nada en voz alta desde hace rato, pero Martín lo escuchaba comentarle cosas con la mente de vez en cuando; su más reciente conversación había girado en torno al hecho de que, según él, Miguel era alérgico al silencio, y que si ambos trabajaban juntos, podían cerrarle la boca y comprobarlo.

Según Manuel, cinco minutos eran suficiente para matar a Miguel.

Martín sonrió inevitablemente, y cuando Miguel lo vio por el retrovisor, le sonrió de vuelta, retomando con aún más ganas la historia que estaba contando sobre su hermano Julio, y alguien llamado Iñigo.

No había sido su intención original, pero luego de escuchar el quejido de Manuel, Martín había decidido empezar a responderle a Miguel.

Sus historias iban desde el bar que atendía hasta lo que había pasado con los demás vampiros del área desde la última vez que había visto a Manuel en la capital, y casi sin querer, Martín había pasado de estar ligeramente interesado a estar al borde de su asiento, haciendo todo tipo de preguntas.

— El príncipe está convencido de que alguien entró a la ciudad sin su permiso, pero nadie ha podido comprobarlo todavía. Ah, Manuel, la plata —dijo Miguel, parando el auto en una bencinera en medio de la carretera. — ¿Por qué pones esa cara? ¿No dijiste que me ibas a pagar el viaje?

— Después de llegar, Miguel. Ya sabes, en efectivo luego del servicio.

— Ya, ya —respondió Miguel, riéndose. — Deja de quejarte y pásame la tarjeta huevón… Okay, gracias. Como te decía —añadió, mirando a Martín por el espejo. — Sea quien sea, el consejo está convencido de que ya se fue, así que el príncipe se está concentrando en los daños colaterales en vez de cazarlo ¿Pero sabes quién no está de acuerdo? María. Te juro que ha pasado las últimas dos semanas hablando de eso. Según ella alguien ha estado cazando vampiros en los límites del territorio, aunque no fue capaz de decirnos si eran cazadores humanos o no —Miguel miró a Manuel, entrecerrando los ojos cómicamente. — ¿Tú no sabrás nada de eso, o si?
Manuel no se veía particularmente incómodo con la pregunta, pero Martín lo vio apretar las manos en torno al pedazo de plástico que recibió de Miguel.

— ¿No deberías saberlo tú? —preguntó, alzando las cejas. — Tú tienes más posibilidades de hablar con los Da Silva que yo… Y enciende el auto, Miguel, estás haciendo fila.

Miguel lo miró unos segundos más antes de echar a andar el motor.

— Tú siempre sabes algo —dijo Miguel en un tono ligero, sospechosamente amistoso. — María dice que eres uno de los más antiguos en el país. Obvio que tienes contactos.

— María te está mintiendo —respondió Manuel, mirando por la ventana. — Eso hacen las brujas Miguel ¿Te acuerdas cuando te dijo que le dieras un baño de sal a Julio?
Miguel no respondió de inmediato, aunque Martín lo vio sonreír un poco con la mención de su hermano; y, de hecho, el auto tuvo su primer silencio de más de cinco minutos, antes de que el peruano pasara a contarle a Martín sobre la dieta de Julio, que aparentemente había comenzado a beber sangre directamente de la carne que compraban en la carnicería de la esquina desde hace dos semanas, y parecía estar más hambriento que nunca.

Martín lo estaba escuchando al comienzo, pero pronto se encontró a si mismo pensando en la historia de Miguel, y el nombre que habían mencionado. Había varios Da Silva y Martín sabía que no podían ser los mismos que habían vivido en el edificio del departamento de su madre todos esos años atrás, pero aun así era difícil ignorar la sensación de que había algo más ahí.

Distantemente escuchaba a Miguel hablando con Manuel sobre las ventajas de cazar perros, pero no se molesta en mirarlos siquiera. Fuera del auto, la noche es un manto eterno, apenas interrumpido por las luces de la carretera y uno que otro auto pasando en dirección contraria.

Al final, Martín se había sentido irracionalmente aliviado cuando Miguel detuvo el auto al borde de la carretera, pegado a las barras de contención que separaba el concreto de la tierra y los árboles. Miguel se despidió de ellos sin apagar el motor del auto, y le extendió la mano a Manuel apenas Martín había sacado su maleta.

— Deberías ir a vernos —dijo, apretándole la mano con una sonrisa— Al menos para que María te lea las cartas.

— Si claro —respondió Manuel con un susurro, sonriendo apenas por unos segundos antes de alejarse.

Ambos miraron el auto hasta que había desaparecido en el horizonte, apenas distinguible entre los buses y los camiones que cruzaban la carretera a esas horas.

— ¿Y ahora qué? —preguntó Martín, intentando ordenar su pelo con las manos, solo para que el viento volviera a revolverlo luego.

— Son las dos —respondió Manuel, encogiéndose de hombros.— Si nos apuramos podríamos estar allá a las cuatro.

— ¿Allá dónde? ¿ Manuel? ¡Manuel!

Sin otra explicación, Manuel tomó sus maletas y cruzó la barra de contención de un salto. Más allá de su silueta solo había árboles, eucaliptos y tierra, pero Martín lo siguió de todas formas, preguntándose vagamente por qué había imaginado algo distinto cuando Manuel le dijo que iban a necesitar un chofer para llegar a su casa.

Chapter Text

No estaba seguro de cómo definir la casa de Manuel, a decir verdad, ni siquiera estaba seguro de que esa amalgama de madera fuera una casa realmente. Al comienzo había pensado que era una broma, pero luego de dos horas de bosque, Manuel se había detenido en ese claro, apoyando las maletas de Martín a un costado mientras abría la puerta.

La cabaña estaba hecha de madera y ladrillo, aunque los cambios de material parecían más una improvisación que un plan: la construcción completa estaba prácticamente incrustada en los troncos de los árboles que la rodeaban, y cada una de las secciones era drásticamente distinta a la anterior, sin ningún tipo de patrón que ayudara a volverla una sola unidad.

La parte más nueva parecía ser la entrada,que también rstaba hecha de madera pero tenía un color ligeramente más oscuro y parecía estar sellada con barniz, a juzgar por el buen estado en el que se encontraba.
Martín casi estaba sorprendido de que no hubiera un tronco gigante sobresaliendo en medio de la construcción, o un letrero con unas calaveras quizá. Aún no había mirado dentro, pero estaba imaginando pieles y utensilios de madera en la cocina, y un caldero gigante al medio de la habitación principal.

— Deja de criticar mi casa y entra de una vez —dijo Manuel, aunque no sonaba irritado. Más bien parecía aburrido, como si ver la reacción de Martín fuese algo que ya había hecho muchas veces antes.

— ¡No te dije nada!

— Te escucho desde acá Martín.

— Y yo no he dicho nada Manuel —respondió, imitando su tono— Pero deberia, porque tu casa es una choza, seguro se nos va a caer encima durante el día… Además no podés andar metiéndote en la cabeza de la gente así como así flaco.

— No es a propósito —dijo Manuel, encogidendose de hombros.— Es que haces mucho ruido cuando piensas.

— Si, si, siempre andás diciendo eso, pero ya no te creo nada.

En la luz de la madrugada Martín podía ver las cejas de Manuel subir hasta desaparecer bajo su flequillo, sus ojos ligeramente más abiertos que de costumbre. Esa era la primera vez que había visto sorpresa sincera en la cara del vampiro, y Martín ni siquiera se molestó en intentar disimular su satisfacción.

— Recordás que ahora yo tambien puedo hacer ese truco ¿verdad? Nadie puede ser especialmente ruidoso para pensar —dijo, parándose frente a Manuel con una sonrisa confiada— Vos también hacés ruido.

— ¿Ah, si? Dime qué estoy pensando —dijo Manuel, cruzándose de brazos.

No estaba sonriendo, no con los labios al menos, pero había un brillo inusual en sus ojos cuando Martín decidió aceptar el reto. Él mismo había sido el que había insistido en darle clases sobre el don de la mente, que aparentemente era el nombre que los vampiros le daban a la telepatía que provocaba la transformación. Martín no había estado terriblemente impresionado con el nombre cuando Manuel se lo dijo por primera vez mientras estaban en la ciudad, pero según el vampiro, ese era el nombre que le habían dado desde hace siglos criaturas mucho más fuertes que cualquiera de ellos dos, y por lo tanto no les quedaba más que aceptarlo.

Según Manuel, el don de la mente se sentía distinto para todos, para él, por ejemplo, se sentía como sumergirse en un mar donde solo tenía que dejar de pelear y aceptar la presión del movimiento natural de los pensamientos ajenos como si fueran suyos. Todo lo que tenía que hacer era relajarse, y dejarse a si mismo aceptar el resto de las voces a su alrededor.

Martín se había reído de él cuando le contó, pero ahora que había tenido la oportunidad de utilizar el poder conscientemente, podía decir que para él el don de la mente era una caja invisible a su alrededor. Podía empujar las paredes, pero eran mucho más sólidas y mucho más ajenas que el mar de Manuel; así que para extender su conciencia Martín tenía que empujar a la fuerza, separando los pedazos de realidad a su alrededor hasta poder acceder al abstracto de los pensamientos ajenos.

Ir más allá del tacto siempre era lo más fácil, despegarse de su propia piel era casi automático ahora que había tenido la oportunidad de practicarlo; pero el resto de los sentidos no eran tan naturales. La vista podía bloquearla físicamente, claro, pero el oído era una batalla constante entre el sonido de la realidad y el sonido del abstracto a su alrededor. Martín tenía que forzarse a dejar de escuchar el ruido del bosque: las hojas moviendose con el viento, el crujido de las ramas, incluso el zumbido de los insectos al rededor era demasiado la mayor parte del tiempo.

Martín empujó hacia Manuel, intentando relajarse en medio de la expectativa y la ansiedad que tenía por probarse a si mismo. Cuando no usaba sus ojos para verlo, Manuel era una prescencia imponente, especialmente en medio del bosque, donde todo lo que tenían al rededor parecía una presa. Ahí, su poder era casi tangible, y Martín podía seguirlo incluso si se deshacía de todos sus sentidos, sin embargo, no había nada para él en la mente de Manuel.

No había imagenes, ni texturas. Martín empujó más, hasta encontrarse a si mismo caminando físicamente hacia el otro vampiro, pero su percepción seguía igual. De cierta forma era apropiado, porque en medio de la nada que era la mente de Manuel, solo existía el sonido del mar.

Martín entrecerró los ojos, deteniendose a solo unos centímetros de Manuel. Estaba sonriendo, con la más pequeña punta de sus colmillos asomándose entre sus labios.

— ¿Y? —preguntó, alzando las cejas.— ¿Todos hacen ruido, Martín?

— Vos no hacés porque no pensás Manuel —siseó Martín, cruzandose de brazos.— Hiciste trampa.

— ¿Cómo voy a hacer trampa? —preguntó Manuel, riéndose.

Con el paso de los días Martín había aprendido que Manuel tenía muchas más expresiones de las que utilizaba usualmente. La mayor parte del tiempo le parecía que estaba genuinamente muerto, pero en momentos como esos, riéndose o incluso estando molesto, Manuel parecía humano, y junto con eso aparecían pequeñas cosas: sus ojos achicandose a causa de la risa, las pequeñas líneas de expresión en su frente cada vez que levantaba demasiado las cejas, la forma en que su sonrisa solía cargarse para un lado o incluso la forma en que sus ojos se iluminaban con sorpresa cada vez que Martín lograba hacerlo reír.

— No lo sé, pero la hacés —respondió Martín, entrando a la cabaña sin mirar atrás.

Lo primero que vio al cruzar la puerta era la sala de estar, a juzgar por los tres sillones que formaban un triangulo frente al fuego, dibujando luces y sombras sobre los pocos muebles que había en el lugar, y los muchísimos libros que cubrían cada una de las estanterías.

Conectada a esa habitación, que presumiblemente había sido una de las últimas en añadirse, había otras dos, con aún más estanterías llenas de libros, todas hechas de madera clara y llenas hasta el tope de su peso. La más pequeña de las estanterías estaba inclinada hacia un lado, sin embargo, estaba tan llena de papeles suertos, libros y cuadernos, todos apretados unos con otros, que el contenido se veía derecho sin importar lo inclinado del mueble.

Ese estante en particular estaba casi escondido al fondo de la habitación, apoyado en una pared lisa que se escondía detrás de la puerta al abrirla, y aún así era imposible no notarlo, con todos us angulos distintos y su costado derecho inclinandose precariamente contra otro mueble, como si estuviese cayéndose todo el tiempo. De hecho, mirando las maderas desiguales más de cerca, Martín casi estaba sorprendido de que aún se mantuviera de pie.

— ¿Tu carpintero estaba ebrio Manuel?

— No hubo carpintero —respondió Manuel, encogiéndose de hombros.

— Ah, claro… No, espera, no me digás que tú… —Martín lo miró, silenciosamente encantado con la falta de expresión de Manuel.— ¿Cuánta madera botaste antes de conseguir una que se mantuviera en pie? —preguntó, intentando en vano controlar la risa.— No te ofendás flaco, pero tu arte no tiene futuro.
Manuel, que ya había empezado a caminar, se detuvo en el umbral de la otra habitación, cruzandose de brazos con la expresión perfectamente neutral. El único punto que delataba algo distinto era el índice de su mano derecha, que estaba golpeando rítmicamente contra la tela de su camisa.

— Descuida, no me ofende que alguien que ni siquiera puede tapar sus propias ventanas se burle de mis estantes.

— Si lo habría hecho —alegó Martín, poniendo los ojos en blanco.

Manuel le dio la espalda, y unos segundos después, Martín comenzó a caminar detrás de él.

El tour no fue particularmente largo: todas las habitaciones de la cabaña eran pequeñas, y parecidas en términos de decoración. Pocos muebles, si es que tenían, y todos hechos de madera, con ningún tipo de adorno. El baño solo era una tina blanca, y en la cocina solo había una hornilla con una tetera, un pequeño congelador y tres tazones de cerámica, uno blanco, uno amarillo y uno rojo, todos metidos en el único estante del lugar, y por cajas y cajas de té.

— ¿Cuál es la de Francisca? —preguntó Martín, haciéndose el desentendido mientras miraba a Manuel prender la hornilla.

Todo se veía rústico dentro de la cabaña de Manuel, incluso las cosas alrededor de la construcción parecían estar contagiadas con ese ambiente a medio camino entre un cuento clásico y la vida real, Martín incluso tenía la sensación de que era cuestión de tiempo antes de que él también fuera parte del cuadro campirano del vampiro. Quizá iba a comenzar a usar camisas a cuadros y cortar leña en las mañanas. Quizá Manuel tenía animales de granja o caballos escondidos en alguna parte, eso terminaría de hacer el cuadro, y Martín finalmente podría aceptar que su vida real había acabado.

Martín sonrío para sus adentros, pasandose las manos por la cara con cierta exasperación antes de volver a mirar a Manuel. Estando ahí, parado con una tetera de metal abollado, con su pelo castaño apuntando en todas direcciones después de la caminata por el bosque, y los jeans negros manchados de tierra, Manuel parecía sacado de una novela sobre un hermitaño del campo, o algo por el estilo. Considerando la aparente juventud de Manuel, Martín incluso se arriesga a imaginarlo como la portada de una novela romántica, seguro habría señoras interesadas en ese tipo de contenido.

Apenas había terminado de pensar eso, Martín se arrepintió, preguntandose si Manuel lo habría escuchado o no. El vampiro parecía concentrado en llenar la tetera con el bidón de agua que tenía al costado de la hornilla, pero Martín sabía que la falta de reacción dificilmente era una confirmación de que sus ideas seguían siendo privadas.

Martín murmuró una disculpa, y salió de la cocina en un intento por mantener su dignidad intacta, o al menos no ofender mortalmente a Manuel el primer día de estadía.

Las habitaciones de la cabaña se veían un poco como Manuel, y todo lo que Martín lo había visto hacer hasta el momento, demasiado perfectas en los detalles y demasiado aleatorias en su totalidad, como si el vampiro siguiera adaptándose una y otra vez a su propio ambiente, sin prepararse para los cambios que él mismo provoca.

Al lado de sus recuerdos sobre Francisca, el cuadro pintoresco de la cabaña y el vampiro haciendo carpintería parecen irreales. La mujer que lo había despertado en el paradero y el hombre que lo había ido a buscar a su jaula, ambos viviendo en esa madriguera de conejo, era una idea ridícula en su mente, una imposibilidad que iba más allá de todo lo que había pasado hasta la fecha.

En ese cuadro, donde la madriguera era un hogar para humanos de verdad, dónde Manuel debería haber estado cortando leña para la chimenea, simplemente no había espacio para Francisca, su Iphone y su departamento en medio del centro de la capital.

— ¿Por qué importa? —preguntó Manuel de repente. Estaba en el umbral de la puerta, sosteniendo dos tazas con una calma tan falsa que la tensión salía de su postura en olas.

— ¿Perdón, qué?

— ¿Por qué importa cuál es la taza de Francisca, Martín? —repitió Manuel, algo más suave que antes.

— No me importa —respondió, consciente de que era una mentira, y de que Manuel probablemente podía verlo a través de él sin usar el don de la mente.— Solo tenía curiosidad de que tuvieras tres. Ya sé que sos el alma de la fiesta, y obviamente estás preparado para todo tipo de visitas en tu agujero en medio de la nada, entonces pensé que…

— Amarillo.

— ¿Disculpa? —preguntó Martín, notando recién que se había puesto a balbucear.— Tenés que dejar de hacer eso, boludo. Así no funcionan las conversaciones. Yo digo algo, vos decís algo, ojalá algo que tenga que ver con lo que yo estoy diciendo.

— Las cosas amarillas son de Francisca —explicó Manuel, poniendo los ojos en blanco.— Todo lo que encuentres, y sea amarillo, es de ella.

Manuel le extendió la taza roja, y dejó la taza amarilla, apoyada en la mesa para ir a agacharse frente a la chimenea, como si fuera lo más normal del mundo.

Quizá en su mundo, lo era.

— Ya —dijo Martín, apretando la taza entre sus dedos, solo para sentir el calor de la cerámica.— ¿Y la blanca?

— Creí que estabas preguntando por lo de Francisca nomás.

Manuel estaba agachado frente a la chimenea, ordenando los troncos en algún sentido que Martín no acababa de comprender. Sus hombros estaban caídos, y su vista estaba perdida en alguna parte del agujero negro que era la chimenea en ese mundo sin luz al que habían entrado cuando cerraron la puerta de la cabaña.

— Han pasado años desde la última vez que alguien usó esas tazas Martín —dijo Manuel, poniendose de pie.

La luz de la chimenea empezó como un simple brillo, una mancha de naranjo en medio del azul, pero para cuando Manuel fue a recuperar su taza, las llamas habían comenzado a tomar fuerza, dibujando sombras que no había antes en la cara de Manuel.

— A nadie le importa de quién era quién después de diez años. No importa lo eterna que sea tu vida.

 


 

 

Los días en la madriguera -como Martín había bautizado a la cabaña de Manuel- pasaban de forma distinta a lo que estaba acostumbrado en el departamento. Allí, en medio de la nada, las horas de sol parecían alargarse y acortarse simultáneamente. Por un lado, Martín pasaba durmiendo la mayor parte de esas horas, acurrucado en uno de los sillones frente a la chimenea, que Manuel mantenía siempre encendida, satisfecho de saber que en ese lugar simplemente no existían ventanas por las cuales tuviese que preocuparse.

Y por otro lado, sabía que si pudiera despertar un poco antes, podría salir a eso de las seis y media al bosque, protegido por la sombra de los árboles que rodeaban la madriguera. Según Manuel, las horas de sueño se iban a reducir a medida su cuerpo se acostumbrara a su nueva realidad, hasta que fuera prácticamente innecesario; pero aunque Martín quería ver luz natural de nuevo, no estaba seguro de cómo se sentía respecto a una eternidad con tantas horas para aburrirse.

La batería de su laptop había muerto durante los primeros dos días sin electricidad, incluso luego de que Martín se había propuesto racionar el uso de su computador. Era obvio que no iba a poder mantenerla por mucho tiempo, pero en su defenza, cuando Manuel le había dicho que se iban a ir a su casa, Martín había imaginado algo drásticamente distinto a la realidad. Así que para el tercer día, todo lo que le quedaba como distracción eran los libros que había traído.

Después de una semana viviendo así, Martín se sentía como un gato perezoso, a fin de cuentas, todo lo que estaba haciendo era dormir en el día y tratar de cazar animales de noche, sin grandes resultados en esa última parte. A diferencia de sus presas humanas, los animales parecían sentir el peligro en ellos, y con el más mínimo ruido de sus pies en la tierra, todos los mamíferos del bosque, y probablemente algunos reptiles, salían corriendo o desaparecían en la tierra.

Los animales no se dormían ebrios en lugares peligrosos, ni podían entender cuando Martín intentaba usar el don de la mente en ellos. Para la cuarta noche había registrado toda la madriguera buscando algo que pudiera servir de cebo, incluso cuando Manuel le había dicho que era inútil, y predeciblemente también había salido con las manos vacías de esa cacería.

Con todas esas opciones fuera del mapa, Martín había pasado cada noche correteando ratones y conejos, sin beber ni una sola gota de sangre hasta que regresaba con las manos vacías a la madriguera.

La única diferencia entre él y un gato de casa, era el hecho de que Martín dudaba que pudiese beber la sangre de un conejo, incluso si lograra atraparlo. Solo imaginarse hundiendo los dientes en el pelo le repugnaba un poco, y no podía evitar sentirse un poco culpable al respecto: cazar humanos había sido tan fácil, incluso la más repugnante de sus presas no le había provocado el más mínimo repudio, pero enfrentado a un animal al que no podía acusar de ningún crimen, Martín sentía el peso del hambre como su propia versión de un crimen.

Era entonces cuando las bolsas de sangre que Manuel había traido consigo cobraban sentido. Martín llegaba con las manos vacías, y Manuel le entregaba la cena en una bolsa de plástico, aunque siempre parecía un poco decepcionado. Él, por otro lado, cazaba solo; mientras Martín corría en el bosque, Manuel desaparecía en dirección a la carretera, a cazar quien sabe qué, quien sabe dónde. Martín llevaba una cuenta de las bolsitas de sangre, y estaba prácticamente seguro de que Manuel no consumía sus propias provisiones, por lo que estaba seguro de que tenía que haber algo más que conejos para comer.

Era irritante pensarlo, pero si Martín era un gato de casa, Manuel era uno de campo, trayendo ratones y torcazas al final de cada día, y comiéndoselas en silencio, escondido en algún rincón.

A diferencia de él, Manuel pasaba las horas de sol sentado en un largo escritorio de madera, leyendo y escribiendo todo el tiempo sobre cosas de las que nunca quería hablar. Martín escuchaba su mente a veces, e ese estado intermedio entre el sueño y la conciencia, pero nunca tenía suficiente contexto como para entender el contenido total del trabajo de Manuel. Independiente de eso, Martín podía aceptar que esos momentos eran sus favoritos, incluso más que las pocas ocasiones en que el vampiro estaba dispuesto a responder sus preguntas, porque cuando Martín escuchaba su mente sabía que estaba escuchando la verdad, incluso cuando la verdad estaba plagada de términos que no conocía y oraciones en idiomas que tenían poco y nada que ver con el español que entendía o el inglés que reconocía.

La mayoría de los libros que había en la madriguera tenían las hojas amarillentas, y tapas forradas de tela. Algunos tenían las espinas marcadas por el uso, o estaban rotos y amarrados, como si fuesen una carpeta. Martín disfrutaba ojearlos cuando Manuel no estaba, incluso si algunos le resultaban incomprensibles. De todos los libros en la madriguera, lo más nuevo eran los tomos que él mismo había traído, una mezcla de novelas y biografías que había empezado a recolectar luego de independizarse, y que habían crecido exponencialmente desde que Constanza se había ido del departamento.

No eran pocos, pero con el tipo de vida que estaba llevando, Martín estaba seguro de que se le iban a acabar antes de que terminara el primer mes.

— Comer noche por medio es suficiente, incluso para un neófito como tú —había declarado Manuel la segunda noche que Martín despertó en la madriguera, y aunque al principio le había parecido imposible, Martín estaba cada vez más convencido de que era cierto, de que podía comer menos de hecho, incluso si se le hacía agua la boca cada vez que pensaba en las cacerías diarias que hacían en la ciudad.
Hacer el ridículo una vez por noche era suficiente para él.

— ¿Dónde cazas vos? ¿Hay un pueblo cerca? —preguntó una noche, mirando por encima del hombro de Manuel. Esta vez, el libro de páginas amarillentas que tenía abierto en el escritorio estaba escrito a mano, pero al menos era inglés.— Estás haciendo trampa ¿verdad? Vos no cazas conejos.

La taza de Francisca estaba encima del escritorio, casi llena con un té que se había enfriado hace horas, aparentemente olvidada por Manuel. Eso pasaba seguido de hecho, Martín había aprendido que al final del día, la taza de Manuel siempre quedaba llena de manchones café con el té que había olvidado después de un rato de escribir y leer.

— No. —respondió Manuel, cerrando con cuidado los tomos que había sobre la mesa.— Osea, sí. Si hay un pueblo, pero no voy para allá —explicó.

Martín sonrió complacido cuando vio a Manuel voltearse; aparentemente, su interrupción había sido suficiente para detener el trabajo por el resto del día. No siempre podía lograr que Manuel se apartara del escritorio antes de las diez de la noche, pero cada vez que lo lograba, Martín no podía evitar regodearse internamente. Saber que era más relevante que una taza de té y un montón de libros viejos no era demasiado, pero Martín estaba dispuesto a aceptar cualquier victoria que pudiera.

— ¿Me tenés persiguiendo ardillas cuando hay un pueblo cerca? Qué mierda Manuel ¿lo estás guardando para vos?

— Si Martín —respondió Manuel, sin expresión.— No te he llevado porque me comí a todos los ancianos y las mujeres, ah, los niños también —explicó Manuel, alzando las cejas.— Ahora voy por los adultos.

— Manuel —gruñó Martín, entrecerrando los ojos.

— Es un pueblo Martín —suspiró Manuel, poniendo los ojos en blanco.— Comer en un pueblo tan pequeño es demasiado notorio. No estoy haciéndote trampa, tu persigues ardillas, yo cazo conejos, no veo cuál es el engaño acá.

— No te creo, ¿por qué nunca venís conmigo entonces?

Manuel lo miró genuinamente sorprendido, su mano incluso había quedado estirada, a medio camino de la taza amarilla. Martín tuvo el impulso de reírse cuando lo vio recuperarse de la sorpresa, claramente avergonzado. El vampiro incluso puso una mano frente a su boca para carraspear.

— No he ido al pueblo desde que llegamos.

— Ya, eso lo dijiste ¿Pero por qué no venís conmigo al bosque? —preguntó Martín, cruzandose de brazos.— En la ciudad no me dejabas ir solo a ningún lado.

— En la ciudad estaba el príncipe, Martín, no es lo mismo.

— Ni siquiera sé quién es el príncipe, Manuel —respondió Martín, imitando el tono serio del vampiro mientras ponía los ojos en blanco.— Por todo lo que hablas de él podría ser un monstruo, o quizá una persona cualquiera. No podría saberlo, porque vos nunca explicás nada Manuel. Eres igual de inútil que Francisca. —gruñó, golpeando la mesa con la palma abierta.

Martín se pasó las manos por la cara para no seguir viendo la expresión de Manuel, que había quedado en algún punto medio entre estar herido y avergonzado. Las cosas siempre escalaban demasiado alto, demasiado rápido, cuando estaban hablando.

También había sido así en el departamento, pero Martín no podía evitar que el hecho de que eran los únicos humanos, a kilómetros del pueblo más cercano, no ayudaba mucho.

— ¿Cómo se supone que aprenda a hacer algo con esta mierda de vida si nunca me enseñás?

Nunca había visto a Manuel arrepentirse hasta ese momento, pero Martín tenía la sensación de que estaba bastante cerca en ese momento, con una mueca en los labios y los ojos clavados en la tapa del libro que había estado leyendo antes de la interrupción de Martín.

Seguramente estaba deseando no haberlo cerrado.

A esas alturas, Martín estaba acostumbrado a las discuciones, estaba acostumbrado a pelear con Manuel y terminar la noche con un silencio de horas, incluso cuando estaban en la misma habitación. También estaba acostumbrado a que el vampiro llegara a la noche siguiente para decirle que era hora de cazar, y actuar como si nada hubiese pasado hasta la siguiente pelea.

A lo que no estaba acostumbrado era al silencio expectante que parecía estarse formando entre ellos en ese momento, ni a la expresión resuelta de Manuel cuando volvió a mirarlo.

— Si te hubieran encontrado habrían matado a mi hermana. Y a ti también —respondió Manuel.— No te podía dejar solo en la ciudad, eres una sentencia de muerte andante. Quizá podría haberlos convencido de dejarte vivir, si hubieras prometido obedecer las reglas, pero ella no tendría opción. Estaría muerta en cuestión de días, por eso… Por eso no podía dejarte ir, pero eso no significa que sepa cómo darte lo que necesitas. No tengo idea de qué enseñarte ni cómo hacerlo sin… Sin molestarte, supongo.

No había una razón válida para sentirse traicionado, a fin de cuentas siempre había sabido que Manuel no estaba ayudándolo a él específicamente, pero aún así se siente como una puñalada cuando Manuel vuelve a desviar la mirada. Se sentía como un libro abierto, seguro de que todas sus emociones debían estarse reflejando en Manuel, la verguenza, el arrepentimiento, la rabia. Martín tenía el estómago revuelto de solo pensar en que Manuel también era parte de su espejo de emociones.

Había pasado tan poco tiempo que parecía ridiculo pensar en su día a día como una ocurrencia lejana, pero en ese momento se sentía como si estuviese mirandose a si mismo desde un cristal, y detrás de ese cristal estaba Manuel y todo el tiempo que había pasado con él. Era una pesadilla, o quizá un sueño, Martín ya no estaba seguro de cómo diferenciarlos.

Cuando era niño todo era más fácil: Si había payasos, eran pesadillas, si despertaba llorando, eran pesadillas. Si un vampiro le confesaba que no sabía que hacer con él, bueno, eso solo podía ser un pésimo vampiro.

— No tenés idea —dijo Martín, tomando aire.

Uno, dos, tres, cuatro, exhala, uno, dos, tres, cuatro, inhala.

— Obvio que no tenés idea —se escuchó repetir, medio riéndose. Manuel lo estaba mirando como si le hubiera salido otra cabeza. Abrió y cerró la boca, como buscando una forma de responder, pero no dijo nada.— ¿Cuántos años tenés?

— ¿Qué tiene que ver eso?

— Solo respondeme, flaco, me lo debes.

— Dejé de contar después de los doscientos treinta —respondió Manuel, confundido.

— Obvio que dejaste de contar, viejo agrio —respondió Martín con un bufido.— Yo tengo veintinueve, y como sabés, morí a los veintinueve ¿vos?

— ¿Qué estás haciendo?

— Estamos compartiendo información, Manuel —respondió Martín, haciendo un gesto con las manos.— Es lo que debimos hacer al principio. Dale, respondeme.

— Alcancé a cumplir los veinticinco unos meses antes de morir —dijo Manuel, mirándolo con tanta sospecha que Martín casi se rió en voz alta.— Y sigo sin entender qué quieres lograr.

— Haz vivido doscientos años, es imposible que no puedas enseñarme algo útil —respondió Martín, sonriéndole.— Solo tengo que obligarte.

— ¿Obligarme? ¿Qué te hace pensar que puedes obligarme a algo? Solo porque Francisca…

— ¡No! Cállate. No digas su nombre en voz alta, es mala suerte —interrumpió Martín, negando con la cabeza para darle más efecto.— Esa es la nueva regla de la madriguera. Acá yo soy el príncipe, o lo que sea que te asusta tanto de la ciudad, y yo digo que no se habla de ella. Nunca más. En lo que a mi respecta, vos me encontraste en la calle, y me vas a enseñar. De hecho, te ofreciste a enseñarme porque vivir solo en este sucucho te estaba volviendo loco.

Aunque sonaba ridículo en sus propios oídos, Martín no podía evitar pensarlo en serio. Pensar que, antes de que todo lo malo pasara, antes de la falta de dinero, de las novias insatisfechas, antes de todo; podría haber estado ahí, dichoso de descubrir sus poderes y la eternidad de juventud que tenía por delante. Estaba seguro de que si hubiera conocido a Manuel cuando recién había salido del colegio, allá en Argentina, su muerte habría sido muy distinta.

Manuel por su parte se había quedado mirándolo en silencio, pero su postura estaba relajada de nuevo, y había algo parecido a la diversión en sus ojos.

— Mi casa no es patética.

— No, pero vos lo sos —respondió Martín, ofreciéndole una sonrisa llena de dientes.— Mi nombre es Martín Hernández. Estaba estudiando letras pero me salí a la mitad y traté de ser escritor. Voy a estar viviendo con vos hasta nuevo aviso.

— Ya nos presentamos Martín.

— No, te di una paliza en esa presentación. Hay que hacerlo de nuevo para empezar bien.

— No me diste una paliza, yo te dejé pegar para que no pensaras que era…

— ¡Solo dame la mano Manuel!

Manuel suspiró, como si estuviese expulsando el oxígeno de todo su cuerpo al mismo tiempo, incluso si el movimiento estaba perfectamente contenido. Martín nunca estaba seguro de si debería reírse u ofenderse cuando lo veía suspirar así por su causa, como si él fuese todo el peso del mundo sobre Manuel.

— José Manuel González —dijo Manuel despues de un rato, tomándole la mano con un rosa pálido en la punta de las orejas.— Un gusto, supongo.

Martín le sonrió, y aunque Manuel claramente estaba intentando evitarlo, él también tenía el asomo de una sonrisa en los labios.

Ese gesto, y la mano helada de Manuel apretándole los dedos, se sintió como el primer triunfo real que había tenido desde Francisca.

 


 

 

Salir a cazar con Manuel en el bosque era distinto a todo lo que había experimentado antes. En la ciudad, Manuel parecía estar preocupado de que sus pasos siempre fueran al ritmo del de los demás humanos, usando solo el don de la mente para cazar, si es que llegaba a necesitarlo, aunque usualmente ni siquiera esa ayuda necesitaba. A fin de cuentas, la mayoría de sus víctimas estaban en camillas de hospital cuando Martín lo acompañaba.
En el bosque en cambio, no había nadie que los fuera a ver, ni humanos a los que imitar. Corriendo entre los árboles, Manuel se volvía solo una sombra, no había sonidos que lo delataran cuando caía sobre su víctima, y mientras bebía, con la cara hundida en el pelo del animal, no caía ni una sola gota de sangre. Es más, ni siquiera parecía haber bebido cuando dejaba el cuerpo inerte en el piso. La única señal que quedaba era el color de su piel, volviéndose cálida a medida la sangre se extendía por su cuerpo.

Martín sentía una extraña mezcla entre la repulsión y el hambre cada vez que lo veía cazar. Por un lado estaba Manuel, siendo cada párrafo exagerado sobre la gracia y el peligro de los vampiros que Martín había leído en su vida, y por otro lado estaba el cadaver, inerte y profundamente inocente ahora que todo había acabado. Nunca había sentido eso con los humanos que Francisca le había llevado, ni con el ebrio que había cazado esa primera noche en la ciudad. No estaba seguro del motivo, pero si se preguntaba qué decía eso de él como persona.

Esa noche, Manuel le había ofrecido una de sus víctimas cuando aún se estaba moviendo, y Martín se había negado, aun cuando sus colmillos habían aparecido en el mismo momento en que había visto a Manuel cazarlo.
Había pasado media hora y al menos un kilómetro desde eso, pero aún tenía el estómago revuelto con la culpa y el deseo que había sentido en ese momento. La culpa tenía un origen claro, y Martín estaba empezando a acostumbrarse a la idea de que era un monstruo por no sentir lo mismo por un animal que por un humano, independiente de los crímenes cometidos. Pero el deseo, eso lo había hecho decir que no, porque ese deseo era más que el hambre, era el impulso de acercarse más a Manuel, de probarle que él también era poderoso. De pelear y arrancarle la comida a la fuerza.

Martín había empezado a caminar con un metro de distancia luego de eso.

— Estás pensando mucho. Déjalo —dijo Manuel de repente, deteniendose.— Eres especialmente ruidoso cuando te sientes mal.

— No me siento mal.

— Ajá. —respondió Manuel, mirándolo con ambas cejas alzadas.— Mira, no me importa, pero necesitas comer algo.

— Lo estoy intentando boludo —dijo Martín entredientes, apretando los puños. Si su estómago aún funcionara, probablemente estaría haciendo ruido a esas alturas.

— A todos nos pasa igual, Martín. Siempre es más fácil cazar humanos —suspiró Manuel— Es porque puedes justificarlo con lo que han hecho en sus vidas, cuando alguien es malvado es fácil pensar que le haces un favor. Y si no, la lujuria por la sangre hace el resto.

— ¿Lujuria?

— ¿Recuerdas cuando escapaste del departamento? Eso es la lujuria —respondió Manuel encogiendose de hombros.— Los humanos nos provocan, pero los animales no. Es sangre vacía, una forma de engañarnos, si prefieres.

— ¿Y eso por qué? La sangre es sangre.

— No lo sé —dijo Manuel, desviando la vista.— Simplemente no funcionan igual. Deberías probarlo por ti mismo.

— Vos sabés que no puedo cazar animales flaco —alegó Martín con un quejido que sonaba infantil incluso para sus propios oídos.— No los alcanzo.

— Martín, me obligaste a darte la mano y prometer que te iba a enseñar —dijo Manuel, haciendo una gesto hacia adelante, como si le estuviera señalando un camino, aunque Martín solo veía ramas y follaje delante.— Intenta pretender que quieres aprender.

— No estás intentando enseñarme nada ahora —dijo Martín, empezando a caminar de todas formas.— Solo querés que persiga conejos, y no soy bueno en eso.
La idea de hacer el ridículo frente a Manuel era mucho peor que corretear solo en el bosque, especialmente porque, mientras Martín miraba hacia donde le había apuntado el vampiro, solo venía tierra y hojas secas, ni siquiera era capaz de distinguir las huellas de un animal, así que tampoco sabía bien hacia donde ir a buscarlo.

Martín se volteó a mirar a Manuel de nuevo, gesticulando hacia el mismo lugar que le había señalado el vampiro antes.

Manuel suspiró por enésima vez en la noche, pasándose una mano por el pelo, claramente irritado. Sus dedos habían desordenado los mechones del flequillo, dejando algunas secciones levantadas en ángulos inusuales, pero Manuel no parecía conciente. Probablemente no le habría importado, si hubiera sabido.

Martín se tocó el pelo también, pensando inevitablemente que Manuel combinaba mejor con el bosque que él, al menos el vampiro parecía saber donde estaba, donde tenía que ir y qué tenía que hacer como si se lo hubiese escrito en las palmas de las manos, a diferencia de él, que se sentía perdido cada vez que salían de la madriguera. Incluso en ese momento, mientras estaba murmurando cosas con la cara hacia el cielo, como esperando ver una respuesta que Martín sabía no estaba ahí (él mismo había mirado incontables horas esperando ver algo más que las ramas y los retazos de negro con pintas blancas que era el cielo en ese lugar), parecía más adecuado que él mismo. De hecho, estaba apunto de decirle algo cuando Manuel volvió a mirarlo.

— Vale, olvida la cacería —dijo Manuel, extrañamente energético.— Olvida que estoy acá. Olvidalo todo.

Manuel caminó hacia él, haciendo ruido por primera vez desde que habían empezado a cazar juntos.

— Solo quiero que corras.

— Que corra —repitió Martín, poniendo todo el escepticismo posible su voz.

— Si Martín —respondió Manuel, exásperado— Vamos a correr. Eso es lo que hizo Victoria.

— ¿Quién es Victoria?

— ¿Qué te importa? Yo te estoy diciendo que corras, no ella. ¿Vas a hacerlo? —preguntó Manuel, ofreciéndole una sonrisa.

La espalda de Manuel crujió cuando comenzó a esturarse, y Martín se encontró a si mismo sonriendole también. No tenía idea de qué hora era, pero el bosque parecía estar congelándose a su alrededor, y su respiración se desdibujaba en nubes de vapor. Ya no podía sentir el frío como antes, pero Martín aún hacía los gestos: Soplar dentro de sus manos o frotarse los brazos, por ejemplo, solo por la costumbre.

Las manos y las piernas de Manuel, todo había crujido en algún punto de su estiramiento, como si fuera un anciano. Martín tenía la intención de reírse, pero cuando abrió la boca, Manuel ya no estaba a su lado.
Esta vez su corrida no era silenciosa, de hecho, el bosque entero parecía estar crujiendo con él. Cada paso resonaba en el piso y los árboles a su alrededor, y Martín lo veía como un humano más, corriendo en medio de un bosque que ningún civil habría llamado hogar.

Martín no sabía si había sido el don de la mente, o su propia imaginación, pero sintió la voz de Manuel en su cabeza, urgiendolo a correr también, y pronto se encontró a si mismo detrás de él, tratando de ir cada vez más rápido a pesar de lo complicado del terreno.

Manuel bajaba la velocidad cada vez que Martín estaba cerca de alcanzarlo, y en el momento exacto en que llegaban a ir lado a lado, volvía a subirla, sin siquiera mirar a Martín.

Era irritante, y Martín tenía que reprimir las ganas de gritar cada vez que terminaba viendo la espalda de Manuel, que no parecía cansarse. Estaba decidido a alcanzarlo,y la siguiente vez que estuvieron lado a lado, Martín fue el primero en aumentar la velocidad. Pronto había dejado de sentir las ramas que pasaban a llevar sus brazos o los cambios de nivel en el suelo, Martín ni siquiera estaba totalmente seguro de que aún estuviera tocando el suelo, porque no podía sentir ningún ruido fuera de su propia respiración. Martín ni siquiera se detuvo totalmente cuando una rama le golpeó la cara, solo bajó la velocidad un poco, quejandose por un dolor que no había sentido realmente, antes de retomar la carrera, escuchando la risa de Manuel en su cabeza.

Y esta vez, no tenía la más minima duda de que ese era el don de la mente.

El dolor, el frío y el cansancio eran ideas abstractas mientras corría, porque todo lo que existía en la realidad de ese momento era la espalda de Manuel perdiendose entre los árboles cada vez que Martín se detenía a respirar.
Y bueno, respirar no era tan importante después de un rato.

El viento silvaba a su alrededor, y los arboles que le flanqueaban el paso se veían borrosos. No sabía cuánto habían avanzado, ni a qué velocidad iban, todo lo que tenía carlo en ese momento es que necesitaba ganarle a Manuel en esto.

Si tan solo lograba seguir corriendo, todo iba a tener sentido de nuevo.

— ¡Qué me vas a dar cuando gane anciano! —gritó, apenas respirando entre palabra y palabra.

Manuel se rió. El sonido se escuchaba a unos metros de él pero Martín lo había perdido de vista y a estas alturas sabía que si se distraía iba a terminar cayéndose en medio del bosque.
Sus ojos estaban lagrimeando por el viento, y sus piernas parecían ir solas por encima de los desniveles. Ya ni siquiera se sentía como correr. Martín estaba volando, y en cualquier momento iba a alcanzar la carretera.

«¿Qué quieres que te de?»

La voz de Manuel sonaba como una risa, agitada con más emociones que las que Martín podía identificar en ese momento. A pesar de saber que no era una buena idea, Martín lo buscó con la mirada, pero todo a su alrededor eran manchas de colores borrosos.

Quizá lo había pasado, quizá estaba detrás de él, Martín supuso que ya no importaba. Solo quería reírse, porque jamás, ni siquiera en sus noches de fiesta, ni con Constanza en sus brazos, se había sentido tan vivo como en ese momento.

«Lo quiero todo» —pensó, con tanta presición como podía reunir en ese momento.

El cuerpo de Manuel lo tomó por sorpresa cuando alcanzaron la carretera, tirándolo al piso justo antes de la baranda de seguridad que había visto la noche que Miguel los trajo.

Su ropa estaba asquerosa, y toda su piel estaba llena de rasguños, pero Martín solo se rió en el oído del vampiro, tragando aire a bocanadas solo para poder seguir riéndose. La tierra estaba húmeda, pero el cielo estaba empezando a cambiar de color.

Azul, violeta, pronto celeste.

— ¿Qué hora es? —preguntó,mirando a Manuel, que ya se había levantado y le estaba ofreciendo la mano. Se veía tan relajado que parecía ser otra persona, y de cierta forma, el mismo Martín se sentía otra persona en ese momento, así que podía ser que ese fuera el caso.

— Temprano.

Sus piernas parecían de gelatina cuando volvió a levantarse, pero aún así asintió cuando Manuel le propuso trotar de regreso a la cabaña. No sabía si el vampiro había escuchado su petición, pero tampoco estaba dispuesto a preguntarle en voz alta, y por el momento le bastaba con saber que él también podía hacerlo.

 

Chapter Text

— ¿Qué hacés? —preguntó Martín una tarde, cerrando la libreta que tenía en las manos con un suspiro.

Según sus cálculos, ya había pasado tres semanas en la choza de Manuel, durmiendo en la cama de dos plazas que estaba metida en la habitación más alejada y fría del lugar. Esa era la única cama que había, pero claramente no había sido usada en muchísimo tiempo. Manuel le había cambiado las sábanas y había limpiado el lugar cuando llegaron, pero aún así Martín se sentía en otro mundo cada vez que salía o entraba de esa habitación, y ahora que no podía dormir más allá de las cinco de la tarde, trataba de no quedarse más tiempo del estrictamente necesesario.

Manuel hizo un ruido con la garganta, sin dejar de escribir. Martín casi nunca podía convencerlo de hablar con él durante el día, no mientras estaba en el escritorio al menos, y a juzgar por la velocidad sobrehumana con la que Manuel estaba trabajando esa tarde, tampoco tenía muchas probabilidades de lograrlo ese día.

— Pensé que si te dejaba solo ibas a explicármelo en algún momento, pero de verdad sos un pésimo profesor —continuó Martín, alimentando el fuego de la chimenea con uno de los tantos troncos perfectamente cortados que Manuel siempre tenía apilados en la habitación principal.

La chimenea siempre tenía que estar encendida, y Manuel siempre tenía que estar en el escritorio, esas eran las reglas de la vida dentro de la madriguera.

— No lo soy —dijo Manuel luego de un rato.— Es solo que no entiendo por qué debería explicarte mis proyectos.

— Si fuera por vos no me explicarías nada de nada.

— Si fuera por mi te tendría día y noche intentando cazar animales, pero no se puede.

— Los conejos me odian.

— No más que el resto de los animales aparentemente.

— ¡Por eso te digo que deberías dejarme ir a cazar al pueblo!

— Martín —dijo Manuel entre dientes. No podía verlo, pero podía imaginarse su cara en ese momento, los labios apretados, los ojos en blanco, y la mente llena con el sonido del mar y números. «Uno, dos, tres, no puedes matarlo, cuatro, cinco, seis, tú lo trajiste, siente, ocho, nueve, piensa en cosas lindas», o algo por el estilo.— En la noche intento conseguir que caces, y te enseño cosas. En el día, tú duermes y yo trabajo en lo mio. En silencio.

— Ahora no estoy durmiendo —dijo Martín, consiente de que sonaba petulante, e incapaz de detenerse.— Estoy aburrido mirándote escribir. Seguro puedo morir de eso, y luego vas a tener que enterrarme vos sólo. Y cuando pase espero que no encontrés pala y tengás que cavar la fosa con las manos flaco.

Quizá en otro momento, o en otro lugar, la mirada de Manuel habría sido intimidante. O quizá no, la verdad es que Martín tenía problemas para mirar al pasado objetivamente hoy en día. Incluso pensar en Constanza se sentía como algo lejano de hecho.

— No me mires así flaco. Yo sé que llevás años intentando morir de aburrimiento, pero vos no conoces otra forma de vivir, así que probablemente eres inmune —dijo Martín, tirando la libreta a un costado de su taza vacía.— Yo, por otro lado, tuve una gran vida y ahora estoy acá.

No sabía si estar ofendido o satisfecho cuando escuchó a Manuel reírse. Parte de él incluso se sentía triunfante de saber que Manuel lo estaba escuchando, a diferencia de otras ocasiones en que habían tenido esta misma discusión.

Manuel se volteó hacia él, mirándolo con los ojos brillantes y una ceja alzada.

— No sé nada de tu gran vida —dijo, sonriendo de lado.— Pero tengo que admitir que antes de transformarme pasé meses intentando morir de aburrimiento. Estuve cerca, de hecho.

— ¿Qué tan cerca?

— Cerca, cerca. A dos pasos de volverme cura, cerca. —dijo Manuel, encogiendose de hombros.

Martín se ahogó con su propia saliva cuando lo escuchó, a medio camino entre la risa y la tos mientras Manuel volvía a darle la espalda, decidido a continuar con su trabajo.

— ¡Mentira!

— ¿Para qué voy a mentirte? Tengo doscientos treinta, mentir no tiene sentido a esta edad.

— ¿Por qué ibas a hacerte cura? ¿Sos católico?

Manuel lo miró con una sonrisa complacida. No era la primera vez que le sonreía, pero Martín jamás lo había visto satisfecho antes. En general, Manuel no era el hombre más activo que Martín hubiera visto en su vida; era demasiado delgado, y su actitud no ayudaba la mayor parte del tiempo. Su cara era relativamente común también, pero sus ojos eran lo suficientemente expresivos como para hacerlo parecer atractivo, especialmente cuando brillaban así. Había algo en Manuel cuando estaba sonriendo, un rastrojo de vida que no siempre aparecía, pero que cuando aparecía le revolvía el estómago con emociones que Martín no quería terminar de entender.

— Hagamos un trato —dijo Manuel.

— ¿Ah?

— Te voy a contar todo lo que quieras cuando logres cazar un conejo, pero hasta entonces, tienes que dejarme trabajar.

Todas las noches Martín intentaba convencer a Manuel de correr hasta la carretera, y luego seguir a los autos hasta el túnel que los separaba de la siguiente ciudad. Había algo excitante en las carreras, pero si era sincero, Martín no solo lo hacía por eso.

Cuando estaban ahí, rodeados de árboles y estrellas, Manuel parecía otra persona. Ahí se olvidaba de sus libros y sus cuadernos, y el centro de todo estaba en Martín, y las conversaciones que tenían. En ese mundo, Manuel y él podían reírse y pretender que se habían conocido en otra parte.

O al menos Martín hacía eso, imaginando que irse a vivir a la madriguera era solo una extensión de la sensación extraña que le provocaba Manuel cada vez que estaban corriendo juntos.

Sin embargo, esa noche no intentó convencerlo de cambiar la ruta, y tampoco salió a hacer el camino hasta el túnel por su propia cuenta. En vez de eso, Martín se dedicó a mirar a Manuel cazar tres conejos. Esa noche fue la primera vez que se obligó a mirar los cadáveres como una necesidad, seguro de que si lograba superar el asco podría cazar algo, sin embargo, había vuelto a la madriguera con las manos vacías.

A veces, todos los rasgos atractivos que veía en Manuel se desvanecían con ciertas acciones, o ciertas palabras, y dejaba a Martín preguntándose por qué había pensado siquiera que el vampiro era algo más que terrible. Esa mañana, por ejemplo, la sonrisa burlona de Manuel mientras volvía a sentarse en el escritorio había sido suficiente para recordarle a Martín que no había ningún universo en el que él hubiera decidido irse a la madriguera por su propia cuenta.

Esa tarde, Martín fingió que se había dormido cuando el fuego de la chimenea empezó a apagarse, solo para tener la satisfacción de ver a Manuel levantarse del escritorio, alimentar el fuego, y luego volver a sentarse, todo el tiempo murmurando quejas.

Eso pronto se volvió otra de las reglas de la vida de en la madriguera, y si Martín desordenaba los troncos de vez en cuando, solo para hacerlo más engorroso para Manuel, bueno, nadie podía culparlo.

 


 

 

Martín pasó dos semanas enteras correteando roedores antes de lograrlo. Manuel había desaparecido hace algunos minutos, pero estaba seguro de que lo había visto agarrar el animal, porque la ola de orgullo que había sentido era tan intensa que no podía haber sido solo suya.

Manuel siempre mantenía la distancia cuando estaban cazando, no le había preguntado el por qué, pero imaginaba que el otro vampiro estaba intentando darle espacio para fracasar en paz, y de Martín estaba agradecido por eso, de la misma forma en que agradecía todos los detalles rebuscados que Manuel usaba para demostrar que no era un completo bastardo.

Martín cerró los ojos antes de hundir la cara en el pelo del animal. Pretendía hacerlo tan rápido como pudiera, intentando imaginarse que estaba en otro lado, o haciendo otra cosa, pero era imposible. El pelo del conejo le hacía cosquillas en la nariz, y el olor de la tierra húmeda mezclándose con la peste natural del animal lo mantenían perfectamente anclado al presente, obligado a reconocerse a si mismo como el depredador en ese escenario.

El primer chorro de sangre venía acompañado de un chillido que le revolvió el estómago. No era la primera vez que alcanzaba a un animal, ni siquiera era la primera vez que atrapaba a un conejo, pero si era la primera vez que se había decidido a hacer algo al respecto; y era todo lo desagradable que siempre pensó que iba a ser. Eso al menos hasta que su hambre despertó, arrancándole un ruido de placer que Martín difícilmente podía reconocer como propio.

La sangre estaba escurriendo por su barbilla mientras Martín estrujaba el cuerpo inerte del animal, insatisfecho. La sangre en si misma tenía un sabor parecido a lo que estaba acostumbrado, y distinto al mismo tiempo, aunque no creía poder explicarlo. No era una sensación profunda como lo que había en la sangre de los humanos, pero aún así era mejor que la sangre empaquetada que había estado comiendo desde su llegada a la madriguera.

A pesar de todo, aún quedaba alguno que otro recuerdo en la sangre del animal, pero a diferencia de su experiencia con los abusadores de la ciudad, en los recuerdos del animal solo había sensaciones: la necesidad de correr se estaba esparciendo por todo su cuerpo mientras bebía, una mezcla de miedo y adrenalina tan grande que casi tenía la sensación de estar temblando. Veía imágenes confusas de la carrera, el piso de tierra en las patas, los árboles, enormes a su alrededor, tan grandes que el cielo desaparecía detrás de sus hojas, y negro. No había nada más que eso, ningún recuerdo que fuera antes de esa noche; de esa vida solo quedaba el miedo de la muerte, y Martín no podía evitar sentirse mal cuando por fin se separó del cadáver, mirando la herida abierta y seca como una marca de su propia culpa.

Manuel estaba mirándolo unos pasos más allá, los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión seria que Martín recordaba de las primeras noches que habían pasado juntos en Santiago.

El bosque pareció callarse solo para ellos en ese momento, y cuando Martín intentó empujar la pared invisible de su mente hasta la de Manuel, no escuchó el sonido del mar. En vez de eso estaba Manuel, pensando en él, pensando en la mancha rojiza en el cuello de su camisa y la empatía que estaba sintiendo por su pequeña víctima ahora que no había justicia para justificarlo.

Martín se vio a si mismo a través de los ojos de Manuel, encorvado en el piso, con la mirada perdida y un cadáver entre las manos.

Había pasado noches intentando conseguir esto, pero ni siquiera el recuerdo de su trato con Manuel podía arrancarlo del transe ahora. Podía verse a través de los ojos de Manuel, y verse a través de los ojos de su víctima, y sentirse en el vacío insatisfecho que aún tenía en el estómago.

Esa noche, recién esa noche, se había terminado de transformar, y no estaba seguro de estar listo para aceptarlo.

— Martín —susurró Manuel, cerrando la conexión de sus mentes. El mar había vuelto, como una tormenta, pero Martín aún podía percibir la inseguridad de Manuel cuando se acercó a él.— Martín, está bien.

— ¿Qué está bien Manuel? —preguntó, casi incapaz de reconocer las emociones en su propia voz.

Claramente no podía ser él el que parecía al borde de las lágrimas luego de haber matado un conejo.

— Tienes que sobrevivir —dijo Manuel, poniéndole una mano en el hombro. Estaba frío, igual que el resto del bosque, pero Martín lo agradeció de todas formas, dejándose a si mismo inclinar su peso en dirección al vampiro.— No es maldad —murmuró, apretándole el hombro.— Es solo la naturaleza de nuestras vidas.

Martín le creía, de verdad le creía, pero aún así no pudo dejar de pensar en todos los conejos de dos patas que había asesinado en la ciudad. Mientras caminaban a la madriguera, iba tragando con fuerza cada cierto rato, preguntándose casi sin querer cómo es que podía sentir nauseas si no tenía nada que vomitar.

 


 

 

Esa mañana, Constanza era un conejo.

Martín no podía explicar cómo lo sabía, pero el conejo café que tenía en brazos era Constanza, mirandolo muy quieta y moviendo la nariz cada vez que la acercaba a su cara. En su sueño, ella saltaba de sus brazos y corría por su antiguo departamento, botando libros y tazas en el proceso.

Así es como se había encontrado a si mismo riendo mientras la perseguía, y a su paso, él también botaba cosas: mesas, sillas, lámparas, todo iba a parar al suelo sin que él se volteara a mirarlas una sola vez. No le importaba, ni siquiera le importaba estar corriendo detrás del animal solo con los pantalones de pijama puestos.

Sus pies descalzos resbalaban en la cerámica de la cocina, pero Martín siguió corriendo, incluso cuando ya no podía ver la bola de pelo café. Martín siguió corriendo, intentando controlar la angustia que había comenzado a formarle un agujero en el estomago, más y más grande con cada segundo que pasaba sin verla.

— ¡Coni! ¡Volvé acá, boluda, te vas a perder! —gritaba, medio histérico. Estaba riéndose de si mismo y de ella, porque era un conejo y él aún estaba dispuesto a perseguirla.— ¡Conii! ¡Constanza!

Las paredes crema de su cocina parecían estarse extendiendo, más y más, hasta desaparecer de repente, dejándolo con un pie en la cerámica blanca y el otro en el pasto del patio. Detrás de él estaba la cocina, abierta como si hubiesen cortado un muro, y se veía tan angosta, tan opresiva, que Martín se preguntó cómo es que había podido pasar por ahí en primer lugar.

Su antigua cocina parecía una cueva en comparación con la vista que tenía en frente, se veía oscura, demasiado oscura al lado de los colores brillantes del claro, donde el pasto se extendía más allá de lo que podía ver y el sol se filtraba en cada recoveco, entibiandolo todo.

Esa era su parte favorita, ver el sol y sentir el calor esparciéndose por su piel de cerámica, hasta que empezó a verse humana de nuevo. Martín estaba tan feliz que ya no podía recordar cómo había llegado ahí, había estado persiguiendo algo, pero cuando se dejó caer en el pasto, cerrando los ojos para no encandilarse, ya no recordaba nada excepto su propia humanidad.

Lejos, en algún lugar, empezó a sonar el ladrido de los perros y el chillido agudo de un animal.

Martín abrió los ojos de golpe, desorientado por la oscuridad absoluta en la que había despertado. Estaba en la cama de dos plazas, viendo el techo de la habitación de ladrillo y respirando como si hubiera corrido una maratón. Tal y como despertaba la mayoria de las veces, en realidad.

Odiaba la pieza de Manuel, y podía apostar a que Manuel también la odiaba, porque ahí no había libros, y en el idioma del vampiro, eso probablemente era el extremo máximo del desinterés.

No le extrañaba que fuera así, en realidad, el cubículo de ladrillos era una tumba sin ventilación ni fuentes de luz, lo único que tenía era un cama ancha y sábanas rojas que se humedecían solo por estar ahí.

Martín suspiró, pasandose las manos por la el pelo para aplastar los mechones más rebeldes antes de salir en busca de Manuel. No sabía que hora era, pero a juzgar por cómo había estado durmiendo últimamente, podía apostar que ni siquiera eran las siete.

El vampiro estaba frente a la chimenea, organizando sus troncos perfectamente cortados en dos pilas distintas, apenas iluminado por la luz del sol. Martín incluso dejó de respirar cuando vio el hilo de luz que entraba por la puerta, seguro que, en todo el tiempo que llevaba ahí, jamás había visto a Manuel dejar la puerta abierta durante el día.

La luz no entraba tan directamente como para iluminar la cara de Manuel, pero si le tocaba las piernas, y la imagen removió algo dentro de él.

— Está abierto —murmuró, apenas con un hilo de voz ronca. No tenía miedo, o no creía tenerlo al menos, pero había algo especial sobre ver la casa sin ventanas iluminada por luz natural. Algo que lo hacía sentir que estaba en un lugar que nunca había visto antes.

Se sentía como una polilla, desesperado por salir a su propia muerte solo para sentir la luz del sol contra su piel. Esperaba que Manuel no lo estuviese escuchando en ese momento, pero a juzgar por la mirada de sorpresa que le estaba dedicando el vampiro, su fuero interno seguía tan ruidoso como siempre.

— Hay que ventilar —dijo Manuel mientras se enderezaba, sacudiéndose las manos en los pantalones de tela café que estaba usando esa mañana.— La cabaña huele a encierro.

— Pero vos solo abrís de noche.

— Y en las mañanas —respondió Manuel, con algo parecido a una sonrisa en los labios, aunque Martín no pondría sus manos al fuego (ni se pararía bajo el sol) asegurando que ese gesto era real.— Recién van a ser las doce Martín.

Parte de él sentía que debería estar feliz de que su cuerpo ya estaba comenzando a seguirle la idea a todo eso de no dormir y no comer en el día, pero la otra parte, la que realmente era él, no pudo evitar dejar escapar un quejido gutural cuando escuchó eso.

Despertó a las doce, y todavía tenía que esperar hasta las ocho para poder salir de la casa. Solo imaginarse las horas de ver a Manuel escribir y leer le daban ganas de arrancarse el pelo a tirones.

La risa de Manuel estaba rebotando en las paredes antes de que Martín alcanzara siquiera a poner en palabras lo terrible que era la idea de despertarse tan temprano. Era una risa nasal y burlona, pero el vampiro al menos tuvo la decencia de detenerse cuando Martín lo miró, incluso si aún quedaba el fantasma de una sonrisa en sus labios.

— Bueno, ya que estás acá, deberías ayudarme a entrar la madera que corté.

— Si, claro.

Martín estaba seguro de que Manuel entendía el sarcasmo, de la misma forma que estaba seguro de que la mera propuesta era un chiste cruel del vampiro, así que casi se tropezó intentando evitar que Manuel se suicidara cuando lo vio caminar hacia la puerta, sin embargo no se atrevió a arriesgarse a si mismo cuando Manuel cruzó el umbral.

— ¡Manuel!

El miedo, que no había sentido desde su primera muerte, apareció de golpe, haciendo que su estómago se hundiera hasta sus pies y sus oídos comenzaran a zumbar con el palpitar de su propio corazón.

En su mente estaba Manuel, inmolandose frente a sus ojos, dejándolo botado en medio del bosque con una eternidad y una madriguera como único consuelo.

Martín se asomó tan lejos como se atrevía: ahí, parado bajo el sol que se colaba entre las hojas, estaba Manuel, mirandolo con el ceño fruncido. Martín tenía ganas de gritarle, de empujarlo dentro de la casa de nuevo, pero en vez de eso se quedó mirándolo en silencio. La piel de Manuel estaba exhalando un humo blanco que se colaba por entre la tela de su camisa y se enroscaba a su alrededor en largas tiras deformes de vapor. No era demasiado, pero Martín podía verlo claramente en el aire alrededor del vampiro.

No había llamas como en las películas, y Manuel ni siquiera parecía estar adolorido, aunque si hizo una mueca cuando se tocó la cabeza, por donde salía la mayor cantidad de humo.

— Ven, oye, no pasa nada. Es como entrar a una tina muy caliente, nada más —dijo Manuel, haciéndole un gesto con la mano antes de desaparecer de su vista.— A esta hora el sol no es tan terrible, y los árboles ayudan.
Esa revelación debería haber sido un gran momento, Martín incluso tenía la idea de que debería haber salido corriendo hacia la luz, haberle creído a Manuel a ciegas y disfrutar de todo el sol que no había podido tener hasta ese momento, sin embargo, su instinto de supervivencia era más fuerte, y se quedó parado unos momentos más, esperando a que algo estallara en llamas.

Él o Manuel, o cualquier cosa, en realidad.

— ¿Tienes miedo? —preguntó Manuel cuando regresó, cargando varios troncos, y entrando también el humo que estaba echando su propio cuerpo.

Olía un poco como pelo quemado, pero el humo y el olor habían parado luego de unos segundos a la sombra de la madriguera.

— ¿O no me crees?

— No es eso, es que… Deberías haber estallado en llamas o hacerte cenizas, como en las películas —respondió Martín, sintiendose ridiculo, silenciosamente agradecido de que no hubiese suficiente sangre en su cuerpo como para sonrojarse de vergüenza.

— Claro, en las peliculas —murmuró Manuel, arrugando la nariz con disgusto.— No sé quién inventó eso… Osea, si nos quemamos. Pero nadie estalla en llamas por unos minutos al sol, ni siquiera bajo la exposición directa.

— ¿Entonces por qué esperamos aquí todo el día, todos los días?

— ¿Por eso te molesta?

— No estoy molesto boludo —gruñó Martín, cruzandose de brazos frente a la mirada escéptica de Manuel.— Es solo que no entiendo por qué preferís encerrarte cuando podés salir… Cuando puedo salir.

Manuel le tomó el brazo, sus manos se sentían frías incluso a través de la ropa, incluso cuando habían estado echando humo hace solo unos segundos. Martín solía pensar en cerámica cada vez que se tocaban de hecho.

— No es que no quiero que salgas Martín, no te pongas pesado —dijo Manuel, arrastrandolo fuera de la cabaña.

Estaba a la mitad de mandarle insultos mentales a Manuel cuando sintió el primer rayo de sol contra su piel. Los árboles que rodeaban la cabaña los estaban protegiendo, pero aún así había luz suficiente como para sentir el calor.

La arquitectura de la Madriguera tenía sentido en ese momento, incrustada como estaba entre los troncos de los árboles, estaba protegida del sol incluso fuera de la construcción. Manuel la había construido para poder salir durante el día. Martín estaba maravillado viendo la luz filtrarse entre las hojas y las ramas que se enredaban por encima del techo. Entre el techo y las ramas, él y Manuel tenían al menos dos metros de sombra para moverse relativamente protegidos del sol.

Aún así, los efectos del sol comenzaron a aparecer casi de inmediato. Martín no sabía que es lo que Manuel consideraba doloros, pero en su opinión, la luz del sol dolía lo suficiente como para no querer aventurarse a recibirla directamente.

No era un dolor inmediato, y tampoco era tan insoportable como lo ponían los libros y las peliculas; de hecho, había tenido al menos cinco minutos para sentirse satisfecho con el calor. Cinco minutosp ara cerrar los ojos y respirar profundo antes de empezar a sentirlo.

Y olerlo.

Lo primero que pensó cuando sintió el aroma era que alguien estaba haciendo un asado. Habían pasado meses desde la última vez que él mismo había hecho uno, pero recordaba el olor casi tanto como recordaba el sabor de la carne. El aroma era una mezcla que lo hacía pensar en carbon y grasa, pero Martí no lo asoció hasta que empezó a sentir el ardor esparciéndose por su cabeza y sus hombros.

— Los humanos pierden calor por la cabeza, ¿sabes? —comentó Manuel cuando lo vio tocarse el pelo.— En nuestro caso, se acumula ahí. Supongo que si fueramos a estallar en llamas, como en tus películas —dijo, dedicándole una sonrisa irónica.— Empezaríamos por la cabeza.

— ¿Por qué no usamos un casco? —preguntó Martín, ligeramente irritado por el comentario.— Aún parece una exageración esconderse durante todo el día.

Manuel se encogió de hombros, desviando la vista hacia el techo de la cabaña.

— La ropa y las hojas nos protegen, pero luego de una hora va a comenzar a dolor de verdad. A las tres horas tendrás quemaduras. No son demasiado graves, pero se demoran una noche entera en sanar, siempre y cuando hayas comido antes. —recitó Manuel, perfectamente desprovisto de emociones.— A la cuarta hora el humo se vuelve negro, y el dolor es… dificil de aguantar. Las heridas tardaron tres noches en sanar por completo.

Manuel tenía los ojos cerrados y estaba arrugando la nariz en una mueca de asco.

— No quisimos esperar la quinta hora.

— ¿Quisimos? —preguntó Martín.— ¿Te quedaste cinco horas bajo el sol para saber qué pasaba?

Martín lo miró incrédulo, pasandose las manos por el pelo. Por primera vez desde su transformación, su piel se sentía tibia, pero el olor, que al comienzo había asociado con comida, estaba empezando a mezclarse con algo más. Pelo quemado, quizá. El ardor todavía no era terrible, no realmente, pero eso no impidió que Martín suspirara agradecido cuando presionó las puntas de los dedos contra su cabeza. Sus manos seguían frías, y en ese contexto, la sensación incluso podía ser agradable.

Manuel se encogió de hombros, aún mirando hacia el techo, como si estuviese en otro lugar.

A veces era fácil olvidar que no conocía a Manuel. Incluso con el tiempo que habían pasado juntos, Martín no sabía muchas cosas de él, no tenía idea cual era su comida favorita antes de que le diera miedo comer, ni tampoco cual era el nombre de sus padres. No sabía si alguna vez había tenido novia, o si esa novia todavía había estado con él cuando lo transformaron, si acaso conocía al vampiro que lo había mordido o si recordaba exactamente como había pasado. Sabía tampoco que a veces parecía rídiculo que pudiera entender gestos tan simples como la sonrisa que le ofreció Manuel cuando sus ojos volvieron a encontrarse. Como una disculpa antes de hacer algo terrible.

Cuando Manuel habló, lo hizo con una voz suave que Martín no reconocía, y se encogió de hombros con más sinceridad de la que Martín le había visto desde que se conocieron.

— No fui yo exactamente —dijo, suspirando.— Yo propuse la teoría basao en algunas historias sobre vampiros que se suicidaban con el sol… Francisca, bueno… Ella siempre prefirió las experiencias antes que los libros.

No estaba seguro de qué pretendía de él, o cómo podría contestar, así que Martín guardó silencio, esperando el resto de la historia que Manuel parecía estar reviviendo frente a él.

— Cuando lo intentamos, ella quería seguir hasta la puesta de sol, pero no aguanté… Tuve que arrastrarla dentro —murmuró Manuel, cerrando los ojos.— Habíamos hecho el intento antes, pero nunca durante tanto tiempo. Yo pensaba que con suficientes campas protegiendonos ibamos a ser capaces de durar hasta la noche ¿sabes? Los libros dicen que la sangre diluida no debería ser tan suceptible —comentó, negando con la cabeza.— Ella insistió que debíamos probarlo… Debí decirle que no, pero pensé que podíamos recuperar nuestras vidas. En ese momento todavía eramos jóvenes, y yo quería volver a la ciudad. Nunca me dijo si ella también quería eso.

El aire parecía pesado con las preguntas y los recuerdos que había entre ellos en ese momento, y Martín tenía ganas d cambiar el tema, de arrastrar a Manuel adentro y no preguntar nunca más. Empujarlo a su escritorio y sentarse a alimentar la chimenea, como si la Madriguera todavía fuera un refugio, y no una cárcel, como la hacía sonar Manuel.

— A las cinco horas de sol el olor y el humo eran insoportables, pero Francisca nunca se quejó —comentó Manuel, con la misma voz monótona que había usado para darle instrucciones a Martín cuando estaban en la ciudad.— Mi hermana estaba dispuesta a quemarse viva para comprobar mi teoría, y yo la dejé intentarlo.

Manuel parecía haber entrado a un mundo aparte cuando terminó de hablar, mirando a la Madriguera como si estuviese viendo otro tiempo.

Por primera vez desde que se habían conocido, Martín tenía miedo de poder escuchar los pensamientos de Manuel; ya tenía bastante con los suyos mientras miraba sus manos exhalar el mismo vapor blanco que había empezado a salir por su cabeza y sus hombros.

Trató de imaginar a Francisca en su lugar. No había pensado demasiado en sus días encerrado, no desde que se habían mudado a la Madriguera, pero bastaba con intentarlo para recuperar la imagen, nítida como una fotografia: El departamento lleno de ropa, el baño con sus cerámicas blancas y sin ninguna ventana, la sensación de las cadenas, el agua hirviendo en la tina.

Si lo intentaba incluso podía ver la cara de Francisca cuando cerraba los ojos, imaginarse su risa aguda y burlona en medio del bosque. En su mente, Francisca estaba ahí, parada bajo el sol, pintada de amarillo y blanco por la luz, como si fuera un criatura totalmente distinta a ellos.

— Estaba loca.

Se dio cuenta de lo que había dicho justo después de que las palabras terminaran de salir de su boca. Martín miró a Manuel, buscando algún rastro de enojo, pero todo lo que encontró fue una sopresa de cejas lzadas y ojos redondos, mirandolo como si fuera la primera vez.

La sorpresa de Manuel duró aproximadamente un minuto, en el que Martín intentó disculparse sin disculparse, pero al final fue imposible, porque luego de la sorpresa inicial, Manuel empezó a reírse. No era la risa burlona que tenía cuando apostaban, ni tampoco la risa nasal que dejaba escapar de vez en cuando; esta era una carcajada que resonó alrededor de ellos, asustando a cualquier animal que pudiera haber estado cerca.

Era una risa que sonaba como Francisca, y al mismo tiempo no.

— Nuestra mentora decía eso a diario cuando viviamos juntos —le contó Manuel cuando cerró la puerta de la cabaña. Disipando lo que quedaba de humo y olor a quemado con una mano— En ese tiempo ella era un vampiro muy ortodoxo ¿sabes? Se tomaba muy a pecho todo el tema de no acercarse a las iglesias, y prefería dormir en habitaciones subterráneas. Creía ciegamente que la luz natural podía hacernos estallar en llamas… Creo que fue por eso que mi hermana estuvo dispuesta a llegar tan lejos para probar que podíamos soportarlo. Al final, siempre le gustó pelear con Victoria.

— ¿Ella fue la que te transformó? ¿Victoria?

— No, claro que no —respondió Manuel— ¿Por qué iba a transformarme? Victoria es así. Ella solo transforma a los que quieren la mordida, le gusta elegir a sus neófitos y entrenarlos antes. Según ella esta vida no debería ser una maldición.

Manuel le dirigió una sonrisa con esa última frase, una sonrisa llena de colmillos y tan falsa, que Martín resopló, medio riéndose, tomó su lugar en el sillón.

— Ya, obvio ¿Qué es, un regalo?

— Ella usaba la palabra bendición —respondió Manuel, claramente satisfecho cuando Martín comenzó a reírse.

Lo vio ir a la cocina con los dos tazones, sorprendido de que esta vida y la vida que había tenido antes de toparse con Francisca pudieran ser lo mismo. Que él, conviviendo con Manuel y cazando conejos en un bosque pudiera ser la misma persona, y que incluso peor, ambas experiencias pudieran catalogarse como estar vivo.

— En ese tiempo Victoria solo tenía ojos para Francisca —continuó Manuel apenas regreso a la habitación, pasándole el tazón rojo.— Recuerdo que pasaba casi todos los días en nuestra casa, pero yo jamás hablé con ella.

— ¿Y entonces quién fue?

La expresión de Manuel cuando se miraron era demasiado neutra para ser natural, y Martín sintió una extraña mezcla de resentimiento, pena e hilaridad cuando decifró lo que Manuel no estaba diciendo. Lo sabía, no necesitaba la respuesta, de alguna forma, sintió que lo había sabido desde el comienzo.

Lo sabía con la misma certeza con la que sabía quienes eran sus padres o en qué calle quedaba su departamento en Santiago, y tenía ganas de reírse.

— Francisca —dijo Manuel, encogiéndose de hombros.— ¿Quién más?

Aún quedaban vestigios de luz natural cuando salió a cazar esa noche, y Martín incluso pudo disfrutar de la sensación de su piel entibiandose lentamente a medida que se alejaba de la madriguera. Más allá de las ramas, y las horas de los árboles, había un cielo de morados y naranjas, embarrado de nubes amarillentas. Martín lo veía todo desde los claros que bordeaban la carretera, esperando algo que no podía definir exactamente.

Incluso con ese poco de luz, Martín sentía que estaba haciendo algo prohibido, y la idea le arrancó una risa casi sin aliento. Sonreír era fácil ahí, incluso podía imaginarse otro universo donde Manuel había salido con él esa tarde, y estaba dispuesto a seguir hablandole: el Manuel en su cabeza decía que tuviera cuidado, que aún no era hora de salir, y Martín lo ignoraba de la misma forma en que el Manuel lo había ignorado cuando había salido de la Madriguera.

O quizá le habría hecho caso. En su imaginación, el solo los habría hecho estallar en llamas, como los vampiros dramáticos que se suicidaban al sol, abrumados por la vida eterna.

Como ellos.

Había pasado algún tiempo desde la última vez que había salido a cazar solo, pero considerando que toda su comunicación con Manuel se había basado en miradas y gestos desde la tarde, Martín suponía que era mejor poner algo de distancia.

No estaban peleando, no que él supiera al menos, pero la idea de seguir hablando parecía peligrosa ese día, como si estuvieran listos para derrumbarse. Todo lo que faltaba era un par de palabras más, un par de recuerdos, un par de secretos, y Martín iba a caer de cabeza contra el muro impenetrable de Manuel.

Suponía que, si fuera por Manuel, nadie hablaría nunca, o quizá sería un mundo donde él fuera el único que no podía hablar, libre para dedicarle toda su vida a los libros que le gustaba coleccionar. Solo imaginarlo le provocaba dolor en el estómago a Martín, lo hacía pensar que en ese mundo él se devolvería a la Madriguera y lo habría sacado de un brazo hacia el bosque, donde podían correr hasta que todo el peso que había entre ellos desapareciera, y todo regresara a la normalidad.

Pero no iba a hacerlo, porque el silencio de ese día era más un acuerdo que un intento de Manuel por alejarlo. Ese silencio eran ellos dos, asustados de romper la Madriguera con el peso de todo lo que aún tenían que decir. Ese silencio era la prueba de que Martín estaba dispuesto a esperar el resto de la historia, aún cuando ya no estaba seguro de querer saberla. Tantos pensamientos simplemente no cabían en un solo cuerpo, incluso cuando era uno inmortal.

La puesta del sol no era un gran espectáculo. No era una escena que lo conmoviera hasta las lagrimas, aunque Martín aún no sabía si podía llorar, pero si era suficiente como para hacerlo detenerse, resistiendo a duras penas la idea de encaramarse sobre los árboles para ver mejor, porque de alguna forma ese atardecer era algo grande. Era algo magnífico, la marca cósmica de un comienzo o un final, Martín aún no sabía cuál.

O la menos debería serlo, Martín deseaba que así fuera. Quería que las nubes y la luz lo hicieran sentirse humano de nuevo, que alimentaran la rabia y la frustración por lo que había perdido o que por lo menos lo provocaran a agradecer la oportunidad de tener una segunda oportunidad; pero nada de eso pasó. Su alma no era más poética esa noche que cualquier otra noche, y ra solo otro atardecer. Uno de los miles que le esperaban de ahora en adelante.

Mientras los colores se disolvían frente a sus ojos, Martín se preguntó si Manuel lo había intentado alguna vez. Se preguntó por qué tenía miedo de saber sobre la vida de Manuel, por qué aún no había cobrado su apuesta, a pesar de haber cazado más conejos y ardillas y ratones de los que pretendía contar; pero el cielo no ofrecía grandes respuestas, y no tenía a nadie más a quién preguntarle en ese bosque.

Martín se imaginó a si mismo siendo Francisca, esperando el amanecer a unos pasos de la Madriguera mientras Manuel contaba cuantas horas podía sobrevivir bajo el sol.

 


 

 

La puerta de la madriguera estaba abierta cuando regresó, y aunque el fuego aún brillaba en su interior, y Manuel aún estaba sentado en el misma sillón de siempre, había algo raro en el ambiente, una tensión que no había estado ahí cuando Martín había salido en la tarde.

— ¿Me estabas esperando? —preguntó, intentando sonreírle.

Martín aún se sentía ligero por la corrida, ligero y satisfecho consigo mismo luego de haber encontrado el pueblo más cercano. Venía imaginando como iba a contárselo a Manuel, y cómo iba a dejarlo creer que había cazado ahí en vez de seguir el menú alternativo del bosque; pero todas esas ideas se esfumaron cuando vio la expresión del vampiro. Los hombros de Manuel estaban rectos, y aunque tenía un libro amarillento apoyado en la pierna, no estaba leyendo. En vez de eso, tenía los ojos insistentemente clavados en la puerta de la cocina, como si estuviera esperando algo.

El aire se sentía pesado a su alrededor cuando Martín se sentó al otro extremo del sillón, nervioso e irritado en partes iguales. Ese ambiente le recordaba a sus peleas con Constanza, aunque preferiría estar todo el día bajo el sol antes de comprar a Manuel con su ex-novia, no podía evitar notar que el silencio y la tensión casi le daban ganas acercarse a Manuel.

— Mirá, Manuel, no sé que bicho te picó ahora pero… —comenzó a decir con aire resignado, pero no llegó mucho más lejos que eso antes de que Manuel lo hiciera callar con un solo ruido.

Eso fue suficiente para matar todo su buen humor, eso y la mujer que salió de la cocina, sosteniendo el tazón blanco entre sus manos de porcelana.

— No puedo creer que solo tengas té en bolsa, Manuel, tu mal gusto solo sabe aumentar con los años —suspiró la mujer, sin siquiera dedicarles una mirada mientras se acomodaba en el sillón alto que había al lado izquierdo de la chimenea, un poco más lejos del fuego que los otros dos.

— Si hubiera sabido que venías —comentó Manuel, carraspeando con intención, aunque no había ninguna expresión en su rostro— Habría tenido algo para ti, pero no tengo el don de la adivinación todavía, Victoria.

— La adivinación no es real, ¿verdad? —preguntó Martín antes de poder evitarlo, recibiendo una mirada sorprendida de Victoria y un suspiro por parte de Manuel.

Victoria estaba sonriéndole, Martín no lo había notado hasta que la había mirado, pero en ese momento decidió que era la mujer más bonita que había visto en su vida, incluso si el color sonrosado de su rostro chocaba con el blanco casi transparente de sus manos. Parecía sacada de una pintura de época, con sus rizos perfectamente definidos y sus pómulos marcados.

— Han habido rumores —dijo amablemente— Pero jamás he conocido a un vampiro que adivine cosas. Los antiguos dicen que no puedes tener ambos dones —explicó— Tú eres el niño de Francisca ¿verdad?

— ¿Niño?

— Sí —respondió Manuel por encima de las protestas de Martín.— Francisca lo creó hace un poco más de un mes y medio, pero no he sabido nada de ella desde entonces.

— Típico —suspiró Victoria, chasqueando la lengua disgustada.— ¿Él príncipe aún no sabe?

Manuel titubeó unos segundos antes de responder, era casi imperceptible, pero a juzgar por la expresión de la mujer, esa duda había sido respuesta suficiente.

— No creo. Le pedí unos favores al clan de Trinidad para ocultarlo —dijo Manuel, desviando la mirada cuando Victoria volvió a hacer un ruido de desagrado.— Pero si se dio cuenta, no hizo nada al respecto. Supongo que podríamos sacarlo del territorio.

— ¿Qué?

— Me preocupa más encontrar a Francisca, Manuel. Su neófito puede arreglárselas solo —dijo Victoria, apenas frunciendo el ceño. Manuel apretó las manos, bajando la mirada.— Ni siquiera sé por qué preferiste quedarte aquí jugando con él en vez de ir a buscarla. Estás perdiendo el tiempo ¿Qué harás si el príncipe la encuentra antes que nosotros?

— No la está buscando —alegó Manuel alzando la voz.— Adán no opera así.

— Eso no lo sabes. Tu hermana podría morir por tu culpa, todo porque preferiste encargarte de su criatura antes que protegerla.

Martín estaba apretando los dientes, casi rechinandolos de hecho, mientras veía la conversación desenvolverse frente a sus narices como si no estuviera ahí. Victoria seguía atacando a Manuel, y aunque el vampiro estaba de su lado, según Martín lograba entender, ambos lo ignoraban cada vez que intentaba meterse en el ir y venir de argumentos y ataques.

Victoria, que había parecido tan atractiva con su sonrisa y sus ademanes elegantes, ni siquiera se dignaba a mirarlo cuando Martín hablaba, y los ojos de Manuel iban del fuego a Victoria, de Victoria al fuego, deteniéndose rara vez en el Martín, con una expresión que no lograba descifrar.

Estaba disculpándose, o al menos eso le parecía a Martín cada vez que Manuel fallaba en ayudarlo a meterse en la conversación.

— Él también quiere encontrarla —alegó Manuel alzando la voz, y Victoria por fin volvió a mirar a Martín, aunque parecía considerablemente menos amable y hermosa cuando estaba enseñando los colmillos.

— Ah, ¿En serio? ¿Y por qué sería? ¿Eran amantes? —preguntó, fingiendo interés, aunque sus ojos estaban clavando dagas metafóricas en la cara de Martín.— No necesita encontrarla.

Y esa había sido la gota que derramó el vaso. Martín se levantó de golpe, casi ahogado con la rabia que despertaba la sola proposición de que estuviera buscando a Francisca para eso.
Especialmente cuando tenía cerca a Manuel, al cual si podría haber mirado de esa forma si las cosas hubieran sido distintas.

— ¿Amante? —ladró, soltando una risa irónica.— ¡Voy a matarla!

Extrañamente, Victoria parecía considerablemente menos hostil cuando volvió a mirarlo, aunque Martín no se dio el tiempo de detenerse a intentar entenderlo. Manuel, en cambio, parecía incapaz de decidirse por una expresión, y su cara aún estaba fluctuando entre la confusión y el dolor cuando lo miró.

— No necesitan preocuparse por el príncipe o lo que sea —continuó, dando tres zancadas hasta quedar parado frente a Victoria.— Yo voy a matarla.

— ¿Estás seguro de que quieres decirme eso, niño?

— No te tengo miedo —dijo Martín, presionando la ventaja de su altura, aunque Victoria no se movió un centímetro.— Voy a hacerle exactamente lo mismo que me hizo, y va a desear haberse suicidado antes.

Martín estaba tan concentrado en mantenerle la mirada a Victoria, tratando de pasarle toda la rabia que tenía adentro, que casi dio un salto cuando sintió las manos de Manuel apretándole los brazos.
No estaba consciente de que le dolía hasta que Manuel lo empujó lejos de Victoria, poniéndose entre ambos.

— Está bien Martín, basta —siseó Manuel, con la voz ronca y temblorosa, aunque Martín no estaba seguro si era rabia u otra cosa.

— Andate a la mierda —dijo Martín, dedicándole una última mirada a Victoria antes de salir de la cabaña con un portazo.

 


 

 

Una de las cosas que Martín hacía mejor que Manuel con su agilidad sobrenatural, era escalar árboles. Lo hacía rápido, y en silencio, e incluso era bueno encontrando las ramas más confiables para recostarse y mirar todo sin caerse ni ser visto. Ese talento lo había cultivado desde la infancia, y la práctica le había dado mucho más que confianza y algunos músculos en ese entonces; le había dado un mundo al que solo él podía acceder, y aunque de adulto sabía que eso no era totalmente cierto, Martín aún se sentía protegido desde la altura.

Especialmente porque ya había visto a Manuel caerse del árbol tres veces, y aunque aún estaba molesto, el espectáculo había ayudado a recordarle por qué había decidido quedarse a vivir con el vampiro.
Ya habían pasado tres horas desde la pelea en la Madriguera, pero Manuel había esperado una hora y media antes de ir a buscarlo, y el resto lo había pasado alternando entre intentar convencer a Martín de bajar, y tratar de subir el mismo, todo sin grandes resultados.

Verlo fallar se había sentido como justicia divina al comienzo, pero Manuel se había rehusado a volver a levantarse luego de la tercera caída. En vez de eso se quedó tirado en el mismo lugar donde había caído, estirado como una estrella en la tierra.

Martín lo vio cerrar los ojos, y se quedó esperando, intentando concentrarse en los sonidos del bosque o el rumor de la carretera, todo menos el suspiro eterno de Manuel.

