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Un lobo malo que corría junto a la tormenta

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Watson: La segunda guerra anglo-afgana trajo muchas condecoraciones y promociones. Pero para mí, no fue más que una desgracia y un desastre. Regresé a Inglaterra con mi salud desesperadamente destrozada y mi futuro sombrío. En tales circunstancias, me dirigí a Londres. Esa gran alcantarilla donde terminan todos los perezosos y vagos.

4x00 La novia abominable

 

9

Los Niños Perdidos II

 

La Casa de Niños Albión fue fundada en 1870 por J.R Jenkins, un hombre joven, egocéntrico y millonario, quien solo estaba buscando una forma de gastar dinero, o al menos eso decían las malas lenguas. 

Lo cierto es que J.R Jenkins, con su inversión al estado de abrir una casa para niños huérfanos hizo que todos se llenaran los bolsillos. La revolución industrial entro en apogeo a principios de siglo, nuevas oportunidades de trabajo para las personas en todas partes del país con las nuevas fábricas, pero al mismo tiempo las líneas entre las clases sociales se habían agrandando, solo era necesario siete libras más para pertenecer a clase media y siete libras menos para terminar en la calle. El libre comercio a otros países trajo nuevas enfermedades y las personas se morían en las calles. J.R Jenkins abrió la casa de niños, y recogió a todos los niños de la calle por los siguientes diez años, los cuido y les dio trabajo en la casa luego de que estos fueran mayores, evitando que fueran llevados a los asilos de pobres. 

 Los niños tenían permitido irse una vez que fueran mayores de edad, pero lo cierto era que todos preferían quedarse, y por lo tanto el orfanato era una forma no usual para trabajar, pero no todos podían usarlo como fuentes de ingresos. J.R Jenkins fue el director durante los primeros diez años, y luego delego cargos a Mary Jane, una nodriza retirada sin familia, como directora y encargada del lugar. Muchos dirían que J.R Jenkins se había vuelto loco al dejar cargos a una mujer que no era familia y que era de procedencia dudosa. 

 Pero por eso todos decían que J.R Jenkins era un egocéntrico, había aparecido un día, sin tener conocidos o familiares cerca del distrito y se había integrado a la sociedad inglesa con sedosas palabras y su acento americano, y sin faltar, se reunía a las fiestas de la clase alta como si siempre hubiera pertenecido, y cuando los temas de política salían a relucir, hechizaba a todos en la habitación para que donaran a la causa del orfanato, por lo tanto siempre se iba antes del amanecer con cheques de muchos ceros e innumerables invitaciones a las siguientes fiestas, y aunque sé sabía que J.R Jenkins era rico, nadie tenía ni una sola idea de dónde procedía. 

 La Casa de Niños Albion solucionaba los problemas de todos. Los niños que eran recibidos venían desde las afueras de Londres, niños abandonados de Hackney, de Clerkenwell y hasta los hijos bastardos de las mujeres de Whitechapel. Y eso era otra cosa que tenía la Cada de Niños Albion que no tenía otra casa de adopción en todo el país, aceptaba no solo niños, sino mujeres y hombres jóvenes. Todas aquellas personas sin hogar salían de ahí volviéndose personas productivas para la sociedad. Niñeras, mayordomos, mucamas y un motón de otros oficios. Los mayores eran los encargados de instruir a los más pequeños, y la directora era estricta a la hora de impartir las tareas. 

 Había una serie de cosas sospechosas, reglas y permisos, tanto dentro y fuera de la Casa de Niños Albion que hicieron que en numerosas ocasiones la institución fuera investigada en sus inicios. La primera cosa sospechosa: la casa no era una casa, era una mansión parecida más a un castillo. La mansión era majestuosa, ubicada a las afueras de Londres, que no le había pertenecido a nadie en el pasado y los papales de posesión habían desaparecido hacía mucho tiempo, ni siquiera el estado había podido llegar a tenerla y había tratado de hacerlo desde que los dueños originales habían muerto. Se había cerrado y se habían olvidado de ella. 

 Pero para consternación de todos en los altos círculos, J.R Jenkins había mostrado los papeles legítimos de la propiedad ante el juez el mismo año que había llegado y la casa había sido pasada a sus manos. Todos en solo un mes. La mansión tenía tres pisos y un gigantesco patio trasero con un pequeño invernadero. El primer piso estaba distribuido en tres salas en conjunto, una de música, una de estudio y otra de té. Un comedor con más de diez asientos en la gran mesa, una cocina que era el corazón de la casa, un baño para las visitas y una oficina que era de la directora que tenía un cuarto adjunto para la misma. 

 El segundo piso tenía todas las habitaciones y baños para los residentes. Tanto el primer y segundo piso eran accesibles, pero el tercer piso estaba prohibido para todos, menos para la directora y las autoridades competentes del país. Y eso estaba estipulado en el testamento del señor J.R Jenkins. Y esa era la segunda cosa rara. J.R Jenkins no estaba muerto, solo había desaparecido poco después que Mary Jane se volviera la directora, y todos esos años siguientes se sabía que el hombre seguía con vida. 

