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Un lobo malo que corría junto a la tormenta

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La niña siguió las migas de pan hasta la casa del bosque, pero la casa no era dulce como se cuenta en la historia. Dentro de ella, la bruja no existía, pero una serpiente había hecho su nido, la invitó a entrar y le ofreció un regalo, le advirtió que no sería dulce, pero tampoco sería amargo.

La niña no muy feliz refutó "Vine por dulces"

La serpiente, sinuosa y no sorprendente, le respondió entre siseos "¿Y cómo sabes que lo que ofrezco no es mucho mejor?"

La confundida chica le preguntó de nuevo "Me dijiste que no sería dulce pero tampoco amargo. ¿Cómo sería eso mejor que un dulce?"

La serpiente se acercó y salió su lengua viperina. "¿Y no tienes curiosidad por lo dulce que puede ser el regalo?"

Y sí,  siendo muy joven, la niña tenía curiosidad. "Está bien, lo acepto" la serpiente no tenía labios para sonreír, pero sus ojos estaban haciendo el trabajo en cuestión, desenrollando su cuerpo, en el centro de su nido descansaba una pequeña canica. La niña se acercó y la tomó en sus manos.

"No puedes morderla" advirtió la serpiente, la niña entendió y se llevó el canino a la boca, y se lo tragó. Era dulce, lo sintió en su lengua casi de inmediato, pero ... ahora el nido de la serpiente tenía algo diferente. La niña se dio cuenta tarde, cuando la serpiente ya había enrollado su cuerpo alrededor del de ella, que el nido tenía huesos.

"¡Tu me engañaste!" gritó la niña, asustada por lo que vio.

Y la serpiente colocando su rostro cerca de la oreja de la niña, siseó "No te engañe, te dije que sería dulce y también amargo"

"¿Que me diste?" la niña ya no podía ver y su cuerpo ya no podía sentir, pero su voz no había fallado ante la oscuridad.

"La verdad"

 

8

Los Niños Perdidos I

 

 

Niños huérfanos, desaparecidos desde hacía dos meses. De todos los barrios. Nadie dando un segundo pensamiento por ellos por su estado dependiente de la nación. Porque si no estaban, menos recursos serían enviados a los orfanatos. Pero no solamente los niños estaban desapareciendo, no, las mujeres del área de Whitechapel se habían esfumado en el aire, sus cuerpos olvidados junto a sus nombres, nadie tenía ni una sola idea donde podía haber ido esas mujeres descarriladas, y nadie quería saberlo tampoco.  

 

        Pero quizás Gwenevere Forney se estaba inmiscuyendo demasiado en eso. Al fin y al cabo, solo era la hija de un panadero de la calle Paternoster Row. Pero, aunque había aprendido a leer a una edad tardía, no se había tomaba el tiempo de leer los periódicos, a sabiendas que no habría ni un solo artículo sobre los niños y las mujeres. 

 

        Solo eran noticias de boca a boca que se había extendido por todos los barrios bajos. Ella había escuchado por casualidad, mientras había ido al mercado. Así que acudió a Tim, el pescadero, que en la primavera pasada había pedido su mano en matrimonio; aun había leve incomodad de parte de él porque aun estaba enamorado de ella. Gwenevere fue directa al punto cuando lo vio, porque habían sido muy buenos amigos antes de la propuesta y lo seguirían siendo, así que, la respuesta que recibió de parte de Tim sobre los rumores había hecho girar un poco su mundo cuando le había admitido con cierta preocupación y temor que el pequeño Charles, un niño que era como familia para todos, había desaparecido. Nadie lo había visto en una semana y todos estaban tensos por eso.

 

        Se había despedido de Tim con fuerte abrazo y lágrimas picando en sus ojos.

 

        Gwenevere solo tenía 20 años, se había rehusado a casarse tres veces desde que había cumplido los 14 años, su padre, quien no había tenido hijos varones y había enviudado cuando la madre de Gwenevere había contraído tuberculosis cuando esta había tenido solo 6 años, estaba más que feliz de que no se casara. Gwenevere abría la panadería, se encargaba de limpiarla, hacia el inventario de los productos y trataba con los distribuidores.

 

        Gwenevere Forney se vestía como niño, hablaba como niño y era tan alta como uno, ella nunca había dejado que su cabello creciera más allá de los hombros, porque había aprendido dos importantes lecciones cuando había tenido doce años y Elizabeth Walmsley había tomado su cabello como si fuera un caballo salvaje, arrancándolo de raíz. Las mujeres juegan sucio y los hombres son criaturas simples. Desde que se había tomado la hojilla de su padre y se había cortado el cabello nunca más volvió a ser jalonada ni acusada de ser una roba hombres.

 

        Pero Elizabeth Walmsley nunca se casó con Jacob Paterson, el primer niño que pidió la mano de Gwenevere en matrimonio, con un anillo hecho de madera por su padre, uno de los pocos ebanistas que estaba en la zona. De hecho, Jacob había terminado yéndose a Finsbury y Elizabeth se había casado con Paul Varley, el hijo del carnicero de la calle Canon Aley.

 

        Y aunque Gwenevere era una dama vestida de niño, su habilidad de lectura era escasa, y la suma y resta de números pequeños era lo único que sabía de las matemáticas, ella sabía que se tenía que hacer algo por el pequeño Charles. Que, aunque los periódicos no hablaran de eso, alguien y no necesariamente el Scotland Yard, tenía que hacer algo. Y quizás por eso estaba parada a las afueras del número 13 de Paternoster Row.

        Desde que Gwenevere tenía uso de razón, la casa del número 13 de Paternoster Row estaba ocupada por una solitaria mujer. Rumores iban y venían entorno a esa casa, varias veces carruajes usados por el Scotland Yard habían parado enfrente de ella en numerosas ocasiones, y se había corrido la voz de una mujer ayudaba a la propia policía. Al principio nadie conocía la cara de la mujer, las pocos que se había acercado solo habían visualizado la silueta de una mujer vestida de negro al otro lado de las ventanas y habían corrido espantados.

 

        La panadería de Gwenevere estaba solo a unas seis casas de distancia, la única que se encontraba en esa calle, así que era doblemente más sospechoso que en todos los años de Gwenevere ni ella ni su padre habían visto a la misteriosa mujer. Pero no fue hasta el invierno de 1888, cuando los asesinatos de Jack el Destripador cesaron que pudo conocer a la mujer, bueno, a ella no, sino a su sirviente. Había obtenido el nombre de la misteriosa mujer a través de su sirvienta mientras la había atendido en la panadería una noche inusualmente solitaria.

