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Un lobo malo que corría junto a la tormenta

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1

 Una estrella dorada

 

Y el Doctor supo que allí estaba de nuevo estaba allí cuando los ojos de Clara parpadearon con confusión ante algo tras él. No había pasado en mucho tiempo, quizás, si su memoria de viejo no fallaba (¡Y por Raissilon, tenía un poco más de dos años de recuerdos!) La primera persona que había tenido justamente esa mirada había sido Susan cuando había tenido subido a la TARDIS, luego no tuvo esa mirada hasta Ace, el infame Capitán Jack Harknees, Donna, su mejor amiga Donna Noble y mucho tiempo después, Rory el romano.

Nunca pregunté, siempre se hizo el desentendido, aun cuando esa cosa era la primera que sorprendió a dichos compañeros y no el tamaño interior de la TARDIS. Pero se negaba a pensar que eran fantasma (cosas absurdas de los seres humanos) aunque a su edad admitía que durante un largo tiempo dicho pensamiento estuvo revolucionado entre sus pensamientos.

Porque cuando estaba solo ... fuera del familiar y cálido murmullo de la TARDIS en la parte posterior de sus cerebros, había otra cosa allí, y sí, dicha sensación se había vuelto peor luego de regenerarse.

—¿Clara?

Sus ojos parpadearon, y fueron de nuevo a él.

—¿Dónde estuvimos?

—Prometiste no hacer preguntas, doctor.

Cierto, lo hizo, pero entonces ¿Qué había tomado su atención? ¿Qué era eso, por amor a la cordura, qué llamaba la atención de sus compañeros tan mal?

Aclaro su garganta, giro sobre sus talones y pasando las manos por la consola, tratando que era el momento de hacer la pregunta que llevaron tanto tiempo corroyéndolo: —Clara, ¿qué ves?

No vio a su compañera, pero base al sonido casi ahogado que hizo supo que esta se había sorprendido, y súbitamente, ese murmullo invasor se volvió un manifestante, golpeando ... no, no golpeando, acariciando su psicología, con un calor tan familiar pero que a la vez no recordaba de dónde o quién.

—Y-yo no estoy seguro de que es lo que veo, doctor. - Oswin admitió, y era sincera. Él lo sabía.

—Descríbelo lo mejor que puedas, Clara — presiono, y el murmullo se trasladó a sus hombros tensos, con un nuevo mandato, lo que era… calmarlo. Él ni había notado su cuerpo rígido.

Bajo una palanca sin ver, tal vez luego recordaría cual, y los motores de la TARDIS se silenciaron, giro de nuevo, y recostó su espalda de la consola, mirando a Clara, quien estaba mirando un punto tras su hombro derecho, ya él demasiado rápido .

Él obligo a sus dos corazones dejar de galopar furiosos contra su pecho, mantener la calma que no se enfrentan. Porque eso es ser algo realmente impresionante para quitarle la calma a Clara.

Es aspiro y trago audible, ojos castaños los miraron especificados antes de hablar: - Es brillante, completamente dorado y por lo menos de mi altura, pero ... no tiene cara o forma ... solo es una luz. Como una estrella. - Bien, él ahora tenía una estrella imaginaria en su TARDIS. ¿Por qué no la puedes ver, doctor?

Con el ceño fruncido, Clara había disparado de manera similar a la pregunta y él… realmente no tenía otra cosa que respondiera más que con la verdad: - Sinceramente no sé, siempre ha estado aquí, Clara, pocos de mis viejos compañeros la han visto, y fuera de eso ... —echo la mirada por encima de su hombro al espacio vacío, y volvió a mirar a Clara. No veo nada, los escáneres de la TARDIS nunca me han mostrado si quieren si existe o es ... —fue interrumpido por Clara.

—Ohh, claro que existe, doctor y está tomando forma.

Sacudió su cabeza aturdido. —Espera, ¿qué? ¿Qué ves?

Clara tardo unos segundos mientras su cara se transforma en una mueca de concentración hasta volverse una completamente de sorpresa. Volvió a mirar por encima de su hombro, nada, el espacio seguido vacía, pero el murmullo se había vuelto más demandante, lo que presionó y quemó fuera de la consola, alejándose a regañadientes se posicionó a un lado de Clara.

—Una mujer. —Ella susurro, y él estuvo a punto de perderlo si no fuera por su ubicación actual.

El desconcierto barrio por todo su sistema. ¿Mujer? Había esperado todo, incluso un Dalek, menos una mujer. Mujer.
—¿Cómo es la mujer, Clara?

Su compañera seguía en trance cuando respondió: —Rubia, muy dorada y ella esta tan triste, doctor. Pero sonríe ... —Clara parpadeo y giro de la cabeza, clavando sus ojos castaños sospechosamente húmedos en él. —Te sonríe, y me pide que no te diga nada.

Estaba perdiendo los estribos y colapso en el momento en que el-ahora-familiar-y-dorado murmullo lo toco, no en los hombros como previamente, o en su cabeza, no, en su pecho, justo en medio de sus dos corazones.

¿¡QUÉ ERES !? —Grito al espacio sacudiéndose la sacudida que hizo que un nudo se formara en su garganta. Esta regeneración no estaba para sentimentalismo. Clara saltó y lo tomo de su brazo izquierdo con un agarre feroz.

¿Qué diablos haces, doctor? Siseo. Él la miro sin entender.

—Algo ha estado quién sabe cuánto tiempo en mi nave, Clara, tal vez no sea una amenaza, pero en mis años, algo así, qué tal sí tiene oculto de los sistemas de la TARDIS, no puede ser algo bueno. —Sus dientes se apretaron juntos y miro a todas las direcciones.

Clara lo miro como si hubiera perdido la cabeza, y tal vez estaba en lo cierto.

—Ella no quiere hacerte daño, Doctor, ella solo quiere… —Una alarma salto, y tanto el Doctor como Clara, el primero con claro horror y la segunda con sorpresa como los botones, palancas, pantallas y absolutamente toda la TARDIS, incluidos los motores, volvían a la vida. Una de las pantallas, alcanzo ver el Doctor antes de ser batido hacia una de las sillas con furia, mostraba coordenadas.

La TARDIS estaba siendo dirigida por una mujer, por algo que no había tenido catalogar, y por un momento grabado: una vieja, pero muy vieja aventura, que incluía a los estanques, un meteorito ven TARDIS'S, y la conciencia de su vieja máquina estando el cuerpo de un humano; el pánico lo asalto, pero el murmullo, la fuerza invisible lo empujo de nuevo hacia la silla y Clara quien seguía en su lugar, con su cuerpo completamente inmóvil, lo miro, impotente.

—¡Y dados que no quiere hacer daño! —No pudo evitar el sarcasmo goteara con su acento mucho más espeso ahora. La expresión de Clara ahora era de una disculpa total y eso no hizo que se sintiera mejor.

—Ella solo está evitando que haya algo… —no pareció encontrar las palabras hasta que viola otro, sorpresa, punto vacío cerca de él; —Estúpido.

Ahora estaba exasperado y hablo al aire. ¿Estúpido? ¡Tú, cosa invisible! ¡Has tomado el control de mi nave! ¡Tú eres estúpido! —Su cuerpo inmovilizado contra el sillón comenzó a tensarse contra este, y antes de volver a insultar a esa fuerza, la TARDIS aterrizo.

De una manera tan sutil como si fuera sido manejado por River, pero era imposible. Lo sabía Ahora más que nunca al sentir su cuerpo libre por la presión, caminar hasta la consola y observar en la pantalla su ubicación actual.

Sus corazones se habían parado, su mente nunca en blanco quedo en la absoluta nada. Dos palabras estaban en la pantalla.
Tras él, Clara había suspirado al tener su movilidad y con un susurro, como si fuera un secreto. —Ella dice que la TARDIS nunca dejaría que tome el control de esa menara al menos que esta estaría de acuerdo en llevarte al lugar que ...

—Necesito ir. —Termino por Clara. Y sus corazones aún no habían empezado a latir, y su mente seguía nadando concentrada ahora solo en dos palabras.

 

Lobo Malo

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Recordó la última vez que lo vio, al menos cuando aún pensaba que era humana. Su Doctor de ojos castaños y sonrisa de mil volteos, luego de esa despedida en aquella playa en noruega, tuve la leve sensación de que no era el final aun cuando tenía a John a su lado, su querido esposo mitad humano, mitad Señor del Tiempo. Había sido un comienzo duro, no tan fácil ni tan feliz, John la espero durante dos años enteros luego de ese beso en la playa.

 

        Admitía que había estado amargada durante meses, veía a John y solo estaba el recuerdo del hombre que la había abandonado. Él hombre que una vez más no le había dado opción, ni a ella ni a su meta-crisis.

 

        Y John… su querido, maravilloso, hermoso hombre había sido interesante conocer luego de que la amargura se fuera. Había sido el Doctor, pero al mismo tiempo no lo era, durante interminables citas, y sí, hubo montones de citas, discutieron su parecido a Donna.

 

        Él lo negaba, pero ella se divertía viéndolo soltar uno que otro chillido agudo, que él negaba con creces que era de su compañera pelirroja. Ella aprendió amarlo de nuevo, y allí fue cuando se dio cuenta que no necesitaba miles de años y dos corazones para amar a dos hombres diferentes.

 

        Porque lo eran. Con el tiempo, una vez que su relación se estableció, se casaron, pero Rose Tyler nunca dejo de ser Rose Tyler, John alegaba que era porque un héroe nunca tenía que cambiar su nombre.

 

        Ella dejo de recordarle que ya no era un héroe. Trabajaron juntos, hombro a hombro en Torchwood, porque sin importar que fuera mitad humano, John seguía siendo el Doctor y sus palabras siempre serían: Más de 900 años de inteligencia, Rose.

 

        Y ahí fue que se enteró que el Doctor hacía mucho tiempo (quizás desde su sexta u octava regeneración) había olvidado su edad. Rose duro solo unos minutos en shock antes de procesarlo y reír durante horas.

 

        Su John había dicho que no era divertido. Ella había pensado que solo era senil, y horas después de esa discusión realmente habían pasado la noche haciendo cosas mucho más interesantes que hablar de la verdadera edad del Doctor.

 

        Solo fueron meses después de esa conversación, casi cinco años viviendo en el Mundo de Pete, y un año de casados que John le había dicho su verdadero nombre, el verdadero nombre del Doctor.

 

        ¿Y luego de eso? Solo vinieron historias, miles de historias que Rose se encargó de preservar a fuego en su memoria. Sus días en la academia de Gallifrey, cuando era Theta Sigma, sobre Susan, sobre el comienzo de un Señor del Tiempo renegado, de las personas que conoció y vio morir. De los seres humanos que amo con sus dos corazones, de lo tonto e ingenuo que fue durante sus primeras regeneraciones. De lo mucho que extrañaba ver las estrellas, Rose siempre en silencio durante las historias y nunca admitió que ella también extrañaba ver las estrellas. Ambos tenían fe que pronto tendrían su propia TARDIS.  Habían pasado diez años luego de eso, su hermano pequeño estaba rondando los veinte, su padre le había dejado el puesto de director de Torchwood, las arrugas en la cara de su madre ya eran evidentes, y mientras que John había empezado a usar verdaderos lentes y en su gran cabello se visualizaban varias canas, Rose Tyler no se veía ni un día más vieja de lo que fue la última vez que vio al Doctor y la TARDIS.

 

        Ambos sabían que estaba mal, sus sospechas crecían con los meses, los años, pero ninguno de los dos quería decirlo en voz alta. 

 

        Y luego el coral de la TARDIS empezó a morir, y ver los ojos afligidos de John solo le partió el corazón a Rose. Él le había explicado, no había forma, no era el mundo correcto, la energía Artron que necesitaba la TARDIS era casi inexistente en ese mundo. Mantenerla viva había sido casi imposible si no fuera por la presencia de Rose y él que tenían dicha energía en su sistema.

 

        Ella le pregunto si ambos realmente no eran suficientes y fue la primera vez que Rose lo vio tan…destruido, porque John le admito con timidez, algo que sospecho, pero no se había atrevido a preguntar qué: Fuera más que suficiente si yo fuera un Señor del Tiempo completo.

 

        Ella odio verlo así y secretamente, mientras que su esposo se recluía en su trabajo, empezó a dormir junto el coral. Al principio no sabía que la había impulsado a semejante acto, más a las espaldas de John, quien había insistido en dejar morir la pequeña TARDIS.

        Rose solo lo descubrió meses después, cuando en una misión al cruzarse con líneas hostiles recibió doce disparos eléctricos de más de trecientos mil voltios y con doscientos cincuenta amperios de intensidad. Lo suficientes para dejar a un ser humano muerto en milisegundos, a Rose solo le desintegró la ropa y la dejo inconsciente durante dos días.

 

        Miles de procesos después por parte de John se descubrió que su ADN no solo había mutado luego de los disparos eléctricos, sino que era completamente diferente. Rose Tyler tenía seis hélices en lugar de dos. Y John jamás había visto algo como eso.

 

        Pero sus sospechas se habían confirmado, Rose no había quedado embarazada todos estos años porque genéticamente eran incompatibles, Ella sola había hecho que el coral de la TARDIS creciera unos centímetros más solo en cinco meses de lo que hizo en 10 años con la presencia de John. Rose Tyler ya no era humana, porque sus nuevas adquiridas hélices tenían energía Artron. Su sangre de ser donador universal a donador interestelar.

 

        Rose Tyler era algo más. No humana, no alienígena, pero sin duda algo más.  Y mientras que John le había prometido su siempre, con el pasar de los años Rose se vio a si misma incapaz de cumplir el suyo. Hubo un momento, cuando había cumplido los 45 años, que creyó a ver visto una cana en sus cabellos rubios y el indicio de arrugas alrededor de sus ojos, pero un accidente automovilístico y cinco horas inconsciente más tarde, el pelo gris había desaparecido. 

 

        Ya el coral no era un coral, sino una TARDIS a media construcción y solo había tomado cinco años de la presencia persistente de Rose para ello. John se estaba haciendo mayor, esos ojos llenos de travesura junto a su sonrisa pícara no habían cambiado con los años, sus cabellos castaños salpicados de gris lo hacían cada vez más atractivo, pero un malentendido por parte de una camarera alegando que Rose era su hija, su gran y maravilloso hombre se había deprimido.

 

        Por quinta vez, desde que conoció al Doctor y tenía a John a su lado, su corazón se rompió. John luego de ese incidente trabajo mucho más duro en la TARDIS, y Rose no necesitaba preguntar el por qué.

 

        Pero llego la tan atrasada discusión.

 

—John, tienes que dormir. Llevas tres días en esto, la TARDIS no se ira. —Lo vio desde el umbral de la puerta del taller, la voz de Rose había llegado a los oídos de John, dulce y preocupada. Él no necesitaba eso ahora. Tenía que seguir construyendo.

 

La ignoro y siguió trabajando.

 

—John. —insistió. Él la siguió ignorando. Ella se molestó, pero años conociendo a ese loco hombre le habían dado las herramientas apropiadas para lidiar con su temperamento, por ello se acercó, coloco su mano derecha sobre su hombro y empezó a ablandar el musculo tenso.

 

Pasaron segundos, quizás horas, él seguía trabajando en una pieza de la consola y Rose a su espalda tocando su hombro. Se rindo con un suspiro, sabiendo que no se iría hasta que él la siguiera.

 

Él hubiera deseado que dicha conversación nunca se hiciera presente. 

 

—Yo me iré. —El movimiento en su hombro se detuvo.

 

—John no…—él la corto, sabiendo que diría.

 

—Puede que la TARDIS no se vaya, Rose, pero yo lo hare. —fue un susurro, pero sabía que ella lo había escuchado alto y claro. La mano en su hombro termino de retirarse y por un momento pensó que se iría, que se rendiría, pero no, su Rose Tyler no era así.

 

Con movimientos pausados, ella tomo asiendo en su regazo. Tomando su cara entre sus manos, ojos castaños lo miraron empañados, y él sintió su garganta cerrarse.

 

—Te amo. —susurro regalándole una sonrisa triste. Su único corazón se sintió pesado y doloroso en su pecho —No correré sin ti, no renunciare a ti, no dejaré de amarte aun después de la muerte, y aunque me has dicho que recordar es doloroso, siempre, siempre te recordare. Porque te amo, y amar también significa sentir dolor.

       

        —Rose…—se quejó con voz temblorosa, ella presiono su dedo índice en sus labios para hacerlo callar.

 

        —Sé que piensas que correré hacia él cuando te vayas. Pero no lo hare porque no puedo…

 

        Fue su turno de cortarla. Ya no podía soportar el dolor en su pecho y necesitaba que ella entendiera—Tienes que ir, Rose, tienes que hacerlo. Yo…no he sido completamente sincero contigo sobre tu mutación.

 

        Su ceño se frunció ligeramente, y él trago grueso. —Rose, yo he recordado ciertas cosas…cosas que sucedieron en mis antiguas regeneraciones, y necesitas saber.

 

        Y él le conto, y Lobo Malo volvió.

 

        Ella solo le tomo casi doscientos años después de la muerte de John y toda la familia, en tomar una decisión. Su TARDIS no era como la del Doctor, no era una cabina de policía azul, pero era igual de hermosa y se balanceo por el Vacío, entrando en su viejo mundo como una aguja en un colador, por una grieta, una diminuta grieta que nadie se había tomado la molestia de cerrar.

 

        La llegada fue impactante.

 

        Rose recuerda el golpe, el dolor, a su TARDIS llorar y quejarse contra su cerebro de manera telepática hasta el punto del quiebre, la sacudida hizo que su cuerpo estallara en miles de pedazos y en el horizonte de suceso observó a un pequeño niño temiendo de la oscuridad.

 

        Ella conocía ese niño y antes de poder gritar su nombre, un agujero negro la consumió.

 

 

 

 

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Ella al principio no había entendido de todo lo que sucedía a su alrededor, de qué la había despertado. Ecos de explosiones, los gritos desgarradores de hombres y mujeres, del llanto de los niños haciendo eco en las paredes de su inconsciencia.

Fue atreves de todos los sistemas y en cuestión de segundos, horas, minutos, días-no estaba muy segura- se entero de todo, más de 800 años perdidos entrando en su sistema y lo supo. Gallifrey en guerra contra Skaro, los Señores del Tiempo contra los Daleks, el universo entero recibiendo olas enteras de muerte y destrucción ante la gran guerra del tiempo. El espacio estaba convulsionando ante la pérdida de la vida y los guardianes habían enviado una silenciosa llamada en el tiempo para despertar su conciencia durmiente.

¿Pero qué llamada había sido suficiente para despertarla? Ella no atendía a los Señores del Tiempo, ellos la habían encerrado porque era demasiado peligrosa, algo demasiado cercano a un Dios, y ellos no tenía control alguno sobre ella, y eso los había asustado. Ella ni siquiera recordaba los tiempos precisos en los cuales se mantuvo en contacto con otro ser viviente… No, espera, ella lo hacía. La última vez que había tenido contacto alguno con un ser viviente, había sido ese niño, ese niño que lloraba por las noches en el desierto.

Era una cosa graciosa como miles y miles de años de inteligencia, siendo una de las razas más antiguas de este universo, los Señores del Tiempo habían tropezado como bípedos insignificantes al hallarse con una tecnología como la de ella. No se atrevieron a verla de cerca y por lo tanto ella se permitió verlos a ellos, desde los lugares más pobres hasta la gran Ciudadela, como un virus en el sistema de datos de Gallifrey, desde el momento que los nuevos habitantes del planeta rojo la descubrieron hasta que temieron su juicio moral, ella sabía todo de todos.

Ahora, ella lo entendía todo de nuevo, y atenta escucho pasos, la arena del desierto y del tiempo moviéndose bajo los pies del niño, oh, su dulce niño, aquel que sobresalió como una gigante roja entre miles de estrellas moribundas, la tenía de nuevo y ella sonrió complacida al ver sus líneas de tiempo, al sentirlas, al saber que de nuevo volvería a estar juntos.

Pero ella tenía que tejer todo cuidadosamente bien. Desde el nacimiento de la luna hasta la muerte del sol, desde la primera palabra hasta la última y esa era una cosa divertida con el tiempo, que este se doblara a su conveniencia, que el espacio viera sus razones por mantener a su pequeño niño solitario vivo, que cada estrella decidiera brillar aun más cuando esta criatura que ella había empezado amar desde el principio del tiempo posara sus ojos en ellas.

Observo las líneas arreglarse ante sus planes. Vio las lágrimas y la risa, vio el miedo y la desesperación ser construido alrededor de su niño y se dio cuenta que algo muy importante falto…ella misma. Se sintió maniática al descubrir que estaba tan concentrada en las líneas que no pensó en ella misma en la vida de su niño.

Y posiblemente llegaría tarde, cuando su niño solitario ya no fuera un niño sino un hombre, y decidió poner su propia energía, única en este universo, en el lugar más especial, aquel que sería el hogar de su niño-próximamente hombre-  durante toda su existencia, y lo mantendría a salvo. Y también mantendría a salvo a todas aquellas criaturas que estaban siendo tejidas con la vida de su…hombre solitario, solo porque él los amo, y lloro por ellos, ella los mantendría a salvo.

Ella se quemaría así misma solo para mantenerlo vivo. Al principio de todo no lo entendía, a pase de ser algo superior a todo lo que vivía en la actualidad, ella no había entendido su propia insistencia por mantenerse allí, en aquel planta que estaba apenas descubriendo su propio potencial, pero luego- y luego para ella pudo haber sido siglos para otras especies- había sentido las vibraciones que solo se sentía en el universo cuando una nueva vida había sido creada. Una vida muy importante. Y ella corrió, corrió hasta su encuentro y aulló. Y nunca había sido tan feliz, no, nunca antes ella había conocido el significado de la palabra felicidad ni dicho sentimiento, porque estaba viva, pero el significado de vida para ella era diferente a todo lo que era conocido, y estar viva no era lo mismo que vivir y eso era algo que solo ella misma entendía porque era única en su especie. 

Pero ella vivió cuando los dos corazones de su niño solitario, de su hombre exiliado, de su Dios castigado, de su Doctor y su Guerrero latieron con vida. Supo en todos sus sistemas que su momento había llegado y despertó.

 

 

 

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La tormenta está cerca

 

Esas dos palabras resonaban contra su mente, una y otra vez, pase que su cerebro continuamente trabaja en todo, posibles futuros, cálculos matemáticos y físicos que aun no serían  descubierto hasta dentro de unos miles de años, de las próximas renovaciones de la TARDIS, su cerebro solo se detuvo en el momento que la compresión se estrelló contra él. 

Ahora todo era mucho más claro y confuso. Una extraña mezcla de incertidumbre y felicidad empañaron sus sentidos y se sintió de nuevo como un niño, con apenas cincuenta años y con miedo a la oscuridad. Tenía miedo de decirlo en voz alta, porque si había algo que había aprendido desde el principio de todo esta historia, era que los nombres tenían poder, y este nombre en particular no había sido pronunció por sus últimos labios en…más de cuatro siglos, y no sabía si al hacerlo este se sentiría igual que la primera vez. 

—Doctor…—la voz de Clara lo sacó de su estupor. La miro de reojo, estaba a su lado, viendo con la confusión adornando su hermoso rostro esas dos palabras que estaban en todo la pantalla principal de la TARDIS, justo al lado de su ubicación actual. 

Él tendría que mantener la calma, aun sin saber del todo que estaba pasando, lo haría, eventualmente lo resolvería si era lo suficientemente valiente para salir y enfrentar lo que estaba ahí afuera. 

Él nunca fue especialmente valiente. 

—Clara, por hoy, y solo por hoy necesito que veas lo que veas, escuches lo que escuches, no te alejes de mí. —no la miro cuando dictó sus palabras con seriedad, solo soltó un aliento que venía conteniendo desde hacía más de diez minutos, calmó sus dos corazones, y camino hacia la puerta. Podía sentir su duda, pase a que su Clara Oswald nunca dejó de cuestionar, nunca retrocedió ante su temperamento, esta vez ella solo lo siguió. Como siempre, sin dejarlo solo, una vez más.

Dispuesta a enfrentar los peores peligros del universo sólo si él le decía que fuera con él.  

Él pensó momentáneamente que había pasado el último viaje que habían tenido antes que toda esta locura empezara, y se preguntó a dónde los había llevado la TARDIS, de lo sacudida que estaba Clara ante lo que sea que había presenciado y…

— ¿Qué viste, Clara? 

Ella sabía de qué estaba hablando. Él solo obtuvo un murmullo bajo de desaprobación. 

—Usted prometió no hacerme preguntas, Doctor. 

Él frunció el ceño ante el tono. 

 — ¿No recuerdas la primera regla sobre viajar conmigo, Clara? 

Ambos seguían avanzando hacia la puerta, a pasos lentos, y él solo dejo que la pregunta descansará en el aire, sin realmente esperar que Clara respondiera. Sus sentidos, incluso desde el otro lado de la puerta, detectaron el olor salitre, el sonido de las olas chocando unas contra otras, sintió las suaves vibraciones del tiempo, aquí,  en este lugar, el tiempo se movía de forma diferente, cuando había aterrizado por primera vez hace tanto tiempo en este universo, no había entendido al principio el vértigo que se precipitaba hacia él cada vez que hacía un movimiento brusco, pero ahora, más viejo y con muchísima pero muchísimas más historias en su línea de tiempo, entendía muchas cosas más. 

Este universo paralelo era relativamente demasiado joven, y por lo tanto el tiempo aquí era demasiado entusiasta, como un niño que apenas sabe sostenerse en sus pies y aun así quiere correr aunque no supiera cómo. Y si él se fuera al orden lineal. Al tiempo lineal de cómo había terminado esa historia, habían pasado muchos, pero muchos años desde que pisó ese universo por última vez, quizás el doble que en el suyo. 

Estaba verdaderamente aterrado de lo que pudiera encontrar una vez que cruzara las puertas. Y por eso tuvo que cederle el espacio a Clara para que hiciera el honor. Ella lo miró, con incertidumbre y apretando sus labios en una  fina línea, abrió las puertas de la TARDIS y salió. 

Él espero, aguantando la respiración solo unos segundos y la voz de Clara desde afuera lo sobresaltó, soltando una vez más el aire que había estado reteniendo. 

— Doctor, estamos...— la duda goteaba en su tono, sin estar segura si era correcto lo que veía, escuchaba y sentía;— estamos en la playa. 

Y él salió, sabiendo que no podía postergar lo inevitable, su vista se encontró de lleno con Dårlig Ulv Stranden . Apretó su mandíbula, y arrastró los pies sobre la arena, mirando el paisaje, que no había cambiado ni un poco desde la última vez que estuvo allí, y eso era imposible. 

Había algo que estaba innegablemente tejido en el ADN humano que era imposible alterar o cambiar, sin importar cuánto hayan avanzado en inteligencia artificial o se hayan hecho modificación a lo largo de los siglos en su modelo inicial. El ser humano era una criatura adaptable, como ninguna otra,  en el amplio universo está dependía únicamente de hacer que el entorno a su alrededor se adaptara a regañadientes a su imagen de comodidad. Un entorno estéril si era tocado por ser humanos nunca más volvería hacer el mismo. 

Por lo tanto era imposible que esa playa se encontrara en exactas condiciones, idéntica a la última vez que estuvo allí. Dio una vuelta sobre su eje, dando la espalda a Clara, observando las piedras y la llanura de arena, porque habían aterrizado en el lugar exacto donde se había despedido de ellos, ella , hace siglos.  