 Porque siempre, al menos cinco veces al año, llegaba un niño sin padres a las puertas de la Casa Albion con una nota breve explicando la situación de la criatura y firmada por el mismo hombre. Y cuando se pedía saber de parte de la criatura si se había encontrado con el famoso fundador de la casa, ellos siempre tenían la misma respuesta. 

 “Era un hombre…bastante sonriente” 

 Y eso era todo lo que los niños podían recordar del hombre que los había ayudado. Pero era un misterio que nadie tenía la intensión de resolver, al igual que el hecho de que la Casa Albion era una entidad lucrativa y nadie tenía ni idea de cómo. 

 Era un viaje de mediodía a carruaje, el camino era boscoso, lleno de animales salvajes y la carretera de tierra era bastante irregular. Y le estaba dando problemas a Gwenevere para seguir leyendo toda la información de la Casa Albión.

 Madam Vastra había tenido un montón de información en su estudio, ella junto a Jenny, se habían dado cuenta casi de inmediato sobre las desapariciones, y habían recopilado todo lo que habían encontrado, los antecedentes de las víctimas, como le había llamado Madam Vastra, y ella lucho bastante para decir la palabra correctamente. 

 En dos meses, desde el comienzo del otoño, 25 de septiembre, hasta la actualidad, 19 de noviembre, habían desaparecido un total de veintiún niños de edades similares, un grupo compuesto por doce niños de la calle, entre ellos Charley, y para sorpresa de Gwenevere, de ocho niños ricos de cuna, cuatro de ellos fueron tomados de un internado bastante caro en Kennington y cuatro niños de sus propias camas. En sus casas, durante hora impías de la noche. 
 Esos ocho casos no se habían reportado, nadie sabía que esos niños de noble cuna habían desaparecido, y Madam Vastra le había informado que se estaban investigando extraoficialmente, que Scotland Yard tenía a sus mejores detectives en esos casos y que en dos meses no había indicios de nada. 
 
 Los niños de noble cuna habían desaparecido en el aire, al igual que los niños de la calle. Y respecto a las mujeres olvidadas, no habían sido en una cantidad alarmante como lo habían sido los propios niños, no, habían desparecido solo cuatro mujeres de Whitechapel. Y nadie competente se hubiera dado cuenta de ello sino fuera por la misma Jenny, que tenía contactos de dudosa precedencia y le habían informado de las desapariciones. 

 Gwenevere se tambaleo una vez más en su asiento cuando el carruaje golpeo un bache bastante malo, los papeles en sus manos crujieron ante el apretón que les otorgo y ella subió la mirada, a Madam y a Jenny quienes la miraban desde su propio asiento con diversión. 

 —Lo siento. —carraspeo su disculpa, y extendió los papeles de la información, Jenny los tomo con una sonrisa amable y los guardo en su portafolio. 

 —¿Primera vez en un carruaje? — la pregunta fue amable de parte de la Madame, su velo había sido retirado a causa de la intimidad que proporcionaba el carruaje, y Gwenevere seguía maravillada cada vez que veía su rostro. Y solo había pasado un día. 

 Gwenevere, repentinamente incomoda al escuchar la pregunta, rasco el lado izquierdo de cuello, y asintió. La Madame le había dicho todo lo que sabía el día de ayer, y Gwenevere había regresado a su casa a paso lento, como si caminara en un sueño, aun sin creer todo lo que había presenciado en el día, con una solicitud de parte de la Madame, encontrarse a las siete en punto del día siguiente en 13 de Paternoster Raw, porque las tres irían de excursión, o eso había dicho Jenny. Había dejado una nota a su padre, y había salido a la hora pautada. 

 Y luego se había montado en un carruaje, con Madame y Jenny, y había pasado las últimas cuatro horas leyendo sobre la Casa Albión, su destino el día de hoy. Y no es que hubiera mucho material de lectura, es que ella era bastante lenta para leer, y había palabras muy grandes, que hicieron que la mente de Gwenevere tropezara en más de una ocasión. 

 Jenny se había ofrecido ayudarla, pero ella se había negado amablemente. Necesitaba aprender por si sola si estaría rodeada de la Madame y Jenny.

 Miro a la Madame, quien miraba la vegetación atreves de la venta y una pregunta bailo de repente en su lengua, presiono sus labios juntos y respiro profundamente. 

 —¿Viene de las estrellas, madame? — su tono fue lo más amable que pudo reunir, e incluso su voz había salido como un susurro. La Madame volteo a verla, y ella le devolvió la mira. Trago grueso, y la madame sonrió. 

 —¿Qué te hace pensar eso, Gwenevere? —la diversión era notable, y su tono de voz no tenía la molestia que ella había esperado. —¿Por qué no me veo humana? 

 —No se ve humana porque no es humana. — respondió demasiado rápido, como si fuera obvio dicha observación, y presiono junto sus dientes. Grosera, había sido muy grosera.  Jenny soltó una risa, y la madame la acompaño con un bufido. 
 —Sí, no soy humana, pero no vengo de las estrellas. ¿Pero por qué pensaste eso? 