 

        Madam Vastra y su sirvienta, Jenny Flint, esta última estaba cubierta con una gruesa capa, cuando había ingresado a la panadería, la campana arriba de la puerta había sonado alertando a Gwenevere, quien estaba en el almacén, que tenía visitantes, por inercia se había sacudido las manos contra el delantal, y había salido hasta el mostrador forzando una sonrisa. Había sido un día muy frio, desde la mañana sabía que sería un mal día porque uno de los distribuidores se había equivocado completamente con la cantidad de harina que tenía que entregarles, y había llegado menos de lo acordado.

 

        Un extraño error de parte de una persona que había su distribuidor desde que tenía uso de razón. Desde que habían abierto, desde las seis de la mañana hasta las doce del mediodía, la panadería había estado sustancialmente llena, Gwenevere, de 16 años en ese momento, había estado abarrotada con pedidos, eran un total de siete personas en la panadería, cuatro panaderos incluyendo a su padre, y tres personas para atender el recibidor incluyéndola a ella. No había sido hasta las tres de la tarde que el transitar de la gente había bajado por completo. Dejándoles un montón de basura que limpiar. Cuando finalizo la tarde, la calle estaba vacía, su padre había sacado una ración más de panes para vender en la noche, y cuando ella pego el descuido, todos se habían ido. Dejándola con unos diez panes calientes para vender si o si, y una nota solo nombrando la taberna al final de la calle.

 

        Había maldecido a su padre, y luego obedientemente llevo los panes al mostrador, esperando ansiosamente a un padre de familia rico que se llevara todos y así poder cerrar. Habían pasado una hora, luego dos, el sol ya estaba desapareciendo, y la calle se encontraba mucho más solitaria.  Gwenevere con hombros caídos fue al almacén, con papel y una pluma que era más vieja que ella, en mano, tomo nota de las cosas que tendría que pedir para el día siguiente. La campana sonó, ella dejo el papel y la pluma, y fue atender al cliente.  

 

        La mujer tenía su cabello oscuro recogido impecablemente, su vestido era negro, al igual que sus guantes y capa, color que, hacia resaltar su piel blanca, sus ojos eran castaños y tenía una diminuta sonrisa cordial en sus labios. Sus mejillas estaban completamente sonrojadas por el frio y afuera un carruaje la estaba esperando.

 

        Los vellos de la nuca de Gwenevere se alzaron cuando hizo contacto visual con la clienta. Porque simplemente no la conocía, su cara no le sonaba de nada, y eso era verdaderamente alarmante. Todos los días Gwenevere veía a los mismos clientes, era una rutina matutina para muchos, era un recordatorio tardío para otros, saber que tenían que pasar por la panadería de la calle Paternoster Row. Gwenevere no solo conocía a las personas que iba a la panadería, sino también a las personas que iban al mercado, que ciertamente eran las mismas personas que también veía en la panadería. Pero esa mujer delante de ella no era conocida de ningún lado. Y quizás por esa razón mantuvo su sonrisa falsa.

 

        —Buenas noches, señorita ¿en qué la puedo ayudar?  

 

        Ella misma siempre había odiado como se escucha su voz en sus propios oídos, demasiado ronca y poco femenina, y también su altura, que iba más allá de la medida normal para las mujeres, pero en ocasiones como estas, estaba muy agradecida, ya que era mucho más alta que la mujer extraña y eso le producía un poco más de confianza.

         

        —Buenas noches, me gustaría llevarme todos los panes que tenga, por favor. —su voz era dulce como la de un canario, y Gwenevere, asintiendo, fue por una bolsa y empezó a llenarla con los panes en el mostrador. No había sido un hombre rico, pero ciertamente había sido una mujer rica.

 

        Mientras lo hacía, su mirada se desvió por un momento hacia afuera, donde el carruaje seguía esperando a la señorita, a luz de la panadería golpeaba ligeramente sobre el y desde la ventana un rostro tapado por un velo negro se asomaba. La sorpresa fue tal que casi dejo caer el pan que tenía en su mano, no grito, pero de igual forma su corazón latió un poco más rápido en su pecho, cuando volvió a mirar, la cortina del carruaje había vuelto a caer en su sitio.

 

        —Lo siento, si la madam la asusto. — rápidamente volteo su cabeza hacia la otra mujer, que por supuesto la miraba atentamente y aunque su boca tenía una mueca de lo que se presumía era una sincera disculpa, Gwenevere sabía que era falsa por la diversión en sus ojos castaños.

 

        Sin una sola onza de preocupación sobre sus propios modales burdos, procedió hacer la pregunta que la había estado molestando desde que había visto la cara de la mujer.

 

        —¿Son de por aquí, señorita? Nunca antes la había visto y viajar con este frio solo por pan no es para nada saludable. — sin mirarla, metió el ultimo pan en la bolsa, y la coloco en el mostrador. —Son ocho chelines.— Alzo la vista, y la misma sonrisa ligera de antes había hecho su apareció. Una sonrisa demasiado tenue para esos ojos que solo mostraban recelo.

 

        Por un momento, Gwenevere temió que quizás había dicho mucho, pero la mujer, sacando unas monedas de los bolsillos de su abrigo se acercó al mostrador.

 

        —Sí, vivimos solo a unas cuadras, en el número 13 de Paternoster Raw. —su tono fue casual, pero Gwenevere sabía que la estaba mirando atentamente, esperando una reacción. Tanto tiempo jugando a las cartas con su padre y los amigos de él, que sabía cuándo alguien buscaba en tu rostro alguna reacción.

 

        Siempre fue buena jugando, y por lo tanto mantener un rostro neutral era muy fácil, pero tuvo que luchar duro, porque conocer a una de las personas que vivía en el número 13 de Paternoster era…verdaderamente intrigante. La mujer extendió la mano, y dejo los ocho chelines en el mostrador. Gwenevere los tomo con humildad, y mientras iba a la caja, sin darle la espalda completamente en ningún momento.

 

        —Entonces, usted le sirve a la señora de la casa— la mujer asintió mientras extendía sus manos para agarrar el pan. —Si puedo preguntar madam ¿qué? —una risa, entre un resoplido y una tos, fueron sonoramente expulsados de parte de la mujer, y Gwenevere se sintió confundida. ¿Había dicho algo gracioso? Porque estaba segura de que no, y quizás su emoción se mostró en su rostro, porque rápidamente la mujer se acercó unos pasos al mostrador, donde estaba la caja, esta vez con una sonrisa sincera, que mostraba en sus ojos junto a un leve rastro de nerviosismo.