Se agacho, toco la arena, fría al tacto y sintió la olas de tiempo, algo erráticas al calcular, la llevó a su cara y…

— ¡Doctor! 

Ignorando la reprimenda de Clara, llevó la arena a su boca, y saboreo el salitre del silicio, las partículas de cuarzo hablando sobre las horas del dia que eran más cálidos, sobre la recién descubierta cuenca petrolera que habían hallado en el mar y el cambio en la marea a esas horas del día, y sobre...el equivocado tiempo que había transcurrido en la playa. 

— Clara, ¿qué crees que este mal con esta playa? 

La susodicha vio al Doctor erigirse sobre sus pies, y ella mismo hizo su propia observación sobre el entorno que la saludaba, sopesando qué podía estar mal.  El clima estaba ligeramente húmedo y frío, la arena húmeda, el entorno estaba tranquilo, el sonido de las olas y el sonido de…

— No hay gaviotas. — El Doctor se giró y le dio una sonrisa tensa, demasiado vacilante que se fue justo al instante. Ella casi lamentaba haber hecho su observación.

—Y escucha atentamente las olas, Clara. 

Ella lo había descifrado un poco tarde, el sonido era el mismo, observo las olas chocar contra las rocas, y el agua volver hacia atrás. El mismo sonido, la misma ondulación de olas, el mismo arrastre. 

Ella tragó grueso. 

—El viento...—Ella habló casi sin aliento y el Doctor asintió ante sus palabras. Él lo sabía, por supuesto que sí.

El clima era frío y húmedo, pero realmente no soplaba viento. Ella levantó la mirada al cielo, y este era nublado, ningún cambio en particular, las nubes se mantenían grises e intactas. Ella bajó la mirada y busco al Doctor, a su rostro que prometía resolver este misterio y lo que encontró la asustó. 

Él estaba pálido. En sus ojos, viejos y cansados reflejaba una tormenta que ella había visualizado pocas veces a lo largo de su tiempo con él, su ceño fruncido y el juego de músculos en su mandíbula se encontraban endurecidos, oscureciendo su rostro. 

Un movimiento hizo dirigir su mirada tras el Doctor. Ojos dorados la miraron con picardía, y ella se sobresaltó.  

Y el Doctor no perdió tiempo, en el momento en que Clara desvió su atención a algo tras de él, vio sus ojos agrandarse ante el asombro y su cuerpo brincar, él giró sobre su eje, y enfrentó a una cara que esperaba nunca volver a ver de nuevo. 

— Hola, Doctor. 

  

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Capítulo 5: Atemporalidad.

 

Ella alguna vez había sido muy joven, tan joven que vio el principio de la explosión, no, ella misma había sido parte de esa explosión, había visto su propio ser expansor y crecer, yendo tan lejos y ondular cerca de las corrientes. 

 Había visto las estrellas nacer. Desde la más grande hasta la más diminuta, había visto criaturas sin nombre pelear a sus anchas y convulsionar todo a su paso, ella misma al principio no había sido ella, solo había sido eso, y estaba bien, porque cuando esas criaturas sin nombre se volvieron pacíficas y trajeron la vida y la muerte como ellos tan absurdamente lo que bautizaron, ella estaba viendo, absorbiendo cada gramo de información e inevitablemente vivió y se divido. 

 Porque ella nunca había vivido. Ahora no había solo ella, había ellas, dividida en tres y esparcidas por el tiempo, la más vieja de ellas se había quedado con el primer recuerdo y se quedo muy atrás, reuniendo todo lo que las otras veían, apreciando la luz que había y anhelando La oscuridad había sido su hogar durante mucho tiempo. 

 Y nunca más fue aburrido. La vida trajo mucha diversión, mucha luz y muchos destellos de oscuridad, la vida, se había vuelto inevitablemente, en lo único nuevo. La vida siempre fue nueva. Toco y anduvo por un montón de sitios, el espacio necesario al tiempo para crecer y el tiempo necesario el espacio para correr, uno no podría existir sin el otro y eran terriblemente dependientes. 

 Como ella con las otras. 

 Ella conoció una vez una cosa, tan inteligente como ella ya punto de morir esa cosa solo le pedí algo, pequeño y triste, le pedí vida, y ella se lo dio, no sabía cómo pero solo dio ya cambio de ese pequeño regalo esa cosa le ofreció su corazón.

 Ella nunca antes había tenido un corazón en sus manos. El dolor fue indescriptible, y ella fue a todos los lugares para que desapareció, pero nunca encontró un lugar lo suficientemente alejado o lo suficientemente profundo, fue conocida por muchos nombres, la vida fue tenido de conocerla y ella pasó al dolor, fue complacida. 

 Hubo un nombre en particular al cual ella se había aferrado, uniéndose con esa cosa que le había dado su corazón, dicho nombre tenía una conexión grande como ella, no tan grande como toda la completa que ella representaba, pero cerca. 

 El corazón se volvió mucho más doloroso al estar cerca del Guerrero, de ese Niño del Tiempo, de esa Tormenta de Estrellas y ahora, tomando su conciencia dormida, dejo que los eventos que esa cosa había estado planeando durante siglos, tomaran el rumbo que tan adecuadamente se habían establecido. 

 

DOCTORWHO DOCTORWHO DOCTORWHO  

 

 Se había tomado muchísimos años, de muchísimas personas, filósofos y científicos por igual, para responder la pregunta humana de qué fue primero ¿el huevo o la gallina? 

 Si los organismos humanos tuvieran tan buena memoria como los Señores del Tiempo sabrían que lo primero siempre fue el huevo. Pero la buena memoria humana equivale a millas de guerras y muertes en el tiempo, a las vidas más brillantes siendo consumidas por la destrucción. Quizás ella no había sido humana durante mucho tiempo, pero ella misma siempre supo que primero había sido el Lobo Malo, y luego Rose Tyler. Pero ya nadie recordaba esa vieja historia, su propia memoria humana no se había permito recordar hasta que tenían mirando el corazón de la TARDIS y su canción estaba resonando en su mente. 

 Si tan solo los niños se mantuvieron niños para siempre, ellos hubieran recordado, porque los niños siempre recordaban las buenas historias. 

 Si fuera así, ella se podría permitir amar por siempre de forma pura al hombre frente a ella. Ese que ella había extrañado con cada parte de su existencia y no había tenido tanto dolor. 

 Su voz, usó luego de muchos años en silencio, se escucho ronca para sus propios oídos, pero ese nombre, ese nombre que las estrellas habían escrito una vez, ese nombre que una vez hizo que civilizaciones enteras se arrodillarán y se encogieran con temor, un nombre que siempre había tenido la promesa de la vida y la muerte, había sido un nombre que ella había anhelado pronunciar en voz alta durante mucho tiempo, tanto que había perdido la cuenta.  

Cuando había aterrizado de nuevo en su universo de origen, su TARDIS, tan joven e inexperta, había estado muy cerca de caer en un agujero negro, tan cerca del horizonte de suceso de dicho agujero la había mantenido unos 2.667 mil millones de años de tiempo gravitando en el, su TARDIS había quemado su núcleo, su corazón, justo en el momento exacto que el agujero negro había terminado de absorber la última estrella que había en esa instancia del universo para poder salir, casi había muerto, así como su TARDIS . Pero no, la explosión del agujero negro la había lanzado a una velocidad comparada a la luz, dejándola en un punto del universo y el tiempo, porque toda la energía Artron que había engullido lo había alterado, hasta el punto de haberlo convertido en un agujero negro con viaje en el tiempo incorporado, 

Había entrado en hibernación hasta que un joven, curioso y fantástico había visto el Cisma Desenfrenado donde pudo observar el Vórtice del Tiempo y había corrido hacia ella. Y lo había grabado todo. 

A ella misma, siendo Rose Tyler. 

Nunca más se pudo apartar de él. Aunque parte de sus recuerdos estuvieran fragmentados, utilizamos habilidad telepática y se unió a la TARDIS, a la vez una serie robada y se convertiría en una cabina de policía azul. 

Pero hubo fallas. Porque técnicamente estaba unida al Momento, que era el arma más peligrosa creada, pero también estaba unida a la TARDIS, a las dos TARDIS, que existían en todo el tiempo y el espacio.
 
 Algo como ella no debería haber existido, los Guardianes del Universo estaban horrorizados con ella, era en, su esencia más sublime, una abominación, antes de ser parte del momento y luego de eso. Habían pegado el grito a las estrellas cuando vieron que era capaz de darle todo su poder a ese niño, su pequeño niño solitario, para terminar con todo, y solo si él lo decidía. Ninguno de ellos había entendido la importancia de ese niño a tan temprano en el tiempo. 

 Y luego de esperar casi 3 mil años, es un tiempo no lineal, porque su sentido del tiempo estaba todo disociado con su sentido real sobre su propia vida, se acercó, mucho más que antes. Porque deseaba, necesitaba, verlo, que él viera sus ojos y supiera que haría lo que fuera por él. 

 Desde destrozar así mismo como destruir todo el universo, solo para mantenerlo a salvo. 

 Sus ojos se abrieron, solo un poco más que lo normal y ella identificó como sus corazones latieron más de prisa, pero la sorpresa fue enmascarada por esa cara gruñona. Y como amaba esa nueva cara, bueno, amaba todas las caras, porque ella había conocido cada Doctor, desde el joven arisco y abrasivo con su nieta, luego en el vivaz y desaliñado, con su flauta haciendo música en los rincones de la TARDIS, y si bien era cierto que cuando estaba exiliado en la Tierra se había vuelto mucho más afable, ese Doctor también había tenido un aire más paternalista y autoritario, mucho más rápido para desafiar a sus superiores que sus dos cuerpos anteriores, hasta el punto que su valentía tendía a convertirse en indignación enojosa cuando su paciencia llegaba al límite. 

 Había amado a los dos primeros, pero el tercero, oh, con el tercero de él había nacido su personalidad rebelde, y ella le había encantado. Y aquel Doctor con aquella bufanda multicolor había su más grande enigma, yendo de cero a cien como su antecesor anterior con una rapidez vertiginosa que había dejado con ganas de correr en más de una ocasión, pero no, porque junto a Sarah Jane Smith habían sido fantásticos  
  
 Y cuando murió había dejado una gran huella, tan grande que su próximo cuerpo había sido vulnerable con una sensibilidad que ella solo había visto cuando era un niño, y más que nunca había tratado de protegerlo, tratado de hablar con él por primera vez mientras aún tenía esa cara pero su voz solo había hecho eco en los pasillos de la TARDIS. Ella misma había pensado que quizás Peri, la brillante Peri Brown, quizás verla o escucharla, pero antes de poder verificarlo, ese Doctor había sacrificado su vida para salvarla.  

 Pensar que con todo su poder ella podría evitar sus muertes, porque nunca dejaba de ser doloroso, pero sabía que tenía un curso por seguir. 

 Y cuando el Doctor obtuvo su próxima cara, ella por primera vez en siglos se encontró con sentimientos encontrados respecto a esta nueva personalidad. Había sido tan petulante y engreído, con el ego tan grande, más grande que la propia TARDIS y ella había pensado alguna vez que eso había sido imposible, pero no, había vuelto también demasiado maníaco, con un ingenio imperturbable y simplista, hasta el punto que su propia personalidad era una ebullición fatalista. 


Conocer cada Doctor siempre había sido fantástico y maravilloso, cada uno diferente pero siempre el mismo. Era como entrar en una heladería, sin pensar especialmente en qué helado comer y luego ves uno, quizás el color o su nombre fueron los que principalmente captaron su atención y le dieron la persona del mostrador que te lo de. No sabes a qué te enfrentas, no tienes ni idea si terminaras odiando o disfrutando ese helado que nunca antes habías probado, pero igual te arriesgas, porque amas el helado.  

Así de simple había sido amarlo. Amarlo era como amar el helado y ella siempre había sido una consumidora arriesgada, bueno quizás no ella, pero si lo había sido Rose Tyler. Y haber conocido esa personalidad de él, tan obsesionado con la moralidad y su batalla contra el mal, pasear a todos sus errores de empatía, haber conocido a un lado del Doctor que nunca había imaginado. Ella lo había amado, pero por primera vez es mucho tiempo había sentido un resentimiento hacia él que no había sentido desde que había sido humano. 

Y no disminuyó con su siguiente rostro. Siempre con energía nerviosa durante sus primeros pasos, tuvo que seguir muy cerca de este Doctor. Una combinación de sus pasados y sus futuros, al menos los que Rose Tyler conocía personalmente, este nuevo rostro con paraguas había sido torpe, seguía siendo curioso y encantador, pero sin el sentido de conservación y con el tiempo, cuando comenzaron a elegir sus batallas y guardar sus secretos, seguido avanzando a una calma, demasiado serio y contemplativa a la vez, dando lugar en ocasiones a una malicia y controlando que no había visto en mucho tiempo. 

Sus aviones se habían vuelto erráticos, incluso los planeados y este Doctor, con esa cara había empezado a mentir con mucha más frecuencia y facilidad a sus acompañantes, oh y las cosas que había hecho a la maravillosa Ace, ella había entendido, sí, siempre lo había hecho, pero esta vez ella no podía evitar que el resentimiento creciera, hasta convertirse en algo feo y oscuro. 

Ahora había nacido un odio en ella que nunca antes había pensado sentir por el hombre que amaba, pero lo había hecho. Porque haberlo visto con Ace le había hecho recordar a ella misma con su primer y segundo Doctor. Este doctor con paraguas había sido especialmente aficionado al ajedrez y ella había dejado de verlo en un punto. Se había perdido conscientemente en la TARDIS y no había aparecido hasta que había escuchado la perturbación en la TARDIS y los disparos. 

Con ojos curiosos vio al nuevo Doctor ingresar con Grace Holloway. Y este como había sido diferente, y ella no exageraba. Este Doctor con su vestimenta de Mr.Darcy, y ella había buscado muy duro en su memoria para hacer las comparaciones, había sido casi inocente. No vulnerable como su Doctor exiliado, no, más como... tranquilo, sin esa tormenta en su interior como los otros, con sus ganas de hacer el bien y animar a los seres a su alrededor hacer mejores. 

Ella se había sentido atraída una vez más a su encanto natural y se había quedado viendo todos sus primeros pasos y su pelea con el Amo, y si ella hubiera sido la adolescente humana que fue alguna vez, los celos habían hecho mella en ella en verlo tan interesado en Grace, pero no, porque ella lo había visto ser padre, abuelo, amigo, mentor, científico, filósofo y un Doctor, siempre un Doctor, pero muy pocas veces había sido hombre, hombre en el sentido romántico, por supuesto. 

Y ella había entendido un poco tiempo después que parte de este nuevo Doctor tenía mucha influencia de Grace Holloway y ella le había roto un poco ambos corazones cuando no había querido ir con él a la TARDIS. Con este nuevo Doctor se había enamorado nuevamente, porque su frescura había sido tan buena para ella que se sintió joven de nuevo y con ansias de descubrir todo lo que él podía mostrarle. 

Todo se oscureció con la Guerra del Tiempo hasta su conciencia y no fue hasta que él puso la manos en el Momento, que todo se había iluminado sobre los eventos futuros y ella estaba feliz, porque de que si algo estaba segura era que al final, todo saldría bien.
 
Los recuerdos de sus siguientes Doctores, sus dos primeros, estuvieron un poco fragmentados, porque la TARDIS había cerrado todo vínculo con ella, durante trescientos años sola, deambulando en la totalidad de la TARDIS,  hasta  que esa cara con gran barbilla y con ojos verdes hizo su aparición, y aun así, había sido un eco, casi como River Song. 

No fue correcta hasta esta cara gruñona y con acento del norte y ella lo había estudiado, a este nuevo él, todos estos miles de años antes y después de Clara Oswin Oswald, porque ella había fisgoneado un poco en su futuro y este nuevo hombre era la totalidad de todas sus experiencias vividas, era la suma de miles de años de batallas y dolor, de sus más grandes felicidades y pérdidas, este Doctor, viejo y malhumorado, era su Doctor. 

Llevarlo a esa playa abriendo un bucle temporal había sido una apuesta arriesgada, pero la TARDIS había tomado la decisión por ella al deslizarse demasiado fácil hacia el universo paralelo. 

Ahora era el momento de la verdad. Volvió abrir su boca para hablar pero este nuevo Doctor alzó su mano, con el signo universal de stop, eso más su mirada fría la hizo cerrar su boca de golpe, sintiendo el cambio el ambiente. 

⎼No, no hables. ⎼ su voz fue dura, con el acento pesado entre sus palabras y el sonido repetitivo de las olas en el fondo, ella pensó sin lugar a dudas que era una buena forma de reunirse con él. Clara Oswin Oswald la miraba con incertidumbre y ella le sonrió amigablemente, o lo que al menos ella pensaba que era amigable. Sus interacciones con humanos se habían vuelto reducidos a solo observación. 
 
Él se acercó a ella, a pasos lentos pero decididos, y en cuestión de una décima de segundo, ella sabía porque siempre estaba contado, sacó el destornillador sónico y lo dirigió hacia ella. Ella dejó escapar una risa y él se congeló, sus nudillos se habían vueltos blancos en su agarre en el destornillador y su ceño se había profundizado más. Ella le sonrió aun más, haciendo un movimiento con su lengua que no había hecho en...mucho tiempo, y la tormenta en sus ojos azules volvió. 

⎼ ¿Qué.Eres?

Ella no dudo. ⎼ Ro...⎼ su grito la hizo callar y su sonrisa se deslizó, perdiéndola. Algo no estaba del todo bien. Pero ¿en qué se pudo haber equivocado?

⎼ NO. No. Eres. Ella. Así que no puedes pronunciar ese nombre jamás. ¿me entiendes?⎼  Se acercó mucho más, arrastrando arena a su paso, y con solo un espacio de cinco centímetros los separaban, él llevó al destornillador sónico directamente a su cara, ella sintió algo frío moverse a su corazón.  

Se estaban mirando directamente a los ojos. Él debió reconocerla, era imposible que no lo hiciera, ella siempre sabía que era él solo con una mirada a sus ojos, sin importar en qué rostro estuvieran, ella siempre supo cuando era su Doctor. 

Haciendo un movimiento audaz; tomo su rostro en sus manos y ella poco a poco vio como la pelea en en sus ojos se congelaba, dando paso al terror absoluto. Ella alisó la piel en los bordes de sus ojos, toco ambos pómulos con ternura y lo acercó, mucho más que antes, nariz con nariz.

 ⎼ Hola, mírame, doctor, soy yo. Realmente, realmente soy yo. 

 Y pasó algo que ella había visto en pocos ocasiones y nunca, nunca en este nuevo Doctor, sus ojos viejos se cristalizaron. Este Doctor, gruñón y con tanto fuego por dentro, dejo que una pequeña lágrima se escapara y se deslizara por su mejilla izquierda, humedeciendo su propio pulgar que estaba en su trayectoria. 

El destornillador sónico cayó en la arena y ella afectó su propio corazón se rompía al ver la absoluta desolación asomarse por esos ojos cansados.   

Chapter Text

6

Tan cerca tan lejos

 

Quizás sus años ya le estaban jugando una broma. Cuando la había conocido por primera vez, con esas orejas y chaqueta cuero, pensó, como el iluso que había sido, que nunca la perdería. Que quizás podría conservar a este humano rosa y amarillo.

Se regenero, y mientras no tenía ni idea de quién era, pensó que sería la última vez que la vería, podía contar con los dedos de una mano cuántos de sus compañeros se quedaron con él luego del cambio.

Nunca fue agradable pensar en los que no permanecieron. Pero ella lo hizo, no solo aceptó su nuevo rostro, acepto todo el nuevo Doctor. Si bien era cierto que ese nuevo rostro había sido creado para ella y solo para ella, aun podía recordar como un maremoto de estrellas la alegría que sintió ante su suave aceptación, y entonces el secreto de su regeneración, se había guardado, como muchos otros. Sabiendo que iba a morir luego de absorber el corazón de la TARDIS de ella, quería ser un niño bonito. Fueron sus últimos pensamientos antes de regenerarse, porque si había alguna forma de que se quedara, fuera al menos con el tipo de cara que ella encontrar atractivo.

Se había vuelto tonto con la vejez. Lo sabía. Oh, pero no le importaba. Porque nunca se había sentido así y aunque no lo dijo en voz alta, siempre supo que habían sentido sus dos corazones cuando tomó esa mano con la suya y corrió. 

Pero la perdió y la recuperó por segunda vez para luego volverla a perder. Y esa parte de él, la que lo hacía hombre, la enterró, profundo dentro de sí. No podía ser más hombre que Doctor. Porque las cosas nunca acababan bien cuando eso pasaba.

Pero ahora estaba aquí, con ella, o al menos algo que se parecía remotamente a ella. En una playa que nunca pensó volver a visitar, con una cara que no era para nada la última cara que ella había visto. Sus ojos brillaron, marrón y oro bailaron en sus iris, y él tuvo que cerrar sus propios ojos por un instante, porque no podía enfrentar lo que aquellos ojos albergaban. Esas emociones eran demasiado para que él, y temía que su cordura se deslizara del borde si se arriesgaba al verla demasiado tiempo.

Se separó, alejándose de esas manos. Y le dio la espalda, necesitando por un momento espacio, respiro y abriendo nuevamente sus ojos, vio a Clara, lo miraba conmocionada y él solo esperaba que su rostro no mostrara todo lo que sentía en estos momentos. Giro de nuevo, la tierra se arrastró bajo sus zapatos, y evitando en todo momento su mirada, recogió el destornillador sónico de la arena. 

Avanzo, por un momento había pensado que sus piernas no funcionarían, que no avanzaría no más de dos pasos, pero lo hizo. La miró sin realmente mirarla, su mirada en un punto fijo en su hombro izquierdo.

⎼Este universo se está colapsando y... ⎼ fue interrumpido.

⎼Este universo ya colapsó.

Su voz lo hizo estremecer, había pasado tanto tiempo sin escucharla que seguía sin estar totalmente seguro de que así había sonaba alguna vez. ⎼ ¿Y cómo estamos parados aquí, si ya está colapsado? ⎼ trato que fuera lo menos grosero posible, pero la pregunta había sido más un gruñido que otra cosa.

Se hizo un silencio, él se negaba a mirarla, y cuando por fin habló pudieron haber pasado años.

⎼La última vez que nos vimos fue en esta playa, Doctor.  ⎼sus ojos no parpadearon, no sabía cómo él lo sabía aun cuando no la miraba, pero lo sabía. Y cuando su voz había dicho su nombre algo se estremeció dentro de él, de nuevo.

⎼Entonces tenemos que irnos ¿no? ⎼ salto ante la pregunta de Clara tras de él, y su ceño se frunció mucho más mientras la miraba, la había olvidado. Mientras había mirado la cosa que vestía a Rose Tyler, se había olvidado por completo de su compañera.

Viejos hábitos tardaban siempre en morir.

 Ella miro a Clara con claro interés, y ladeando su cabeza un poco, respondió: ⎼Sí y no. Mientras este acá, la TARDIS y yo sostendremos esta realidad. Podemos irnos ahora o…⎼esta vez ella lo miro a él. ⎼ Podemos quedarnos y recordar.

En el momento que la última palabra fue dicha, él movió su cuello y sus hombros tan alto como pudo y respondió: ⎼ Recordar… ¿recordar qué?

Y aunque su voz se fue una vez más por el borde, con el filo de una amenaza, ella solo sonrió, haciendo ese movimiento en particular con su lengua.

⎼Tú. ⎼ él mantuvo silencio sin comprender exactamente lo que ella le decía, su mente corriendo a mil por segundo. ¿Cómo había pasado esto? ¿Cuándo había sucedido? ¿Por qué ambos se encontraban una vez más esta playa luego de todos estos años? ¿por qué él estaba de nuevo aquí?

Exhalo fuertemente por la nariz, su mente se detuvo de cada uno de los cálculos que había mantenido, ⎼ tonto habito ⎼ y tomo una decisión. Giro de nuevo sobre su eje- y él había pensado que su cuerpo anterior no podía parar con los giros-, miro a los ojos de Clara, y avanzo. Directo a la TARDIS, escuchando los pasos apresurados tras de él, cruzo las puertas, y fue directo a la consola. Cuando su mano derecha fue al rotor de tiempo y escucho las puertas cerrarse, ella se paró a su lado casi de inmediato.

Se rehusó a mirar esa cara, su cara, de nuevo. Aun cuando estaba tan cerca que podía sentir su respiración ⎼ y qué tan maravilloso era eso ⎼ contra su mejilla derecha. Aun cuando su mano, pequeña y tan equívocamente joven se colocó encima de la él, y tembló, por supuesto que tembló al ver las diferencias. Alzo su mirada a Clara, que lo miraba a él y a ella con claro desconcierto del otro lado de la consola. Y él entendía cada una de sus preguntas no dichas, pero la que sabía que resaltaba entre todas como un faro era una sola: ¿Quién es ella, Doctor?

¿Y cómo lo explicaría? ¿cómo podía hablar de aquella chica, niña, mujer, que le había enseñado a ser el Doctor de nuevo? ¿Cómo podía explicar a Rose Tyler, o Bad Wolf, cuando nunca antes en sus dos últimos cuerpos su nombre y esa historia había cruzado sus labios? ¿De la primera niña valiente que conoció? ¿cómo hablar de la Guerra del Tiempo y el gran botón rojo?

⎼¡Doctor!

Todo se sacudió… y el dolor más agonizante que no había tenido en mucho tiempo se concentró en su cabeza, sus rodillas cedieron y cayo, aun con sus manos en la consola, y no pudo contener el gemido que salió de sus labios, otro estallido cerca de sus sienes y sus manos volaron a los lados de su cabeza.

La TARDIS se estaba sacudiendo, las luces en la sala brillaban con demasiada intensidad a través de sus ojos entrecerrados, el vértigo lo ataco y algo exploto cerca. Grito entre dientes, con estos apretados con tanta fuerza que estaba seguro que se partirían, trato de detener el dolor, usando cada una de las defensas que tenía, pero era agudo, destrozando todas sus barreras una tras otra, sus dedos estaban clavados en su cabello, y si después de esto se encontraba con mechones grises en sus manos no estaría sorprendido.

Y las imágenes y los sonidos lo atacaron, sintiendo una masa de emociones en el trasfondo, grito, porque recuerdos que no sabía que tenía, o que alguna vez había olvidado, estaban volviendo a él como una explosión

 

Hibrido. Corrió después de escuchar la profecía, porque tenía que correr. Y luego paro, respiro y trago, tenso, porque los vellos de su nuca se alzaron y sus dos corazones golpearon duro contra su pecho, porque algo lo estaba siguiendo a través de los Clautros, y le había tomado demasiado tiempo darse cuenta, por eso volteo sobre su hombro, preparado, pero la visión lo aturdió. Parpadeo varias veces y seguía ahí. Canis lupus. Mamífero, lugar de origen: la Tierra. Ojos dorados lo miraron atento, el pelaje iba por una variedad de colores, siendo el marrón y el amarillo los más predominantes, estaba sentado, sus orejas estaban erguidas, su cabeza en alto y rígida, con su cola completamente abajo. Era imposible que el animal estuviera ahí, pero estaba fascinado.  Dudo, antes de girar y caminar a paso lentos hacia el lobo.