 Gwenevere se encogió de hombros, sin comprometerse. Ni ella misma estaba segura de por qué había pensado eso, pero era…sensato, asumir que Madame Vastra pertenecía a las estrellas. No era como nadie que había visto. 

 Madame entre cerro sus ojos ante su falta de respuesta. —Soy de aquí, Gwenevere, de la tierra. ¿Sabes que significa ser un homo-sapiens? —su voz había adquirido un matiz curioso, una vez más genuinamente interesada en su respuesta. 

 Y Gwenevere no estaba del todo segura cómo responder, porque no tenía ni idea como hacerlo. Homo-sapiens, homo-sapiens, homo-sapiens… Sonaba raro, demasiado raro y tenía miedo de decirlo en voz alta, porque su lengua seguramente se enredaría y terminaría avergonzándose a sí misma y seria amablemente corregida. 

   Madame Vastra viendo la confusión en su rostro, y miro de reojo a su esposa, quien tenía una sonrisa cómplice procedió a explicarle a la joven humana. 
 
 —Tú eres un homo-sapiens, Gwenevere, se podría decir que esa es tu especie. Es el término que usan los científicos. ¿Me entiendes?

 Gwenevere entendió. —Usted no es un…homo-sapien. — y sí, lo había dicho lento, y muy cuidadosamente. Tanto Jenny como Madame asintieron, y aunque le había faltado la s al final decidieron no corregirla. 

 —Los homo-sapiens vinieron mucho después que mi raza, nosotros habitábamos la tierra mucho antes que ustedes aprendieran a caminar en sus dos pies y a cazar con sus manos, Gwenevere. —le dijo, con una voz suave como si lo estuviera leyendo en un cuento, y Gwenevere se hayo siendo absorbida por la cadencia de su voz. — Somos conocidos por muchos nombres, el más simple seria el homo-reptilia. Vivimos junto a los dinosaurios, conocimos la tierra cuando solo era tierra y…—su voz se apagó, sus ojos verdes dejaron de verla, y la emoción en ellos se apagó, Gwenevere sintió su propio corazón dar un tirón doloroso en su pecho.

 Hace mucho tiempo. Hace mucho tiempo la madame había tenido una familia. El carruaje repico de nuevo, y el momento se fue. La Madame parpadeo varias veces y Jenny se deslizo mucho más, pegada a su costado, desde sus hombros hasta sus rodillas, tomo su mano izquierda entre las de ella, madame Vastra giro su rostro y le dedico una sonrisa dulce, que fue cálidamente devuelta. 

 Gwenevere miro rápidamente hacia la ventada, incomoda al presenciar tal acto de intimidad, y sus ojos se abrieron desmesuradamente al ver su destino. A lo lejos, entre los árboles, la Casa de Niños Albion era iluminada por el sol, haciendo que parte de su estructura se viera oscurecida, tan grande como un castillo, un largo camino de tierra se desviaba del camino principal para darle la bienvenida a los visitantes, y pasto, grandes pedazos de pasto cubría la totalidad del terreno, y Gwenevere sintió la ganas de correr cosquillando en sus pies, para ella, la mansión podía albergar fácilmente más de cien personas.  

 —Bueno, hemos llegado a nuestro destino, damas. —La madame Vastra dijo complacida, al ver por la ventana lo mismo que ella. El carruaje giro al camino y unas grandes verjas de hierro se encontraban abiertas, dejándolos pasar. 


 —¿La directora sabía que veníamos? —, curioseo, cuando su mirada se posó fugazmente en las verjas cuando el carruaje había pasado su estrada. 

 —Les envié un telegrama la semana pasada, diciéndoles que tenía unas preguntas relacionas a la adopción, y no fue hasta hace dos días que recibí la respuesta. —La ligereza en la voz de la Madame alerto a Gwenevere, pero mantuvo su cara en blanco. Muchos días para una respuesta de un telegrama, y más si era referente a una adopción. 

 Hoy en día los orfanatos eran más que inmediatos con las adopciones. Demasiados entusiasmados con que los niños se fueran, sin importarles mucho quienes se los había llevado.  Gwenevere mantuvo sus pensamientos para sí misma, porque ella sospechaba que tanto Jenny y la Madame estaban al tanto de lo sospechoso del asunto. 

 Lo que Vastra había encontrado sobre la Casa Albion había sido incongruente. Mientras que los niños seguían desapareciendo, la Casa de Niños Albion no había reportado ningún caso. Pero habían desaparecido veintiún niños, de los cuales solo veinte Jenny y ella habían recopilado. Pero faltaba un niño que tanto ella como Jenny se habían reservado su identidad. Timothy Jones pertenecía a la Casa para Niños Albion. Mientras que la desaparición de los otros niños huérfanos había ido de boca en boca, e incluso el caso de los niños de rica cuna se estaba investigando bajo perfil, el caso de Timothy Jones no se había mencionado en absoluto. 