 

        —Perdona, no quise ofenderla con mi risa, en solo que su pregunta me trajo un recuerdo, de una broma entre la madam y un viejo amigo. —ante la apresurada explicación, Gwenevere se sintió mucho mejor, y espero pacientemente a que la mujer contestara su anterior pregunta. Sosteniendo la bolsa de pan con su brazo izquierdo, la mujer arreglo un cabello rebelde que había caído al frente tan rápido que Gwenevere pensó que en primer lugar no había estado allí. —La señora de la casa es Madam Vastra, y yo soy su humilde sirvienta, Jenny Flint.

 

        Madam Vastra. Sin aclarar si Vastra era un nombre, un apellido o un título otorgado. Cosa que sinceramente le causaba mucha más intriga. La mujer, no, la señorita Flint aunque ya había pagado, y ya tenía su pan, seguía mirándola, y Gwenevere tardíamente recordó sus propios modales.

 

        —Mi nombre es Gwenevere Forney, señorita Flint. — la señorita asintió y Gwenevere prosiguió, torpemente: —Espero disfrute el pan. —sonrió, o trato de hacerlo. Siempre le había resultado difícil hacerlo cuando se encontraba incomoda.

 

        Pero ¿por qué estaba incomoda?

 

        —Seguro lo disfrutaremos mucho. Buenas noches, señorita Forney. — la señorita Flint, con una sonrisa cordial y cabeceo de cabeza, dio media vuelta y camino hacia la puerta.

 

        —¡Espere! — Gwenevere la había llamo antes de que abriera la puerta. La señorita Flint la miro por encima del hombro, sorprendida. Gwenevere había empezado a tocar con ambas manos su delantal sin darse cuenta, habito que había adquirido cuando se encontraba ansiosa. — Me puede llamar Gwenevere, señorita.

 

        Los ojos de castaños de la señorita Flint se iluminaron, y le dio quizás la primera sonrisa sincera a Gwenevere. —Y usted me puede llamar Jenny, Gwenevere. Si quiere hablar, sobre cualquier cosa, puede ir al 13 de Paternoster. Yo misma la atenderé.

 

        Jenny había abierto la puerta, el aire frío había entrado sin permiso y se había despedido con una última sonrisa e inclinación de cabeza. Gwenevere la vio subir al carruaje, en ningún momento pudo visualizar más sobre la misteriosa Madam.

 

        Gwenevere no vio a la Jenny hasta un mes después de su visita. A veces venia sola, sin ningún carruaje que la acompañara. Nunca hablaron de nada, siempre se saludaban cordialmente. Y a veces podía pasar meses hasta verla de nuevo. Ella sabía por boca de Thomas, uno de los herreros, que Madam Vastra y Jenny iban muy seguido al teatro, al menos cada primer sábado de cada mes, que solo quedaba a una calle de distancia de la herrería, nadie había visto el rostro de la Madam. Uno de los rumores más propagados había sido el de que la Madam era viuda y esposo anterior había desfigurado su rostro, y por eso siempre usaba un vestido y velo negros.

 

        Gwenevere nunca había aceptado la invitación de Jenny para ir a la casa, tampoco había hablado con nadie sobre las pocas veces que en el año que recibía a Jenny en la panadería en horas impías de la noche. Y así fue por los siguientes cuatro años.

 

        Con ayuda de Tim el pescadero, Thomas el herrero, Jack el ayudante de cocina de su padre y Paul el repartidor de periódicos, habían recolectado un total de 100 peniques y 18 chelines, y todo estaba metido con sumo resguardo en su pequeña bolsa. No era mucho, pero era todo lo que habían podido recolectar para Charles, Gwenevere había contado su secreto mejor guardado a ellos y habían decidido por voto unánime que ella sería la que fuera al 13 de Paternoster a pedir ayuda a la madam que incluso colaboraba con el Scotland Yard.

 

        Los nervios la hacían temblar las piernas, no había otra que agarrar aparte de las solapas de su camisa, avanzo, y parándose frente la puerta, tuvo las ganas de correr, pero no, fue un pensamiento cobarde. Y ella no podría ser cobarde cuando Charles estaba ahí afuera, pasando por Dios sabe qué cosa. Pedirle ayuda a una mujer como Madam Vastra no era nada.

 

        Alzo su mano derecha hacia la aldaba de la puerta, y toco dos veces. Espero, los nervios habían corrido en el momento que había tomado la aldaba, pellizco con sus dientes sus labios, ansiosamente. Escucho pasos del otro lado de la puerta, e irguiendo sus hombros y se preparó.

 

        Cuando la puerta por fin se abrió y la cara sorprendida de Jenny fue lo primero que vio, ella quiso abrazar inmediatamente a la mujer más pequeña. Y quizás eso se vio reflejado en su rostro.

 

        —¡Gwenevere, que sorpresa! Qué…—Jenny callo al ver la cara pálida de la muchacha, detallo ávidamente su aspecto. No solo estaba pálida, sus labios estaban tan mordisqueados que las lesiones de sangre estaban haciendo acto de presencia, aunque estaban en pleno otoño, la capa que la cubría era demasiado gruesa, pero aun así su cuerpo temblaba ligeramente, y aunque siempre había tenía ojeras, Jenny pudo notar que estas estaban mucho más oscurecidas, y pudo observar como en su mano izquierdo sostenía fuertemente una pequeña bolsa de piel. Lo sostenía tan fuerte que sus nudillos estaban pálidos.

 

        Jenny se acercó, y toco la mano izquierda de Gwenevere, esta ante el toque repentino salto, porque había estado tan perdida en sus pensamientos que no había notado cuando había empuñado sus manos tan fuertes, sin perder tiempo ni soltar la bolsa, las manos de Gwenevere cubrieron la mano de Jenny ansiosamente, como un mendigo pidiendo limosna, y una furia trepo en Jenny al ver el estado de Gwevenere.

 

        —Mis…Jenny, lo siento por presentarme a estas horas sin avisar…—su voz había salido más ronca de lo normal, había vacilado levemente al decir su nombre y eso enterneció a Jenny profundamente. Apretando cálidamente las manos de Gwenevere antes de soltarlas, abrió la puerta mucho más.

 

        Los ojos verdes de Gwenevere se abrieron desmesuradamente y algo cercano al temor se presentó en sus ojos, Jenny se apresuró con sus palabras.

 

        —Gwenevere ¿quieres entrar y tomar una taza de té?