— Victoria no siempre es así —dijo, y Martín maldijo mentalmente sus nuevos poderes, porque si por él fuera, preferiría no tener que escuchar nada en verdad.

— Ya, y a mi qué me importa, che. Andate a recoger tus libros.

— Está asustada —continuó Manuel, un poco más alto, y Martín puso los ojos en blanco con tanta fuerza que se preguntó si era posible hacerse daño haciendolo.— Y bueno… ni tú ni yo somos sus personas favoritas ahora mismo.

— ¿Qué le hice yo, boludo? Primera vez que la veo.

— Nada, no le has hecho nada, pero… Puta, tú sabes.

— No, no sé Manuel —respondió Martín, pateando una rama.

Las hojas sueltas cayeron encima de Manuel, junto al polvo y quizá algún insecto que Martín no había visto, pero el vampiro solo se pasó las manos por la cara, dejando el resto de las hojas en su pelo y su ropa, como si no las hubiera notado.

El suspiro de Manuel fue largo y cansado, como si se esparciera por todo el piso del bosque, y aunque Martín estaba demasiado alto como para que lo tocara, no pudo evitar mirar hacia abajo. Esa noche Manuel se veía joven y humano bajo la luz de la luna, donde todos eran igual de pálidos y no había suficiente luz para ver sus colmillos.

Humano, y joven, y ridículo, en su posición de estrella sobre la tierra.

— Está arrepentida —dijo Manuel, tomando aire.— Yo estoy arrepentido… Lo siento. De verdad lo siento. No debí dejar que te tratara así.

— Siempre estás disculpándote por otras personas boludo. Sos patético.
Manuel abrió los ojos, y aunque Martín no creía que realmente pudiera verlo entre el follaje, le sonrió. No era una sonrisa de felicidad, más bien parecía estarse riendo de sí mismo cuando volvió a hablar.

— Toda la gente que conozco es terrible ¿Qué quieres que haga?

— Conseguir nuevos amigos, obviamente.

El silencio se alargó tanto que Martín se preguntó si Manuel por fin se había rendido y había regresado a la Madriguera, como Martín le dijo que hiciera cuando recién apareció bajo el árbol. La sola idea le revolvía el estómago, aunque no quería detenerse a analizar el por qué; era más fácil concentrarse en el impulso que tenía de volver a irse, correr lejos y buscar otro árbol, otro bosque, quizá otra ciudad donde descansar de su propia vida. Podía escuchar el rumor de los animales y los insectos que vivían en el bosque, el silbido del viento pasando a llevar las ramas de los árboles, e incluso el ruido de los autos en la carretera, a al menos un kilómetro de su posición actual, pero aún así se sentía solo.

Había tanta vida en el bosque, tan ajena a él y sus problemas, que Martín comenzó a hacer una lista mental de cada elemento a su alrededor, cada parte del bosque que lo había ayudado a sobrevivir los silencios incómodos hasta ese momento.

Todos esos detalles que parecían más reales que ellos mismos.

Hacia el final de su lista estaba la respiración de Manuel, y Martín volvió a respirar, sin saber cuándo había dejado de hacerlo en realidad. Estaba ahí, siempre había estado ahí.

Martín casi se sintió contento cuando miró hacia abajo y encontró al vampiro en la misma posición, estirado como una estrella, incrustado en la tierra y rodeado de hojas secas.

— ¿No te duelen las piedras en la espalda? —preguntó Martín en un murmullo, sorprendido de escuchar lo ronco de su propia voz. No había planeado decirlo en voz alta, pero la quietud absoluta de Manuel lo estaba poniendo nervioso.

Manuel se rió, al comienzo era apenas el temblor de sus hombros, pero pronto se había vuelto una carcajada que espantó todo el resto de los sonidos del bosque. Cuando por fin se controló, unos segundos después, sus ojos pardos se encontraron con los de Martín, con tanta intensidad que, por primera vez en la noche, estaba seguro de que lo veía perfectamente desde la tierra.

— Sí, un montón.

— ¿ Y por qué no intentás subir de nuevo?

Manuel le sonrió desde el piso, haciendo un movimiento incómodo que Martín tradujo -con algo de imaginación y buena voluntad- en un encogerse de hombros resignado.

— Ya me acostumbré —dijo Manuel, volviendo a cerrar los ojos.— Aunque igual espero que te queden astillas.

Esta vez fue Martín el que comenzó a reírse, pasando una mano distraída por la madera desigual sobre la que estaba sentado, y curiosamente, esta vez, el aire nocturno a su alrededor, y el cielo pintado de puntos blancos se sentían como un gran descubrimiento; como mil atardeceres significativos.

Como el final de una buena vida.

Chapter Text

Victoria aún estaba en la madriguera cuando regresaron a eso de las siete de la mañana, con el sol pisándoles los talones. Martín no estaba seguro de por qué esperaba algo distinto, pero verla sentada en el escritorio de Manuel trajo de regreso toda la tensión que había perdido en el bosque, como si su cuerpo ya estuviese anticipando la siguiente pelea; lo que parecía absurdo considerando que ella ni siquiera había levantado la vista al oírlos cruzar umbral de la puerta. Estaba echada con la espalda completamente apoyada en el respaldo de la silla y las piernas cruzadas una sobre la otra, balanceando un pie de arriba a abajo como si estuviese manteniendo un ritmo inexistente, como si ese siempre hubiese sido su lugar.

Aun así, aún cuando toda su atención parecía estar en el libro que tenía en las manos, la silla estaba apuntando hacia la puerta, y Martín estaba seguro de que eso era nuevo, Victoria tenía que haberlos estado esperando desde hace horas.

Le parecía casi imposible conciliar la idea de que apenas había pasado un día y una noche, y durante ese tiempo, su vida había vuelto a cambiar tan drásticamente que la tranquilidad de su rutina estaba arruinada otra vez. Había bastado la aparición de una sola persona, y el nuevo ritmo de su vida se había vuelto una piel vieja que jamás iba a poder volver a ponerse encima.

Iba a matar a Francisca, y tanto Manuel como Victoria iban a protegerla. En esa imagen no había espacio para correr con Manuel por el bosque ni para sentarse a leer frente a la chimenea en su cabaña. Victoria había dejado que el fuego consumiera los últimos troncos, y sin la chimenea, sin las velas que le gustaba prender a Manuel mientras leía, el lugar parecía una cueva. Martín estaba consciente de que no necesitaban la luz para ver, ni el fuego para calentarse, pero ver las costumbres del lugar (de Manuel, de él mismo) pasadas a llevar de esa forma lo ponía incómodo. Victoria estaba desmantelando la imagen de la madriguera, pedazo por pedazo, solo con estar ahí, y no estaba seguro de si debería defender la rutina que habían armado hasta ese entonces o esperar a que Manuel lo hiciera por sí mismo.

Martín no necesitaba mirarlo para sentir su tensión esparciéndose por el aire, y aunque él siguió caminando hacia el interior de la madriguera, Manuel se quedó detrás, pegado en el umbral de la puerta como si estuviera esperando algo. Victoria cerró el libro lentamente, levantando la vista. Sus ojos estaban brillando apenas en la oscuridad, y su sonrisa ensanchándose con cada paso, y Martín se maldijo mentalmente por pensar siquiera en lo atractiva que era.

Manuel lo alcanzó en silencio, con los ojos clavados en Victoria, y la expresión neutra firmemente puesta en la cara, aun cuando Martín podía ver sus manos empuñadas a los costados. Casi podía apostar a que el vampiro estaba teniendo su propia pelea en ese momento, una donde él no estaba invitado.

Victoria finalmente apartó sus ojos de él, dejando el libro en la mesa antes de levantarse.

— Veo que expandiste tu colección mientras no estaba, Manuel —dijo, alto y claro, como si no hubiese pasado nada.— Es muchísimo más actual de lo que esperaba.

— A veces compro cosas nuevas, Victoria —respondió Manuel, masticando cada palabra, aunque la línea tensa en sus hombros ya había empezado a disolverse.— Pero los más nuevos son de Martín.

Los ojos de Victoria se veían más cálidos esta vez, menos monstruo, más mujer, o al menos así lo sintió Martín cuando volvieron a mirarse. Por su cabeza pasó la idea de que Victoria podría estar usando el don de la mente en él, pero no tenía forma de comprobarlo, y le gustaba pensar que si estuviera siendo engañado, Manuel habría hecho algo para detenerlo a esas alturas.

O quizá no.

— Tienes buen gusto —dijo Victoria, dejando el libro de lado y levantándose de la silla, todo en el mismo movimiento.— Nunca fui una gran lectora en mi primera vida, pero con los años uno aprende a apreciar todo tipo de distracciones.

Martín supuso que ese era el tipo de momento donde debería agradecer, o quizá ofrecer algún comentario respecto a la novela, pero la discusión sobre Francisca aún pesaba en su cabeza, incluso si Victoria parecía estar haciendo lo posible por pretender que no había pasado. Martín simplemente no tenía la motivación necesaria como para pretender con ella.

— Está bien —murmuró Victoria, sin perder la sonrisa. No se veía particularmente molesta, pero su presencia llenaba toda la madriguera y de repente, Martín tenía la urgencia irracional de salir al sol.— Sé que no tuvimos el mejor de los comienzos, Martín.

Victoria dijo su nombre con énfasis, como si significase algo en especial, pero Martín no tenía la más mínima idea de qué podía ser ese algo, y cuando miró a Manuel, en parte buscando pistas, en parte incrédulo por el descaro de la mujer que tenía en frente, no encontró nada más que una mueca avergonzada.

— ¿En serio? No lo había notado —dijo Martín, sin intentar siquiera disimular la ironía en so voz. Manuel hizo un ruido con la garganta a su lado, algo entre medio de una risa y una queja.

— Bueno, podemos intentarlo de nuevo más tarde —dijo Victoria, apretando los labios. —Pero tenemos que solucionarlo en algún momento, ojalá antes de irnos. Viajar con mala sangre entre los pasajeros es terriblemente incómodo.

El silencio se alargó después de eso, y Martín no estaba seguro de qué tipo de respuesta estaban esperando de él, o si él era el único que encontraba algo ridículo en esa frase. Manuel, de hecho, parecía haber decidido que la conversación estaba por debajo de él, dejándolo solo frente a Victoria para ir a prender la chimenea. Quizá por fin había decidido que no iban a matarse, o quizá estaba haciendo una retirada estratégica, era difícil saberlo.

— ¿Irnos a dónde? —preguntó por fin, con mucha más cautela, pasando su mirada de Victoria hacia Manuel.

Victoria le volvió a sonreír, enseñando una hilera de dientes blancos. Martín incluso creyó ver un poco de sus colmillos a los bordes, y se encontró a si mismo preguntándose si sería a propósito, o si acaso sus propios colmillos iban a volverse algo permanente en su boca después de cierta cantidad de años viviendo como ellos.

— A la ciudad, por supuesto.

Martín escuchó a Manuel maldecir, y dos segundos más tarde, la madriguera estaba iluminada de naranja. No era demasiado, pero en comparación a la oscuridad absoluta en la que habían llegado, la luz y el calor del fuego parecía haber cambiado todo. Incluso Victoria, con su sonrisa de depredador y sus ojos brillando con el reflejo del fuego, se vía más humana, más amable, en esa luz.

— No creo que sea buena idea —dijo Manuel, carraspeando.— Me traje a Martín por un motivo, y no creo que…

— Oh, no sigas Manuel. Tenemos que encontrar a Francisca, ¿No es cierto? Obviamente el primer paso es comprobar que nadie la haya encontrado antes. Además, —dijo Victoria, mirando a Martín con una sonrisa perversa— Hay que pedir una visa para Martín, no puedes esconderlo por siempre.

— ¿De qué está hablando? —siseó, mandándole una mirada resentida a Manuel.— O me explican los términos o empiezan a hablar como gente normal. Estoy harto de que usen códigos alrededor mío, como si no estuviera.

— Estoy segura de que Manuel podría hacerte un diccionario —respondió Victoria, dejándose caer en el sillón con una sonrisa plácida en los labios. —Pero está bien, Martín, intentaré hablar como gente normal para ti.
Manuel les dedicó una mirada sombría a ambos antes de tomar las tazas vacías de la mesa y desaparecer en dirección a la cocina. Martín creyó escuchar algo sobre cosas innecesarias y tradiciones estúpidas, pero no estaba seguro; el rumor de la mente de Manuel aparecía y desaparecía tan rápido que siempre era difícil entenderlo del todo.

— Cada ciudad es un dominio, —dijo Victoria, devolviendo su atención al presente.— Para entrar en un dominio, tienes que pedirle permiso al príncipe que lo regenta. Es parecido a conseguir un pasaporte.

— ¿Y quién es el príncipe?

— Bueno, usualmente es el vástago más antiguo en la zona —respondió, encogiéndose de hombros— No todas las ciudades tienen uno, pero cuando hay uno, está encargado de mantener el orden. El príncipe de Santiago cambió hace poco y es más joven que yo o Manuel, pero era el único dispuesto a tomar el cargo después de que el primer príncipe se fue, hace… ¿Cuántos años, Manuel?

Manuel, que venía balanceando tres tazas humeantes en las manos, la miró como si acabase de decepcionarlo terriblemente; Martín estaba bastante seguro de que incluso si el vampiro dejase de proteger su mente, no podría entender el por qué. Victoria solo estiró el brazo para recibir el tazón blanco, encogiéndose de hombros.

— El primer príncipe, el inglés que tú ayudaste a conseguir el puesto, si no mal recuerdo, dejó la ciudad hace unos cien años. —respondió Manuel, acomodándose al lado de Victoria.— ¿Creí que se había comunicado contigo antes de hacerlo?

—Ah, sí, por supuesto. —dijo Victoria, haciendo un gesto con la mano, como si espantara un insecto— ¿Y tú? ¿Hablaste con él antes de que se fuera, no es así? Antes te encantaba visitar Santiago.

Manuel tenía las orejas rojas, pero no dijo nada al respecto, y Victoria solo le sonrió agradablemente, aunque había un brillo burlón en sus ojos. Martín tenía la sensación de que nuevamente estaba perdiendo la mitad de la conversación en gestos y comentarios del pasado, pero no estaba seguro de cómo arreglarlo, a fin de cuentas, esta vez tenía más que ver con la familiaridad de los dos vampiros que tenía enfrente que con un intento deliberado por dejarlo fuera.

En ambas versiones era irritante, pero al menos en esta podía aprender algo de Manuel.

— Su sucesor es un imbécil —dijo Manuel, aclarándose la garganta.

— Sí, por supuesto, pero él es el que manda la ciudad, así que necesitamos que Martín pida permiso para entrar. —replicó Victoria, sin mirar a Manuel— Ir sin su permiso podría ser peligroso, los demás vampiros de la zona podrían darnos problemas, y podrían pedir una retribución si la corte decide que rompimos las reglas.

Martín frunció el ceño, intentando conectar sus palabras con la corta experiencia que había tenido en la ciudad, al menos luego de que Manuel lo sacara del baño de Francisca, pero no podía recordar una sola ocasión en que hubiese habido algún peligro en las calles; nunca vio a otros como ellos, y cazaba a diario con Manuel. Eso no sonaba como la versión de Victoria.

— Manuel te estaba cuidando, —alegó Victoria, poniendo los ojos en blanco.— No se puede depender de sus contactos por mucho tiempo, y honestamente, es un riesgo innecesario ir en contra del príncipe, especialmente si vamos a estar tratando con otros vástagos.

— Al menos podrías pretender que no me podés leer la mente.

— ¿Qué vamos a hacer si el príncipe ve a Francisca en su mente? —interrumpió Manuel, ignorando la pelea de miradas que Martín estaba sosteniendo con Victoria.— Es muy peligroso.

— No más que arriesgarnos a ofenderlo, Manuel.

Victoria desvió la mirada primero, y Martín sonrió para sus adentros, llevándose la taza a los labios. Jamás había apreciado el té antes de su muerte, pero las semanas en la madriguera lo habían acostumbrado, y no podía evitar asociar el sabor con las tardes de no hacer nada en la madriguera; relajándose casi inmediatamente al sentir el líquido entibiar su cuerpo por dentro. La discusión de Victoria y Manuel le parecía un ruido de fondo en ese momento, apenas lo suficientemente presente como para entender a grandes rasgos qué estaban diciendo. Estaba demasiado cansado como para pensar en el supuesto peligro del príncipe sabiendo de él o no sabiendo de él.

Su cuerpo aún necesitaba varias horas de sueño durante el día, y aunque Martín estaba intentando empujar la necesidad hasta el fondo de su mente, determinado a escuchar el final de la discusión por su propia cuenta, le estaba costando trabajo mantenerse concentrado en lo que estaban diciendo.

— ¿Qué piensas tú, Martín?

La pregunta lo tomó por sorpresa, y a juzgar por la sonrisa en el rostro de Victoria, ella lo sabía perfectamente. Manuel en cambio parecía estar en medio de un conflicto interno cuando sus ojos se encontraron. Martín habría preferido no tener que ponerse en evidencia de esa forma, jamás de esa forma, ni frente a esas personas, pero no tenía otra opción.

— ¿Sobre qué?

— ¿Quieres ir a la ciudad, no es así? ¿Encontrar a Francisca y cobrar venganza? Entonces tenemos que ver al príncipe —respondió Victoria en una rápida corriente de palabras, claramente interesada en ganar la discusión tan rápido como fuese posible. Martín intentó no sentirse demasiado ofendido por la forma en que había puesto su relación con Francisca, o la forma en que estaba intentando manipularlo directamente, como si fuese un niño. — ¿Quieres hacerlo?

Parte de él quería darle en la razón a Manuel, solo para llevarle la contraria a Victoria, pero incluso esa pequeña satisfacción era muy poco como para conformarse con la madriguera.

— Claro que sí.

Victoria parecía estar sonriendo todo el tiempo, pero en ese momento se sintió real por primera vez. Casi estaba brillando de placer cuando se volteó a Manuel, y el otro vampiro se levantó del sillón, murmurando algo sobre cortar leña, aunque la pila de troncos estaba casi hasta el tope.

Martín, aun con el nudo de culpa retorciéndose en su estomago, decidió ignorarlos a ambos, dejando la taza medio llena sobre la tapa del libro que Victoria había estado leyendo cuando llegaron, antes de retirarse a su habitación.

 


 

 

Manuel estaba sentado a un lado de la cama cuando despertó. Su primer instinto fue alejarse, pero estaba demasiado enredado en las sábanas como para hacer algo más que retorcerse sobre el colchón, pateándole el costado sin intención.

— Qué haces acá boludo —gruñió mientras terminaba de tironear la ropa de cama lejos de su torso y sus piernas— ¿Estabas mirándome dormir?

Había un intento de risa en su voz, sin embargo, Manuel solo desvió los ojos, inclinándose un poco más lejos de él. En el ambiente frío y húmedo de la habitación, el vampiro se veía marchito, como si estuviese muriéndose perpetuamente. No era difícil imaginar como había sido su no-vida hasta ese momento, solo en la madriguera, durmiendo en un cuarto sin fuego ni luces, sin hablar con nadie por meses.

No era difícil, pero imaginárselo lo hacía sentir enfermo.

— Victoria está usando la sala —respondió Manuel, frunciendo el ceño.

— ¿No querés ponerte al día con ella o algo?

Manuel suspiró, dejandose caer de espalda en la cama, con apenas suficiente espacio para no tocar las piernas de Martín. No había estirado los brazos, pero Martín no podía evitar asociar la posición con tierra y árboles; bosque en general. No estaba seguro por qué, pero Martín sintió sus colmillos asomando apenas dentro de su boca.

— Estoy acostumbrado a vivir solo —respondió Manuel, encogiéndose de hombros.— Tenerla acá de nuevo es extraño. Ella se siente como una extraña.

— Por eso nunca volví a vivir con mi madre después de terminar con mi novia —dijo Martín en un suspiro, más para sí mismo que para Manuel.— Nunca es lo mismo, ya no es tu espacio, pero todos te miran con pena o se ofenden cuando lo decís.

Martín estaba intentando no amedrentarse bajo la mirada sorprendida de Manuel, aunque si estaba siendo sincero, no tenía idea de qué lo había impulsado a decir eso en primer lugar.

— No sé por qué te hacés el sorprendido si me podés leer la mente —gruñió cuando el silencio se volvió insoportable, llevándose las rodillas al pecho.

Manuel se pasó una mano por el pelo, avergonzado por motivos que Martín no pretendía comprender, para luego sentarse en la cama, dándole la espalda esta vez.

— Estoy tratando de no usar el don de la mente en ti —respondió por fin, encogiéndose de hombros.— Pensé que querías que habláramos como gente normal.

No estaba seguro de que eso no fuera una burla, y sinceramente no creía que pudiese decidirlo en ese momento. Martín estaba bastante seguro de que seguiría igual de confundido incluso si hubiese podido mirarle la cara a Manuel, así que se contentó con cerrar los ojos y respirar profundo, apoyando la espalda en la pared.

Al menos lo estaba intentando.

— Sí, claro, gente normal —murmuró, sintiéndose ridículo. Quizá incluso se rió un poco, pero el sonido desapareció bajo la voz de Victoria.

— ¿Están despiertos? ¡No tenemos toda la noche!

Manuel se volvió a tirar en la cama con una queja, y Martín se rió de nuevo, un poco más alto, un poco más sincero; disfrutando de verlo en su posición por una vez.

— ¿Va a venir Miguel de nuevo? Porque no voy a irme en el asiento de atrás con Victoria flaco, antes muerto.

— Ya estás muerto —respondió Manuel, sonriéndole de lado, antes de volver a levantarse. —Vamos a viajar con ella. Es… Bueno, ella es antigua y tiene algunos poderes que los demás no —añadió, mirando al pasillo, como si pudiese ver a Victoria desde donde están.— Así nos llevaba a Francisca y a mí cuando había que viajar rápido. Es terrible.

— Podrías intentar vendérmelo mejor —murmuró Martín, pasándose una mano por la cara mientras intentaba imaginar a qué se refería Manuel.

— No me gusta mentir.

Martín soltó un bufido incrédulo, y Manuel salió de la habitación al segundo llamado de Victoria, claramente irritado. Martín lo siguió un poco después, intentando memorizar los recovecos de la cabaña en la que había vivido los últimos meses. Aún no habían hablado de lo que iba a pasar en la ciudad, pero Martín dudaba que fuese a volver con Manuel a la madriguera una vez hubiese acabado todo. La vida en el bosque no era necesariamente mala, pero no se imaginaba una eternidad en ese lugar.

Aun así, solo tomó algunas de sus cosas en el camino hacia afuera: una mochila de ropa, su libreta y su laptop. No sabía qué lo había impulsado a dejar lo demás, y estaba bastante seguro de que había sido un error, pero aún así se quedó callado cuando Manuel cerró la puerta por última vez. El vampiro llevaba un bolso de cuero al hombro, pero cuando Martín le preguntó que era, todo ansiedad y energía nerviosa, Manuel simplemente se encogió de hombros, diciendo que eran libros.

— Súbanse al techo, es más fácil cuando hay algo de altura para empezar —ordenó Victoria, escalando la madriguera con mucha más gracia de la que Martín esperaba.

— ¿Estás segura de que puedes llevarnos a los dos? —preguntó Manuel frunciendo el ceño. —Quizá debería correr.

— Gracias por la fe, Manuel, pero si no te subes al techo ahora te voy a subir yo.

Martín se apuró a subirse, seguido por Manuel, que aparentemente había tenido más práctica con el techo que con los árboles del bosque. De hecho, Martín no estaba seguro de si estaba decepcionado o no cuando Manuel se encaramó a su lado en el techo de la madriguera, sin haberse caído ni una sola vez.

— Párense aquí, uno a cada lado —dijo Victoria, señalándoles con las manos para que se acercaran.

Manuel tomó aire, como preparándose para algo, y Martín lo imitó, parándose al lado izquierdo de Victoria. Estaba imaginándose que quizá iban a tele-transportarse, o algo parecido. Quizá Victoria podía abrir agujeros en el espacio tiempo, o alguna cosa por el estilo, Martín nunca había oído ni leído nada sobre vampiros con ese tipo de poderes, pero a estas alturas ya había superado la mala costumbre de asumir que sabía algo sobre los vampiros.

— Sujétense fuerte —dijo Victoria, y antes de que Martín alcanzara a reaccionar, tenía un brazo en torno a la cintura, apretándolo fuerte contra el cuerpo de Victoria.

Su primer instinto fue intentar liberarse, pero Victoria solo lo apretó más, dedicándole una única mirada de advertencia antes de que el suelo desapareciera bajo sus pies.

Volar no era un proceso suave, desde el momento en que partieron al momento que aterrizaron, Martín sintió que estaba en un torbellino de colores, luces y ruidos. El viento le revolvía el pelo con tal violencia que dolía un poco, y el aire helado le había comenzado a congelar la nariz luego de que atravesaran la línea de las nubes, subiendo hasta que el mundo solo era negro y estrellas.

Veía formas, escuchaba ruidos, pero nada tenía sentido a esa velocidad, y sus manos, medio congeladas con la temperatura de la noche, parecían las garras de un animal gato, anclandolo al torso de Victoria.
De hecho Martín creyó escucharla reír en algún punto, pero no estaba seguro.

El viaje duró diez minutos, un poco más quizá, y cuando Victoria lo soltó de nuevo, en el techo de un edificio en medio del centro de Santiago, Martín sintió sus pies doblarse sin permiso. Cuando volvió a abrir los ojos, Martín se encontró a si mismo con las manos en el piso, sudando frío.

— Sos una hija de puta —siseó, sorprendido de escuchar su propia voz temblar un poco. Su corazón, que hasta donde él sabía está muerto, latía como loco en su garganta, casi como si estuviese intentando salirse por su boca.

— Te odio tanto.

Victoria solo le sonrió, ofreciendole su mano. Tenía algunos mechones de pelo en la cara, y las mejillas un poco más rojas que al comienzo de la noche, pero eso era toda la diferencia. Martín volvió a cerrar los ojos, y se levantó por su propia fuerza, sintiendo un ligero temblor en todo el cuerpo. El techo no tenía mucho en realidad, solo una puerta, y el tubo de ventilación en el que estaba apoyado Manuel.

El vampiro no notó que lo estaba mirando, pero Martín se sintió mejor solo con verlo, reconfortado por la idea de que no era el único afectado por el viaje.

— Creo que voy a vomitar —murmuró Manuel, mirando a Victoria con los ojos entrecerrados. —La próxima vez esperaremos a que llegue el auto. Compraré un auto, solo para no volver a hacer esto.

— No puedes vomitar Manuel, y ningún auto puede llegar a la cabaña —respondió Victoria, poniendo los ojos en blanco.

Victoria los dejó solos unos minutos después de eso. Su plan inicial era que fueran los tres al departamento de Francisca, a revisar el lugar antes de anunciarle su presencia al príncipe, pero Manuel la había interrumpido a la mitad, incluso antes de que Martín alcanzara a dar su propia opinión.

— Nosotros no vamos a quedarnos en el departamento de Francisca —dijo, encogiéndose de hombros bajo la mirada atónita de Martín.— Puedes ir si quieres, pero yo y Martín tenemos que conseguir donde quedarnos.

Victoria no estaba exactamente feliz con la idea, pero los había dejado solos al final, quejándose de lo delicados que eran algunos hombres, y muchas otras cosas que Martín decidió no escuchar.

— Gracias —murmuró Martín, mirando a Manuel de reojo mientras veían la silueta de Victoria desaparecer a lo lejos.

— Ni lo menciones.

Y eso había sido el final de la conversación.

 


 

 

Estando solos en el centro, Martín casi podía creer que la madriguera había sido un sueño, y que todas sus interacciones ahí habían sido producto de su imaginación. Le parecía difícil creer que había pasado todo ese tiempo cazando conejos en un bosque, cuando podía sentir la vida de la ciudad palpitando en su cuerpo, enviando adrenalina a sus venas cada vez que chocaba con alguien.

— No vas a perder el control ¿Verdad? —preguntó Manuel, mirándolo por el rabillo del ojo mientras caminaban.

Era viernes, y las calles estaban plagadas de personas caminando, riendo o simplemente estando vivos al rededor de Martín. Era muchísimo más estimulo de lo que había estado esperando (y aún más que lo que se sentía capás de soportar), pero a Manuel no parecía afectarle realmente.

Honestamente, Martín quería creer que estaba fingiendo, solo para hacerse el difícil.

— No mamá —respondió irónico, aunque de vez en cuando tenía que aguantar la respiración cuando vía gente que le gustaba. —No pasa nada.

Parte de él no podía evitar imaginarse que iba a encontrarse con Constanza, o Sebastián, o cualquiera de las personas que había habido en su vida antes de Francisca, pero sabía que era poco probable, y que incluso si pasara, probablemente no lo reconocerían.

— Bien, porque quiero llegar temprano. Siempre es más fácil convencer a Miguel de algo antes de las tres de la mañana —dijo Manuel, hundiendo las manos en los bolsillos de su chaqueta.— Nos vamos a quedar en su local, si nos deja.

— ¿Local de qué? —preguntó Martín, apurando el paso para imitar la caminata brusca de Manuel.

— Tiene un bar para gente como nosotros… y otros. Es un poco de todo, en verdad.

— ¿Otros?

— Si, Martín, otros. —respondió Manuel, encogiéndose de hombros. —No creíste que éramos los únicos, ¿o sí? Hay otras… cosas en el mundo.

— ¿Vivimos en guerra con los hombres lobo? —preguntó Martín, inevitablemente risueño.

Manuel lo miró con una media sonrisa.

— Quizá en Europa. Acá los consideramos exóticos nomás. —respondió, arqueando las cejas.— Pero que no te escuchen decirlo, es racista.

— Es mentira. —dijo Martín, entrecerrando los ojos.

— Quizá.

 


 

 

El bar estaba atestado de gente entrando y saliendo, de hecho, Martín jamás hubiese adivinado que era ahí donde estaban yendo, si no fuera porque Manuel entró sin ningún titubeo, esquivando una pareja de jóvenes que iban tambaleándose hacia la calle.

El edificio era angosto y antiguo, pero parecía un túnel de pasillos hacia adentro, con varias habitaciones separadas, que daban la sensación de una casa más que de un negocio. Y hacia el fondo del pasillo principal había una gran habitación, reconfortantemente cálida, y llena de ruido.

Algunas personas se detenían a mirarlos mientras avanzaban, como si supieran quiénes eran, o qué eran, con tan solo mirarlos; y otros, los más notoriamente humanos, pasaban de largo, sin siquiera notarlos. Martín podía escuchar el golpeteo de sus corazones, oler su sangre en el aire cuando pasaban a su lado y sus colmillos comenzaban a presionar dentro de su boca cada vez que uno de ellos chocaba con él. Manuel había tenido que sostenerle la muñeca con fuerza luego de uno de esos choques; el hombre en cuestión olía a alcohol, y sexo, y había hecho contacto visual con Martín antes de chocarlo, con una sonrisa que prometía mucho más que una cena.

— Pensé que dijiste que serían como nosotros —gruñió Martín entre dientes, intentando ignorar las miradas de los que, suponía, si eran como ellos. No está seguro si estaban espiando su mente o no, pero Martín intentó concentrarse en poner barreras, cómo Manuel le había enseñado cuando estaban en la madriguera.

Se imaginó a sí mismo en una burbuja, en una caja de vidrio, y cuando eso no funcionó, empezó a cantar en su cabeza, repitiendo una y otra vez la misma estrofa de una de las canciones favoritas de su madre.

Manuel lo estaba mirando con una sonrisa ahora, Martín no está seguro si era por su elección de barrera o porque estaba orgulloso de que Martín si había retenido algo de lo que había aprendido en la madriguera. Ambas opciones eran igual de posibles tratándose de Manuel, y Martín estaba demasiado avergonzado como para querer descubrir el motivo de esa sonrisa, así que simplemente se soltó de su agarre, desviando la mirada hacia cualquier lado menos la cara de Manuel.

— Hay humanos que disfrutan de la idea —dijo el vampiro después de unos segundos, encogiéndose de hombros antes de retomar su camino hacia la barra— Aparentemente es una fantasía para algunos —a juzgar por su tono de voz, era una idea totalmente incomprensible para él.

Martín pensó en Constanza y sus novelas de vampiros, y en él mismo, riéndose de ella, inventándole escenarios ridículos que la obligaran a soltar el libro y reírse con él de lo absurdo de esa fantasía en particular. Quizá en otro momento podría haber entendido el atractivo, no era una de sus fantasías, pero no creía que Constanza estuviese mal, teniendo ese tipo de gustos. Parte de él suponía que la mayoría de los humanos que iabn a parar a ese bar solo querían saber si era real, solo querían que les pasara algo inesperado probablemente.

Algo mágico.

Desgraciadamente, mientras más tiempo pasaba inserto en ese mundo, más inclinado se sentía a estar de acuerdo con Manuel. Él tampoco entendía por qué un ratón entraría voluntariamente a un nido de serpientes.

La cantidad de gente había comenzado a disminuir a medida se acercaban a la barra, y Martín recién había alcanzado a sentir las primeras notas de la música ambiental que había de fondo cuando se sentaron. El lugar parecía de buena clase, pero no era lo que Martín se hubiese imaginado para un bar de vampiros. Le faltaba la elegancia de la que siempre hablan los libros, suponía, la frialdad, la sensación de dinero y poder.

Acá se sentía igual que el interior del auto color crema de Miguel, cómodo, funcional, y ligeramente atractivo en su simpleza.

Martín suponía que podría llegar disfrutarlo si no fuera por la cacofonía de sonidos que producían las conversaciones de los clientes. Podía escuchar risas y pedazos sueltos de discusiones, seguidos de vez en cuando por pensamientos que no estaba intentando captar, y luego de un rato Martín sinceramente cree que podría provocarle una jaqueca, muerto o no.

— No parece tu tipo de lugar —murmuró, mirando a Manuel arrugar la nariz mientras escanea el lugar con la mirada.

— No lo es.

La bartender estaba al otro extremo, discutiendo algo con un grupo de mujeres que estallaba en carcajadas cada cierto tiempo. Martín no estaba seguro, pero tenía la sensación de que era humana, y cuando se les acercó, no pudo evitar seguirla con la mirada, buscando cualquier señal que pudiese probar su teoría.

— ¡Manuel, tanto tiempo! —exclamó la mujer, inclinándose sobre la barra para darle un beso en la mejilla, cosa que Manuel soportó con una media sonrisa, para sorpresa de Martín.— Miguel me dijo que probablemente no te íbamos a ver de nuevo hasta el año nuevo.

— ¿Ah, sí? No deberías escuchar todo lo que dice, Catalina, es mala costumbre. —respondió Manuel, encogiéndose de hombros.— ¿Está aquí? Tengo que hablar con él.

Catalina lo miró atónita unos segundos, para luego sonreír, como si supiese algo que ellos no. Manuel hizo una mueca, y Martín sonrió, feliz de no ser el único que se sentía perdido esta vez.

— Está haciendo negocios con María en la parte de atrás, pero seguro se desocupa en un rato —dijo Catalina, desviando la mirada hacia Martín. No era una mirada casual, de hecho se sentía más como si estuviera intentando ver a través de él, y Martín se apuró a retomar su canción, mezclando pedazos de estrofa que no tenían nada que ver con la otra, sintiéndose extrañamente expuesto. — ¿Quién es tu amigo, Manuel?

— Se llama Martín. Es mi nuevo compañero —murmuró Manuel, bajando cada vez más la voz, pero Catalina parecía poder oírlo perfectamente a juzgar por el cambio en su expresión.
Martín se sintió irracionalmente aliviado cuando Catalina dejó de mirarlo, lo suficiente como para perdonarle a Manuel el hecho de que acabara de volver a hablar por él.

— ¿Tú lo transformaste? —preguntó Catalina en un susurro alarmado. — ¡Dios mío, Manuel! ¿Hablaste con el príncipe…?

— Fue en su dominio —interrumpió Martín, disfrutando de sus miradas sorprendidas. —En su cabaña, en medio del bosque, como el psicópata que es. —añadió, sonriendo de oreja a oreja.— Bien romántico.

Le era fácil mentir así, porque podía imaginarlo perfectamente. Podía pensar en él mismo siendo como esos humanos que entran al bar, en conocer a Manuel y pedirle la transformación, en seguirlo hasta el bosque por su propia cuenta, porque Manuel jamás le habría dicho que sí a la primera. Lo había imaginado antes, muchas veces de hecho, en todas esas tardes que pasaron juntos en la madriguera.

La idea de mentir sobre el origen de Martín había venido de la misma Victoria, que estaba decidida a no mencionar a Francisca por ningún motivo mientras estuvieran en la ciudad, y aunque Manuel había pasado la primera media hora negándose, había tenido que ceder cuando Martín dio su voto a favor del plan. No estaba seguro de qué era lo que Manuel realmente odiaba de ese plan, pero en su opinión, cualquier distancia con lo que había pasado realmente era una buena distancia, para él y para su misión.

— Ignóralo —siseó Manuel, mandándole una mirada de advertencia a Martín antes de volver su atención a Catalina. — Vamos a ir a darle nuestros respetos al príncipe mañana por la noche. El viaje fue terrible.

Catalina no parecía del todo convencida, pero asintió, dedicándoles una sonrisa. No sabía qué relación tenía con Manuel, pero Martín no pudo evitar fruncir el ceño cuando la vio poner su mano encima de la del vampiro, a fin de cuentas, no había visto a nadie tocarlo tan libremente, ni siquiera Victoria.

— Espero que todo salga bien Manuel —dijo Catalina, apretándole la mano antes de soltarla.— ¿Puedo ofrecerles algo? ¿Café, té…?

— Pisco —dijo Manuel, ofreciéndole una sonrisa maliciosa que arranca una risa de Catalina.

Martín estaba seguro de que se estaba perdiendo un chiste ahí, y eso lo irritaba. En el bosque daba igual ser un extraño, porque no había nadie más cercano a Manuel que él mismo, no había nadie que lo conociera más, nadie con quién hubiese pasado años.

En la ciudad, el mundo entero eran miradas cómplices y recuerdos en los que él no está incluido, y no podía evitar sentirse excluido.

— Yo quiero vino blanco —pidió, con algo más de fuerza de la que pretendía, y Catalina le sonríe como si supiera.— ¿Y algo para comer? Qué tal unas papas fritas.

— Por supuesto —dijo ella, escondiendo su sorpresa inicial tan rápido que Martín podía creer que se la había imaginado.— Los atiendo enseguida.

El grupo al final de la barra empezó a llamar a Catalina a gritos, y ella les dedicó una última mirada antes de ir hacia ellas, riéndose también.

— Les he dicho que no deberían hacer escándalo aquí —estaba alegando mientras caminaba hacia ellas, pero su voz sonaba afectuosa a los oídos de Martín.

— Los aquelarres de brujas son terribles —comentó Manuel en un murmullo cómplice, mirando hacia el lado contrario.—Siempre terminan haciendo escándalos, así que no las mires mucho.

Martín tenía intenciones de hacerle caso, o al menos eso es lo que se dijo cuando se encontró cruzando miradas con una de las supuestas brujas. Era hermosa, aunque si le preguntaran luego, Martín no habría podido describir ninguna facción. Lo único que estaba grabado en su memoria eran sus ojos verdes, y la forma en que habían brillado cuando ella sonrió, inclinando su copa hacia él. Sus compañeras aún no lo habían notado, pero Martín sabía que era una cosa de tiempo antes de que lo hicieran.

Sabía que no estaba solo, y que ya no había alcohol para confundirlo, pero aún así le era difícil no pensar en Francisca diciéndole que se habían conocido bailando. El bar de Miguel no era como el local en el que había estado esa noche, y no había espacio para bailar entre las mesas, pero aún así se sentía demasiado familiar como para ignorarlo.

— ¿Son brujas de verdad, o solo estás siendo misógino? —preguntó bajito, intentando convencerse de que Manuel no lo dejaría irse con la primera criatura que lo invitara a pasar la noche.

Manuel lo miró como si acabase de ofenderlo terriblemente, y Martín se rió, bajito al comienzo, y luego, cuando Manuel comenzó a quejarse en voz baja, se rió fuerte, casi tanto como el aquelarre al final de la barra.

 


 

 

Miguel apareció en la barra un poco después de las dos de la mañana, seguido de cerca por una mujer que venía quejándose de algo, a juzgar por los gestos que hacía con las manos mientras hablaba. Martín había estado contándole una historia de Argentina a Manuel, pero se había terminado callando cuando la voz de la mujer empezó a volverse demasiado fuerte como para ignorarla.

La extraña lo notó mirando casi de inmediato, y le sonrió coqueta antes de volver su atención a Miguel, y luego al aquelarre, que había bajado el volumen hace un buen rato. Una de ellas se había parado en la mesa hace más o menos una hora, ofreciendole a todos una lectura gratis del tarot, y a medida la gente se había dejado convencer, ellas se habían empezado a concentrar en su nueva entretención.

También les habían preguntado a ellos en algún momento, pero Manuel las había alejado con una sola mirada. Aún así, bastó con la llegada de la extraña, que Martín suponía debía ser María, para que las risas del aquelarre volviesen a llenar el bar, junto a los gritos de bienvenida y una serie de bromas en doble sentido que hicieron que Miguel se pusiera rojo del cuello para arriba.

Manuel no trató de llamar a Miguel cuando lo vio aparecer, de hecho se quedó mirando el espectáculo con una sonrisa tranquila en los labios, perfectamente cómodo con su trago y su silla de madera, como si la situación fuese perfectamente familiar para él, que aparentemente vivía como un ermitaño en medio del bosque.

— ¿Ella quién es?

— María —respondió Manuel, confirmando sus teorías.— Es la suprema del aquelarre —añadió en un murmullo, inclinando la cabeza un poco.— Ten cuidado con ella.

Martín siguió su mirada hasta toparse con Miguel, que les estaba sonriendo, y María, que parecía extremadamente satisfecha consigo misma por algún motivo. Ambos estaban caminando hacia ellos, ella contorneando las caderas con intención, él con una botella transparente en las manos y un paño de cocina en el hombro.

— Pudiste haber avisado que venías —dijo Miguel, a modo de saludo.— Termínate ese vaso rápido, huevón, traje pisco de verdad.

— Ya tengo una bebida Miguel, no voy a pagar por el otro vaso.

— No ibas a pagar por nada.

María se sentó al lado de Martín mientras Miguel y Manuel discutían, y su olor a flores era tan fuerte que tapaba todo lo demás, incluido el olor del alcohol y las papas fritas que tenía delante. Martín estaba resistiendo a duras penas el instinto de alejarse, o las ganas de mirarla directamente, así que se conforma con una mezcla de ambas cuando María roba una papa de su plato, empujando todo hacia ella y mirandola solo por el rabillo del ojo.

No creía que pudiera seguir comiendo con ese olor de todas maneras.

— Termínatelas, yo ya no tengo hambre —dijo Martín, intentando retomar la canción en su cabeza, aunque no podía recordar ninguna letra en ese momento.

María le sonrió como si supiese, pero Martín no estaba dispuesto a dejarse amedrentar; podía ser que solo supiera que era hermosa y que eso ya fuera suficiente como para hacerla sonreír así, a fin de cuentas, si ese fuera el mundo real, sin vampiros ni brujos, ella estaría en lo correcto: con esa cara y ese cuerpo no necesitaría hacer magia para afectar al Martín de unos meses atrás.

Hoy en día, sin embargo, Martín estaba decidido a concentrarse en Manuel, en el frío que desprendía de su cuerpo, el ruido del mar en su mente, el tono irritado de su voz mientras se quejaba del sabor del pisco que Miguel insistía en servirle, y en cada mínimo detalle que lo ayude a mantenerse anclado a su nueva realidad.

— Esperaba conocerte hoy —dijo María, llevándose otra papa a la boca con los dedos.— Pero pensé que serías distinto, más hablador ¿quizá?

— ¿Y de qué íbamos a hablar? —preguntó Martín, incapaz de evitar la sonrisa que se cuela a sus labios.

— No lo sé, las cartas no son tan específicas. Solo esperaba que tú si quisieras hablar conmigo —añadió, mandandole una mirada resentida a Manuel por encima del hombro de Martín.— Ya que tu maestro no quiere tener nada que ver con mi aquelarre.

— No es mi maestro —respondió Martín automáticamente, y María se rió, mirándolo como si acabase de hacerle un cumplido.

Estaba bastante seguro de que no ha hecho nada para ganarse esa reacción, pero algo en su respuesta parecía haber avivado el interés de María, porque lo siguiente que supo es que ella estaba apoyando los codos en la mesa y mirandolo fijamente, de la misma forma intrusiva que Catalina había usado antes.

— ¿Y por qué estás con él entonces?

— No es asunto tuyo, María —gruñió Manuel a su lado, llamando la atención de ambos.

María, a diferencia de su aquelarre, parecía inmune a la mirada de Manuel, y solo se encogió de hombros, ofreciéndole una sonrisa llena de dientes, totalmente opuesta a la imagen que estaba poniendo para Martín.

— ¿Oh, estás listo para hablar conmigo ahora Manuel? —preguntó, enarcando una ceja.

Martín estaba esperando una discusión de amantes, o algo parecido, pero lo que pasó cuando Manuel por fin se volteó a darle en el gusto a María, fue una discusión sobre política. Martín no estaba seguro de qué es lo que estaba pasando, o si debería entender la mitad de las cosas que decían, pero a juzgar por la mirada de Miguel, no era el único que se sentía así en ese momento.

— No sé por qué me dices estas cosas a mí, María —se quejó Manuel, poniendo los ojos en blanco.— No soy el príncipe, y no soy parte del consejo, no tengo nada que ver con esto.

— Eres el más antiguo —respondió ella, bebiendo de un solo trago lo que quedaba en el vaso de ron con Coca-cola que le trajo Catalina hace unos minutos. — Sabes más de esto que la mayoría, y alguien está cazando Manuel. No solo hemos sido nosotras, también he sabido de vampiros muertos en los últimos meses, pero el príncipe no ha castigado a nadie.

— ¿Cómo sabes que no son cazadores, María? Ellos no tienen por qué obedecer las leyes del príncipe, y Santiago tiene muchos extranjeros.

— Estás siendo deliberadamente obtuso Manuel —siseó, y las luces sobre ellos parpadearon un par de veces, provocando una queja de Miguel. El olor a flores era tan fuerte que le parecía sentirlo dentro de la boca, especialmente espeso e insistente en la parte de atrás de su garganta.

Martín estaba tan mareado que le tomó unos segundos notar que las mujeres del aquelarre estaban en completo silencio, igual que la mayoría del bar, todos mirándolos. O más específicamente, mirando a María y a Manuel, que parecían haberlos olvidado a todos.

— ¡Recuerden que no pueden pelear dentro del bar! —pidió Miguel, con una nota histérica en la voz.

— Está bien, Miguel, cariño, no pasa nada —respondió María, ofreciéndole una sonrisa dulce, igual que su perfume, que no alcanzaba a llegarle a los ojos.— Es solo una discusión amistosa. Entre amigos. Casi familia, ¿Verdad Manu?

Miguel no parecía demasiado convencido, pero asientió de todas formas, mandándole una mirada de advertencia a Manuel, que no se había movido en lo absoluto desde el inicio de la conversación. Honestamente, parecía injusto considerando que María aún olía como un capo de flores concentrado en una bomba, pero Martín decidió guardarse su opinión.

— De todas formas ya tengo que irme —suspiró María, sacando un mazo de cartas de su bolso.— Podemos intentarlo de nuevo en la semana, tengo un ritual importante que hacer con las chicas y no hay tiempo para tus tonterías.

María le alargó el mazo a Manuel, y luego de unos segundos de tensión, el vampiro cortó las cartas, suspirando resignado antes de empujarle la mitad del mazo de regreso a María.

— Tú también deberías sacar —dijo María, mirando a Martín con el ceño fruncido.

— ¿No deberían ser tres? —preguntó, seguro de que en algún momento había escuchado algo de esto en la tele, o quizá había sido Constanza la que se lo había contado, de cualquier manera, no parecía normal sacar una sola.
María lo miró con una sonrisa maliciosa que Martín sintió mil veces más atractiva que la dulzura afectada de antes, empujando las cartas hacia él una vez más.

— No es una lectura. —respondió, encogiéndose de hombros. — ¿Es el colgado, verdad Manuel?

— Como siempre —dijo Manuel, dejando la carta boca abajo en la mesa.

Martín estaba a punto de sacar cuando sintió el cambio en la atmósfera del local. No está seguro de cómo podría describirlo, pero a juzgar por la tensión repentina de Manuel y la mirada que María dirigió a la puerta, no era el único que lo había sentido.

La gente, incluso los que parecían ser humanos, se hacían a un lado para dejar pasar a Victoria, como si supiesen instintivamente que no eran el mismo tipo de animal; aunque ella misma no parecía notarlo, concentrada como estaba en Martín y Manuel.

— Otro día será, Martín. —murmuró María, guiñándole un ojo antes de levantarse.

Las mujeres al final de la barra se levantaron un poco después de ella, despidiéndose de Catalina en susurros y señas antes de seguir a María, siempre un paso por detrás.

Victoria ni siquiera las miró cuando pasaron a su lado, pero Martín creyó ver su boca torciéndose un poco.

— No sabía que ahora tratabas con brujas, Manuel —dijo Victoria cuando se sentó a su lado. No se veía especialmente molesta hasta donde Martín alcanzaba a ver, pero Manuel parecía incómodo de todas formas.

— No es nada. —respondió, desviando la vista.— ¿Cómo estaba el departamento?

— Limpio —respondió Victoria.— Mañana iremos a ver al príncipe, solo venía a asegurarme de que hubieran conseguido alojamiento.

Victoria se veía totalmente fuera de lugar en el bar, demasiado compuesta, demasiado elegante como para el ambiente hogareño que había ahí, y Martín se imaginaba que quizá eso era lo que hacía que el resto de las personas desviaran la mirada cuando la veían. Victoria es lo que Manuel debería ser, lo que Martín debería aparentar.

Lo que se supone que era un vampiro.

Miguel parecía descolocado por su presencia, pero aún así hizo el esfuerzo de pretender lo contrario mientras le ofrecía algo para beber, sonriéndole con una calidez que se le antojaba extraña a Martín. Suponía que era porque esa era la primera vez que veía a alguien reaccionar cálidamente a Victoria; y casi sin querer se encontró a si mismo pensando en Francisca, preguntándose si ella sería cálida con Victoria también. Si acaso era capaz de ser cálida, o si quizá ambas basaban su relación en ser cínicas con la otra.

Chapter Text

Manuel había entrado dos veces en su mente, y en ambas, había sido con permiso de Martín, mientras intentaba enseñarle como hacer funcionar el don de la mente. La primera vez había sido cuando estaban escondidos en su departamento, y la segunda, había sido una tarde en la madriguera, cuando le había hablado sobre poner barreras mentales por primera vez.

No había sido una experiencia maravillosa, y en ambas ocasiones, el cuerpo de Martín había reaccionado violentamente antes de que su mente alcanzara a reprimirlo, pero Manuel no había respondido a los golpes, limitándose solo a reducirlo hasta que Martín recuperara el control de sus instintos. Teniendo eso en cuenta, tampoco había sido tan terrible en comparación al resto de sus experiencias como vástago, así que cuando Victoria le pidió que practicasen para su entrevista con el príncipe, Martín le había dicho que sí sin pensarlo demasiado. Manuel no parecía convencido en el momento, pero no intentó detenerlos tampoco, de hecho, ni siquiera habían terminado de subir las escaleras cuando Martín lo escuchó retomar su conversación con Miguel.

Lo último que escuchó antes de cerrar la puerta fue Miguel preguntándole si estaba seguro, pero la respuesta de Manuel nunca llegó.

El segundo piso tenía cinco puertas distintas, cuatro habitaciones y un baño, según Miguel, que lo había guiado hasta la suya esa primera noche. Si no fuera por lo nervioso que estaba, Martín podría olvidar que Victoria lo estaba siguiendo con lo callada que estaba. Sus zapatos apenas crujían en el piso de madera, y parte de él, la parte que aún se ofendía cuando todos le sacaban en cara lo ajeno que era a este mundo, tenía la idea de que solo lo estaba haciendo para ponerlo incómodo, y ni siquiera estaba avergonzado de admitir que estaba funcionando. De hecho no había podido evitar que su corazón se acelerara cuando el primer ruido que escuchó de Victoria fue la puerta cerrarse detrás de ellos.

Hubiera sido peor si eso también hubiera sido silencioso.

— Si estás así de nervioso mañana, el príncipe sospechará —dijo Victoria, ofreciéndole una sonrisa petulante antes de sentarse al borde de la cama— Relájate.

— Fácil decirlo, nadie va a entrar en tu cabeza —refunfuñó Martín, mandándole una mirada resentida que hizo reír a Victoria.

— ¿Quieres intentarlo tú primero? —preguntó Victoria, encogiéndose de hombros— No voy a detenerte.

Martín la miró por largo rato, esperando a que se retractase o que añadiera un pero a su oferta, pero los segundos se alargaron entre ellos, callados y vacíos mientras Victoria le sostenía la mirada, exudando confianza. En ese momento específico, no podía evitar encontrarse a sí mismo deseando ser ella, deseando poder meterse debajo de su piel y estar así de tranquilo, así de confiado en quién era y qué quería, incluso cuando le estaba ofreciendo su mente a un extraño.

Era una idea inusual, pero no enteramente nueva para él.

— Está bien. —dijo en un murmullo, porque se sentía como si hablar demasiado fuerte pudiese romper el momento. Martín estaba casi seguro de que si llegaba a alzar la voz, todas las razones por las que no debería estar haciendo eso iban a volver a aparecer de golpe en su cabeza.

Cerró los ojos, concentrándose en la respiración de Victoria, en el latir de su corazón, que iba tan lento y silencioso que Martín tuvo problemas para ubicarlo en un comienzo.
Empujar hacia Victoria se sentía como dar un salto al agua, y lo siguiente que supo es que estaba viéndose en un espejo. No él, ella, mucho más joven, vestida con volantes y un sombrero que escondía la mitad de sus rulos castaños.

Era una niña, y sus padres la estaban llamando a su lado. El resto de sus hermanas estaban ahí también, esperando en posición para ser retratadas en una pintura de oleo.

Estaba en su habitación, junto a un ama de llaves que no podía tener más de quince años. Su cabello estaba atado en un tomate que apenas rozaba su cuello, pero algunos mechones habían escapado a lo largo del día, y le caían en la cara mientras metía el calentador de cama entre las sábanas. Martín sintió en sí mismo el interés de Victoria por esa mujer, el amor que tenía por ella desde que eran niñas y la veía ayudar en las cocinas.

Era una adulta, y la estaban transformando. En su mente, o quizá en la de Victoria, Martín sabía que los vampiros antiguos le llamaban el abrazo al ritual, pero incluso cuando estaba hundido en los recuerdos de Victoria, no podía evitar pensar que ese término no estaba bien. La muerte de Victoria fue violenta, como la suya, y estaba marcada por el conocimiento de que su amante ya no tenía sangre en el cuerpo. Su cadáver estaba tirado en esa misma habitación en alguna parte, pero Martín, no, Victoria, no había sido capaz de volver a mirarlo.

La primera noche de su nueva vida, Victoria tuvo un ataque de pánico dentro del ataúd, la tapa pesaba demasiado para ella, y todo estaba tan oscuro que incluso Martín sintió miedo. Pateó, rasguñó, gritó y lloró con ella, pero su creador no vino a ayudarla sino hasta horas después.

— Eres más fuerte que esto —le dijo, antes de volver a cerrar la tapa. —Tienes que hacerlo sola.

Después de eso era una bestia, cazaba al menos cinco hombres por noche, pero el hambre jamás paraba, y su creador la metía en el ataúd todas las mañanas, pateando y gritando como si estuviera poseída. Victoria rompió la tapa de su ataúd después de la tercera semana juntos.

La siguiente imagen era un reflejo en el agua, estaba en Italia esa noche. Su creador se había separado de ella en alguna parte de España. No estaba segura, pero tenía la sensación de que no iba a volver a verlo. Martín por otro lado, estaba seguro de que el alivio que sentía por esa idea no era suyo en realidad.

Había una niña pidiendo limosna en la calle, Victoria la reconoció como tal a pesar de los andrajos de niño que traía puestos. Tenía el pelo cortado al ras y aún era demasiado joven como para tener rasgos que la identificaran, pero ella lo vio en su mente. Vio a su padre, y a sus hermanos, vio suficiente como para decidir llevársela con ella.

En Inglaterra se volvió una dama de nuevo, y conoció a otro vampiro, un caballero inglés de cabello rubio y ojos verdes. Arthur, dijo que se llamaba, y fue la primera vez que ella había amado a un hombre de esa forma. También fue la última, cuando lo dejó, veinte años después.

Cruzó el mar en un barco, acompañada por humanos que deseaban una nueva vida.

Iba con un frasco lleno de tierra de cementerio y un sarcófago en la carga. Estaba aterrada, pero su creador seguía vivo en alguna parte de Europa, igual que su caballero inglés, y no quería estar ahí más tiempo. Los demás tripulantes creían que estaba loca, pero no rechazaban su dinero. Victoria los convenció de olvidar el sarcófago con el don de la mente, y comenzó a alimentarse cada tres días, pero el viaje parecía eterno, y estaba tan asustada de morir, o no morir en el mar, que no podía dormir.

No se atrevía a mirar siquiera la luz del sol.

En el nuevo mundo era una mujer rica, una excéntrica que llegaba al virreinato del Perú. Ahí era parte de la alta sociedad; tenía dos esclavos negros, y tres esclavas indias, y le decía a todo el mundo que era viuda. Varios hombres intentaron conquistarla, pero ella solo tenía tiempo para atender su hacienda.

En la Capitanía General de Chile, era una extranjera rica que no pretendía quedarse, solo quería conocer el fin del mundo, pasear unos días y volver al virreinato, pero terminó conociendo a Don Antonio González en un gran evento del gobernador. El hombre era encantador, de una forma que le recordaba demasiado a su caballero inglés como para resistirse, y se dejó convencer de bailar juntos una pieza, y dos, y tres. Él le contó que su esposa había fallecido hace poco menos de un año, y la invitó a conocer su hacienda si tenía tiempo, si quería seguir paseando por Santiago.

Victoria retrasó su regreso al virreinato.

Francisca, la hija de Don Antonio, le sonreía en la mesa del comedor mientras cenaban. Su largo pelo caoba estaba amarrado en una trenza severa, pero su sonrisa era pura malicia, y sus ojos brillaban con astucia. Era hermosa incluso entonces, Martín se quedó sin aliento viéndola a través de los ojos de Victoria, y entonces, la niña le habló. Le habló sobre ciencia, sobre historia, sobre literatura, de todo un poco, y aunque su padre parecía avergonzado con las ideas más radicales de su hija, Victoria estaba encantada.

Francisca cantó para ellos esa noche, mientras Victoria tomaba té con Don Antonio en la sala de estar.

Victoria regresó al virreinato después de eso, pero mantenía correspondencia con Don Antonio y con su hija. Ambos la invitaban a pasar el verano con ellos, pero ella declinaba la oferta una y otra vez, pensando en el sol. En vez de eso, programó su siguiente viaje a la capitanía para la mitad del invierno, ansiosa por verlos de nuevo.

Llegó a la hacienda de Don Antonio en un día de lluvia tan extrema, que la tela de su falda estaba completamente mojada solo por haber caminado desde su carroza hasta la puerta. Estaba irritada, pero la idea de ver a sus humanos era más importante que un poco de humedad.

El muchacho que le abrió no era Francisca, pero se parecía lo suficiente como para confundirla.

Manuel le sonrió en el umbral de la puerta. Sus ojos estaban brillando, y se vía tan sinceramente feliz mientras se presentaba que a Martín le costaba creer que era la misma persona que él había conocido. Incluso viéndolo a través de los ojos de Victoria, que no estaba del mejor de los humores esa noche, Martín estaba convencido de que Manuel era más atractivo que su hermana. Victoria no estaba de acuerdo.

La conexión se rompió como una torre de dominós después de eso.

Martín estaba desorientado cuando regresó al mundo real, casi sin aliento, aunque habían estado sentados todo el tiempo. Victoria lo estaba mirando con una confusión tan sincera en el rostro que Martín no pudo evitar bajar la vista primero, demasiado avergonzado como para mantenerle la mirada.

— Bueno —dijo Victoria, carraspeando— Eso fue, educativo supongo.

Martín hizo un ruido con la garganta, pasándose las manos por la cara. Si cerraba los ojos vía la cara de Manuel sonriéndole en la puerta, y la sonrisa de Francisca sentada a la mesa. No conocía la canción que había cantado para Victoria y su padre esa primera noche, pero algunas de las notas aún estaban grabadas en su memoria, repitiéndose una y otra vez en el fondo.

Si antes había tenido dudas, ahora estaba seguro de que había sido una mala idea, pero ya era demasiado tarde como para echarse atrás.

— ¿Puedo intentarlo yo ahora? —preguntó Victoria, sin rastro de burla.

— Está bien, supongo. —murmuró, tomando aire— Pero puede ser que trate de pegarte.

— No te preocupes —escuchó la sonrisa en su voz, pero cuando la miró, el rostro de Victoria era una máscara perfectamente neutra. Ahora, Martín podía ver a su creador en esa cara, en la línea dura de su boca y los ojos distantes— ¿Quién te creó, Martín?

— Manuel —respondió, frunciendo el ceño.

Estaba pensando en comenzar a cantar en su mente, cuando sintió la consciencia de Victoria abriéndose paso dentro de él. Era invasivo, mucho más que cualquiera de las veces que lo hizo con Manuel, y cuando los recuerdos empezaron a aparecer, Martín no pudo hacer nada por detenerlos.

Estaba terminando con Constanza, ella lo abrazó una última vez, llorando, mientras Martín le hacía cariño en la espalda. Constanza tomó sus maletas y cerró la puerta sin hacer ruido.

Sebastián estaba almorzando con él en un café, se veía decepcionado, pero no hablaron de nada importante esa tarde. El clima, la economía, incluso un poco de política, aunque su primo sabía que Martín no tenía idea sobre política y tampoco le importaba saber.

Su editor rechazó otro manuscrito, dijo que su historia era demasiado cliché, que a su protagonista le faltaba atractivo, y que quizá sería mejor empezar una historia nueva antes de seguir tratando de arreglar esa. La habitación se sentía claustrofóbica, quería vomitar, y Martín empujó el recuerdo a la fuerza, intentando dirigirlo a cualquier otra parte.

Estaba ebrio, y la gente estaba hablando demasiado fuerte a su alrededor. Martín decidió quedarse lejos de la pista, mirando a sus amigos perderse entre el resto de las personas mientras se tomaba el resto de su paga en cerveza.

Francisca se estaba riendo en un paradero de calle, y Martín sintió una emoción que no era suya llenándole el pecho. Era hermosa. No, esa era Victoria viéndola, extrañándola con tanta fuerza que casi rompió la conexión, al menos por unos segundos.

Martín no quería ver eso, ni tampoco quería que Victoria lo viera, pero la siguiente imagen era el blanco del baño, y aunque sabía lo que venía, no sabía cómo pararlo. Se escuchó gritar a sí mismo; pero no estaba seguro de si era dentro del recuerdo o en la realidad.

Francisca lo mordió.

Y ambos volvieron a la realidad de golpe.

Victoria no se veía tan afectada como él, pero tenía las mejillas rojas, y su corazón estaba latiendo a la velocidad de una persona normal, lo suficientemente fuerte incluso para que él pudiese escucharlo por primera vez. Martín estaba sorprendido de notar que no la empujó, pero si la estaba tomando por los brazos, con tanta fuerza que le parecía increíble que Victoria no se estuviera quejando. Todo su cuerpo estaba temblando, y cuando se miraron,

Victoria parecía humana.

— Lo siento —dijo ella respirando profundo— Intentémoslo de nuevo.

Martín quería decirle que no, que había sido suficiente. No debía haber visto nada de eso, ni ella ni nadie, pero terminó asintiendo de nuevo, dando un último suspiro tembloroso antes de soltarla.

La segunda vez que Victoria se abrió paso en su mente, Martín estaba preparado para la intrusión, y su primer pensamiento fue sobre Constanza.

Eran ellos en un restaurant. Ellos yendo al cine. Ellos yendo de vacaciones al sur.

Cuando la mente de Victoria empezó a intentar empujarlo, Martín pensó en su madre. La estaba viendo en la televisión, la veía en una fiesta. No estaba intentando bloquear a Victoria exáctamente, pero tampoco estaba dejándola sacar sus recuerdos de Francisca a la luz.

El blanco del baño vuelve a su mente, y Martín lo empuja a la fuerza.

Su madre fue a despedirlo al aeropuerto, Martín estaba feliz de irse, aunque todo el mundo le había dicho que Chile no era más fácil que Argentina. Lo que ellos no entendían es que el viaje tenía más que ver con la aventura que con el propósito. Su madre lo sabía al menos, y Martín le dio un último beso en la mejilla antes de ponerse a la fila.

Baldosas blancas.

Martín conoció a Constanza en una tienda de libros, ella era la dependienta, y pasaron la tarde entera hablando de libros. Era más encantadora que hermosa, y Martín lo prefería así. Su libro favorito era una novela para adultos jóvenes que Martín jamás había leído, y terminó comprándolo, solo para tener una excusa de volver a hablarle otro día.

Agua y cadenas. La risa de Francisca.

Constanza.

El olor de su vómito.

El olor del shampoo que compartían.

El dolor de la muerte, y el sonido de las cadenas.

Francisca rompiéndole las piernas.

Martín encima de Manuel, golpeándolo como podía.

Manuel corriendo con él en el bosque.

Manuel a la luz del sol.

Manuel tirado en la tierra, riéndose a carcajadas.

La conexión se rompió una segunda vez después de eso, y aunque Martín se sentía como si no existiese suficiente aire en el mundo, no estaba agarrando a Victoria esta vez. De hecho estaba un poco menos desorientado cuando se animó a mirarla. Victoria tenía las manos empuñadas sobre su regazo, y estaba respirando profundo. Martín creyó ver unas gotitas de sangre en su cara, pero desvió la vista demasiado rápido como para estar seguro.
Ninguno de los dos dijo nada por tanto tiempo que Martín estaba casi seguro de que habían terminado por la noche. Esperaba que así fuera al menos, porque si era sincero, estaba listo para tirarse a la cama y dormir por los siguientes dos años.

— ¿De nuevo? —preguntó Victoria. Parecía insegura esta vez, y Martín tenía la sensación de que era la primera vez que la veía así.

— Está bien, dame unos minutos.

 

 

 


 

 

Martín despertó tarde al día siguiente. Se sentía extrañamente cansado, y estaba tan desorientado que le tomó unos segundos entender dónde estaba; su corazón empezó a latir con fuerza cuando no sintió el olor mustio de la madriguera, ni el frío usual de la habitación. Fue como estar vivo por un minuto, aterrado de moverse y descubrir que todo había sido un sueño o que aún estaba en el departamento de Francisca. O peor aún, en un lugar nuevo.

El pánico duró poco, pero Martín no pudo evitar avergonzarse cuando sus ojos se toparon con Manuel, que lo estaba mirando desde la puerta.

— ¿Estabas mirándome dormir? —preguntó en un gruñido. Parte de él había querido decirlo en broma, pero su tono de voz lo había transformado en una acusación sin su permiso, y ya era demasiado tarde para retractarse.

Su cuerpo se sentía pesado y tenso en todos lados, como si hubiera estado haciendo ejercicio el día anterior. Todos los medios de entretención que incluían vampiros lo habían llevado a creer que eso no era posible, pero aparentemente si podía estar cansado luego de haber dormido todo el día. Martín incluso creía que podría volver a acostarse y seguir durmiendo durante toda la noche también.

— No —respondió Manuel, frunciendo el ceño mientras se acercaba a la cama— Venía a ver que siguieras vivo. Ya son las nueve.

Martín se quejó con un ruido, pasándose las manos por la cara y el pelo en un vano intento por dejar de sentirse humano y cansado. Tenía la sensación de que había pasado los últimos dos meses intentando lo contrario, pero ahora que tenía de regreso solo las partes negativas de la humanidad, no quería saber nada de ella.

Supuso que si tuviera el humor para sentarse a pensarlo seriamente, encontraría algún tipo de lección, algo así como una moraleja, en todo el asunto, pero no tenía la paciencia para eso. No estaba seguro de cuándo ni cómo llegó al punto de su vida en que el cinismo no verbal de Manuel le parecía comprensible, pero Martín desearía poder retroceder y descubrirlo.

— ¿Vamos a lo del príncipe?

— Si, Victoria está esperando abajo. —respondió Manuel, dedicándole una mirada que Martín no pudo entender— No me gusta dejarla sola abajo por mucho rato, Victoria tiende a ofender a la gente, y el aquelarre de María llegó temprano hoy.

Martín resopló una risa, y aunque estaba seguro de que el moreno estaba intentando evitarlo, vio a Manuel sonreír a medias. Esta era su vida ahora, y de alguna forma, no le parecía tan terrible en ese momento.
Aunque probablemente era el cansancio.

— Está bien, boludo, no necesitas presionarme tanto —dijo Martín, pateando las sábanas— Deja ducharme y nos vamos.

Manuel asintió, manteniendo la misma media sonrisa. Martín había intentado olvidar los recuerdos de Victoria luego de que terminaran de practicar, pero la imagen de Manuel había quedado grabada en su cabeza. El Manuel original, o el que él conocía al menos, no se veía tantos años mayor que la versión que había visto en la mente de Victoria, pero había algo irremediablemente distinto en él, algo además de la palidez de su piel o la diferencia de su expresión. Martín no sabía qué era, pero se sentía como una presencia física entre una imagen y la otra.

— No venía solo a eso —dijo Manuel de pronto, sonando inusualmente inseguro mientras hablaba.— El príncipe no debería dudar demasiado de nosotros, pero uno nunca sabe —añadió, alargándole una mano cerrada— Quería darte esto, por si las dudas.

Martín se quedó mirándolo unos segundos, esperando algo más de explicación, pero Manuel solo se mantuvo ahí, sosteniendo su mano hacia él mientras movía la pierna derecha impacientemente. Tenía la costumbre de mover el pie cuando estaba perdiendo la paciencia, Martín ya lo había visto varias veces desde que habían llegado al bar.

— No es nada terrible Martín —siseó Manuel luego de un rato, la molestia colándose a su voz hasta hacerlo algo con lo que Martín podía relacionarse.

Ese era el Manuel que conocía, el que le tira el brazalete al regazo, mirándolo con el ceño fruncido y los labios apretados en una línea pálida, como si estuviese conteniendo un insulto.

El brazalete estaba hecho con dos tiras de cuero café. Tenía símbolos quemados a todo lo largo y dos piedras incrustadas, Martín no está seguro de qué eran, o de qué pretendía Manuel exactamente, pero tenía la sensación de que era algo importante porque cuando volvió a mirarlo, el vampiro tenía los ojos clavados en la puerta.

Martín estaba seguro de que Manuel no podía esperar para irse de ahí, y se sintió extrañamente aliviado de que aún no lo hubiera hecho.

— ¿Qué es esto? —preguntó, bajito, intentando no concentrarse en el ruido que estaba haciendo el pie de Manuel, revotando en el piso una y otra vez.

— Es un brazalete que me hizo María hace tiempo —respondió Manuel, moviendo la pierna un poco más rápido— Para el don de la mente, no me acuerdo cómo se llaman las piedras, pero la transparente es para la concentración, y la gris para la protección, o algo así.

— ¿Siempre usás esto? —preguntó Martín, dando vuelta el brazalete entre sus dedos mientras intentaba recordar si alguna vez lo vio mientras estaban en la madriguera. — Es bien… new age, para ser tú. —comentó, tocando las piedras.

Estaba seguro de que lo habría notado, no podía imaginar no notar algo así mientras estaban en la madriguera, pero no había caso, su cerebro no tenía nada útil que ofrecer.

— En el pie —respondió Manuel, con las puntas de las orejas teñidas de rojo. — Lo uso en el pie… La magia no es… A los vampiros no les agrada la magia —dijo, corrigiéndose a sí mismo— Pero funciona. Y mientras nadie vea, da igual.

Martín asintió sin pensar, tan absorto que casi ni se dio cuenta cuando Manuel dejó de mover el pie.

Por extraño que le pareciera, había muchas más cosas además de ellos en la ciudad. Mientras los humanos caminaban tranquilos, gente como Constanza, como su madre; las calles estaban llenas de otras cosas, de cosas como Manuel, como María, como él mismo, peleando y conviviendo juntos.

Aparentemente los vampiros y las brujas no se llevaban bien, pero a juzgar por lo poco que Martín había visto, los vampiros probablemente no se llevaban bien con otros vampiros tampoco, si lo hicieran no necesitarían un príncipe que los controlara, y Martín probablemente habría conocido a otros vástagos desde su transformación ¿no?

No estaba seguro de entender por qué un monstruo podría tener problemas con otro monstruo, y estaba a punto de preguntarlo cuando las implicaciones de lo que Manuel le estaba diciendo por fin terminaron de alinearse en su mente.

— Siempre usás esto… —dijo Martín, levantando la vista. Manuel lo estaba mirando con más curiosidad que vergüenza ahora, pero cuando sus ojos se encontraron con los del vampiro, Martín lo vio dudar, como si supiese lo que estaba a punto de hacer.

Quizá lo había visto en su mente, quizá lo sabía porque era lo que había estado pensando desde que Manuel le había pasado el brazalete. No importaba en realidad, era demasiado tarde para detenerlo.

Martín empujó hacia él con su mente antes de haber decidido por qué quería hacerlo, esperando encontrar el sonido del mar, como la primera vez que lo había intentado. Esa noche en la madriguera se sentía lejana ahora, pero Martín aún esperaba encontrar lo mismo, y en su lugar, estaba Manuel.

Manuel afuera de la madriguera, diciéndole que era ruidoso para pensar.

Manuel cortando leña para divertirse, haciendo té, leyendo tomos amarillentos de hojas tan delicadas que le daba miedo romperlas accidentalmente. Martín no conocía el idioma del texto, pero no importaba, porque Manuel sí, y estaba traduciéndolos en la visión.

Llevaba meses traduciendo ese diario, pero ya estaba a punto de terminar, y no podía esperar a poder sentarse y re-leerlo. Esta vez iba a entender mejor, si no tenía que detenerse a asegurarse de que estaba descifrando bien el código.

He constatado que la sangre es distinta dependiendo de su origen. Las leyendas antiguas sugieren que las propiedades están conectadas al alma del sacrificio.

Estaba leyendo a través de los ojos y las manos de Manuel, cuando el vampiro lo empujó fuera de su mente.

Cuando Martín volvió en sí, Manuel lo estaba mirando con la misma expresión neutral que usaba para Victoria. A pesar de su falta de expresión, la rabia parecía irradiar de su cuerpo, y Martín estaba tan arrepentido que se sentía ahogado con la culpa, como si fuesen sus recuerdos los que acaban de salir a la luz.

No estaba seguro de qué estaba esperando en realidad. Gritos quizá, golpes, pero Manuel solo lo miró con el ceño fruncido, y el cuerpo perfectamente quieto.

— Mierda, lo siento, no pensé que fuera a funcionar Manuel, perdón —se escuchó decir, apretando el brazalete con fuerza. Las piedras se sentían tibias contra sus dedos. —De verdad pensé que…

— Está bien. —interrumpió Manuel, tajante. Aunque luego lo reconsideró, soltando una bocanada de aire.— Está bien. Supongo que me lo merecía —dijo, levantándose de la cama— Pero no lo hagas de nuevo.

Martín esperó a que Manuel saliera de la pieza antes de comenzar a moverse de nuevo, ahogando un quejido frustrado en la tela de su almohada. Si pudiera, se quedaría toda la noche acostado, pero sabía que si no comenzaba a moverse, su siguiente visita sería Victoria, y no estaba de humor para eso.

 


 

 

Manuel y Victoria lo estaban esperando en la barra cuando bajó. Martín caminó hacia ellos conteniendo la respiración, pero Manuel no levantó la mirada del libro que tenía en las manos. Victoria en cambio lo estaba mirando directo a los ojos, ofreciéndole una sonrisa cómplice que Martín no sabía cómo interpretar.

No estaba seguro si Manuel le había contado a su mentora sobre lo que había pasado entre ellos, pero si lo hizo, ninguno de los dos parecía dispuesto a comentarlo, y Martín no iba a sacar el tema.

— No tienes por qué estar nervioso Martín —dijo Victoria, poniendo una mano en la rodilla de Manuel antes de levantarse.— Será fácil.

Martín se mordió el interior de la mejilla, asintiendo. Manuel lo miró por el rabillo del ojo antes de levantarse, siguiendo a Victoria en silencio.

Parte de él sentía que debería decir algo antes de que continuaran, pero no tenía la más mínima idea de que podría decirles. No tenía nada que hablar con Victoria, a pesar de que ella parecía perfectamente dispuesta, y tenía mil cosas que hablar con Manuel, a pesar de que el vampiro probablemente iba a sisear como un gato engrifado si lo intentaba.

Al final, Martín decidió seguirlos en silencio, maldiciendo su propia cobardía.

La noche estaba igual de colapsada de gente que el día anterior, y a Martín se le llenaba la boca de saliva cada vez que rozaba a alguien. Victoria no parecía estar consiente de él, pero Manuel lo miraba de vez en cuando, para luego volver a desviar la mirada en silencio. No estaba seguro de cómo interpretar eso, así que Martín solo siguió caminando con los dientes tan apretados que dolía.

No necesitaban cazar todas las noches, eso es lo que Manuel decía al menos, pero Martín siempre tenía un vacío en el estómago. El hambre no siempre dolía, pero jamás se iba por completo, y aunque no estaba dispuesto a admitirlo, le hubiera gustado poder detenerse a cazar antes de seguir con la farsa.

— Tiene que ser después de que el príncipe te reconozca —murmuró Manuel a su lado. Martín no estaba seguro en qué momento se había acercado tanto, pero sus brazos se rozaban al caminar.— No deberías cazar en su dominio si no tienes permiso.

— ¿Estás leyéndome la mente? —siseó Martín entre dientes apretados, y Manuel se rió a su lado.

— No tienes derecho a ofenderte hoy —respondió, dándole un golpecito con el hombro antes de volver a alejarse.

Sintió sus orejas y sus mejillas arder de vergüenza, pero no creía tener sangre suficiente como para sonrojarse en ese momento.

 


 

Les tomó una hora y media llegar al edificio, pero cuando por fin estaban ahí, Martín tenía ganas de reírse. Parte de él esperaba llegar a una iglesia abandonada, o algo por el estilo, sin embargo, el edificio al que entraron era perfectamente moderno, lleno de líneas minimalistas y un montón de vidrio en todos lados. Martín intentó no fijarse demasiado en el reflejo de su propio rostro en el vidrio, pero no pudo evitarlo. Había algo en la imagen que no estaba bien, Martín sabía que ese era su rostro, pero la imagen se sentía difusa, como si los bordes estuvieran difuminados. No era lo suficiente como para no reconocerse, pero no era él. No como se recordaba al menos. Manuel lo tuvo que obligar a seguir caminando.

El guardia los había estado mirando con sospecha desde que aparecieron hasta que entraron, pero Victoria y Manuel ni siquiera le dedicaron una mirada. Martín estaba esperando que los detuviera, pero el guardia bajó la cabeza cuando sus ojos se encontraron con los de él, sin atreverse a mantener el contacto visual.

— No te distraigas —siseó Manuel, manteniendo la puerta del ascensor abierta para él. Victoria ya estaba adentro, mirándolos con una ceja enarcada.

Martín miró al guardia hasta que las puertas del ascensor se cerraron frente a él, pero el hombre no levantó la cabeza ni una sola vez. Tenía ganas de preguntar por él, saber si era como ellos o si era un humano que sabía demasiado, pero el ascensor lleno de espejos y las caras solemnes de los dos vampiros que tenía al lado lo convencieron de quedarse callado.

No sabía cuanto se habían demorado en llegar al último piso exactamente, pero estaba tan ansioso que cuando se detuvieron, Martín ni siquiera esperó a que las puertas terminaran de abrirse para salir.
Era el silencio, eso y los espejos eran demasiado para él esa noche.

El pasillo estaba lleno de ventanales que iban desde el techo hasta el piso de cerámica, y más allá de ellos estaban los techos y las calles del centro de Santiago, iluminadas en luces naranjas y amarillas. Martín siguió con la mirada las figuras de los humanos que caminaban en las calles a esas horas, y los autos que iban y venían, incapaz de contenerse. Nunca antes había estado en un edificio tan alto, y no podía evitar pensar que ese paisaje era el tipo de cosas por las que algunas personas pagarían.

Él no era ese tipo de persona, nunca lo fue realmente, pero sus nuevos sentidos lo dejaban ver tanto que se sentía apropiadamente diminuto frente a la imagen. La tierra se vía lejana, pero tan llena de detalles que Martín creía que podría pasar horas mirando.

— Estábamos esperándolos —escuchó decir. Martín levantó la vista a la mujer, que estaba apoyada en uno de los pilares, a un par de metros de ellos.

— Buenas noches Itzel —dijo Manuel, y aunque las palabras por si mismas eran perfectamente amables, había algo en su voz que sugería todo menos un saludo.

Itzel apenas miró a Manuel unos segundos antes de asentir y darles la espalda. Su largo cabello negro estaba atado en una trenza que le rozaba las canillas cada vez que caminaba, y Martín no podía dejar de mirarla. Ella, con su trenza y su largo vestido rojo, lo hacía pensar en un cuento de hadas.

Martín reprimió la idea tan rápido como pudo, mandándole una mirada nerviosa a Manuel y Victoria.

Ninguno de los vampiros parecía haber escuchado su mente en ese momento, más bien parecían estar hablando entre ellos, a juzgar por las miradas cargadas de significado que se estaban dando a sus espaldas.

— Síganme —escuchó decir a Itzel unos pasos más adelante, y en su voz la instrucción sonaba como si los estuviese insultando.

La habitación donde se sostenía la corte del príncipe era un círculo de ventanales, con gruesos pilares blancos entre los vidrios. Martín no necesitaba preguntar ni usar sus poderes para reconocer al príncipe entre las personas que había dentro. Él era lo primero que se veía al cruzar la puerta de hecho, sentado detrás de un escritorio de caoba, con el pilar más grueso a su espalda, como si hubiesen estado intentando enmarcarlo en ese lugar.

— Ah, Manuel, estaba empezando a preocuparme de que no fueras a venir —la voz del príncipe resonaba en la habitación, segura y cálida, acompañada por una sonrisa de dientes perfectos.— Me habían llegado noticias de tu presencia en la ciudad, pero no estaba seguro.

— Mi príncipe —respondió Manuel, inclinando apenas la cabeza.

— No necesitas decirme así —dijo, levantándose.— El título suena ridículo hoy en día ¿no crees? Solo Adán está bien.

Manuel no parecía satisfecho con la respuesta, pero asintió de todos modos, dando un par de pasos hacia adelante. Martín no sabía qué había estado esperando realmente, pero la sonrisa tranquila y la postura relajada de Adán no le parecían la mitad de peligrosos de lo que Victoria y Manuel habían hecho parecer.

— Adán —dijo Victoria, inclinando la cabeza en una pequeña reverencia. Martín la vio ofrecerle una sonrisa dulce al hombre que tenía en frente, un gesto que no había visto antes en su rostro y que le revolvió el estómago con recuerdos sobre su creadora.— Es un gusto conocerte por fin.

No estaba seguro si sus pensamientos se estaban proyectando o no, pero Martín bajó la vista por si las dudas, intentando concentrarse en la imagen de las ventanas: Santiago de noche, a kilómetros de distancia de él mismo, lleno con tantas luces y sonidos que ahí sus pensamientos no significarían nada.

— ¿Tu mentora, Manuel?

— Así es —respondió Victoria. Martín podía oír la sonrisa colándose en su voz.— ¿Debo suponer que ha oído hablar de mi?

El tono coqueto de su voz lo obligó a levantar la vista tan rápido que no había forma de disimularlo. No era su intención, pero era como escuchar a Francisca, ella y sus risas la primera noche que se conocieron.
Bailamos juntos Martín, ¿no te acuerdas?

Manuel lo miró con ambas cejas alzadas. Martín no estaba seguro de qué tipo de pensamientos estaría proyectando en ese momento, pero tampoco estaba seguro de cómo detenerlos. Necesitaba pensar en las calles de Santiago en la noche. Ahí es donde la había escuchado por primera vez. No. Ahí su existencia era diminuta. Había sido diminuta, por eso ella la había tomado. No. Manuel lo había tomado después de que lo crearan.

Manuel se veía como ella.

Era su maestro, su creador, y ella era…

La risa del príncipe interrumpió su pánico, y cuando levantó la mirada, Adán estaba caminando hacia Victoria, con los ojos brillantes y pequeños a causa de su sonrisa.

Se veía feliz, encantado con la mujer perfecta que tenía en frente, probablemente así es como se había visto Victoria cuando conoció a Francisca.

Martín quería vomitar.

— Por supuesto —dijo el príncipe, ofreciéndole su mano a Victoria.— Manuel contaba historias sobre usted cuando aún estaba en mi corte.

— ¿Ah, sí? ¿Qué tipo de historias?

— Nada terrible, le aseguro —respondió Adán, ofreciéndole una sonrisa. — Disculpe si la ofendo, pero es extraño ver antiguos en esta parte del mundo…

— Sólo estoy visitando a mí vástago —interrumpió Victoria, con un poco más de fuerza en la voz.— No me ofende, príncipe Adán, pero no aprecio que intenten usar el don de la mente en mi contra.

El príncipe aún estaba sonriendo cuando retrocedió, incluso inclinó la cabeza, en una copia de la reverencia que Victoria había hecho para él antes. No sabía qué estaba pasando entre ellos exactamente, pero le pareció que Victoria acababa de ganar una pelea.

Martín aprovechó ese momento para mirar alrededor, buscando algo más en lo que concentrarse. La tensión que había en la sala, y en cada uno de los vampiros que están parados en los pilares, era tan clara que se sentía como si el aire fuese más pesado a su alrededor. Estaba sorprendido de no haberlo notado antes, pero los otros seis vampiros que había en la habitación parecían listos para atacarlos en cualquier momento.

— Por supuesto, mi dama, lamento mi falta de hospitalidad —dijo Adán, riéndose— Solo quería comprobar si las historias eran ciertas.

— Adán —gruñió Manuel entre dientes. Sonaba como una advertencia, a pesar de que no estaban en posición de hacer eso.

La segunda vez que los ojos del príncipe cayeron en él, Martín ya no podía confiar en la sonrisa que le estaba dedicando. Se veía igual que antes, pero su mirada era como un peso físico sobre él, y había algo en sus ojos, pequeños e inteligentes, que lo ponía nervioso.

Martín apenas resistió las ganas de dar un paso atrás cuando el príncipe se le acercó.

— ¿Y tú, chiquillo? No te había visto antes.

— Acabo de volver a la ciudad —respondió Martín, intentando concentrarse en el paisaje de los ventanales.

— Mis fuentes dicen que lleva más de una noche en el dominio —comentó uno de los vampiros. Tenía una voz aguda, como la de una niña, y su silueta quedaba totalmente oculta frente a la sombra de su pilar, al fondo de la habitación.

Martín apretó los dientes, diciéndose a si mismo que no iba a mirar.

— ¿Ah, sí? —preguntó a Adán, aunque el tono de su voz sonaba más como un suspiro satisfecho.— ¿Y por qué no había venido antes, Iñigo?

Escuchó el susurro de los vampiros en los pilares, esparciéndose como un enjambre al rededor del círculo que era esa habitación. Quería mirar a Adán, o a la mujer que lo estaba delatando, pero no se atrevía a subir la mirada.
Parte de él estaba seguro de que eso era lo único que aún tenía a su favor.

— Llegaron directo al bar, Príncipe —respondió la voz de niña una vez más, como pidiendo disculpas.— No podíamos intervenir.

— Aún tiene problemas de control —siseó Manuel.— Estábamos esperando…

— Silencio.