 Todos los viernes, a las diez de la mañana, durante un año entero, Timothy Jones había ido sin falta al mercado, salía temprano con otros trabajadores de la mansión y una carreta, yendo a buscar suministros. Todo los recordaban, amable y atento que era el joven Jones, pero un mes, hacia un mes que nadie lo había visto. Y cuando alguien se atrevió a preguntar solo había una respuesta: “Tim fue adoptado por una buena familia.” 

 Pero Vastra y Jenny sabían mejor. La Casa de niños Albión no daba en adopción a sus niños. Nunca hubo registro porque nunca lo hicieron. Tenían sus armas, y haber llevado a la joven humana era una apuesta arriesgada, pero Gwenevere…ella, Vastra sabía, sabía que esta humana era especial, no como su Jenny, ningún humano era tan especial como su Jenny, pero si tenía algo que ella no podía describir. 

 


DOCTOR WHO DOCTOR WHO 

 El ropero era grande, tan alto que pegada del techo abovedado y tan ancho que una sola pared tapaba. Si preguntabas por el color de su madera, de roble estaba hecho, y solo una puerta tenía, que estaba adornada por unas delicadas rosas ornamentadas, su picaporte era dorado, un experto alegaría que de oro había sido bañado y fuera de la puerta con las rosas, toda la madera del ropero era lisa. 

 Y mientras el piso y el traga luz estaba cubiertos por una fina capa de polvo, dejando en evidencia lo abandonado que estaba la habitación, el ropero se encontraba limpio, impecable. Lo único que demostraba que la habitación era regularmente concurrida eran la huellas en el piso, un camino limpio de la puerta de la habitación al ropero. Unas eras más grandes que otras, se podía ver la firmeza de las pisadas más grandes por la huella del zapato, siendo fácilmente de un hombre, y las más pequeñas eran apenas unas manchas limpias contra el polvo. Más como un arrastre que como una pisada. 

 Las risas de los niños se escuchaban a las afueras de la habitación ocupada por el ropero, bastante lejos, y si las personas, las personas que vivían en la parte habitable de esa enorme casa, prestaban atención, podían escuchar el llanto de un niño, tan bajo como un susurro, proviniendo del interior del ropero. 


DOCTOR WHO DOCTOR WHO 

 

 Los primeros pensamientos de Gwenevere respecto a la señora Mary Jane no habían sido del todo halagadores, porque cuando fueron recibidas por Jeremy, que, con sus ojos atronadores, lo hacían ver como un hombre que no estaba nada contento por haberlas recibido, hubo rigidez en sus palabras de bienvenida, ni siquiera se ofreció a quitarles sus respectivas capas, y no habían sido autorizadas para abandonar la recepción de la casa. Las hicieron pararse en la entrada, porque la directora había estado ocupada con un visitante anterior. 

 Y mientras la Madame y Jenny habían aceptado todo el trato áspero con sencillez, Gwenevere había mirado ceñuda la espalda del hombre cuando se retiró. 

 Y habían pasado unos largos minutos, que le había dado la oportunidad a Gwenevere de familiarizarse con su entorno, y ella juraba que la lechuza de madera, posada encima de un hermoso reloj cuco, seguía cada uno de sus movimientos. Sus ojos y su plumaje tenían demasiados detalles, que, si en vez de dejarlo en madera natura lo hubieran pintado, se vería exactamente como una lechuza real. El interior de la mansión era hermoso, la entrada, donde ahora estaban paradas, era espaciosa, casi un salón de baile, las escaleras a un lado en forma de caracol conduciendo a los pisos superiores, el techo era grande y alto, y las paredes…

 Las paredes fue lo que le quito el aliento a Gwenevere, a simple vista las personas pensarían que eran pintas por varios tonos de verdes, pero no era así. Pintadas de piso a techo con patrones de follaje, las profundidades de un bosque habían sido puesto en pared con pitura, árboles frondosos y otros secos, frutas colgando de las ramas, reconoció algunos pájaros que habían sido pintados, con tanto detalle, así como la lechuza, que, si no fuera por miedo a represalias, los habría tocado. Petirrojos en sus nidos, ruiseñores batiendo alas, una pareja de halcones peregrinos en la copa de unos árboles. Y mirando con atención, entre las hojas de los arboles había varias especies de ardillas, las más llamativas eran las rojas que jugaban a las ramas de un…conífera, si su memoria no fallada, y luego en a los pies del árbol, una familia de corzos descansaba. 

 La lechuza en el reloj se veía real. Pero lo que se exhibía en las paredes era otra cosa. 

 —Maravilloso, ¿no?  — la voz de la madame la extrajo de su observación, y volteo a mirarla, una vez más teniendo el velo tapando su rostro. Pero no había sido como antes, ahora que ella sabía lo que había bajo el velo, se le había mucho más fácil ver las características de la madame. Una sonrisa tenue se podía visualizar, y Gwenevere quizás entendió el sentimiento. 

 Estaban rodeados por algo que, si no se equivoca, era parecido al hogar para Madame. 