 

        La voz de Jenny fue amable, y Gwenevere miro con incertidumbre el interior de la casa que se le mostraba, una casa que había sido la comidilla de todos en la zona por los últimos quince años, y luego miro nuevamente a Jenny, sus ropas eran las de un sirviente, pero con sus hombros erguidos y sus ojos cálidos, su postura era segura, como si no solo sirviera a la Madam de lugar, sino que también ella misma fuera una propietaria más.

 

        Su ansiedad disminuyo, y rezando internamente que sus botas no estuvieran muy sucias, asintió a la invitación. Si fuera posible la sonrisa de Jenny se hizo más grande, y dio paso atrás para que Gwenevere entrara. Cuando la puerta se cerró tras de ella, el corazón de Gwenevere dio un golpe furioso contra su pecho y tuvo la leve sensación de que ya no habría vuelta atrás. Como si estuviera apostando su vida en un juego de cartas en vez de comida o dinero.

 

        Y pensando en la sonrisa pícara del pequeño Charles, y su cabello color trigo, no pudo encontrar arrepentimiento alguno.

 

 

DOCTOR WHO DOCTOR WHO DOCTOR WHO

 

        Había tantas plantas a su alrededor que a Gwenevere le estaba constado muchísimo trabajo saber cuál era cual. Podio distinguir algunos helechos, pero por la forma de las hojas y los patrones no estaba del todo segura que hubiera acertado del todo. La habitación donde había sido dirigida por Jenny era tan cálida que su propio chaleco la estaba asfixiando, Jenny había tomado su capa, y la había dejado en le perchero, al principio se había sentido cohibida por unos instantes al hallarse siento vista tan descaradamente vestida de hombre.

 

        Pero Jenny no había ni siquiera parpadeado a su dirección. Así que el sentimiento en cambio había sido ahogado por la gratitud. La mesa de té donde ahora estaba sentada era hermosa, tan hermosa que desde que se había sentado había decidido mantener sus manos lejos del vidrio, ella actualmente ocupada unos de los seis asientos de hierro pintados de negro con un acolchado de flores. Estaba tan tensa como un arco al saber que sus pantalones, que no estaban del todo limpios, estaban tocando el diseño tan impecable de la silla. Así que para distraer su mente del caro inmobiliario decidió observar las plantas, alguna que otra estatua y la habitación.

 

        Si bien el máximo atractivo de la habitación era la cantidad exuberante de platas que había en ella, no era eso lo que llamaba furiosamente la atención de Gwenevere, no, lo que llamaba en si la atención era la construcción en general de ella. La habitación del té, o la habitación verde como la había llamado Jenny, era un invernadero dentro de la casa, sus paredes jugaban entre madera y vidrio, su techo era una copula, donde las platas más altas tocaban con ahínco, y aunque ella sabía que era de noche afuera, la habitación estaba tan iluminada como si fuera un día de verano.

 

        La habitación era tan hermosa que Gwenevere había pensado que estaba en otro lugar por un momento y ella quería quedarse a vivir para siempre en este lugar. Jenny la había sentado y le había indicado que esperara, que traería el té en unos momentos.

 

        Pero ya había pasado un largo rato y aun no se veía una pista de ella. Y había empezado a pasar la bolsa de una mano a otra por puro nerviosismo, haciendo que las monedas adentro se agitaran. Su mirada estaba puesta en sus propias botas, tan distraída en lo hermoso de la habitación que cuando escucho el leve tap de unos zapatos de tacón contra la madera acercarse, Gwenevere soltó un largo suspiro.

 

        —Veo que Jenny la acomodo muy bien, señorita.

 

        Pasaron dos cosas interesantes cuando una voz desconocida hablo del otro lado de la habitación, la bolsa que había estado en el aire en ese momento se había caído al suelo, y Gwenevere se había sobreltado con la voz de tal forma que se había tambaleado en la silla y estuvo a unos segundos de caerse, sino fuera que por ocurrencia tardía sus manos hayan salido disparadas a sostenerse de los bordes de la mesa que momentos antes había prometido no tocar con sus manos. La mesa se tambaleo, y Gwenevere pensó por un instante que quizás también se caería, pero no, se sostuvo, al igual que ella en la silla, y todo se quedó en silencio por uno segundos.

 

        Gwenevere sentía sus mejillas calientes por la vergüenza, y cuando alzo la vista para ver a la dueña de la voz y pedir todas las disculpas apropiadas, un sonido granizado fue todo lo que pudo expulsar de su garganta. Madam Vastra. Con un hermoso vestido negro y con su habitual velo del mismo color ocultando su cara estaba parada en la puerta de la habitación. Sus manos enguantas tenían la empuñadura de un bastón, colocado casualmente delante de ella.

 

        Y por un momento Gwenevere se vio a si misma siendo golpeada por ese bastón. Soltó con dedos temblorosos el borde la mesa, dejo las manos en su regazo, y se quedó quieta. Tan quieta que trato de no hacer ruidos con su respiración. Entonces Madam Vastra camino unos pasos hacia su dirección y ella no respiro en absoluto, siguió avanzando hasta que estuvo solo al otro lado de la mesa.

 

        —¿No recogerás esto? —su bastón había ido hasta golpear la bolsa que aún estaba en el piso, haciendo que las monedas tintinearan y Gwenevere se agacho tan rápido que cuando tomo la bolsa en sus manos y alzo nuevamente su cabeza, un pequeño mareo la ataco, haciéndola ver doble por unos segundos.  

 

        —L-lo siento, madam, no era mi intensión molestarla. —mantuvo su cabeza gacha, sus manos aferradas fuertemente entre ellas y la bolsa de monedas, y sus hombros se encogieron, por inercia, tratando de parecer lo más pequeña que fuera, cosa que era imposible con su altura.

 

        El silencio se hizo presente por unos segundos, pero para Gwenevere pudo haber sido años. Sintió una gota de sudor bajar por su nuca, y reprimió las ganas de limpiarlo. Seria extremadamente indecoroso que alguien de su clase hiciera tal acto en presencia de una mujer con el estatus de Madam Vastra.

 

        Ella misma aun sentía rechazo hacia su persona por haber tocado con sus manos desnudas la mesa de té, y por ende no se atrevía a mirar el vidrio en busca de manchas en su superficie.

 

        —¿Por qué se encuentra usted tan nerviosa? —la pregunta de parte de Madam hizo que saliera de sus pensamientos y que su cabeza se alzara por inercia hacia su dirección. Sospeso lo que podía contestar y su mente se encontraba sin respuesta. Ella había venido a solicitarle su ayuda y servicios a la mujer que tenía enfrente, si Madam se negaba, ella solo iría de nuevo al punto de inicio.