Martín levantó la mirada. No estaba orgulloso del impulso, de hecho no sabía que iba a hacerlo hasta que escuchó la orden, pero una vez estaba ahí, no quiso bajar la mirada. Lo que lo había hecho mirar en primer lugar no tenía nada que ver con la autoridad de Adán ni la forma en que su voz había deshecho todos los murmullos en la habitación, era el hecho de que Manuel había obedecido.

Intentó encontrarse con los ojos de Manuel, y en vez de eso, se encontró con la sonrisa de Adán, de dientes blancos y perfectos, con apenas el asomo de unos colmillos en la comisura de los labios.

El don de la mente de Adán se sentía distinto a Victoria, era más amable, como si estuviese intentando convencerlo de ofrecerle sus secretos por cuenta propia, en vez de tomarlos a la fuerza.

Manuel tirado en un piso de tierra, dejando que las hojas de los arboles le caigan en la cara y el pelo, esa era la imagen que Martín estaba usando como escudo luego de que los ventanales y el bar le fallaran.

— ¿De dónde vienes? —preguntó el príncipe, perdiendo momentáneamente el tono amigable del inicio.

— Es mío —respondió Manuel, fuerte y claro. Martín tuvo que morderse el interior de la mejilla para no decir nada al respecto, pero las ganas estaban, aumentadas por la influencia del príncipe presionando en su mente.

Adán los miró confundido unos segundos, antes de estallar en carcajadas.

Fue como si hubiesen apretado un interruptor: La tensión de la habitación bajó inmediatamente, y con eso, toda la atención de los vampiros presentes había caido en Manuel, que seguía parado en el mismo lugar, la espalda recta y las manos apretadas a los costados.

Él era el único que no había dejado de estar tenso en ningún momento.

— ¿Tuyo? ¿Tú lo hiciste? —preguntó el príncipe, en un tono que no parecía poder decidirse entre la burla y la incredulidad.— ¿En dónde?

— En mi dominio —respondió Manuel, mirando a Adán de frente por primera vez— No te faltaría el respeto haciéndolo aquí.

— ¿Estás mintiendo Manuel? —preguntó Adán, dando una vuelta alrededor del vampiro.— No parece algo que tú harías.

— No, príncipe.

— ¿Dónde quedó tu juramento? Estoy seguro de que no fui el único que… Ah, ya no queda nadie de la antigua corte —suspiró Adán, pasando una mirada por todos los presentes. — Eso está en ti, ¿sabes?

— No hice nada en contra de tu corte Adán —siseó Manuel entre dientes, pero el príncipe ni siquiera lo miró.— Juré que no iba a armar una corte propia, y lo cumplí.

— Y ahora llegas con progenie a pedir permiso para entrar a mi ciudad —dijo Adán, recuperando la sonrisa de a poco.— Después de jurarme que jamás ibas a abrazar a un mortal, bueno, Manuel, cómo cambian las cosas. Quién sabe, quizá la próxima vez que te vea serás aún más parecido a tu hermana.

Martín vio a Manuel hacer una mueca, como si las palabras de Adán fueran un golpe físico. Victoria en tanto lo miraba todo con un aire de indiferencia que rivalizaba con el desinterés del resto de la corte.

— Solo venimos a pedir tu venia, si no quieres darla, nos iremos. —dijo Manuel, imitando el desinterés de Victoria, aunque ya era demasiado tarde para parecer sincero.

— Manuel, por favor, no me atrevería a prohibirte la entrada —respondió Adán. Estaba sonriendo, pero el gesto no llegó a a sus ojos esta vez.— Ni a ti, ni a los tuyos. A fin de cuentas, esta ciudad fue suya en algún momento.

Los ojos de Adán fueron a parar a Victoria cuando dijo eso. Era un reto, probablemente, pero ella simplemente le sostuvo la mirada, igual de sonriente. Martín tenía la sensación de que ellos dos eran los únicos realmente consientes de las reglas por las que estaban jugando en ese momento.

Intentó buscar los ojos de Manuel, esperando encontrar la sensación reflejada en el otro vampiro, pero el moreno mantuvo la vista hacia el frente.

— Es más, si no te molesta, me gustaría pedirte ayuda, ya sabes, en nombre de los viejos tiempos.

— ¿Ayuda con qué?

A juzgar por el tono de su voz, Manuel no quería saberlo realmente, y Adán estaba perfectamente consciente. Incluso le ofreció una última sonrisa sincera antes de retraerse hacia el escritorio.

— No es la gran cosa Manuel, no pongas esa cara —dijo, retomando su asiento— Solo quiero que hables con el aquelarre. Itzel ha intentado hablar con ellas, pero no ha funcionado demasiado bien.
Itzel, que estaba al fondo de la sala tejiendo una brillante cuerda negra con los dedos, hizo un sonido con la garganta, algo entre un gruñido y una risa, que Adán parecía dispuesto a ignorar, incluso cuando otros de los vampiros en los pilares se rieron entre dientes.

— ¿Qué quieres que les diga?

— Han estado sellando partes de mi ciudad. La suprema cree que su aquelarre fue atacado por vampiros, pero no hay pruebas, y se niegan a escuchar razones. Si no puedes convencerlas tendré que ignorar el tratado.

— No han roto las reglas —replicó Manuel, pero Adán solo se encogió de hombros, ensanchando su sonrisa.

— Pero las reglas pueden cambiar.

Había algo animal en la sonrisa de Adán, un brillo peligroso que transformaba todo su rostro. Los vampiros en los pilares no habían hablado durante toda la reunión, pero Martín podía verlos imitando la expresión de su líder, manos apretadas, posturas tensas y colmillos brillando en la luz artificial de la oficina.

— Velo como una oportunidad, Manuel. No tengo por qué jugar a la política con las brujas, —los vampiros de los pilares rieron, pero ni Adán ni Manuel les prestaron atención.— Pero estoy dispuesto a hacerlo, solo porque estás en la ciudad.

Manuel no miró a nadie mientras caminaba hacia Adán, y cuando le ofreció la mano, todo el ambiente pareció volver a relajarse de golpe. Otro switch, otro nivel de tensión que Martín no había notado al comienzo. Era como si aquel gesto fuese la última pieza del rompecabezas de Adán, a juzgar por la sonrisa cálida que le dedicó a Manuel mientras estrechaba su mano.

Era la cara de un viejo amigo, aunque Manuel seguía igual de visiblemente incómodo frente a él.

Manuel suspiraba como si el mundo le pesara en los hombros, y Adán se reía como si el mundo estuviese a sus pies mientras le besaba la mejilla izquierda. Hizo lo mismo con Victoria, pero cuando llegó a Martín solo lo quedó mirando, alargando el momento hasta volverlo incómodo.

— ¿Manuel te creó? —murmuró, aunque no sonaba como una pregunta en los oídos de Martín.

— Yo se lo pedí — respondió, antes de que Manuel o Victoria pudiesen hablar en su nombre.

Adán parecía estarse riendo internamente cuando le ofreció la mano.

— Por supuesto —dijo, inclinando la cabeza, aunque no había nada respetuoso en el gesto. — Tarde o temprano tenía que pasar.


 

Las calles estaban considerablemente más vacías cuando salieron del edificio, una o dos horas más tarde. Adán se había tomado un tiempo más para decirles las reglas del territorio y presentarles a los miembros de su corte, seis vampiros, todos de más de 100 años en la tierra, según él. Victoria había enarcado una ceja mientras lo escuchaba, mandándole miradas a Martín como si estuviese escuchando algo divertido, pero Martín no había podido responderle el gesto.

¿Quién era él, de menos de cuatro meses, para mirarlos en menos? Claramente Victoria consideraba que era alguien, pero Martín no estaba seguro de quién consideraba ella que era.

Itzel se había ofrecido a escoltarlos, sin preguntarle a nadie, y la bajada en el ascensor le había parecido eterna. Ahora que la tenía más cerca, Martín había llegado a la conclusión de que lo que había estado tejiendo durante toda la reunión eran hebras de su propio cabello, trenzadas expertamente en una cuerda negra y brillante.

Ni Manuel ni Victoria parecen estar interesados en lo que estaba haciendo, pero Martín no podía dejar de mirar. En el primer piso, el guardia estaba notoriamente ausente, y las puertas principales del edificio estaban abiertas, como esperándolos.

— Manuel —dijo Itzel mientras estaban bajando las escaleras de la entrada. Era un tono que hacía que Martín imaginara viejas amistades, con una ligera nota de desesperación y bastante más interés del que le había parecido ver cuando recién se habían encontrado.— Tenemos que hablar.

Itzel se vía tan seria mientras lo decía que Martín no pudo evitar pensar en algunos de los escenarios de las telenovelas de su madre, incluso sonrió un poco cuando Victoria lo miró, claramente consciente de lo que estaba pasando por su cabeza. Esta era una broma de la cual podía participar, y a juzgar por la sonrisa que se desdibuja en su rostro, Victoria estaba dispuesta a participar con él.

— Sabes que no es un buen momento —Manuel estaba a la mitad de una frase, cuando Martín vuelve a prestarle atención. — Necesito… —continuó, mandando una mirada significativa hacia Martín y Victoria, como si su sola presencia ahí bastara para completar su frase.

Itzel siguió su mirada hasta ellos, apretando su cuerda hasta hacerla desaparecer tras sus dedos.

— Manuel —repitió, cargando las sílabas como una queja.

Martín no podía evitar pensar en María quejándose de Manuel, que no quería hablar con ella tampoco, y se encuentra a si mismo preguntándose qué tanto tienen que hablar con él, o cuántas mujeres en Santiago necesitaban hablar con él, ahora que habían vuelto.

Muchas más de las que él creía, aparentemente.

— Está bien Manuel —dijo Victoria de pronto, llamando la atención de los tres.

Manuel la miró de la misma forma que alguien miraría a un animal salvaje, la sorpresa y la cautela librando una batalla en su rostro. Itzel, por su parte, la miró con los ojos entrecerrados, y aunque se veía lista para pelear si era necesario, también parecía tener miedo de la pelea.

— De todas maneras quería llevar a Martín a cazar —continuó, sonriendo como si no notara sus expresiones— Va a tener que aprender a controlarse en algún momento, y sé cuánto odias enseñar.

— Victoria.

Manuel no la estaba mirando mientras hablaba, no, en vez de eso sus ojos estaban clavados en Martín, como si estuviese preguntándole algo.

En su cabeza, Martín imaginó que era un «¿Está bien?» o algo por el estilo, pero una parte de él, la misma parte que había querido advertirle sobre Francisca la primera noche, pensó que quizá era más un: «¿Confías en ella?» o un «¿Seguro que puedes soportarlo?» que lo obligó a apartar la mirada.

Tanto Itzel como Victoria lo estaban mirando ahora, no estaba seguro de cómo había podido ignorarlas por tanto tiempo, pero ahora que estaba consciente de sus ojos sobre él, era insoportable.

— Está bien —se escuchó decir, como si fuera otra persona. Intentó responder la sonrisa de Victoria, pero no creía haber logrado más que una mueca.— Nos encontramos en la barra más tarde.

No sabía por qué sentía la necesidad de decirlo en voz alta, como si no fuese obvio, pero a juzgar por la mirada seria de Manuel mientras asentía, el vampiro si lo sabía. O al menos creía saberlo.
Martín tuvo ganas de decirle algo, de contradecir lo que sea que Manuel crea saber sobre él, pero antes de que pudiera hacerlo, Itzel tenía a Manuel tomado de un brazo, y lo estaba arrastrando de regreso a las entrañas del edificio.

Casi se sorprendió a sí mismo cuando un recuerdo de Constanza haciendo lo mismo con él se coló al frente de su mente.

— ¿Tendrán historia? —preguntó, más al aire que a Victoria, pero ella lo miró de todos modos.

— Por supuesto —respondió, empezando a caminar en dirección contraria. — Manuel estuvo viviendo varios años en Santiago cuando estaba en la corte. Es difícil imaginar que no haya hecho algunas conexiones.

Martín se apuró a alcanzarla, porque estaba seguro de que si no caminaba, Victoria ni siquiera se iba a dar cuenta de que lo había dejado atrás.

— No pero… —Martín la miró con las cejas alzadas, intentando decidir si Victoria estaba pretendiendo no entenderlo o no. Ella lo miró impasible, alzando las cejas también.— Como pareja.

Victoria lo miró en blanco unos segundos más antes de estallar en carcajadas. La verdad es que Martín estaba intentando no sentirse ofendido mientras la miraba reír, pero no estaba funcionando. De la misma forma en que tampoco había podido evitar el calor que comenzó a acumularse en su rostro, o la forma en que su estómago se aprieta por la vergüenza.

— Qué sé yo, parecía conocerlo… O algo —gruñió entre dientes, a medida las risas de Victoria comenzaban a disminuir.

— No, no es eso —dijo ella, a medio camino entre la risa y la seriedad. Sus ojos parecían brillar con su buen humor en ese momento, era la primera vez que se veía tan sincera— Es que… Martín, niño… De toda la gente en Santiago, Manuel no podría…

— ¿Crees que ella es demasiado bonita para él? —Victoria resopló en respuesta, como si fuera a volver a estallar en carcajadas. No estaba seguro del por qué, pero la idea lo irritaba.— El flaco no es tan feo boluda, y ella no es tan… ¿Qué?

Victoria lo estaba mirando con una sonrisa maliciosa, y un brillo especial en los ojos que lo hacían querer retroceder. Tenía la sensación de que si intentara entrar en su mente en ese momento, aún estaría escuchando sus risas.

— Itzel es bonita, y a juzgar por el tipo de compañía que Manuel tiene en esta ciudad —dijo Victoria, entornando los ojos, como si solo recordarlo pudiese arruinar su buen humor.— podría ser una buena teoría. Solo que, Manuel jamás iría tras una mujer, Martín.

No lo creía posible, pero se sintió incluso más avergonzado que antes cuando escuchó la respuesta. Victoria al menos tuvo la delicadeza de no reírse cuando todo lo que logró decir fue un “oh” que se sentía más como si estuviese perdiendo aire que como una palabra.

— Muchos vástagos deciden experimentar con la vida eterna —continuó Victoria, claramente divertida— Pero Manuel no es así.

Martín pensó en el Manuel que vio en el recuerdo de Victoria mientras caminaban, y luego en todo el tiempo que habían pasado juntos desde que el vampiro lo encontrara en el departamento de su hermana, y no pudo evitar sentir que debería haberlo sabido, de alguna forma era algo que deberían haber hablado mientras esperaban a que cayera la noche, solos en la madriguera, con horas y horas de tiempo muerto que llenar.

— ¿Te molesta? —preguntó Victoria luego de un rato, su voz sonaba dura esta vez, y Martín se obligó a si mismo a levantar la mirada. Ya no quedan rastros de risa en su cara.

— No. —respondió automáticamente. Era cierto, claro, tendría que ser muy hipócrita para molestarse con eso— Me da igual, es solo que… ¿Está bien que me lo dijeras? ¿No es secreto, o algo así?

Escucharse lo hizo hacer una mueca, consciente de que no sonaba como si realmente le diera igual. Supuso que si quisiera, podría hablarle a Victoria sobre los novios que tuvo en Argentina, mucho antes de Constanza, o sobre los de su primo, cualquier cosa que le diera veracidad a sus palabras, pero no lo iba a hacer. No le debía nada a Victoria, y no pretendía entregarle la historia de su vida solo para darle confianza.

Ya le había dado demasiado cuando la dejó entrar en su cabeza.

— Hace años que dejó de ser secreto —respondió ella luego de un rato. — Décadas, en realidad.

— ¿Y por qué nunca lo dijo?

Victoria le ofreció una sonrisa entonces, pero Martín no creía que fuera para él. De muchas formas, le parecía que la mayoría de los gestos de Victoria nunca eran para él en realidad. Eran para los rastros de Francisca, o incluso de Manuel, que veía en él de vez en cuando.

— Conociéndolo, no creyó que fuera importante.

 

 

Chapter Text

Las reglas del príncipe prohibían matar durante la caza en su territorio, según Victoria, no era fácil comprobar quién había matado y quién no, pero el hecho de que Adán y la corte supieran sobre la existencia de Martín era suficiente para culparlo. Si llegaran a encontrar un solo cadáver, él sería el primer sospechoso, simplemente por ser el más joven, y ella no estaba dispuesta a interrumpir su misión para pelear con el príncipe.

Martín estaba cansado de ser el chivo expiatorio de todos a esas alturas, ni siquiera se sentía como un niño, más bien le parecía que el resto lo estaba viendo como un mueble, una vasija, o quizá un animal, y no había mucho que pudiese hacer para evitarlo, excepto dejarse enseñar.

Victoria se rió de buena gana cuando Martín lo comentó, y sin ninguna palabra le apuntó hacia una mujer que estaba apoyada contra un semáforo en la vereda de enfrente. Tenía el pelo crespo y corto, aunque Martín estaba inclinado a dudar sobre qué tan natural era con la forma en que estaba levantado hacia todas direcciones. Sus ojos estaban delineados con una gruesa línea negra, y tenían algo ausente, como si no estuviese del todo ahí.

— Tienes que concentrarte en ser humano. —dijo Victoria, guiñándole un ojo— Cuando comiences a sentirte realmente bien, entonces, tienes que parar.

— No es enserio —murmuró, viéndola caminar hacia la extraña como si fuese lo más normal de la vida.

Martín la miró hablarle, vio la postura defensiva de la extraña transformándose en una cercanía intima en cosa de segundos. Una parte de él tenía ganas de apartar la vista, como si hubiera algo indecente en la forma en que esa mujer le ofrecía su cuello a Victoria, su cuerpo entero pegado a ella, como si llevaran años siendo amantes.

No había tomado más que unas palabras y los ojos ausentes de la extraña siempre clavados en los de Victoria para volverla un sacrificio.
La otra parte de Martín, una parte mucho más grande en realidad, no podía apartar la vista. Sus colmillos habían salido en alguna parte del show y su boca se sentía incómodamente llena. Cuando Victoria por fin mordió a la extraña, Martín tuvo que cerrar los ojos para no acercarse. Le dolían los músculos con el esfuerzo de no avanzar, pero se mantuvo quieto incluso luego de escuchar el pequeño gruñido satisfecho de Victoria.

Casi había olvidado lo hambriento que estaba.

Se sintió como un trance, al menos hasta que un auto se detuvo frente a ellas, ignorando deliberadamente la luz verde en el semáforo. Martín tuvo dos segundos para pensar que los humanos iban a ver lo que realmente estaba pasando y el príncipe los ejecutaría a todos, hasta que los ocupantes del auto bajaron las ventanas.

Con los vidrios abajo, la música al interior del auto le parecía una presencia física en la calle, reverberando en todas partes al mismo tiempo, incómodamente artificial y estruendosa. Martín pensó en ir hacia ellos, o esconderse, pero no hizo ninguna de las dos cosas, y entonces empezaron los gritos: Los tres hombres dentro del Mitsubishi estaban riéndose, compitiendo entre ellos a quién podía hacer la proposición más obscena en el menor tiempo posible, totalmente ignorantes de lo que estaba pasando realmente. Martín no supo decidir si estaban ebrios o simplemente eran estúpidos. Victoria se separó de la humana, sujetándola con un brazo en la cintura, y una sonrisa animal en el rostro. Se veía peligrosa, de formas que Martín estaba seguro deberían haber sido suficientes para activar los instintos de supervivencia de cualquier animal. Los conejos en el bosque habrían sabido huir de esa sonrisa, pero aparentemente los humanos no, a juzgar por el beso exagerado que le lanzó el copiloto.

Victoria les hizo un gesto ofensivo con la mano libre, y los hombres volvieron a reírse.

La humana en los brazos de Victoria también se rio, y desde donde estaba, Martín podía ver su cuerpo laxo, y la mirada perdida de sus ojos. Se veía ebria, o más que ebria en realidad, aunque Martín no tenía suficiente experiencia como para compararlo con algo más fuerte que el alcohol. Si Victoria decidiera soltarla, probablemente caería al piso en cosa de segundos.

El segundo gesto que Victoria hizo para su audiencia fue más una expresión facial, y Martín no necesitó ver en las mentes de los humanos para saber que Victoria estaba usando sus poderes.

El Mitsubishi aceleró sin bajar las ventanas, y aunque ya no había risas, Martín escuchó la música hasta que desaparecieron de la vista.

— ¿Por qué no los espantaste antes? —preguntó, mirando a Victoria acomodar mejor el cuerpo de la humana. Ya no se reía, pero no se veía lúcida tampoco.

— A veces yo también me dejo llevar — respondió Victoria, sonriendo. — Perdón, Sonia.

— ¿Qué?

Victoria le dedicó una mirada irritada, completamente opuesta a la dulzura con la que miraba a la humana en sus brazos. Parecía estar diciéndole estúpido con los ojos, y Martín apreció que al menos lo hiciera solo con los ojos.

Sonia sonrió, y por un momento le pareció que iba a decir algo, declararle su amor eterno a Victoria quizá, pedirle que se fueran juntas, en vez de eso simplemente cerró los ojos, como si estuviese teniendo un buen recuerdo. Victoria la enderezó y le arregló los rulos con los dedos.

— ¿Estás bien?

La humana, Sonia, asintió, y Victoria la dejó ir, ordenándole que caminara de vuelta a su casa.

— Comer así debe tomar años —murmuró Martín, hundiendo las manos en los bolsillos mientras caminaban. Sonaba petulante, lo sabía, pero no le importó.

Victoria se encogió de hombros, doblando en la siguiente esquina. Tenía la sensación de que estaban siguiendo a la tal Sonia, pero se guardó las preguntas y Victoria no le ofreció respuestas.

— A mí me gusta hacerlo así hoy en día… Se siente más humano, supongo —dijo Victoria, encogiéndose de hombros con una risita.— Pero la mayoría lo hacen más rápido, y es lo mismo. Podría enseñarte así, si prefieres.

La sonrisa de Victoria parecía estar llena de colmillos cuando Martín aceptó.

 


 

 

Su primera víctima de la noche fue un hombre ebrio, porque según Victoria eran más fáciles de manejar, y estaban más cerca de lo que Martín ya conocía.

Habría estado mintiendo si hubiera dicho que no pensó con deseo en la adoración con la que Sonia se había entregado a Victoria media hora antes, especialmente en comparación con el olor a ron y la energía agresiva del hombre que decidió morder, pero la sangre era sangre, y al momento de hincar sus colmillos en la carne, olvidó todo sobre Sonia.

Vio imágenes, sentimientos y recuerdos, todo mezclado en un torbellino de impresiones y colores: la mente del humano en sus brazos se desenvolvía como una maraña de hilo a medida bebía y no había ni un solo crimen que ver. Era un estudiante, vivía con sus dos hermanas, había adoptado un gato hace poco y acababa de terminar un gran examen. Había salido a celebrar con sus compañeros, tres horas antes de que Martín lo encontrara.

Su sangre era dulce y excitante, como ninguna que Martín hubiese probado hasta el momento, y aunque se había estado repitiendo que no iba a dejarse llevar, le costaba trabajo recordar por qué era tan importante.

Martín no sintió a Victoria acercarse, pero era imposible ignorar el golpe que ella le dio en la cabeza, o los siseos enojados que estaba dejando entrar en su mente.

«Suéltalo, suéltalo ahora.»

Martín obedeció cuando la sintió darle un segundo golpe. No estaba pensando en obedecerla cuando se separó de su víctima, más bien había tenido la idea fugaz de atacarla y volver a su presa, defender la comida quizá, pero cuando abrió los ojos, la herida estaba frente a él, la carne abierta y destrozada en el hombro del humano había sido suficiente para devolverlo a la realidad.

Él había hecho eso.

Martín dejó caer el cuerpo inconsciente del hombre. El sonido fue un golpe seco en el asfalto, el hombre nunca se quejó, y por un momento, viendo su piel pálida y la herida en su cuello, Martín estuvo seguro de que lo había matado.

— ¡Mierda, mierda…! —siseó, echándose hacia atrás cuando todo su cuerpo le estaba gritando que se tirase encima del extraño.— Perdón, no pude…

— Está bien, Martín, está vivo —dijo Victoria, agachándose frente al cuerpo.—Está vivo, —repitió, mirándolo a los ojos. Se veía tranquila, mucho más tranquila de lo que debería, en opinión de Martín. —escucha.

Cerró los ojos, respirando profundo el hedor del callejón en el que estaban. Corría un viento helado esa noche, y junto a él estaba el sonido de las calles, autos y gente a apenas unos metros de ellos, todos inconscientes de los monstruos en la ciudad.

Y debajo de todo eso, la respiración entrecortada de su víctima.

Victoria estaba sonriéndole cuando volvió a abrir los ojos.

— Está vivo —murmuró Martín, sintiéndose estúpido. Victoria asintió, como si hubiese pasado algún tipo de prueba.

Le dieron ganas de reírse.

— Está hecho mierda —dijo mirando la sangre que escurría por su chaleco. Quería estar preocupado, pero su voz delataba lo inadecuado de sus emociones. Quería reírse, la sangre lo tenía ebrio.

— Lo está —aceptó Victoria, riéndose.— Pero se puede arreglar.

Martín la vio morderse la muñeca y llevarla hasta los labios entreabiertos del hombre. El brazo blanco de Francisca se le vino a la mente, sin permiso ni explicación, y la orden que le había dado en ese entonces. La misma orden que Victoria le estaba dando al humano en la calle.

— Bebe —murmuró, sorprendido de verlo obedecer.

La herida de su cuello se cerró en un poco menos de tres minutos, dejando a su paso una mancha de piel nueva y una cicatriz blanca.

— ¿Se va a convertir? —preguntó Martín, escuchando el miedo en su voz como si fuera algo ajeno.

— No —respondió Victoria, mirándolo con una sonrisa cómplice. Se veía más joven entonces, llena con la vida que le había robado a Sonia. — Habría que matarlo antes, y darle mucho más que un sorbo, para transformarlo. Obviamente.

— Claro… Obviamente.

Su segunda víctima fue una mujer más joven que él, con el pelo corto y los labios pintados de azul. Ella le clavó las uñas en la nuca y le tironeó el pelo mientras bebía, pero no estaba resistiéndose realmente. Había algo extrañamente sexual al respecto, y Martín había visto un sinfín de encuentros en su mente. Hombres, mujeres, sola. Vio otras cosas también, pero fue su excitación lo que lo dejó temblando con el esfuerzo de separarse.

No la dejó inconsciente, pero estuvo cerca. Su nombre era Tamara, según Martín vio en sus recuerdos, y tuvo la sospecha de que sus amigas estaban a segundos de llamar a la policía cuando la recibieron de regreso en la mesa, tambaleante y risueña como si estuviese drogada.

Martín la vio tropezarse con una de sus amigas de camino al baño.

— La gente se siente mal cuando baja la presión —comentó una vez salieron del local donde la había encontrado. No estaba seguro de qué lo había llevado a decirlo en voz alta, pero ya era demasiado tarde para arrepentirse ahora que tenía los ojos de Victoria encima.— La presión de la sangre —aclaró, incómodo.

— ¿Oh?

— ¿Por qué parece gustarles? —preguntó, mandándole una última mirada al local a ver si encontraba a Tamara y sus amigas en el frontis.— Se ríen.

— No lo sé, nunca me importó.

— Pero cómo…

— No, Martín, escucha —dijo, deteniéndose a mirarlo de frente. Ya no estaba sonriendo. —No sé los por qué de nuestras vidas, y no me importan, sinceramente. He estado aquí durante siglos y jamás ha importado ¿Te preguntabas, cuando aún eras humano, qué hacía tu cuerpo cada vez que comías?

— Pero sí lo sabía —respondió Martín, frunciendo el ceño.

— Si, pero fue porque te lo enseñaron, no porque realmente necesitaras saberlo para poder comer —dijo Victoria, poniendo los ojos en blanco.— Cuando estuve viva, no me enseñaron nada de eso, no lo necesitaba, y bueno, era una mujer, así que en general no me enseñaron mucho… Mira, supongo que lo que realmente quiero decir es que ya no me importa, para serte honesta. No hay ninguna explicación que vaya a cambiar lo que somos.

Victoria retomó el camino después de eso, y Martín la siguió en silencio, pensando en los recuerdos de su mente, y las historias de Manuel sobre las costumbres de su mentora. En la madriguera Victoria le había parecido el personaje de un cuento, se la había imaginado como una sabia llena de respuestas, la solución a todas las preguntas, aunque sabía que era injusto esperar eso de cualquiera de ellos.

Al final, con siglos de vida y experiencia, Victoria y Manuel seguían siendo bastante humanos por dentro.

Se preguntó si ese sería el caso con todos, si Adán y su corte se sentían humanos en algún momento. Si acaso la crueldad de Francisca había estado en ella mucho antes de haberse transformado.

— Si de verdad quieres saberlo, deberías hablar con Manuel del tema —dijo Victoria de pronto, mirándolo por el rabillo del ojo.

— ¿Crees que él sepa?

Victoria soltó un resoplido ruidoso, ganándose las miradas de los pocos transeúntes que aún quedaban en la calle.

— Si no lo sabe, tendrá cuadernos enteros de teorías al respecto. Eso es lo único que hace.

No se veía feliz mientras lo decía, pero tampoco molesta, más bien se veía como si no aprobara el desperdicio de vida que eran Manuel y sus traducciones de libros ancestrales. Martín no necesitaba entrar en su mente para saber que no entendía su modo de vida: Manuel, escondido en su cabaña en medio de un bosque, pasando la eternidad en su propia cabeza, escribiendo cuaderno tras cuaderno sobre cómo funcionaban las vidas que no pensaba vivir.

Martín lo vio en su mente, haciendo tazas y tazas de té en una taza roja, dejándola en la mesa para enfriarse, al lado de una taza blanca y una amarilla, ambas vacías y perfectamente limpias.

Después decidió no pensar más en eso. Activamente empujó a Manuel fuera de su mente, y se puso a mirar alrededor, buscando una tercera víctima para cerrar la noche.

Había muchas cosas en las que Martín procuraba no pensar hoy en día. Manuel era una, Francisca era otra. El hecho de que estaba comiendo humanos era la principal, y con el tiempo, era cada vez más fácil borrarlo todo, hasta que solo quedaba él. Él y una vida donde nunca había existido nada más que el presente.

Su tercera víctima fue un hombre delgado, tenía el pelo corto y castaño, y su mente estaba más llena de fantasías que de recuerdos.

 


 

 

Victoria lo detuvo en las puertas del bar de Miguel. La gente tenía que esquivarlos para entrar, pero no parecía importarle. Se veía contenta, más viva que antes gracias a la sangre que había consumido, pero había más que eso en su sonrisa.

Se veía orgullosa.

— Eres un buen alumno —dijo, dándole un apretón a su hombro.

Martín ni siquiera recordaba haber recibido ese tipo de cumplido por parte de su madre. Toda la experiencia, la paciencia de Victoria, el sabor de la sangre de los inocentes, la mismísima noche, lo había dejado sintiéndose expuesto, y ahora no tenía siquiera la rabia para protegerse de la expresión de Victoria. Solo quedaba él mismo, extrañamente avergonzado por el reconocimiento.

Deseoso de tener aún más.

— Eres mejor profe que Manuel —respondió, sintiéndose inadecuado.

Victoria se rio, soltándole el hombro.

— Por supuesto que lo soy. —dijo, entrando al local.

Con el tiempo Martín había aprendido que Manuel era una criatura de costumbres, esas costumbres iban desde tomar té en la misma taza cada vez, a bajar al bar a una hora específica todos los días, o sentarse siempre en el mismo piso frente a la barra. No tenía forma de saber si siempre había sido así, pero Martín estaba seguro de que tenía rutinas para casi todas las cosas. Por eso, cuando vio al niño ocupando su lugar de la barra, pensó instintivamente que había algo mal con la escena.

Victoria ni siquiera se inmutó cuando intentó decírselo con el don de la mente, y tomó asiento al lado derecho del niño, el mismo piso en el que se habría sentado si Manuel estuviera presente.

Martín la siguió hasta la barra, pero no pudo convencerse de tomar asiento.

— ¡Ah, volvieron! —escuchó exclamar a Catalina. Venía de una de las salas adyacentes, balanceando una bandeja cargada con tantos vasos vacíos que Martín no podía creer que aún no se cayeran.— ¿Y tú, Julio?

El niño le mandó una mirada irritada, pero no respondió. No podía tener más de catorce, según Martín, pero había algo especial en su cara que lo hacía parecer mayor, y tenía un aire petulante, incluso considerando el lugar donde estaba. Frente a él había una taza larga y vacía, que despedía un leve aroma a café.

— ¿Quieres algo? —preguntó Catalina, empujando una puertecilla con las caderas para pasar al otro lado de la barra.— No quedan bolsas, pero podría darte carne.

— Miguel iba a traer —alegó Julio, frunciendo el ceño. — Ya debería haber vuelto.

— Está en eso —respondió Catalina, pasándole la mano libre por el pelo.— Tú sabes que no siempre es tan fácil.

Julio le parecía un animal, dispuesto a morder la mano de Catalina en cualquier segundo si continuaba revolviendo la mata de pelo café, pero no pasó. El niño solo masculló algo sobre brujas y mal gusto, y ella se rió, dejándolo ir.

— ¿Les traigo lo de siempre? —preguntó luego, mirando a Martín y a Victoria.

— Quiero una hamburguesa —dijo Martín, intentando reprimir su sonrisa frente a la expresión de asco en el rostro de Victoria.

El niño en cambio lo miraba como si le hubiera salido una segunda cabeza. Le pareció adecuado, a fin de cuentas, él había estado mirando a Julio de la misma forma hace unos minutos. Catalina solo alzó las cejas, ofreciéndole una sonrisa llena de dientes blancos antes de darles la espalda y desaparecer por la puerta de la cocina.

Martín se sentó al lado izquierdo del niño, sonriendo para si mismo cuando sus ojos se encontraron. Si antes se veía hostil, ahora estaba seguro de que Julio quería saltarles encima.

— El imbécil no está ¿por qué se están sentando acá? —se quejó Julio, desordenándose el pelo con las manos.— Váyanse a las mesas. Apestan a sangre.

— ¿Y por qué tú no? —preguntó Victoria, sonriendo con malicia. — ¿No me digas que eres…?, ah, cuál sería el término? ¿Vegano?

Martín ahogó una risita, desviando la mirada por miedo a toparse con los ojos de Victoria. No sabía si se estaba riendo del niño o de ella realmente, y no quería tener que explicarse si alguno de los dos llegaba a tomar ofensa.

Julio miró a Victoria con odio, pero no respondió. Martín lo vio apretar las manos en la mesa, y tirar de su polera un par de veces. Así de cerca podía ver que estaba respirando con la boca, y se imaginó colmillos en lugar de dientes. A fin de cuentas, no había otra forma de explicar su presencia en el bar.

— Anda a cazar, niño —dijo Victoria, sonaba como un anciano, mirando descorazonada a las nuevas generaciones.— No vale la pena torturarte así.

— Nadie pidió tu opinión —siseó Julio, devolviéndole la mirada.— Además la sangre es sangre, no importa cómo la consigas.

— Por supuesto que dices eso, si jamás has tenido nada mejor.

Catalina volvió a aparecer por la puerta unos minutos después de eso, y Martín casi agradeció en voz alta la interrupción. Nadie había vuelto a hablar, pero el ambiente entre los tres daba la impresión de que la discusión seguía pasando, incluso si nadie estaba diciendo nada.

Martín casi había deseado irse a las mesas.

Catalina dejó tres vasos y dos platos en la barra. Una hamburguesa y un trozo de carne cruda, rodeada de un charquito sanguinolento que le revolvió el estómago a Martín. Sabía que era exactamente lo mismo que sus experiencias con los conejos en el bosque, o con sus víctimas humanas incluso, pero en ese mismo momento, sentado en la barra, Martín se sentía un humano cualquiera, no un monstruo.

Ciertamente no alguien que cenaría un pedazo crudo de vacuno.

A su lado Julio hizo un ruido animal con la garganta, le pareció un quejido, pero no estaba seguro. Escuchó a Victoria reírse en su cerebro, y se preguntó si el niño también podía escucharlo.

De alguna forma se sintió culpable de estar viéndolo.

— Te dije que no quería nada —gruñó Julio, aunque sus palabras sonaban extrañas, como si estuviese hablándoles con algo en la boca.

— Lo sé, pero no has comido en mucho tiempo —suspiró Catalina, empujando el plato hacia él.— Miguel dijo que todavía tienen una hora y tanto antes de llegar.

— Es su culpa, por pedirle ayuda a un inútil —siseó Julio, empujando la barra para bajarse del piso— No importa, esperaré arriba.

— Julio, al menos llévatelo —pidió Catalina, empujando el plato hacia él, pero el niño solo les dio la espalda, desapareciendo entre la gente.
Catalina suspiró, tomando el plato.

— ¿Manuel estuvo aquí entonces? —preguntó Victoria, Catalina la miró como si no entendiese— El niño estaba hablando de él, ¿no es así?

— Ah, si —respondió Catalina, encogiéndose de hombros— Estuvo un rato aquí, Miguel iba saliendo a recoger un cargamento y lo convenció de acompañarlo. Nunca es bueno ir solo a ese tipo de cosas, es peligroso.

— ¿Por qué no va con el niño, entonces? —preguntó Victoria, describiendo círculos con su cuchara en el té, cosa que Martín sabía era totalmente innecesaria, porque ella ni siquiera le ponía azúcar a sus bebidas.

Catalina frunció el ceño, evidentemente molesta por Victoria, aunque no estaba seguro si era por el tono indiferente que estaba usando o por su expresión, fuera cual fuera el motivo, Martín estaba seguro de que Victoria estaba pisando una fibra sensible con esa conversación. Lo que no podía saber era si la vampiresa lo estaba haciendo a propósito o no.

— A Miguel no le gusta involucrarlo. Incluso Manuel está de acuerdo con que es mejor así.

— ¿Y qué tiene que ver Manuel? —preguntó Martín.

Tanto Victoria como Catalina lo miraron entonces, como si hubieran olvidado que estaba presente. Era una sensación extraña para él, a fin de cuentas, jamás le había pasado cuando aún era humano. Supuso que había pasado demasiado tiempo con Manuel.

— Bueno, yo aún no estaba aquí… pero Miguel me dijo que él los entró a la ciudad —respondió Catalina, encogiéndose de hombros.— También fue así con nosotras.

— ¿Nosotras?

— El aquelarre —Catalina le sonrió— Teníamos que dejar Venezuela, pero no podíamos llegar así nomás a la ciudad. Hay muchas criaturas que no nos ven con buenos ojos —dijo, mandándole una mirada a Victoria— pero habíamos escuchado que Santiago tenía vampiros con magia, y un príncipe flexible, así que viajé a tantear el terreno.

— ¿Y Manuel…?

— Convenció al príncipe, por supuesto. —respondió, mirando al piso vació entre Martín y Victoria.—Los rumores eran ciertos, pero la bruja del consejo no quería que nos ubicáramos en su territorio, y el príncipe ni siquiera quería darnos una audiencia. Sin su ayuda no habríamos podido entrar.

Martín vio a Catalina irse con el plato, siguiéndola con la vista hasta que ya no podía verla a través del cristal de la puerta. El Manuel en su mente, el que vivía en una cabaña en medio del bosque, no podía ser el mismo que Catalina conocía. Muchas veces le parecía que ni siquiera era el mismo que Victoria parecía conocer, pero él parecía ser el único sorprendido. Todos los demás tenían un Manuel distinto en sus mentes.

Pensó en Constanza, en la mujer que él conoció durante años y que quizá había sido otra Constanza para muchos otros. Pensó en su madre, en sus primos, incluso pensó en su padre, mintiendo sobre mil vidas y mil viajes.

Y luego pensó en Francisca. La Francisca de sus recuerdos al lado de la Francisca que existía en la mente de Manuel, y la que vio en los recuerdos de Victoria.

— Estuvo haciendo muchas cosas mientras no estábamos —murmuró Victoria de pronto, devolviéndolo a la realidad. Su voz sonaba lejana, como si estuviese hablando consigo misma.— Me pregunto qué le habrán dado a cambio.

— ¿No crees que lo haya hecho porque sí? —preguntó Martín frunciendo el ceño.

No tenía hambre, en realidad, nunca sentía hambre como cuando era un humano, incluso si dejaba de beber sangre por dos o tres días lo que quedaba era un vacío mucho más grande que lo que podía reconocer como el hambre de los humanos. El vacio seguía ahí incluso luego de beber, más tranquilo, pero siempre presente, como un ruido blanco en su cerebro.

No, no sentía hambre de comida, pero aun así se llevó la hamburguesa a la boca. Estaba tibia, y el sabor lo obligó a cerrar los ojos, complacido.
Victoria hizo una arcada a su lado.

— Manuel no lo habría hecho porque sí. No es ese tipo de persona —dijo, dándole un sorbo a su té.—Deben haberle pagado con algo.

Martín no le dio en la razón, pero tampoco la desmintió. No fue porque le faltaran las ganas de hacerlo, a fin de cuentas, Manuel lo había ayudado bastante sin pedirle un pago. No, se quedó callado porque el Manuel de su mente habría querido que no discutiera el tema, y por una vez en su vida, decidió escucharlo, a fin de cuentas, Victoria jamás creería que él podría conocer a Manuel mejor que ella.

Él mismo no estaba seguro si realmente lo conocía más o no, pero parte de él quería creer que sí.

Manuel llegó una hora y media más tarde. Martín había estado mirando la puerta principal mientras lo esperaba, decidido a verlo entrar. Había seguido esperándolo incluso luego de que Victoria había anunciado que estaba aburrida y que iría a pasear por la calle. No tenía un plan específico para cuando llegara, pero tampoco es que tuviese algo mejor que hacer, y observar a la gente ir y venir por las puertas era interesante.

Martín había empezado un juego consigo mismo, intentando adivinar quiénes eran humanos, quienes vampiros y quienes eran algo totalmente distinto.

Cada vez que Catalina volvía a su lugar en la barra, Martín aprovechaba de pedirle una pista o preguntarle directamente qué era quién.

— Ese es humano, Martín por dios —decía ella entre risas disimuladas, dándole un golpecito en el brazo.— No seas racista, los hombres lobo no necesariamente parecen lobos.

— Ya pero, nadie normal puede tener tanto pelo Cata.

Julio había bajado una o dos veces más, asomándose justo lo suficiente para cruzar la mirada con Martín y el asiento vacío de Manuel antes de volver a subir las escaleras a pisotones.

Estaba comenzando a cuestionar su decisión de esperar ahí cuando sintió entrar a Manuel. No lo vio, porque el moreno había aparecido por la puerta de la cocina, pero las risas de Catalina y Miguel lo delataron.

— ¿Qué te pasó? —preguntó Martín, mirando a Manuel pasarse una toalla por el pelo húmedo.

Miguel y Catalina se rieron aún más fuerte, y Manuel suspiró, pasándose al otro lado de la barra. El polerón que tenía puesto parecía un par de tallas más ancho que su cuerpo, y Martín no recordaba haberlo visto antes, pero al menos estaba seco.

— Un accidente con los cooler —siseó Manuel, mandándole una mirada resentida a Miguel.— ¿No deberías estar llamando a tu hermano?

El peruano volvió a reírse, levantando su celular con una mano.

— Le mandé un mensaje mientras te estabas estacionando.

No alcanzaron a pasar más de cinco segundos antes de que Julio apareciera en las escaleras. Probablemente había corrido por los pasillos del segundo piso, pero ahora que podían verlo, iba a paso lento y seguro, con una actitud tan imponente que Martín quiso reírse. Miguel y Catalina sonrieron al verlo, con algo entremedio de la diversión y la ternura en sus expresiones, pero Manuel solo puso los ojos en blanco.

— ¿Te traigo la comida acá? —preguntó Catalina, a pesar de que Julio ya estaba pasándose al otro lado de la barra.

— No, la cocina está bien —respondió Julio, mandándole una mirada cargada a Miguel antes de seguir su camino.

Catalina siguió a Julio por el pasillo, y aunque el niño no parecía dispuesto a hablar, se escuchaba la voz de Catalina rellenando el silencio mientras caminaban. Lo último que escuchó Martín fue su risa y un «¿Estás ansioso?» que nadie respondió.

Miguel suspiró, mirando la puerta cerrada unos segundos más antes de darle la espalda.

— ¿Debí haberme ido? —preguntó Manuel, aunque Martín estaba seguro de que no le importaba realmente.

Miguel parece igual de consiente de eso cuando lo mira, enarcando una ceja poblada antes de lanzarle el paño de cocina.

— No te pongas pesado tú, —dijo, sacando un vaso largo del estante.— Estoy feliz de que no quiera cazar ¿Sabes? Solo quisiera que pudiese aceptarlo un poco mejor… No creo que sea bueno vivir así.

Manuel hizo un ruido ambiguo con la garganta, dejando el paño de cocina y la toalla en la mesa. Martín lo miró acomodarse el pelo con los dedos y mirar alrededor, como si buscase algo.

— Él decidió volverse uno de nosotros —dijo, encogiéndose de hombros.— No es mi culpa que esté arrepentido.

— No creo que esté arrepentido —suspiró Miguel, mirando hacia la puerta de nuevo— Es solo que… No es fácil. El otro día logré convencerlo de que me hablara, ¿sabes que dijo? Que siempre se está muriendo de hambre —añadió, mirándolos con horror, como si no pudiese imaginar nada peor.

Martín podía entender el sentimiento, incluso si se le antojaba cómico en la cara de Miguel. Manuel en cambio parecía listo para decir algo ofensivo.

— ¿Qué edad tiene? —preguntó Martín, antes de que el moreno alcanzara a abrir la boca.

Miguel le ofreció una sonrisa triste, y Martín tuvo la impresión de que si había alguien arrepentido en ese lugar, no era exactamente Julio.

— Veinte este año —dijo Miguel, antes de volver su atención a un cliente que hacía señas a unos cuantos metros de distancia— ¡Ya voy, hombre, no patees la mesa! Sorry, los veo más tarde.

Martín intentó imaginar la cara de Julio a los veinte años, intentó imaginar qué haría a un niño de catorce elegir esa vida, o siquiera las circunstancias en que Miguel había permitido que pasara, pero no pudo. Todas sus ideas le parecían demasiado fantásticas, o muy poco fantásticas para ser reales.

Pensó en la satisfacción que le había producido cazar con Victoria, esos tres humanos lo habían hecho sentir vivo, mucho más vivo que cuando comía a los criminales que le llevaba Francisca, o los animales que lo hacía cazar Manuel en el bosque. Nada se comparaba a cazar humanos inocentes, pero incluso los criminales y los animales tenían que ser mejor que la sangre envasada. Comparado con eso, Martín podía entender por qué Victoria y Manuel consideraban ridículo el negarse a cazar.

Se preguntó si existiría algún momento en que Julio se sintiera realmente vivo.

— Te va a doler la cabeza si sigues con eso —murmuró Manuel de pronto, mirándolo por el rabillo del ojo.— Julio eligió esto, no tiene nada que ver con tu situación.

— No sé boludo, a mí me suena a que no sabía qué estaba eligiendo.

— Si tratas de tenerle lástima, gritará —respondió Manuel, sonriendo irónico.— No soporta que lo miren como a un niño.

— ¿Es por eso que te odia?

Manuel se rio, empujando su pelo húmedo fuera de su cara con un gesto, solo para que las hebras volvieran a la posición inicial unos segundos después. Parecía estarse riendo de sí mismo, y cuando se miraron, Martín no pudo evitar sonreírle de vuelta.

— No —respondió Manuel encogiéndose de hombros— Me odia porque intenté enseñarle a cazar.

 


 

 

Martín no podía recordar qué había soñado esa mañana pero aun así se despertó con un sobresalto, mirando cada rincón de la habitación donde se había estado quedando, como si esperase ver un monstruo. No había ninguno por supuesto, ni siquiera Manuel, pero le tomó unos minutos antes de lograr calmar su corazón.

Sabía que su corazón aún latía de vez en cuando, pero le sorprendió sentirlo así, especialmente porque habían pasado ya varias horas desde la cacería. Su corazón apenas se sentía luego de comer tres conejos, pero tres humanos claramente no eran lo mismo. Martín se llevó una mano al cuello, lento, casi asustado de comprobar que el tamborileo de su pulso fuera solo una idea suya, pero cuando presionó su piel, ahí estaba, fuerte y claro, como si estuviese vivo de verdad.

Tuvo ganas de reírse en voz alta, pero se contentó con respirar profundo y cerrar los ojos.

No tenía idea de qué hora era cuando por fin tuvo las ganas de vestirse y bajar las escaleras, pero el bar estaba completamente cerrado y oscuro, a excepción de la luz sobre la barra, que era la única encendida. Ahí, completamente solo, estaba Manuel, completamente perdido para el mundo mientras escribía en su agenda.

— ¿Qué hora es? —preguntó Martín, carraspeando luego, como si acabase de darse cuenta de que acababa de interrumpirlo.

— Las cuatro —respondió Manuel sin levantar la vista.— Te estaba esperando.

— ¿Ah sí? —Martín sonrió para sí mismo, tomando el banco al lado de Manuel.— Pensé que lo tuyo era verme dormir cuando me esperabas, Edward.

— ¿Quién?

— ¿Edward Cullen? ¿No? No, claro que no —suspiró, poniendo los ojos en blanco— Olvídalo, anciano.

Manuel lo miró entonces, los ojos entrecerrados con una desconfianza tan sincera que Martín no estaba seguro si reírse o explicarle que no era nada malo.

— ¿Es algo actual, verdad? —preguntó Manuel, arrancándole una risa.

— ¿A qué le llamás actual vos?

El vampiro pareció considerarlo unos segundos, pero finalmente se encogió de hombros, guardándose la agenda en el bolsillo de la chaqueta.

— No sé, no importa —dijo— Estaba esperándote para salir.

— Es de día —respondió Martín, levantándose de todas formas.

Manuel le sonrió de lado y comenzó a caminar hacia la puerta sin decir palabra. No miró para saber si Martín estaba siguiendo, pero probablemente era obvio. Probablemente Manuel sabía que cualquier actividad que incluyese salir le bastaría a Martín, incluso si parte de él tenía ganas de llevarle la contraria la mayoría del tiempo.

— Está lloviendo —dijo, apenas Manuel abrió la puerta.

El vampiro le ofreció una sonrisa llena de colmillos y le extendió un paraguas negro, con el dibujo de un cielo azul en el interior.

— Lo sé. —Respondió, abriendo su propio paraguas en el pasillo— Vamos, que los negocios cierran temprano.

Ver a Manuel bajo la lluvia era extrañamente distinto a todas las otras versiones del vampiro que Martín había visto hasta el momento. No estaba seguro de poder explicar por qué, pero le parecía que Manuel se veía feliz, de alguna forma combinaba con el paisaje grisáceo y húmedo de Santiago.

Estaba balanceando el paraguas en una mano y tenía los ojos perdidos en la calle, que seguía considerablemente transitada a pesar del clima.

— Podríamos haber salido antes —dijo Martín, aunque en su mente era más bien una pregunta.— ¿Por qué no me despertaste?

— Estabas cansado. Yo tenía cosas que hacer. Ibas a despertar temprano de todas formas —respondió Manuel, mirándolo por el rabillo del ojo. — ¿Importa? Podríamos salir todo el día si mañana vuelve a llover, o quizá no. Igual duele si es mucho rato.

Martín meditó esto, asomando un brazo fuera de la protección de su propio paraguas. Las gotas de lluvia se sentían bien contra su piel, golpeando su palma sin descanso. Estaban frías, más frías aún que su propia piel, sin embargo había una sensación tibia por debajo, como si estuviese cerca de una estufa.

— Tendrían que ser muchas horas —continuó Manuel, luego de que Martín había sacado su mano de la lluvia— Incluso así, no se puede prender fuego, no a menos de que deje de llover. Pero no es agradable.

— ¿Eso lo comprobaste con tu hermana también?

Manuel le mandó una mirada sorprendida, y Martín se arrepintió de haber abierto la boca siquiera. Estaba rompiendo sus propias reglas, y ni siquiera tenía un motivo claro. No es como si hubiera querido una respuesta, no realmente.

Tenía la sensación de que jamás quería las respuestas reales de Manuel, que por eso no había cobrado la historia que Manuel le había prometido después de su primera cacería exitosa en el bosque. Parte de él creía que incluso Manuel sabía eso de él. No estaba listo para la verdad, quizá nunca iba a estarlo.

— No —dijo Manuel después de un rato, y Martín contuvo las ganas de decirle que se callara, que no era realmente importante.— Ya se habían ido.

No hablaron más durante el camino, pero Martín siguió mirando a Manuel de reojo, esperando ver algo más, incluso sabiendo que no había nada, solo la lluvia y el transeúnte ocasional que llamaba la atención del moreno.

Martín siguió a Manuel sin preguntar donde estaban yendo, si era sincero, no había pensado siquiera en el destino de su paseo, concentrado como estaba en la gente y la sensación de libertad que iba acompañada de haber salido de día.

Viéndolo en retrospectiva, Martín debió haber adivinado hacia donde estaban yendo. Era obvio, tanto así, que no pudo evitar reírse cuando cruzaron el umbral de la librería. El local era viejo y angosto, lleno de estanterías. Algunas eran libros antiguos, que Martín estaba seguro, habían pasado ya por varias manos, y otras, las de más al frente, estaban llenas con material nuevo. Cuando Martín no lo siguió hacia la parte de atrás, Manuel lo miró como si estuviese leyéndole la mente, e incluso le ofreció una media sonrisa, como burlándose de sí mismo.

— Hay novelas también, si quieres puedes comprarte algo.

— No tengo plata —respondió Martín automáticamente, encogiéndose de hombros.— No me quedaba casi nada antes de lo que pasó… Y bueno, el resto debe haber ido a parar a mi familia. No sé cómo funciona eso.

— Está bien —respondió Manuel, visiblemente incómodo.— Está bien —repitió, con un poco más de énfasis.— No importa, tengo suficiente. Además, esos libros también serían para mí a la larga.

Martín lo miró en silencio, inseguro de cómo rechazar esa oferta cuando realmente quería aceptarla. Con todo lo que había pasado desde su regreso a la capital no había tenido tiempo de aburrirse, no como en la madriguera, y sin embargo, extrañaba la posibilidad de distraerse. Tenía miedo de quedarse sin nada que hacer, con tantas horas y sin nadie a quién hablarle. Martín nunca había sido un hombre violento antes, pero estaba seguro de que si toda su vida girara en torno a dormir, cazar y esperar, se volvería un monstruo en cosa de días.

Quería mucho más de su vida eterna.

— Está bien —murmuró, más para sí mismo que para Manuel, y comenzó a ojear las portadas.

Manuel desapareció en la parte de atrás de la tienda en cosa de segundos, Martín no estaba seguro si había usado el don de la mente para convencer al dueño de que lo conocía o si simplemente eran viejos amigos, como decía el humano.

Martín perdió la cuenta del tiempo, pero para cuando Manuel volvió a aparecer, con dos libros de páginas amarillentas y portadas forradas en las manos, Martín tenía una pila con todas las novelas de vampiros que había podido encontrar en el lugar. No ignoró ninguna, ni siquiera las que lo hacían avergonzarse con solo mirar las portadas, y a pesar de que solo era una broma elaborada en su mente, no podía evitar sentirse un poco orgulloso con su torre inclinada de novelas terribles.

No estaba seguro de qué esperaba de la reacción de Manuel, parte de él sabía que lo más probable es que no llevarían nada de eso de vuelta al bar de Miguel. No quería llevarlo, no realmente, solo quería ver la sorpresa, quizá la ofensa en la cara de Manuel.

Todo lo que encontró fue una ceja enarcada y el asomo de una sonrisa que Manuel claramente estaba intentando reprimir.

— ¿La academia de vampiros? —preguntó Manuel, notoriamente incrédulo.— ¿De verdad?

— ¿Qué pasa? ¿Tu oferta solo aplicaba a los buenos libros? —preguntó Martín a modo de respuesta, ofreciéndole una sonrisa llena de dientes.

El viejo dueño de la tienda se rio, paseando sus diminutos ojos por el rostro de Martín antes de volver a Manuel. Martín no le había dado importancia antes, pero ahora que estaba frente a él, le pareció que el viejo debía saber algo más que el común de la gente, si Manuel iba específicamente a su tienda.

— ¿Lo lleva todo? —preguntó el viejo, volviendo la vista a Martín una vez más.

Iba a decirle que no, que solo estaba tratando de joder, que devolvería todos a los estantes y luego se llevaría un thriller que había elegido durante los primeros quince minutos de espera, pero antes de que pudiera hacerlo, Manuel estaba pasándole una tarjeta al viejo.

— Si, todo. Aunque no sé cómo se lo va a llevar. —dijo, mandándole una mirada burlona a Martín.

— Con las manos boludo —respondió, medio aturdido mientras veía la cuenta aumentar poco a poco con cada uno de los libros basura que había elegido.

Martín resistió a duras penas el impulso de decirle a Manuel que no era necesario comprar todo eso cuando vio el total. Toda su pila de libros hacía apenas la mitad del precio total de los dos libros de Manuel, pero aun así se sentía culpable por la pequeña fortuna que estaban pagando.

— Está bien —murmuró Manuel, mientras miraban al viejo llenar al menos tres bolsas con todos los libros de Martín.— No es como si usara esa plata.

— ¿Y de dónde la sacas? —preguntó Martín, una vez salieron de la tienda.

La sonrisa de Manuel le hizo pensar en Victoria y su seguridad de que jamás habría ayudado al aquelarre ni a Miguel de forma gratuita. Es una sonrisa que no alcanza a llegar a sus ojos, y lo hace imaginar secretos.

Es una sonrisa atractiva en el rostro neutral de Manuel.

— Hago negocios, traduzco libros o vendo antigüedades si de verdad necesito la plata —respondió Manuel, encogiéndose de hombros.— Pero principalmente, no tengo gastos.

— ¿Y por qué decidiste hacer esto ahora?

— ¿No puedes simplemente aceptarlo?

Ya no estaba lloviendo, pero el cielo seguía gris y Martín podía apostar a que faltaba una o dos horas antes de que todo estuviera completamente oscuro. Manuel se despidió con un gesto del vendedor, y dejó que la puerta se cerrase sola al salir.

— ¿Quieres ir a algún otro lado? —preguntó, visiblemente incómodo.

Martín miró las bolsas en sus manos, pensó en todos los libros basura que estaba acarreando, y en el hecho de que si realmente quería comprar algo, podía hacerlo desde su laptop, en la seguridad de la habitación que le estaban arrendando a Miguel.

Nadie le había dicho aun cuando debía irse, pero estaba seguro de que toda esa fachada de vida doméstica en el bar de Miguel era una situación temporal, hasta que Francisca volviera a aparecer en alguna parte, hasta que el príncipe decidiese que no los quería en la ciudad.

Hasta que Manuel quisiera volver a su escondite en medio del bosque.

— Dale, pero esta vez me toca elegir —respondió finalmente, encogiéndose de hombros.

No esperó a recibir la respuesta de Manuel, no la necesitaba. En ese momento al menos, estaba completamente seguro de que si caminaba, Manuel lo iba a seguir.

Chapter Text

Victoria no apareció en el bar esa noche, ni la siguiente. Se cumplió alrededor de una semana sin verla, pero según Manuel, eso no era era inusual para ella. Si realmente le hubiese pasado algo, lo sabrían, según él. Jamás le explicó cómo exactamente se supone que lo iban a saber, pero para el tercer día, Martín ya estaba cansado de preguntar.

No estaba seguro si estaba feliz con su ausencia o no. Por un momento había estado seguro de que todo lo que quería era que desapareciera, pero eso había sido hace muchos días ya, y le costaba reunir ese nivel de desprecio ahora que todo parecía estar volviendo a la normalidad.
No, no exactamente normalidad. No había nada de normal en pasar las noches leyendo novelas malas con Manuel, ni en las conversaciones que tenía de vez en cuando con Miguel y Catalina. No era normal en comparación a su vida como humano, pero se sentía cotidiano, lo suficientemente tranquilo como para olvidar las circunstancias que lo habían llevado ahí en primer lugar.

Manuel parecía feliz de no hablar de Francisca ni de Victoria, y ya había leído más de la mitad de las novelas que habían comprado, sin importar lo ofensivas o equivocadas que le habían parecido. Martín había descubierto que la parte más difícil para Manuel era empezar, pero una vez pasaba las primeras diez páginas, era cuestión de tiempo y paciencia esperar a que empezaran los primeros comentarios.

Cosas como: «Esto es ridículo, no podemos procrear. Estamos muertos.» —solían interrumpir el silencio relativo del segundo piso, sin ningún tipo de contexto, y sin embargo, Manuel siempre leía las novelas enteras.

Nunca hablaba en voz alta mientras leía, pero su mente proyectaba sus opiniones tan ruidosamente que Martín estaba absolutamente seguro de que tenía que ser a propósito. El vampiro pretendía que lo escuchara, y a Martín no le costaba nada darle en el gusto.

La mayoría de las veces incluso intentaba mantener la conversación solo a nivel mental, pero siempre terminaba riéndose en voz alta con algunas de las cosas que Manuel decía. De vez en cuando pillaba a Manuel mirándolo en esos momentos, pero su risa usualmente marcaba el final de la conversación, y Manuel volvía la vista a la novela sin decirle nada más.

A veces, el que tenía comentarios era él mismo, y en vez de decirlos, simplemente le leía pasajes a Manuel, haciendo voces y caras para enfatizar su punto. Manuel siempre se cubría la boca con el libro cuando pasaba, pero sus ojos parecían estar riéndose, y Martín nunca tenía que dudar de si estaba escuchándolo o no.

Era su parte favorita de leer con él, la seguridad de que no estaba solo, de que aún había cosas que podía disfrutar igual que en su vida humana, aunque no había escuchado a Manuel decir una sola cosa positiva de sus tardes leyendo sobre vampiros ficticios, Martín sabía que no era el único que lo estaba disfrutando.

Cuando no estaba con Manuel, Martín pasaba sus noches en la barra, hablando con Miguel y Catalina, aunque rara vez estaban desocupados al mismo tiempo. Usualmente Martín empezaba a hablar con uno de ellos, y apenas se iba, llegaba el otro a continuar la conversación, como si fuese una carrera de relevos. Tenía la sensación de que lo hacían por él, para no dejarlo solo en medio de la barra, pero ninguno de los tres lo comentaba, y aunque le causaba gracia de vez en cuando, Martín lo prefería así. Incluso había intercambiado un par de conversaciones con Julio en esa semana, aunque no había sido nada más profundo que preguntar la clave del internet.

Había prendido su laptop varias veces desde que habían vuelto a la civilización. No había mucho que hacer, pero le gustaba revisar su correo electrónico de vez en cuando, y sus redes sociales cuando estaba especialmente aburrido. Hace muchos días ya que ninguno de sus amigos ni familiares trataba de mandarle nada, pero su primo seguía insistiendo de vez en cuando.

El último de sus correos era de hace dos días, y decía lo mismo que todos los anteriores: ¿Dónde estás? Llamá.

La única diferencia es que este tenía un mensaje extra, una sola línea que lo diferenciaba de los demás, un: Te vi en Facebook pelotudo, que Martín había leído con la extraña sensación de que su corazón estaba latiendo de nuevo.

No había prendido la laptop desde entonces.

Incluso si no estaba hablando con nadie, era difícil no escuchar cosas en el bar. Ese era uno de los grandes puntos de Miguel cada vez que intentaba convencerlo de tomar un trabajo como bartender. Martín no tenía forma de comprobarlo, pero podía apostar que Manuel tenía algo que ver con esa oferta, incluso si uno de los comentarios favoritos de Miguel era que no iba a necesitar al vampiro luego de que tuviera su propio trabajo.

— No necesito a Manuel —había dicho Martín una noche, interrumpiendo la conversación tan abruptamente que Miguel y Catalina se habían quedado callados. — Y tampoco veo cual es el problema. Vos lo necesitás.

Miguel y Catalina se encogieron de hombros, mirándose por el rabillo del ojo antes de volver a mirarlo. Martín se rio de su sincronía, pero ni Miguel ni Catalina le respondieron la sonrisa, y de alguna forma le pareció que su propia voz no sonaba a diversión en ese momento.

Más bien, sonaba a nervios y anticipación.

— Manuel no es confiable —dijo Miguel después de un rato, paseando los ojos por sus clientes antes de volver a mirarlo.

— ¿No que te había ayudado a entrar a la ciudad? —preguntó Martín, frunciendo el ceño. — Creí que eran amigos.

— Lo somos… Bueno, algo por el estilo —respondió Miguel, apoyando ambos codos en la barra— No digo que sea malo. Nos ayudó, y es agradable cuando lo intenta. Pero no se puede confiar en él.

— En nada que viva tanto tiempo —comentó Catalina en un susurro repentino. No lo miró mientras hablaba, en vez de eso tenía los ojos clavados en la puerta, como esperando a que Manuel apareciera de repente. — Sus lealtades están demasiado repartidas ¿Quiénes somos nosotros, que conoció durante su última década, al lado de los que ha conocido por más de cien años? Uno nunca puede estar seguro con algo así.

Martín la vio irse después de eso, sonriéndole a un grupo de humanos que acababan de entrar en el local.

— Tiene razón, ¿sabes? —dijo Miguel, mirándola ubicarlos y tomarles la orden, aunque Martín tenía la sensación de que no estaban viendo lo mismo en realidad. — No se puede ganar contra eso. Ahora parece estar de tu lado, pero qué pasaría si tuviera que elegir entre ayudarte a ti o a su familia.

— ¿Su hermana? —preguntó, sintiéndose estúpido inmediatamente después. Quería sus palabras de regreso, pero era demasiado tarde, y Miguel lo estaba mirando con una expresión extraña, una mezcla de preocupación y confusión que le revolvían el estómago. Le recordaba a la forma en que el peruano miraba a su hermano cuando creía que nadie lo estaba viendo— ¿La conocés?

Miguel volvió a desviar la mirada hacia el bar, aunque Martín ya no estaba tan seguro de que estuviese buscando a Manuel entre la clientela. Catalina les ofreció una sonrisa desde la mesa del fondo, anotando sin mirar en la comanda.

— Ni siquiera sabía de su mentora hasta ahora —dijo Miguel después de un rato, riéndose bajito. — Al comienzo lo intenté, pero Manuel jamás me habló de nada más personal que una novela. En su momento me ofendió, pero ahora estoy seguro de que es mejor así. Más fácil.

— En eso tenés razón —concedió Martín, riéndose.

No estaba seguro si estaba riéndose de Miguel o de sí mismo, pero tampoco le importaba en ese momento. Probablemente era de ambos de todas formas. Quizá incluso era de Manuel.

Se sentía extraño por dentro, demasiado ansioso como para quedarse sentado, demasiado tranquilo como para salir corriendo, y aunque no había nada que quisiera más que levantarse y salir a cazar, se quedó ahí, mirando a Catalina caminar hacia ellos.

— Está pasando algo en la ciudad —murmuró Miguel, sin mirarlo. — No sé si su familia tiene algo que ver, pero las calles están llenándose de cazadores.

— ¿Cazadores? —repitió Martín, frunciendo el ceño.

— Si, como en las películas —dijo Catalina, sonriéndole como si la sola idea la avergonzara— Usualmente es un negocio familiar, y no hay más de siete por ciudad. Pero han estado migrando. —explicó, deteniéndose en la puerta que daba hacia la cocina.— Cuéntale rápido Miguel, te necesito acá.

Miguel se rió, y Catalina desapareció tras la puerta, cerrándola sin hacer ruido.

— ¿Por qué migraron?

— Se rumorea que el príncipe está perdiendo el control, y si es verdad, sería una gran oportunidad para cambiar al dueño de la ciudad —respondió Miguel— Se supone que el príncipe era la fuerza sobrenatural más estable en la zona, siempre han sido los que mandan porque llegaron primero.

Después venía el aquelarre de María, y luego una pequeña manada de hombres lobo que se instaló a las afueras de la ciudad, nada sorprendente.

— ¿Y los cazadores?

— Ni siquiera los contamos —respondió Miguel, sonriendo, como si acabase de recordar un chiste interno.— Siempre habían sido pocos y se estaban volviendo viejos. —añadió, encogiendose de hombros— Por eso vienen otras familias ahora, la población de vampiros en la ciudad ha bajado, y María dice que algunas de sus brujas han desaparecido en los últimos meses. Es el momento ideal para tomar el poder.

— ¿Y qué tiene que ver eso con Manuel?

Miguel se encogió de hombros y se puso de pie, dedicándole una última mirada a sus clientes. Era la primera vez que Martín lo había visto así de serio.

— El huevón tiene contactos con los vampiros, con el aquelarre, incluso con la manada de hombres lobo. —dijo Miguel, dándole una mirada cargada de significado— ¿Crees que no tiene contactos con los cazadores? El único equipo en el que cree es el suyo… Y no estoy seguro de que haya alguien además de él en ese equipo.

Miguel se fue sin esperar su respuesta, y Martín ni siquiera pensó en detenerlo. Estaba seguro de que no había nada que hubiera podido responder en ese momento que hiciera sonar mejor al vampiro, y no estaba seguro de querer defenderlo realmente.

¿Qué podía decir él de Manuel y sus lealtades? Incluso si sabía quiénes estaban en su equipo, no era algo que quisiese decir en voz alta.
Si fuera por él, ni siquiera lo sabría.

 


 

 

Martín salió a cazar solo esa noche, pero por más que intentaba distraerse con las mentes de sus víctimas, no podía dejar de pensar en Miguel y Catalina, en Manuel, que ni siquiera vivía en la capital, teniendo tratos con todo el mundo.

Si alguien se lo hubiera preguntado antes, Martín nunca habría descrito a Manuel como alguien diplomático, ni siquiera habría pensado que era posible que le dedicara suficiente tiempo a cualquier cosa que no fueran sus libros como para generar contactos. Quizá se habría reído, pensando en las primeras interacciones que tuvieron. No era carismático, y difícilmente podía llamarlo agradable la mayoría del tiempo, pero era fácil verlo ahora que lo conocía; ahora que lo había visto con Victoria, o incluso con el mismo Miguel.

Si cerraba los ojos, podía imaginar la expresión neutral que Manuel ponía para tratar con Victoria, la misma que debía haber usado para tratar con Miguel la primera vez que se conocieron, o con Catalina cuando se ofreció a conseguirle el favor del príncipe. Quizá era la misma expresión con la que había ido hacia los hombres lobos y los cazadores de turno, aunque era difícil imaginar qué podía tener para ofrecer.

Martín ni siquiera podía imaginar qué era lo que tenía que ganar de esas transacciones. Ese era el misterio ¿no? Victoria decía que Manuel jamás habría ayudado a las brujas o a Miguel sin cobrar, pero Manuel no tenía nada. No tenía una posición importante en la ciudad, tenía dinero, pero él mismo decía que no lo gastaba y ni siquiera tenía un hogar que defender en Santiago.

Todo lo que tenía era su hermana, y la sentencia de muerte que traía colgando sobre la cabeza.

 


 

 

Manuel lo estaba esperando afuera del bar cuando volvió. No sabía la hora exacta, pero ya no había clientes alrededor, solo ellos dos y las luces anaranjadas de la calle. No había ningún paradero cerca, y Martín no estaba ebrio ni dormido, pero Manuel se parecía a Francisca en esa luz, y era casi imposible no pensarlo esa noche.

Manuel tenía el ceño fruncido cuando sus ojos se encontraron, probablemente podía escuchar la duda de Martín, quizá incluso sabía que lo estaba comparando a su hermana en ese momento, pero no dijo nada al respecto.

Manuel nunca decía nada sobre ese tipo de cosas.

— Tuve que ir a una reunión con María —dijo en cambio, encogiéndose de hombros. — Miguel me dijo que habías salido a cazar. Es bueno que ya no necesites a nadie.

— Supongo, pero es aburrido ir solo —respondió Martín. Su voz era apenas un susurro ronco, pero estaba seguro de que Manuel podía oírlo sin problemas. — Me siento asqueroso siguiendo extraños de noche. Es menos rancio cuando no vamos juntos.

Manuel no le respondió, pero Martín alcanzó a ver su sonrisa antes de que abriera la puerta del bar, y esta vez ni siquiera dudó en seguirlo adentro. Lejos de las luces de la calle, Manuel solo era Manuel, y no tenía motivos para tenerle miedo.

No era la primera vez que bajaban al local vacío, pero Martín nunca dejaba de encontrarlo extraño. Estaba tan acostumbrado a verlo rebosante de vida y gente que le parecía abandonado cuando solo estaban ellos dos, triste incluso, si lo comparaba con la imagen de ruido y colores que había llegado a asociar con sus noches en el bar. Sabe que eso será verdad algún día, que él, Manuel y Julio seguirán iguales luego de que el local cierre para siempre, y solo quedará la imagen de esa noche, oscuro y solitario.

Sabe que Miguel va a morir algún día, y aunque no está seguro de cómo funcionan las brujas, la misma Catalina le había dicho que seguía siendo humana en todas las formas que importaban. Pero ellos iban a seguir iguales, Julio jamás iba a poder hacerse cargo del bar solo, porque jamás iba a verse como un adulto.

Manuel estaba mirándolo fijamente desde la barra, como si hubiera estado leyendo sus pensamientos desde el comienzo. O quizá no, a Martín siempre le costaba saberlo cuando se trataba de él.

Parte de él quería preguntarle directamente si había estado escuchando su mente o no, si acaso Manuel no se deprimía pensando en toda la gente que ya no iba a existir cuando ellos siguiesen siendo exactamente iguales a lo que eran en ese momento. Siempre había una parte de él que no paraba de pensar en nuevas preguntas para Manuel, pero Martín jamás las decía en voz alta, porque no estaba seguro de querer tener esas conversaciones en primer lugar.

— Podría haber ido con vos al aquelarre —dijo en cambio.

— ¿Qué?

— Eso, fuiste a lo que quería el príncipe, ¿no? —respondió Martín agarrando vuelo a medida iba hablando. — Podrías haberme llevado boludo, quiero ver dónde es ¿Tienen rituales? ¿Viven todas en una casa antigua, como en las películas?

— No es tan interesante como te lo estás imaginando —respondió Manuel, poniendo los ojos en blanco. — Solo fui a hablar con María y me vine.

— ¿Tanto rato?

Martín no creía estar sospechando de Manuel, ni siquiera creía que estuviera en él dudar del vampiro, a fin de cuentas, incluso si Miguel lo había conocido por más tiempo, Martín había vivido con él.

— Bueno, no, también pasé a buscar esto —respondió Manuel, levantando la bolsa que traía en la mano izquierda. — Ahora duermes menos, y pensé que te podía interesar.

Martín recibió la bolsa en silencio, y aunque tenía curiosidad, tuvo que obligarse a dejar de mirar a Manuel para poder abrirla.

— ¿Qué me trajiste, boludo? —preguntó, tentado a reírse.

Había un tono rosado, casi humano, en las mejillas y la nariz de Manuel cuando volvió a mirarlo, y aunque no tenía ninguna expresión en particular, los ojos de Manuel lo estaban evitando.

La tentación se volvió una carcajada estridente cuando sacó el primer DVD. Muchas de las portadas y los títulos no le eran familiares, pero había varias que reconocía de los libros que habían comprado esa semana.

Manuel se pasó una mano por el pelo, visiblemente avergonzado, y Martín solo se rió aún más fuerte, revolviendo las cajas en busca de títulos conocidos.

— ¿Cuántos son? —preguntó entre risas.

— No sé —respondió Manuel haciendo una mueca con los labios. — No sé ¿vale? Pedí todos los que tuvieran vampiros.

Martín volvió a reírse, sintiéndose tibio por dentro. Parecía mentira que hace unos minutos nada más había estado pensando en Manuel como algo peligroso. Como si de verdad pudiese ser peligroso para alguien además de sí mismo.

Se sentía ridículo, y feliz, cuando volvió a mirar a Manuel y se encontró con que el vampiro lo estaba mirando también con un asomo de sonrisa en los labios.

— ¿Qué te dijeron? —preguntó sin aliento.

— Nada —respondió Manuel, cruzándose de brazos. Aún se veía avergonzado, pero no desvió la mirada cuando Martín le repitió la pregunta.

— No te creo, dale Manu, contame que pasó.

— Me miraron raro. —respondió, encogiéndose de hombros. — La niña en el mostrador me dijo cuáles eran sus favoritas. Según ella había visto todas.

Manuel le contó en lujo y detalles su experiencia reuniendo todas las películas y series de vampiros que había a la venta. Le contó sobre las miradas y las risitas que había recibido de parte de las adolescentes que estaban comprando en ese mismo pasillo, y la oferta que le había hecho la cajera con otros tipos de romances sobrenaturales.

— Creo que la cajera se sintió identificada conmigo —dijo sonriendo de lado. — ¿Sabes que me dijo? Que los vampiros eran un buen género, y no tenía por qué avergonzarme.

— No, no te creo —se quejó Martín entre risas, sosteniéndose el estómago con una mano. — Estás mintiendo boludo, nadie diría eso.

— Es verdad —respondió Manuel sonriendo. — Me dio su número.

Martín hizo un ruido de dolor entre sus risas, incapaz de detenerse por suficiente tiempo como para decirle lo mucho que no le creía esa última parte. Manuel parecía saberlo de todas formas, y aparentemente no podía importarle menos.

— ¿Quieres ver una altiro? —preguntó luego de un rato. — Va a amanecer luego, pero si no estás cansado…

— ¿Vos te cansas? —respondió Martín, sonriendo. — Vamos, estoy seguro de que te mueres por verlas.

 


 

 

Pasaron otras dos noches antes de que Victoria apareciera de nuevo, y cuando por fin lo hizo, fue con una nota del príncipe entre los dedos. Martín había asumido que luego de su introducción con el príncipe no volvería a oír hablar de él, pero Manuel no parecía sorprendido mientras leía la nota. El único fallo en su máscara neutral fue la mirada incómoda que le lanzó cuando sus ojos se cruzaron por encima de la cabeza de Victoria. No era molestia, no era miedo, solo una incomodidad extraña que Martín no había alcanzado a cuestionar.

— No es nuestro problema —dijo Manuel, devolviéndole la nota a Victoria. — No sé por qué te buscó a ti, en vez de venir acá él mismo, pero no es nuestro problema.

— Adán creyó que yo te convencería —respondió Victoria, con una sonrisa salvaje en los labios. — Y estaba en lo correcto.

— ¿Qué pasó? —preguntó Martín antes de que Manuel alcanzara a responderle a Victoria con el insulto que sabía, tenía atorado en la garganta. — ¿Qué quiere entonces?

— Un miembro de la corte desapareció —respondió Victoria, encogiéndose de hombros. — El príncipe sospecha que son los cazadores.

— Y Victoria cree que es Francisca —dijo Manuel, pasándole la notita a Martín con un movimiento brusco.

La nota no tenía nada de especial para Martín, era un trozo de papel con un nombre, una dirección y una hora que no significaban nada para él, pero aparentemente si para Victoria y Manuel, que lo estaban mirando, casi expectantes.

— ¿Y vos? —preguntó Martín, dejando la nota boca abajo en la barra. Miguel no estaba con ellos, y Catalina estaba ocupada en la mesa de al fondo, pero Martín suponía que esa era la forma correcta de lidiar con la información en ese tipo de situaciones.

Es lo que habrían hecho en una novela, de todas formas.

Manuel le sostuvo la mirada por cinco segundos antes de bajar los ojos al trozo de papel sobre la mesa, como si todos sus problemas pudiesen ser reducidos a ese simple trozo de nada. Martín tuvo la impresión de que era su forma de responderle en silencio.

— ¿Manuel?

— No fueron los cazadores —dijo Manuel por fin, y Victoria bufó, poniendo los ojos en blanco. Se veía feliz, satisfecha quizá.

— Por supuesto que no. —accedió, medio risueña. — Vamos, quiero revisar la zona donde recogió a Martín.

— Ya te dije donde fue —alegó Martín, frunciendo el ceño.

— Ya fuimos —gruñó Manuel, casi al mismo tiempo. — No hay nada.

— Quizá, pero no hemos ido con Martín —respondió Victoria, como si fuera lo más obvio del mundo. — Deberíamos recrear la escena. A lo mejor necesitamos una nueva perspectiva. Una pista más, un recuento verbal de lo que pasó, qué se yo.

Martín la vio tomar el trozo de papele y guardárselo en el bolsillo trasero de sus jeans, como si no fuese nada importante. Quizá no lo era, a fin de cuentas, si a Adán realmente le importara el cortesano desaparecido, habría hecho un esfuerzo mayor. El mismo Martín no tenía suficiente interés como para recordar el nombre, no ahora al menos. Tenía problemas más grandes, como el hecho de que Victoria quería que participara activamente de la búsqueda.

— ¿Cuántos cortesanos crees que alcance a matar antes de que los cazadores declaren inestable toda la zona? ¿Antes de que Adán empiece a preocuparse? —preguntó Victoria al aire, aún sonriendo. —? No parece interesada en comunicarse conmigo —la nota amarga en su voz era casi palpable en esa frase— Y tampoco quiere comunicarse contigo, pero quizá venga si lo llevamos.

— No vendrá —dijo Manuel, mirando a Martín y luego a Victoria de nuevo.

— La gente desesperada toma medidas desesperadas. —respondió ella. Martín se encontró con sus ojos entonces, y no pudo desviar la mirada. Había algo monstruoso en Victoria cuando volvió a hablar— ¿No estabas desesperado por cobrar venganza Martín?

Manuel se veía decepcionado, pero Martín no estaba seguro si era por él o por Victoria. No le parecía justo tampoco, porque no había forma de negarse luego de que Victoria le dijera eso.

Todos los presentes lo sabían.

— Excelente —dijo Victoria, dando un aplauso falsamente alegre. — Vámonos entonces, cazaremos en el bar.

Martín la siguió sin mirar a Manuel, y ambos dejaron que Victoria rellenara todos los silencios con su propia voz durante el camino.

 


 

 

La verdad es que no recordaba demasiado del local en el que había estado esa noche, su memoria ya era borrosa cuando Francisca lo encontró, y ahora que tenía sus propios poderes, Martín sabía que muchas de sus sensaciones y sus recuerdos habían sido fabricados por Francisca de todas formas. Ya ni siquiera podía estar seguro de que se hubieran visto dentro del bar en primer lugar.

Quizá Francisca solo lo había visto esperar la micro, Martín había sido una presa fácil; quizá él también habría elegido al ebrio dormido en el paradero si hubiese estado en los zapatos de Francisca.

Manuel le apretó la mano. No era exactamente la primera vez que tenía ese tipo de gestos, y Martín podía apostar a que tenía que ver con lo que había estado pensando, pero ninguno de los dos dijo nada al respecto. Un apretón de manos, el choque de sus hombros, y luego Manuel estaba a una distancia aceptable de nuevo, cruzando la puerta del local con Martín detrás.

Lo bueno de ese tipo de locales, es que haber estado en uno era lo mismo que estar en todos los demás. Martín recordaba perfectamente el ruido, la sensación de los bajos en la música retumbándole en el cuerpo, y la gente bailando, unos contra los otros, sin pensar en quién tenían adelante ni quién tenían detrás.

Le parecía que todo eso había pasado hace tanto tiempo que no podía ser la misma persona. La versión de él que podría haber estado aquí, había muerto la noche que Francisca lo mordió, y el nuevo Martín, el que estaba esquivando los cuerpos de la gente para llegar hasta la barra, el que se esforzaba por respirar por la boca solo para evitar que el olor hiciera salir sus colmillos, aquel Martín no tenía nada que hacer en un lugar como ese.
Victoria no tenía ese problema, desde donde estaba, Martín podía ver cómo la gente le hacía espacio para pasar, y no estaba seguro si era por ella misma o por la influencia de sus poderes sobre los humanos que tenía alrededor. Manuel iba unos pasos detrás de ella, aprovechando el espacio que ya le habían hecho a Victoria, las manos hundidas en los bolsillos y la espalda un poco encorvada, como si estuviese intentando no tocar a nadie.

— Ya —murmuró Manuel apenas estuvieron lo suficientemente lejos de la pista como para poder separarse sin tener que preocuparse de chocar con alguien más. — ¿Cuál era tu plan?

— Cenar —respondió Victoria, ofreciéndole una sonrisa de dientes blancos y cuatro colmillos perfectos. — Primero cenamos.

— Estamos perdiendo el tiempo —se quejó Manuel en voz alta, aunque Victoria ya había tomado la mano de Martín, arrastrándolo hacia la pista de baile.

— No lo escuches —dijo, guiñándole un ojo. — Solo quiero que actúes como esa noche.

Pensó en repetir las palabras de Manuel, en decirle que Francisca jamás iba a ir por ahí de nuevo, que si le hubiese importado, aunque solo fuese como víctima, no lo habría abandonado en el baño de su departamento, pero no lo hizo. Ni siquiera se quejó cuando Victoria lo soltó para concentrarse en el hombre que estaba bailando detrás de ella.

Martín la miró comer de él, luego de cinco minutos lo cambió por una mujer que bailaba con sus amigas, luego de ella pasó a otra mujer, que tenía el trago en la mano y chorreaba líquido a todos lados mientras se movía. Estaba visiblemente ebria, y le empezó a tironear el pelo a Victoria cuando le hundió los colmillos.

No quiso seguir mirando después de eso. Había algo voyerista en ver a otro vampiro comer, no estaba seguro de qué era, pero lo hacía sentir incómodo, como si estuviese espiando algo íntimo. Una interacción que solo debería quedar entre el monstruo y su víctima, quizá.

No estaba seguro de tener hambre, pero cuando se vio a si mismo imaginando a Manuel entre la gente, alimentándose de alguien aún joven y vivaz, decidió comer de todas formas. Era como Victoria había dicho, primero había que cenar.

Su primera víctima fue una mujer, una adolescente más bien. Martín la mordió sin necesidad de usar el don de la mente. Estaba con sus amigas, y había escuchado risas mientras la mordía, risas y grititos entusiasmados que lo habían obligado a dejarla antes de dar más de un sorbo. La siguiente había sido un hombre, más adulto, más solo, y ahí Martín había bebido hasta dejarlo tambaleándose.

Se sentía bien, algo mareado con el calor de los cuerpos a su alrededor, y el olor a comida. Sus colmillos no habían vuelto a retraerse desde que viese a Victoria comer, pero no le importaba, incluso esa presión en su boca era algo placentero en ese momento.

Se sentía ebrio con toda la vida que tenía alrededor.

Su tercera victima iba a ser una mujer de ojos verdes y pelo teñido de rojo, Martín la había sentido mirarlo antes, y recibir ese tipo de atención nunca fallaba para despertar su propio interés. Creía haberla visto sola, pero incluso si no lo estaba, tenía la idea de llevarla hacia algún rincón, de dejarla sentada cuando acabara de comer.

Le gustaba la idea de que incluso ahora pudiese hacer ese tipo de cosas, que hubiera mujeres mirándolo, que estar presionado contra un montón de cuerpos no significase nada más que eso. Nadie tenía que morir, no tenía que ser un escándalo.

Podía ser lo mismo que ir siendo un humano, beber mucho, conocer gente que no tenía que recordar al día siguiente, era casi lo mismo que cuando estaba vivo.

Casi.

— ¿Martín? —escuchó que preguntaban a su derecha, y luego había una mano en torno a su muñeca.

No supo que pensar en ese momento, parte de él había reconocido la voz, la reconocería en cualquier lado. La otra parte había pensado en Victoria y Francisca, o en la mujer que había mordido. Cualquier mujer.

— ¿Cony? —preguntó, sintiendo la garganta seca y un pánico que le subía por el estómago.

Sus colmillos parecían estar palpitando dentro de su boca.

Tenía el pelo más corto, pero era la misma Constanza de siempre, con los ojos brillantes y abiertos, y los labios pintados formando una pequeña “o”, como si fuera una caricatura. En cualquier otro momento, Martín se habría reido de esa cara, habría intentado sacarle una foto quizá.

Pero en ese momento todo lo que había en su cerebro era la urgencia de huír y la urgencia de morderla, ambas igual de ruidosas.

— ¡Dónde has estado, imbécil! ¡Tú primo me llamó!—gritó Constanza, con una nota de histeria en la voz. — Te están buscando, Martín, todo el mundo… ¿Por qué no respondiste?

— Lo siento… yo…

— ¡Martín!

Martín nunca supo bien qué pasó en ese momento, no supo si había sido él el que había fabricado las voces que llamaron a Constanza o si realmente había pasado, pero de cualquier modo, la distracción había sido suficiente para soltarse. No supo si corrió o no, ni siquiera tenía un plan en ese momento; lo único que había en su mente eran los ojos vidriosos de Constanza, y el calor de su mano en torno a su muñeca.