 —Maravilloso, pero extraño. — ambas, madame y Gwenevere miraron a Jenny, quien se había mantenido bastante silenciosa, y viendo que era el centro de atención, prosiguió, tocando su mentón con suavidad y sus ojos bailando por el recibidor. — Esto es una casa para niños, sabemos que hay al menos treinta niños aquí, pero…no se escucha nada. —Sus ojos se entrecerraron ante la observación y miro ambas con un destello preocupado en ellos. 

 Su boca se había vuelto una fina línea, y Gwenevere se tensó, porque era verdad. El único sonido real, fuera de ellas, era el reloj, el segundero moviéndose. La casa estaba sospechosamente silenciosa. Los vellos en su nunca se erizaron, y volteo hacia su izquierda rápidamente. 

 La estaban viendo. Ella podía sentirlo, y su cuerpo salto un poco cuando vio los ojos de un lobo viéndola, en la pared, en un arbusto cerca de la familia de los corzos, un lobo gris aguarda, sus ojos eran muy realista, dos gemas amarillas viendo con atención, y Gwenevere no podía explicarse a ella misma como había podido pasar desapercibido dicho animal en la pintura.  Pero en general el paisaje del bosque era oscuro, los anímeles hacían toda la verdadera iluminación con sus respectivos pelajes. Había sombras más que luces, y donde estaba el arbusto…estaba convenientemente oscuro, pero ojos así no pasaban desapercibido. 

 Su boca se encontró repentinamente seca, porque entre más miraba los ojos del animal, la inquietud dentro de ella crecía. Un profundo siseo retumbo en la entrada, y ella giro su cabeza, cortando la mirada que tenía con el lobo gris, a la responsable de dicho sonido. La Madame estaba tensa, su agarre en el bastón se había endurecido y el sonido proveniente de ella era una advertencia, un retumbar siseo para los cazadores. 

 Gwenevere, aunque estaba tensa, encontró el siseo maravilloso. En algún lugar cerca, una puerta se abrió, el siseo se detuvo abruptamente, y la puerta se cerró. La Madame relajo su agarre en su bastón, Jenny se acercó un poco más a la derecha de la Madame, y Gwenevere ansiosa, solo se acercó un poco más. Las tres hicieron un frente unido. 

 Era un conjunto de pasos retumbando contra el piso. Tres personas salieron del pasillo que estaba debajo de las escaleras, una mujer de baja estatura, el vestido morado hacia resaltar su piel blanca, su cabello gris recogido pulcramente en un moño, y en su cara el descontento estaba gravado. 
 

Tras de ella, un hombre alto, incluso más alto que la propia Gwenevere, le seguía el paso, rizos negros enmarcaban su rostro níveo, y ojos azules miraban curiosos hacia ellas, vestía de negro, desde el saco que tenía hasta las botas, y el tercer hombre resaltaba de una forma dolorosa entre las figuras oscuras que era la mujer; Mary Jane, se atrevió a suponer Gwenevere, y el hombre alto. El tercer hombre estaba entre la estatura de la directora y el hombre alto; aún era más bajo que Gwenevere, pero era más alto que la señora, su piel era blanca pero tostada, dándole a conocer a Gwenevere que había trabajo bajo el sol durante varias temporadas, sus ojos bien podrían ser azules o marrones, ella no estaba del todo segura, per su cabello era rubio, salpicado de gris, haciéndolo ver como el trigo. 

 Gwenevere trago grueso al recordar a Charley. Parpadeo furioso, y mordió su labio inferior. Mary Jane se paró enfrente de ellas con hombres desconocidos, y no era el momento indicado para mostrar sus sentimientos. 


 —Madama Vastra, sino me equivoco. —la voz de la señora retumbo en el silencio de la entrada, sus ojos marrones mirando a la madame, mostrando claramente que no era feliz. —Me disculpo por la demora, me llegaron algunos…invitados inesperados. 

 El tono seguía tenso, su mandíbula se movió, y Gwenevere se atrevió a echarle una mirada más a los hombres tras de ella, que al parecer habían sido los invitados inesperados. El alto no mostraba vergüenza alguna por haber llegado sin invitación, todo lo contrario, su anterior curiosidad en sus ojos había desaparecido para mostrar un rastro presunción y expuso una sonrisa con todos sus dientes, haciendo resaltar sus mejillas, y el más bajo solo tenía sus labios apretados en una línea fina, sus propias mejillas estaban sonrojadas, de pena, quiso apostar Gwenevere. 

 —Entiendo la espera, directora. Estas son mis ayudantes, Jenny Flint. — hizo un movimiento indicativo con su cabeza hacia Jenny, quien asintió brevemente. — y Gwenevere Forney. — hizo el mismo movimiento hacia ella, y respondió al igual que Jenny, asintiendo con su cabeza. 

 La directora miro con ojos entrecerrados a las tres mujeres. Mientras era presentadas, y aunque que no podía ver la cara de infame Madame Vastra, las otras dos tenían sus expresiones cuidadosamente en blanco. La pelirroja en especial, nunca había conocido una mujer tan alta, con su cabello corto y vestida de hombre ni más ni menos. 