Pero el lobo estrecho sus ojos, que se iluminaron con un brillo dorado, gruño y él paro, porque no era lógico que estaba viendo y sabía que si el animal atacaba moriría, pero, así como había aparecido el animal, desaparecido…

Y él de pronto estaba inquieto, incomodo porque había estado parado, mirando a la nada, sin recordar cómo estaba tan quieto, cuando las ganas de correr estaban hormigueando aun en sus pies, luego de escuchar la profecía. Así que volvió a correr. 

 

Su puño golpeo su pecho, duro, porque había sentido que su corazón derecho había parado, escucho atento, alguien que lo llamaba a lo lejos, pero su gemido de dolor lo atenuó por completo, escupió entre dientes cuando otra ola hizo que sus piernas se retorcieran…

 

Entro a la TARDIS, y era la cosa más hermosa que había visto, lo dijo en voz alta, pero sus corazones saltaron y su lengua se enredó, haciéndolo tartamudear, al escuchar el ligero “Gracias” dicho en su dirección, en una voz decididamente femenina, y por un momento se preguntó si la chica que le había dicho que coger esta TARDIS iba a ser mucho más divertido, le había jugado una broma, porque del otro lado de la consola estaba una mujer, rubia, vestida con un simple vestido blanco, recostada contra el ordenador que estaba en la “pared” trasera, y le sonreía. Él sintió sus orejas indudablemente más calientes y estuvo a punto de exigir una explicación cuando la mujer desapareció.

Y él… de pronto estaba incomodo, mirando a todos lados para comprobar que nadie había escuchado dichas palabras de él, se acercó al ordenador que no se había dado cuenta que estaba mirando, y lo encontró cálido bajo su mano, y para sus adentros decidió que tendría que desaparecer, aunque no estaba del todo seguro como hacerlo.

 

Y sin ideas, se halló pensado en cada muro inexpugnable que conocía en la Tierra, había muchos, pero pocos habían aguantado el paso del tiempo, pero antes de levantar los muros, otro recuerdo se metió en su cerebro ya licuado…

 

Jamie, Victoria, Robots Yeti y la Gran Inteligencia sangrienta en el Himalaya. Casi había sido una combinación desastrosa, su cabeza seguía punzando del dolor al recordar las secuelas del temblor y el frío no lo había dejado por completo. Giro la perilla de calefacción, llevándola al medio, sus dedos vacilaron en el rotor del tiempo, y decidió que mientras sus compañeros humanos dormían y entraban en calor, él llevaría a la TARDIS al vórtice, iría a la biblioteca, buscaría un libro sobre física cuántica del siglo 30, y tomaría una taza de té.

Sus pasos fueron ligeros, y cuando un pequeño escalofrió lo recorrió se dio cuenta que su ropa estaba húmeda y decidió tardíamente, antes de ir a la galera, que necesitaba un cambio. Fue al vestuario, pero sus pies vacilaron en la puerta, sus cejas se alzaron y su boca se abrió ligeramente al ver una mujer desconocida, con un libro de tapa dura color verde abierto en su mano y tapando su cara, con cabello rubio y rizado, envuelta en una especie de vestido de gasa, de color blanco, sentada en el sillón de terciopelo rojo, sus piernas estaban colocadas debajo de ella, pero su muslo izquierdo estaba descubierto en su totalidad, y él trago, desviando la mirada de nuevo al rostro tapado, pero su cara se sintió caliente de repente, y él pensó que quizás había exagerado con la temperatura de la TARDIS.

Y no había hablado, pero decididamente su garganta, o su lengua enredada, había hecho ruido, porque la mujer en cuestión había alzado la mirada del libro que estaba leyendo ⎼Mamíferos extintos del planeta Tierra, edición del siglo 19⎼, y lo miro, con ojos color chocolate y una sonrisa gigante en sus labios exuberantes, un sonido estrangulado salió de su garganta, sus ojos brillaron con algo que solo podía interpretarse como diversión, así que se llevó la mano en puño hasta su boca, y se aclaró la garganta, dispuesta a exigirle a esta extraña mujer la razón de su invasión a su nave, que se presentara ⎼y quizás que se arreglara el condenado vestido⎼ pero la voz de la mujer fue mucho más rápido, y sus siguientes palabras lo dejaron en estupor.

⎼La Gran Inteligencia te causara problemas en el futuro. ⎼ su boca se movió varias veces, farfullo el comienzo de una pregunta, pero de pronto los ojos de la mujer brillaron en dorado, y desapareció, el libro cayo en el sillón y él…

  Él tenía que cambiarse. Aunque no se sentía tan frió como hace unos momentos, su ropa ya no estaba presentable para la próxima aventura, entro en el vestuario, saco una camisa de la fila y fue por una pajarita, pero su mirada se desvió al sillón, donde descansaba un libro de la tierra, abierto de par en par, lo tomo y leyó la entrada de la página: Canis Dirus. Lobo Terrible, vivió durante el periodo Pleistoceno. Él había pensado leer sobre física cuántica, pero quizás leer sobre los lobos del planeta tierra era un buen tema para aprender.

 

Lobos, lobos ¿por qué siempre lobos? Usando el viejo truco para proteger su mente del asalto, pensó en la Muralla de Constantinopla y en la Muralla Romana en Lugo, las dos juntas, construyo muro tras muro en cuestión de centisegundo, pero el dolor fue de nuevo como un gran cañón de pura pólvora y lo atravesó. Sintió sus propias lagrimas caer por los lados de su cara y estaba cansando, los escalofríos lo invadieron, su cuerpo se sentía frió contra el fuego que estaba en su mente y se sacudió, como un niño contra el frío, incapaz de detenerlo, una memoria volvió y gimió…

 

Un simple viaje de prueba con Jo, había terminado en Peladon, en el año 3885. Con la Federación Galáctica, Guerreros de Hielo, el Alpha Centauri y el Arcturus.  Solo su sangrienta suerte, y había pasado la mitad del tiempo preocupado de que Jo no hiciera nada que ocasionara su muerte prematura. Haber sido confundido por un Dignatario humano para luego haber desecrado el bendito Templó, no estaban en sus planes, pero el resultado fue brillante. Había apelado, por el bien de la criatura Aggedor, y el mismo, quería mantener su cuello, pero nunca pensó que pudiera realmente tener un combate con Grun.

Pero Grun realmente no había sido una amenaza, solo había estado asustado. Y como la violencia no siempre había su alternativa favorita, no había estado muy seguro que este cuerpo estaba hecho para la pelea, y menos una de cuerpo a cuerpo, pero para su interna sorpresa había ganado y su pecho se había llenado de especial orgullo. Con una sonrisa en su rostro, apago los motores de la TARDIS, y cuando giro para marcharse, recordó tardíamente que tenía una pieza nueva para Bessie y los amortiguadores. Y se dirigió al Depósito, fue por el pasillo, giro a la derecha y luego bajo, saltando una pequeña rampa, giro a la izquierda, paso por las puertas de la Biblioteca, y cuando se encontraba a punto de doblar la esquina, sus pies se detuvieron. Había visto algo, por el rabillo del ojo.

Retrocedió sobre sus pasos, y volvió a las puertas de la Biblioteca, y ahí estaba, en la pequeña sala que estaba en el centro de la habitación, había una mujer, con cabello rubio y rizado, completamente salvaje yendo a todas las direcciones, estaba sentada contra uno de los sillones individuales, con sus pies y por consiguiente, sus piernas desnudas – y sinceramente esperaba que la mujer estuviera vestida–, estiradas hasta tocar las patas de la mesa, y con un libro en sus manos, y por la distancia solo podía distinguir la cubierta de color rojo. Estaba de perfil, completamente absorta en lo que estaba leyendo.

Se acercó, con pasos sigilosos hasta ella, ¿cómo se atrevía esa mujer desconocida entrar en su barco y estar en semejantes fachas? ¿cómo podía si quiera estar dentro de su TARDIS? Y ahora, estando más cerca, se dio cuenta que tenía puesto un vestido largo, blanco y de gasa, dicha pieza no dejaba nada a la imaginación, dejando sus brazos desnudos, atado en su cuello, él se encontró aflojando su propia corbata, ante el calor repentino que lo ataco, puesto que tenía un largo escote y las faldas del vestido al frente caía entre sus piernas, dejando sus piernas desnudas hasta sus muslos. Su cuello era largo, su nariz pequeña, y sus ojos–que eran oscuros, pero como no lo miraba no podía estar del todo seguro de su color–, eran adornados por largas pestañas.  

Abrió su boca, dispuesto a dialogar y pedir una explicación, pero de pronto la mujer alzo la mirada del libro –Mitología Griega, edición del siglo 20– y sus ojos, de color chocolate, se dio cuenta, se clavaron en él con una intensidad que hizo detener el tren de preguntas que tenía preparadas en su mente, cerro su boca y la volvió abrir, sin estar seguro de qué hacer de repente, y los labios de la mujer se curvaron en los bordes, haciendo una pequeña sonrisa divertida, y la indignación se hizo presente. ¿Cómo se atrevía ella?

  –¡Señorita!, ¿me puede decir qué hace en mi…– no termino, porque su suave risa lo interrumpió y de pronto la mujer estaba parada y muy cerca de él, tan cerca que sus narices, si solo se inclinaba un poco más, tocarían sus respectivas puntas. La lengua de la mujer salió y toco su propio labio superior, y él sintió sus mejillas enrojecer ante la muestra de tal descaro.

  –Me gusta este rostro. –  susurro suavemente, mirándolo con esa intensidad que lo había hecho paralizarse en un comienzo, no podía ubicar su acento, y…espera ¿qué? Trato de hablar, pero solo salieron silabas rotas y ¿qué le estaba pasando a su voz? La mujer volvió a reír, sus corazones saltaron por sorpresa. – Tan descarado y altivo. – le dijo, y él frunció el ceño, porque no estaba de acuerdo con sus descripciones hacia su persona.

  –¡Señorita! ¿quién es usted y qué hace mi nave? – su tono fue grosero con la pregunta, y fue inevitable, una parte dentro de él estaba furioso e indignado, pero ciertamente estaba intrigado por esta misteriosa mujer. Y cuando ella siguió sonriendo e ignorándolo, su furia creció y camino dos pasos hacia atrás, pero ella lo siguió. – ¡De-deténgase! – su tono de voz fue agudo pero su balbuceo hizo que perdiera toda la fuerza cuando su rostro volvió a estar tan cerca del suyo.

  Había pensado que era imposible, pero la sonrisa de la mujer creció, y la extraña imagen de un gato cazando a un ratón se le vino a la mente. Su temperamento estallo, y él abrió su boca para retar a la mujer, pero de pronto sus ojos chocolates brillaron de dorado –cosa que era imposible como toda la existencia de la mujer en sí– y desapareció, y él solo…

  Tenía que buscar el repuesto para Bessie ¿qué había en la biblioteca?, antes de ir, por el rabillo del ojo capto un libro abierto, dejado de forma descuidado sobre la mesa del té, casi en la orilla, dejo escapar un suspiro exasperado. Seguramente Jo había vuelto a entrar a la Biblioteca sin su permiso, tomo el libro, pero se detuvo al cerrarlo. Un tema interesante había sido leído por su compañera. Mitología Griega, específicamente la entrada sobre el Dios Apolo y los lobos. Él sonrió, cerro el libro y camino hacía los estantes, coloco el libre entre otros dos – Hamlet e Historia de dos Ciudades– y se fue, pensando que quizás su próxima aventura seria la antigua Licosura

 

Otro grito salió desde su pecho cuando ese último recuerdo lo dejo y luego…todo se detuvo, tan rápido como había iniciado, el asalto a su mente junto al dolor, y los temblores de la TARDIS, todo se había detenido. Y no estaba del todo seguro lo que había visto en su mente.

Lo que había explotado había dejado una leve capa de humo que ahora con sus ojos plenamente abiertos se dio cuenta que revoloteaba por toda la sala. Él estaba mirando el techo de la TARDIS porque se encontraba acostado, sus propias manos estaban siendo cubiertas con las de ella y ahora sus ojos color café lo miraban, directamente. Y sintió, como antes de aterrizar en aquella playa, la leve caricia en su cara, en la unión de sus hombros y el cálido murmuro volvió a su cabeza. Calmando las secuelas del dolor.

Hola ⎼ su voz fue suave, y casi se lo hubiera perdido sino estuviera mirando fijamente a su cara. Él detallo, no, bebió como un hombre sediento sus características. La forma de sus ojos entornados con preocupación, sus pestañas caían sin rastro del pesado maquillaje que había usado antes, pero tenía una leve capa de maquillaje, tan leve como si no tuviera en absoluto, su cabello aun dorado como lo recordaba, estaba rizado y salvaje, y otro recuerdo lo invadió, no como los otros, no, este volvió a él, suave, como las caricias que estaba sintiendo, incluso para el entorno lleno de violencia como había sido la Segunda Guerra Mundial, este recuerdo lo lleno de vida.

 

Un niño buscando a su mamá. Un capitán del siglo 51 y él mismo con un acento norteño como ahora, pero con otra cara y otro cuerpo. Ambos atrapados y con Moonlight Serenade de Glenn Miller en la radio.

  ⎼El mundo no se va acabar porque el Doctor baile.

  El mundo no acabo, pero después en la TARDIS, había sido como si estuviera bailando al final de la cuerda, con la adrenalina corriendo por sus venas y con una niña rosada y amarilla sosteniendo sus manos, ambos sonriendo bailando alrededor de la consola con sus pasos recién recordados, porque ese cuerpo había olvidado por completo como bailar, amargado por las secuelas de la guerra, durante mucho tiempo sentirse feliz no había estado en los planes. Moonlight Serenade había sido de ella y Jack, pero In the Mood en conjunto con sus pasos de swing había sido de ellos.  Y había sido fantástico.

 

Trago grueso, y sus manos se enredaron con los de ella, ambas cálidas como recordaba, pero faltaba algo, ¿qué? ¿qué faltaba? Se perdió de nuevo cuando sus ojos se iluminaron con alegría y su boca dibujo una sonrisa.

Hola.ese saludo había salido casi sin aliento, y lo era. Nunca era fácil recordar, porque recordaba todo, por su bendita fisiología superior con su memoria fotográfica unida a cada uno de sus sentidos.

El olor de la lluvia en 1950, el del pan recién hecho 1492, ambos en la Tierra; o del perfume que usaba Barbara cuando subió a su TARDIS la primera vez y sobre todo el olor del desierto de Gallifrey, cada dialogo que mantuvo con cada uno de sus compañeros se escuchó como un eco en sus propios oídos: "Nuestro destino está en las estrellas, así pues, vayamos a buscarlo" la vez que se despidió de Susan, sabiendo que no la volvería a ver: “Un día volveré ... si, un día volveré. Hasta entonces, no debe haber nada de qué lamentarse, sin lágrimas ni ansiedades. Sólo tienes que seguir adelante en todas tus creencias, y comprobar que yo no me he equivocado en las mías".  

Y recordaba cada sentimiento tras sus palabras, aquellos que no quiso mostrar y aquellos que tan descaradamente mostro, recordaba el sonido de la risa y el llanto, del suyo propio y el de todos aquellos que estuvieron a su alrededor y recordaba el tiempo junto el espacio como recordaba con demasiada claridad su tiempo en la tierra. Por eso se obligaba a olvidar y no visitar a sus compañeros. Por eso encerraba cada uno de sus recuerdos tras una puerta con llave en su memoria, y luego perdía la llave.

Si solo hubiera sido tan fácil haber eliminado cada recuerdo de ella. Nunca quiso hacerlo. Pero en un hubo momento, hace mucho tiempo, cuando aún no podía vivir sin dolor por recordarla, estuvo tentando hacerlo. Pero luego se regenero, y se obligó avanzar, como siempre lo había hecho. Y paso 300 años sin pronunciar su nombre…

Sé que tu mente ahora está corriendo, preguntándote cómo estoy aquí. 

Y lo estaba. Oh, ella lo conocía. Otro conjunto de caricias, a los lados de sus ojos, por su mentón, en su sien y luego la calidez bajo, el delicado toque se extendió por cada parte de su cuerpo, tranquilizando el frío que había sentido antes, y el calor en su mente angustiada.

⎼Y aunque sé que puedes aguantar la respiración por más tiempo que un humano, necesito que respires. ⎼y eso era otra cosa cierta. Él no estaba respirando. Desde el momento que había puesto sus ojos en los ella y sus manos se entrelazaron juntas, su respiración se había detenido.

9 minutos, 38 segundos y contando había sido el tiempo que había estado acostado mirando su cara sin respirar. Y se obligó tomar oxígeno para sus pulmones y solo cuando pudo tomar una respiración decente, abrió la boca.

Pero nada salió. Se estaba obligando recordar decir su nombre en voz alta, decirlo con esta voz y con esta cara. Sin gruñidos, sin amenazas, solo un nombre de una persona que había…estaba, aun graba en sus dos corazones. Porque los ojos que lo miraban eran de Rose Tyler. Ya no había duda.

Pero ¿por qué se sentía como un recuerdo lejano?

⎼Rose Tyler. ⎼Lo susurro, tentando una sonrisa en sus propios labios, deseando que las cejas no decidieran por él, porque había algo sinceramente mal con sus cejas y esta nueva cara y lo sabía, por lo tanto, dijo nombre como si fuera un secreto. Él escucho atento como su acento se había espesado. Sus corazones latían pesadamente en su pecho, pero ella sonrió, sus ojos brillaron y la punta de su lengua fue una vez más hacia afuera, haciendo ese truco que en el pasado siempre le había indicado lo feliz que estaba.

Pero…algo no estaba del todo correcto…

Su cara se estaba volviendo borrosa, los bordes dorados ahora estaban grises, y recordó, como una tontería, que hace un momento sus corazones estaban latiendo mucho más lento y eso no debería pasar. Trato de pararse, sacudió sus manos lejos de las de ella, y las llevo a su pecho, sintiendo como sus corazones se habían ralentizado y su cuerpo se sintió mal, porque no era correcto, y trato de moverse, pero la gravedad no estaba colaborando con sus deseos. Cada vez más pesado, la luz cada vez más oscura, y labios rosas moviéndose, diciéndole algo.

¿Qué le decían? Se concentró, aunque su mente se encontraba nublada y los bordes de su visión eran solo un túnel a su alrededor.

⎼Buenas noches, Doctor.

Y el túnel, no, el agujero negro, lo trago.

Chapter Text

La chica imposible, el lobo y la tormenta.

 

Si a Clara Oswald le dieran una libra por cada vez que la TARDIS exploto y se sacudió con ella dentro, causándole golpes a su persona, quizás ya hubiera sido verdaderamente rica. Había sido arrojada al piso infinidad de veces, una vez su pie derecho se había torcido ligeramente, su estómago había chocado con las barandas causando que quedara sin aire en cada una de las ocasiones, y cuando su espalda había golpeado con uno de los libreros, dicho golpe le había dado un latigazo vertical que le había dejado doliendo la cabeza y el cuello por dos días; y la veces que inhalo el humo que expedía la TARDIS cuando algo no funcionaba y causaba explosiones, pero según el Doctor, el 20%  de la veces no eran toxicas, ella realmente no estaba emocionada por descubrir el 80% restante.

        Porque lo único que era cierto es que cualquier humo que soltaba la TARDIS la dejaba tosiendo por varios minutos, aferrándose a su garganta y pecho; por lo tanto, el pensamiento de que seguro terminaría desarrollando un problema cardiaco en su vejez estuve en su mente en más de unas ocasiones.

 

        Amaba las aventuras, y no le importaba admitir que en algún momento necesitaba de esas aventuras, cada planeta, cada periodo de tiempo que había visitado, siempre la dejaba con el sentimiento vertiginoso de querer más, pero solo el subir a la TARDIS con el Doctor como conductor, era toda una aventura, y la mayoría de las veces, una suicida.

 

        Esta vez no había necesitado un viaje. Ella lo único que había querido cuando llego a su casa había sido acostarse y revolcarse en todo lo malo que había pasado en su cita. Había estado nerviosa, había sido una completa idiota y sin control con lo que había salido de su boca. Y si Danny no quería verla después de eso, realmente no lo culpaba.

 

        Y luego el Doctor estaba en su habitación y la TARDIS había estado metida en su habitación y ella solo tuvo que entrar de costado para ir su cama. De costado.

 

        Pero, aunque estaba molesta, y definitivamente no necesitaba un viaje, en el momento que lo vio, supo que iría. Ella sabía que el viejo tonto realmente la necesitaba, pero él también sabía que ella lo necesitaba. Y que nunca se negaría.

Y luego todo se fue al infierno cuando su teléfono sonó y pensó en Danny. Y había sido tonta, tan tonta cuando volvió y su boca la volvió a meter en problemas con él. Rubert Pink siendo el niño adorable y valiente que conocería como Danny, luego Orson Pink que ella al verlo, lo sabía dentro de sí. Lo sabía con la misma certeza que tenía cada vez que decidía confiar en el Doctor.

El soldado sin su arma solo había sido lo último que necesitaba. Porque era visceral lo que sentía por Danny, conocía tan poco y aun así quería estar con él, quería conocerlo todo, ver como se había construido el hombre y por qué era quién era, y no había pensado que en un solo viaje al paso y a su futuro vería todo lo que necesitaba ver.

Y luego paso el granero, había sido casi un año para ella y toda una vida para el Doctor, pero ella recordaba el granero. Y nunca había pensado que ese sitio, que años después casi se convertiría en el lugar de detonación de un arma, había sido el lugar donde el Doctor había llorado cuando era un niño.  

Ella lo amaba, sus recuerdos en su línea de tiempo eran borrosos y confusos, había sido ella, pero al mismo tiempo no había sido, y aunque había conocido sus caras y casi todos los secretos del Doctor, todo estaba simplemente guardado con llave en su mente. Podía acceder, pero el dolor de cabeza que la perseguiría seria abismal, y ella, por el bien de ambos, decidió mantener solo su presente.     

Pero tener ese recuerdo del Doctor siendo niño, solo y asustado de la oscuridad, había roto su corazón, porque ella se había encargo de protegerlo, cada versión de ella, solo había querido protegerlo, y sus instintos, que rara vez estaban equivocados cuando se trataban del Doctor, tomaron una decisión.

Ella recordó su promesa, aquella que había sido parte de él desde que había tomado el título del Doctor, desde que había salido a ver el universo y sus maravillas, y se lo dijo, quizás iniciando la tradición que se mantendría por los siguientes siglos: “Pero todo va a estar bien si eres sabio y fuerte, el miedo no tiene que hacerte cruel ni cobarde…”

Sí, ella lo amaba, pero no lo idolatraba, porque sabía que solo era un hombre, un hombre que hasta ahora nunca la había decepcionaba y era tan inteligente, brillante, y por eso confiaba, tan ciegamente como para aventurarse hasta los lugares más hostiles con su mano en la suya, pero…

Ella no sabía que haría si un día él le fallara. Si un día, una máquina del tiempo no sería suficiente para arreglarlo.

Así que ella necesitaba a Danny. No solo por lo correcto que se sentía estar hablar con él, un sentimiento que solo sentía cuando estaba en la TARDIS con el Doctor, no, era más que eso. Era el saber, era todo el conocimiento que tenía en su mente, cosas que ella guardaba en secreto, la volverían loca, y por eso no viajaba con el Doctor a tiempo completo, porque ella consolaba y ayudaba a esta Doctor tanto como lo permitiera, pero ¿quién la consolaba y la ayudaba a ella?

Hubo un tiempo en que pensaba que había nacido para estar con el Doctor, que estaría con él para siempre. Pero el Doctor pertenecía a todas aquellas personas que él conocía y cambiaba su vida para mejor, y lo único que podía hacer era no aferrarse. Aunque le doliese, porque pensar que no estaría con él en el futuro la dejaba con un dolor sordo en el corazón, era algo que ella había aceptado desde se había ido el Doctor con esos ojos verdes y esa corbata de moño.

Y pensó que todo terminaría una vez que llevarán a Orson. Porque si ese era su futuro, estaba más que preparada para correr hacía el.

Pero luego estaba esa luz dorada, ahí, del otro lado de la consola y el Doctor no la estaba mirando, como si no existiera, eso la había sorprendido mucho más que la cosa que había estado bajo la manta de Rubert. Luego la luz, que vagamente había tomado forma humanoide, había tomado el control de la TARDIS, y los había llevado a ambos a una playa. Y ella sabía que algo verdaderamente mal estaba sucediendo cuando el terror lleno los ojos del Doctor. Porque este Doctor era un bravucón, era todo cejas y gritos, pero sus ojos no habían demostrado miedo desde que había cambiado, pero al ver esa playa, el pánico había estado ahí claro como un día de verano, como si fuera de vida o muerte.

Y luego la luz no solo tenía forma humanoide, era una mujer.  No estaba muy segura de que esperar cuando había visto la luz convertirse en mujer, pero por un instante, se imaginó una especie de alienígena brillante, con orejas puntiagudas y facciones delicadas.

Pero la mujer que había estado en la playa no era nada de eso. Una vez que la luz ya no empañaba su cuerpo, Clara Oswald se dio cuenta que no tenía ni facciones delicadas ni orejas puntiagudas. Se veía humana. La mujer no podía ser mayor que ella, sus cejas eran arqueadas y sus ojos, que antes habían sido como dos faros de energía dorada, eran oscuros, entre marrones y avellanas, con clara diversión bailando en ellos; y su boca, que era grande con labios prominentes, le mostro una sonrisa que casi hizo retroceder a Clara.

Era sonrisa en toda su regla, mostrando cada uno de sus dientes perlados, pero hizo que los vellos de su nuca se erizaran y sintiera unas enormes ganas solo de correr. Cuando la mujer había hablado con Clara, su voz le había indicado que ella no les haría ningún daño, había sido cálida, y por extraño que fuera, había sido familiar para sus oídos.

 ¿Pero dónde? ¿Dónde la había escuchado?

Y luego ella había tomado la cara del Doctor en sus manos, y el Doctor había huido, no había corrido, pero su paso veloz pudo haber confundido fácilmente, y ella lo siguió, no sin antes darle una segunda mirada a la mujer y cerró la puerta, pero cuando había girado para hablar con el Doctor, preguntarle qué rayos había pasado, se quedó sin palabras, porque la mujer estaba ahí, junto al Doctor en la consola, completamente recostado encima de él y con sus manos juntas.

Él la miro, y ella solo quería gritar. Porque esa mirada turbada no pertenecía al Doctor, ese hombre aterrorizado no era el hombre que había ido a buscarla para descubrir que se ocultaba en la oscuridad, no, no era de ese hombre, porque esa mirada le partenecia al mismo niño que había dejado en el granero.

Y luego el Doctor empezó a temblar, fue imprevisible al momento, pero lo noto por sus hombros y luego por sus brazos, y ella grito su nombre cuando se derrumbó de repente, avanzo rápido, dispuesta a correr hacia él, pero su cuerpo se quedó paralizado a mitad de camino. Miro a la mujer, molesta, sabiendo que ella lo había hecho, pero sus miradas nunca se encontraron.

Porque el Doctor empezó a gritar, el vértigo fue inmediato cuando los motores de la TARDIS cobraron vida y esta empezó a sacudirse, las luces parpadearon, algo en la consola exploto, chipas saltaron y el Doctor se retorcía en el suelo, con sus manos a cada lado de su cabeza, sus lágrimas bajaron por los costados de sus ojos y ella empezó a llorar junto a él. La furia se levantó dentro de ella, y trato de hablar, y pudo, porque su cuerpo estaba paralizado pero su voz no.