Manuel ya lo estaba mirando como si supiese qué había pasado cuando Martín llegó a la barra. De hecho se veía más curioso que alarmado cuando Martín le agarró la camisa.

De alguna forma su tragedia personal aún no había logrado penetrar en el mundo de Manuel.

— Tenemos que irnos —dijo, copiando sin querer la histeria de la voz de Constanza. Aunque donde ella había sonado al borde de un grito agudo, él sonaba como si se estuviese ahogando. —? Ahora, Manu, muévete.

— ¿Qué pasó?

Escuchó que alguien llamaba su nombre, aunque nada sonaba realmente claro en ese lugar. La música y las conversaciones distorsionaban todo, y tener mejores sentidos solo lo hacía peor, pero estaba seguro de que era su nombre. Quizá era Victoria, quizá era Constanza, no estaba seguro de cual era peor.

Manuel estaba mirando hacia la pista de baile con el ceño fruncido, como si él también hubiese escuchado.

— Vámonos. —le pidió, tironeándole la ropa a la fuerza. — Vamos boludo, por favor.

Manuel se quejó al comienzo, pero empezó a cooperar luego de los primeros tirones.

En otro momento, Martín podría preguntarse por qué no pensó en pedirle ayuda a Victoria, o por qué no salió solo. En otro momento quizá se preguntaría si todo el episodio no era más que una alucinación, pero en ese instante, con el pánico atorado en la garganta y los colmillos aún en su boca, no se le pasó por la mente siquiera.

Manuel lo siguió a trompicones fuera del lugar, y lo siguió incluso cuando Martín decidió cruzar la calle y alejarse evitando deliberadamente el paradero donde había encontrado a Francisca por primera vez.

No estaba seguro de creerlo, pero quizá la teoría de Victoria era real, quizá esa noche era una gran oportunidad para encontrar a Francisca, y él no estaba preparado para encontrar a nadie más.

 


 

 

Manuel se dejó arrastrar por varias cuadras en silencio, Martín no las estaba contando, ni siquiera tenía un destino fijo, pero para cuando se calmó estaban a tres horas del local, en una calle que no conocía.

— ¿Martín? —preguntó Manuel cuando se detuvieron. Su voz sonaba inusualmente amable.

Era mucho peor que si hubiese estado molesto.

— ¿Qué pasó?

— ¡Nada! ¿Vale? ¡Nada! —le gritó, agradecido de que sus colmillos ya se habían vuelto a ocultar.

Manuel lo miró en silencio, arqueando ambas cejas. Incluso sin verlo, Martín podía sentir el peso de sus ojos encima de su espalda, insistiéndole, preguntando de nuevo aunque su mente y su boca estaban en silencio.

— No fue nada, no preguntes —pidió, sintiéndose miserable y ridículo como no había pasado en mucho tiempo.

Debió ver venir el ataque de Francisca cuando aún estaba vivo. Debió haber supuesto que podía encontrarse a alguien conocido ahora que estaba muerto.

El mundo seguía siendo el mismo, incluso si él ya no lo era.

— Deja de tener pena por ti mismo hueón —respondió Manuel, apretándole el hombro con una mano.
Uno, dos… Martín contó cinco segundos, antes de que lo soltara. Luego lo vio dar un par de pasos hacia la cuneta y sentarse. Aún pasaban autos a esa hora de la noche, pero nadie les prestó atención.

Uno, dos, tres autos después, Martín estaba sentándose a un lado de Manuel, con los rastros de su pánico aún en la piel, y la nostalgia por su vida en la garganta.

Si fuera otra persona, si estuviera con alguien más, probablemente lloraría, pero Martín ni siquiera sabía si podía llorar hoy en día.

— Victoria va a estar insoportable cuando volvamos —dijo Manuel luego de un rato, con la vista clavada en la calle. — Espero que estés listo, porque no voy a mentir por ti.

Se hizo otro silencio entre ellos, y Manuel resopló, pasándose una mano por el pelo. Se veía cansado, aunque en la experiencia de Martín, eso era usual.

— No estoy acostumbrado a ser yo el que tiene que hablar —dijo, doblando sus piernas.

Martín resopló antes de saber que lo estaba haciendo, y aunque Manuel no lo miró, pudo ver un color piel asomándose en la punta de sus orejas. Sabía que no había comido mientras estaban en el bar, pero aún así le sorprendió.

— No seas pesado hueón, estoy intentando ayudarte —siseó Manuel, mirándolo con ojos entrecerrados.

Martín se encogió de hombros, y ambos volvieron la vista a la calle en silencio. Habían hecho algo parecido cuando aún estaban en la madriguera, mirando la carretera desde lejos luego de una de las tantas carreras que habían hecho en el bosque, pero en esa ocasión se había sentido distinto, se había sentido como libertad.

En la ciudad en cambio, luego de todo lo que había pasado últimamente, se sentía como un momento cargado, como si algo estuviese a punto de explotar entre ellos con cada segundo que pasaba.

— Che, Manu —dijo Martín, mirando las luces de un taxi alejándose a toda velocidad. — Nunca me dejaste cobrar la apuesta.

— ¿Qué?

— La apuesta, boludo, cuando cacé el conejo —respondió Martín, dándole una patada sin ganas a las piernas de Manuel. — Dijiste que ibas a decirme lo que quisiera, no te podés echar atrás.

Manuel lo miró en una mezcla extraña de sorpresa y curiosidad, y Martín sintió su estómago apretarse con la anticipación.

La imagen de Constanza se le vino a la mente, sus ojos vidriosos, la sensación tibia de su mano, todo eso vino y se fue como la luz de los autos. Le había parecido tan viva al lado de Manuel, con su piel pálida y fría, y sus ojos pardo brillando apenas con el reflejo de los faroles.

Su rostro y su pelo estaban teñidos de la misma luz naranja que había tenido Francisca hace meses, pero no parecía tan terrible en ese momento.

— ¿Qué quieres saber entonces? —lo apuró Manuel, frunciendo apenas el ceño. — Preguntame.

Pensó en las advertencias de Miguel y Catalina, en los recuerdos que había visto en la mente de Victoria, incluso en las pocas frases que Francisca había dicho sobre su hermano mientras lo tenía encerrado. Pensó en todas las noches que habían pasado juntos, empeñados en ignorar todo lo que había pasado antes de conocerse.

Había demasiadas preguntas para tan poco tiempo.

— ¿Cómo te transformaron? —preguntó por fin, en un susurro ronco que le pareció ajeno.

— ¿Quieres verlo? —preguntó Manuel, susurrando también.

— No. —respondió, sintiendo la sangre subirle al rostro. — No, boludo, contame, como si fueramos normales. Así nomás. Quiero hacer más preguntas.
Manuel se río entre dientes, asintiendo.

— Tenía un novio —dijo, volviendo la vista a la calle con la media sonrisa danzándole en los labios. — Bueno, no, supongo que no era un novio ¿Amante? Como sea, era mayor que yo, un profesor. Era secreto, obvio, mi papá quería que me casara con la hija de un amigo suyo, dueño de unas tierras por no sé dónde. Se me ocurrió entrar a la iglesia para evitarlo. Ríete si quieres, pero en ese momento sonaba como un buen plan.

— No dije nada che. —alegó Martín, aunque su sonrisa decía otra cosa.—

Manuel lo miró con los ojos entrecerrados un rato, y luego volvió la vista hacia los edificios que tenían en frente.

— Mi padre estaba furioso, pero no podía decir nada, tener un hijo en la iglesia era bueno para la reputación en ese tiempo y no quería parecer hereje. Y mi amante… Claudio, se llamaba Claudio ¿ya? Claudio no quiso saber nada de mi luego de que le hablé de mis planes, aparentemente ya se sentía culpable sin necesidad de pecar directamente con alguien de la iglesia, o algo así. No sé.

— ¿Y vos no?

— Nunca lo pensé. Mis papás no hacían mucho en términos de educación, eso quedó todo en manos de las criadas, y había una… —Manuel se rió solo, encogiéndose de hombros. — bueno, era mi favorita. La habían bautizado y todo, pero era de boca para afuera. Siempre me dijo que con eso bastaba, que no tenía que creer las cosas que me enseñaban si podía aparentarlas.

Martín asintió, pensando en sus propios padres. En su madre principalmente, que no era realmente católica pero disfrutaba de ir a misa en ciertas ocasiones, por la idea de la tradición nada más.

— Entonces ¿eres cura? —preguntó, incapaz de dejar fuera el tono de incredulidad.

Manuel se rió de nuevo, un poco más fuerte mientras negaba con la cabeza.

— No, no alcancé. Me junté con Claudio una vez más antes de empezar a prepararme… No sé qué creí que estaba haciendo. Al principio quería convencerlo, luego solo quería pelear con él. En verdad, es mejor que no quisieras ver el recuerdo.

— ¿Por qué, qué pasó?

— No es un buen recuerdo —respondió Manuel, sonriendo irónico— Peleamos, me emborraché. No quería ser cura pero no podía echarme para atrás, y tampoco quería casarme ni tener hijos. Pensaba que, bueno, no importa, el punto es que quería estar muerto.

Manuel suspiró, bajando los hombros como si la historia todavía le pesara encima, años después, en una vida totalmente distinta. Martín contó dos autos antes de que el silencio le pareciera insoportable.

— ¿Te suicidaste? —preguntó con un hilo de voz, asustado de que Manuel fuese a negarle la respuesta a estas alturas.

Pensó en la memoria que había visto de él, joven y sonriente en los ojos de Victoria.

— No, claro que no. Era demasiado cobarde para eso —respondió Manuel riendose sin humor.— Al final me emborraché y me metí en una pelea que no podía ganar. No recuerdo mucho, solo que pensé que iba a morir. —murmuró, mirando al cielo como si estuviese viendo algo totalmente distinto. Lejos de Martín y su época.— Fue Victoria la que me encontró después.

— Y entonces te transformaron.

— No exactamente… Victoria no quería. Según Francisca, ella pretendió que la iba a obedecer y luego se escapó con mi cuerpo a una iglesia —dijo Manuel, encogiéndose de hombros. — Victoria era muy supersticiosa en ese tiempo.

Martín se rio. No era su intención hacerlo, pero la expresión resignada de Manuel y la idea de Victoria siendo incapaz de entrar a una iglesia le causaron gracia. Quizá simplemente era la presión de la noche alcanzándolo por fin, quizá era la idea de que al día siguiente tendría que hablarle a Manuel sobre el encuentro que había tenido con Constanza. Fuese lo que fuese, se encontró a si mismo riéndose a carcajadas.

— ¿De qué te ríes hueón? —preguntó Manuel, visiblemente indignado, aunque su boca parecía sonreír en contra de su voluntad. — Era terrible, nos hacía dormir en ataúdes.

— ¿Y no podía entrar a lugares sin que la invitaran? —preguntó Martín entre risas.

Manuel puso los ojos en blanco, murmurando una queja entredientes, y algo que sonó a un “Agradece que la conociste ahora” que le provocó otro ataque de risa.

Martín apoyó su hombro en el de Manuel cuando logró controlarse, empujándolo hacia el lado sin ningún cuidado, y el moreno lo empujó de vuelta. Tenía los ojos clavados en el asfalto, y las manos retorciéndose en la mezclilla de sus pantalones.

— ¿Qué hiciste después? —preguntó, inadecuadamente satisfecho cuando los ojos de Manuel volvieron a fijarse en él. Estaban cerca, demasiado cerca quizá, y Manuel tenía ambas cejas enarcadas en una pregunta silenciosa.

No había autos, ni calle, ni siquiera recuerdos de vidas pasadas. Solo él, Manuel y la expectativa de algo más.

— Nada —respondió Manuel, encogiéndose de hombros, aunque en su posición actual se veía como un movimiento incompleto. Incómodo incluso. — Matar el tiempo.

El ambiente se sentía aún más cargado que cuando habían salido del bar, pero ya no se sentía como una bomba de tiempo en sus manos, y el recuerdo de Constanza le parecía algo lejano, mucho más irreal que estar sentado en la calle con Manuel al menos.

Si fuera uno de sus manuscritos, Martín habría dicho que no sabía cuál de los dos se inclinó primero, le habría dado un matiz romántico a la calle vacía y la sensación fría y dura del asfalto en el que estaban sentados. Quizá habría omitido la sensación de las piedras clavándose en sus palmas cuando se inclinó hacia Manuel.

Quizá también habría ignorado el hecho de que sus colmillos estaban presionando sus encías cuando Manuel le correspondió. No estaba seguro de qué podía significar, pero le hizo sentirse pueril cuando Manuel se rió contra sus labios, pasando la lengua cerca de uno de sus colmillos antes de alejarse.

— Pensé que ya habías cazado —murmuró, presionando su nuca con las yemas de los dedos.

— Siempre tenés que arruinarlo ¿verdad? —siseó Martín, poniendo los ojos en blanco.

— Algo así.

Manuel le sonrió, mostrándole los dientes lo suficiente como para que Martín alcanzara a ver uno de sus colmillos asomándose a los costados, antes de inclinarse hacia él una vez más.

Martín se dejó empujar, decidido a ignorarlo todo, aunque fuese solo por unos segundos. No quería escuchar la calle a su alrededor, ni sentir el piso en su espalda. No quería pensar en nada de lo que había pasado para llegar a ese punto.

En ese segundo, mientras deslizaba sus manos debajo de la camisa de Manuel, estaba más vivo de lo que había estado en meses. No estaba intentando proyectarlo, pero la mente de Manuel se abrió para él de todas formas, reflejando la sensación de sus manos en la espalda de Manuel, y sus cuerpos calentándose de a poco con la cercanía.

Estar vivo era cálido, era un tirón en la base del estómago y la sensación de que aún necesitaba respirar de vez en cuando.

Debió haber sabido que no podía durar mucho, pero aún así se sorprendió cuando fue Manuel el que rompió el contacto, ahogando un quejido contra su boca antes de alejarse. Fue como si se hubiese roto algo entre ellos, y con eso, todos sus sentidos volvieron de golpe. El frío cadavérico de su cuerpo, las luces demasiado brillantes de la calle, y los ruidos a su alrededor: los murmullos de los humanos durmiendo en las casas que tenían cerca, las risas de los ebrios a unas cuadras de distancia, y el celular vibrando en la mano de Manuel.

— ¿Manuel…? —masculló Martín, enderezándose. Nunca había visto a Manuel con un celular antes de eso, ni siquiera sabía que tenía uno en realidad. Pero lo que realmente lo hizo contener la respiración fue el modelo.

Era un iphone blanco, como el de Francisca.

— Tenemos que irnos. —dijo Manuel, guardándose el celular en el bolsillo delantero. Martín ni siquiera lo vio levantarse, pero en cosa de segundos tenía la mano de Manuel en frente.

— ¿Ahora? —preguntó Martín, ahogando una queja. Había estado disfrutando la noche, al menos esa parte.

Manuel le sonrió, apenas curvando los extremos de su boca. Su mano aún estaba sujetando la de Martín, y por un momento, pensó que iban a quedarse ahí. Que si tan solo tuviera el valor de tirar de su mano, Manuel se dejaría guiar de regreso al suelo, a la incomodidad y al pequeño mundo donde habían estado hace solo unos segundos.

No estaba seguro de que Manuel le hubiera estado leyendo la mente, pero tenía sus sospechas cuando sintió la mano del vampiro tirar de él hacia adelante, obligándolo a caminar.

Manuel lo soltó después de eso.

— Vamos a tener que correr.

— ¿Y a vos qué bicho te picó boludo? —gruñó Martín, hundiendo las manos en los bolsillos.

— Miguel necesita ayuda.

— ¿Por qué?

— No me lo dijo.

— ¿Y no le preguntaste? Tenés celular, boludo, deberías usarlo. —alegó Martín, sin intentar siquiera disimular el tono petulante de su voz.

Manuel se encogió de hombros, sonriéndole apenas. Era algo nuevo verlo así, aunque Martín era familiar con las sonrisas burlonas y las muecas incómodas que mostraba de repente, ese tipo de expresión, suave y medio avergonzada, era inusual en Manuel.

— ¿Por qué no me dijiste que tenías uno? —preguntó, agarrándole el brazo antes de que Manuel pudiese echarse a correr en dirección al bar.
Manuel se encogió de hombros, desviando la mirada hacia la calle.

— Tú nunca preguntaste.

Chapter Text

Todas las luces del bar estaban prendidas cuando llegaron, era extraño verlo así, lleno de todas esas luces, con algunas mesas aún llenas de platos y vasos sucios, de canastitos con palitos de pan, y sin ningún cliente. Y en la sala principal, amontonados en torno a una de las mesas, estaban Miguel y Catalina, cubiertos de sangre a medio secar.

Martín había empezado a escuchar su conversación mucho antes de cruzar la puerta. Había notado el tono histérico en sus voces, acompañadas por uno que otro gemido ocasional. Una tercera voz que se alzaba entre ellos, rasposa y adolorida, diciéndoles que estaban exagerando.

Martín ya lo sabía, pero aun así se sorprendió cuando la tercera voz resultó ser Julio, tirado encima de una de las mesas, con la ropa hecha jirones y las extremidades dobladas en un ángulo grotesco. Incluso de lejos, Martín podía ver las marcas de mordidas en su piel. En el cuello, en los brazos, en los muslos y el estómago, algunas ya estaban cerrándose, pero parecían profundas, y muchas aún sangraban un poco.

Increíblemente, su primer pensamiento fue preguntarse si el mantel sobre el que lo habían tirado siempre había sido así de rojo.

Su segundo pensamiento, con los ojos clavados en las piernas y los brazos de Julio, fue que iba a vomitar.

— ¡Por fin! ¡Te estoy llamando hace una hora, carajo! —gritó Miguel, abriéndose paso entre Catalina y la mesa. — No se está curando ¿por qué no se está curando, Manuel? ¿Le hicieron algo? —dijo, agarrándole los brazos a Manuel.

Había sangre en sus manos también.

— ¿Cómo voy a saberlo? —respondió Manuel, haciendo una mueca de disgusto cuando se lo sacó de encima.

— Dijo que había sido tu culpa.

Había algo salvaje en la expresión de Miguel, algo fuera de control en sus ojos brillantes y el temblor de sus manos. Se veía dispuesto a pelear con ellos, incluso sabiendo su propia desventaja, se veía listo para tirarse encima de Manuel. Martín incluso pensó que tendría que intervenir, tuvo un momento para imaginar la escena y el caos de Miguel gritándole a Manuel, pero el vampiro pareció verlo también, porque retrocedió, levantando ambas manos entre él y Miguel.

— No sé de qué está hablando, Miguel —dijo, con su mejor imitación de amabilidad. — No sé qué le pasó, pero puedo ayudarlo.
Julio hizo un ruido desde la mesa, una mezcla entre un quejido y un gruñido que hizo a Miguel girarse de golpe hacia él.

— No necesito su ayuda —siseó Julio, valiéndose de su hombro para enderezarse un poco, aunque no era un gran cambio. — Si estoy sanando, solo es lento.

Manuel puso los ojos en blanco, ahogando un bufido que a Martín le sonó más a risa que a molestia. Nunca usaban sus poderes en el bar, no era necesario, usualmente no valía la pena incomodar a los humanos solo para llegar más rápido al otro lado de una habitación, así que incluso Martín se sorprendió cuando vio a Manuel moverse hacia Julio.

En un momento estaba ahí, frente a Miguel, y en el siguiente parpadeo estaba frente a la mesa. Los ojos de Martín lo habían seguido sin dificultad, pero Miguel había quedado mirando el aire y Catalina había ahogado un jadeo de sorpresa, haciendo el amago de interponerse entre él y Julio.

Martín no necesitaba leer su mente para adivinar qué estaba pensando, incluso si se había apartado unos segundos después, visiblemente avergonzada. Manuel ni siquiera la miró.

— ¿Qué te pasó? —le preguntó a Julio, en lo que Miguel y Martín se acercaban a la mesa también.

Julio lo miró con odio, aunque no parecía tener la fuerza para hacer nada más. Tenía la cara brillante por el sudor y los dientes apretados, Martín tenía la sensación de que iba a perder el conocimiento en cualquier momento.

— Tú sabes —siseó Julio entredientes, jadeando entre las palabras. Miguel hizo un ruido al lado de Martín, como un animal herido.

— No lo sé —gruñó Manuel, apoyando ambas manos en la mesa. Catalina sacó un cuchillo de entre sus faldas, pero no avanzó. — Responde hueón, responde y te voy a ayudar a sanar más rápido.

— ¿Pero por qué no sana? —preguntó Miguel una vez más, en un susurro apenas audible por encima de la respiración de Julio.

— Me mordieron —respondió por fin, como si la admisión le hubiese costado lo poco que le quedaba de fuerza. Incluso se dejó caer por completo en la mesa, con los ojos cerrados— No podía ver. Salieron de la nada.

Sus frases eran cortantes, como si todo el proceso le costase algo más que el esfuerzo de hablar, pero nadie dice nada al respecto, y Manuel suelta un suspiro largo y profundo antes de tenderle su mano a Catalina.

— Pásame el cuchillo, no voy a hacerle nada

— No —respondió Catalina, con las manos temblando en torno al mango. — Sánalo primero Manuel.

— Está bien, como quieras.

Martín esperaba ver alguna señal de ofensa en el rostro de Manuel, quizá verlo estar dolido, pero no había nada ahí, ni para Catalina ni para nadie. Solo la miró en silencio, y luego se encogió de hombros, caminando hacia el lado de la mesa donde estaba más cerca de Julio. Incluso así lo tomó por los hombros, tirando de él hasta que el pelo de Julio quedó pegado a su estómago, sin importarle el quejido de dolor del vampiro.

— ¡Qué estás haciendo, imbécil! ¡Suéltame! ¡Suéltame huevón!

Miguel dio un paso en falso hacia adelante, pero no siguió avanzando, y Manuel se llevó su propia muñeca a la boca. Tenía los labios rojos y un flujo de sangre relativamente constante cayendo por su muñeca. Una línea delgada y roja que se volvió un goteo cuando la puso contra la boca de Julio.

Manuel no sonreía ni daba órdenes, en vez de eso usaba una mano para sostenerle el pelo a Julio y obligarlo a estarse quieto, presionando con más fuerza, pero la intención era la misma que Martín recordaba de Francisca. El niño tenía las mejillas y la barbilla chorreadas con la sangre que se negaba a tomar, pero Manuel no lo soltó, y tanto Catalina como Miguel los miraban de lejos, como si hubiese una pared invisible entre ellos.

Y Martín, él estaba viendo un escenario totalmente distinto, un baño de cerámica blanca y una tina con apenas cinco centímetros de agua tibia.

— Martín, ven —llamó Manuel con un gruñido, dándole un tirón vicioso al pelo de Julio. — Deja de pretender que no tienes hambre, pendejo de mierda. Martín, ven, ayúdame. Enderézale las piernas.

— ¿Yo?

Fue como si recién hubiese recordado que podía moverse, que él no era Julio, con las cuatro extremidades rotas. Él estaba de pie, mirando, igual que los humanos en la habitación.

— Si, Martín, apúrate

— No es en serio —siseó Martín, obedeciéndolo luego de respirar profundo, como si aún necesitase hacerlo.

La pierna de Julio se sentía caliente bajo sus manos, aunque no estaba seguro del por qué. Uno de sus huesos sobresalía de su piel, por el extremo de sus pantalones cortados, y Martín tuvo que obligarse a dejar de mirarlo, obligarse a levantar la vista hacia Manuel para saber qué hacer ahora que estaba ahí.

— Puta, se cerró —siseó Manuel, quitando su muñeca de la cara de Julio con una mueca— Pásame el cuchillo y sostenle la cabeza Catalina. —pidió, sin siquiera mirar. — Martín, enderézala, haz fuerza hueón. Catalina, el cuchillo, tiene que comer algo de verdad.

Martín pensó que iban a esperar por siempre, él con una mano en el muslo de Julio y la otra en su pantorrilla, intentando alinear una fractura expuesta, Manuel sosteniéndole el pelo a Julio, que no paraba de gritarle insultos y fregándose la muñeca llena de sangre seca contra la camisa. Así por el resto de sus eternidades, hasta que sus espectadores se cansaran de ellos y salieran del lugar.

— Si come —masculló Catalina, poniéndose frente a Manuel con el cuchillo en la mano. Aún lo tenía por el mango, pero se lo estaba ofreciendo, con las cejas tan juntas que parecían ser una.— Le doy sangre de cerdo, cada dos días, como nos dijiste.

Manuel tomó el cuchillo por la hoja con una mueca de dolor. Martín no vio sangre, y tampoco creía que Manuel fuese tan tonto como para aplicar fuerza, pero no podía estar seguro.

— ¿Nos mentiste? —preguntó Catalina, despejando los mechones húmedos de la frente de Julio. Manuel lo soltó, y el vampiro suspiró aliviado, intentando alejarse de Manuel con los hombros.

— No — respondió encogiéndose de hombros. — Pero comer así no es suficiente cuando tiene que sanarse.

Manuel no esperó a escuchar su respuesta antes de hacer el corte en su muñeca, manteniendo el cuchillo medio enterrado en su carne incluso luego de que la sangre había comenzado a fluir de nuevo. A Martín Le pareció ver que la hoja del cuchillo se iluminaba, llena de pequeños garabatos, pero cuando volvió a parpadear, no había nada y la sangre de Manuel caía en una línea constante, desde su muñeca a la boca cerrada de Julio.

— Abre la boca amor —pidió Catalina, metiéndole los dedos por la comisura de los labios. — Es solo un poco, perdón, sé que lo odias, pero tu hermano no aguanta verte así, Julio, abre la boca.

El primer trago fue a la fuerza, pero después de eso Julio ya no tenía suficiente control como para resistirse, y Manuel sacó el cuchillo de su brazo, bajando la herida hasta su altura. Julio lo mordió por su propia cuenta, si sus brazos estuviesen funcionando en ese momento, habría tomado el brazo de Manuel a la fuerza.

Se veía ido, como si ya no estuviese del todo consiente de lo que estaba pasando a su alrededor, y cada cierto tiempo escuchaban ruidos de placer al fondo de su garganta. En ese momento era un animal famélico, y ni siquiera notó cuando Catalina volvió a alejarse de la mesa.

— Haz fuerza Martín —murmuró Manuel, con los colmillos afuera y una sombra en los ojos. Su brazo estaba temblando frente a la boca de Julio, aunque

Martín no estaba seguro si era por el dolor o por la fuerza que estaba haciendo en mantenerse quieto.

— Eso intento boludo —siseó Martín, cerrando los ojos con fuerza. — Pero no se unen.

Escuchó a Manuel reírse, pero no abrió los ojos. Aún podía recordar lo que había pasado la última noche que estuvo con Francisca, podía recordar lo que había sentido mientras ella lo mordía, y no quería verlo en Manuel.

No quería tener más razones para conectarlos.

— Inténtalo. Se las vamos a tener que romper de nuevo si el hueso se une mal.

 


 

 

Pasó una hora antes de que Julio estuviese bien, pero una vez pasó, era como si jamás hubiese tenido nada. Su ropa estaba rota y sucia, y seguía cubierto de sangre seca, pero eso era todo. Sus brazos y sus piernas estaban como nuevos y ya no quedaba nada de las mordidas en su piel.

Al lado de él, Manuel parecía una sombra de lo que era usualmente, medio echado en la barra, rascándose la cicatriz del cuchillo de vez en cuando. La línea roja no había terminado de sanar aún, pero nadie parecía alarmado por eso, y Martín podía apostar que tenía algo que ver con el cuchillo de Catalina.

— ¿Estás bien? —preguntó Martín en un susurro, aprovechando que Catalina y Miguel estaban ocupados revoloteando alrededor de Julio, preguntando, insistiendo, incluso solo intentando tocarlo a ratos.

— Cansado —respondió Manuel sin moverse. Martín siguió su mirada hasta Julio, que estaba alejando de un manotazo la mano de Miguel de su pelo. Ya estaba bien. — Debería ir a cazar, pero ya es tarde para eso.

— ¿Te ayudo? —preguntó Martín, acercándose un poco más. Prácticamente estaban respirando el mismo aire, los dos apoyados en la barra.

— ¿Cómo?

Manuel sonaba irónico, pero estaba sonriéndole. Era apenas el asomo de una sonrisa, pero era más que suficiente para recordarle lo que habían estado haciendo antes de tener que correr al bar.

— Podrías morderme —murmuró Martín, apenas moviendo los labios.

No estaba seguro de qué esperaba, ni siquiera estaba seguro de ser capáz de llegar a hacer realidad su oferta, pero la cara de espanto de Manuel lo devolvió a la realidad tan rápido como un balde de agua fría.

— ¿Por qué…? —preguntó Manuel, levantándose un poco de la mesa. No lo suficiente para estar erguido, pero suficiente para mirarlo directo a los ojos.— No puedes decirle eso a otros vampiros Martín —siseó, mandando una mirada fugaz hacia Julio.

Martín tenía la sensación de que si no hubiera entregado tanta sangre, Manuel se estaría sonrojando en ese momento.

— ¿Qué? ¡Pero si vos acabás de hacerlo!

— Sí sé, pero no tenía otra opción —alegó Manuel, incómodo.— Mira, es… Es un tabú. La gente come carne ¿verdad? Pero no les ofreces comer carne humana.

— ¿Me estás diciendo caníbal? —preguntó Martín incrédulo, incapaz de evitar el tono risueño que se coló a su voz. Podía entenderlo, pensando en Francisca podía, pero aún así le sonaba hilarante, y Manuel no mejoraba la situación, mirándolo como si estuviese diciendo algo terrible.

— No te rías —dijo, un poco más alto, curvando la boca en una sonrisa reluctante.— No es chistoso hueón. Hay recuerdos en la sangre, incluso si no fuera un tabú, es intimo. Podría ser peligroso ofrecerselo a un extraño.

Martín puso su mejor cara de solemnidad cuando asintió, prometiendo que no iba a proponerle actos caníbales a ningún vampiro desconocido.

Todo su acto quedó en el olvido cuando Manuel fue el primero en soltar un bufido, y luego una risa que iba en aumento con cada mirada que le daba a Martín, que tuvo unos segundos para preguntarse si aún le afectaba la pérdida de sangre, antes de largarse a reír con él.

Aún echado en la mesa de la barra, aún escuchando la conversación susurrada de los humanos a sus espaldas.

Manuel se veía mejor.

— ¿Qué les pasa? —preguntó Miguel, medio risueño también, aunque todavía había algo frágil en su voz.

Era una cuerda tirante, y Manuel, que dejó de reirse apenas escuchó su voz, era una tijera, listo para cortarlo en dos. Aunque Martín no estaba seguro si iba a ser a propósito o no.

— No puedo creer que se rían de eso —se quejó Julio, mandandole una mirada resentida al brazo de Manuel.— Es asqueroso.

Era evidente que no se atrevía a subir la mirada, a pesar de que Martín estaba esperando que lo hiciera. Quizá estaba avergonzado de lo que había visto, o quizá era la idea del canibalismo, no podía estar seguro.

— Lo tendré en cuenta la próxima vez que necesites un transplante —respondió Manuel con facilidad, como si no le interesara de cualquier modo.

— No seas así Manuel —dijo Miguel, forzando una sonrisa.— Julio solo está molestando.

— ¡No lo necesitaba! —gruñó Julio, levantando la vista por primera vez. Primero miró a su hermano, apelando a su comprensión probablemente, y luego miró a Manuel, directo a los ojos.— Además fue su culpa. Por su culpa estaba ahí cuando atacaron.

Miguel hizo una mueca, mandándole una mirada ansiosa a Catalina, que miraba todo con los brazos cruzados sobre el pecho, exudando la tensión de todos los demás como si fuera algo tangible.

— ¿Por qué dices eso? —preguntó Miguel, al mismo tiempo que Martín resopló, ahogando parte de su pregunta.

— Te acaba de dar su sangre boludo, por lo menos podrías darle las gracias antes de empezar a acusarlo.

— Es la verdad. Había una mujer buscándolo en el bar, como a las once. Me la encontré afuera.

— ¿María? —preguntó Manuel, enarcando una ceja.— ¿Itzel quizá?

Julio entrecerró los ojos, sonriendole con los dientes. Sus colmillos no habían vuelto a ocultarse desde que tomara la sangre de Manuel, así que se le veían las puntas a los costados, haciendo que el gesto pareciera más agresivo. Había un brillo especial en sus ojos, algo hambriento que Martín no había visto nunca en él.

— No soy tonto huevón —siseó, arrastrando las palabras.— A ellas las conozco. Y no, no eran ellas. Era una que nunca había visto, parecía un vampiro pero no estoy seguro.

— ¿Por qué no? —preguntó Catalina, alzando la voz por primera vez desde que curaran a Julio.

— Se movía distinto —respondió Julio, encogiéndose de hombros.— Y no pude leer su mente. Pero tenía información sobre Iñigo. Intenté convencerla de decírmelo, pero solo quería hablar contigo —añadió, mandándole una mirada resentida a Manuel.— Con José Manuel Gonzales, así, con el nombre entero.

— ¿Quién es Iñigo? —preguntó Martín, escudriñando las expresiones de los presentes, a ver si había alguna pista. No sabía por qué, pero el nombre le parecía conocido de alguna parte.

Todos lo miraron con varios grados de sorpresa, todos menos Julio, que estaba intentando asesinarlo con la mirada.

— Es de la corte de Adán —interrumpió Manuel, sonaba aún más cansado que antes, y Martín tuvo el impulso de ofrecerle el brazo, pero se quedó quieto, mirándolo rotar los hombros, como si intentara sacarse el cansancio de encima.— La que desapareció.

— ¡La que tienes que buscar! —gruñó Julio, poniendose de pie tan rapido que Catalina retrocedió un par de pasos, sorprendida.

— Victoria prometió eso —respondió Manuel, haciendo un gesto despectivo con la mano.— Y eso no explica qué hacías ahí, o qué tiene que ver conmigo.

Martín sabe lo que va a pasar mucho antes de que Julio esté frente a Manuel, tomándolo por la chaqueta con las manos aún manchadas y los ojos brillando de impotencia.

— Fui en tu lugar —dijo, masticando cada palabra.— Fui porque quería saber con quién estabas negociando. Si eran los cazadores, o los hombres lobo, o quién fuera ¿Sabes que dicen de ti?

Martín vio a Catalina y Miguel mandándose miradas preocupadas. Miguel incluso hizo el amago de intervenir, pero Julio lo cortó de golpe, dandole un empujón a Manuel, que se tambaleó, dando unos pasos hacia atrás. No dijo nada, pero Martín alcanzó a ver la mirada sorprendida que le dio a sus pies antes de volver a levantar la vista.

Había estado haciendo fuerza, y Julio lo había hecho retroceder de todas formas.

— No te importa —le escupió Julio, levantando la vista.— Yo sé, que no te importa —repitió— Pero Iñigo era… Es mi amiga. Siempre viene cuando Adán necesita reubicar gente —siguió, bajando la voz.— Pero es lo único que hace fuera de su departamento ¿Cómo iba a desaparecer?

Julio parecía estarse desinflando con cada palabra, como si toda la euforia de su rabia se hubiera evaporado ya, dejando solo la sombra de lo que era cuando comenzó la discusión. Martín no estaba acostumbrado a pensar en él como algo más que un niño, pero en ese momento se veía como un adulto, como un anciano incluso, hundido bajo sus propios hombros, y tan triste que casi pensó en acercarse.

Casi.

— Sé que no la vas a buscar, todos lo saben. Por eso tenía que ir… Pensé que incluso si era una mentira, saber quienes estaban hablando sobre ella serviría como pista.

— Pero era una trampa —completó Manuel, arreglándose la camisa sin mirar a nadie. Martín no estaba seguro de si pretendía ser insensible o si lo estaba siendo por accidente, pero de cualquier forma Julio se encogió aún más sobre si mismo.

Miguel se acercó a su hermano, apoyando ambas manos en sus hombros y mandándole una mirada resentida a Manuel. Era como ver a Julio si fuera un adulto, desde el tono moreno de su piel hasta su odio por Manuel.

— ¿Eras vos, entonces? —preguntó Martín, frunciendo el ceño. Manuel lo miró con ambas cejas alzadas.— La trampa, Manuel. Vos eras la víctima.

Catalina soltó un bufido amargo, algo que Martín encontraba mucho más adecuado para una bruja que las risas melodiosas que reservaba para Miguel.

— ¿Y quién querría hacer eso?

— No, no era yo —respondió Manuel encogiéndose de hombros.— A mi no me importa la corte, ¿recuerdas? —añadió, mandándole una mirada cargada de significado a Julio.— Todos saben que no la voy a buscar.

Julio no gritó, no se detuvo a discutir con él ni a mandarle miradas resentidas a nadie, simplemente se sacó de encima a su hermano y se fue tan rápido que incluso Martín había visto solo algunos de los colores de su ropa entre ellos y la escalera. La única diferencia en el lugar, antes y después de su huida, era el tambaleo de Manuel cuando lo empujó en el camino. Y el portazo que escucharon unos segundos después.

— Siempre tienes que tratar de ser terrible —suspiró Catalina, mirando hacia el techo como si aún pudiese ver a Julio ahí.

De alguna manera, Martín había esperado que el incidente y la obvia desconfianza de Catalina y Miguel decantaran en una gran confrontación, especialmente luego de la forma en que Julio se había ido. Esperaba gritos y verdades incómodas siendo sacadas a la luz, una tras otra, como una sentencia absoluta.

Eres un traidor. Eres un monstruo.

No es que quisiera verlo, menos ahora que Manuel y él habían cruzado la línea invisible que los separaba. Se habían vuelto algo en ese puente, fuese lo que fuese ese algo, y lo último que quería en ese momento era participar de esa pelea.

De cierta forma, Martín sospechaba que algo era la palabra que mejor describía su relación, desde que se conocieran hasta el punto amorfo en el que estaban parados en ese momento, esperando a que alguien más dijera lo que ambos estaban pensando.

No, no habría querido verlo, pero lo estaba esperando, preparado para defender donde pudiera y ofenderse como correspondiera. Martín tenía experiencia de sobra en ese tipo de peleas, era un talento familiar que le venía de sus tías, todas harpías hambrientas, y su viejo, que nunca sabía cuando dar un paso atrás.

El único problema, si es que se podía llamar un problema, fue que no hubo problema. Manuel rechazó todas las ofertas de ayuda de Catalina y Miguel, que si quería comer, que si le traían un paño para limpiarse la sangre seca de la manga, que si acaso quería un ungüento para disimular la marca que le había dejado el cuchillo. Todas y cada una de sus ofertas habían sido rechazadas con una inclinación de cabeza y una respuesta perfectamente educada y amable. Aunque en Manuel, amable era una palabra alienigena, y solo lo hacía ver más extraño, como si los estuviese acusando cada vez que decía gracias.

Martín sintió en su propio cuerpo el cansancio de Manuel cuando se levantó de la barra, sosteniéndose de la mesa con una mano. Le dijo a Miguel que Julio iba a tener que comer más que de costumbre para saciar el hambre por una o dos noches, y luego empezó a caminar hacia la escalera.

— ¿Manuel? —preguntó Miguel, con el ceño fruncido. Dio un par de pasos hacia él, pero se detuvo cuando Manuel se volteó a mirarlo.

Abrió la boca y la cerró de nuevo, como queriendo decir algo, aunque Martín podía escuchar la duda en su mente como un ruido blanco. La estática de su indecisión y su miedo lo irritaron por algún motivo.

Manuel sonrió de lado, pero el gesto no alcanzó sus ojos.

— No pasa nada Miguel, voy a seguir pagándote por la pieza de Martín.

— ¿Y tú? —preguntó Miguel, apretando las manos a sus costados.

— Me voy ahora.

— ¿Qué vas a hacer? —preguntó Catalina, entrecerrando los ojos.

Manuel no le respondió, solo se encogió de hombros y comenzó a subir los escalones, un paso a la vez, lento como un humano, bajo la atenta mirada de Miguel y Catalina.

Increíblemente, Miguel era el único que se veía realmente dolido.

 


 

 

Martín siguió a Manuel saltándose algunos escalones en la subida, concentrándose en no acelerar demás. No quería usar sus poderes, no para perseguir a Manuel dentro del bar, mucho menos frente a Miguel y Catalina, pero tampoco quería esperar, y la velocidad humana, la misma que había tenido toda su vida, le parecía poco. Muy poco, considerando que ninguno de ellos era un humano de todas maneras.

No había mucho en la habitación de Manuel, a diferencia de Martín, que se había adueñado del espacio con su laptop, los libros y los dvd’s, la habitación en la que Manuel se había estado quedando se veía en perfecto desuso. Lo único que había eran un par de cuadernos y una mochila apoyada en la silla de un escritorio de madera. Martín estaba seguro de que Manuel ni siquiera se había sentado en la cama desde que tomó esa habitación.

Parte de su seguridad tenía que ver con el hecho de que Manuel pasaba casi todo su tiempo con él, en la habitación de al lado, pero aún así.

— No te podés ir así nomás. —dijo, mirando a Manuel recuperar el cargador de celular que tenía conectado detrás de la cama.

El iphone blanco apareció en su mente, las manos de Francisca en torno al aparato y sus uñas sonando contra la pantalla, pero Martín empujó el recuerdo a la fuerza. No estaba ahí, y Manuel no era Francisca.

— ¿Dónde vas a ir? —preguntó, consciente de que su voz sonaba como una queja.— ¿Y por qué me estás dejando acá, boludo? Si vos te vas, yo también.

— El problema no es contigo —respondió Manuel, poniendo los ojos en blanco.— Si nos fueramos los dos, sería un mensaje muy directo.

— ¿Perdón?

— Se supone que el bar es una zona neutral, pero no es cierto —respondió, bajando apenas la voz.— Adán mantiene este lugar, y Miguel lo mantiene al tanto de todo lo que pasa. Si Adán lo manda a recibir a alguien, Miguel tiene que obedecer, y si lo manda a echar a alguien, también. Ese fue el trato que le conseguí cuando recién llegaron. Ahora, imagínate si nos echa a los dos esta noche…

— Pero no nos están echando.

Manuel lo miró en silencio, tenía el ceño fruncido y sus labios estaban tan apretados que parecían una línea sobre la piel blanca de su rostro. Se veía impaciente, y hambriento, aunque Martín tenía la sensación de que esa hambre podía ser por cualquier cosa a esas alturas: sangre, conflicto, gritos, todo era lo mismo probablemente.

— Adán lo hará sonar distinto. Lo usará como excusa para romper el trato —dijo, cerrando los ojos. Respiró profundo, una, dos veces, antes de volver a mirarlo.— Catalina tiene el lugar protegido, si pasa algo, si… Si Francisca viene a buscarte, estás más seguro acá.

— ¿Y vos? —preguntó Martín, acercándose a Manuel con paso lento pero firme— ¿Dónde vas a ir? ¿No te acaban de tender una trampa, boludo?

— Buscaré un lugar. Adán tiene contactos. Además, debería empezar a buscar a Iñigo.

— Creí que no te importaba.

Manuel le sonrió, aunque en ese momento no parecía más que una mueca. Más allá del hambre, verlo así lo hizo pensar en sus primeras noches con Manuel, en las horas de silencio en su antiguo departamento, y las tardes enteras de verlo esconder lo que estaba escribiendo cuando Martín intentaba mirar por encima de su hombro.

— No me importa —le respondió, encogiéndose de hombros.

Martín lo miró moverse por la habitación, guardando lo poco y nada que tenía en la mochila. El cargador del celular, dos cuadernos de espiral, una billetera de cuero y un libro con tapa de cuero y hojas amarillentas que sacó de debajo de la cama.

— La trampa no era para ti —murmuró Martín de pronto, y Manuel se detuvo de golpe.

— No.

— No era una trampa —continuó, un poco más alto.— El objetivo era Julio, pero no querían matarlo…

Manuel dejó la mochila sobre la cama, y se volteó hacia él con la misma expresión neutral que había utilizado para sacar de quicio a Julio apenas unos minutos antes.

— Eligieron a Julio por vos ¿verdad? Era un mensaje —siseó Martín, tentado a golpearlo.— Estabas blufeando abajo, con todo eso de que no te importa. La verdad es que te importa. Te importa un montón boludo.

Manuel no asintió, pero su silencio era más que suficiente. Martín sabía que estaba en lo correcto, lo sabía solo mirando su cara, la lucha de los impulsos en sus ojos, la línea demasiado recta de su espalda, y sus labios cerrados con fuerza, como si eso pudiese detener la respuesta que le estaba dando.

— ¿Por qué no les dijiste?

— No es asunto suyo —siseó Manuel, cerrando la distancia entre ambos con solo dos pasos. Sus manos fueron a parar a los brazos de Martín, apretándolo sin hacer daño, como si intentara imprimir en su cuerpo la importancia de sus palabras— Tú tampoco, no les puedes decir Martín.

Martín se rió, poniendo ambas manos en los antebrazos de Manuel. Podía sentir la tensión de sus músculos, y el frío de su piel colándose a través de la tela como una promesa.

— Por eso nadie confía en vos —dijo, aún risueño frente a la expresión irritada de Manuel.— Debería decirles.

— No lo vas a hacer.

— ¿Ah, no? ¿Y qué me vas a dar a cambio? —preguntó, enseñándole los dientes.

Era una broma, o al menos eso pretendía que fuera, pero Manuel solo suspiró, encogiéndose de hombros. Sus manos se relajaron en torno a los brazos de Martín hasta que lo único que las mantenía ahí era él mismo.

— ¿Qué quieres?

— Quedate a dormir.

La verdad es que Martín estuvo igual de sorprendido que Manuel cuando escuchó su respuesta. Parte de él quería creer que había usado el don de la mente en vez de decirlo, pero era imposible pretender que no se había escuchado a si mismo, y no estaba seguro de que la posibilidad de haberlo pensado en voz alta fuera mucho mejor que haberlo dicho en voz alta. Manuel no tenía suficiente sangre en el cuerpo como para lucir algo más que pálido, pero Martín estaba seguro de que tenía las orejas cada vez más rojas.

— ¡Eso hice cuando tu hermana me mordió! —aclaró, soltándolo.— Si no vas a comer antes de irte, al menos podrías dormir.

— Son las seis de la mañana —respondió Manuel, sonriendo a pesar de sus esfuerzos por evitarlo.— ¿No es un poco temprano para eso?

— No, cállate. Nunca es demasiado temprano para dormir —gruñó Martín, agarrándole la mano.— Además, vos preguntaste que quería. Bueno, esto quiero.

— Ajá.

Manuel se dejó llevar a la cama sin decir nada más, ni siquiera habló cuando Martín empezó a patear la ropa de cama hasta volverla un nido de tela arrugada y almohadas. Lo único que hizo fue encogerse de hombros, dejar la mochila a un lado de la cama y acostarse a un lado de Martín, con el cuerpo perfectamente recto y los ojos clavados en el techo.

— Nunca te vas a dormir así —comentó Martín, apoyándose en el codo para poder mirarlo a la cara.— Parecés cadáver.

— Ha pasado harto tiempo desde la última vez que dormí —respondió Manuel con un suspiro.— No creo que pueda hueón.

— Ni siquiera lo estás intentando. Ven.

Martín lo obligó a ponerse de lado a tirones, hasta que estuvieron frente a frente, apenas lo suficientemente separados para no sentir la respiración del otro en la cara.

— Relájate, y no te apoyes en el brazo boludo, después no lo vas a poder mover.

— No tengo flujo sanguíneo Martín.

— Eso crees vos.

Martín se volvió a acostar bajo la atenta mirada de Manuel, repitiendo el proceso de patear las sabanas y deslizar los pies bajo las tapas, aunque sabía que sus pies no iban a dejar de estar helados.

— Seguís sin intentarlo.

— Cuéntame algo —respondió Manuel, cerrando los ojos.

— ¿Qué sos, un pibe? —preguntó Martín, medio riéndose.— Estás viejo para los cuentos de hadas Manuel.

— De tu vida hueón —gruñó Manuel, sin abrir los ojos.— Háblame de tu vida.

Martín lo miró en silencio, intentando descifrar qué tipo de expresión tendría si estuviesen sentados en la barra del bar, o caminando en la calle. Se preguntó cómo lo habría mirado si hubiese pedido eso antes de que apareciera Victoria, pero no era capáz de imaginarlo, y el Manuel del presente no le dejaba ver nada más que sus párpados.

Pensó en hablarle sobre la noche que conoció a Francisca, o su vida con Constanza, pero ambas cosas sonaban mal en su cabeza. Quizá habrían estado bien antes de esa noche, pero en ese momento lo último que quería era hablar de su ex-novia.

Así que le habló sobre Argentina, y su infancia. Sobre la primera vez que conoció a su familia de Chile, en unas vacaciones que su madre tomó para ir al sur. Le habló sobre su primo Sebastián y las maldades que hicieron durante ese verano en la casona de su tía en Punta Arenas. Manuel se mantuvo callado todo ese tiempo, aunque a veces sonreía en medio de la historia. Nunca abrió los ojos, pero Martín podía sentir su atención en el ambiente, y de vez en cuando, cada vez que pensaba que el vampiro se había quedado dormido, Manuel pasaba uno de sus pies congelados por su pierna y Martín se largaba a hablar de nuevo.

 


 

 

Manuel ya no estaba en la cama cuando Martín despertó a la noche siguiente. No había forma de saber hace cuanto tiempo se había ido, pero afuera ya estaba completamente oscuro cuando Martín corrió las cortinas negras de la habitación. Igual que en su pieza, la ventana de Manuel daba a un pequeño patio interior, donde Miguel había metido tres mesas y un brasero a la fuerza. No había muchas luces, pero cada mesa tenía su propia vela al centro, iluminando apenas los contornos de una pareja al borde.

Lo único que había quedado de Manuel en la habitación era una nota escrita en papel de composición. Estaba escrita en imprenta, con letras pequeñas y angulosas. Martín la revisó por ambos lados antes de convencerse que eso era todo, solo dos líneas y un número de celular que no le servía de nada en ese momento.

«No quise despertarte, perdón.
Te paso a buscar a las 10.»

Martín arrugó el papel en una mano y lo lanzó al cubo de la basura.

El ruido del bar le llegaba como un susurro a través de las paredes, igual que cualquier otra noche. La música era la misma de siempre, una mezcla del indie en inglés que le gustaba a Catalina y la ocasional banda latinoamericana que escuchaba Miguel. Había tantas voces que Martín difícilmente podía distinguir unas de otras: había risas, había gritos, de vez en cuando habían sonidos que Martín no reconocía como humanos, pero todo estaba dentro de lo cotidiano para el bar de Miguel, como si no hubiese pasado nada la noche anterior.

Martín no estaba seguro de querer pretender que no había pasado nada, es más, parte de él aún tenía la idea de que volver a acostarse hasta que Manuel llegara era una opción, pero estaba demasiado ansioso como para hacer eso, y la habitación perfectamente impersonal de Manuel lo sacaba de quicio. Pretender que su situación era distinta siempre había sido más fácil en su propia pieza, o en el bar, donde todos tenían tragedias propias para distraerlo.
Julio estaba esperándolo en el pasillo cuando salió, sentado con la espalda apoyada en la pared y una tablet en las manos. Martín apenas alcanzó a ver los colores en la pantalla antes de que Julio se pusiera de pie, mirándolo con una mezcla de sorpresa y molestia tan sincera que cualquiera diría que era Martín el que había estado esperando fuera de su puerta.

— Pensé que… ¿Ya se fue? —preguntó, visiblemente confundido.

— Supongo —respondió Martín, aprovechando de mirar al otro vampiro de pies a cabeza, buscando inconscientemente las marcas de lo que había pasado la noche anterior.

Sabía que no había nada, la mayoría de las heridas se habían cerrado frente a sus ojos la noche anterior, pero en ese momento aún estaba la sangre y la suciedad, estaba la ropa hecha jirones y las cicatrices emocionales de Miguel y Catalina para mantener la ilusión de que lo que había pasado era real. Hoy solo había un niño frente a él, mirándolo fijo, como si fuera un gato mirando un depredador. No pestañeaba ni desviaba la mirada, pero estaba moviendo las manos en los bolsillos de su polerón.

— ¿Por qué no te fuiste con él?

— ¿A dormir a la calle? —preguntó Martín, intentando ocultar su temperamento con una sonrisa irónica. La verdad es que él mismo se preguntaba por qué no había insistido más en irse con Manuel, pero no era algo que quisiera aceptar frente al otro vampiro.— Ni loco.

Julio no parecía convencido por su respuesta, pero solo sacudió la cabeza, como si intentara quitarse una idea particularmente molesta de la mente. Se veía nervioso, aunque Martín no estaba seguro de cómo es que lo sabía. Tenía más que ver con la sensación del ambiente que con su expresión o sus movimientos, pero estaba ahí, marcando el ir y venir de su conversación.

— No importa. —decidió por fin, rebuscando algo en los bolsillos de su polerón.— ¿Vas a encontrarte con él, verdad? Siempre están juntos.

— No es siempre che —respondió Martín, irritado.— Hay días que ni aparece.

— Si claro, —le cortó Julio, empujando hacia él la agenda que tenía en las manos, como si pudiese obligarlo a tomarla solo con la fuerza de su insistencia.— Dale esto cuando lo veas. Es importante.

— Te dije que no lo veo siempre —gruñó Martín entredientes, mirando la libreta con más desconfianza de la necesaria. No estaba seguro de qué tenía que esperar de Julio luego de lo que había pasado, pero parte de él quería creer que no podía ser tan distinto.

Considerando que Miguel y Catalina eran las únicas personas normales que había conocido después de su muerte, Martín sentía que era perfectamente justificado resistirse al cambio de lealtades. No quería estar en medio de ellos y Manuel, pero tampoco podía darle la espalda al chileno a esas alturas. Y no es que quisiera, no realmente.

El número de vampiros con los que había interactuado desde su transformación era pequeño, y dentro de eso, solo tenía a Victoria, que parecía relativamente peligrosa todo el tiempo, y a Manuel, que lo había llevado a vivir a su cabaña, y había intentado enseñarle a sobrevivir.
El mismo Manuel del cual todo el mundo parecía desconfiar por defecto.

— Siempre te está buscando, obvio que va a venir —alegó Julio, trayéndolo de regreso a la realidad, aunque no parecía haberse dado cuenta de que Martín no estaba escuchándolo en primer lugar.— Ahí escribí lo que pude encontrar sobre Iñigo.

— ¿Todavía querés que la busque? —preguntó Martín alzando la voz, incrédulo. Julio lo calló con un ruido, haciéndole gestos con las manos hacia las escaleras.— Ayer estabas seguro de que Manuel no iba a hacer nada ¿Qué te pasó?

Julio enrojeció, bajando la mirada hasta el piso mientras hacía un movimiento incómodo con los hombros, como si estuviese intentando levantarlos sin moverlos realmente.

— ¿Qué edad dijiste que tenías? —preguntó, casi sin querer, y Julio le lanzó una mirada venenosa, tan parecida a la que le dedicaba a Manuel que Martín no pudo evitar sonreír.— Es broma, es broma. Se lo voy a pasar, pero no te prometo nada. Tu sabés como es.

«No, no lo sé» —lo escuchó decir, aunque Julio no había movido los labios.

El vampiro lo miró confundido, como si él mismo no pudiese entender lo que acababa de pasar. Fueron tan solo unos segundos, pero Martín alcanzó a ver la duda en sus ojos antes de que las paredes volvieran a cerrarse, una tras otra.

— ¿Julio? —murmuró Martín, dando un paso tentativo adelante, solo para ver al otro vampiro dar dos hacia atrás.

— Su sangre me hizo algo —siseó Julio, como si estuviese diciendo un secreto. Bajo, y sin mirarlo directamente.— Me hizo algo. Los poderes… yo nunca… —su voz era apenas un susurro entonces, y sus puños estaban temblando a ambos lados de su cuerpo.

— Oye, está bien. Todos lo tenemos. —respondió Martín, sintiendose ridiculo.

Él, reconfortando a otros sobre el vampirismo. Él, hablando sobre lo que era normal y lo que no en la raza.

Sí, claro. Manuel se habría reído.

— No entiendes, yo nunca los uso —jadeó Julio, cerrando los ojos con fuerza.— Mis poderes no son… No se supone que sean así.

— Tenés que calmarte —pidió Martín, intentando ignorar los pensamientos de Julio yendo y viniendo por su mente como si fueran gritos.— Está bien, Julio, solo tenés que apagarlo.

— ¡Eso intento!

«No puedo. No puedo. No puedo.»

No estaba seguro de qué se supone que tenía que responder a eso, pero aún así abrió la boca, dispuesto a intentarlo al menos. Pensaba decirle cualquier cosa, canalizar a la primera persona reconfortante que se le viniera a la mente quizá, pero la ola de pánico que Julio estaba proyectando lo alcanzó mucho antes de que lograra decidir cómo iba a comenzar. La sensación le recordó un poco al entrenamiento que había hecho con Victoria antes, pero salvaje, sin dirección ni control alguno. Julio no estaba intentando entrar en su mente, ni proyectarle sus pensamientos; no estaba haciendo nada realmente.

Ese era el problema.

— Pará, boludo —siseó Martín, sintiendo como su propio cuerpo intentaba entrar en pánico a pesar de que no tenía motivos para hacerlo. Estaba bien, todo estaba bien, no había razón para el temblor de sus manos ni el nudo en su garganta.— ¡Pará!

Martín lo agarró por los hombros con fuerza, resistiendo apenas el impulso de lanzarlo lejos o sacudirlo hasta que detuviera sus poderes. Sus ojos eran gigantescos en ese momento, brillantes y tan llenos de pensamientos y emociones que Martín no pudo sostenerle la mirada por más de unos segundos. El don de la mente de Julio lo había tomado por sorpresa al comienzo, pero ahora tenía sus defensas, tenía el entrenamiento de Victoria y los consejos de Manuel para no dejarse llevar por los pensamientos ruidosos de Julio, solo tenía que recordarlo.

Recordar que él sí sabía lo que estaba haciendo, por extraño que le pareciera la mayor parte del tiempo.

— ¡No puedo! —gruñó Julio, aunque la rabia parecía estarlo centrando de a poco, como si fuese su versión de meditar. Martín se hubiera reído si no fuera por la amenaza de otro ataque de pánico.— ¿Qué no ves? ¡No se supone que tenga esto! Por eso no cazo, él dijo que si no bebía sangre humana todo iba a estar bien.

— ¿Él?

— ¡Manuel! —siseó Julio— Manuel dijo… Usualmente no soy poderoso —murmuró Julio, cerrando los ojos. Martín lo miró respirar profundo, una, dos, tres veces antes de volver a abrirlos.— Según él es por lo que como.

— ¿La sangre? —preguntó Martín, frunciendo el ceño.

— Está muerta. —respondió Julio, inconsciente de sus propios pensamientos retrayéndose poco a poco.— Según tu novio eso afecta —añadió con una mueca.

Martín lo soltó, y ni siquiera se sintió mal cuando lo vio tambalearse un poco antes de enderezarse, con toda la dignidad que pudo reunir. No era demasiada, no cuando Martín aún podía sentir parte de sus emociones proyectándose en el ambiente, pero decidió no decir nada al respecto.

— La sangre no está viva —respondió Martín, arrugando los labios.— Ah, no puedo creer que me hayas hecho decir eso boludo. Suena estúpido.

Julio le sonrió a medias.

— Lo es. —respondió, encogiéndose de hombros.— Pero es verdad. La sangre que Miguel trae la sacaron hace horas, a veces días, de un montón de cerdos. La congelan y le hacen otras cosas para mantenerla fresca, obvio, pero cuando llega acá no tiene nada ¿La has probado verdad? Tienes que haber notado la diferencia.

— No tiene buen sabor, pero eso no significa…

— No tiene nada —interrumpió Julio, encogiéndose de hombros.— La sangre de Manuel tenía recuerdos —murmuró, mirando rápido hacia la escalera, como si esperara verlo aparecer.— La primera vez… cuando me transformaron, esa igual tenía.

Julio lo estaba mirando con tanta insistencia que Martín solo pudo asentir, apretando inconscientemente la agenda que aún tenía en las manos. El hambre de Julio parecía algo tangible en el aire, y él mismo podía sentirse salivar sólo con la idea de la sensación. Era cierto, a fin de cuentas, ni los conejos ni las bolsas de sangre congelada habían sido capaces de darle eso.

Se preguntó si la sangre de Manuel sería tan distinta, si acaso iba a mejorar sus poderes, o mostrarle su vida, como hubiera pasado con cualquier humano.

— No sé —siseó Martín, forzándose a retraer sus propios colmillos.— Pero no podés bajar así.

Julio suspiró, pasándose ambas manos por la cara.

— Solo pasale la agenda. Por favor.

Martín ya estaba asintiendo antes de haber decidido que quería ayudarlo.

Chapter Text

Manuel lo estaba esperando afuera del bar a las diez con quince minutos, vestido con una chaqueta de cuero y unos jeans ajustados que hicieron sonreír a Martín. Se veía bien, era fácil admitir eso, pero también se veía extraño si lo comparaba en el tipo de ropa que había usado mientras vivían en la cabaña, o la mayor parte del tiempo cuando pasaban las noches leyendo novelas de mal gusto en la habitación del bar.

— ¿Es una cita? —preguntó, incapaz de contener la nota risueña en su voz— Porque cuando invitás a alguien a una cita tenés que decirles, flaco, así funciona.

— No te pongas pesado Martín —alegó Manuel, poniendo los ojos en blanco.— María es exigente con la gente que deja entrar a su casa —añadió, tirando de la chaqueta, como si intentase cubrirse más.— Dice que tiene que mantener la reputación en el barrio.

— ¿Y yo, boludo? —alegó Martín, señalándose con un gesto dramático.— Pudiste haberme dicho.

Manuel sonrió apenas, mirándolo por el rabillo del ojo. Tenía las manos hundidas en los bolsillos de la chaqueta, pero iban lo suficientemente juntos como para que Martín pudiese sentir sus hombros rozarse de vez en cuando.

— Tú siempre estás bien, hueón —respondió Manuel con tono aburrido, encogiéndose de hombros.

Martín se río, sorprendido del calor que se había acumulado en su rostro. Estaba acostumbrado a los cumplidos, siempre lo había estado, pero esto se sentía distinto, especial por el mero hecho de ser Manuel, o quizá porque su máscara de indiferencia estaba tan forzada que Martín podía ver perfectamente las grietas en el acto.

Quizá era simplemente el hecho de que había pasado demasiado tiempo desde la ultima vez que se había sentido tan humano.

— Verdad —respondió unos segundos después, encogiéndose de hombros. Manuel enarco una ceja, pero no dijo nada, y de todas formas, su intento de desinterés se perdía cada vez que Martín veía el asomo de una sonrisa en sus labios.

El camino hacia el aquelarre era una serie de zig zags por calles que Martín no había visto nunca en sus años viviendo en Santiago. Parte de él tenía la sensación de que Manuel estaba haciendo trampa, intentando desorientarlo con todas esas vueltas. A él, o alguien más, Martín ya no estaba seguro de qué tenía que esperar, y tampoco quiso preguntar.

Estaban en la esquina de una calle sin letrero cuando Manuel lo detuvo, tomando su codo con fuerza.

— ¿Manuel?

— Martín, escúchame... No te confies solo porque crees que las conoces. Entrar en el Aquelarre no es lo mismo que verlas de vez en cuando en el bar —murmuró Manuel, apenas audible por encima de los sonidos naturales de la calle.— No aceptes nada de ellas. Y no uses el don de la mente mientras estemos ahí. Ninguno de tus poderes, si puedes evitarlo. 

— ¿Pensé que estaban de nuestro lado? —preguntó Martín frunciendo el ceño.

— Usualmente —respondió Manuel, encogiéndose de hombros.— Pero eso no significa que no puedan hacer daño. O escuchar cosas que no deberían. Solo… No las dejes jugar contigo.

Manuel retomó la caminata, doblando la esquina hacia una calle sin salida, apenas iluminada por dos faroles de luz naranja. Martín lo siguió, hundiendo sus propias manos en los bolsillos del polerón, en un intento por ocultar los nervios que tenía ahora.

— No me asustas Manuel —siseó entre dientes.— Ya sé que no querías traerme, pero no es motivo para ponerte dramático, boludo. 

— No estoy…

La luz de la casa frente a ellos se prendió de repente, iluminando sus caras y buena parte de la calle. Martín resistió a duras penas el impulso de echarse hacia atrás, y considerando todo lo que había pasado últimamente, lo consideró una victoria. Parte de su control tenía que ver con el hecho de que Manuel seguía perfectamente rígido a su lado, con los ojos clavados en la silueta de alguien más allá de la luz, pero nadie necesitaba saber eso.

— Estábamos a punto de llamarte —dijo la mujer, sonriendoles desde el otro lado de la reja.— Llegas tarde, Manuel.

Martín la reconocía del bar, pero apenas, porque lo que él recordaba era una de las mujeres más ruidosas del grupo de María; la que siempre pedía vodka con jugo de naranja, y siempre pegaba demasiado fuerte cuando intentaba darles palmadas en la espalda o empujones al resto de sus amigas.

La que tenía en frente era exactamente igual, por supuesto, pero había algo distinto en la forma en que se paraba, en el aire de confianza y poder que exudaba cuando les abrió la reja, o quizá era simplemente el hecho de que estando frente a la casona, no había forma en que Martín pudiese ignorar lo que era.

— ¿En serio Agnes? —preguntó Manuel, alzando ambas cejas con falsa inocencia.— ¿No sabían que iba a llegar tarde?

La mujer bufó, incapaz de contener la sonrisa cuando se inclinó a saludarlo con un beso en la mejilla. Manuel le ofreció una sonrisa propia, como si todo eso fuera un intercambio común, y para todo lo que sabía Martín respecto al aquelarre, podía serlo.

— Sabes que si. También vimos que traías compañía, aunque la mami no nos dijo quién era. —respondió, ofreciéndole una sonrisa amable a Martín.— Pasen, pasen. María los está esperando.

 


 

 

La casa estaba llena de luces y vida por dentro, nada parecía estar realmente quieto entre las mujeres que vivían ahí y los adornos de las paredes y las mesas. Había encantos colgando en todas partes, y todas las mesas tenían al menos una vela, aunque ninguna estaba encendida esa noche. Martín se preguntó si era por ellos, pero no quiso decirlo en voz alta, y de todas formas, entre esquivar a las mujeres y niñas que iban y venían por los pasillos, y seguir a Manuel, no tenía tiempo para preguntar nada. No era exactamente lo que hubiera imaginado de un aquelarre, pero a estas alturas Martín ya estaba acostumbrado a suponer mal respecto a lo sobrenatural.

Ni siquiera estaba realmente sorprendido de comprobar que las mujeres que reconocía del bar eran la minoría entre todas las que vio durante el trayecto hasta el comedor donde María los estaba esperando.

El comedor estaba vacío, a excepción de María y una mujer mayor, con la piel morena llena de arrugas y tantos colgantes, que tintineaba cada vez que se movía. Frente a ellas había cuatro tazas y un plato de pan, con varios frascos de mermelada al rededor.

— Ya era hora —suspiró María, dedicándoles una mirada irritada por encima del hombro.— Perdón mami, pero tengo que irme.

— Si sé, niña, si sé —respondió la señora, moviendo las manos llenas de anillos como si estuviese espantando moscas.— Llévate al fiambre, sus malas energías van a poner agrio el té.

María le ofreció una sonrisa al vampiro antes de levantarse. No era un gesto particularmente malicioso, pero la risa de Agnes en el pasillo arruinaba cualquier tipo de neutralidad en esa sonrisa.

— ¿Fiambre? —preguntó Martín en un susurro, apenas conteniendo la risa, incluso después de recibir la mirada irritada de Manuel.

Estaban a medio camino de la puerta cuando la voz de la anciana volvió a llamarlos. Martín esperaba que Manuel siguiera caminando después de ese recibimiento, pero el vampiro se detuvo de inmediato, todo el cuerpo tenso a pesar de que su rostro se veía tan neutral como siempre.

— ¿Qué pasa, señora Carmen? —murmuró Manuel, claramente reticente.

— No necesitas al joven para esto, ¿o si? Deja que se quede conmigo a tomar el té.

— No.

María y Agnes parecían sorprendidas por la respuesta, pero Carmen simplemente le sonrió. Sus ojos, que parecían apenas dos líneas a causa de la sonrisa, y estaban manchados de blanco por las cataratas, estaban clavados directamente sobre los de Martín. No estaba seguro de qué tanto lo veía, pero la anciana le ofreció una sonrisa llena de dientes blancos, probablemente falsos, antes de inclinar la cabeza hacia una de las sillas vacías.

— Ya te estás llevando a mi sobrina, Manuel, podrías dejarme a tu compañero al menos para tomar el té.

— Perdone, pero no puedo dejarlo.

— Igual no iba a poder entrar a la reunión con nosotros Manuel, deja que se quede acá —interrumpió María, tomándole el brazo a Manuel.— No hay tiempo para esto.

— No, María, no lo voy a dejar acá —alegó el vampiro, arrastrando el nombre de la bruja, aunque no estaba resistiéndose a sus tirones, no realmente.— Con todo respeto, señora Carmen…

— ¿No debería preguntarme a mi? —interrumpió Martín, alzando la voz por encima de la queja de Manuel.

La mujer se rió, alto y claro por encima de todas las demás voces. Tanto María como Manuel parecían aturdidos por la interrupción, y Agnes claramente no sabía si reírse o recriminarlo por la falta de respeto. Carmen inclinó su cabeza, haciendo sonar los aros y los collares que tenía encima.

— Perdone ‘mijo —respondió, aún sonriente.— ¿Quiere quedarse a tomar el té?

Manuel no le dijo nada, y tampoco proyectó sus pensamientos en su cabeza, pero aún así bastó con una simple mirada para que Martín supiera lo que quería que hiciera.

— Está bien —respondió encogiéndose de hombros, y esforzándose por no sonreír cuando escuchó a Manuel tomar aire detrás de él.

La mujer le sonrió, señalando una de las sillas que María no había estado usando. Martín la obedeció sin mirar atrás, intentando imaginar la expresión de Manuel. En su cabeza podía verlo entrecerrando los ojos, quizá apretando los labios hasta volverlos una línea blanca.

Quizá perfectamente neutral, como le gustaba parecer frente a todo el mundo.

— Bueno —lo escuchó decir después de un rato.— Nos vemos más tarde entonces, señora Carmen.

Manuel no dio un portazo cuando salió del comedor, pero Martín tenía la sensación de que eso tenía más que ver con el hecho de que él no había cerrado la puerta que con sus intenciones. Unos segundos después, la charla incesante de María se iba alejando por el pasillo, y la anciana, que lo había estado mirando todo ese rato, se rió entre dientes, empujando el plato de pasteles hacia Martín.

— Pensé que ya no iba a poder conocerte —explicó, ofreciéndole una sonrisa.— María me había hablado de ti, pero tenía que verlo por mi misma.

— ¿El qué? —preguntó Martín, frunciendo el ceño. Se había quedado porque no estaba dispuesto a esperar en algún pasillo a que María y Manuel terminaran su dichosa reunión, pero no esperaba mucho más que una taza de té por las molestias.

Ciertamente no esperaba la seriedad con la que Carmen lo miraba.

— Manuel es difícil de conocer —respondió, encogiéndose de hombros.— Llevamos años tratando con él, pero nunca lo he escuchado hablar de si mismo, y a excepción del niño en el bar, nunca habla con los de su propia especie… Ah, pero come algo, anda, sirvete. María dice que aún comes como nosotros.

Carmen empujó el plato de pasteles una segunda vez, casi sin moverlo.

Martín pensó en Manuel y sus advertencias mientras tomaba un trozo de bizcocho, y a duras penas contuvo las ganas de intentar escucharlo con el don de la mente. La casa era grande, pero no tanto como para que Manuel no pudiese escucharlo si realmente lo intentaba, fueran cuales fueran sus instrucciones, no creía que lo hubiera dejado realmente solo.

La vieja se rió fuerte, tomando una magdalena del plato y llenándola de una mermelada roja brillante hasta que estaba escurriendo por los lados. Olía a fresa y algo más, anís, quizá; Martín nunca le había prestado mucha atención a la cocina.

— Veo que la desconfianza se pega entre los suyos —dijo Carmen, aún risueña. Sus ojos parecían estar brillando de placer cuando Martín volvió la vista hacia ella.— No tengas miedo Martín, no te voy a hacer nada.

— No le tengo miedo.

— ¿Oh?

— No quiero ofenderla, pero qué me va a hacer —respondió, encogiéndose de hombros.— Ya estoy muerto. Y, bueno, toda esta casa es más como una tienda de chucherías que la guarida de una armada de brujas sedientas de sangre. Me cuesta imaginarla haciéndome algo.

— Ah, pero no todo lo que se ve inofensivo lo es —comentó la señora, arqueando las cejas con una sonrisa traicionera.

— No, si eso lo sé señora —bufó, encogiéndose de hombros.— Así fue como terminé acá.

Carmen asintió satisfecha, aunque Martín tenía la sensación que era más para si misma que para él, y estiró una mano llena de arrugas hasta su taza. Manuel había dicho que no aceptara nada comestible, pero Martín le alargó el plato y la taza de todas maneras. Cuando le preguntó que iba a querer, dejó que le hiciera una taza de té con una flor adentro, parecida a la que María usaba en el pelo ese día, y le echó tres cucharadas de azúcar mientras la oía hablar de la vida que habían hecho para si mismas en Santiago.

No era exactamente lo que había esperado de ese día, pero era difícil no dejarse llevar por la anciana y su largo hilo de historias. Nunca había tenido una relación con sus abuelas, la madre de su madre no vivía en Argentina cuando él nació, y la de su padre ya llevaba varios años muerta para ese entonces, pero Martín imaginaba que habría sido algo como esto, si hubiera tenido la oportunidad de conocerlas.

Carmen jamás terminaba sus historias, en vez de eso, iba saltando de una rama en la otra, como si fuera olvidándolo todo cada cinco minutos, llena de tanta vida que a Martín se le hacía difíciles imaginarla de otra forma. Entre su voz, y el eterno ir y venir de pasteles y mermeladas caseras con más especias de las que podía nombrar, Martín casi podía olvidar cómo había llegado a esa casa en primer lugar.

— Es una lástima que nadie te encontrara antes —comentó Carmen de pronto, trayéndolo de regreso al presente y a su segunda taza de té, aparentemente.— No sé en que habrá estado pensando Manuel cuando te transformó. Él me ha traído aprendices antes, ¿sabes? Si hubieras sido mujer, podría haberte traído.

— ¿Perdón?

— Oh, hijo, son las tradiciones —respondió Carmen, poniendo los ojos en blanco.— Hay aquelarres mixtos, por supuesto, pero siguen otras raíces y nosotras venimos de una casa muy antigua. No es nada personal, Dios sabe que muchas de las niñas estarían felices de hacer espacio para un brujo o dos, pero no es tan fácil.

— Lo siento señora pero…

— Carmen, ‘mijo, dime Carmen.

— No sé de qué está hablando —alegó Martín atropelladamente, como si hubiera estado aguantando la respiración todo ese tiempo. Se pasó una mano inquieta por el pelo, solo para tener algo que hacer, y la anciana le sonrió, alzando ambas cejas.

Las arrugas de su cara parecían haber aumentado, y sus ojos se veían más lúcidos que nunca, pero seguía siendo la misma anciana del comienzo. Y él seguía siendo el mismo, aunque tuviera ganas de tocarse la cara y verse al espejo, solo para asegurarse de que ninguna de esas líneas existía en su piel.

— Yo creo que si lo sabes Martín. — murmuró, empujando su taza hacia un lado.— Manuel nunca ha tenido talento, eso se nota. Pero su ansia por aprender lo ha dejado acceder a ciertos aspectos de nuestro arte que la mayoría de los de tu clase jamás llegan a entender. Tiene un hambre especial, ese hombre, nunca está satisfecho. Igual que tú.

Martín la vio despejar la mesa metódicamente mientras hablaba. Los frascos de mermelada y los pastelitos habían quedado a un lado, y en su lugar, había un paquetito de tela, lleno con cartas parecidas a las que le había visto antes a María.

— Todas las brujas en nuestro aquelarre aprenden una forma de adivinación —comentó la vieja, revolviendo las cartas sin mirar.— Algunas tienen afinidad con las hojas de té, o con el humo del jazmín. A mi me hubiera gustado leer las palmas, ¿sabes? No necesitaría nada más que mis ojos y unas manos, pero todas las brujas de mi familia leen las cartas… Y yo también.

— Manuel nunca tiene hambre —interrumpió Martín, intentando volver a conectar su mirada con la de la vieja.— Cuando recién comencé a cazar… Yo, bueno, yo me muero de hambre señora — confesó, mirándose las manos. Usualmente le recordaban a los guantes de su madre, y las cremas que se ponía para evitar las arrugas, pero esa noche tenía la sensación de que eran tiza, o piedra, como las de Manuel.— Manuel… él nunca pierde el control. Nunca tiene hambre. No lo he visto matar a nadie aún.

— ¿De qué crees que vives niño? ¿Sólo la sangre?

Carmen se rió, empujando las cartas hacia él.

— Todos los vampiros viven muriéndose de hambre. Algunos intentan saciarse con sangre, otros con poder, pero nunca nada es suficiente. —Carmen lo miró de arriba a abajo, ladeando apenas la cabeza.— En mi familia había leyendas, decían que la ambición los mantenía en la tierra, pero no creo que eso aplique a ti, Martín.

— ¿Y a Manuel si? El flaco vive en una choza —respondió Martín, soltando un bufido incrédulo que le arrancó otra risa a Carmen.

— No todas las ambiciones tienen que ver con lo material, Martín. Cuando Manuel trabaja para nosotras, le pagamos en libros, y jamás ha sido poco para él. —respondió Carmen, encogiéndose de hombros.— Ah, pero parte las cartas, que ya no nos queda mucho tiempo.

Martín puso la mano sobre las cartas, pero no separó el mazo.

— ¿Podría haber sido como ustedes, verdad? — preguntó, entrecerrando los ojos.— Si no me hubieran mordido.

Carmen le ofreció una sonrisa amable, poniendo su mano llena de anillos encima de la suya. Se sentía cálida, y Martín sintió un cosquilleo subirle por el brazo, desde la punta de los dedos hasta la nuca. Se sentía como si hubiese tenido dormido el brazo durante todo ese tiempo

Como si hubiese sangre real circulando por su cuerpo, y recién ahora se hubiese dado cuenta.

— Quizá si hubieras sabido usar tus dones antes de morir habrías mantenido algo de magia contigo luego de transformación, pero ya es demasiado tarde —suspiró Carmen, apretándole la mano.— ¿Quién fue realmente Martín?

— ¿Qué?

Los ojos de Carmen estaban brillando. No era lo que Martín hubiera imaginado en realidad, aunque siendo justos, la mayoría de sus expectativas imaginarias venían de las películas. La luz era más un reflejo de blanco que un destello, y Martín tenía la sensación de que si no la hubiera estado mirando con tanta atención, probablemente ni siquiera lo habría visto.

— ¿Quién te mordió?

Quería salir de ahí, pero todos sus músculos parecían estar trabados, rigidos como una piedra. Se preguntó si había sido la comida o la bebida que había aceptado, o si simplemente era el poder de Carmen, que probablemente había estado jugando con él desde un comienzo.

Con ellos.

Teniendo eso en cuenta, ni siquiera pudo sorprenderse adecuadamente cuando escuchó la voz de Manuel en su cabeza. No podía decir que tuviera un tono en especifico, pero la sensación de urgencia estaba ahí, como una luz roja al costado de su vista.

«Tenemos que irnos ahora.» 

— Manuel —jadeó, cerrando los ojos con fuerza.

El brazo aún le hormigueaba cuando la anciana lo soltó.

 


 

 

Trató de no salir corriendo de la habitación, pero no estaba seguro de haberlo logrado. Todo su cuerpo parecía un resorte, perfectamente tensado para salir volando en cualquier dirección, lleno de tanta energía nerviosa que Martín casi podía creer que tenía calor.

Carmen no se había levantado de su silla, ni siquiera había intentado detener a Martín cuando le dio sus excusas, pero si lo había convencido de cortar las cartas antes.

Le pidió que eligiera, y Martín obedeció, porque a esas alturas no le quedaba mucho más por hacer. Sus pies aún estaban pegados al piso, y los ojos blanquecinos de Carmen aún estaban clavados en él, como si fuera una presa. El emperador fue la primera y única carta que Martín la vio voltear antes de lograr irse.

Manuel ya estaba en el pasillo cuando Martín cerró la puerta tras de si, desplazándose a una velocidad que usualmente solo reservaba para el bosque.

— ¿Qué pasó?

— Tenemos que irnos. —respondió Manuel, tomándolo del brazo.

No sabía qué le había hecho la anciana, pero aún podía sentir el hormigueo en su piel si se concentraba lo suficiente, y por primera vez en meses, estaba realmente consciente del frío sobrenatural que exudaba la piel de Manuel a través de las capas de ropa.

— ¿Pero por qué? —alegó, aunque no opuso resistencia cuando Manuel comenzó a avanzar.— ¿Qué bicho te picó ahora?

— No hay tiempo, te explico después…

— ¡Van a matarla, Manuel!

Martín no alcanzó a pensarlo siquiera antes de zafarse del agarre de Manuel, mirando a la bruja por encima de su hombro.

— ¡Sabes que es cierto! -gritó María con lo que le quedaba de aliento, apoyando el costado de su hombro en la pared.— Si te vas ahora será tu culpa.

Todas las veces que había visto a María antes de esa noche, la había visto perfecta. No es que Martín creyera que era perfecta, a fin de cuentas, su propia madre había sido así durante toda su infancia: era una proyección de todo lo que ella quería ser y lo que los demás querían que fuera, sin grietas ni rayones visibles.

La única vez que había podido ver a su madre fuera de ese papel fue cuando le contó que su padre había muerto. No durante el funeral, no durante las siguientes semanas, sino que una sola tarde de verano. Habían almorzado hace dos horas, Martín recordaba haber estado jugando afuera cuando su madre lo llamó.

Mucho antes de las explicaciones y las promesas, Martín había sentido la primera lágrima caer en su pelo, como las primeras gotas de agua en una llovizna.

María no estaba llorando exáctamente, pero tenía los ojos brillantes, y la cara roja por el esfuerzo. O quizá por la rabia, Martín no podía decirlo con seguridad.

— Teníamos un trato —siseó María, y junto a su voz fueron apareciendo el resto de las miradas en el aquelarre. Brujas que Martín no conocía, y otras que si, todas asomándose a ver que estaba pasando.

El rumor de sus voces llenó todos los espacios sobrantes, hasta que a Martín le pareció estar atrapado entre las dos paredes.

— Yo no la mordí. —respondió Manuel entre dientes. Apenas había movido los labios para hablar, pero era evidente que sus colmillos estaban afuera.— No puedo responsabilizarme por algo que no hice.

— Abandonarla es peor. Tú conoces la ley mejor que ninguna de nosotras. Cualquier vampiro transformado sin permiso del príncipe será ejecutado junto a su creador. —recitó, avanzando hacia ellos— Aquí no hay ningún creador, y la atacaron dentro de nuestro territorio, pero a Adán no le importa eso. Solo quiere una excusa para entrar.

— ¿Quién fue? —preguntó Martín, buscando una respuesta entre todas las caras que los estaban mirando.

No conocía a todo el aquelarre, pero aún así se encontró esperando poder descubrirlo por si mismo. Había algo extrañamente personal en estar ahí, en ver las caras de sorpresa de algunas de las brujas a su alrededor, y la culpa en los rostros de las que ya sabían la respuesta.

— ¿Manuel?

— Se llama Lucía. Pero no la conocerías, es demasiado joven para ir al bar —respondió María con una sonrisa mordaz.— Ah, pero Manuel si que la conoce, ¿verdad? Solo han pasado dos años desde que la trajo aquí. Cuéntale Manuel, así va a saber qué puede esperar de ti más adelante.

— No lo entiendes —suspiró Manuel, ignorando el bufido incrédulo de María.— No voy a poder ayudarla si me ejecutan a mi también. Soy el único contacto que tienen con la corte, y ahora estoy aquí mientras están infringiendo su ley ¿Qué crees que van a pensar?

— Lucía predijo su propia muerte Manuel —siseó María, sin apenas mover los labios.— Tiene diesciciete y predijo su propia muerte. Si Adán la saca de aquí, no va a volver.

Manuel suspiró, volteandose hacia Martín. La angustia era evidente en sus ojos, y todo su cuerpo estaba tenso, como si una parte de él aún estuviese pensando en pelear, pero todo eso se deshizo cuando sus ojos se encontraron.
No se volvió a mirar a María para hablar, a fin de cuentas, no estaba hablando con ella. No era a ella a la que estaba intentando convencer en ese momento.

— Adán debe venir en camino. No podemos hacer nada desde aquí.

No había nada neutral respecto a su voz o a su cara, quizá esa fue la razón de que Martín le creyera con tanta facilidad, o quizá era simplemente la costumbre a esas alturas. Parecía rídiculo si lo pensaba demasiado, pero en medio del caos que habían sido los últimos meses, Manuel había sido la única constante de su vida, y cada vez le costaba más recordarse todas las advertencias que había escuchado sobre él.

María dio un par de pasos adelante, como si fuera a continuar la discusión con algo más físico, quizá una cachetada, quizá un hechizo, Martín no tenía la más mínima idea, pero había algo inherentemente violento en el ruido de sus tacones golpeando el piso de madera.

Manuel se puso frente a él en un pestañeo, aunque tenía los brazos perfectamente rectos los costados. Sus puños estaban cerrados, pero Martín alcanzó a ver sus pupilas dilatarse y el bulto de sus colmillos empujando su labio superior.
Estaba alerta. Probablemente listo para defenderse contra el Aquelarre entero, pero no iba a hacerlo, Martín estaba seguro de eso al menos.

— ¡María! —escuchó gritar a Agnes, justo al mismo tiempo que María tomaba a Manuel por el cuello de la camisa.— ¡María! ¡Están deshabilitando las defensas!

— ¿Les dijiste? —siseó María, a centímetros de la cara de Manuel.

Sus ojos estaban brillando, justo como los de Carmen hace unos minutos atrás.

— Sabes que no —respondió Manuel, poniendo sus manos sobre las de María. Al lado de ella, el blanco de su piel se veía más antinatural que de costumbre, como una estatua cobrando vida.— Tiene que haberlo sabido antes. Adán tiene ojos en todas partes, no sé por qué no actuó antes pero…

María lo soltó sin que Manuel tuviese que hacer ningún esfuerzo. Parecía más confundida que molesta, y Martín tuvo la sensación de que podría haberse caído si no fuera por las manos de Manuel en las suyas.

— Estaba esperando a que vinieran —suspiró, como si se le hubiese ido el aire.— Mierda, mierda, mierda.

Manuel le soltó las manos como si se hubiese quemado. Martín inmediatamente pensó en los conejos que cazaba cuando aún estaban en la madriguera, en la sensación que dejaba la sangre en su cuerpo y el golpeteo errático de su pulso. Demasiado rápido al comienzo, demasiado lento hacia el final.

Sus ojos se encontraron en medio del caos que era María dándole ordenes a las brujas que tenían alrededor. Subir a las más jóvenes, aumentar las defensas en la habitación de Lucía, pelear si podían. Eran un mar de palabras y movimiento, pero muy poco de eso tenía sentido para Martín en ese momento, y a juzgar por la cara de Manuel, tampoco tenía sentido para él.

En su cabeza apareció una imagen del aquelarre, de todas las mujeres que había ahí secas en el piso. Ni una gota de sangre, dentro o fuera de sus cuerpos.

Vio a Carmen, con los ojos perfectamente blancos en su comedor, y una taza de té humeando frente a ella.

Al comienzo pensó que había sido él mismo, pero los sentimientos que iban con la imagen lo convencieron de que no podía ser. Las quería, por supuesto, al menos podía decir que conocía a algunas de ellas, pero el sufrimiento, el miedo absoluto a perder ese lugar era demasiado para ser suyo.