 Las mujeres de hoy en día. Fueron sus pensamientos en reproche, pero los desecho cuando sintió tras de ella a los hombres moviéndose con inquietud. Habían llegado de forma sorpresiva, para nada de su agrado y sus intenciones habían sido tan fraudulentas como las de la propia Madame, pero al menos esta última había tenido la delicadeza de haber pedido una invitación, bajo un débil pretexto, pero lo había hecho. 

 Se aclaró la garganta y deicidio presentar a los hombres groseros y a ella misma: — Soy Mary Jane, la directora de esta casa, estos hombres a mi lado son el Doctor John Watson…— uso sus manos para presentar al hombre más bajo a su izquierda, quien cordialmente asintió con la cabeza y presento una sonrisa amable a las mujeres, y conteniéndose para girar sus ojos y hacer una mueca desagradable, nada dignos de una señora como ella, presento al hombre a su derecha. — Y el señor Sherlock Holmes. 

 Hubo un resoplido y un sonido ahogado, Mary Jane parpadeo sorprendía y miro a la Madame, aun no podía ver indicio de su cara, pero el primero sonido había venido claramente de ella, y luego vio a su ayudante Jenny, quien había abierto su boca y había hecho el segundo sonido, algo cercano a la sorpresa y maravilla estaba en su rostro viendo a los hombres desagradables y la propia Mary Jane no tenía idea de qué estaba pasando. 
 —Bueno, señora directora, esto se ha vuelto interesante. —el deleite en la voz de la madame la hizo mirarla con interrogación. 

 —Los hombres ya se van. — ella contradijo, no había nada interesante. No desea seguir con más personas extrañas en su casa. 

 —Los hombres se quedan, señora directora — el sonido barítono a su derecha la hizo tensarse. El señor Holmes no había pronunciado palabra alguna desde que los había despachado en su oficina. Habían sido groseros con sus preguntas, erráticos en sus modales de etiqueta y no habían tenido ni asomo de caballerosidad. 

 —Esta es mi casa, señor Holmes, y como le dije a usted y al Doctor Watson, me desagrada profundamente las visitas no deseadas. — su tono no aceptaba refute. 

 Pero si algo había aprendido de la última media hora con el señor Holmes, es que era terriblemente insurrecto. 

 —No aceptamos irnos, señora directora, aceptamos recibir a la madame Vastra con usted. No queríamos que siguiera retrasando lo inevitable. — Él la miro con una sonrisa complacida, y ella deseaba quitar esa sonrisa de su cara. Apretó sus dientes juntos ante el deseo. 

 —¿Lo inevitable, señor Holmes? —la curiosidad goteo en la voz de la madame, y el señor Holmes miro hacia ella. Él se acercó, en un paso, ya estaba cerca de la madame, Mary Jane estaba escandalizada internamente ante la falta de decoro. 

 —Usted, desconocida Madame Vastra, vino por los niños y las mujeres desaparecidas. Y la señora directora está al tanto de eso. Es astuta la señora directora, no confía en ninguno de nosotros, pero es especialmente recelosa de usted ¿Y sabe por qué? Porque no muestra su cara, alguien que no muestra su cara es una persona de poca confianza. Esta vestida de pies a cabeza de negro, pero no es viuda, ese bastón, usted no tiene ningún problema para caminar, su peso esta favorecido en sus dos piernas…la madera está quebrada desde la punta hasta el mango, como si hubiera caído muchas veces contra el piso. Así que no es un bastón cualquiera, madame, apostaría por una espada. ¿Qué piensas, Watson?

 Cuando la observación del señor Holmes termino, la habitación se quedó en silenció por unos segundos hasta que el nombrado Doctor Watson se aclaró la garganta. — Pienso, señor Holmes, que la madame Vastra es bastante hábil con la espada. 

 Y Gwenevere estaba sorprendida, la boca de Jenny se había mantenido abierta por la sorpresa, y la había cerrado, pero sus cejas se habían elevado hasta la coronilla de su cabello ante las conclusiones del señor Holmes. 

 La madame no se dejó intimidar. Aunque Vastra no le gustaban los hombres humanos, ella sabía quién estaba parada delante de ella.  Oh, el Doctor se daría un festín ante este nuevo descubrimiento. Pensó con asombro. Leyendas, dos hombres imposibles estaban en delante de ella, en carne y hueso.

 Ella inevitablemente quiso saber más.  

 —Es increíble, señor Holmes, pero ¿Qué más me puede decir? — incito, mirando los ojos azules del hombre y fue recompensada con una mirada maniática de parte de Sherlock Holmes. 

 Escucho un sonido ahogado de fondo, de parte del Doctor Watson. 

