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Somos tu y yo

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Jackson sabe que este no es su hogar. Por mucho que Derek gruña, por mucho que Lydia insista, no es capaz de sentir la manada como un hogar. No es hogar cuando Stiles gasta bromas, no es hogar cuando Scott planea alguna salida de la manada, ni siquiera es hogar cuando su alfa le invita a quedarse en el loft, solo es una obligación, algo que tienen que hacer porque saben que Jackson se está descontrolando. Que el Kanima está tomando el control de nuevo. Saben que no le pueden perder de vista, después de todo, Jackson no tiene un ancla a la que aferrarse, no cuenta con alguien o algo que lo ate a la realidad. Solamente tiene su sarcasmo y su arrogancia. Y Jackson no es tan temerario como ellos piensan, porque lo sabe, pero no quiere aceptarlo y tampoco quiere entenderlo.

-¿Por qué no pueden dejarme en paz de una vez?- gruñe más que habla mientras sube las escaleras del loft.

Incluso sus padres biológicos fueron incapaces de aceptarle y quererle, apartándole de sus vidas antes de que fuera capaz de conocer lo que tener una familia significaba. Si no fue suficiente para unos padres que se supone tenían que amarle y protegerle sin importar nada, porque iba a ser suficiente para un grupo de personas que se habían visto obligadas a aceptarle como parte de algo, algo de lo que ni el mismo se sentía parte. ¿Por qué la manada no podía hacer como sus padres y simplemente dejarle en paz?

Las luces están apagadas, pero la luz de la luna se cuela por las ventanas. Su habitación es la primera a la izquierda, en frente de la de Derek y al lado del baño. La puerta del fondo siempre permanece cerrada, incluso ahora que Peter está viviendo con ellos. Nadie quiere tratar con la oveja negra de la familia, o talvez, nadie se atreve. Incluso Derek parece haber tirado la toalla en lo que a su tío respecta.

Una vez en su cuarto y con la puerta firmemente cerrada sus espaldas, se deja caer en la cama como un peso muerto. Solo quiere cerrar los ojos y que el mundo desaparezca por un instante y deje de girar. Que todo se detenga y pueda bajarse, aunque solo sea por un momento. Aunque solo sea para coger una bocanada de aire fresco antes de que la realidad ataque de nuevo.

-¿Estas bien?- pregunta una voz a su derecha.

Suprime un gruñido al darse cuenta de que una vez más su mente ha olvidado que su vida no es como antes. Que su habitación ya no es solo su habitación. Isaac está al otro lado del cuarto, sentado en su propia cama mirándole con esos ojos pálidos que parecen verlo todo. Incluso cuando tú mismo no eres capaz de verlo.

Por un momento se niega a reconocer la presencia del otro lobo, está cansado de las mismas preguntas una y otra vez. no quiere pelear, no quiere empezar una batalla cuando sabe que va a perder. Nunca ha tenido posibilidades de ganar, al menos no contra Isaac.

La voz le sale amortiguada contra la almohada

-No es de tu incumbencia.

Puede sentir a Derek en el piso de abajo, pero sabe que el alfa no va a intervenir, al menos no aún. Su propio orgullo no se lo permite. Sin embargo, su corazón late más rápido de lo habitual y su respiración es forzada. Está esperando por la pelea, preparándose por si necesita subir, por si el Kanima pierde el control. Es una reacción que hasta hace unas semanas era exclusiva para Peter y no sabe si sentirse orgulloso por haber logrado alterar al alfa o asustado por estar incluido en la misma categoría que el lobo. Antes pensaba que no era tan malo ser un Kanima, ahora lo odia. Ni siquiera en eso puede ser normal.

-Estas quedándote en mi habitación, todo lo que hagas me incumbe. - “mi habitación”, no “nuestra”. Y eso que lleva casi un mes viviendo con ellos. Duele, pero se niega a reconocerlo.

No hace ademan de responder, las palabras no quieren salir. Aunque quisieran, no sabría qué decir. No a Isaac. El chico de ojos tristes que vivía en la casa de enfrente, el chico de ojos tristes que siempre parecía estar pidiendo ayuda con los ojos, el chico de ojos tristes asustado de su propia voz. Asustado de las consecuencias.

Gira el cuerpo acercándose a la pared, arrastrándose por la cama hasta que el hormigón frio le hace daño en la frente y en las rodillas. Siente las sabanas moverse al otro lado de la habitación, siente el crujido de la madera en el suelo y sabe que Isaac se ha levantado, pero, sin embargo, no le escucha acercarse. Puede oír sus pensamientos dando vueltas en su cabeza y sabe que está dudando entre disculpa o simplemente abrir la puerta e irse. Pero conoce a Isaac y sabe que la única opción posible es la primera. Es demasiado bueno y su corazón es demasiado grande. Y eso es algo que no se puede permitir, algo que no merece, porque después de todo Isaac tiene razón.