Manuel bajó la vista de golpe, volviendo su atención a María. El contacto estaba roto, pero Martín casi podía sentir la vergüenza emanando de su cuerpo, la línea tensa de sus hombros terminando de proyectar el resto de sus emociones a cualquier persona que estuviese prestando atención.

— No pueden pelear. —dijo, tomando a María por el brazo. Algunas de las brujas se detuvieron a mirarlos. Estaban esperando que la pelea volviese a empezar, solo que, a juzgar por la mirada que le dirigían a Manuel, esta vez pretendían tomar cartas en el asunto.

Martín avanzó hacia ellos, entrecerrando los ojos. Podía escuchar el rumor de voces a unos metros de ellos. No era una canción específicamente, pero había un ritmo en las sílabas. No sabía si eran palabras, pero María y las dos brujas que quedaban ahí parecían entenderlas.

— Por favor, no van a ganar.

— No se la voy a entregar a ese cabrón —respondió María, soltándose de Manuel.— Ya intentamos la diplomacia y no funcionó.

— No viene solo. La única que puede estar rompiendo tus defensas es Itzel, y si viene ella…

— No seas tonto —se rió María, ofreciéndole una sonrisa. Era hermosa, Martín siempre la había visto así, pero en ese momento era mucho más que solo sus ojos, o la curva de sus labios. Era la decisión con la que los estaba mirando.— Tu eres el único que va solo a una pelea.

— Manuel —siseó Martín, mirando al rededor.— Tú mismo dijiste che, tenemos que irnos.

No le tenía miedo a Adán. Al menos no creía tenerlo, pero había algo más en la casa, algo en la voz de las mujeres y el mismísimo aire que lo hacían sentirse como un ratón enjaulado. Los muros parecían estar vibrando al son del canto, y había una sensación de urgencia en el aire, no estaba seguro de qué era, pero la ansiedad le venía en oleadas a medida iba aumentando el volumen de los susurros.

Manuel lo miró confundido, y luego miró a María, que estaba sonriendo como si acabase de ganar un premio, en vez de estar a punto de provocar una guerra.

— Tienes buen instinto —dijo, empujando a Manuel hacia él.— Estás liberado de tus responsabilidades con este aquelarre Manuel.

— Espera, María…

— De verdad boludo, tenemos que salir. —siseó Martín, tirándolo del brazo.— ¿No lo escuchas?

— Salgan por atrás —interrumpió María, dándole un ultimo empujón a Manuel.— El canto está a punto de terminar.

Martín no esperó a ver si Manuel iba a intentar resistirse otra vez; lo tomó de la mano y comenzó a correr como si estuvieran de regreso en el bosque.

 


 

 

Martín siguió corriendo hasta que ya no podía escuchar el cántico del aquelarre. No había vuelto a tener contacto con la mente de Manuel, y el vampiro tampoco había hablado desde que salieran de la casa, pero aún así no podía sacarse de la cabeza la visión de Manuel.

Habían escapado, si, pero no tenía la más mínima idea de cual podría ser el precio.

Manuel no se había resistido a seguirlo, pero había bastado que se detuvieran para que el vampiro se soltara de su mano, mirando hacia atrás como si esperara ver algo de la pelea. Martín supuso que quizá podía, a fin de cuentas, no tenía parámetros de referencia para algo así. Con lo que él sabía respecto a lo sobrenatural, era tan posible que fuera una explosión como que no fuese nada que un humano pudiese ver.

No tenía idea de qué hora era, pero el parque en el que se habían detenido estaba completamente desierto, las únicas luces venían de un par de faroles en los extremos, y el único sonido era el viento revolviendo las hojas de los arboles a su alrededor. Quizá hubiera sido agradable, quizá habría sido una buena forma de pasar la noche, si tan solo no hubieran ido al Aquelarre.

— ¿Qué hacemos ahora? —preguntó Martín, caminando de un lado para otro.— ¿Deberíamos buscar a Victoria?

— ¿Qué escuchaste? —preguntó Manuel a modo de respuesta, mirandolo con el ceño fruncido. Tenía el pelo revuelto, pero eso era todo el rastro que había dejado la huída en él.

Martín estaba seguro de que él también se veía igual que cuando había salido del bar, pero parecía inadecuado en ese momento. Ese tipo de cosas, todas las cosas increíbles que le habían pasado desde que conoció a Francisca, deberían dejar marcas físicas, para que pudiera saber que eran ciertas incluso luego de vivirlas, sin embargo, nada dejaba marca en ese mundo. Ni en él, ni en Manuel.

Ni siquiera en Julio, que había estado roto sobre una mesa en el bar de su hermano.

— ¿Qué?

— En el Aquelarre, —respondió Manuel, claramente incómodo.— Me preguntaste si no escuchaba —añadió, bajando la vista.— No escuché nada.

— ¿Y qué?

Martín frunció el ceño, confundido. Estaba seguro de que había mil cosas más importantes en las que concentrarse en ese momento, pero Manuel simplemente se quedó callado, esperando una respuesta. Más allá, metros más allá, estaban Adán y María, pero Manuel no parecía estar dispuesto a hacer nada al respecto. No en ese momento al menos.

Se preguntó si esa era la razón de que Manuel se hubiese dejado llevar sin oponer resistencia. Si se hubiesen quedado ahí si no lo mencionaba. Casí podía escuchar la voz de Carmen en su cabeza, marcada por una risa perpetua, hablando sobre el hambre de Manuel.

— Estaban cantando —respondió, encogiendose de hombros.— No entendí qué decían, pero se sentía extraño.

— ¿Cómo? —preguntó Manuel, con más urgencia que antes.— ¿Qué sentiste?

— No sé boludo —dijo, echandose hacia atrás.

— ¿Cómo no sabes, hueón? ¡Nos sacaste de ahí por eso!

— Raro, Manuel —alegó Martín, extendiendo los brazos.— No sé como explicartelo, era como en las películas de terror.

— ¿Qué?

— Cuando empiezan a subir el volúmen y vos te ponés nervioso porque sabés que va a pasar algo —respondió Martín, cerrando los ojos en un intento por recrear la sensación en su cabeza, aunque ahí, en medio del olor a pasto húmedo del parque, y el viento helado revolviendole el pelo, no tenía mucho sentido para él tampoco.

Manuel frunció el ceño, claramente incapáz de entender la referencia. Parecía querer decir más, Martín estaba seguro de que tenía una lista de cosas que decir y preguntar, pero finalmente se rindió, volteandose de nuevo al camino por el que habían venido.

— ¿Vas a ayudarla?

Manuel no respondió, tampoco se volteó a mirarlo, solo se quedó quieto, perdido en alguna fantasía sobre lo que estaba pasando probablemente. El cielo aún estaba oscuro, y Martín no podía escuchar gritos, ni ninguna señal del apocalipsis sobrenatural que había imaginado cuando sacó a Manuel de la casa, pero eso no significaba que no estuviera pasando nada.

Quizá el vampiro podía ver más allá de los árboles y las casas que los separaban de la pelea.

— ¿Manuel?

— Adán va a acusarme de tener intereses en el aquelarre.

— Qué querés hacer entonces ¿irte? —preguntó Martín, mirandolo de reojo.— María te dio el pase libre ¿verdad? No creo que espere más de ti.

No estaba intentando increparlo, o al menos no era lo que había pretendido originalmente, pero sus palabras hicieron que Manuel lo mirara, claramente herido. No fueron más de dos segundos, pero Martín había alcanzado a verlo, había alcanzado a escuchar el silvido de su respiración, y había visto la forma en que su cuerpo se había tensado, de pies a cabeza, como un gatillo listo para soltarse.

— Lucía tiene clarividencia. —comentó Manuel de pronto, desviando la mirada de regreso a la calle—Todas las brujas del aquelarre aprenden a hacer predicciones, pero ella es la única que ve todas las posibilidades al mismo tiempo. No necesita cartas, ni tabaco, ni té. Solo tiene las visiones, según ella es como si se acordara de algo, solo que ese algo es lo que va a pasar, no lo que ya pasó. Busqué por todos lados cuando la conocí, pero no había mucho documentado sobre su don —continuó, encogiendose de hombros.— Estabamos compilando un estudio sobre sus poderes antes de que la transformaran.

Martín estaba considerando la posibilidad de que Manuel estuviese en shock, de que quizá iba a tener que golpearlo antes de conseguir que volviera a la realidad, cuando sus palabras comenzaron a tener sentido en su cabeza.
Cuando niño, siempre le habían gustado las novelas de misterios, pero jamás había sido muy bueno en descubrir al asesino. No porque le faltara atención, o porque no entendiera lo que estaba leyendo, sino porque, al momento de revelar los motivos, nunca nadie parecía tener sentido para él.

La vida como vampiro era un poco así, a decir verdad.

— Ella sabía que Adán iba a ir hoy —murmuró, bajito, como si decirlo en voz alta fuera a romper la burbuja que se había creado alrededor de ellos dos.

— Le dijo a María que tenía un mensaje para mi, que era urgente… —asintió Manuel, hundiendo las manos en sus bolsillos.— Me dijo que el aquelarre iba a pelear.

Manuel se quedó en silencio, mirando de nuevo hacia el camino por el que habían venido. Aún no había rayos, aún no había cambiado el color del cielo ni se habían abierto portales dimensionales en ninguna parte, pero Martín dudaba que la pelea ya hubiera terminado.

— ¿Y qué dijo de tí?

Cuando Manuel volvió a mirarlo, había algo duro en su expresión, distante quizá, de una forma que Martín había olvidado ya. Se sentía más como el Manuel que había conocido al comienzo, dispuesto a ayudarlo pero solo hasta que topara con sus propios intereses, solo manteniendo la distancia necesaria para dejarlo botado en algún momento.

Martín se preguntó si era la misma expresión con la que se había presentado frente al Aquelarre cuando recién las conoció. Si acaso la niña que Adán estaba buscando, Lucía -corrigió en su mente, irritado consigo mismo-, había visto esa misma expresión cuando Manuel le ofreció ayudarla a aprender magia.

— Nada. —mintió, comenzando a caminar.

No tenía forma de probarlo, no realmente, pero estaba seguro de que era una mentira, en la forma en que Manuel había evitado mirarlo, en la forma en que su corazón, que usualmente era tan lento que Martín jamás alcanzaba a oírlo, se había acelerado, por solo unos segundos.

Pensó en sacarselo en cara, pensó en devolverse al Aquelarre, pensó en ir a buscar a Victoria, o a Catalina, que seguramente no tenía idea de lo que había pasado en su hogar esa noche. Pensó muchas cosas, pero al final terminó siguiendolo.

No estaba seguro del por qué, no sabía si era porque no tenía dónde ir, o si era porque realmente quería saber qué iba a pasar ahora, pero si estaba seguro de una cosa: el vampiro con el que había ido al aquelarre esa noche, y el vampiro con el que estaba dejando el lugar, ya no eran la misma persona.

Chapter Text

La entrada del edificio de Adán estaba rodeada de gente esa noche. Nadie le había hablado de cuántos vampiros había específicamente en Santiago, pero Martín siempre había imaginado que no podían ser mucho más que lo que estaba acostumbrado a ver en el bar de Miguel.

En retrospectiva, no era raro que los demás aún lo miraran como si no tuviese idea de lo que estaba pasando. No la tenía. Algunas de las caras le parecían conocidas, si se esforzaba, pero no podía ponerle nombre a ninguna, ni siquiera podía asegurar de que los hubiera visto antes en realidad. Casi no había hablado con otros vampiros además del circulo social de Manuel, si es que podía llamarse así, y cada vez era más evidente que lo que menos había en ese circulo social eran vampiros.

Su único consuelo en ese momento era que Manuel se veía igual de sorprendido que él frente a la cantidad de gente que había en la calle.

— ¡Tú! —gritó una mujer, en medio de la gente. Martín no la vio hasta que estaba frente a ellos, tomando a Manuel por el cuello de la camisa.— ¡Dónde está el príncipe! ¡Mi chiquillo, tus brujas mataron a mi chiquillo! ¡Había símbolos en todos lados, lo dejaron seco!

— ¿A quién le importan los muertos? ¡Necesito la venia del príncipe para poder comer! —gritó otro vampiro, empujando a la mujer. Tenía los ojos desorbitados, y sus manos temblaban cuando tomó el brazo de Manuel— Escuché de tí, dicen que consigues tratos para los extranjeros. Mira, vine desde Haití, pero el consejo no me responde. Soy honrado, ni siquiera como humanos, y no quiero ofender a nadie, pero ya han pasado tres días, y necesito comer. Nadie quiere venderme nada.

— ¿Eres estúpido? —preguntó una niña riéndose. Detrás de ella venían un hombre y una mujer vestidos de traje. El resto de los vampiros se hacían a un lado para dejarlos pasar— No como humanos, dice —exclamó, imitando un tono más grave de voz.— Quizá si fueras útil, y atacaras algunos cazadores, el príncipe tendría tiempo para verte, nómade —dijo, escupiendo la última palabra con asco.— ¡Santiago está infestada, y nadie está haciendo nada! Justo el otro día nos atacaron en Trinidad, como si fuera la edad oscura ¿No es cierto Gabriel? El pobre Elías aún está esperando que su cabeza termine de unirse a su cuello.

El hombre asintió sin decir nada, mientras todos los presentes miraban a la niña, que no esperaba nada distintio, a juzgar por su sonrisa satisfecha. No podía tener más de diez años, pero se notaba que todos los demás vampiros la respetaban lo suficiente como para mantenerse alejados, incluso Manuel había dado un par de pasos atrás cuando se le acercó.

Martín no tenía idea de quién era, pero había algo en sus ojos, en su postura, que parecía una advertencia de peligro.

— ¿Y qué está haciendo el príncipe, Manuel? —preguntó la niña, sonriéndole.— ¿Firmando más tratados para tus callejeros? ¿Buscando un reemplazo para su consejo?

— No lo sé, Elliana —respondió Manuel entredientes.— Ya sabes que no soy parte del consejo.

— Deberías referirte a lady Elliana con más respeto ¿Qué generación crees que eres? —siseó la mujer detrás de Elliana, aunque se calló inmediatamente luego de que la niña levantara la mano.

— Déjalo, Amanda, somos viejos amigos. —ordenó Eliana, elevándose del piso justo lo suficiente como para quedar flotando a la altura de Manuel. Martín escuchó algunos jadeos de sorpresa entre el público, pero nadie dijo nada.— Tú y yo sabemos que Adán no se volvió príncipe por si solo, y si no empieza a hacer su trabajo y limpiar esta ciudad pronto, tendrá que renunciar al dominio ¿Me explico?

Manuel desvió la mirada, asintiendo. Al rededor de ellos, la gente parecía estar presionando hacia adelante sin moverse, como si hubiese una pared invisible entre ellos dos y el resto de los vampiros. Martín se arriesgó a mirar alrededor, pero todos estaban escuchandolos, y un poco más allá del montón de gente, había un pájaro negro, mirandolo fijamente desde el marco de las puertas.

— No esperes que el siguiente príncipe sea tan indulgente, Manuel. Tú y tu hermana ya han tenido demasiada libertad en esta ciudad.

Martín sintió el cuerpo entero de Manuel tensandose a su lado, su expresión seguía igual, pero bastaba con estar ahí para sentir el cambio. Era como si su poder se estuviese solidificando en el aire, eléctrico y denso al rededor de su cuerpo. Los vampiros de Eliana parecían preparados para atacarlo en cualquier momento, las piernas abiertas y los puños abriendose y cerrándose a sus costados. La mujer incluso había sacado un cuchillo de alguna parte, pero Eliana solo lo estaba mirando con ambas cejas enarcadas.

— ¿Creíste que no lo sabía? —preguntó, con una nota risueña en la voz. La mezcla la hacía sonar más aguda, como si fuera una niña de verdad.— Manuel, por favor, incluso Adán sabe que todavía está en Santiago. No necesito ver a la bestia para sentir su rugido —rió, mirando a Martín por primera vez desde que habían comenzado a hablar.

Había reconocimiento en sus ojos, reconocimiento y certeza. Martín había visto esa mirada en los ojos de su madre, que lo había conocido de toda la vida, en los ojos de su primo, con el que se habían vuelto casi hermanos después de que se instalara en Chile, y ahora en ella, una vampireza de diez años que no había visto nunca antes.

Era como si estuviera mirando a Francisca a través de él.

Manuel estaba entre ellos en cosa de segundos, interrumpiendo la conexión como si pretendiese ser un escudo humano. Martín no creía haber dejado que Eliana entrara en su cabeza, pero no podía asegurarlo.

— Solo la mantengo viva para ti, Manuel —dijo la niña, riéndose en voz alta.— ¡Es un favor! Si quisiera, podría hacer que me dijeras donde está ahora mismo, y acabar con todo esto. Entonces podrías volver conmigo a Trinidad, podríamos arreglar la llegada de un nuevo príncipe, igual que Adán, mejor que Adán. Uno que sepa sus obligaciones.

— Eliana —siseó Manuel, dando un paso hacia adelante.

— ¿No te suena bien, Manuel? Incluso te dejaría conservar a tus brujas y todos esos nómadas que has estado ayudando.

Por un momento Martín pensó que Manuel iba a lanzarse contra ella. Ella y sus vampiros, que parecían estar esperando exáctamente eso, listos parta atacar. Se preguntó, en esa fracción de segundo, si lo iba a seguir a la pelea, o si iba a guardar su distancia, como todos los demás vampiros que los estaban mirando.

Hace unas horas, ni siquiera lo habría dudado, pero esa noche se sentía tan lejana de todo lo demás que ya no estaba seguro de nada.

— Pensé que jamás hacías excepciones, Eliana —comentó Victoria, abriéndose paso entre la multitud.— Manuel rompió las reglas de tu clan ¿no? No creí que estuvieras tan desesperada como para volver a invitarlo.

Eliana hizo un mueca, moviendo una mano en el aire como si intentara espantar un mosquito. Luego le sonrió a Victoria, enseñando los colmillos.

— Los niños pelean a veces —replicó, encogiéndose de hombros.— A veces desobedecen ordenes directas, a veces meten animales salvajes a la casa… A veces se alimentan de sus hermanos de sangre, uno nunca sabe.

Manuel retrocedió al escucharla, como si las palabras hubiesen sido un golpe, y detrás de Eliana, los dos vampiros que la seguían estaban mirando a Manuel como si fuera la primera vez. Parecían estar demasiado sorprendidos como para retomar la postura hostil que habían mantenido hasta ese entonces.

Ese era el patrón que parecía estarse repitiendo entre la mayoria de los presentes, a decir verdad, con excepción de Victoria y Eliana, que seguían peleando en silencio, sin moverse ni apartar la mirada.

— Admito que es un poco más de lo que espero de mis callejeros —continuó Eliana restándole importancia.— Pero uno no puede culpar al cuchillo después de que lo apuñalan ¿o si?

Por un momento, Martín pensó que Victoria iba a atacarla, o que quizá iba a ser al revés, a juzgar por el hambre que se reflejaba en los ojos de Eliana, sin embargo, ninguna de las dos parecía dispuesta a dar el primer paso.

El silencio se interrumpió por los jadeos de sorpresa que comenzaron a sonar a su alrededor cuando el público de vampiros que tenían al rededor comenzó a separarse a tirones, como si algo los estuviese empujando a la fuerza, hasta formar un pasillo perfecto entre la multitud. Martín casi lo hubiese considerado cómico, de no ser porque el camino que se estaba armando hacia ellos traía a Itzel, tan imperturbable y poderosa como siempre.

— Lady Eliana, le suplico que espere a la cita acordada con el Príncipe en vez de estar iniciando confrontaciones fuera de la corte.

Eliana no parecía particularmente nerviosa por su presencia, pero los vampiros a su lado retrocedieron unos pasos cuando Itzel quedó frente a ellos.

— No te preocupes —dijo la niña, enseñando los colmillos en una sonrisa.— Nunca haría algo tan vulgar. Solo estaba saludando a uno de los miembros de mi clan.

— Tenía la impresión de que ese contrato había sido cancelado —comentó Itzel, alzando las cejas con falsa sorpresa.— Recuerdo haber estado ahí cuando el Príncipe lo declaró nulo bajo su petición de que Manuel no volviese a tomar una residencia permanente dentro de Santiago, lady Eliana.

— Y aún así, aquí estamos —suspiró Eliana, encogiéndose de hombros.— Está bien, reconozco un caso perdido cuando veo uno. —comentó, mandandole una mirada significativa a Manuel, que solo desvió la mirada una vez más.— Dale mis saludos al príncipe, dile que debería agradecer mi benevolencia en este tema, igual que tú Manuel.

— Por supuesto. Ahora si me disculpa, la señorita Victoria es requerida en la corte para la ejecución.

 


 

 

Itzel los llevó hasta el último piso, que no era más que una habitación circular rodeada de ventanales, uno tras otro. Se veía como la corte del consejo, pero era mucho más grande, y no tenía pilares ni escritorios para ocupar el espacio. En vez de eso había una viga transparente justo al centro, y atada a ella, había una niña con el pelo enmarañado y unos pantalones de pijama de color azul, plagados con dibujitos de nubes.

Lucía estaba atada de manos y pies al pilar, con la vista en el piso, y a unos metros de ella estaban los tres miembros del consejo presentes, más Adán, que miraba todo desde uno de los ventanales de la habitación.

Tenía sangre seca en la ropa, y parecía haberse quemado en otras partes, pero todo lo demás parecía estar intacto, inmaculado, como la primera vez que Martín lo vio.

El resto de los miembros del consejo se veían un poco más magullados, olían a pelo quemado, y sus ropas tenían mucho más que algunas manchas. Una de ellas estaba sujetando su brazo cercenado a su hombro, pero aún así, había una vida nueva en ellos. Martín hubiera jurado que podía sentir el peso de su excitación; las sensaciones de la pelea que habían tenido tatuadas en sus posturas, y en el brillo salvaje de sus ojos.

Se veían como animales salvajes, y Lucía era la carroña que iban a repartirse.

— Pensé que nunca llegarían —comentó Adán apenas cruzaron las puertas, caminando hacia ellos con zancadas largas y seguras.— Iba a declarar innecesario el juicio.

— Esto no es un juicio —gruñó Manuel.— Si lo fuera, no estaríamos en una sala de ejecución.

Lucía alzó la vista cuando lo escuchó, tenía la cara sucia, pero no había heridas visibles, y sus ojos se veían perfectamente lúcidos cuando cayeron sobre Manuel. Estaban fijos, sin pestañear, como si cualquier movimiento fuese a hacerlo desaparecer.

Martín creyó verla decir algo, pero no escuchó nada.

— Hay gente afuera Adán, incluso estaba Eliana —dijo Manuel— Tenemos problemas mucho más grandes que un vástago nuevo. —continuó, un poco más tranquilo, más bajo, como si estuviese hablándole a un animal salvaje.— Ni siquiera hay pistas de quién la transformó, no tiene caso hacerle un juicio.

— ¡El traidor tiene razón, Príncipe! —dijo uno de los vampiros de la corte, riéndose en voz alta.— ¿A que si, Eliboria? ¿No te venía diciendo lo mismo?

— Dijiste que no valía la pena esperar al sol, Niceto —respondió la vampireza a su lado, encogiéndose de hombros. Tenía parches calvos en la cabeza, y cada cierto tiempo se pasaba las manos por la piel quemada, apretando las yemas de los dedos contra su cuero cabelludo.— Difícilmente podría considerarse lo mismo ¿verdad Ismael?

— A quién le importan los bastardos de afuera —rió el otro vampiro, inclinándose sobre Lucía.— Fue difícil traerla, solo por eso deberíamos al menos hacerle un juicio, como los de antes. Gregorio habría estado de acuerdo.
Martín miró a Victoria, que estaba arrugando la nariz en disgusto, y luego a Manuel, que tenía los puños cerrados con tanta fuerza que casi podía imaginarse la textura de las medias lunas que iban a quedar marcadas en las palmas de sus manos. Y entonces vio a Adán, que estaba sonriéndole directamente.

No a Manuel, no a Victoria, ni siquiera a sus cortesanos, sino a él: Martín Hernández, el vástago que debería haber ocupado el lugar de Lucía varias noches atrás.

— La sacaré de tu dominio —dijo Manuel, aunque sonaba como una plegaria.— No tienes que hacer esto, Adán.

Todos se callaron entonces, y los ojos de Lucía se llenaron de lágrimas, gordas y rojas. Se veía incluso más joven entonces, más presente también, mientras abría y cerraba los labios, siempre mirando a Manuel.

— ¿Qué?

La pregunta de Victoria se sintió como un grito, aunque realmente no lo era. Martín jamás la había escuchado alzar la voz, pero tampoco la había escuchado volverse así de aguda. Se imaginó que, si fuera posible traducir el chirrido de una uña en el cristal, esa sería la voz adecuada para hacerlo. Incluso Adán parecía sorprendido cuando la escuchó, pero Manuel no la miró siquiera.

— Manuel, no puedes…

— Puedo sacarla esta misma noche, no infringió tus leyes, Adán. La convirtieron contra su voluntad —se apresuró a decir, avanzando una vez más.— Por favor, déjame sacarla de tu dominio, príncipe. No necesitas perder tu tiempo con ella.

Adán se rió, y Lucía bajó la cabeza. Martín no podía ver su expresión detrás de la cortina de pelo que había caido sobre su cara, pero había un pequeño temblor en sus hombros.

— ¿Quién crees que eres Manuel? —preguntó Adán, arqueando las cejas.— No eres parte de la corte, ni eres parte de su aquelarre ¿Por qué debería escucharte? Sé que mi gente está afuera, y están pidiendo la sangre de tus brujas.

— Adán, por favor —murmuró Manuel, apretando los dientes.

— El aquelarre es parte de mi dominio, —continuó Adán, caminando hacia el centro de la habitación.— Aceptaron seguir mis reglas, y yo acepté dejarlas vivir aquí. Pero han pasado cosas raras últimamente ¿Lo sabes verdad? El Aquelarre se negó a venir cuando hice que mi corte las convocara —continuó, mirando a Itzel.— Y hoy, cuando fui a encararlas, rompieron las reglas públicamente. No una, sino dos veces han negado mi dominio ¿Vas a negarlo?

Manuel se quedó callado, pero sus ojos estaban siguiendo a Adán.

— Eso pensé —dijo Adán, poniendo una de sus manos en el pilar. Martín escuchó gemir a Lucía, aunque la niña no había levantado la vista.

Los cortesanos volvieron a reírse, mirando expectantes a su príncipe, y luego a Manuel, como si estuvieran esperando el enfrentamiento. Quizá lo habían estado esperando por años, o quizá estaban tan consientes de la energía reprimida en Manuel como el mismo Martín. Quizá ellos también veían el temblor en sus manos apretadas, o escuchaban su rabia en el silencio, no podía saberlo.

— Es la ley —dijo Victoria, poniendo una de sus manos sobre el hombro de Manuel.— No nos corresponde ponerla en duda Manuel.

— ¿Por qué nos dejaron entrar entonces? —preguntó Martín, antes de saber siquiera que iba a hablar.

Manuel lo miró entonces, igual que el resto de los vampiros en la sala, incluso Lucía, que aún tenía los ojos brillantes y rojizos con las lagrimas que estaba intentando no derramar. Victoria siseó una maldición en algún idioma extranjero, Martín no estaba seguro de cuál exáctamente, o cuál era la palabra que había usado, pero el tono era lo suficientemente claro como para entenderla.

— Manuel está aquí en nombre del Aquelarre, por supuesto. —respondió Adán, encogiéndose de hombros.— y Victoria fue invitada en representación del pueblo.

— ¡Ni siquiera vives aquí! —gruñó Manuel, apartándose de Victoria como si su mano quemara.— ¿Cómo pudiste aceptar?

— Estás actuando como un humano Manuel —siseó Victoria, aunque había un ligero tinte rozado en sus mejillas. Podía ser rabia, o quizá vergüenza, pero era la primera vez que su rostro era algo más que perfecto.— El príncipe de la ciudad me convocó, y vine. Es simple.

— Tenemos razones para creer que las brujas estaban intentando tomar poder en la ciudad. —continuó Adán, como si no hubiera pasado nada.— Probablemente hicieron a la chiquilla con alguno de los vampiros que desaparecieron durante este mes. Son varios, Manuel, los hemos estado buscando, pero solo encontramos altares abandonados y residuos de rituales ¿No te suena sospechoso?

— Podría haber más brujos en la ciudad. Podrían estar inculpándolas.

— O podrían ser las brujas que dejaste entrar —gruñó uno de los cortesanos, enseñándole los colmillos a Manuel.

— Ismael —dijo Adán a modo de advertencia, pero ya era demasiado tarde, el más viejo de los cortesanos estaba caminando hacia Manuel, con los jirones de piel quemada a medio curarse colgando de sus manos y sus antebrazos.

— ¡Es un traidor, príncipe! —alegó el vampiro, alzando la voz.— Primero desaparece Iñigo, y ahora encontramos seco a Gregorio ¡Gregorio, que ni siquiera salía de la torre por si solo! ¿Cómo lo podrían haber cazado, mi señor, sino con ayuda interna?

El silencio que siguió a sus palabras parecía una criatura, esperando a saltar en cualquier momento sobre ellos. Martín estaba esperando a que Victoria, o que el mismo Manuel defendiera su inocencia, pero incluso ellos parecían estar esperando a que la expectación se disipara por si misma.

— Quizá fue él mismo el que mordió a la niña —interrumpió Niceto, enseñándole sus colmillos a Manuel en una sonrisa sin humor.— Se ve joven para ti, pero tu hermana lo habría hecho ¿Por qué tú no?

— Si me permite decirlo mi príncipe, no es la primera vez acusan a José Manuel González de ser un traidor —dijo Eliboria, atrayendo la atención de todos menos Adán. Para ese entonces ya habían empezado a aparecer pelusas de pelo nuevo en las partes calvas de su cabeza, pero aún parecía más una muñeca rota que un humano.— Quizá deberíamos juzgarlo junto a su bruja.

En las bocas de esos vampiros, la palabra bruja sonaba como un insulto, Eliboria incluso arrugaba los labios y la nariz al decirlo, como si la palabra le hubiese dejado un mal sabor en la boca. Otros, como Adán, lo decían de la misma forma en que habrían dicho asesino, con la inflección del desprecio a la vista, y el miedo detrás.

Y finalmente estaba Victoria, pálida y con la espalda perfectamente recta, diciéndolo como si estuviese hablando del mismo demonio.

— ¿Qué crees tú, Itzel?

— El juicio de la niña tiene prioridad, mi príncipe —respondió, inclinando la cabeza.— Aún queda hablar con los clanes que quedan en la ciudad para controlar la situación con los cazadores. No deberíamos perder en el tiempo con acusaciones infundadas.

Los otros miembros de la corte se quejaron ruidosamente, Niceto incluso se atrevió a puntuar que siendo una bruja, Itzel no debería participar de ese juicio, pero Adán no le prestó atención. Manuel parecía clavado en el piso, y por más que Martín intentaba llamar su atención, el vampiro permanecía quieto y aislado, como si estuviese a miles de kilómetros de ahí, en un lugar donde podía hacer algo respecto al juicio quizá.

Antes de que Martín pudiese decidirse a caminar hacia Manuel y traerlo de regreso a la realidad, Adán se volteó hacia ellos. Su corte aún seguía discutiendo, pero bastó con que levantara la mano para que se callaran. De un momento a otro el único sonido que había era la respiración agitada de Lucía.

— Sé que te importa la niña Manuel —dijo Adán. Sonaba como otra persona entonces, un amigo o un padre, infinitamente comprensivo y amable.— Hemos sido amigos durante años, y no me gusta tener que pelear contigo.

Manuel bajó la cabeza, pero a diferencia de la reverencia tranquila que había parecido en Itzel, en él se veía como si fuese un cable tirante, como si cada pequeño movimiento le hubiese costado un esfuerzo.

— No quiero pelear, mi príncipe —susurró, con los ojos clavados firmemente en el piso.— Pero es solo una niña.

— Y será una niña por lo que le quede de vida —dijo Adán, encogiéndose de hombros.— ¿Insinúas que debería tener deferencias hacia todos los vampiros que se ven jóvenes? ¿O quizá crees que debería culpar a los adultos?

— ¡No! —jadeó Lucía con un hilo de voz.

Ismael hizo un ruido con la garganta, no muy distinto al siseo de un gato, y Eliboria le dio un golpe al pilar, justo arriba de la cabeza de Lucía, murmurando una advertencia. Adán no se volteó a mirarla, pero la niña siguió murmurando negativas. Su voz estaba temblando, e incluso con sus nuevos sentidos, Martín apenas lograba entender pedazos de lo que estaba repitiendo, una letanía de: «ellas no tienen la culpa», «por favor» y «No lo dejes Manuel», una y otra vez.

— ¿Qué opinas tú? —preguntó Adán, mirando a Martín con un brillo peligroso en los ojos.— A fin de cuentas, eres el único de nosotros que podría ser un niño.

Todas las miradas se concentraron en él en cosa de segundos, incluso la de Lucía, que parecía sinceramente sorprendida por primera vez. Martín se encontró a si mismo retrocediendo un paso bajo el peso de todos esos ojos, casi seguro de que Adán iba a enjuiciarlo a él también.

— Voy a cumplir treinta —respondió, aturdido.

Niceto fue el primero en reaccionar con una risa estruendosa que parecía rebotar en los ventanales. Adán levantó la mano una vez más, ofreciéndole una sonrisa amable ahora que su cortesano se había callado. La expresión le recordaba a su padre, cuando le pedía que recitara los continentes de los países en los que había estado. Martín tenía diez años en ese entonces, y siempre decía que Haití estaba en África.

— Bueno, supongo que para un humano no —respondió Adán pacientemente.— Pero ninguno de nosotros es humano. Ahora, déjame preguntarte de nuevo, Martín Hernández —añadió, enunciando su nombre como si fuese un título.— ¿Es culpa de la niña o de los adultos?

— ¿El aquelarre? —preguntó, frunciendo el ceño.

— Y Manuel, por supuesto.

— ¿Qué? —interrumpió Victoria, claramente irritada.— Príncipe, esto no es lo que habíamos hablado.

— Él es el adulto que está abogando por este vástago ¿no? —respondió Adán— Debería responder por sus crímenes. Quizá incluso podría dejarlo tomar su lugar si está tan interesado en romper las reglas por esta niña.

Martín dejó de escuchar cuando vio a Manuel levantar la vista. No estaba seguro si era porque el vampiro había llegado a lo último de su compostura, o porque creía que nadie le estaba prestando atención, pero todas sus emociones parecían estar escritas en su cara: su esperanza, su duda, todo estaba a la vista en ese momento, y los únicos dos que estaban mirando eran Martín y Lucía.

Lucía, que por primera vez desde que empezaran con esa farsa parecía realmente desesperada, negando con la cabeza una y otra vez, como si no pudiese creer lo que estaba pasando.

Sus ojos se encontraron por un momento, apenas unos segundos, y Martín la sintió entrar en su mente. A diferencia de los demás vampiros que lo habían intentado, la conciencia de Lucía se sentía como si fuera su propia mente, tomando una forma distinta, una voz ligeramente más femenina, ligeramente más desesperada, pero natural. Tenerla dentro de su cabeza no era un golpe, como había sido con Victoria, más bien, se sentía como estar bajo el agua.

Su voz era ruido blanco, y sonaba parecido a sus propios pensamientos.

«Le dije que no viniera. No lo dejes. Yo me entregué. Va a matarlos a todos.»

Martín volvió al mundo real con el gruñido de Itzel, que estaba tirando del pelo de Lucía. Sus colmillos estaban afuera, perfectamente visibles en la mueca animal que estaba dedicándole a la niña. Se veía salvaje, como si fuera a morderla ahí mismo. Niceto, Eliboria e Ismael estaban lejos del pilar esta vez, alternando miradas asustadas entre Itzel y Lucía, como si estuviesen esperando que cualquiera de las dos explotara de pronto.

— ¡Basta! —siseó Manuel, avanzando.

Martín gruñó, aunque no estaba seguro del por qué. Se llevó una mano a la cabeza, con la idea vaga de que iba a encontrar una mano ahí, tirando de él, pero no había nada más que el dolor.

— Este no es tu aquelarre chiquilla —siseó Itzel, tirando con más fuerza.— Sueltalo o voy a vendarte los ojos.

La conciencia de Lucía lo dejó con un último tirón y un golpe de frío. No necesitaba respirar, pero su cuerpo tomó aire de todas maneras, como si se hubiera estado ahogando. Victoria y Adán estaban demasiado concentrados discutiendo como para notarlo, pero Itzel lo estaba mirando directamente.

Lucía bajó los ojos al piso cuando Itzel la soltó.

— ¡El aquelarre no tiene la culpa! —gritó Manuel, llamando la atención de todos una vez más.— Si pudieras perdonar sus últimas ofensas, yo podría tomar su lugar.

— ¿Y eso de qué me serviría? Mi pueblo está nervioso Manuel, tus brujas solo están aquí por mi generosidad y necesitan recordarlo. —respondió Adán, alzando las manos.— Todos necesitan recordarlo.

— ¡Podría ser una ejecución pública! —dijo Manuel, inclinando la cabeza.— Ha pasado tiempo desde la última vez que pudiste enjuiciar a un vampiro de más de cien años Adán. Es un buen mensaje.

— ¡Espera, espera! —gritó Martín, por encima de las quejas de Victoria y los cortesanos.— Adán, este, príncipe —dijo, intentando mantenerle la mirada al vampiro.— Me preguntaste por mi opinión.

Manuel lo miró incrédulo, siseando su nombre como si fuera una maldición. Adán en cambio tenía una sonrisa indulgente en los labios cuando inclinó su cabeza. No estaba seguro de qué significaba eso exactamente, pero Martín asumió que era todo el permiso que le iban a dar antes de que alguien más le robara la oportunidad de hablar.

— No alcancé a responder —explicó, pasándose las palmas de las manos por los jeans. No es que estuviera sudando, no podía, pero la costumbre aún estaba fresca en su mente.— Ella debería decidirlo.

— ¿Perdón?

La niña volvió a levantar la mirada, y esta vez cuando sus ojos se encontraron, Martín solo sintió las náuseas de saber que estaba a punto de condenarla.

— Tiene dieciséis, mi príncipe. Nuestra ley… La ley humana, —se corrigió, apretando las manos— La dejaría participar de su propio juicio. Creo que lo justo sería dejar que ella decida por si misma.

Adán le sonrió, aunque la expresión no alcanzaba a llegar a sus ojos.

— Que no se diga que fui un tirano —dijo, dándole la espalda.

Martín buscó los ojos de Lucía y la encontró sonriéndole débilmente, claramente aliviada a pesar del temblor en sus piernas y sus manos cuando Adán se acercó a ella. Manuel hizo amago de ir a su lado, pero Victoria le sostuvo el hombro, apretando con suficiente fuerza como para dejar marca.

— No seas estúpido —susurró, apenas lo suficientemente fuerte como para que Martín alcanzara a escuchar.

— No pueden hacer esto —respondió Manuel, negando con la cabeza.— No pueden.

— ¿Cómo te llamas, chiquilla? —preguntó Adán, haciendo un gesto con la mano.

Inmediatamente todos vampiros que estaban cerca del pilar se alejaron. Lucía no los miró irse, ni siquiera pareció notarlo, sus ojos estaban en los de Adán, y parecía tranquila. Martín estaba seguro de que el príncipe no necesitaba preguntarle nada, seguro estaba desenterrando hasta el último segundo de su vida en ese momento, pero Lucía respondió de todas formas.

— Lucía Guzmán, príncipe.

— ¿Y cuál es tu crimen?

— Fui transformada sin su autorización.

— ¿Y quién fue? —preguntó Adán, inclinándose sobre ella.

El cuerpo de Lucía desaparecía detrás de la espalda de Adán, y Martín tuvo el impulso de ir a ponerse entre ambos, de retractarse de sus palabras y tratar de buscar una solución distinta. Independiente de lo que creyera Adán, lo último que necesitaban era un mártir, y a juzgar por lo que había visto en la calle, Martín estaba seguro de que su pueblo pensaba igual.

— Adán, por favor —alegó Manuel, aunque él mismo no parecía seguro de qué más iba a decir.

— ¿Quién fue? —preguntó Adán, golpeando el pilar.

Lucía gimió, aunque su voz era apenas un ruidito al lado del grito que había sido la pregunta de Adán. Esta vez, la mano de Victoria se aferró al hombro de Martín, que ni siquiera había notado en que momento había comenzado a moverse en dirección al pilar. El dolor era suficiente como para creer que Victoria estaba fracturando su clavícula, pero Martín no intentó quitársela de encima.

Ella misma se había entregado, independiente de cómo se sintieran al respecto.

— No lo sé —respondió Lucía en un murmullo.— Eran muchos.

— ¿Fue un ritual?

— Todas las transformaciones son un ritual, príncipe —dijo, alzando la voz por primera vez desde que comenzara la interrogación.— De humano a brujo, de brujo a vampiro, de vampiro a cenizas. Todo es un tipo de magia en el fondo.

Adán se enderezó de nuevo, aunque Martín no podía decir si estaba decepcionado o satisfecho con la respuesta de Lucía. En los demás era fácil: los cortesanos estaban ofendidos, exceptuando a Itzel, que miraba a la niña con un respeto solemne. Manuel había perdido toda esperanza, y Victoria tenía el ceño fruncido, como si la sola idea de que hubiera magia en su interior le resultara confusa.

— ¿Eres un adulto o una niña? —preguntó Adán finalmente. Su voz se había vuelto amable de nuevo, casi dulce.

— Yo… ¿Puedo ver al adulto que quería tomar mi lugar, príncipe?

Adán se movió para ella, y cuando sus ojos se encontraron con los de Manuel, nadie hizo nada para interrumpir la conexión. Martín no estaba seguro de que los demás estuvieran conscientes de lo que estaba pasando en realidad, él mismo no lo habría notado si no fuera por la reacción de Itzel, que parecía estar conteniendo apenas las ganas de intervenir.

Y por Manuel, que parecía estar tranquilo por primera vez desde que comenzaran el juicio.

— Soy un vampiro —dijo Lucía de pronto, cerrando los ojos.— Y voy a ser juzgada como tal.

— ¿Alguien quiere discutirlo? —preguntó Adán, deteniéndose en Manuel, que aún tenía la postura relajada y los ojos perdidos.

Martín pensó en moverlo, pero Manuel estaba lo suficientemente lúcido como para negar con la cabeza, y eso fue suficiente para Adán, que siguió su camino con aire solemne.

— Lucía Guzmán —dijo, poniendo ambas manos en su espalda— Serás ejecutada con fuego por haber roto el código de esta ciudad ¿Hay algo más que quieras decir antes de tu última muerte?

La niña no respondió, sus ojos estaban perdidos en el cielo de la habitación y todo su peso estaba apoyado en el pilar al que la habían amarrado, como si esa sentencia hubiera sido todo lo que estaba esperando. Ya no había nada más para ella en ese lugar, y Martín estaba casi seguro de que si había algo que decir, ya se lo había dicho a Manuel.

— Adelante Niceto.

Alguna vez, hace muchos años, su madre le había dicho que era peligroso juzgar a las demás personas en base a si mismo. Lo había sentado en la mesa del comedor y le había hablado durante al menos una hora sobre el peligro de asumir que solo porque a él no se le pasara por la cabeza la idea de robarle a otra persona, no significaba que el resto de la gente iba a pensar así. Tenía quince en ese entonces, y le habían robado la mochila cuando iba de regreso a la casa.

Ahora tenía veintinueve, pero aún así se encontró a si mismo sorprendido cuando vio a Niceto encender la antorcha.

Solo porque tú no pienses en prenderle fuego a una niña…—escuchó decir su madre en su cabeza, apenas unos segundos antes de que el vampiro lanzara la antorcha hacia el pilar.

No fue instantáneo. Lucía soltó un gritito cuando la llama comenzó a devorar la tela de su pijama, y Martín se lanzó hacia ella, sin saber qué iba a hacer. Quizá iba a alejarla de la llama, quizá iba a pedirle perdón por dejar que pasara en primer lugar.

Nunca iba a saberlo, porque en el momento en el que la llama alcanzó la piel de Lucía, el fuego se expandió como si hubiese sido gasolina.

 


 

 

Martín apenas había registrado la voz del vampiro por encima de los gritos de Lucía cuando comenzó a empujarlo hacia la puerta. Estaba demasiado aturdido como para reaccionar, perdido en alguna parte del calor, el humo, y lo increíble de lo que acababa de pasar; pero la realidad le había caído encima como un balde de agua fría cuando las puertas de la habitación se cerraron detrás de ellos. Manuel todavía estaba tirando de él en el pasillo, pero esta vez, Martín había caminado por su propia cuenta, y después de cinco pasos se había doblado sobre si mismo a vomitar.

No había nada que devolver, pero su cuerpo aún seguía intentandolo minutos después.

— Es como los miembros fantasma —dijo Manuel apenas el ascensor comenzó a moverse, lejos del olor a carne quemada que había en el último piso de la torre.— Tu cerebro cree que es real, pero ni siquiera tienes bilis Martín, no puedes vomitar.

Martín cerró los ojos, intentando repetirse lo mismo, a pesar de que las arcadas se sentían tan reales como cuando estaba vivo. Sabía que era cierto, aún recordaba la noche que había muerto, intelectualmente al menos, pero las palabras de Manuel solo lo ayudaron a imaginarse piernas amputadas, y de ahí a la imagen de Lucía quemándose no había más que un par de respiraciones.

— ¡La quemaron viva! —jadeó Martín, apoyándose en el vidrio del ascensor. No tenía sentido repetirlo, pero cada vez que cerraba los ojos veía el cuerpo encendido de la niña retorciéndose contra el pilar, y no podía evitarlo.

En voz alta, o en su mente— La quemaron viva Manuel ¿qué hicimos?

— Esa era la sentencia —murmuró Manuel, limpiándose la cara con la manga de la camisa.— Ella lo sabía.

— ¿Cómo podés hablar así? Era una niña, ella solo… — dijo, sosteniendo una respiración temblorosa. No quería seguir, pero el resto de las palabras salió de su boca automáticamente, mucho antes de que alcanzara a procesar totalmente la idea.— Fue mi culpa.

— No —respondió Manuel, casi al mismo tiempo que Martín terminó de hablar. Todavía tenía marcas rojizas en la cara, pero sus ojos estaban secos.— Ella te lo pidió. Ella quería que Adán la juzgara.

No estaba seguro de que Manuel estuviese intentando convencerlo realmente, parte de él tenía la sensación de que Manuel había estado repitiendose esa frase desde que la niña había comenzado a arder. No era un consuelo, no exactamente, pero Martín asintió de todas formas. Y esta vez, cuando las puertas del ascensor volvieron a abrirse en el primer piso, no esperó a que Manuel lo comenzara a empujar para salir del cubículo.

Estaba esperando que volvieran al bar esa noche, incluso si Manuel no estaba dispuesto a quedarse ahí después de lo que había pasado con Julio: ninguno estaba en condiciones de ir a buscar algo nuevo esa noche, y no quedaban suficientes horas como para buscar. Martín no tenía un reloj a mano, pero podía apostar a que ya eran más de las cuatro de la mañana para cuando salieron a la calle.

El aire helado le había asentado el estómago, y mientras más se alejaban de la torre, sus pensamientos se volvían más claros. El horror del juicio se había quedado alojado en los rincones de la corte, y ahora solo quedaba el recuerdo mudo de Lucía, como si hubiese sido de alguien más. Martín había estado diseccionando todos sus recuerdos, decidido a no olvidar ni un solo trozo de esa noche, pero aún así le costaba creer que eran recuerdos y no invenciones de su propia mente.

Parecía difícil creer que había visto una ejecución esa noche.

Parecía imposible creer que era la misma persona que había hablado con Julio esa tarde.

En medio de todo eso, Manuel parecía la única figura sólida. Lo único que Martín sabía que era real en ese momento. Quizá fue por eso que no discutió mucho cuando Manuel le dijo que no iban a ir al bar; de todas formas no creía ser capaz de mirar a Julio sin pensar en Lucía. Y Catalina— Martín cerró los ojos, avergonzado por su propia cobardía.

No quería verla. Lo último que quería era saber qué había hecho Adán con el Aquelarre, si podía matar tan fácilmente a una niña recién mordida.

 


 

 

Manuel lo llevó a un edificio de seis pisos, escondido en una calle angosta y sin salida. La reja de la entrada, hecha de gruesos barrotes de hierro negro, le daba un aspecto claustrofóbico a la puerta principal, y la sensación solo iba aumentando a medida pasaban los departamentos. Casi todas las puertas tenían rejas propias: algunas eran simples, solo un par de vigas de acero frente a la entrada, mientras que otras eran entramados complejos que lo hacían pensar en calabozos.

El departamento al que estaban yendo era uno de esos.

La puerta estaba al final del pasillo en el piso cinco, y tenía una reja que sobresalía al menos cinco centímetros, casi como si fuera una jaula. El chirrido del metal se sintió especialmente fuerte en el silencio del edificio, tanto que Martín casi estaba esperando que los residentes se asomaran a ver cuando Manuel comenzó a forzar la reja para poder abrirla, pero todas las puertas siguieron cerradas.

No era extraño que la reja estuviese desalineada y algo oxidada considerando lo viejo del edificio, pero había algo más, algo en la forma en que el vampiro ni siquiera había tenido que mirar para poner la llave, algo en el hecho de que ya sabía que la reja tenía truco antes de intentar abrirla. Si eso no hubiera sido suficiente para evidenciar lo cotidiano que era ese lugar para Manuel, el interior del departamento habría disipado cualquier duda. Era la madriguera, o no, quizá sería más correcto decir que era una versión mejorada de la madriguera, con estantes perfectos y mesas de madera que aunque se veían viejas, no estaban cerca siquiera de ser los muebles hechos a mano que Manuel tenía en su cabaña.

Habría querido pretender que el descubrimiento le daba igual, que después de todo lo que habían pasado esa noche, el departamento de Manuel era solo un detalle más, y que ya no le quedaban fuerzas para sentirse herido por un detalle. Parte de él incluso podía creer que el tirón en su estómago era solo el recuerdo del juicio, volviendo con una venganza luego de la caminata, pero el resto de su mente está demasiado ocupada siguiendo los movimientos de Manuel, viéndolo caer en el lugar como una pieza de rompecabezas, como para poder creer su propia mentira.

Martín comenzó a tantear la pared apenas se cerró la puerta, solo para tener algo que hacer. Ese tipo de cosas le parecían reconfortantes cuando estaba en el bar, prender las luces, tomar duchas calientes, abrir las cortinas de la habitación. Todos esos pequeños fragmentos de humanidad lo hacían sentir seguro, pero aparentemente eso no aplicaba al departamento de Manuel.

— Tenías un lugar —se escuchó decir, como si fuera alguien más.— No. Tenés un departamento.

El zumbido de la electricidad apareció unos segundos antes de que los focos cobraran vida. Bajo la nueva luz, el departamento parecía mucho más austero que la Madriguera, y Manuel se veía aún más adecuado ahí, con la piel blanca como el papel y un libro viejo en las manos, mirándolo como si estuviese a mil años luz de distancia. Si Martín ignoraba los estantes, el departamento era un grupo de murallas blancas, donde la única diferencia real era el mural grisáceo que había sobre el escritorio, cubierto de hojas amarillentas y pedazos de papel garabateados y diagramas.

— Martín

— ¿Me vas a decir que no?

— No —respondió Manuel suspirando.— Tienes razón.

— ¿Por qué no me trajiste? —preguntó Martín, quitándole el libro de las manos.— O mejor ¿Por qué me trajiste ahora boludo? ¿Qué? ¿Tenía que ver morir a una niña antes de ganarme el derecho?

— No seas imbécil —siseó Manuel, apretando las manos.— Solo quería… No podía traerte aquí.

— ¿Y qué hacemos acá entonces?

Manuel miró el libro en sus manos, y luego a él, claramente dividido.

— Quería ayudarte. —respondió por fin, tirándose el pelo hacia atrás, solo para que el flequillo volviese a caer sobre su frente.— Me puse en contacto con varios príncipes cuando Francisca me habló de su teoría.

— ¿De qué estás hablando?

Su voz tembló apenas al final de la pregunta, y Manuel bajó la cabeza. Quería gritarle, o al menos sonar fuerte, pero el tono de su voz parecía más una plegaria que cualquier otra cosa. Le estaba rogando, incluso si no era con palabras.

Su voz había sonado así antes, era la voz con la que le había pedido una segunda oportunidad a Constanza. La misma voz que había usado para pedirle a su madre que le dijera dónde estaba su papá, más de una década atrás.

— Todavía estaban en Europa cuando me contactó —dijo Manuel, mirando el mural de reojo.— Habían estado cazando a los miembros de un clan rebelde, por ordenes de los antiguos. Aparentemente había un vampiro, que según Francisca, no podía ser más antiguo que nosotros, pero había logrado ganarle a Victoria. Sin trucos, sin trampas, solo había sido más fuerte. Sé que no te he hablado mucho de cómo funcionan las generaciones, pero necesito que entiendas que eso no es posible. Ni yo ni Francisca podemos pelear limpiamente con Victoria, somos muy jóvenes para ella, hay muchos poderes que ni siquiera tenemos aún. —Manuel suspiró, ofreciéndole el libro después de unos segundos.— Francisca y Victoria tuvieron una pelea después de eso, no sé los detalles, pero me pidió que tradujera eso.

Estaba tentado a no seguir dándole en el gusto a Manuel, pero esto era lo más cercano que había tenido a una respuesta desde que había comenzado su segunda vida, y finalmente, luego de mirar las tapas de cuero con mucha más desconfianza de la que probablemente merecían, Martín abrió el libro. Las páginas se sentían frágiles y secas al tacto, completamente teñidas de amarillo, y aunque Martín ojeó el contenido de principio a fin, intentando mantener a raya el miedo de que iba a romper una antiguedad, no podía entender nada. Lo único que si reconoció entre todos los símbolos y las manchas de tinta fueron algunos de los diagramas que estaban en el mural de Manuel, y otros dibujos esparcidos entre las páginas: colmillos, un cuerpo abierto por la mitad, el retrato de una mujer, algunas plantas, mapas y otras cosas que no parecían tener mucho más sentido que el texto, no para él al menos.

— Es un diario —comentó Manuel, encogiendose de hombros— El autor escribió en código por miedo a que alguien lo usara como evidencia en su contra. No soy un historiador, no sé cuantos años tendrá exáctamente porque las fechas solo consideran días y meses, no años, pero yo diría que son algo más que quinientos años, aunque la encuadernación me hace dudar.

— Manuel —interrumpió Martín, dejando el libro de regreso en la mesa.

Fue como si le hubiese dado un golpe de corriente a Manuel, que lo miró como si recién estuviese recordando las circunstancias que los habían llevado ahí en primer lugar.

— Ah, supongo que no importa —murmuró el vampiro, desviando la mirada.— El autor era un cazador. Hay varios experimentos en el diario, pero hacia la mitad empezó uno usándose a si mismo. Forzó a uno de los vampiros que tenía cautivos a transformarlo, a partir de ahí… Bueno, empezó a experimentar con la alimentación. En el diario describe las diferencias entre comer distintos tipos de animales, y humanos, solo usando la sangre o consumiendo los órganos también, cosas por el estilo. Según él hay una diferencia entre alimentarse de animales y de humanos, él lo llama el alma. La teoría es que un humano tiene alma, y cuando te alimentas de él también estás consumiendo eso, a diferencia de los animales.

— ¿Es verdad? —preguntó Martín, frunciendo el ceño. Había algo respecto a la historia que lo estaba poniendo ansioso, como si no pudiese esperar para salir corriendo de ese departamento.

De esa noche entera, en verdad.

— Algo así. Su teoría es un poco anticuada, pero tiene algo de cierto.

— ¿Qué tiene que ver Francisca con eso?

Ya tenía una idea, incluso si no quería dejarse pensarla siquiera, y Manuel parecía saberlo, a juzgar por la mirada que le dirigió, pasiva y ligeramente arrepentida. La mirada que Martín intentaba darle a los humanos que Francisca le llevaba cuando ya estaban secos.

— Luego de ese experimento, el autor postula la posibilidad de consumir más de un alma al mismo tiempo —respondió Manuel, mirando al mural de nuevo.— Entonces comenzó a comerse los vampiros que tenía cautivos. Francisca me lo mandó porque lo robó de la investigación que estaban haciendo respecto al clan. Victoria estaba… asqueada, supongo, siempre fue más conservadora que nosotros; pero Francisca estaba interesada, y yo también. Empezamos a discutir las posiblidades de que fuera cierto ¿Sabías que algunas culturas antiguas creían que comer el corazón de un enemigo iba a darte su valor? Por supuesto que podía ser cierto.

— De eso hablaba la niña —murmuró la niña, mirando a Manuel tensarse.— Dejaste que probara la teoría en un clan de Santiago.

Martín sintió que todo el aire de su cuerpo había salido con esas palabras. Ahora entendía la mirada de los vampiros al rededor de la niña, ¿Mariana? ¿Eliana? Ya no podía recordar el nombre, incluso si eso solo había pasado unas horas atrás; ahora parecían años.

—Eliana iba a matar a ese vampiro —murmuró Manuel, bajando la cabeza.— Iba a matarlo al día siguiente. Era solo un neófito, pero había asesinado a un cazador, y la ley dice que Eliana tenía que encargarse de él. Ella misma me lo confirmó cuando me dejó seguir con vida luego de haber traicionado al clan. Pensé que si la dejaba probar la teoría con alguien irrelevante…

— ¿Irrelevante?

Martín vio a Manuel cerrar y abrir las manos, apretando los labios hasta volverlos una línea de piel casi blanca. La noche con Francisca volvió a su cabeza, el celular, las memorias que vio cuando ella lo mordió, Manuel prometiéndole que no tenía nada que ver luego de que Martín lo atacara.

— Como yo… Irrelevante como yo —siseó Martín, masticando cada palabra entre los colmillos que habían aparecido de pronto en su boca.— ¡Vos lo sabías!

— ¡No! —respondió Manuel.— ¡No sabía que ibas a ser tú! ¡No sabía que iba a ser así!

— ¿Por qué fui yo, Manuel? ¿Porque no tengo familia en Santiago? ¿Por que no tenía un trabajo estable? ¿Me iban a matar de todas formas al día siguiente? —gritó Martín, empujando a Manuel con un manotazo. Y luego otro, y otro, hasta que el vampiro chocó con la pared.— ¿Qué tenía que ver yo, si ya lo había probado boludo? ¿Por qué me mató a mi? ¿Fue porque si? ¿Por qué yo estoy vivo y el otro irrelevante no? ¡Respondeme boludo!

— ¡Porque le prohibí atacar el aquelarre! —siseó Manuel, empujándolo de vuelta, mucho más fuerte de lo que Martín había estado esperando.

Había sido tan fuerte de hecho, que Martín se encontró mirándolo desde el otro extremo de la habitación, pegado a la pared.

— Mario no hizo mucho por ella, se sintió poderosa y satisfecha por días, pero la siguiente vez que peleó con un vampiro más antiguo, le sacaron la cresta. —su acento se escuchaba extraño a causa de los colmillos que sobresalían de sus labios, pero Manuel siguió hablando como si ni siquiera lo hubiera notado— Iban a matarla si la dejaba seguir intentando retar vampiros antiguos... Es mi hermana, hueón, hemos vivido durante más de doscientos años, no podía dejarla seguir intentándolo así.

— ¿Entonces le dijiste que transformara a un humano? —preguntó Martín, resoplando.— ¿Qué? ¿Ibas a buscar otros vampiros para ejecutar mientras ella transformaba humanos?

— ¿Sabías que había tribus que creían que comer el corazón del enemigo les iba a dar su valentía? Algunos escritos sugieren que los brujos transformados suelen ser más poderosos que un neófito normal, pero en realidad no necesitas estar iniciado para tener magia. Pensé que iba a matar a quién eligiera, igual que con Mario.

— Es tu culpa —siseó Martín, tambaléandose hacia él.— ¡Todo es tu culpa! Soltaste a la loca de tu hermana, y hasta el dijiste donde ir, Manuel ¡Tú mataste a la niña! ¡Me mataste a mi! ¿Y ahora qué, vas a matar a Catalina también? ¿A María? ¿Julio y Miguel?

— ¡Cállate! ¡Francisca no mordió a Lucía! —gritó Manuel, dándole un golpe a la pared.

— ¿Y quién fue entonces boludo? ¿Quién más andaba buscando brujos, ah?

— ¡No lo sé! Hay alguien más, ¿vale? Ella jamás hubiera atacado el aquelarre.

— Ah, claro —respondió Martín, resoplando una risa irónica.— porque eso se lo prohibiste, ¿verdad? A todos los demás que nos haga mierda.

—¡No te conocía! ¿Cómo iba a saber que tenía que importarme? No podía proteger a todos los humanos con magia en la puta ciudad Martín ¡Es lo mismo que los vagos que te comiste al comienzo, es lo mismo que los conejos! Somos depredadores, a veces matamos gente, no vengas a pretender que tú no lo hiciste también.

No tenía forma de probarlo, pero a juzgar por la falta de reacción, Martín supuso que Manuel sabía que se le iba a lanzar encima, incluso antes de que el propio Martín lo supiera. La rabia se sentía como fuego en su pecho, y antes de saberlo estaba gritandole insultos, pegando puñetazos y patadas sin pensar donde iban a llegar. La primera vez que había peleado con Manuel había sido así también, solo que esta vez, Manuel estaba devolviendole los golpes, enseñando los colmillos y azotándolo contra los muebles y las paredes.

No tenía idea de cuanto tiempo había pasado cuando por fin se separaron con un golpe, que Martín no sabía si había sido suyo o de Manuel, pero la puerta estaba sonando como si alguien estuviese intentando forzarla y afuera se escuchaban las sirenas de una patrulla.

— Voy a matarla —siseó Martín, escupiendo la sangre que tenía en la boca mientras cojeaba hacia la ventana.— Y a vos después.

Manuel, con el pelo revuelto y el cuerpo lleno de marcas, soltó un resoplido que parecía más un suspiro.

— Ojalá te funcione —fue lo último que escuchó Martín antes de saltar.

Chapter Text

Sebastián Artigas arrendaba un departamento cerca de la línea uno en el metro, por Moneda, porque su trabajo estaba a dos estaciones, y según él, estaba acostumbrado a vivir en el centro de Santiago desde que era un niño. Martín podía corroborar eso, pero también podía corroborar el hecho de que Sebastián odiaba el centro de Santiago con una pasión que pocas personas alcanzaban a conocer.

Su edificio tenía solo cuatro pisos, de hecho era uno de esos viejos en los que cambiabas la comodidad por el espacio, y el sol jamás entraba por sus ventanas directamente. Antes de vivir ahí, había estado cerca de Cumming, en un edificio más nuevo que parecía una cajetilla de fósforos a medio abrir. En ese, el sol entraba por el ventanal de uno de los ambientes y alcanzaba a iluminar casi todo el lugar a eso de las cuatro de la tarde, pero Sebastián y su gata necesitaban mucho más que luz para estar satisfechos.

Martín había ido al nuevo departamento un total de cinco veces antes de perder su vida. La última vez había sido para hablar sobre devolverse a Argentina de hecho. Era algo que hacían, Martín iba y hablaban de las ideas hipotéticas de Argentina, de mandar todo a la mierda, o de tomarse unas vacaciones nomas, para ir a Buenos Aires, visitar a la familia y quizá ver algo nuevo antes de volver a la rutina.

Su tía se había llevado a Sebastián a Santiago cuando su primo era solo un niño, así que Martín ni siquiera recordaba bien el tiempo que habían pasado en el mismo país cuando niños; tenía un par de memorias de ellos peleándose, de él tirándole una pelota de fútbol por la cabeza y de Sebastián dándole una patada en la rodilla, pero nada además de eso. No había sido una separación dolorosa, ni siquiera había contado como una separación, a menos de que Martín considerara los sentimientos de su madre y la correspondencia que mantenía con su hermana a través de la cordillera hasta el día de hoy.

Lo que es Martín, ni siquiera había recordado que tenía un primo hasta viajó a Santiago con su madre por primera vez cuando tenía catorce años.

Llegar a su departamento ahora que debería estar muerto era parecido a eso. Martín sentía que habían pasado años desde la última vez que había hablado con su primo, y décadas, desde la última vez que sus vidas habían tenido algo en común. Donde él había sido un tiro al viento, y Sebastián había estado terminando su carrera, listo para aceptar el primer trabajo estable que le ofrecieran y comenzar su independencia.

Donde Sebastián era una persona de carne y hueso, él era un zombie glorificado con una situación política complicada, aparentemente.

Lo único que siempre habían tenido en común era, según su tía, el mal gusto para el amor, la marca de su familia. No es que Martín lo creyera realmente, a su tía le gustaba ver comedias románticas, y siempre estaba esperando el momento en que sus niños iban a llegar con una pareja definitiva y un romance que valiese la pena según sus términos. Estaba esperando un final feliz, con un romance seguro, uno que no estuviera plagado de peleas como lo que habían conseguido ella y su hermana. Martín había querido aventuras, buen sexo y alguien con quién reírse. Constanza había tenido todo eso, y Manuel había tenido dos de esos requisitos, así que no podía estar tan mal.

No estaba seguro de qué tanto había cambiado la vida de Sebastián desde su muerte (si es que había cambiado en algo) pero a juzgar por el Toyota amarillo del que se estaba bajando, su vida amorosa no podía ser muy distinta de lo que Martín recordaba: muchos novios de una a dos semanas, todos con una buena situación económica, ninguno que durara lo suficiente como para presentarselo a su madre.

Su primo se veía igual que siempre, el mismo pelo lacio y rubio, algunos tonos más claro que el de Martín, los mismos lentes de marco rectangular, y el mismo gusto por los hombres morenos. El auto, quizá, era una novedad. Los novios de Sebastián usualmente tenían mejor gusto que eso.

Luciano Da Silva en cambio, él sí había cambiado. Martín casi no lo reconoció cuando lo vio bajar del auto, un poco después que su primo, pero su forma de hablar y sus gestos seguían siendo los mismos. La última vez que lo había visto, Luciano tenía 12 años y era un atado de extremidades huesudas y exceso de confianza. Más que cualquier otra cosa, Martín lo recordaba peleando, o encantando a los otros niños del edificio con sus habilidades: siempre era el más rápido, el más ágil, el que llegaba primero a la cancha improvisada que hacían en el estacionamiento, aunque todos los demás venían recién llegando del colegio.

De adulto, Luciano era un poco más bajo que Sebastián, pero con el cuerpo de un atleta. Tenía la espalda más ancha, y una voz más grave, pero Martín sentía que estaba viendo al niño que había sido ahí mismo, parado en lugar del adulto, con los mismos hoyuelos y el mismo pelo negro arremolinándose en todas direcciones, como si jamás hubiese tomado una peineta.

Los vio despedirse, dudando de si iba a ser capaz de seguir escondido cuando Luciano besara a Sebastián para despedirse. Por suerte, Sebastián solo le ofreció la mano, y se quedó parado mirando hasta que el auto dobló a la calle principal.
Martín había ido a Sebastián con un plan, le había tomado dos días de vagar por el mall del centro, y dos noches de caminar sin rumbo para planear cómo iba a explicar todo lo que había pasado en los últimos meses sin que su primo decidiera encerrarlo en el psiquiátrico, pero finalmente se había decidido a ir ese viernes, medio esperando a que Sebastián no estuviese en casa.

El punteo de su plan estaba escrito en uno de los cuadernos que había rescatado de su departamento esa primera semana. Estaba casi lleno de borradores e ideas para su novela, pero Martín había empezado a usar el reverso como una agenda desde hace meses ya. Algunos días necesitaba leer sus notas para convencerse a si mismo de que todo era real, de modo que anotar su plan de acción había sido el paso más lógico luego de que todo se saliera de control. Su plan, que tenía varios borrones, y una que otra maldición escrita en los márgenes, incluso consideraba la introducción con la que iba a iniciar la conversación. No era demasiado, pero era más seguridad de la que Martin había tenido desde Francisca.

— ¿Luciano, Seba, en serio? —esas no eran las palabras con las que había planeado su introducción, pero Martín no pudo evitarlo. Había estado esperando el momento adecuado, pero todas sus precauciones parecían haberse ido, todas pegadas en el horrible trabajo de pintura de ese Toyota.

Esa no era la frase con la que empezaba su introducción, y ese ciertamente no era el momento en que debería haberla dicho, pero ya era demasiado tarde.

La cara de Sebastián pasó por una serie de expresiones, miedo, sorpresa, confusión, alegría y rabia, en cosa de segundos. Ni siquiera parecía haber escuchado el ruido de su propio maletín cayendo al suelo, pero el resto de la gente en la calle si lo había notado. No eran muchos, dos transeúntes en la vereda de enfrente, y uno más caminando hacia ellos. Si hubiera sido alguien más, si hubieran sido otras las circunstancias, Martín habría esperando a que su primo terminara de procesar antes de intentar continuar con su discurso, pero el gesto parecía inútil a esas alturas.

— No puedo creerlo boludo, Da Silva está en Santiago. Vos estas con Da Silva, —Martín se rió, aunque no sonaba demasiado sincero— Es como si el mundo no pudiese ponerse más en mi contra.

— ¿Martín? —la voz de Sebastián sonaba ahogada y pequeña, como si la hubiese perdido en alguna parte del encuentro.

— Sabé que no lo apruebo, eh.

Cualquiera diría que con todos los poderes y los sentidos mejorados que había conseguido en su no-vida, un simple humano debería haber sido cosa fácil para él, debería haberlo visto venir horas antes de que pudiese acercarse a él siquiera, pero Martín igual recibió el golpe de Sebastián, directo en la mejilla. No estaba seguro si lo había recibido por decisión propia, o si sus instintos se habían callado de repente, como un interruptor defectuoso. Quizá incluso los había perdido desde su pelea con Manuel, como si todo lo que el vampiro le había enseñado de su nuevo mundo se hubiese evaporado junto a su confianza.

El puño de Sebastián impactó en su cara con tanta fuerza que Martín retrocedió un paso, llevándose ambas manos a la mejilla. Los tres transeúntes que había cerca se quedaron quietos, murmurando preguntas y ahogando exclamaciones de sorpresa que Martín no alcanzaba a entender por encima del zumbido en sus oídos.

El mundo se detuvo por dos segundos, y luego volvió a girar.

— ¡Qué mierda te pasa!

— ¡Pensamos que estabas muerto! —grito Sebastián, dándole un empujón, aunque esta vez no retrocedió ni un centímetro.— ¿Tenés idea de lo preocupados que estábamos? ¡Te buscamos por todos lados, y después tu departamento…! ¡Tuve que llamar a tu vieja, boludo!

Martín se imaginó a su mamá, vestida y arreglada como si fuera una fiesta, recibiendo esa llamada telefónica. Se la imaginó petrificada en la sala de estar, las pulseras sonando a causa del temblor en sus manos. Ya no era joven como para recibir ese tipo de noticias, un esposo desaparecido había sido más que suficiente.

— No —alegó, aunque no estaba seguro si era para Sebastián realmente.— ¿Por qué la llamaste?

— Pensamos que estabas muerto —repitió Sebastián, parando en cada palabra. Sus ojos estaban entrecerrados, hasta parecer apenas unas líneas de verde y pestañas rubias— ¿Qué querías que hiciera? Los testigos dijeron que te habías ido con una mujer, pero carabineros no pudo dar con ella, nadie podía describirla.

Habían muchas diferencias entre ellos, pero quizá la más importante, la que había permitido que Martín fuera víctima de un secuestro mientras Sebastián seguía su vida tranquilamente, era que su primo siempre se detenía a mirar. Miraba a la gente, miraba los lugares, y ahora miraba a Martín, como si solo eso bastara para entender qué iba a pasar después, y qué había pasado antes.

— Es cierto —aceptó después de un rato, desviando la mirada.

— ¿Estabas con ella? -pregunto Sebastián, aunque sonaba más como una amenaza. Parecía querer decir algo más cercano a un: ¿Nos dejaste pensar que estabas muerto para irte con una mujer? y Martín no estaba seguro de cómo responder eso en realidad. Por un lado, no, no había estado con ella durante esos meses, por otro lado, había estado con su hermano descubriendo todas las formas en que la vida eterna no era tan grandiosa como la pintaban las películas, y aún así no se había comunicado con su familia.

La mayor parte de ese tiempo lo había pasado asumiendo que la transformación lo había arruinado demasiado como para volver a su familia y el mundo real.

— Es complicado —suspiró, pasándose una mano por el pelo, solo para tener algo que hacer.

— Complicado es convencer a la tía de que no venga a buscarte ella misma —bufó Sebastián, poniendo los ojos en blanco.— Complicado es buscar información cuando el imbécil de tu primo dejó de hablar con todos después de terminar con su novia. Eso es complicado.

La gente apenas les estaba prestando atención ahora, pero lo último que quería era tener esta discusión en un lugar tan abierto, no después de todo lo que había pasado con la corte hace apenas unos días. Aún no era un experto respecto a las leyes vampíricas o cómo era que el príncipe se enteraba de cuando se rompían, pero no estaba dispuesto a descubrirlo simplemente por intentar explicarle su nuevo estatus a un humano.
Sebastián cerró los ojos, inspirando ruidosamente, como si estuviese conteniendo apenas las ganas de recurrir de nuevo a su puño.

— Lo tuyo no es complicado ¿Estabas con ella o no? —preguntó, avanzando hasta quedar a apenas uno o dos centímetros de Martín.— ¿Estabas teniendo sexo con tu novia mientras carabineros, y yo, y tu ex, te buscábamos por todo Santiago?

— ¡No! —respondió Martín, apretando los puños.— No tuve nada con ella boludo, me engañó, no quería… Mira, no importa. Estoy acá ahora, y si no querés escucharme da igual.

Quizá haber ido donde Sebastián había sido una mala idea después de todo, pero no tenía nadie más. Martín nunca había estado corto de amigos durante su vida, ni en Argentina ni en Chile. Era todo lo contrario, pero después de Constanza las cosas habían sido difíciles, y ahora dudaba que la mayoría de esos amigos (por no decir todos) lo fueran a recibir de brazos abiertos si sabían que era algo menos que humano.

Algo menos y algo más que el Martín que habían conocido.

— Esta bien. Vamos

— ¿Vamos?

— No podés creer que voy a dejar que te vayas —respondió Sebastián, recogiendo su maletín del suelo.— No ahora que te encontré.

— No me encontraste —gruñó Martín, empezando a caminar unos segundos después de él, secretamente feliz de que el puñetazo fuese lo único que iba a tener que pagar para tener a su primo de regreso.

 


 

 

La gata de Sebastián había comenzado a gruñir mucho antes de que su dueño alcanzara siquiera a tocar la puerta del departamento, y aunque nadie dijo nada, Martín podía sentir la sorpresa de Sebastián en cada movimiento. Los bufidos de la gata eran tales que Martín estaba esperando que el animal se le lanzara encima apenas su primo terminara de abrir la puerta, pero se negaba a retroceder o protegerse de Mimi, que siempre había sido dócil, cariñosa incluso, según podía recordar.
La última vez que había estado ahí, el animal se había quedado dormido encima de sus piernas, ronroneando como si fuese un pequeño motor. Martín incluso había pensado en adoptar un gato después de esa tarde, medio convencido de que cuidarlo no sería tan difícil como sostener una relación.

Muchas cosas podían cambiar en unos meses, aparentemente.

— ¿Y a vos que te pasa? —preguntó Sebastián apenas abrió la puerta, frunciendo el ceño frente a la bola de pelos erizados en que se había convertido su mascota.— Mimi, tranquila nena, es solo Martín, no podés haberlo olvidado así de rápido —dijo, haciéndole una seña a Martín para que se apurara a entrar.

Sebastián cruzó la puerta con cuidado de no dejar mucho espacio entre él y el marco, así que cuando le tocó hacerlo a Martín, la puerta estaba perfectamente junta, como si eso pudiese apaciguar a alguno de los presentes.

— Dale, la tengo en brazos.

Martín no estaba seguro de cómo describir el ruido que hizo el animal cuando cruzó el umbral de la puerta; era más un grito que un maullido, y en cosa de segundos estaba solos en el pasillo de la entrada: Martín cerrando la puerta, y Sebastián pestañeando sorprendido, con las manos vacías y pelo blanco esparcido por la camisa. Y a unos metros de ellos, Mimi estaba entrando a la habitación principal, como si un perro la estuviese persiguiendo.

— Okay —murmuró Sebastián, mirando a Martín con el ceño fruncido.— Eso fue… ¿Qué pasó?

— ¿No estoy seguro? —respondió Martín, intentando ignorar la incredulidad en la cara de Sebastián. La ola de culpabilidad y vergüenza que había comenzado a subir desde el inicio de los ruidos de la gata estaba amenazando con hundirlo a esas alturas.

— Supongo que me ve como un depredador.

— Antes te quería.

Martín se encogió de hombros, intentando pretender indiferencia, aunque era difícil, considerando que había visto a la gata desde que cabía apenas en la palma de una mano, y siempre había sido uno de sus favoritos.

— Pasaron cosas —contestó por fin, dándose el tiempo justo para respirar profundo antes de intentar obligarse a olvidar la escena.— Varias cosas.

— ¿Son parte de la explicación que me ibas a dar?

— Algo así.

El silencio del departamento no era exactamente opresivo, ni siquiera alcanzaba a ser tenso realmente, pero Martín se sentía incómodo de todas formas, cargando el peso de su cuerpo en un pie y luego en el otro mientras esperaba a que Sebastián terminara de escudriñarlo con la mirada. Todo el proceso no podía haber sido unos segundos, pero para Martín se habían sentido como horas antes de que su primo asintiera con la cabeza, como si acabase de llegar a la conclusión de una pregunta que Martín no había escuchado.

— Dale, voy a poner el agua y cuando vuelva me vas a contar todo.

La historia de su muerte no era material para un best-seller ni mucho menos, pero Martín encontró consuelo en el hecho de que una vez había empezado a hablar, Sebastián lo escuchó hasta el final. De vez en cuando había un insulto a medio decir, o una mirada incrédula, especialmente cuando Martín llegó a la parte del bar, pero fuera de eso, su primo parecía dispuesto a esperar antes de tratar de encerrarlo en el psiquiátrico.

Martín había planeado censurar partes de la historia cuando llegó a la conclusión de que no podía no contarla si quería que le creyesen, pero una vez comenzó a hablar de Manuel fue como si se hubiese roto algo dentro de él. Ese algo que lo había mantenido cuerdo hasta ese momento, probablemente, desatando todo lo que no había podido decirle a ninguno de los extraños con los que había pasado los últimos meses.

Le contó sobre la madriguera y los conejos. Sobre correr, sobre Victoria, sobre los libros de vampiros que había dejado en la habitación del bar, todos amontonados en columnas desiguales contra la pared. Le habló sobre Lucía, incapaz de controlar el temblor de su voz cuando llegó a la parte de su ejecución. No había tenido tiempo de procesarlo realmente entre la rabia y la confesión de Manuel, pero allí, sentado a la mesa de su primo con tazón de café en las manos y un plato de galletas al frente, era imposible ignorarlo por más tiempo.

La niña estaba muerta, y no tenía idea de qué había pasado con el aquelarre después de esa noche, no había pensado siquiera en volver a ellos luego de la pelea con Manuel ¿Qué iba a hacer? ¿Decirles que el vampiro los había traicionado? ¿Que Francisca había mordido a Lucía?

Incluso si hubiese encontrado a María, no tenía forma de probarlo, ni la más mínima idea de una solución además de matar a Francisca.

— Martín — siseó Sebastián con una urgencia extraña en la voz— Martín, ¡Martín!

— ¿Qué pasa? Pensé que querías que te contara.

— ¡Tus ojos boludo!

— ¿Qué? ¿Qué tienen? —preguntó, llevándose una mano a la cara.— Sí sé que no te sientes cómodo con un hombre llorando boludo, pero te estoy contando algo serio, no podés solo…

El resto de su queja murió cuando miró las yemas de sus dedos. Sus lágrimas eran un líquido rojizo, igual que las de Lucía y Manuel. No es que hubiera estado esperando algo distinto, intelectualmente sabía que tenían que ser igual a las de ellos, pero verlo en si mismo aún lo tomaba por sorpresa.

— ¿Es verdad? —murmuró Sebastián, mirándolo con el ceño fruncido.— Los vampiros… y el… —continuó, haciendo un gesto vago hacia Martín con la mano izquierda.

— Obvio que es verdad, boludo, llevo media hora diciendote que… Ah, no me creías.

— ¡No! —respondió Sebastián, ahogando una risita histérica.— ¡Claro que no, Martín!

— ¿Y por qué me escuchaste entonces?

— Pensé que si te decía algo ibas a agitarte, que se yo.

Martín se rió, pasándose ambas manos por la cara. Sabía que iba a ser difícil, lo había sabido desde mucho antes que decidiera ir donde Sebastián, pero la falta de interrupciones lo había hecho pensar que quizá iba a ser más fácil, que quizá iba a poder hacerlo entender.

Obviamente había estado equivocado.

— Lo estoy intentando Martín —gruñó Sebastián, cruzándose de brazos. Su cara estaba pálida, y su lenguaje corporal exudaba incomodidad, pero su expresión tenía el mismo tinte irritado que Martín recordaba de cuando eran niños. La misma mueca testaruda que ponía cuando alguien lo intentaba corregir en algo.— No podés esperar que solo te crea. Te ves igual que siempre, podrías haber estado teniendo un episodio de esquizofrenia o algo así Martín.

— Lloro sangre —respondió Martín, tan plano como pudo.

Sebastián tuvo la decencia de verse avergonzado por apenas dos segundos antes de comenzar a hablar de nuevo.

— Bueno, ya, lo siento, es solo que… Es difícil de creer.

— Podría enseñarte.

— ¿Perdón?

Martín suspiró, cerrando los ojos. Nunca había intentado sacar sus colmillos por voluntad propia, pero salvo por entrar en la mente de su primo, esa era la única prueba que podía darle sin asesinar algo en el proceso. Intentó pensar en el hambre, pero ya había cazado esa noche, y en ese momento era solo un zumbido distante en su mente, presente como siempre, pero demasiado pequeño como para impulsar el cambio.

— ¿Martín?

La cara de Manuel se le vino a la mente, cómo había estado haciendo durante los últimos dos días. Era la expresión con la que se había confesado, las líneas de angustia que había dejado el asesinato de Lucia, el brillo de sus ojos cuando habían comenzado a pelear, salvaje y tan patentemente vivo que Martín aún no estaba seguro de si quería matarlo o besarlo.

Si se dejaba pensar en eso, aunque fueran solo segundos, había una parte de él que incluso quería morderlo.

Sebastián no se cayó de su silla ni derramó su mate cuando Martín le enseñó sus colmillos, pero sus manos estaban temblando en torno al tazón.

— Así que… Sos un vampiro —murmuró, subiendo el tono de voz progresivamente hasta terminar en una risita nerviosa, medio incrédula, aunque Martín suponía que esa era la mejor reacción posible a esas alturas.

— Soy un vampiro —repitió, llevándose una galleta a la boca.

— La esquizofrenia habría sido más fácil de tratar —suspiró Sebastián, tomándose lo que quedaba de mate en un solo sorbo.

No era exáctamente lo que había estado esperando, pero Martín pasó la siguiente hora respondiendo las preguntas de su primo, aunque la mayoría de sus respuestas estaban en el rango de un “no sé”, “no pregunté” y su favorita personal “a quién le importa”. Luego de media hora de preguntas Sebastián parecía menos que impresionado con su falta de conocimiento, pero no había comenzado a tirarle ajos ni había sacado un rosario todavía, así que Martín lo consideraba como una victoria parcial.

— ¿Y qué vas a hacer ahora? —preguntó su primo al final de la interrogación, llenando su tercera taza de mate de la tarde.— No van a venir a buscarte ¿verdad?

— No sé, no creo.

— Excelente —suspiró Sebastián, claramente irritado.— Si termino muerto por tu culpa voy a perseguirte por siempre Martín. Tienes vida eterna, ¿no? Es un siempre literal. Por. Siempre.

— No va a pasar nada boludo —gruñó Martín, poniendo los ojos en blanco.— Solo necesito un lugar para pasar el día, pero si no querés me puedo ir ahora.

— No seas dramático Martín.

— ¡Vos empezaste!

— Solo estoy diciendo que sería bueno estar preparado —dijo Sebastián, encogiéndose de hombros.— Quiero saber qué podría pasar.

— En verdad no estoy seguro —respondió Martín luego de un rato, suspirando las palabras como si fueran un peso físico sobre su cuerpo.— No creo que Manuel vaya a buscarme después de lo que pasó, pero si encuentro a Francisca… Incluso si no la encuentro, hay más como ella.

— ¿No podrías olvidarte del asunto y ya? Podrías empezar a trabajar desde acá, quizá incluso podría ayudarte a alquilar un depa de aquí a unos meses.

— ¿Y hacer qué? —preguntó, frunciendo el ceño.— ¡Estoy muerto, Seba! ¿Para qué quiero un trabajo?

— ¿Para sustentarte? Estás acá Martín, no sé cómo le llamás vos a eso, pero para mi te ves igual de vivo que antes. Si, quizá tenés dientes más grandes, pero eso es todo boludo. La mayoría de los muertos no pueden decir lo mismo.

— No entiendes.

— Entiendo que querés perseguir a una psicópata. Entiendo que querés gastar tu segunda vida metiéndote en los asuntos de gente que ejecuta adolescentes porque sí. —alegó Sebastián, gesticulando ampliamente con las manos, como si pudiese englobar todo en un solo tirón de brazos.— Vos me dijiste esas cosas. Incluso te pusiste a llorar cuando me hablaste de la niña boludo. No entiendo por qué querés seguir metiéndote en eso. Olvídate. Vuelve a Argentina. O quédate acá, pero olvídate.

— ¡No puedo hacerlo! —gritó, golpeando la mesa con las palmas.— Vos crees que es lo mismo, pero no puedo hacerlo Seba. No puedo pretender que estoy vivo, no quiero hacerlo. Y no voy a obligarte a ayudarme, así que vos no intentes obligarme a cambiar de opinión.

Ir donde su primo había sido un error, pero era la última idea que le quedaba sin tener que recurrir a Constanza, y Martín se levantó con dificultad de la mesa, intentando imaginar otras opciones. Aún podía volver al bar, Catalina lo acogería a cambio de la información que tenía sobre Manuel, pero aún ahora no podía imaginarse traicionando al vampiro de esa forma.

— Siéntate —suspiró Sebastián, alargando el sonido de las vocales. Aún parecía irritado, pero en la experiencia de Martín, esa expresión no era extraña cuando estaban juntos.— Sos un adulto, no voy a intentar obligarte a ser razonable. —explicó, ofreciendo una media sonrisa.— Sólo recuerda que no tenés permiso de intentar chuparme la sangre cuando descubras que tenía razón.

 


 

 

La vida con Sebastián se sentía como haber vuelto a ser humano. Martín apenas llevaba una semana en el departamento, pero ya se había vuelto a acostumbrar a la rutina de despedirse de su primo en las mañanas, y comer con él cuando regresaba del trabajo. Los sólidos aún le provocaban dolor de estómago y visitas desagradables al baño, pero no era lo peor que había vivido desde su muerte, y cierta parte de él apreciaba haber recuperado el concepto de sentarse a comer con alguien más.

El resto del tiempo se le iba en la televisión y el computador mientras intentaba conseguir algún tipo de contacto que le ayudara a encontrar a Francisca, sin embargo, internet no parecía tener mucho que ofrecerle fuera de leyendas y foros, e incluso si consideraba eso, Martín no tenía forma de comprobar qué era real y qué no.

Lo único que había podido encontrar hasta el momento era la leyenda de Eliana LaBerne Cozac, que se supone había sido la joven hija del dueño de una mina de salitre, y había muerto asesinada en la mansión de la pareja en Trinidad. La principal sospechosa en la época había sido su dama de compañía, pero no habían podido probarlo, y el cuerpo había desaparecido antes del entierro. Según la historia, su espíritu aún habitaba el edificio, que había sido declarado como un patrimonio de la humanidad algunos años atrás. En el retrato, la cara de Eliana se veía un poco más ancha, y los ojos eran un poco más redondos, pero Martín no tenía dudas de que era la misma mujer. Niña. Vampiro.