 —Dije que no es viuda, pero eso solo es la mitad de la verdad, usted, madame Vastra, nunca se ha casado con un hombre en su vida. Es más, usted no le gustan los hombres absolutos. Aunque no puedo ver su cara, y aun estoy buscando en mi cerebro el nombre de una tela tan oscura como la que tiene para tapar su rostro, usted apretó casi imperceptiblemente el mango de su espada cuando me acerque, su pulgar derecho se movió, solo un centímetro más lejos de lo que estaba, y tomo una respiración bastante profunda, nada muy notable ni muy ruidoso, pero usted no me quiere oler porque soy hombre, mientras que la señora directora se acercó y usted no presento problema, movió su pulgar porque está acostumbrada a pelear, el vestido no lo oculta tan bien, pero ha peleado desde siempre con hombres. — el hombre se bailó a su alrededor, o al menos lo intento, Jenny no se había movido ni un centímetro, mientras que Gwenevere se había encontrado inquieta. — Y claramente favorece a la señorita Jenny, su cuerpo estaba mucho más cerca de ella que el de la señorita Gwenevere, y usted la presento primero. 

 Vastra estaba fascinada. Era como ver…al Doctor. Pero claramente humano y mucho más grosero. 

 —Eso no demuestra nada. Jenny ha estado trabajando conmigo años, la señorita Gwenevere es bastante reciente en su puesto. — Sherlock agito sus manos, descartando con grosería lo dicho por madame. Jonh Watson quiso taparse la cara ante la demostración. 

 —No, no me insulte, madame Vastra. La señorita no ha tenido ni una semana para acostumbrarse a su puesto, porque no existe tal puesto, madame. La chica es panadera, huérfana de madre, virgen, y usted la encontró apenas ayer, no, espere, quizás no encontró, ella fue a su búsqueda, y respecto a la señorita Jenny, usted, madame tiene un olor particular…— aspiro profundamente en dirección a la madame, ignorando por completo el grito ahogado de Mary Jane y la cara sonrojada de Gwenevere. 

 Jonh Watson siseo:—¡Holmes! 

 Pero fue igualmente ignorado. El susodicho cerro sus ojos un poco ante el olor que desprendía la madame, los abrió al terminar su inspección. — Huele a pantano, a hierro y a sol, pero dentro de esa combinación extraña de olores, que nunca había olido en una mujer, usted tiene rastros de… pólvora, sándalo y cuero, pegados a su vestido. El mismo olor que desprende la señorita Jenny, bastante fuerte, así que al igual que el bastón que no era un bastón, puedo apostar que ambas les gusta jugar con látigos y pistolas. La señorita Jenny tiene callos es sus manos, callos que solo se hacen el manejo excesivo de las armas de fuego y el cuero para los látigos, o cuerdas, estoy seguro que en su tiempo libre le gusta atar nudos, y sus uñas están cortadas hasta la raíz. — un leve vistazo a Jenny y prosiguió— Y la mirada que me da es indicativo de su sobreprotección hacia usted. Entre nos…— se acercó más si fuera posible a Vastra, susurro, aunque todos pudieron escucharlo — A la señorita Jenny tampoco le gustan los hombres. 

 Fue rápido. Tan rápido como un látigo, Jenny sonrojada y furiosa, había disparado su mano hacia la mejilla izquierda del señor Holmes y la cachetada había retumbando en toda la entrada. 

 Gwenevere había abierto su propia boca en shock, el Doctor Watson había agachado la cabeza, había llevado su mano derecha a su frente, entre sus cejas, y soltó un suspiro exasperado, sus propios hombros estaban tensos. Mary Jane estaba pálida y Sherlock Holmes estaba sonriendo con fuerza, aun con la marca roja en su mejilla. 

 Jenny había tomado su mano palpitante contra su pecho, aun sorprendida por su acción. 

 —¡Esto es inaceptable, señor Holmes! — reprendió Mary Jane, quien había sido la primera en reaccionar, su voz se había elevado una octava, estaba escandalizada. — ¡Usted no puede hacer ese tipo de suposiciones sobre las damas, por el amor de Dios! ¡Le ordeno que salga ahora mismo de mi casa! 

 —No vale la pena nombrar a Dios en vano, señora directora, y usted no es la Reina. —comento con desagrado, peino sus rizos oscuros hacia atrás, y giro su cuerpo entero, para estar enfrente de la directora, usando su altura para que esta diera un paso atrás, Mary Jane cerro su boca. — Hice lo que la madame me incito hacer, y en lo que soy bueno, deducir. Pero aquí la verdadera pregunta que nos hemos estado haciendo todo este rato, señora director es ¿dónde están los niños? 

 Mary Jana abrió sus ojos, desmesuradamente ante la pregunta del señor Holmes, la había tomado con la guardia baja y las palabras se le escaparon. No supo cómo responder. Busco ayuda en Madame, pero esta seguía en silencio, y la miraba tras el velo, estaba segura, al igual que el Doctor Watson y las ayudantes de la madame. 

 —La llegada del señor Holmes y el Doctor Watson la tomó por sorpresa, señora directora, usted ya se encontraba en un estado agitado cuando salió de su oficina, vernos y escuchar al señor Holmes diseccionarnos delante de usted solo hizo que se alterara mucho más. — concedió madame Vastra, moviéndose de su pasión inicial, hasta quedar al lado del señor Holmes, sus tacones repicaron contra el piso. — Pero el señor Holmes no se equivoca. Vinimos por los niños, señora directora, como bien sospechaba. Específicamente le vinimos a preguntar sobre Timothy Jones. 

