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Make them laugh!

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Las despedidas siempre eran tristes, pero lo eran más si tras un fin de semana con tus amigas, tenías que verlas irse juntas mientras tú te quedabas en aquella gran ciudad en la que habías decidido estudiar. No es que no te gustara vivir allí, era algo nuevo y había más cosas que hacer que en tu ciudad natal, el quid de la cuestión era que siempre que alguien iba a visitarte sentías esa extrañeza de estar tan cómoda y casual como si estuvieras en casa aun estando a horas de ella. Y esa sensación acababa yéndose de un plumazo el día que te dabas cuenta de que ese alguien tenía las maletas ya hechas y era hora de coger ferrocarriles y metros hasta la estación de tren. Era nostálgico y triste volver sola a casa. Tenías amigos nuevos, pero los que venían y se iban eran amigos de años anteriores… Era diferente… Era familia casi.

 

Cogiste un asiento cualquiera en el ferro de camino a casa, suspirando mientras te sentabas. Rebuscaste en la pequeña mochila cuando te diste cuenta de que no habías llevado cascos. Bueno, hora de twitte… oh no. Sin batería. Refunfuñaste algo por lo bajo. Estar sola sin hacer nada era lo último que necesitabas en ese momento. Miraste por la ventanilla, suspirando mientras tu mente se nublaba, amenazaba tormenta y, en tu interior, esa parte interna tuya se agazapaba buscando refugio.

“Oye…” un dedo te golpeó suavemente el brazo, haciendo que alzaras la vista. Un chico de cara redonda y sonrisilla burlona te estaba llamando. Sus ojos grandes e inquietos eran marrones y su pelo estaba cortado en un simple peinado casco. La sudadera roja que llevaba le daba un aspecto muy casual. “¿Sabes qué le dice una foca inglesa a su madre?”

… ¿De qué iba ese hombre? No tendría muchos más años que tú y no parecía ser mala persona, pero su sonrisilla le daba cierto aire… ¿pícaro? La situación era un poco surrealista, es decir, ¿cuántas personas conoces que te pregunten por las palabras de una foca a su madre? Ante tu silencio y tu posible mirada de confusión, el chico volvió a hablar.

“Le dice “I love you mother foca”” soltó con toda la tranquilidad de una vaca asturiana. El contexto era tan irreal y el chiste era tan sumamente malo que no pudiste evitar que una carcajada saliese del fondo de tu ser, dando lugar a un ataque de risa a tu parte filóloga. A cada risotada, el chico parecía más y más satisfecho con su hazaña. Por unos instantes se te olvidó el amargo sabor de la despedida, la muerte de tu móvil y el olvido de los auriculares.  Trataste de respirar, dejando que el muchacho volviera a coger la oportunidad de hablar. “¿Cómo se queda un mago después de comer? ...” preguntó mientras tú lograbas calmar tu risa. Sabías este chiste, pero el ataque había empezado demasiado tonto y si esto seguía solo iría a peo- “Magordito”

Las carcajadas estallaron de nuevo, dejándote dos o tres paradas riéndote a carcajada limpia bajo alguna que otra mirada de algún pasajero tiquismiquis. Hubo un momento que hasta el muchacho había empezado a reírse con suavidad, orgulloso de sus chistes malos.
Cuando por fin pudiste respirar calmadamente sujetándote la tripa que te dolía del esfuerzo solo podías sonreír con suavidad, agradecida a aquel desconocido. Los rayos del sol cayeron suavemente por todo su rostro, haciendo que la piel de sus mejillas redondas pareciese porcelana fina pintada a mano por un artista.

 

“Me alegro que te hayas reído… ¡Un ceño fruncido no pega nada con una cara tan mona como la tuya!” comentó con un leve guiño. “Soy Osomatsu Matsuno, encantado.” Te presentaste y él asintió suavemente.

“Oye…” empezaste “¿Por qué me has contado esos chistes a mí?”

“Mmmmh…” Osomatsu se echó hacia atrás, ladeando su cabeza con los ojos cerrados en una mueca de pensamiento profundo. “¿La verdad? Es porque me has parecido muy mona. Tienes muy buen cuerpo, ¿sabes?” Sus ojos se abrieron y, ante la patidifusa mueca que habías hecho al oír su confesión, éste sonrió y se rascó la nariz suavemente frotando el dedo índice con la parte baja de su nariz. “Y por otro lado te he visto mientras entraba en el metro de la estación. Cuando te has separado del abrazo de esas dos chicas parecías un poco desinflada. Cuando te he vuelto a ver parecías un muñeco de esos que bailan y sonríen como idiotas desinflado. Sé que las despedidas nunca suelen sentir muy bien, aunque vayas a ver pronto a esas personas… Pero lo mejor para eso es reírte un poco.”

Fuiste a contestarle cuando la megafonía anunció la próxima parada. Osomatsu rebuscó algo en el bolsillo de su sudadera y sacó un papel y un bolígrafo. Antes de escribir nada, miró por los dos lados del papel, encogiéndose de hombros al ver que estaba medianamente decente y limpio. Garabateó algo y te lo extendió después de levantarse.

“Bueno, me he pasado unas… ¿tres o cuatro paradas? Pero tampoco había quedado con nadie importante, solo mis hermanos. Además, ha sido un gustazo oírte reir.” Dijo con otro suave guiño antes de soltar una suave risilla pícara. Cuando cogiste el papel, su sonrisa se ensanchó y trotó hacia la puerta. Antes de abrirla y salir, te miró ilusionado. “Llama a ese número si alguna vez te sientes sola o quieres reírte, ¿de acuerdo?” Osomatsu dio al botón de apertura de las puertas mecánicas. “¡O si te apetece salir y echar unas cervecillas!”

Y con esas palabras, salió con un saltito, dirigiéndose a las escaleras que indicaban el camino al andén con destino contrario. Antes de desaparecer escaleras abajo, miró a tu sitio y levantó su mano en forma de saludo. Con timidez, tu le devolviste el gesto con un suave asentimiento de cabeza en señal de agradecimiento mientras oías el pitido de las puertas cerrarse.
El ferro empezó a moverse de nuevo y tu solo pudiste mirar el papel con el número y el nombre de aquel muchacho con una sonrisa en los labios.

 

Sin duda, llamarías a ese teléfono.