Inspirado por el articulo, Martín había buscado historias sobre hermanos, sobre un dueño de fundo muerto, sobre su hija desaparecida y su hijo asesinado, pero ni Manuel ni Francisca estaban por ninguna parte, y a pesar de lo que sugerían sus recuerdos, Victoria no había sido tan sobresaliente como para aparecer en ningún artículo. Una larga y frustrante búsqueda después, Martín podía concluir que incluso Adán parecía haber sido irrelevante durante su vida, y para qué hablar del Aquelarre compuesto de extranjeras.

No había estado esperando cuentas de Facebook exáctamente, pero no se habría quejado si ese fuera el caso, especialmente con María o Catalina. Martín había mirado las noticias todos los días esperando saber algo sobre una masacre, o la desaparición de una niña, pero no había nada fuera de lo común. Ese era el problema del departamento, en realidad, ahí no pasaba nada fuera de lo común excepto por el Toyota amarillo de Luciano que aparecía de vez en cuando en la calle de enfrente. Sebastián nunca lo había invitado a pasar, pero Martín lo había visto mirar hacia arriba una vez, específicamente a la ventana desde la cual él estaba mirándolos. Su cuerpo había reaccionado antes que su cerebro, haciéndolo retroceder tan rápido que Martín dudaba que Luciano lo hubiera visto realmente, pero no había vuelto a mirarlos desde entonces.

Aún estaba molesto con Manuel, aún le dolía pensar en el Aquelarre y Lucía, pero parte de él extrañaba el constante ir y venir de cosas nuevas. La idea de que había caído en un mundo donde nadie lo conocía, y nadie tenía interés en él. Quizá era por eso que ni siquiera había intentado escapar cuando Victoria apareció frente a él la séptima noche. Martín había terminado de cazar hace poco, y aún tenía algo de la adrenalina en el cuerpo cuando la vio aparecer, pero ni siquiera pensó en correr.

No tenía miedo, y no estaba lo suficientemente molesto como para querer evitar el encuentro, no con Victoria al menos. Había estado esperando a Manuel, desde la primera noche que se habían separado que estaba esperando que Manuel fuese a buscarlo, para pelear o para disculparse, Martín no estaba seguro, pero se sentía como algo que tenía que pasar. Y en vez de eso estaba Victoria, caminando hacia él con un suave vaivén y la seguridad de quién sabe que es lo más peligroso en un lugar.

— No te tengo miedo —dijo, cuando Victoria estaba a solo un metro de él.

— No necesito que lo tengas —respondió, claramente divertida.— Solo quiero hablar sobre lo que pasó.

— ¿Él te mandó? —bufó Martín, poniendo los ojos en blanco.— No sé que te dijo, pero tampoco me importa ¿Sabés? Estoy harto de sus juegos.

— Está bien.

— No los necesito para… ¿Perdón?

— Está bien, Martín. Manuel desapareció hace unos días. —dijo Victoria, encogiéndose de hombros.— Me habló de la teoría, y del experimento de Francisca, y luego se fue. Supongo que debí haber sabido que no me estaba diciendo todo —suspiró, avanzando.— Yo cree a Francisca, y fui yo la que le enseñó a Manuel, pero nunca he podido competir con su sangre.

— ¿A qué viniste entonces?

— Vine a disculparme —dijo, poniéndole una mano en el hombro.— Sabía que había sido una transición difícil, pero jamás me imaginé que Francisca pudiera ir tan lejos. Como su creadora es mi deber velar por sus acciones, y lo que te hizo… La transformación debería ser un regalo. Una oportunidad de comenzar de nuevo. Francisca jamás había elegido a un hombre antes, y pensé que quizá había visto algo especial en ti.

Martín entrecerró los ojos, buscando alguna señal dentro de la expresión ausente de Victoria, que ya ni siquiera lo estaba mirando directamente, pero no había nada. Nada para él, al menos. Imaginaba que, en alguna parte de esa calle de cemento roto y casas sin patio, Victoria estaba viendo a la Francisca de sus recuerdos, la que había transformado a Manuel sin su permiso; el único hombre que había elegido por encima de Victoria.

— ¿Pensaste que éramos amantes entonces? —dijo, enarcando una ceja.— ¿Que ella me preguntó si podía matarme con una cena y una copa de vino? No me hagas reír.

— Pensé que te había elegido —repitió Victoria, apretándole el hombro.— Y ahora sé que no. Por eso vine a verte Martín. Es mi deber como su creadora darte la elección que ella no te dio.

— ¿De qué estás…? —preguntó Martín, frunciendo el ceño. Victoria lo estaba mirando ahora, más paciente que nunca, con las cejas levemente arqueadas.— ¿Qué podrías ofrecerme vos? No podés hacerme humano de nuevo. No podés devolverme mi vida. Y yo sé que no estás dispuesta a matarla por mi.

El entendimiento se sintió como un golpe físico, Martín incluso retrocedió un par de pasos, tocándose el hombro en el que había estado la mano de Victoria. Sabía, intelectualmente hablando, que no le había hecho nada en el breve contacto que habían tenido, pero aún así necesitaba comprobarlo, de la misma forma en que aún necesitaba respirar para estar seguro de que estaba vivo.

— Vas a matarme —murmuró, sintiendo la sangre robada, el café y la mitad de tostada que había comido con Sebastián revolviéndose en su estómago.— A eso viniste ¿verdad?

— Somos eternos —respondió Victoria.— Algunos toman la decisión de acabar con sus propias vidas después de un tiempo, y otros no son capaces de hacerlo. Simplemente quiero darte la oportunidad.

— ¿De matarme? —la risa se le escapó casi inmediatamente después de que terminara de hablar, alta y medio histérica.

— No quieres esta vida, Martín. Solo te estoy dando la oportunidad de acabarla.

— ¿Qué sabés vos si no la quiero?

— Todo lo que has hecho desde la transformación es pensar en vengarte de tu creadora ¿Por qué debería creer que quieres esta vida? —suspiró Victoria.— Solo es una oferta Martín. Si no la quieres, yo puedo acabarla sin dolor. Es lo mínimo que puedo ofrecerte luego de que Francisca te forzara a tomarla.

Martín volvió a reírse, algo más tranquilo esta vez. Victoria no parecía dispuesta a moverse o a cambiar de expresión, pero su postura parecía haberse relajado un poco cuando Martín volvió a mirarla, o quizá era simplemente él, que ya no se sentía como un elástico a punto de cortarse.

— ¿Le ofreciste lo mismo a Manuel?

— ¿Perdón? —preguntó Victoria, genuinamente sorprendida por primera vez desde que Martín la había conocido.

— Que si te ofreciste a matar a Manuel después de que Francisca lo transformara. —repitió Martín, encogiéndose de hombros.— Él no quería esta vida, yo lo sé. Vos debes saberlo también. Boluda, estoy seguro que hasta Francisca lo sabe.

El silencio que siguió fue más ruidoso que cualquier respuesta, y aunque lo estaba esperando, Martín no pudo evitar sentirse ofendido en nombre de Manuel cuando Victoria desvió la vista. Él mismo no estaba seguro de estar listo para vivir una eternidad, pero Manuel quería estar muerto, al menos al comienzo eso es lo que había estado esperando.

Él mismo se lo había dicho, y aún así aquí estaba, cumpliendo sus docientos y tanto años, olvidado en una carretera entre Santiago y Viña del Mar.

— ¿Por qué?

— Ella no me lo habría perdonado nunca —respondió Victoria, apretando las manos.— La transformé porque la amaba.

— Por eso no me lo ofreciste al comienzo —murmuró Martín, parpadeando. Parecía increíble que aún pudiese sorprenderse con el egoísmo de los vampiros, pero ahí estaba.— Pensaste que le iba a importar.

— Son más de docientos años —siseó Victoria, avanzando hacia él con renovada energía.— ¡Doscientos años juntas! Contra una vida de veinte y tantos. Contra la vida de un humano, como los que comemos todas las noches ¡Dime que habrías hecho algo distinto!

Parte de él quería decir que si, incluso abrió la boca para argumentarlo, pero ¿Qué iba a decir? Victoria tenía razón, jamás había sido altruista, jamás había considerado sacrificar su relación con la gente que amaba por algo que no lo afectara directamente. Constanza había cortado su relación porque Martín era Martín y ella quería algo distinto, no porque él le hubiese hecho daño en nombre de la justicia, o lo que quiera que fuese que justificaba participar del suicidio asistido que le estaba proponiendo Victoria.

Con Manuel había demasiados factores como para comenzar a contarlos siquiera, y jamás habían dicho que estuviesen en una relación realmente, pero incluso ahora Martín esperaba volver a encontrárselo, con la misma certeza con la que sabía que si llegaba a matar a Francisca, Manuel jamás iba a volver a aparecer.

Quizá Victoria iba a ofrecerle la muerte cuando eso pasara, y Martín jamás iba a saberlo.

— No necesito que me mates —dijo Martín, apretando las manos.— Francisca puede hacerlo ella misma cuando la encuentre.

— Pensé que tú ibas a matarla. —suspiró Victoria, y por un momento, Martín vio a Manuel en ella, expulsando el peso de todo el universo en una simple respiración.
Martín sonrió sinceramente, sintiendo que no lo había hecho desde hace días, y se encogió de hombros.

— Lo que pase primero.

 


 

 

Victoria se fue con la promesa de mantenerlo al tanto de la información que pudiera conseguir respecto al Aquelarre y Manuel, aunque Martín no recordaba habérselo pedido específicamente. De hecho, luego de que los ánimos se calmaran, Victoria le había ofrecido todo tipo de información gratuita, como si aún estuviese intentando engraciarse con él, y en cierta forma, Martín había asumido que eso era lo que estaba pasando en realidad, que alguien como Victoria difícilmente sabría pedir disculpas como la gente normal. No, en vez de la opción inútil de un «lo siento», Victoria se había dedicado a hablarle de la desaparición de otro de los miembros del consejo, y la inestabilidad en la que había caído la ciudad luego de la ejecución de Lucía, aunque en sus propias palabras, la inestabilidad no tenía nada que ver con la joven bruja, y todo que ver con la ejecución.

No había nada que Martín pudiese usar para encontrar a Francisca en medio de todo lo que Victoria le había dicho, pero aún así era muchísima más información que lo que había conseguido en una semana de estar escondido en el departamento de Sebastián, y eso era algo que no podía ignorar.

Había planeado evitar el bar de Miguel por el resto de su vida, o al menos hasta que dejara de soñar con Lucía, pero luego de la visita de Victoria había sido imposible ignorar el hecho de que no estaba avanzando. Ella estaba buscando a Francisca, Manuel estaba haciendo quizá qué para que nadie encontrara a Francisca ¿y él? Él estaba jugando a estar vivo en el departamento de Sebastián. Estaba procrastinando su misión de la misma forma en que había procrastinado su trabajo cuando aún tenía uno, y aunque legítimamente sentía que merecía algún tipo de descanso luego de todo lo que había pasado en los últimos meses, no le hubiera extrañado que Sebastián solo estuviese evitando sacárselo en cara por el miedo a que Martín se ofendiera y volviese a desaparecer.

El bar era el único punto confiable de información en el que podía pensar ahora que no tenía apoyo externo, y parte de él, una parte en la que trataba de no pensar demasiado, estaba esperando poder descubrir algo respecto a la desaparición de Manuel también, a fin de cuentas, Victoria jamás habría pensado en preguntarle a un humano y una bruja por el paradero de su criatura.

— Nos están mirando —siseó Sebastián, dándole un golpecito en la canilla para traerlo de regreso a la realidad.

— Te están mirando a vos —dijo Martín mientras caminaba hacia la puerta, consciente de que su primo decía la verdad.— Sos humano, ellos no ¿Qué esperabas?

Habían decidido ir ese mismo martes, apenas Sebastián llegó del trabajo, sin embargo, Martín ya estaba arrepintiéndose de la decisión. Había esperado que el bar estuviera más vacío por ser un día de semana, pero la cantidad de gente que no había sólo podía ser una mala señal. La entrada, que usualmente estaba llena de personas, solo tenía a dos mujeres afuera, ambas notoriamente incómodas, mirando a su alrededor cada cierto tiempo, como si estuvieran esperando ser atacadas en cualquier momento. El ambiente no era mucho mejor dentro del edificio, Martín había contado apenas cinco personas entre las primeras tres habitaciones, todos con la misma actitud nerviosa de las mujeres de la entrada, todos mirándolos con una mezcla de curiosidad y paranoia que hizo que Martín se pegara más a Sebastián.

— No sé por qué te dejé venir. —se lamentó, apurando el paso.— Sos como traer un anuncio.

No tenía fundamentos para creer que las cosas fueran distintas en la habitación principal, pero ahí estaría Miguel también, y Martín estaba seguro de que fuera lo que fuera que estaba afectando a la gente, Miguel no dejaría que le hicieran daño a otro humano.

— Porque no tenés fuerza de voluntad, —dijo Sebastián en un susurro, poniendo los ojos en blanco— No te pegués tanto, Martín, parecés mi mamá.

— No necesitás verte cool acá Seba, no estás tratando de encontrar un... —respondió Martín a modo de broma, aunque su voz había subido de tono hacia el final a causa de la sorpresa. Sebastián, que estaba mirando a cualquier lado menos Martín, tenía el corazón latiendo rápido y la mente llena de fantasías que Martín estaba intentando no escuchar.— Mentira, te tenés que devolver ahora boludo ¿Qué pasó con Luciano?

— Ya te lo he dicho —dijo Sebastián, con mucha más dignidad de la que Martín creía que debería tener luego de esa revelación.— Luciano es un amigo, se acercó a ayudar cuando salió la noticia de tu desaparición.

— Vos pensás que yo soy pelotudo.

— ¡Martín! —llamó Catalina desde la barra, efectivamente cortando el hilo de la conversación.

Martín sabía que iba a encontrarse con el aquelarre si se atrevía a aparecer en el bar, pero no estaba preparado para ver las marcas rojizas en el cuello de Catalina, ni las vendas en sus manos. Probablemente había más marcas debajo de su ropa, moretones, mordidas o rasguños que él podría haber intentado evitar si tan solo no hubiera escuchado a Manuel.

Con eso en mente, Martín estaba preparado para una serie de acusaciones que jamás llegó. Catalina, en vez de golpearlo o gritarle como debería haber hecho, lo estaba abrazando con tanta fuerza que dolía un poco.

— Pensamos que te habían detenido —suspiró Catalina, respirando profundo contra su pecho.— Gracias a Dios.

— ¿Catalina? —preguntó Martín, apenas haciendo ruido.

— ¿Dónde está Manuel? —preguntó, mirándolo directo a los ojos. Se veía cansada, pero completa, y la esperanza en sus ojos parecía iluminar todo su rostro al mismo tiempo.— No, no me digas acá. María va a querer saberlo ella misma.

Martín se dejó llevar hasta que sintió el tirón en su ropa. No sabía exáctamente cuando lo había tomado, pero Sebastián tenía la parte de atrás de su chaqueta firmemente agarrada entre los dedos, y cuando tiró de él, fue como si sus vidas estuvieran colisionando dentro de su cabeza, y la de Catalina, a juzgar por la mirada sorprendida que dirigió hacia Sebastián.

— ¿Otro?

— Catalina —repitió Martín, soltándose amablemente de sus manos.— Este es mi primo, Sebastián. Es humano —añadió, rápidamente, irracionalmente preocupado por la posibilidad de que lo confundieran con un neófito, o con alguien que él podría haber transformado.— Seba, ella es Catalina.

— La bruja —dijo Sebastián, arqueando las cejas.

Catalina entrecerró los ojos, claramente dividida en su opinión de Sebastián. Martín no podía juzgarla, su primo solo tenía dos versiones: Encantador o terrible, y claramente no estaba inclinado a intentar la primera opción ese día, no importaba que estuviera en medio de una colmena de avispas.

Iba a tener que hablar con él luego, si es que Catalina no le tiraba una maldición o algo, Martín aún no estaba seguro de la extensión de sus poderes.

— Vinimos a hablar con Miguel. —dijo Martín, poniéndose más firmemente entre Catalina y su primo.— Bueno, yo vine a eso.

— Ay Martín —suspiró Catalina, cerrando los ojos.— No deberías contar secretos que no te pertenecen —dijo, dedicándole una mirada significativa antes de darle la espalda.

Martín miró a Sebastián, y su primo le devolvió el gesto con una subida de hombros, como si dijera «¿Qué iba a saber yo? Vos sos el sobrenatural». De cierta forma era reconfortante saber que no necesitaba entrar en su mente para saberlo, pero por otro lado Martín estaba reconsiderando qué tan buena idea era seguir avanzando ahora.

— Vamos —llamó Catalina, tronando los dedos.— La reunión ya va a terminar.

Catalina los guió a la parte de atrás de la barra, a la puerta que Martín siempre había asumido era la entrada de la cocina, pero se detuvo apenas tocó el pomo, mirando a Martín y Sebastián.

— No puede entrar —dijo, apuntando al humano con un movimiento de cabeza.— María me gritaría por meses.

— Pero…

— No voy a irme —alegó Sebastián, parándose un poco más derecho que antes.— Este pelotudo desapareció por meses, no voy a dejarlo solo con un montón de… con ustedes ahora.

— No es tú decisión —siseó Catalina, frunciendo el ceño.— Pero puedes quedarte conmigo en la barra.

— Está bien, Seba —susurró Martín, intentando controlar la parte de él que sentía que estaba mirando a la versión masculina de su tía en ese momento.— Está bien, boludo, de verdad, voy a salir luego —repitió, poniéndole una mano en el hombro.

Sebastián miró su mano y luego a él, exudando irritación. Martín había visto esa mirada antes, y basado en eso podía decir que usualmente terminaba en una pelea de puños cuando eran niños, o una serie de discusiones pasivo-agresivas ahora que eran adultos.

Martín sacó la mano.

— Te juro que no voy a salir de acá sin vos —dijo, poniendo los ojos en blanco.

Catalina tenía una expresión perfectamente seria, pero Martín sabía que se estaba riendo por dentro, podía sentirlo, de la misma forma en que podía sentir a Sebastián ceder de a poco; hasta que dio un paso hacia atrás, encogiéndose de hombros.

— No mueras —dijo, suspirando.

— Já, já —respondió Martín, abriendo la puerta.

En vez de una cocina, la puerta daba a una escalera que bajaba a una puerta reforzada. La escena tenía poco y nada que ver con el baño de Francisca, pero el corazón de Martín reaccionó de todas formas cuando comprobó que el sótano era a prueba de sonido. Aún estaba contemplando devolverse cuando la puerta se abrió hacia adentro, revelando a María con el pelo en una cola de caballo, la ropa más práctica que Martín le había visto hasta el momento, y marcas, marcas en todas partes. Tenía mordidas en todo el cuello, en los hombros, en los brazos, que estaban vendados de la palma hasta el codo. Sus ojos parecían hundirse en el morado de sus ojeras y su piel aún estaba demasiado pálida como para que Martín creyese que estaba del todo bien.

Aún así, cuando lo vio, sus ojos se abrieron imposiblemente, y sus labios formaron una pequeña «oh».

— ¡Martín! —exclamó, terminando de abrir la puerta.— Pasa, rápido, creí que te había visto en la lectura de la mañana, pero no estaba segura.

— ¿En serio? —preguntó Martín, aunque en vez de mirarla, se dedicó a mirar la habitación, completamente vacía a excepción de una mesa y varias sillas.

Al fondo, sostenida en la pared, había una pantalla apagada, y a los costados había murales con papeles, parecido a lo que Martín había visto en el departamento de Manuel.

Miguel se levantó a saludarlo, pero el hombre que estaba a su lado solo frunció el ceño cuando miró a Martín. Si tuviera que adivinar, habría dicho que estaba cerca de los setenta, a juzgar por su pelo blanco y el millón de arrugas y manchas que tenía en la piel. Sus ojos eran pequeños y negros, como los de una serpiente, pero se veía perfectamente alerta, e incluso había comenzado a tocar la pistola que tenía en frente cuando vio a Martín entrar, tentativo, apenas rozándola con la yema de los dedos.
Al otro lado de la mesa, había otro hombre, que al menos inclinó la cabeza cuando sus ojos se encontraron con los de Martín. Tenía el pelo negro, y una barba incipiente, pero parecía ser el más joven de los presentes, lleno de músculos y con un par de centímetros extra de altura, a juzgar por lo inclinado que estaba sobre la mesa.

— ¿Qué es esto? —preguntó el viejo, deliberadamente lento para disimular un poco el acento portugués.— ¿Dónde está el de siempre?

— Es su neófito —respondió Miguel, afectando una sonrisa, aunque su tono de voz no parecía reflejarla.

— Me prometiste una negociación —dijo el viejo, frunciendo el ceño.— Con un vampiro de confianza. De mi confianza. —Añadió, alzando las cejas para darle más énfasis.— En vez de eso me traes brujas, lobos y un niño ¿Qué significa esto, Miguel?

— Nunca dije que iba a tener a Manuel —dijo Miguel, levantando las manos con las palmas hacia el viejo, como tratando de calmarlo.— pero Mayor, lo convocamos por el aumento en la inmigración de cazadores. El príncipe está perdiendo el control, hay un vampiro cazando libremente entre los nuestros y queremos asegurar que eso no va a significar un conflicto armado. El aquelarre...

— Las brujas no son nuestro problema —gruñó el viejo, poniendo los ojos en blanco.— Mi clan se estableció en esta zona desde hace décadas, y jamás hemos necesitado la protección del príncipe —añadió, haciendo una mueca de asco.— No voy a pelear con los demás clanes, y no voy a poner a mi gente en riesgo, por un cazador de monstruos.

— Se supone que ustedes cazan a las criaturas fuera de control.

— Solo si matan humanos.

— O ofrecen un buen trato —interrumpió el que, Martín asumía, era el lobo, sonriéndole con todos los dientes.— Todos hemos escuchado los rumores de tus negocios con Manuel, anciano. Y admito que tengo curiosidad ¿Qué te vendió? ¿Tiene algo que ver con que el clan dejara Brasil, verdad?

— Señores… —suspiró Miguel, claramente resignado a que no lo iban a escuchar.

— ¿Y usted qué hace aquí, Alfa Ramírez? Uno pensaría que con una sucesión tan convulsa estaría más preocupado de establecer el dominio de la manada que de meterse en la política ajena —comentó el viejo, afectando un respeto tan exagerado que resultaba burlón.— Mis reclutas han estado mirando, es una lástima lo que pasó con su hermano. Iba a ser un buen alfa.

— Mayor, por favor…

— ¿Qué sabes de eso anciano?

— Sé que deberías asumir que fueron los vampiros, todos hemos visto los cadáveres de los demás vampiros apareciendo en la ciudad ¿por qué debería ser distinto con un lobo?

— ¡No encontraron el cadáver! Podría ser cualquiera —exclamó Miguel, dos tonos más alto que lo usual.— ¡Matías, contrólate!

— No tienes derecho a hablar así de él. La corte ha cooperado con nuestra investigación desde el comienzo, a diferencia de ustedes.

— ¿Oh?

— No te hagas el tonto ¿Crees que no notamos la actividad de tus reclutas? Estaban en el territorio antes de la desaparición de Juan.

— Tenga cuidado con lo que insinúa, Alfa Ramírez

Estaba tan metido en la pelea que casi saltó cuando María lo tomó por los hombros, interrumpiendo la vista que tenía de la mesa y sus ocupantes.

— Martín —dijo María, bajando la voz a solo un susurro, aunque Martín no creía que eso fuera a funcionar con todas las personas en la habitación.— ¿Dónde está Manuel?

— No sé —respondió, intentando ignorar el argumento que estaba escalando en la mesa.

— Esto es importante —siseó María, empujándolo de a poco hacia un rincón.— No sé qué te dijo, pero tienes que escucharme Martín.

— Es que no...

— Adán perdió el control —dijo María, apretándole los hombros hasta provocar dolor.— Nadie lo ha visto desde el juicio, y ayer apareció el cadáver de otro miembro de la corte. Tenemos que hacer algo.

— ¡Suficiente! —exclamó el viejo, dándole un golpe a la mesa.— No voy a arriesgar mis relaciones con los demás clanes, ni a mi familia, para proteger a una raza de monstruos de la otra. —añadió, mirando a todos antes de volver a Miguel.— El mismo Manuel puede llamarme si sobrevive.

María gruñó, soltando a Martín de golpe para voltearse hacia el viejo.

— ¡Eres un cobarde! —gritó, apuntándolo. El Mayor sacó su pistola, pero María siguió avanzando hacia él.— No creas que Adán va a dejar que tus cazadores tomen la ciudad. Después de que acabe con nosotros irá por todos ustedes. Vas a ser alimento para los vampiros —siseó, puntuando cada palabra.— Igual que todos.

— La diferencia, bruja —dijo el viejo, sacándole el seguro al arma.— Es que nosotros no convivimos con los chupasangre por necesidad, lo hacemos por conveniencia. Si Adán quiere romper el pacto, está bien. Si Manuel quiere dejar el negocio, está bien también. Los cazaré a ambos. Pero si te hace sentir mejor, no dejaré que ningún otro clan se apodere de mi territorio. Santiago es de los Da Silva, lo ha sido durante décadas, y lo seguirá siendo luego de que todos ustedes estén muertos.

El cerebro de Martín registró el momento en que María se rindió y dejó pasar al Mayor, también registró a Miguel acercándose a ella, y la conversación preocupada que surgió entre ellos, en susurros que el lobo igual estaba escuchando pero claramente estaba eligiendo ignorar; pero todo eso estaba pasando en segundo plano. En primer plano estaba Da Silva, un nombre común en otros países quizá, pero profundamente extraño en un lugar como Santiago, casi tanto como Luciano.

— Apareció cuando desaparecí —murmuró, casi sin querer, llamando la atención de María y Miguel al mismo tiempo.

— ¿Qué?

— Ese viejo, Da Silva —dijo, intentando mantener a raya el pánico que le estaba subiendo por la garganta.— ¿Quién es?

— Es el líder del clan de cazadores oficial de Santiago —respondió María en un suspiro.— Los rumores dicen que Manuel ayudó a que se instalaran aquí originalmente, y que han mantenido una relación de negocios desde entonces, pero nadie sabe que… ¿Martín?

— Tengo que subir —respondió Martín, abriendo la puerta de un solo tirón.

— ¡Martín, espera!

— ¡Ten cuidado con la puerta, huevón!

 


 

 

La luz de la sala principal lo tomó por sorpresa cuando por fin salió al piso principal, pero necesitó menos de cinco segundos para adaptarse, y notar, para su eterno pánico, que Sebastián no estaba en ninguna parte.

Catalina estaba atendiendo una mesa hacia el costado, donde solo había una pareja, ambos claramente sobrenaturales a juzgar por la expresión indiferente con la cual lo miraron luego de que Martín casi volara a la mesa.

— Catalina, mi primo —dijo, ahogado por su propio miedo— ¿Dónde está mi primo?

— Salió a fumar —explicó ella, claramente confundida.— No podía dejarlo hacerlo dentro, los olores son un tema sensible con…

— Ya —interrumpió Martín, dejándola detrás.

Casi se sentía vivo con lo rápido que estaba latiendo su corazón en ese momento, aunque Martín sabía mejor que nadie que ese solo era su cerebro, falsificando las reacciones naturales de su cuerpo por costumbre, de la misma forma en que replicaba las lágrimas y la respiración. La carrera hacia la puerta no podía haber sido más de tres segundos, pero Martín se encontró a sí mismo corto de respiración cuando cruzó el umbral.

Su primera impresión fue que la calle estaba desierta, al menos hasta que vio el auto amarillo. El mismo que había ignorado al llegar.

¿Cuántos autos iguales podía haber en una ciudad? No tenía por qué ser el mismo, pero aún así fue hasta el vehículo, esperando encontrar alguna pista; cualquier dirección que lo ayudara a saber que no había matado accidentalmente a su primo.

Y entonces lo escuchó: un susurro frustrado, casi un gruñido, saliendo del costado del local, donde había una calle insignificante de una sola pista, y la espalda de un hombre, acorralando a alguien contra la pared.

Luciano era, en muchas formas, parecido a lo que había sido cuando niño. Y en muchas otras, era totalmente distinto. Por eso, cuando Martín se lanzó sobre él, lo último que esperaba era que el brasilero se diera vuelta y lo intentara apuñalar en el estómago.

— ¿Qué mierda? —gritó Sebastián, más o menos al mismo tiempo que Luciano y Martín comenzaron a forcejear en el piso.— ¡Dejen de hacer eso, Luciano, Martín!

— ¿Martín? —preguntó Luciano, quedándose quieto unos segundos para mirarlo en serio.— Entonces era cierto…

— ¿Estás loco? —siseó Sebastián, aunque contrario a lo que Martín esperaba, lo estaba mirando a él, no a Luciano.— ¿Cómo se te ocurre hacer eso boludo? Levántate.

— ¡Te estaba atacando! —alegó Martín, mirando a Luciano.— Sos un cazador ¿verdad?

— ¿De qué estás hablando?

— Vi a tu abuelo —dijo Martín, ignorando la pregunta de Sebastián.

— Lo estaba protegiendo —dijo Luciano, entrecerrando los ojos.— ¿Cómo se te ocurre traerlo aquí? Tienes suerte de que hubiera una reunión.

— Estaba bien adentro —respondieron Martín y Sebastián al unísono, aunque a diferencia de su primo, Martín estaba intentando convencerse a sí mismo más que a Luciano.

Luciano resopló, poniendo los ojos en blanco.

— Lo que tú digas Seba —dijo Luciano.— Si no sales de encima voy a tener que apuñalarte Martín.

— No vas a hacerlo —gruñó Sebastián, aunque igual empujó el costado de Martín con el pie.— Párate, te estás poniendo en ridículo.

Martín estaba listo para explicarle lo mal agradecido que estaba siendo cuando notó la presencia de los demás en la esquina de la calle. María era la más notoria, con su olor a flores y la estática de su magia, pero también podía sentir la mente de Miguel y la de Catalina afuera del bar, todos reflejando la misma imagen de él sobre el nieto del Mayor Da Silva en el piso.

Luciano suspiró, guardando el cuchillo.

— No quería asustarte —dijo, encogiéndose de hombros.— De verdad estaba intentando ayudar a encontrarte.

Martín se puso de pie, más amenazado por la sinceridad de la voz de Luciano que por la violencia de antes. María y los demás los estaban mirando desde la esquina, con distintos niveles de sorpresa en el rostro.

Martín se preguntó si María había visto esto en sus cartas, o si era igual de nuevo para ellos también.

— No me digas —dijo Martín, imaginando lo mortificado que habría estado si alguien lo hubiera encontrado en el baño de Francisca.

Cualquier persona menos Manuel le parecía insoportablemente humillante hoy en día; aunque Martín no podía asegurar que hubiera una razón además del hecho de que aún no conocía a Manuel cuando había estado atrapado en el baño.
La mayoría de las personas podría haber fantaseado con alguien conocido, pero Martín hubiera muerto una quinta y sexta vez antes de tener que soportar a alguien como Luciano, o incluso Sebastián, encontrándolo en esas condiciones.

— No es lo ideal, pero si pudieras hablar con tu abuelo —estaba diciendo Miguel, con una mano en el hombro de Luciano y la otra en su mano.— Solo si puedes ¿O si acaso quisieras escuchar la propuesta tú mismo? Eres único descendiente directo en la ciudad en este momento ¿verdad?

Martín había dejado de escucharlos por solo unos segundos, pero aparentemente eso era todo el tiempo que Miguel necesitaba para ponerse a trabajar sus contactos. Lo que fuera por mantener la ciudad estable, probablemente, a juzgar por lo que había oído antes, moverse de ciudad con un vampiro era difícil si no había ayuda desde el interior de la corte.

Otro favor, otra persona dependiendo y pagando por Manuel.

— Yo también quiero escuchar la propuesta —dijo Martín, alzando la voz apenas lo suficiente para llamar la atención de los demás.— En nombre de Manuel.

— ¿Qué pasó con Manuel? —preguntó Miguel entrecerrando los ojos.

Martín se encogió de hombros, mirando a María primero, y luego a Catalina, antes de volver a Miguel.

A un costado estaba Sebastián, mirándolo con muchísima más desconfianza que todos los presentes juntos. Uno de ellos, solo uno de ellos podía asegurar que lo conocía, y solo uno de ellos podía leerle la mente sin tener poderes sobrenaturales.
Ninguno de los otros tres tenía dichos poderes de todas formas.

— Está muerto.

Miguel negó con la cabeza, claramente incrédulo, había algo cercano al dolor en su expresión, y la forma en que había abierto y cerrado la boca sin producir ningún sonido hablaba más de su amistad con el vampiro que cualquier llanto.
Miguel, el mismo que había luchado por llenar todos los silencios desde que Martín lo había conocido, se había quedado sin palabras.

A su lado, Catalina estaba apretándole el brazo a María con una nueva urgencia.

— Pero las cartas… Dios, no puedo creerlo.

El único de los presentes que no había reaccionado era Luciano, que miraba confundido a los presentes, a Miguel, luego a Catalina y finalmente a María, que no había apartado sus ojos de Martín.

— Dijiste que no sabías donde estaba —acusó María, en una voz mucho más baja y controlada que lo normal.

Sebastián lo miró con las cejas alzadas, y una fracción de segundo después todos estaban mirándolo.

Hablar, en ese momento, se sentía como saltar al vacío.

— Se fue sólo luego del juicio —dijo, casi arrepintiéndose cuando vio a Catalina desviar la mirada.— No me dijo dónde iba, ni cuando iba a volver. Pero anoche sentí algo extraño.

Martín apretó las manos y bajó la vista, intentando controlar su respiración. Era un buen mentiroso, y el mismo Manuel le había dicho que a veces era posible sentir cuando tu creador moría; pero no estaba seguro de poder mantener la mentira mirándolos directamente. Ese detalle en particular había salido en una de sus tantas lecturas de ficción. Martín se estaba riendo del concepto, y Manuel había interrumpido lo que estaba haciendo para mirarlo perfectamente serio, y jurarle, más de una vez, que de todas las cosas que había leído en ese libro, esa era la única cierta.

Le había contado que él lo había sentido una vez antes, pero Francisca nunca le había explicado cómo volvió, ni qué le había pasado en primer lugar. Según él, lo que sentías era un instinto, más que una certeza. Si tu creador estaba lo suficientemente cerca de la muerte, y la sangre no se había diluido demasiado en las generaciones, debería ser posible sentir el corte en la conexión, incluso si no era permanente.

Él mismo no creía que fuera a sentir la muerte de Francisca, pero si Manuel hubiera sido su creador, quizá lo habría sentido irse. El Martín de ese universo probablemente habría dejado de lado todo para ir a buscar a Manuel, aunque solo fuera para estar seguro de que realmente estaba muerto.

Afortunadamente, ninguno de los presentes lo conocía tan bien como para mencionarlo.

— ¿Qué significa eso? —preguntó María, mirando a Martín y luego a Miguel.

— Lo sintió morir —murmuró Miguel, a medio camino entre estar sorprendido y dolido.— Julio también sintió a su creador cuando… Al comienzo pensé que solo estaba confundido, o había tenido una pesadilla, pero incluso se puso a llorar. —explicó, mirando fugazmente hacia el bar, como si esperara ver a su hermano en cualquier momento.— Julio lo odiaba, y no había llorado una sola vez desde que cumplió ocho, pero después de eso lloró a su creador por días antes de volver a la normalidad.

— Es instintivo —dijo Martín, citando la explicación del propio Manuel.

— Pero la lectura lo mostraba en el trono —murmuró Catalina.— ¿Qué significa eso María?

— No lo sé —suspiró la bruja, desordenándose el pelo con las manos.— Quizá interpretamos mal, pero estaba tan segura… ¿Quién podría haberlo matado? Si no fue Victoria ni Adán, Manuel es, era, uno de los vampiros más antiguos de la ciudad.

— ¿Quizá fue la plaga? —preguntó Luciano.

— ¿Qué?

— Mi abuelo le llama así a los ataques que han habido entre vampiros. Dice que probablemente es un grupo que viene desde afuera de la ciudad. El príncipe no practica una seguridad muy activa en los bordes, y ha sido negligente con los extranjeros desde hace algunos años —explicó, encogiéndose de hombros.— Él cree que alguien trajo la plaga para intentar derrocar a Adán. Y si eso es cierto, lo más natural sería deshacerse de los vampiros que podrían tomar su lugar antes de que ellos pongan a su líder en el trono.

— Es Francisca —dijo Martín, llamando la atención de los presentes.

María aún parecía escéptica cuando Martín se fue, pero la fama de Francisca había ayudado a plantar la idea en la mente de los demás: un vampiro antiguo que había sido exiliado por faltarle el respeto al príncipe y a uno de los clanes más importantes de la ciudad era un candidato obvio para ser la mente maestra detrás de la trampa que le estaban tendiendo a Adán. No podía jurar que él mismo lo creyera, pero sí esperaba que fuera cierto, porque si alguien más podía detenerla, él no tendría que cargar con la responsabilidad, y quizá podría volver a hablar con todas esas personas luego de neutralizar a Francisca.

— Es una mala idea —suspiró Sebastián, mirando el auto de Luciano desaparecer en la curva de su calle.

El cazador había insistido en llevarlos, y aunque Martín había pasado todo el recorrido esperando un ataque, lo más excitante que había pasado durante el camino había sido la promesa de llamarlo si sabía de otro ataque por parte de la plaga.

— Ya es muy tarde para decir eso —dijo Martín, aunque él mismo había pasado los últimos veinte minutos pensando lo mismo.

Era un plan frágil pero efectivo: El aquelarre y los contactos de Miguel serían un buen recurso para moverse por el territorio de forma segura y quizá podrían querer ayudarlo a pelear si de verdad tenían algún interés en Manuel además de sus negocios.

Con ese nivel de gente cazando a Francisca, todo podía acabar en cuestión de semanas, y entonces Martín podría olvidarse de todo y decidir por fin que iba a hacer con su eternidad; siempre y cuando Victoria se mantuviera alejada y Manuel siguiera desaparecido.

Ni siquiera podía imaginar cuál sería el resultado si eso pasaba.

Chapter Text

Luciano tenía fotos de todos los ataques que habían encontrado hasta el momento, que según él, eran probablemente menos de la mitad del total. Eso consideraba casi veinte fotografías de cuerpos secos, varios de ellos con las extremidades rotas o amputadas, aunque algunos, tres o cuatro en total, no eran vampiros. El cazador le había señalado cada cadáver con indiferencia, explicándole a él y a Sebastián -aunque Martín aún no entendía por qué Sebastián tenía que estar involucrado en todo eso- las marcas de las distintas razas. Las brujas morían como humanos, los hombres lobo morían como animales, y los vampiros se volvían estatuas de ceniza blanca, que según Luciano, se desmoronaban con la más mínima presión luego de haber perdido toda la sangre.

— ¿Cómo es que nadie los encontró antes? —preguntó Sebastián, apilando las fotos con una mueca de asco.— Deberían haber salido en las noticias o algo.

— La mayoría de estos lugares son edificios abandonados.—explicó Luciano, encogiéndose de hombros.—  Principalmente bodegas o fábricas a las afueras de Santiago. Y de todas formas, los cadáveres de los vampiros se disuelven solos luego de un día.

— ¿Y las brujas? —preguntó Martín, entrecerrando los ojos.

—  Si las encontramos, nos deshacemos del cadáver —respondió Luciano.— Mantener el secreto es importante para mantener el equilibrio —añadió, como si estuviera recitando de memoria.— Usualmente es trabajo de la corte encargarse de ese tipo de cosas, pero considerando que también han sido parte de las víctimas no es extraño que el príncipe esté perdiendo el control de ciertas tareas.

— ¿Eso no es ser cómplice del asesino? —preguntó Sebastián, claramente disgustado con el prospecto.

— No lo consideramos asesinato cuando pasa entre criaturas.

En otro universo, Martín podría imaginarse comprendiendo esa respuesta, y aceptandola también. Incluso en esa realidad, donde él mismo era una criatura, no habría juzgado a Sebastián por aceptar esa respuesta. Él había visto de primera mano lo que significaba matar, o lo poco que significaba realmente: había visto a Adán ordenar la muerte de Lucía y había cazado por meses antes de aprender a no asesinar mientras lo hacía.

La única diferencia entre las muertes de sus víctimas, y la muerte de Lucía, es que a ella la conocía; e incluso eso era poco, solo sabía su nombre y algo de su historia, que en retrospectiva, había sido mucho menos de lo que había sabido de sus víctimas luego de la mordida.

Las criaturas eran criaturas, los villanos eran villanos, y las niñas eran niñas, pero todos significaban lo mismo cuando dejaban de respirar.

— ¿Cómo podés no considerarlo asesinato? —preguntó Sebastián, engañosamente suave.— No son animales Luciano. Mierda, incluso con los animales harías algo para evitar que se maten ¿o no? Vos no dejarías que tus perros se mataran entre ellos.

— Mis perros no tienen sus propias sociedades —alegó Luciano apenas se recuperó de la sorpresa. Probablemente era la primera vez que alguien cuestionaba su código de conducta desde que se había vuelto un cazador, a fin de cuentas, Martín no imaginaba al Mayor aceptando a nadie que pensara distinto en su orden— Hay reglamentos intentos, Seba, el príncipe puede tomar la decisión de ejecutar a los suyos por casi cualquier cosa, y nosotros no podemos meternos.

— Eso no quiere decir que esté bien , boludo.

Martín dejó de escucharlos en ese momento, más concentrado en buscar alguna pista que pudiera conectar con Francisca además de las extremidades rotas. Había una gran posibilidad de que la plaga no tuviera nada que ver con ella, pero Martín lo dudaba. Manuel le había hablado sobre los experimentos de Francisca alimentándose de otros vampiros, y qué era la Plaga, sino un gran patrón de algo alimentándose de otros seres sobrenaturales.

Hasta donde él podía ver, la mayoría de los escenarios se parecían entre ellos, a excepción de tres casos, en los que los cadáveres estaban colgados boca abajo, en medio de un círculo de símbolos.

En esas fotografías estaba Niceto, y una niña que Martín suponía, debía ser Iñigo, la más joven de los miembros de la corte. La misma que Julio había estado buscando la noche que lo atacaron.

Al menos ella parecía tranquila en su muerte, incluso había cerrado los ojos, como si se hubiera dormido. Niceto en cambio había quedado petrificado a la mitad de un grito, aunque a Martín parecía más una expresión de rabia que de miedo.

— ¿Qué quieres que haga? —preguntó Luciano, a medio camino entre un gruñido y un quejido.— No puedo mover al clan por mi cuenta, Seba. No soy el líder todavía, y mi abuelo no va a meterse.

— Pero puedes ayudarnos —respondió Sebastián, sonriendo.

— Ya los estoy ayudando —alegó Luciano, señalando con un gesto brusco a la mesa, que estaba llena de carpetas y fotografías. Incluso había un calendario que marcaba los días en que se había encontrado cada escena, aunque según Luciano, esa información no servía de mucho considerando que ellos mismos estimaban una diferencia de un día o más entre las fotografías y el asesinato.— ¿Crees que fue fácil traer todo esto? Mi abuelo ya está paranoico después de la otra noche. Cree que la manada va a intentar algo en contra del clan, y se supone que la información sobre la plaga era para uso interno.

— Pero de alguna forma encuentran los lugares ¿no? —dijo Sebastián, alzando las cejas.

Luciano frunció el ceño, claramente confundido. Martín podía simpatizar con él en ese sentido: llevaba años conociendo a Sebastián, y aún no lograba entender qué ángulo estaba persiguiendo la mayoría del tiempo. En todo ese drama sobrenatural, por ejemplo, Martín no tenía la más mínima idea de qué podía ser tan interesante como para que continuara insistiendo en ponerse en peligro.

Pero Sebastián no tenía la más mínima duda respecto a sus propias ideas, a juzgar por cómo le brillaban los ojos ahora que Luciano estaba empezando a caer en su trampa.

— Hacemos rondas —balbuceó Luciano, claramente desconfiado.— Tenemos un parámetro de dónde aparece la Plaga, y donde lleva a sus víctimas pero…

A estas alturas Martín tenía una idea bastante sólida de qué iba a decir Sebastián, pero aún así se sorprendió cuando su primo volvió a hablar.

— Perfecto, podés llevarnos a las rondas entonces.

— ¿Estás loco? —preguntó Martín, casi al mismo tiempo que Luciano, de hecho.

— Bueno ¿no querés buscar a tu psicópata? —respondió Sebastián, mirando a Martín como si lo estuviese desafiando a contradecirlo.— Esta es la forma boludo. Luciano nos puede ayudar.

— Seba, no puedo.

— Si que podés —dijo Sebastián, enarcando una ceja.— Podés darme la dirección nomás, hazme un mapa. Yo puedo llevarlo.

— ¿Cómo vas a ir solo?

— Es peligroso boludo.

— Para vos —dijo Sebastián, poniendo los ojos en blanco.— Es peligroso para vos que sos un vampiro. En ninguna de esas fotos había humanos ¿o si?

— Eso no significa nada —alegó Martín, volteandose a Luciano.— Decile algo.

Luciano era muchas cosas, hábil, atlético, Martín incluso podía admitir que era carismático cuando importaba, pero si había una característica que jamás había tenido era la capacidad de negarse cosas a sí mismo. Ambos compartían ese defecto, quizá era por eso que cuando vio a Luciano mirar a Sebastián en ese momento, supo que no le iba a decir que no.

Que probablemente nunca iba a querer decirle que no en la vida.

— Vas a tener que aprender a defenderte —suspiró Luciano, empezando a organizar las carpetas y las fotos, tal y cómo las había traído esa tarde.

— ¿Vos vas a enseñarme?

— Claro, por qué no —respondió, encogiéndose de hombros.— Martín igual debería aprender algo si vamos a hacer esto.

Recién eran las siete, pero el sol, lo poco de sol que había salido ese día en realidad, ya se había ocultado, dejando un cielo de azul grisáceo, tan plagado de nubes que ni siquiera se podía ver la luna.

En una hora más, Martín iba a ir al bar de nuevo, a encontrarse con María y Miguel, y escuchar los planes que tenían de controlar la Plaga ahora que la posibilidad de una alianza con los cazadores había desaparecido. Estando entre ellos, como una suerte de reemplazo para la figura de Manuel, de hecho, Martín podía entender perfectamente por qué Adán no lo creía cuando el vampiro decía que no había hecho su propia corte.

Sí tenía una corte, incluso si nunca la había usado como Adán esperaba, su corte estaba ahí, a plena vista en un bar neutral, reuniéndose cada noche para hablar de política y de todo lo que no tuviera nada que ver con política. La única diferencia, probablemente, era que no estaba compuesta por vampiros.

Y ahí estaba él, sin habilidades ni conocimientos para participar, mucho menos dirigir, los encuentros de esa corte sin príncipe.

Sebastián lo miró desde la puerta, claramente expectante.

— ¿Martín?

— Claro —suspiró Martín, poniendo los ojos en blanco.— Por qué no.

 

 


 

 

El concepto de entrenarse para enfrentar la crisis había tenido una popularidad considerable con la gente del bar. Miguel había sido el primero en saltar sobre la idea cuando Martín lo había comentado esa noche, convencido de que ahora que no estaba Manuel, lo mejor que podía hacer por Julio era obligarlo a aprender a defenderse, como vampiro o como humano, cualquier opción funcionaba bien para él.

Julio, por otro lado, no parecía activamente interesado ni activamente hostil frente a la idea. Durante las últimas noches, Martín lo había visto pasar horas sentado en la barra con ellos: desde las siete hasta las seis de la mañana, Julio aparecía en el bar y se sentaba a pasar tiempo con su hermano y con quién quiera que viniera a hablar con ellos. Incluso si no participaba activamente de muchas conversaciones, el solo hecho de estar ahí parecía ser algún tipo de señal para ellos, aunque nadie se había atrevido a decirlo en voz alta hasta ese momento. Catalina y Miguel claramente estaban complacidos, y luchando por no espantar al vampiro, mientras que María incluso había tomado la costumbre de comenzar a sentarse a su lado, preguntándole directamente por su opinión en la mayoría de las conversaciones.

Desde la reunión con el Mayor Da Silva, María solo hablaba de guerra y política, pero Julio nunca fallaba en responderle e incluso plantear sus propias teorías cuando ella lo incluía en sus planes y sus preguntas. .

Martín tenía la sensación de que su madre debía haber sentido algo parecido cuando él decidió volver a preguntarle sobre sus negocios de arriendo después de haber cumplido los diecinueve.

— Deberíamos pedirle a Luciano que nos enseñe. Podemos desocupar un salón y practicar ahí —dijo Miguel, mirando a Martín y luego a Julio.— Podría ser divertido.

Julio resopló, dándole un sorbo a su vaso de sangre; aunque Martín vio las esquinas de su boca torcerse en una sonrisa.

— El Aquelarre hacía duelos organizados tres veces a la semana —comentó Catalina. Su voz sonaba lejana, como si estuviera reviviendo el recuerdo y añorándolo al mismo tiempo— Eran los mejores días.

— ¿Hacía? —preguntó Julio, frunciendo el ceño.

— Todas las actividades se detuvieron después de Lucía —respondió María, que estaba inclinada sobre un mapa, comparando la información del Aquelarre con lo que les había entregado Luciano..

El grupo cayó en un silencio incómodo hasta que la venezolana volvió a levantar la vista, paseando la mirada por cada uno de los presentes, claramente confundida. La única que parecía entender la situación era Catalina, que solo suspiró con una mezcla de tristeza y resignación que Martín estaba empezando a asociar con el bar.

— ¿Qué les pasa? Es por las reparaciones —explicó, poniéndose a secar las copas por segunda vez en una hora.— La casa sufrió daños, y la mayoría de las hermanas que sobrevivieron quedaron en malas condiciones. No es un ambiente adecuado para pelear —terminó de decir María, encerrando San Bernardo en un gran círculo de tinta roja.

El silencio continuó, aún más pesado que antes, y María volvió a mirarlos, con los labios arrugados en una mueca de disgusto.

— No me miren así —pidió, apoyando ambas palmas sobre la mesa con un golpe.— Las muertes en el Aquelarre no son tan inusuales ¿saben? A veces la magia es caprichosa, a veces los cazadores salen con antorchas. A veces una novata convoca un demonio en la cocina. Nunca sabes cuando vas a morir en este negocio.

— Lo que María quiere decir —dijo Catalina, mandándole una mirada irritada a su superior— Es que usualmente vivimos el luto celebrando nuestro estilo de vida, no sufriendo por las hermanas que hemos perdido. Para nosotras es normal hablar de las que se han ido, de hecho, usualmente empezamos el luto convocando al espíritu de la difunta tres noches después del funeral. Hay juegos, y festines, y sesiones de adivinación...

— Las mejores sesiones de adivinación —interrumpió María, enfatizando la oración al ritmo de los círculos que estaba rayando en el mapa.— Aún no hemos podido comenzar el luto oficial de Lucía y las demás hermanas que perdimos ese día porque la casa no está en condiciones —explicó.— Pero apenas lo esté, haremos el mayor festín de la historia. Las primeras noches son de la comunidad, por supuesto, pero estás invitado a la última noche Martín —dijo, dejando de lado el lápiz y el mapa para mirarlo, perfectamente seria.— Usualmente es una semana de luto, pero a veces es más cuando las muertes son violentas, y como Lucía no fue la única que perdimos, no sé cuándo vamos a terminar —añadió desviando la mirada— Pero te llamaré cuando vayamos a convocarla por última vez, así podrás despedirte.

— Gracias —susurró Martín, tragando con fuerza, aunque eso no hizo nada para disminuir el nudo que se le había hecho en la garganta.

María le sonrió, poniendo su mano sobre la de él y apretando con fuerza, antes de separarse.

— Seguramente va a preguntarte por Manuel —dijo María— Ella probablemente habría querido despedirse directamente, pero no podemos convocarlo si no tenemos un objeto personal para anclarlo a este mundo, y honestamente, nunca lo hemos intentado con un vampiro.

Martín simplemente no pudo obligarse a sí mismo a responder la sonrisa de disculpa que le estaba dando María, incluso tuvo el impulso de decirles la verdad, ahí mismo, dejar que lidiaran con la idea de que Manuel era terrible, y él también. Eso sería mejor que esperar a que Lucía se los dijera en medio de su fiesta de muerte, o como quiera que las brujas le llamaban a sus rituales.

— Suficiente de eso —dijo Miguel, percibiendo su incomodidad, aunque Martín podía apostar a que no tenía la más mínima idea de cuál podía ser el origen.— Hay que esperar a que las reparaciones del aquelarre estén terminadas antes de pensar en llamar a la niña, además, estoy seguro de que el fantasma de Manuel estaría sorprendido si le dijéramos que empezamos una escuela de autodefenza con los cazadores. Quizá se le habría parado el corazón un rato.

Los demás se rieron, e incluso Julio, que se llevó la mano a la boca para tapar sus colmillos, se permitió dejar escapar una risita. Todos menos Martín, que ya no podía esperar a que fuera hora de volver al departamento.

 

 


 

 

Las rondas incluían varios kilómetros de territorio a lo largo de la autopista central y los alrededores. Eran al menos cuatro horas de conducir lento y detenerse a revisar terreno privado, donde la mayoría de las veces no había mucho que ver: algunos animales muertos a los costados de la carretera, algunos rastros de fogatas, y todo tipo de basura: muebles viejos, colchones, maderas sueltas y bolsas, muchísimas bolsas. Finalmente, cuando Martín estaba listo para devolverse y hacer algo más, era tomar el camino de vuelta por la caletera, para poder ir un poco más lento.

Luciano parecía acostumbrado a los recorridos, pero Martín estaba seguro de que incluso Sebastián estaba empezando a arrepentirse de obligarlo a llevarlos durante la tercera noche.

De cierta forma, podía entender por qué ninguno de los miembros de la corte estaría interesado en hacer ese esfuerzo. La mayoría de los vampiros que había conocido hasta el momento tenían una visión mucho más práctica de sus vidas; Martín incluso podía creer que el hecho de ser eternos los hacía aún más egoístas con su tiempo.

Los cazadores, en cambio, eran simples humanos, entrenados para creer que su función como individuos era aportar todo lo que pudieran al clan y a la sociedad que habían jurado proteger, y por ende, aceptaban hacer rondas si el Mayor decía que había que hacer rondas. Y documentaban las muertes, los asesinatos, de las criaturas que ellos mismos solían cazar, si el Mayor consideraba que esa información podía ser útil para ellos o para la humanidad en algún momento.

Luciano no había explicado mucho del raciocinio de su abuelo, pero Martín no creía que hubiera mucho más que eso en realidad.

Aún no había tenido la oportunidad de conocer a otros cazadores, pero Luciano decía que todos eran así, que era la peor parte de pertenecer al clan, de hecho. Él mismo no compartía esa opinión, pero su abuelo estaba enfermo, y lo habían mandado a buscar a Brasil para que tomara su lugar en el clan, así que Luciano estaba ahí, entrenándose día y noche para cuando tuviera que heredar el cargo.

— Mi mamá se resistió —comentó Luciano durante una de esas noches, con una sonrisa nostálgica y la vista fija en la carretera.— Ella iba a heredar el clan originalmente, pero decidió abandonar cuando se casó. Según ella yo no tenía por qué asumir en su nombre.

— ¿Y por qué lo hiciste? —preguntó Sebastián desde el asiento del copiloto, volteando la mitad de su cuerpo hacia él.

— Yo quería —respondió Luciano, riendo bajito.— Es como una película ¿no crees? Me gusta estar en este lado de la pantalla. Es mucho mejor que vivir sin saber qué cosas andan sueltas en la noche.

Sebastián asintió en silencio, volviendo la vista hacia su ventana.

— Es un poco injusto —dijo, en un murmullo que Luciano no escuchó.

Martín no dijo nada. Podría haberles dicho que él no había querido pasar al otro lado de la historia, que solo ser un humano había estado bien para él y se arrepentía de estar ahí en ese mismo momento, tanto como se había arrepentido de seguir a Francisca esa primera noche, pero habría estado mintiendo; y en ese auto, con esas personas, no tenía sentido hacerlo.

En ese momento, más que cualquier otra noche, Martín extrañaba a Manuel. Extrañaba varias cosas del vampiro, su humor cortante, sus ganas de saber más sobre cosas que no importaban, incluso sus secretos le parecían nostálgicos de vez en cuando, pero lo que más extrañaba en ese momento es que él sabía que si Manuel hubiera estado ahí, él habría dicho la misma mentira.

La tercera noche de rondas cayó un día en que Sebastián no podía salir con ellos. Su primo había intentado librarse del turno, pero al final, su vida real había tomado precedente por encima de su cita con lo sobrenatural, y había bajado la toalla con una decepción tan evidente, que Martín casi se había reído de él. No lo habían hablado mucho, pero Martín suponía que uno de los motivos por los que Sebastián había dejado que fueran sin él a la ronda tenía más que ver con la falta de situaciones excitantes que con el nulo interés que tenía por mantener a flote su vida real a esas alturas.

Martín estaba igualmente agradecido e irritado por eso; por un lado no tendría que preocuparse por Sebastián si llegaban a encontrar algo esa noche, y por otro lado, tendría que pasar cuatro horas o más encerrado en un auto con Luciano. Siendo perfectamente sincero, Martín podía admitir que no se llevaban mal, no realmente. Había roces, y de vez en cuando sus discusiones escalaban hasta hacerlos tirar insultos, pero nada de eso lo hacía insoportable. En cierta luz, y con cierta mentalidad de por medio, Martín incluso podía considerar divertido discutir con él, pero eso no era suficiente para pasar tantas horas juntos, no cuando ambos habían pasado las últimas noches pretendiendo que sólo había dos personas en el auto.

Solo Luciano y Sebastián, o solo Martín y Sebastián; nunca los tres al mismo tiempo.

Eso significaba que, ahora que estaban solos, habían pasado una hora entera de viaje sin hablar entre ellos, y sin distracciones además de los paisajes planos de las afueras de Santiago.

Martín incluso había comenzado a pretender que no estaba ahí. Se apoyó contra la ventana, dejando que las vibraciones del auto hicieran temblar su cabeza, y se puso a pensar en su vida. Su no vida. Su futuro, incluso. Estaba tan metido en eso, tan concentrado en imaginarse la cara de su madre cuando le dijera que iba a ser joven por el resto de su vida, y que estaba vivo, claro, que no entendió la primera vez que Luciano le habló.

Lo había escuchado, por supuesto, pero su cerebro solo había registrado un balbuceo. Martín se enderezó apenas, mirándolo confundido, y un poco irritado, si era sincero.

— ¿Qué?

— Sebastián va a pedirte que lo transformes —repitió Luciano, sin mirarlo siquiera.

— ¿De qué estás hablando?

— Va a pedirtelo —volvió a repetir, frunciendo el ceño.— Lo sé. Se le nota.

— No lo va a hacer —respondió Martín, haciendo una mueca.— Si sé que quiere, pero no me lo va a pedir a mi.

— ¿A quién entonces?

— No lo sé.

Ahora que lo habían roto, el silencio parecía ser una presencia más dentro del auto, llenando cada uno de los recovecos donde aún quedaba aire. Martín nunca había sido claustrofóbico, pero en ese momento tenía ganas de abrir la puerta, incluso se habría conformado con poder bajar la ventana, pero solo Luciano podía bajarlas en ese auto.

— No puedes transformarlo —dijo Luciano por fin. No era una orden, pero ciertamente no era una petición.

Martín se arriesgó a mirarlo, esperando encontrar algo parecido a la expresión que había visto en su abuelo noches antes, sin embargo, Luciano parecía más confundido que molesto.

— No sé qué va a pasar si las brujas derrocan al príncipe —continuó Luciano— pero sin Adán, el clan va a comenzar a cazar a los vampiros que transformen humanos. Ese es uno de los términos del tratado.

— ¿Qué pasa si el humano quiere? —preguntó Martín, frunciendo el ceño.

— No es un tema de querer. Sin el príncipe, la población de vampiros podría crecer demasiado. —respondió, mirándolo por el rabillo del ojo por unos segundos antes de volver la vista a la carretera. Ya se estaban acercando a la primera salida.— He visto vampiros recién transformados, Martín. Nunca están satisfechos.

— ¿Me lo decís por eso? —preguntó Martín, desviando la vista hacia las fábricas que había al costado de la carretera.— O es porque no querés que el Seba sea como yo.

— La primera. No, la segunda —suspiró Luciano, bajando la velocidad al paso de caracol que siempre usaban al entrar a la carretera.

De muchas formas, Martín sentía que nunca habría visto el celular si no hubiera sido por esa conversación. Antes había estado tranquilo, concentrado en el exterior del auto, en la noche, en Argentina, en su madre. Todo lo que estaba fuera. Ahora, en cambio, estaba anclado a la realidad, sentado de copiloto en la monstruosidad amarilla de Luciano, demasiado irritado como para volver a sus fantasías. Demasiado amarrado al interior del auto como para buscar distracciones afuera.

Y entonces vio el brillo del teléfono tirado en el compartimiento debajo del panel de la radio.

— Te están llamando.

— Estoy manejando. Contesta tú.

Martín hizo una mueca, pero obedeció, activando la pantalla con la vaga esperanza de que fuera Sebastián.

En vez de eso tenía a Miguel, que en su corta experiencia, nunca daba buenas noticias por teléfono.

— ¿Luciano? —preguntó Catalina del otro lado de la línea.— ¿Estás cerca de Buin, verdad? Estábamos haciendo una sesión y Loreto vio...

— Soy Martín —interrumpió, irracionalmente ofendido por el hecho de que Catalina no hubiera pedido hablar con él.

Ya no tenía un celular, pero se suponía que él era su principal aliado en ese momento, lo mínimo que Catalina podía hacer era tomarlo en cuenta a la hora de repartir información.

Incluso si no había mucho que Martín pudiera hacer con dicha información, la intención era lo importante.

— Ah, menos mal. ¿Estás con Luciano, verdad? —preguntó Catalina, con la voz una o dos notas más alta de lo usual. Sonaba cansada, como si hubiera estado corriendo, y un poco más allá de su voz, Martín podía escuchar el ruido de la calle.— Estábamos haciendo la sesión de Lucía, y Loreto vio otro ataque. Todas lo vimos.

Martín estaba derecho y mirando por la ventana en cosa de segundos, medio esperando ver la sombra de un monstruo o algo extraño en el cielo, un edificio en llamas quizá; pero no había nada, solo las construcciones de esa zona, separadas por varios metros unas de las otras.

Luciano se tensó con su reacción, sacando una de sus manos del volante para palpar la pistola que tenía escondida en el compartimiento de la radio del auto. Miró discretamente por los espejos retrovisores, e incluso bajó un poco más la velocidad antes de volverse hacia Martín, claramente confundido.

— ¿En dónde? —preguntó Martín, ignorándolo.

— En Buin —respondió Catalina en una sola respiración— Te vimos ahí, pero no sé si eres la víctima. Loreto está intentando conectar con Lucía de nuevo, pero es difícil lograr más de una predicción por noche.

— ¿Sabés dónde era? —preguntó Martín de nuevo, ansioso— ¿Era una bodega? ¿Una fábrica?

— ¿Vas a ir? Martín, no puedes.

— Por favor —dijo, bajando un poco la voz.— Por favor Cata, es la única pista que hemos tenido en días. No estoy solo.

Martín casi podía verla arrugando los labios en disgusto durante el silencio que le siguió a sus palabras. Luciano había parado el auto a un borde de la caletera y lo estaba mirando con los ojos entrecerrados, probablemente intentando adivinar qué estaba pasando del otro lado de la llamada.

Catalina suspiró en el teléfono.

— ¿El don de la mente funciona a la distancia? —preguntó, para luego reírse sola.— Dios, no. Claro que no. Era una bodega, no sé de qué. Vamos a seguir intentando descifrar las visiones, pero Martín… Ten cuidado ¿vale? Ni Manuel ni los miembros de la corte han podido pelear con la Plaga, así que por favor, por favor , no trates de ser un héroe. Solo comprueba que es Francisca y vuelve. Adán puede ocuparse del resto.

— Ya. Dale ¿Podés mandar las coordenadas del área en que crees que están?—dijo Martín, haciéndole un gesto a Luciano.— Si, María. No, no vamos a hacer nada. Dile a Miguel si quieres. Ya. Te llamo después.

Martín colgó sin mirar, dejando caer el celular de vuelta en el recoveco entre el panel y la palanca de cambios.

Tenía una mezcla extraña entre el miedo y la anticipación, una sensación que no se decidía entre revolverle el estómago y hacerlo sonreír. Estaba en camino a algo, en una noche perfectamente irrelevante, donde no tenía que preocuparse por nadie más que él mismo.

Casi podía escuchar a Francisca en su cabeza.

— ¿Qué pasó? —preguntó Luciano, ojeando el celular.— ¿Qué te dijo? Pareces un lunático.

— Vieron un ataque —dijo Martín, sintiéndose extrañamente ajeno.— Están en Buin boludo.

Contrario a lo que esperaba, la cara de Luciano se iluminó con la misma anticipación que él sentía, y el solo verlo ahí, reflejando la excitación y el terror que tenía dentro, parecía transformar el aire a su alrededor. Martín nunca había sido particularmente positivo durante su vida, pero la idea de encontrar a la Plaga se sentía como una promesa, la meta al final de una carrera sin pista.

— Nunca he encontrado una escena —comentó Luciano mientras encendía el motor.— Mi abuelo insiste en que solo haga las rondas de día. Los demás dicen que está intentando protegerme, pero no sé…

— ¿Tenés miedo?

Luciano se quedó pensando unos segundos antes de encogerse de hombros y sonreírle. Era difícil ver algo infantil en el adulto en el que se había transformado, pero Martín sintió que habían viajado en el tiempo. Años atrás, cuando aún peleaban más que jugar, habían decidido robarle la pelota de fútbol al conserje: esa había sido la única vez que habían cooperado, y también la primera vez que Martín había visto ese brillo en los ojos de Luciano, la emoción de enfrentarse a algo más grande y más fuerte que él solidificandose en su cara.

No había pensado en eso hace años.

— Obvio. No soy tonto —respondió Luciano.— Pero esto es para lo que he estado entrenando.

— Felicidades —dijo Martín, sonriéndole por primera vez desde que se había subido al auto. Los ojos de Luciano fueron a parar a sus colmillos, que ya habían comenzado a sobresalir con el aumento de su pulso, pero no dijo nada al respecto.— Vas a ser un cazador de verdad.

— Eres terrible.

— ¿Sabés que puedo leer tu mente verdad?

Luciano se río, lanzándole el celular sin mirar.

— Haz algo útil mejor.




 

 

La bodega estaba mucho más escondida de lo que Martín había anticipado, e incluso llamando constantemente a Catalina para intentar sacarle pistas sobre su destino, les había tomado al menos dos horas encontrar un lugar apropiadamente sospechoso. En su ansiedad, Martín incluso los había hecho detenerse en otras dos ocasiones para revisar lugares vacíos, pero Luciano no había perdido el buen humor del comienzo.

Esta era la tercera vez que hacía que Luciano detuviera el auto, la única diferencia, es que esta vez, realmente podía sentir la diferencia. No era un sonido, exactamente, era más una presión, una sensación de miedo y atracción que solo podía comparar al aura de Victoria.

— ¿Escuchas algo? —preguntó Luciano en un susurro, inclinándose sobre el volante para mirar con atención el edificio que Martín había elegido.

— No diría escuchar —respondió Martín, abriendo la puerta.— Esperáme acá.

—¿Qué? ¡No! —exclamó Luciano, sosteniéndole el brazo.— Seba me mataría si dejo que te maten. Además, mi abuelo dio órdenes de no intervenir, Martín, entrar cuando sientes que hay algo es intervenir.

Martín puso los ojos en blanco, preguntándose por milésima vez desde que se había separado de Manuel, cómo es que se había permitido quedar atrapado en esa red de personas protegiendo a otras personas para mantener felices a sus seres queridos.

Le gustaba pensar que él no se comportaría así por nadie, pero sabía que era una mentira.

— Por este tipo de cosas es que el viejo solo te deja cazar de día —dijo, cerrando la puerta con más fuerza de la necesaria al salir.

Luciano salió un poco después que él, tal como Martín esperaba que hiciera en primer lugar. Tenía una pistola en la mano, y una mueca en los labios, pero parecía decidido a seguirlo. Martín incluso podía escucharlo quejarse mentalmente de él, y del hecho de que no pudiera decirle que no a Sebastián en primer lugar. Era ruidoso, tal y como Martín debía haber sido para Manuel y Francisca durante los primeros días.

— Dejá de pensar —siseó, resistiendo a duras penas el impulso de usar el don de la mente para obligarlo a cooperar.

Luciano frunció el ceño, claramente dispuesto a decirle dónde podía meterse las instrucciones, Martín reconocía esa mirada de cuando eran niños, pero se detuvo a medio camino. Cerró los ojos, relajando su cuerpo por partes, y exhalando todo el aire en sus pulmones. Fue como si se hubiera activado un mecanismo interno: donde antes había ruido y emoción solo quedaba blanco, y un sonido extraño, a medio camino entre un zumbido y un murmullo.

Cuando volvió a abrir los ojos ya no quedaba rastro alguno del niño que Martín había conocido.

— ¿Llevas tus armas? —preguntó Luciano, mirandolo de pies a cabeza.

Martín asintió, palpando los cuchillos que Luciano lo había obligado a usar durante sus entrenamientos, uno en cada muslo. Teóricamente no debería necesitarlos, pero ya no había nadie en su pequeño grupo de fenómenos que pudiera enseñarle a pelear como lo haría un vampiro, así que él y Julio habían recibido un par cada uno. Luciano les había regalado el arma, pero las brujas las habían mejorado, tallando símbolos en la hoja y el mango. Nada extravagante, un hechizo de buena suerte, había dicho María, pero se había negado a explicar más.

Luciano asintió, respirando profundo antes de comenzar a caminar hacia el edificio.

Se movieron juntos hacia la bodega, aunque Martín no esperaba tomar a nadie por sorpresa: los vampiros dentro tenían que haber sentido su presencia, de la misma forma en que Martín podía sentirlos a ellos. Pensó en decirle esto a Luciano, pero dudaba que el cazador fuera a apreciar la interrupción en ese momento, de hecho, estaban a metros de la estructura cuando Luciano lo detuvo, señalando primero su propia cabeza, y luego a Martín.

«Voy a intentar crear una distracción. Espera la señal.»

Martín intentó preguntar cuál era la señal, pero Luciano ya estaba en camino al otro extremo de la bodega, y no quería arriesgarse a proyectar su mente más allá de lo estrictamente necesario.

Suspiró, caminando lentamente hasta alcanzar la pared de la bodega, para luego aplastar el oído contra la estructura. No sabía si sus sentidos iban a ser suficiente para escuchar algo además de los ruidos naturales de la noche y los autos, sin embargo, no había ventanas por las cuales mirar, y ningún recoveco donde ocultarse si decidía ir por la puerta, así que esa era su mejor opción por el momento.

La superficie estaba tan fría que Martín tuvo que reprimir el impulso de alejarse de nuevo, cerrando los ojos en un intento de aislarse de la noche. Había esperado escuchar palabras, o incluso gritos, pero todo lo que había más allá del muro era el murmullo de una respiración laboriosa, y el sonido de agua cayendo. No un chorro, sino un goteo intermitente sobre otro líquido.

Splat. Splat.

Silencio.

Una exhalación temblorosa.

Splat.

Silencio.

Splat.

Martín se alejó de la pared, mirando hacia donde se había ido Luciano antes de empezar a caminar hacia la puerta, intentando dar pasos lentos y calculados para no hacer ruido. La señal podía ser cualquier cosa, y si era Francisca, probablemente no la iba a provocar a una pelea, sino a un escape que Martín, sabía, no iba a poder detener a tiempo, no estando solo.

Luciano iba a gritarle luego, quizá le iba a quitar sus cuchillos y el derecho a acompañarlo a las rondas, pero Martín no estaba dispuesto a arriesgar su premio. Si todo salía bien, ni siquiera tendría que hacer rondas ni pelear con nada después de esa noche.

La puerta no estaba completamente cerrada, pero Martín tuvo que empujarla para poder deslizarse dentro. Tuvo unos segundos para preguntarse si estaba caminando a una trampa, como Julio lo había hecho noches atrás, pero desechó la idea. Si ese fuera el caso, habría sido una trampa de Catalina, y no creía que la bruja estuviera intentando eliminarlo, a fin de cuentas, a diferencia de Manuel, Martín no tenía mucho más que ofrecer o perder a esas alturas.

La bodega estaba completamente oscura, a excepción por el reflejo anaranjado de una luz al final de un pasillo creado con cajas apiladas en filas que le parecían mucho más largas que el mismo edificio. Había un olor extraño dentro, y aunque Martín no había sido capaz de identificarlo al comienzo, su cuerpo si lo había hecho, empujando sus colmillos hasta que le costaba mantener bien cerrada la boca. El olor de la sangre se sentía distinto a las veces que había cazado, más potente quizá, más parecido a una sensación que a un olor.

Dentro de la bodega, el aire se sentía tibio y húmedo, electrificado con la promesa de algo que Martín aun no acababa de entender.

Caminó casi sin darse cuenta hasta el final del pasillo de cajas, y entonces la vio: colgando de una viga, estaba Itzel, con el pelo sujeto en una trenza que tocaba el piso, y el cuello abierto en un tajo horizontal. El cuchillo aún estaba ahí, inserto en su garganta, goteando sangre desde su barbilla hasta su frente sobre un platillo de oro. La única luz, ese reflejo anaranjado que Martín había estado siguiendo, venía de los cuatro cirios rojos que habían dejado a los bordes del círculo, iluminando las marcas de pintura blanca en el piso.

Sabía que no debería haber seguido avanzando, sabía que había más vampiros en la bodega, incluso si no los podía ver en ese momento, Martín los había sentido desde el auto; pero todas esas preocupaciones parecían irrelevantes frente al goteo de la sangre de Itzel.

Splat.

Splat.

Martín estiró la mano hacia el cuerpo de la mujer, pero se detuvo. Itzel estaba viva, no lo había notado al comienzo, pero lo estaba mirando, parpadeando lentamente, una, dos veces, siempre mirándolo.

Martín miró un poco más arriba de sus ojos, a su boca y su garganta abierta: el cuchillo temblaba cada par de segundos, y su pecho estaba subiendo y bajando casi imperceptiblemente.

Sus ojos parecían estar retándolo a atacarla.

— ¿Qué…?

Martín retrocedió unos segundos antes de escuchar el disparo. Había sonado desde el techo, pero cuando levantó la mirada todo lo que vio fue la luz del sol.

Cerró los ojos con fuerza, chocando contra las cajas. No podía ser el sol, el auto se había detenido a las tres de la mañana frente a la bodega y no podían haber pasado horas entre una cosa y otra. Tenía que ser Luciano, por imposible que le pareciera luego de haber visto el brillo, esa era la distracción.

Martín entreabrió los ojos justo a tiempo para ver el vampiro abalanzarse sobre él, tirándolo hacia el piso con su peso. Intentó patalear, incluso se habría conformado con poder levantar los hombros en ese momento, pero la criatura sobre él era inamovible.

Ese vampiro no se veía como nada que Martín hubiera visto antes: su piel era perfectamente blanca, a excepción por una o dos venas visibles en su cuello, y sus ojos eran pequeños, perfectamente negros, como los de un animal. Los colmillos que estaba intentando clavar en su cuello eran mucho más grandes que lo normal, y sus manos esqueléticas tenían garras blancas, prácticamente unidas a su piel, que en ese momento se estaban hundiendo en el brazo que Martín estaba usando para mantenerlo lejos.

Ahogó un quejido, intentando apartar la cara sin dejar expuesto su cuello. Había logrado poner una de sus manos en la cara del vampiro, y la otra mantenía lejos las garras de la otra mano, pero no tenía apoyo suficiente como para quitárselo de encima.

En medio del forcejeo, Martín creyó escuchar otro disparo, y la criatura rugió un grito gutural, abriendo y cerrando la boca con renovado esfuerzo. Su peso pareció duplicarse, aplastándolo contra el piso hasta que los brazos de Martín cedieron, y sintió la cara del vampiro presionándose contra su mentón. Tuvo un segundo para pensar que lo habían mordido, y de repente, todo paró.

Martín cerró los ojos con fuerza, reuniendo toda la fuerza que tenía para sacarselo de encima, pero la criatura ya no estaba presionando, y el cuerpo se desintegró en un mar de ceniza blanca, dejando solo a Manuel delante de Martín.

Manuel, con la boca manchada de sangre y las pupilas tan dilatadas que sus ojos parecían negros.

Martín dijo su nombre, o quizá solo lo pensó, pero la atención del vampiro estaba en otra parte. En varias otras partes, de hecho, porque ahora que la luz había desaparecido, Martín podía ver al resto de las criaturas de la bodega mirándolos en silencio.

Era una manada de animales salvajes, no una psicópata, como Martín había estado esperando.

— Manuel —susurró, un poco más agudo de lo normal, un poco más tembloroso, después de lo que había pasado. Su cerebro aún no podía decidirse entre el pánico de ser atacado, y la amalgama de emociones complejas que provocaba Manuel.

— Pensamos que no vendrías —interrumpió uno de los vampiros, aunque con el tamaño de sus colmillos, las palabras sonaban extrañas, apenas entendibles.

— ¿Qué esperan? —gritó Manuel, exudando una agresividad que Martín no reconocía. Ni siquiera tuvo que intentar escuchar sus pensamientos para sentir su mente, que se había vuelto un revoltijo de violencia y hambre tan potente, que incluso él podía sentir la ansiedad y la tensión de una pelea que aún no había pasado.— ¡Vengan!

— Ah, la sangre de Samuel está haciendo efecto —comentó otro, aunque su voz sonaba casi igual a la del primero.— Lo trajimos solo para tí.

— Pensamos que ibas a resistir más —dijeron otros, aunque Martín no podía distinguir cuáles exactamente. Sus voces sonaban como un coro en perfecta armonía, una sola voz repetida muchas veces.— ¿Qué se siente sentirnos?

Manuel hizo un sonido con la garganta, avanzando un paso tambaleante hacia los vampiros o Itzel, no había forma de saberlo.

Martín lo tomó del brazo, y Manuel lo miró como si no lo reconociera, listo para morderlo. Fue menos de un segundo, pero Martín lo había visto, lo había sentido en la mente del vampiro, que parecía estarse expandiendo hacia todos lados al mismo tiempo, con ideas caóticas que todo lo que podía entender realmente era un coro de: hambre, rabia, deseo, hambre, hambre, hambre.

Manuel, el que él conocía al menos, ya no estaba ahí.

— Nos dijo que ibas a tratar de manipularnos —dijeron las voces.— Nos dijo que ibas a tener información privilegiada si lográbamos atraparte.

— Nos dijo que solo vendrías por la bruja.

— Nos dijo que eras más antiguo que la corte.

— No nos dijo que ibas a traer a otros. —siseó el primero que había hablado, entrecerrando sus ojos hasta que solo eran líneas negras y brillantes.— ¿Por qué traerías a un niño y a un mortal a nuestro ritual, José Manuel González?

Manuel cerró los ojos, y al abrirlos, sus pupilas habían vuelto a la normalidad, había reconocido a Martín por apenas unos segundos, y luego había vuelto a perderse.

— No traje a nadie —respondió Manuel, soltándose de Martín con un tirón. Su voz estaba temblando, y sus voz sonaba desesperada, aunque no había forma de saber si era por el deseo de matar o por el deseo de controlarse— No tengo información, y tampoco vine por Itzel. No sé quién fue, pero les mintió.

— Únetenos entonces —dijeron todas las voces al mismo tiempo.— En la última respiración está el alma, y en el alma está la esencia de su poder, José Manuel González. Muerde al sacrificio.

Martín miró al techo, buscando a Luciano. En alguna parte había un agujero que Luciano había usado para disparar, y Martín sabía que el cazador no se había ido luego de hacer su distracción, jamás le habría dado la espalda a un reto como ese. No, Luciano tenía que estarlos viendo desde alguna parte, esperando el momento correcto.

Aunque como estaban las cosas, el momento correcto podía ser demasiado tarde para Manuel.

— Nos dijo también, que quieres ser más. Igual que Francisca Alejandra González, quieres cosas que no puedes tener. —las voces se habían vuelto un susurro en ese punto, casi dulce, aunque a Martín le recordaba más al zumbido de un panal de abejas.— Entendemos. Éramos de una misma mente antes de unirnos.

Manuel se enderezó, pasándose el antebrazo por la boca. Su corazón, que había estado latiendo a un ritmo sobrehumano hasta ese momento, se estaba calmando de a poco, hasta que Martín lo perdió entre el goteo y la respiración de Itzel.

— Van a matarme cuando lo haga —dijo Manuel, aun había un temblor en su voz, y estaba abriendo y cerrando las manos a sus costados, una y otra vez, pero su voz sonaba más normal, más controlada que antes.— Sé cómo funcionan.

Los vampiros sonrieron, todos al mismo tiempo, inclinando la cabeza hacia ellos.

— Quizá si puedes controlarte después de todo, José Manuel González. —dijeron.— Nos dijo que entenderías.

Martín encontró los ojos de Luciano en medio de la oscuridad del techo. No podía arriesgarse a proyectar su mente con tantos vampiros ahí, pero esperaba que Luciano entendiera de todas formas. Si pudiera tener una distracción más, trataría de sacar a Manuel. Le gustaría pensar que juntos podrían arrastrar a Itzel fuera de la bodega, pero sabía que no iba a ser capaz de controlarse si la tocaba. Necesitaban refuerzos, y el único que podía pedirlos era un cazador al que le habían dado órdenes explícitas de no inmiscuirse.

— ¿Quién les dijo? —preguntó Martín, alzando la voz.

La atención colectiva de las criaturas y de Manuel fue a parar en él.

— Martín —siseó Manuel, apenas separando los labios.

— Niño —dijeron los vampiros, unos segundos antes de que Martín sintiera sus conciencias invadiendo su mente.— Martín Hernández.

La presión de sus mentes se sentía como estar sumergido en el agua. Sabía que estaba en tierra firme, pero casi no podía respirar, mucho menos moverse, bajo el peso colectivo de sus mentes.

— Criatura de Francisca Alejandra González, criado y traicionado por José Manuel González. —recitaron al unísono.— Aún no eres adecuado.

— Basta —gruñó Manuel.— No tiene nada que ofrecerles.

— Respondan —gruñó Martín, jadeando.

Una de las criaturas se separó del montón, acercándose lentamente hacia ellos.

— No entiendes —dijo, solo esta vez.— Martín Hernández, eres muy débil aún para ser un sacrificio. Francisca Alejandra Gonzalez plantó la semilla, pero aún faltan décadas para poder cosechar.

La presión en su cabeza se había ido acumulando con cada paso que daba el vampiro, hasta que Martín estaba casi seguro de que iba a explotar, y entonces paró de golpe. Casi habría llorado de alivio, si no fuera porque el zumbido de voces comenzó casi al mismo tiempo, impulsandolo a ir donde Itzel.

— Pero no podemos dejarte ir.

El primer paso se sintió como levantar mil kilos, pero el segundo fue más fácil, y pronto estaba a centímetros de la criatura, mirando directamente a sus ojos, aunque parte de su mente sentía que se estaba mirando a sí mismo.

— Serás de una misma mente —susurró la criatura.— Nunca más tendrás que estar solo. Nunca más tendrás que lidiar con los problemas de estar vivo, para eso estaremos nosotros contigo. Tú, con nosotros.

Martín asintió, e incluso vio al vampiro sonreír, sus colmillos sobresaliendo grotescamente por encima de sus labios. En su cabeza, las voces se habían ido callando de a poco, hasta que solo quedó el murmullo de Manuel. No eran palabras, solo la sensación de su presencia, inusualmente ruidosa.

Reconfortante, de formas que no estaba dispuesto a cuestionar en ese momento.

Martín pasó al lado del vampiro apretando el mango del cuchillo que tenía oculto, y se volteó, listo para clavar la hoja en la nuca de la criatura. Había sido cuidadoso de no pensar en lo que iba a hacer, pero el vampiro había tenido suficiente tiempo para protegerse, agarrando con fuerza la mano de Martín. La presión en su cabeza comenzó de nuevo, y Manuel se abalanzó sobre el vampiro, sacándolos a ambos de balance.

Lo vio hundir sus colmillos en el hombro de la criatura, y supo que había sido un error. Manuel no había atacado porque entendiera el plan de Martín, había atacado porque acababa de perder el control.

Chapter Text

El caos se desató dentro de la bodega en una mezcla de movimiento y ruido que Martín no había anticipado. En menos de un segundo se había encontrado a sí mismo esquivando a duras penas el ataque de una de las criaturas, solo para caer en las garras de un tercero. Se volteó tan rápido como pudo, rasgando la cara del vampiro con el cuchillo, justo antes de que el monstruo mordiera su antebrazo.

Igual que con Francisca, la sensación era una mezcla de placer y dolor que hacía casi imposible pensar con claridad. Martín intentó sacárselo de encima con golpes y tirones, pero otro de los vampiros había aprovechado para tirarse contra su espalda, hundiendo sus colmillos en el hombro del otro brazo. Su visión se volvió borrosa.

Estaba con Manuel en la habitación del bar.

Estaba viendo a Lucía quemarse.

No estuvo consciente de que estaba gritando hasta que sintió el sonido del disparo. El vampiro que había estado mordiendo su brazo ahora era solo la mitad de una cara, pero su mandíbula seguía aferrada a él. Incluso con la mente ida en el dolor y los recuerdos que provocaba la mordida, Martín se las arregló para liberar su brazo de lo que quedaba de la cabeza del otro vampiro, para luego lanzar una estocada hacia atrás, hundiendo su cuchillo en lo que, esperaba, fueran los ojos de su atacante.

Estaba temblando, listo para caer al piso y olvidarse de todos sus grandes planes, pero los disparos de Luciano, y los gruñidos y gritos de la otra pelea mantenían su adrenalina corriendo.

Martín buscó a Manuel con la mirada, pero todo lo que podía ver un bulto de cuerpos en medio de un mar de cajas caídas y bolitas de poliestireno. No podía saber cuál de esos era Manuel, ni quién estaba ganando, pero sabía que tenía que ir.

Martín se apoyó en la pared, sacando el otro cuchillo. Quería morder al vampiro que lo había atacado, aprovechar mientras estaba intentando regenerarse, pero el recuerdo de Manuel aun estaba fresco en su mente. Había algo en esa sangre, algo en esas criaturas, que los hacía distintos, y no podía arriesgarse a intentarlo sin saber qué iba a pasar con su mente luego. Miró a Itzel, intentando decidir si sería mejor tratar de tomar la sangre que le habían sacado ya, y entonces lo notó.

Itzel ya no estaba colgando. Y el plato no estaba en el piso.

Alguien había roto las cadenas que la sostenían, alguien había sacado el cuchillo de su cuello, todo sin que ninguno de ellos lo viera suceder.

Martín se acercó, consciente de que sus atacantes iban a volver a levantarse en cualquier momento. El plan había sido aprovechar el caos para escapar con Manuel, el plan era soportar hasta que llegaran refuerzos, pero Martín no había contado con la posibilidad de que hubiera alguien más en esa bodega. Alguien que no había actuado hasta que él dio la señal.

Una de las criaturas pasó volando a pasos de él, estrellándose directamente contra el muro con un sonido húmedo. El cuerpo se mantuvo ahí unos segundos, antes de caer inerte al piso.

Martín miró al otro lado de la bodega, la masa de cuerpos se había disuelto, dejando suficiente espacio para que pudiera ver a Manuel siendo sostenido por Francisca. Los vampiros a su alrededor, dos de pie y uno en el piso, estaban siseando y gruñendo, pero no habían vuelto a atacar.

Martín comenzó a caminar hacia ellos. Se sentía como si no estuviera en su propio cuerpo, pero su mano aún estaba apretando el mango del cuchillo, y sus pies aun se estaban arrastrando entre las bolas de poliestireno. Uno de los vampiros, el que aún tenía su cuchillo clavado en el ojo, intentó abalanzarse sobre él, pero Martín recibió la mordida con la mano, dejando que su propia fuerza lo incrustara en la hoja de plata. Esta vez, Luciano ni siquiera tuvo que disparar para ayudarlo a sacarse a la criatura de encima.