— ¡Detenlo! — frustrada, le exigió a la mujer por encima de los gritos de dolor del Doctor. Ella no la miro. Y su voz se elevó una vez más: — ¡Déjame ir! ¡¿Qué le estás haciendo?!

El Doctor gimió, y cuando se balanceo un poco con sus tacones, se dio cuenta que su cuerpo ya no estaba paralizado, pero la TARDIS no había terminado, por lo tanto, cuando su cuerpo se hayo libre, el vaivén de la nave la arrojo hacia el frente, y su estómago choco contra una de las puntas de la consola, y se quedó sin aire, sus ojos lagrimaron, y soltó un quejido. Sus manos se dispararon hacia delante, agarraron el borde de la consolada, para estabilizarse y recuperar el aire. ¿Por qué no se había quitado los tacones?

Y así como había empezado todo, paro. Los gritos del Doctor habían cesado, el zumbido de los motores con él y las luces en la sala se habían atenuado casi por completo. Aun mareada, se irguió temblorosa, y busco con la mirada al Doctor, y la visión con la que se topó la sorprendió.

Del otro lado de la consola, el Doctor estaba en el suelo, sus piernas extendidas, y la mujer estaba acunando su rostro con sus manos, Clara trago y soltó el aliento que había estado conteniendo, porque, aunque el Doctor había gritado como si estuviera muriendo, él estaba vivo. Vivo, pero no bien.

Porque él tenía sus manos entrelazadas con las de ella, pero sus ojos azules miraban a la mujer con…absoluto asombro, no miedo, ni ira, solo maravilla, como si ya no fuera un fantasma, sino una mujer real. Y si el dialogo anterior en la playa la había sorprendido, este lo tenía fuera de su zona de confort.

Un “Hola” había sido dicho sin aliento, una serie de reprimendas suaves junto a una caricia delicada en el rostro del Doctor, y un nombre “Rose Tyler”, susurrado con tal aprecio que por un momento Clara Oswald había pensado que estaba escuchado un secreto entre el Doctor y la mujer.

  Y de forma súbita, todo cambio, luchando contra la gravedad, la cara del Doctor paso de maravillada a aterrorizada, y de pronto su cuerpo estaba moviéndose para alejarse de la mujer, y Clara, sintiendo la adrenalina subir, se acercó lo más rápido que pudo al cuerpo del Doctor, pero fue tarde. Un suave “Buenas noches, Doctor” fue pronunciado y el cuerpo del Doctor cayo, pesado y flojo contra el suelo de la sala.

Como si estuviera inconsciente o algo peor. La mujer se elevó y se apartó del Doctor. Los ojos y boca de Clara se abrieron en shock, y corriendo, se arrodillo a un lado del Doctor, volteo su rostro y fue por el cuello. Doble pulso. Un suspiro tembloroso salió de su boca.

— Solo está durmiendo. — La voz de la mujer la sobresalto, y se dio cuenta que había estado un buen rato con su mano en el cuello del Doctor. Alzo su mirada llena de furor hacía la mujer, quien estaba recostada contra una de las barandas y la miraba con ojos suaves, no, no a ella, al Doctor, y Clara sintió sus manos temblar.

Era ira, no miedo. — ¿Por qué? — pregunto entre dientes, su voz había salido ronca, y por un momento ella misma no se había reconocido. La mujer le dirigió esta vez la mirada, los sentimientos que Clara había visto en sus ojos se había vaciado, y su rostro se había quedado en blanco.

Su cara se giró un poco a la derecha, sus ojos se entornaron: — Por qué, ¿qué?

Era como si no entendiera. La boca de Clara se crispo, y se puso de pie, agradeciendo a todo el universo por no haberse tambaleado ni una vez, rodeo el cuerpo del Doctor –solo está dormido, solo está dormido– y se acercó a la mujer, que incluso recostada era solo un poco más alta que ella. La miro a los ojos, y sus manos se apretaron en puños. Nada, no veía ni ira, ni odio, ni ningún tipo de malicia o diversión en los ojos de la mujer.

No, no ya no era la mujer. Rose Tyler, ese era su nombre.

— ¿Qué le hiciste?

Un rápido parpadeo, otro movimiento de cabeza. — Nada, solo recordó, y a veces recordar es doloroso. — musito, y Rose Tyler había vuelto a desviar su mirada al Doctor.

 

        Clara resoplo, incrédula por lo que escuchaba. — Por supuesto que recordar es doloroso…— Rose Tyler la miro de reojo, pero con atención, — Pero no…no tiene que doler físicamente, no tiene que hacerte sufrir así. Aquí…— apunto, con su mano derecha a su propio pecho, justo encima de su corazón­, Rose esta vez la miro, de nuevo, sus cejas y el arco de su nariz se arrugaron en concentración — Tu corazón puede doler, pero no te hace gritar. No como él. Así que ¿Qué le hiciste?

Pudieron pasar varios minutos, la respiración de Clara sonaba demasiado ruidosa para sus propios oídos, pero se rehusó a calmarse, por la tanto siguió mirando a Rose Tyler. Ella no había parpadeado ni una vez, cosa que otras circunstancias, Clara podría haber consideraron extraño, porque la mirada de una forma intensa, con sus ojos clavados en su pecho, justo donde había señalado la dirección de su corazón.

— No sabes. — fue una declaración, y Clara casi salto ante su voz, pero Rose Tyler siguió, ignorando su sorpresa — Dices que el dolor debe estar en el corazón, pero ¿si no tienes corazón? Esa regla solo se ajusta a los humanos, Entonces ¿Qué pasa si no eres humano? — sus preguntas no eran preguntas dirigidas a su persona, porque había dejado de mirarla, de nuevo, su voz seguía tranquila y su rostro seguía en blanco.

Y Clara no podía creer lo que estaba escuchando y estallo, porque la ira seguía ahí, ardiendo como un sol, queriendo explotar.

— ¡Él tiene dos corazones! ¡No uno! ¡Dos! — fue un grito exasperado, y no se había dado cuenta, hasta que había terminado, que su nariz había empezado picar junto a sus ojos y que el nudo en su garganta se había vuelto mucho más grande que al principio. Parpadeo rápidamente, espantado las ganas de llorar lejos.

 

— Por tener dos corazones, su dolor es dos veces más grande.

La respuesta hizo que su propia respiración quedara atrapada en su garganta, y un puño frío se envolviera entorno a su corazón. Rose Tyler se separó de la baranda y solo giro hacia su derecha, caminos unos pasos hacia la consola, sus pies descalzos, noto Clara, se deslizaron, casi como si estuviera flotando, su vestido blanco se arremolino en sus pasos, pero en ningún momento fue pisado, sus manos tocaron la consola casi sin tocarla, al igual que sus pies, sus manos solo…acariciaban los botones y las perillas. Y Clara observo como la esquina izquierda de la boca de Rose Tyler se elevó y dibujo una sonrisa ladeada, acariciando una de las pantallas con la punta de sus dedos.

Clara aguanto la respiración, temiendo que todo volviera sacudirse, pero no, el sonido silbante hizo eco en sus oídos y la TARDIS hablo, cuando el familiar zumbido se escuchó mucho más claro y las luces parpadearon en toda la sala, el rotor del tiempo se ilumino, y Clara miro entre maravillada y asustada cuando de naranja cálido paso a un suave amarillo, casi dorado, y de pronto la TARDIS se sentía cálida, los rondeles en las paredes también se habían iluminado y la TARDIS volvió a cantar.   Como si estuviera absolutamente feliz.

Soltó el aire contenido, y por el rabillo de su ojo miro en dirección al Doctor, pero se giró completamente en alarma cuando solo encontró un espacio vacío.

—¡Doctor! — su voz se elevó una octava en horror, y ella se rehusaba pensar que había chillado. Giro de nuevo para enfrentar a Rose Tyler, pero ella casi tropieza hacia atrás cuando se dio cuenta que la susodicha había estado parada atrás de ella todo el tiempo. Con sus ojos marrones mirándola fijamente. Abrió la boca para exigir nuevamente una respuesta, pero ella fue más rápida.

—Está en su habitación.

Y aunque no la conocía, sabía que decía la verdad. Porque la TARDIS nunca permitiría que algo le pasara al Doctor.

Pero la mente de Clara solo quedo atascada en la última palabra. Habitación. Sus dientes atraparon su labio inferior, se rodeó así misma con su brazo izquierdo y su mano derecha subió hasta su frente. Tratando de pensar. Algo, cualquier cosa. El Doctor estaba presuntamente dormido, y ella, Rose Tyler había enviado el cuerpo del Doctor a su habitación. La habitación del Doctor. Clara sabía que él dormía, no tanto como los humanos, pero lo hacía, pero nunca pensó realmente que tuviera una habitación.

Trato de pensar en algo, de nuevo, pero no podía. Porque la situación la superaba, pero no…si sabía de algo. Su nombre. Y si había algo que le había enseñado el Doctor era que los nombres tienen poder. Bajo sus brazos y miro con determinación a los ojos a la mujer que estaba solo a unos centímetros de ella.

—Rose Tyler. —espetó, y hubo un lento parpadeo, sus ojos marrones se iluminaron un poco, y una gran sonrisa adorno sus labios, mostrando sus dientes juntos.

—Clara Oswald. —tarareo en respuesta.

Y eso definitivamente no se lo esperaba.

—Cómo…—Rose Tyler retrocedió unos pasos y se apoyó de la consoló y Clara nunca pudo terminar su pregunta, porque fue interrumpida.  De nuevo.

—¿Cómo sabías que era la TARDIS correcta? — Y Clara por tercera vez en el día se había quedado sin palabras. Porque ella sonrió, y sus ojos le decían a Clara que ella sabía. Algo que solo el Doctor y ella misma.

—Espera ¿cómo? — otra sonrisa, esta vez más ligera, cruzo sus tobillos juntos, y alzo su mano derecha.

—Tú, Clara Oswald, ¿cómo sabías que esta era la TARDIS correcta? — dibujo un circulo imaginario con su índice, y ladeo su cabeza hacia arriba por unos segundos, sus ojos recorrieron la sala hasta acabar en ella.

—Solo…solo lo sabía. Es la TARDIS— declaro, cruzo sus brazos y alzo la barbilla. Rose Tyler encarno su ceja derecha ante la muestra de defensa.

—Me identificas como amenaza. — fue una afirmación. Clara Oswald enderezo sus hombros, y sus brazos se apretaron a su alrededor de ella con más fuerza.

— Lo hago. —lanzo y no se detuvo, — Porque en un segundo no estabas y al siguiente existías. ¡Me hiciste creer que no dañarías al Doctor y lo hiciste!  Y no solo eso, conozco tu nombre, pero no sé quién eres. ¡Y estas evadiendo mis preguntas! —ya a lo último sus manos temblando junto a sus brazos que estaban fuera de sí, apuntando a diestra y siniestra. La ira había vuelto.

—No dañe al Doctor, me vio y ciertas cosas que había olvidado volvieron a su mente. Y me conoces, Clara Oswald. — inmediatamente negó, porque no lo hacía, y Rose Tyler entrecerró los ojos. — Un nombre importa, un nombre a veces puede cambiar todo. ¿Pero un título? Es una promesa, y eso es algo que tú y yo sabemos muy bien.

—Y dime ¿De dónde te conozco? —ignorando todo lo anterior, su pregunta fue soltada con sarcasmo.

La respuesta fue inmediata: — De todos lados. —se despegó de la consola y camino, hasta estar parada frente de ella, a solo centímetros. Dándole otra de sus miradas intensas, pero esta vez, Clara pudo haber notado que sus ojos tenían motas de oro, pero un parpadeo rápido de parte de ella y ya no estaban —Me has vistos por el rabillo del ojo cuando caminas por la TARDIS. En una esquina, del otro lado de la piscina, a veces en la Biblioteca cuando encuentras un libro abierto en la mesa de te, o cuando entras en la galera y te das cuenta que el agua sigue caliente.

Una fría calma se hizo cargo de ella. Porque sí, Rose Tyler, estaba en lo correcto. Pero estaba errando en algo, y ella lo había descubierto en toda su interacción. Y quizás su pista había sido el vestido. Clara esperaba sinceramente no equivocarse.

—Pero no existes. Eres…—Clara alzo su mano derecha suavemente hacia la cara de Rose y solo la atravesó, su mano tocando solo aire. El rostro no se había difuminado en absoluto, por lo tanto, no era holográfica, pero tampoco era corpórea. Y la cara de Rose Tyler se vacío, de nuevo, sin emociones cuando alejo su mano. —Un fantasma. No puedes leer un libro, o tomar té. Estas conectada con la TARDIS no sé cómo, pero no eres real.  

—Me gustas, Clara Oswald. —fue su respuesta plana. Sus ojos seguían sin parpadear, y su mandíbula se contrajo.

—No me van las rubias. —dijo cruzando sus brazos. Rose Tyler hecho sus hombros hacia atrás, y todo en ella cambio. El aire casual había desaparecido, y la TARDIS canto, al principio su zumbido había sido suave, pero de pronto se escuchó fuerte, resonando contra la sala, el rotor del tiempo fluctúo de abajo hacia arriba, su luz iba de naranja a dorado y casi sintió…como una advertencia.

Clara nunca había tenido un instinto de supervivencia que funcionara. Por eso se lanzaba al peligro sin pensarlo dos veces, por eso había hecho todo lo que había hecho con el Doctor, porque, aunque no tuviera un sentido de supervivencia funcional, desde que conoció al Doctor sabía que él vendría ayudarla.  Y aunque sabía que el Doctor estaba dormido, en una habitación, en algún lado de la TARDIS, ella simplemente decidió que estaba cansada de los juegos.

—Entonces dime ¿Quién es Rose Tyler?

Una mirada fija, con pequeña pizca de curiosidad y la leve contracción de sus labios, fueron el único indicativo para Clara que ella había escuchado.

—La niña valiente que murió en batalla. —su voz resonó en toda la sala, y la piel de Clara se erizo por completo ante la cadencia vacía de su voz. Sospeso sus preguntas por unos segundos, avanzo dos pasos, sin estar completamente segura que fuera correcto acercarse tanto, pero de pronto los ojos marrones miraron más allá de ella por unos instantes, y Clara detuvo sus avances. —La niña que sacrifico su vida para salvar al Doctor. ¿te suena esa historia, Clara?

Trago grueso, y de pronto otra pieza cayo en su lugar. Desde que se habían mirado a los ojos, Clara había visto algo ahí que no había podido ubicar, algo que solo había visto en los ojos del Doctor y verlos en otras personas era imposible, pero ahí estaba. Tiempo. Sus ojos eran demasiado viejos para su rostro. Hablaban de cierta sabiduría, dolor y…había tanta amargura. Pero Clara había visto cómo sus ojos y su voz se habían suavizado al ver el Doctor, como esa amargura se había esfumado, quizás por unos momentos, pero se había ido.

—Sí, porque me sacrifique para salvarlo. —admitió. Porque sabía que era imposible mentir. Un leve asentimiento y su mirada, que había estado perdida en un punto tras de ella, volvió a su cara. Buscando algo.

Y quizás lo encontró, porque sus siguientes palabras hicieron saltar su corazón, y una bola de nervios se concentró en su estómago.

—Porque lo amas. — no fue una pregunta. Y esta vez Clara se encontró asintiendo, sin poder hablar, y al parecer su respuesta la complació, porque la sonrisa había vuelto a sus labios, pero esta vez más tenue y no llegaba completamente a sus ojos. —Te contare una historia, Clara Oswald, sobre Rose Tyler, y necesitare que prestes muchísima atención.

Su lengua salió a mojar lentamente sus labios resecos, trago grueso, y asintió nuevamente. Los ojos cafés brillaron en oro solo por unos segundos, y esta vez Clara sabía que había visto correctamente, porque no había parpadeo ni una vez, el rotor del tiempo volvió a fluctuar, y de pronto la sala cambio ante ella. Sus ojos y boca se abrieron en shock cuando la consola fue cubierta por un polvo dorado, haciéndola entrecerrar los ojos de inmediato por la luz y de pronto el polvo estaba en todos lados. A sus pies y por encima de ella.

El piso de arriba empezó a desaparecer, y todo lo que tenía, las paredes fueron después, y entre más rápido se movía el polvo, lo que quedaba detrás la dejo sin aliento. Seis columnas de coral se alzaban, las paredes eran profundas y con ventas en forma hexagonal, se tambaleo sobre sus pies cuando vio el techo siendo sostenido por los corales, y cuando sus tacones se sintieron inestables vio hacia abajo, y el piso gris familiar no estaba, y había sido remplazado por uno de rejillas, se giró, con una mezcla de fascinación e incredulidad en ella cuando el mismo piso se extendía hasta una rampa que iba a la puerta, la iluminación había cambiado a una sombría y todos los sillones habían desaparecido.

Clara soltó el aliento cuando su mirada se encontró con la consola y el rotor del tiempo, que fueron lo último que dejo ir el polvo. El rotor iluminado con un color verde azulado y cables que estaban conectados iban desde rotor hasta el techo. Todas las palancas, las perillas y los botones habían desaparecido. El coral estaba también incorporado y ahora había cosas que Clara no podía identificar y sus dedos picaron por tocar. Porque esta sala era…no era la sala que ella conocía. ¿Y eso era un mazo?

Sus manos tocaron el borde la consola, y supo que algo estaba mal. Seguía sintiendo el suave calor de la TARDIS bajo sus dedos, pero algo estaba simplemente apago.

—Es un eco. —la voz en su oído la hizo brincar, y giro abruptamente su cabeza a su derecha, solo para encontrarse la mirada de Rose Tyler. Y quizás la confusión estaba escrita en toda su cara, porque los ojos vacíos tuvieron un brillo de diversión antes de desaparecer de nuevo. —Así se veía la TARDIS cuando Rose Tyler entro por primera vez, y así se veía la TARDIS luego de la Guerra del Tiempo.  

Sus últimas palabras hicieron que un recuerdo la golpeara.  Ella y los tres doctores, y la proyección. La proyección que había permitido ver a todas esas personas que iban a ser quemadas por la guerra.  Pero antes de que pudiera hablar, el sonido repentino de la puerta siendo abierta la hizo callar. Se giró espantada, y por puro instinto, empezó a tropezar, buscando con sus ojos un lugar donde esconderse.

La repentina presión en su hombro la detuvo en seco, miro de nuevo a Rose Tyler, y la encontró riendo con deleite. —Solo es una imagen, Clara. Porque esto paso hace mucho tiempo.

¿Pero cómo la estaba tocando?

—Oh…—fue todo lo que salió de su boca antes que las voces inundaran la sala, y ella se asomó e inmediatamente reconoció al hombre que había entrado.

Era el Doctor. Con una cara que ella solo había visto una vez hace mucho tiempo, y aun así nunca la había detallado. Ojos azules y grandes orejas, chaqueta de cuero sobre una camiseta verde y unos vaqueros oscuros, con botas en los pies, y en su rostro mostraba una sonrisa que hizo que la respiración de Clara tartamudeara por unos segundos, y lo siguiente que vio fue como un balde de agua fría, haciéndola aspirar ruidosamente.

Tras de él, estaba Rose Tyler. Una versión mucho más joven de la que estaba a su lado, incluso con la grasa de bebe aun en sus mejillas, vestida con simple camiseta sin mangas blanca y jeans, su cabello igual de rubio y rizado, su cara tenía mucho más maquillaje y sus ojos…sus ojos estaban vivos. Tenían la absoluta felicidad en ellos, y su boca dibujaba una gran sonrisa como el Doctor.

La puesta se cerró tras la entrada de Rose, y el Doctor de pronto estaba demasiado cerca de Clara, y aunque era solo una imagen, ella dio unos pasos hacia tras, y Rose –la versión joven- también tomo un lugar cerca de la consola. Ambos no se estaban mirando, pero ambos estaban en perfecta sincronía, sus manos moviendo y apretando botones. Clara camino, alrededor de ellos y observo con asombro como Rose giro una palanca en sentido contrario a las manecillas del reloj, y el Doctor, que había dejado de tocar, estaba mirando la pantalla, y sin verla extendió su mano izquierda hacia a Rose, quien luego de girar la palanca, tomo el mazo y se lo extendió.

Y ahí sus miradas se encontraron, y ambos estallaron en risas.  Rose se había agarrado su propio estómago y el Doctor había retrocedido hasta que cayo sentado en una silla que estaba suspendida, aun con el mazo en su mano.

—¿Viste su cara? — la pregunta salió a tropiezo entre las carcajadas, y Clara noto entonces que esa versión del Doctor tenía un fuerte acento del norte. Los ojos de Rose lagrimearon por la risa y asintió ferozmente, el Doctor parecía encantado.

Rose joven, quien había cesado su risa, rodeo la consola, su caminar se había vuelto suelto, sus caderas se balancearon, y las cejas de Clara se alzaron ante el repentino cambio de actitud, los ojos de Rose brillaban y miraban en  dirección al Doctor con travesura y de pronto hecho sus hombros hacía tras, su lengua salió hasta tocar sus dientes, y jugando con un mecho de su pelo se acercó al Doctor, quien también había cesado su carcajada, pero en su cara aun había una leve sonrisa y miraba a su compañera con una leve chispa de suspicacia en sus ojos azules.

Rose se acercó tanto que las rodillas del Doctor estaban a la altura de la cadera, y por un momento Clara pensó que quizás, esta Rose se metería en el arco de las piernas abiertas del Doctor, y por la forma que la manzana de Adam se movió en la garganta del Doctor, él también pensaba lo mismo. Pero no, Rose solo se acercó lo suficiente como para que solo la rodilla izquierda tocara su cadera.

—Ahora, Doctor, me prometiste el mejor parque de diversiones en el universo. — y a diferencia de la Rose Tyler adulta, esta Rose tenía un notable acento cockney, su voz mostraba una seriedad que tanto Clara, y por supuesto este Doctor sabía que era mentira, y cuando la boca del Doctor se abrió, para refutar, Rose bajo su mano, la que había jugado con su cabello, y le toco la rodilla, la boca del Doctor se cerró automático. —No quiero que culpes a la TARDIS. Tú le estas dando golpes todo el tiempo con el mazo, es obvio que no iba a ir.

—Rose… —el Doctor había empezado, con un tono que en otras circunstancias Clara podría haber pensado que era serio, pero la mirada en sus ojos decía todo lo contrario, Rose negó con la cabeza, con una pequeña sonrisa sabiendo ahora en sus labios.

—Sino pudimos ir al mejor parque de diversiones en todo el universo. Quiero ir a lo segundo mejor. —el Doctor frunció su ceño y la duda se mostró en sus ojos, y la lengua de Rose volvió a salir, mostrando una sonrisa con todos los dientes. Y Clara sin siquiera conocerla sabía que esa sonrisa era problemas. —Playa, Doctor. Quiero ir a una playa y usar un bikini.

Pasaron dos cosas después que Rose soltara esas palabras. El mazo cayo de la mano del Doctor, haciendo un sonido estrepitoso que resonó en toda la sala, Rose y Clara saltaron ante el sonido, y Clara, quien se recuperó más rápido noto con diversión como las orejas del Doctor estaban rojas en las puntas y sus ojos se habían desviado hacia un punto tras de Rose, mirando a la nada.

Clara observo como la sonrisa de Rose se volvió más pequeña, y sus ojos eran solo dos pozos de satisfacción, oh, y ella sabía. Rose joven estaba consciente de lo enredado que tenía al Doctor en su dedo meñique, y él reaccionaba perfectamente ante cada una de sus provocaciones.

Rose joven soltó un suspiro lastimoso, y Clara sabía que era completamente fingido.

—Entonces, comida, un baño y una pequeña siesta. — Rose apretó con total intensión la rodilla, e ignoro o quizás no, como el Doctor salto ligeramente en su asiento. Como si hubiera recibido una pequeña descarga eléctrica. —¿Qué piensas? ¿Bikini rojo o uno negro? — El Doctor cruzo sus brazos sobre su pecho y no solo las orejas se encontraban entrañablemente  rojas, también lo estaba su cuello y su manzana de Adam se movió ansiosamente, de nuevo.

Clara cruzo sus brazos, ansiosa por ver como respondería el Doctor. Este Doctor, uno que nunca había visto o conocido, era un misterio. Su postura, sus gestos e incluso sus ojos. Y Clara sabía que este Doctor era la cara que le siguió al Doctor de la Guerra, sabía que este cuerpo solo recordaba haber matado a toda su gente. Haber presionado ese botón.

Y verlo balbucear ante el ataque de una joven que no podía tener más de veinte años hizo que su corazón se encogiera.  La joven Rose parecía tener suficiente, sabiendo que no iba a obtener más respuestas, dando un último apretón a la rodilla del Doctor, esta vez él se contuvo de saltar, se giró y bajo por otra rampa que hasta ahora Clara no había notado.

Y ahora en la sala solo estaba el Doctor, quien soltó un leve suspiro al ver a su compañera más joven ir a los pasillos. Él la había seguido con la mirada, desde el momento que ella se había dado la vuelta y había corrido, él había seguido cada uno de sus pasos. Y aunque Clara ciertamente no conocía a este Doctor, ella sabía sobre la mirada que tenía en sus ojos.

Era felicidad. Este Doctor con su chaqueta de cuero y acento del norte estaba absolutamente feliz y maravillado por una humana. El Doctor se paró sobre sus pies y recogió el mazo, Clara observo como, al igual que su Doctor, empezaba a jugar con los controles de la TARDIS, sin realmente presionarlos. Dejo el mazo encima de la consola, y fue hasta donde Rose había girado la palanca, la satisfacción brillo en sus ojos, y bajando la siguiente palanca, ella misma sintió los motores cobrar vida.

—Rose Tyler, te daré una playa. — fue una declaración y el Doctor empezó a moverse, no, empezó a bailar alrededor de la consola, y como Clara no conocía para nada esta consola, solo lo vio presionando y girando, hasta que su viaje termino en la única pantalla que tenía, hubo un traspié y la habitación se sacudió un poco, y el Doctor se aferró a la pantalla con sus manos por unos segundos, una sonrisa maniática cruzo su rostro, cuando estiro un brazo y bajo la única palanca que llego a reconocer, la de desmaterialización, Clara definitivamente no sabía si esta versión era completamente loca o solo tenía grandes problemas de actitud, porque luego que la palanca estuvo abajo, el Doctor tomo el mazo.

Entonces entendió para qué era el mazo. Oh, estúpido hombre.

Clara por puro instinto se acercó a paso a apresurado al Doctor para detener lo que estaba por hacer, pero cuando simplemente lo atravesó y tropezó hacia delante, Clara quiso golpearse contra algo, porque lo había olvidado por completo y cuando giro, vio con horror como el mazo conecto contra la consola, y esta empezó echar chispas. La TARDIS se sacudió con violencia solo unos segundos, las luces de la sala parpadearon con igual de furia, y bamboleo había sido suficiente como para hacer que el Doctor volviera tropezar, y este volviera a sujetarse de la pantalla.

Sin perder ni por un segundo su sonrisa maniática.

— ¡Es un maldito loco!  — chillo, definitivamente había chillado en dirección de Rose Tyler. Y cuando vio el rostro de la mujer, su boca se abrió por si sola. —¡Te gusta él! —farfullo y no fue hasta que lo soltó que había una completa acusación en sus palabras. 

Rose Tyler giro su mirada hacia ella, que hasta ahora había estado solo concentrada en el Doctor, y Clara inmediatamente se arrepentido de sus palabras.