 Ante la mención del niño algo se rompió en la Mary Jane, su rostro se contrajo varias veces, sus ojos cristalizados mirando entre la Madame Vastra y Sherlock Holmes, su labio inferior tembló y se veía mucho más vieja de lo que Gwenevere había supuesto inicialmente. Sus hombros se tensaron y finalmente, bajando la cabeza, soltó un sollozo. 

 —Y-yo protejo estos niños, los he protegido desde hace quince años. —su voz había salido entrecortada, y sus manos fueron hasta su cara, ocultado su rostro lleno de lágrimas. — Ellos en una mañana solo…desaparecieron

 La confesión hizo que todos tomaran en un sonoro respiro. Era imposible. 

 —Señora directora, eso es…—esta vez había sido el propio John Watson quien había hablado, había ofrecido rápidamente un pañuelo, pero había callado ante la vehemente negativa de parte de Mary Jane. 

 —No, Doctor Watson, no es imposible. Teníamos niños que tenían desde seis años hasta los doce, entre ellos el mismo Tim. —Mary Jane elevo la mirada, tomo el pañuelo que le era ofrecido, y limpiándose delicadamente el rastro, el Doctor Watson trago ante la mirada de acero de la señora directora. —Ese mañana, todos nuestros niños ya no estaban, Doctor Watson, los únicos que quedamos en esta casa son el jardinero, Frank, Jeremy que se encarga de la cocina, Elisa que se encarga de la limpieza y yo. 

 La declaración había sido tensa, tan tensa que se podía cortar con un cuchillo por la inquietud había caído en cada uno de los visitantes.  

 —Hace un mes. — Jenny hablo, y todos miraron en su dirección. Ella prosiguió. — Hace un mes fue que desaparecieron. 

 Mary Jane asintió en afirmación, y tanto Madame como Sherlock Holmes hicieron un ruido en consideración, si el señor Holmes y el señor Watson hubieran prestado más atención a Madame Vastra, se hubieran dado que el ruido que había hecho la madame era totalmente animal y no humano. Pero no, ambos estaban mirándose el uno al otro, diciéndose algo entre ellos que no era para el público. 

 El silencio se rompió cuando Sherlock Holmes aplaudió, aturdiendo a todos, giro y coloco sin permiso sus manos en las manos de madama, Gwenevere y Jenny sostuvieron el aliento. 

 —Si promete no estorbar, madame, quiero que me acompañe en este caso. —sus ojos brillaron con emoción, y aun la marca de la mano de Jenny era dolorosamente obvia en su mejilla. 

 Vastra sacudió las manos del hombre con brusquedad. —Si usted, señor Holmes, promete no estorbarme a mí, ni a mis ayudantes, puedo considerar que se una a resolver este misterio. 

 —Oh, madame, usted ciertamente se considera más inteligente que yo y aún no he visto su rostro. —sus ojos se entrecerraron y se arregló las solapas de su abrigo. 

 Bajo el velo, Vastra giro los ojos ante el hombre ridículo que tenía al frente, ella casi podía imaginar al Doctor y Sherlock Holmes debatiendo, oh, los hombres no descansarían. 

 —No, señor Holmes, no me considero más inteligente. Lo soy. — Declaro con desdén.  El susodicho sonrió, mostrando sus dientes y giro de nuevo, para ver a Mary Jane. 

 —Señora directora, Madame Vastra, Jenny, la Panadera, Watson y yo, tomaremos su caso, y resolveremos la desaparición de sus niños. — sus ojos azules brillaron ante la emoción y el misterio, John Watson se paró firme, Jenny hecho sus hombros hacia atrás, Gwenevere sintió sus orejas enrojecer al escuchar como la había llamado el hombre, y Vastra tras su velo una sonrisa de satisfacción apareció en sus labios.  

 Mary Jane miro a sus invitados sin estar segura ante la declaración segura del hombre. —Señor Holmes ¿Quién es un usted para declarar semejante cosa? — su pregunta había salido angustiosa. 

 —No somos la policía, aunque madame Vastra hace de consultora Scotland Yard en algunos casos raros. —ante tal mención, Vastra no pudo evitar tensarse, Sherlock siguió, esta vez su sonrisa era más pequeña. —Y yo…bueno, señora directora, soy Sherlock Holmes, es mi trabajo saber lo que otras personas no saben. 

El giro de los acontecimientos había sido vertiginoso, y al principio Vastra no estaba segura de cómo proceder ante los hombres imposibles que estaban delante de ella, pero todo se había torcido a su beneficio. Observo con deleite como Sherlock Holmes le daba indicaciones a la señora directora para reunir a todos en la entrada, y esta se marchaba con el Doctor Watson a cumplir. 

Quizás este sería otro caso en el que no necesitaría la ayuda del Doctor. Tenia al propio Sherlock Holmes y al doctor John Watson.