 

        Pero sinceramente no quería hacer nada para ofenderla y darle una razón para negarse. Y Gwenevere quería que Madam no utilizara ese velo, porque al menos, si la viera a los ojos, podría saber un poco sobre los pensamientos de la Madam. Se armó de falso valor, enderezo sus hombros mientras se erguía en sus piernas, y miro a Madam Vastra, que hasta ahora solo había hecho una leve inclinación de su cabeza ante sus movimientos.

 

        —Madam Vastra, me presento formalmente; mi nombre es Gwenevere Forney, y vine a estar horas solicitando su ayuda, Madam. Me disculpo por la rudeza de mis acciones anteriores. —Hizo una leve reverencia con los ojos cerrados, esperando no estuviera del todo mal, y cuando volvió a levantar su cabeza la madam se había a cercado mucho más que antes. No había hecho ningún ruido en particular con sus tacones, y los vellos de su nuca se alzaron.

 

        El acercamiento había sido demasiado silencioso. Pero antes, Gwenevere había escuchado muy claramente el leve tap de tacón, y ahora no había escuchado nada. Para una persona que había pasado más tiempo en la calle que una casa, cosas como esa nunca pasaban desapercibido. Su padre la había enseñado todo lo que hombre debía saber, aunque ella misma no lo era, porque saber la diferencia entre un ruido y otro por ejemplo eran, en una muestra bastante clara, la forma en podías llegar al día siguiente. Siempre sabía cuándo la seguían, siempre sabía cuándo alguien tenía segundas intenciones, y toda esa precaución la había salvado en más de una ocasión.

 

        A sabiendas que podía ser un insulto, miro directamente a los ojos a Madam, o al menos donde creía que se encontraban sus ojos. El velo era tan oscuro que ella ni siquiera podía visualizar alguna característica. La Madam movió su bastón de una mano a otra, hasta que por fin se detuviera y lo dejara en su mano izquierda.

 

        —Jenny pudo haberme informado un poco sobre la situación, señorita Gwenevere, — su voz era suave, mucho más amable que al principio, y dándole la espalda, camino hasta el otro lado de la mesa, y haciendo que las patas de la silla hicieran un poco de arrastre contra el suelo cuando la movió, se sentó. Con un movimiento de su mano derecha, le indico a Gwenevere que se sentara, y ella, aunque dudo un poco al principio, lo hizo.  

 

        Y Gwenevere lo noto entonces, en un parpadeo, la silla donde la Madam estaba sentada era muy diferente a lo que había sido al principio, y la habitación…solo se había oscurecido y el canto de los pájaros se escucha. Gwenevere trago grueso cuando se dio cuenta que, la mesa, la mesa que había tocado solo unos minutos antes no estaba entre ella y la Madam. Y ahora estaban mucho más cerca que antes. Sus muslos se tensaron contra la silla, sus manos agarrón fuertemente el saco, y se obligó a no reaccionar ante el cambio repentino.

 

        Aunque su sentido común le decía todo lo contrario, le gritaba que huyera y gritara, se quedó. Por Charles, por todos los niños y mujeres desaparecidas. Entonces escucho con atención otro conjunto de pasos, un leve tap lejano que resonaba contra la madera, y al siguiente segundo Jenny entro a la habitación sosteniendo la bandeja con el té. Se acercó a la Madam, quien tenía a su lado una mesa que Gwenevere no había notado con anterioridad, con una destreza que hablaba de años de experiencias, dejo las tazas en la mesa y sirvió el té con una mano, mientras que con otra sostenía la bandeja.

 

        Dejando la bandeja a un lado, en otra pequeña mesa que no había estado ahí, le acerco con una sonrisa cordial su taza de té, y no fue hasta que extendió sus dos manos para tomarla, que se percató de lo rígido que se encontraba todo su cuerpo, e incluso su rostro, porque había querido sonreírle a Jenny por su amabilidad, pero solo había salido una sonrisa forzada, y en los ojos de Jenny una clara disculpa era vista.

 

        Una breve tos resonando en la habitación, y toda la atención de Gwenevere volvió a la Madam. Esta tenía su taza en la mano, su baston estaba reposando contra el reposa brazos de la silla y la miraba atentamente atreves del velo.

 

        Jenny se paraba a su lado, y la madam había tomado una pequeña cucharilla para remover el té, sin apartar en ningún momento su vista de ella.

 

        —Señorita Gwenevere, necesito hacerle una pregunta antes de escuchar su petición, si su respuesta me complace, accederé a su petición por más absurda que sea… —ante tales palabras, fue imposible para Gwenevere calmar el leve movimiento ansioso que su pierna derecha dio, y aunque ella sabía que faltaba algo más, se permitió relajar su cuerpo solo un poco —Pero, de ser completamente lo contrario, le pediré que por favor se retire sin objeción alguna ¿está de acuerdo?

 

        Gwenevere apretó sus dientes y sus labios dibujaron una fina línea, sus manos se habían agarrado con tanta fuerza alrededor de la taza de té, que Jenny por un momento pensó que la rompería, sus ojos verdes se habían vuelto cuidadosamente planos y su postura, que se había relajado considerablemente los últimos segundos, había vuelto a ser tensa.

 

        Por otro lado, Gwenevere, que no tenía estudios ni modales dignos de una dama, estaba siendo consumida por la frustración, sabiendo que, si Madam Vastra le hiciera una pregunta intelectual, ella no sería capaz de responder; pero el saber que posiblemente desde un inicio la madam no la ayudaría, que estaba haciendo todo esto solo para verla irse, hizo que se llenara de una mezcla entre indignación y humillación como nunca antes. Pero Gwenevere era tan testaruda como un buey, y aunque las lágrimas picaran en sus ojos, se rehusaba a ceder.

 

        —Estoy de acuerdo, madam. —su voz había salido mucho más gruesa, y sí había pronunciado el titulo con un poco de esmero, ella solo podía culpar la rigidez de su cuerpo, que afectaba concisamente su voz.

 

        Jenny conociendo a su esposa, sabía que esta tenía una sonrisa tras el velo ante la inflexibilidad de la voz de Gwenevere, y respirando profundamente, espero la pregunta que Madam Vastra le haría a Gwenevere.

 

        Madam Vastra asintió y sacudiendo su cuchara contra la taza de té, hablo por encima del ruido tintineante del metal contra el mármol: —señorita Gwenevere, ¿usted encuentra incomodo no poder ver mi rostro?