—¿Y? Te gustaba más su cara de ojos verdes y gran barbilla que la de ahora. —el tono fue vago, pero el sarcasmo lo bordeo y Clara apretó sus labios juntos, sabiendo que se lo merecía. Y de pronto los ojos marrones volvieron a brillar en oro, la sala cambio delante de ella, el Doctor con chaqueta de cuero de despareció en una nube de polvo dorado, las luces cambiaron, y estaban en la sala de control que Clara conocía. El cambio había sido tan rápido que ni siquiera había pasado un parpadeado cuando, y cuando lo hizo, un ligero mareo la ataco, respiro profundamente, tratando de mantener el mareo a raya.

La silla reclinable, el piso superior y los estantes con libros, incluso la pizarra, estaban en su sitio habitual, y Clara soltó un suspiro, porque incluso el rotor del tiempo tenía su habitual tono anaranjado, y haciendo un recorrido rápido, los seis lados de la consola tenía todos los botones, palancas y perillas que conocía.

De repente cansada, se tambaleo y retrocedió hasta que la parte posterior de sus rodillas tocaron el borde de la silla, y cayó, vio sus propias manos temblando en su regazo, y se abrazó a sí misma, porque todo lo que había visto las últimas horas la había agotado hasta la muerte y solo quería dormir. Solo necesitaba olvidar las últimas horas. Por el rabillo del ojo pudo percibir a Rose Tyler caminando hasta quedar delante de ella, unos movimientos, y su espalda baja estaba apoyada contra la consola y por un momento Clara no quería verla.

Algo mal estaba en todo lo que estaba pasando, porque eso no había sido una historia, no, eso había sido una declaración de quién había sido Rose Tyler y verla, ver a la mujer, solo le causaba una terrible frustración. Respiro, porque, aunque estaba malditamente cansada, ella aún tenía esa adrenalina corriendo por su sistema que se concentraba en sus piernas y sus manos cuando algo realmente mal estaba ocurriendo y la única alternativa que tenía era correr.

Así que corrió. No con sus pies, no, corrió de la única forma que el Doctor le había enseñado bien, con su mente.

—Realmente no quiero verte, pero no quiero te vayas porque quiero respuesta. Te haré preguntas que podrás contestar solo con o no, te daré un máximo de cinco segundos para contestarlas y si no lo haces entenderé que no las responderás. ¿Eso está bien para ti? —aguardo, esperando que los pies descalzos que miraba desaparecieran.

Empezó a contar, uno, dos, tres, cuatro…

—Sí.

Clara soltó el aire que inconscientemente había estado reteniendo.  Y repasando cada una de las preguntas que tenía, las armo de una forma en que fueran fáciles de contestar. Se recostó del respaldar, dejo caer sus manos hacia su regazo y no levanto la vista de los pies descalzos.

—¿Eres la cosa que siente el Doctor cuando está solo en la TARDIS? —bien, había empezado con una pregunta larga. Empezó a contar, uno, dos…

—Sí.

—¿Has estado siempre en la TARDIS?

Uno, dos, tres, cuatro…

—No. —y eso no se lo había esperado, otra pregunta revoloteaba en su mente, pero no era de respuesta simple. Cerro los ojos, y pensó unos segundos, y luego los abrió, su cabeza por inercia se movió bruscamente hacia arriba, pero se detuvo cuando recordó no mirarla. Su vista se quedó justo al nivel de su cuello, y noto algo que no había notado antes. Una cadena simple, plateada y con una llave colgando.

—Pero ¿conoces cada una de las caras del Doctor?

Uno, dos, tres…

 Sí.

Clara medito la siguiente pregunta unos segundos antes de soltarla: —¿Has salido alguna vez de la TARDIS?

Uno, dos, tres, cuatro, cin…

 —No. —casi había tardado los cinco segundos en contestar, y aunque su voz había sido plana durante todo el cuestionario, su voz variaba, y Clara empezó a encontrar un patrón.

—¿Me has mentido?

—No. —la respuesta había sido tan rápida que a Clara no le había tiempo de contar. Retorció sus propias manos en su regazo, y atrapo su labio inferior entre sus dientes.  Se le había hecho imposible evitar mirar la cadena con la llave. Soltó su labio y siguió. Pero ¿por qué no le mentiría?

—¿Has conocido a cada compañero del Doctor?

Uno, dos…

—Sí.

Y Clara recordó a la Rose joven, y la conversación que ella había tenido con el Doctor. Esos ojos marrones habían estado una vez llenos de vida, cuando esta mujer delante de ella había viajado con el Doctor, había sido como ella misma, no, Rose Tyler había sido más que ella misma. Porque en ese pequeño recuerdo pudo notar que, a diferencia de ella, Rose Tyler había estado en la TARDIS como compañera permanente. Su vida había girado en torno a las aventuras y los planetas, el viaje en el tiempo y el espacio.  Y la llave Yale solo reafirmaba esa teoría. Y Clara sabía que quizás su próxima pregunta golpearía una vena.

—¿Estás viva?

Uno, dos, tres, cuatro…

 —Sí. —su tono vario, su voz hizo un arrastre alrededor de la “e” en vez de la “s”, y su cuerpo se movió un poco de la posición que había tomado inicialmente en la consola y Clara supo que la tenía cuando su mano subió y empezó a tocar la llave.

—Pero, ¿tu cuerpo está vivo?

Uno, dos, tres, cuatro, cinco.  Clara parpadeo, contó cinco segundos más, y la respuesta no fue contestada. La mano en la llave se había quedado quieta y Clara apretó sus propias manos, porque la tensión se había vuelto casi palpable, y por un por un momento le pico la curiosidad, solo tendría que subir la mirada y ver qué clase de emoción estaba en los ojos marrones. Pero se rehusó, en cambio siguió pinchando.

—¿Eres humana?

Uno, dos, tres, cuatro…

—No. — Y Clara había pensado por un momento que no respondería, pero la caricia contra la llave reanudo y su voz había vuelto hacer cuidadosamente plana.

Clara empezó catalogar todo lo que sabía hasta ahora: Rose Tyler no era un holograma, pero tampoco era corpórea, había sido humana y posiblemente algo había pasado en sus viajes con el Doctor que la había convertido en lo que era, y esa pista la había tenido cuando su Doctor la había mirado, la había acusado de no ser Rose Tyler, porque él quizás sabía que era imposible que ella estuviera ahí, y Clara solo había llegado una conclusión posible sobre la reacción del Doctor: Rose Tyler, la humana, debió haber muerto. El solo pensamiento hizo que un escalofrió recorriera su columna y su corazón se encogiera.

Y había algo, un punto gigante que solo la había golpeado hasta que ella había visto sus ojos brillar en oro y había respondido su última pregunta. Si Rose Tyler no era humana se podía conectar al menos a un nivel telepático con ella misma y el Doctor, a través de la TARDIS, porque Clara había sentido el toque en su hombro, pero realmente no había sido un toque, no, había sido el recuerdo de un toque. Pero ni siquiera River había llegado a ese nivel, y aunque saber que ella estaría rondando su mente no la tranquilizaba, Clara estaba segura que la mujer no estaba leyendo su mente.

Solo porque podía, pensó muy fuerte en el Doctor. En su anterior rostro, y la vez que lo consiguió desnudo y nada paso. Rose Tyler seguía frente a ella, la caricia era floja contra la llave, y su postura no había cambiado en lo más mínimo.  Con otra pregunta a arriesgada en su mente, Clara respiro y elevo la mirada, hasta la cara de Rose Tyler, los ojos marrones estaban perdidos, un musculo de la mandíbula saltaba y Clara estaba fascinada, porque estaba viva, pero su cuerpo no estaba realmente ahí, ¿cómo lograba todas las muecas y reacciones naturales? O ¿solo habían sido actuadas?

Se aclaró la garganta, y Rose dejo de ver al vacío y la miro, ojos planos la observaron con atención y la caricia de sus dedos contra la llave paro un segundo y luego se reanudo, Clara sabía que era ahora o nunca.

—Pero fuiste humana, lo vi, pero si has estado aquí, en la TARDIS todo este tiempo ¿realmente recuerdas serlo? —un destello de oro revoloteo unos instantes en sus ojos y Clara se esforzó en no seguir su instinto que le infundía pegar su espalda contra el respaldar de la silla, pero su cuerpo se tensó.

La mano, la que había estado jugando con la llave, cayo, ambos brazos ahora estaban laxos a cada lado de su cuerpo. Y Clara conto cinco segundos, y luego cincos segundos más, pero el cuerpo de Rose estaba mortalmente quieto, sin parpadeo, sin signos de respiración o movimientos en mandíbula, como había sido antes, parecía una estatua y cuando por fin hablo, Clara no se lo había esperado en absoluto.

—No. —fue un susurro entre dientes, tan bajo que sus labios habían permanecido quietos.

—¿Cómo? — fue una pregunta que resonó en toda la sala, en una voz masculina, la había tomado por sorpresa y parándose sobre sus pies con demasiada rapidez, sus ojos miraron al otro lado de la consola, donde estaba el Doctor.

Quien miraba hacía Rose Tyler. Y Clara supo que no era bueno, porque sus ojos azules tenían una fría furia, su cara estaba tensa, y Clara sabía que era el tipo de mirada que el solo les dirigía a los enemigos. Nunca a un amigo.

Empezó abrir la boca, y el Doctor solo la miro, sus ojos se encontraron, y él la miro con una pizca de disculpa en ellos, y Clara cerro la boca, completamente confundida. Él se acercó, camino hasta ella y le toco su brazo izquierdo, y ella no sabía lo tensa que había estado hasta que él la toco y su mente dejo de correr por un segundo. Él estaba bien. Molesto, completamente loco, pero bien. Y era lo único que ella le importaba.

—¿Estas bien? — le pregunto, mirándola intensamente, como si estuviera revisando que no estuviera herida, viejo tonto, ella tomo su mano, la que estaba en su brazo, sonriendo, asintió. Porque no tenía ni una palabra que decir. Él frunció el ceño levemente, y su boca se rizo, no completamente contento, le dio una última mirada para girar su rostro hacía Rose, quien no se había movido en absoluto, parcialmente aun le seguía dando la espalda a ambos.

El Doctor soltó su mano, y camino hasta Rose, y una voz en la parte posterior de su cabeza le insistía a Clara que volviera a tomar sus manos, que no permitiera que se acercara a ella, pero otra, otra voz mucho más grande le exigía soltarlo, porque solo quería verlos a los dos, quería ver lo que causaría ese choque, el de Rose Tyler y al Doctor.

El Doctor caminó, en menos de cuatro pasos ya estaba frente de ella, y la miro, Clara noto que la estaba detallando, no cómo antes cuando no había podido pensar con claridad, no, esta vez la detallo con juicio en sus ojos. Su cara seguía tensa, su respiración estaba controlada, y su boca seguía teniendo el rizo en ambas de sus esquinas.

Él estaba evaluando a una persona que era imposible, y posiblemente sospechosa, alguien que había sido de un pasado muy lejano y ahora estaba ahí, no completamente humana, pero él tampoco sabía qué era, ni cómo está ahí, y Clara lo conocía lo suficientemente bien para saber que todo ese misterio sin resolver, entorno a Rose Tyler, lo tenía al borde. Qué esa actitud tranquila solo era una fachada y saldría volando a la primera sospecha de peligro.

Y Rose hablo.

— Lobo Malo, — y había pasado tanto tiempo desde que había dicho una palabra que cuando musito esas dos, Clara trago en seco. Las había leído antes de salir de la TARDIS a la playa. Pero no sabía que significan, aunque le sonaban terriblemente familiares.

Si era posible, el ceño del Doctor se profundizo mucho más, al igual que el rizo en su boca. Cruzo sus brazos sobre su pecho y se balanceo ligeramente sobre sus pies, ansioso. Azul y marrón se miraron, y Clara podía cortar la tensión con cuchillo, fácilmente.

—¿Cuándo? —su tono de voz fue bajo, pero el timbre en su acento estaba tenso. Era una bomba a punto de explotar. Un leve parpadeo de parte de Rose, y el pecho del Doctor se movió bruscamente ante rápida respiración.

—Hace mucho tiempo.

El Doctor se acercó un paso, Rose se mantuvo impasiblemente quieta, el hueso de la mandíbula del Doctor se movió y Clara se vio así misma avanzando también.

—¿Cuántos? — el Doctor insistió con los dientes apretados.

Rose movió su cabeza, solo un poco hacia la derecha, y con el mismo de voz vacío, respondió: —Hace muchos años.

El Doctor camino un paso más, y se veía como si estuviera a punto de caer en su órbita, porque, aunque su rostro y sus ojos no mostraban querer estar cerca, su cuerpo mostraba todo lo contrario. Estaba quieto, lo más quieto que Clara lo había visto jamás, pero había cruzado sus brazos para evitar tocarla. Sus hombros estaban más erguidos que nunca, pero sus pies se balanceaban hacía ella, y Clara estaba fascinada, porque al igual que él, Rose estaba quieta, sí, pero sus hombros estaban tensos, y sus manos, que, aunque no fueran reales, tenían un agarre de hierro contra la consola, hasta el punto de que sus nudillos se habían vuelto pálidos. Y para Clara era lo más cercano de ver dos galaxias chocando frontalmente sin que ella muriera a causa de la explosión.

Y la voz del Doctor la trajo de vuelta. Parpadeo varias veces.    

—¿Cuántos años? — la paciencia se estaba agotando y Clara empuño sus manos, preparada.

—Demasiados. —el tono apagado en su voz, la misma mirada vacía convirtió al Doctor en la explosión.  

—¡Sí, Rose! ¡Demasiados años! ¡¿PERO CUANTOS?! ¡¿CUANTOS AÑOS HAS ESTADO AQUÍ?!

El Doctor rugió furioso, sus manos salieron disparadas y apuntaron a Rose y de ella a la TARDIS, su cuerpo empezó a moverse por sí solo en torno a ella, su respiración se había vuelto superficial y Clara sabía que apenas era el principio.

—¡¿Demasiados?! ¡Eso no es una respuesta! ¡NO ES UNA MALDITA RESPUESTA! — su voz fue inflexible entorno a las palabras, se detuvo, rápido, cerca de Rose, sus rostros separados por solo unos centímetros, las aletas de su nariz abiertas, sus dientes completamente mostrados, una expresión de pura furia. Y siguió despotricando, con el sonido del trueno en su voz: —Fechas, números, ¡Maldita sea! ¡dame unas sangrientas coordenadas, Rose!

Sus ojos eran salvajes, su voz se había vuelto ronca por los gritos, la vena de su frente resaltaba, su respiración estaba completamente caótica, y Clara estaba segura que su bypass se había activado ante los movimientos en su pecho, y ella nunca lo había escuchado jurar. Sus manos fueron con furia a sus ojos, aplastando con las palmas abiertas contra ellos, por unos segundos permaneció ahí, calmando su respiración, y luego sus manos bajaron hasta su nariz, ambos pulgares creando un arco bajo mandíbula y en sus ojos extrañamente enrojecidos la tormenta había cesado un poco, suspiro ruidosamente, ambas manos cayeron y solo se quedó ahí, mirando a Rose.

Quien seguía mortalmente quieta, quien no había reaccionado a ninguno de los movimientos violentos del Doctor. Con sus ojos en punto invisible y la cara sin expresión.

El silencio que siguió luego del suspiro fue tortuoso, incluso el zumbido familiar del rotor del tiempo era demasiado ruidoso, y Clara tenía todo su cuerpo tenso como un arco, haciendo su propia respiración lo más silenciosa posible, casi se sintiendo sin aire.

El Doctor agacho su cabeza, su mano derecha, que temblaba un poco, subió hasta su frente, masajeando, y más respiraciones profundas siguieron después. Clara desvió su mirada de él y pudieron haber pasado horas. Solo cada uno en sus mentes, atrapados.

—Tres…—fue un susurro inseguro que, si no hubiera habido tal silencio, capaz hubiera pasado desapercibido, pero fue escuchado, y tanto el Doctor como Clara alzaron sus cabezas abruptamente, viendo a Rose, quien ahora miraba al Doctor, sus ojos mostrando una mezcla de suavidad y amargura que Clara había visto antes, y la respiración de Clara quedo atrapada en su pecho. —tres mil doscientos setenta y tres años…— los labios ni siquiera se había movido del todo cuando la última palabra había caído.

Y cuando termino, el Doctor retrocedió como si lo hubieran golpeado, su mano fue a su boca y sus ojos se abrieron, y esta vez un horror completamente diferente bailaron en ellos. Clara sintió el nudo en su garganta crecer y un frió la recorrió, paralizando. El Doctor se giró, dándole la espalda completamente a ambas. Y la nariz de Clara pico cuando vio sus hombros sacudirse.

Oh no, no, no…

—¿Por qué? —fue una pregunta susurrada, casi ahogada, de parte del Doctor, y Clara no se había dado cuenta que había empezado a llorar hasta su vista se empaño, se las limpio furiosa, sin impórtale el maquillaje.

Y Clara sabía qué él no quería escuchar la respuesta, que no estaba preparado, pero era el Doctor, y esa era la clase de hombre que él era. Ella cerro los ojos, sus uñas se clavaron en sus palmas y apretó sus labios juntos, esperando la explosión, que lo dejaría sordo, que lo aturdiría hasta sus huesos y posiblemente nunca se recuperaría.

La respuesta no tardo, y al igual que al principio, fue susurrada, con demasiada suavidad.

—Por ti.

Ella no vio, pero lo sintió y lo escucho, la respiración entrecortada del Doctor, el gemido doloroso que se le escapo y sus piernas no pudieron sostenerla, ella cayó sobre sus rodillas y sus manos tocaron el piso, alzo su vista empañada y lo vio. Aun de espaldas, con sus hombros temblando, sentado en las escaleras y su cabeza hacia bajo, oculto del mundo. Y ella solo quiso acercarse a él, consolarlo. Algo, cualquiera cosa. Pero su cuerpo se encontraba templando incontrolablemente, se abrazó a sí misma, y miro a Rose, que no se había movido.

Pero que quizás había sentido su mirada en ella, porque Rose giro su cara, para mirarla por encima de su hombro, y aunque Clara seguía sin conocerla en absoluto y había lastimado al Doctor, como nunca nadie lo había hecho, ella pudo ver en sus ojos un verdadero arrepentimiento. Clara creyó lo que vio. Porque Rose Tyler amaba al Doctor. Lo amaba tanto que con toda intensión había pinchado una herida abierta, y aun sabiendo lo que significaba, siguió adelante.

Y de pronto, el brillo dorado volvió a los ojos de Rose, y Clara sabía que pasaría, pero antes de siquiera detenerla, desapareció, como si nunca hubiera estado ahí. Todo antes de un parpadeo, pero la sentía, aun podía sentir cierta calidez que la abrigada. Se encontró mirando a todos lados, buscándola, pero no encontró su rastro, y cuando se iba a dar por vencida un “Lo siento” fue susurrado en mente, tan bajo que ella se lo iba perdido si no fuera porque no era su voz y qué ella misma no lo había pensado, porque no había pensado en nada en absoluto.

Y ella solo pudo dibujar su propia sonrisa cínica entre lágrimas, porque ¿qué tan típico es del Doctor hacer algo que estaba irremediablemente mal y solo disculparse?  Quizás estaban hecho el uno para el otro.

 

       

 

Chapter Text

La niña siguió las migas de pan hasta la casa del bosque, pero la casa no era dulce como se cuenta en la historia. Dentro de ella, la bruja no existía, pero una serpiente había hecho su nido, la invitó a entrar y le ofreció un regalo, le advirtió que no sería dulce, pero tampoco sería amargo.

La niña no muy feliz refutó "Vine por dulces"

La serpiente, sinuosa y no sorprendente, le respondió entre siseos "¿Y cómo sabes que lo que ofrezco no es mucho mejor?"

La confundida chica le preguntó de nuevo "Me dijiste que no sería dulce pero tampoco amargo. ¿Cómo sería eso mejor que un dulce?"

La serpiente se acercó y salió su lengua viperina. "¿Y no tienes curiosidad por lo dulce que puede ser el regalo?"

Y sí,  siendo muy joven, la niña tenía curiosidad. "Está bien, lo acepto" la serpiente no tenía labios para sonreír, pero sus ojos estaban haciendo el trabajo en cuestión, desenrollando su cuerpo, en el centro de su nido descansaba una pequeña canica. La niña se acercó y la tomó en sus manos.

"No puedes morderla" advirtió la serpiente, la niña entendió y se llevó el canino a la boca, y se lo tragó. Era dulce, lo sintió en su lengua casi de inmediato, pero ... ahora el nido de la serpiente tenía algo diferente. La niña se dio cuenta tarde, cuando la serpiente ya había enrollado su cuerpo alrededor del de ella, que el nido tenía huesos.

"¡Tu me engañaste!" gritó la niña, asustada por lo que vio.

Y la serpiente colocando su rostro cerca de la oreja de la niña, siseó "No te engañe, te dije que sería dulce y también amargo"

"¿Que me diste?" la niña ya no podía ver y su cuerpo ya no podía sentir, pero su voz no había fallado ante la oscuridad.

"La verdad"

 

8

Los Niños Perdidos I

 

 

Niños huérfanos, desaparecidos desde hacía dos meses. De todos los barrios. Nadie dando un segundo pensamiento por ellos por su estado dependiente de la nación. Porque si no estaban, menos recursos serían enviados a los orfanatos. Pero no solamente los niños estaban desapareciendo, no, las mujeres del área de Whitechapel se habían esfumado en el aire, sus cuerpos olvidados junto a sus nombres, nadie tenía ni una sola idea donde podía haber ido esas mujeres descarriladas, y nadie quería saberlo tampoco.  

 

        Pero quizás Gwenevere Forney se estaba inmiscuyendo demasiado en eso. Al fin y al cabo, solo era la hija de un panadero de la calle Paternoster Row. Pero, aunque había aprendido a leer a una edad tardía, no se había tomaba el tiempo de leer los periódicos, a sabiendas que no habría ni un solo artículo sobre los niños y las mujeres. 

 

        Solo eran noticias de boca a boca que se había extendido por todos los barrios bajos. Ella había escuchado por casualidad, mientras había ido al mercado. Así que acudió a Tim, el pescadero, que en la primavera pasada había pedido su mano en matrimonio; aun había leve incomodad de parte de él porque aun estaba enamorado de ella. Gwenevere fue directa al punto cuando lo vio, porque habían sido muy buenos amigos antes de la propuesta y lo seguirían siendo, así que, la respuesta que recibió de parte de Tim sobre los rumores había hecho girar un poco su mundo cuando le había admitido con cierta preocupación y temor que el pequeño Charles, un niño que era como familia para todos, había desaparecido. Nadie lo había visto en una semana y todos estaban tensos por eso.

 

        Se había despedido de Tim con fuerte abrazo y lágrimas picando en sus ojos.

 

        Gwenevere solo tenía 20 años, se había rehusado a casarse tres veces desde que había cumplido los 14 años, su padre, quien no había tenido hijos varones y había enviudado cuando la madre de Gwenevere había contraído tuberculosis cuando esta había tenido solo 6 años, estaba más que feliz de que no se casara. Gwenevere abría la panadería, se encargaba de limpiarla, hacia el inventario de los productos y trataba con los distribuidores.

 

        Gwenevere Forney se vestía como niño, hablaba como niño y era tan alta como uno, ella nunca había dejado que su cabello creciera más allá de los hombros, porque había aprendido dos importantes lecciones cuando había tenido doce años y Elizabeth Walmsley había tomado su cabello como si fuera un caballo salvaje, arrancándolo de raíz. Las mujeres juegan sucio y los hombres son criaturas simples. Desde que se había tomado la hojilla de su padre y se había cortado el cabello nunca más volvió a ser jalonada ni acusada de ser una roba hombres.

 

        Pero Elizabeth Walmsley nunca se casó con Jacob Paterson, el primer niño que pidió la mano de Gwenevere en matrimonio, con un anillo hecho de madera por su padre, uno de los pocos ebanistas que estaba en la zona. De hecho, Jacob había terminado yéndose a Finsbury y Elizabeth se había casado con Paul Varley, el hijo del carnicero de la calle Canon Aley.

 

        Y aunque Gwenevere era una dama vestida de niño, su habilidad de lectura era escasa, y la suma y resta de números pequeños era lo único que sabía de las matemáticas, ella sabía que se tenía que hacer algo por el pequeño Charles. Que, aunque los periódicos no hablaran de eso, alguien y no necesariamente el Scotland Yard, tenía que hacer algo. Y quizás por eso estaba parada a las afueras del número 13 de Paternoster Row.

        Desde que Gwenevere tenía uso de razón, la casa del número 13 de Paternoster Row estaba ocupada por una solitaria mujer. Rumores iban y venían entorno a esa casa, varias veces carruajes usados por el Scotland Yard habían parado enfrente de ella en numerosas ocasiones, y se había corrido la voz de una mujer ayudaba a la propia policía. Al principio nadie conocía la cara de la mujer, las pocos que se había acercado solo habían visualizado la silueta de una mujer vestida de negro al otro lado de las ventanas y habían corrido espantados.

 

        La panadería de Gwenevere estaba solo a unas seis casas de distancia, la única que se encontraba en esa calle, así que era doblemente más sospechoso que en todos los años de Gwenevere ni ella ni su padre habían visto a la misteriosa mujer. Pero no fue hasta el invierno de 1888, cuando los asesinatos de Jack el Destripador cesaron que pudo conocer a la mujer, bueno, a ella no, sino a su sirviente. Había obtenido el nombre de la misteriosa mujer a través de su sirvienta mientras la había atendido en la panadería una noche inusualmente solitaria.

 

        Madam Vastra y su sirvienta, Jenny Flint, esta última estaba cubierta con una gruesa capa, cuando había ingresado a la panadería, la campana arriba de la puerta había sonado alertando a Gwenevere, quien estaba en el almacén, que tenía visitantes, por inercia se había sacudido las manos contra el delantal, y había salido hasta el mostrador forzando una sonrisa. Había sido un día muy frio, desde la mañana sabía que sería un mal día porque uno de los distribuidores se había equivocado completamente con la cantidad de harina que tenía que entregarles, y había llegado menos de lo acordado.

 

        Un extraño error de parte de una persona que había su distribuidor desde que tenía uso de razón. Desde que habían abierto, desde las seis de la mañana hasta las doce del mediodía, la panadería había estado sustancialmente llena, Gwenevere, de 16 años en ese momento, había estado abarrotada con pedidos, eran un total de siete personas en la panadería, cuatro panaderos incluyendo a su padre, y tres personas para atender el recibidor incluyéndola a ella. No había sido hasta las tres de la tarde que el transitar de la gente había bajado por completo. Dejándoles un montón de basura que limpiar. Cuando finalizo la tarde, la calle estaba vacía, su padre había sacado una ración más de panes para vender en la noche, y cuando ella pego el descuido, todos se habían ido. Dejándola con unos diez panes calientes para vender si o si, y una nota solo nombrando la taberna al final de la calle.

 

        Había maldecido a su padre, y luego obedientemente llevo los panes al mostrador, esperando ansiosamente a un padre de familia rico que se llevara todos y así poder cerrar. Habían pasado una hora, luego dos, el sol ya estaba desapareciendo, y la calle se encontraba mucho más solitaria.  Gwenevere con hombros caídos fue al almacén, con papel y una pluma que era más vieja que ella, en mano, tomo nota de las cosas que tendría que pedir para el día siguiente. La campana sonó, ella dejo el papel y la pluma, y fue atender al cliente.  