Con todo el cuerpo temblando, Martín le abrió la boca al vampiro, y lanzó el cuerpo sin mirar. No podía mover bien la mano, y su segundo cuchillo había quedado enterrado en la criatura, pero no tenía tiempo, ni conciencia suficiente como para pensar en eso.

La luz anaranjada que los había estado alumbrando hasta ese momento se movió, desdibujando sombras nuevas en la bodega, pero Martín ni siquiera pensó en mirar a sus espaldas.

Francisca tiró a Manuel hacia la puerta, recibiendo el ataque de los otros vampiros con la espalda. A diferencia de Manuel, que había caído fuera del edificio, Francisca terminó de rodillas en el piso de la bodega, luchando por sacarselos de encima.

Martín los vio caer, casi los sintió clavar sus colmillos en ella de hecho, aunque no tenía forma de saber si era real o no. La escuchó gritar de dolor, y gruñir con la misma cadencia salvaje que habían usado las criaturas al comienzo de la pelea, pero ya no podía verla bajo los cuerpos de sus atacantes.

Trató de ir más rápido, abriéndose paso entre las cajas y la basura plástica que había caído durante la pelea, pero su cuerpo se sentía torpe, y la energía que estaba utilizando para regenerarse estaba saliendo directamente de la poca estamina que le quedaba.

— No… No pueden.

— ¡Martín! —gritó Luciano, justo antes de que su mente registrara el dolor la mordida.

Aulló de rabia, más que de dolor. Francisca estaba ahí, a metros de él, pero no podía llegar. Era aún peor que no saber donde estaba, era tener el anzuelo directamente en frente y no poder morderlo. Llevó sus manos a su espalda como pudo, tirando del cabello del otro vampiro, y hundiendo sus uñas en los recovecos de su cara hasta que logró afirmarlo lo suficiente como para tirar de él.

— Suéltame mierda —siseó, masticando cada sílaba. Martín cerró los ojos con fuerza, decidido a resistir las visiones esta vez— Suéltame, suéltame.

Su mandíbula se estrelló contra el piso, pero apenas notó el dolor mientras forcejeaba con la criatura en su nuca. Estaba tan concentrado en eso, de hecho, que le costó entender qué había pasado cuando su atacante desapareció de su espalda con un tirón.

No había escuchado ningún disparo.

Martín se apoyó en el codo del brazo que tenía en mejores condiciones, intentando ver qué había pasado, y la encontró, mirándolo hacia abajo, con la cara manchada de sangre y cubierta de marcas en los brazos, el pecho y el cuello.

Francisca, con el pelo enredado y los colmillos a la vista, bañada en la luz naranja del fuego que había comenzado a expandirse a través del poliestireno en el piso; lo iba a salvar.

Sabía que no tenía sentido pelear en ese momento, no con ella al menos, pero Martín le clavó las uñas en el brazo cuando lo tomó.

— Estás muerta.

— Aún no —murmuró ella, soltando una risa rasposa.

Había solo unos metros desde donde estaban a la salida de la bodega, pero para Martín se sintió como una eternidad, entre esquivar los ataques de los vampiros que se habían regenerado lo suficiente como para volver a atacarlos, y evitar los obstáculos del camino. Una criatura se tiró encima de ellos, y Francisca lanzó a Martín los últimos metros.

Rodó por la tierra, y se detuvo boca arriba en el exterior, inmediatamente aliviado por el aire helado de la noche en su cara. No había notado lo caliente que estaba la bodega hasta ese momento, pero afuera el mundo parecía totalmente distinto, como si recién ahora fuera capaz de respirar.

Martín escuchó la voz de Manuel, pero no podía entender qué estaba diciendo. Sonaba más ronco que de costumbre, y estaba arrastrando las palabras, como si no pudiese mover bien la boca.

Hizo el esfuerzo de levantarse, jadeando por el dolor de poner peso en su brazo, solo para encontrarse con la figura de Manuel, dando pasos tambaleantes hacia la bodega. Uno de sus brazos estaba colgando en un ángulo antinatural, y su piel era un mapa de mordidas a medio sanar y sangre seca, pero lo que realmente llamó la atención de Martín fue su piel, que parecía haber alcanzado el tono de la de Victoria durante la pelea.

— Manuel —jadeó, esperando poder alcanzarlo antes de que alcanzara el edificio.— ¡Manuel!

El vampiro se detuvo, pero pasó un rato antes de que se volteara, y a pesar de que sabía que no hubiera cambiado nada, Martín deseó que no lo hubiera hecho. Sus ojos estaban completamente negros, como los de las criaturas que habían encontrado en la bodega, y su mente estaba ida, más llena de sensaciones que de pensamientos.

El siguiente cuerpo en salir disparado de la estructura fue el de Itzel. Su pelo se había quemado, pero el resto del fuego que tenía encima se extinguió mientras rodaba por la tierra, dejando solo humo y olor a grasa quemada a su paso. Martín no podía verla bien desde donde estaba, pero escuchó suficientes quejidos como para saber que seguía viva.

Pensó en ir hacia ella, o ir hacia Manuel, pero no tenía la más mínima idea de qué podía hacer para traerlos de regreso.

— ¡Martín! —gritó Luciano, corriendo hacia ellos. Tenía algunos golpes, y cojeaba un poco, pero no había otra señal de que hubiera participado de la pelea.

Manuel hizo un ruido, no muy distinto al de un animal en realidad. Aún cojeaba un poco, pero su cuerpo se estaba reparando inusualmente rápido. Incluso su brazo, que seguía apuntando al lado equivocado, había recobrado la movilidad en esos segundos.

Luciano se detuvo, apuntando su pistola directo a la cara de Manuel.

— No, espera —pidió Martín, tratando de canalizar la energía que le quedaba en ponerse de pie.

No estaba seguro de cómo iba a empezar a explicar a Manuel, pero la aparición de Francisca y los otros vampiros lo salvó de tener que descubrirlo. Para ese entonces, el fuego de la bodega se había expandido tanto que las llamas eran visibles desde la puerta.

— ¡Alto! —exclamó Luciano, apuntando sus armas a los tres vampiros que habían logrado salir de la bodega.

Francisca miró a Luciano, y en ese segundo de distracción, los otros vampiros parecieron encogerse sobre sí mismos y desaparecer de su vista en cosa de segundos. La única marca de su trayectoria era el humo que aún salía de su cuerpo cuando tomaron vuelo.

Luciano le disparó al cielo, pero ninguna bala conectó.

— Estás desperdiciando municiones —comentó Francisca, aunque se podía escuchar la sonrisa en su voz.— Ya no les diste, pero si quieres puedes intentarlo con los dos que están dentro.

— ¿Aún están vivos? —preguntó Luciano, frunciendo el ceño.

Francisca se encogió de hombros. Dentro de la bodega, una de las torres de cajas colapsó sobre si misma.

— No importa, la corte está en camino. —concluyó Luciano, aunque ambas pistolas seguían apuntando a las puertas de la bodega.

Francisca se detuvo frente a su hermano, sosteniéndole la cara con un cuidado que Martín no había estado esperando. Aún así, Manuel le estaba enseñando los colmillos, completamente tenso; aunque Martín creía que tenía más que ver con la sangre que Francisca tenía encima que con ella misma.

— Está bien —susurró ella, hundiendo una de sus manos en el pelo de Manuel.— Vas a estar bien. Solo hay que sacarlo, ¿lo sabes, verdad? Estaba en el libro que te dejé.

Martín la vio azotar la cabeza de Manuel contra el piso, pero no entendió qué había visto exáctamente hasta que escuchó el disparo de Luciano. Francisca gruñó una maldición, pero no levantó la mano que estaba usando para mantener a Manuel en el piso.

El vampiro estaba gruñendo y siseando, rasguñando la mano de Francisca hasta que la sangre estaba cayéndole encima. Francisca estaba poniendo todo el peso de su cuerpo, pero parecía estar teniendo problemas para mantenerlo ahí.

Martín creía que la única razón por la que lo estaba logrando, es que el lado que había dejado contra la tierra era el del brazo roto.

— ¿Qué estás haciendo? —preguntó Luciano, aunque sonaba asustado.— Detente ahora, o dispararé a la cabeza.

Martín podía entenderlo, hace solo unos segundos, Francisca estaba actuando con tanto cuidado que la agresividad repentina lo había sorprendido más que cualquiera de las criaturas que habían encontrado en la bodega.

— Suéltalo —ordenó, aunque su voz sonaba demasiado temblorosa como para tener alguna autoridad.— ¡Francisca, suéltalo!

Martín la vio inclinarse hacia Manuel, y no pudo evitar pensar en si mismo. Las noches que había pasado encerrado en el baño parecían tan lejanas luego de que Francisca había desaparecido, pero solo verla ahí, intentando morder a Manuel, era como estar de nuevo en esa noche. No creía poder enfrentarla en su estado actual, pero tampoco estaba dispuesto a verla matar a Manuel.

Le hubiera gustado decir que se lanzó sobre Francisca, pero la verdad es que no había alcanzado impulso suficiente como para hacer más que caerle encima.

— Suéltalo —gruñó, cerrando sus manos en torno al cuello de Francisca.

— Tenemos que sacarle la sangre —siseó Francisca con un hilo de voz.

— ¿Por qué? Es lo que iban a hacer ellos —respondió Martín.— Manuel dijo que querían que mordiera a Itzel para poder matarlo.

— Porque es demasiado para él —dijo Francisca, tirándose hacia atrás— Míralo, Martín ¿Crees que está bien?

No quería hacerle caso, pero era imposible no ver el efecto que había tenido la sangre de esas criaturas en su cuerpo. Manuel, que usualmente peleaba con palabras, y siempre trataba de mantenerse neutral, estaba retorciéndose en el piso, solo para intentar morder a su hermana. La misma que había estado intentando proteger durante todo ese tiempo.

— ¿Qué vas a hacerle?

— Si quieres puedes hacerlo tú —dijo Francisca, sonriendo.— Necesitas la sangre.

— ¿Va a quedar así? —preguntó Luciano, claramente disgustado con la idea. Martín no lo había sentido acercarse, pero el cazador estaba a pasos de ellos, apuntando con una mano a Francisca y con la otra mano hacia la puerta.

Los hombros de Francisca comenzaron a temblar, pero no tenía suficiente aliento como para reírse en voz alta. Martín consideró no soltarla, pero finalmente relajó sus manos lo suficiente como para dejar que su voz saliera.

— No —dijo Francisca, tosiendo.— No, Manuel ya fue el filtro. Si lo mordemos ahora solo vamos a sentir una conexión con él, no con la unión.

— ¿La unión?

— Los vampiros que viste. Así se llaman a sí mismos. —explicó Francisca.— Muerdelo, o déjame morderlo, pero tiene que ser ahora.

— ¿Qué pasa si lo mato?

— Oh, no te preocupes por eso —respondió Francisca, riéndose sin humor.— Yo voy a evitarlo.

Martín miró a Luciano, que estaba haciendo un gesto negativo con la cabeza, y luego a Manuel, que poco a poco había ido calmándose de nuevo, tal y como lo había hecho dentro de la bodega, esperando el momento adecuado para intentar atacar de nuevo probablemente.

Si hubiera estado ahí, Manuel habría dejado que Francisca lo mordiera, de la misma forma en que habría dejado que Victoria lo matara, si la mujer le hubiera dado la opción. Martín sabía que lo habría hecho, y era precisamente por eso que no podía dejar que pasara.

Martín tomó el brazo de Manuel, y hundió sus colmillos en él, seguro de que el vampiro iba a soltarse y matarlo en cosa de segundos.

La sangre de Manuel se sintió como un golpe de electricidad en su cuerpo. El placer de la mordida estaba ahí, pero también estaba el caos de su mente, haciendo eco en la de Martín. Había hambre, pero más que eso, estaba el deseo de atacar.

Manuel estaba mirando a Francisca, odiandola como nunca antes. Estaba mirando a Martín ser atacado, asustado de arruinar su plan, pero aún más asustado de dejarlo morir.

Estaba solo en el departamento, tirando libros contra la pared.

Estaba en el juicio de Lucía, llorando con ella, por ella. Por él.

Manuel estaba tirado como una estrella en medio de un mundo hecho de pura oscuridad, y Martín estaba flotando sobre él, mirándolo y mirándose al mismo tiempo.

 


 

 

La realidad lo trajo de vuelta con un tirón que le revolvió el estómago. El mundo de oscuridad en el que había estado hasta ese momento se había vuelto caos, ruido y luz de un segundo para otro, pero no estaba seguro cómo o por qué. Martín cerró los ojos con fuerza, intentando despejar su mente, pero cuando volvió a abrirlos todo parecía igual de confuso. Manuel, con el brazo cubierto de sangre, seguía tirado en el piso.

Martín llevó una mano a su cuello, repitiendo en su mente, una y otra vez, que Francisca lo habría detenido antes. Que él ya había aprendido a no matar a sus presas. Que jamás habría matado a Manuel, no importaba lo que le hubiera dicho cuando aún estaba molesto. No había forma en que pudiera vivir una eternidad sabiendo que lo había matado sin querer.

Apretó sus dedos contra la piel de Manuel, fría y blanca como la de una estatua de mármol.

El pánico era un peso extra sobre su pecho, impidiéndole respirar apropiadamente. No lo necesitaba, sabía que no, pero su cuerpo aún así insistía en pedirle el aire. Su corazón, que debería haber reconocido su propia muerte hace al menos un mes, aún estaba dispuesto a acelerarse, a despertar una sensación de calor de la que Martín no se creía capaz a esas alturas.

— ¿Dejaste que lo matara? —preguntó una mujer, justo en frente de él.

Martín levantó la cabeza, inadecuadamente aturdido. Sabía que no estaba solo, sabía que había mordido a Manuel con Francisca sosteniéndolo, pero había estado demasiado preocupado por el vampiro como para notar que ya no había manos sosteniéndolo.

Frente a él estaba Francisca, con la cabeza firmemente sujeta entre los brazos de Eliboria. Sus dos brazos estaban colgando a los costados de su cuerpo, claramente inútiles. No se veían deformes, como el de Manuel, pero claramente habían sufrido algún daño, provocado por la misma Eliboria, probablemente.

A sus espaldas, el mundo era un mar de llamas anaranjadas y humo negro.

— Responde, maldita sea —siseó Eliboria, tirando de la cabeza de Francisca.— Dios, ni siquiera vale la pena hacerte un juicio.

La risa de Eliboria llamó la atención del resto de la gente, de los que estaban levantando a Itzel, cuyo cuello  se había vuelto a unir, y los que estaban tratando de detener el incendio también.

De Miguel, que estaba hablando con Luciano, alejados de la atención de los vampiros.

— Francisca —murmuró Martín apretando aún más sus dedos.

— Está vivo —dijo, en un murmullo apenas audible.

Eliboria puso los ojos en blanco, y dobló la cabeza de Francisca hacia el lado, dejando que su cuerpo se derrumbara por su propio peso sobre el de Manuel.

— ¿Qué hiciste? —preguntó Martín en un grito, demasiado sorprendido como para estar molesto.

— No puedo sostenerla durante todo el camino, niño. —respondió Eliboria, encogiéndose de hombros. Se volteó hacia los bomberos que habían llegado a la escena, haciendo una seña con las manos. Del cadáver a ellos, de ellos al camión.— Solo estaba esperando a que terminaras.

Martín hizo el amago de levantarse, con la vaga idea de lanzarse encima de ella y obligarla a pretender que aún tenía una conciencia, pero ver a Miguel corriendo hacia él con las manos en alto lo detuvo. Eliboria resopló con la nariz, dedicándole una mirada llena de burla antes de desaparecer.

Su mente era una promesa de violencia y caos. Casi sin querer, Martín se vio a sí mismo peleando con ella, pero no tenía idea si había sido su imaginación o la de Eliboria la que había producido esa imagen.

Uno de los bomberos fue a recoger a Francisca. Martín no podía ver bien su cara detrás del casco, pero a juzgar por la facilidad con la que había recogido el cuerpo, tenía que ser uno de ellos también.

— No hagas nada estúpido —pidió Miguel en un susurro, apenas unos segundos después de que el bombero se alejara con el cuerpo de Francisca colgando de un hombro.— La corte está paranoica, si no fuera por Itzel los habrían llevado para ser interrogados también.

— Pero Luciano…—comenzó a decir Martín, frunciendo el ceño.— Él vio lo que pasó. El los llamó.

— Soy un cazador —interrumpió Luciano, encogiéndose de hombros.— Mi palabra no es tan buena como la de un vampiro de la corte.

— ¿Qué van a hacer con Francisca? —preguntó Martín, aunque ya tenía una idea.

Se suponía que quería matarla, estaba bastante seguro de que aún quería matarla, pero la idea de cualquier otra persona muriendo como Lucía lo hacía sentir enfermo.

Luciano y Miguel intercambiaron miradas de confusión.

— Un juicio, supongo —respondió Miguel, encogiéndose de hombros.— No llegué a tiempo, pero según entiendo, ella confesó haber ido con la intención de secar a Itzel.

— Dijo que su hermano había intentado detenerla —añadió Luciano, mandandole una mirada significativa a Martín, y luego a Manuel, que aún parecía un cadáver en el piso.— Siguiendo su deber con la corte.

— Tiene que haber estado continuando la investigación de Iñigo —dijo Miguel, mirando a Manuel con una mezcla de sorpresa, admiración e irritación que Martín no creía posible.— No sé cómo hizo que dejaras de sentirlo. Debe haber sido una sorpresa.

Martín decidió ignorar esa última frase, y la ola de culpabilidad que traía con ella. No estaba listo para admitir su mentira, pero el hecho de que Miguel estuviese justificando las falencias de su historia lo hacía aún peor.

— ¿Y la Unión? —preguntó, mirando directamente a Luciano.— Tú los viste, ellos iban a comerse a Itzel, no Francisca.

Luciano negó con la cabeza, y por un momento de completo pánico, Martín creyó que iba a decirle que no los había visto. Que todo lo que había sucedido en la bodega había dejado de existir con el incendio.

— Eliboria no quiso escuchar. —respondió Luciano.— Dijo que si seguía insistiendo iba a considerarlo una obstrucción política y llevar el problema al clan.

Martín ahogó un grito de frustración, golpeando el piso con un puño.

Manuel hizo un ruido con la garganta, entreabriendo un ojo solo para volver a cerrarlo inmediatamente. Miguel, Luciano y Martín se quedaron en silencio, perfectamente quietos a la espera de que el vampiro diera otra señal de vida, pero no pasó nada. Miguel se arrodilló a un lado de Martín, intentando encontrar el pulso del vampiro.

— ¿Ya está bien? —preguntó Luciano, aunque Martín notó que no se estaba acercando. Ni siquiera parecía dispuesto a inclinarse sobre ellos de hecho.

— No puedo encontrar el pulso, pero está respirando —respondió Miguel, que había movido su mano desde el cuello a la boca de Manuel.— En el bar podemos tratar de darle sangre, quizá eso funcione.

— No, pero, sus ojos…

— Está bien —interrumpió Martín, tirando de los hombros de Manuel para poder sentarlo. Se sentía mucho más ligero de lo que esperaba, pero no quiso detenerse a pensar en eso tampoco.

Podría haberle abierto los ojos, podría haberle dado de su propia sangre, si la teoría de Francisca estaba en lo correcto eso debería balancear todo, porque estaba filtrada; pero no estaba listo para descubrir que no fuera así.

— Llévatelo al bar, yo tengo que ir a la corte —dijo, pasándole el cuerpo a Miguel.

Martín se levantó, y unos segundos después le siguió Miguel.

— Tenemos que volver a Santiago —dijo, deteniéndose frente a Luciano.— Voy a necesitar armas.

— Espera, ¿qué? —preguntó Miguel, tomándole el brazo.— Martín, apenas saliste de esta pelea. Catalina y María están esperándote en el bar, casi tuvieron un ataque cuando Luciano llamó. Y Manuel —añadió, marcando el nombre con una mirada fugaz al cuerpo del vampiro.— ¿No crees que él va a estar esperando que estés ahí? No soy como ustedes, pero sé que la mordida entre vampiros es algo importante.

— Miguel tiene razón —dijo Luciano, desviando la vista.— ¿Qué pretendes hacer? ¿Atacar la corte entera? Tienen a Francisca bajo custodia, y probablemente será un juicio público, considerando como están las cosas.

— Ven conmigo Martín,  Sebastián está esperando en el bar también —dijo Miguel, apretándole el hombro a Martín.

— ¿Qué?

— Lo llamé cuando te tiraron fuera de la bodega —masculló Luciano, claramente avergonzado.— No pensé que fueras a curarte tan rápido, y con Francisca ahí… Pensé que podía pasar algo.

Martín se tragó las ganas de gritarle, y miró una vez más hacia el carro de bomberos. Francisca seguía ahí, encerrada a metros de él, con el cuello torcido y su cuerpo haciendo todo por recuperarse lo más rápido posible.

En ese segundo era una presa fácil, y estaba ahí, pero Eliboria estaba esperando en el camión, apoyada contra el costado mientras supervisaba el trabajo de los otros dos vampiros. Si se acercaba, incluso si pensaba mucho en atacar, ella iba a saberlo. No estaba seguro si era el efecto de la sangre de Manuel, o simplemente las consecuencias de esa noche, pero sus sentidos estaban sobrecargados con una mezcla de lo físico y lo abstracto: Sabía, por ejemplo, que Miguel no creía realmente su historia de que había sentido morir a Manuel. Sabía que Eliboria no estaba mirando a los vampiros que trabajaban para la corte, sino a ellos. Sabía que Luciano se había doblado un pie, y solo quería volver a casa.

Sabía que la esencia de Manuel había cambiado esa noche, y que por más que le sacara sangre, no iba a volver a la normalidad.

La única que seguía siendo un misterio era Francisca, dejándose atrapar.

— Está bien —suspiró, dándole un golpe al hombro de Luciano.— Vamos.

 


 

 

Martín soportó el abrazo de Catalina y los alegatos de María. Le devolvió la misma mirada de gravedad que le estaba dando Julio, e incluso ayudó a Miguel a acostar a Manuel en una de las habitaciones del segundo piso, pero aprovechó el primer segundo de distracción para tomar a Sebastián y salir del bar.

Por suerte para él, su primo tampoco parecía estar en el humor de quedarse por más tiempo.

— Casi mueres —siseó Sebastián, una vez estuvieron dentro del departamento. Ninguno de los dos se molestó en prender las luces.— ¿Ese era el plan, boludo? ¿Encontrarla y morir? Ni siquiera la mataste.

— ¿Eso es lo que te molesta? —preguntó Martín.

— ¡No! —respondió Sebastián, apenas resistiendo las ganas de gritar.— Obvio que no ¿crees que quiero que la mates?

— ¡No lo sé! —respondió, gesticulando con los brazos.— Primero estás re metido en todo esto, y hacés que Luciano nos lleve, y después estás podrido conmigo por seguir tu ejemplo.

— ¿Mi ejemplo? ¡Quiero que sobrevivas, boludo! Quiero que termine esta obsesión con vengarte por nada y que puedas empezar a aprovechar tu juventud eterna, como se supone que deberías estar haciendo.

Sebastián se abrió camino por el pasillo a pisotones, y tiró su abrigo en el primer mueble que vio, antes de volverse hacia Martín una vez más.

— ¿Qué parte de que nos afectó que desaparecieras no entendiste boludo? —gruñó, sacándose los zapatos a tirones.—  Todos tus amigos, tu mamá, incluso la Cony, todos buscándote y a vos te da lo mismo.

— Me mataron —siseó Martín, entredientes.

— Sobreviviste —replicó Sebastián.— Y te mataron de nuevo, y sobreviviste. Y hoy volvió a pasar, y adivina qué, sobreviviste de nuevo. —gritó, avanzando hacia él.— ¿Y qué pasa cuando se te acabe la suerte, ah? ¿Qué pasa cuando sea quién sea el pelotudo que te está manteniendo vivo se aburra de ti? Todavía no estás muerto, Martín. Estás acá, conmigo, y con todos esos pelotudos que conociste, pero a vos te importa un carajo.

— No lo entiendes.

Sebastián suspiró, pasándose las manos por la cara.

— Si, tenés razón, no entiendo. —admitió, antes de comenzar a caminar hacia su habitación.— Que no se te salga la gata.

Martín no se movió hasta que estuvo seguro de que Sebastián se había quedado dormido. No creía que su primo fuera a volver a salir de su habitación, incluso si sentía la puerta, pero algo en su discusión lo había dejado pegado al piso, paralizado de la cintura para abajo. En los libros, los personajes con vidas eternas siempre decían que las horas eran como segundos, pero esa era la primera vez que Martín se había sentido así.

En un pestañeo, había perdido dos horas de su vida, mirando la puerta cerrada de su primo.

Si fuera otra persona, quizá habría pensado en no continuar con su plan. Quizá incluso habría considerado volver al bar, solo para ver si Manuel había despertado, pero descartó la idea.

Si Manuel había despertado, iba a estar exáctamente en el mismo lugar al que Martín estaba yendo.

 


 

 

A las seis de la mañana, el edificio de la corte se veía igual que cualquier otro complejo de oficinas en esa zona de Santiago. Limpio, brillante, y apenas habitado por los primeros humanos que estaban llegando a cumplir con sus trabajos. El guardia no era el mismo que Martín había visto en las noches anteriores, pero tuvo exáctamente el mismo cuidado de bajar la vista cuando Martín cruzó el umbral de la puerta, y la poca gente que había a esa hora en el primer piso había seguido su camino como si no estuviera.

Si Francisca había dado pelea al entrar, no había marca alguna en el salón principal.

Se escabulló a las escaleras, intentando decidir qué iba a hacer ahora que estaba adentro. Pensó que iba a haber más guardias, o alguien que lo detuviera antes de entrar por lo menos. En su cabeza, Eliboria iba a detenerlo en el umbral de la puerta, y Martín iba a exigir que lo dejaran hablar con Francisca antes del juicio en una repetición de lo que había pasado con Lucía, aunque sabía que no tenía sentido esperar que la experiencia con Lucía fuera igual a la de Francisca.

Por una parte, nadie excepto él y Manuel tenían dudas sobre la culpabilidad de Francisca.

Martín apoyó la cabeza contra la pared, cerrando los ojos. No quería pensarlo, pero quizá Luciano tenía razón, ya faltaba poco para amanecer, y Adán no iba a hacer ningún juicio esa noche ¿Por qué debería? Tenía a alguien a quien culpar, y a un pueblo entero esperando una explicación.

Adán no iba a darle un juicio.

La seguridad de ese conocimiento lo hizo enderezarse y comenzar a subir las escaleras de dos en dos. Luciano tenía razón: no iba a ser esa noche, pero mañana Adán iba a matar a Francisca, y con eso, Martín iba a perder su última oportunidad de sentir que su muerte había significado algo. Ella era la única que podía responder por lo que había pasado, la única que sabía cómo había pasado realmente.

Martín estaba dispuesto a negarlo, pero podía entender qué había llevado a Julio a llorar por la muerte de su creador, incluso cuando lo odiaba abiertamente por haberlo transformado.

Estaba subiendo el quinto piso cuando sintió a Manuel en el edificio. No sabía cómo, o por qué, pero algo en su cuerpo había reaccionado con su presencia, incluso con el concreto de los pisos entre ellos. Se preguntó si el vampiro también podía sentirlo, pero no quiso arriesgarse a averiguarlo. Esa noche, en esa torre de vidrio que Adán había elegido para gobernar, Manuel iba a elegir a su hermana por encima de los meses que habían pasado juntos, y Martín iba a elegirse a sí mismo, no tenía dudas al respecto.

Su presencia se sentía inusualmente ruidosa, pero había perdido la violencia que Martín había sentido en la bodega.

Martín abrió la puerta del último piso con ambas manos, solo para descubrir que no era el que había estado esperando. En vez del pasillo de ventanales, salió a una sala de estar completamente oscura, con un pasillo y dos puertas. En el centro había una mesa de madera oscura y ocho sillones de cuero. Todos eran del mismo modelo, pero algunos tenían objetos sobresaliendo de los respaldos. Tenedores, cuchillos, tijeras, desde donde estaba Martín no podía verlos todos, pero reconocía las siluetas lo suficiente para entender qué eran.

— El príncipe dijo que vendrías —murmuró una mujer, con la voz rasposa, prácticamente rota.

Si no la hubiera visto, Martín habría pensado que era imposible, pero ahí estaba Itzel, aún sin pelo, pero con el cuello cerrado y la piel que se había quemado sana de nuevo.

Al menos en el exterior.

— ¿Qué es esto?

— No estaba tan seguro respecto a ti —explicó Itzel— por eso me dejó esperando aquí. Manuel sabe llegar a la sala de ejecuciones, tú no.

Martín frunció el ceño, resistiendo a duras penas el impulso de seguir el juego de Itzel.

— Eliboria está esperando a Manuel —le ofreció, encogiéndose de hombros.— Es una suerte que no tomaras el camino directo. Quizá Manuel la mate antes, y puedas pasar, o quizá los vas a encontrar peleando. Quién sabe.

— ¿Por qué me estás diciendo esto? Tú culpaste a Francisca.

— Le di un enemigo a Eliboria —replicó Itzel— Los salvé, y te estoy dejando pasar, qué más quieres de mi.

— Entender.

— No quería la muerte de la niña —suspiró Itzel, pasando una mano distraída por la pelusa que había quedado de su pelo.— Esta es la única penitencia que puedo hacer ahora que la corte tiene sus noches contadas. En cualquier momento los clanes de la ciudad van a poner un nuevo príncipe, la unión volverá a terminar lo que empezó, y no voy a estar aquí cuando eso pase.

— ¿Vas a escapar?

— Voy a sobrevivir. —siseó Itzel, mirándolo fijo.— Esta no es la primera vez que tratan de quemarme viva, pero al menos la primera vez fue por lo que creía, no por la gente para la que trabajaba. Dios sabe que Adán no se quemaría por mi.

Martín desvió la mirada a las puertas y el pasillo que había al otro lado de la habitación, indeciso. Itzel se levantó con un gruñido, y caminó hacia él; su larga falda y la blusa blanca que llevaba no tenían marca alguna de lo que había pasado en la bodega, Martín suponía que era natural, por supuesto que no quedaban marcas. Ya había dejado atrás esa experiencia.

En unas horas le crecería el pelo de nuevo, y la vida volvería a ser lo que había sido hasta esa noche.

Itzel levantó la mano, mostrándole un cuchillo plateado. No era uno de los suyos, el mango era de puro metal y la hoja era más larga, pero las inscripciones grabadas en él eran sospechosamente familiares.

— Es el que usaron en mi cuello —dijo Itzel, notando su mirada.— La maldición inscrita evita que las heridas cicatricen. Es un truco estándar en los aquelarres—explicó, ofreciendole el cuchillo.

— ¿Por qué me lo estás dando? —preguntó Martín, frunciendo el ceño.

— Sé lo que pretendes, Martín Hernández —respondió ella, encogiéndose de hombros.— Si sigues el pasillo, y subes las escaleras llegarás a la sala donde Eliboria esperaba a Manuel. No voy a detenerte, pero considera esto, Francisca mordió a la unión y no perdió el control ¿Por qué crees que fue?

Martín tomó el arma por la empuñadura, buscando la sangre o zonas ennegrecidas en el metal, seguro de que tendría que haber pasado por el fuego en algún momento, pero lo único que podía ver era el rojo opaco que había quedado en las hendiduras de los símbolos. No recordaba la hoja lo suficientemente bien como para saber si eso había estado ahí antes, y tampoco quiso comprobarlo acercándosela más a la cara. Ya era suficiente con todo lo que había aprendido esa noche.

Martín miró a Itzel una última vez antes salir de la habitación, pero ella no volvió a hablarle, y él decidió tragarse todas las preguntas que aún tenía en el pecho.

 


 

 

El pasillo era largo y angosto, iluminado por una serie de luces blancas, incrustadas en pequeños círculos en el techo estaban completamente vacías, y esta vez no había ventanas para mirar al exterior, solo un piso de alfombra oscura y puertas cada tres metros. Al final, tal como había prometido Itzel, había una puerta abierta y el resto de las escaleras. No había ninguna marca que designara el piso, así que Martín solo subió hasta que la presencia de Manuel se sentía como un peso físico en su pecho.

Martín apretó la empuñadura del cuchillo, y empujó la puerta con el hombro, tan lento como podía. No esperaba pasar desapercibido, pero al menos creía poder evitar interrumpir directamente la pelea de Manuel.

El silencio fue la primera pista de que algo no andaba bien. En su mente, la pelea debería haber sido una repetición de lo que había pasado en la bodega, sin embargo el único sonido en la torre era la respiración irregular de una persona, no de dos.

Esta vez no habían luces, pero Martín podía ver las chispas intermitentes que salían del vidrio roto donde debería haber estado la luz. A nivel del piso, la situación no era demasiado distinta, había trozos de vidrio y pedazos de mueble regados por cada rincón, y en el centro estaba Manuel, parado frente al cadáver de Eliboria, sus ojos fijos en el agujero donde alguna vez había estado la luz.

— ¿Manuel? —preguntó Martín, dejando que la puerta se cerrara detrás de él con un suave golpe y un click, que tampoco llamaron la atención del vampiro.

Pensó en la imagen que había visto en su mente, él, tirado mirando el cielo, y Martín cayendo desde ahí, sin motivo ni invitación. Estaba irrumpiendo en ese momento, y estaba irrumpiendo ahora, aunque, a diferencia de la primera vez, ahora no tenía nada que ver con tratar de ayudar a Manuel.

— Pensé que ibas a venir —respondió Manuel, aún mirando el techo.

— ¿De verdad sos vos?  —preguntó Martín, frunciendo el ceño.— Mírame.

Había pasado los últimos minutos imaginando qué iba a encontrar en esa habitación, y aún así no tenía la más mínima idea de qué estaba esperando que pasara.

¿Quería pelear con Manuel? Sabía que iba a tener que hacerlo en algún momento, o al menos, creía que tendría que hacerlo. Más allá del cuerpo inerte de Manuel estaba la puerta que había estado buscando, la última parte de su misión.

Si no estaba listo para Manuel, nunca iba a estar listo para Francisca.

— Soy yo —respondió Manuel, mirándolo. Su cara seguía inusualmente blanca, y aunque sus ojos ya no eran completamente negros, su pupila seguía tan dilatada que apenas había una línea de café a su alrededor.

Había sangre en la comisura de sus labios, y sus dos brazos parecían estar bien puestos a pesar del sin fin de marcas y agujeros manchados de sangre que había en su ropa.

— ¿Qué hiciste?

— Traicione a la corte —respondió Manuel, encogiéndose de hombros.— Bebí de Eliboria hasta que no le quedaba nada  —explicó, tocando con la punta del pie el bulto de su cuerpo.— Como dijo la unión. En el último aliento está la esencia.

Martín ahogó un jadeo cuando Manuel pisó, y el cuerpo se hundió, como si hubiera estado hueco. En cosa de segundos el cadáver comenzó a desintegrarse, dejando solo un montón de ropa y cenizas.

— Por eso no funcionó antes —dijo— Francisca no terminó de secar a Mario. Tuvimos que salir de Trinidad antes.

— ¿Por qué lo hiciste boludo?

— A tí te dejo vivo —continuó Manuel, pasándose una mano por la cara.

— Manuel —siseó Martín, caminando hacia él.— ¿Por qué?

— Tenía que hacerlo —respondió Manuel.— Adán tendrá que hacerme un juicio también —dijo, desviando la mirada a la puerta.— Es lo mínimo que podía hacer.

Martín lo tomó por el cuello de la camiseta que estaba usando, sintiendo la rabia revolverse en su estómago y subir, agria y caliente, hacia su cabeza. Estaba esperando algún tipo de resistencia, pero Manuel simplemente lo miró, la cara cuidadosamente blanca de emociones.

— ¿Por quién boludo? —gruñó Martín, conteniendo a duras penas las ganas de ponerse a gritar.— ¿Qué sentido tiene salvarla si vos vas a estar muerto? ¿A quién le sirve eso?

Manuel miró hacia la hoja del cuchillo que Martín aún tenía en la mano, sobresaliendo incómodamente del agarre que tenía en la ropa del vampiro, y luego lo miró a él de nuevo, alzando ambas cejas.

Martín lo soltó de golpe, mirando su propia mano, y luego a Manuel, que apenas se preocupó de darle un tirón al cuello de su ropa para acomodar la tela.

Pensó en decirle que no iba a hacerlo, que podían irse juntos de ahí y dejar que Francisca pagara sus crímenes como cualquier otro vampiro; o que incluso estaba dispuesto a ayudarlo a sacar a Francisca, para poder seguir buscándola en otro momento, en otras circunstancias. Si siempre estaba cazandola, nunca tendría que hacerse cargo de su muerte.

Si ayudaba a Manuel, nunca tendría que despedirse de él tampoco.

— Solo anda a buscarla Martín —suspiró Manuel, desviando la mirada.— El sol va a ganarte si no lo haces rápido.

— Nunca pedí tu ayuda.

— Lo sé.

En otra vida, en otro mundo, Martín habría estado feliz de rechazar la oferta de Manuel, pero ya era demasiado tarde.

— ¿Qué vas a hacer vos?

— Esperaré a Adán. O a Victoria. Lo que pase primero —respondió Manuel, ofreciéndole una sonrisa irónica.— Si lo haces rápido, te dará tiempo suficiente de hacer lo que necesitas hacer y de escapar también. Si no, quizá pueda hacerles algo de daño antes de que te maten.

Martín cerró los ojos, y respiró profundo, resistiendo a duras penas el impulso de tomar la mano de Manuel y obligarlo a recapacitar. Doscientos años de vida no deberían terminar así, incluso si esos doscientos años habían sido pasados entre libros viejos y cuatro muros de madera y ladrillo.

— Vamos a Argentina —dijo, sin pensar. Manuel bajó las cejas, claramente confundido, pero Martín no le dio tiempo de preguntar.— Bueno, yo voy a irme a Argentina. Vos podés venir conmigo.

— No creo que…

— Por último podés tratar de vengarte Manuel. —alegó Martín, perfectamente consciente de que estaba siendo irracional, y aún así, siendo incapaz de detenerse— Al menos podrías intentar hacerlo, boludo, solo tenés que seguirme y estar enojado, qué tan difícil puede ser.

— Solo cruza la puerta Martín —repitió Manuel, desviando la vista, aunque había una pequeña sonrisa desdibujandose en sus labios.

Esta vez, Martín le hizo caso.

Chapter Text

Las puertas de metal que separaban la sala de ejecuciones del resto del edificio eran tan pesadas que Martín tuvo que usar ambas manos, y la fuerza de todo su cuerpo para mantener abierta la entrada, y bastó con que las soltara por unos momentos para que ambas partes volvieran a juntarse con un chirrido y un golpe seco, dejándolo encerrado.

La habitación era una copia de lo que había visto en la sala donde habían enjuiciado a Lucía, solo que esta vez, todas las ventanas estaban tapadas con cortinas dobles, todas conectadas al mismo mecanismo de correas, y lo único que podía ver era un pilar al centro de la habitación. No tenía forma de comprobar la hora, pero ya había algo de luz natural colándose por los espacios descubiertos, dibujando pequeños rayos de amarillo pálido en el piso de cerámica, así que al menos sabía que el sol ya había salido cuando entró.

Adán y Victoria no iban a arriesgarse a entrar a una habitación de vidrio en plena luz del día, al menos, Martín no creía que fueran a hacerlo. Quizá Victoria lo consideraría, por ser Francisca, pero Adán no tenía ningún motivo para ponerse en peligro por ella, así que era seguro asumir que iba a tener tiempo suficiente para cumplir su misión y salir sin tener que enfrentarse a ellos.

No había cadenas ni cuerdas para sujetar el cuerpo de Francisca, pero Martín podía sentir su presencia en el lugar. Tal y como ella había dicho la primera vez: no podía escuchar su mente, pero aún así podía sentirla, como un peso en el aire, como un cosquilleo en la parte de atrás de la cabeza. Presente de formas que Martín no podía explicar con los términos que había aprendido durante su vida humana.

Dio un paso inseguro hacia adelante, dándole una mirada preventiva al techo y a los costados, aunque siendo una habitación circular, no había demasiados recovecos donde Francisca pudiera estar ocultándose, solo un gran pilar de piedra al centro de la habitación.

Martín apretó el mango del cuchillo, caminando un poco más inclinado hacia las ventanas.

— ¿Manuel?

La voz de Francisca se escuchaba igual que en la bodega, no más tensa, no más adolorida, no más rasposa luego de todo lo que había pasado, pero cuando Martín vio los primeros rasgos de su cuerpo, tuvo que resistir las ganas de desviar la mirada.

Francisca, la misma mujer, el mismo monstruo, que lo había matado y salvado también, estaba sentada contra el pilar, libre de las marcas de la bodega, pero desnuda, y con todas las extremidades cercenadas. Sus brazos llegaban solo hasta los codos, y sus piernas solo hasta las rodillas, por donde incluso sobresalía algo de hueso. La posa de sangre bajo su cuerpo era de un rojo casi negro, pero ya no parecía estar expandiéndose, a juzgar por lo bien definidos que estaban los bordes.

Francisca lo miró, casi igual de sorprendida que él mismo, aunque la expresión fue reemplazada por una sonrisa en cosa de segundos.

— Martín —dijo, alzando ambas cejas. Se inclinó hacia el lado, como si pretendiera mirar hacia la puerta, Martín tuvo el impulso de avanzar hacia ella y sostener su cuerpo, pero se contuvo; y Francisca volvió a enderezarse mucho antes de poder mirar más allá del pilar.— No puedo creerlo ¿estás solo? —preguntó, claramente divertida.

— Manuel está afuera —respondió Martín, intentando no mirar los cortes en sus extremidades, y fallando de todas formas.— ¿Qué te hicieron?

No estaba esperando una respuesta, pero Francisca se miró a sí misma, y luego a él, encogiéndose de hombros.

— Itzel estaba demasiado débil. No pudo hacer cadenas que me sostuvieran —respondió, moviendo uno de sus brazos, como si estuviera gesticulando.— Adán puso el resto en una caja, y me dejó aquí.

— ¿Cómo podés estar tan tranquila? —siseó Martín, deseando que hubiera algo más en la habitación, cualquier cosa para distraerlo de lo que estaba pasando.

Prácticamente podía escuchar a Sebastián en su cabeza diciendo que si no estaba preparado para verla así, claramente no estaba preparado para matarla; pero cuando Martín se había imaginado su venganza, siempre había imaginado algo rápido.

Algo distinto, un poco más abstracto quizá.

— Adán no abrió las cortinas —respondió Francisca, apoyandose una vez más contra el pilar.— Significa que no va a matarme aún . —añadió, mirando a Martín de arriba a abajo.— Aunque admito que no esperaba esto.

Esta vez tuvo que mirar a otro lado, consciente de que no había forma en que ella no hubiera visto el cuchillo en sus manos. Francisca comenzó a reírse, primero en silencio, solo temblando, y luego en voz alta, tal y como Martín la recordaba. Si cerraba los ojos, estaban en el departamento de nuevo, solo que esta vez, él era el que estaba sentado en el pasillo, apoyando su oreja contra la puerta del baño.

— ¿Qué es lo gracioso? —preguntó en un gruñido, intentando a duras penas contener las ganas de arrodillarse para poder sacudirla.

— Manuel —respondió Francisca con un suspiro— Te dejé vivo porque tu mente me hizo pensar en él, pero nunca pensé que mi hermano iba a elegirte. Es justo, supongo, yo elegí a Victoria primero.

— No sé de qué estás hablando.

— Por favor, Martín, no te hagas el tonto. —dijo, poniendo los ojos en blanco.— Manuel te dio permiso para matarme. Está bien, lo entiendo. —añadió, sonriendo de lado.— Mi única petición es que no lo hagas con el cuchillo.

— ¿Por qué?

— Es un desperdicio. —respondió, desviando la mirada con otro movimiento de brazos. Martín se la imaginó moviendo las manos nada más, un círculo, o quizá solo un vaivén, un gesto de desinterés que no se habría sentido realmente desinteresado viniendo de ella.— Deberías morderme.

La sonrisa de Francisca entonces se sentía real, Martín imaginaba que ese tipo de expresiones eran las que usaba con Manuel o Victoria, llena de promesas sin decir. Fue eso, más que cualquier deseo de venganza, lo que lo hizo levantar el cuchillo, aún cuando sabía que Francisca no podía atacarlo ahora.

— ¿Estás loca?

— ¡Vas a matarme de todas formas! Tú también escuchaste a la Unión, ¿no? —resopló Francisca, inclinando su cuerpo hacia él.— ¡En el último aliento está la esencia! Puedo desangrarme eternamente, pero si no me vas a absorber, ni vas a quemarme, no voy a morir.

— ¿Por qué tenían colgada a Itzel entonces? —preguntó Martín, mirando el cuchillo que tenía en las manos.— Iban a comérsela, por qué no empezar por ahí y… —añadió, caminando hacia Francisca.— ¿Ellos son el clan, no? El clan que estaban cazando con Victoria.

— Ah, entonces Manuel sí te lo dijo.

— ¡Solo respondeme! —gruñó Martín, ignorando el sonido húmedo de sus suelas sobre el charco de sangre que había alrededor de Francisca.— ¿Por qué desangrar a Itzel si no puede morir por eso?

Su creadora ladeó la cabeza, y luego suspiró, negando con la cabeza.

— Necesitaban debilitarla —dijo.— Es parte del ritual.

— ¿Para qué?

— Para consumirla —respondió Francisca, como si fuera obvio.— Cuelgan a la víctima con cadenas hechas por brujas y la desangran —recitó Francisca mirando hacia el techo. Estaba moviendo los brazos, pero era tan sútil, que Martín se la imaginó contabilizando con los dedos.— Usan el recipiente de oro para mantener la sangre fresca, el círculo y el cuchillo ayudan a evitar que el vampiro cicatrice. No sé cómo calculan cuando ya cayó toda la sangre, pero Manuel debe tener alguna idea. Y luego, bueno ¿es obvio no? Todos se reparten la sangre, y después la muerden al mismo tiempo.

Francisca lo miró de nuevo, sonriendo maliciosamente. No podía ver su propia cara en ese momento, pero Martín sabía que estaba haciendo una mueca.

— ¿Sabes qué pasa después? —preguntó Francisca, haciendo su voz un poco más grave que de costumbre.— Se muerden entre ellos.

— ¿Por eso eran así? —preguntó Martín, mirando el cuchillo de nuevo. El rojo en las inscripciones le parecía más notorio ahora, incluso se imaginaba que si fuera a pasar los dedos por las hendiduras, saldrían manchados también.— ¿Por ser caníbales?

— No —respondió Francisca, arrugando la nariz.— O quizá sí. Manuel cree que es evolutivo —añadió, encogiéndose de hombros.—  Su teoría es que absorber a otras criaturas los está transformando en algo nuevo, mejor capacitado para lidiar con el poder que están recibiendo.

Martín asintió, pensando en el Manuel que había visto en la bodega, actuando como un neófito luego de doscientos años de control. Desde un punto de vista teórico era fácil entender por qué era una mejora: eran nocturnos, y sus presas habían cambiado, de ser humanos inofensivos a monstruos que se podían regenerar, igual que ellos.

— Tú participaste de un ritual —dijo, notando con satisfacción la sorpresa en el rostro de Francisca.— Pero no eres parte de ellos.

— La Unión no es realmente una sola entidad —replicó Francisca, haciendo una mueca de disgusto— Es solo una forma de usar el don de la mente. Se conectan con la sangre, pero si no lo están haciendo constantemente solo se…. separan.

— ¿Es por ellos que me mataste? —preguntó Martín, pasándose una mano por el pelo.— ¿Querías imitarlos? ¿Eso es todo?

Francisca lo miró en silencio, frunciendo el ceño como si estuviera confundida respecto a la pregunta, o a algo más. Se veía pequeña, mutilada y desnuda en el piso, nada que ver con la mujer que Martín recordaba de su primera muerte. Ni tampoco con la que había imaginado hablándole desde afuera del baño.

Quería estar molesto, quería odiarla con todo lo que le quedaba de energía, pero no sabía cómo hacerlo ahora que tenía que mirarla hacia abajo, y caminar encima de un charco de su sangre para acercarse.

— ¿Por qué me mataste?

— Era un experimento —respondió Francisca en un susurro.— Quería tu potencial, y no podía atacar al Aquelarre en la ciudad de Manuel.

— ¿Sólo eso?

Francisca lo miró en silencio, y Martín tuvo que repetir la pregunta, a medio camino de un grito, para que ella volviera a hablar.

— Estaba buscando a alguien que no quisiera un futuro —respondió, negando con la cabeza.

Sonaba amable, mucho más amable de lo que Martín la había escuchado antes, pero sus palabras se sentían como un golpe. De cierta forma, su amabilidad empeoraba lo que estaba diciendo: Su  voz y sus palabras sonaban a compasión, y Martín no estaba seguro de poder vivir con eso.

— Pero no me mataste.

— Ya te lo dije —respondió ella, bajando la mirada.— Me hiciste pensar en Manuel.

Había una sonrisa en su voz, una sonrisa triste, como la que Miguel tenía en la cara cuando hablaba de la transformación de Julio. Como la que María usaba cuando hablaba de la muerte de sus brujas.

Recordaba esa forma de hablar de tantas otras personas que parecía ridículo pensar que fuera eso finalmente lo que lo hizo apoyar las rodillas en el piso, ignorando la humedad de la sangre que se estaba esparciendo por la tela de sus pantalones.

— ¿Por fin vas a matarme? —preguntó Francisca, sonriéndole.

— Solo dime una cosa —pidió, intentando controlar el tono de su voz— ¿Por qué era tan importante hacer ese experimento?

Se miraron en silencio por tanto tiempo que Martín estaba seguro de que no iba a recibir una respuesta, pero entonces su creadora cerró los ojos, dejándose caer prácticamente contra el pilar que tenía en la espalda.

— Victoria ya tenía más de cien años cuando nos conocimos —dijo, suspirando.— Aunque espere el resto de la eternidad, siempre voy a estar detrás de ella.

— ¿Y eso es tan terrible? Vos sabías que iba a ser así cuando te mordió, y Victoria está preocupada, boluda, ha estado intentando encontrarte todo este tiempo. —dijo Martín, encogiéndose de hombros.— ¿Realmente vale la pena morir por eso?

Nunca había visto a Francisca enojada hasta ese momento, pero había supuesto que sería algo más malicioso, más inclinado hacia una mueca o incluso una sonrisa, que lo que estaba viendo ahora. Francisca solo lo estaba mirando, con los ojos entrecerrados y todo el cuerpo tenso, pero el contraste con todo el resto de sus expresiones era lo suficientemente grande como para hacer que el cambio fuera notorio.

Incluso su resignación parecía haber desaparecido con la fuerza de su enojo, a juzgar por la forma en que comenzó a intentar moverse de nuevo.

— Me prohibió continuar la investigación con ella —siseó Francisca, enseñandole los colmillos, aunque esta vez Martín no creía que hubiese sido a propósito.— Yo fui la que los encontró, me infiltré a su territorio, y hasta los convencí de dejarme participar del ritual —continuó, casi escupiendo las palabras.— Pero Victoria atacó antes de tiempo —se impulsó con un hombro para poder separarse del pilar.— ¡Todo iba de acuerdo al plan! Me estaban mordiendo, y de repente estábamos peleando con la intrusa.

Martín resistió las ganas de tomarla cuando por fin logró separarse del pilar, solo para quedar precariamente balanceada en sus muslos.

— ¡Casi la mataron! —gruñó, moviendo una pierna.— Pero lo primero que hizo —continuó, moviendo la otra pierna para poder avanzar unos centímetros por encima de su propia sangre.— Lo primero que hizo cuando escapamos fue ordenarme que volviera a Santiago ¡A mí! ¡Como si hubiera sido mi culpa!

— Francisca…—masculló Martín, echándose hacia atrás cuando vio el cuerpo de su creadora inclinarse hacia adelante una vez más.

— No soy un humano —siseó Francisca, avanzando otro par de centímetros.— No soy una niña —escupió, haciendo retroceder un poco más a Martín.— Si muero aquí es porque fue mi decisión, no porque no pudiera defenderme.

Francisca abrió la boca para continuar hablando, pero fue interrumpida por un estruendo. Intentó mirar hacia la puerta, de la misma forma en que habría hecho si tuviera todo su cuerpo, pero en esas condiciones, el movimiento la hizo perder el equilibrio, y Martín se lanzó a sostenerla, justo antes de que cayera al piso.

Ambos dejaron de respirar por unos segundos, esperando a que pasara algo más.

Las puertas comenzaron a moverse, abriéndose apenas unos centímetros, antes de volver a cerrarse de golpe.

— Tenemos que irnos —susurró Martín, sin apartar los ojos de la puerta.

— ¿Dónde quieres ir? —siseó Francisca, estirando el cuello para poder mirarlo.— Solo matame rápido, hueón.

Casi la soltó por la sorpresa de escucharla hablar así. Era Manuel, y al mismo tiempo obviamente no lo era. Tuvo el impulso de reírse de sí mismo, pero los sonidos de la otra habitación mataron la idea tan rápido como se había formado.

— No voy a matarte —dijo, aceptando por primera vez lo que había estado sopesando durante los últimos días.

Hasta ese momento había sido solo un pensamiento abstracto que intentaba evitar cada vez que se sentía demasiado inclinado hacia la idea de rendirse. Cada vez que tenía que sentarse y pensar en las consecuencias, o simplemente en todo lo que había pasado desde que habían vuelto de la madriguera, Martín pensaba en olvidarse de Francisca.

Podría haberse quedado en el bosque con Manuel, si lo hubiera decidido antes. Quizá la muerte de Lucía habría pasado de todas formas, o quizá no. Martín no era un héroe, ni siquiera había sido un humano ejemplar durante su vida, y jamás habría querido elegir el camino de más resistencia. Jamás habría querido ver todo lo que había visto en las últimas semanas.

Y sin embargo, ahí estaba, sosteniendo el cuerpo cercenado de una mujer a la que había jurado matar.

— ¿Qué? —siseó Francisca, mucho más irritada de lo que Martín esperaba.— ¿Vas a dejarme morir por el sol?

— No —gruñó Martín, enderezándola apenas lo suficiente como para poder tomar su cuerpo y levantarse.— Voy a salvarte.

— ¿Sin brazos ni piernas? —gritó, genuinamente horrorizada por la idea. Francisca, que hasta entonces había discutido su propia muerte con la misma tranquilidad que utilizaba para hablar de comer, estaba retorciéndose en sus brazos, intentando soltarse, ante la idea de sobrevivir .— ¡Trae mis brazos y mis piernas o matame!

— ¿Qué pasa si no están? —preguntó Martín, alzando la voz.— No podés decirme que prefieres morir…

— ¡Prefiero morir! —respondió Francisca, entrecerrando los ojos.

Martín abrió la boca para responder, pero su voz desapareció bajo el chirrido y el golpe de las puertas abriéndose y cerrándose.

Adán estaba sonriendo, su traje estaba lleno de cortes y manchas de sangre, su pelo estaba revuelto, y había una herida abierta a un costado de su frente, pero estaba sonriéndoles con todos los dientes.

— Ah, menos mal—dijo, mirando a Francisca directamente.— Pensé que iba a tener que revivirla.

— ¿Qué pasó con Manuel? —preguntó Martín, intentando escuchar más allá de la habitación.

Adán se encogió de hombros. Estaba avanzando hacia ellos con pasos lentos, casi como un gato antes de saltar sobre su presa, pero con cada paso hacia adelante, Martín intentaba retroceder un poco.

— No lo he matado —dijo— Pero debería, estoy seguro de que nadie lo consideraría un abuso de poder si lo ejecuto por irrumpir en la corte y tratar de conspirar en mi contra.

— Él no está conspirando en tu contra —alegó Martín, ignorando el pequeño golpe que Francisca le dio con la cabeza.— Hay alguien más, príncipe. Alguien trajo una plaga a tu reino.

Adán alzó ambas cejas, abriendo un poco más los ojos. Martín solo había pensado en ganar tiempo, pero ver al vampiro detenerse por completo le hizo reconsiderarlo.

El príncipe aún no sabía lo que había pasado, había tomado a Francisca porque Itzel la había culpado de un hecho puntual, no por sus experimentos.

No por su conexión al problema real.

— Se llaman La Unión —continuó Martín, apretando con más fuerza a Francisca, que había elegido ese momento para comenzar a resistirse de nuevo.— Ellos son los que estaban atacando la corte. Ellos intentaron matar a Itzel, no Francisca. Ni Manuel.

— Martín —siseó Francisca entredientes, aunque aún estaba intentando mantener el foco de su atención en Adán.

— Victoria puede corroborarlo —dijo Martín, un poco más alto.— Ella y Francisca han estado persiguiendolos desde Europa.

Adán lo miró en silencio por unos segundos antes de bajar la mirada. Sus hombros estaban temblando, y por un momento, Martín pensó que era rabia, hasta que escuchó la primera carcajada. A partir de ahí, la risa fue aumentando de volumen hasta que Adán echó la cabeza hacia atrás, riendo con todo el cuerpo.

— Príncipe —dijo Martín, aunque no tenía la más mínima idea de qué iba a decir si Adán decía escucharlo.

— Pensé que podías saber algo más, siendo una criatura de ellos —dijo, mirando con desdén hacia Francisca— pero ni siquiera sabes lo básico —suspiró, negando con la cabeza.— La Unión no es solo un grupo de vampiros, niño, son muchos.

Adán avanzó hacía ellos una vez más, extendiendo los brazos.

— ¿No te preguntaste por qué no abrí las cortinas? —preguntó, alzando las cejas.— Sé la identidad de todos los que entran a mi reino, cada vampiro, cada bruja —dijo— Todos piden mi venia antes de entrar.

— Pero la Unión va a derrocarte —alegó Martín, retrocediendo con la vaga idea de dar la vuelta a la habitación.— ¡Mataron a tu corte! ¡Transformaron a Lucía!

Adán asintió, encogiéndose de hombros.

— Tuve que pagar por la información que necesitaba —respondió Adán, empujando su pelo hacia atrás con una mano.— Y por la ayuda también —añadió, mirando a Francisca con una sonrisa.— Era una apuesta alta, pero sabía que ella iba a reconocer los rituales, y los iba a tratar de seguir, igual que en Europa.

Martín miró a la mujer en sus brazos, o lo que quedaba de ella realmente, y luego a Adán, frunciendo el ceño. Francisca, por su parte, miraba a Adán con tanta intensidad que no le hubiera sorprendido descubrir que estaban usando el don de la mente.

No estaba orgulloso de eso, pero Martín los obligó a romper el contacto visual dando vuelta el torso de Francisca. Adán parpadeó, y luego le sonrió dulcemente, dando otro paso hacia adelante.

— Tú eres el único que no esperaba aquí —comentó, haciendo sonar el charco de sangre con sus pisadas.— ¿Por qué no la mataste?

— ¿Por qué no lo hiciste vos?

— Sería un desperdicio —respondió Adán, haciendo un eco de las palabras de Francisca.— Además, Victoria no vendría por nadie más.

— Lástima que tampoco vino por mí —comentó Francisca, intentando doblarse lo suficiente como para poder mirar a Adán.— ¿Verdad? Toda esa sangre desperdiciada ¿Y para qué? ¿Cuándo fue la última vez que alguno de ustedes vio a Victoria?

Adán se quedó quieto. Su cara estaba congelada en una mueca de rabia que Francisca no podía ver desde su posición actual, pero claramente podía sentirla, porque lo siguiente que hizo fue reírse en voz alta, dejando de lado sus intentos por acomodarse.

Martín la apretó un poco más, tentado a salir corriendo hacia a la puerta ahora que Adán por fin se había quedado quieto justo encima del charco de sangre; pero se contuvo, porque incluso si lograba llegar, iba a tener que soltar a Francisca y darle la espalda a Adán para poder abrir las puertas, y sabía que el vampiro iba a matarlo de inmediato si le daba la oportunidad.

Iba a matarlo de todas formas, probablemente, pero Martín no quería invitarlo a hacerlo.

— ¿Aún crees que va a venir, Adán? —preguntó Francisca, un par de tonos más agudo que su voz normal.— ¡Mira el sol, estúpido! Tú plan falló. Prácticamente regalaste tu territorio, ¿y para qué?

— Cállate —murmuró Martín, viendo como la expresión de Adán se iba oscureciendo con cada palabra. Sus colmillos ya estaban asomando entre sus labios, y su cuerpo estaba temblando. Era un movimiento sutil, casi nulo, pero Martín podía sentir la energía contenida en cada movimiento.

Estaba seguro de que Francisca también podía, a juzgar por el cambio en su voz.

— ¡Deberías morderme ahora! —gritó Francisca.— Al menos tendrás algo cuando las brujas vengan a tomar la torre esta noche.

Martín casi la soltó por la sorpresa, pero Francisca sólo siguió hablando, cada vez más alto.

— ¿O quizá será Eliana? ¿Quién crees que sea el nuevo príncipe, Adán?

—  ¡Cállate! —gruñó Adán, golpeando el pilar.— ¡A quién le importa esta ciudad! Cuando tenga la sangre de Victoria seré mucho más que cualquier otro bastardo en este país. Me comeré a Eliana, y al Aquelarre y a todos los que se pongan en mi paso.

— Por favor —dijo Francisca, aunque su confianza ya no sonaba tan sincera como en el inicio.—  La Unión solo te está engordando ¿No te has preguntado por qué no te han invitado a unirte? A Manuel lo invitaron.

Adán volvió a golpear el pilar, claramente frustrado por su propia decisión de dejarlos con vida. O específicamente a Francisca, que siguió gritando insultos, e incluso recuerdos, para provocar al príncipe.

«¿Recuerdas cuando Manuel se fue y toda la corte de Arthur te dejó?», y «¿Recuerdas cuando tu creador prefería pedirle consejo a Manuel antes que a tí?»

Martín no estaba seguro de cuál era el plan de Francisca, o si es que había un plan además de provocar al príncipe a asesinar a su hermano, cosa que en su opinión, sonaba como un pésimo plan; pero tampoco tenía una mejor idea para mantener a Adán lejos de ellos.

Afuera, el sol estaba tan alto que los rayos de luz se veían casi blancos en la cerámica, formando triángulos perfectamente divididos. Saltar era una opción, siempre lo había sido, pero a medida avanzaban las horas, se iba volviendo cada vez más peligroso.

Y Manuel aún estaba en el edificio, aunque Martín no tenía forma de saber en qué estado.

Quizá no iba a matar a Francisca, pero si tenía que elegir entre ambos, no tenía ningún problema con elegir a Manuel, y eso eliminaba la opción de saltar.

— ¡Suficiente! —rugió Adán, avanzando hacia ellos con zancadas.— Victoria puede recogerte en pedazos cuando venga.

Francisca se rió, y Martín, viendo al príncipe acercarse, tomó la única decisión que podía en ese momento: Sostuvo a Francisca por la cintura, y la lanzó hacia la cara de Adán, tan fuerte como pudo.

La primera reacción de Adán fue retroceder unos pasos, claramente confundido. No fue demasiado tiempo, pero Francisca aprovechó de hundir sus colmillos en el hombro de Adán. La mordida pasó la tela, pero el príncipe se la quitó de encima mucho antes de que ella alcanzara a beber, mandando el torso de Francisca hasta la ventana del otro costado de la habitación.

Adán miró a Martín con una sonrisa llena de dientes, justo a tiempo para verlo tirar de las cortinas.

El sol inundó la sala de ejecuciones en cosa de segundos. obligando a Adán a retroceder hacia el pilar. Francisca gritó de dolor, aunque Martín no estaba seguro si era por el sol en su piel o en sus ojos. Él mismo se sentía desorientado en medio de la luz, y sus ojos ardían mucho más que su piel, pero el humo había comenzado a salir de sus hombros casi de inmediato en esa habitación de vidrios. No estaba seguro de que fuera a propósito, pero el edificio de enfrente tenía una fachada de vidrio opaco, y un poco más allá había otro, ambos redireccionando la luz hacia la sala, como un espejo gigantesco en medio de la ciudad.

Martín se tambaleó hacia la puerta con la vaga idea de empujarla, y casi estaba ahí cuando vio a Francisca, retorciéndose en el piso. Parecía un pez fuera del agua, su largo pelo castaño formando una cola en contraste con la piel blanca de su torso.

Su cuerpo ya había comenzado a tirar un humo grueso y grisáceo, mucho más denso que lo que salía de Adán; pero Martín apenas tenía vapor blanco a su alrededor, parecido a lo que había visto en la madriguera.

El mundo parecía blanco cuando fue a arrodillarse a un lado de Francisca, tomándola por las axilas. Su piel se sentía caliente, y sus ojos estaban rojos, pero no había lágrimas de sangre, ni nada que pudiera explicarlo.

— Mátame —dijo, con apenas un hilo de voz.

Martín se escuchó reír a sí mismo, levantándola en sus brazos.

— Son cinco horas —dijo, aunque el resquicio de sombra que quedaba en la puerta parecía un sueño hecho realidad en ese momento.

Solo quería volver a ver bien.

— Aquí no —susurró Francisca.

Martín escuchó el chirrido del metal, y vio los bloques separarse apenas unos centímetros antes de volver a cerrarse con un golpe. Las puertas, que hasta ese momento siempre le habían parecido un metal plano, tenían inscripciones brillantes dibujándose en los costados. Con cada segundo, un nuevo símbolo blanco aparecía en el metal, y luego se apagaba, dejando la inscripción marcada en un color ligeramente más oscuro que el resto del material, como si se hubiese quemado ahí.

Adán fue el primero en llegar a la puerta, pero cuando tocó el metal, el humo de sus manos se tornó negro. No gritó, pero Martín podía sentir su dolor proyectándose en el ambiente, clara señal de que había perdido el control de sus propios poderes.

— Se va a sellar, corre —siseó Francisca, retomando sus intentos por propulsarse fuera de sus brazos.— ¡Corre!

Martín la obedeció sin pensar, estrellando su hombro contra la espalda de Adán. Esta vez sí escuchó un grito de dolor del vampiro, pero su peso terminó de abrir las puertas, y los tres cayeron hacia adelante, dejando una cola de humo grisáceo detrás.

Las puertas se volvieron a cerrar con un golpe seco que pareció retumbar en todo el edificio.

Manuel los estaba mirando a unos pasos de distancia, tenía ambos brazos dislocados y una pierna rota, pero el resto de sus heridas parecían haber sanado por sí mismas, a juzgar por la cantidad de sangre seca que aún tenía en la cara y el pecho. Martín podía verlo bien, a pesar de que sus ojos aún estaban intentando ajustarse al cambio de luz, pero Francisca estaba moviendo la cabeza de un lado hacia el otro, como si lo estuviera buscando.

Podía sentirlo, Martìn estaba seguro de eso, pero a juzgar por la creciente urgencia con la que lo estaba llamando, no podía verlo.

— ¡Francisca! —murmuró Manuel, cojeando hacia ellos— Está bien, ya estás afuera.

— Mis brazos, Manuel —gimió Francisca, torciendo la cabeza hacia la voz de su hermano.— ¡Mis piernas!

Adán se quejó con un sonido gutural, intentando levantarse, aunque sus brazos y piernas estaban temblando, moviéndose a tirones cada vez que intentaba apoyarse. Su frente estaba marcado con los mismos sìmbolos de la puerta, quemados en sus manos, su pecho y parte de su cara, pero su cuerpo ya casi no estaba humeando.

— Tenemos que irnos —dijo Martín, tirando de Francisca.— ¡Rápido!

— No puedes llevarnos a los dos —dijo Manuel, mirando a Adán.— Solo ponme bien la pierna ¡Apúrate!

— No podés… No puedo… —alegó Martín, al mismo tiempo que estaba poniendo a Francisca hacia el otro lado.

Fue como estar fuera de su cuerpo, en un momento sus manos estaban tomando el muslo de Manuel, y en el siguiente el vampiro estaba ahogando un grito por encima del crujido de sus propios huesos; y Martín no podía asegurar que hubiera sido él quien lo había provocado.

— ¿Los brazos? —preguntó confundido cuando vio a Manuel levantarse.

— No hay tiempo

Martín buscó a Adán con la mirada; estaba apoyado en una de las paredes cercanas a la puerta, mirándolos. Sus ojos parecían normales, pero sus manos y las partes que habían tocado la puerta aún estaban demasiado quemadas como para atacar directamente. No estaba seguro si eso era lo único que estaba deteniendolo, pero Manuel sin brazos, y Francisca sin extremidades no parecían ser un blanco demasiado difícil.

La puerta principal estaba a sus espaldas, y a un costado, prácticamente a frente a sus ojos, estaba la entrada que Martín había usado originalmente. Ese camino era un pasillo sin ventanas, el otro era terreno desconocido por el cual tendría que cargar a Francisca, que aún estaba regenerando sus ojos.

No creía que pudiera aguantar otro encuentro con el sol, incluso sin la amplificación de la sala de ejecuciones.

— ¿Qué piensas hacer ahora? —preguntó Adán, dirigiéndose directamente a Martín— ¿Lanzarte a otra puerta? No vale la pena que te sigas resistiendo por ellos, niño. Eres joven, ni yo ni la Unión tenemos nada en tu contra. —añadió, sonriendo con la mitad de su boca. La otra mitad aún estaba demasiado quemada como para moverse apropiadamente.— No tienes que hacer esto.

— No soy un niño —alegó Martín entredientes, tirando del cuerpo de Francisca con una mano.

Adán asintió, riendo en voz baja.

— Por supuesto —dijo, con un pequeño movimiento de hombros.— Un año no es demasiado, pero es suficiente para entender cómo funciona esta vida . —añadió, separándose de la pared.— ¡Todo se trata de sobrevivir! Tú, el más joven, eres el único que no ha perdido sangre y puede moverse bien, —comentó, dándole una mirada significativa a Francisca y Manuel— Podrías escapar solo. Podrías irte a Argentina, como querías. Yo mismo podría recomendarte al príncipe de Buenos Aires si todo sale bien.

Martín arrastró el cuerpo de Francisca unos centímetros más cerca de sí mismo, con la vaga idea de ponerla detrás de él. Era obvio que Manuel estaba preparándose para un ataque, incluso si no podía usar bien los brazos y su pierna aún parecía un poco inestable, todo su cuerpo estaba en tensión, y sus ojos estaban en Adán, incluso si sus pies se movían un poco cada vez que escuchaba el nombre de Martín, o las quejas de Francisca.

Martín supuso que si hubiera pasado antes, días, meses antes, habría considerado las palabras de Adán; pero ahora era muy poco, demasiado tarde, como para convencerlo de abandonar a su mentor y su creadora.

Adán hizo una mueca de disgusto, aunque no había forma de saber si era porque lo había escuchado o no.

— Por favor —resopló, mirando el techo por unos segundos antes de volver a Martín, y luego a Manuel.— Todos en este edificio me pertenecen ¿Qué van a hacer?

— Las piernas y los brazos de mi hermana —dijo Manuel.— ¿Dónde están? Victoria no va a hacer ningún trato si está mutilada.

— Hace media hora dijiste que no hablabas por ella —siseó Adán— ¿Ahora si?

— Ya te dije que no va a venir. —gritó Francisca, arreglándoselas para sentarse.— ¡Ya estaría aquí, y lo sabes!

Adán entrecerró los ojos, y por un momento Martín creyó que los iba a atacar de nuevo, pero esta vez, el vampiro desvió su atención al agujero del que colgaban los cables de la lámpara, y luego a las dos puertas que los conectaban con el resto de la torre, ambas cerradas.

— Ah, claro —murmuró, avanzando hacia las puertas.— Quizá ya está aquí.

Lo vieron ir hacia las puertas, caminando un poco más erguido con cada segundo que pasaba.

— ¡Victoria! —gritó, haciendo saltar a Martín.— ¡Voy a matarla, Victoria! ¡Voy a comerme a los tres!

Manuel y Martín se miraron, pero fue Francisca la que le puso voz a su pensamiento, aunque Martín ciertamente no habría sonado tan asombrado ni tan sonriente como ella.

— Está loco.

— Lo hacés sonar como algo bueno —gruñó Martín, mirando una vez más hacia la puerta por la que había entrado.

— Lo es —respondió Francisca, sonriendo con maldad.

Tomó aire, como si también fuera a ponerse a gritar, pero antes de que pudiera hacerlo, o de que Martin pudiera detenerla, el edificio comenzó a temblar. El movimiento era demasiado lento como para pensar que era un terremoto, más bien se sentía como si algo estuviese empujando la construcción. Las paredes parecían quejarse con cada tirón, crujiendo y re acomodándose a la nueva presión. Y de pronto, en medio del crujido y el balanceo del piso, todo se quedó quieto y en silencio, igual que ellos.

Incluso Adán se había quedado callado para escuchar las quejas de su torre, y ahora que habían parado, parecía estar esperando por algo más.

No estaba seguro de qué significaba, pero Martín fue el primero en escuchar la canción. No podía reconocer una voz específica, pero sentía la intención en las palabras, y en la forma en que las voces parecían estar creciendo a su alrededor, envolviendolos en el hechizo.

Las brujas estaban buscándolos, aunque la canción se sentía un poco ambigua en el por qué. Había rabia, dolor, y venganza, pero Martín podía sentir la preocupación también, la promesa de un rescate entrelazándose con el resto de las notas.

La segunda en notarlo fue Francisca, Martín lo vio en su cara, en la forma en que sus ojos se habían vuelto distantes de pronto, y todas sus facciones se habían relajado en una máscara de tranquilidad.

El tercero en notarlo fue Adán, que estaba mirando al techo de nuevo, como si el sonido hubiera salido de ahí.

Manuel era el único que seguía igual de inconsciente, mirando confundido el cambio de actitud del príncipe. Martín lo había visto así antes, la noche que se llevaron a Lucía; a pesar de todo el conocimiento, y todo el tiempo que Manuel pasaba alrededor de las brujas, no tenía el instinto necesario para captar sus hechizos.

Pero Francisca, que por familia, tampoco debería haber tenido la habilidad de sentirlos, estaba conciente de lo que estaba pasando, igual que Adán.

Francisca había dicho que todos en la Unión tenían que morder a la víctima al mismo tiempo para absorber sus habilidades, y que lo que hacían al morderse unos a otros simplemente era para mantener activa la conexión entre los miembros, no para repartir el poder que acababan de consumir. Con ellos, la mordida no era el punto central de ese asesinato, era el ritual, pero no todas las fotografías de Luciano tenían cadáveres colgando. Y no todos los asesinatos habían sido vampiros antiguos. Sin ir más lejos, Julio y Lucía habían sido víctimas, y ambos hablaron de muchos vampiros, pero ninguno habló de los ojos, ni los colmillos, ni las voces.

Y Adán, que siempre se había mantenido lejos del Aquelarre, podía escuchar su canto.

La idea había parecido una tontería al comienzo, pero mientras más lo pensaba, más se solidificaba en su cabeza, en todo su cuerpo, como una verdad ineludible.

— Vos transformaste a Lucía —dijo Martín, alzando la voz a medida iba hablando. — ¡Por eso no la ejecutaste aquí! ¡Nunca la quemaste!

Adán lo ignoró al comienzo, aún buscando las voces de las brujas, que iban subiendo de volumen con cada nueva estrofa. Martín apretó las manos, intentando controlar el temblor de su propio cuerpo. Quería vomitar, quería matar a Adán, quería salir de ahí arrastrando a Manuel y Francisca con él, quería devolver el tiempo y elegir quedarse en el departamento con la gata de Sebastián, esperando a que saliera el sol, quería tantas cosas al mismo tiempo, que no se atrevía a intentar ninguna.

— Ah, la niña bruja —suspiró Adán, mirándolo por fin. Tenía una sonrisa desdeñosa en sus labios, como si estuviese recordando esa noche también— Pensé que ya la habían olvidado.

— ¿Martín, qué…?

— ¿Quiénes más? —preguntó Martín, ignorando a Manuel.— Dijo que era más de uno…

— La corte, por supuesto —dijo Adán, enseñándole los colmillos en una mueca.— Al ser la más joven, era la más fácil de atrapar, pero también la más débil. —comentó, como si fuera una anécdota cualquiera, una tarde en el supermercado, un almuerzo de domingo en la tarde.— Admito que no fue uno de mis mejores momentos, debí haber elegido a una adulta, Catalina quizá, pero Lucía tenía dones .

— Las visiones —Manuel jadeó como si la conversación hubiera sacado el aire de su todo su cuerpo con un solo golpe.

— ¡Exacto! —exclamó Adán.— No puedo controlarlas, pero están ahí. No importó que su cuerpo estuviera quemado, en el último aliento estaba su esencia, tal y como dijo la Unión.—su voz sonaba maravillada, como hablando de un milagro.— Esa misma noche tuve la visión: Los venir a buscarla —añadió, apuntando a Martín y Manuel— Y a Victoria también.

Martín pensó en atacarlo, pero fue Manuel el que se lanzó contra el cuerpo de Adán, aplastandolo contra la pared. Probablemente sólo había sido la sorpresa, pero ese segundo de distracción fue suficiente para que Martín tomara su decisión, y se abalanzara a toda velocidad contra el vampiro.

La puerta cedió con el golpe, y los tres cayeron al piso, forcejeando por una zona de piel libre donde poder atacar.

El edificio volvió a crujir, y el aire comenzó a volverse pesado a su alrededor. Parte de él podía escuchar el escándalo en los primeros pisos, ahora que estaban prácticamente en el pasillo. Había gritos, pasos e incluso disparos, pero no sabía exactamente qué significaba eso para ellos. Nada, probablemente.

Adán tiró a Manuel, y con él se fue parte de la piel de su hombro, desgarrada por la fuerza del tirón.

Más tarde, Martín podría decir que no lo pensó, pero eso sería una mentira, porque sabía perfectamente qué pretendía cuando hundió sus dedos en los ojos de Adán, y lo mordió.

En su mente vio a Manuel y a un grupo de vampiros que no conocía, cada uno parado frente a un pilar. Y al medio de la habitación, un hombre de cabello rubio, dándole la espalda. Vestía un traje completo, y tenía guantes de tela negra en ambas manos, pero lo que realmente le llamaba la atención de él, era la devoción con la que lo miraban. Era el más poderoso en ese lugar, un rey, no un príncipe.

Su creador.

Estaban en una habitación, su creador empacando y él intentando ocultar los nervios.

Una mano en su hombro, y ojos verdes brillando para él, como un padre orgulloso. Un hermano, eso es lo que Arthur lo había llamado cuando lo convirtió, no una criatura, no un chiquillo; un hermano.

Manuel con su creador, tomando el té. Arthur estaba riéndose, siempre se reía con él, y el otro vampiro le sonreía como si el sol hubiese salido por primera vez desde su muerte.

Manuel y Arthur, y él, cazando juntos.

Manuel y Arthur, y él, paseando por el Santiago nocturno de la época.

Manuel y Arthur, discutiendo de política y magia en la terraza de su propiedad. Él mismo no tenía interés en las artes ocultas, pero su creador y Manuel amaban hablar de eso. Para Arthur era un tema de creencias, venía de otra época, y Adán podía entender la fascinación, pero con Manuel todo era sobre la teoría y las posibilidades, como si ellos tuvieran posibilidades con ese conocimiento.

Adán lo encontraba ridículo, pero a Arthur le gustaba escuchar sus teorías. Su creador siempre se hacía el tiempo para entretenerlo con una taza de té y un platillo de viscochos; incluso por encima de los deberes de su ciudad.

A veces los escuchaba hablar de una mujer, el vampiro que había dejado a Manuel en la corte bajo la excusa de que iba a volver.

Victoria.

Arthur hablaba de ella con un aire soñador, como si estuviera viendo una mujer distinta en sus recuerdos, una pintura o una actriz, nunca una persona, nunca alguien como él o incluso como Manuel. Adán no la había conocido, pero su creador le había hablado de ella.

Hermosa, poderosa, y antigua. Incluso más antigua que él mismo.

Manuel también había hablado de ella, la había llamado un monstruo casi tantas veces como la había llamado mentora, y Adán simplemente no podía imaginar el tipo de persona que podía provocar eso.

Pero quería hacerlo. Imaginarla. Conocerla.

Aprender de ella quizá.

La visión se rompió de golpe. Lo primero que pensó es que Adán lo había apartado, igual que a Manuel, pero la sangre seguía saliendo a borbotones de la herida, y el cuerpo del príncipe aún estaba ahí, presionando contra él.

Su hombro estaba ardiendo, y Martín apenas había terminado de entender lo que estaba pasando cuando apareció el primer recuerdo.

Lucía se estaba quemando.

Estaban juntos en el departamento de Manuel.

Francisca estaba humeando a la luz del sol, retorciéndose como un gusano.

Y Martín volvió a morder a Adán.

 


 

 

Su conciencia volvió al mundo real con un golpe, cuando alguien, o algo, lo separó de Adán de un tirón. No entendía qué había pasado exactamente, pero de un momento para otro estaba en el aire, y luego estaba chocando contra una pared. El golpe remeció todo su cuerpo, y lo dejó suspendido unos segundos antes de que la gravedad lo tirara al piso de nuevo, como una marioneta con las cuerdas cortadas.

Era imposible saber cuánto tiempo había pasado, para él habían sido años de su vida y de la de Adán, décadas de existencia resumidas en recuerdos y sensaciones que habían confundido a su cerebro hasta que incluso sus pensamientos se habían fundido con los del príncipe; y ahora que estaba solo de nuevo el mundo parecía extraño, nuevo, de formas que no podía explicar.

Quería recuperar a Manuel, quería matar a Manuel. Quería huír a Argentina, quería gobernar como su creador lo había hecho, en lugares más grandes, con cortes de más influencia, con el respeto y el miedo de sus súbditos.

Él era el príncipe de Santiago, él era el chiquillo transformado hace apenas unos meses.

Martín miró hacia su hombro, donde la herida que Adán había dejado (que él había dejado), ardía como si se estuviera quemando. El tejido de su piel se había rasgado cuando lo separaron de Adán, dejando una herida mucho más grande que se expandía desde la base de su cuello hasta su hombro en un triángulo deforme de carne, músculo y tendones.

Adelante, Adán estaba mirando a Victoria.

Él estaba mirando a Victoria, que estaba parada frente a ambos; Martín podía verla de frente, a menos de un metro de distancia, y de perfil, a al menos cinco metros de distancia, todo al mismo tiempo.

Pestañeó varias veces, intentando discernir cuáles eran sus sentidos y cuáles eran los del otro vampiro, pero era difícil estar seguro.

Victoria venía de una batalla, Martín y Adán estaban seguros de eso, pero no tenían idea de con quién había sido, no cuando se supone que ellos eran los que tenían que matarla, nadie más.

Adán pensó en la Unión, que había tomado residencia en el subterráneo del edificio luego del fiasco de Itzel. Les había prometido a Manuel y Francisca, y ellos habían prometido ayudar con Victoria sin morderla ¿pero cómo podía confiar en esos monstruos? El olor de Victoria los podría haber atraído a los pisos superiores antes de tiempo.

El olor de su propia pelea podría haber sido suficiente para impulsarlos a romper su promesa. Adán sabía que la única lealtad de la Unión era hacia sí mismos, lo había sabido cuando los dejó quedarse en su ciudad hace poco menos de cinco meses atrás. Y también lo había sabido cuando les ofreció su corte a cambio de la ayuda que necesitaba para cazar a Victoria.

Incluso lo había sabido cuando ellos le ofrecieron participar de sus rituales, y él rechazó la oferta.

Victoria lo tomó por el cuello, levantando su cuerpo del piso. Adán nunca se había sentido tan joven como cuando estuvieron a la misma altura, y Victoria empujó dentro de su mente. Era como volver a estar vivo, mirando a su creador tomar la decisión final antes de morderlo; aunque Victoria no lo miraba como Arthur. Ambos eran monstruos antiguos, formidables en maneras que Martín apenas comprendía, y que Adán quería poseer, pero ambos eran tan distintos que la comparación se sentía ridícula.

Donde Arthur había sido un oasis, Victoria era un un desierto, un dios salvaje que jamás iba a intentar salvarlo. Una sentencia de muerte.

Sus defensas, y las de Martín, se abrieron de golpe, como si estuvieran presentándose para el juicio final. Los tres vieron las mismas visiones, Francisca sin extremidades, Manuel con ambos brazos hacia atrás, el sol quemando todo, y los recuerdos de Adán y Martín mezclándose de formas incomprensibles en pequeñas escenas de sus vidas, mortales e inmortales.

Estaba enamorado de Manuel, y sentía compasión por Francisca. Quería matar a Manuel, y morder a Francisca.

Ambos querían dejar Santiago detrás.

Victoria soltó a Adán con un ruido de angustia que ninguno de los dos esperaba, y retrocedió, mirando primero a Adán y luego a Martín, claramente confundida. Sus ojos estaban muy abiertos, en una expresión de horror y preocupación que no parecía ser para Francisca, y tanto Adán como Martín se encontraron a sí mismos compartiendo su confusión por unos segundos.

¿Por qué no la estaba buscando? Ni Martín ni Adán estaban seguros de dónde había quedado su torso luego de que comenzaran a forcejear, pero Victoria estaba ahí por ella, ese era el plan. Debería haberla estado buscando, especialmente ahora que ninguno de ellos estaba listo para pelear con ella.

— ¿Qué hiciste? —jadeó Victoria, mirando a Martín, y luego a Adán, que por fin parecía haber recuperado suficiente de su mente como para levantarse.

— Por fin viniste —respondió Adán, empujando su pelo hacia atrás.— La Unión…

Victoria hizo un ruido más animal que humano, y se lanzó a él, tomándolo del cuello con una sola mano.

— ¿Te uniste? —gritó, apretando su cuello hasta que apenas podía producir sonido.

Martín pensó que se iba a quedar sin aire, pero aún podía respirar. Había un dolor fantasma en su cuello y tenía la urgencia de atacar a Victoria, pero su cuerpo se rehusaba a dar más de lo que ya había dado.

— ¡Contéstame! —rugió Victoria, hundiendo su mano libre en el estómago de Adán.

Martín gritó junto a él, doblándose sobre sí mismo.

Se levantó, sus piernas estaban temblando y todo su cuerpo se sentía endeble, pero aún así podían sostener su peso si se apoyaba en la pared. La habitación se veía igual que siempre, pero la puerta que él había usado para entrar estaba completamente abierta, y Manuel no estaba en ninguna parte.  

Más allá de ellos tres, se podía escuchar el ruido de una pelea en los pisos inferiores, disparos, cánticos, y sirenas de policía, como si fuera una película de acción. Había tanto ruido que si Martín lo intentaba, podía olvidarse de Victoria y separarse de Adán, aunque fuera por solo unos segundos.

Se concentró en buscar las voces a su alrededor, en alguna parte estaba Luciano, gritando órdenes, María cantando, y Catalina gritando palabras que Martín jamás había escuchado. En alguna parte, en las entrañas de esa torre de vidrio y metal, estaba Francisca gritando de dolor, y Manuel susurrándole palabras de aliento.

«Es solo un corte más, Fran» decía «¿Te acuerdas la última vez que lo intentamos? Está bien, yo sé que duele. Está bien. Está bien.»

Parecía inverosímil pensar que podía escucharlo en medio de la pelea, pero Martín se resistía a creer que estuviera alucinando esas palabras, principalmente porque el Manuel que él conocía nunca había hablado así con él.

Poder escucharlo era un ancla, no había nada importante en su conversación, el tiempo no se había detenido y el mundo no había comenzado a girar de nuevo cuando Martín logró encontrar el eco de su mente en medio del caos, pero había sido suficiente como para devolverlo a una realidad donde no era su estómago el que Victoria tenía en una mano.

No era su garganta la que estaba siendo aplastada.

Victoria tenía que haber arreglado los brazos de Manuel en algún momento, y él tenía que haber cargado a Francisca lejos de ahí, todo mientras Martín estaba reviviendo cada año de vida de Adán y suyo.

Quería estar molesto con Manuel, maldecir el hecho de que hubiera vuelto a elegir a su hermana por encima de él, pero no tenía la fuerza ni la motivación para hacerlo. Él también había elegido a Francisca primero hace apenas unos minutos. Era justo, de la forma en que la mayoría de las cosas sin sentido lo eran en su vida como vampiro.