        Gwenevere, que no esperaba una pregunta como esa, casi dejo caer su propia taza, y los sentimientos que había tenido anteriormente había cesado en el desastre que era su mente. Ella había esperado cualquier otra pregunta, que ridiculizara sus propios conocimientos y por eso había estado a la defensiva ante lo dicho con anterioridad, pero se obligó a si misma a respirar, porque la pregunta de Madam Vastra sonaba genuinamente sincera. Como si, una persona de su estatus y clase social, quisiera saber su opinión sobre dicho tema.

 

        Nunca antes, ni su padre, ni sus amigos, ni ningún conocido le había preguntado su opinión sobre algo, cualquiera cosa. Su padre la había vestido como niño, le había enseñado lo básico para sobrevivir, pero nunca le había preguntado lo que quería u opinaba sobre ello. Sus amigos la llevaban hacer cosas de hombres, y nunca tuvo oportunidad de objetar, y los tres hombres que se le había propuesto en toda su vida, se habían retirado ante la primera negación de su parte. No discutieron ni cuestionaron sus negativas, solo se marcharon. Nunca había expresado alguna opinión sobre su vida, o la vida alguien en voz alta, y ahora, se le estaba cuestionando dicha cosa, con verdadero interés.

 

        Bajo la mira a su regazo, su té hacia olas en la superficie, y se dio cuenta que sus manos estaban temblando, mordió su labio inferior con vicio porque un repentino nudo en su garganta se había formado y tomando respiraciones hondas, relajo su cuerpo. Volvió a elevar su mirada, dejo ir su labio y mirando a Madam Vastra, supo que contestar.

 

        —¿A la madam le incomoda verme vestida de hombre?  O ¿le incomoda mi cabello corto?

 

        La respuesta tardo unos segundos y Madam Vastra estaba tan quieta como una de sus estatuas cuando por fin musito: —No, no me incomoda.

       

        Y su voz inflexible había salido tan cálida, que Gwenevere había sonreído por pura inercia: — Y ¿La madam me ve como mujer, aunque claramente estoy vestida como hombre? O ¿me ve como hombre solo porque estoy vestida como uno?

 

                —Desde que te vi no veo otra cosa que una mujer, independiente de lo que estas usando.

 

        Gwenevere trago, y su boca se contrajo por sí sola, el nudo seguía perpetuamente en su garganta, rehusado a moverse y aun sabiendo que no haría nada, llevo su taza a sus labios, tomo un pequeño trago de su té, que ya se encontraba frío y lo saboreo en su paladar, sospeso sus ideas un poco en su mente junto al sabor del té antes de volver hablar.

 

        —Así como usted no le importa mi vestimenta, que no es del todo correcta, y tampoco ha visto otra cosa que una mujer cuando me vio, a mí tampoco me importa ni me incomoda no poder ver su rostro, madam. Si bien es cierto que al principio fue…inusual, no molesta de ninguna forma. Porque también es inusual ver a una mujer vestida de hombre y comportarse como uno. —explico lo más dignamente que pudo, y sin esperar haber pronunciado las palabras correctas, prosiguió: — Usted tiene todo el derecho de conservar su rostro oculto si así lo desea, madam.

 

 

        El silenció reino. Gwenevere estuvo tentada a cerrar los ojos, pero se obligó a mantener sus ojos abierto, a que su propia mirada no flaqueara y a respirar.  Porque no había tomado ningún aliento en entre sus palabras. Madam Vastra dejo con cuidado su té en la mesa, y Gwenevere, que se había dado cuenta que en ningún momento había tomado de este, no le sorprendió en absoluto, porque eso implicaría que la Madam levantara su velo.

 

        La calma se rompió con un leve bufido, y Gwenevere tuvo que parpadear varias veces de desconcierto, porque tal sonido burlesco había venido de parte de la Madam y ella no se lo esperaba en absoluto. Era más usual ver ese tipo de comportamiento de parte de su clase que de la clase de la Madam, y eso solo se añadía a la pila de cosas que era Madam Vastra y la llenaban de curiosidad.

 

        —Usted, señorita Gwenevere, es muy inteligente. Nunca permita que otras personas digan lo contrario. —la boca de Gwenevere se abrió ante el elogio, y cuando estuvo a punto de objetar, la habitación se llenó de aplausos eufóricos de parte de Jenny. Gwenevere solo la pudo mirar sorprendida por tal muestra de felicidad.

 

        —¡Te lo dije, madam! Gwenevere es brillante. —sus aplausos cesaron y Gwenevere aún no sabía qué estaba pasando, pero la postura de la Madam había cambiado muy levemente, solo visible para un ojo observador, su cuerpo hizo una breve inclinación hacia atrás y sus hombros se veían mucho más relajados.

 

        —Me estas observando ahora misma, ¿no? —Gwenevere cerro su boca de golpe, que había estado abierta por toda la interacción anterior y se hayo sin palabras. Madam entrelazado sus manos enguantadas. —Jenny me había dicho algo de eso. Eres una persona de pocas palabras, pero tus ojos siempre se encuentran moviéndose. No puedes ver mi rostro, pero estas leyendo mi cuerpo. —expuso con simpleza Madam Vastra.

 

        Al no tener nada que decir ante lo que decía la Madam se fue el camino más simple: —L-lo siento si la ofendí, madam.

 

        Madam Vastra, desenredando sus manos juntas, uso su índice derecho en un movimiento negativo, quitándole importancia a las disculpas.  —No te disculpes más por aprovechar los recursos que tienes. Si fueras ciega, tendrías que confiar nada más que en mi voz. — explico mientras colocaba ambas manos en su regazo. — Como tu respuesta fue perfecta y sincera, aceptare tus peticiones, pero, señorita Gwenevere, una vez usted me diga su pedido, yo le hare unas preguntas relacionadas ello y la única condición que tengo es que usted solo utilice una palabra ¿me entiende?

 

        Y Gwenevere, que había tenido la leve sospecha cuando Jenny la había dejado sola, ahora estaba confirmado, Madam Vastra sabía lo que era su pedido, ella seguramente estaba al tanto de los niños y las mujeres desaparecidas. Pero quería probarla.  Y no era que ella no quisiera aceptar la prueba. Es que ella no sabía muchas palabras especiales. En todo momento, tanto Madam como Jenny habían utilizado palabras simples, había elogiado su comprensión ante la pregunta relacionada con la identidad de la madam, pero Gwenevere no se sentía inteligente, solo había tratado de decir su opinión lo menos burda posible, pero sabiendo que la educación de ambas mujeres era por mucho más elevado que el de ella, ahora tenía más recelo que al principio.