 

        La mujer tenía su cabello oscuro recogido impecablemente, su vestido era negro, al igual que sus guantes y capa, color que, hacia resaltar su piel blanca, sus ojos eran castaños y tenía una diminuta sonrisa cordial en sus labios. Sus mejillas estaban completamente sonrojadas por el frio y afuera un carruaje la estaba esperando.

 

        Los vellos de la nuca de Gwenevere se alzaron cuando hizo contacto visual con la clienta. Porque simplemente no la conocía, su cara no le sonaba de nada, y eso era verdaderamente alarmante. Todos los días Gwenevere veía a los mismos clientes, era una rutina matutina para muchos, era un recordatorio tardío para otros, saber que tenían que pasar por la panadería de la calle Paternoster Row. Gwenevere no solo conocía a las personas que iba a la panadería, sino también a las personas que iban al mercado, que ciertamente eran las mismas personas que también veía en la panadería. Pero esa mujer delante de ella no era conocida de ningún lado. Y quizás por esa razón mantuvo su sonrisa falsa.

 

        —Buenas noches, señorita ¿en qué la puedo ayudar?  

 

        Ella misma siempre había odiado como se escucha su voz en sus propios oídos, demasiado ronca y poco femenina, y también su altura, que iba más allá de la medida normal para las mujeres, pero en ocasiones como estas, estaba muy agradecida, ya que era mucho más alta que la mujer extraña y eso le producía un poco más de confianza.

         

        —Buenas noches, me gustaría llevarme todos los panes que tenga, por favor. —su voz era dulce como la de un canario, y Gwenevere, asintiendo, fue por una bolsa y empezó a llenarla con los panes en el mostrador. No había sido un hombre rico, pero ciertamente había sido una mujer rica.

 

        Mientras lo hacía, su mirada se desvió por un momento hacia afuera, donde el carruaje seguía esperando a la señorita, a luz de la panadería golpeaba ligeramente sobre el y desde la ventana un rostro tapado por un velo negro se asomaba. La sorpresa fue tal que casi dejo caer el pan que tenía en su mano, no grito, pero de igual forma su corazón latió un poco más rápido en su pecho, cuando volvió a mirar, la cortina del carruaje había vuelto a caer en su sitio.

 

        —Lo siento, si la madam la asusto. — rápidamente volteo su cabeza hacia la otra mujer, que por supuesto la miraba atentamente y aunque su boca tenía una mueca de lo que se presumía era una sincera disculpa, Gwenevere sabía que era falsa por la diversión en sus ojos castaños.

 

        Sin una sola onza de preocupación sobre sus propios modales burdos, procedió hacer la pregunta que la había estado molestando desde que había visto la cara de la mujer.

 

        —¿Son de por aquí, señorita? Nunca antes la había visto y viajar con este frio solo por pan no es para nada saludable. — sin mirarla, metió el ultimo pan en la bolsa, y la coloco en el mostrador. —Son ocho chelines.— Alzo la vista, y la misma sonrisa ligera de antes había hecho su apareció. Una sonrisa demasiado tenue para esos ojos que solo mostraban recelo.

 

        Por un momento, Gwenevere temió que quizás había dicho mucho, pero la mujer, sacando unas monedas de los bolsillos de su abrigo se acercó al mostrador.

 

        —Sí, vivimos solo a unas cuadras, en el número 13 de Paternoster Raw. —su tono fue casual, pero Gwenevere sabía que la estaba mirando atentamente, esperando una reacción. Tanto tiempo jugando a las cartas con su padre y los amigos de él, que sabía cuándo alguien buscaba en tu rostro alguna reacción.

 

        Siempre fue buena jugando, y por lo tanto mantener un rostro neutral era muy fácil, pero tuvo que luchar duro, porque conocer a una de las personas que vivía en el número 13 de Paternoster era…verdaderamente intrigante. La mujer extendió la mano, y dejo los ocho chelines en el mostrador. Gwenevere los tomo con humildad, y mientras iba a la caja, sin darle la espalda completamente en ningún momento.

 

        —Entonces, usted le sirve a la señora de la casa— la mujer asintió mientras extendía sus manos para agarrar el pan. —Si puedo preguntar madam ¿qué? —una risa, entre un resoplido y una tos, fueron sonoramente expulsados de parte de la mujer, y Gwenevere se sintió confundida. ¿Había dicho algo gracioso? Porque estaba segura de que no, y quizás su emoción se mostró en su rostro, porque rápidamente la mujer se acercó unos pasos al mostrador, donde estaba la caja, esta vez con una sonrisa sincera, que mostraba en sus ojos junto a un leve rastro de nerviosismo.

 

        —Perdona, no quise ofenderla con mi risa, en solo que su pregunta me trajo un recuerdo, de una broma entre la madam y un viejo amigo. —ante la apresurada explicación, Gwenevere se sintió mucho mejor, y espero pacientemente a que la mujer contestara su anterior pregunta. Sosteniendo la bolsa de pan con su brazo izquierdo, la mujer arreglo un cabello rebelde que había caído al frente tan rápido que Gwenevere pensó que en primer lugar no había estado allí. —La señora de la casa es Madam Vastra, y yo soy su humilde sirvienta, Jenny Flint.

 

        Madam Vastra. Sin aclarar si Vastra era un nombre, un apellido o un título otorgado. Cosa que sinceramente le causaba mucha más intriga. La mujer, no, la señorita Flint aunque ya había pagado, y ya tenía su pan, seguía mirándola, y Gwenevere tardíamente recordó sus propios modales.

 

        —Mi nombre es Gwenevere Forney, señorita Flint. — la señorita asintió y Gwenevere prosiguió, torpemente: —Espero disfrute el pan. —sonrió, o trato de hacerlo. Siempre le había resultado difícil hacerlo cuando se encontraba incomoda.

 

        Pero ¿por qué estaba incomoda?

 

        —Seguro lo disfrutaremos mucho. Buenas noches, señorita Forney. — la señorita Flint, con una sonrisa cordial y cabeceo de cabeza, dio media vuelta y camino hacia la puerta.

 

        —¡Espere! — Gwenevere la había llamo antes de que abriera la puerta. La señorita Flint la miro por encima del hombro, sorprendida. Gwenevere había empezado a tocar con ambas manos su delantal sin darse cuenta, habito que había adquirido cuando se encontraba ansiosa. — Me puede llamar Gwenevere, señorita.

 

        Los ojos de castaños de la señorita Flint se iluminaron, y le dio quizás la primera sonrisa sincera a Gwenevere. —Y usted me puede llamar Jenny, Gwenevere. Si quiere hablar, sobre cualquier cosa, puede ir al 13 de Paternoster. Yo misma la atenderé.

 

        Jenny había abierto la puerta, el aire frío había entrado sin permiso y se había despedido con una última sonrisa e inclinación de cabeza. Gwenevere la vio subir al carruaje, en ningún momento pudo visualizar más sobre la misteriosa Madam.

 

        Gwenevere no vio a la Jenny hasta un mes después de su visita. A veces venia sola, sin ningún carruaje que la acompañara. Nunca hablaron de nada, siempre se saludaban cordialmente. Y a veces podía pasar meses hasta verla de nuevo. Ella sabía por boca de Thomas, uno de los herreros, que Madam Vastra y Jenny iban muy seguido al teatro, al menos cada primer sábado de cada mes, que solo quedaba a una calle de distancia de la herrería, nadie había visto el rostro de la Madam. Uno de los rumores más propagados había sido el de que la Madam era viuda y esposo anterior había desfigurado su rostro, y por eso siempre usaba un vestido y velo negros.

 

        Gwenevere nunca había aceptado la invitación de Jenny para ir a la casa, tampoco había hablado con nadie sobre las pocas veces que en el año que recibía a Jenny en la panadería en horas impías de la noche. Y así fue por los siguientes cuatro años.

 

        Con ayuda de Tim el pescadero, Thomas el herrero, Jack el ayudante de cocina de su padre y Paul el repartidor de periódicos, habían recolectado un total de 100 peniques y 18 chelines, y todo estaba metido con sumo resguardo en su pequeña bolsa. No era mucho, pero era todo lo que habían podido recolectar para Charles, Gwenevere había contado su secreto mejor guardado a ellos y habían decidido por voto unánime que ella sería la que fuera al 13 de Paternoster a pedir ayuda a la madam que incluso colaboraba con el Scotland Yard.

 

        Los nervios la hacían temblar las piernas, no había otra que agarrar aparte de las solapas de su camisa, avanzo, y parándose frente la puerta, tuvo las ganas de correr, pero no, fue un pensamiento cobarde. Y ella no podría ser cobarde cuando Charles estaba ahí afuera, pasando por Dios sabe qué cosa. Pedirle ayuda a una mujer como Madam Vastra no era nada.

 

        Alzo su mano derecha hacia la aldaba de la puerta, y toco dos veces. Espero, los nervios habían corrido en el momento que había tomado la aldaba, pellizco con sus dientes sus labios, ansiosamente. Escucho pasos del otro lado de la puerta, e irguiendo sus hombros y se preparó.

 

        Cuando la puerta por fin se abrió y la cara sorprendida de Jenny fue lo primero que vio, ella quiso abrazar inmediatamente a la mujer más pequeña. Y quizás eso se vio reflejado en su rostro.

 

        —¡Gwenevere, que sorpresa! Qué…—Jenny callo al ver la cara pálida de la muchacha, detallo ávidamente su aspecto. No solo estaba pálida, sus labios estaban tan mordisqueados que las lesiones de sangre estaban haciendo acto de presencia, aunque estaban en pleno otoño, la capa que la cubría era demasiado gruesa, pero aun así su cuerpo temblaba ligeramente, y aunque siempre había tenía ojeras, Jenny pudo notar que estas estaban mucho más oscurecidas, y pudo observar como en su mano izquierdo sostenía fuertemente una pequeña bolsa de piel. Lo sostenía tan fuerte que sus nudillos estaban pálidos.

 

        Jenny se acercó, y toco la mano izquierda de Gwenevere, esta ante el toque repentino salto, porque había estado tan perdida en sus pensamientos que no había notado cuando había empuñado sus manos tan fuertes, sin perder tiempo ni soltar la bolsa, las manos de Gwenevere cubrieron la mano de Jenny ansiosamente, como un mendigo pidiendo limosna, y una furia trepo en Jenny al ver el estado de Gwevenere.

 

        —Mis…Jenny, lo siento por presentarme a estas horas sin avisar…—su voz había salido más ronca de lo normal, había vacilado levemente al decir su nombre y eso enterneció a Jenny profundamente. Apretando cálidamente las manos de Gwenevere antes de soltarlas, abrió la puerta mucho más.

 

        Los ojos verdes de Gwenevere se abrieron desmesuradamente y algo cercano al temor se presentó en sus ojos, Jenny se apresuró con sus palabras.

 

        —Gwenevere ¿quieres entrar y tomar una taza de té?

 

        La voz de Jenny fue amable, y Gwenevere miro con incertidumbre el interior de la casa que se le mostraba, una casa que había sido la comidilla de todos en la zona por los últimos quince años, y luego miro nuevamente a Jenny, sus ropas eran las de un sirviente, pero con sus hombros erguidos y sus ojos cálidos, su postura era segura, como si no solo sirviera a la Madam de lugar, sino que también ella misma fuera una propietaria más.

 

        Su ansiedad disminuyo, y rezando internamente que sus botas no estuvieran muy sucias, asintió a la invitación. Si fuera posible la sonrisa de Jenny se hizo más grande, y dio paso atrás para que Gwenevere entrara. Cuando la puerta se cerró tras de ella, el corazón de Gwenevere dio un golpe furioso contra su pecho y tuvo la leve sensación de que ya no habría vuelta atrás. Como si estuviera apostando su vida en un juego de cartas en vez de comida o dinero.

 

        Y pensando en la sonrisa pícara del pequeño Charles, y su cabello color trigo, no pudo encontrar arrepentimiento alguno.

 

 

DOCTOR WHO DOCTOR WHO DOCTOR WHO

 

        Había tantas plantas a su alrededor que a Gwenevere le estaba constado muchísimo trabajo saber cuál era cual. Podio distinguir algunos helechos, pero por la forma de las hojas y los patrones no estaba del todo segura que hubiera acertado del todo. La habitación donde había sido dirigida por Jenny era tan cálida que su propio chaleco la estaba asfixiando, Jenny había tomado su capa, y la había dejado en le perchero, al principio se había sentido cohibida por unos instantes al hallarse siento vista tan descaradamente vestida de hombre.

 

        Pero Jenny no había ni siquiera parpadeado a su dirección. Así que el sentimiento en cambio había sido ahogado por la gratitud. La mesa de té donde ahora estaba sentada era hermosa, tan hermosa que desde que se había sentado había decidido mantener sus manos lejos del vidrio, ella actualmente ocupada unos de los seis asientos de hierro pintados de negro con un acolchado de flores. Estaba tan tensa como un arco al saber que sus pantalones, que no estaban del todo limpios, estaban tocando el diseño tan impecable de la silla. Así que para distraer su mente del caro inmobiliario decidió observar las plantas, alguna que otra estatua y la habitación.

 

        Si bien el máximo atractivo de la habitación era la cantidad exuberante de platas que había en ella, no era eso lo que llamaba furiosamente la atención de Gwenevere, no, lo que llamaba en si la atención era la construcción en general de ella. La habitación del té, o la habitación verde como la había llamado Jenny, era un invernadero dentro de la casa, sus paredes jugaban entre madera y vidrio, su techo era una copula, donde las platas más altas tocaban con ahínco, y aunque ella sabía que era de noche afuera, la habitación estaba tan iluminada como si fuera un día de verano.

 

        La habitación era tan hermosa que Gwenevere había pensado que estaba en otro lugar por un momento y ella quería quedarse a vivir para siempre en este lugar. Jenny la había sentado y le había indicado que esperara, que traería el té en unos momentos.

 

        Pero ya había pasado un largo rato y aun no se veía una pista de ella. Y había empezado a pasar la bolsa de una mano a otra por puro nerviosismo, haciendo que las monedas adentro se agitaran. Su mirada estaba puesta en sus propias botas, tan distraída en lo hermoso de la habitación que cuando escucho el leve tap de unos zapatos de tacón contra la madera acercarse, Gwenevere soltó un largo suspiro.

 

        —Veo que Jenny la acomodo muy bien, señorita.

 

        Pasaron dos cosas interesantes cuando una voz desconocida hablo del otro lado de la habitación, la bolsa que había estado en el aire en ese momento se había caído al suelo, y Gwenevere se había sobreltado con la voz de tal forma que se había tambaleado en la silla y estuvo a unos segundos de caerse, sino fuera que por ocurrencia tardía sus manos hayan salido disparadas a sostenerse de los bordes de la mesa que momentos antes había prometido no tocar con sus manos. La mesa se tambaleo, y Gwenevere pensó por un instante que quizás también se caería, pero no, se sostuvo, al igual que ella en la silla, y todo se quedó en silencio por uno segundos.

 

        Gwenevere sentía sus mejillas calientes por la vergüenza, y cuando alzo la vista para ver a la dueña de la voz y pedir todas las disculpas apropiadas, un sonido granizado fue todo lo que pudo expulsar de su garganta. Madam Vastra. Con un hermoso vestido negro y con su habitual velo del mismo color ocultando su cara estaba parada en la puerta de la habitación. Sus manos enguantas tenían la empuñadura de un bastón, colocado casualmente delante de ella.

 

        Y por un momento Gwenevere se vio a si misma siendo golpeada por ese bastón. Soltó con dedos temblorosos el borde la mesa, dejo las manos en su regazo, y se quedó quieta. Tan quieta que trato de no hacer ruidos con su respiración. Entonces Madam Vastra camino unos pasos hacia su dirección y ella no respiro en absoluto, siguió avanzando hasta que estuvo solo al otro lado de la mesa.

 

        —¿No recogerás esto? —su bastón había ido hasta golpear la bolsa que aún estaba en el piso, haciendo que las monedas tintinearan y Gwenevere se agacho tan rápido que cuando tomo la bolsa en sus manos y alzo nuevamente su cabeza, un pequeño mareo la ataco, haciéndola ver doble por unos segundos.  

 

        —L-lo siento, madam, no era mi intensión molestarla. —mantuvo su cabeza gacha, sus manos aferradas fuertemente entre ellas y la bolsa de monedas, y sus hombros se encogieron, por inercia, tratando de parecer lo más pequeña que fuera, cosa que era imposible con su altura.

 

        El silencio se hizo presente por unos segundos, pero para Gwenevere pudo haber sido años. Sintió una gota de sudor bajar por su nuca, y reprimió las ganas de limpiarlo. Seria extremadamente indecoroso que alguien de su clase hiciera tal acto en presencia de una mujer con el estatus de Madam Vastra.

 

        Ella misma aun sentía rechazo hacia su persona por haber tocado con sus manos desnudas la mesa de té, y por ende no se atrevía a mirar el vidrio en busca de manchas en su superficie.

 

        —¿Por qué se encuentra usted tan nerviosa? —la pregunta de parte de Madam hizo que saliera de sus pensamientos y que su cabeza se alzara por inercia hacia su dirección. Sospeso lo que podía contestar y su mente se encontraba sin respuesta. Ella había venido a solicitarle su ayuda y servicios a la mujer que tenía enfrente, si Madam se negaba, ella solo iría de nuevo al punto de inicio.

 

        Pero sinceramente no quería hacer nada para ofenderla y darle una razón para negarse. Y Gwenevere quería que Madam no utilizara ese velo, porque al menos, si la viera a los ojos, podría saber un poco sobre los pensamientos de la Madam. Se armó de falso valor, enderezo sus hombros mientras se erguía en sus piernas, y miro a Madam Vastra, que hasta ahora solo había hecho una leve inclinación de su cabeza ante sus movimientos.

 

        —Madam Vastra, me presento formalmente; mi nombre es Gwenevere Forney, y vine a estar horas solicitando su ayuda, Madam. Me disculpo por la rudeza de mis acciones anteriores. —Hizo una leve reverencia con los ojos cerrados, esperando no estuviera del todo mal, y cuando volvió a levantar su cabeza la madam se había a cercado mucho más que antes. No había hecho ningún ruido en particular con sus tacones, y los vellos de su nuca se alzaron.

 

        El acercamiento había sido demasiado silencioso. Pero antes, Gwenevere había escuchado muy claramente el leve tap de tacón, y ahora no había escuchado nada. Para una persona que había pasado más tiempo en la calle que una casa, cosas como esa nunca pasaban desapercibido. Su padre la había enseñado todo lo que hombre debía saber, aunque ella misma no lo era, porque saber la diferencia entre un ruido y otro por ejemplo eran, en una muestra bastante clara, la forma en podías llegar al día siguiente. Siempre sabía cuándo la seguían, siempre sabía cuándo alguien tenía segundas intenciones, y toda esa precaución la había salvado en más de una ocasión.

 

        A sabiendas que podía ser un insulto, miro directamente a los ojos a Madam, o al menos donde creía que se encontraban sus ojos. El velo era tan oscuro que ella ni siquiera podía visualizar alguna característica. La Madam movió su bastón de una mano a otra, hasta que por fin se detuviera y lo dejara en su mano izquierda.

 

        —Jenny pudo haberme informado un poco sobre la situación, señorita Gwenevere, — su voz era suave, mucho más amable que al principio, y dándole la espalda, camino hasta el otro lado de la mesa, y haciendo que las patas de la silla hicieran un poco de arrastre contra el suelo cuando la movió, se sentó. Con un movimiento de su mano derecha, le indico a Gwenevere que se sentara, y ella, aunque dudo un poco al principio, lo hizo.  

 

        Y Gwenevere lo noto entonces, en un parpadeo, la silla donde la Madam estaba sentada era muy diferente a lo que había sido al principio, y la habitación…solo se había oscurecido y el canto de los pájaros se escucha. Gwenevere trago grueso cuando se dio cuenta que, la mesa, la mesa que había tocado solo unos minutos antes no estaba entre ella y la Madam. Y ahora estaban mucho más cerca que antes. Sus muslos se tensaron contra la silla, sus manos agarrón fuertemente el saco, y se obligó a no reaccionar ante el cambio repentino.

 

        Aunque su sentido común le decía todo lo contrario, le gritaba que huyera y gritara, se quedó. Por Charles, por todos los niños y mujeres desaparecidas. Entonces escucho con atención otro conjunto de pasos, un leve tap lejano que resonaba contra la madera, y al siguiente segundo Jenny entro a la habitación sosteniendo la bandeja con el té. Se acercó a la Madam, quien tenía a su lado una mesa que Gwenevere no había notado con anterioridad, con una destreza que hablaba de años de experiencias, dejo las tazas en la mesa y sirvió el té con una mano, mientras que con otra sostenía la bandeja.

 

        Dejando la bandeja a un lado, en otra pequeña mesa que no había estado ahí, le acerco con una sonrisa cordial su taza de té, y no fue hasta que extendió sus dos manos para tomarla, que se percató de lo rígido que se encontraba todo su cuerpo, e incluso su rostro, porque había querido sonreírle a Jenny por su amabilidad, pero solo había salido una sonrisa forzada, y en los ojos de Jenny una clara disculpa era vista.

 

        Una breve tos resonando en la habitación, y toda la atención de Gwenevere volvió a la Madam. Esta tenía su taza en la mano, su baston estaba reposando contra el reposa brazos de la silla y la miraba atentamente atreves del velo.

 

        Jenny se paraba a su lado, y la madam había tomado una pequeña cucharilla para remover el té, sin apartar en ningún momento su vista de ella.

 

        —Señorita Gwenevere, necesito hacerle una pregunta antes de escuchar su petición, si su respuesta me complace, accederé a su petición por más absurda que sea… —ante tales palabras, fue imposible para Gwenevere calmar el leve movimiento ansioso que su pierna derecha dio, y aunque ella sabía que faltaba algo más, se permitió relajar su cuerpo solo un poco —Pero, de ser completamente lo contrario, le pediré que por favor se retire sin objeción alguna ¿está de acuerdo?

 

        Gwenevere apretó sus dientes y sus labios dibujaron una fina línea, sus manos se habían agarrado con tanta fuerza alrededor de la taza de té, que Jenny por un momento pensó que la rompería, sus ojos verdes se habían vuelto cuidadosamente planos y su postura, que se había relajado considerablemente los últimos segundos, había vuelto a ser tensa.

 

        Por otro lado, Gwenevere, que no tenía estudios ni modales dignos de una dama, estaba siendo consumida por la frustración, sabiendo que, si Madam Vastra le hiciera una pregunta intelectual, ella no sería capaz de responder; pero el saber que posiblemente desde un inicio la madam no la ayudaría, que estaba haciendo todo esto solo para verla irse, hizo que se llenara de una mezcla entre indignación y humillación como nunca antes. Pero Gwenevere era tan testaruda como un buey, y aunque las lágrimas picaran en sus ojos, se rehusaba a ceder.

 

        —Estoy de acuerdo, madam. —su voz había salido mucho más gruesa, y sí había pronunciado el titulo con un poco de esmero, ella solo podía culpar la rigidez de su cuerpo, que afectaba concisamente su voz.

 

        Jenny conociendo a su esposa, sabía que esta tenía una sonrisa tras el velo ante la inflexibilidad de la voz de Gwenevere, y respirando profundamente, espero la pregunta que Madam Vastra le haría a Gwenevere.

 

        Madam Vastra asintió y sacudiendo su cuchara contra la taza de té, hablo por encima del ruido tintineante del metal contra el mármol: —señorita Gwenevere, ¿usted encuentra incomodo no poder ver mi rostro?

        Gwenevere, que no esperaba una pregunta como esa, casi dejo caer su propia taza, y los sentimientos que había tenido anteriormente había cesado en el desastre que era su mente. Ella había esperado cualquier otra pregunta, que ridiculizara sus propios conocimientos y por eso había estado a la defensiva ante lo dicho con anterioridad, pero se obligó a si misma a respirar, porque la pregunta de Madam Vastra sonaba genuinamente sincera. Como si, una persona de su estatus y clase social, quisiera saber su opinión sobre dicho tema.

 

        Nunca antes, ni su padre, ni sus amigos, ni ningún conocido le había preguntado su opinión sobre algo, cualquiera cosa. Su padre la había vestido como niño, le había enseñado lo básico para sobrevivir, pero nunca le había preguntado lo que quería u opinaba sobre ello. Sus amigos la llevaban hacer cosas de hombres, y nunca tuvo oportunidad de objetar, y los tres hombres que se le había propuesto en toda su vida, se habían retirado ante la primera negación de su parte. No discutieron ni cuestionaron sus negativas, solo se marcharon. Nunca había expresado alguna opinión sobre su vida, o la vida alguien en voz alta, y ahora, se le estaba cuestionando dicha cosa, con verdadero interés.

 

        Bajo la mira a su regazo, su té hacia olas en la superficie, y se dio cuenta que sus manos estaban temblando, mordió su labio inferior con vicio porque un repentino nudo en su garganta se había formado y tomando respiraciones hondas, relajo su cuerpo. Volvió a elevar su mirada, dejo ir su labio y mirando a Madam Vastra, supo que contestar.

 

        —¿A la madam le incomoda verme vestida de hombre?  O ¿le incomoda mi cabello corto?

 

        La respuesta tardo unos segundos y Madam Vastra estaba tan quieta como una de sus estatuas cuando por fin musito: —No, no me incomoda.

       

        Y su voz inflexible había salido tan cálida, que Gwenevere había sonreído por pura inercia: — Y ¿La madam me ve como mujer, aunque claramente estoy vestida como hombre? O ¿me ve como hombre solo porque estoy vestida como uno?

 

                —Desde que te vi no veo otra cosa que una mujer, independiente de lo que estas usando.

 

        Gwenevere trago, y su boca se contrajo por sí sola, el nudo seguía perpetuamente en su garganta, rehusado a moverse y aun sabiendo que no haría nada, llevo su taza a sus labios, tomo un pequeño trago de su té, que ya se encontraba frío y lo saboreo en su paladar, sospeso sus ideas un poco en su mente junto al sabor del té antes de volver hablar.

 

        —Así como usted no le importa mi vestimenta, que no es del todo correcta, y tampoco ha visto otra cosa que una mujer cuando me vio, a mí tampoco me importa ni me incomoda no poder ver su rostro, madam. Si bien es cierto que al principio fue…inusual, no molesta de ninguna forma. Porque también es inusual ver a una mujer vestida de hombre y comportarse como uno. —explico lo más dignamente que pudo, y sin esperar haber pronunciado las palabras correctas, prosiguió: — Usted tiene todo el derecho de conservar su rostro oculto si así lo desea, madam.

 

 

        El silenció reino. Gwenevere estuvo tentada a cerrar los ojos, pero se obligó a mantener sus ojos abierto, a que su propia mirada no flaqueara y a respirar.  Porque no había tomado ningún aliento en entre sus palabras. Madam Vastra dejo con cuidado su té en la mesa, y Gwenevere, que se había dado cuenta que en ningún momento había tomado de este, no le sorprendió en absoluto, porque eso implicaría que la Madam levantara su velo.