-Vete a jugar a las casitas con tus amigos, a vivir vuestra propia historia feliz… o mejor aún, pídele a tu novio Scotty que te lleve una cita, estoy seguro de que conoce los mejores lugares de Beacon Hills. Además, después de su experiencia con Alison seguro que te da flores y te sujeta la puerta como un auténtico caballero. Y sino, conozco un restaurant que os va a encantar, solía ir con… -la frase muere en sus labios al darse cuenta de que está escarbando en su propia tumba, de nuevo. Parece que últimamente es lo único que sabe hacer, eso y hacer daño a los demás, es experto en hacer daño a los demás. Su relación con Lydia ya no es lo que era. Siguen siendo amigos y se acuestan de vez en cuando, pero todo ha cambiado. Le gustaría poder echar toda la culpa al Kanima por ello, pero la mayoría tiene su propia marca grabada.

-Jackson, yo…

No le deja terminar la frase, no quiere oír lastima en sus palabras. La misma lástima que ahora escucha en la voz de todos.

-¡¡Déjame en paz!! ¡¡Dejadme todos en paz!! ¡Lárgate! – de repente se encuentra de pie, en el centro de la habitación y sabe que está perdiendo los estribos de nuevo y que esto solo le costara otra maldita charla con Derek, pero no puede contenerse. No hay nada más que odie que la lastima, no la necesita. Es el maldito Jackson Whittemore, no necesita a nadie, siempre ha estado solo y puede cuidarse perfectamente bien.

La mirada de Isaac esta clavada en él, no sabe cómo reaccionar ni que hacer. Puede ver los ojos del Kanima reflejados en los azules de Isaac y no puede evitar pensar, que, en una extraña y macabra forma, los irises rasgados tienen algo hermoso. No se sorprende cuando no ve miedo en la mirada del lobo, Isaac ya no se asusta, al menos no de él.

- Jackson, - llama con un pequeño hilo de voz- tranquilízate, respira. - Como el que intenta calmar a un animal salvaje. Sus ojos son grandes, demasiado grandes para su cara y Jackson sabe que está viendo demasiado, que está dejando que Isaac vea demasiado. –No quiero hacerte daño, nadie quiere hacerte daño, Derek solo busca lo mejor para ti.

Sabe lo que viene a continuación y no quiere escucharlo. No quiere volver a oír la misma mentira una y otra vez, como un disco rayado que gira y gira y nadie se molesta en cambiar. No quiere que se sigan riendo de el en su puñetera cara.

-Me voy, tengo que irme de aquí- murmura apresuradamente mientras sus ojos recorren toda la habitación buscando una vía de escape. La puerta está más cerca, pero no puede usarla, no quiere tener que ver a Derek, no ahora. La ventana parece la opción mas factible. Son varios pisos de caída al vacío, pero los soportara, el Kanima se encargará de que sobreviva, al menos, una noche más.

Sabe que Isaac ha visto su plan de huida claramente reflejado en sus ojos, pero antes de que el lobo pueda hacer algo para detenerlo, Jackson ya está en movimiento. Abre la ventana velozmente, arañándose la piel de los nudillos contra el pestillo, coloca los pies en el alfeizar y salta.

Se deja caer, y por un momento, mientras el aire le roza parece que los problemas no existen, que todo está bien de nuevo. Que sus padres adoptivos, son sus padres de verdad, que Lidia sigue enamorada de él, que sus amigos son reales. Pero el suelo le golpea tan fuerte como lo hace la realidad.
El corte en su mano ya ha comenzado a sanar y la torcedura de tobillo tras la caída no parece importante en su afán por escapar. Nada duele, todo queda atrás a la vez que las luces de la ciudad, a la vez que se adentra en el bosque, con la noche y la luna como únicas compañeras.

Aun puede escuchar los latidos del corazón de Isaac, veloces y fuertes, pero al igual que todo lo demás estos van desapareciendo poco a poco, olvidados en la distancia.

Corre hasta que no puede más, hasta que los pulmones le arden y el corazón parece a punto de explotar. Hasta que su mente le obliga parar y le dice que basta, que no puede seguir así, que este camino que parece empeñado en seguir no tiene salida. Intenta callarla, pero esta parece que cada vez sube más de volumen y finalmente solo puede escuchar una única frase, repetida una y otra vez, con distintas voces y matices, a veces más alto otras más bajo, superponiéndose como una cacofonía sin final.

“Somos una manda”

Las voces de Derek y Lydia son las peores, se repiten una y otra vez, más que las demás, más alto, más claro; pero no son las que más duelen, y no lo entiende.

Entonces recuerda esos ojos claros, que le miran detenidamente, como un puzle que por algún extraño motivo necesita resolver.

Ni siquiera es hogar cuando Isaac le mira así, como si de verdad importara.