No había ventanas en esa habitación, pero estaba seguro de que debían haber pasado al menos tres horas, o quizá más, desde que había entrado a la torre, y él no era un príncipe con décadas de vida detrás. No era un héroe trágico con una misión que le diera sentido a su sacrificio.

Solo era Martín, como siempre había sido, un hombre normal, egoísta a veces, terco a veces, e incluso ingenuo la mayoría del tiempo, pero eso era todo: solo un hombre más, y a medida pasaban los minutos, esta idea se volvía más fuerte en él. Su propia conciencia se sentía cada vez más ruidosa al lado de la de Adán, dejando detrás una ansiedad y soledad extrañas: por un momento había sido más de una existencia, y ahora que conocía ese tipo de unión no podía evitar sentir que estaba incompleto de alguna forma.

El hecho de que estuviera liberándose de la mente de Adán significaba que el príncipe también había empezado a recobrar su propia conciencia; Martín podía verlo en su forcejeo, en como se volvía cada vez más violento con cada segundo que pasaba. Era como si el haber estado unido a él de esa forma le hubiera impedido usar su cuerpo correctamente hasta ese momento, pero ahora que estaban volviendo a ser individuos, su decisión de luchar se había empezado a solidificar en intentos cada vez más salvajes.

Adán gritó con una voz rasposa y gutural, intentando golpear con las piernas y rasguñando los brazos de Victoria desde el codo hasta las manos, pero ella no lo soltó.

— Le dije a Arthur que ponerte a gobernar era un error —siseó Victoria, escupiendo las palabras como si tuvieran un mal gusto. Su brazo había comenzado a gotear sangre en el piso, pero lo ignoró.— ¿Cómo sabías de la Unión? ¿Qué pretendías hacer con ellos?

Martín sintió su corazón acelerarse al escucharla. Incluso ahora, las sensaciones más viscerales de Adán estaban en su cabeza, obligándolo tensar todo su cuerpo para evitar el impulso de ir hacia ellos. La rabia y la impotencia del príncipe se traducían en un hambre voraz en su cabeza, un hambre de animal salvaje que no creía haber sentido antes, ni siquiera durante sus primeros días de vida.

— Arthur —respondió Adán, escupiendo su propia sangre con una sonrisa. Victoria apretó más la mano en torno a su garganta— Mi creador… Me lo dijo.

— ¿Dónde los encontraste? —gruñó Victoria, torciendo su mano dentro de los intestinos de Adán.

— Vinieron —respondió entredientes.— Están en... todas partes.

— Estaban en Italia —alegó Victoria, sacando su mano lentamente del estómago de Adán, con un sonido húmedo.— ¿Por qué vendrían aquí?

Adán hizo una mueca de dolor, pero sus brazos y sus piernas se empezaron a relajar casi automáticamente mientras su cuerpo intentaba regenerar los tejidos de su estómago.

— Una extremidad estaba en Italia —suspiró Adán.— No la cabeza.

— ¿Y los de aquí?

— Una colonia. —respondió, sonriendo a pesar del cansancio y el dolor.— Una de muchas.

Victoria maldijo y lo soltó. El cuerpo de Adán se estrelló contra el piso sin ninguna ceremonia, encima del charco de sangre que había caído de su propio estómago y del brazo de Victoria.

Apenas estaba comenzando a levantarse cuando Victoria pisó su pecho, pegándolo al piso de nuevo.

— Adán Óliver Holt, serás interrogado frente al consejo de antiguos. —recitó.— A partir de ahora, quedas oficialmente liberado de tus obligaciones y derechos como príncipe. Cualquier intento de rebeldía será justificación para ser eliminado sin derecho a juicio.

— No puedes hacer eso —siseó Adán, agarrando su tobillo con ambas manos.

Victoria suspiró, negando con la cabeza.

— Mira a tu alrededor niño —dijo Victoria, dejando que Adán se la sacara de encima.— Hay brujas, cazadores e incluso vampiros en tu torre, todos peleando contra tí. La Unión escapó hace horas. Se acabó.

— Aún es mi territorio —siseó Adán, levantándose.— ¡Aún tengo las extremidades de tu criatura!  

Victoria hizo una mueca de disgusto, pero no volvió a atacarlo. Incluso cuando Adán fue hacia ella, con zancadas desiguales, casi cayendo contra su cuerpo, lo único que hizo fue contener el ataque con ambos brazos, perfectamente estática.

— Deja de pelear —ordenó Victoria, sin alzar la voz.— Arthur te usó.

— ¡Cállate! —gritó Adán, empujando con más ganas.

— Solo era un experimento —murmuró Victoria, con una dulzura que parecía cruel en ese momento.— Y ya se acabó.

Adán hubiera preferido la rabia, Martín sabía suficiente del vampiro como para reconocer eso ahora. No sabía si era el efecto de la mordida, o su propia experiencia con el concepto, pero él, que había decidido olvidar su venganza, también reaccionó ante las palabras de Victoria con un odio visceral, casi ilógico, considerando que él no había sido el experimento esta vez.

— Él me lo dijo… Me dio acceso a todo.

— Lo conozco desde hace casi un siglo —dijo Victoria— Arthur solo quería saber qué ibas a hacer.

Adán perdió la voluntad de pelear de a poco, murmurando cosas sobre su creador y su territorio, hasta que Victoria solo tuvo que dar un paso hacia atrás para que el príncipe se rindiera, dejando caer su cuerpo de regreso al piso.

El silencio se extendió entre ellos mientras Adán continuaba negando lo que había pasado, una y otra vez, cada vez con menos fuerza. Se sentía como si estuviesen aislados, atrapados en un tiempo inerte donde solo Victoria y Martí podían ver la caída de ese hombre, que se había levantado tan alto en algún momento.

La ilusión se rompió con el sonido de pasos que se estaban acercando a ellos desde el pasillo alternativo: Una persona corriendo, y la otra trotando con una cojera, un poco detrás del primer sonido.

Manuel apareció en el umbral de la puerta que Martín había usado originalmente, con ambos brazos hacia el lado correcto, y la cara manchada con sangre seca y polvo, pero sin cortes ni heridas visibles. Se veía como si lo hubieran arrastrado por el infierno de ida y vuelta, pero apenas vio a Martín su cara se iluminó con algo parecido a la alegría.

En otra parte, en otra vida, Martín estaba seguro de que Manuel habría corrido hacia él, pero ahí solo avanzó un par de pasos, extendiendo apenas las manos, no lo suficiente como para saber qué pretendía, pero sí lo suficiente como para que Martin pudiera captar el movimiento antes de que volviera a bajar los brazos.

Detrás de él, venía Francisca, vestida con la polera ensangrentada de Manuel y unos pantalones rotos que aún tenían unas gotas oscuras en la tela. Martín no estaba seguro de cómo lo habían hecho, pero sus brazos y sus piernas estaban de regreso en su cuerpo, o al menos, tres de las cuatro extremidades estaban bien unidas, a juzgar por cómo aún estaba sosteniendo su brazo izquierdo contra su propio cuerpo. Tenía cicatrices en torno a los cortes originales, y la piel de sus brazos se veía un poco más oscura que la de sus hombros, pero no parecía estar preocupada al respecto.

Victoria se volteó a verlos, y sonrió por primera vez esa noche. Ella, a diferencia de Manuel, o incluso Martín, que no había avanzado más que unos pasos inconscientes hacia la puerta, no parecía tener problema alguno con avanzar hasta Francisca y abrazarla, a pesar de las quejas de la otra mujer.

Con toda la sangre que había perdido esa noche, Francisca no era capaz de sonrojarse, pero había marcas de su vergüenza escritas en todo su cuerpo, en su postura, en la expresión de enojo y alegría que no acababa de decidirse a ser una de las dos, y en el tono suave de su voz, que había quedado reducido a una corriente continua de palabras balbuceadas contra el pecho de Victoria.

Martín supo lo que iba a pasar mucho antes de que Adán se levantara. Ambos lo pensaron, pero si alguien le hubiera preguntado, no habría podido decir cuál de los dos fue el primero en tener la idea. Quizá había sido él, pensando en lo fácil que sería, o quizá había sido Adán, pensando en su última oportunidad de cumplir su ambición.

El príncipe se abalanzó a morder la nuca de Victoria con el último esfuerzo que le quedaba en el cuerpo. Fue una cosa de segundos entre que se levantó y estaba contra la espalda de Victoria, clavando sus colmillos sin siquiera ocuparse de empujar su cabello fuera del camino.

Su cuerpo tuvo una pequeña convulsión, y Victoria abrió la boca, pero no hizo ningún sonido; sus ojos estaban idos, mirando mucho más lejos que ellos, más lejos que cualquiera de sus vidas de hecho, y sus brazos, que aún estaban en torno al cuello y los hombros de Francisca, la apretaron aún más contra su pecho, como si estuviera intentando aferrarse al presente.

Francisca rugió, forcejeando para soltarse; pero Victoria siempre había sido más fuerte que ella, y sus brazos aún no habían sanado lo suficiente como para darle pelea realmente. Intentó alcanzar a Adán desde donde estaba, sin importarle lo notorio de su desesperación, pero todo lo que podía hacer desde ahí era rasguñar las manos del otro vampiro, y la piel expuesta de la propia Victoria, que pronto se había llenado de líneas rojas.

En un abrir y cerrar de ojos Manuel y Martín estaban a cada lado de Adán, sosteniéndolo por los hombros, aunque ninguno avanzó más que eso. La tentación de volver a morderlo estaba ahí, como si hubiera una segunda voz en su cabeza, pero era precisamente eso lo que lo hizo detenerse: ¿quién era él para decir que esto no iba a volverlo igual que Adán? Martín aún podía sentir algunos de sus rasgos en su propia mente, invadiendo un mundo que siempre había sido únicamente suyo, como un parásito, todo por una mordida.

Martín miró a Manuel, primero sus manos, que estaban igual de quietas que las suyas, luego sus brazos, que se veían grises en esa luz, opacos, perfectamente muertos. Finalmente, miró a su cara, que estaba a medio camino entre la versión salvaje que había visto en la bodega, y el hombre que había aprendido a conocer en el bosque.

Sus pupilas estaban totalmente dilatadas, y tenía la boca medio abierta, pero sus colmillos no se veían monstruosamente grandes, no más de lo normal al menos.  

Martín se vio a sí mismo en él. Al hecho de que jamás iba a volver a ser lo que había sido antes de esa noche. Al hecho de que, igual que Manuel, iba a tener que aprender a vivir con ello si pretendía conservar algo de lo que amaba por más de unas horas.

Por toda una eternidad, si lograba hacerlo bien.

Empujó con su mente hacia la de Manuel, y sintió el hambre como una criatura viva dentro de su cuerpo, rasguñando las paredes de sus intestinos, gritando por más, y más y más.

Y juntos, tiraron del cuerpo de Adán.


 

Cuando volvió a morder al príncipe esa noche, lo vio en la torre, con la corte entera en sus pilares, y Manuel arrodillado frente a su escritorio. El vampiro llevaba una camisa y pantalones de vestir, pero estaba manchado con sangre. Unos pasos más atrás estaba Eliana, con otros dos vampiros a los cuales Martín no podía reconocer.

— ¿Para esto dejaste mi corte Manuel? —gruñó el Adán del recuerdo, abiertamente irritado.— Solo dime dónde fue tu hermana, ambos sabemos que no lo hiciste solo.

— Fui yo, príncipe —respondió Manuel, sin alzar la cabeza.

— ¡Deja de pretender! —gritó Adán, dándole un golpe al escritorio. La corte entera se tensó como si fuera un solo organismo, e incluso Eliana frunció un poco el ceño, haciendo un amago de avanzar, pero Manuel se mantuvo perfectamente quieto, con la cara apuntando hacia el suelo.

Adán inspiró una vez, dos veces, antes de volver a mirar a Manuel, aparentemente más tranquilo.

— Lady Eliana no quiere tu muerte —dijo, aunque sus palabras sonaban cansadas, como si hubiera estado repitiendo esa frase por horas.— Todo lo que quiere es enjuiciar a Francisca por el asesinato de su vampiro. —añadió— Yo no quiero tu muerte, Manuel. Arthur no querría tu muerte.

Manuel reaccionó a ese nombre con un pequeño temblor, y un movimiento de cabeza, pero no cambió su posición.

— Mi príncipe —dijo Manuel, enunciando cada sílaba con énfasis— Si de verdad no quieres mi muerte, destierrame, porque yo asesiné a mi hermano de sangre. Si Lady Eliana lo acepta, puedo pagar mi transgresión dejando la ciudad. Si no, estoy listo para morir por mis faltas.

— No lo mates Adán, solo quiero a la hermana —siseó Eliana, golpeando el piso con uno de sus tacones.— Manuel aún tiene trabajo que hacer para el clan.

Adán la miró con los ojos entrecerrados, claramente irritado. Estaba harto de jugar el papel que los vampiros más antiguos esperaban de él ¿qué sentido tenía ser el príncipe de la ciudad si tenía que escuchar las órdenes de otros para hacer su trabajo?

Se apretó el puente de la nariz con los dedos. Eliana siempre había sido así, probablemente también le hablaba así a Arthur, era parte de su rol soportar sus insolencias y mantener la paz en su territorio.

Era parte de su rol velar por el bienestar de los suyos.

— No vas a dejar Santiago —resopló Adán, cruzándose de brazos.

Manuel levantó la cabeza por primera vez, y le sonrió. No como lo hacía para Arthur, o para su hermana, claro, pero el gesto era lo suficientemente sincero como para arrancar una risa incrédula del príncipe.

— Lo haré, mi príncipe. —aseguró Manuel enderezandose otro poco más.— Podemos discutir los detalles, podría volver por temporadas para continuar mi trabajo con el clan, pero si aceptas, te juro que no voy a volver a quedarme Santiago por más de un mes.

— ¿Dónde está tu hermana, Manuel?

Manuel pestañeó, fingiendo inocencia, aunque el gesto estaba perdido en él. No solo por el hecho de que sus ojos estaban danzando con la perspectiva de ganar el juicio, sino también porque todo su frente estaba embarrado de sangre seca.

La sangre seca de su hermano de sangre , aparentemente.

— Fuera de Santiago, mi príncipe. —dijo Manuel, y el recuerdo se desvaneció alrededor de ellos.

Manuel estaba sentado al lado de Adán, aunque el príncipe se veía más joven que él en ese momento. Aún era humano esa noche, y ambos estaban esperando a Arthur en el jardín de su mansión.

— Escucha —dijo Manuel, carraspeando.— Arthur quiere que hable contigo respecto a, bueno, a la mordida.

Adán entrecerró los ojos, claramente desconfiado.

— ¿Se arrepintió? —preguntó, intentando disimular su propia decepción.

Obvio que el monstruo iba a arrepentirse de él, ahora que su papá estaba muerto y la compañía había caído en manos de los inversionistas Adán no tenía nada que aportar a alguien como Arthur. Qué era, sino un estudiante universitario sin derecho a tomar decisiones sobre su propio dinero y terrenos, mucho menos su propia vida.

Manuel lo miró, y Adán maldijo en silencio. El monstruo había escuchado, por supuesto que había escuchado, eso era lo que hacían.

Él era el único que seguía olvidándolo.

— No es eso —dijo Manuel, mirando hacia el frente una vez más.— Arthur no necesita la compañía ¿lo sabes, verdad?

— Por qué querría transformarme si no es por eso —resopló Adán, intentando ocultar lo mucho que le afectaba no saber ese tipo de cosas.

Su madre siempre había dicho que era demasiado perceptivo. Y su padre siempre había dicho que era importante mantener sus expectativas ocultas cuando negociaba con gente más poderosa que él mismo. No tenía que dejar que vieran qué era lo importante, ese era el punto de negociar, según su papá.

— Le recuerdas a su hermano menor —respondió Manuel luego de un rato.— Eso es todo.

— Suena estúpido —gruñó Adán, cruzándose de brazos.— Nadie haría un trato por una razón tan simple.

Manuel se rió. Era la primera vez que lo veía hacer algo por el estilo, claro, había sonreído cuando Arthur se lo presentó, pero Adán jamás lo había visto reírse de verdad hasta esa noche.

Intentó disimular su interés mientras miraba el interior de su boca, intentando encontrar la diferencia en sus colmillos.

— Arthur es así —dijo, encogiéndose de hombros.— Pero no deberías… Mira, solo, tomate tu tiempo, piensalo, espera a ser un adulto.

— ¿Él te dijo que me dijeras eso?

— No, pero imagínate lo difícil que va a ser controlar tu propia corte teniendo diecinueve años por el resto de la eternidad —dijo Manuel, sonriéndole de lado.— No necesitas apurarte. Arthur está guardándote el trono.

— Y tú —dijo Adán.— Tú siempre estás acá.

Manuel desvió la mirada, asintiendo.

— Y yo —concedió.

La imagen tembló unos segundos, y tanto Adán como Manuel habían cambiado. Manuel se veía más cansado y pálido, mientras que Adán se había vuelto un hombre, y también un vampiro en algún momento.

— ¿De verdad vas a irte? —preguntó Adán, entrecerrando los ojos.

— Es mi sentencia —respondió Manuel, encogiéndose de hombros.

— Vas a robarme otra corte.

— No Adán —suspiró, pasándose una mano por el pelo. Ya habían tenido esa discusión en varias formas, en varios lugares, y nunca podían llegar a una conclusión satisfactoria, pero Manuel siempre lo intentaba— Ya te lo dije, la corte de Arthur no se disolvió solo porque yo no quisiera seguir ahí. Es algo que pasa, no puedes esperar que todos se quieran quedar ahí por siempre.

— Se fueron porque me ven débil —gruñó Adán, apretando las manos.— No creas que no escuché lo que decían, que solo soy un chiquillo, que Arthur me puso ahí para poder desertar sin culpas, que tú eras el verdadero príncipe…

— Adán —dijo Manuel, haciendo un gesto con la mano.— Las cortes son así. Dicen cosas, hacen planes, inventan intrigas, tú sabes esto.

Adán se calló por unos segundos, mirando hacia el cielo. Con el paso de los años, las estrellas habían comenzado a desaparecer de los cielos de Santiago, yéndose de a poco, como si se hubieran ido apagando para él con cada año de inmortalidad.

— ¿Dónde vas a ir?

— Ya te lo dije —suspiró Manuel, desviando la mirada.— No voy a darte coordenadas exactas.

— Soy tu príncipe —alegó, aunque no había peso alguno en sus palabras.— Podríamos hablar con Eliana, sé que ella tampoco quiere que te vayas, si solo acusaras a Francisca, Manuel…

El vampiro se levantó, y cuando volvió a hablarle, su voz sonaba distante, como si fuera un perfecto desconocido.

Como si Adán no lo conociera desde antes de volver a empezar su vida.

— Ya te lo dije —repitió Manuel, hablando lento— Yo lo maté.

— ¿Por qué? Si vas a insistir con esa mentira, explícame por qué lo harías. —pidió, alzando la voz.— Tú, que ayudaste a escribir las leyes de Arthur ¿por qué las romperías ahora?

Manuel se volteó a mirarlo, aunque su expresión no era más que una hoja en blanco.

— Necesitaba una excusa para desertar.

El mundo se desvaneció a su alrededor, y en el siguiente recuerdo, Martín se vio a sí mismo visitando la torre por primera vez. La visión vino y se fue, exáctamente como la recordaba, al menos hasta el último segundo, donde Adán lo miró directamente a los ojos, y Martín, por primera vez desde que empezaran las visiones, pudo ver al vampiro desde su propio punto de vista.

Entre un pestañeo y el siguiente, Adán había cambiado frente a sus ojos: tenía el pelo revuelto, y sangre aún húmeda cayendo por su barbilla. Su ropa estaba hecha jirones en la zona del estómago, y aún tenía quemadas en el pecho las inscripciones de la puerta de la sala de ejecuciones.

— ¿Qué está pasando? —preguntó Martín, mirando la sala, aunque las paredes habían comenzado a desmoronarse, y el resto de las personas en la escena ya no eran más que polvo.

Todos menos Manuel, que estaba mirando a Adán.

— ¿Por qué lo hiciste?

— Tú sabes por qué —respondió el príncipe, negando con la cabeza.

Sabía que ese espacio no era real, pero Martín no podía evitar pensar que ahí, cubierto de sangre y tela rota, Adán se veía como un humano por primera vez desde que lo había conocido.

Extrañamente sincero en medio de la inverosimilitud de ese lugar.

— Sabías que íbamos a matarte si mordías a Victoria.

— Sabía que ibas a matarme de todas formas. Lo he sabido desde que nos conocimos Manuel —dijo Adán, ofreciéndole una sonrisa extrañamente afectuosa antes de volver a mirar a Martín; de arriba hacia abajo, tal y como había hecho la noche que se conocieron— El chiquillo… No, Martín, fue una sorpresa.

Adán inclinó su cabeza hacia Martín, y él le devolvió el gesto con una sonrisa. Incluso aprovechó de hacerle una pequeña reverencia, inclinando su torso hacia el vampiro por apenas unos segundos antes de enderezarse.

— Vos también —dijo, frente a la mirada confundida de Manuel, y una risa corta de Adán.— ¿Ya estás muerto entonces?

Adán y Manuel se miraron, y luego el príncipe negó con la cabeza.

— La esencia está en la última gota de sangre —respondió Adán, encogiéndose de hombros— No va a desaparecer si la consumes.

— No sé de qué estás hablando.

— Vas a saberlo cuando termines.

Adán cerró los ojos, y respiró profundo. Su ropa y su cara cambiaron, de pronto era el Adán que Martín había visto por primera vez, perfectamente vestido en un traje cortado a su medida, con zapatos de vestir y el pelo arreglado en un peinado severo pero atractivo. Su ropa y su pelo fueron cambiando, pero su cara seguía siendo la misma, hasta que por fin cambió. Cambió su pelo, y sus mejillas, que parecían ligeramente más redondas. Cambió su barbilla, que a veces tenía vello y otras no.

De ahí en adelante fue volviéndose cada vez más joven frente a los ojos de Martín, su ropa cada vez más anticuada, su cuerpo cada vez más bajo, hasta que solo era un niño.

Martín buscó a Manuel con la mirada, pero ya no estaba en ninguna parte. Lo llamó a gritos mientras Adán iba volviéndose cada vez más pequeño, hasta que ya no quedaba nada en su lugar, nada que Martin pudiera ver al menos, y aún así, Manuel no volvió a aparecer.

Caminó hacia donde Adán había desaparecido, con la vaga idea de buscar una forma de desaparecer también, y entonces despertó.

 


 

Volver al mundo real fue como salir a la superficie del mar. Aún estaba con medio cuerpo sumergido en la ilusión, pero su cerebro exigía aire. Aire y frío, o calor, Martín no estaba seguro de cuál, porque todo su cuerpo parecía estar congelándose y ardiendo al mismo tiempo.

Tenía un impulso extraño de salir corriendo a buscar otra presa, pero se contuvo. Afuera no había más que sol y muerte para él, y no estaba seguro de cómo lo sabía, pero no tenía dudas de que si salía ahora, el sol iba a hacerle mucho más daño que cuando lo había experimentado en la sala de ejecuciones.

Frente a él había una estatua de mármol, extrañamente pacífica en medio de la violencia que la había provocado. Tenía los ojos abiertos, pero no estaba luchando, sus manos estaban tiradas a sus costados, y su espalda seguía inclinada hacia Martín, como si hubiera aceptado su propia muerte antes de que el mismo Martín supiera que lo iba a matar.

Estiró una mano temblorosa hacia el cadáver, esperando poder entender por tacto lo que no podía entender solo mirandolo, y la figura estalló en una lluvia de polvo blanco y piedrecillas, sin dejar nada más que los restos de su ropa y la ceniza detrás.

Francisca y Victoria lo estaban mirando expectantes, y Manuel, que aún estaba a su lado, parecía estar esperando algo también, pero a diferencia de ellas, no estaba nervioso. Martín podía sentirlo más claramente ahora, la satisfacción y la culpabilidad estaban saliendo de Manuel en olas, constantes pero tranquilas al lado de todas las demás emociones de la noche.

— Me dejaste solo —dijo Martín, sin poder decidirse entre estar ofendido o sorprendido por la revelación.— ¿Por qué?

Manuel se encogió de hombros, desviando la mirada a lo que quedaba de la habitación.

— Es lo que él quería —respondió Manuel, llevándose una mano al pelo.

Quiso contradecirlo, decir que no había forma en que Adán hubiera querido eso, pero las palabras de Manuel se sentían reales en su cabeza, casi como si estuviera teniendo una conversación independiente dentro de su propio cerebro, demasiado profundo en su psiquis como para escucharla, pero lo suficientemente real como para sentirse a si mismo aceptando esa teoría.

Adán estaba asintiendo en alguna parte de su cabeza, y ya no podía hacer nada al respecto. Había asimilado al príncipe de Santiago, tal y como había visto hacer a Manuel con Eliboria y Samuel.

— Sos un pelotudo.

La patada que le dio al vampiro fue incómoda para ambos, pero inmensamente satisfactoria.

En alguna parte hacia su izquierda, Francisca comenzó a reírse, pero Martín no se volteó a mirarla. Ya había pasado demasiado tiempo persiguiendo el recuerdo de ese sonido como para seguir prestándole atención ahora que todo había terminado.

 


 

María los recibió a las puertas del ascensor de ese piso, con una botella de vidrio negro en una mano, y el brazo lleno de amuletos de distintos tamaños y colores. Había algunas venas rojizas sobresaliendo en sus manos, como si fueran raíces, subiendo desde la punta de sus dedos hasta sus antebrazo. Se veía cansada, y quizá enferma, pero bastó con verlos para que se volviese a enderezar, sonriendo cautelosamente.

— ¿Dónde está Adán?

Su voz hizo que las otras brujas aparecieran de sus escondites, algunas de las paredes, otras del piso, materializandose de un segundo al otro. Catalina y las otras dos brujas que acompañaban a María tenían marcas también, pero en distintos lugares: Catalina tenía los ojos rodeados de líneas azules que levantaban su piel, y las otras dos tenían ramificaciones desde la garganta hasta la boca, pero ninguna parecía estar herida.

Habían estado esperando al príncipe, no a sus aliados, y el efecto de saber que no iban a seguir peleando era perfectamente visible en cómo comenzaron a relajarse de a poco, guardando sus armas, escondiendo sus amuletos, y mirándose unas a otras; conscientes de que su última pelea había terminado antes de empezar.

Victoria se acercó a hablar con María en susurros, mientras que Catalina corrió a abrazar a Martín y Manuel, obligándolos a pegarse y agacharse para ella.

— No puedo creer que lo lograron —decía, apretándolos un poco más con cada palabra— ¿En qué estaban pensando? Julio casi nos mató de susto cuando descubrió que te habías ido de nuevo ¡Estábamos seguros de que el príncipe iba a matarte esta vez, Manuel! ¿Qué te costaba avisar?

Martín miró a Manuel por encima de la cabeza de la bruja. En algún momento había comenzado a acariciar pequeños círculos en su espalda, tal y como hacía con su madre cuando por fin se dignaba a visitarla. Era su forma de abrazarla cuando quería asegurarle que estaba ahí, que el mundo seguía girando y él no había desaparecido en él.

Manuel, por otro lado, parecía tan confundido, tan completamente fuera de su elemento con esa simple demostración de afecto, que ni siquiera había devuelto el abrazo. Martín ni siquiera intentó disimular su risa al verlo tocar tentativamente la espalda de Catalina, como si él también fuera a volverse polvo y ceniza por ese gesto.

— ¡Y tú! —alegó Catalina, dándole un golpe en la nuca.— ¡Lo tuyo es aún peor!

— ¿Qué te hice yo? —preguntó Martín, genuinamente confundido.

— ¡Viniste a pelear solo, tonto! —gruñó Catalina, soltandolo lo suficiente como para mirarlo a la cara. Sus ojos estaban brillantes, conteniendo apenas las lágrimas, pero sus mejillas estaban secas.— ¿Crees que invitaríamos a cualquier persona a nuestros ritos? Éramos, somos aliados Martín, el Aquelarre entero vendría si tan solo nos pidieras ayuda antes de lanzarte a hacer estas cosas… Pudiste haber muerto ¿Quién le iba a decir a tu primo? ¿Quién nos iba a decir a nosotros?

Martín miró a María, que estaba sonriéndole, al igual que el resto de las brujas. Incluso Victoria, que parecía haber olvidado sus prejuicios por esa noche, estaba mirándolo con las cejas alzadas en ese momento, como si estuviera diciendo: «¿Ves? Es tu culpa», a pesar de que estaba seguro de que si había alguien que no tenía derecho a poner esa cara era ella. Bueno, ella, y Manuel.

— Lo siento —suspiró, intentando no pensar en lo mucho que iba a tener que repetir esa frase durante los próximos días.— No lo pensé.

— ¡Obviamente!

— Ya está bien, Cata, suéltalo —interrumpió Maria, chasqueando la lengua. Pasó un rato entre la orden y la reacción, pero finalmente Catalina los soltó, mirando a su suprema con una mezcla de molestia y buen humor—  Aún no hemos terminado aquí.

Catalina puso los ojos en blanco, pero asintió, igual que el resto de las brujas.

— Adán está muerto —dijo Martín, confundido— ¿Qué más tienen que hacer?

— Limpieza —respondió María, encogiéndose de hombros antes de voltearse a Victoria con una mano extendida.— Nuestra parte del trato termina después de eso.

— Gracias —respondió, inclinando la cabeza hacia ella en un pequeño gesto de respeto.— Les mandaré un mensaje cuando haya terminado de cumplir con la mía.

Para sorpresa de todos, menos de María y Victoria, quizá, la vampireza tomó la mano de María entre sus dos manos, inclinándose hacia ella mientras susurraba una línea sobre agradecimientos y deudas por pagar.

Incluso María parecía sorprendida cuando Victoria besó el torso de su mano después.

Manuel entrecerró los ojos, y Francisca, que hasta ese momento se había quedado al margen de la escena, avanzó hasta quedar al otro lado de su hermano, mirando todo el tiempo a su creadora. Martín había esperado que Francisca la mirara con afecto, que quizá iba a olvidar su pelea ahora que podía tener una idea de los extremos a los que Victoria había recurrido para salvarla, pero su expresión era casi igual a la de Manuel: ambos parecían estar intentando ver detrás de la realidad que tenían en frente.

Donde Martín veía a Victoria haciendo un pacto con las brujas en nombre de un bien común, ellos veían algo distinto, o al menos estaban intentando ver algo distinto, aunque no podía comenzar a imaginar qué era.

Si lo intentaba, quizá podía canalizar la conciencia de Adán en su cabeza, y ver a través de su lógica los hilos que Francisca y Manuel creían estar viendo en Victoria y María, pero se rehusaba a jugar ese juego. Victoria los había salvado, las brujas habían ayudado, y eso era suficiente para satisfacerlo en ese momento.

Él no era un gato callejero, no como Manuel y su hermana, y lo más probable era que nunca iba a ser capaz de entenderlos en ese sentido. De cierta forma, Martín suponía que era mejor así, a fin de cuentas, no necesitaba ver a través de los ojos de Manuel para saber hacia donde estaba mirando.

— Dejá eso —murmuró, moviendo su mano hasta tocar la de Manuel. Primero fue solo un rose, la sensación de su piel contra la del vampiro, pero pronto estaba empujando hacia él, acomodando sus dedos entre los de él como si tuviera derecho a hacerlo.

Prácticamente sintió como todo el cuerpo del vampiro se ponía rígido frente al contacto, y cuando se volteó a mirarlo, Manuel parecía aún más confundido que antes, con los ojos muy abiertos y el ceño fruncido en una pregunta que Martín no pretendía responder. No en ese lugar, no con esa gente.

Era una imagen que no había esperado volver a ver luego de que había aceptado entrar sólo a la sala de ejecuciones, y tenerla ahora, a menos de una hora de todo el pánico y la rabia de la pelea, le parecía irreal.

— Te estoy escuchando pensar —dijo Martín, intentando controlar la sonrisa que estaba peleando por salir a la superficie.

Apretó un poco más la mano inerte del vampiro, intentando obligarlo a reaccionar. No lo había pensado realmente cuando decidió extender su mano, pero con cada segundo que pasaba sin una reacción crecía la sensación de que había cruzado la barrera antes de tiempo; quizá era demasiado pronto para perdonarse, quizá Manuel no quería tener ese tipo de contacto con él ahora que había absorbido al vampiro que mató a Lucía, quizá había demasiados testigos.

Martín ya había comenzado a pensar en cómo iba a disimular todo el incidente cuando sintió a Manuel acomodar su mano, devolviéndole el gesto con un poco más de fuerza.

— No es cierto —respondió Manuel, desviando la mirada hacia Victoria una vez más, perfectamente inexpresivo.

Martín sonrió, devolviendo su atención a lo que estaba pasando al frente.

 


 

 

Más tarde, cuando todos estaban reunidos en el salón principal de la corte, María les explicó que el ataque a la torre del príncipe estaba planeado desde antes del arresto de Francisca. La misma María había pasado cada día después de la muerte de Lucía preparando, no solo a sus brujas, si no también a sus aliados para un golpe de estado, aunque cuando Martín había usado esa palabra para describirlo, la venezolana había arrugado los labios y la nariz en una mueca de desagrado.

Victoria se había unido al plan la noche que se llevaron a Francisca, y con ella habían entrado Eliana y otros dos clanes más pequeños que residían en los límites de Santiago. Manuel no había estado al tanto de esto, pero tampoco parecía realmente sorprendido por la traición, considerando que Adán había dejado a los clanes solos frente a las amenazas de los cazadores extranjeros que estaban asentándose a los bordes del territorio. Todos parecían estar de acuerdo en que su posición había estado bastante débil desde hace algunos meses de hecho.

Eliana, siendo la más central, solo había aceptado por la oportunidad de influir en la elección del nuevo príncipe, de la misma forma en que se había ocupado de influir en las decisiones importantes de todos los organismos gubernamentales de los últimos cincuenta años. Las sirenas de policía que Martín y los demás escucharon en el último piso, habían sido miembros de su clan, de hecho, encargándose de mantener toda la operación privada a pesar de los disparos y los gritos.

Todo lo que había hecho falta para echar a andar el plan era la distracción, que Manuel, Francisca y Martín habían aportado solo con estar ahí.

— ¿Pero cómo sabían que estábamos acá? —preguntó Martín, apenas terminó de escuchar la historia.

Estaba sentado en piso, con la espalda contra el escritorio porque, aunque no se lo había dicho a nadie a la hora de elegir su asiento, la idea de ponerse en cualquier otro lado había resultado profundamente extraña para él, a un nivel tan profundo, que ni siquiera había querido intentar ir contra el impulso de ponerse al centro.

Esperaba que alguien lo cuestionara, pero Manuel simplemente se había sentado a su lado, cruzando las piernas.

Francisca, que aún no parecía estar lista para perdonar a Victoria, había ido a sentarse al costado del escritorio, lo suficientemente cerca de Manuel como para tocarlo o hablarle al oído, si así quería, y lo suficientemente lejos como para demostrar que no estaba interesada en la conversación.

María, Catalina y Victoria se habían acomodado en torno a ellos sin decir palabra, y en cosa de minutos la sala tenía al menos la mitad de toda la gente que Martín había conocido desde su primera muerte. Incluso Julio y Luciano estaban ahí, con marcas y heridas propias que contrastaban dramáticamente con la sonrisa que tenían en la cara cuando recién habían alcanzado al grupo.

— Seba me llamó —respondió Luciano, encogiéndose de hombros.— Dijo que si no lo habías logrado en dos horas no lo ibas a lograr —añadió con una sonrisa burlona.

— Mentira —gruñó Martín, seguro de que sus orejas se habían puesto rojas.

— Es cierto —confirmó María, sonriéndole.— También llamó a Catalina.

— Aunque a esa hora ya sabíamos que se habían ido —suspiró ella, mirando a Manuel con las cejas alzadas.— Julio fue a verte a eso de las cinco, y se puso a gritar como loco cuando no te encontró.

— ¡Pensé que se había vuelto loco de nuevo! —alegó el vampiro, cruzándose de brazos.— Solo quería saber que estaban vivos.

— Claro, no tiene nada que ver con la muerte de Manuel.

Martín hizo una mueca al escucharla, intentando controlar la ansiedad que se había acumulado en su estómago. Con Manuel y Francisca ahí, sus mentiras parecían aún peores. Había matado a Manuel, metafóricamente quizá, pero lo había hecho. Y a Francisca la había acusado de todo lo que podía acusarla, aún sabiendo que no tenía más pruebas que su propia rabia.

Estaba esperando que alguno de ellos lo comentara, que al menos una persona hablara sobre su mentira, pero ninguno de los presentes se detuvo a mirarlo siquiera. Julio seguía avergonzado, negando cualquier interés por Manuel. María seguía enfocada en los aspectos políticos de la batalla, dejando que la discusión y las bromas flotaran alrededor de sus comentarios, sin censurarlas, y sin tomarlas en cuenta tampoco.

Estaba hablando de que tenían que poner a alguien en lugar de Adán, y que esa persona iba a ser en acuerdo con el Aquelarre y los principales clanes de Santiago, pero los nombres de las opciones eran irrelevantes para Martín, que apenas había conocido otros vampiros desde su regreso a Santiago.

Y Manuel, que debería haber sido el primero en acusarlo, o al menos en sacarle en cara que él también había ocultado cosas, simplemente estaba mirando hacia el frente, con una sonrisa casi imperceptible en los labios.

Se veía tranquilo, honestamente tranquilo, por primera vez desde que habían dejado la madriguera.

— ¿No te molesta? —preguntó Martín en un susurro, apoyando las palmas en el piso de cerámica.

— ¿Qué cosa?

— Que te matara Manuel —resopló Martín, poniendo los ojos en blanco.— ¿Qué otra cosa va a ser?

Manuel se rió, apoyando la cabeza contra el escritorio de Adán. Sus ojos estaban en el cielo, pero la torre no tenía mucho que ofrecerle, solo un techo blanco y plano, con pilares y cortinas a los extremos.

— Me da igual Martín —respondió, imitando su tono.— Yo también te maté ¿te acuerdas?

— Prefiero no hacerlo

El vampiro solo respondió con un sonido, sin bajar la vista del techo en ningún momento. Ahora que tenía tiempo para mirarlo, de verdad mirarlo, podía apreciar el hecho de que las marcas de su piel habían desaparecido completamente, dejando un mapa blanco de piel y algunos lunares dispersos por sus brazos y su espalda.

Martín miró alrededor, medio esperando que alguien los estuviera mirando de vuelta, pero la conversación se había dividido en grupos de personas, así que volvió la vista al vampiro.

— ¿Qué pasó cuando llegó Victoria?

— ¿Qué?

— ¿Qué pasó? ¿Te puso los brazos y te fuiste?

— Me mandó a buscar las extremidades de Francisca, si —respondió Manuel, mirándolo.— Tuvimos una… discusión al respecto, pero al final tenía razón. Teníamos que remover la desventaja, y yo pensé… Bueno, nunca había visto a dos vampiros morderse simultáneamente —añadió, bajando los ojos.— No sabía qué hacer.

— ¿Qué se sintió? —preguntó Martín, sonriendo.

Manuel hizo una mueca, y se cruzó de brazos, recogiendo sus piernas hacia su cuerpo.

— ¿Qué crees? —gruñó, apoyando los brazos en su rodillas.— Tenía miedo hueón, pensé que se iban a consumir, o que tú también… No, nada.

No sabía si era su conexión con Adán, o si simplemente era el hecho de que había pasado demasiado tiempo con Manuel, pero Martín llenó el resto de la oración por si mismo, pensando en los ojos negros del vampiro, y el hambre que tenía, incluso ahora que no estaba cazando.

Podía sentirlo en el ambiente a su alrededor, incluso sin entrar en su mente, Manuel se sentía como una posibilidad constante de violencia, un fuego a punto de estallar en cualquier momento.

— ¿Todavía los sentís? —preguntó Martín, acercándose un poco más.

— Algo —respondió Manuel, levantando apenas los hombros.— Es más Samuel y Eliboria que la Unión entera —murmuró, cerrando los ojos.

— Va a estar bien —dijo Martín, inclinando la cabeza hasta quedar completamente apoyado contra el costado de Manuel.— A la noche podemos ir a tu departamento. Quizá hay una forma de revertirlo.

Manuel se relajó contra su cuerpo, empujando un poco hacia Martín, hasta que ambos estaban sosteniéndose sólo con la ayuda del otro y el escritorio.

— No hay —respondió, aunque su voz sonaba como una sonrisa.

Esta vez fue Martín el que respondió con un sonido ausente, cerrando los ojos. La mañana había venido y se había ido mientras peleaban, y aunque aún no tenía un concepto claro de qué hora era, su cuerpo y su mente estaban listos para rendirse ahora que había encontrado un lugar donde sentirse seguro.

Manuel se movió, obligándolo a moverse también, pero Martín no abrió los ojos.

— Martín —murmuró Manuel, tan bajo que por un momento le pareció que lo había imaginado.

El argentino hizo otro ruido, empujando hacia el cuerpo de Manuel con la vaga idea de aplastarlo hasta que entendiera el mensaje.

— ¿Por qué no mataste a Francisca? —murmuró.

Martín sintió sus labios moviéndose contra su pelo, y tuvo que resistir la urgencia de abrir sus ojos, solo por la curiosidad de mirarlo en ese momento, aunque Manuel probablemente se habría movido si Martín lo hubiese intentado.

— Martín.

— Porque quería volver a verte —gruñó Martín, dándole un codazo en el costado.— pero ahora me estoy arrepintiendo, boludo.

Manuel se rió, pero no volvió a hacer otro sonido después de eso.

En sus sueños, Martín vio a Adán y Lucía, rodeados de un millón de pájaros de plumas blancas y cafés. Ninguno de los dos quiso hablar con él, pero Lucía le sonrió, y caminó hacia él, haciendo que los pájaros revolotearan en el piso, formando un camino solo para ella.

Cuando estuvo frente a él, Lucía le hizo una seña con la mano, y Martín la obedeció, inclinándose hasta quedar a su altura.

En vez de palabras recibió imagenes. Él en la sala circular, con Itzel y Julio en los pilares frontales. Eliana y otros dos vampiros haciendo una reverencia para él.

Manuel, sentado en la silla del escritorio de Adán, rodeado de papeles y libros apilados en desorden. Estaba sonriéndole, enmarcado en la poca luz natural que quedaba a esa hora; su piel tiñéndose de un morado opaco a medida pasaban los minutos.

El vampiro comenzó a hablarle, pero Martín no escuchó una sola palabra de lo que decía, y cuando intentó acercarse, la visión se disolvió, empujándolo de golpe al mundo real, que se había vuelto totalmente negro mientras dormía.

El salón estaba vacío, a excepción de Manuel, que seguía sentado en el mismo lugar, en la misma posición. Martín habría dudado de que había pasado tiempo realmente si no fuera porque el vampiro parecía estar recién despertando.

— ¿Qué pasó? —preguntó Manuel, pasándose ambas manos por la cara.— ¿Estás bien?

— ¿Estabas durmiendo?

Manuel lo miró con los ojos entrecerrados, y volvió a apoyar la espalda contra el escritorio de Adán. Martín se lo imaginó haciendo eso en la silla, y luego se imaginó cómo se vería el salón a las seis de la tarde en invierno, lleno de luz indirecta.

— Vuelve a dormir Martín —pidió Manuel, cerrando los ojos.— Todavía no es de noche.

— Yo creo que sí —murmuró, volviendo a acomodarse a un lado de Manuel.— Ya no hay nadie —añadió, inclinándose hacia él.— ¿Por qué no nos vamos ahora?

Manuel suspiró, apoyando su cabeza contra la de Martín. Al comienzo pensó que no iba a seguir respondiendo, pero después de unos segundos, Manuel volvió a hablarle, mucho más bajo que antes, como si no quisiera que escuchara realmente.

— Victoria, María y Eliana siguen en la torre —murmuró— Quiero… No quiero ocuparme de lo del príncipe. No todavía.

Martín tomó su mano, acomodándose para mirar hacia el frente también, medio esperando que las tres mujeres aparecieran en el umbral de la puerta ahora que las habían mencionado. Ya no tenía que esforzarse tanto para sentir las presencias en el edificio, pero tener a Manuel al lado hacía mucho más fácil el pretender que las cosas eran distintas.

Sentados ahí, completamente solos, Martín casi podía pretender que ese día y la noche anterior jamás habían pasado.

— No tenés que hacerlo —comentó, jugando con los dedos de Manuel.— No es tu problema, vos ni siquiera vivís acá.

— Es mi deber —respondió Manuel, encogiéndose de hombros.— Lo hice cuando elegimos a Adán —añadió, un poco más bajo.

— No —respondió Martín, apretándole la mano.— Vos no tenés que hacer nada. Ya no sos parte de la corte —alegó.— Podemos irnos.

— ¿A Argentina? —preguntó Manuel, riéndose.

En otro momento, Martín le habría preguntado qué era lo gracioso de su plan original, pero por ser esa noche, por ser ese momento, simplemente porque un sueño le había mostrado exactamente lo opuesto de lo que quería proponerle, Martín no dijo nada.

— Escapémonos. —dijo después de un rato, soltando la mano de Manuel para voltearse hacia él.— Vámonos a tu departamento.

— ¿Y después?

— Después no importa Manuel —dijo Martín, agarrándolo de ambas manos para obligarlo a pararse.— Después tenés toda una eternidad para tener deberes. Hoy podés irte conmigo a tu depa, y olvidarte. Podemos estar ahí hasta que Victoria tire la puerta boludo.

Manuel se dejó levantar con una media sonrisa, y un brillo en los ojos. Un brillo que Martín reconoció de todos los recuerdos que tenía, como él, como Adán y como Lucía. Era la mirada con la que mentía, y tramaba, y estaba vivo.

Su corazón latió un poco más rápido cuando Manuel se dejó llevar por el tirón que le dio, directo contra su pecho.

— Tu hermana está libre, yo estoy acá, ya no tenés que sacrificarte por nadie más. —susurró Martín, pegando su frente a la del vampiro.— Escapémonos.

— ¿Cómo?

— No sé, boludo. Hay vidrio, hay muebles, no puede ser tan difícil —respondió Martín, poniendo los ojos en blanco.— ¿No ves que estaba intentando tener un momento?

Manuel se río sin abrir la boca, solo con un resoplido y un temblor en los hombros, pero no volvió a negarse. En vez de eso, se separó de él, y juntos se escabulleron por la puerta, usando cada escalera y cada recoveco disponible para llegar a la calle sin ser vistos.

De ahí en adelante, fue como estar en el bosque, corriendo lado a lado, y sin mirar atrás. La única diferencia, quizá, es que esa noche ninguno de los dos estaba intentando ganar.

Mañana habrían consecuencias, mañana Martín iba a descubrir cuál de los dos iba a ser el verdadero sacrificio, y si era Manuel, si siempre era Manuel, como decían las brujas, iba a encontrar la manera de cambiar sus predicciones.

Tenía mañana y toda una eternidad para descubrir qué iba a hacer. Por hoy, por las horas que se pudiera robar antes de que el resto del mundo empezara a buscarlos, iba a disfrutar su segunda vida como si hubiera sido la primera.

Como si realmente hubiera querido vivirla en primer lugar.

Chapter Text

El vampiro frente a él tenía la piel tan oscura que la transformación no había hecho más que quitarle algo de brillo a su color original. De acuerdo a la información que había recibido de su corte, el vampiro en cuestión recibió la mordida diez años atrás, en su país natal, y aún así, su piel parecía humana al lado de la de Martín.

Era difícil no preguntarse si eso afectaría su relación con el sol, o si llegaría a ser totalmente blanco con el paso de los años, porque a pesar de lo mucho que había aumentado la inmigración durante los últimos años, Martín nunca había encontrado la forma de preguntar sin sonar ofensivo.

Podía reconocer el hecho de que una parte importante de esas preguntas venían de su propia curiosidad, pero estaba seguro de que su tiempo con Francisca y Manuel había afectado la forma en que veía a las demás personas, criaturas y humanos por igual.

Las formalidades de la corte habían hecho que una audiencia de treinta minutos se alargara a casi dos horas, y su mente se había aislado del discurso hace al menos veinte minutos atrás, teorizando en torno a la piel del vampiro que tenía en frente, y al conocimiento de que Manuel había vuelto a la ciudad esa noche; pero su subconsciente lo obligaba a escuchar palabras clave de vez en cuando.

Viaje.

Cazadores.

Hija.

Usualmente no necesitaba que los recién llegados le contaran cada dificultad que habían pasado para llegar a Santiago, pero por algún motivo nadie quería creer que conseguir la venia del nuevo príncipe fuera tan fácil, así que hablaban, y pedían, y rogaban por su bendición sin escucharlo realmente.

Cuando por fin terminó su historia, recitada en una mezcla de español y creol, el hombre levantó la cabeza por primera vez desde que había comenzado a hablar. Su ansiedad había estado esparciéndose sin control desde que había entrado, perfectamente visible para cada vampiro a veinte metros de él, pero ahora que no quedaba más historia que contar, parecía aliviado por primera vez en muchas noches.

Martín reconocía esa expresión, era la misma que él había puesto hace un año cuando se ofreció a tomar el puesto de Adán. El trato había sido solo por diez años, y una parte de él sinceramente deseaba el poder asociado al puesto, pero en su mayor parte Martín solo había sido capaz de sentir miedo.

Al contar su historia en la corte, ese hombre había lanzado la bola al otro lado de la cancha, y ahora solo quedaba esperar si se la iban a devolver o no. Un proceso que estaba totalmente fuera de su control.

La dicha de no tener que responsabilizarse por su propio fracaso era otra idea con la que Martín podía identificarse fácilmente, aunque eso tenía más sentido para su vida como humano promedio que su vida como príncipe.

Martín inclinó la cabeza, dejando que los fragmentos de la conciencia de Adán dictaran sus movimientos y expresiones, como hacía con cada una de esas reuniones. Él era la estabilidad de Santiago, y a cambio, Santiago se dejaba gobernar.

— Está bien —dijo, intentando absorber cada una de las reacciones a su alrededor sin tener que mirar hacia los pilares.— Podés quedarte en la torre hasta que encontrés un lugar para tu familia. —añadió, sonriendo— Eres bienvenido a mi territorio y lo que encuentres aquí.

— Naturalmente —dijo Itzel, mirando al hombre con los ojos entrecerrados mientras amarraba las cadenas que estaba haciendo con su propio pelo.— La invitación depende de que siga las reglas del territorio, señor…

— Alvela —respondió el extranjero, bajando la cabeza una vez más— Jesús Alvela, señorita.

Martín sonrió, imaginando la expresión conflictuada de Itzel en ese momento, él y toda la corte sabían que siempre le costaba mantener a flote el acto de intimidación cuando los visitantes eran educados. Su vida inmortal había empezado hace muchísimos años, y aún ahora, después de haber aprendido a hablar según lo hacía la gente en la actualidad, y vestirse relativamente moderna, aun le costaba separarse de su educación original.

Al comienzo había sido difícil aceptarla en su corte, tanto por Adán como por él mismo, considerando que de una forma u otra, ambos habían sido testigos (o víctimas) de su traición, pero Manuel abogó por ella, y siendo el único miembro que había participado de una corte real, Martín no había encontrado una buena forma de negarse a tenerla. Itzel era la única que sabía todas las leyes originales de Arthur, y también era la única que conocía los protocolos, aunque Martín nunca le veía el caso a saber esas cosas.

El trato había sido que la iba a destituir luego del primer año si no podía trabajar con ella, pero igual que todos los demás, Itzel se había metido debajo de su piel. Podía ser cruel a veces, podía ser salvaje a veces, pero con el paso de los meses Martín había llegado a la conclusión de que esas cosas eran parte de la mordida, de la mano con el hambre insaciable y la aversión al sol. Más allá de eso estaba la persona que habían sido originalmente, y en el caso de Itzel eso se traducía en un humor tan negro que a veces lo ponía incómodo y una moral inflexible, que muchas veces se oponía a sus deberes dentro de la corte.

Martín había aprendido a acostumbrarse, y Julio, que actualmente ocupaba el pilar de su antigua amiga, estaba claramente fascinado con ella.

Jesús les agradeció varias veces antes de irse, y Martín suspiró, medio irritado de que ese tipo de cosas tuvieran que ser agradecidas. Entendía la importancia de proteger el territorio y sus recursos, pero era una ciudad, y aunque no dudaba que Eliana tenía contactos en el gobierno, él no era quién para prohibir o aceptar la llegada de nadie.

— Díganme que ese era el último —suspiró, intentando no dejarse pensar en lo que lo esperaba fuera de la torre.

A juzgar por la risa de Itzel, y la mueca de Julio, no había sido particularmente exitoso en ese ámbito.

Incluso Giselle, que usualmente trataba de ser la más profesional de la corte, estaba sonriendo cuando se separó de su pilar para entregarle una carpeta negra. Aceptarla había sido parte del trato original con Eliana, pero considerando que uno de sus principales deberes era investigar los casos que le presentaban, Martín no estaba seguro de cuál había sido el ángulo real del clan de Trinidad; y honestamente tampoco quería saberlo. Giselle era amable y tranquila, con la apariencia de una mujer de treinta y más de cincuenta años muerta, así que aún tenía algunas costumbres antiguas, como preocuparse de hacer café para todos antes de comenzar las audiencias y organizar los papeles en códigos de colores que solo ella parecía entender.

Martín no se imaginaba esas reuniones sin ella, de la misma forma que no se imaginaba amenazando a nadie sin Itzel.

— ¿Qué es?

— Una petición para transformar a un humano, príncipe.

Martín cerró la carpeta con un movimiento, y la tiró sobre el escritorio. Ese tipo de peticiones no eran comunes, pero siempre ponían una tensión extraña en su corte. Julio en particular, odiaba la mayoría de esas discusiones, y siempre se oponía activamente a dar el permiso.

Martín no tenía duda alguna de que si fuera por él, no habrían más neófitos en el mundo. Y aunque la mayoría de su corte no compartía ese punto de vista, él sabía que la transformación casi nunca era una experiencia realmente consensual, especialmente con los más antiguos.

Suspiró, enderezando su chaqueta con un tirón.

— Está bien, Giselle, hazlos pasar.

 


 

Ser el príncipe de Santiago significaba muchas cosas, y esas cosas no siempre eran lo que había esperado del título: en el caso de Martín, sus nuevos deberes implicaban un trabajo diario de recibir a otras criaturas y lidiar con sus problemas por horas. Y a veces eso también significaba que no podía ir a cazar, o que terminaba teniendo que pasar el día encerrado dentro de la torre, en vez de pasarlo en el departamento que Sebastián le había arrendado con el dinero que pagaban los clanes por existir dentro de su territorio.

Teniendo eso en cuenta, ser un príncipe era más un trabajo de tiempo completo que una monarquía. Era explicar la mitad de sus decisiones y discutir la otra mitad hasta que estaba harto de lidiar con su propia corte.

Era llegar tarde a su propia reunión, dentro de su propio departamento, con su propio invitado, por haber pasado las últimas tres horas discutiendo el derecho de un inmortal de transformar a una adolescente que estaba dando su consentimiento explícito.

Julio incluso había ofrecido la posibilidad de darle pena de muerte al vampiro, y Martin no necesitaba leer la mente de Itzel y Giselle como para entender que ellas no se opondrían a la idea. Afortunadamente, el resto de su corte era más neutral, y él mismo solía canalizar algo entremedio de Manuel y Adán para lidiar con ese tipo de situaciones, en vez de reaccionar como realmente le gustaría.

Ahora que le tocaba estar de ese lado de las leyes, era fácil entender por qué era necesario controlar cada nueva transformación. Incluso si eso había significado llegar mucho más tarde de lo que esperaba, Martín estaba seguro de que había había cambiado el destino de una vida esa noche.

Y también sabía que su invitado iba a preferirlo así.

Honestamente, más que un invitado o un amigo, Martín quería pensar en él como su novio, pero aún no había tenido oportunidad de hablar con Manuel al respecto. Los primeros tres meses de gobernar Santiago habían sido especialmente difíciles luego de todo lo que Adán había dejado pasar durante su último año en el poder, y luego de eso, Manuel había insistido en volver a su territorio, según decía la sentencia que Adán le dio hace más de una década.

Tres meses en la madriguera, viviendo con Francisca, y un mes en Santiago, repartiéndose entre el bar, su departamento y el de Martín, en un impredecible itinerario que solo Manuel parecía entender; aunque a punta de insistencia y peleas, Martín había logrado obligarlo a prometerle la primera noche de cada viaje, sin importar cuántas horas fueran. A veces Manuel llegaba al alba, echando humo blanco por la piel que dejaba expuesta, y a veces Manuel llegaba a las nueve de la noche, con tanto tiempo de sobra que si Martín lograba volver a tiempo, salían a cazar juntos.

Hoy, por ejemplo, Manuel estaba esperándolo sentado en su sillón de cuero, con una novela en una mano y una taza de té en la otra. Su mochila estaba en el piso, a un costado del sillón, y aún no se había sacado la chaqueta, a pesar de que Martín siempre mantenía encendida la calefacción. Probablemente había llegado lo suficientemente temprano como para ir a cazar juntos, pero Martín se había demorado tanto que la idea ya no tenía sentido a las cinco de la mañana.

Suspiró, tirando su propia chaqueta encima de una silla. Una vez al mes quería volver a tiempo, y esa única vez tenía que tener la noche reservada con problemas de verdad.

— ¿Cómo está la corte? —preguntó Manuel, sonriéndole como si supiera lo que estaba pensando; aunque esta vez Martín estaba seguro de que no era así.

María le había jurado que sus nuevas protecciones iban a mantener sus pensamientos privados, como debían ser, incluso frente a Victoria, así que no había forma en que Manuel pudiera haber pasado la barrera sin que Martín lo notara.

— Bien, Itzel dijo que tenía que llevarte antes de que te vuelvas a escapar —respondió Martín, sonriéndole de vuelta, aunque su versión era considerablemente más maliciosa que la de Manuel.— Dejaste cosas pendientes con los lobos, o algo así.

— No soy de la corte —alegó Manuel, arrugando la nariz.— ¿Por qué tengo que negociar por ustedes?

— Porque te gusta —dijo Martín, quitándole la novela de las manos.— ¿Oh? Pensé que ya habías leído esta —comentó, ojeando la portada antes de dejar el libro en la mesa de centro.— ¿No era que te ofendía?

Martín sonrió, empujando a Manuel para poder sentarse a su lado. No necesitaba hacerlo realmente, había otros sillones, o incluso podría esperar a que el vampiro le hiciera un espacio; pero Manuel nunca se había quejado, no sinceramente al menos, y una vez lograban acomodarse, Martín disfrutaba sentir el frío del cuerpo de Manuel contra su costado.

Luego de consumir a Eliboria y Samuel, su temperatura corporal había bajado mucho más, e incluso estando frente al fuego, nunca subía a más que tibio. No era algo de lo que hablaran seguido, y Martín nunca se había considerado particularmente atraído por las bajas temperaturas, pero había algo íntimo en poder sentir su piel incluso cuando ambos estaban vestidos. Algo a lo que Martín se había acostumbrado bastante rápido, a fin de cuentas, él también había perdido varios grados luego de absorber a Adán.

— Es pésima —dijo Manuel, encogiéndose de hombros.— Esa es la gracia.

— Aceptá que te gustan las novelas de vampiros, boludo —dijo Martín, riendo.— Va a sonar mejor si solo lo decís.

— Tú eres el que las compra —alegó Manuel, poniendo los ojos en blanco, aunque había un poco de rosado en su piel.

Martín se encogió de hombros, pasando su brazo por encima de los hombros de Manuel. Se sentía un poco como un adolescente cuando estaban así, como si nunca hubiera sabido cómo acercarse a alguien antes. Y quizá era un poco cierto, Constanza jamás había rechazado el contacto.

— ¿Qué haces? —preguntó Manuel, mirándolo por el rabillo del ojo. No parecía molesto, y no había intentado quitarse a Martín de encima, pero era difícil estar seguro con él.

La mayoría del tiempo, le parecía que lo hacía a propósito, de hecho.

— Nada —respondió Martín, forzándose a relajar su cuerpo.— ¿Cómo está tu hermana?

—¿De verdad quieres saber de mi hermana ahora?

— Quiero que te relajes. —respondió Martín, apretándole el hombro— No pretendo entenderlo, Manuel, pero hablar de la loca siempre funciona.

Manuel resopló, intentando reprimir la sonrisa en vano.

— Está bien —dijo, encogiéndose de hombros.— Sigue intentando encontrar a la Unión.

— Pensé que íbamos a dejarle eso a los cazadores —respondió Martín, frunciendo el ceño.— Ese fue el trato.

— Si —Manuel se encogió de hombros, apoyando un poco más de su peso en Martín mientras se sacaba las zapatillas.

— Claro —suspiró Martín luego de un rato de silencio. Estaba tentado a decirle a Itzel que se encargara de recordarle el trato a Francisca, pero no podía hacerlo si ella no entraba a Santiago; y todos sabían que Francisca no iba a volver a entrar mientras Martín fuera el príncipe. Ese había sido el trato.— ¿Y Victoria?

— Están peleando de nuevo.

— Tenías razón —dijo Martín— No quiero hablar de tu hermana.

Manuel se rió en silencio, y se separó para acomodarse una vez más, esta vez mirando a Martín.

— Yo tampoco.

Estaba sonriendo, aunque era algo sútil, apenas lo suficientemente presente como para ser visto; y considerando que era Manuel, Martín estaba seguro de que él quería que lo notara. La sonrisa, como la cercanía y la novela, eran para su beneficio.

El vampiro se inclinó hacia él, y Martín siguió su ejemplo, encontrándose a medio camino. Su boca era probablemente una de las partes menos frías en su cuerpo, y aún así se sentía como hielo cuando se besaron.

No era la primera vez que lo hacían, pero después de todo un mes sin verse, parecía una novedad tener la oportunidad de apretar su muslo por encima de los jeans o enredar sus dedos en su pelo. Martín empujó a Manuel contra su cuerpo, y se echó hacia atrás, apoyando la espalda en el brazo del sillón. No era ideal, y sentir el borde del mueble presionando a la mitad de su espalda dolía un poco, pero ese tipo detalles nunca parecían realmente importantes durante las primeras horas de sus reuniones.

Martín pretendía tener días para sentarse a tomar té al borde de la cama, horas para arrastrar a Manuel al cine y dejarse arrastrar a cazar más tarde; pero eso sería después. Por ahora, bastaba con el contacto, y el reforzamiento de que por fin había empezado el mes.

 


 

La tercera noche en Santiago, Manuel lo llevó al bar. La verdad es que usualmente iba por su cuenta todos los domingos, cuando suponía que la mayoría de los clientes se habían ido; pero había algo nostálgico en la idea de ir acompañado cualquier otro día de la semana. Algo que le hacía pensar en peligro, e irritaba a la parte de su mente que aún mantenía conexión con el eco del alma de Adán.

Era viernes, así que el local estaba lleno de criaturas y humanos, en la puerta, en las mesas, en la barra, todos los recovecos estaban ocupados con algo o alguien a esa hora, y para su eterna incomodidad (y placer, si era completamente honesto) varios de ellos lo habían reconocido apenas había entrado.

Manuel lo miró con una ceja enarcada la tercera vez que uno de los clientes bajó bruscamente la cabeza luego de que Martín mirara en su dirección.

— Ya no podemos salir juntos —comentó Manuel, sin dejar de caminar.

Martín se quedó quieto unos segundos, intentando decidir a qué se refería con ese «salir». No habían hablado de ser novios, aún ni siquiera habían hablado de lo que pretendían de los próximos días, así que estaba bastante seguro de que Manuel estaba siendo literal cuando hablaba de no poder salir con él.

— ¿Qué significa eso? —preguntó, apurándose para alcanzarlo.

— Eres muy notorio —dijo Manuel, encogiéndose de hombros. Su voz sonaba a risa, pero su cara seguía perfectamente seria cuando se sentaron en la barra.

— ¡Todos te conocen, boludo! Y es desde antes —alegó, haciendo una mueca.— No podés decir que solo soy yo.

— Es malo para tu reputación —dijo Manuel, gesticulando con una mano hacia la habitación.— ¿Qué van a decir de ti?

— No sé ¿qué decían de Arthur? —preguntó Martín, aunque apenas terminó de pronunciar el nombre supo que había pasado a llevar otra de las líneas invisibles entre su vida actual y un pasado que no le correspondía tener.

Manuel se quedó callado, no estaba realmente molesto o sorprendido, pero sus ojos habían tomado esa apariencia distante que tenían a veces cuando estaba incómodo.

— Muchas cosas —dijo Manuel, desviando la mirada hacia el otro lado de la barra.

Miguel estaba ocupado sirviendo algo, pero les sonrió, haciendo un gesto con la mano libre antes de volver su atención a la copa que estaba sirviendo. Un poco más allá, Catalina estaba tomando la orden del Aquelarre, que parecía haber crecido en los últimos meses.

Martín miró a Manuel, esperando que el vampiro volviera a prestarle atención, pero sabía que iba a pasar un rato antes de que el recuerdo de Arthur y Adán terminara de desaparecer.

No era la primera vez que Martín mencionaba al primer príncipe de Santiago desde que se había unido a Adán, de muchas formas, hablar de él era un reflejo, como mover la pierna cuando le pegaban en la rodilla, o cerrar los ojos si algo se acercaba rápido a su cara. Los recuerdos de Adán eran un pozo n un pozo en su cerebro, y había palabras, situaciones, incluso sensaciones que hacían burbujear las imágenes e incluso los pensamientos. A veces soñaba con él y Lucía, y aunque no podían hablar, no literalmente al menos, ambos vampiros encontraban formas de comunicarse con él. Ella le daba visiones, y él lo hacía revivir escenas de su día, o de su pasado. A veces, cuando Martín consumía mucha sangre fresca, Adán tenía la capacidad de aparecer un tablero de damas en su mente, y jugaban hasta que Martín volvía a despertar.

No le molestaba vivir así cuando Manuel no estaba en la capital, a fin de cuentas, tanto Adán como Lucía pasaban la mayor parte del tiempo escondidos en sensaciones, más que en pensamientos concretos, pero cuando Manuel estaba ahí, Martín podía sentirlos acercándose al límite de su consciente, ebullendo en ideas y recuerdos que no le pertenecían.

Y aún así, Martín quería sentarse a hablar de su relación y pedirle que se quedara a vivir con él en Santiago.

Resopló una risa sarcástica, apoyando ambos codos en la superficie de la barra. Vivir juntos sería caótico. Martín ni siquiera estaba seguro de que su cerebro pudiera soportar tanta interferencia en su subconsciente, y aún así, no había nada que quisiera más que convencerlo de quedarse más de un mes.

— Lo siento —suspiró Manuel, pasándose ambas manos por la cara.

— ¿Qué?

— Lo siento —repitió Manuel, entrecerrando los ojos. Estaba molesto, Martín no necesitaba que nadie se lo dijera, pero la mezcla de las disculpas y su irritación parecía tan sin sentido que no estaba seguro de cómo responderle.

— Ya sé que no te gusta hablar de Arthur.

— No es eso.

— Boludo, hacés esto cada vez que lo menciono —respondió Martín, cruzándose de brazos. Ahora él también estaba irritado— Está bien, lo entiendo. No me gustaría que te pusieras a hablar de la Coni cuando por fin nos juntamos.

— No sé quién es.

Catalina llegó justo a tiempo para interrumpir la respuesta de Martín, y con ella, venía Miguel, cargando un plato de papas fritas para él, y una taza de té para Manuel. No sabía si alguno de ellos había notado el ambiente, pero como nadie dijo nada, Martín se permitió olvidarlo entre preguntas y respuestas sobre Julio en la corte, María negociando una forma oficial de importar plantas y criaturas mágicas a Santiago y el entrenamiento de Sebastián con los cazadores de Luciano.

Era una versión de sus conversaciones de los domingos, con la única excepción de que mientras él hablaba a viva voz sobre las anécdotas que había podido arrancarle a Sebastián, Manuel mantenía una conversación en susurros con Catalina.

Martín lo vio pasar un sobre dentro de una bolsa plástica, y luego pretender que no había pasado nada cuando Miguel dirigió la conversación hacia él, preguntándole, cómo hacía la mayoría de las personas que lo conocían hoy en día, por su hermana y su mentora.

Cuando se fueron, a eso de las cuatro de la mañana, el recuerdo de su llegada al bar no era más que una idea distante de todo lo que estaban intentando evitar ahora que ninguno de sus seres queridos estaba arriesgando su vida. Era la sensación de que aún había piezas demasiado deformes como para encajar perfectamente en la vida del otro.

— Me arrepiento de haberte dejado solo —comentó Manuel de pronto.

Estaban caminando hacia el departamento de Martín, y gracias a la hora, las calles estaban prácticamente vacías. En ese momento, Santiago era un mundo solo para ellos dos, y Martín casi estaba arrepentido de saber que eso se iba a ir cuando volvieran a tomar el tema.

Quería decirle que no era necesario hablarlo, que podían tomarse de la mano y tener la aproximación más cercana que pudieran al sexo cuando estuvieran en su departamento, pero dudaba que Manuel fuese a aceptar esa opción.

Él mismo no estaba realmente seguro de querer aceptarla, ahora que la había pensado.

— ¿Cuándo?

— Cuando te comiste a Adán —respondió Manuel, subiendo la mirada al cielo.— No es que me moleste hablar de Arthur, Martín, es que cuando lo haces sé que es Adán. Y me… Es complicado.

— No puede hablar por mi. —alegó Martín.— Vos sabés.

Manuel suspiró, asintiendo.

— Por eso —dijo, mirándolo.— No debí dejarte solo.

Martín se encogió de hombros, sonriendo de lado. Quizá en otro momento habría estado molesto, al menos irritado por lo poco que esa disculpa podía hacer por él ahora que Adán y Lucía existían dentro de su propia alma.

En otro momento, podría haberle preguntado a Manuel si se arrepentía de haber consumido a Samuel y Eliboria tanto como se arrepentía de haberlo dejado dar un salto de varias décadas en su vida como inmortal.

Una noche tenía menos de uno, y a la siguiente tenía un poco menos que cien. La diferencia entre ellos todavía era considerable, pero Martín entendía el punto de Francisca cuando pensaba en lo mucho que había cambiado su vida luego de haberse unido a Adán.

— Todavía lo hacés —dijo Martín, alzando las cejas.— ¿En cuántos días te devuelves a la madriguera?

— No es lo mismo.

Martín avanzó hacia él, y tomó su mano derecha, apretando los dedos con más fuerza de la necesaria. Esperaba que Manuel se moviera, que intentara apartarse o que se acercara, pero el vampiro no hizo nada más que mirarlo, expectante.

— Quédate —dijo, acercándose hasta que sus narices quedaron a menos de un centímetro de distancia.

— Martín —suspiró el vampiro, desviando la mirada con una mueca en los labios.

Esta vez si intentó alejarse, pero Martín siguió el movimiento, tirando de su mano.

— Quiero hablar de esto —dijo, resistiendo a duras penas el impulso de meterse en la mente de Manuel.— Quiero que me digás por qué te vas. Me hiciste tu príncipe, boludo. Puedo hablar con Eliana, puedo cambiar la sentencia. Solo tenés que querer que lo haga.

Manuel cerró los ojos, inspirando con un pequeño temblor, como si se estuviese forzando a hacerlo.

— No va a funcionar.

— ¿Crees que no puedo hacerlo? —preguntó Martín, frunciendo el ceño.— Ya hablé con Eliana, Manuel, hemos hablado desde que te fuiste por primera vez. Itzel dice que estoy en todo mi derecho de…

— Si sé, sí sé —interrumpió, abriendo los ojos. Sus pupilas se habían dilatado hasta dejar solo un anillo de café en torno al negro.— Pero ya no es como antes. No soy como antes. —dijo, apuntando a su propio pecho con la mano que aún tenía libre.— No sé si puedo quedarme aquí, hueón. No sé si voy a perder el control y comerme a otro vampiro. Allá no importa, Francisca y Victoria son mucho más fuertes, pero acá… No sé.

Manuel cerró los ojos de nuevo, rechinando los dientes antes de volver a hablar, claramente conflictuado con su propia demostración.

— No sé si voy a matarte por accidente.

— No vas a hacerlo —murmuró Martín, tomando su otra mano.

Manuel bufó, sonriendo apenas. Sus ojos habían vuelto a la normalidad, pero Martín todavía podía ver un eco del conflicto dentro de su mente.

— No seas estúpido —dijo Manuel, apretándole la mano.

— Soy el príncipe, Manuel —dijo Martín, ofreciéndole una sonrisa llena de dientes.— No puedo ser estúpido.

El resto del camino fue un ir y venir de silencios placenteros y comentarios inconexos. Fue llegar sintiendo que había hecho mucho, y que al mismo tiempo no había hecho nada para convencerlo de quedarse con él.

 


 

 

Victoria apareció en la torre durante una audiencia. Martín estaba tentado a hacer que la sacaran, a fin de cuentas, él era la máxima autoridad del territorio, y ella era solo una extranjera en ese contexto, pero aún tenía un sentido de la supervivencia, y sabía que si había algo suficientemente importante como para hacerla dejar a Francisca, entonces era algo lo suficientemente irritante como para volverla peligrosa.

— ¿Qué pasó ahora? —preguntó Martín, intentando disimular la irritación.

Esa noche Manuel se había ido del departamento antes de que despertara, y su humor había ido en un espiral hacia abajo desde entonces. Llevaba tres audiencias de casi dos horas cada una, y aún le faltaban otras cinco antes de poder ir a cazar; y lo último que quería era un desastre externo.

— No sé dónde está Manuel —siseó Victoria, arrugando los labios y la nariz.

— Únete al club —respondió Martín, incapaz de disimular la irritación que sentía al respecto.

No es que necesitara saberlo, pero una nota de vez en cuando habría hecho maravillas por su humor, sobretodo después de la conversación que habían tenido la noche anterior.

Victoria lo miró confundida por unos segundos antes de decidir que no necesitaba entenderlo.

— Está bien —dijo, dejando una bolsa de tela sobre el escritorio de Martín.— Dile que voy a viajar. Ahí están las llaves de la madriguera.

— Espera, espera ¿Qué?

— Francisca se fue esta mañana —dijo Victoria, entrecerrando los ojos.— Voy a ir a buscarla.

Martín la vio darse vuelta y caminar a zancadas hacia la puerta, pero alcanzó a reaccionar justo a tiempo para detenerla fuera de la habitación.

— ¿Qué pasó?

Victoria lo miró, luego miró hacia las puertas del salón y finalmente hacia sus propias manos.

— La Unión absorbió algo grande anoche —dijo, frunciendo el ceño.— No sé cómo, ni por qué, pero aparentemente puede sentirlos cuando pasan cosas grandes.

— ¿Crees que Manuel…?

— No me extrañaría —resopló, sonriendo sin humor.— Le dije que no íbamos a seguir el trabajo, que el consejo de antiguos nos estaba usando nada más, pero es como si fuera incapaz de olvidarlo. Un momento estamos bien, hablando de vivir en Concepción, y al siguiente está hablando de ir a cazarlos a Perú.

— Manuel me dijo que se habían peleado —comentó Martín, frunciendo el ceño.

Victoria desvió la mirada. Era difícil de notar, pero había un tono sonrosado en sus pómulos, marcando el blanco de su piel con una gota más de color.

Se veía como una estatua pintada.

— Hemos tenido décadas mejores —admitió, subiendo los hombros.— Pero no voy a dejar que la maten por eso. No estoy lista para dejarla morir.

— Deberías decírselo. —comentó, forzándose a ignorar su propia hipocresía.

Victoria se despidió de él con una media sonrisa, y la promesa de que no iba a volver a su territorio por varios meses.

El resto del día se fue en una serie de conversaciones que no escuchó realmente, hasta que Itzel perdió la paciencia y pidió posponer el resto de las audiencias.

Usualmente eso hubiera significado un mar de quejas por parte de Giselle, pero cuando Martín preguntó por la opinión del resto de la corte, incluso ella parecía estar de acuerdo con que no valía la pena seguir pretendiendo.

Parte de él quería decir que no sabía cuál era el problema, que de pronto no podía concentrarse y no tenía una explicación: quizá era cansancio, quizá era el hambre, quizá era el hecho de que tenía mejores cosas que hacer con su eternidad que escuchar las quejas de otros. Había suficientes opciones como para elegir, sin embargo, la ansiedad que estaba acumulando en su estómago no tenía nada que ver con ellas.

Sabía, de la misma forma que en que sabía que el sol salía todas las mañanas o que el agua del mar siempre estaba helada en esa parte del mundo; sabía que Francisca no se iría sin hablar con Manuel antes. Podría haber sido por celular, o en persona, pero tenía que haber pasado en algún momento,y a menos de que hubiera sido un plan desde hace meses, probablemente pasaría pronto.

Quizá ya había pasado.

No estaba orgulloso de admitirlo pero prácticamente corrió de regreso a su departamento, imaginando todo lo que podía y no podía hacer para saber si Francisca estaba en Santiago. Tomó las escaleras en vez del ascensor, repitiendose todo el tiempo que Manuel probablemente no iba a estar ahí, y cuando abrió la puerta y lo encontró sentado en el sillón, con una taza en una mano y un libro en la otra, no pensó siquiera en contener el suspiro de alivio que salió de su boca.

Manuel lo miró con los ojos entrecerrados, probablemente por la hora, aunque considerando lo perceptivo que podía llegar a ser, no le habría extrañado descubrir que había otros motivos. Quizá ya sabía todo lo que había pasado. Quizá sabía cosas que Martín aún no sabía, de hecho.

Había mil motivos para desconfiar el uno del otro, como siempre.

—  ¿Qué hacés acá? —preguntó en una sola respiración.

— ¿No debería estar acá? —dijo Manuel, frunciendo el ceño.— Me pediste que me quedara.

— Si. No. No sé Manuel, vos te fuiste sin avisar. Y Victoria vino a la corte —

Las palabras parecían estar escapando de él a tirones, unas encima de las otras.— Francisca dejó tu territorio.

Manuel lo miró en silencio por unos segundos, y luego suspiró, inclinándose a dejar la taza y el libro en la mesa. Luego se volvió a sentar derecho, mirándolo con una seriedad solemne que Martín no había visto en varios meses.

— Lo sé —respondió, asintiendo.— Me lo dijo.

— ¿Está aquí?

— ¿En tu departamento?

— ¡Vos sabés a lo que me refiero!

Manuel suspiró.

— No —dijo, encogiéndose de hombros.— Fue en la frontera.

— ¿Cuándo?

— Hoy.

Martín entrecerró los ojos, resistiendo la urgencia de cruzarse de brazos y levantar el mentón, como quería. No iba a demostrarle nada con su cuerpo, no hasta que supiera realmente qué es lo que estaba pasando por la mente del otro vampiro.

— ¿Qué pasa? —preguntó Manuel, levantándose.— No rompimos tus reglas.

— ¿Por qué no fuiste con ella?

Manuel pestañeó, una, dos veces, echando el cuerpo hacia atrás en un gesto tan mínimo que si no hubiera estado buscando la reacción, Martín probablemente no lo habría visto. No había tenido muchas ocasiones de tomar a Manuel por sorpresa desde que se habían conocido, y ahora que lo había hecho, no estaba seguro de estar satisfecho con la situación.

— ¿Por qué...? —preguntó Manuel, frunciendo el ceño.— ¿Por eso estás tan enojado?

— No estoy enojado.

Manuel resopló una risa irónica, mirándolo con ambas cejas alzadas.

— ¿En serio?

— Cállate —siseó Martín, enseñando los colmillos en un gesto que había aprendido sin querer del resto de los vampiros en su corte.— ¿Por qué no fuiste con ella? Va a ir a cazar a la Unión.

— ¿Cómo lo sabes?

— ¿Qué importa?

Manuel suspiró, pasándose una mano por la cara y el pelo. Pensó en ir hacia él, pero no estaba seguro de qué iba a hacer cuando lo tuviera al alcance de sus manos: ¿Besarlo? ¿Gritarle? ¿Tirarse a pelear con la vaga idea de golpear respuestas fuera de su cuerpo? No tenía la más mínima idea.

— Olvídalo —gruñó, moviéndose a pisotones hacia la cocina. Necesitaba ocupar sus manos en algo, y quizá tener tiempo de olvidar el tema.

Manuel no se había ido, de muchas maneras, eso debería haber sido suficiente para él. No estaban saliendo, ni siquiera estaban viviendo en la misma región, de hecho ¿Quién era él para ofenderse por lo que tramara con Francisca?

En su cabeza, Adán, que debería haber sido el primero en reaccionar a la mención de sus aliados, estaba sospechosamente ausente. Martín era puramente Martín en ese instante, y había pasado tanto tiempo desde la última vez que la sensación era desconcertante.

— Me pediste que me quedara —dijo Manuel desde el marco de la puerta. Sonaba irritado, pero no lo suficientemente molesto como para alzar la voz— Eso hice.

— ¿Por qué?

— ¿Qué?

— ¿Por qué me hiciste caso ahora si nunca lo hacés?

Manuel se cruzó de brazos, apoyando su peso en la puerta. Le recordaba un poco a la primera noche que habían pasado en la madriguera, Manuel había parecido tan adecuado para ese lugar entonces, completamente solo en medio del bosque, como si hubiese sido un monstruo de cuento, incapaz de existir en el mundo real.

Nunca se le había ocurrido preguntar si Manuel también pensaba así.

— No lo sé —respondió, claramente frustrado con la situación.— Estoy acá ¿qué más quieres?

En su cabeza, Martín escuchó su propia voz diciendo: «Todo», no era Adán, y ciertamente no era Lucía, era él, pensando en todas las maneras en que podría consumir la vida de Manuel si el vampiro lo dejara.

Parte de él quería morderlo, parte de él quería llevarlo a pasear por las calles de Argentina, a conocer a su madre, quizá.

Parte de él quería tener sexo, como cuando aún estaba vivo, y conectarse con él de una forma humana, una forma que Manuel no había permitido hasta el momento.

Y otra parte de él, la parte más tranquila, quería que ambos quisieran lo mismo.

— ¿Qué querés vos?

El silencio se alargó tanto que Martín, que hasta ese entonces le había dado la espalda durante toda la conversación, se dio vuelta a mirarlo. Manuel lo estaba mirando fijamente, pero sus pupilas estaban dilatadas, y sus colmillos estaban sobresaliendo entre sus labios.

— Nada —mintió, apretando las manos contra sus propios brazos hasta que los nudillos se veían completamente blancos en medio del color crema de su piel.

— ¿Manuel?

El vampiro cerró los ojos con fuerza.

— No te tengo miedo. —dijo Martín, dando un paso hacia él.

Manuel soltó una risa que no lo parecía, algo entremedio de un bufido y un jadeo. No le creía, o si le creía y pensaba que estaba siendo estúpido, Martín lo había visto antes.

La única diferencia,quizá, es que nunca antes había estado de acuerdo con Manuel.

— Voy a ir hacia allá. —dijo, asegurándose de que cada uno de sus pasos hiciera un ruido. Lento, con una mano a medio estirar, como si se estuviera acercando a un animal salvaje.

— Martín.

— Voy a tocarte —susurró, apenas poniendo los dedos sobre los nudillos de su mano derecha.

Manuel abrió los ojos, y Martín vio sus pupilas contraerse y expandirse, una y otra vez. A veces eran el tono de la tierra en el bosque, café oscuro con algunas líneas más claras; y otras veces eran completamente negros, brillantes como los de una bestia.

— No te tengo miedo —repitió, casi sin voz, aunque no estaba tan seguro si se lo estaba diciendo a Manuel o a sí mismo.

— Yo si. —susurró, apenas audible.

Martín sonrió apenas. Su respiración parecía más ruidosa que la voz de Manuel en ese momento, y él se sentía como un humano por primera vez desde que había absorbido a Adán.

— Quédate en Santiago. —murmuró, apretando la mano de Manuel.— Acá. Conmigo.

Manuel suspiró, dejando caer sus brazos.

— Tres meses más —murmuró, mirándolo de frente. Sus colmillos se habían ocultado, y sus ojos parecían normales una vez más, pero había algo detrás, una emoción salvaje, demasiado cruda como para entenderla desde afuera.

Quizá era Eliboria, o Samuel, o todos los fragmentos de vampiros que habían sido consumidos por la Unión, amontonándose en las esquinas de la conciencia de Manuel, peleando por el protagonismo; pero Martín no creía que fuera el caso. Esa emoción era Manuel, la fracción que aún seguía viva, humana, dentro de su cabeza.

Lo reconocía de cuando se miraba al espejo, frustrado, asustado, ansioso de poder comenzar a escribir sus propias reglas en los márgenes de su historia.

— ¿Y después?

— Voy a volver.

 


 

 

Martín tiró de su pelo, una, dos, tres veces, antes de que el vampiro se separara de su cuello, jadeando. Él mismo no estaba mucho mejor, su respiración era pesada, extremadamente ruidosa en sus propios oídos, y sus pantalones se sentían demasiado estrechos, pero le había jurado a Manuel que podía controlarse -y controlarlo- durante el experimento, y estaba decidido a cumplir con su palabra.

A fin de cuentas, habían sido meses tratando de convencerlo. Meses insistiendo que si Manuel necesitaba sangre de otros vampiros, él podía dársela sin problemas. Meses jurandole que él también quería morderlo.

Martín sabía perfectamente bien que Manuel no le creía, incluso luego de que lo había obligado a entrar en su mente y ver algunos de los pensamientos más extremos que había tenido durante los últimos meses de vivir juntos. Para él, la mordida era una forma de atacar, siempre lo había sido: era un sinónimo de muerte y hambre.

De la Unión, y Adán, y todo lo que había pasado entremedio.

Pero incluso cuando intentaba suprimir el deseo, estaba ahí, apareciendo y desapareciendo detrás de sus miradas y sus acciones. Martín lo sabía, él mismo podía sentirlo cada vez que llegaba a su departamento y encontraba a Manuel esperándolo.

No necesitaba la sangre de otro vampiro, no como Manuel al menos, pero la quería.

María había hecho cadenas para esto, Martín se las había pedido en secreto varios meses antes de que Manuel dijera que sí. Ella le había pedido un pago de favores, cada uno más extraño que el anterior, pero él aceptó las consecuencias a cambio de que lo dejara verla tejer. Esas cadenas, hechas de hebras de cabello y plata, estaban enredadas en un patrón en torno a los brazos y las piernas de Manuel, incapacitándolo a hacer mucho más que gruñir e inclinar su torso hacia la herida que había dejado en el hombro de Martín.

— ¿Qué viste? —preguntó, mirando con atención los cambios en la cara de Manuel.

De bestia a hombre, de hombre a bestia, una y otra vez hasta que finalmente ganaba alguno de los dos.

Martín podía sentirlo reflejándose en su propia mente, tiñendo sus pensamientos con ideas y sensaciones ajenas. Era muchísimo más intenso de lo que esperaba.

Quería morder a Manuel de nuevo, quería que Manuel lo mordiera a él.

— La noche que Francisca se fue —siseó Manuel luego de un rato, cerrando los ojos.— ¿Tú?

— La noche que Francisca se fue —confirmó, sonriendo apenas. La herida en su hombro estaba hormigueando, y sus sentidos parecían tres veces más fuertes, cubriendo todo a su alrededor.— ¿Querés seguir?

— No —mintió Manuel, cerrando los ojos.

— ¿Me sientes? —preguntó Martín, con la voz reducida a un susurro ronco.

Manuel parecía estar quieto, pero sus brazos y sus piernas se estaban moviendo, temblando apenas en un intento por romper las cadenas de María.

— Sí —gruñó, mirándolo.— Es terrible —añadió, con los inicios de una sonrisa curvando sus labios.

Martín se río, apoyando la boca contra el punto que había mordido hace apenas unos segundos. A diferencia de su propia herida, la piel de Manuel se había cerrado casi de inmediato, dejando solo un rastro de sangre seca detrás.

La sensación de su poder era cálida, como una tina de agua hirviendo en su estómago, lista para quemarlo si no tenía cuidado.

— Está bien —dijo, cerrando los ojos.— Podemos seguir experimentando hasta que te acostumbres.

Manuel se rió, y Martín volvió a morderlo, exáctamente en el mismo lugar.

El mundo se volvió rojo, negro, y finalmente blanco, antes de que las visiones volvieran a comenzar.