 

        La calma se rompió con un leve bufido, y Gwenevere tuvo que parpadear varias veces de desconcierto, porque tal sonido burlesco había venido de parte de la Madam y ella no se lo esperaba en absoluto. Era más usual ver ese tipo de comportamiento de parte de su clase que de la clase de la Madam, y eso solo se añadía a la pila de cosas que era Madam Vastra y la llenaban de curiosidad.

 

        —Usted, señorita Gwenevere, es muy inteligente. Nunca permita que otras personas digan lo contrario. —la boca de Gwenevere se abrió ante el elogio, y cuando estuvo a punto de objetar, la habitación se llenó de aplausos eufóricos de parte de Jenny. Gwenevere solo la pudo mirar sorprendida por tal muestra de felicidad.

 

        —¡Te lo dije, madam! Gwenevere es brillante. —sus aplausos cesaron y Gwenevere aún no sabía qué estaba pasando, pero la postura de la Madam había cambiado muy levemente, solo visible para un ojo observador, su cuerpo hizo una breve inclinación hacia atrás y sus hombros se veían mucho más relajados.

 

        —Me estas observando ahora misma, ¿no? —Gwenevere cerro su boca de golpe, que había estado abierta por toda la interacción anterior y se hayo sin palabras. Madam entrelazado sus manos enguantadas. —Jenny me había dicho algo de eso. Eres una persona de pocas palabras, pero tus ojos siempre se encuentran moviéndose. No puedes ver mi rostro, pero estas leyendo mi cuerpo. —expuso con simpleza Madam Vastra.

 

        Al no tener nada que decir ante lo que decía la Madam se fue el camino más simple: —L-lo siento si la ofendí, madam.

 

        Madam Vastra, desenredando sus manos juntas, uso su índice derecho en un movimiento negativo, quitándole importancia a las disculpas.  —No te disculpes más por aprovechar los recursos que tienes. Si fueras ciega, tendrías que confiar nada más que en mi voz. — explico mientras colocaba ambas manos en su regazo. — Como tu respuesta fue perfecta y sincera, aceptare tus peticiones, pero, señorita Gwenevere, una vez usted me diga su pedido, yo le hare unas preguntas relacionadas ello y la única condición que tengo es que usted solo utilice una palabra ¿me entiende?

 

        Y Gwenevere, que había tenido la leve sospecha cuando Jenny la había dejado sola, ahora estaba confirmado, Madam Vastra sabía lo que era su pedido, ella seguramente estaba al tanto de los niños y las mujeres desaparecidas. Pero quería probarla.  Y no era que ella no quisiera aceptar la prueba. Es que ella no sabía muchas palabras especiales. En todo momento, tanto Madam como Jenny habían utilizado palabras simples, había elogiado su comprensión ante la pregunta relacionada con la identidad de la madam, pero Gwenevere no se sentía inteligente, solo había tratado de decir su opinión lo menos burda posible, pero sabiendo que la educación de ambas mujeres era por mucho más elevado que el de ella, ahora tenía más recelo que al principio.

 

        Pero ella no solo era testaruda también era audaz. —Lo entiendo, madam. Mi pedido es contratarla por sus servicios. Los niños han estado desapareciendo desde hace dos meses al igual que las mujeres de Whitechapel. — dejo su taza en la mesa a su lado, que no había notado hasta hace unos minutos atrás y tomo la bolsa con las monedas. — Sé que esto quizás no cubra sus…honorarios, —y Gwenevere había luchado duro para entender esa palabra por si sola. — pero le prometo que antes que finalice el año le tendré el dinero que usted pida, si solo nos ayuda a recuperar a Charles.

 

        Las moneas tintinearon dentro del saco. Madam Vastra movió levemente su cabeza a la derecha: — ¿Quién es Charles? —fue curiosidad más que todo lo que salía a relucir en su voz y Gwenevere se prepuso a explicar.

 

        —Es…—la mano derecha de Madam se alzó, cortándola en medio de su explicación.

 

        —Una palabra, Gwenevere. —bajo su mano, y Gwenevere respiro hondo. Porque la prueba había comenzado. Era fácil describir Charles. Tenía solo diez años, sus padres habían muerto de cólera años atrás, cuando había tenido solo siete años, así que había sido adoptado por las personas del mercado. Tenía una racha audaz y burlona, pero serio, tan serio que era de confianza para muchos. Había sido imposible no amarlo.

 

        Su desaparición había golpeado duro a todos, pero en especial a Tim y a ella, quienes veían a Charles como...un hermano menor.

 

        —Familia.

 

        —No aceptare tú dinero, no lo quiero ni lo necesito. Pero ¿Por qué crees que te estoy ayudando? — Y Gwenevere lo sabía, pero no estaba segura si era correcto decirlo.

 

        —Curiosidad. —entonces Jenny camino hasta quedarse a su lado, y aunque Gwenevere quería verla, observar que tipo de expresión tenía, no lo hizo, siguió mirando a Madam.

 

        Por su parte, Jenny miraba a Madam Vastra con sus ojos llenos de sorpresa, y ella sabía que su esposa tenía una sonrisa en sus labios.

 

        —La habitación cambio, y no cuestionaste ni huiste, como si ver una habitación cambiar ante tus ojos es lo más normal que hayas visto. Conozco los rumores que hay alrededor de mi persona, por lo tanto, tú también los sabes, Gwenevere, y aun así decidiste venir. ¿Por qué? — Madam se había acercado, su cuerpo había hecho movimiento ágil hacia delante, tanto que ahora que su cara estaba muy cerca y Gwenevere podía ver algo verde y…unos ojos, mirándola con mucha atención.

 

        Gwenevere lamio sus labios resecos, y contuvo las ganas de echarse para atrás, porque aún no podía ver con claridad el color de ojos de la madam, había algo…depredador en sus ojos, y Gwenevere recordó un verano, una vez cuando era pequeña y había estado jugando en un árbol, un hermoso y viejo roble, subiendo por sus ramas sin ninguna cautela, porque había sido muy pequeña para saber el peligro de si se caí podría romperse el cuello y morir. Había bajado del árbol entre tropiezos, y había estado sedienta, cerca del roble había un estanque, y ella en su total inocencia había ido directo allí, sin miramientos tomo un poco de agua en sus palmas sucias y bebió hasta saciarse.

 

        Y cuando había alzado su mirada los ojos de una serpiente la estaban viendo, a solo unos pocos pasos de distancia de ella. Había sido demasiado pequeña, alrededor de siete años sino mal recordaba, pero el sentimiento de terror y curiosidad le causo sudor frio durante muchos años después. Sentir curiosidad cuando algo era nuevo era natural, aunque no hacia cosas que podían matarla. Pero la serpiente no había sido venenosa, le había dicho tiempo después su padre, pero no por eso no le había causado menos miedo volver a ir a jugar sola alrededor de roble.

 

        Los ojos de Madam Vastra le recordaban a esa serpiente. Y Gwenevere espero que su siguiente palabra no fuera errada.

 

        —Descubrir.

       

        Un ruido suave, que Gwenevere no podía describir si era afirmativo o negativo vino de parte de Madam, y de pronto el cuerpo de Madam había vuelto hacia atrás. — Nada nos asegura que esos niños y mujeres desaparecidos estén vivos, han pasado dos meses que la primera víctima desapareció, Gwenevere, ¿qué harías si tu amigo ya estuviera muerto?

 

        Su mente se quedó en blanco. Claro, lo sabía, esa era una posibilidad, una grande. Todos lo sabían desde que paso el día tres y aún no había señales de Charles, pero…tenían que intentarlo. Y si él estuviera muerto, al menos solo quedaba una cosa que saber.

 

        —Verdad.

 

        —Buscar la verdad es algo ambicioso de parte de una chica que solo trabaja en una panadería. —su tono fue amable, sin piedad ni burla, pero algo en su declaración hizo Gwenevere frunciera el ceño. — Porque la verdad puede que no sea aceptable ni amable contigo, la realidad sobre las desapariciones puede hacer que no vuelvas a ver el mundo como era antes, Gwenevere. ¿Tú estás prepara para eso?  

 

        —Piensa con cuidado, Gwenevere. — fue una sorpresa la voz de Jenny, porque Gwenevere se había olvidado por completo de ella. Dirigió su mirada a ella, y los ojos que la miraban de regreso había verdadero apoyo.

 

        Gwenevere esta vez se permitió pensar un poco más. Así que observo con mucha atención las cosas nuevas que la rodeaban, incluso en la fuente que estaba solo a unos pasos de ella. Había una palabra para lo que había visto sus ojos: brujería, pero ella nunca había sido especialmente creyente, ni ella ni su padre. Por lo que los conceptos del infierno o el cielo nunca habían hecho nada para causarle miedo. Cuando se vivía como ella lo ha hecho todos estos años, la idea de que un Dios todopoderoso estuviera arriba observando todas las desgracias y aun así no hacía nada, le causaba aprensión sobre la palabra de la iglesia.

 

        Ella solo creía en la maldad de los hombres y los que estos hacían. De lo que veía, de lo que le causaba dolor y felicidad. Ella vio como la habitación cambiaba, sí, pero, aunque le había causado miedo, una parte de ella, esa parte que siempre la metía en problemas, hizo que sintiera curiosidad. ¿Cómo algo podía verse de una forma en un momento y luego ser completamente diferente?

 

        Porque la verdad puede que no sea aceptable ni amable contigo…De pronto recordó las palabras de Madam. Entonces, su instinto no estaba del todo errado cuando había ingresado a la casa, esta era la pregunta que haría una diferencia de volver y no saber nada, o quedarse y entender todo lo estaba pasando.

 

        —Sí. — fue un susurro y su voz había salido un poco ronca, pero aún no se atrevía a mirar a la Madam a los ojos. Sus ojos estaban fijos en el agua de la fuente, y sus oídos atentos escuchando el murmullo suave de la caída del agua desde la punta.

 

        Por el rabillo del ojo vio un movimiento de parte de la Madam, y su cabeza giro tan rápido en su dirección que cuando vio a la Madam instantáneamente se quedó sin aliento. Se había quitado el velo, y ojos verdes la miraban con curiosidad, y su piel era…verde, no como sus ojos, no, más como el verde de las hojas de los árboles en primavera. Y el recuerdo de la serpiente que había visto cuando niña volvió de nuevo a su mente. Porque no solo era verde, su textura era escamosa y tenía tres elegante arcos en vez de cabello, y Gwenevere trago grueso ante la imposibilidad que se le mostraba, y el sudor seguía bajando por su nuca.

 

        —Aun tienes que hablar con una palabra, porque ver mi rostro es una pregunta, Gwenevere. — ahora que veía su rostro, ella se pudo dar cuenta de lo inflexible que eran sus palabras, sus ojos eran serios, y Gwenevere sabía que no habría mentira que valiera ante la Madam.

 

        —Hermoso. —la sorpresa y el deleite brillaron en los ojos de la madam y Gwenevere le sonrió tímidamente. Sí, era imposible lo que sus ojos veían, pero no por eso era menos hermoso y sorprendente.

 

        La madam miro hacia Jenny, y esta se acercó inmediatamente hasta quedar al lado de Madam Vastra. Gwenevere las miro a ambas, quienes tenían una sonrisa de aprobación en sus labios, y ella sintió como si hubiera cambiando algo. 

 

        —Bueno…­—madam Vastra se irguió en sus piernas y tomo su bastón, Gwenevere inmediatamente la imito, quedando paradas muy cerca, aun con su bolsa en mano, Jenny camino hasta la puerta y se quedó en el arco, Madam extendió su mano izquierda hacia ella y Gwenevere aquí se hayo un poco confundida, miro la mano y luego a los ojos de la madam. —Toma mi mano, Gwenevere. — y ella lo hizo, la mano de la madam estaba cálida, aunque pudo haber sido más causa de los guantes que otra cosa, pero no se quedó ahí, la madam jalo su mano hasta que sus brazos quedaran acomodados juntos, entrelazados.

 

        Estaban demasiado juntas y Gwenevere, que no estaba acostumbrada a dicha cercanía, se sonrojo. Cuando la madam empezó a caminar, Gwenevere la siguió, Jenny se había ido en toda la interacción y luego de que ella y la madam cruzaran el arco de la habitación y caminaran a…más al interior de la casa, se dio cuenta de lo vacío que estaba todo, las paredes no tenían tantos cuadros como se pensaba de una casa como esa, y la mayoría eran sobre paisajes, nada de retratos o algún indicio de la familia de madam, sus pasos hacían ecos contra la madera

 

        —Asumo que tienes muchas preguntas. — Gwenevere volteo un poco su cabeza hacia la voz de la madam, y se dio cuenta que era solo unos centímetros más alta. Los ojos verdes la miraron de reojo. — Puedes hablar libremente ahora.

 

        No espero una segunda invitación: —¿Cuándo encontrara a Charles? —y de pronto ambas pararon, bueno, la madam lo había hecho y ella solo siguió su ejemplo.

 

        Madam Vastra se había girado completamente para verla, y la sorpresa bailaba en sus ojos. — Realmente debe importarte mucho ese niño como para ser lo primero que preguntaras, a pesar de todo lo que ha visto en la ultima hora.

 

        —Es por lo que vine, madam. —su respuesta fue firme. —No vine por los rumores sobre usted, vine porque usted es la persona a la que acude el Scotland Yard cuando no tiene donde más buscar. Usted sabe sobre los niños y mujeres desaparecidas, y le interesa.  No importa que lo haga por curiosidad, importa que lo haga.

 

        Hubo un leve chasqueo de dientes de parte de la Madam, una suave sonrisa se hizo presente en sus labios y en sus ojos verdes la sorpresa fue rápidamente sustituida por el encanto. — Gwenevere Fonley, insisto, usted es una chica muy especial.

 

        —No diría que especial, madam. — refuto con humildad.

 

        Y a pesar que no tenía cejas, el ceño de la madam se frunció ante sus palabras. —Si usted no es especial, entonces ¿qué es?

 

        —¿En una palabra, madam?

 

        —Si así usted lo prefiere. — le concedió la madam y la mirada de curiosidad que le dirigía ya se le hacía familiar a Gwenevere.

 

        —Amable.

 

        —¿Amable? — Y solo había un leve rastro de duda en su voz, Gwenevere asintió.  

 

        —Amable, sí, no soy especialmente educada, pero actualmente le estoy mostrando lo mejor que sé sobre etiqueta y modales, madam, y soy amable porque…—su voz titubeo, no muy segura si era correcto decirlo, pero la mirada de madam la alentó a seguir. — Porque tengo que mostrarle la máxima atención a usted como lo hizo conmigo, tratarla con mi amabilidad es lo único que le puedo ofrecer por escucharme y recibirme. Prestarle atención a lo que es usted, por encima de lo que realmente es importante sería todo lo contrario a mi intención inicial, y como lo dije, no vine por curiosidad a saber que escondía tras el velo. Vine por Charles.

 

         Ninguna de las dos hablo luego que Gwenevere soltara sus últimas palabras, era observada con atención por Madam y ella solo esperaba que sus palabras hayan sido las correctas.

 

        —Tus palabras, aunque no me creas, Gwenevere, son sabias. — tan rápido que no tuvo tiempo de objetar, madam tomo su mano y la arrastro rápidamente a su destino. Hasta una puerta de madera oscura al final del pasillo. — Tras esta puerta, Gwenevere, tengo toda la información que he recopilado sobre el caso de los humanos desaparecidos, y una vez que la crucemos te convertirás en mi ayudante junto a Jenny y ante ti se abrirá un mundo de cosas muy imposibles, ¿estás de acuerdo?

 

        Tenía expectativas la mirada de Madam y Gwenevere asintió con seguridad. En menos de un día había descubierto tantas cosas imposibles que ser la ayudante de Madam Vastra, que no era humana, no era la cosa más escandalosa que había hecho. Y sí podía ser sincera consigo misma, estaba más que un poco emocionada.

 

        Solo esperaba no perder su vida.

 

       

 

       

 

 

 

 

 

       

 

       

 

 

       

       

 

 

 

 

 

       

 

       

 

 

       

       

 

       

       

 

       

 

       

 

       

       

Chapter Text

Watson: La segunda guerra anglo-afgana trajo muchas condecoraciones y promociones. Pero para mí, no fue más que una desgracia y un desastre. Regresé a Inglaterra con mi salud desesperadamente destrozada y mi futuro sombrío. En tales circunstancias, me dirigí a Londres. Esa gran alcantarilla donde terminan todos los perezosos y vagos.

4x00 La novia abominable

 

9

Los Niños Perdidos II

 

La Casa de Niños Albión fue fundada en 1870 por J.R Jenkins, un hombre joven, egocéntrico y millonario, quien solo estaba buscando una forma de gastar dinero, o al menos eso decían las malas lenguas. 

Lo cierto es que J.R Jenkins, con su inversión al estado de abrir una casa para niños huérfanos hizo que todos se llenaran los bolsillos. La revolución industrial entro en apogeo a principios de siglo, nuevas oportunidades de trabajo para las personas en todas partes del país con las nuevas fábricas, pero al mismo tiempo las líneas entre las clases sociales se habían agrandando, solo era necesario siete libras más para pertenecer a clase media y siete libras menos para terminar en la calle. El libre comercio a otros países trajo nuevas enfermedades y las personas se morían en las calles. J.R Jenkins abrió la casa de niños, y recogió a todos los niños de la calle por los siguientes diez años, los cuido y les dio trabajo en la casa luego de que estos fueran mayores, evitando que fueran llevados a los asilos de pobres. 

 Los niños tenían permitido irse una vez que fueran mayores de edad, pero lo cierto era que todos preferían quedarse, y por lo tanto el orfanato era una forma no usual para trabajar, pero no todos podían usarlo como fuentes de ingresos. J.R Jenkins fue el director durante los primeros diez años, y luego delego cargos a Mary Jane, una nodriza retirada sin familia, como directora y encargada del lugar. Muchos dirían que J.R Jenkins se había vuelto loco al dejar cargos a una mujer que no era familia y que era de procedencia dudosa. 

 Pero por eso todos decían que J.R Jenkins era un egocéntrico, había aparecido un día, sin tener conocidos o familiares cerca del distrito y se había integrado a la sociedad inglesa con sedosas palabras y su acento americano, y sin faltar, se reunía a las fiestas de la clase alta como si siempre hubiera pertenecido, y cuando los temas de política salían a relucir, hechizaba a todos en la habitación para que donaran a la causa del orfanato, por lo tanto siempre se iba antes del amanecer con cheques de muchos ceros e innumerables invitaciones a las siguientes fiestas, y aunque sé sabía que J.R Jenkins era rico, nadie tenía ni una sola idea de dónde procedía. 

 La Casa de Niños Albion solucionaba los problemas de todos. Los niños que eran recibidos venían desde las afueras de Londres, niños abandonados de Hackney, de Clerkenwell y hasta los hijos bastardos de las mujeres de Whitechapel. Y eso era otra cosa que tenía la Cada de Niños Albion que no tenía otra casa de adopción en todo el país, aceptaba no solo niños, sino mujeres y hombres jóvenes. Todas aquellas personas sin hogar salían de ahí volviéndose personas productivas para la sociedad. Niñeras, mayordomos, mucamas y un motón de otros oficios. Los mayores eran los encargados de instruir a los más pequeños, y la directora era estricta a la hora de impartir las tareas. 

 Había una serie de cosas sospechosas, reglas y permisos, tanto dentro y fuera de la Casa de Niños Albion que hicieron que en numerosas ocasiones la institución fuera investigada en sus inicios. La primera cosa sospechosa: la casa no era una casa, era una mansión parecida más a un castillo. La mansión era majestuosa, ubicada a las afueras de Londres, que no le había pertenecido a nadie en el pasado y los papales de posesión habían desaparecido hacía mucho tiempo, ni siquiera el estado había podido llegar a tenerla y había tratado de hacerlo desde que los dueños originales habían muerto. Se había cerrado y se habían olvidado de ella. 

 Pero para consternación de todos en los altos círculos, J.R Jenkins había mostrado los papeles legítimos de la propiedad ante el juez el mismo año que había llegado y la casa había sido pasada a sus manos. Todos en solo un mes. La mansión tenía tres pisos y un gigantesco patio trasero con un pequeño invernadero. El primer piso estaba distribuido en tres salas en conjunto, una de música, una de estudio y otra de té. Un comedor con más de diez asientos en la gran mesa, una cocina que era el corazón de la casa, un baño para las visitas y una oficina que era de la directora que tenía un cuarto adjunto para la misma. 

 El segundo piso tenía todas las habitaciones y baños para los residentes. Tanto el primer y segundo piso eran accesibles, pero el tercer piso estaba prohibido para todos, menos para la directora y las autoridades competentes del país. Y eso estaba estipulado en el testamento del señor J.R Jenkins. Y esa era la segunda cosa rara. J.R Jenkins no estaba muerto, solo había desaparecido poco después que Mary Jane se volviera la directora, y todos esos años siguientes se sabía que el hombre seguía con vida. 

 Porque siempre, al menos cinco veces al año, llegaba un niño sin padres a las puertas de la Casa Albion con una nota breve explicando la situación de la criatura y firmada por el mismo hombre. Y cuando se pedía saber de parte de la criatura si se había encontrado con el famoso fundador de la casa, ellos siempre tenían la misma respuesta. 

 “Era un hombre…bastante sonriente” 

 Y eso era todo lo que los niños podían recordar del hombre que los había ayudado. Pero era un misterio que nadie tenía la intensión de resolver, al igual que el hecho de que la Casa Albion era una entidad lucrativa y nadie tenía ni idea de cómo. 

 Era un viaje de mediodía a carruaje, el camino era boscoso, lleno de animales salvajes y la carretera de tierra era bastante irregular. Y le estaba dando problemas a Gwenevere para seguir leyendo toda la información de la Casa Albión.

 Madam Vastra había tenido un montón de información en su estudio, ella junto a Jenny, se habían dado cuenta casi de inmediato sobre las desapariciones, y habían recopilado todo lo que habían encontrado, los antecedentes de las víctimas, como le había llamado Madam Vastra, y ella lucho bastante para decir la palabra correctamente. 

 En dos meses, desde el comienzo del otoño, 25 de septiembre, hasta la actualidad, 19 de noviembre, habían desaparecido un total de veintiún niños de edades similares, un grupo compuesto por doce niños de la calle, entre ellos Charley, y para sorpresa de Gwenevere, de ocho niños ricos de cuna, cuatro de ellos fueron tomados de un internado bastante caro en Kennington y cuatro niños de sus propias camas. En sus casas, durante hora impías de la noche. 
 Esos ocho casos no se habían reportado, nadie sabía que esos niños de noble cuna habían desaparecido, y Madam Vastra le había informado que se estaban investigando extraoficialmente, que Scotland Yard tenía a sus mejores detectives en esos casos y que en dos meses no había indicios de nada. 
 
 Los niños de noble cuna habían desaparecido en el aire, al igual que los niños de la calle. Y respecto a las mujeres olvidadas, no habían sido en una cantidad alarmante como lo habían sido los propios niños, no, habían desparecido solo cuatro mujeres de Whitechapel. Y nadie competente se hubiera dado cuenta de ello sino fuera por la misma Jenny, que tenía contactos de dudosa precedencia y le habían informado de las desapariciones. 

 Gwenevere se tambaleo una vez más en su asiento cuando el carruaje golpeo un bache bastante malo, los papeles en sus manos crujieron ante el apretón que les otorgo y ella subió la mirada, a Madam y a Jenny quienes la miraban desde su propio asiento con diversión. 

 —Lo siento. —carraspeo su disculpa, y extendió los papeles de la información, Jenny los tomo con una sonrisa amable y los guardo en su portafolio. 

 —¿Primera vez en un carruaje? — la pregunta fue amable de parte de la Madame, su velo había sido retirado a causa de la intimidad que proporcionaba el carruaje, y Gwenevere seguía maravillada cada vez que veía su rostro. Y solo había pasado un día. 

 Gwenevere, repentinamente incomoda al escuchar la pregunta, rasco el lado izquierdo de cuello, y asintió. La Madame le había dicho todo lo que sabía el día de ayer, y Gwenevere había regresado a su casa a paso lento, como si caminara en un sueño, aun sin creer todo lo que había presenciado en el día, con una solicitud de parte de la Madame, encontrarse a las siete en punto del día siguiente en 13 de Paternoster Raw, porque las tres irían de excursión, o eso había dicho Jenny. Había dejado una nota a su padre, y había salido a la hora pautada. 

 Y luego se había montado en un carruaje, con Madame y Jenny, y había pasado las últimas cuatro horas leyendo sobre la Casa Albión, su destino el día de hoy. Y no es que hubiera mucho material de lectura, es que ella era bastante lenta para leer, y había palabras muy grandes, que hicieron que la mente de Gwenevere tropezara en más de una ocasión. 

 Jenny se había ofrecido ayudarla, pero ella se había negado amablemente. Necesitaba aprender por si sola si estaría rodeada de la Madame y Jenny.

 Miro a la Madame, quien miraba la vegetación atreves de la venta y una pregunta bailo de repente en su lengua, presiono sus labios juntos y respiro profundamente. 

 —¿Viene de las estrellas, madame? — su tono fue lo más amable que pudo reunir, e incluso su voz había salido como un susurro. La Madame volteo a verla, y ella le devolvió la mira. Trago grueso, y la madame sonrió. 

 —¿Qué te hace pensar eso, Gwenevere? —la diversión era notable, y su tono de voz no tenía la molestia que ella había esperado. —¿Por qué no me veo humana? 

 —No se ve humana porque no es humana. — respondió demasiado rápido, como si fuera obvio dicha observación, y presiono junto sus dientes. Grosera, había sido muy grosera.  Jenny soltó una risa, y la madame la acompaño con un bufido. 
 —Sí, no soy humana, pero no vengo de las estrellas. ¿Pero por qué pensaste eso? 

 Gwenevere se encogió de hombros, sin comprometerse. Ni ella misma estaba segura de por qué había pensado eso, pero era…sensato, asumir que Madame Vastra pertenecía a las estrellas. No era como nadie que había visto. 

 Madame entre cerro sus ojos ante su falta de respuesta. —Soy de aquí, Gwenevere, de la tierra. ¿Sabes que significa ser un homo-sapiens? —su voz había adquirido un matiz curioso, una vez más genuinamente interesada en su respuesta. 

 Y Gwenevere no estaba del todo segura cómo responder, porque no tenía ni idea como hacerlo. Homo-sapiens, homo-sapiens, homo-sapiens… Sonaba raro, demasiado raro y tenía miedo de decirlo en voz alta, porque su lengua seguramente se enredaría y terminaría avergonzándose a sí misma y seria amablemente corregida. 

   Madame Vastra viendo la confusión en su rostro, y miro de reojo a su esposa, quien tenía una sonrisa cómplice procedió a explicarle a la joven humana. 
 
 —Tú eres un homo-sapiens, Gwenevere, se podría decir que esa es tu especie. Es el término que usan los científicos. ¿Me entiendes?

 Gwenevere entendió. —Usted no es un…homo-sapien. — y sí, lo había dicho lento, y muy cuidadosamente. Tanto Jenny como Madame asintieron, y aunque le había faltado la s al final decidieron no corregirla. 

 —Los homo-sapiens vinieron mucho después que mi raza, nosotros habitábamos la tierra mucho antes que ustedes aprendieran a caminar en sus dos pies y a cazar con sus manos, Gwenevere. —le dijo, con una voz suave como si lo estuviera leyendo en un cuento, y Gwenevere se hayo siendo absorbida por la cadencia de su voz. — Somos conocidos por muchos nombres, el más simple seria el homo-reptilia. Vivimos junto a los dinosaurios, conocimos la tierra cuando solo era tierra y…—su voz se apagó, sus ojos verdes dejaron de verla, y la emoción en ellos se apagó, Gwenevere sintió su propio corazón dar un tirón doloroso en su pecho.