 

        Pero ella no solo era testaruda también era audaz. —Lo entiendo, madam. Mi pedido es contratarla por sus servicios. Los niños han estado desapareciendo desde hace dos meses al igual que las mujeres de Whitechapel. — dejo su taza en la mesa a su lado, que no había notado hasta hace unos minutos atrás y tomo la bolsa con las monedas. — Sé que esto quizás no cubra sus…honorarios, —y Gwenevere había luchado duro para entender esa palabra por si sola. — pero le prometo que antes que finalice el año le tendré el dinero que usted pida, si solo nos ayuda a recuperar a Charles.

 

        Las moneas tintinearon dentro del saco. Madam Vastra movió levemente su cabeza a la derecha: — ¿Quién es Charles? —fue curiosidad más que todo lo que salía a relucir en su voz y Gwenevere se prepuso a explicar.

 

        —Es…—la mano derecha de Madam se alzó, cortándola en medio de su explicación.

 

        —Una palabra, Gwenevere. —bajo su mano, y Gwenevere respiro hondo. Porque la prueba había comenzado. Era fácil describir Charles. Tenía solo diez años, sus padres habían muerto de cólera años atrás, cuando había tenido solo siete años, así que había sido adoptado por las personas del mercado. Tenía una racha audaz y burlona, pero serio, tan serio que era de confianza para muchos. Había sido imposible no amarlo.

 

        Su desaparición había golpeado duro a todos, pero en especial a Tim y a ella, quienes veían a Charles como...un hermano menor.

 

        —Familia.

 

        —No aceptare tú dinero, no lo quiero ni lo necesito. Pero ¿Por qué crees que te estoy ayudando? — Y Gwenevere lo sabía, pero no estaba segura si era correcto decirlo.

 

        —Curiosidad. —entonces Jenny camino hasta quedarse a su lado, y aunque Gwenevere quería verla, observar que tipo de expresión tenía, no lo hizo, siguió mirando a Madam.

 

        Por su parte, Jenny miraba a Madam Vastra con sus ojos llenos de sorpresa, y ella sabía que su esposa tenía una sonrisa en sus labios.

 

        —La habitación cambio, y no cuestionaste ni huiste, como si ver una habitación cambiar ante tus ojos es lo más normal que hayas visto. Conozco los rumores que hay alrededor de mi persona, por lo tanto, tú también los sabes, Gwenevere, y aun así decidiste venir. ¿Por qué? — Madam se había acercado, su cuerpo había hecho movimiento ágil hacia delante, tanto que ahora que su cara estaba muy cerca y Gwenevere podía ver algo verde y…unos ojos, mirándola con mucha atención.

 

        Gwenevere lamio sus labios resecos, y contuvo las ganas de echarse para atrás, porque aún no podía ver con claridad el color de ojos de la madam, había algo…depredador en sus ojos, y Gwenevere recordó un verano, una vez cuando era pequeña y había estado jugando en un árbol, un hermoso y viejo roble, subiendo por sus ramas sin ninguna cautela, porque había sido muy pequeña para saber el peligro de si se caí podría romperse el cuello y morir. Había bajado del árbol entre tropiezos, y había estado sedienta, cerca del roble había un estanque, y ella en su total inocencia había ido directo allí, sin miramientos tomo un poco de agua en sus palmas sucias y bebió hasta saciarse.

 

        Y cuando había alzado su mirada los ojos de una serpiente la estaban viendo, a solo unos pocos pasos de distancia de ella. Había sido demasiado pequeña, alrededor de siete años sino mal recordaba, pero el sentimiento de terror y curiosidad le causo sudor frio durante muchos años después. Sentir curiosidad cuando algo era nuevo era natural, aunque no hacia cosas que podían matarla. Pero la serpiente no había sido venenosa, le había dicho tiempo después su padre, pero no por eso no le había causado menos miedo volver a ir a jugar sola alrededor de roble.

 

        Los ojos de Madam Vastra le recordaban a esa serpiente. Y Gwenevere espero que su siguiente palabra no fuera errada.

 

        —Descubrir.

       

        Un ruido suave, que Gwenevere no podía describir si era afirmativo o negativo vino de parte de Madam, y de pronto el cuerpo de Madam había vuelto hacia atrás. — Nada nos asegura que esos niños y mujeres desaparecidos estén vivos, han pasado dos meses que la primera víctima desapareció, Gwenevere, ¿qué harías si tu amigo ya estuviera muerto?

 

        Su mente se quedó en blanco. Claro, lo sabía, esa era una posibilidad, una grande. Todos lo sabían desde que paso el día tres y aún no había señales de Charles, pero…tenían que intentarlo. Y si él estuviera muerto, al menos solo quedaba una cosa que saber.

 

        —Verdad.

 

        —Buscar la verdad es algo ambicioso de parte de una chica que solo trabaja en una panadería. —su tono fue amable, sin piedad ni burla, pero algo en su declaración hizo Gwenevere frunciera el ceño. — Porque la verdad puede que no sea aceptable ni amable contigo, la realidad sobre las desapariciones puede hacer que no vuelvas a ver el mundo como era antes, Gwenevere. ¿Tú estás prepara para eso?  

 

        —Piensa con cuidado, Gwenevere. — fue una sorpresa la voz de Jenny, porque Gwenevere se había olvidado por completo de ella. Dirigió su mirada a ella, y los ojos que la miraban de regreso había verdadero apoyo.

 

        Gwenevere esta vez se permitió pensar un poco más. Así que observo con mucha atención las cosas nuevas que la rodeaban, incluso en la fuente que estaba solo a unos pasos de ella. Había una palabra para lo que había visto sus ojos: brujería, pero ella nunca había sido especialmente creyente, ni ella ni su padre. Por lo que los conceptos del infierno o el cielo nunca habían hecho nada para causarle miedo. Cuando se vivía como ella lo ha hecho todos estos años, la idea de que un Dios todopoderoso estuviera arriba observando todas las desgracias y aun así no hacía nada, le causaba aprensión sobre la palabra de la iglesia.

 

        Ella solo creía en la maldad de los hombres y los que estos hacían. De lo que veía, de lo que le causaba dolor y felicidad. Ella vio como la habitación cambiaba, sí, pero, aunque le había causado miedo, una parte de ella, esa parte que siempre la metía en problemas, hizo que sintiera curiosidad. ¿Cómo algo podía verse de una forma en un momento y luego ser completamente diferente?

 

        Porque la verdad puede que no sea aceptable ni amable contigo…De pronto recordó las palabras de Madam. Entonces, su instinto no estaba del todo errado cuando había ingresado a la casa, esta era la pregunta que haría una diferencia de volver y no saber nada, o quedarse y entender todo lo estaba pasando.

 

        —Sí. — fue un susurro y su voz había salido un poco ronca, pero aún no se atrevía a mirar a la Madam a los ojos. Sus ojos estaban fijos en el agua de la fuente, y sus oídos atentos escuchando el murmullo suave de la caída del agua desde la punta.

 

        Por el rabillo del ojo vio un movimiento de parte de la Madam, y su cabeza giro tan rápido en su dirección que cuando vio a la Madam instantáneamente se quedó sin aliento. Se había quitado el velo, y ojos verdes la miraban con curiosidad, y su piel era…verde, no como sus ojos, no, más como el verde de las hojas de los árboles en primavera. Y el recuerdo de la serpiente que había visto cuando niña volvió de nuevo a su mente. Porque no solo era verde, su textura era escamosa y tenía tres elegante arcos en vez de cabello, y Gwenevere trago grueso ante la imposibilidad que se le mostraba, y el sudor seguía bajando por su nuca.

 

        —Aun tienes que hablar con una palabra, porque ver mi rostro es una pregunta, Gwenevere. — ahora que veía su rostro, ella se pudo dar cuenta de lo inflexible que eran sus palabras, sus ojos eran serios, y Gwenevere sabía que no habría mentira que valiera ante la Madam.

 

        —Hermoso. —la sorpresa y el deleite brillaron en los ojos de la madam y Gwenevere le sonrió tímidamente. Sí, era imposible lo que sus ojos veían, pero no por eso era menos hermoso y sorprendente.

 

        La madam miro hacia Jenny, y esta se acercó inmediatamente hasta quedar al lado de Madam Vastra. Gwenevere las miro a ambas, quienes tenían una sonrisa de aprobación en sus labios, y ella sintió como si hubiera cambiando algo. 

 

        —Bueno…­—madam Vastra se irguió en sus piernas y tomo su bastón, Gwenevere inmediatamente la imito, quedando paradas muy cerca, aun con su bolsa en mano, Jenny camino hasta la puerta y se quedó en el arco, Madam extendió su mano izquierda hacia ella y Gwenevere aquí se hayo un poco confundida, miro la mano y luego a los ojos de la madam. —Toma mi mano, Gwenevere. — y ella lo hizo, la mano de la madam estaba cálida, aunque pudo haber sido más causa de los guantes que otra cosa, pero no se quedó ahí, la madam jalo su mano hasta que sus brazos quedaran acomodados juntos, entrelazados.

 

        Estaban demasiado juntas y Gwenevere, que no estaba acostumbrada a dicha cercanía, se sonrojo. Cuando la madam empezó a caminar, Gwenevere la siguió, Jenny se había ido en toda la interacción y luego de que ella y la madam cruzaran el arco de la habitación y caminaran a…más al interior de la casa, se dio cuenta de lo vacío que estaba todo, las paredes no tenían tantos cuadros como se pensaba de una casa como esa, y la mayoría eran sobre paisajes, nada de retratos o algún indicio de la familia de madam, sus pasos hacían ecos contra la madera

 

        —Asumo que tienes muchas preguntas. — Gwenevere volteo un poco su cabeza hacia la voz de la madam, y se dio cuenta que era solo unos centímetros más alta. Los ojos verdes la miraron de reojo. — Puedes hablar libremente ahora.

 

        No espero una segunda invitación: —¿Cuándo encontrara a Charles? —y de pronto ambas pararon, bueno, la madam lo había hecho y ella solo siguió su ejemplo.

 

        Madam Vastra se había girado completamente para verla, y la sorpresa bailaba en sus ojos. — Realmente debe importarte mucho ese niño como para ser lo primero que preguntaras, a pesar de todo lo que ha visto en la ultima hora.

 

        —Es por lo que vine, madam. —su respuesta fue firme. —No vine por los rumores sobre usted, vine porque usted es la persona a la que acude el Scotland Yard cuando no tiene donde más buscar. Usted sabe sobre los niños y mujeres desaparecidas, y le interesa.  No importa que lo haga por curiosidad, importa que lo haga.

 

        Hubo un leve chasqueo de dientes de parte de la Madam, una suave sonrisa se hizo presente en sus labios y en sus ojos verdes la sorpresa fue rápidamente sustituida por el encanto. — Gwenevere Fonley, insisto, usted es una chica muy especial.

 

        —No diría que especial, madam. — refuto con humildad.

 

        Y a pesar que no tenía cejas, el ceño de la madam se frunció ante sus palabras. —Si usted no es especial, entonces ¿qué es?

 

        —¿En una palabra, madam?

 

        —Si así usted lo prefiere. — le concedió la madam y la mirada de curiosidad que le dirigía ya se le hacía familiar a Gwenevere.

 

        —Amable.

 

        —¿Amable? — Y solo había un leve rastro de duda en su voz, Gwenevere asintió.  

 

        —Amable, sí, no soy especialmente educada, pero actualmente le estoy mostrando lo mejor que sé sobre etiqueta y modales, madam, y soy amable porque…—su voz titubeo, no muy segura si era correcto decirlo, pero la mirada de madam la alentó a seguir. — Porque tengo que mostrarle la máxima atención a usted como lo hizo conmigo, tratarla con mi amabilidad es lo único que le puedo ofrecer por escucharme y recibirme. Prestarle atención a lo que es usted, por encima de lo que realmente es importante sería todo lo contrario a mi intención inicial, y como lo dije, no vine por curiosidad a saber que escondía tras el velo. Vine por Charles.

 

         Ninguna de las dos hablo luego que Gwenevere soltara sus últimas palabras, era observada con atención por Madam y ella solo esperaba que sus palabras hayan sido las correctas.

 

        —Tus palabras, aunque no me creas, Gwenevere, son sabias. — tan rápido que no tuvo tiempo de objetar, madam tomo su mano y la arrastro rápidamente a su destino. Hasta una puerta de madera oscura al final del pasillo. — Tras esta puerta, Gwenevere, tengo toda la información que he recopilado sobre el caso de los humanos desaparecidos, y una vez que la crucemos te convertirás en mi ayudante junto a Jenny y ante ti se abrirá un mundo de cosas muy imposibles, ¿estás de acuerdo?

 

        Tenía expectativas la mirada de Madam y Gwenevere asintió con seguridad. En menos de un día había descubierto tantas cosas imposibles que ser la ayudante de Madam Vastra, que no era humana, no era la cosa más escandalosa que había hecho. Y sí podía ser sincera consigo misma, estaba más que un poco emocionada.

 

        Solo esperaba no perder su vida.