 Hace mucho tiempo. Hace mucho tiempo la madame había tenido una familia. El carruaje repico de nuevo, y el momento se fue. La Madame parpadeo varias veces y Jenny se deslizo mucho más, pegada a su costado, desde sus hombros hasta sus rodillas, tomo su mano izquierda entre las de ella, madame Vastra giro su rostro y le dedico una sonrisa dulce, que fue cálidamente devuelta. 

 Gwenevere miro rápidamente hacia la ventada, incomoda al presenciar tal acto de intimidad, y sus ojos se abrieron desmesuradamente al ver su destino. A lo lejos, entre los árboles, la Casa de Niños Albion era iluminada por el sol, haciendo que parte de su estructura se viera oscurecida, tan grande como un castillo, un largo camino de tierra se desviaba del camino principal para darle la bienvenida a los visitantes, y pasto, grandes pedazos de pasto cubría la totalidad del terreno, y Gwenevere sintió la ganas de correr cosquillando en sus pies, para ella, la mansión podía albergar fácilmente más de cien personas.  

 —Bueno, hemos llegado a nuestro destino, damas. —La madame Vastra dijo complacida, al ver por la ventana lo mismo que ella. El carruaje giro al camino y unas grandes verjas de hierro se encontraban abiertas, dejándolos pasar. 


 —¿La directora sabía que veníamos? —, curioseo, cuando su mirada se posó fugazmente en las verjas cuando el carruaje había pasado su estrada. 

 —Les envié un telegrama la semana pasada, diciéndoles que tenía unas preguntas relacionas a la adopción, y no fue hasta hace dos días que recibí la respuesta. —La ligereza en la voz de la Madame alerto a Gwenevere, pero mantuvo su cara en blanco. Muchos días para una respuesta de un telegrama, y más si era referente a una adopción. 

 Hoy en día los orfanatos eran más que inmediatos con las adopciones. Demasiados entusiasmados con que los niños se fueran, sin importarles mucho quienes se los había llevado.  Gwenevere mantuvo sus pensamientos para sí misma, porque ella sospechaba que tanto Jenny y la Madame estaban al tanto de lo sospechoso del asunto. 

 Lo que Vastra había encontrado sobre la Casa Albion había sido incongruente. Mientras que los niños seguían desapareciendo, la Casa de Niños Albion no había reportado ningún caso. Pero habían desaparecido veintiún niños, de los cuales solo veinte Jenny y ella habían recopilado. Pero faltaba un niño que tanto ella como Jenny se habían reservado su identidad. Timothy Jones pertenecía a la Casa para Niños Albion. Mientras que la desaparición de los otros niños huérfanos había ido de boca en boca, e incluso el caso de los niños de rica cuna se estaba investigando bajo perfil, el caso de Timothy Jones no se había mencionado en absoluto. 

 Todos los viernes, a las diez de la mañana, durante un año entero, Timothy Jones había ido sin falta al mercado, salía temprano con otros trabajadores de la mansión y una carreta, yendo a buscar suministros. Todo los recordaban, amable y atento que era el joven Jones, pero un mes, hacia un mes que nadie lo había visto. Y cuando alguien se atrevió a preguntar solo había una respuesta: “Tim fue adoptado por una buena familia.” 

 Pero Vastra y Jenny sabían mejor. La Casa de niños Albión no daba en adopción a sus niños. Nunca hubo registro porque nunca lo hicieron. Tenían sus armas, y haber llevado a la joven humana era una apuesta arriesgada, pero Gwenevere…ella, Vastra sabía, sabía que esta humana era especial, no como su Jenny, ningún humano era tan especial como su Jenny, pero si tenía algo que ella no podía describir. 

 


DOCTOR WHO DOCTOR WHO 

 El ropero era grande, tan alto que pegada del techo abovedado y tan ancho que una sola pared tapaba. Si preguntabas por el color de su madera, de roble estaba hecho, y solo una puerta tenía, que estaba adornada por unas delicadas rosas ornamentadas, su picaporte era dorado, un experto alegaría que de oro había sido bañado y fuera de la puerta con las rosas, toda la madera del ropero era lisa. 

 Y mientras el piso y el traga luz estaba cubiertos por una fina capa de polvo, dejando en evidencia lo abandonado que estaba la habitación, el ropero se encontraba limpio, impecable. Lo único que demostraba que la habitación era regularmente concurrida eran la huellas en el piso, un camino limpio de la puerta de la habitación al ropero. Unas eras más grandes que otras, se podía ver la firmeza de las pisadas más grandes por la huella del zapato, siendo fácilmente de un hombre, y las más pequeñas eran apenas unas manchas limpias contra el polvo. Más como un arrastre que como una pisada. 

 Las risas de los niños se escuchaban a las afueras de la habitación ocupada por el ropero, bastante lejos, y si las personas, las personas que vivían en la parte habitable de esa enorme casa, prestaban atención, podían escuchar el llanto de un niño, tan bajo como un susurro, proviniendo del interior del ropero. 


DOCTOR WHO DOCTOR WHO 

 

 Los primeros pensamientos de Gwenevere respecto a la señora Mary Jane no habían sido del todo halagadores, porque cuando fueron recibidas por Jeremy, que, con sus ojos atronadores, lo hacían ver como un hombre que no estaba nada contento por haberlas recibido, hubo rigidez en sus palabras de bienvenida, ni siquiera se ofreció a quitarles sus respectivas capas, y no habían sido autorizadas para abandonar la recepción de la casa. Las hicieron pararse en la entrada, porque la directora había estado ocupada con un visitante anterior. 

 Y mientras la Madame y Jenny habían aceptado todo el trato áspero con sencillez, Gwenevere había mirado ceñuda la espalda del hombre cuando se retiró. 

 Y habían pasado unos largos minutos, que le había dado la oportunidad a Gwenevere de familiarizarse con su entorno, y ella juraba que la lechuza de madera, posada encima de un hermoso reloj cuco, seguía cada uno de sus movimientos. Sus ojos y su plumaje tenían demasiados detalles, que, si en vez de dejarlo en madera natura lo hubieran pintado, se vería exactamente como una lechuza real. El interior de la mansión era hermoso, la entrada, donde ahora estaban paradas, era espaciosa, casi un salón de baile, las escaleras a un lado en forma de caracol conduciendo a los pisos superiores, el techo era grande y alto, y las paredes…

 Las paredes fue lo que le quito el aliento a Gwenevere, a simple vista las personas pensarían que eran pintas por varios tonos de verdes, pero no era así. Pintadas de piso a techo con patrones de follaje, las profundidades de un bosque habían sido puesto en pared con pitura, árboles frondosos y otros secos, frutas colgando de las ramas, reconoció algunos pájaros que habían sido pintados, con tanto detalle, así como la lechuza, que, si no fuera por miedo a represalias, los habría tocado. Petirrojos en sus nidos, ruiseñores batiendo alas, una pareja de halcones peregrinos en la copa de unos árboles. Y mirando con atención, entre las hojas de los arboles había varias especies de ardillas, las más llamativas eran las rojas que jugaban a las ramas de un…conífera, si su memoria no fallada, y luego en a los pies del árbol, una familia de corzos descansaba. 

 La lechuza en el reloj se veía real. Pero lo que se exhibía en las paredes era otra cosa. 

 —Maravilloso, ¿no?  — la voz de la madame la extrajo de su observación, y volteo a mirarla, una vez más teniendo el velo tapando su rostro. Pero no había sido como antes, ahora que ella sabía lo que había bajo el velo, se le había mucho más fácil ver las características de la madame. Una sonrisa tenue se podía visualizar, y Gwenevere quizás entendió el sentimiento. 

 Estaban rodeados por algo que, si no se equivoca, era parecido al hogar para Madame. 

 —Maravilloso, pero extraño. — ambas, madame y Gwenevere miraron a Jenny, quien se había mantenido bastante silenciosa, y viendo que era el centro de atención, prosiguió, tocando su mentón con suavidad y sus ojos bailando por el recibidor. — Esto es una casa para niños, sabemos que hay al menos treinta niños aquí, pero…no se escucha nada. —Sus ojos se entrecerraron ante la observación y miro ambas con un destello preocupado en ellos. 

 Su boca se había vuelto una fina línea, y Gwenevere se tensó, porque era verdad. El único sonido real, fuera de ellas, era el reloj, el segundero moviéndose. La casa estaba sospechosamente silenciosa. Los vellos en su nunca se erizaron, y volteo hacia su izquierda rápidamente. 

 La estaban viendo. Ella podía sentirlo, y su cuerpo salto un poco cuando vio los ojos de un lobo viéndola, en la pared, en un arbusto cerca de la familia de los corzos, un lobo gris aguarda, sus ojos eran muy realista, dos gemas amarillas viendo con atención, y Gwenevere no podía explicarse a ella misma como había podido pasar desapercibido dicho animal en la pintura.  Pero en general el paisaje del bosque era oscuro, los anímeles hacían toda la verdadera iluminación con sus respectivos pelajes. Había sombras más que luces, y donde estaba el arbusto…estaba convenientemente oscuro, pero ojos así no pasaban desapercibido. 

 Su boca se encontró repentinamente seca, porque entre más miraba los ojos del animal, la inquietud dentro de ella crecía. Un profundo siseo retumbo en la entrada, y ella giro su cabeza, cortando la mirada que tenía con el lobo gris, a la responsable de dicho sonido. La Madame estaba tensa, su agarre en el bastón se había endurecido y el sonido proveniente de ella era una advertencia, un retumbar siseo para los cazadores. 

 Gwenevere, aunque estaba tensa, encontró el siseo maravilloso. En algún lugar cerca, una puerta se abrió, el siseo se detuvo abruptamente, y la puerta se cerró. La Madame relajo su agarre en su bastón, Jenny se acercó un poco más a la derecha de la Madame, y Gwenevere ansiosa, solo se acercó un poco más. Las tres hicieron un frente unido. 

 Era un conjunto de pasos retumbando contra el piso. Tres personas salieron del pasillo que estaba debajo de las escaleras, una mujer de baja estatura, el vestido morado hacia resaltar su piel blanca, su cabello gris recogido pulcramente en un moño, y en su cara el descontento estaba gravado. 
 

Tras de ella, un hombre alto, incluso más alto que la propia Gwenevere, le seguía el paso, rizos negros enmarcaban su rostro níveo, y ojos azules miraban curiosos hacia ellas, vestía de negro, desde el saco que tenía hasta las botas, y el tercer hombre resaltaba de una forma dolorosa entre las figuras oscuras que era la mujer; Mary Jane, se atrevió a suponer Gwenevere, y el hombre alto. El tercer hombre estaba entre la estatura de la directora y el hombre alto; aún era más bajo que Gwenevere, pero era más alto que la señora, su piel era blanca pero tostada, dándole a conocer a Gwenevere que había trabajo bajo el sol durante varias temporadas, sus ojos bien podrían ser azules o marrones, ella no estaba del todo segura, per su cabello era rubio, salpicado de gris, haciéndolo ver como el trigo. 

 Gwenevere trago grueso al recordar a Charley. Parpadeo furioso, y mordió su labio inferior. Mary Jane se paró enfrente de ellas con hombres desconocidos, y no era el momento indicado para mostrar sus sentimientos. 


 —Madama Vastra, sino me equivoco. —la voz de la señora retumbo en el silencio de la entrada, sus ojos marrones mirando a la madame, mostrando claramente que no era feliz. —Me disculpo por la demora, me llegaron algunos…invitados inesperados. 

 El tono seguía tenso, su mandíbula se movió, y Gwenevere se atrevió a echarle una mirada más a los hombres tras de ella, que al parecer habían sido los invitados inesperados. El alto no mostraba vergüenza alguna por haber llegado sin invitación, todo lo contrario, su anterior curiosidad en sus ojos había desaparecido para mostrar un rastro presunción y expuso una sonrisa con todos sus dientes, haciendo resaltar sus mejillas, y el más bajo solo tenía sus labios apretados en una línea fina, sus propias mejillas estaban sonrojadas, de pena, quiso apostar Gwenevere. 

 —Entiendo la espera, directora. Estas son mis ayudantes, Jenny Flint. — hizo un movimiento indicativo con su cabeza hacia Jenny, quien asintió brevemente. — y Gwenevere Forney. — hizo el mismo movimiento hacia ella, y respondió al igual que Jenny, asintiendo con su cabeza. 

 La directora miro con ojos entrecerrados a las tres mujeres. Mientras era presentadas, y aunque que no podía ver la cara de infame Madame Vastra, las otras dos tenían sus expresiones cuidadosamente en blanco. La pelirroja en especial, nunca había conocido una mujer tan alta, con su cabello corto y vestida de hombre ni más ni menos. 

 Las mujeres de hoy en día. Fueron sus pensamientos en reproche, pero los desecho cuando sintió tras de ella a los hombres moviéndose con inquietud. Habían llegado de forma sorpresiva, para nada de su agrado y sus intenciones habían sido tan fraudulentas como las de la propia Madame, pero al menos esta última había tenido la delicadeza de haber pedido una invitación, bajo un débil pretexto, pero lo había hecho. 

 Se aclaró la garganta y deicidio presentar a los hombres groseros y a ella misma: — Soy Mary Jane, la directora de esta casa, estos hombres a mi lado son el Doctor John Watson…— uso sus manos para presentar al hombre más bajo a su izquierda, quien cordialmente asintió con la cabeza y presento una sonrisa amable a las mujeres, y conteniéndose para girar sus ojos y hacer una mueca desagradable, nada dignos de una señora como ella, presento al hombre a su derecha. — Y el señor Sherlock Holmes. 

 Hubo un resoplido y un sonido ahogado, Mary Jane parpadeo sorprendía y miro a la Madame, aun no podía ver indicio de su cara, pero el primero sonido había venido claramente de ella, y luego vio a su ayudante Jenny, quien había abierto su boca y había hecho el segundo sonido, algo cercano a la sorpresa y maravilla estaba en su rostro viendo a los hombres desagradables y la propia Mary Jane no tenía idea de qué estaba pasando. 
 —Bueno, señora directora, esto se ha vuelto interesante. —el deleite en la voz de la madame la hizo mirarla con interrogación. 

 —Los hombres ya se van. — ella contradijo, no había nada interesante. No desea seguir con más personas extrañas en su casa. 

 —Los hombres se quedan, señora directora — el sonido barítono a su derecha la hizo tensarse. El señor Holmes no había pronunciado palabra alguna desde que los había despachado en su oficina. Habían sido groseros con sus preguntas, erráticos en sus modales de etiqueta y no habían tenido ni asomo de caballerosidad. 

 —Esta es mi casa, señor Holmes, y como le dije a usted y al Doctor Watson, me desagrada profundamente las visitas no deseadas. — su tono no aceptaba refute. 

 Pero si algo había aprendido de la última media hora con el señor Holmes, es que era terriblemente insurrecto. 

 —No aceptamos irnos, señora directora, aceptamos recibir a la madame Vastra con usted. No queríamos que siguiera retrasando lo inevitable. — Él la miro con una sonrisa complacida, y ella deseaba quitar esa sonrisa de su cara. Apretó sus dientes juntos ante el deseo. 

 —¿Lo inevitable, señor Holmes? —la curiosidad goteo en la voz de la madame, y el señor Holmes miro hacia ella. Él se acercó, en un paso, ya estaba cerca de la madame, Mary Jane estaba escandalizada internamente ante la falta de decoro. 

 —Usted, desconocida Madame Vastra, vino por los niños y las mujeres desaparecidas. Y la señora directora está al tanto de eso. Es astuta la señora directora, no confía en ninguno de nosotros, pero es especialmente recelosa de usted ¿Y sabe por qué? Porque no muestra su cara, alguien que no muestra su cara es una persona de poca confianza. Esta vestida de pies a cabeza de negro, pero no es viuda, ese bastón, usted no tiene ningún problema para caminar, su peso esta favorecido en sus dos piernas…la madera está quebrada desde la punta hasta el mango, como si hubiera caído muchas veces contra el piso. Así que no es un bastón cualquiera, madame, apostaría por una espada. ¿Qué piensas, Watson?

 Cuando la observación del señor Holmes termino, la habitación se quedó en silenció por unos segundos hasta que el nombrado Doctor Watson se aclaró la garganta. — Pienso, señor Holmes, que la madame Vastra es bastante hábil con la espada. 

 Y Gwenevere estaba sorprendida, la boca de Jenny se había mantenido abierta por la sorpresa, y la había cerrado, pero sus cejas se habían elevado hasta la coronilla de su cabello ante las conclusiones del señor Holmes. 

 La madame no se dejó intimidar. Aunque Vastra no le gustaban los hombres humanos, ella sabía quién estaba parada delante de ella.  Oh, el Doctor se daría un festín ante este nuevo descubrimiento. Pensó con asombro. Leyendas, dos hombres imposibles estaban en delante de ella, en carne y hueso.

 Ella inevitablemente quiso saber más.  

 —Es increíble, señor Holmes, pero ¿Qué más me puede decir? — incito, mirando los ojos azules del hombre y fue recompensada con una mirada maniática de parte de Sherlock Holmes. 

 Escucho un sonido ahogado de fondo, de parte del Doctor Watson. 

 —Dije que no es viuda, pero eso solo es la mitad de la verdad, usted, madame Vastra, nunca se ha casado con un hombre en su vida. Es más, usted no le gustan los hombres absolutos. Aunque no puedo ver su cara, y aun estoy buscando en mi cerebro el nombre de una tela tan oscura como la que tiene para tapar su rostro, usted apretó casi imperceptiblemente el mango de su espada cuando me acerque, su pulgar derecho se movió, solo un centímetro más lejos de lo que estaba, y tomo una respiración bastante profunda, nada muy notable ni muy ruidoso, pero usted no me quiere oler porque soy hombre, mientras que la señora directora se acercó y usted no presento problema, movió su pulgar porque está acostumbrada a pelear, el vestido no lo oculta tan bien, pero ha peleado desde siempre con hombres. — el hombre se bailó a su alrededor, o al menos lo intento, Jenny no se había movido ni un centímetro, mientras que Gwenevere se había encontrado inquieta. — Y claramente favorece a la señorita Jenny, su cuerpo estaba mucho más cerca de ella que el de la señorita Gwenevere, y usted la presento primero. 

 Vastra estaba fascinada. Era como ver…al Doctor. Pero claramente humano y mucho más grosero. 

 —Eso no demuestra nada. Jenny ha estado trabajando conmigo años, la señorita Gwenevere es bastante reciente en su puesto. — Sherlock agito sus manos, descartando con grosería lo dicho por madame. Jonh Watson quiso taparse la cara ante la demostración. 

 —No, no me insulte, madame Vastra. La señorita no ha tenido ni una semana para acostumbrarse a su puesto, porque no existe tal puesto, madame. La chica es panadera, huérfana de madre, virgen, y usted la encontró apenas ayer, no, espere, quizás no encontró, ella fue a su búsqueda, y respecto a la señorita Jenny, usted, madame tiene un olor particular…— aspiro profundamente en dirección a la madame, ignorando por completo el grito ahogado de Mary Jane y la cara sonrojada de Gwenevere. 

 Jonh Watson siseo:—¡Holmes! 

 Pero fue igualmente ignorado. El susodicho cerro sus ojos un poco ante el olor que desprendía la madame, los abrió al terminar su inspección. — Huele a pantano, a hierro y a sol, pero dentro de esa combinación extraña de olores, que nunca había olido en una mujer, usted tiene rastros de… pólvora, sándalo y cuero, pegados a su vestido. El mismo olor que desprende la señorita Jenny, bastante fuerte, así que al igual que el bastón que no era un bastón, puedo apostar que ambas les gusta jugar con látigos y pistolas. La señorita Jenny tiene callos es sus manos, callos que solo se hacen el manejo excesivo de las armas de fuego y el cuero para los látigos, o cuerdas, estoy seguro que en su tiempo libre le gusta atar nudos, y sus uñas están cortadas hasta la raíz. — un leve vistazo a Jenny y prosiguió— Y la mirada que me da es indicativo de su sobreprotección hacia usted. Entre nos…— se acercó más si fuera posible a Vastra, susurro, aunque todos pudieron escucharlo — A la señorita Jenny tampoco le gustan los hombres. 

 Fue rápido. Tan rápido como un látigo, Jenny sonrojada y furiosa, había disparado su mano hacia la mejilla izquierda del señor Holmes y la cachetada había retumbando en toda la entrada. 

 Gwenevere había abierto su propia boca en shock, el Doctor Watson había agachado la cabeza, había llevado su mano derecha a su frente, entre sus cejas, y soltó un suspiro exasperado, sus propios hombros estaban tensos. Mary Jane estaba pálida y Sherlock Holmes estaba sonriendo con fuerza, aun con la marca roja en su mejilla. 

 Jenny había tomado su mano palpitante contra su pecho, aun sorprendida por su acción. 

 —¡Esto es inaceptable, señor Holmes! — reprendió Mary Jane, quien había sido la primera en reaccionar, su voz se había elevado una octava, estaba escandalizada. — ¡Usted no puede hacer ese tipo de suposiciones sobre las damas, por el amor de Dios! ¡Le ordeno que salga ahora mismo de mi casa! 

 —No vale la pena nombrar a Dios en vano, señora directora, y usted no es la Reina. —comento con desagrado, peino sus rizos oscuros hacia atrás, y giro su cuerpo entero, para estar enfrente de la directora, usando su altura para que esta diera un paso atrás, Mary Jane cerro su boca. — Hice lo que la madame me incito hacer, y en lo que soy bueno, deducir. Pero aquí la verdadera pregunta que nos hemos estado haciendo todo este rato, señora director es ¿dónde están los niños? 

 Mary Jana abrió sus ojos, desmesuradamente ante la pregunta del señor Holmes, la había tomado con la guardia baja y las palabras se le escaparon. No supo cómo responder. Busco ayuda en Madame, pero esta seguía en silencio, y la miraba tras el velo, estaba segura, al igual que el Doctor Watson y las ayudantes de la madame. 

 —La llegada del señor Holmes y el Doctor Watson la tomó por sorpresa, señora directora, usted ya se encontraba en un estado agitado cuando salió de su oficina, vernos y escuchar al señor Holmes diseccionarnos delante de usted solo hizo que se alterara mucho más. — concedió madame Vastra, moviéndose de su pasión inicial, hasta quedar al lado del señor Holmes, sus tacones repicaron contra el piso. — Pero el señor Holmes no se equivoca. Vinimos por los niños, señora directora, como bien sospechaba. Específicamente le vinimos a preguntar sobre Timothy Jones. 

 Ante la mención del niño algo se rompió en la Mary Jane, su rostro se contrajo varias veces, sus ojos cristalizados mirando entre la Madame Vastra y Sherlock Holmes, su labio inferior tembló y se veía mucho más vieja de lo que Gwenevere había supuesto inicialmente. Sus hombros se tensaron y finalmente, bajando la cabeza, soltó un sollozo. 

 —Y-yo protejo estos niños, los he protegido desde hace quince años. —su voz había salido entrecortada, y sus manos fueron hasta su cara, ocultado su rostro lleno de lágrimas. — Ellos en una mañana solo…desaparecieron

 La confesión hizo que todos tomaran en un sonoro respiro. Era imposible. 

 —Señora directora, eso es…—esta vez había sido el propio John Watson quien había hablado, había ofrecido rápidamente un pañuelo, pero había callado ante la vehemente negativa de parte de Mary Jane. 

 —No, Doctor Watson, no es imposible. Teníamos niños que tenían desde seis años hasta los doce, entre ellos el mismo Tim. —Mary Jane elevo la mirada, tomo el pañuelo que le era ofrecido, y limpiándose delicadamente el rastro, el Doctor Watson trago ante la mirada de acero de la señora directora. —Ese mañana, todos nuestros niños ya no estaban, Doctor Watson, los únicos que quedamos en esta casa son el jardinero, Frank, Jeremy que se encarga de la cocina, Elisa que se encarga de la limpieza y yo. 

 La declaración había sido tensa, tan tensa que se podía cortar con un cuchillo por la inquietud había caído en cada uno de los visitantes.  

 —Hace un mes. — Jenny hablo, y todos miraron en su dirección. Ella prosiguió. — Hace un mes fue que desaparecieron. 

 Mary Jane asintió en afirmación, y tanto Madame como Sherlock Holmes hicieron un ruido en consideración, si el señor Holmes y el señor Watson hubieran prestado más atención a Madame Vastra, se hubieran dado que el ruido que había hecho la madame era totalmente animal y no humano. Pero no, ambos estaban mirándose el uno al otro, diciéndose algo entre ellos que no era para el público. 

 El silencio se rompió cuando Sherlock Holmes aplaudió, aturdiendo a todos, giro y coloco sin permiso sus manos en las manos de madama, Gwenevere y Jenny sostuvieron el aliento. 

 —Si promete no estorbar, madame, quiero que me acompañe en este caso. —sus ojos brillaron con emoción, y aun la marca de la mano de Jenny era dolorosamente obvia en su mejilla. 

 Vastra sacudió las manos del hombre con brusquedad. —Si usted, señor Holmes, promete no estorbarme a mí, ni a mis ayudantes, puedo considerar que se una a resolver este misterio. 

 —Oh, madame, usted ciertamente se considera más inteligente que yo y aún no he visto su rostro. —sus ojos se entrecerraron y se arregló las solapas de su abrigo. 

 Bajo el velo, Vastra giro los ojos ante el hombre ridículo que tenía al frente, ella casi podía imaginar al Doctor y Sherlock Holmes debatiendo, oh, los hombres no descansarían. 

 —No, señor Holmes, no me considero más inteligente. Lo soy. — Declaro con desdén.  El susodicho sonrió, mostrando sus dientes y giro de nuevo, para ver a Mary Jane. 

 —Señora directora, Madame Vastra, Jenny, la Panadera, Watson y yo, tomaremos su caso, y resolveremos la desaparición de sus niños. — sus ojos azules brillaron ante la emoción y el misterio, John Watson se paró firme, Jenny hecho sus hombros hacia atrás, Gwenevere sintió sus orejas enrojecer al escuchar como la había llamado el hombre, y Vastra tras su velo una sonrisa de satisfacción apareció en sus labios.  

 Mary Jane miro a sus invitados sin estar segura ante la declaración segura del hombre. —Señor Holmes ¿Quién es un usted para declarar semejante cosa? — su pregunta había salido angustiosa. 

 —No somos la policía, aunque madame Vastra hace de consultora Scotland Yard en algunos casos raros. —ante tal mención, Vastra no pudo evitar tensarse, Sherlock siguió, esta vez su sonrisa era más pequeña. —Y yo…bueno, señora directora, soy Sherlock Holmes, es mi trabajo saber lo que otras personas no saben. 

El giro de los acontecimientos había sido vertiginoso, y al principio Vastra no estaba segura de cómo proceder ante los hombres imposibles que estaban delante de ella, pero todo se había torcido a su beneficio. Observo con deleite como Sherlock Holmes le daba indicaciones a la señora directora para reunir a todos en la entrada, y esta se marchaba con el Doctor Watson a cumplir. 

Quizás este sería otro caso en el que no necesitaría la ayuda del Doctor. Tenia al propio Sherlock Holmes y al doctor John Watson.